Charulata, la esposa solitaria, de Satyajit Ray

LA MUJER ENAMORADA.

“A finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la obra de Satyajit Ray evidenció tal contraste en relación a las películas que nos llegaban de la India, que parecía más bien alguien de una cultura extranjera, más próximo a la nouvelle vague francesa o a autores europeos como Bergman o Antonioni que a sus compatriotas. La grandeza de Ray estriba en esta capacidad de trascender, sin la menor pretensión, el marco bengalí para hablar a todos los espectadores de las debilidades humanas, de sus aspiraciones, locuras y obsesiones, de la misma manera que Chejov o Mizoguchi se dirigen a nosotros a través de la espesa niebla de una lengua extraña”.

Peter Cowie, crítico e historiador de cine

Como otros muchos amantes del cine, descubrí el cine de Satyajit Ray (Calcuta, India, 1921-1992), con la trilogía de Apu: Pather Panchali (1955), Aparajito (1956), y Apu Sansar (1959), primera, segunda y quinta película del cineasta indio. El enamoramiento fue instantáneo, una especie de fuerza arrolladora me hipnotizaba con unas imágenes de una belleza abrumadora, una música que no solo se mimetizaba con la atmósfera, sino que nos explicaba todo aquello que ocultaban sus personajes. Un microcosmos de verdad, de vida, de humanismo, con grandes influencias del neorrealismo italiano, esos niños de De Sica, la cotidianidad de las costumbres y formas de vida rurales de la India más escondida, y sobre todo, el nacimiento de una mirada que traspasaba la propia vida para hablarnos del alma, del mundo espiritual, y de las propias contradicciones de la existencia.

Luego, y siempre gracias a la Filmoteca de Cataluña, el lugar sagrado de todos los cinéfilos que vivimos cerca, llegaron a algunas otras, ya en pantalla grande, como El salón de música (1958), La gran ciudad  (1963) y Charulata (1964), obras que certificaban que aquellas primeras películas de Ray, no solo mostraban a un cineasta de los pequeños lugares y las pequeñas cosas que le ocurren a los seres humanos, sino que esas cosas podían tratarse desde la belleza, la poesía y el mundo interior. Hoy, Domingo, 2 de mayo de 2021, se cumplen 100 años del nacimiento de Ray, y la distribuidora A Contracorriente Films estrena, muy acertadamente, y con una copia excelente, que a sus casi sesenta años, parece recién salida del horno, por su calidad técnica, y todo lo que se avanza por y para la imagen de la mujer y su forma de mostrarlo, centrándose en el adulterio frente a la sociedad conservadora india, tan brutal, más allá de cualquier modernidad pasajera, evidenciando la mirada profunda de Ray. Charulata, la esposa solitaria, la onceava película que dirigía Ray, una película en la que volvía al mundo de Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los más grandes artistas bengalíes de la historia, al que ya había adaptado en Tres mujeres (1961), y dirigido un documental sobre su figura el mismo año, adaptando El nido roto, publicado en 1901.

Ray traslada la acción de la novela hasta el año 1879, y nos encierra en las cuatro paredes de un matrimonio sin hijos de clase media-alta, situándonos en la mirada de Charulata, en la que a través de ella conoceremos su mundo, un mundo de soledad y hastío, ya que su marido, Bhupati Dutt, un acaudalado editor está demasiado ensimismado en su trabajo y olvida frecuentemente a su mujer. La llegada de Amal, primo y antítesis del marido, y entusiasta escritor, lo cambiará todo, porque la esposa encontrará en el recién llegado, una gran distracción, en el que pasarán horas hablando de música, literatura, historia, espiritualidad, vida y demás. Ray compone una pieza de cámara, un film-cámara, con aroma brechtiano, al estilo de los de Bergman, en la que todo el relato acontece en las paredes de la casa, donde la cámara encuadra de manera magistral a los personajes, y su relación con los objetos, y la música que escuchamos, compuesta por el propio Ray, que como ocurre en sus películas, siempre va más allá del mero acompañamiento, y profundiza en el interior de los personajes, donde teje un gran contraste entre lo exterior e interior, entre aquello que dicen y su forma de actuar, y sus verdaderos sentimientos que anidan en su interior. La literatura, centro de todo, vuelve a ser omnipresente en el universo de Ray, como lo fue en la trilogía de Apu.

En Charulata añade, como sucedía en La gran ciudad, una figura femenina de gran personalidad y libertad interior, que no quiere estar sometida a la voluntad masculina, que valora el arte y tiene aspiraciones literarias, que además, se le da mejor que a los hombres. El uso del zoom añade un elemento distorsionador a los largos planos secuencias, donde el diálogo se apodera del relato, y las miradas de los personajes evidencian ese mundo cerrado, aburrido y falto de vida y alegría, un mundo lleno de comodidades, pero al que le falta setnir, compartir, calor humano, y sobre todo, amor. Ray construye unos personajes complejos, unos personajes humanos, que sienten, sufren, se apasionan y pierden el tiempo con distracciones que les alejan de su realidad, y de sus sentimientos, unas emociones soterradas que los espectadores conocemos, pero como suele ocurrir en el cine de Ray, los hombres no logran interpretarlas, demasiado ensimismados en sí mismos y en su tarea, hombres apasionados por la vida, el compromiso político, que suele ser siempre teórico, por la historia, por su arte y su coraje, más atentos al gran suceso de la política y a la sociedad, a lo de fuera que a los detalles cotidianos que ocurren en su casa y sobre todo, a su mujer.

Ray nos habla de su país, a través de lo doméstico, convirtiéndolo en universal, de la vida, de su efimeridad, de sus contradicciones, de sus alegrías, de sus pequeños instantes, de sus detalles, de la apesadumbre de vivir y del plomo de la cotidianidad y las costumbres y tradiciones que siempre van en contra del amor y la felicidad, y unos personajes que sienten en grande, pero viven reducidos a unas existencias sin más. Si la música, la planificación formal, y el relato son elementos característicos de la filmografía de Ray, las interpretaciones de sus criaturas son hermosísimas, centradas en todo aquello que no se ve, que se esconde, basada en sus miradas profundas, unas formas de mirar que traspasan, que encogen el alma, y sobre todo, que explican sutilmente, sin estridencias, sus mundos interiores. Madhabi Mukjerhi, la impresionante actriz que se mimetiza con la desdichada Charulata, segunda película con Ray después de La gran ciudad –haría una tercera, El cobarde (1965), – en la que deja de ser la madre coraje que luchaba por sacar adelante a su familia, para encerrarse en el matrimonio-cárcel, en una vida no vida, en la que los espejos y los objetos, formulan unos sentimientos que estallan de amor al llegar Amal, esa especie de invitado a lo Teorema, de Pasolini, que no solo viene a dar vida a la casa triste y mortecina, sino a avivar un fuego, el fuego de Charu, que se encontraba reducido a pocas cenizas. Mukherji no solo sabe mirar, sino sabe expresar con apenas nada, ese mundo oscuro y oculto del personaje central de la película, un personaje que habla de todas esas mujeres indias y no indias, que ansiaban y daban sus primeros pasos para liberarse del yugo masculino y una vida atada a la vida doméstica.

Bien acompañada por Sumitra Chatterji como Amal, el joven apasionado y entusiasta por la vida, la música y la literatura, pero de una enorme torpeza y cobarde en los sentimientos, un tipo que teoriza demasiado sobre la vida pero vive muy poco, y utiliza el extranjero no para formarse, sino como refugio para no afrontar el deseo que le ofrece sin condiciones Charulata, y finalmente, Sailen Mukherji como Bhupati Dutt, el esposo entregado y comprometido a la causa contra el imperialismo británico, a través de su diario contestatario, donde la política es el centro de sus reivindicaciones, que desatiende a su esposa y sobre todo, al amor, dos polos opuestos en un matrimonio, como evidencia el clarividente diálogo entre Charulata y su marido, donde uno cree que la política es el motor para el cambio, y la esposa le dice que hay otras cosas de las que también se puede hablar. Un contraste que el director bengalí no solo hace evidente en el diálogo, sino también en la forma, situando a sus personajes, y sobre todo, al personaje de Charulata bajo los marcos, frente a los espejos, siendo otra en su interior, y también, en un lado del cuadro, junto a otros personajes, sumergida en su mundo, en ese mundo que parece ser que nadie comprende, y lo que es más triste, en ese mundo donde no encuentra consuelo y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zero, de Iñaki Sánchez Arrieta

EN MITAD DE LA NADA.

“Dicen… que la mala fortuna no entiende de justicia ni de compasión. Tampoco de estadísticas, creencias o de casualidad. La mala fortuna sólo entiende de sí misma y de la despreocupación del dolor que puede causar. Lo cierto es que es se dolor se propaga como la peor de las epidemias, arrasando con todo lo que se pone a su alcance. La mala fortuna siempre es el origen de una larga cadena de desgracias, que sólo generan dolor, dolor y dolor, allá donde llegan. Yo. Soy uno de los eslabones de esa cadena”.

La premisa de partida de Zero, opera prima de Iñaki Sánchez Arrieta (Valencia, 1977), es sencilla, sobria y realmente muy espectacular. A saber. Un hombre y una mujer se despiertan en mitad de un desierto, no saben nada de su pasado, ni siquiera sus nombres. Cada día, por mucho que se desplacen buscando una salida a este laberinto, no consiguen salir, y a la mañana siguiente, vuelven a despertarse en el mismo lugar. Desde la distancia, un hombre y su perro los observan.

Sánchez Arrieta que ha aprendido el oficio de dirigir con sus cortometrajes y como ayudante de dirección en películas y series, ha escogido un relato sin estridencias, apoyado en un par de personajes y mucha sobriedad, centrándose en el aspecto humano y marcando una historia con el mejor aroma del thriller psicológico, recogiendo la trama con los sueños, pesadillas o recuerdos del protagonista masculino, y tocando elementos que mortifican a las personas de ahora, como la obsesión por el trabajo, el miedo a afrontar una realidad dura, las dificultades que tenemos para relacionarnos, y sobre todo, la necesidad de dar y recibir amor. Zero es una película modesta, abarca todo lo que puede, sin salirse de la línea marcada, no quiere levantarnos de la butaca, sino todo lo contrario, hundirnos en ella, hablándonos de seres humanos y sus problemas cotidianos, cómo los afrontan, extrayendo sus miedos, inseguridades y conflictos. El género se adapta completamente al aspecto psicológico de los personajes, la historia siempre es una excusa para mover de aquí para allá a unos individuos a los que la vida les da puñaladas inesperadas, como suele ocurrir, porque la vida, como bien mencionan en la película, es completamente azarosa y como tal, debemos estar preparados para los cambios contantes.

Un guion férreo y estimulante que firma Ferran Brooks, una excelente, natural y directa cinematografía de José Martín Rosete, y un montaje ágil y firme de Manolo Casted y el propio director, reafirman que a veces no hace falta grandes presupuestos para conseguir que el espectador entre en tu propuesta y se emocione con los mínimos elementos. Aunque, el elemento que más destaca en Zero es sin lugar a dudas la dirección de actores y el inmenso trabajo interpretativo del trío de la película, empezando por Juan Blanco, dando vida al hombre que parece tenerlo todo, y un infortunio del destino, aludiendo al texto que abre la película, se verá inmerso en un vaivén de pesadillas, sentirse muy perdido y sobre todo, del miedo que le oprime ya que se ve incapaz de enfrentar sus males y culpas. A su lado, Núria Herrero, la mujer que también está atrapada en este bucle kafkiano, que tendrá una misión importantísima en el transcurso de la existencia del hombre. Y finalmente, Pep Sellés, un personaje enigmático del que sabemos nada, pero conectará con el hombre y la mujer de esta historia, también muy a su pesar.

Zero se convierte casi al instante en una obra de culto, porque sabe sacar el máximo beneficio, tanto emocional como técnico, convirtiendo una propuesta arriesgada en un trabajo muy íntimo y transparente. La película tiene el aroma de un episodio de la mítica serie estadounidense de misterio y ciencia-ficción The Twilight Zone, o la más cercana Historias para no dormir, del gran Chicho Ibáñez Serrador, incluso toda la serie B, como La invasión de los ladrones de cuerpos, El pueblo de los malditos, la factory Corman, et… Relatos con su toque de misterio o fantasía, que tiene mucho que ver con la condición humana, todo aquello oscuro que intentamos vanamente ocultar, y sobre todo, unos ejercicios de reflexión que nos hablan mucho de la sociedad que habitamos y todos los problemas que nos suceden, cómo vivimos, cómo afrontamos el dolor y al culpa, y aún más, quiénes somos y qué hacemos, la grandes cuestiones que martillean a la humanidad desde que pululamos a lo largo y ancho de este planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wildland, de Jeanette Nordahl

AMOR Y VIOLENCIA.

“Gente que no conozco de nada me hace todo tipo de preguntas. Sobre mi tía. Y mi madre. Dicen que hay tiempo de sobra. Que descubrimos qué salió mal. Pero algunas cosas salen mal incluso antes de empezar”.

Las primeras imágenes que abren Wildland, de Jeanette Nordahl, son directas e impactantes. Un coche volcado, fragmentos del accidentado en el hospital, mientras escuchamos la voz en off de Ida, un rostro que veremos atónito, impasible y algo magullado. Ida es una adolescente de 17 años que, después de perder a su madre, la llevan con su tía Bodill, y sus tres hijos mayores que ella. Ida, por primera vez, se siente acogida, tranquila y sobre todo, querida. Pero, las cosas no son nunca lo que parecen, y la tía Bodill y sus hijos no son de una pieza, sino de muchas, y se dedican a actividades criminales. Después de pasar con gran éxito por la televisión con series como Borgen, Cuando el polvo se asienta y La ruta del dinero, la directora danesa, con un férreo y directo guión que firma Ingeborg Topsoe, debuta en el largometraje con una película enmarcada en una fábula al estilo de Hansel y Gretel y Alicia en el país de las maravillas, donde una joven de vida difícil, encuentra en el seno de una familia violenta, quién lo diría, el amor y el cariño que nunca ha tenido en su vida.

Todo se filma desde la mirada de Ida que, actúa de forma impasible a todo lo va sucediendo a su alrededor, como un testigo mudo, alguien que mira, observa y sobre todo, calla. Nordahl confía en su elenco su potente y desgarradora historia, que va in crescendo, radiografiando a todos los personajes, sus aspectos psicológicos, esenciales para este tipo de películas, las relaciones que tienen con mujeres y entre ellos, y sobre todo, la relación estrecha y amorosa que mantiene la madre, una auténtica matriarca criminal de armas tomar, con sus hijos. Tenemos a Jonas, el mayor, matón, y muy violento, el digno heredero de la madre, luego, está David, el adicto, el que desaparece sin dejar rastro, el complicado, y por último, Mads, el pequeño, adicto a los videojuegos, alguien fiel y centrado. Con ochenta y ocho minutos de metraje, la cineasta nórdica, establece un retrato muy íntimo y contundente de esta peculiar familia, y el nuevo miembro, una Ida que participará en los delitos criminales, y se mostrará apática ante la violencia, aunque quizás, ha llegado el difícil momento de elegir entre el amor familiar o involucrarse en terrenos que le pueden llevar a pozos más oscuros de los que venía.

Wildland es una película entera, de carácter, que no dejará indiferente al espectador que quería conocer de primera mano una familia danesa muy unida, que se dedican a extorsionar a aquellos que les deben dinero, a hurtos diversos y a la violencia como pan de cada día, porque la película plantea los límites del amor y la familia, vistos desde fuera, desde Ida, una joven que ha encontrado a alguien que la quieren y la respetan, pero quizás para conseguir, y sobre todo, mantener ese amor, debe pagar un precio demasiado alto para su juventud o no. El elemento que más destaca de la película es su extraordinario reparto, encabezado por una grandísima Sidse Babett Knudsen como la gran madre, esa especie de matrona italiana, de extraordinaria belleza física y “jefa” del clan violento y familiar, un pilar irrompible y capaz de todo. A su lado, Joachim Fjelstrup como Jonas, Elliott Crosset Hove como David, y Besir Zeciri como Mads, y la auténtica protagonista de esta fábula moderna que no es otra que la debutante Sandra Guldberg Kampp como Ida, una niña que crecerá de repente, sumergida en un horror que, quizás, le conviene más que le perjudica, aunque eso deberá descubrirlo por ella misma.

Jeanette Nordahl debuta en el cine de forma brillante y concisa, realizando una obra de gran calado no solo cinematográfico, sino también, un ejemplar estudio de personajes que viven situaciones extremas en un entorno donde la familia lo es todo, pero también, la violencia lo es todo. La realizadora danesa nos somete a las cuatro paredes de este núcleo familiar, a sus relaciones y a su relación con Ida, el nuevo huésped que ha venido a quedarse, consiguiendo una película sólida, devastadora y cruda, que no solo describe el amor familiar, sino también, el de una violencia como motor de ese amor y de esa forma de vivir, y frente a ellos, o a su lado, según se mire, Ida, la niña que entrará en ese mundo de amor y violencia, de realidad y fantasía, de sentimientos al límite, y de relaciones enfrentadas, aunque para Ida, todo ese enmarañado de relaciones familiares tan negras y violentas, no son más que otro peldaño hacia el infierno en el que la existencia de Ida está desde que vino al mundo, rodeada de adultos demasiado egoístas, individualistas y violentos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Otra ronda, de Thomas Vinterberg

BEBERSE LA VIDA.

 “La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada”.

Soren Kierkegaard

El universo cinematográfico de Thomas Vinterberg (Frederiksberg, Dinamarca, 1969), podríamos definirlo mediante dos vertientes bien diferenciadas. Una, el grupo de cuatro de sus películas, filmadas en inglés, a partir de encargos, comprenden cintas como It’s All About Love (2003), Querida Wendy (2005), con historias, más o menos personales, muy alejadas de la estrategia comercial, y con el espíritu de su cine danés. En cambio, las otras dos, Lejos del mundanal ruido (2015), y Kursk (2018), la primera, un remake de la película de Schlesinger, y la segunda, con reparto muy internacional, un producto entretenido sin más. Aunque han sido sus películas danesas las que le han otorgado a Vinterberg su aureola de cineasta personal, como su Celebración (1998), magnifico film que, junto a Los idiotas, de Lars Von Trier, abanderaba la iniciativa “Dogma”, película fundacional en la carrera del director danés, con un poderosísimo drama familiar duro y siniestro, con esa cámara en continuo movimiento que se deslizaba de forma armónica y suave entre los personajes, retratando sin estridencias y con extrema naturalidad las graves tensiones que se producían en los desencuentros familiares.

Celebración es la película que lo lanzó internacionalmente, amén de edificar una forma y una mirada que siguen estando muy presentes en sus siguientes trabajos filmados en su país natal. En Submarino (2010), otra vez drama familiar pero esta vez no entre padres e hijos, sino entre hermanos, y La comuna (2016), donde Vinterberg descargaba sus recuerdos de haber vivido de niño en una comuna hippie. Con La caza (2012), durísimo drama social a través de la acusación injusta de abuso sexual a un maestro de parvulario a una de sus alumnas, retratando de manera concienzuda y profunda toda la respuesta violenta de la comunidad, y las terribles consecuencias que sufre el atribulado maestro. La interpretación inconmensurable de Mads Mikkelsen en la piel del falso culpable hacía el resto de una película extraordinaria, que profundizaba en la parte oscura de la condición humana. Vinterberg, que vuelve a contar con su guionista más estrecho, el también director Tobias Lindholm, que ha estado en cuatro de sus películas danesas, construye en Otra ronda, una película sobre la vida, o podríamos decir sobre el hecho de vivir y sus consecuencias.

Otra ronda se centra en el retrato de cuatro profesores de secundaria con vidas vacías, monótonas y lo que es más grave, sin futuro. Después de una celebración, deciden poner en práctica un experimento, a partir de los estudios del psicólogo noruego Finn Skärderud que explica que el ser humano nace con un déficit del 0’5 de alcohol en la sangre. Los cuatro amigos beberán alcohol en horas de trabajo para mantener esa cantidad de alcohol en su cuerpo. Pronto, experimentarán la desinhibición, la seguridad y la alegría que se apodera de sus existencias, en una explosión incontrolada de actitud, risas, relaciones más personales, y compartir un torrente de emociones y vitalidad. Pero, claro, la película no solo se queda en las virtudes que proporciona el alcohol, porque los amigos envalentonados por los resultados, deciden ir un poco más allá, y aumentan su tasa de alcohol diaria, y todos, empiezan a ver unos efectos negativos, algunos más que otros, y lo que era diversión y seguridad, se convierte en lo contrario.

Vinterberg vuelve a contar con Sturla Brandth Grovlen, su cinematógrafo fetiche, que dota a la película de un torrente de naturalidad, intimidad y luz, donde la cámara se mueve como un personaje más, en escenarios reales y manteniendo esa realidad a flor de piel, donde la cámara actúa como un testigo inquieto y de mirada serena, y el ágil y estupendo montaje, de corte limpio, obra de otros cómplices como Janus Billeskov Jansen (gran veterano que ha trabajado con Bille August, entre muchos otros), y Anne Osterud. El reparto funciona a las mil maravillas, con esos rostros, cuerpos y miradas que dan vida, amor, tristeza y vacuidad a raudales, encabezados por un MIkkelsen, un actor de raza, transparente y un maná de sinceridad, animalidad y profundidad, de la misma estirpe que los Dafoe, Cassel o Bardem. Bien acompañado por otros intérpretes de la factoría Vinterberg como Thomas Bo Larsen, Lars Ranthe y Magnus Millang. Cuatro amigos, compañeros de trabajo, amigos de la infancia, vecinos de esas ciudades pequeñas donde todos se conocen, que habitan el cine del director danés, construyendo relatos sobre el alma humana, sus inquietudes, sus derrotas, sus emociones, y todo lo demás.

Otra ronda es una película que tiene el aroma de la amistad, el amor, la derrota y la tristeza, que se acerca a otras grandes borracheras de amigos como La gran comilona, de Ferreri o Maridos, de Cassavetes, donde la vida se abre paso a pesar de sus maldades y vacíos, porque a veces, la vida es eso, juntarse con los de siempre y beber como nunca. Otra ronda nos invita a beber, eso sí con moderación, y sobre todo, beberse la vida, atreverse, levantarse después de las hostias, resistir ante las dificultades, no venirse abajo cuando todo está en contra, a ser quiénes somos, a ser valientes ante todo y ante cualquiera, a no mentirse, a no vivir por vivir, a volar cuando sea preciso, a compartir con los que más queremos, a soñar, a perder el miedo, a no dejar de saltar y a cruzar puertas que no deberíamos cruzar, a no cumplir con las expectativas, a no tener expectativas, a equivocarse y no hacer un drama, a no vivir por vivir, a trabajar desde la verdad, a mirarse al espejo y saber que esa persona que ves eres tú, y nadie más, que un día fuiste y debes recuperar todo aquello bueno que eras y lo dejaste perder por el camino, a sentir, pero sentir de verdad, a vivir, a llorar, a soportar el dolor, a reírse cuando toca, y a no ser quién no eres, a aceptarse y sobre todo, a vivir sabiendo que cada día puede ser el último. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaume Sucarrats

Entrevista a Jaume Sucarrats, director de la película “Fantasía de juventud”, en la Escuela Sunion en Barcelona, el viernes 26 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume Sucarrats, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de Cinemes Girona, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

El horizonte, de Delphine Lehericey

EL VERANO DEL 76.

“Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”.

Anatole France

“Era el mes de junio de 1976. Tenía trece años. Era el comienzo de las vacaciones de verano. Era el año de la sequía.” Así comienza la novela “El centro del horizonte”, de Roland Buti. Un relato que nos cuenta Gus, un chaval de trece años que vive en el campo suizo. Su familia se dedica a trabajar la tierra, una tierra seca debido a la intensa sequía que lo está cambiando todo. Una falta de agua que está llevando a las familias dedicadas a trabajar el campo, unido al desmoronamiento de su familia, cuando Nicole, su madre se enamora de Céline, además, Gus se encuentra en pleno proceso de cambio, dejando la infancia y convirtiéndose en un adulto, con el consabido despertar sexual. Varios elementos se conjugan en esta historia libre, naturalista y muy íntima, que explora un verano que será el último de muchos, porque el siguiente, el que vendrá el año siguiente, ya será otro, completamente distinto, porque el verano del 76 acabará con muchas cosas, trayendo otras formas de hacer, una actitud diferente ante la vida.

La cineasta Delphine Lehericey (Lausana, Suiza, 1975), ha trabajado en el teatro como actriz y directora, en televisión haciendo series y documentales y había dirigido debutado con la película Puppylove (2013), en la que exploraba el mundo del despertar sexual de un adolescente de forma clara y directa. Para su segundo largometraje, se adentra en el universo de la novela de Buti, en un guión que firma Joanne Giger, en la que Lehericey colabora, para contarnos una película ambientada a mediados de los setenta completamente actual, ya que nos habla de las consecuencias del cambio climático, el cambio de paradigma en el rol femenino, que provoca un gran sisma en el modelo tradicional de familia, la agricultura como industria, y el despertar sexual de un adolescente, que mira ese mundo de los adultos desde su desilusión y amargura, sin entender nada de lo que sucede, y completamente perdido ante las circunstancias, hechos que le provocarán sentirse aislado y con ganas de huir.

A partir de un tratamiento naturalista y cercano, con la película en 35 mm, que firma el cinematógrafo Christopher Beaucarne (que ha trabajado con nombres tan ilustres de la cinematografía francesa como Lelouch, Amalric, Gondry o Doillon, entre muchos otros), dotando a la película de esa textura táctil que hace que tanto los personajes como aquello que se cuenta, tengan un aroma más natural, libre y poderoso, como el acertado y equilibrado trabajo de montaje de Emilie Morier (que estuvo en la Escapada, de Sarah Hirtt, otra película con una atmósfera rural parecida), para llevarnos de un lugar a otro, y en los diferentes espacios en los que se desarrolla la trama, con los momentos de trabajo y los lugares abiertos. La directora suiza mira a sus personajes de forma honesta y tranquila, no hace nunca juicios sobre ellos, sino que muestra los diferentes puntos de vista en relación a los hechos que se van produciendo, creando esa tensión y la atmósfera claustrofóbica que se incrusta en toda la película, con unos seres humanos perdidos y aislados en ellos mismos, intentando encontrar una salida a sus problemas y su dura realidad, buscando una paz y tranquilidad que parece haber pasado de largo para ellos.

El personaje de Gus, epicentro de la acción emocional y psicológica, interpretado con maravillosa naturalidad y sinceridad por el debutante Luc Bruchez, redefine todo lo que ocurre, bajo su atenta mirada que actúa como testigo de este enjambre de cambios que está sufriendo su vida, y sobre todo, la de su familia, en un verano que todos recordarán como el último de muchos, y el comienzo de otros que nada tendrán que ver con los pasados. Nicole, a la que da vida una formidable Laetitia Casta, aupada por la brisa y la fuerza  que impone Cécile bajo la piel de una magnífica Clémence Poésy, es el contrapunto de la película, a parte del caprichoso y vilipendiado clima que está hundiendo el trabajo familiar y el de los otros granjeros, porque escenifica a todas aquellas mujeres aburridas y amas de casa y madres, que encuentran en una desconocida otra vida, una inesperada, una que jamás ni siquiera soñaron, una vida que les llena, les atrapa, y deben abrazarla sin contemplaciones. La película no juzga en ningún momento, solo filma la vida, el amor y el sexo, con sus momentos agridulces y trágicos, como la brutal metáfora de ese caballo que quiere terminar sus días bajo la sombra del árbol que lo vio crecer, terrible y a la vez, real como la vida, contribuyendo a la despedida de de ese último verano escenificado en la partida del caballo. El resto del reparto brilla a la altura de los mencionados, creando ese grupo que inevitablemente se está resquebrajando sin remedio, porque la vida al igual que la muerte, y todas las cosas que hay en el medio, tienen su forma de funcionar propia e irreversible, y nada ni nadie podrá detenerlas, lo único que podrá hacer es contemplarlas, aceptar sus cambios y seguir el camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El agente topo, de Maite Alberdi

EL SUPERAGENTE SERGIO.

“En cierto sentido, el trabajo del documentalista se parece al del agente espía: esperar a tener pruebas, esperar a que salgan las escenas. El detective y la documentalista observamos cómo otros viven”.

Maite Alberdi

En los años sesenta, en plena Guerra Fría, y con el auge de las películas de espías, con James Bond a la cabeza, apareció la serie estadounidense Superagente 86, ambientada en una agencia secreta del gobierno, durante cinco años, parodió y ridiculizó todo ese universo de espías, secretos y demás situaciones. El agente topo, el cuarto trabajo de Maite Alberdi (Santiago de Chile, 1983), no sitúa en el interior del Hogar San Francisco para ancianos, donde supuestamente existen malos tratos a una de las residentes. El caso se coloca en manos de Sergio, un octogenario que no tiene experiencia en este tipo de casos, pero con buena voluntad, un carisma arrollador y su discreción, se introducirá en el hogar, como uno más, y comenzarán sus pesquisas.

El universo de Alberdi se mueve entre el documento observacional, la ironía y la crítica hacia una serie de situaciones cotidianas y sociales. En su opera prima, El salvavidas (2011), retrataba a un socorrista que hacía lo imposible para no meterse en el agua, le siguió La once (2014), en la que filmaba a un grupo de señoras de más de sesenta años que mantenían la tradición de tomar el té una vez al mes. En Los niños  (2016), capturaba a un grupo de compañeros con síndrome de down que después de su estancia en el colegio, debían aventurarse a la sociedad y valerse por sí mismos. Ese mismo año, rodó el cortometraje Ya no soy de aquí, ambientado en un hogar de ancianos chileno sobre una mujer vasca que desconoce que se encuentra en Chile, que podría verse como un anticipo de lo que nos encontramos en El agente topo, que con los elementos propios del documental observacional, el film noir de espías, eso sí, muy alejado de la seriedad del género, y mucho más cerca de la comicidad y la parodia al estilo del Inspector Clouseau, la citada Superagente 86 o las tiras cómicas de Mortadelo y Filemón, donde nuestro protagonista Sergio, reclutado en un casting para tal actividad, se infiltró sin que los demás residentes supieran el motivo real.

La cineasta chilena, como demostró en sus anteriores películas, mezcla con acierto y sabiduría el documento propiamente dicho, con esa mirada crítica e íntima al funcionamiento de una residencia de ancianos, a las personas mayores que allí se encuentran, con sus problemas cotidianos, vamos descubriéndolas, como esa señora que recita poemas desde su cama, la otra que está empeñada en salir para ir con su madre, la coqueta enamorada de Sergio, la señora que está perdiendo memoria, y demás internas que van acercándose y entablando amistad con Sergio, que actúa como si fuera la cámara de la película, moviéndose por el espacio y abriéndonos ese mundo que está demasiado olvidado para la mayoría. La parte documental se fusiona a las mil maravillas con el género negro, pero extrayéndole todo la seriedad y pulcritud posible, quitándole todo el glamur impostado de muchas de esas películas, llevándolo a un marco extremadamente cotidiano, muy cercano, capturando la verdad y la comicidad en todo momento, ya que somos testigos de las indagaciones de Sergio, alguien que no conoce el lugar y además, nunca ha sido espía. Y aún, encontramos otra fusión, esta solo conocida por los espectadores, porque conocemos que hace Sergio en la residencia, y cómo interactúa con los demás mayores que se va encontrando.

Una película-documento-noir de estas características tan singulares y sorprendentes, debía tener un protagonista a la altura de lo que se cuenta, y Sergio, el abuelo octogenario, recién viudo, con ese carácter afable, humanista, y simpático, es el protagonista ideal, y aún más, cuando envía los mensajes de voz a Rómulo, su “jefe”, con esa voz agradable, y sus textos llenos de cercanía y astucia. Sergio es el hombre tranquilo de esta fábula de nuestros días, que emerge como una crítica feroz y sobrecogedora del aislamiento que sufren muchos mayores, abandonados en sus residencias por sus descendientes, que inventan otras excusas para huir de la realidad. Unos ancianos faltos de amigos, de verdaderos amigos, llenos de soledad, aislados en un espacio que los deja fuera de la sociedad y sobre todo, de los suyos, porque Alberdi no se desvía nunca de su verdadera intención, hablarnos de la humanidad de los mayores y del abandono al que son sometidos. El agente topo no es solo una película maravillosa y muy divertida, con ese humor negro tan habitual de Berlanga, que servía para hablar de los males de una sociedad deshumanizada y sin rumbo, sino que también es un drama, una tragedia en algunos momentos de cómo las sociedades occidentales tratan a sus mayores, relegándolos al olvido y la soledad, porque la película define con profundidad un mal de nuestro tiempo que desgraciadamente no tiene visos de solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paula Bertolín

Entrevista a Paula Bertolín, actriz de la película “Occidente”, de Jorge Acebo Canedo, en el Cinema Maldà en Barcelona, el martes 16 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Bertolín, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia y cariño.

La gomera, de Corneliu Porumboiu

SI ME NECESITAS, SILBA.

“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”.

Esquilo de Eleusis

El régimen corrupto y militarizado de Ceausescu, que durante más de cuatro décadas gobernó autoritariamente Rumanía, ha sido objeto de estudio, investigación y crítica en el llamado “Nuevo Cine Rumano”, cineastas como Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Anca Damian, y Corneliu Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975), han construido películas de corte social, muy apegadas a la realidad, comedias para hablar de temas muy serios, con toques de humor negro, sátira y esperpento, mirando a la historia reciente de Rumanía, que les ha valido un espacio muy reconocido en los festivales  internacionales más prestigiosos de todo el mundo. Poromboiu ha creado hasta la fecha algunas ficciones de la talla de 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009), Cae la noche en Bucarest (2013), y El tesoro (2015), amén de un par de documentales relaciones con el fútbol.

Ahora, nos llega La gomera, que nos traslada a la isla de las Canarias, y nos enfrenta a Cristi, un policía demasiado serio, amargado y completamente a la deriva, alguien que en su día creyó en algo, pero ahora mismo, todo eso se ha esfumado. Cristi trabaja para la policía, pero también para el narcotráfico, es una especie de pistolero sin rumbo ni vida, al estilo de esos vaqueros que tanto han pululado por esas llanuras, como el John Wayne de Centauros del desierto, a la que se homenajea en la película, que el único consuelo que encuentra es con su madre, el personaje más libre y cercano de todos los que aparecen en la película. En la Gomera se reencontrará con Gilda, una mujer bellísima, elegante y muy enigmática, de la que está profundamente enamorado, pero, Gilda, al igual que Cristi, juega sus cartas y todas están marcadas. En la isla se pondrá a las órdenes de Paco, un gánster que más parece un gentleman, escapando así del estereotipo del matón al uso. Todo gira en torno a Zsolt, un turbio businessman que conoce el paradero de 30 millones de euros.

Porumboiu construye su película más de género, un film noir en toda regla, pero subvirtiendo las narrativas y estructuras del asunto, porque juega a muchas cosas, creando una mezcla de géneros más que evidente, muy al servicio, eso sí, al juego psicológico de los personajes, donde todos se mienten, se ocultan, y nunca acabas por reconocer ni intuir sus próximos movimientos y alianzas. La gomera tiene el regusto de ese cine policíaco clásico, desde Tener y no tener, de Hawks, con ese silbido, ya que el famoso silbo gomero tendrá una importancia capital en los tejemanejes que se traen los fuera de la ley, o Gilda, con la clara referencia en el nombre de la protagonista, una femme fatale en toda regla, o el universo de Melville, con ese Cristi muy cercano a Lino Ventura o el maduro Jean Gabin, de hecho se hace mención a una famosa película rumana policiaca de mediados de los setenta. Porumboiu nos sitúa en la isla, que se retrata de forma abstracta, casi de una forma espiritual, muy alejada a esa idea de paraíso que tenemos, si no todo lo contrario, una especie de paraíso, si, pero perdido, más cerca del infierno, con esa maravillosa luz etérea y naturalista de Tudor Mircea, cinematógrafo habitual del director.

Contada a través de episodios que cada lleva el nombre de los personajes principales, en los que iremos conociendo más sobre ellos, sin llegar a conclusiones evidentes de sus verdaderas intenciones, porque todos se investigan y se persiguen unos a otros, con un exquisito y fragmentado montaje de Roxana Szel, en casi toda la filmografía de Poromboiu. Misterio, y sobre todo, humor, como no podía faltar en una película del director rumano, peor ese humor a lo Buster Keaton, muy serio, muy negro, y muy en consonancia con las situaciones ridículas que se van dando en la película. La gomera guarda muchas similitudes a la trama que planteaba Kurosawa en Yojimbo, con ese juego a dos y tres bandas, o incluso más, que muy bien no se sabe a qué lugar nos llevará todo este tinglado, desde la música que recorre estilos tan diferentes como el pop de Iggy Pop, las rancheras de Lola Beltrán o la clásica de Richard Strauss, entre otros. Protagonizada por unos gánsteres muy atípicos, que usan el silbo gomero para fines criminales, una policía que lleva una operación que graba todos los movimientos de Cristi, porque desconfían de él, una mujer arrolladora, peligrosa y llena de misterio, que no resulta un buen cómplice para este embrollo, unos secuaces que nos e andan con hostias, y por último, un “macguffin”, en forma de tipo corrupto y un montón de pasta, oculta como un tesoro que hace ir y venir a todos los personajes en litigio.

Un reparto heterogéneo y a la altura de la acción planteada, como no podía ser menos. Tenemos a Vlad Ivanov como Cristi, un habitual en el universo de Porumboiu, la mujer es Catrinel Marlon, bella y de armas tomar, como toda mujer metida en un asunto masculino, o muerdes o te muerden, Rodica Lazar como la jefa de policía, otra mujer de órdago, tan fría y calculadora como se espera de una representante de la ley, que para los negocios oscuros sale al pasillo porque dentro del despacho también la observan, Antonio Buíl, actor oscense afincado en Suiza, de gran trayectoria teatral, es Kiko, un matón de esos al servicio de la causa de Paco, que interpreta magistralmente un Agustí Villaronga, que a su gran carrera como director, añade algunas intervenciones, pero no lo veíamos en un rol más extenso desde Perros callejeros II, cuando hacía de mangui que intentaba pirulear al Torete. The Whistlers (Los silbadores, en su título internacional), nos remite a aquella maravilla que supuso Los timadores, de Frears, una de esas magníficas reinterpretaciones del film noir clásico, adaptándolo a los nuevos tiempos, los noventa de entonces, y en el caso de la película de Porumboiu, a los actuales, convulsos, raros y tan extraños como todo lo que se cuece en la trama. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solo las bestias, de Dominik Moll

LA DESAPARICIÓN DE EVELYNE DUCAT DURANTE UNA TORMENTA DE NIEVE.

“Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”

Fernando Pessoa

Amar y ser amado es la única fuerza que resiste todos los embates y sinsabores de la existencia. Quizás, sea esa la única razón por la que los seres humanos soportamos la futilidad de la vida, o podríamos decir que, en el amor y sus circunstancias, encontramos el verdadero significado de la vida, o al menos, eso creemos cada vez que, por una razón completamente desconocida a nuestra voluntad, sucumbimos a sus encantos. Solo las bestias, basada en la novela homónima de Colin Niel, tiene su base en esa misma estructura, la de un grupo de personajes que idealizan el amor o simplemente, desearían ser amados como fantasean, aunque se toparán con una durísima realidad que les llevará a sumergirse en abismos muy oscuros. Dirige Dominik Moll (Bühl, Alemania, 1962), autor entre otras de Harry, un amigo que os quiere (2000), Lemming (2005), El monje (2011), Only the Animals (2019) y de la serie The Tunnel (2013), entre otras, obras enmarcadas generalmente en el thriller con elementos de drama, comedia o fantástico, en las cuales la psicología y la relación de los personajes se convierte en el foco de la acción.

Escrita por Moll y Gilles Marchand, un estrechísimo colaborador en la filmografía del director, nos proponen un thriller psicológico, donde todo está magníficamente construido, desde su penetrante y absorbente atmósfera, situadas en las inestables y duras mesetas de Causse Méjean, en el sur de Francia, en un entorno rural aislado, bañado por desiertos rocosos, por el cruzan carreteras solitarias y heladas, donde trabajan ganaderos con existencias difíciles, donde los inviernos llenos de nieve y frío dificulta sobremanera las relaciones y los trabajos cotidianos. El guión, se estructura a partir de cinco capítulos, en los que cada personaje explicará su testimonio personal a partir del hecho que engloba a todos los personajes, la misteriosa desaparición de Evelyne Ducat, una mujer de la ciudad, durante una tormenta de nieve. Cada segmento se centra en la piel de uno de los cinco personajes en cuestión, a modo de Rashomon, de Kurosawa, aunque aquí, el relato no cuenta diferentes puntos de vista del mismo hecho en el espacio y tiempo, sino lo hace en relación a su participación en los hechos que lo relacionan con la extraña desaparición, dilatando el tiempo con continuos vaivenes.

Conoceremos partes de la historia, nunca en su totalidad, de las razones o motivos de cada personaje en función a su actuación en los hechos, en la que las circunstancias, pro insignificantes y cotidianas que estas parezcan, veremos que tendrán un significado muy importante, todo contado con sus contradicciones, zonas oscuras, aquello que ocultan, o lo que han olvidado, porque no lo recuerdan o les conviene no recordarlo. La tenue y naturalista luz del cinematógrafo Patrick Ghiringhelli (que ya estuvo en Eden, la serie sobre los trasfondos de la inmigración a Europa, que hizo anteriormente Moll) se convierte en un elemento indispensable para dotar de tensión y suciedad al relato, así como, el excelente montaje de Laurent Rouan (que también estuvo en Eden) en ese prisma catalizador que ayuda a controlar el adecuado ritmo que tanto necesita el thriller. O el brutal corte de la estructura en los 2/3 de la película, trasladándonos 5000 km del lugar de los hechos, a la ciudad de Abiyán, en Costa de Marfil, con su megalópolis urbana y africana, que contrasta fuertemente con el paisaje nevado del sur francés, donde conoceremos a Armand, un joven obsesionado con el dinero, que también tendrá su parte en esta trama enrevesada y compleja que nos cuenta la película.

Viendo las imágenes y los personajes que entran en este juego macabro y violento de Solo las bestias, resulta impensable no acordarse del aroma y los tipejos que pululaban por ese monumento al cine que era el thriller rural de  Fargo (1996), la maravillosa película de los hermanos Coen, en la trama, atmósfera y personajes de Solo las bestias, en las que podríamos encontrar elementos comunes en las dos cintas, como el paisaje nevado, desolador y aislado, la actitud de los personajes, unos seres perdidos y solos, necesitados de salir de esas vidas mundanas y duras, y su incapacidad para huir de ellas, siempre optando por decisiones que perjudicarán a otras personas, y sobre todo, a ellos mismos, sin olvidarnos, la tristeza y amargura que desprenden unos personajes demasiado aislados en sus interiores, necesitados de amor y de ser incapaces de encontrarlo, aunque lo tengan delante, empecinados en historias que no les llevan a ningún lugar agradable, sino todo lo contrario, adentrándose en terrenos oscuros, inquietantes y violentos.

Moll ha reunido un reparto que transmite toda la necesidad de amar y amargura interior de sus personajes en los cuerpos y las voces de Laure Calamy da vida a Alice, una trabajadora social que encuentra el amor en Damien Bonnard, un granjero traumatizado por la muerte de su madre, que ve en los animales su mejor consuelo, Denis Ménochet, distanciado de su esposa Alice, busca en internet ese amor ideal que cambie su triste existencia, Nadia Tereszkiewicz, una joven enamorada de quién no la va a corresponder como ella desea, Guy Roger “Bibisse” N’drin, un joven marfileño que tiene en internet su vía de escape para ser quién no es. Y finalmente, Valeria Bruni Tedeschi, la mujer desaparecida, el núcleo y el fin de este grandioso relato de misterio y suspense. Una obra donde la capacidad de Moll ha logrado una película tan redonda como lo era Harry, un amigo que os quiere (2000), dotando tanto al relato como a sus personajes, complejos, solitarios y tristes, de ese paisaje emocional que tiene tanto que ver con lo que ocurre en el espacio físico, creando ese cordón umbilical invisible, que los une con su entorno como una prisión de la que resulta muy difícil escapar, o porque no tienen fuerza o inteligencia suficiente, y encuentran puertas a su alcance que nunca debieron cruzar, porque se adentran en infiernos de los que no se puede salir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA