Las guardianas, de Xavier Beauvois

LAS MUJERES RESISTENTES. 

Hortense es la matriarca de una granja en la Francia de 1915, cuando la mayoría de los hombres válidos se dejaban la vida en los campos de batalla. Hortense, debido al volumen de trabajo, que comparte junto a su hija Solange, decide rescatar a Francine, una huérfana que se convierte en una fiel y entregada empleada. La guerra sucede lejos, fuera de su alcance, aunque de tanto en tanto, los hombres de la casa, los hijos de Hortense, vuelven unos días de permiso. En una de esas visitas, Constante, el menor de los hijos, se enamora de Francine. El nuevo trabajo de Xavier Beauvois (Auchel, Francia, 1967) basada en la novela homónima de Ernest Perochon, nos cuenta la retaguardia de la guerra, lo que queda después que los hombres vayan a la guerra, la vida cotidiana en una granja a través de las mujeres. Unas mujeres trabajadoras, valientes, tenaces y decididas, que se emplean a fondo para sacar todo el trabajo, en ausencia de la mano masculina. Si bien la película mantiene las ideas y reflexiones que ya estaban en el cine de Beauvois, como la comunidad, el tema social, la complejidad de los personajes, y un tema central, que suele ser externo, que contextualiza los hechos y provoca las dificultades en las que se sumergen sus personajes, como por ejemplo, ocurría en uno de sus títulos más celebrados, De dioses y hombres (2010) en el que explicaba el devenir de unos monjes cistercienses, que instalados en un monasterio en las montañas del Magreb, se veían envueltos en una ola de violencia, pero decidían quedarse y resistir.

Ahora, se centra en estas tres mujeres, en la que podemos primero de todo, ver la película como una experiencia antropológica, donde vemos las formas de vida de primeros de siglo en la Francia rural, así como los diferentes trabajos y las formas de convivencia en una granja. Por otro lado, las diferentes relaciones que se desarrollan en un contexto dificultoso como ese, en el que la ausencia de noticias de la guerra y el devenir de los suyos, somete la voluntad y el ánimo de las mujeres. Beauvois nos habla también de esperanza, de cooperativismo y de resistencia, en el que la primer parte del filme, pivota entre estas ideas, donde parece que, a pesar de la guerra y sus desastres, la vida y el amor pueden crecer y mantener la ilusión por unos tiempos futuros mejores, aunque algo lejanos. La segunda mitad del relato, la película se ensombrece, y las circunstancias del momento, convierten a los personajes en víctimas de su propio destino, donde unos toman posiciones demasiado intransigentes para favorecer a unos en detrimento de otros, quizás aquellos más desafortunados o débiles.

El cineasta francés agiliza una trama de 135 minutos, en el que no cesan de suceder situaciones de todo tipo, en que las cosas ocurren de manera sencilla y honesta, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo o la crueldad excesiva, hay dureza, pero entendible, dejando ver con claridad cada circunstancia que motivan las decisiones de los personajes. La formidable y pictórica luz de la película, obra de la cinematógrafa Caroline Champetier (una experta en la materia que ya estuvo en De dioses y hombres, y otras obras de gran calidad como Holy Motors, Las inocentes o Hannah Arendt, entre otras) recuerda a la pintura de Millet, Coubert o Renoir, en sus trabajos sobre el campo francés (y esa luz que también bañaba las imágenes de la reciente La mujer que sabía leer) y la magnífica música del veterano Michel Legrand (auténtica eminencia con más de 60 años de carrera) se acoplan perfectamente al aroma que recorría aquella Francia rural de los convulsos y terroríficos años de la Gran Guerra.

Beauvois estructura su trama a través de una historia de amor, sencilla y conmovedora, llena de sensibilidad (como las películas campestres de Renoir) en la que no faltará de nada, porque ya lo dicen que en el amor y en la guerra, todo vale, y las argucias más miserables están a la que saltan, anteponiendo la apariencia ante cualquier eventualidad. El magnífico trío protagonista encabezada por la siempre eficaz y sublime Nathalie Baye (en su tercer trabajo con el director, después de Según Mattieu y El pequeño teniente) en un personaje de armas tomar, que irá cambiando a medida que las noticias de la guerra vayan cayendo como una losa, en una matriarca de las de antes, aquellas a las que no se les escapaba nada, aquellas siempre atentas, dirigiendo el rebaño, y atajando cualquier rebelión en su contra o contra los suyos, le acompaña Laura Smet (que algunos recordarán como La dama de honor, uno de los últimos títulos de Chabrol) dando vida a Solange, la hija de la patrona (también hija en la vida real) encarnando a esas mujeres con sus hombres en la guerra, que quedaban al amparo de cualquier forastero, y también, de sus ganas de cama, reflejando esas mujeres abiertas a los cambios y las modernidades propias de la época.

Finalmente, la auténtica revelación de la película, la debutante Iris Bry, con ese rostro angelical y a pesar de su juventud, lleno de dureza emocional, que vaga con la esperanza de encontrar trabajo, acomodo y un hogar en su existencia. Bry compone a la desamparada Francine, una mujer joven, pero vivaz y sencilla, que llega a la granja para quedarse, demostrando trabajo, lealtad y sinceridad, convirtiéndose, a su pesar y a pesar de todos sus esfuerzos, en una víctima más de la guerra, como hubieron tantas, en una de esas mujeres que todo lo tienen que luchar y pelear, porque no tienen otra, porque no tienen a nadie, y deben seguir remando por su vida y por su destino. Beauvois ha construido una película excelente y bellísima, tanto en su imagen como en su contenido, un hermosísimo canto a la mujer, a la femineidad, a su cuerpo, a su fisicidad, a su trabajo, y a sus sentimientos, a todo aquello que sienten, a quién aman y su lugar en el mundo, porque aunque la guerra siga en el frente, hay otras guerras donde nos e disparan tiros, son esas otras guerras a las que hay que enfrentarse en el día a día, con entusiasmo, garra y valentía.

Nadie nos mira, de Julia Solomonoff

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

En una de las primeras secuencias de la película, vemos a su protagonista, Nico, 30 años, argentino y actor, cuidando de un bebé, junto a otras mujeres de origen latino que hacen lo propio, en un parque céntrico de Nueva York. De repente, ocurre algo, y una estadounidense avisa a la policía, y como si fuese un efecto rebote, casi todas las mujeres con sus respectivos bebés, huyen a escape del lugar. Un instante que marcará todo el estado de ánimo de la película, un lugar de oportunidades, sí, pero también, un lugar oscuro, donde si no eres legal, te conviertes en un perseguido, en un clandestino, en alguien en perpetua huida, situación, que vivirá constantemente el protagonista de la cinta. El tercer trabajo como directora de Julia Solomonoff (Rosario, Argentina, 1968) nos habla de soledad, desarraigo, huida y pérdida, temas que ya estaban en sus dos primeras películas, en Hermanas (2005) exploraba los años de la dictadura argentina a través del (des) encuentro de dos hermanas después de años de desaparición, y en El último verano de la Boyita (2009) se centraba en una niña en ese tránsito de la infancia a la adultez, a través del descubrimiento de la vida en un ambiente rural, ambas películas ambientadas en los ochenta.

En Nadie nos mira, la trama que pivota en el aquí y ahora, gira en torno a Nico, un tipo que se gana la vida cuidando un bebé de una paisana, y como camarero, instalado en Nueva York, huyendo de la fama de actor de telenovelas en Argentina, y también, dejando una relación tóxica. Su vida en la Gran Manzana no es la esperada, se mueve como si estuviese en un laberinto, de aquí para allá, con esa incertidumbre del que todo es temporal, de su sitio no está en ese lugar, porque simplemente está de paso no sabe hacia adonde. Nico sueña con encontrar la oportunidad de demostrar su valía como actor, en un país difícil y complejo, donde las oportunidades escasean y además, deberá enfrentarse a la durísima competitividad, y a los prejuicios propios del estadounidense medio. Un argentino rubio y de piel clara, no es el prototipo de latino que las barras y estrellas consideran como tal.

Solomonoff no juzga a su personaje, no emite ninguna posición ni emocional ni ideológica, lo filma desde todos los puntos posibles, y lo relaciona con personas de diferentes clases sociales, desde la argentina que se ha casado con el yanqui y se ha convertido en uno de ellos, de aquellos estadounidenses más liberales, pero que en el fondo sus ansías de posición económica los lleva a sentirse de una manera, pero actuar de otra, muy convencional, o el actor argentino, amigo de Nico, que viene de visita y se queda maravillado por el lugar, desde la perspectiva del turista, que no conoce los verdaderos cimientos en los que se sustentan toda esa maquinaria de luces y neones, o la propia perplejidad y contradicciones de Nico, que no sabe muy bien que hace en una ciudad que da poco y exige tanto, en un estado de extrañeza constante y pérdida de sí mismo, de desconocerse cada día un poco más, y de náufrago a la deriva en esa inmensa isla, donde tampoco las relaciones íntimas le ofrecen estabilidad emocional, porque todavía arrastra ese pasado que le agobia y le ha llevado a esta huida sin fin y traumática.

La fantástica y contenida interpretación de Guillermo Pfening dando vida a Nico, consigue traspasar su mirada y descubrir su interior, todo aquello que hierve en esa alma rota e inquieta, en ese cuerpo que se mueve de un lugar a otro, ya sea en bici o en metro, ya sea con un bebé que no es suyo, pero que lo quiere como tal, o a la espera de que ocurra algo, aunque a veces haya perdido toda fe en eso, o lo que es más grave, haya perdido la fe en sí mismo, porque no desconoce qué hacer, y sobre todo, hacia adónde ir. Y no sólo la composición de Pfening, sino cada uno de los intérpretes que aparece en la película transmite verdad y naturalidad, componiendo un caleidoscopio interesante y diferente de una ciudad cosmopolita, interesante, atractiva, pero también salvaje, despiadada y que en ocasiones, puede resultar muy hostil y oscura para los recién llegados o aquellos a los que les cuesta adaptarse a sus costumbres y reglas, y a su ritmo endiablado.

 Solomonoff es una gran todoterreno en esto del cine, ya que ha sido asistente de gente como Puenzo o Salles, ha producido a Celina Murga o Julia Murat, entre otros/as, y lleva años dando clases en EE.UU., y en Nadie nos mira, parece explicarnos su experiencia como extranjera en ese país de acogida, sus sentimientos y percepciones como diferente, como latina, aunque sea como su protagonista, rubia y de piel clara, rompiendo los estereotipos de ese ciudadano medio yanqui, en un relato que nos muestra como un diario del inmigrante que llega a esa ciudad querida y soñada, peor que se dará de bruces con la realidad del lugar, y sobre todo su propia realidad, porque como bien reflexionaba Muñoz Molina: “Uno cuando viaja, no deja sus problemas en casa, sino que los lleva consigo mismo”, y el bueno de Nico, tiene todavía muchas cuentas pendientes no con Argentina o Nueva York, sino consigo mismo, con sus emociones y sentimientos, con el hombre al que amó o todavía ama, y su destino como actor, y en un espacio ajeno y extraño, en una huida constante, no de nada ni nadie, sino de sí mismo.


<p><a href=”https://vimeo.com/265529148″>Trailer Nadie nos mira</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Disobedience, de Sebastián Lelio

UN AMOR PROHIBIDO.

Cuando todavía está caliente el éxito de Una mujer fantástica, nos llega un nuevo trabajo de Sebastián Lelio (Mendoza, argentina, 1974) en el que hay cohabitan varios elementos muy significativos en su cine: volvemos a mirar retratos femeninos que, ya sea por la conservadora sociedad o los conflictos internos, estas mujeres se ven envueltas, muy a su pesar, en muros infranqueables y oposiciones del entorno que los rodea, aunque, sus ansias de vivir y sobre todo, de hacerlo libremente, les conducirá a enfrentarse a todos y también, a ellas mismas. Tanto Gloria, aquella mujer de mediana edad que quería vivir su vida alejada de todos los convencionalismos sociales habidos y por haber, o Daniela Vega, la transexual que protagonizaba la mencionada Una mujer fantástica, que se reivindicaba en su identidad y en un amor puro y honesto. Ahora, ese rol lo interpreta el personaje que hace Rachel McAdams, Esti es un personaje encerrada en una comunidad judía ortodoxa con sus leyes machistas y demás imposiciones contra las mujeres, como llevar peluca y vestir de negro fuera de casa, por ejemplo, y rendir pleitesía a su marido, un rabino que interpreta Alessandro Nivola.

La llegada de Ronit Khruska, el personaje de Rachel Weisz (hija del rabino anciano que acaba de fallecer) cambiará ese estado de conformismo y apariencias, despertando el pasado, un pasado en el que los tres implicados eran uña y carne, y sobre todo, entre las dos mujeres, que mantuvieron una relación oculta en el pasado. Lelio rueda por primera vez en otro idioma, deja el castellano para hacerlo en inglés, y en otro ambiente, en Hendon, uno de esos barrios londinenses donde la burguesía mantiene sus costumbres y raíces ancestrales. Se inspira en la novela homónima de Naomi Alderman, en un guión firmado junto a Rebecca Lenkiewicz (autora entre otras del guión de Ida) para construir una película en las entrañas de una comunidad judía ortodoxa, regida por creencias antiguas y con formas, tanto íntimas como sociales, muy estrictas, en un mundo dominado por hombres (como ocurría en Yentl, de Barbra Streisand, en la que la protagonista se disfrazaba de hombre para poder estudiar) unos hombres que hacen y deshacen, sin contar con las mujeres, en el que ellas deben obedecer, convertirse en agradables esposas y estupendas madres.

Ronit, que huyó despavorida en el pasado, vuelve con otro rostro, es fotógrafa de profesión, y vive de forma liberal en Nueva York, todo lo contrario que Esti, y su llegada despertará de forma inevitable el amor que tuvieron en el pasado, sin que nada ni nadie les impida llevarlo a cabo, pero, en una comunidad tan cerrada y pequeña, al final todo lo que ocurre se sabe, y Dovid, el marido de Esti, tomará cartas en el asunto. Lelio compone una película íntima y sencilla, con esos colores fríos, apagados y oscuros que reinan por la película, sobre todo, en los ambientes cerrados, en un gran trabajo del cinematógrafo Danny Cohen (autor de La habitación o This is England, entre otras) aumentando esa sensación de prisión, de ahogo, de atmósfera irrespirable que tiene Esti y también, en menor medida, Ronit, para contribuir a un estado de ánimo donde los espacios cerrados, en casas vacías, o la noche, como aliados para consumar su amor sin el miedo de ser vistos y denunciados, un amor prohibido que contribuye a esa idea de anulación e invisibilidad que tienen las mujeres en la comunidad.

Lelio ha contado con un estupendo trío protagonista que maneja el relato dejándose llevar por sus emociones ocultas, por aquello que no se dice, no se expresa, por aquello que guardamos, no sólo para los demás, sino también, para nosotros mismo, aquello que está prohibido, que no puede ser, en una trama donde se profundiza en las relaciones complejas entre aquello que dicta la fe y las convenciones sociales, y lo que realmente sentimos, en esa lucha interna entre lo que debemos a hacer y lo que realmente queremos hacer, donde la religión juega un papel inmenso en el devenir de la historia, aunque la película utiliza ese contexto para hilar una historia de amor intensa y apasionada, donde dos mujeres se aman sin remedio, donde se ocultan por miedo, aunque eso no les impide que las emociones sigan su curso y nada ni nadie pueda detenerlas, porque el amor es así, su propia naturaleza imprevisible e incierta nos convierte en esclavos de sus designios más profundos.

Nunca estamos solos, de Petr Vaclav

LOS DEMONIOS DE NUESTROS DÍAS.

Jana es una mujer atractiva que ronda los cuarenta, trabaja en el supermercado de un pueblo flanqueado por una carretera, de esos que hay cientos en cualquier ciudad. Jana es infeliz, vive con un marido hipocondríaco en paro, y un par de hijos. Tiene una vida triste y vacía, y sus días se desarrollan sin más. Un día, entra un hombre de etnia romaní a comprar cigarrillos al supermercado, Jana se siente atraída y hará lo imposible para estar junto a él. Pero, este tipo, vigilante de un puticlub de carretera, está enamorado de una de las stripper, pero ésta, a su vez, pierde los vientos por un hombre que cumple condena. Para redondear el cuadro, un nuevo vecino, paranoico (que recuerda y de qué manera al tipo enfermizo con la violencia de Tierra de abundancia, de Wenders) y nostálgico del comunismo, funcionario de prisiones, con la arma siempre en el hombro (que tiene un hijo al que atemoriza, y el chaval intenta rebelarse) se hace íntimo del marido enfermo imaginario. El cineasta Petr Vaclav (Praga, República Checa, 1967) ha desarrollado una filmografía a través de dos vertientes, por un lado la exploración de las desigualdades e injusticias sociales de la cultura romaní, y por el otro, los sinsabores y aburrimiento de la burguesía checa.

En Nunca estamos solos mezcla esos dos caminos, pero desde un aspecto social, los burgueses han dejado paso a unas gentes que viven en la periferia, en las afueras, no solamente físicas, sino también emocionales, unas almas infelices y atormentadas que se mueven entre las brumas de una sociedad injusta e insatisfecha. Václav plantea una película desde el extremo, tanto formal como argumental, porque va del blanco y negro al color y viceversa, según las variaciones emocionales de sus personajes, así como a nivel de diálogos, donde en algunos instantes la verborrea se apodera del relato, combinada con silencios asfixiantes que rasgan el alma. Y qué decir de su trama, en el que tanto adultos como niños se mueven en ese frío y triste bosque urbano donde lo miserable contamina cada espacio y cada sentimiento, donde sus personajes acarrean en la intimidad sus conflictos y demonios que los acechan constantemente, en el que cada uno de ellos se siente mal consigo mismo, y con su entorno, y todo lo que hace para cambiar esa situación, provoca el efecto contrario, sumergiéndolo más si cabe en su pozo de miseria cotidiana.

El cineasta checo construye una película dura y oscura, pero no tremendista, siempre hay un atisbo de esperanza, y los dramas existenciales que cuenta forman parte de muchas ciudades europeas en el que los distintos pensamientos y formas de vida convergen en un tiempo y espacio, y no siempre de una manera humana y respeto al otro, al diferente. Vaclav compone una película compleja y sincera, donde sus criaturas buscan su felicidad a través del amor, y de estar bien con uno mismo, aunque los caminos que trazan para conseguirlo no sean los más afortunados y los lleven a sentirse más tristes y vacíos. La película recuerda al primer cine de Loach, Leigh o los Dardenne, tanto en su apuesta formal, donde la cámara devora a sus personajes, penetrando en su intimidad familiar y en su interior, mostrándolos de manera sencilla, como en parte argumental, donde se detiene a describirnos toda la complejidad del ser humano en su esencia más personal.

El poderoso reparto en el que Vaclav mezcla con sabiduría y energía profesionales de la interpretación con debutantes, como Karel Roden como el antipático hipocondriaco, Lena Vlasáková como Jana, la infeliz enamorada del vigilante gitano (con esa mirada triste que dice tantas cosas sin emitir ninguna palabra) Miroslav Hanus como el pirado que ve monstruos en todas partes, sin darse cuenta que su hijo le tiene miedo y hace lo imposible por huir de él, y los romaníes salidos de un trabajoso casting, que impactan con su naturalidad,  Zdenék Godla como el vigilante amante de Jana y enamorada de un imposible en la figura de Klaudia Dudová, la stripper alcohólica que tiene su amor en prisión, sin olvidarnos de los niños, que consiguen con sus miradas relatarnos toda la complejidad de sus personajes. Vaclav ha conseguido una película durísima, pero humana, en el que el amor se convierte en la única salida a sus vidas solitarias y vacías, aunque sea un amor fou, que ayudar a sus personajes a tirar para adelante, a que sus existencias tengan algo de luz, aunque sea a hostias y sufriendo más de lo debido, porque a veces lo que creemos que es bueno para nosotros, en realidad, no es más que una huida para dejar aquello que nos atemoriza, aquello a lo que no somos capaces de enfrentarnos, y preferimos, porque quizás es más fácil, seguir a lo desconocido, a lo que parece mejor para nosotros, aunque sin saberlo nos adentrarnos en la boca del lobo, en un mundo y perverso y cruel, que si bien al principio nos hará sentir mejor o al menos lo sentimos así, a la larga, volveremos a sentirnos mal y seguiremos igual o peor.


<p><a href=”https://vimeo.com/240981098″>NUNCA ESTAMOS SOLOS (We Are Never Alone) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Pedro B. Abreu

Entrevista a Pedro B. Abreu, director de la película “Blue Rai”, de Pedro B. Abreu. El encuentro tuvo lugar el jueves 5 de abril de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro B. Abreu, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película “Una casa junto al mar” en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Foxtrot, de Samuel Maoz

LOS PASOS DEL DESTINO.

“La coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo”

Albert Einstein

Una mañana, como otra cualquiera, en cualquier vivienda de Israel, un trío de soldados comunica a unos padres el fallecimiento de su hijo durante su servicio militar. La madre, Dafna, cae rendida después de haber sido fuertemente sedada. El padre, Michael, por el contrario, expresa su ira contra todos y todo, intentando explicarse lo ocurrido. El segundo trabajo de Samuel Maoz (Tel Aviv, Israel, 1962) se enmarca en las consecuencias de la guerra y en los mecanismos del dolor ante la pérdida de un ser querido. Su primer filme Lebanon (2009) que se alzó con el máximo galardón en el Festival de Venecia, nos sumía también en la guerra, desde el punto de vista de los soldados, introduciéndonos en el interior de un carro de combate siguiendo las peripecias bélicas de un grupo de soldados durante la guerra del Líbano de 1982. Maoz vuelve a un ambiente cerrado y claustrofóbico, pero ahora es un hogar que aparentemente parecía reinar la concordia, para construirnos una película sobre las relaciones personales entre un padre, y su esposa,  pero sobre todo las relaciones del padre con su hijo, personas que nunca veremos juntos en el mismo lugar, aunque siempre estarán conectados emocionalmente.

El cineasta israelí edifica una trama en tres actos, como si asistiéramos a una tragedia griega, en el que en el primero, cuando el padre recibe la fatal noticia de la muerte de su hijo, arrancan unas horas donde el amor y la culpa se mezclan de manera dolorosa, y en que el padre debe afrontar su propio dolor y comunicárselo a los más allegados, en el segundo segmento, Maoz nos sitúa en la cotidianidad del hijo fallecido, durante su servicio militar, y es cuando el director arremete con dureza y sin miramientos hacia inutilidad de la guerra, en la que unos jóvenes soldados que viven casi hacinados en un barracón que se cae a trozos, deben custodiar una especie de paso fronterizo pro el que apenas pasan vehículos. Aquí pasamos del drama familiar y personal del primer acto, para adentrarnos en la comedia surrealista y absurda, donde los soldados pasan las horas muertas como pueden, realizando estúpidos cálculos o bailando foxtrot (brutal metáfora que estructura la cinta en la que por mucho que nos movamos y hagamos, no podremos condicionar el destino que nos espera, como el baile que finaliza en la misma posición que empieza) y para finalizar, el tercer acto, nos lleva de nuevo a la vivienda de Michael y Dafna, y su hija, en que la situación propuesta inicialmente ha cambiado, y Maoz, muy acertadamente, nos vuelve a cambiar el rumbo, y nos sumerge en un nuevo conflicto, donde los personajes se encuentran ausentes  y la paz y tranquilidad del hogar se ha vuelto del revés, debido a los dolorosos imprevistos a los que han tenido que enfrentarse.

Maoz cimenta una interesante reflexión y análisis sobre un país, Israel, rasgado y condicionado por las innumerables guerras que ha vivido, vive y desgraciadamente, seguirá viviendo, y las consecuencias que conlleva tanto conflicto bélico y tanta muerte inútil, y como esos fallecimientos de jóvenes acaban mutilando una sociedad  que parece abocada a la contienda bélica sin fin, como en una especie de bucle del que no hay escapatoria, un círculo vicioso que muchos no recuerdan como empezó, y otros, no saben vivir de otra manera, ya que no han conocido nunca el país en paz, siempre en guerra. El trío interpretativo de la película destila convicción y emoción a partes iguales, cada uno con su drama personal, y arrastrando su culpa, en el que ayuda y convence de manera natural y realista en sus composiciones y diferentes estados de ánimo, unas emociones que viajan como en una montaña de rusa, para construir esta fábula moral, que continuamente nos interpela a los espectadores, sumergiéndonos en continuas batallas sobre la guerra, sus consecuencias, la familia y las relaciones personales.

Una película que nos habla de varios conflictos, el de una nación, el de una familia, el de un padre y su hijo, y sobre todo, el del ánimo de una sociedad que jamás ha vivido en paz, y donde la cuestión bélica ha estructurado las existencias de toda su población, unas gentes que han tenido que acostumbrarse a la guerra fratricida, porque no han conocido otra forma de vida, y a los muertos enterrados que acarrea tanto bombazo, con buen acierto Maoz nos explica la intimidad de esta familia y los diferentes puntos de vista de cada uno de ellos, a la hora de enfrentarse al dolor y la culpa, quizás el conflicto conmueve pero sin arrebatarnos el alma, aunque el propósito es en conjunto audaz y brillante, con esa frialdad propia de la burocracia representada en el estamento militar, y de algunos personajes, como el de la madre, aunque Maoz, con mucha habilidad y acierto, nos centra su historia en  la destrucción de cómo ese hogar familiar construido con amor, se viene abajo en un abrir y cerrar de ojos, porque como nos viene a decir la película, estamos completamente condicionados a la fatalidad del destino, porque nunca sabremos lo que nos espera, y hagamos una cosa u otra, el porvenir está escrito, y el destino nos espera pacientemente para cobrarse su deuda.