Desig sota els oms, de Eugene O’Neill/Joan Ollé. Teatre Nacional de Catalunya.

AMOR Y TIERRA EN LA AMÉRICA RURAL.

“Jo som la mare fins la darrera gota de sang. La granja era seua. La mare è mort. La granja è meua”

“Vui  compartir-ho  ambe  tu,  Abbie…  presó  o  mort  o  infern  o  tot!”

Nos encontramos en la Nueva Inglaterra de mediados del XIX, en una granja construida madero a madero encima de una tierra agreste y pedregosa, que trabajada año tras año se ha convertido en una tierra fértil y provechosa. Su dueño es Efráin Cabot, uno de aquellos irlandeses que llegaron al nuevo mundo dispuestos a labrarse un futuro, también viven sus dos hijos mayores, Simeon y Peter, que trabajan con el propóxito de abandonar esas tierras y emprender su viaje al oeste donde les espera el oro y una vida más fácil. Y también conoceremos a Eben, el hijo menor, hermanastro de los otros dos, que aunque ama la tierra que trabaja, reprocha al padre la vida miserable que le dio a su madre ya fallecida. Todo parece ir como siempre, con el trabajo diario, los sueños de una vida mejor y los recuerdos de los que ya no están. Toda esa armonía aparente la rompe Abbie, una treintañera de buen ver que se ha convertido en la tercera esposa de Efráin Cabot que, llega a la granja para tener una casa y esa vida que, su triste vida no ha logrado darle.

Después de En la solitud dels camps de cotó, de Bernard-Marie Koltès, sobre las máscaras y los deseos ocultos que interpretaban Andreu Benito e Ivan Benet en un magnífico tour de force, representada a principios de este año en la Sala Pequeña del TNC, Joan Ollé (Barcelona, 1955) vuelve, pero ahora a la Sala Grande con un texto de Eugene O’Neill (1888-1953) uno de los más grandes dramaturgos y escritores estadounidenses que, construye sus obras a través de un grupo de personajes que viven en los márgenes o los traspasan, siempre llevados por los aspectos más sórdidos de la condición humana y que rara vez conseguirán llevar a cabo sus ilusiones y deseos más ocultos. Estrenada en 1924, tiempos difíciles para los farmers de aquella América antesala al crack del 29, un país clasista y sumido en la derrota y la desesperación que martilleaba incesantemente a las clases más humildes y trabajadoras.

En la versión de Iban Beltran y el propio Ollé se recupera el lenguaje coloquial, aquel angloirlandés que hablaban aquellos granjeros de mediados del XIX, elemento indispensable para acercarnos a ese mundo miserable y violento, en el que tanto unos y otros huyen sin remedio de un destino cruel, y todos los medios que tienen a sus alcance, en vez de alejarlos de esa tragedia, los acerca más irremediablemente. El viejo Cabot que ya pasa de la setentena es un hombre al final del camino, las fuerzas que ayudaron a levantar su granja están oxidadas y el viejo amo se niega a desaparecer e intenta mantener a flote todo aquello por lo que luchó, se encuentra cansado y lucha con todas sus fuerzas para no sentirse solo, ya que sus hijos no han continuado su camino y lo han abandonado. Su idea de dejar un heredero a su granja parece ir por buen camino con la llegada de Abbie, que parece que le dará ese ansiado hijo que continuará su legado. Abbie es una arpía, una mujer hecha a sí misma, que tiene en su belleza su mejor arma, encuentra en la boda con el viejo Cabot un negocio formidable para sus deseos de tener una casa, y sobre todo, un hogar. Y el vértice de este fatal triángulo lo compone Eben, lastrado por el recuerdo omnipresente de su madre muerta, quiere mantener su espíritu quedándose en propiedad con la granja, ya que, según él, fue de su madre. Eben es impetuoso, con carácter, y aunque ama la tierra y la granja, su deseo está más arraigado a la memoria de su madre.

O’Neill se inspira en los clásicos griegos, en las pasiones rurales de Tolstoi,  y su dramaturgia recuerda a los dramas negros lorquianos, en un relato intenso, pasional y violento acotado en un año, situándonos en las cuatro paredes de la granja, y las relaciones humanas, complejas y llenas de sombras y violentas, cuando el conflicto entra en esa tranquilidad onírica, cuando Abbie y Eben, cada uno por motivos diferentes, más cerca de sus intereses materialistas que otra cosa, empiezan una relación amorosa, una relación oculta, salvaje e incestuosa que, llegará a oídos de todos, menos del viejo Cabot. Pero lo que empieza como un cúmulo de deseos materiales deviene en un amor puro, en una pasión arrebatadora que consigue enmendar a esas dos almas desdichadas, en el fondo, y el deseo de construir algo juntos descubriendo la importancia de compartir. Dejar el “yo” y el “mio”, por  el “nosotros”, por el sentimiento de confianza y dejar el individualismo imperante que ha ceñido sus existencias por el de la felicidad compartida, aunque esta sea porhibida, oscura y oculta de las miradas ajenas.

La rompedora y estética escenografía de Sebastià Brosa compuesta de dos espacios, uno, a su vez, muestra 4 ambientes: la fachada y los campos, la cocina, las habitaciones, tanto del matrimonio como de Even, que la pared desnuda nos ofrece dos lugares en uno, creando un magnífico juego escénico, y por último, la estancia mortuoria de la madre de Eben, donde pervive su memoria más viva cada día. Espacios donde impera el realismo de las situaciones y la oscuridad de cada uno de los personajes,  y el otro espacio, esas escaleras que nos llevan a una plataforma que hace las veces de camino que lleva al pueblo, donde iluminada de forma expresionista, observamos algunos de los momentos más intensos de la solitud y los conflictos de cada uno de los personajes. Todos esos ambientes que se mueven debido al espectacular movimiento circular obra de Andrés Corchero y Ana Pérez que, nos trasladan con especial detalle según el movimiento de los personajes.

Una obra cuidada, de temperamento escénico, y brutal desarrollo, en el que la tragedia de tres actos va apareciendo lentamente, sin prisa. Un drama rural que se apoya en el fantástico trío de intérpretes sabiamente dirigidos por Ollé, tenemos a Pep Cruz como el viejo y cansado Cabot (que recuerda a los viejos pistoleros de las películas de Peckinpah, que se niegan a asumir que su tiempo finalizó y su tiempo se ha convertido en almas en pena) a Laura Conejero, guapísima y elegante, en uno de sus mejores trabajos, llena de sensualidad y erotismo, una especie de mantis religiosa, una femme fatale que arrancará con esos deseos materialistas para alcanzar su presa, pero que el destino la hará cambiar de planes y caer arrastrada por ese amor oscuro pero llena de pasión, y por último, Ivan Benet, convertido en uno de los mejores actores de su generación, que repite con Ollé, en un personaje atrapado en los recuerdos maternos, que encuentra en Abbie una oportunidad de ser feliz, una mujer pasional y sexual donde llevar a cabo sus más bajos instintos, y sobre todo, vivir en una zona de paz que tanto ansía encontrar. Ollé ha construido una obra sobre las ambiciones materialistas, sobre el capitalismo que derrota a las personas y las consume de egoísmo, individualismo y las vuelve posesivas en lucha fraticidad con el amor romántico, ese amor puro, el que nace sin querer, el que ama con humildad, desnudo y desarmado, y consigue devorarnos con esa atmósfera fatalista que se abre paso en un mundo rural machacado y cruel que, se muere cada día, a través de unas relaciones humanas duras, violentas y miserables.

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La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter

KUMAIL Y EMILY SE CONOCEN Y… ¿ENAMORAN?

Se ha escrito y se escribirá muchísimo sobre el hecho de enamorarnos. Ideas, reflexiones y análisis existen infinidad, tantos como enamorados o no ha habido a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que significa “estar enamorado”, lo único que sabemos o no, se basan en nuestras experiencias más íntimas, esa cosa que bulle en nuestro interior cuando nos acercamos o hablamos con esa persona que, de repente un día, penetra en nuestros pensamientos para quedarse, nunca conoceremos qué extraño mecanismo hace que eso suceda, quizás tiene que ver y mucho sobre nuestra emocionalidad o no, lo que sí sabemos con certeza que, cuando se introduce en nuestro interior ese extraño sentimiento que no podemos explicar, pasamos por toda una serie de conflictos internos, algunos placenteros y otros, no. La película dirigida por Michalel Showalter (Princeton, Nueva York, 1970) comediante, actor y director fogueado en televisión, alcanzó cierta notoriedad con la película Hello, My name is doris (2015), donde una Sally Field sesentera reflexionaba sobre lo laboral e intentaba ligar con su compañero joven, y la serie Love, donde coincidió con Judd Apatow, otro neoyorquino que ha dirigido algunas comedias renovadoras del género apostando por un humor irreverente, crítico y audaz como Lío embarazoso o Y de repente tú, entre otras.

En La gran enfermedad del amor anudan sus esfuerzos para hablarnos del amor o algo que se le parece, y lo hace de un modo realista, auténtico, vital o podríamos decir, muy parecido a lo que nos podría ocurrir en algún momento de nuestras vidas, porque su pareja de guionistas Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon trasladan sus vivencias a la gran pantalla, nos explican cómo se conocieron y se enamoraron o no. La trama se sitúa en Chicago, donde nuestro protagonista Kumail, de origen pakistaní, se gana la vida como conductor, pero su gran sueño es ser monologuista, sueño que trabaja algunas noches en un club de la ciudad. Una de esas noches, conoce a Emily, una estudiante de psicología, se acuestan y aunque ninguno de los dos lo desea aparentemente, comienzan a salir. Mientras tanto, la familia de Kumail, y su madre en cuestión, de fuertes raíces musulmanas, intenta sin conseguirlo presentarle jóvenes pakistaníes para que Kumail elija esposa y se case. Aunque como suele pasar en estos casos, cuando las diferentes étnicas y culturales son tan grandes, la pareja entra en crisis y las cosas comienzan a ir de mal en peor.

La trama es sencilla y honesta, y reflexiona y mucho sobre la naturaleza del amor, sobre quiénes somos y a qué estaríamos dispuestos a hacer para ayudar a la persona que amamos. Preguntas que tarde o temprano surgen en cualquier relación que tengamos, cuestiones que quizás no nos hemos preguntado nunca, y que las circunstancias, de una manera u otra, nos llevarán a formularnos, quizás la película si bien consigue un ritmo excelente, lleno de situaciones tanto divertidas en el primer tramo, y luego se convierte en un drama realista y emocionante, cuando Emily contrae una grave enfermedad, en el último tramo la película se endulza, no mucho y nos acaba llevando por terrenos más transitados por las comedias románticas que tanto conocemos. Aunque Showalter consigue hacer una película que combina con holgura la comedia y el drama, y en algunos instantes roza la gran comedia clásica, y en otros, se adentra en un drama, donde Kumail se convierte en el intruso incómodo que no solamente tendrá que lidiar con sus sentimiento hacia Emily, sino que circunstancias de la vida, tendrá que relacionarse con los padres de la joven que se supone que ama, y con los suyos, que se empecinan en hacer de su vida algo que él no desea.

Un gran trabajo de la pareja protagonista, por una parte a Kumail Manjiani, surgido de la serie cómica Silicon Valley, que se interpreta a sí mismo, y Zoe Kazan, que compone una Emily divertida y de carácter que, no sólo deberá pasar por una dolencia grave, sino que medirá su amor por Kumail. Les acompañan los padres de ella, Terry, y Beth, que la interpreta la gran Holly Hunter, aquí, en una madre algo arisca e irascible. Una comedia valiente, realista y divertida que, ahonda no sólo en esos sentimientos contradictorios que nos contaminan cuando nos enamoramos o no, sino que también reflexiona sobre las relaciones humanas, nuestras diferencias, y todo aquello que somos, y que a veces nos separa y otras, nos une, aunque nunca lleguemos a saber nuestra naturaleza humana, y sobre todo, nuestra fragilidad emocional, y de esa manera, conocernos profundamente, hasta que nos enfrentemos a esos sentimientos que llamamos amor.

En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi

¿QUÉ SOÑASTE ANOCHE?.

Un nuevo día, un día como otro cualquiera, en un matadero de cualquier ciudad europea, sus empleados se mueven mecánicamente por las diferentes salas, haciendo su trabajo como cada día. Se reúnen en el comedor para ingerir alimentos, todos se mueven de manera tranquila y mecánica, pero, nos quedamos viendo a uno de ellos, Endre, el maduro director financiero, impedido de un brazo, que come el estofado que más le gusta. De repente, algo llama su atención, se trata de Mária, una joven atractiva que es la nueva inspectora de sanidad. El séptimo trabajo de Ildikó Enyedi (Budapest, 1955) después de un largo período sin dirigir largometrajes, 18 años exactamente, dedicados a la enseñanza, a trabajos en campos como el documental, el cortometraje o la televisión, después de su celebrado Mi siglo XX, debut allá por 1989, premiado en Cannes y en innumerables festivales, y elegida como una de las mejores películas del cine húngaro. La cineasta húngara nos cuenta una peculiar y original historia de amor, dos seres antagónicos aparentemente pero con grandes similitudes emocionales, que descubren por azar que sueñan lo mismo. Sueñan con dos ciervos, macho y hembra, que se encuentran en un bosque nevado rumiando, buscando comida, bebiendo de un arroyo, etc.

Enyedi construye su película de forma sencilla y austera, situándonos en apenas algunos espacios, el matadero, por el día, con los quehaceres mecánicos y asépticos, donde la mecanización absorbe cualquier vestigio de humanidad, ya no digamos las relaciones superficiales que allí se mantienen, en contraposición, con los pisos de los dos protagonistas, fríos e incómodos, pero que nos descubren la intimidad y las interioridades de cada uno de ellos. Tanto Endre, el maduro de vida apagada y vacía, que debido a su edad ya se ha retirado y ha renunciado a volver a enamorarse, y acepta su vida y su trabajo de forma tranquila y aburrida, en el que las cosas funcionan de forma cotidiana y aburrida, y luego está Mária, una joven muy observadora y extremadamente eficaz en su trabajo, pero carece de sociabilidad, debido a sus problemas emocionales, ya que le resulta incapaz de relacionarse con los demás de manera natural, y tiene su sexualidad apagada. Un relato sencillo y emocionante que nos relaciona con el mundo animal, tanto con los ciervos de los sueños, como las vacas que son sacrificadas en el matadero, las emociones de unos seres no tan alejadas de las nuestras.

Dos seres cotidianos, con los que nos cruzamos cada día por la calle, que no llaman la atención, dos seres que podríamos ser nosotros, llevando sus vidas sin más, unas vidas vacías y ancladas en la nada, del trabajo a casa, alguna cerveza en un bar triste y vacío, y cenas precalentadas mientras se aburren mirando un estúpido programa de televisión. Vidas sin más, como tantas existen y tenemos en estas sociedades industrializadas, donde todo se ha racionalizado y las emociones han quedado castigadas sin más, done todo se desarrolla bajo los objetivos materiales sin importar los sentimientos. Endeyi cimenta su película bajo los territorios de sus anteriores trabajos, donde la condición humana y las relaciones personales forman la estructura argumental de su cine, mostrando relatos cotidianos donde esa aparente sencillez oculta conflictos interiores personales y sociales difíciles de resolver, en unas tramas donde se mezclan la realidad con el mundo de los sueños, como les ocurre a sus protagonistas, seres mundanos que ocultan graves conflictos emocionales, pero que descubrirán que no todo está perdido, porque ese mundo onírico que los tiene seducidos, quizás tiene su interpretación en el mundo real en el que viven diariamente, aunque su materialización resulte demasiado complejo y provoque grandes tensiones entre ellos, debido a sus torpezas, miedos e inseguridades.

Endeyi ha construido una bellísima película sobre el dolor, el amor, la vida, y el mundo de los sueños, de lo que somos y en realidad, deseamos ser, de todo aquello que ocultamos por miedo a sentirnos rechazados y todas nuestras cargas emocionales que tanto cuesta compartir, en una cinta que atrapa desde su frágil armonía de personajes, espacios y elementos, en un inmenso trabajo de luz, que se mueve entre la frialdad y el claro oscuro, de colores muy opacos, obra de Maté Herbai, y el detallista trabajo de arte de Imola Láng, que bucea en la desnudez de unos espacios deshumanizados e incómodos, el sutil y preciosista montaje de Károly Szalai, y la suave y seductora música de Ádám Balázs, un equipo técnico de trabajo ejemplar, que ayudan a contarnos esta íntima y bellísima historia donde la gran pareja protagonista, Géza Morcsányi que da vida a Endre, debutante en el cine, que ha desarrollado su profesión en una de las grandes editoriales del país, y Alexandra Borbély, componiendo a la correcta y fría Mária. Una pareja que se aleja de los intérpretes de las historias románticas al uso, aunque esta es una historia de amor diferente, compleja y conmovedora, que nos atrapa suavemente, sin necesidad de artificios, sólo con un par de personajes, un trabajo sin más, y unos sueños que se comparten y provocan emociones complejas y seductoras a ambos.

Morir, de Fernando Franco

EL AMOR ENFERMO.

“El amor es exigente”.

Tanto el arranque como el cierre de la película, filmados en los mismos escenarios, indican de forma necesaria y ejemplar el camino tortuoso y brutal que sigue ella, Marta, la mujer de este relato, donde la trama se posará para contarnos, a través de su mirada inquieta y rota, este drama que casi podríamos hablar de drama otoñal, porque los cielos grises y nublados del norte acapararán no sólo el ambiente donde se desarrollan los acontecimientos, sino el ánimo de sus dos personajes. Porque la cinta nos cuenta un año en la vida, o podríamos añadir, la no vida, o la despedida de Luis, novio de Marta, que sufre una enfermedad terminal. Después de someternos a la existencia de Ana, la enferma de TLP que se hacía daño a ella y a todos los de su entorno, en un durísimo drama sobre las consecuencias de las depresiones y la ansiedad, en La herida (2013), interesante debut de Fernando Franco (Sevilla, 1976) como director después de una larga trayectoria como montador, en los que ha trabajado en títulos de Armendáriz, Berger, Sorogoyen o Ángel Santos, entre muchos otros.

Franco vuelve a sumergirnos en un durísimo drama de andamiaje sobrio, cocido a fuego lento, y contenido sobre dos personajes, el enfermo y su cuidadora, mientras su amor libre de ataduras y emocionante, se ve sometido a este duro camino, donde resucitarán los miedos e inseguridades, no sólo de cada uno, sino del amor que sienten. Un enfermo que se esconde de los demás, que le cuesta aceptar su enfermedad y deterioro, y una compañera, que deberá asumir la voz y la palabra del sufrimiento, mintiendo a los demás, haciendo ver que el problema que viven, no les afecta a ellos. Franco y su coguionista Coral Cruz (que firmó la adaptación de Incerta glòria) se inspiran en la novela corta de Arthur Schnitzler para envolvernos en un drama íntimo, que se desarrolla casi en la totalidad de cuatro paredes, el piso de la ciudad y la casa junto al mar de las vacaciones otoñales, donde aflorarán las mentiras, la culpa y el miedo, en unos personajes que lidian como pueden ante la adversidad de la enfermedad, ante la fractura de su vida, ante ese amor que no pueden retener y tienen que despedir.

La luz tenue y desnuda, con tonos opacos y muy suaves de Santiago Racaj ayuda a crear ese paisaje frío de dolor y silencio que se ha instalado en sus vidas, unas vidas que ya no tienen futuro ni proyectos, sino instaladas, muy a su pesar, en un continuo enfrentamiento con la enfermedad en este peculiar y doloroso descenso a los infiernos cotidiano, que casi podemos sentir y tocar, como si estuviéramos presentes en las habitaciones del piso, el hospital o esa casa junto al mar, excelentemente confeccionadas por el arte de Miguel Ángel Rebollo, que dota a las estancias de esa frialdad incómoda y automatizada que se ha quedado en estas vidas. Franco acota su película en un año, 365 días en la que seremos testigos de ese tiempo enfermo, en el que plantea su película desde la mirada observadora, el cineasta que mira y filma con detalle y tiempo su película, sin caer nunca en ningún sentimentalismo ni excesiva empatía con sus espectadores, aquí todo sucede en un tempo candente, todo sucede sin sobresaltos, como si la enfermedad hubiese contaminado no sólo su alrededor, sino a ellos mismos, como si hubiese penetrado en su espíritu y ahora tuviesen que arrastrarlo con mucha dificultad y sufrimiento.

Las contadas localizaciones exteriores de la película, enfatizan aún más si cabe, el deterioro de los personajes, sumiéndolos en un entorno agreste y rocoso, como sucede con los exteriores urbanos, donde Marta encuentra esos espacios ajenos a ella, pero necesarios para disfrutar de un leve alivio ante lo que le espera en su hogar, que además describen su interior, esa rotura del alma que debe vivir esta enfermedad que va a transformar sus vidas, y ya nada volverá a ser igual. Franco instala su cámara en esa enfermedad contada como un diario, con sus horas, minutos y segundos, donde parece que el tiempo no existe, sólo el tiempo entre inyecciones, desesperaciones y la terrible agonía, acercándose en forma y planteamientos a Elena, de Andrei Zvyagintsev o Amor, de Haneke,  sendos dramas muy sobrios de perfecta ejecución formal y emocional, donde la distancia y la prudencia emocional revisten las experiencias en emocionantes sin ser emotivas, y en capturar la intimidad, lo que queda tras la puerta, de esas frágiles vidas que se van lentamente.

La admirable composición de la pareja protagonista, que vuelven a trabajar con Franco después de La herida, unos contenidos y sobrios Marian Álvarez que vuelve a enfundarse un personaje difícil y doloroso que tiene que lidiar con un novio enfermo que no pone las cosas fáciles, sino todo lo contrario, inventarse un sufrimiento frente a los demás, y sobrevivir al que tiene en casa, y a su lado, Andrés Gertrudix como el enfermo, sacando esa decrepitud y desaliento que le exige un personaje que se oculta tras su pareja, ese amor resquebrajado, ausente y enfermo que le ayuda a no sentirse sólo, aunque esto a veces no resulte lo más apropiado. Franco lo ha vuelto a hacer, nos ha sumergido en una película compleja, que se dirige a todos nosotros, desde la sinceridad, adoptando un tono serio y ajustado, donde todo respira en su tempo, donde las cosas suceden de forma sencilla y austera, centrándonos en un amor que deviene en otra forma de amar, en otra forma de sentir, y sobre todo, en otra forma de cuidar y a pesar de todo, continuar escuchando el leve aliento de tu amor que se va perdiendo, cada día un poco más…


<p><a href=”https://vimeo.com/231870512″>MORIR_TRAILER_INTERNET_PRORESHQ_5.1_25_</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/kowalskifims”>Kowalski Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Mal genio, de Michel Hazanavicius

AMANDO A GODARD.

“Al menos dos veces al día, el ser humano más digno es ridículo.”

Ernst Lubitsch

Nos encontramos en el París de 1967, Jean-Luc Godard acaba de finalizar el rodaje de La chinoise y se ha enamorado de Anne Wiazemsky, una chica de buena familia y nieta del gran escritor gaullista y católico François Mauriac, que un año antes había protagonizado Au hasard Balthazar, de Bresson. Godard es reconocido por todo el mundo y está en la cúspide de su carrera cinematográfica. Godard y Anne contraen matrimonio. Michel Hazanivicius (París, Francia, 1967) vuelve a la comedia más irreverente, iconoclasta y paródica con Mal genio, después de su intento fallido en el drama The search (2014) ambientado en la guerra de Chechenia. Un género, el de la comedia, que le ha reputado los mayores éxitos cinematográficos como las dos entregas de OSS 117, filmadas en el 2006, y tres años después, la segunda entrega, en la que parodiaba las películas de espías sesenteras con su actor fetiche Jean Dujardin, con el que repetiría en su mayor éxito hasta la fecha, The artist  (2011) una comedia romántica con tintes dramáticos filmada en blanco y negro y muda sobre la idiosincrasia hollywodiense en la época silente, que lo alzó con un buen puñado de estatuillas.

Ahora, y tomando como inspiración la novela “Un año ajetreado”, de Anne Wiazemsky (donde se explica su amor con Godard) retorna a la comedia y retrata aquellos años pop de finales de los sesenta y comienzos de los stenta, seis años, y lo hace con uno de los cineastas más influyentes y controvertidos de la historia, Jean-Luc Godard, al que vemos con unos 37 años, en plena crisis artística (en la que se planteaba nuevos caminos políticos y renunciar a su cine aburguesado y encontrar un cine más agitado políticamente y outsider)  y con el mayo del 68 en plena ebullición. Hazanavicius opta por la mirada externa, que recae en la joven Anne, una chica de 19 años que se ha enamorado del hombre-cineasta al que admira. Así que vemos a Godard desde la mirada de Anne, y asistimos a su historia de amor, desde los primeras risas y confidencias del comienzo a la destrucción de ese amor, pasando por muchos instantes donde se agita el posicionamiento político, los (des)encuentros con otros cineastas, como los casos de Bertolucci, por ejemplo, con amigos, estudiantes de la Sorbona, y demás personajes y personas que se cruzan en la vida del cineasta francés.

Hazanavicius retrata con detalle y mimo todo aquel instante desde la decoración, los colores, su atmósfera, la vida que empezaba y se desarrollaba entre manifestaciones contra el capitalismo, en cafés de interminables charlas, encontronazos con la ley, roturas de gafas, desayunos escuchando la radio, mítines en la universidad, amor y sexo, y nos lo cuenta tomando como referencia el cine de Godard, como la escena de sexo inspirada de Una mujer casada, o el espíritu y la vida que se detallaba en Pierrot le fou, El desprecio o Dos o tres cosas que sé de ella. Ese Godard sesentero, pop, con ese cine a contracorriente, formalista, y en continua transformación y de resistencia ante el cine imperante y popular. El Godard que vemos en la película es un tipo bregado en mil batallas, que a través de la discusión y el rechazo que provoca se construye su persona, que se mueve entre los extremos, desde encantador, inteligente, audaz y genio a todo lo contrario, a ese ser déspota, engreído, narcisista e insoportable. De ahí el título original “Le redoutable” que se traduciría como “El temible”, tanto para lo bueno como para lo malo, un hombre que no deja indiferente a nadie.

Hazanavicius encara al genio cinematográfico desde la comedia, pero también desde la historia de amor de Jean-Luc y Anne, porque el personaje público da paso al personaje privado en su intimidad, en la que la joven Anne pasa de admirar a su amor y descubrir junto a Godard la vida, el amor, el sexo, un mundo de intelectuales, el cine, la política, la fama y la vida parisina, con sus pros y contras,  a lentamente descubrir a un ser enfrascado en plena crisis creativa, que ya no admira y que ya no se ríe con él, como se comprobará en la secuencia de la habitación de hotel. Un irreconocible Louis Garrel, con calvicie y gafas de pasta negra, da vida a Godard, mostrando su humanidad, para lo bueno y lo malo y su desgaste creativo y personal, a su lado, Stacy Martin (descubierta por Von Trier en Nynphomaniac) da vida a la joven parisina sesentera, con su calidez, dulzura y fragilidad, y su libertad sexual, que descubre la cara amble y amarga de la vida, del cineasta y del amor.

Hazanavicius ha construido una película sobre Godard, Anne y la época en la que se enamoraron y vivieron su amor en el París más convulso del último medio siglo, a través del amor y la comedia más disparatada, pop, divertida, surrealista y desparramada, a lo Jerry Lewis (como el instante del viaje en coche cuando seis personas discuten entre ellas, como si fuesen niños enrabietados o aireados compañeros que les une una sincera amistad, pero también una división política muy aguda) en ese tiempo en el que las cosas parecían que podrían tomar otro rumbo, y lo hace retratando no sólo al cineasta y el genio que hay detrás, sino también a través de su humanidad, sus miedos, alegrías, inseguridades y sobre todo, su persona, que gustará más o menos, o simplemente no gustará, pero en el que todos los amantes del cine estarán de acuerdo, Godard es el cineasta que más ha reflexionado sobre el cine, y todo lo que rodea sobre su imagen, expresión, construcción y posicionamiento político, intelectual, social y cultural.


<p><a href=”https://vimeo.com/231376043″>MAL GENIO – Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El jardín de Jeannette, de Stéphane Brizé

LA DESILUSIÓN DE VIVIR.

“Aquí he venido a refugiarme de un mal de amores que parece matarme. Un mundo plácido lleno de calidez, virtud, fuerza y poder. No es más que mi niñez. Débil, inmadura y sin capacidad de poder percibir nuestra divinidad. Cuando la primavera lleva con toda su virilidad la tierra queda yerma la intenta en vano amar. ¿Para qué tantas flores que luego no dan fruto? ¿Para qué tanto trigo de grano diminuto? Cada cosa tiene su fin. Todo un porqué tiene. El destino así lo quiere. Y así el mundo fue creado bajo fatales ordenanzas. La naturaleza la creó Dios a su imagen y semejanza”

En la Normandía de 1819 vivía Jeanne, una joven baronesa de 20 años de pureza infinita, llena de ilusión y extrema confianza hacia los demás. Rodeada de un edén ideal y acogida con unos padres sencillos pasan el tiempo entre los cuidados a sus innumerables granjas, los frutos y hortalizas del huerto, los paseos alegres por el campo, la visión de las olas rompiendo en la playa y las largas conversaciones junto a la chimenea. Días con mucha luz, amor y divinidad por todo aquello que Dios les ofrece cada día. Un día, llega Julien de Lamare, un vizconde local que enamorará a Jeanne y juntos emprenderán una nueva vida alejada del paraíso de la infancia. Pero las cosas no son lo que parecen, la armonía y la paz que reinaba en la existencia de Jeanne se ven truncadas por las mentiras, la hipocresía del mundo de los adultos. Su bondad se ve perjudicada y su vida comienza a teñirse de un color muy oscuro.

La segunda adaptación en la carrera de Stépahne Brizé (Rennes, Francia, 1966) después de Mademoiselle Chambon, donde adaptaba a Enric Holder, se trata de Guy de Maupassant, uno de los novelistas más adaptados en la historia del cine por nombres tan ilustres como Stenberg, Rohmer, Ford, etc… Aquí adapta “Un vie” (Una vida) pero lo hace, como mandan las buenas adaptaciones, traicionando el texto original y extrayendo todo aquel espíritu que ronda en el imaginario del célebre escritor. La película de Brizé se centra en un único punto de vista, el de la joven Jeanne a la que seguiremos durante 27 años, y lo haremos a través de un formato singular, el 1:33, donde el plano se torna cuadrado, muy alejado de la forma habitual para mostrar la belleza de formas y colores que encierran la luminosidad de las películas de época. Brizé se centra en su anti heroína de una forma muy cercana, filmando su intimidad, en su encarcelamiento vital y emocional, su poderosa luz del inicio y la oscuridad que va rodeando toda su existencia, en ese mundo que no logra entender, y sobre todo, no encuentra su lugar, siendo rechazada y vilipendiada por aquellos que los rodean con sus sucias mentiras.

Si en la anterior película de Brizé, La ley del mercado, nos describía hasta donde llegaba moralmente un trabajador para conservar su empleo, ahora, también nos envuelve en la mirada de una idealista, alguien que confía en los suyos pero estos la traicionan una y otra vez. El cineasta francés evoca a todos aquellas personas que sufren y mueren en un mundo donde todo es pura apariencia, en el que las cosas se mueven por intereses viles y canallas, y la bondad y la humanidad, muy propias de nuestro ser han sido desterradas y olvidadas para dejar paso a comportamientos inmorales y egoístas que dañan y hacen sufrir a los demás. La trama se nos muestra desestructurada, hay continuos cambios en el tiempo, tanto atrás como adelante, dejándonos llevar por los continuos devaneos emocionales de la protagonista, en el que el amor y la muerte centran su existencia, la cual muestra su confianza al resto, pero continuamente es contaminada y violada. Un mundo donde la paz y tranquilidad de la naturaleza no contagia los comportamientos de los personajes, que engañan y mienten siguiendo sus más bajos instintos, en un mundo de juegos, risas y palabras amables que se torna en engaños e hipocresía cuando se sienten libres de los demás.

Brizé toma como inspiración a grandes autores como Chabrol o los Taviani, y otros que se han sumado a la larga tradición de recuperar ese contexto histórico del XIX,  en la que nos plantea una cinta de cuidadísima planificación formal, donde cada detalle de la naturaleza y el tiempo es captado de forma sencilla e íntima, donde escuchamos el rumor del campo, y todo aquello que se mueve a nuestro alrededor, haciendo muy visibles el inevitable paso del tiempo, desde los días largos del verano con su maravillosa luz a los días lentos y oscuros del frío invierno, acompañados por un plantel de intérpretes entre los que destaca Judith Chemla como la desdichada y engañada Jeanne, en una interpretación llena de belleza y matices, junto a sus padres, los encantadores y vitales Yolande Moreau y Jean-Pierre Darroussin. Brizé nos adentra de manera naturalista y austera a ese mundo en el que parece que todo sigue una armonía social aparente, pero más lejos de la realidad, todo resulta pura fachada, donde se tejen mentiras por doquier, donde la virtud y la inocencia de una joven se verán continuamente engañadas y sometidas al yugo de un universo oscuro, falso y puramente hipócrita.

La promesa, de Karin Steinberg y Marcus Vetter

LOCURAS POR AMOR.

“El amor es una forma de meditación y el arma definitiva contra tus padres”.

Corría el otoño de 1984, cuando dos jóvenes, Elizabeth Haysom, 20 años, de clase alta, atractiva e inteligente, con un pasado oscuro, lleno de abusos y adicciones, y Jens Soering, 18 años, hijo de diplomático alemán, superdotado, tímido y de gafas gruesas, se conocen en la Universidad de Virginia, y se enamoran. Una relación salpicada por el carácter dominante de ella y su innata capacidad para mentir. El último fin de semana del mes de marzo de 1985, concretamente, el 30, los padres de ella, Derek y Nancy Haysom fueron encontrados salvajemente asesinados en su domicilio. Elizabeth y Jens, los principales sospechosos huyeron hacía Inglaterra sobreviviendo con cheques sin fondos hasta que son arrestados y repatriados a EE.UU. Comienza el proceso, primero contra ella, que es condenada a 90 años de prisión, y luego, contra él, que se convertirá en el primer juicio televisado en la historia de la televisión, que acaba con una condena de cadena perpetua.

El tercer trabajo en conjunto de Karin Steinberg y Marcus Vetter, después de Hunger (2009) y El visionario, de hace tres cursos, donde daban buena cuenta de Martin Armstrong, un consultor de finanzas que ideó un sistema de predicción que se rifaban los grandes bancos, además de predecir la crisis del 2015. Ahora, la pareja profesional alemana nos ofrece un análisis certero y serio sobre el primer caso mediático en la historia judicial en EE.UU. La película arranca en la actualidad, en la investigación que llevan a cabo la abogada y el investigador que intentan encontrar pruebas que permitan la libertad de Jens Soering, debido a unas pruebas surgidas en el 2009 que ayudan a la inocencia del joven. Arrancamos con la versión de los hechos de Jens Soering desde la cárcel, cuando relata con minuciosidad y tranquilidad todo el caso desde que conoció a Elizabeth, mientras vemos las grabaciones de los juicios, y escuchamos los testimonios de las personas que participaron en los hechos, desde los policías encargados de la investigación, y los testigos y familiares de los acusados.

Steinberg y Vetter se ponen el traje de faena y nos introducen en un trabajo que recuerda a los mejores dramas judiciales clásicos como Anatomía de un asesinato, de Preminger, Doce hombres sin piedad o Veredicto final, ambos de Lumet, exponiendo todos los hechos sobre los que giran en torno a un caso de amor juvenil desaforado que lleva a sus protagonistas a cometer un asesinato atroz que los condenará de por vida. La película reflexiona sobre la viabilidad de una justicia que suele equivocarse, y no repara sus errores, o simplemente una ley poco transparente anclada en apariencias donde el estatus social acaba inclinando la balanza. Un fino y serio análisis sobre la América blanca y esos lugares oscuros que no vemos pero se desarrollan en el interior de sus hogares, o esos hijos, que encuentran en las mentiras, las drogas y el sexo desenfrenado una manera de escapar de una realidad deprimente de niño rico, y así encontrar una salida a un mundo demasiado superficial y lleno de inmundicia como también describía Capturing the friedmans, documento que nos contaba un caso de pedofilia en una pequeña comunidad estadounidense.

La promesa nos habla de esas declaraciones y posiciones a ultranza, de declararse culpable de algo que no has cometido, en este caso de condena, donde alguien decide salvar al ser que ama, aunque eso signifique arruinar su vida, y como el tiempo acaba pasándonos factura por aquellos actos descerebrados, pasionales e infantiles que cometemos cuando somos jóvenes sin pensar en las terribles consecuencias que acarrearan en nuestras vidas. Un documento sincero y magnífico que coloca el foco de atención en el abusivo y terrorífico uso de los medios del dolor y el voyeurismo ajeno, de una justicia racana y trasnochada, anclada en el conservadurismo más rancio, que no ayuda a la convivencia y sobre todo, a la mejora de los casos en el que pueden implicar y condenar a aquel que es inocente, sin constatar las diversas pruebas incriminatorias, o llevar a cabo investigaciones fraudulentas. Un joven que después de más de media vida en la cárcel clama por su inocencia, y que sólo admite su culpabilidad de haberse enamorado, o al menos eso creía el entonces, de una joven manipuladora y trastornada que no le convenía en absoluto.