Nuevo orden, de Michel Franco

LIBERTAD O MUERTE.

“La igualdad tal vez sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho”.

Honoré de Balzac

La película se abre con la imagen del mural “Sólo los muertos han visto el final de la guerra”, de Omar Rodríguez-Graham, una pintura collage llena de vistosos colores, que refleja una sociedad muy injusta, en el que conviven, pero sin tocarse, los enriquecidos y explotadores, y los otros, los invisibles, los que sufren esa desigualdad tan profunda y arraigada. Otras imágenes, casi como destellos, impactantes, desgarradoras y violentas, nos van alumbrando a lo que vendrá después. Vida y muerte, violencia verbal y física, desigualdad institucionalizada, un mundo arrogante, vacío y completamente deshumanizado es en el que vivimos diariamente, con tanta distancia y falta de empatía entre los cuatro que tienen y el resto, la mayoría, que lo sufre, son los elementos que arman la sexta película de Michel Franco (México, DF, 1979), que forma parte de esa generación de cineastas mexicanos que indagan en esa sociedad enferma e injusta con nombres como los de Lila Avilés, Amat Escalante, Carlos Reygadas, Gabriel Ripstein y Diego Quemada-Diez, entre otros.

El cine de Franco nos habla directamente y de frente de los problemas acuciantes de la sociedad mexicana totalmente extrapolables al resto del mundo occidental. La violencia y su uso como elemento de poder y sometimiento ya eran temas que encontramos en el cine de Franco, una filmografía plagada de relatos anclados en el ámbito familiar, de pocos personajes, donde un conflicto genera un caldo de cultivo para una violencia dura y seca, ejercida bajo el amparo de unos individuos sin escrúpulos que optan por una actitud deleznable. El director mexicano muestra comportamientos horribles, pero no convierte esa violencia en espectáculo sin más, profundiza en ella, y la muestra sin alardes de ningún tipo, solo la presenta para provocar las consecuencias de esas actitudes, de mostrar a ese animal salvaje que todos llevamos en nuestro interior. Con Nuevo orden, el cine de Franco da un salto hacia delante en todos los sentidos, construyendo una película más grande, tanto en medios como en reflexiones, nos volvemos a topar con la familia como eje estructural de su trama, pero incluyendo más personajes y más tramas.

El argumento es simple y muy directo, arranca con la celebración de una boda en una de esas casas lujosas de un barrio lujoso, todo un síntoma de desprecio y frivolidad ante lo que ha estallado en la calle con un grandísimo levantamiento popular donde la pintura verde se torna el elemento castigador, como irá apareciendo en la ropa de algunos invitados retrasados por el alud de protestas, como esa impresionante momento cuando la dueña de la casa abre el grifo y sale agua verde, síntoma y mal augurio de lo que está a punto de explotar en sus narices. De repente, en mitad de la fiesta aparecen unos asaltantes y reducen a los invitados a tiro limpio, desatándose una violencia cruel y desorbitada, donde el caos de fuera se apodera de la casa. Mientras, Marian, la futura esposa (excelente la interpretación de Naian González Norvind, su deshumanización contada al detalle), se ha ido a la calle a ayudar a una antigua empleada que necesita dinero para curarse, casi una aventura suicida, dado el peligro de las calles.

Franco no se anda por las ramas, resuelve su historia mostrando la violencia y el caos de las calles, con situaciones muy detallistas donde vemos robos, asaltos, disparos, etc… A la mañana siguiente del estadillo popular, el ejército se hace cargo de la situación y controla las calles llenas de los restos de la tumultuosa protesta, pero Marian ha sido secuestrada por el ejército. Los 88 minutos de esta parábola política y social se mueve con una primera parte a ritmo vertiginoso con planos cortos y muy breves, para luego, pasar a planos más largos y generales, exceptuando los del cautiverio de la protagonista, llenos de oscuros y muy cercanos, con un gran trabajo de Yves Cape, el cinematógrafo francés que vuelve a trabajar con Franco después de Chronic y Las hijas de Abril, uno de los grandes que ha trabajado con gente como Claire Denis y Leos Carax. El exquisito y bruto montaje de Gabriel Figueroa Jara, que vuelve a trabajar con el director después de Daniel & Ana (2009), debut de Franco, que firma con el propio Franco, también ayuda a mostrar ese “Nuevo orden”, título totalmente irónico que juega a aquella frase de Tancredi, “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, el personaje aristócrata de El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Una nueva estructura estatal que se levanta después del otro, que no es otra cosa que el “Viejo orden” de siempre, con los militares en el poder y ocultando sus miserias. Con esa orden que la violencia con más violencia se corta, dejando así las injusticias más acuciadas y profundas. Franco muestra de manera valiente y sincera la actitud de sus personajes, entre esa clase dominante blanca que somete a los desfavorecidos que son indígenas, menos a Marta (magnífica Mónica del Carmen que vuelve a aparecer en el cine de Franco después de la inolvidable A los ojos), y su hijo, que se encuentran en una especie de limbo, apartados por los suyos, y acogidos, en cierta manera por los de arriba. Una película directa y febril, muy visceral, pero que recoge un análisis certero y demoniaco en su planteamiento moral, y propone una serie de preguntas y quizás, alguna que otra advertencia, aunque la conclusión sigue siendo la misma, el cine como arte debe plantear cuestiones que nos hagan reflexionar sobre la sociedad que construimos cada día, quizás las posibles respuestas no parecen tan sencillas, y la injusticia y desigualdad reinantes en el mundo, acabaran explosionando, las consecuencias quizás no sean muy diferentes a las que plantea la película de Franco, o tal vez, esas consecuencias nos devuelven más terror o no, en cualquier caso, los explotadores encontrarán la forma de seguir explotando, eso seguro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

14 días, 12 noches, de Jean-Philippe Duval

CERRAR LAS HERIDAS.

“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos”.

Hellen Keller

Isabelle vuelve a Vietnam, donde diecisiete años atrás, vino con su marido y adoptó a Clara. Ahora, vuelve con las cenizas de Clara que ha fallecido en un trágico accidente. Su misión, confusa y difícil, no es otra que volver a las raíces de su hija, para de esa manera estar en la tierra que la vio nacer, y encontrar alivio a su dolor. Por circunstancias del destino, en Vietnam se tropezará con Thuy, la madre biológica de Clara. El nuevo trabajo de Jean-Philippe Duval (Canadá, 1968), se desmarca de sus anteriores películas, en las que había tocado la comedia negra, el drama biográfico o el thriller psicológico, para construir su obra más personal, una película que nos habla a hurtadillas, sobre la pérdida, el dolor y el duelo, sobre la necesidad humana de reconciliarnos con los que ya no están y los que quedan. Un guión escrito por Marie Vien, de la que ya habíamos visto La pasión de Augustine, de Léa Pool, que nos habla de un reencuentro entre dos madres, la biológica y la adoptiva, narrada a través de tres tiempos. En 1990, cuando nace Clara en un pequeño pueblo. En 1991, cuando Isabelle y su marido adoptan a la pequeña. Y finalmente, en 2018, donde se desarrolla el grueso de la trama, en el cual las dos madres se conocen.

Duval adopta la estructura de una road movie por el norte de Vietnam, en este viaje introspectivo y cercano, en el que las dos mujeres comparten y dialogan sobre sus vidas, y presencian los espectaculares paisajes de la zona, a través de un jeep, o en una gran barca desde el río por la bahía de Ha Long, dotada de una belleza increíble, y una paz asombrosa, observando los desfiladeros y demás estructurales naturales, instante de una fuerza dramática brillante y muy reveladora para el transcurso de la película. La historia se narra desde el punto de vista de Isabelle, a través de la cual conocemos la verdad, su desesperada búsqueda, y sobre todo, sus ansias de encontrar a la madre biológica de Clara, y cerrar las heridas para seguir viviendo, o al menos, intentarlo. La exquisita y concisa luz de Yves Bélanger (cinematógrafo de larguísima trayectoria que ha trabajado a las órdenes de nombres tan ilustres como Clint Eastwood, Jean-Marc Vallé o Xavier Dolan, entre otros), nos convierte en unos privilegiados testigos para conocer esa parte norteña vietnamita, y sus grandes composiciones, que sus imponentes paisajes nos van engullendo como ocurre con lo que van sintiendo sus protagonistas.

Un gran trabajo de edición que firma Myriam Poirier, que dilata o acorta las secuencias según el instante, con ese ritmo que lentamente nos va arrastrando a la intimidad de las mujeres, en ese grandioso momento cuando están en la casa del tío abuelo de Thuy, y sus alrededores. Los 99 minutos de la película se cuentan con pausa, de forma relajada y tranquila, apoyándose en ese viaje físico y espiritual que realizan las mujeres, dejándose llevar por tierra que visitan, y sus vidas interiores, las pasadas y las de ahora. Una historia tan íntima, que nos habla sobre las heridas que ocultamos, necesitaba un par de excelente actrices para atacar unos personajes tan complejos y en situaciones tan dolorosas. Tenemos a Anne Dorval, actriz canadiense dotada de una mirada profunda y llena de vida, muy conocida por participar en Yo maté a mi madre y Mommy, ambas de Xavier Dolan, que interpreta de forma creíble y estupenda a Isabelle, una madre que debe despedirse de su hija en la tierra que la vio nacer.

Y por el otro lado, nos encontramos con Leanna Chea, actriz francesa de origen vietnamita y camboyano, que interpreta a Thuy Nguyen, una mujer a la que arrebataron su hija y ha vivido con su recuerdo, y el destino le ofrece una nueva oportunidad de dejar la rabia atrás y perdonar y seguir con más fuerza su vida, reencontrándose con un pasado que no ha podido borrar. Duval ha construido un viaje muy profundo y personal, lleno de sensibilidad e íntimo, muy alejado del sentimentalismo de producciones que abordan temas similares. En 14 días, 12 noches, vemos alegrías y sobre todo, tristezas, una tristeza muy necesaria para afrontar los sinsabores de la vida, para hacer frente a la pérdida, al dolor y llevar un duelo vital para seguir con nuestras vidas, cerrando las heridas que no nos dejan continuar, que nos detienen y nos matan de dolor. Aunque la historia en su mayoría es lineal, tenemos esos flashbacks que nos sacan de dudas, y nos explican con detalle las circunstancias de una película que ante todo, nos habla de maternidad, del amor de unas madres a su hija, ya sea biológica y adoptiva, una historia sensible y bien narrada sobre el amor de una madre a su hija, y más, cuando esa hija ya no está entre nosotros, despidiéndola y recordándola con amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre nosotras, de Filippo Meneghetti

EL AMOR OCULTO.

“El amor es el difícil descubrimiento de que hay algo más allá de uno mismo que es real”

Iris Murdoch

Nina y Madeleine son vecinas, viven una frente a la otra, pero hay algo que las une desde hace mucho tiempo, ellas están profundamente enamoradas, aunque su amor está oculto, porque nunca lo han hecho público. Nina y Madeleine viven su amor en la clandestinidad, convertido en un secreto que quizás, ha llegado el momento de desvelar, de hacerlo visible. Pero, azares del destino, el paso se queda en suspenso, ya que Madeleine ha sufrido un problema de salud y todo sigue oculto, pero la vida continúa. A partir de esta premisa tan personal e íntima, Filippo Meneghetti (Padua, Italia, 1980), debuta en el largometraje con un relato que se mueve constantemente a través de una fina línea entre lo cálido y o perturbador, ya que, desde la primera y extraordinaria secuencia que abre la película, cuando vemos, a través de un espejo a las dos mujeres reflejadas mientras bailan, todo parece indicar armonía y belleza, pero de pronto, desparecen del reflejo y de nuestros ojos, síntoma inequívoco de ese amor que ocultan al resto.

Meneghetti y Malysone Bovorasmy escriben un guion (que tiene como asesora a la gran directora Marion Vernoux), que no solo aborda el amor maduro entre dos mujeres, sino que ocurre con él cuando las circunstancias vitales lo ponen todo patas arriba, y los planes de la vida quedan en suspenso. Nina se convierte en la vecina amiga de Madeleine, ante los ojos de Anne, la hija de Madeleine, en una existencia en la que hará lo imposible para estar cerca de su amor, de su vida, que la llevará a situaciones muy complejas de llevar. La historia de Entre nosotras (“Deux”, en el original, que viene a decir “De ellas”), arranca como una drama romántico entre dos mujeres que se aman en secreto, y están a punto de dar el paso para hacer su amor público y vivir sin barreras su amor, pero la película se moverá por el thriller, el pasado, las complejas relaciones familiares, y sobre todo, un amor a prueba de todo y todos. El formato scope de la película ayuda a engrandecer la pantalla colocando a las dos mujeres rodeadas de todo aquello que perturba su amor, una luz romántica y sombría a la vez, obra del cinematógrafo Aurélien Marra, que revela mucho de una película que utiliza el off como una de sus señas de identidad, en un relato doméstico donde el silencio se impone, y el sonido llena o vacía todo lo que se cuenta.

Una estudiadísima y bien ejecutada mise en scène que reproduce en el espacio sus espejos y sobre todo, sus reflejos, como los dos apartamentos, uno de ellos, lleno de cosas y recuerdos, y el otro, vacío, sin vida, como si estuviera abandonado. Meneghetti construye un campo cinematográfico que revela mucho más que sus personajes, donde el sutil y conciso montaje de Ronan Tronchot ayuda a imponer ese espacio donde nada es lo que parece y todo tiene un porqué, aunque algún personaje todavía lo desconozca. Si hay algún elemento imprescindible en una película de estas características es su magnífico y ajustado reparto, que no solo brilla con gran intensidad, sino que revela mucho más de los personajes con lo mínimo, en unas interpretaciones apoyadas en sus miradas, donde revelan todo lo callan, todo lo que sienten, y sobre todo, todo lo que se aman. Por un lado, tenemos a Barbara Sukowa, con una filmografía llena de nombres tan ilustres como Fassbinder, Von Trotta, Cimino, Von Trier o Cronenberg, entre muchos otros, que hace una Nina espectacular, llena de amor, miedo, angustia e inseguridad, que vive sin vivir por su amor, como esos instantes de desesperación cuando espera angustiada fumando junto a la puerta, y cualquier mínimo ruido, la hace mirar por la mirilla, intentando encontrar alguna esperanza, algo a lo que agarrarse en esa eterna espera.

En la puerta de enfrente, cruzando el pasillo, nos encontramos a Martine Chevallier, una actriz vinculada al teatro durante toda su carrera, interpreta a Madeleine, la madre y esposa que ha ocultado su amor, esa verdad que la hacía feliz y la ayudaba a soportar un matrimonio roto y vacío, y finalmente, esta terna la cierra Léa Drucker que da vida a Anne, la hija de Madeleine, personaje vital para la historia, ya que escenifica la persona que no sabe nada de su madre y deberá acercarse más a su madre y dejar atrás rencores y mentiras. Meneghetti ha hecho una película bellísima y arrebatadora, sobre el amor y sobre el hecho de estar enamorado, sobre dos mujeres maduras que aman y sienten como nunca lo han hecho, de sentirse atrapado por un amor que nos hace mejores o no, pero si nos hace sentir como nunca habíamos sentido, llenos de todo y de nada, a la vez, una película sencilla, sensible y conmovedora, que se emparenta y recoge el aroma que desprendía Carol (2015), de Todd Haynes, también un amor oculto, intenso y escondido, que indagaba en el puritanismo de la sociedad estadounidense de los cincuenta, que se refleja en Entre nosotras, donde aquel puritanismo ahora se revela en la falsa moral de algunos, y sobre todo, en el miedo a revelar quiénes somos realmente a aquellos que más amamos, al miedo a ser nosotros, en definitiva, el miedo a ser felices. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La chica del brazalete, de Stéphane Demoustier

FLORA ERA MI MEJOR AMIGA.

“Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien”.

Isaac Asimov

Un día de playa en familia, todo parece ir de forma natural y agradable. De repente, todo va a cambiar, y va a cambiar para siempre. Una pareja de gendarmes se acerca a la hija adolescente y después de intercambiar algunas palabras con los padres, se la llevan esposada. La cámara está alejada, registrándolo todo en plano secuencia general, no escuchamos lo que dicen los personajes, no hace falta, todo lo que ocurre se entiende. Es el primer instante de la película, un momento en que deja claro el devenir de las imágenes, donde se impone la austeridad, la cercanía sin adoptar ningún posicionamiento moral, ni nada que se le parezca, y sobre todo, la ruptura familiar entre los padres y su hija adolescente acusada de asesinato. El tercer trabajo como director de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), nos habla de Lise, una joven de 17 años acusado de asesinar a Flora, su mejor amiga, inspirado libremente en el caso mediático de Amanda Knox que, con 20 años, fue acusada de matar a su compañera de habitación en Italia.

El relato arranca dos años después de la detención de Lise, cuando se celebra el juicio, que abarca la mayoría del metraje de la película, adoptando el punto de vista de los padres, que defienden a ultranza la inocencia de su hija. Demoustier nos posiciona en el centro del juicio, pero en el lado del público, convirtiéndonos en el otro jurado popular, con lo cual también acabaremos con otro veredicto, aunque la película va muchísimo más allá, el conflicto no reside en el típico drama judicial estadounidense que deriva en conocer la inocencia o culpabilidad del acusado, no, ni mucho menos, la cuestión radica en dos elementos sumamente importantes. Por un lado, la compleja relación entre los padres y su hija, la distancia y la confusión que se va generando entre ellos, y la indefensión y terror de unos progenitores que nunca llegarán a conocer de verdad a su hija. Y por el otro, el cuestionamiento moral del juicio por la vida sexual liberal de la acusada, hecho en que la implacable fiscal basa sus acusaciones.

En el juicio no solo se cuestiona la vida sexual de una adolescente, sino el hecho de ser mujer y tener esa posición ante el sexo, ya que si fuese hombre la cosa cambiaría completamente, porque la conducta sexual de un hombre se acepta en todos sus términos, sea cual sea. Demoustier logra una mezcla poderosísima entre sensibilidad y dureza, entre la frialdad y la intimidad, y sobre todo, un retrato lleno de muchas oscuridades y secretos entre padres e hija, cada vez más alejados y desconocidos. El conflicto avanza de forma magistral, con esa tensión que va rasgando la vida de los padres, que cada vez se sienten más perdidos y frágiles ante los hechos que se van sucediendo en la sala, mientras, Lise defiende su vida sexual, su libertad y su identidad, ante una fiscal que le recrimina una conducta moralmente no aceptada, donde el brazalete del título, que porta la acusada, deviene un objeto-yugo psíquico que todavía acarrea una sociedad que defiende una libertad aceptada por una moral conservadora que defienden como correcta.

Una película de estas características necesitaba un reparto sobrio, delicado y muy competente, como lo demuestran unos intérpretes en estado de gracia que, defienden con soltura y aplomo las complejidades de sus personajes, empezando por Anaïs Demoustier como fiscal moralista y encabezonada en una tesis acusatoria basada en la vida disoluta de la acusada, con los Roschdy Zem y Chiara Mastroianni como los padres de la protagonista, en posiciones muy alejadas frente a la acusación de su hija, detalle importantísimo para el devenir de la trama, y finalmente, Melissa Guers en el rol de Lise, debutante en el cine, que destaca por su mirada y gesto, en un personaje callado y sombrío que apenas explica lo que le sucede y mantiene un secretismo perturbador. Si recuerdan la película La herencia del viento (1960), de Stanley Kramer, un excelente drama judicial en que se confrontaba la teoría de las especies de Darwin contra el creacionismo, lo humano contra el dogma, lo liberal contra el conservadurismo, las mismas cuestiones que expone con detalle, intimidad y magnificencia La chica del brazalete, porque no se acusa a alguien de asesinato, sino que su vida sexual liberal, muy contraria a los cánones morales aceptados por la sociedad, la convierten en una asesina, quizás el progreso científico y tecnológico de la sociedad no debería ser solo económico, sino también, de reflexión y pensamiento, que hace más falta, ya que nos haría a todos más libres, y sobre todo, mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anton, su amigo y la revolución rusa, de Zaza Urushadze

LA INFANCIA DE ANTON Y JAKOB.

“Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro, y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz”.

Ana Frank

El universo cinematográfico de Zaza Urushadze (Tiflis, Georgia, 1965-2019), estaba condicionado por las continuas guerras en su país y alrededores. Sus historias siempre giraban en torno al conflicto bélico, ya fuese el de la Segunda Guerra Mundial como el reciente con Rusia. Aunque para el cineasta georgiano, la guerra siempre quedaba lejos, fuera del lugar de los hechos, no obstante, su sombra y sus consecuencias se mostraban de forma cruda y salvaje, porque los relatos de Urushadze giraban en torno a la existencia de unas personas sencillas que ven como al guerra irrumpe en sus apacibles vidas y las volvía completamente del revés, porque en sus películas, el asunto que más le interesaba retratar era el humanismo frente al horror de la guerra. En Anton, su amigo y la revolución rusa, adaptó la novela homónima de Dale Eisler, que se inspiró en hechos reales, además de ser uno de los coguionistas junto a Vadym Yermolenko y el propio director, en una cinta que ha convocado productoras de cinco países tan diversos como Ucrania, Georgia, Lituania, EE.UU. y Canadá.

El conflicto nos traslada a un pequeño pueblo de Ucrania en 1919, no muy lejos del Mar Negro, con los ecos todavía tan presentes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique. Un lugar donde conoceremos a Anton, hijo de inmigrantes alemanes y Jakob, hijo de inmigrantes judíos, dos niños que a pesar de sus diferencias religiosas y culturales, son dos buenos amigos, como demuestra el magnífico arranque de la película cuando observan el cielo e imaginan un mundo menos hostil que el que tienen abajo. La trama se desencadena cuando llegan al pueblo los bolcheviques completamente desatados y dispuestos a eliminar cualquier vestigio alemán en la zona, con una violencia crudísima y sin respuesta posible por parte de los aldeanos. Urushadze que, con la película Mandarinas (2013), conociendo las mieles del éxito, recorriendo decenas de festivales internacionales, incluso fue nominado a los Oscar y Globos de Oro, nos coloca en mitad de la acción, a través de la mirada de los dos niños.

Por un lado, tenemos la relación de amistad profunda y sincera de los dos niños, que son testigos del horror que se está apoderando del pueblo, con el invasor bolchevique, y por el otro lado, vemos las relaciones que se van generando en el pueblo y todo lo que se va cociendo en el mundo de los adultos, con el miedo y la angustia de la incertidumbre por la supervivencia. El director georgiano sabe manejar con soltura y muchísima habilidad el contexto bélico con lo humano, mostrando sensibilidad y humanismo sin caer en lo convencional y el sentimentalismo, con una historia difícil y muy compleja, donde la violencia salvaje siempre la vemos con la distancia prudente, y sobre todo, una película sabia ya que investiga las consecuencias de esa violencia desatada en los que quedan. La historia se cuenta desde la sobriedad y la austeridad, con pocos personajes, encuadres bien compuestos, una luz sombría pero llena de luz cuando aparecen los niños, y esos movimientos de cámara cuando la acción de los personajes lo demanda, y sobre todo, una composición mínima de los diferentes caracteres y actitudes de los personajes, que a medida que avanza el metraje, vamos descubriendo sus verdaderos deseos e intenciones.

Anton, su amigo y la revolución rusa, recoge de forma honesta y sencilla el aroma que desprendían películas como Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini, Juegos prohibidos (1952), de René Clement, La infancia de Iván (1962), de Andréi Tarkovski, Ven y mira (1985), de Elem Klímov,  Adiós, muchachos (1987), de Louis Malle, o La tumba de las luciérnagas (1988), de Isao Takahata, entre otros, retratos profundos, sinceros y brillantes sobre niños en mitad de la guerra, que como les ocurre a Anton y Jakob, sus vidas no volverán a ser las mismas, y ese tiempo de guerra quedará marcado para siempre en el devenir de sus vidas. Como ocurría en Mandarinas, el reparto de la película destaca enormemente, desde su impresionante caracterización y sus miradas, en una película de poco movimiento, donde prevalece el buenísimo hacer de todos los intérpretes, y sobre todo, la forma en que Urushadze va creando y generando esa tensión que se nos agarra fuertemente y no nos suelta en toda la película, construyendo ese espacio de incertidumbre en el que viven todos los habitantes del pueblo, a la espera de las actuaciones violentas de un enemigo lleno de odio y vengativo, que se enfrentará a un pueblo organizado, resistente y muy valiente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

2046, de Wong Kar-wai

EL RECUERDO DEL AMOR.

“Todo en cuanto al amor es una cuestión de tiempo. No es bueno encontrarse con la persona adecuada muy pronto o muy tarde.”

Hay películas que van mucho más allá de la propia experiencia cinematográfica, ya sea por sus características técnicas, su contenido emocional o quizás, sea por lo que vive en nosotros, porque pasado el tiempo, siguen alimentándonos con su espíritu, algo así como una especie de dominio, como si nos poseyera, como si la propia materia intangible de la película se convirtiese en una segunda piel. Nunca sabremos los verdaderos motivos por el cual se produce este fenómeno indescriptible en nuestro cuerpo y mente, pero lo que si podemos afirmar que nosotros, tarde o temprano, siempre volvemos a sus imágenes, a aquel instante en que la vimos por primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado, en ese preciso momento en que entramos en un cine, las luces se apagaron, el silencio envolvió la sala, y las imágenes empezaron a proyectarse.

Después de la fantástica idea de la distribuidora Avalon de rescatar una serie de películas de Wong Kar-wai (Shanghái, China, 1958), en los cines, encabezada por Deseando amar (2000), con motivo de su veinte aniversario, debido a su éxito de público, reestrenan en más cines una de ese grupo de films estrenados bajo el título “El universo de Kar-wai”, y no es otra que 2046, la continuación de Deseando amar, donde volvemos a encontrarnos con el Sr. Chow, cuatro años después de la anterior, en ese 1966 tan vacío, sombrío y triste, convertido en un escritor afamado que vive en el Hotel Oriente de Hong Kong, en la habitación 2046, la habitación que compartió con la Sra. Chan, el espacio en el que no pudo consumar su amor. Después de un viaje a Singapur, debe ocupar la habitación 2047, ya que la suya está ocupada. El Sr. Chow se mueve por inercia, abrumado por el recuerdo del amor perdido, en una existencia más propia del que lo ha perdido todo, el que ya no desea más, ni sobre todo a nadie.

Kar-wai vuelve a hacer gala de un estilismo muy depurado y detallista, con esas imágenes ralentizadas, a las que incorpora otras a cámara rápida, donde la cámara sigue de cerca a los personajes, casi como una segunda piel, escrutándolos tanto a nivel físico como emocional, en una película muy fragmentada, donde cada encuadre nos muestra una ínfima parte del espacio, aprisionando a los personajes como si fuesen bestias enjauladas, oprimidas y vaciadas en su propio estado a la deriva, con esa amalgama de colores rojo, verde, amarillos, fluorescentes, pero sombríos y decadentes, como las no vidas de los personajes, con la cinematografía de Christopher Doyle, juntamente con Kwan Pun Leung y Lai Yiu-fai. La vida o no vida del Sr. Chan se llena de noches, de apuestas, de alcohol, y muchas mujeres, como si lo poco que le quedase de vida, quisiera encontrarla en el cariño femenino. Mujeres prostitutas en su mayoría, donde el amor se compra, donde todo vale lo que dura el dinero, donde todo se hace por un interés, quizás la metáfora más evidente de la no vida de Chan.

Chan conocerá a mujeres muy distintas entre ellas, una que se acuesta con el mejor postor, otra, Bai Ling (la natural y atractiva Zhang Ziyi, que despuntaba en el cine de Zhang Yimou, uno de los productores de la cinta), la joven y bella hija del dueño del hotel, enamorada de un japonés (la cercana y joven actriz) Faye Wong, y finalmente, Su Li-Zhen, con el mismo nombre que la añorada Sra. Chan. Ahora, una jugadora de cartas profesional, apodada como la “Araña Negra”, una femme fatale en toda regla, la típica mujer solitaria de un lugar oscuro y de perdición como los sitios de Singapur, en la piel de una extraordinaria Gong Li, durante muchos años la “musa” de Yimou, al que los más cinéfilos recordarán por títulos tan célebres como Sorgo rojo o La linterna roja, entre otros. El cineasta chino nos envuelve en una singular y maravillosa película, llena de personajes perdidos, que no encuentran su lugar, llevados por una decadencia tanto moral como física, donde las emociones intentan infructuosamente salvarse de lo inevitable, con el peso del tiempo otra vez como implacable con su ley de lo efímero y su fugacidad, en que el centro de la trama recae en el Sr. Chow, un extraordinario Tony Leung, que encarna a ese antihéroe del amor perdido, del recuerdo imborrable de la Sra. Chan, como el Rick de Casablanca, como un caballero sin armadura, un vagabundo del amor, deambulando sin destino, un aventurero errante, buscando un amor imposible, enamorado de aquella mujer que no puede olvidar, preso de sus recuerdos que, utiliza la ficción para recordar su amor, con ese viaje en tren solo de ida, donde sus personajes en su novela, que llama 2046, viajan a un futuro distópico, en el cual puede revivir recuerdos perdidos, una ficción donde va colocando a los personajes reales de su vida, en otro juego estupendo de la película, donde la vida no deja de ser un reflejo de todas las ficciones reales o inventadas que hemos vivido o no.

2046 es una tragedia, porque aunque no muere nadie físicamente, si que lo hace emocionalmente, acompañada con esa banda sonora que, al igual que ocurría en Deseando amar, es una interesantísima mezcla de versiones y brillantes temas como los del músico Shigeru Umebayasi, que vuelve a componer dos temas que son oro puro para los sentidos, o las dos versiones de “Siboney”, célebre tema de los sesenta, que por un lado escuchamos la instrumental de la Orquesta de Xavier Cugat, del que también oiremos “Perfidia”, y la versión en castellano de Connie Frances, alguna de Nat King Cole, y la joya de la corona, “Julien et Barbara”, el tema de Georges Delerue para Vivamente el domingo de Truffaut, otro drama romántico con amor oculto e imposible. 2046 es una desgarradora historia de amor imposible y vencido, como lo eran la citada Casablanca, de Curtiz o Tú y yo, de McCarey, bellas y tristes dramas románticos, que no solamente nos hablan de la parte oscura y difícil del amor, sino de su recuerdo, de ese recuerdo imborrable que no desaparece con el tiempo, que sigue alimentando nuestra alma y nuestra vida, que creemos inútil volver a reanimarlo con otras mujeres, peor es inútil, porque ninguna persona es igual a aquella, a aquella mujer que nos devoró el alma, o mejor dicho, aquel amor que nos embrujó, que nos dinamitó todo, que seguimos añorando, que nos descubrió la vida, el amor,  sobre todo, a nosotros mismos, porque en este mundo hay muchas Señoras Chan que el tiempo no ha borrado, que siguen tan cercanas e íntimas en nosotros, porque el amor puede volver a nuestra vida, con otros rostros y en otros cuerpos y emociones, pero nunca como aquel que tuvimos, aquel que seguimos teniendo en sueños, aquel que sigue latiendo tan presente, aquel que el paso del tiempo no consigue borrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA.

El chico, de Charles Chaplin

LA GRANDEZA DE LOS DESHEREDADOS.

“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachudos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.​

Charles Chaplin en su libro de memorias.

Hace un siglo, en febrero de 1921, llegaba a los cines de EE.UU., The Kid (El chico), el primer largometraje de Charles Chaplin (1889-1977), luego vendrán La quimera del oro, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador, entre otras, películas que han trascendido al propio arte cinematográfico y se han instalado en nuestras vidas. Chaplin debuta en el cine mudo en 1914 con su personaje mendigo, y quiere llevarlo a un cine diferente, más largo y contando otro tipo de relatos. Será ese mismo año, en 1914, donde nació su  “The Tramp”, de nombre Charlot, su vagabundo más pobre que las ratas, perdido, sin nada que hacer, comer, y sobre todo, un paria con una gran habilidad para meterse en líos, eso sí, un tipo que, a pesar de sus lamentables circunstancias, era un tipo refinado, con clase y de buenísimas maneras, porque lo cortés no quita lo valiente.

La primera vez que el cine vio a Charlot fue en Carreras sofocantes en 1914, de la compañía Keystone, aunque había sido en una película anterior Extraños dilemas de Mabel, donde ideó el atuendo de su célebre personaje, pero esta última película se estrenó después que la otra. Cien años después, nos llega a las pantallas, en una magnífica restauración con la exquisita técnica del 4K, El chico, donde Chaplin nos ofrece una delicadísima y magnífica película sobre la infancia, con esa ya imprescindible frase que abría la película: “Una película con una sonrisa, y quizá, una lágrima”. Una sentencia que sería el leit motiv de su carrera, porque Chaplin siempre buscaba esa idea en su cine, contar una historia apegada a la realidad más dura y desoladora, pero sin olvidar de sonreír, porque la existencia humana ya tiene mucho de drama en su propia idiosincrasia. Ver la nueva copia de El chico es una experiencia asombrosa, porque no solo engrandecen las imágenes filmadas por Chaplin cien años atrás, sino que nos envuelve en ese aura mágica que tiene el cine, esa emoción indescriptible cuando las luces se apagan y empiezan los sueños, y alguna que otra pesadilla.

Chaplin en aquel lejano 1921, quería ir más allá en su cine, y sobre todo, pretendía dar forma a una carrera en la que su vagabundo fuese el centro de atención en historias más dramáticas, ahí nació El chico, donde el genio nacido en Inglaterra, habla a tumba a vierta de su difícil y triste infancia, en la que, entre otras penalidades, sufrió verse separado de su madre, como rememorará en la extraordinaria secuencia cuando separan al vagabundo y al niño, en uno de esos momentos que han traspasado el cine, la pantalla y la historia. La historia que cuenta El chico es muy sencilla, un vagabundo encuentra por casualidad un bebé que cuidará como si fuese suyo, a pesar de las necesidades. Cinco años más tarde, los dos se han convertido en padre e hijo, y como dos granujas se ganan la vida como pueden y les dejan, inventando las triquiñuelas más imaginativas. Pero, todo cambiará cuando el niño enferma, aparece el médico y los servicios sociales quieren arrebatarle el niño ya que no es suyo. Charlot hará lo imposible para no perder al niño y que sigan estando juntos, situación que también desea el pequeño.

La indudable maestría de Chaplin es abrumadora, su composición del encuadre, sus maravillosas elipsis, el excelso tratamiento de los diversos conflictos, la infinita inventiva de mezclar drama y comedia en la misma secuencia, y con un dinamismo brutal, que nunca se agota, que siempre va a más, con un control sobre el tempo cinematográfico que ya era moderno y sigue siéndolo, donde todo va ocurriendo sin decaer en ningún instante, con una maravillosa intuición para mostrar lo oculto, y ocultar aquello que es necesario, en que el espectador se convierte en un agente despierto, inteligente y perspicaz. El crítico André Bazin lo describía a las mil maravillas en su “Introduction à une symbolique de Charlot”: (…) “Queda por señalar que las mejores películas de Chaplin pueden volver a verse una y otra vez sin que disminuya el placer, muy al contrario. Sin duda se debe a que la satisfacción que dejan determinados gags es inagotable por la profundidad que tienen, pero, sobre todo, a que ni la comicidad ni el valor estético son en absoluto deudores de la sorpresa. Ésta se agota una vez, y en su lugar queda un placer mucho más refinado que es la expectativa y el reconocimiento de una perfección”.

Para el personaje del niño, Chaplin optó por Jackie Coogan (1914-1984), un niño que lo enamoró mientras bailaba en un vaudeville. Porque el personaje del niño funciona como un doble del propio Charlot, una relación entre padre e hijo, pero también, una relación entre Charlot adulto y Charlot niño, en una simbiosis perfecta que funciona con elegancia y ritmo, dos almas necesitadas, sí, pero que irradian simpatía, sensibilidad y amor. Es un inmenso placer descubrir por primera vez el cine de Chaplin, y más aún, volver a descubrir y redescubrirlo cada vez que miramos una de sus películas, porque nunca se agotan, porque están llenas de inventos, de sueños, de alguna pesadilla, de humor, de alegría, y sobre todo, de humanismo, porque si Charles Chaplin y su añorado “Charlot”, han pasado a la historia del cine, y se han instalado en nuestra vida, es por sus características humanas, un cine sobre la condición humana, sobre lo que vemos y lo que ocultamos, un cine que se convierte en un reflejo de nuestras vidas, de lo que somos, y de lo que soñamos, esa humanidad que a veces nos olvidamos de ella, y nos empeñamos en ser quiénes no somos, Chaplin, a pesar de las injusticias, desigualdades y guerras, siempre nos habla desde el corazón, desde lo más profundo del alma, para que no olvidemos nuestra humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los pájaros no vuelan de noche, de Albert y Pau Sansa Pac

UNA NOCHE PARA RECORDAR.

“La migración es el camino hacia la muerte. Para sobrevivir, los pájaros deben formar parte de la bandada. Al acabar el invierno, las aves se dirigen con instinto a la primavera. Como grupo superan grandes distancias, manteniéndose unidas sin dejan a ninguna atrás. El líder y sus herederos deben guiar la bandada. Porque los pájaros como las personas crean una sociedad irrompible. Y por lo tanto, si un pájaro queda marginado de ella, su única opción será la muerte”.

Debutar en cualquier ámbito de la vida, siempre es una experiencia difícil y compleja. En el mundo artístico, y más concretamente en el cine, la tarea no solo resulta muy difícil, sino que conlleva la implicación de un equipo de personas que todos a una caminarán al mismo objetivo. Y cuando toda esa aventura, se hace cuando apenas se tiene experiencia en el medio, el trabajo va mucho más allá, ya que todo implica esfuerzos y sacrificios a nivel personal y profesional, donde cada jornada se hace más cuesta arriba y el aprendizaje para bien o mal, resulta constante.

Los pájaros no vuelan de noche es una primera película concebida desde el amor al cine, desde el infinito entusiasmo de un grupo de amigos que, siendo estudiantes de primero y segundo de la Escac, se lanzaron a hacer su opera prima, con una media de edad entre los 19 y 20 años, donde destacan los nombres de sus directores, Albert y Pau Sansa Pac, hermanos y gemelos de Palamós (Girona), del año 1998, el coguionista, junto a los directores, Biel Martí, el músico Eli Ben-Avi, el productor Pol F. Ryan, el cinematógrafo Iñaki González y el editor Oriol Domènech, entre un grupo de entusiastas, voluntariosos y firmes colegas, a los que se juntó, un grupo de intérpretes con Albert Salazar a la cabeza (conocido por su gran interpretación en la obra de teatro A.K.A. (Also Known As), todo un fenómeno de la escena independiente), Fabián Castro, Júlia Ferré, Marta Cañas y Xavi Soler. El relato arranca con Marc, que interpreta con soltura y sobriedad un inmenso Albert Salazar, un joven que después de un accidente, vuelve a la casa familiar donde les esperan sus amigos para intentar recordar su vida anterior.

Una sola localización, la casa en mitad del bosque, acotado a una sola jornada, donde la noche tendrá una gran importancia, pocos personajes, una luz elegante y muy sombría, y una planificación sencilla pero muy eficaz, moviéndose en un marco de thriller psicológico, con esa relación-reflejo de lo que ocurre a los seres humanos con el mundo de las aves, en que la ambigüedad tanto de los personajes, como del propio protagonista que, en algunos instantes se convierte en un tipo que recuerda y en otros, parece sumido en una especie de pesadilla por sus propios males. La película funciona mucho mejor cuando no se habla, en que la exquisita estilización con la que está contada, con momentos muy intensos y terroríficos, como la cena, donde el maravilloso juego de plano/contraplano, proporciona ese juego incómodo que tanto busca la película, o ese otro instante, con la piscina de por medio, donde al igual que le ocurre al protagonista, nos vemos inmersos en un kafkiano juego laberíntico en el que parece que no hay ni entrada ni salida, o ese otro conflicto con la escopeta de por medio, o ese otro, donde la seducción juega una baza esencial.

El tándem de directores nos lleva de la mano por esa casa, con sus encuadres íntimos y muy cerca de los personajes, descubriéndonos todo lo que ocultan y callan, mostrándonos un hogar/laberinto que cada espacio nos descubre algo inquietante y confuso, donde esos amigos, al igual que la desmemoria o no del protagonista, consiguiendo imponer una atmósfera fantástica, muy visceral, en que todos los elementos juegan al despiste, aunque sin alardeos innecesarios y piruetas narrativas o de forma excesivas, solo alguna secuencia algo atropellada, pero que en ningún caso desluce el tono general, porque la película se preocupa de guardar un tono sobrio y pausado, donde la pesadilla va subiendo sin prisas, ahogando al protagonista, con la tensión en aumento, y con una resolución que no se hace esperar en exceso, porque sus breves pero intensos setenta minutos de metraje también ayudan a no revelar ni a extender una duración porque si, sino ajustándose al relato y su propia resolución, que se convierte en un hallazgo que se agradece.

Un relato que consigue seducirnos con pocos elementos y sobre todo, con un gran trabajo del plantel de jóvenes intérpretes, el ya citado Salazar, bien acompañado por Fabián castro en la piel de David, el líder del grupo de amigos, siniestro y demasiado juguetón, quizás traspasando algún que otro límite, Marta Cañas (que habíamos visto y nos había enamorado por su naturalidad en películas como Les amigues de l’Àgata y Yo la busco), Júlia Ferré como Mónica, el personaje más complejo de la película, porque juega constantemente, al igual que hace la película, a la ambigüedad y el juego con Marc, que defiende con habilidad la joven actriz, y Xavi Soler como Víctor, un personaje que parece ausente, pero quizás son meras apariencias. Los pájaros no vuelan de noche, de Albert y Pau Sansa Pac, una película honesta y seductora, con todos los aciertos y dudas de cualquier opera prima, hermanada a El increíble finde menguante (2018), de Jon Mikel Caballero, otro thriller psicológico y debut, donde la protagonista, al igual que Marc, se verá sometida a un entramado confuso y desagradable en el que deberá encontrar su propio destino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Advocate, de Rachel Leah Jones y Philippe Bellaiche

UNA MUJER HUMANISTA.

“El derecho a tener derechos o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad debería ser garantizado por la misma humanidad”

Hannah Arendt

Una de las partes más importantes del cine es la de descubrirnos historias, y sobre todo, dar a conocer a las personas que hay detrás de esos relatos. Personas anónimas, personas que, la vorágine periodística narcotizada por la actualidad más gritona, suele olvidar con demasiada facilidad o no darle el protagonismo que merece su inmensa labor humanitaria. Lea Tsemel (Haifa, Israel, 1945), es una de esas personas, una persona que es israelí, pero está en contra de la política de su gobierno contra los palestinos. Tsemel se ha forjado un carácter indomable y férreo, además de convertirse en una ferviente luchadora de los derechos humanos en Israel, pero no lo hace contra los palestinos, sino a favor de ellos, porque esta letrada combativa y resistente, lleva más de medio siglo luchando contra la opresión y ocupación ilegal de Israel en Palestina, defendiendo a personas acusadas de actos muy violentos contra la seguridad de Israel. Una mujer que ejerce su profesión de abogado con entusiasmo y amor, a pesar de ser siempre derrotada por los tribunales penales de Israel, que, aún así, sigue creyendo en la justicia y mantiene la esperanza de salvar de la prisión a sus defendidos.

Rachel Leah Jones (EE.UU., 1970), se ha pasado toda su carrera cinematográfica planteando historias sobre el eterno conflicto entre palestinos e israelíes, pero en Advocate, que codirige con Philipe Bellaiche (Francia, 1967), uno de sus cinematógrafos, se pone en el otro lado del espejo, construyendo una película directa y en presente, aunque tenga algunos flashbacks, en los que se pone en relieve el inmenso trabajo que Lea Tsemel lleva desde hace más de cincuenta años, haciendo especial énfasis a su conversión que la llevo a una defensora de Israel a poner en duda sus políticas opresivas y de exterminio contra el pueblo palestino, pasando por sus casos más importantes, en los que se incluyen los cargos contra su marido, su ajetreada vida personal, su figura en un país que rechaza profundamente a los israelíes que defienden a los palestinos, y demás datos relevantes, que no ensalzan la figura de Tsemel, sino que sirven para investigar más profundamente a nivel personal y profesional, una mujer que cree en la justicia, y en la defensa de sus clientes, y trabaja incansablemente para conseguir su libertad.

La película, con esa estructura y transparencia propia del cine de Frederick Wiseman, en la que se muestra todo lo que lo dejan mostrar, y las personas que habitan esos lugares, espacios fríos y burocráticos, que ensombrecen la humanidad o simplemente, la inutilizan. Advocate se centra en la cotidianidad de la abogada, y más concretamente, en dos casos en cuestión: el de Ahmad, un niño de 13 años acusado de varios intentos de homicidio, y el de Israa Jaabis, una mujer acusada de intento frustrado de atentado suicida. La cámara se convierte en la sombra de Lea Tsemel, filmando su oficina, sus investigaciones, los kafkianos procedimientos en los tribunales, los encuentros con los acusados y familiares, componiendo una intimidad y sensibilidad admirables, manteniéndose en la distancia correcta para hablarnos de todo, sin caer en el sentimentalismo o en el mero documento superficial, aquí se muestra todo, todo lo que dejan, porque algunas partes, como el rostro de los acusados y algunos funcionarios, quedan ensombrecidos mediante la novedosa técnica de la ilustración partiendo la pantalla.

Jones y Bellaiche no solo han hecho un retrato concienzudo, sobrio y brillante de alguien ejemplar, tanto a nivel humano como profesional, una mujer que cree en la culpabilidad de sus acusados, pero con matices, yendo al problema importante del conflicto, la brutal opresión ejercida por el gobierno de Israel al pueblo de Palestina durante más de medio siglo, en la que una guerra abierta entre unos y otros, acaba por llevar al oprimido a hacer actos que son salvajemente condenados por el opresor. Cine humanista, cine que habla de las personas y sus circunstancias, de las personas más sencillas y humildes, las que se levantan cada día para hacer de este mundo un lugar mejor, aunque tan difícil resulte, y eso acaba generando la mirada y la forma que ejercen los cineastas (“La búsqueda de la humildad es lo más importante, especialmente si quieres edificar una ética, si quieres alcanzar una cierta moral”, en palabras de Rossellini. Porque al fin y al cabo, la película va más allá del mero retrato de alguien que es asombroso, sino que lo estudia y lo investiga para construir el relato más transparente, político, social y humanista que sea posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajocero, de Lluís Quílez

ASALTO AL FURGÓN DE PRESOS.

“Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos”.

Achile Tournier

El cineasta Lluís Quílez (Barcelona, 1978), ya había demostrado su grandísimo talento en el mundo de las películas cortas, con títulos tan reconocidos como Avatar (2005), Graffiti (2015) o 72%  (2017), relatos de fuerte carga psicológica, en la que sus personajes implicados deben afrontar sus propios miedos, en un mundo totalmente inhóspito y muy oscuro, con acciones que revelarán consecuencias muy inesperadas. Su opera prima, Bajocero, como no podía ser de otra manera, se ancla en los mismos parámetros que seguían sus anteriores trabajos, y nos envuelve en una atmósfera muy inquietante y llena de tensión y violencia, en una película, escrita por Fernando Navarro (especialista en el asunto trabajando con nombres como Paco Plaza, Balagueró o Kike Maíllo), y el propio director, en la que nos someten a una noche muy negra y gélida, una atmósfera de mil demonios y con un tipo solo (como ocurría en el citado Graffiti, uno de sus trabajos más celebrados), en mitad de una de esas carreteras nacionales perdidas a lo largo y ancho del país, rodeada por un bosque muy siniestro.

Una noche en la que un furgón policial traslada a un grupo de presos, y a mitad de camino, en mitad de la nada, alguien los detiene, y a partir de ese instante, los sucesos, cada vez más angustiosos se sucederán. El relato está compuesto a partir de tres escenarios bien distintos. En el primero, vemos todo lo que sucede en el interior del furgón, cargado de tensión y conflictos, y también, vemos lo de fuera, donde alguien amenaza la integridad de los de dentro. En el segundo tramo, pasamos a otra situación donde la supervivencia se convierte en el único sentido de los personajes del interior del furgón. Y el tramo que cierra la película, habrá un enfrentamiento a tumba abierta para discernir las causas de los implicados en la trama. Quílez se vuelve a reencontrar con el cinematógrafo Isaac Vila, que ya había trabajo anteriormente en un par de cortos suyos, pieza clave en una película donde la noche acapara casi todo el metraje, bien iluminada, con esas sombras más propias del cine de terror, y esa amenaza, casi un espectro, que deambula entre los demonios de la noche, esperando su momento.

El buen hacer de la edición que firma Antonio Frutos (colaborador del cine de Calparsoro), fundamental para generar todos esos instantes de tensión, conflictos y violencia que se van desatando en la película, donde existen pocos momentos donde la calma se imponga, casi en todo el metraje los personajes son continuamente azotados por las circunstancias y alguno revelará la cuestión que atraviesan, tanto la del interior del furgón como en el exterior con esa sombra justiciera. Elementos a los que se añade la música de Zacarías M. de la Riva, que ayuda a envolvernos en esa aura de carga endemoniada de thriller psicológico que nos atrapa desde su primer conflicto. El director barcelonés se arropa con un reparto de primerísima altura encabezado por un atribulado y héroe a su pesar Javier Gutiérrez, que vuelve a demostrar que vale para un roto y un descosido, componiendo uno de esos personajes más grandes que la vida, uno de esos tipos que durante la noche verá demasiadas cosas y deberá comprender que su trabajo como policía está por debajo de ciertas, pero importantes tesituras morales. El resto del elenco lo componen Karra Elejalde, sobrio y elegante como es su costumbre, en un personaje vital para la trama, y un ramillete de intérpretes como Luis Callejo, Andrés Gertrúdrix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Patrik Criado y Florin Opritescu (que repite con el director después de su rol en 72%).

Bajocero guarda más de un elemento parental con aquel cine policíaco estadounidense que en los setenta sirvió para retratar una sociedad corrupta y violenta, con grandes directores como Peckinpah, Carpenter, Pakula, Coppola, Pollack, Siegel o los “Blaxploitation”, entre otros, o los thrillers rurales de la misma época, tan salvajes y oscuros como Perros de paja, de Peckinpah, Defensa, de Boorman y Malas tierras, de Malick, o los patrios como Furtivos, de Borau, o El aire de un crimen, de Isasmendi, o los más recientes, Todo por la pasta, de Urbizu, y La noche de los girasoles, de Sánchez-Cabezudo, todos ellos trabajos que no solo cargan la pantalla de miseria moral y violencia salvaje, sino que se muestran como un real y triste reflejo de una sociedad, donde la corrupción ha devenido el pan de cada día, y todo huele a podrido, y las personas se ven indefensas ante tanta impunidad. Bajocero nos atrapa con su ritmo febril, su pulsión desgarradora, y su frenética huida a ninguna parte, con alguna que otra licencia narrativa perdonable, llena de personajes perdidos y vacíos que esperan su resquicio de luz para escapar de todo y sobre todo, de ellos mismos, en una aventura autodestructiva hacia el abismo en la que todos y cada uno de ellos tendrá su momento, aunque lo más seguro, deba de enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA