El hijo de la cómica, de José Sacristán. Teatre Romea.

UN CÓMICO HOMENAJEA A EL CÓMICO. 

“Esta tarde habrá función de cómicos… si el tiempo y la autoridad lo permite”

De El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán Gómez

Creo que los domingos por la tarde se inventaron para pasar la tarde en el cine o el teatro. El pasado domingo 13 de septiembre me acerqué, con la compañía de unos amigos, al Teatro Romea a ver, mejor dicho, a escuchar al actor José Sacristán (Madrid, Chinchón, 1937), posiblemente el actor español vivo más importante. La función se llama El hijo de la cómica, adaptación y dirección del propio Sacristán, sobre “El tiempo amarillo 1921-1943”, en la que el gran Fernando Fernán Gómez (1921-2007), retrata sus primeros 22 años de vida. Ya, desde la contemplación de su fachada, el Romea invita a acceder a su interior y sobre todo, disfrutar de su decoración y su patio de butacas. La cosa arranca con un fragmento de la maravillosa El viaje a ninguna parte, cuando la pregonera del pueblo en cuestión anuncia la representación del grupo de cómicos. Un comienzo sencillo y emotivo, donde Sacristán deja la puerta abierta a descubrir en modo de un viaje profundo y honesto por los primeros años del actor y amigo Fernán Gómez, vistos, contados, recordados e interpretados por él mismo.

Como hiciese con la obra de Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes, la escenografía es minimalista, de teatro puro, como mencionaba Brecht, algunos objetos como una inseparable maleta, una mecedora, un baúl y algunos objetos más, que nos transportan a un tiempo de ilusiones y oscuridad,  acompañan al actor, que se va desdoblando y transformándose en varios personajes: en Fernanda López, la bisabuela, Carolina Gómez, la abuela que cuidó al niño Fernando mientras su madre Carola Fernán Gómez hacia las Américas y demás sitios interpretando en el teatro, amén de la criada y algún que otro rol más. Unas interesantes idas y venidas que Sacristán pasa de unas a otras con la mayor claridad y sin alardes de ningún tipo, sino a través de los gestos y esa palabra que lo transforma en lo que desee, manteniendo alegres y tristes diálogos con mucho ritmo y sin pausa. Escuchamos las historias sobre Fernando a través de las mujeres que jalonaron su vida, y las suyas propias, las del niño inquieto que nació en Lima (Perú), que pasó su infancia en el Madrid de los veinte y los treinta y experimentó la Guerra Civil confundido y aturdido y luego, sus primeros trabajos hasta los de actor principiante en la posguerra madrileña, los empleos de meritorio de actor y en el cine, como el que refleja en la magnífica Esa pareja feliz (1951), que protagonizó el insigne intérprete dirigido por Berlanga y Bardem.

El cómico actor que habla de su amigo y admirado maestro Fernando Fernán Gómez, que dirigió en dos de las tres películas que dirigió como son Soldados de plomo  (1983) y Cara de acelga (1988), y lo hace desde el interior, desde lo más puro del alma, como si nos contase un cuento, o mejor dicho, como una fábula de un larguirucho pelirrojo que soñaba con “Ser alguien”, con sus breves movimientos que les van dirigiendo los diferentes personajes que interpreta, y los pequeños enseres y objetos que le van ayudando para encajar los diferentes menesteres. Las breves pausas que hace el propio actor y otras, alimentadas a través de significativos videos que adornan la gran pantalla que queda detrás del escenario, donde se ilustra con imágenes ciertos aspectos históricos e íntimos fundamentales para el desarrollo de la obra. Todo está acorde a lo que se cuenta, y sobre todo, cómo se cuenta, desde la más absoluta admiración y respeto, en el que hay tiempo para la risa y para las lágrimas, porque, al final, como la célebre frase de Chaplin: “La vida es una tragedia vista de cerca, pero una comedia vista desde lejos”. Una vida vivida, llorada, alegrada y sobre todo, una vida de alguien que quería ser actor y fue actor, pero ante todo, era uno de esos tipos alegres y tristes que se pasean por las ciudades contando sus historias ya sea a través del teatro, la literatura, el cine y la televisión.  

Un actor como José Sacristán, a estas alturas, no requiere ninguna presentación, de sobras conocemos, los que admiramos su trabajo, una carrera que abarca más de 6 lustros. Este nuevo personaje, el cómico Pepe que recuerda y explica la historia de otro cómico, y los otros y tan diferentes personajes que interpreta en la obra, mayoritariamente mujeres, nos vuelven a emocionar desde lo más puro, lo más íntimo y lo más sincero, creando un monólogo que va más allá de la explicación de detalles biográficos, sino cómo lo interpreta, invitándonos a un viaje de verdad, de aquellos que te hacen ver, descubrir y soñar con la vida del gran Fernando Fernán Gómez, que nunca sabremos qué hubiera opinado de la función de su amigo, lo que sí sabemos es todo lo que explica y transmite la obra de Sacristán: autenticidad porque cómo cuenta cada detalle, con ternura, con sensibilidad y sin juzgar ni nada que se le parezca, sino recordando al gran actor, y sobre todo, al amigo de charlas, de risas, de lágrimas y el amigo que ya no está, su ausencia, su pérdida, y todo lo que se llevó. José Sacristán rescata sus momentos, o como él los recuerda y los vive a través de sus memorias, de su literatura y cómo se transforman en teatro, en una función emotiva y reflexiva, porque todo se cuenta y se palpa como si el espíritu del actor también estuviera en una magnífica función sobre la vida, el teatro, los fantasmas y los cómicos que andaban por los caminos como aquel Carlos Galván. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Femení, singular, de Xavi Puebla

MUJER, INMIGRANTE Y POBRE. 

“Cuando inmigramos, solía llorar mucho. Pero me di cuenta que a nadie le importaba.”

Frase de la película Vidas pasadas, de Celine Song

El universo cinematográfico de Xavi Puebla (Barcelona, 1969), se mueve dentro del ámbito laboral como sucedía en Bienvenido a Farewell-Gutmann (2008), donde tres empleados se disputan el puesto vacante de director, En A puerta fría (2012), un agente de ventas en apuros se las ingeniaba para revertir su situación profesional. En Femení, singular la cosa se centra en Nayeli, el eslabón más bajo de la pirámide laboral porque ella es una inmigrante mexicana y de escasos recursos que transita por Barcelona como empleada doméstica. Una mujer invisible, sometida a los cánones laborales impuestos por los que manejan los hilos, y además, tan sola como la distancia que le separa de su país, donde almacena el sueño de un bar junto a su esposo. Un hecho inesperado y totalmente revelador sumirá a Nayeli en un callejón sin salida de compleja solución. Una situación cotidiana en la que sobreviven cientos de miles inmigrantes acumulando empleos para vivir aquí y enviar dinero para allá. Vidas ensombrecidas, vidas pobres y sobre todo, no vidas.

A partir de un guion sólido y sin concesiones coescrito por el desaparecido Jesús Méndez, que colaboró en más de 40 proyectos audiovisuales, Mireia Vidal, coguionista de Yo, de Rafa Cortés y Les mans buides, de Marc Recha, y el propio Puebla, nos situamos en la mirada y el gesto y las pocas palabras de la protagonista, un personaje basado en su rostro y un interior que, en la intimidad, vemos todo el dolor y la incertidumbre en la que está instalada muy a su pesar. La película se cuenta bien y se explica mejor, sin necesidad de artilugios ni inventos para subyugar al espectador, aquí la cosa por otro lado, donde el respetable observa a un personaje viviendo situaciones tan cotidianas como incómodas, en el que se le obliga a vivirlas y no mirar hacia otro lado más cómodo, porque en Femení, singular  se tocan temas que duelen, que molestan y que apenas se ven, por no decir que viven en la profundidad del olvido. Nayeli es mujer, inmigrante y pobre, muchos obstáculos para alguien que tiene escasos medios para enfrentarlos, además de la indiferencia y la cero empatía que recibe de sus superiores, como la señora en la que limpia y cuida de su hijo, tan estirada como distante y altiva, o su casera, tan necesitada como ella, pero alejada porque ella se siente en una posición de altura. 

La excelente cinematografía de Albert Pascual, que conocemos por sus trabajos con Bigas Luna, Santiago A Zannou, Ibon Cormenzana y Oriol Paulo, entre otros. Una luz mortecina y una cámara quieta y cercana, observadora pero sin invasora, con unas localizaciones que se alejan de lo previsible y buscan la autenticidad y sobre todo, la verdad, aquella que decía Rossellini, la que mira, no juzga y penetra en las entrañas de la realidad y del propio personaje. La música de Isabel Latorre, que ha trabajado con Neus Ballús, Elena Escura y Àlex Lora, entre otros, sensible y sincera que construye ese espacio doméstico y urbano por el que se mueve la protagonista, sin recurrir a los excesos típicos del cine mercantilista. El montaje es de Maria Castan De Manuel, que trabajó con Puebla en su cortometraje Negra nit (2022), amén de las recientes Supernatural, de Ventura Durall y Extrany riu, de Jaume Claret Muxart. Una edición con el aroma de las películas de Fritz Lang en EE. UU., sobrias, concisas y huyendo de alardes ni acelerones, sino apoyadas en la contención que la acerca a Bresson, donde la imagen es el foco principal y la palabra ayuda a ir más allá, dotando al relato de solidez y tangibilidad ya que nos sentimos dentro del personaje, siendo testigos de sus decisiones y sus complejidades. 

La presencia de la actriz mexicana Vico Escorcia como Nayeli es todo un gran acierto porque nos la creemos en todo momento, y sin apenas abrir la boca, que hace de su interpretación aún más difícil, porque todo lo debe de expresar desde el silencio, transmitiendo las situaciones tan adversas y en soledad en las que está inmersa en su peculiar método de supervivencia cueste lo que cueste y enfrentándose a una sociedad tan ensimismada en sí misma que olvida con mucha facilidad al otro. Le acompañan Nora Navas como la “señora”, una actriz completísima que siempre resulta muy creíble y natural. Kasi Kapcia es Ilona, que hemos visto en Frontera y Una quinta portuguesa, entre otras. Otros intérpretes son Mònica Almirall, Sergio Caballero, que ha trabajado varias veces con Puebla, y Carles Sanjaime, entre otros. en Femení, singular encontramos referencias al Neorrealismo italiano, al Free Cinema, y cómo no, a los Dardenne, cineastas que han virado sus cámaras, como hizo Buñuel en Los olvidados que corrigió un plano demasiado bonito a Gabriel Figueroa porque la historia iba sobre los que no existen como Nayeli, los que están, trabajan y son pero no para los que los encierran en sus vidas y sus barrios, alejados de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Tanit, de Pep Garrido

LA NIÑA Y LA BRUJA DEL BOSQUE. 

“Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”

Cesare Pavese

Érase una vez… una niña llamada Tanit de 10 años. Tanit vive en una casa de un pueblo junto a un bosque. Un día, buscando a su perro, lo encuentra junto a l’àvia Perona, una señora rodeada de hierbas a la que llaman la bruja del bosque. A partir de ese día, entre Tanit y la Perona se iniciará una relación de amistad, amor y aprendizaje. Tanit, la primera película en solitario de Pep Garrido (Barcelona, 1979), además de guionista y coproductor, nace a partir del cuento homónimo de Núria Albó, que se alzó con el primer premio de El vaixell de vapor en 1984, se convirtió para muchos en su novela juvenil sobre lo femenino, llena de misterio, aventura y sobre todo, de madurez personal. El relato nos sitúa en un bosque, con sus ritmos y sonidos, a través de la mirada curiosa y rebelde de Tanit, la protagonista que vive junto a sus padres, con una madre con embarazo de riesgo y un padre ausente por su trabajo en el hospital. Tanit, a lomos de su bicicleta o en compañía de su inseparable perro, se lanza a descubrir el bosque y todos sus misterios. 

Garrido que conocemos por sus trabajos como director en Sense sostre (2019), que codirigió junto a Xesc Cabot, como guionista en películas como Zulo o Desmontando a un elefante, entre otras y coproductor en Un sol radiant. El director barcelonés se ha lanzado en construir una mirada a través de un momento extraordinario y difícil de la infancia cuando la realidad que nos envuelve se torna compleja y nada fácil, y Tanti, en este caso, deberá afrontar situaciones que se les escapa, además de afrontar unos sentimientos contradictorios y complicados para su edad. Estamos ante un retrato sobre la infancia, sí, pero muy sensible y delicado, que toca temas como la pérdida, la ausencia, el dolor y demás sentimientos que nos enfrentan a la existencia y sobre todo, nos devuelven esa sensación de vulnerabilidad y efimeridad que tienen nuestras vidas. Garrido sabe observar su relato, dejando ese espacio necesario para que todo se desarrolle y se mire con curiosidad y sin prisas, donde la trama se torna sencilla, honesta y muy transparente, huyendo de artificios y construyendo una película de verdad, nada pretenciosa y algo que la hace muy interesante, pequeña, emotiva y nada complaciente. 

Para el equipo técnico, el cineasta ha contado con profesionales cómplices como la cinematógrafa Àssia Júlia La-Roca, que descubrimos en Un sol radiant, también una película sobre el hecho de vivir y sus circunstancias, tiene la capacidad de mostrar y acercarse a aquello que filma desde una distancia y un tiempo que huye de la sensiblería y la condescendencia, transmitiendo la capacidad que sus imágenes vayan más allá y generen las preguntas idóneas y reflexivas. Y otros colaboradores como el sonido de Verónica Font, en un preciso trabajo que con la complicidad de la música de Clara Peya, construyen un espacio sonoro y delicado en el que la banda sonora está compuesta por composiciones sensibles y nada facilonas junto a los sonidos del bosque, del río y demás aspectos de la naturaleza. El montaje corre a cargo de Pepa Roig, de la que conocemos sus trabajos en ficciones como Un bany propi, y documentales como On eres quan hi eres? y Dios lo ve, entre otros. Una edición que en sus 108 minutos de metraje nos lleva de aquí para allá, siempre en compañía de la curiosidad y rebeldía de Tanit, con un ritmo pausado y sólido, sin artimañas ni espectacularidades, sino sumergiéndonos en un espacio entre vida y muerte, entre ilusión e imaginación, entre aquello que somos y la realidad dura que nos encontramos, al fin y al cabo, entre descubrir de qué va esto que llaman vivir.

Una película de estas características debía de acertar de pleno en la elección del personaje principal y con Dolça Salvans Portell lo consiguen. Porque es una actriz natural de Viladrau, uno de los lugares del rodaje, y un espíritu rebelde e inquieto como el personaje de ficción que interpreta. Un gran acierto que transmite naturalidad, intimidad y sobre todo, verdad. Le acompañan los adultos, entre los que destaca la gran presencia de Isabel Rocatti, que la seguimos encontrando en una ambiente rural como en la reciente Cowgirl, pero ahora en un personaje diferente, convertida en esa “bruja” del bosque, en una especie de punki alejada de todos y todo que será vital para Tanit. Los padres de la niña son Sara Espígul y Sergio Caballero, y finalmente, Núria Molàs, otra actriz natural de la zona, que regenta una ganadería ecológica, otra mujer fuerte, rebelde e independiente. La gran ventaja de Tanit, de Pep Garrido es que es una película para todos los públicos, pero en el sentido comercial, sino en el sentido de que está abierta para todas las miradas, y además, nos habla de temas de forma profunda, difícil y mostrando una verdad que pocas veces se ve en el cine, y en un cine como este, que cuenta, que transmite y sobre todo, nos emociona y conmueve con unas imágenes naturales, en muchos momentos de forma documental, que emanan una verdad que traspasa el alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El ladrón de perros, de Vinko Tomicic Salinas

EL LIMPIABOTAS Y EL SASTRE. 

“Es huérfano y es niño aquel que está desnudo de caricias”

Beatriz Villacañas 

En El limpiabotas (1946), de Vittorio de Sica, un par de chavales subsisten en la Italia de posguerra limpiando calzados y trapicheando en el mercado negro. Una supervivencia dura y solitaria, y sobre todo, carente de humanidad. Algo parecido le sucede a Martín, un joven huérfano que malvive en las calles de La Paz, capital de Bolivía, junto a su compañero de fatigas El sombras. Un día deciden secuestrar el perro de un sastre maduro y solitario para pedir un rescate. Así comienza el segundo largometraje de Vinko Tomicic Salinas (Santiago de Chile, 1987), el primero en solitario, porque El fumigador (2016), fue codirigido junto a Francisco Hevia. El director chileno firma el guion con la compañía de Samm Haillay, y vuelve a un retrato social, sin concesiones, y sin tampoco hacer “porno miseria”, la frase acuñada por el cineasta colombiano Luis Ospina, sino en mostrarnos una urbe masificada donde la población se agolpa en poco espacio, y donde la vida se ha convertido en una supervivencia constante. 

En un primer tercio la historia se centra en Martín, hilo conductor de la película, pero en el resto del tiempo conocemos la relación del chico con el Sr. Novoa, el sastre que vive junto a su perro. No estamos ante una película maniquea, de buenos y malos, porque el relato se aleja mucho de lo superficial y ahonda en el presente de Martín, dejando vacío el pasado, para así no convertir la película en discursiva o un alegato que iría en su contra. Tomicic Salinas capta un presente continuo, un aquí y ahora, entre dos personas antagónicas que, por circunstancias, se relacionan y con paciencia y naturalidad, la película irá construyendo una experiencia que va creciendo a medida que va sucediendo la película, sin crear expectativas ni tampoco construir ese tipo de historias de superación y cosas por el estilo que funcionan para una película con pretensiones puramente comerciales, pero no para una película que pretenda contarnos una historia, de verdad, sensible y delicada, sin caer en automatismos muy manoseados. Tiene mucho mérito la película en no dejarse llevar por la relación que plantea y no caer en juegos tramposos para conmover al espectador, sino bucear en las complejidades de una relación de dos seres tan diferentes que quizás no lo son tanto. 

La cinta cuenta con un extraordinario equipo técnico encabezado por el gran cinematógrafo chileno Sergio Armstrong, habitual director de fotografía de Pablo Larraín en su cine chileno, amén de Marialy Rivas y Lorenzo vigas, entre otros, del que vimos hace poco la argentina La mujer de la fila. Una construcción a partir de secuencias cotidianas donde se ahonda en la repetición diaria de nuestras existencias, y en planos cerrados e interiores y muy cercanos, donde se capta la profundidad de los dos “nuevos” amigos. Cabe destacar el uso de la luz, que capta con precisión la urbe y su entorno, con esa ladera repleta de construcciones sencillas, y todas las almas que por allí pululan. La música corre a cargo de Wissam Hojeij, que ha trabajado en países como Francia, Líbano, México y Colombia, entre otros. Su composición se cimenta a través de lo humano, de lo sensible y lo difícil, y sobre todo, la complejidad de lo que somos y cómo nos relacionamos y sentimos. El montaje lo firma la mexicana Urzula Barba Hopfner, directora de Corina, y trabajos como guionista, realiza una edición que captura muy bien las idas y venidas, tanto como la luz y la oscuridad del relato y de la propia país, donde somos observadores curiosos de la historia, que se cuenta sin prisas y con detalles precisos en sus 90 minutos de metraje. 

En el apartado interpretativo tenemos al joven debutante Franklin Aro que interpreta a Martín de forma convincente, natural y cercana. A su lado, el magnífico actor chileno Alfredo Castro, todo un gentleman de la interpretación, siendo el Sr. Novoa, el sastre que vive en soledad junto a su querido perro, tan sobrio, tan observador y tan callado, de vida sencilla y sin alardes de ningún tipo. El joven El sombras, íntimo de Martín, lo hace Julio César Altamirano. La veterana María Luque, que vimos en Blackthorn (2011), de Mateo Gil, es la señora Gladys que ayuda a Martín, y la mexicana Teresa Ruiz, que hemos visto en películas de Gregory Nava, Carlos Bolado, Felipe Cazals, entre otros, interpreta a la señorita Andrea, que trabaja en el sistema de adopciones. En nuestras carteleras se prodigan poco el cine del continente americano, que no sea estadounidense, así que con el estreno de El ladrón de perros, de Vinko Tomicic Salinas, es una buenísima oportunidad para ver cinematografías tan alejadas de lo comercial y previsible, porque la película cuenta con la producción de Bolivia, Chile, México, Francia e Italia, que evidencia el cine como una actividad comunitaria, de cooperación y de fraternidad, para que siga existiendo un cine diferente y resistente frente al sometimiento del mercantilismo feroz imperante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El nido, de Hugo Stuven

EL MAL ESTÁ AFUERA. 

“El bien y el mal no tienen nada que ver con los dioses. Tiene que ver con nosotros”

Matthew Woodring Stover

El cine de género de los últimos años se ha decantado por un público joven y distraído, olvidándose de lo psicológico y sobre todo, de sugerir, generando atmósferas que atrapen al espectador de forma sutil y construyendo tensiones sorprendentes. Ahora, el cine de género se ha instalado en una comodidad trillada, porque todo se muestra demasiado y el susto facilón se ha convertido en el sello de muchas producciones, recurriendo a tramas en muchos casos inverosímiles y con poca profundidad. Por eso una película como El nido, de Hugo Stuven (Madrid, 1978), coescrita por Santiago Lallana y César de Nicolás (cómplices en los anteriores trabajos de Stuven) y el propio director, es una excepción, porque basa toda su trama en todo aquello que no vemos, y nos construye una asfixiante atmósfera psicológica, tan cotidiana como sorprendente, con pocos personajes, donde todo se sugiere, y sobre todo, en un concepto simple pero muy atractivo: el bien y el mal, dos espejos y dos espacios: interior y exterior. Un interior que es una casa perdida en mitad de una arboleda en la que moran Marta, una mujer acosada por el fatídico mal, su pequeño hijo Óscar, y su madre Elena, que tiene encadenada.   

De Stuven conocemos sus películas Anomalous (2016), Solo (2018) y su serie Dime tu nombre  (2015), amén de sus documentales sobre ETA y figuras deportivas como Ángel Nieto y Severiano Ballesteros. En sus ficciones se ha decantado por el terror, un terror psicológico, exceptuando Solo, que gira sobre la supervivencia de un hombre accidentado. Un cine de género que huye de lo fácil y lo evidente para rastrear espacios atrayentes y crear atmósferas peculiares como lo que hace en El nido, en un escenario que recuerda a las películas de estudio que se hacían en el Hollywood clásico en los treinta y cuarenta, y las producciones míticas de la Hammer inglesa, porque la casa, donde se desarrolla la trama, sin olvidar su exterior, porque en la película es tan importante lo que se ve como lo que no, y también el citado concepto de dentro y fuera, del mal como personaje o ente que sacude la vida y las circunstancias de todos los personajes, sobre todo, el de Marta, un ser que vive atemorizada por todo ese mal que viene del exterior, y hace y deshace en relación a eso que no sabemos qué es. Lo iremos descubriendo a medida que avanza la trama, sin prisas y con detalle, siendo la sombra del personaje de Marta. 

El gran trabajo técnico de la película ayuda a crear las tensiones que se van produciendo, desde la cinematografía de Ángel Iguácel, otro colaborador estrecho del director madrileño, con una luz mortecina que evidencia la atemporalidad del relato, y ayuda a crear ese universo tan íntimo y a la vez, tan siniestro, donde lo cotidiano opta por formas muy oscuras sin perder ningún atisbo de realidad doméstica. La magnífica música de Vanessa Garde, con más de 39 títulos al lado de cineastas como Raúl Arévalo, Jota Linares y Claudia Pinto, entre otros. Una composición que atrapa desde el primer minuto potenciando el entramado psicológico que se cierne sobre la historia. Destacar el arte de una grande como Ana Alvargonzalez y el vestuario de Olga Rodal e Irantzu Ortiz, elementos fundamentales en el terror para definir la ambigüedad de la temporalidad. El montaje de un grande de nuestro cine como Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 películas en su filmografía que le ha llevado a trabajar con Amenábar, Bollaín, Léon de Aranoa y muchos más. Una edición que se ve con reposo, sin aceleraciones, dosificando la información con temple y detalle, en sus 109 minutos de metraje que se ven con tensión y ese mal rollo instalado. 

La presencia de Michelle Jenner como Marta es todo un acierto, porque la actriz catalana hace uno de sus mejores papeles, porque se aparta de todo lo que había hecho hasta la fecha, en un rol de una mujer obsesionado con el mal de afuera, con su pasado, sus culpas y arrastrando un dolor que le impide estar bien con los demás y consigo misma. Le acompañan Luisa Gavasa como su madre, y el niño Dylan Radley como su hijo Óscar, y hasta aquí puedo leer para no desvelar más de lo necesario. Si tuviésemos que poner algún pero a El nido, sería algún barullo de guion por la acumulación de información, aunque solo es un leve detalle que no desmerece en absoluto el conjunto de la películas, porque nos devuelve el cine de género como se hacía antes, con esas películas que nos sujetaban a la butaca del cine o del sofá de nuestra casa, sin parpadear y sin mover un músculo, ya que las imágenes que veíamos nos paralizaban. Estamos ante un cuento de terror con aroma de Shyamalan y Eggers, que se ve con mucho interés, y no recurre a las trampas de muchas películas, y eso ya es mucho, porque Hugo Stuven quiere que los espectadores disfruten de su película, es decir, que lo pasemos mal durante un rato, en esa casa y con esos personajes y el pasado y las heridas que arrastran que no son pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias

LOS ESPEJOS DEL DUELO. 

¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?

Carson McCullers

Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama. 

Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.

La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje. 

En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amazomania, de Nathan Grossman

EL ACTO DE FILMAR.   

“La cámara puede ser un arma de colonización cultural o una herramienta de liberación. Todo depende si filmas al otro o filmas con el otro”

Rithy Panh

El cine es una herramienta de conocimiento, experimentación y de verdad, en que el propio acto de filmar implica muchas cuestiones. ¿Por qué filmamos?. ¿Qué o quiénes filmamos?. Y sobre todo, la gran pregunta sería: ¿Qué hacemos con las filmaciones?. Situaciones éticas que cualquier cineasta que se precie debería hacerse, porque replantearse el trabajo es muy necesario para ser honesto con lo que se filma y cómo se muestra lo filmado. La película Amazomania, de Nathan Grossman (Suecia, 1990), es una interesantísima reflexión sobre lo humano, y por lo tanto política, sobre el acto de filmar, porque profundiza en todos estos aspectos, y lo hace de forma muy eficaz y de frente. El cineasta sueco no recurre a subrayados ni la recurrente voz en off explicativa y orientativa, sino que recupera unas imágenes de archivo y las enfrenta a las del presente, generando un debate sobre la ética de filmar que va muchísimo más allá, porque incurren muchos aspectos el hecho de filmar se convierte en un acto ético de consecuencias impredecibles. 

Las imágenes rescatadas pertenecen a 1996 cuando el cineasta y fotógrafo sueco Erling Söderström se adentra con una expedición en la Amazonia brasileña y entra en contacto con los Korubo, una tribu indígena aislada y sin contacto con el exterior, en las que vemos la aventura de adentrarse en el espesor de la jungla amazónica, asistiendo a la cotidianidad de sus peligros: el sofocante calor, el traslado del equipo tanto a pie como con barca, las conversaciones entre los expedicionarios y con los autóctonos de los diferentes pueblos, y sobre todo, el problema que se presenta entre la avaricia de la producción en masa que choca frontalmente con las tierras de los indígenas que están desapareciendo al igual que su población. El otro segmento de la película, casi 30 años después, el citado Söderström vuelve a encontrarse con los Korubo, encontrándose a una comunidad muy cambiada, en la que el hombre blanco ya ha hecho presencia y los ha domesticado y sometido a su mercantilización, y es donde, se confronta el conflicto, los indígenas quieren su parte por haber sido filmados, y reclaman la autoría de esas grabaciones. Un antes y después donde surgen los dilemas éticos de filmar, y las consecuencias que tiene ese hecho. 

Grossman conocido por un cine documental interesado en plantear interesantes reflexiones sobre el cambio climático, sostenibilidad y justicia social que le ha reportado numerosos reconocimientos a nivel internacional como hizo en Greta (2020), sobre la entonces quinceañera sueca Greta Thunberg y su lucha contra el mencionado cambio climático. En Amazomania plantea una película con dos mitades bien diferenciadas: en la primera, asistimos a la fiebre occidental de conocimiento, investigación y exploración sobre lo desconocido, sobre el extraño y sobre lo aislado. En la segunda, vemos las consecuencias éticas de todo esa psicosis por conocer por filmar, y se encuentra con unos problemas con el otro, que reclama su parte, la mercantilización de las imágenes, los derechos como persona por haber sido filmado sin su consentimiento, y demás. Una película que rastrea la propia experiencia del cine y el hecho ondisonante de filmar que implica al otro, a su forma de vivir, de ser y estar en el planeta. Grossman contrapone dos tiempos, dos filmaciones e incide en la cuestión de forma clara y transparente, sin andarse con rodeos, situándonos en el centro del problema, en la cuestión ética de raíz, muy compleja y nada fácil de encarar. 

La película, ya desde su revelador título, nos sitúa en el centro mismo del significado de exposición y las consecuencias que genera  todo eso. En Amazomania, pasamos de la evidencia científica propia de nuestra especie mercantilizada, a esa otra evidencia de poseer al otro y corromperlo mostrándolo al mundo, sacando su vida del anonimato a la mirada occidental del mundo. Resulta significativa la diferencia entre el indígena del primer contacto al del segundo, casi 30 años después, de dónde ha quedado aquel y donde está este de ahora. Todos los problemas en los que se ha visto y sus propias reivindicaciones al hombre blando que lo filmó. La película de Grossman es de una honestidad abrumadora, filma y filma el conflicto, los testimonios de Söderström y de los indígenas y sus conversaciones y los planteamos de unos y otros. No es responsabilidad del film de encontrar soluciones, sino de mostrar una verdad, y la verdad de indígenas y la verdad del cineasta sueco que los filmó, y que nosotros los espectadores seamos testigos de la experiencia de filmar al/con otro como explica el citado Rithy Panh que encabeza este texto. Una frase para reflexionar sobre el cine y lo que entra en cuadro y porqué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olor a leche quemada, de Justine Bauer

LAS MUJERES DE LA GRANJA. 

“Desde luego, era incapaz de imaginarse a sí mismo en un lugar que no fuera la granja; conocía cada uno de sus árboles”

De “Canta la hierba” (1950), de Doris Lessing

La sorprendente y reveladora apertura de El olor a leche quemada (en el original, “Milch ins feuer”, traducido como “Leche en el fuego”), de Justine Bauer (Alemania, 1990), ya nos sitúa en un contexto muy especial: vemos una cámara que se mueve hacia nosotros siguiendo el devenir de un lago, mientras una voz en off nos va explicando la vida de Katinka, una joven que vive en una granja junto a su madre y hermanas y su abuela. Todo es apacible, tranquilo y muy reposado, como si la vida se hubiese detenido, como si las cosas pertenecieran a un estado de letargo, de descanso, donde el verano ha impuesto su ritmo, su mirada y su belleza, y donde cada instante se vive en su plenitud, dejando que las cosas vayan pasando, sin más, disfrutando del instante, de una naturaleza desbordante, y de un verano que quizás es el último de sus vidas, de una vida que se apaga, la vida de una granja que resiste como puede ante los embates de una industria que la arrincona, que la deja atrás, donde su protagonista Katinka, en su ferviente deseo de seguir, se convierte en la última ilusión ante la realidad. 

La directora alemana, que creció en una granja de avestruces en Alemania, ha rodado en el dialecto de Franconia, y nos traslada a Hohenlohe, el sur rural de Alemania, en la que se centra en tres generaciones, la abuela Emma, ya retirada y testigo de un tiempo lejano que ya no volverá. La madre Marlies, que sigue al frente de la granja de vacas y unas cuántas alpacas, sigue ordeñando, ya de una forma automática, y resistiendo como puede y viendo su alrededor en declive, con más granjas abandonadas. Y finalmente, la citada katinka, con sus dos hermanas pequeñas, y su amiga Anna, pasan los días de estío entre vacas, entre el tractor haciendo rectángulos de heno, dando amor al semental, escuchando la memoria de la abuela, y bañándose y riendo mientras la vida va desapareciendo como el ocaso del día. Bauer en un tono muy documental, nos regala una película muy intimista, cercana, cotidiana y vital, donde no hay discursos ni reproches, sólo la vida, la que queda y cómo estas mujeres resisten como pueden. No hay subrayados ni algarabías, sólo cine humanista que observa y que filma la realidad diaria y cotidiana de lo que sucede. Recuerda a ese cine que rescata lo rural, es decir, que filma con honestidad y detalle la vida en el campo, en una granja, con la belleza de naturaleza y el contacto de los animales, y también, el sometimiento a las leyes de un mercado que arrasa con lo artesanal para dar cabida a una industrialización en masa. 

El grandísimo trabajo de cinematografía de Pedro Carnicer, con ese carácter documental de registrar una vida que se va, acompañado del formato que ayuda a ir captando con suavidad y cercanía el entorno natural, y de paso la vida diaria en la granja con sus quehaceres, y además, insufla vida y conflictos a unas jóvenes que deben enfrentarse a una forma de vida que se va apagando. La música de Cris Derksen ayuda a construir ese imaginario de paraíso que oculta las grietas y los conflictos de la supervivencia como granja, captando la sutileza de cada momento de la granja, de sus vacas ordeñándose y esos juegos en el agua, y esa cámara captando cada mirada, cada gesto y cada silencio. El montaje lo firman la propia directora y Semih Korhan Güner que, en sus magníficos 78 minutos de metraje, consiguen llevarnos a esa atmósfera rural, con sus días y sus noches, hipnotizados con su ritmo pausado, sin prisas, donde cada día es una experiencia que no olvidarás, y donde la vida va pasando con sus trabajos, sus ilusiones y derrotas, como cuenta la abuela Emma, que nos remite a aquellos mayores de las películas del oeste que relatan una vida pasada tan diferente al presente en el que están. 

El magnífico reparto de intérpretes naturales encabezado por la extraordinaria Karolin Nothacker haciendo de Katinka, y sus hermanos Sara Nothacker es Emilie, Anne Nothacker es Emma y Johannes Nothacker es Adrian, Pauline Bullinger es Anna, Johanna Wokalek es la madre y Lore Bauer, la abuela de la directora hace de la abuela de la familia. Un elenco que transmite con muchísima naturalidad y precisión cada detalle y conflicto de sus respectivos personajes. Ver una película como El olor a leche quemada, de Justine Bauer es una experiencia abrumadora y muy especial, porque sabe mezclar la sabiduría y grandeza de lo que significa crecer y vivir en una granja, con sus animales, y el contacto con la naturaleza, y por supuesto, el otro lado, con la dureza y el sacrificio del trabajo, los problemas diarios de cuadrar las cuentas y vivir pendiente del precio de la leche y las malditas leyes del mercado que hacen y deshacen granjas, o lo que es lo mismo, la vida rural y la supervivencia de una forma de vida. La película emana mucha verdad, de la verdad tan difícil de encontrar a día de hoy, ya no sólo en el cine, sino en nuestras relaciones personales, porque cada uno se ha subido a la velocidad de crucero de lo que dictan las “normas” de esta sociedad consumista y estúpida. Deberíamos mirar más al campo, pero no como “escapadas”, sino a observar la naturaleza con tranquilidad y nada más. Una quimera en estos tiempos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eixam, de Óscar Bernàcer

BIENVENIDOS A MALPÀS. 

“Fuera de la sociedad, el hombre es una bestia o un dios”

Aristóteles

Esta es la historia de Lluc, un tipo que no ha sabido amar ni ser un buen padre, y como consecuencia, lo pierde todo. Un día, lo rescata Alba, antigua compañera de centro de menores, y lo lleva a su comunidad perdida entre las montañas. Un lugar independiente, alejado de la sociedad, y autogestionado, en el que un grupo de personas viven ayudándose los unos a los otros y viendo en un entorno natural y tranquilo. Con esta premisa, el director Óscar Bernàcer (Palma, 1978), y afincado profesionalmente en Valencia, debuta en la ficción con el largometraje Eixam (Enjambre), después de unos cuantos documentales críticos con la fiebre turística valenciana.  El relato escrito por el tándem Joana M. Ortueta (coguionista en La casa y la serie Heridas) y Jorge Juan Martínez, que compartieron la serie Servir y proteger, no sigue los códigos del thriller al uso, porque se aparta de lo esperado y nos envuelve de un lugar bello e inquietante a la vez, en el que entramos a través de la figura del protagonista y cómo se va enfrentando a ese entorno que tiene muchas capas, y sobre todo, cómo va descubriendo a cada uno de sus habitantes y lo que allí se cuece. 

La fortaleza de la propuesta se capitaliza a partir del interesante y cuidado guion y un grupo de intérpretes que transmiten verdad, cada uno en su rol y su tarea dentro de la comunidad, sin olvidarnos del citado entorno, un escenario tan tranquilo y cotidiano, y su otro lado, que irá emergiendo, en que la historia dosifica con orden y paciencia la información que va conociendo el espectador. Una película sin prisas, con pausa y siendo muy concisa en hablarnos de las relaciones reales, ficticias, calladas e invisibles que existen en ese lugar tan apartado y a la vez, tan reconocible. Hay muchas capas en Eixam, quizás tantas como la condición humana, porque de eso va la película, de lo que somos como personas, lo que nos define como humanos, y todo aquello que ocultados a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, de las leyes no escritas por las que nos regimos para continuar con la idea comunitaria, lo que aceptamos y lo que no, y lo que elegimos o no. El director, valenciano de adopción profesional, no juega al misterio y a llevar de aquí para allá al espectador, sumergiéndonos en un extraordinario suspense psicológico, dejando ese espacio tan importante donde el respetable ejercerá o no de juez implacable con lo que ve y sucede en la citada comunidad. 

Para el equipo técnico, Bernàcer se ha acompañado de antiguos cómplices como el cinematógrafo Víctor Entrecanales, con el que ha trabajado en diversos cortos y en los documentales, El hombre que embotelló el sol (2016) y Here comes the Sun, pequeñas reflexiones sobre turismo de sol y playa (2021), amén de películas como La banda y L’àvia i el foraster. Su luz se acoge muy bien en el entorno, cuidando cada encuadre y generando esa atmósfera tan real como misteriosa, sin acudir a las trilladas técnicas del género. El montador Vicente Navarro, que hizo con el director el cortometraje El deseado (2020), y haber trabajado con Avelina Prat y Claudia Pinto, construye una edición que huye de lo convencional, que cae en el rostro del protagonista, en un relato reposado y misterioso, en sus 100 minutos de metraje que se ve con mucho interés. Para la música tenemos a la compositora Raquel Sánchez, que ha trabajado en películas como Escanyapobres y Mario, y series como Delta, consigue una banda sonora que se contagia con la naturaleza y el carácter de los personajes, y sobre todo, esa atmósfera tan cercana y tan oscura instalada en la comunidad. 

En el apartado interpretativo me van a permitir que nombre a todo su elenco, empezando por el dúo protagonista Pablo Molinero y Cristina Fernández Pintado, y siguiendo con el resto de la comunidad de Malpàs: Pablo Derqui, María Maroto, Gloria March, Jordi Aguilar, Marta Belenguer, Àngel Fígols, Abdelatif Hwidar, con las breves presencias de Sergio Caballero y Neus Asensi. Un grupo que está brillantísimo y que irradia luz y oscuridad. Si tuviésemos que destacar los padres cinematográficos estarían en Perros de paja, de Peckinpah, Defensa, de Boorman, y Furtivos, de Borau, entre otras, films claves y capitales de cómo mostrar las oscuridades de la condición humana enfrentada a sus propios miedos, al otro y a un entorno que puede ser mágico, misterioso y atrayente, y también, oscuro, inquietante y muy hostil. Eixam, de Óscar Bernàcer se suma a esta pequeña pero interesante ola de cine valenciano sólido y magnífico y en valenciano, que está saliendo en los últimos años, las ya citadas en este texto a las que añado La invasió dels bàrbars. Buen cine a pesar de la deriva política de sus gobernantes. Salut y llarga vida al cinema valencià!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín

LAS VIGILIAS EN EL AGUA. 

“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”

Rabindranath Tagore

Hay muchos Cine Español, tantos como cineastas existen. Hay uno que hace mucho ruido, dicho sea de paso, por la cobertura de medios, instituciones y demás escaparates. Aunque eso no significa que sea el cine que más representa el cine que se hace por estos lares. Es un cine más. Porque no hay duda que lo que llamamos Cine Español no es más que una etiqueta, porque el cine hecho aquí es muy diverso, heterogéneo y sobre todo, tan complejo como la historia de este país. Dicho sea de paso, una película como Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (Hellín, Albacete, 1981), es todo lo que el cine debería ser, y no lo digo de forma categorizante, para nada. Si no que lo digo por su audacia e inteligencia en devolver al Cine, y esto lo digo con “mayúsculas”, el Cine de los orígenes, tan radical, imaginativo y sorprendente, donde la herramienta cinematográfica era un medio de exploración infinita, donde cada encuadre era un viaje en sí mismo, donde aquello que se llama “fantasmagoría” crecía en cada película, resignificando una nueva forma de narrar, de contar, de experimentar y sobre todo, de romper y atreverse con todo. 

A Azorín llevamos tiempo siguiéndole la pista, desde su formación en la ECAM, por ser miembro de lacasinegra, un colectivo que forma junto a Elena López Riera, Carlos Pardo Ros y María Antón Cabot. Un cuarteto de cineastas exploradores de la imagen y todas sus múltiples variedades, conceptos y texturas como demuestran en su largometraje Pas à Geneve (2014), que siguen retroalimentándose en sus respectivas películas. Como director en solitario con Los galgos (2012), El ruido del universo (2022), y Los mutantes (2016). Con Anoche conquisté Tebas hace su puesta de largo en solitario y nos convoca en un lugar fascinante y magnético como las termas romanas de Bande, en Ourense (Galicia), y nos sitúa a través de unos amigos portugueses que las visitan. Un arranque extraordinario con esos citados amigos caminando por unos barros fangosos de difícil tránsito, y luego, esa cámara cenital que los observa y los diminuta mientras juegan por los restos pedregosos de las termas. Una película de descubrimiento, de volver a ver el cine de verdad, de encantarse con cada plano, cada mirada y cada leve gesto, porque la película devuelve al cine a su esencia: a la palabra, al agua y a la amistad. Un cine que se quita el artificio para sólo observar la película, su historia, a sus personajes, a escuchar sus diálogos tan cotidianos como reveladores, con esas conversaciones tan importantes como difíciles, a las que nadie se atreve a penetrar. 

El cineasta manchego ha vuelto a contar con el cinematógrafo Giuseppe Truppi, el italiano afincado en España que tiene en su filmografía a la citada López Riera, con la que ha hecho casi toda su carrera, amén de Léon Siminiani y Guillermo Benet, que colabora en la película. La cámara se posa en la historia, en su relato, en su espacio y los hace míticos, como si el tiempo, la memoria y sus gentes se evaporan en sintonía con el agua, como si todo se detuviera, como si lo que vemos fuese como una sensación entre la razón y el sueño, entre estar despierto y la vigilia, con una hipnotizante atmósfera nocturna que lo inunda todo, donde habita un espacio intermedio repleto de sombras y fantasmas. La falta de música ayuda a construir ese espacio cinematográfico, con el tenue y leve sonido del agua, casi como a hurtadillas, con una constante que varía según los acontecimientos. El magnífico trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo, ayuda a construir ese espacio intermedio entre lo que vemos, lo que imaginamos y lo demás allá, en un lugar que va variando y va dejando pasar como los vapores que no cesan emanando del agua. El montaje corre a cargo de la gran Ariadna Ribas, con unos impresionantes 111 minutos con un ritmo reposado, imperceptible y mágico, donde la única jornada va pasando como a escondidas, dejando el mundo y lo demás fuera, y dejándonos sólos con los personajes y sus conversaciones y sus silencios. 

Entre los intérpretes encontramos a los portugueses Santiago Mateus y António Gouveia, por un lado, y por el otro, a Oussama Asfaraah, y el serbio Pavle Cemerikic, que hemos visto en películas de su país como La carga y La patria perdida, entre otras. Sin olvidar la breve pero estimulante presencia de Lorena Iglesias. Unos actores que se metamorfosean con el ambiente, y sobre todo, con su atmósfera y se convierten en “otros”, en unos hombres que hablan de amistad, de miedos, de guerras, de soledad, y de la vida que nos aleja y de los sueños que tenemos, que ya no tenemos y que nunca tendremos. Un cine que nos retrotrae al cine de los Rossellini, Pasolini y Tarkovski, y demás, donde la palabra y el espacio era el epicentro de la narración. Hay pocas películas que necesitan de su visión como esta, y no lo digo con ánimo de llamarla “necesaria”, que es un término que se usa con demasiada gratuidad. Lo digo como una experiencia alucinante su visionado, porque Azorín consigue algo tan difícil en una sociedad tan mercantilizada y sobreestimulada como la que vivimos, porque nos aleja de todo eso, y nos invita a escuchar las conversaciones de unos hombres jóvenes durante su descanso dentro del agua, y lo hace despojando el cine de todo su maraña artificiosa, y desnudando cada plano y cada mirada, dejándonos solos ante la cotidianidad de un diálogo, entre la vigilia y el sueño, entre la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias, del constante juego de vivir y no vivir, de todo aquello que somos y lo que no, y todo aquello que deseamos y que no se producirá, y todo aquello que nos atrevemos hablar y nunca lo hacemos. Una película que recupera el cine en su esencia, en su primigenia, en su labor de mirarlo y dejarse llevar por lo más sencillo, lo más transparente y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA