Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA.

En el universo creado por el cineasta Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, Colombia, 1981) se mueven personajes doloridos, seres en tránsito, almas a la deriva que buscan un objeto o un lugar, algo que les proporcione algo de ilusión a una vida errante, descorazonada y fallida. Recordamos a Mañe, el desempleado que ha perdido una pierna y entabla un viaje y una amistad con el sillero que lo transporta en La sombra del caminante (2004). Ignacio, el juglar que emprende un último viaje por el norte del país para devolver el acordeón a su mentor en Los viajes del viento (2009). El karamakate último superviviente de su estirpe que entabla amistad y comparte viaje con Evan, el etnobotánico alemán que busca una planta que ayuda a soñar por el Amazonas del primer tercio del siglo XX. En su cuarto trabajo, en la codirección con Cristina Gallego (Bogotá, Colombia, 1978) su productora en sus tres primeros filmes, que debuta como directora, emprenden un viaje por la Guajira, por los territorios y desiertos del extremo norte de Colombia, en un relato que se inicia en el año 1968 y abarca hasta el 1980, una narración que dividen en cinco cantos, cinco episodios en lo que nos cuentan la peripecia de Rapayet y su familia, que dejan de ser ganaderos para convertirse en narcotraficantes de marihuana, son los años hippies y los “gringos” jóvenes norteamericanos buscan nuevas sensaciones.

La película arranca de un modo antropológico, casi como una película de Rouch, narrando al joven Rapayet enamorado de la bella Zaida y la búsqueda de la dote para desposar a la joven, con ese poético y enérgico baile donde Zaida se presenta en sociedad a los suyos, los indígenas Wayuu. Después de ese intenso prólogo, Rapayet se asocia con su amigo Moisés y emprenden un viaje para negociar con Moisés, primo de Rapayet y dueño de un gran territorio de cultivo de marihuana. Así, con transacciones pequeñas que irán rápidamente en aumento, comenzará su negocio de narcotráfico. Amparado y guiado por su familia y su suegra, la impertérrita Úrsula, y su tío, el palabrero wayúu Peregrino, amasan una gran cantidad de dinero y van creando un imperio entre las dos familias, el productor de marihuana, y Rapayet y los suyos, los tratantes con los estadounidenses. Aunque, las cosas se tuercen y el tiempo irá recolocando a cada uno en su sitio, porque el negocio del narcotráfico no conoce amigos eternos ni tampoco confianzas profundas.

Gallego y Guerra han construido una película bella y dolorosa, una cinta sobre la familia, la amistad, la codicia y el vil metal, que llamaba Galdós al dinero, ese objeto que revienta la conciencia más pura y noble, que se convierte en la bestia que acaba llevándose a todos por delante sin remedio. Los cineastas colombianos filman el paisaje de manera brillante y poética, espacios de la Guajira en el que los personajes se mueven entre las costumbres y tradiciones de los ancestros, donde las palabras, los gestos y las formas definen sus orígenes y caracteres, y su nueva forma de ganarse la vida, la marihuana como centro de todos los bienes y males de sus vidas, en el que todos los miembros de la familia parece no moverse al mismo son, o podríamos decir en el mismo canto, cinco cantos que repasan la crónica de la ascensión y caída de una familia colombiana dedicada al narcotráfico, una narración clásica, como viene siendo costumbre en el cine de Ciro Guerra, en el que nos sumergen en los orígenes del narcotráfico en un país condicionado por esa circunstancia, un país abocado a una violencia sin sentido por culpa del narco, de la avaricia de tantos por conseguir ser otros, alcanzar la cima en una montaña de cadáveres.

La película no oculta sus referencias cinematográficas, sino que las acoge de manera sencilla y natural, huyendo de la simple copia para adentrarse en el espejo donde mirarse,  como una sombra que planea por sus espacios y emociones como El padrino, muy hermanada con la ella, en que el negocio negro es llevado por una gran familia, o Érase una vez en América, en el que unos jovenzuelos sin oficio ni beneficio logran convertirse en los gánsteres del alcohol durante la prohibición, y cómo ese poder y dinero los lleva hacia lugares muy oscuros, o Uno de los nuestros, en los que las terribles distensiones entre unos y otros provoca una serie de guerras internas y externas que llevan el negocio al traste, todas ellas mitos del cine gansteril. El formato de 35mm donde el cinematógrafo David Gallego, que repite después de El abrazo de la serpiente, logra capturar las dimensiones del paisaje, y la cercanía de todo lo malsano que recorre el alma de los personajes, y el estupendo montaje de Miguel Schverdfinguer (colaborador de Lucrecia Martel) que nos lleva por un ritmo in cerscendo, en que todo arranca con risas e irá torciéndose en lágrimas. Un buen reparto que mezcla actrices emergentes de la televisión colombiana como Natalia Reyes dando vida a Zaida, o nuevas figuras como José Acosta como Rapayet, la grandísima interpretación de Carmiña Martínez, gran dama del teatro colombiano, como la pérfida Úrsula, con actores naturales como José Vicente Cotes dando vida al tío palabrero.

Gallego y Guerra se manejan con naturalidad y aplomo en una película que nos habla de tradiciones y costumbres heredadas desde la noche de los tiempos, y cómo los negocios que parecen inofensivos en sus inicios acaban derivando en funestas derivas que nada ni nadie puede parar, como la violencia innata en cada uno de los personajes hará acto de presencia y provocará un gran estadillo de salvajismo y sangre. Los 125 minutos de la película vuelan con gran precisión y aplomo de la narración, donde los directores colombianos logran sumergirnos en un viaje emocional y muy físico por el paisaje de la Guajira sin embellecernos la mirada, ni tampoco sentimentalizar sus momentos, ni mucho menos una cinta arquetípica de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, sino una película magnífica, brutal y humana sobre la familia, el capitalismo salvaje y la animalidad que anida en cada uno de nosotros, en la que algunos no tienen suficiente y les llena de rabia y maldad su codicia sin fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

María, reina de Escocia, de Josie Rourke

ENTRE DOS REINAS.

“Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes”

De Macbeth, de William Shakespeare.

La película arranca de una forma austera y concisa, en la que vemos a María Estuardo, de espaldas, mientras es conducida al patíbulo para su ejecución. El ambiente es tenso, sepulcral y ceremonioso. Mientras, nos enlazan con imágenes de Isabel I, su rival y pariente lejana, medio hermana como se hacían llamar, dirigiéndose, también de espaldas, hacia su trono de Inglaterra. Dos secuencias que se irán alternando hasta ver los rostros de frente de las dos soberanas. Una, María, en su ocaso, y la otra, Isabel, en su esplendor. Dos caras de la misma moneda, dos formas de enfrentarse a su destino, y sobre todo, dos imágenes enfrentadas que nos acompañarán a lo largo del metraje. La cinta nos sitúa en el año 1561, cuando María Estuardo, legítima heredera al trono de Escocia, vuelve a su tierra después de enviudar de su esposo Francisco II Rey de Francia, con la intención de acceder a su trono y reclamar el de Inglaterra, que ahora posee Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. A las dos mujeres les une el parentesco que María es nieta de la hermana de Enrique VIII, y por lo tanto, también puede reclamar el ansiado trono de Inglaterra, también soberano del Reino de Escocia. La llegada a la playa de María y su sequito, nos recuerda a la llegada de Antonius Block, el caballero cruzado de El séptimo sello, de Bergman, arribando exhaustos a las playas de su tierra y besando la arena mojada, después de años de ausencia.

Los productores de la película Eric Fellner y Debra Hay Ward, que ya habían llevado a la gran pantalla la vida de Isabel I en dos sendas películas, Elizabeth (1998) y su secuela del 2007, ambas protagonizadas por Cate Blanchett, tenían la idea de llevar la vida de María Estuardo al cine, biografía que encontraron en el libro María Estudardo, la reina mártir, de John Guy, especialista en la materia, y en la figura de Josie Rourke (Salford, Reino Unido, 1976) con una grandísima carrera en el teatro británico, la directora que debuta para llevar la vida de María Estuardo, y su enfrentamiento con Isabel I, y no sólo ella, sino todos sus súbditos, nobles y caballeros que conspiraban contra ella, con el apoyo incondicional de Inglaterra, que deseaba eliminar la presencia de alguien que reclama lo suyo y ponía en peligro el imperio británico. La película posa su mirada en María y todos aquellos que la siguen, en mayor o menor armonía, nos habla de una mujer de carácter, fuerte y valiente, que no sólo tiene que gobernar un país invadido por un imperio, sino que ha de hacer frente a todas las rebeliones y traiciones a las que se verá envuelta.

La cinta tiene un espectacular diseño de producción, en el que sobresalen su ambientación de la época, tanto en el vestuario, las caracterizaciones y demás elementos que nos devuelven a esos espacios convulsos del siglo XVI, con una cinematografía obra de John Mathieson (colaborador entre otros de Ridley Scott) ejemplar en sus encuadres y el provecho que saca, tanto de los interiores, con esos planos al estilo de Campanadas de medianoche, donde los grandes espacios sombríos y llenos de sombras de Escocia, contrastan con los palacios luminosos y ampulosos de Inglaterra, así como la belleza de los paisajes de esa Escocia indómita y salvaje. El guión de Beau Willimon (autor de la aclamada serie House of Cards) nos lleva a esa Escocia católica, dividida entre los partidarios protestantes de Inglaterra y aquellos que siguen a María, distensiones que nos llevarán por esos lugares oscuros de la película, con esas dos batallas, en las que Rourke opta por lo natural, sin dejarse llevar por lo espectacular o esteticista, o la forma en que nos desvelan los entresijos de la corte, con esos juegos sexuales en los que la homosexualidad estaba a la orden del día, o las escenas de cama entre María y Lord Darnley, filmadas desde un erotismo brutal y creando una simbiosis íntima entre los cuerpos.

La película se cuenta de forma agradable y sencilla, incidiendo en todos los temas que rodeaba la vida desdichada de María Estuardo, con sus amores fallidos, su convulso reinado, esos nobles movidos por la codicia que no dudaban en conspirar contra ella, y encima, con la presencia de Isabel I desde Inglaterra, que ayudaba a los nobles protestantes escoceses a dar rienda a sus deseos de grandeza y altivez, con esos pelucones y maquillajes, más propios de la caricatura y el esperpento, que recuerda a las pinturas negras de Goya, con colores fastuosos y brillantes, con esos ángulos de cámara con contrapicados para mostrar todo lo que sentía y deseaba. Un reparto en el que sobresalen las figuras de Saorsie Ronan, en otra muestra de su aura interpretativa capaz de enfundarse en una reina del siglo XVI, y dotarla de fuerza y carácter, sin un ápice de doblez, otorgando a su personaje sensibilidad y sensualidad. En frente, una Margot Robbie, muy afeada y malévola, que muestra a una reina solitaria, con mucho sexo y nada de amor, obsesionado con su trono, su poder y grandeza, y adulada por todos esos nobles ingleses protestantes con esas ansias de fama y dinero. Y luego, un buen ramillete de intérpretes como Jack Lowden, Guy Pearce, Ian Hart, Joe Alwyn, etc… que consiguen esa crudeza y vileza que rodea a María.

Rourke debuta con una película de hechuras y llena de energía, con un ritmo trepidante y valiente, en la que sobresalen su sinceridad y honestidad, con una sobriedad y elegancia dignas de un cineasta de gran recorrido, un drama con tintes de thriller, con la estructura del western a la antigua usanza, con dos rivales irreconciliables, que lucharán con uñas y dientes, entre el que defiende lo suyo, lo que le pertenece ilegítimamente, y aquel que no desea compartir, movido por su codicia y temperamento, en la dificultad de mirar al otro,  que lucharán por lo suyo hasta el final, sin ningún tipo de titubeo y compasión, una más que otra, como demostrará la magnífica secuencia de su (des) encuentro, extraordinariamente filmada, con esas sábanas blancas que caen entre ellas, como una especie de laberinto, muestra inequívoca de sus diferencias antagónicas, casi como un face to face entre la bella y la bestia, entre la protestante inglesa y la católica escocesa, dos formas de ver el mundo, de enfrentarse a él, de sentir, y sobre todo, de mirar y construir.

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

Cafarnaúm, de Nadine Labaki

INFANCIA ROTA.

La película se abre con unos niños jugando en la calle, una calle cualquiera del Líbano, sus juegos tienen mucho que ver con el sentimiento malsano que recorren las calles, unos lugares derruidos, rotos y míseros, donde esos niños no son capaces de abstraerse aunque jueguen, ya que sus juegos, simulando la guerra con armas de madera rudimentarias, mucho tienen que ver con ese sentimiento. Después de esta sensación de derrota, de dolor, la cinta sigue a un niño esposado que es conducido ante un tribunal, tras ser preguntado por el juez, culpa a sus padres, presentes en la sala, de haberle dado la vida. Un gesto simbólico, alejado de la realidad, pero enormemente concluyente ante el desamparo en que se encuentra el chaval de 12 años, un niño desposeído de sus juegos, de su amor, y de su vida. De ahí el título de la película, “capharnaüm” , palabra francesa que significa leonera, desorden, caos. Nadine Labaki (Baabdat, Líbano, 1974) que ha cosechado una interesante carrera como actriz con directores de la talla de Hany Abu-Assad o Xavier Beauvois, se lanzó en el 2007 con Caramel, a la que hay que añadir ¿Y ahora adónde vamos? (2011), dos títulos, desde la mirada femenina, en la que explora las dificultades y obstáculos de una población asolada por años de interminables guerras en el Líbano, donde Labaki prevalece una perspectiva dura, pero también, esperanzada.

En su tercer título como directora, la cineasta libanesa va mucho más allá, y nos sumerge en un relato crudísimo, desesperanzador y azotado por una miseria tanto física como moral, en la que conoceremos la no vida de Zain, un niño de 12 años que vive en uno de esos pisos cochambrosos con sus padres y rodeado de un gran número de hermanos pequeños, en cualquier calle de los barrios más pobres del Líbano. La película nos acerca su vida miserable a través de una mirada bella y triste, dulce pero amarga, llena de incertidumbres y descorazonada, donde cada día se convierte en una aventura sin fin en la que ganarse cuatro duros como pueda, junto a sus hermanos, y con unos progenitores sobrepasados por las circunstancias e incapaces de ofrecer a sus hijos un poco de cariño y alimento. Labaki ha construido una película-retrato de una dureza abismal, donde hay muy pocas concesiones, en el que todo se desarrolla dentro de un marco desolador y cruel, en el que Zain se muestra un niño valiente y aguerrido, que planta cara a sus padres ante tantas injusticias y terror cometidos contra él y sus hermanos, en que la venta forzosa de Sahar, su hermana pequeña más querida, estalla la difícil convivencia de por sí, y lleva a Zain a la huida y alejarse de tanta crueldad paterna.

La película sigue la mirada del niño, perdido por las calles e intentando a duras penas llevarse un bocado, aunque, no hay mal que por bien no venga, y Zain, con tantas hostias a sus espaldas, le han formado un carácter duro y fuerte, y es un niño espabilado como pocos, a la fuerza ahorcan, y se tropieza con Rahil, una inmigrante etíope ilegal que se gana la vida limpiando y vive en una barraca junto a su bebé Yonas. Rahil se lleva a Zain a su hogar, y los tres viven como una familia, un entorno más mísero que el que Zain ha dejado, pero con más amor. Labaki ha creado un retrato sobre la angustia y el desamparo de un niño de 12 años, sin más sustento que su ingenio y su carácter, un chaval que se mueve por esas calles desoladas y difíciles de una sociedad machacada y desolado por tanta guerra, donde parece que la ilusión y la esperanza siempre vienen cobrándose muertos, donde todos, y cada uno de sus habitantes, se levanta diariamente con la idea de llevarse algo a la boca, aunque sea poco, porque ya será mucho.

La película muestra miseria y dolor, pero lo hace desde la honestidad y la sinceridad, sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia, todo se trata desde el humanismo y la libertad de mirar sin juzgar, de filmar a unos personajes a la deriva, arrastrados ante la maraña de pobreza que asola todo el entorno, tampoco sin caer en lo buenísimo de otras películas, aquí no hay nada de eso, encontramos adultos miserables y también adultos humanos, que dan todo lo que tienen que no es nada, que miran con amor a los demás, que tratan a un niño como una persona y no un mulo de carga, y hay que agradecerle a Labaki y a su equipo el esfuerzo por levantar con seriedad y fuerza una película difícil de realizar, pero que consigue con sobriedad y delicadeza mostrar el rostro más triste de la sociedad, la da los más débiles, huyendo de lo lacrimógeno y lo fácil, abriendo un marco humanista a aquellos que vagan sin rumbo por las calles de cualquier ciudad, dando voz a los invisibles, a los más desfavorecidos, a tantos y tanos niños que se mueren cada día sin que nadie los reclame o se acuerde de ellos, los principales damnificados de los problemas de los adultos, los más vulnerables en una sociedad deshumanizada, enferma y mercantilizada.

El sobrecogedor reparto de la película es todo un grandísimo logro y hallazgo, que consigue imprimir toda la crudeza y humanismo a la amargura que azota todo el metraje, todos ellos no actores profesionales encontrados en la calle que, interpretan un mosaico de personajes de toda condición moral como Zain Al Raffea dando vida a Zain, ese niño que recuerda tanto a los niños que se ganaban la vida en la ruinosa Italia en El limpiabotas, o aquel que callejeaba a la espera de vender algo en Paisà, el Edmund que camina por las ruinas del nazismo, o Antoine, que escapaba del colegio y de sus padres para encontrar algo de libertad, o Polín, el niño solo que nadie reclamaba, o François, sin nadie en la vida y rebelde sin ilusión, tantos y tantos niños que han poblado calles y lugares sin vida, alejados de todos, sin nada más que sus ansias de vivir de otra manera, huyendo de padres y adultos que sólo los reclaman como excusa para ganar dinero. El pequeño Yonas al que da vida Boluwatife Treasure Bankole, Sahar que interpreta haita Izam, y los adultos, los padres de Zain, y Yordanos Shiferaw, una inmigrante de Eritrea, todos ellos componen un caleidoscopio sutil y amargo de esa realidad escondida que se levanta cada día para sobrevivir y poco más, despojados de vida, aquejados por todo y todos, que la película les cede la palabra, o la mirada, para seguirlos un rato y mostrarlos como son, sin efectos ni trucos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cambio de reinas, de Marc Dugain

LA INTIMIDAD DE LOS REINOS.  

En mitad de la película, más o menos, hay un momento que la define considerablemente, cuando Luisa Isabel (la hija del regente que es obligada a contraer matrimonio con Don Luis, el heredero del trono de España) baja del carruaje con la excusa de hacer sus necesidades en un claro del bosque. Se pone de cuclillas, mira al cielo y baja su mirada topándose con una campesina a la que sonríe intrigada. De repente, un subordinado de la corte  se le acerca y rompe ese instante, devolviéndola a su cárcel particular, a su mundo, a ese universo tan ajeno a las necesidades de una población empobrecida e invisible. Marc Dugain (Dakar, Senegal, 1957) es un reputado escritor con una decena de novelas publicadas, entre ellas El pabellón de los oficiales, que llevó al cine François Dupeyron, aunque también ha dirigido cuatro títulos, dos para televisión, y uno para el cine, An Ordinary Execution (2010) sobre los últimos días de Stalin desde la perspectiva de una curandera y su marido. Su cuarto trabajo Cambio de reinas, basada en la novela de una especialista en la materia como Chantal Thomas, que coescribe el guión con el propio Dugain,  vuelve a centrarse en una intriga política en la que nos traslada al convulso universo del Palacio de Versalles del primer tercio del siglo XVIII, antes del estadillo de la revolución que acabará con todo, donde Luís XV, un niño huérfano de 11 años es coronado rey. A través de una estratagema de su regente Felipe de Orleans que consistía en casar a su hija la señorita Luisa Isabel de 12 años de edad, con Don Luis, el heredero al trono de España, además de que Luís XV, a su vez, contrajera matrimonio con Mariana Victoria de 4 años de edad, Infanta de España e hija del rey Felipe V. Una estrategia política que acabaría con años de guerras entre los dos países, guerras entre Borbones contra los Orleans, que los debilitó enormemente.

Dugain opta por una forma sobria e íntima, dejando las fastuosidades de palacio de lado, y centrándose en sus personajes, sobre todo, en las féminas, dos niñas introducidas, muy a su pesar, en un complejo laberinto de alianzas, traiciones y juegos interesados de poder. La película no esconde su buen gusto y sensibilidad para mostrarnos la vida cotidiana de los diferentes palacios, con una grandísima ambientación, amén de su espectacular vestuario y diseño de producción, eso sí, unos universos en decadencia, vapuleados por las graves epidemias como la peste o la viruela, que acabaron con muchos de sus integrantes, las intrigas y corruptelas de palacio pro el control del poder, y sobre todo, la malditas guerras entre España y Francia que debilitó su dinastía y los dejó muy heridos, contribuyendo a sus correspondientes desapariciones. El cineasta francés deja de lado el sentimentalismo y los efectos de guión, para mirar desde el que  observa sin juzgar, del que trata de entender a todos los personajes, describiendo con delicadeza sus intereses, ya sean lícitos o no, y sus estrategias para alcanzar esas posiciones cercanas al rey.

El realizador francés describe con acierto las barbaridades que se cometían en pos de la monarquía y los intereses individuales, como otorgar responsabilidades de estado a niños que se pasan su cotidianidad como reyes entre juegos infantiles y decisiones de grandes trascendencias para el devenir del estado. Incluso, la película indaga de forma evidente en todo aquello que se cocía entre sabanas entre unos y otros, donde la homosexualidad era una opción real entre aquellos que eran obligados a encamarse por la buena salud de la monarquía. Dugain nos muestra una interesante variedad de personajes, desde el niño Luis XV, y todo aquello que lo rodea, como ese instante en que vuelve a Versalles, sólo y perdido, que describe sin palabras todo sus sentimientos contradictorios, o su forma de dirigir el país, entre la falta de decisión, propio de su temprana edad, y de aquellos lacayos que le siguen el juego, o su relación con Mariana Victoria, la Infanta de 4 años elegida para ser su reina, una relación más propia del hermano o primo mayor que parece no querer jugar con esa primita que le han traído a su casa. En cambio, la Infanta se muestra muy en su rol, porque nunca le vemos quejarse o mostrar antipatía hacia el rey que le ha tocado, sintiendo que su vida palaciega es su destino, a pesar que tenga más interés en jugar a caballito que otra cosa.

Por el contrario, la vida en la corte española de Luisa Isabel es cuánto menos incómoda y muy problemática, ya que la niña de 12 años es descarada, insumisa y moderna, y se niega a su destino, comportándose de forma despectiva y lenguaraz a la vida en la corte, como la obsesión por la religión o las formas empleadas que crítica y se muestra muy reacia a compartir. Dugain también retrata con aplomo todas las intrigas que se suceden entre los adultos, espabilados y arribistas con ínfulas que les ríen las gracias a los reyes para conseguir sus propósitos, sin importarles nada más. Dugain se ha reunido de un reparto convincente y magnífico en el que destacan Igor Van Dessel como Luís XV, bien acompañado por Anamaria Vartolomei como Luisa Isabel, a la imprime carácter y sabiduría, y la niña Juliane Lepoureau como la Infanta Mariana Victoria, y los adultos como Lambert Wilson como Felipe V, Olivier Gourmet como Felipe de Orleans o Catherine Mouchet como la dama de compañía de la Infanta.

El director francés sigue la tradición de la cinematografía francesa por su historia, en el que es raro que cada temporada produzca algunas cintas sobre el devenir histórico de la realeza en sus tiempos más convulsos, complejos y finales, en el que Cambio de reinas se erige como una muestra sólida y convincente de esas intrigas palaciegas con niños de por medio, donde Dugain  teje con pausa y concisión una película sencilla y directa, honesta en su planteamiento y ejemplar en su despedida, contándonos todo aquello que se cocía en los diferentes palacios cuando se cerraban las puertas y quedaban ocultas a los ojos de los más críticos e interesados, sumergiéndonos en las diferentes alcobas cuando se encamaban los diferentes futuros esposos, que, según la costumbre, no era muy normal. La película observa, describe y retrata un universo venido a menos, decadente y estúpido, donde unos quieren mantener aquello que ya tiene fecha de caducidad, aquello que fue y ya nunca será, aquello que ni con matrimonios de conveniencia es salvable, y todo por la codicia de tantos, tan preocupados de lo suyo, sin percatarse que el resto, lo más importante, se iba cayendo a trozos irremediablemente.

A viva voz, de Stéphane de Freitas y Ladj Ly

EL AMOR A LA PALABRA.

“La palabra es un deporte de lucha. La palabra requiere todo el cuerpo”.

Bertrand Périer

Si hay una cinematografía que ha desarrollado una abundante filmografía sobre la educación esa ha sido la francesa, en la que ha mostrado una especial sensibilidad para tratar todas las características, aspectos y relaciones humanas respecto al tema educativo. Desde las perspectivas más diversas, eso sí, haciendo hincapié a todo el entorno educativo, a través de miradas críticas, sociales, culturales y económicas, en que tan importante son los métodos de enseñanza, así como en el entorno en que se desarrollan, y sobre todo, los orígenes y entornos sociales de los estudiantes. Cineastas tan importantes como Vigo, Truffaut, Pialat, Philibert, Tavernier, Cantet, entre muchos otros, han explorado de modo veraz y profundo, la educación y todo aquello que rodea tan humanista oficio. Stéphane de Freitas, nacido en francia en 1986, es miembro de la Coopérative Indigo, una organización sin ánimo de lucro que trabaja para reconstruir los vínculos sociales y también, para que personas de diversos orígenes pasen más tiempo juntas compartiendo y conociéndose.

Indigo es una cooperativa que, a través de la Universidad Sena Saint-Denis, ubicada en el Distrito 93, uno de los más marginales de París, se lanzó a la aventura de “Eloquentia”, un concurso de oratoria para alumnos entre 18 a 30 años, en los que eligen a 30 para participar en un curso de preparación en el que reciben clases de cómo hablar en público y desarrollar un discurso, educación teatral para expresarse de forma corporal, de poesía, para manejar las palabras y expresar de la mejor forma posible, o de canto, para controlar y fortalecer su voz, clases que les ayudan a dejarse llevar, aprender de sus diferentes cualidades, mostrarse ante los demás sin prejuicios y con valentía, en el que se desinhiben, vencen miedos, se expresan, comparten sus ideas, se muestran cómo son y sobre todo, se integran y les ayuda a desarrollar sus diferentes sueños e ilusiones, todos ellos alumnos de orígenes muy humildes, la mayoría de padres inmigrantes.

De Freitas, en su primer largometraje, con la codirección de Ladj Ly, un realizador maliense afincado en Francia, se sumergen en la cotidianidad de las clases de preparación, asistiendo como un alumno más a todas las actividades, la cámara no se planta y observa sin más, sino que va más allá, convirtiéndose en un elemento agrupador, observando de manera muy cercana e íntima, mirando a los alumnos-personajes de forma sincera y humana, viendo su desarrollo y siendo testigos de todo el proceso pedagógico y social de las clases, aprendiendo y compartiendo los unos con los otros de forma precisa, divertida y sencilla, en el que Freitas y Ly aprovechan para mostrarnos a cada uno de los alumnos de manera más íntima fuera de las clases, ocupándose de cuatro de ellos en cuestión, como Leïla Alauf, de padres sirios que lucha por reivindicar la figura de la mujer en el islam y siente que la participación en “Eloquentia” le ayudará a comunicar mejor sus intereses sociales, o Elhadj Touré, de orígenes egipcio y guineano, que vivió en la calle mientras estudiaba y valora la visibilidad que hace la Universidad e Indigo en ayudar a los colectivos más desfavorecidos y marginales para salir de su situación social. Souleïla Mahiddin, también de orígenes árabes, psicóloga que da clases de francés y se muestra especialmente sensibilizada en ayudar a los invisibles de la sociedad. Y finalmente, Eddy Moniot, de padre francés y madre tunecina, que camina más de 6 horas diarias para estudiar en la Universidad y sueña con ser actor.

También hace un repaso por los otros integrantes del curso, también con sus duras realidades y sueños realizables gracias a la educación en la Universidad, y el aplomo y la aventura de un puñado de profesores que creen que otro mundo es posible gracias a la buena educación como el abogado y profesor de retórica Bertrand Périer, un enamorado de la palabra, de su fuerza y de la comunicación como la mejor arma para expresar las ideas, comunicarlas y sentirse uno más, protagonizando los momentos más irreverentes, divertidos y alocados de la película gracias a su peculiar forma de enseñar y relacionarse con los alumnos, también, conoceremos al poeta islámico Laubaki Loussalat, con su forma educativa basada en las emociones y la palabra como vehículo para profundizar y acercarse a aquello que aparentemente resulta ajeno, Alexandra Henry, directora de teatro, que ayuda a los alumnos a expresarse a través de su cuerpo, soltando anclajes, miedos y sintiéndose más ligeros y seguros de sí mismos, y finalmente, Pierre Derycke, cantante y profesor de canto, que les ayuda a proyectar las voces de cada uno, y a mostrar todo su potencial.

De Freitas y Ly han construido una película sobre la educación con todos sus texturas e interioridades, a través de los profesores que ven en la educación la mejor forma de cambiar las vidas y las realidades de cada uno de sus alumnos, y sobre todo, la mirada inquieta y joven de los estudiantes, que proceden de realidades durísimas, pero que gracias a la educación sus vidas han girado 180 grados y ahora, pueden observar su realidad de diferente color, y no sólo las suyas, sino también las de sus padres, grandes apoyos en su trabajo diario. Una película realista y nada condescendiente ni mucho menos sentimentalista, sino honesta y compleja, en la que lanza una oda a la diferencia y la madurez de una sociedad que acepta lo diferentes para crecer mejor y con más amor, en la que la cinta es un claro ejemplo de todo eso, convirtiéndose en un documento maravilloso y extraordinario sobre la educación, la vida, el amor a la palabra, al discurso, al juego verbal y corporal, a las personas, a los estudiantes que quieren aprender y sentirse más seguros y felices ante las dificultades y obstáculos a los que se enfrentarán en la vida, a trabar en sus sueños e ilusiones para que algún día se hagan realidad, y sobre todo, la película es un hermosísimo canto a la educación, a la palabra, a expresarse, a compartir, a sentir la mirada del otro, tan diferente y tan cercana, a respetarnos los unos a los otros, a la diferencia y la diversidad de una sociedad multicultural y llena de matices y colores.


<p><a href=”https://vimeo.com/315642959″>A viva voz | Trailer castellano</a> from <a href=”https://vimeo.com/user34637086″>Pack M&agrave;gic</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Sofia, de Meryem Benm’Barek

PERSEGUIDA POR LA LEY.

La película se abre de manera ejemplar y completamente esclarecedora para el devenir de los hechos que se contarán en ella. Vemos a una familia reunida en una mesa en mitad de una celebración, el ambiente es festivo, distendido acompañado de rostros exultantes, celebran la incorporación en una sociedad de los cuñados. El padre llama a su hija Sofia, que entra en el cuadro. Ese gesto cotidiano de la joven rebela mucho más que cualquier explicación detallada, en el que la hija embarazada se muestra ausente, muerta de miedo por la presión social en la que se verá sometida por incumplir las leyes tradicionales de tener un niño fuera del matrimonio. La cámara seguirá a Sofia cuando sale de cuadro con su vuelta a la cocina, y se quedará con ella, que se agarra la barriga ya que está sufriendo fuertes dolores que intenta disimular como puede. Sofia tiene 20 años y está embarazada, un embarazo que niega ya que en Marruecos hay penas de prisión para las madres solteras. Su prima Lena, de madre marroquí y padre francés, y de otro estrato social y económico, con esa mirada altiva hacia su prima, le ayuda y con la excusa del dolor se la lleva a un hospital que le permitirán de forma clandestina parir una hermosa niña. La familia se enterará de la noticia y todo cambiará.

La opera prima de Meryem Benm’Barek (Rabat, Marruecos, 1984) nos habla de la sociedad marroquí actual, y sus roles sociales y económicos, a través de la mirada de Sofia, una joven de 20 años que pare una niña fuera del matrimonio, cisma que convertirá su vida en un infierno, cuando las autoridades y su familia la obligan a casarse con Omar, el padre de la criatura, que vive en Derb Sultan, uno de los barrios más humildes de Casablanca. La directora marroquí va mucho más allá de la situación de Sofía, y nos habla de forma directa y valiente de las estructuras sociales de Marruecos, filmando tres espacios diferentes que entran en liza en la película, primero, el barrio de Sofia y su familia ubicado en el centro de clase media pero de fuerte arraigo tradicional, segundo, el barrio obrero y humilde Omar y su familia, donde los jóvenes se pierden en la desesperanza y la falta de oportunidades laborales, y por último, el barrio de Afna, donde viven Lena, Leila, madre y tía de Sofia, y Jean-Luc, francés, una zona de alto nivel social llena de grandes casas y mansiones junto al mar. Estos tres lugares definen de manera sencilla y contundente las estructuras sociales de un país fuertemente tradicionalista, en el que las leyes gubernamentales ayudan a seguir con lo antiguo y obligando a los jóvenes a casarse si tienen un hijo fuera del matrimonio, para de esta manera salvaguardar el honor de la familia y cumplir con las leyes establecidas.

Benm’Barek no juzga a sus personajes ni mucho menos sus decisiones, muestra sin juzgar, capturando esa sensación de opresión y miedo social que sienten Sofia y Omar, y su entorno, siendo víctimas inocentes de una sociedad tradicional y de unas leyes deshumanizadas, y lo consigue con lo mínimo, a través de una mise-en-scène naturalista y directa, donde la cámara se mueve entre los personajes, a través de esos marcos de puertas y ventanas que escenifican todos sus sentimientos agridulces que experimentan durante todo el metraje, en que los puntos de vista van cambiando a medida que van avanzando las circunstancias de los hechos, arrancando la película como un thriller social para ir hacia el estudio sociológico de la forma de vivir en el Marruecos actual. La directora marroquí imprime fuerza y energía a su relato con herramientas sencillas y muy efectivas, dando la palabra y el gesto a unos personajes complejos que a medida que avanza la película irán desatándose y expresando todo aquello que ocultan celosamente en su interior, que la narración va mostrando reposadamente, sin prisas, dosificando una información que ayuda a cambiar el curso de los acontecimientos, revelando más intrigas ocultas y secretas que guardan cada integrante de esta familia.

La película recupera ese tono neorrealista que también construyó esas miradas críticas ante una sociedad deshumanizada, o el “Free Cinema”, que ayudó a hablar con claridad de los conflictos sociales-económicos de aquella Inglaterra azotada por la terrible posguerra, o los recientes retratos sobre la Rumanía de Ceaucescu y su legado, en esas magníficas producciones que exploran con detalle la sensación de derrota, o el cine de Farhadi, donde un caso violento pone patas arriba lo más terrorífico de los ámbitos familiares. Destacan en el reparto los debutantes Maha Alemi que dota a Sofia de esa mirada fuerte y valiente que le ayudarán a enfrentarse a todo lo que se le viene encima, bien acompañada por Sarah Perles que hace una Lena, muy diferente a su prima, pero también inocente dentro de los parámetros sociales en los que viven, y Hamza Khafif es Omar, una víctima más, que su familia empujará a casarse para salir de su situación humilde, y la gran presencia de Lubna Azabal que interpreta de manera sobria y magnífica a Leila, la tía de Sofia, convertida en la marroquí casada con el francés para salir de su pobreza.

Benm’Barek ha tejido con sensibilidad y fuerza una película que en sus 85 minutos lanza una mirada crítica y contundente a la realidad social-económica de Marruecos, de las vidas depresivas y rotas de unos jóvenes que han de bajar la cabeza ante la persecución estatal y sus leyes opresivas, así como las de sus propias familias, que utilizan la boda para beneficiarse de sus situaciones sociales y escalar en su posición, como ocurre en la familia de Sofia, que ven en la boda de Sofía una salida tradicional y rápida para que este caso no enturbie y ponga en peligro el contrato con el cuñado francés que les sacará de su situación económica maltrecha y les dará una gran oportunidad de escalar económicamente en la sociedad, la misma sociedad que vive anclada en unas formas de vida arcaicas y tradicionales que no han avanzado ni resuelto los problemas actuales de los jóvenes, en una sociedad envuelta en sí misma, llena de apariencias, como la fastuosa boda que esconde una tristeza amarga en sus casados, una sociedad donde la mirada del otro se convierte en fundamental, más que la propia.