Viva, de Aina Clotet

NORA DESPUÉS DEL CÁNCER. 

“Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente”. 

Emily Dickinson

Todavía recuerdo las grandes interpretaciones de Aina Clotet (Barcelona, 1982), en películas como 53 días de invierno (2006), Elisa K (2010) y La filla d’algú  (2019), y en las tablas en Escenes d’un matirmoni/Saraband en el TNC. Una actriz de piel, de cuerpo y gestos que traspasan personajes frágiles, vulnerables y humanos. En 2016 debuta como directora en el cortometraje Tiger, para luego codirigir la serie Això no és Suècia (2023), que combinaba drama, comedia y realidad en una pareja que intenta cuidar y educar de forma sana a sus hijas. Viva, su primer largometraje tiene mucho de la citada serie, porque fusiona muchos elementos como la realidad más cotidiana, bien sazonada entre el drama diario con el humor y siempre con una agilidad en la trama e inventada situaciones tan cotidianas como humanas. Un guion coescrito por la propia directora junto a Valentina Viso, también cocreadora y coguionista de la citada serie, en la que siguen ininterrumpidamente la existencia de Nora, una tía de cuarenta y pocos tacos, como cantaba Sabina que, acaba de salir de un cáncer y la vida la sumerge en una dicotomía de vivir como hasta ahora o lanzarse a explorar sin mesura. 

El personaje se lanza a explorar y a explorarse, sin medida, sin seguro y sin nada, en una vida/limbo en el que deja la seguridad y la monotonía de Tom, con el que lleva muchos años, y la aventura y la excitación sexual que significa el joven Max. La vida ya no espera, no se pospone, se vive intensamente, sin saber qué pasará mañana, en un mar de libertad, de exploración íntima, donde el sexo es una forma de libertad y liberarse, de hacer y ser, de no tener miedo a lo que vendrá y a dejarse llevar por las circunstancias, dejando atrás tanto pensar, controlar y planificar. La Nora tiene muchas similitudes con Geni, el personaje de Tots volem el millor per a ella (2023), de Mar Coll, coescrita por la citada Valentina Viso, en el que la mujer de vida marcada y estructurada, tiene un accidente que la hace girar el timón y empezar una vida completamente diferente, menos rígida, menos racional y más vital. Además, Nora es científica y vuelve a trabajar, con vistas de alargar la vida y hacer un futuro mejor. Y cómo no, están sus padres: el padre, científico como ella, y la madre, una locaza que es psiquiatra. Todos los contrapuntos, contradicciones y altibajos de la nueva vida de Nora, como evidencia la fantástica secuencia en la noria y en la feria como una especie de renacer y ser otra.

Para su primera aventura como directora, Clotet se ha rodeado de cómplices como Nilo Zimmerman, que le acompañó en Tiger y la mencionada Això no és Suècia, componiendo una película con una cámara que se pega al personaje principal, con muchísima luz, cegadora y tenue cuando toca, en uno de esos veranos muy calurosos y asfixiantes, con la inclusión de los insectos, tan significativos y reveladores, que recuerda al cine de Buñuel, con unos encuadres en los que la omnipresente Nora traspasa la pantalla, en un personaje que podemos tocar, sintiendo su piel, un cuerpo que respira deseo, libertad y contradicciones. La música de Clara Aguilar, de la que conocemos sus trabajos en Suro, Creatura (otra película hermana en la inmersión en el deseo femenino), y El príncep, entre otras. Unas melodías que, junto con los otros temas dance, van componiendo un mapa lleno de alegrías y tristezas que va exprimiendo Nora. El montaje de Aina Calleja, habitual de la citada Mar Coll y Nely Reguera, amén de estar en Això no és Suècia, en un relato que se va a casi las dos horas de metraje, que tiene intensidad, profundidad y sensibilidad de la que nos hace pensar, sentir y dejarnos llevar, entre el llano y la risa, entre la libertad y la seguridad, entre la vida y la muerte. 

Un reparto magnífico y muy bien escogido en el que encontramos rostros de verdad como Marc Soler que hace el joven bailarín Max, al que hemos visto en series como Celeste. El personaje de Tom, la pareja de años, lo hace Naby Dakhli, que compartió elenco con Clotet en Rastres de sàndal. Tenemos a unos sorprendentes padres de Nora en las interpretaciones de Guillermo Toledo y Lloll Bertran, que transmiten ese espejo/reflejo en el que vive la protagonista. También vemos a una interesante Laura Conejero, y unos estupendos Zaira Pérez y Xavi Daura, uno de los “Venga Monjas”, como una peculiar pareja. He dejado para el final la interpretación de Aina Clotet, que es una maravilla, llena de matices, detalles, amor, sexo, cuerpo, piel, gesto y mirada, en quizás, una de las interpretaciones de su carrera hasta la fecha. No se demoren mucho en ir a ver Viva, porque ya conocen cómo funcionan los ritmos de los estrenos en estos tiempos que corren, porque si llegan tarde, se habrán perdido una película de verdad, uno de esos retratos impecables, contundentes y profundos sobre qué ocurre después de pasar una enfermedad como el cáncer que casi nos mata. Nora, no podía llamarse de otra manera, lo tiene muy claro, va a dejarse de tanta agenda y lista, y va a lanzarse a vivir, pese a quién pese, y pase lo que pase, y a sumergirse en su cuerpo, su piel, su mente y todo el resto, porque vivir es eso disfrutar, equivocarse, reír, llorar, follar, sentir, no saber qué hacer, ser injusto, ser maduro o no, ser generoso y sobre todo, ser y sentir la vida, y todo lo que tiene de bueno y malo, y de qué se yo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajo el mismo sol, de Ulises Porra

ÉRASE UNA VEZ DURANTE EL COLONIALISMO…

“El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser. 

Eduardo Galeano 

De unos años para acá, las películas que han abordado la representación del colonialismo en la gran pantalla han partido de una base principal: la de la desmitificación, siguiendo la importante senda abierta en los años setenta/ochenta en dos películas claves sobre el tema: Aguirre, la cólera de Dios (1972), y Fitzcarraldo (1982), ambas del cineasta alemán Werner Herzog. Dos películas basadas en historias reales, en las que el explorador fantasioso dejaba paso a una forma de antihéroe de carne y hueso, muy vulnerable y azotada por los demonios ajenos y propios. La primera película en solitario de Ulises Porra (Barcelona, 1982), Bajo el mismo sol, anclada en la isla de La Española durante 1819, se asienta sobre los mismos elementos herzogianos para mostrar un colonialismo desmitificador, donde la supervivencia y la violencia rigen unas vidas con miedo y devastadas. 

El director barcelonés, que conocimos por sus películas codirigidas junto a Silvina Schnicer Tigre (2017), y Carajita (2021) y cómo montador para Schnicer en La quinta, de recién estreno. Un retrato sobre Lázaro, el heredero de un comerciante de seda, que continúa el trabajo de su padre: hacer seda con gusanos en plena selva haitiana, tan densa, calurosa y pegajosa, y llena de peligros, tensiones y enemigos. Le acompañan a tamaña y psicótica empresa la tejedora y silenciosa china Mey, y luego, se cruzarán con Baptiste, un haitiano que ha desertado del ejército francés. Tres formas diferentes de vivir, pensar y sentir que, por azares del destino, se ven envueltos en un negocio que no será nada fácil. Siguiendo la estela de las películas de Lisandro Alonso en Jauja (2014) y Eureka (2023), y Lucrecia Martel en Zama (2017), Lázaro, de nombre insigne y revelador, Mei y Baptiste se van trazando unas relaciones que los confrontan en unas idas y venidas sobre el poder, la codicia, el clasismo, y la idea de una convivencia entre interesada y oscura que se va forjando entre tres personas que pertenecen a mundos opuestos, en una historia donde el entorno asfixiante e inquietante, ayuda a construir una historia que se cuenta de forma reposada, sin artificios ni malabarismos, sino a través de la psicología de los personajes, de sus mundos interiores y exteriores. 

La impecable y poderosa cinematografía de Sebastián Cabrera Chelin, que suele trabajar en la cinematografía dominicana, construida a partir de planos cerrados y cercanos, donde se evidencia la fuerza y avasallador entorno, en un paisaje que es un elemento primordial, por su salvajismo, por su pureza y su confrontación constante. La música que firma la argentina Josefina Barreix es una interesante mezcla de los sonidos ambientales de la jungla espesa y agobiante que acompaña una composición que nos transmite con seguridad y sin alardes, todo el complejo emocional del trío protagonista con una fina sutileza y generando los conflictos que van surgiendo tanto del entorno tan hostil como el débil equilibrio que se teje entre los tres. El montaje lo firman Gina Ciudicelli, Carlos Cañas Carreira (del que conocemos por su trabajo en series como La reina del Sur, y los largometrajes Hija del volcán y de la reciente Yo no moriré de amor), y el propio director que cierra una terna de un montaje que se va a los 103 minutos de metraje por una historia de altibajos emocionales que nos mantiene en constante tensión y una inquietud desde el primer minuto donde el peligro de no lograr la seda y de los ataques, las tensiones con los autóctonos y las relaciones con la iglesia son el caldo de cultivo diario. 

Un magnífico reparto encabezado por un extraordinario David Castillo, surgido de la serie de humor Aída, aquí metido en la piel del introvertido y codicioso Lázaro, que carga sobre sus espaldas un legado que es su peor enemigo. La debutante Valentina Shen Wu hace de la misteriosa Mei, un personaje vital que generará varios conflictos, y Jean Jean es Baptiste, el Viernes de la película, intérprete habitual del cine dominicano con alguna experiencia internacional, se convierte en el tipo de la selva, tan misterioso como colaborador. La película Bajo el mismo sol, de Ulises Porra ha nacido del esfuerzo de tres países como España, República Dominicana y Argentina para tratar un tema tan controvertido como el colonialismo pero haciéndolo desde una mirada poco visitada, la de los seres de identidades diferentes que, por azares, deben convivir, trabajar, sentir y relacionarse, bajo el foco de un lugar hostil, rodeados de grandes amenazas y con el sueño de levantar un negocio de seda con gusanos en el lugar menos adecuado, en el que surgen las diferencias de poder, de codicia, de miedo, vulnerabilidad, y sobre todo, la complejidad del comportamiento humano cuando los diferentes caminos chocan y las múltiples formas de convivencia, necesidad y soledad que todos tenemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solomamma, de Janicke Askevold

EDITH CONOCE A SU DONANTE. 

“Dicen que la curiosidad mató al gato, pero no cuentan si lo que descubrió merecía la pena”. 

José Saramago 

Los nombres de Ruben Östlund, Joachim Trier, Eskil Vogt, Thomas Alfredson y demás han dado buena cuenta de una mirada muy personal procedente del norte de Europa, a partir de retratos que indagan en la profundidad psicológica con una sensibilidad muy cercana y nada sensiblera. A esa terna, podemos añadir otro nombre ilustre, el de Janicke Askevold (Stavanger, Noruega, 1980) que, aunque se licenció en el prestigioso Atelier Theatral de Création para luego dirigir obras teatrales en Francia, presenta Solomamma, su ópera prima que nos habla de la maternidad en solitario de una mujer que se llama Edith, periodista de profesión y muy curiosa que, al enterarse de la identidad de su donante de esperma, se lanza a saber de él, a conocerlo y de esa forma, conocer mucho más a su hijo de 4 años. La historia pivota a través de la cotidianidad de Edith, y esta aventura que tiene mucho de inconsciente mezclada con el conocimiento y una forma de huida para soportar una existencia que se complica con su trabajo, su rol de madre soltera y la incipiente demencia de su madre. 

Un guion escrito por Jorgen Faroy Flasnes, que trabajó en la serie Nudes (2019), Mads Stegger, que tiene en su haber la película Hipnosis (2023), de Ernest de Geer, y la propia directora, en el que hay mucha verdad transformada en drama existencial, comedia inteligente, alguna que otra aventura, mucha reflexión y azote contra una sociedad que va de moderna y juzga todo aquello que es diferente o incluye miradas alejadas a los cánones establecidos de lo que debe ser esto o aquello. Edith es una mujer que rompe con lo establecido, aunque la película no embellece su decisión y mucho menos alecciona sobre ella, sino que la muestra de frente, sin subterfugios ni amarillismo, sino de una forma muy íntima y real, la que se saca de la auténtica realidad en la que vivimos todos. Un retrato tangible y humanista, en el que se cuentan situaciones tan reales que dan miedo, y esa característica particular de Edith que, tras conocer la identidad de su donante, no puede quedarse quieta y ante los problemas del futuro a los que se enfrentará con su hijo, decide que sabiendo más del donante, dispondrá de más herramientas para hacerlas frente y sobre todo, aprender de su origen, aunque como pasa en la vida y las cosas que creemos de una forma u otra, la realidad siempre se encarga de darnos una hostia y ver la dura realidad o incluso, desnudarnos para que no finjamos más y seamos sinceros con nosotros. 

Para su puesta de largo la directora noruega ha contado con la cinematografía de Torjus Thesen, que ha trabajado en las series Ida Takes Change y Amor sin wifi, en un trabajo serio y riguroso, que llama la atención por los planos cercanos que se ayudan del zoom para encuadrar más cerca a los personajes cuando están detenidos, situación novedosa en el cine actual que, en cambio, ayuda a centrarse mucho más cuando la situación se vuelve más a tumba abierta. La música está firmada por el trío lituano, Karlis Auzans, Paulina Kilbauskas y Vygintas Kisevivius, no obstante la película es una coproducción de Noruega, Dinamarca, Lituania y Letonia, en un gran trabajo porque la banda sonora, amén de algún tema muy popular en una secuencia inolvidable, cimenta con calma y atención todos esos momentos donde la historia se torna más íntima. El montaje lo firma Patrick Larsgaard, habitual del cineasta André Ovredal, el director de Troll Hunter y La autopsia de Jane Doe, entre otras. Una edición con mucho ritmo y muy agitada, con esa vida de altibajos en el que vive Edith, en un retrato muy actual por el que pasan muchas madres y la posibilidad de conocer lo desconocido, aunque eso sea arriesgarse mucho en sus interesantes 99 minutos de metraje. 

Uno de los grandes aciertos de la película es contar con la actriz Lisa Loven Kongsli, un actriz versátil de gran trayectoria que le ha llevado a trabajar con nombres tan importantes como el citado Ruben Östlund, Erik Poppe y Cristian Mungiu, entre otros. Una intérprete magnífica que sostiene con su rostro y su tristeza y su vulnerabilidad todo su trayecto emocional. A su lado, Herbert Nordrum, un gran actor que le da una réplica brutal porque él hace de donante conocido, al que hemos visto en películas brillantes como La peor persona del mundo, del mencionado Trier y la señalada Hipnosis. Una gran pareja sobre los miedos e inseguridades de ser madre soltera. Una película como Solomamma, de Janicke Askevold invita a reflexionar sobre las decisiones que tomamos y sobre cómo afectan a las personas de nuestro entorno, porque cómo somos, cómo vemos las situaciones y la gente que nos rodea define nuestra existencia por completo. Por eso, lo importante es saber hacia adónde vamos, pese a quién pese y pase lo que pase, porque solo tenemos una vida y la debemos vivir como podamos que, con lo que cuesta, ya tenemos suficiente sin importarnos lo que juzguen los demás, como hace la protagonista, con sus aciertos y desaciertos, pero aceptando su miedo, inseguridades y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pioneras. Solo querían jugar, de Marta Díaz de Lope Díaz

LAS MUJERES QUE QUERÍAN JUGAR AL FÚTBOL. 

“Las mujeres tienen que llenarse de valentía para alcanzar sus sueños dormidos”. 

Alice Walker 

El arranque de una película es muy importante porque define su contenido posterior. En Pioneras. Solo querían jugar, de Marta Díaz de Lope Díaz (Ronda, Málaga, 1988), se abre de modo ejemplar. Nos encontramos en una clase donde la susodicha de Sección Femenina (una organización fascista que aleccionaba y sometía a las mujeres) está lanzando un discurso atroz sobre el sometimiento de la mujer a las labores del hogar y al marido de turno. Mientras, Nati, uno de los personajes principales, mira distraída por la ventana viendo a unos chicos jugar al fútbol. Una secuencia que define el espíritu de la película desde el primer instante, donde unas mujeres jóvenes que aman jugar al fútbol se verán perseguidas, humilladas y señaladas por todos y todas en aquella España franquista, oscura y violenta de 1970. No estamos ante una película de buenos y malos, sino una película que se inspira en hechos reales, acercándose a las desconocidas y olvidadas jóvenes que se levantaron e intentaron jugar al fútbol, a pesar de la gran oposición de la sociedad y los estamentos de turno que, hundían cualquier atisbo de libertad y muchos menos, femenina que desafiará el conservadurismo recalcitrante de la dictadura. 

La directora andaluza estrena su tercer largometraje después de las interesantes Mi querida cofradía (2018), y Los buenos modales (2023), retratos sobre mujeres en tono costumbrista que se ponen en pie de guerra contra el patriarcado en las hermandades en su ópera prima, y en la segunda, una suerte de comedia con drama entre dos hermanas que no se hablan y dos chachas en mitad del fregado para acercarlas. En Pioneras, coescrita junta a Zebina Guerra, como las dos anteriores, bebe de las dos, la cinta traza un retrato de aquella España de principios de los setenta, con sus pequeños suspiros de libertad, aunque todavía el régimen se negaba a verlos. Las futbolistas encabezadas por Nati, la protagonista y la que mejor juega tiene un panorama muy negro en casa, con un padre ausente y una madre abnegada que sobrevive como puede. Belén, una líder nata que tiene el apoyo del padre, y el resto, jóvenes que quieren jugar a pesar de todo y todos. En la historia hay drama, dificultades, desesperanza y mucha tristeza, pero también hay lucha, amistad, amor, esperanza y cooperación. La película navega entre el drama más seco y cotidiano junto a la comedia más inspiradora y que apuesta por la libertad, aunque sea a escondidas. 

La magnífica cinematografía de María Codina, que ya coincidió con la directora en la película colectiva Los inocentes, amén de trabajar en series como Días mejores y La vida breve, y en películas como Escanyapobres, construye una luz que parece de una película rodada en los setenta, aprovechando ese cielo plomizo y grisáceo que adorna la película, con su lluvia y barro, como la secuencia del primer partido de fútbol, en un escenario que cuida al detalle la arquitectura y el vestuario de entonces. La música de Pedro Marques acompaña con astucia y precisión las imágenes de la película, creando ese lado reflexivo que ayuda a ver mejor las imágenes, con la compañía de grandes temazos como “A la pelota”, de La Terremoto, entre otros. El excelente montaje de Alberto Gutiérrez, que tiene en su estupenda filmografía la serie Arròs covat, la citada Los inocentes, las series Paquita Salas, Veneno y La Mesías, de los Javis, ocho películas de Dani de la Orden, entre otras. Una edición que se va a los 100 minutos de metraje por el que pasamos por muchos géneros, texturas y gestos, y sobre todo, altibajos emocionales y cercanías y distancias entre los personajes.

Una película como esta construida a través de un maravilloso reparto coral encabezado por los Daniel Ibañez, que hace de Javier Poga, un entregado promotor deportivo que cree en las mujeres futbolistas, Aixa Villagrán, en el rol de Edelmira, una arrolladora periodista del diario As, que con su pluma y su fuerza hablará y peleará por las chicas, y las sorprendentes futbolistas con poca experiencia y debutantes que hacen Sofía de Iznájar como Nati, Bruna Lucadamo como Belén, Nora Otxoteko como María, Leire Aguiar como Ana, Lorea Carballo como Ángeles, Miriam Rubio como Pepa, y las madres Carmen Ruiz, Carmen Flores Sandoval, actriz fetiche de la directora, al igual que Pepa Aniorte, y la bruja mala de la Sección Femenina que es Elena Irureta, que también estaba en Los buenos modales. Una película que rescata la valentía y la fuerza de un grupo de jóvenes como Carmen Arce “Kubalita”, la primera portera, Elena Badillo y Paquita Jiménez, entre otras. Mujeres que se pudieron de pie, y a pesar de los obstáculos querían ser libres en todo: en el fútbol, en el amor, en la política, en la vida y en todo, en cómo pensar y qué pensar, y sobre todo, que las respetarán como jugadoras de fútbol al igual que los hombres. La película recoge aquellos primeros pasos, todavía quedaba mucho camino por recorrer, y queda, pero siempre hay un comienzo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La luz, de Fernando Franco

YO CONFIESO.  

“No confieses tu pecado al que no tiene conciencia del pecado”

Ramón Llull

En El club (2015), de Pablo Larraín, una película que se centra en los abusos a menores dentro de la iglesia, desde la mirada del abusador, en el que cuatro sacerdotes eran recluidos en una casa por sus oscuros pasados y obligados a hacer penitencia para hacer examen de conciencia por sus hechos. Como si fuese un cuento de terror, la aparente reclusión se ve alterada por la llegada de un quinto sacerdote que destapa la caja de los truenos y les obligará a enfrentarse a su pasado. La quinta película como director del magnífico montador Fernando Franco (Sevilla, 1976), también se construye a través del abusador, el de Manuel, un cura de un pequeño pueblo del norte muy querido por su comunidad que, después de solicitar su salida de la iglesia, salen a la luz unos años donde abusó de tres niños. Al igual que sucede en El club, el cineasta sevillano plantea una película a partir del rostro y la mirada del cura que, atrapado en su siniestro pasado, decide confesar sus pecados y desafiar a la institución que lo protege. 

Las historias de Franco se desarrollan en pocos espacios, pocos personajes, entornos cerrados y fríos, y un dilema que atrapa y cuestiona la vida y las actitudes de sus individuos. Todo enmarcado en planos y encuadres cerrados, donde el rostro y la mirada se anteponen, en una especie de diario continuo y revelador en el que los acontecimientos van deformando los aspectos humanos de los diferentes personajes implicados en la trama. Son dramas duros, sin concesiones y muy incómodos que hablan de temas muy fuertes como los problemas mentales, la muerte, la discapacidad, los accidentes y los abusos. Elementos tratados en un marco de thriller psicológico, en impecables y sensibles cuentos de terror donde se impone un ritmo pausado, nada artificioso, y mucho menos los típicos giros argumentales tramposos, aquí no hay nada de eso, sino contexto y tratamiento como los films de Hitchcock y Melville, donde el personaje lo es todo, y las circunstancias un provocador y generador de situaciones que los sitúan al bordo de sus propios abismos y creencias, como le sucede al protagonista de La luz, título muy adecuado para el particular vía crucis por el que transita un sacerdote que al contar lo suyo se enfrenta al poder eclesiástico.

Como sucede en las anteriores películas, el marco y el tono de la historia está sumamente cuidado como evidencia la excelente cinematografía de un grande como Santiago Racaj, en una película con muchas caras, porque se desarrolla con el cielo plomizo típico del norte y esa luz, nunca cegadora, del sur, por el viaje emocional y físico que realiza el mencionado cura. La precisa y envolvente música de Maite Arroitajauregui, en la cuarta película con el director después de Morir (2017), La consagración de la primavera (2022), y Subsuelo (2025), que consigue cimentar ese universo íntimo y secreto por el que se mueve el protagonista, en una primera mitad donde todo parece obedecer a un orden cotidiano sin sobresaltos, y en una segunda parte, en que todo se entorna oscuro y emerge la pelea a modo de combate de boxeo entre el curo confesor y la iglesia que se mantiene en su lado más conciliador, y a la vez, acusador con el susodicho y silenciador con los otros casos. El montaje corre a cargo de Miguel Doblado, con medio centenar de trabajos,  que ha editado las cuatro películas de Franco menos La herida (2013), en un ejercicio difícil pero lleno de matices y oscuridades, siguiendo incansablemente el rostro de un protagonista, acusado por todos y vilipendiado por el resto, en su afán de contar su verdad que es la de muchos casos en las pausadas pero tensas dos horas de metraje. 

En las películas hechas hasta la fecha de Fernando Franco, sus intérpretes siempre están muy bien. Recordada es la composición de Marián Álvarez en la citada La herida, la de Andrés Gertrudix en Morir, así como las de Valèria Sorolla y Telmo Irureta en La consagración de la primavera. La interpretación de Alberto San Juan como Manuel es absolutamente una delicia, llena de miradas desencajadas, gestos torpes y actitudes de puro terror. Uno de los grandes de nuestra cinematografía que puede pasar del maître minucioso Genaro Palazón de la fantástica La cena, a un sacerdote abusador que no se esconde y alza la voz contra sus pecados y los del resto. Le acompañan una retahíla de excelentes cómicos, como se decía antes, encabezados por Pedro Casablanc, Miguel Rellán, Ramón Barea, Luis Calleja, y Maria Galiana como su madre. La luz es una película que nos juzga como sociedad, la de estamentos como la jefatura eclesiástica, tan importante como oculta y cerrada, porque la valentía de Manuel choca frontalmente con una institución que sigue mirando para otro lado y según le conviene, hace y deshace por el bien de Dios, la fe y cómo no, sus propios intereses económicos, sociales y políticos. Como reza el dicho: “Con la iglesia hemos topado”, que se le va hacer, y así nos va. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Gen_, de Gianluca Matarrese

EL DOCTOR HUMANISTA.  

“El buen médico trata la enfermedad, el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”

William Osler

La sanidad es esencial para la salud de la vida de cualquier persona. Así que, la sanidad pública es vital para nuestra supervivencia. Protegerla y cuidarla deberían ser los principios por los que rigiesen nuestras vidas, desgraciadamente, muchos creen que todo está en venta y que el beneficio económico está por encima de las vidas. Por suerte, muchos luchan desde el anonimato para que la cosa no derive bajo esos conceptos superficiales. Uno de ellos es el doctor endocrino Maurizio Bini, especialista en tratamientos hormonales. Por su consulta situada en un hospital público de Milán pasan pacientes en procesos de fertilización y afirmación de género. Pacientes de edades y procedencias diferentes. Una visita que no sólo se basa en tratar el problema de salud, sino en acoger y cuidar al paciente, hacerle sentir en un espacio de confianza, de respeto y amor, a pesar de las autoridades italianas con su deriva fascista que implanta leyes en contra de las personas en las situaciones que el doctor trata a diario.  

El director Gianluca Matarrese (Italia, 1980), trata en sus documentales una diversidad de temas y elementos muy grande en su filmografía tales como la modificación del cuerpo, la afirmación de género, la decadencia económica, los traumas no resueltos, el teatro y el constante juego entre realidad y ficción. En Gen_, su séptimo trabajo tras las cámaras con el acompañamiento de guion junto a Donatella Della Ratta nos sitúa en las cuatro paredes de la consulta del Dr. Bini, si exceptuamos unas breves secuencias en que el propio galeno pasea por el bosque a la caza de sus preciadas setas. Una habitación que es un espacio de libertad donde los pacientes expresan sus miedos, inseguridades y demás preocupaciones, tanto en fertilidad como en temas de transición de género. Bini los escucha atentamente, los comprende y sobre todo, les brinda una ayuda capital para sus existencias, muchos de ellos son las primeras palabras de respeto y acogimiento que escuchan en sus vidas difíciles. Una humanidad que se hace patente en cada palabra, gesto y detalle del vitalista y simpático doctor, que ama su trabaja, ama la sanidad pública y antepone la libertad individual ante las leyes segregadoras y contrarias a un grupo de población diverso. 

Matarrese se hace cargo de la cinematografía y del sonido, con unos encuadres que acortan su distancia y se pegan al doctor y sus pacientes, en unos planos íntimos y transparentes que reivindican lo humano ante la ley, lo vital ante las leyes que no ayudan al pueblo y por el contrario, les hacen sufrir y no avanzar. Unos planos que muestran sin cortapisas, respetando cada voluntad y deseo de los implicados. Un sonido que contribuye a esa intimidad con la que está planteada toda la película, así como el molesto de las interminables obras que ayudan a rebajar la tensión que se vive en la consulta con esos momentos que el doctor habla con los obreros pidiendo el cese de los golpes para poder trabajar con tranquilidad. La música de Cantautoma, cinco películas con el director, actúa como respiro con esos estupendos intervalos para descansar y volver a la consulta, acompañando a unas imágenes de la actividad frenética en la planta de endocrinología. El montaje de Giorgia Vila, cuatro películas junto a Matarrese que, condensa y precisa los 104 minutos de metraje de forma amena, didáctica y humana, en la que asistimos a un viaje de personas de carne y hueso que entran a la consulta con una infinidad de dudas y miedos y se van un poco más relajados y un camino algo menos arduo.

Una película como Gen_, es profundamente humanista y rica en matices y detalles, situando en el foco a todos aquellos que la sociedad más conservadora hunde en la más absoluta invisibilidad. Una cinta revolucionaria porque da voz a los ocultos, y lo hace de una una forma natural, tremendamente revolucionaria y mostrando vidas con honestidad y muchísimo respecto, haciendo valer los valores de la empatía y el conocimiento como herramientas para entender la diversidad de los demás y nuestros prejuicios y valores humanos. Gianluca Matarrese construye una película a favor de la necesidad sanidad pública, ante esos clasistas que quieren privatizarla para generar enormes beneficios, que olvidan que el mayor beneficio es la salud de todos para todos, además la reivindicación de una sanidad como la que desarrolla el doctor Maurizio Bini y su entregado equipo, porque no sólo dignifica el oficio de facultativo sino que ofrece una visión real y humana de cómo debería ser, por el magnífico trato de respeto, cercanía y amor que ofrecen a los pacientes. Quizás uno de los valores del cine que son, sobre todo, mostrar la vida, sus diversidades, sus diferencias y todos esos puentes para acercarnos, conocernos y hablarnos, aunque algunos se empeñen en extraer esos valores y condenarlo a un mero producto audiovisual con el único fin de entretenernos sin más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una película de miedo, de Sergio Oksman

UN PADRE, UN HIJO Y UN HOTEL ABANDONADO. 

“Nuestros secretos familiares son como fantasmas que nos persiguen, siempre presentes aunque intentemos ignorarlos”. 

Anónimo 

El cineasta Sergio Oksman (Sâo Paulo, Brasil, 1970) ha construido un universo de documentales que, en una primera etapa, su mirada iba dirigida al otro, ahí están: A esteticista (2005), Goodbye America (2007), Notes on the Other (2009), y A Story for the Moldins (2012). Películas sobre vidas ajenas, basadas en el archivo y la reflexión de lo que fueron y lo que han dejado. Con O Futebol (2015), película realizada en su ciudad natal, donde después de 20 años, el propio director vuelve a reencontrarse con su padre Simâo, en una cinta que fusiona con habilidad lo real con lo ficticio, y con el Mundial de Fútbol del 2014 celebrado en Brasil como telón de fondo. Una sentido, profundo y sensible retrato sobre las difíciles y oscuras relaciones paternofiliales cimentada desde la observación, la honestidad y sin caer en estridencias y artificios, sino en una mirada auténtica sobre lo que somos y cómo nos relacionamos y todo lo que construimos o no entre padres e hijos.

En Una película de miedo, que podría verse como el contraplano de O Futebol, ya que aquí Sergio pasa de hijo a padre de Nuno de 12 años, con el que viaja a Lisboa, a Portugal, a pasar unos días de vacaciones en un hotel abandonado y vacío que, tiempo atrás fue el no va más donde se realizaban grandes fiestas y esconde algunos secretos, sobre todo, en la habitación 103. Con la excusa de experimentar in situ los espacios y las atmósferas de las películas de terror que tanto le encantan al joven Nuno, el padre-director Oksman nos envuelve en una mirada observadora y alejada de la postal y lo superficial sumergiéndonos en un tiempo no tiempo, transitando por los espacios oscuros de la ciudad como el viaducto desde el cual asesinaba a mediados del XIX el famoso Diogo Alves, recorriendo los mismos lugares, por esos túneles infinitos y demás, así como las películas mudas del famoso serial killer. El hotel, con su carga histórica y criminal, ya que se cometió un crimen sin resolver que sumió a su dueño en una profunda oscuridad. Recorremos las habitaciones y demás estancias descubriendo, aburridos y agitados, y las conversaciones y juegos entre padre e hijo en unos ambientes relajados y de tensión mientras se conocen y reconocen en una especie de juego para saber más del otro. 

La música de Amy Fajardo, de la que conocemos sus trabajos para los cortometrajes como Sexo a los 70 y Claudia, y el documental Ramón y Cajal: dibujos en la retina, entre otros, ayuda a crear esos ambientes entre lo cotidiano, lo misterioso y lo desconocido. La cinematografía la firman la pareja Francisco Marise y Jorge Rojas, que ya coincidieron en el documental Mitología del barrio, tiene sus momentos donde se capta lo real y doméstico, con otras donde los ambientes propios de terror, con sus clichés y demás, en los que la película utiliza para configurar el género manido para introducir su realidad familiar, la de antes, la de ahora y la de todos los secretos dichos u ocultos que siguen ahí, como esperando su momento. El magnífico trabajo de montaje firmado por la grande Ana Pfaff, Moncho Fernández y el propio director, con sus 72 minutos breves e interesantes de metraje, en el que el ritmo pausado nos va encerrando en las cuatro paredes del hotel y por ende, en los secretos familiares. El estupendo trabajo de sonido que firman el dúo compuesto por Irene Arboleda junto a un nombre muy reconocido en la cinematografía portuguesa como Nuno Carvalho, con más de 85 títulos al lado de Joâo Pedro Rodrigues, Teresa Villaverde, Paulo Rocha y Pedro Costa, entre otros. 

A Sergio y su inquieto hijo Nuno les acompañan Daniel Blaufuks, interpretando a un inquietante y cercano guarda que explica sus cosas y las otras, las que no se ven del esplendor de antaño del hotel, Ana Moreira interpreta a una empleada de la Cinemateca Portuguesa, una actriz fetiche de Teresa Villaverde, que vimos en Tabú, de Miguel Gomes, y en películas de Eugène Green, y la breve presencia del actor y cineasta Manuel Mozos, toda una institución que ha trabajado con los grandes de la cinematografía lusa. La experiencia de ver Una película de miedo es un viaje a Lisboa, con su parte criminal, y un hotel que podría ser el de El resplandor, donde podrían aparecer fantasmas, espectros que todos arrastramos en nuestras familias que nos observan, que nos siguen y sobre todo, nos condicionan, aunque también forman parte de nosotros, de todo lo que heredamos de nuestros antepasados, de sus oscuridades, sus miedos y demás aspectos que nos condicionan en nuestro presente, y si, todos tenemos una habitación que seguramente no será la 103, tendrá otro número, pero seguramente ahí yacen fantasmas que se levantan y están a nuestro lado, aunque no los veamos, pero sabemos de seguro que están presentes, en ocasiones, demasiado presentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los ilusos 13+13, de Jonás Trueba

LOS AMIGOS QUE AMAN EL CINE. 

“El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine”… haciendo cine para que otros sean felices, viéndolo”

El director de cine interpretado por François Truffaut en La noche americana (1973)

Las primeras veces suelen ser especiales, cuando son especiales, tienen algo de mágico, de ilusión, de imaginar que estás experimentando con algo desconocido, hasta ese día, y ahora, se torna tangible, algo real, o si lo quieren, algo más cercano, más íntimo, más tuyo, como si desde instante la cosa fuese tuya, como una posesión muy preciada. El tiempo, siempre el tiempo, decidirá si fue así o no. algo parecido me sucedió en el Festival D’A de Barcelona de hace 13 años cuando se estrenó Los ilusos, la segunda película, o película cero como dice el propio director Jonás Trueba (Madrid, 1981). Las imágenes en blanco y negro pintaban a unos amigos haciendo cine, haciendo cine cuando no se hace cine. Una película-esbozo, llena de apuntes para futuras películas, recorriendo unos lugares solos o acompañados, viviendo la vida filmada por el cine o el cine filmado por la vida. 

Ahora, 13 años después, la película vuelve a los cines con otra cara, la más significativa es su peculiar uso del blanco y negro que convive con el color de forma aleatoria e instintiva, el formato 16 mm ahora más depurado y elegante, y el sonido, más limpio y preciso. Esta no ha sido mi segunda vez, a finales de febrero de 2014 la volví a ver en la Filmoteca de Cataluña para entrevistar a Jonás por primera vez. Han pasado 13 años y siete entrevistas más, contando la del pasado miércoles. Reconozco que he crecido junto a Los ilusos, y las deficiencias de entonces pasaron inadvertidas por el que suscribe, porque la primera vez su historia quedó en mi, me convertí en una especie de explorador de sus imágenes, de sus detalles, de sus (des) encuentros y de toda la gente que aparecía por sus espacios, donde vemos librerías, cines, calles vacías y nocturnas, encuentros de amigos con luz, sin luz, en barras de bares, al anochecer, al amanecer, y a cualquier hora por un Madrid diurno y noctámbulo, muy alejado de la postal y de los lugares comunes. Charlas interminables sobre la vida, la muerte, sobre los genios o enamorados, sobre todo y nada, y sobre todo, el cine, el cine como espejismo, como eje vital y como un todo o una nada inmensa. La vida como reflejo de algo o de nada, y el cine, siempre presente, a través de una cámara, con amigos y con ese deseo complejo y neurótico de filmar y hacer cine o simplemente vivir en el cine, imaginándolo, pensándolo, sintiéndolo y amándolo y odiándolo o que sé yo. 

En aquel rodaje estaban el mencionado Jonás, acompañado del equipo técnico: Javier Lafuente, Santiago Racaj, Marta Velasco, Miguel Ángel Rebollo, Laura Pernau, Víctor Puertas y Eduardo G. Castro, y los intérpretes Francesco Carril, Vito Sanz, Isabelle Stoffel, Aura Garrido, Mikele Urroz y Luis Miguel Madrid, el entrañable y metemano Perucho, fallecido, al que está dedicada 13+13, y muchos más. Una comunidad de amigos de entonces y de ahora, a otros que se han sumado como Itsaso Arana, Irene Escolar y demás, que película tras película se han convertido en la troupe ilusoria, o lo que es lo mismo, un grupo de amigos que hace cine, y mientras, entre tiempos y memorias, piensan el cine, lo sienten y demás. La película tiene unos cuantos episodios, y dos partes, con la memorable actuación de “Cabalgar”, interpretada por El Hijo, como ruptura entre las dos mitades. En la primera la cosa de un rodaje sobre una película, una especie de “La nuit américaine”, donde vemos sus dos mitades, lo que se rueda y quién rueda, mostrando “la cuarta pared del cine”. En la segunda, la cosa sigue, al impertérrito León y su proceso de pensar en una película mientras conoce a Sofía y quedan, hablan, comen y follan, y se relaciona con sus amigos como Bruno, donde la película se torna más cómica o al menos así lo parece, porque en la película conviven diferentes géneros y texturas, mezcladas y por libre. 

Trece años después volver a ver Los ilusos es cómo reencontrarse con un viejo amigo o un viejo amor, el cual sigue, no igual, sino diferente, pero con la misma esencia, como si el tiempo se hubiera detenido, para las películas sí que se detiene, o quizás no, porque los espectadores cambiamos y las películas, lo que cuentan y cómo se transmite también, y ya no la vemos igual, o si, porque entre todas las cosas misteriosas que hay alrededor del cine, en el hecho de ver una película y la misma película a través de los años, y siempre nos recorre la misma sensación, como si la película cumpliera años como nosotros, porque la vemos diferente, es esa ilusión con la que nos relacionamos con el cine. En todo caso, Los ilusos es una película sin tiempo, viva, soñadora y capital para una forma de hacer cine cuando no se hace cine, una contradicción que define tanto la película como la materia cinematográfica del propio cine, en ese eterno dilema del cine soñado y del cine que queda, porque la película es una cosa y también, es todas las películas soñadas, las que no se van hacer pero también impregnan cada fotograma, cada encuadre, cada pensamiento y cada sonrisa. 

Los espectadores de hace trece años tienen una cita ineludible estos días con Los ilusos para volver a verla, o quizás ya la han visto en este intervalo, pero no cómo “los ilusos” la han vestido, igual pero de otra manera, donde conviven los colores y los blancos y negros, los sonidos, los encuadres, y las diferentes películas que genera la propia película, con sus personajes y personas, con su rodaje y la película, con esos momentos que son inolvidables, como los de Vito con su no relación con Javier Rebollo, el peculiar Perucho y su amor por las películas de VHS, y todos los momentos en bares, comiendo, riendo, intentando pagar o no, y demás maravillosas escenas de una película-rodaje o quizás, un trozo de cine de un grupo de amigos que hacen cine o al menos, sueñan con el cine mientras van filmando y filmándose. No me olvido de los espectadores que van a ver por primera vez la película y descubrir, palabra ilusoria por antonomasia, y también, van a soñar en el cine, en hacer cine, en futuras películas, futuras tramas, en instantes futuros, y sobre todo, van a seguir confiando en el cine como refugio, como sueño, como alternativa, como revolución y como no, el cine como herramienta para mirar la vida y las vidas, las de de los demás y las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A la cara, de Javier Marco

LOS (DES) ENCUENTROS INCÓMODOS. 

“Muchas veces lo que no se halla cuando se busca, sale al encuentro cuando no se busca”

Séneca

En Josefina (2021), la ópera prima de Javier Marco (Alicante, 1981), se encontraban Juan, un funcionario de prisiones y Berta, una modista que tiene a su hijo cumpliendo condena. Un (des)encuentro lleno de falsas identidades, de comprensión, empatía, ayudarse y sobre todo, alguien a quién mirarse y ayudarse, a partir de silencios incómodos, miradas en voz baja y sentimientos barrados. Un espacio, dos desconocidos y unos encuadres cercanos, que traspasan unas vidas anónimas, vacías y llenas de frustración. Su segunda película A la cara, nace del cortometraje homónimo de 2020, que también protagonizaban Solo y Almarcha, en la que nos encontramos con Pedro, un pobre tipo que trabaja de mantenimiento en un campo de golf, mientras escupe odio en el anonimato de las redes sociales, y también, con Lina, una famosa presentadora de televisión objeto de la ira del citado Pedro. Como la vida juega con las cartas marcadas, estos dos personajes aislados, de universos diferentes y paralelos se encontrarán. 

Una premisa sencilla y directa, tan cotidiana que duele, es el epicentro del guion de Belén Sánchez-Arévalo, con la que vuelve a trabajar después de la mencionada Josefina, y el director, que vuelve a asfixiarnos con un relato de dos personas, que tienen en común su mala conciencia de haber sido malos padres, que callan mucho, que hablan a trompicones y se aíslan del mundo cuando tienen problemas. Dos mundos que no están tan alejados como pueda aparentar al inicio de la película, porque hasta los seres más solitarios y más rodeados, siempre tienen un momento de tristeza y desesperación, sean quiénes sean y tengan lo que tengan. La habilidad y la inteligencia del guion nos sumerge en un retrato muy actual de la sociedad en la que todos nos movemos a diario. El de tantas existencias anodinas, tan derrumbadas interiormente, y sobre todo, vidas que huyen cuando la vida aprieta a base de bien, sin tener recursos emocionales, las dichosas emociones, que siempre nos lastran y se convierten en nuestro peor enemigo. La cosa va también de hijos y de la mala relación con ellos, porque ser padre es muy difícil y además, te sientes juzgado constantemente por todos y por ti mismo. Tiene mucho de historia sencilla que parece todo como muy convencional, pero más lejos de la realidad, porque todo sucede y de qué manera.  

La luz apagada y velada que encuadra los interiores lúgubres de la casa, anclada en otro tiempo, como si el tiempo se hubiera detenido en esas cuatro paredes que reflejan lo cotidiano y la tristeza impregnada en todo. Una excelente cinematografía que firma Anna Franquesa-Solano, de la que hemos visto Indiana, de Toni Comas, The Farewell, de Lulu Wang y Cantando en las azoteas, de Enric Ribes, entre otras. La música de Margaret Hermant, autora de la banda sonora de la reciente Mallorca confidencial, de David Ilundain, construye ese pequeño/gran universo entre dos desconocidos que son demasiado conocidos, por todo lo que son, como funcionan y las cargas emocionales que comparten, de las que la película no verbaliza, sino que muestra su distancia y cercanía mediante las acciones y la música que crea esa atmósfera extraña y absorbente como la que generaba Teorema, de Pasolini. El montaje corre a cargo del propio director que, en sus reposados y agobiantes 95 minutos de metraje, cimenta sin prisas y con peso, sin alardes ni artificios, una intensa y silenciosa retrato de dos invisibles que sufren, y que no encuentran su salida, en este duro drama sobre todo aquello que no sabemos verbalizar y todo aquello que duele mucho. 

Como sucedía en Josefina, con la pareja protagonista Roberto Álamo y Emma Suárez, que estaban soberbios, ceden el timón al dúo Manolo Solo, que tenía un breve personaje en la citada Josefina, y Sonia Almarcha, que dan vida a los dos personajes que se encuentran y desencuentran, porque tienen más en común de lo que les gustaría. Dos almas perdidas y rotas que tendrán su oportunidad de mirarse en sus propios espejos, de los que hace mucho que no se reflejan, y en los del otro. Completan el reparto Roberto Álamo y Daniel Pérez Prada en buenos registros y la casi debutante Helena Zumel, que destaca por su naturalidad y arrojo. No se pierdan A la cara, de Javier Marco, porque es de esas películas sin pretensiones, alejadas de las moderneces y narrativas que imponen otras producciones, tan brillantes y tan vacías, aquí hay personajes e historia, tan cercanas como incómodas, de las que duelen y nos hacen reflejarnos en otras vidas, tan alejadas que las podamos tocar, muy íntimas y humanas, con sus complejidades, miedos e inseguridades en una sociedad cada vez más fría, más espectáculo y más experiencial, y obsesionado con las apariencias y en el hacer, y vacía en humanidad, en mirarse, en hablarse, en comprender y sobre todo, como mencionaba Arendt, en ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Corredora, de Laura García Alonso

CRIS FRENTE AL ESPEJO. 

“No debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad”. 

Ana María Matute

Encontramos muchas películas que nos hablan de deportistas enfrascados en los vaivenes de su actividad, inmersos en duras peleas,  propias y ajenas, donde se dirime si acabarán ganadores o perdedores. Una película como Corredora, de Laura García Alonso (Madrid, 1990), su primer largometraje en solitario, debutó con la película colectiva Los inocentes (2013), surgida de la Escac, donde se formó.  Un guion que se aleja de lo esperado para profundizar en la salud mental en el deporte, coescrito por Pol Corteans, del que conocemos sus series junto al director Pau Freixas, Sé quien eres, Bienvenidos a la familia, Todos mienten y Los sin nombre, y la propia directora, se centra en Cris, una joven y atleta extraordinaria de alta competición que entrena en un centro de alto rendimiento y todo parece llevar el camino correcto. Un día, un día como cualquier otro, la joven sufre un brote psicótico que la hace alejarse de las pistas, encontrar refugio junto a su hermana mayor, Natàlia e iniciar un camino lleno de obstáculos que le harán parar y pensar en su vida. 

Una trama transparente e íntima que se posa en la mirada, el cuerpo, el gesto y los silencios de la protagonista, donde seguimos como si fuese una competición contra ella misma y contra el mundo, en que la agitación y la tensión constante en la que existe esta joven, que lucha contra una fuerza muy superior, sus capacidades y sus límites, o dicho otra cosa, su mente contra su cuerpo, en una batalla sin cuartel en el que se implican su entorno. Una hermana mayor-amiga que la ayuda, la abraza y la mira, que no resultará nada sencillo, y un padre, acogedor y preocupado que también le dará su apoyo y se mostrará duro con las intenciones de la joven de volver a competir cuanto antes. Estamos ante una home movie casi, de pocos escenarios, muy cotidianos y extremadamente domésticos, con esa atmósfera férrea y asfixiante que recuerda a algunos cineastas de la reconocida Escuela de Loza como Polanski, Zulawski, Skolimowski y Kieslowski, entre otros, que construyeron duros dramas sobre las capacidades e incapacidades mentales y todo lo que eso conlleva, a partir de retratos sinceros, agobiantes y nada complacientes, protagonizados por individuos atrapados en telas de araña construidas por sí mismos enfrentados a unos entornos hostiles y violentos. 

Una cinematografía brutal y ejemplar sacude cada encuadre de la película, con la omnipresente Cris, que firma Gina Ferrer, responsable de películas significativas en los últimos años como Panteres, Tros, La maniobra de la tortuga, 20000 especies de abejas y Sorda, entre otras. La cámara se pega a la protagonista siendo una extensión más, como una extremidad que la acoge, la zarandea y la engulle, todo a través de esa luz mortecina que impone esa imagen velada que construye cada elemento y cada emoción de los diferentes personajes. La música de Susana Hernández “Ylia”, responsable de la música de Segundo premio, de Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, es una composición que huye de la condescendencia y la puntualización para crear un espacio centrado en los altibajos emocionales que sufre Cris. El montaje de Marta Velasco, una grande con más de medio centenar de títulos entre los que destaca los films de Fernando, David y Jonás Trueba, amén de otros igual de interesantes. Una duración de 96 minutos de metraje que pasan de una volada, sumergiéndonos en la gestión emocional de una mujer que a pesar de todo, sigue queriendo, quizás demasiado rápido o en contra de sus límites.

La apuesta de la película con Alba Sáez encarnando a la vulnerable Cris ha sido un gran acierto, porque la actriz demuestra una capacidad asombrosa para enfundarse en la piel de Cris, y extraer de ella todos los matices y detalles de un personaje metido en un cuento de terror doméstico y demasiado cercano que pone los pelos de punta. Le acompañan las buenas interpretaciones de Marina Salas como la hermana y Àlex Brendemühl como padre, amén de los “otros” corredores reales que arropan y dan esa verdad que resulta vital para el desarrollo de la película. No dejen de ver una película como Corredora, de Laura García Alonso, porque nos habla de salud mental, de todos los ritmos y exigencias que nos imponemos para llegar más lejos o antes que los demás. Estamos seguros que la película da un gran toque de atención a los tiempos febriles y las actividades asfixiantes que hacemos constantemente y no sólo eso, que las hemos naturalizado como algo que debemos de hacer. Cuidado con los Mr. Hyde en los que nos estamos convirtiendo, porque nos puede ocurrir como Grey, que finjamos ser una cosa y en un cuadro/espejo por ahí perdido se muestra nuestro reflejo, tan lleno de heridas que somos incapaces de verlas y de vernos a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA