Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát

LA DOBLE VIDA DE MARTA.

“El Big Bang, el universo, todos nosotros aceptamos estas cosas como un inmenso y excepcional misterio que nos rodea. En realidad, todos formamos parte de este misterio, pero desde dentro del microcosmos de nuestra propia consciencia”.

En el 2017, la película húngara En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi, distribuida también por Karma films, capturaba de forma delicada y sobria un imaginativo relato romántico con dos seres grises y anodinos que compartían el mismo sueño en el que eran dos ciervos macho y hembra. Su elegante composición formal y el excelente trabajo de sus dos intérpretes, la hizo convertirse en uno de los títulos sorpresa de la temporada. Ahora nos llega otra película del país magiar, de título larguísimo, Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát (Budapest, Hungría, 1982), una directora que ya hizo una primera película con East of the West (2015), la historia de una joven pareja que vive en la periferia y lucha para recuperar la custodia de la hija.

Con su nuevo trabajo nos sumerge en un sofisticado y apasionante misterio que protagoniza Marta Vizy, una prestigiosa neurocirujana de 40 años, que después de un encuentro con Janós Drexler, otro neurocirujano, en New Yersey, EE.UU., del que se enamora perdidamente, lo deja todo y vuelve a Budapest en su búsqueda. La directora húngara nos sitúa en la existencia y psique de Marta, y sobre todo, en su enigmática mirada, en su mundo, un universo que fusiona realidad e imaginación, en una película que conjuga de forma sencilla y brillante lo romántico con el thriller, siguiendo la estela de películas como Vértigo, de Hitchcock, y La doble vida de Verónica, de Kieslowski, incluso con Repulsión, de Polanski, en algunos aspectos de narrativa y composición, donde todo lo que vemos, vivimos e intuimos, lo hacemos a través de sus protagonistas con esa sombra de duda que constantemente nos sobrevuela, si las situaciones que siente y cree haber vivido la protagonista han sucedido o no.

Tenemos varios misterios e incógnitas, el que cuenta la propia película, y otro, el nuestro propio, pero Horvát no solo se centra en desvelar el misterio, aun más, solo lo usa para mover a sus personajes, como una especie de macguffin, porque también su interés reside en la dualidad psicológica que presenta el personaje de Marta. Una película construida a partir de dos miradas. Por un lado, tenemos el universo laboral de Marta, donde es una eminencia en el campo de la neurocirugía, y por el otro, tenemos su aspecto psíquico, en el que constantemente está al borde del precipicio, a punto de caer, generando todas esas situaciones inverosímiles y muy extrañas, surrealistas, con una vida atada a un hombre al que apenas conoce, un hombre que se ha convertido en su destino, en su obsesión, pero también en su condena. Localizada en un Budapest grisáceo, siempre nublado o nocturno, con esos espacios cerrados del hospital o la vivienda de Marta, casi vacía, todo muy inquietante, pero extremadamente cotidiano.

Un grandísimo trabajo de cinematografía de Róbert Maly, que trabaja con Horvát desde la Universidad, filmado en 35 mm, componiendo una textura y una imperfección que ayuda a introducirse en el mundo psicológico de la protagonista, creando ese doble, enigmático y asfixiante, con el que está construido toda la película, donde los reflejos, el otro, y las miradas juegan un papel fundamental para dejarse llevar y cautivarse por esta película que se mueve entre la extrañeza, lo cotidiano y lo misterioso. Una película que se apoya tanto en la imagen, en todo lo que vemos y lo que no, y sobre todo, en sus inquietantes silencios y miradas, debía tener un plantel que funcionará sin apenas decir nada. Natasa Stork que da vida a Marta, recrea no solo una mujer que se mueve entre el amor fou, y la imaginación, siempre en el límite de la cordura y la locura, con esa forma de mirar, porque su mirada lo es todo, ahondando más en ese misterio que la rodea, entre la realidad y el sueño, esa existencia turbia y condenada por un enamoramiento que no sabemos si es real o no, o quizás la necesidad de ese amor la ha llevado a volver a empezar por un sueño que debe construir.

A Marta le acompañan dos hombres, muy diferentes entre sí. Tenemos a  Viktor Bodó, que interpreta a János Drexler, el hombre que ha enamorado a Marta, sin saberlo, con esa primera frase, pilar en el que está edificada la película, que dice no conocerla, cuando la citada le explica su encuentro en EE.UU. Y finalmente, Benett Vilmányi, que pone la piel de Alex, un estudiante de medicina que se enamora de Marta y la intenta seducir. Lili Horvát compone una película sencilla, con una grandísima sensibilidad a la hora de adentrarse en el complejo mundo de los sentimientos, todos aquellos que parecen reales, los que no lo parecen, y sobre todo, la película puede verse como un extraordinario estudio psicológico del funcionamiento de nuestra psique cuando nos enamoramos o creemos estarlo, de toda esa fabulación o no que nos somete a nosotros mismos, en ese estado de atontamiento, lleno de incertidumbre, donde dejamos de ser quiénes somos para convertirnos en otros, quizás nuestros peores enemigos o por el contrario, los únicos que nos pueden ayudar para salir del atolladero que nuestras emociones nos han metido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ninja a cuadros 2 – Misión Tailandia, de Anders Matthesen y Thorbjorn Christoffersen

ÁLEX Y EL MUÑECO POSEIDO.

“Ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas, es el mayor de los logros”

Ralph Waldo Emerson

Para los que no la hayan visto o no la conozcan, Ninja a cuadros (2018), de Anders Matthesen (Copenhague, Dinamarca, 1975), y Thorbjorn Christoffersen (Faaborg, Dinamarca, 1978), es una excelente película de animación para adultos, convertida en todo un fenómeno en Dinamarca, en la que se nos cuenta la vida anodina y gris de Álex, que no soporta al imbécil de su padrastro y al glotón y sucio de su hermanastro Sean, y una madre adicta al mundo vegano. Además, en el colegio, sufre acoso por parte del matón de turno, y aún hay más, Jessica, la chica de la que está enamorado, no le hace ni puto caso. Pero, toda esa serie de conflictos, desaparecen con la irrupción de Taiko Nakamura, el espíritu de un ninja de hace cuatro siglos que posee un muñeco de trapo con traje a cuadros, de ahí el título, que viene con una misión especial. La vida de Álex dará un vuelco de 180 grados y conseguirán llevar ante la justicia a Phillip Eppermint, un empresario que esclaviza a niños en Tailandia.

Ahora, nos llega su secuela Ninja a cuadros 2 – Misión Tailandia, que sigue a Álex, que las cosas le van más o menos, porque Jessica, más mayor que ella, vuelve a pasar de él, más interesada en un chico mayor y malote, aunque en casa las cosas han mejorado algo, y la familia hace un viaje a Tailandia, instigado por Álex, que ha recibido nuevamente la visita del muñeco de trapo, ya que el susodicho Eppermint sale de la cárcel en Tailandia debido a unos chanchullos de su malévolo abogado. El objetivo esta vez es salvar a una niña, testigo clave para implicar a Eppermint. Matthesen y Christoffersen vuelven a dirigir la secuela, con ese ritmo frenético y a contrarreloj de los dos protagonistas, y siguen hablándonos de valores humanos como la identidad, de ser uno mismo, de las difíciles relaciones familiares y personales, de la confianza, de ayudar y dejarse ayudar, y sobre todo, la película es una profunda y sensible alegato sobre la amistad, con sus dimes y diretes, sabiendo gestionar las formas diferentes de pensar, sentir y hacer, y mirar al otro y hacer el esfuerzo de comprendernos, tanto a los demás como a uno mismo.

Matthessen que es toda una celebridad de la comedia stand-up en su país, tanto en vivo como en varios largometrajes, ya había trabajado como guionista en la película de animación Terkel en apuros  (2004), donde codirigía Christoffersen, además de dirigir Sorte Kugler (2009). Por su parte el citado codirector, responsable de la cinematografía de la película que nos ocupa, se ha dedicado al cine de animación para adultos cosechando grandes títulos como el citado film, otras como Viaje a Saturno (2008), y Ronal Barbaren (2011). Títulos que no estarían muy lejos del espíritu de los Studio Ghibli, Pixar y Aardman, y la trilogía de Cómo entrenar a tu dragón, o series como Los Simpson, Beavis and Butt-head, South Park y Padre de familia, entre otras, donde la extraordinaria construcción de los personajes, los cercanos relatos, y la comedia irreverente es la tónica en todas ellas, con el humor negro, inteligente y disparatado para hablarnos de los problemas sociales, personales, económicos y culturales, donde hay sitio para criticarlo absolutamente todo: la política, la familia, el amor, y todos los temas y elementos de las sociedades modernas y capitalistas en las que vivimos.

Anders Matthesen escribe un guion con un ritmo excelente, donde hay cabida para tocar todos los temas, con esa madre obsesionada en la vida sana, ese padrastro estúpido y egoísta, ese hermanastro que solo come y molesta, ese malo que no quiere acabar con el mundo, porque es un malvado real y cercano, que explota a niños del país empobrecido bajo el amparo de las autoridades corruptas, quizás el personaje del tío marinero de oficio, vulgar, borrachín y campechano, se sale completamente de todo, y trata a su sobrino con una afabilidad y comprensión como si fuera un adulto. Kristian Haskjold firma el montaje, un grandísimo trabajo de composición y agitación que constantemente tiene la película, que maneja con brillantez las secuencias de acción, de persecuciones, peleas y demás, con otras donde todo se posa y conocemos en profundidad las relaciones de los diferentes personajes y sus posiciones morales y éticas, así como todo el interior que ocultan y tanto le cuesta al protagonista sacar.

Taiko convertido en muñeco de trapo es un guerrero que en ocasiones actúa con muchísima disciplina, olvidándose del otro, al igual que Álex, más pendiente en otros menesteres basados en agradar a los demás, dejando de ser quién es. Para el chaval, Taiko es como un hermano mayor, su relación es muy íntima, a veces discuten, a veces se quieren, pero lo más importante es que también saben mirarse, escuchar y escucharse y ante todo, se comprenden y van a una.  Ninja a cuadros 2Misión Tailandia es una película magnífica, que no solo gustará a las personas amantes de la animación para adultos, sino que también, a todas a aquellas personas que les gusta ver cine de verdad, que hable de cosas cotidianas, y lo haga desde el respeto, la comprensión y la sensibilidad, porque la película muestra la vida, las relaciones, incluso a veces de forma cruda y triste, pero también, la vida lo es, y eso no la hace mejor ni peor, sino de verdad, de carne y hueso aunque se construya con animación, porque la existencia hay que experimentarla, lucharla, y sobre todo, vivirla, tanto sus cosas amables como las que duelen más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Annette, de Leos Carax

LOS ABISMOS DEL AMOR.

“El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”.

Stendhal

Seis largometrajes en 37 años podría parecer una filmografía escasa, pero claro está, en el cine como en cualquier arte, siempre prima el contenido a la acumulación, y el caso de Leos Carax (Suresnes, Francia, 1960), es paradigmático en ese sentido, porque el cineasta francés ha construido una carrera heterogénea aparentemente, pero llena relaciones y revelaciones entre sus películas y su propia vida, como si hubiese empezado un periplo vital de sus personajes a mediados de los ochenta y hubiera continuado a lo largo de treinta y siete años. Todos los personajes de Carax se enamoran perdidamente. Viven amores mágicos y enfermizos. muy alejados de la realidad, sometidos a un destino implacable donde la tragedia siempre los acompañará. Un amor difícil y complejo, como son los amores más intensos y profundos, amores desgarrados, fascinantes, trágicos, llenos de vida y de muerte, todo es extremo, nada complaciente, todo pende de un finísimo hilo que siempre está a punto de romperse. El amor como motor y representación de la vida, de la propia existencia que nos arrolla, nos divide, nos desarbola, y finalmente, nos mata, convirtiéndonos en otro, en un ser extraño de nosotros mismos, sumergido en una vorágine donde todo vuela y cae al mismo tiempo, donde todo es alegría y tristeza, donde todo es y no es.

Carax siempre anda al borde del abismo, tanto a nivel emocional como formal, ninguna de sus películas se parece y a la vez, todas se parecen, todas nos hablan de tragedias cotidianas, acaso no es el amor una gran tragedia en nuestras existencias, que tiene y saca lo mejor y lo peor de todos nosotros. El amor fou, que acuño Buñuel, es el amor de Carax, tomándolo como una parte fundamental de un todo, donde cada plano y encuadre de sus películas rompe con lo establecido, con lo esperado, con lo inevitable. Todo radica en el misterio, en la aventura, en la trasgresión y sobre todo, en lo siniestro como forma de enfrentarnos a la vida y sobre todo, al amor. Podríamos dividir la filmografía de Carax en un par de bloques. En el primero, encontraríamos una trilogía sobre el amor fou en las que estarían Chico conoce a chica (1984), Mala sangre (1986) y Los amantes de Pont-Neuf. Tres obras protagonizadas por Denis Lavant y Juliette Binoche, las dos últimas, una pareja continuamente en el abismo, enfrentado a situaciones que los superan, desarraigados de la sociedad y a la deriva, pobres diablos con un espíritu batallador que no se saldrán con la suya, pero lo intentarán hasta el último aliento.

El segundo bloque lo inaugura Pola X (1999), una película que ya aventurará un cine mucho más radical si cabe del que había hecho, donde la representación será el centro de todo, el medio de experimentación, adentrándose en otros universos y otras formas de mirar, un cine diferente que irá en consonancia a los vaivenes trágicos de su vida personal. Le sigue Holly Motors (2012), una película radicalmente extenuante, donde recupera a Lavant, interpretando a un tipo que es a la vez muchos personajes, completamente diferentes, que van desde la bondad a la oscuridad. Una propuesta cinematográfica sin término medio, o entras o no, y si entras, es una fascinante aventura arrolladora sobre el cine, sus formas de representación, su misterio, todo aquello que está y es invisible, y todos los demonios que lo encierran. Ahora llega Annette, un musical irreverente, como no podía ser de otro modo, que nace de un álbum de los Sparks, el dúo de los hermanos Ron y Russell Mael. No debería extrañar este giro musical en la filmografía de Carax, porque en el pasado ya filmó secuencias que bien podrían estar en cualquier musical que se precie, muchos recordarán esos grandes momentos con Lavant bailando el “Modern Love”, de Bowie, en el maravilloso plano secuencia de Mala sangre, o el no menos brillante instante de nuevamente Lavant con otros acordeonistas en Holy Motors. Carax nos envuelve en su mundo mágico, tenebroso y gótico ya desde su maravillosa “Apertura”, donde juega a la vida y la ficción, cuando la película se abre con el propio director de espaldas dirigiendo una grabación en un estudio, aparece su hija, Nastya (la que tuvo con la malograda actriz Yekaterina Bolubeva, protagonista de Pola X), que como hacía en Holy Motors, vuelve a darnos la bienvenida a la película. Inmediatamente después, la música empieza, los Sparks se levantan y mientras van cantando un tema con muchísima fuerza arrolladora y rítmica, se les van juntado los Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Heldberg, y más interpretes y técnicos de la película, salen del estudio, recorren las calles y despiden a los intérpretes. Títulos que tendrá su reflejo en la escena de “Clausura”, para los espectadores pacientes, que disfrutarán con el mismo grupo despidiendo la función-película.

Annette cuenta un relato sencillo, aunque muy absorbente y fascinante, como todas las películas de Carax. Henry, un humorista de éxito, se enamora de Ann, una cantante de ópera en la cima de su carrera. Se casan y tienen una preciosa hija a la que llaman Annette. La astucia del cineasta francés convierte a la hija en un muñeca de madera con movimiento, una metáfora de la fragilidad y la sensibilidad enfrentado a un padre que se atormenta por el amor que siente, un amor que lo destruye y lo convierte en un ser despiadado, inherente y perdido. Un musical, si, pero más cercano a las ópera rock como Tommy, Hair, Jesucristo Superstar, Quadrophenia o The Wall, y más cercana al tono, la oscuridad y el terror de El fantasma del paraíso de De Palma, y La novia cadáver, de Burton. El romanticismo y la poesía de Hoffman y Rimbaud están muy presentes en esta fábula sobre la vida, la muerte, el amor y la tragedia inevitable, entre los miedos y las alegrías, las tristezas y sobre todo, todos esos fantasmas que nos acechan, que forman parte de quiénes somos y nos van acercando y alejando de aquello que más deseamos.

En Annette hay dos películas. En la primera, asistimos a una historia de amor, un amor diferente, de dos seres antagónicos, pero con la misma pasión de emocionar al público, uno con el humor y la otra con la tragedia, un mismo reflejo para convertirse en otros y emocionar a extraños. Dos seres que son otros, que se aman en algún momento de sus existencias, donde nunca sabemos dónde empieza y acaba el otro, el personaje que son, las múltiples formas de representación que ya había investigado Carax en Holy Motors, donde en muchos momentos de la película volvemos a sus reflejos, a esas secuencias paralelas que nos remiten continuamente a la anterior película, como esa obsesión por el verde neón que continua en esta película. En la segunda mitad, todo cambiará, la luz se volverá más oscura, y Henry, cambiará en una especie de hombre de la noche, como una bestia que va adquiriendo su ser y su maldad, donde la niña Annette, y su prodigiosa voz que los llevará alrededor del mundo adulados por todos.  La noche, una noche fantástica, de sombras y de espectros, muy inquietante, como en las viejas películas mudas y de los treinta, con esa casa con piscina rodeada de vegetación, más propia de las mansiones góticas y cierta casa de Sunset Boulevard donde aparecían guionistas asesinados, una luz que nos envuelve en ese universo oscuro, como ese grandioso instante del barco con la tormenta, donde el cine de los orígenes nos asalta, y el mar y la tragedia se dan la mano, donde la literatura de aventura siniestra y misteriosa envuelven la pantalla.

Una película que sabe jugar con el artífico y la falsedad del cine, que además lo hace evidente, en un grandioso trabajo de la cinematógrafa Carolina Champetier, una grande que ha trabajado con Godard, Rivette, Straub e Huillet, etc…, que repite con Carax después de Holy Motors. El torbellino de imágenes bien encauzadas por el talento de la montadora Nelly Quettier, indispensable para Claire Denis, y con Carax desde Mala sangre. Un gran reparto, que aparte de cantar en directo, unas canciones de gran carácter, ritmo y sensibilidad,  interpretan unos complejos personajes con verosimilitud y cercanía, con un estupendo Adam Driver (que también es coproductor), como el atormentado Henry, un hombre de muchas caras, una especie de fantasma del infierno-paraíso, muy bien acompañado de una dulce e intensa Marion Cotillard, una mujer que muere cada noche para volver a nacer en el amor, con ese peinado cortísimo que nos recuerda tanto a la Binoche o la Minogue, seguramente la misma mujer con sus diferentes capas, aspectos y miradas. Y finalmente, Simon Heldberg, el talentoso músico enamorado de Ann, y fascinado por el talente de la pequeña Annette. Carax ha vuelto a hacer una película brillante, conmovedora, sensible, llena de fantasía, dura, cruel, terrorífica, poética, y sobre todo, muy siniestra, donde el cine, tanto en su forma artificial y real, y la representación y sus formas vuelven a ser parte indiscutible de cada secuencia, donde todo parece indicarnos que el universo de Carax ya no es solo una historia que contar, sino que además, es también muchos universos dentro de este, donde la oscuridad y la luz se unen para crear algo diferente, algo mágico, poético y fantástico, una hermosa metáfora de lo que es el amor o lo que sentimos que es, una plenitud llena y vacía que nos arma y desarma, que nos fascina y aterra, una especie de limbo más allá de nosotros y de este mundo, donde habita el amor, esa extraña sensación que nos condena y nos libera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un bocado exquisito, de Christoffer Boe

LA PUTA ESTRELLA.

“El que quiere arañar la luna, se arañará el corazón”.

Federico García Lorca

Erase una vez la historia de Maggie y Carsten, amantes de la alta cocina, se enamoran y tienen dos hijos, y regentan el Maus, uno de esos lugares referentes de la escena gourmet de Copenhague. Aunque a su dicha le falta algo, el sueño de tener una estrella Michelin, que posicionará a su restaurante y a su comida el lugar que ellos consideran que debe estar. El nuevo trabajo de Christoffer Boe (Rungsted, Dinamarca, 1974), vuelve a hablarnos del amor, como hicieron sus celebrados trabajos anteriores como Reconstruction (2003), Allegro (2005), Offscreen (2006), y Beast (2011), entre otros, a la que añade otro elemento, el de la ambición, una ambición desmedida que no solo afectará a la pareja protagonista en su trabajo, sino en su relación. Una ambición que les sumergirá en las partes más oscuras de la condición humana. El guion lo firman el propio director y Tobías Lindholm, célebre director de obras tan contundentes como Secuestro (2012), y Una guerra (2015), amén de intensos guiones para Thomas Vinterberg en las exitosas La caza, La comuna y la más reciente Otra ronda.

Una producción inteligente y audaz donde encontramos a otra figura del cine danés como Louise Vesth, que ha producido algunas de las mejores películas de Lars Von Trier como Melancolía, Nymphomaniac, entre otras. Manuel Alberto Claro, cinematógrafo en buena parte de la filmografía de Boe, vuelve a construir una luz muy oscura, y muy cercana, que profundiza de manera sobresaliente en todas los laberintos emocionales y oscurísimos a los que van cayendo la pareja protagonista. Aunque el marco que utiliza el director danés sea la alta cocina, muy de moda en los tiempos actuales, su retrato de este tipo de cocina es meramente un marco para hablarnos de temas más interesantes como el constante enfrentamiento entre el trabajo y la vida, y el trabajo entendido como un medio para conseguir toda esa felicidad que creemos importante para nuestras existencias, lo material frente a la vida, y sobre todo, frente al amor y los tuyos. La estructura de la película es otro de los elementos interesantes de la historia, ya que aunque buena parte de la cinta se desarrolla en el tiempo actual, en el relato se van añadiendo capítulos a modo de flashbacks, donde nos van contando ciertos aspectos claves en la relación de la pareja, sumamente importantes para el devenir de los hechos del presente. Boe los construye con una elegancia enorme, de forma intensa, con esa cámara al hombro, en relación estrechísima con las derivas emocionales que van sufriendo sus personajes, con esa agitación tan propia del movimiento Dogma.

La película impone un ritmo entre la cadencia y la agitación que, acoge con naturalidad los diferentes aspectos en la relación de Maggie y Carsten, su historia de amor, la relación familiar con sus hijos, algún que otro instante de puro thriller, y el melodrama de toda la vida, con su problemas internos de la pareja. La extraordinaria y profunda interpretación de una pareja en estado de gracia, que no solo muestra una increíble naturalidad y verdad en todo lo que hacen sus personajes, sino que transmiten el amor y la tristeza por la que van pasando. Katrine Greis-Rosenthal es Maggie, una actriz que habíamos vista en el cine de Billie August, y en su segunda colaboración con Boe, después de la serie Cara a cara. Frente a ella, Nikolaj Coster-Waldau, uno de los actores más importantes e internacionales daneses, con un currículo que va desde los estadounidenses Ridley Scott y Brian de Palma, a directores daneses de la talla de Susanne Bier o noruegos como Erik Poppe. Y la presencia de Nicolas Bro, como el hermano cascarrabias de Carsten, un actor fetiche en la obra de Christoffer Boe.

Un bocado exquisito  no solo gustará, y nunca mejor dicho, a los amantes de la alta cocina, porque somos testigos de la preparación y degustación de ciertos platos, sino que también gustará a todos aquellos que alguna vez en su vida han traspasado el límite tan invisible y frágil del trabajo bien hecho a la ambición desmedida, a estar dispuestos a perderlo todo con tal de conseguir aquel objeto o prestigio importante que les ha parecido crucial en sus vidas. La cinta nos habla con exquisitez, intensidad y sensibilidad, llevándonos por todas las fases del proceso, un proceso que sin darnos cuenta puede borrarnos literalmente de todo aquello que es importante para nosotros, una cosa que tendemos a olvidar rápidamente, ensimismados en otros menesteres que solo nos pueden traer muchos problemas, si no sabemos detener a tiempo, como les ocurre a Maggie y Carsten, dos personas movidas por su sueño que, sin ser conscientes de sus limitaciones emocionales, les puede llevar a un abismo del que no se puede salir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El médico de Budapest, de István Szabó

LA DIGNIDAD HUMANA.

“La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.

Karl Marx

El director István Szabó (Budapest, Hungría, 1958), es junto a Miklós Jancsó (1921-2014), y Béla Tarr (1955), los directores húngaros más relevantes e importantes que ha dado el país magiar. La filmografía de Szabó arrancó en 1965 con la película La edad de las ilusiones, a la que le siguieron otras producciones como Padre (1966), Un film de amor (1970), entre otras. Películas que hablaban de la condición humana sometida al contexto histórico, económico, social y cultural de la Hungría comunista y la Segunda Guerra Mundial. A partir de Confianza (1980), la historia de una pareja que simula su amor para no ser deportada por los nazis, su cine despega internacionalmente de la mano del director de fotografía Lajos Koltai, en una colaboración que se alargará 14 películas, y la presencia del sensacional y contenido actor austriaco Klaus Maria Brandauer en la trilogía sobre el Imperio austro-húngaro que se inicia con la cinta Mephisto (1981), en la que un ambicioso actor de teatro se vuelve seguidor nazi para conseguir éxito, en Coronel Redl (1984), un oficial oculta su homosexualidad en plena desmembración del imperio, y Hanussen (1988), donde un hombre dotado para la hipnosis y la adivinación predecirá el auge y caída del nazismo.

Szabó emprenderá una nueva etapa en su cine, en el que realiza varias películas notables rodadas en inglés como Cita en Venus (1991), Sunshine (1999), Conociendo a Julia (2004), con producciones húngaras entre las que destacan Dulce Emma, querida Bobe (1992), The Door (2012), siempre moviéndose en un cine elegante, sobrio, pausado, y enormemente humanista, con la continua lucha entre los valores humanos contra los materiales, y entre los sentimientos y el deber. Con El médico de Budapest, trabaja por primera vez con el director y productor Pál Sandór, que tiene en su haber más de cuarenta producciones, donde vuelve a reencontrarse con Klaus Maria Brandauer, su actor fetiche, convirtiéndolo en un prestigioso cardiólogo de Budapest que, llegada la jubilación, decide convertirse en el médico de cabecera del pueblo donde creció. Allí, se reencontrará con varios personajes, empezando con el cura, ex compañero del colegio, que interpreta Károly Esperjes, que trabajó por primera vez con Szabó en Coronel Redl, con unas maravillosas sesiones de terapia y conocimiento en que se habla de fe y el valor del trabajo y las convicciones personales.

El doctor se tropezará con varios personajes, muy distintos entre sí, unos, más conformes con los delirios del alcalde y otros, en contra. El insigne cardiólogo mantendrá una relación cercana con la maestra que enseña canto a sus alumnos, que hace Dorottya Udvaros, que también estuvo en Coronel Redl, y bajo las órdenes de Jancsó, una mujer viuda, independiente y firme que, también se verá hostigada por los vecinos por su forma diferente de pensar y hacer. András Stohl hace de ese alcalde más preocupado de sus intereses personales que las necesidades de sus habitantes, uno de esos tipos muy críticos con el régimen comunista que ahora, en democracia, utiliza las mismas triquiñuelas para alcanzar sus objetivos, András Balint, uno de los actores húngaros más reputados, imprescindible en muchas películas de Jancsó y en las primeras de Szabó, da vida a un personaje faro del relato, siempre sentado en un banco junto a la estación, testigo de un tiempo pasado y espectador de un presente demasiado viejo.

Con un estilo y una forma muy característica, donde abundan las secuencias donde todo parece fluir sin grandes turbulencias, el cineasta húngaro maneja como nadie el tempo cinematográfico, con un ritmo reposado, cadencioso, como si filmase un diario del pueblo en cuestión introduciendo el conflicto de forma silenciosa, sin armar jaleo, huyendo de las estridencias y virguerías narrativas de mucho del cine actual, István Szabó es de la vieja escuela, aprendió cine a partir de la forma y los personajes, construyendo unos encuadres invisibles, pero llenos de fuerza y contundentes, donde la acción emocional era y lo es todo. Cada personaje es sumamente complejo, visto desde el detalle, desde la mirada del observador que sabe hacia dónde va, siguiendo su camino, moviendo con pausa su historia, y sobre todo, capturando con armonía y sencillez, todo lo que se cuece bajo la apariencia del lugar y sobre todo, de cada uno de los personajes, con su característico tono donde el melodrama intenso y cautivador va calando en el interior de los personajes, y siendo fiel a esa mirada de cineasta curtido en 17 películas, donde se ha labrado una obra de un gran observador de su tiempo, del pasado imperial, ruina y deshecho de los tiempos actuales, lanzando esa mirada crítica, corrosiva e inquieta al régimen comunista, a la democracia o eso que se le parece, y demás momentos convulsos de la historia vivida, donde la condición humana se ve continuamente sometida a los avatares de la historia, donde los valores humanos siempre están chocando con las adversidades históricas, donde la lucha por vivir y sobrevivir pende de un hilo muy fino.

En El médico de Budapest, como sucede en la mayoría de su filmografía, todo se mueve en apariencia con una armonía plácida y cotidiana, pero la llegada del doctor de la capital, romperá con todo eso, y alterará el lugar, dejando al descubierto todas las miserias y la corrupción que se manejan, fusionada excelentemente bien con los conflictos personales de los personajes, tanto los personales como los que tienen con otros, donde hay una historia de amor, de las que encogen el alma, esa lúcida e íntima mirada sobre la vejez con sus alegrías y tristezas, la despoblación y la dejadez del mundo rural, el sentimiento de sentirse extraño en un lugar reconocible, el paso del tiempo y sus afectaciones, las relaciones difíciles entre doctor y su madre, y sobre todo, lanza un mensaje humanista, en la que los valores humanos son cada día más imprescindibles en un mundo cada vez más idiotizado y autómata donde el dinero es el nuevo Dios y la razón de existir. El director húngaro nos habla de esa imposibilidad de volver a lo que éramos, al tiempo perdido, y a todo lo que dejamos, como explicaba con inteligencia y emoción la maravillosa Fresas salvajes, de Bergman, aunque como hace el genial cineasta sueco y el propio Szabó, siempre nos quedará algún lugar y alguna mirada en la que reflejarnos y sentirnos felices, aunque solo sea un leve instante, que con el tiempo se convierten en momentos inolvidables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Al abordaje!, de Guillaume Brac

LAS CUESTIONES SENTIMENTALES DE LOS JÓVENES FRANCESES.

“Un reposo claro y allí nuestros besos, lunares sonoros del eco, se abrirían muy lejos. Y tu corazón caliente, nada más”.

Federico García Lorca

Todo relato empieza con un encuentro. El de esta película no es otro que un encuentro que se produce una noche parisina mientras Félix baila salsa con la desconocida Alma. Después de pasar la noche durmiendo en un parque, los jóvenes se despiden. Pero, Félix se ha enamorado y decide viajar al sur de Francia a volver a encontrarse con Alma. Convence a Cérif, su mejor amigo y comparten vehículo con Édouard. Las cosas se tuercen y deben compartir una semana con el desconocido acompañante en un camping junto a un río a los pies de una montaña. Las cuatro películas de Guillaume Brac (París, Francia, 1977), nacen a partir del encuentro y desencuentro de los parisinos con la periferia y la provincia, de los habitantes de la ciudad y los pueblos, de unas clases sociales y otras. Y también, muchos de esos (des) encuentros tienen en común las relaciones personales y las cuestiones sobre el amor, y suelen situarse durante las vacaciones de verano.

El universo de Brac nace de la pasión de rodar con los intérpretes Vincent Macaigne, Julien Lucas o Laure Calamy, todos graduados en el CNSAD (Conservatoire National Supérior d’Art Dramatique), protagonistas de sus primeras películas. Del mismo centro también surgió la película Contes de Juillet (2017), a partir de un taller con actores y actrices. ¡Al abordaje!, también ha nacido de un encargo del CNSAD con la premisa de crear una película para una docena de jóvenes intérpretes. El cuento coescrito junto a Catherine Paillé, que ya colaboró en Tonnerre (2013), se compone de un conflicto sencillo y directo, Félix quiere volver a ver a la mujer de la que se ha prendado. Pero, Alma, la joven en cuestión no parece convencida, y allí están, en mitad de la nada, en un lugar que parecía de paso, y se convierte en su lugar durante tres días. Tres personajes, muy distintos entre sí, vivirán circunstancias bien diferentes. Félix, como alma en pena, va de aquí para allá, intentando enamorar a Alma. Chérif comparte ratos con Hélena, una joven mamá que se ha quedado sola, y finalmente, Édouard, que pretendía estar en otro lugar, aprende a relacionarse y a destaparse mucho más.

El director parisino desarrolla su película en un marco donde se impone una naturalidad y frescura sorprendentes y cercanísima, al estilo del cine de Rohmer y sus cuentos, especialmente el de verano, donde Los juncos salvajes, de Techiné, no estaría muy alejada de esa posición de esa luz cálida que acoge la película, un gran trabajo de cinematografía de Alain Guichaoua, que ya había trabajado con Brac, al igual que el sonidista Emmanuel Bonnat y la editora Héloise Pelloquet, esenciales en una historia en continuo movimiento, ya sea físico, con esos paseos por el pueblo, los baños en el río, las subidas en bicicleta, los deportes de riesgo por el río, o esos momentazos en el karaoke, oro puro, y los movimientos emocionales, esos besos fortuitos, y los diferentes estados del amor, el loco, el que no ve ni oye, solo impulsado por la pasión y el deseo sin rumbo, el amor que va creciendo, el que nos sorprende por inesperado, el que no se busca, el que aparece, el que nos conquista sin oposición, y el amor de amistad, el que nos destapa, nos descubre, nos succiona, y sobre todo, nos ayuda a ser mejores, y algunos amores más, quizás menos visibles, menos expuestos, pero igual de intensos y felices.

Unos intérpretes en estado de gracia, todos en el último año del CNSAD, que componen unos personajes de carne y hueso, de esos que puedes tocar, con los que ríes y lloras, tan cercanos como uno mismo, con Eric Nantchouang como el atribulado e impulsivo Félix, Salif Cissé como el reposado y paciente Chérif, Édouard Paillé como el despistado y patoso Édouard, Asma Messaoudene como la infantil y creída Asma, Ana Blajojevic como la solitaria e íntima Hélena, Lucie Gallo como la hermana mayor de Ama y responsable Lucie, Martin Meisner como el ligón y narcisista Martin, y finalmente, Nicolas Pietri como el escudero y currante del camping Nicolas. Brac ha construido una película deliciosa y magnífica, de esas que se quedan en la memoria, una comedia romántica como las de antes, pero con la actualidad de aquí y ahora, atemporal como son las películas con vida y alma, con unas vacaciones en un camping junto a un río, como nos recuerda a La ardilla roja, de Medem, ese verano, esa mujer, esos árboles, esa historia, esa pasión, y el misterio, ese misterio del amor, ese virus desconocido, esa serpiente que por mucho que estemos atentos nos acaba absorbiendo y convirtiéndonos en unas almas sin descanso, alegrándonos y sufriendo por ese amor loco, templado, que nos parte y nos hace vibrar, que nos envuelve y nos abandona, que nos da la muerte pero también la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer que escapó, de Hong Sangsoo

TIEMPO EN SOLEDAD, TIEMPO PARA COMPARTIR.

“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”.

Carmen Martín Gaite

Erase una vez una mujer llamada Gamhee, casada desde hace cinco años. Por primera vez, se han separado porque su marido se ha ido de viaje. Circunstancia que la mujer ha aprovechado para visitar a tres amigas, tres amigas que hace mucho tiempo que no ve. La primera, Young-Soon, cuida de su jardín y vive tranquilamente, después de un durísimo divorcio. La segunda, Suyong, profesora de pilates, se gana muy bien la vida, vive sola en un estupendo apartamento. La tercera, totalmente inesperada, es Woojin, antigua compañera de clase, que se encuentra en un pequeño cine. Durante las tres visitas se habla mucho, se comparte comida, bebida, e intimidades, se habla de la vida, del tiempo, de la memoria, de comida, de alcohol, de sueños no realizados, de amor, de frustraciones, de errores, de amantes, de soledad, y sobre todo, se habla de todo aquello que nunca decimos, ni a los demás ni a nosotros. Un diálogo sincero y honesto, una conversación dirigida a uno mismo que se comparte con la persona que tenemos delante.

Desde 1996, Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960), sigue al ritmo de una película por año. Sus veintitrés títulos tendrían su reflejo en Las variaciones Goldberg, de Bach, donde un tema único tiene hasta treinta variaciones distintas, donde la música es otra sin dejar de ser la misma. Una filmografía con innumerables espacios y elementos en común, desde Kim Minhee, su inseparable actriz, siete películas juntos. La cálida y sensible forma de filmar, con planos secuencias medios que mediante un zoom inesperado, encuadra a sus personajes, donde el movimiento se impone si el personaje se mueve, y la música aparece para resignificar algún detalle o dar paso a la próxima secuencia. Sus relatos hablan de sí mismo, como sucedía en el cine de Bergman, donde la realidad y al ficción siempre van de la mano, como si cada película fuese una sesión de psicoanálisis donde el propio Hangsoo y sus personajes de ficción trasladan sus vivencias a la pantalla, donde sus conflictos giran en torno al trabajo, la comedia, la bebida, el amor, los encuentros y desencuentros de sus personajes, unos individuos a la deriva, vacíos, que se sienten solos, incapaces de encontrar la felicidad y sobre todo, un amor real, un amor que los llene y los haga mejores.

Cine de ahora, de nuestros males como sociedad, y las continuas torpezas con nuestros sentimientos y nuestro lugar en el mundo, viviendo en esa permanente insatisfacción e impotentes para conocernos mejor, tomar mejores decisiones y amarnos más. En La mujer que escapó se habla muchísimo, como ocurre en el cine del cineasta coreano, pero nada se dice por decir, todo va encajando y todo tiene un sentido, son películas para escucharse, y para ver las reacciones y las pausas de los personajes cuando miran, escuchan y hablan. Cine para mirar con pausa, sin prisas, concentrados, sintiendo unos diálogos que nos dicen mucho más de lo que aparentan, sumergiéndonos en el interior de los personajes, sus sentimientos y en qué momento emocional se encuentran. En esta ocasión Sangsoo también firma el montaje, amén de la música, un cineasta demiurgo total, mira sus relatos a través de los personajes, una forma cada vez más depurada e intimista, donde cada vez hay más personaje y diálogo, llegando a esa forma de cine primitivo, donde la interpretación lo era todo, con esos conflictos que son mucho pero en la película se cuentan sin estridencias argumentales ni sobresaltos formales, todo mediante una comida, una bebida, un cigarrillo, un paseo, una película, y nada más.

Conversaciones que se verán interrumpidas por la aparición de hombres esperados e inesperados que nos llevarán a entender aún más si cabe la situación sentimental de estas mujeres, porque ante todo, el cine de Sangsoo es un cine de mujeres, de la femineidad, pero para todos los públicos, porque el director coreano habla desde el alma, nos habla desde lo más profundo, y esos conflictos que padecen esas mujeres los padecemos todos, eso sí, sintiéndolos de otras maneras. La citada Kim Minhee vuelve a asombrarnos con su suave y cercana interpretación de una mujer que escucha mucho y habla poco de ella que, por primera vez en cinco años, tiene tiempo para ella y sobre todo, para pensar en su matrimonio y en su existencia, Las Seo Younghwa y Song Seonmi, ya vistas en otras películas del director surcoreano, siguen esa estela de mujeres todavía rotas y en encrucijadas sentimentales de difícil solución, y Kim Saebyuk, nueva incorporación al universo peculiar y rohmeriano del cineasta, siendo esa mujer del pasado que tampoco le han ido las cosas como creía. Sangsoo vuelve a enamorarnos con su cine naturalista y especial, porque todo artificio que a otros le funciona o al menos así lo creen, al director coreano le sobra, porque como ocurre en muchas películas del citado Bergman o Woody Allen, es un cine de puertas entre abiertas, entradas que nos permiten escuchar a los personajes y conocerlos en su intimidad y en su profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cosas que decimos, la cosas que hacemos, de Emmanuel Mouret

EL AMOR ES FELICIDAD Y TRISTEZA.

“No vamos, somos impulsados; como cosas que flotan… fluctuamos entre varias inclinaciones; no queremos nada libremente, nada absoluta-mente, nada constantemente”

Michel de Montaigne

La primera película que vi de Éric Rohmer (1920-2010), fue Pauline en la playa (1983). Todavía era muy joven para entender que todo lo que se contaba en la película era el amor. Que la verdadera naturaleza del amor era la felicidad y la tristeza, sentimientos en apariencia opuestos, pero en la realidad, muy cercanos, porque en la mayoría de ocasiones no sabemos que estamos sintiendo porque no somos capaces de interpretar aquello que estamos sintiendo, un galimatías que no es otra cosa que vivir y relacionarnos con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Con más edad y sobre todo, cuando empecé a tener relaciones, todo aquello que mostraba con tanta naturalidad, sensibilidad, sencillez y complejidad el maestro francés, se convertía en algo “real” para mí, o al menos así lo sentía. Aunque como describía Rohmer, el amor o la idea que tenemos de él, cuando se agarraba a nuestras vidas, nos convertía en un esclavo de esos sentimientos, imposibles de controlar, un torrente que nos zarandeaba y nos inducía hacia lugares imposibles de describir, una emoción, la emoción, que nos hace intimar o no con personas, desearlas o no, amarlas o no, y sobre todo, nos hacía enfrentarnos a nuestros miedos, inseguridades y demás emociones que ocultamos tanto a los demás. El amor según Rohmer no solo era “real”, sino que era aquello que te ocurría en la existencia, porque lo que nos cuenta Rohmer no son solo relatos sobre el amor y nuestro comportamiento cuando creemos enamorarnos o no, sino que son relatos sobre la vida y todas aquellos sensaciones que nos ocurren cuando vivimos, porque de vez en cuando vivimos, sobre todo, cuando amamos y deseamos, o al menos así lo creemos.

Todas las cuestiones referentes al hecho de amar o sentirse amados han estructurado la filmografía de Emmanuel Mouret (Marsella, Francia, 1970), en todas sus películas, que pasan de la docena a lo largo de algo más de dos décadas, sus personajes aman, desean, mienten, son inseguros, tienen miedo, nos aben si aman, y también, se sienten abandonados o muy perdidos. Películas como Laissons Lucie faire! (2000), Cambio de dirección (2006), El arte de amar (2011), Caprice (2015) y Mademoiselle de Joncquières (2018), basada en un relato de Diderot. Historias donde profundiza en el amor, sus cuestiones, sus desdichados y satisfechos personajes, y demás. En Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, la cuestión radica en dos sentimientos enfrentados constantemente, el amor y el deseo, y sus cercanías y lejanías.  Mouret nos sumerge en un relato aparentemente sencillo. Maxime invita a su primo Maxime a pasar unos días en la campiña francesa junto a su novia embarazada Daphné. Como Maxime se ha ido por temas laborales, Daphné y Maxime pasan cuatro días juntos visitando la zona y contándose su vida, o bien podríamos decir, contándose sus sentimientos y sus amores y desamores.

El magnífico guion del propio Mouret, donde la palabra es la base de su narrativa, reflexiona en nuestro interior, en la imposible coherencia en aquello que decimos y lo que finalmente hacemos, describiendo la contradicción y la complejidad del alma humana, y nuestra propia fragilidad existencial y sobre todo, sentimental. El director y actor en ocasiones marsellés nos traslada al pasado, y al presente inmediato, en que tanto Daphné como Maxime nos explican sus amores y sus deseos, en una película que va de un relato a otro, dejándonos clara una verdad irrefutable Rohmeriana, el sentimiento del amor o cuando creemos estar enamorados es un sentimiento extremadamente frágil, nada claro, y además, siempre se maneja por claroscuros, y la solidez de un sentimiento es una utopía, algo que puede romperse en un suspiro, sin nada ni nadie que lo remedie. Mouret describe con minuciosidad y naturalidad las diferentes historias, mirando con serenidad y humanidad a sus personajes, sin juzgarlos en ningún instante, mostrándonos personas como nosotros, torpes e inseguros en el amor, y en todo lo demás, que dan tres pasos hacia adelante y cuatros hacia atrás, que lo único que tienen claro es que no tienen nada claro, que confunden con muchísima facilidad el amor y el deseo, o incluso, el propio amor, que se mueven por un laberinto sumamente complejo del que además se vendan los ojos para dificultarlo más. Mouret, que construye su banda sonora mediante composiciones clásicas de Purcell, Mozart, Chopin, Tchaikovsky, Poulenc, Satie, Debussy, y un largo etcétera, creando esa dimensión atemporal y onírica que tanto tiene el amor y cuando nos enamoramos, que contrasta muy bien con los conflictos que van sucediendo.

Personajes que se enamoran o creen enamorarse de quién no deben, porque está ocupado, o creen sentir algo por alguien que nos hará felices. Pero, quizás el amor es eso, un camino complicado, un ir y venir, un no saber qué y porqué, o no saber nada, y en el fondo, no tener ni idea de cómo querer y a quién querer. Mouret encaja muy bien sus piezas y elementos, desde la intimidad y la cercanía de esa cinematografía que firma Laurent Desmet y el delicioso y suave montaje de Martial Salomon, dos cómplices que ya habían trabajado en su cine. Seis personajes excelentemente bien interpretados por Camelia Jordana, que hace una Daphné encantadora y misteriosa, Vincent Macaigne es François, con ese aire de señor respetado con una familia que caerá en los brazos de Daphné, Niels Schneider con la imagen de atractivo soñador que nada le sale como quiere, ni escribir, ni amar ni saber su lugar, Jenna Thiam, esa joven promiscua que ama a todos y a todo, sin ataduras, que desea y ama, y como todos, también se equivoca, Guillaume Gouix, el amigo que parece que no, pero si, el que se cansa, pero no, un indeciso como cualquiera.

Finalmente, mención aparte tiene el personaje de Louise, la esposa de François, que interpreta con delicadeza y complejidad una maravillosa Émilie Dequenne (la inolvidable Rosetta, de los Dardenne), uno de esos personajes atemporales, que parecen sacados de la novela romántica del XVIII, de carácter, inteligencia y suavidad, que traza un plan para liberar y sentirse liberada, porque no hay nada más bello en la vida que amar, independientemente que sea recíproco, porque si lo es, ya es otra cosa. Situación que nos devuelve al imaginario romántico de Rohmer, al de verdad, el que habla de personas, situaciones y demás, quizás el amor no es otra cosa que hacer lo imposible para que la persona amada sea feliz, aunque para ello tengamos que renunciar a nuestro amor, no lo sé, porque en ocasiones puedes ser feliz con alguien y las circunstancias ajenas lo hagan imposible, quizás, el futuro nos tiene reservado algo especial en nuestras vidas, la única forma de averiguarlo, como explica Mouret, hay que confiar en el amor, porque quién confía en el amor, esta confiando en la vida, en la alegría y tristeza de vivir, y no nos queda otra que seguir amando, equivocándonos, soñando, tropezando, y sobre todo, queriéndonos porque si no poco podremos dar o no sabremos cuando nos dan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lucas, de Álex Montoya

TODOS NECESITAMOS UN POCO DE CARIÑO.

“Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte correctamente serás un verdadero sabio”.

Antoine de Saint-Exupéry

Durante el momento más crítico de la pandemia, la plataforma Filmin estrenó Asamblea (2019), la opera prima de Álex Montoya (Valencia, 1973), de formación arquitectura, pero de vocación cineasta, oficio con el que lleva batallándose desde 1999, en los que ha dirigido la friolera de 14 cortometrajes, con los que ha cosechado más de 170 reconocimientos por todo el mundo. Asamblea era una película sencilla y directa, llena de tensión y sobria, sobre el transcurso de la última reunión de propietarios antes del verano, filmada en una sola localización, con el tono de tragicomedia, entre los que destacan unos finísimos diálogos y el extraordinario reparto que estaban en un gran nivel con nombres como los de Francesc Garrido, Cristina Plazas, Nacho Fresneda, Marta Belenguer, entre otros. Ahora, cuando la pandemia empieza a darnos tregua, y después de su exitoso paso por el Festival de Málaga, Montoya estrena su segundo largo, Lucas, que nace de un cortometraje que rodó en el 2012, recuperando así la existencia trágica de un chaval que, después de una accidente donde ha muerto su padre y él ha salido cojo, se ve viviendo con una madre en su vida que pasa bastante de su hijo, que tiene que soportar burlas y la condescendencia de sus compañeros de instituto.

La existencia de Lucas cambia cuando conoce a Álvaro, un fotógrafo al que le gustan las niñas, que le propone unas fotos para hacerse un perfil falso en los chats. Lucas desesperado por tanta carencia, ya sea emocional como material, acepta la propuesta. El director valenciano ha construido una filmografía desde una mirada hacia la periferia de su tierra, donde abundan seres que pululan entre la falta, ya sea emocional o de otra índole, personas que buscan desesperadamente que los atiendan un poco, en ese sentido, el cine de Montoya se acerca mucho al cine de Fassbinder, colocando en el centro de todo a esas personas con muy poco que andan a la deriva en busca de algo de consuelo y amor, perdidos en un mundo demasiado en el “yo”, y nada en el “nosotros”. Lucas nos pone el foco en un adolescente perdido, metido en un duelo duro por el que se culpabiliza, y sin encontrar la comprensión de una madre que no quiere que la llame así. Álvaro es esa persona a la que nunca debería conocer Lucas, pero la persona menos recomendable a priori, se convierte en ese ser que lo escuchará, lo atenderá y sobre todo, lo protegerá, aunque sea con fines personales.

Montoya plantea una película sobre los prejuicios que mueven el mundo, y por los que nos guiamos la mayoría, juzgando a la ligera sin antes conocer, y conocer de forma profunda y de verdad, planteamientos similares manejaba la película El bola (2000), de Achero Mañas. Ahora, la cosa no va de malos tratos, sino de pedofilia, donde encontramos pinceladas de películas como Harold y Maude (1971), de Hal Ashby, y La flaqueza del bolchevique (2003), de Manuel Martín Cuenca, muy bien mezclado con los ambientes que proponían tanto Rosetta (1999), de los Dardenne, o Sweet Sixteen (2002), de Ken Loach, donde niños debían coger las riendas de su familia ante la imposibilidad de tener una vida “normal”. El director levantino vuelve a contar con cómplices que han ido en su viaje todos estos años, como los de Sergio Barrejón, coguionista que ya estuvo en Lucas, cuando fue un cortometraje, Jon D. Domínguez en la cinematografía y producción, Siddhartha Barnhoorn, en la música, y en la interpretación los fieles Jorge Cabrera, Irene Anula y Jordi Aguilar.

Lucas consigue conmovernos, hacernos reflexionar y sobre todo, nos posiciona en el lugar del otro, para que lo miremos de verdad, sin titubeos ni prejuicios, para que conozcamos al otro, de frente, mirándolo a la cara, encontrándonos con su humanidad. Un guion donde encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, totalmente urbana, donde se refleja el agobio y la tensión que sufre Lucas en ese entorno asfixiante, y aparece Álvaro, casi como una especie de ángel de la guarda, que lo sacará de ese momento, y lo llevará fuera, donde arrancará la segunda parte, completamente desarrollada en los márgenes de la ciudad, en una casa frente a los arrozales y alejada de todos. Montoya ha construido una película transparente, de esas que calan muy hondo, que nos plantea como pensamos y como juzgamos, y nos coloca en el corazón de un relato que tiene mucho de nosotros y de los otros, bajo el rostro de dos personas que deben de esconderse de los demás, porque su “verdad”, aquello que ocultan, es demasiado doloroso para los demás, y deben alejarse para volver a sentirse personas, echando sus demonios interiores e intentando seguir adelante con mucha menos carga culpabilizadora.

Si su parte técnica destaca por su arrojo, transparencia, intimidad, y fisicidad, por la gran capacidad de sacar lo máximo con lo mínimo, donde lo urbano se convierte en un laberinto donde Lucas es obligado a estar. Aunque es en el apartado artístico donde la película arroja sus mejores y más brillantes momentos es en su magnífico trabajo interpretativo de todo su elenco, arrancando con Jorge Motos que da vida al desdichado Lucas, Jorge Cabrera, fogueada en mil personajes, tiene aquí su gran oportunidad con Álvaro, que maneja a las mil solturas y lo convierte en un tipo atormentado que debe huir para ser él mismo. Jordi Aguilar, que ya estuvo en Asamblea, vuelve al universo Montoya con Manu, el novio de Irene, que hace Irene Anula, la madre del chico, por decir algo. Lucas es ante todo una historia muy bien contada, la cámara se coloca donde toca, y sobre todo, sus intérpretes dan vida, y transmiten con claridad y logran componer unos personajes humanos, complejos y llenos de oscuridades, que andan a la espera de encontrarse con un poco de cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA