Viva, de Aina Clotet

NORA DESPUÉS DEL CÁNCER. 

“Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente”. 

Emily Dickinson

Todavía recuerdo las grandes interpretaciones de Aina Clotet (Barcelona, 1982), en películas como 53 días de invierno (2006), Elisa K (2010) y La filla d’algú  (2019), y en las tablas en Escenes d’un matirmoni/Saraband en el TNC. Una actriz de piel, de cuerpo y gestos que traspasan personajes frágiles, vulnerables y humanos. En 2016 debuta como directora en el cortometraje Tiger, para luego codirigir la serie Això no és Suècia (2023), que combinaba drama, comedia y realidad en una pareja que intenta cuidar y educar de forma sana a sus hijas. Viva, su primer largometraje tiene mucho de la citada serie, porque fusiona muchos elementos como la realidad más cotidiana, bien sazonada entre el drama diario con el humor y siempre con una agilidad en la trama e inventada situaciones tan cotidianas como humanas. Un guion coescrito por la propia directora junto a Valentina Viso, también cocreadora y coguionista de la citada serie, en la que siguen ininterrumpidamente la existencia de Nora, una tía de cuarenta y pocos tacos, como cantaba Sabina que, acaba de salir de un cáncer y la vida la sumerge en una dicotomía de vivir como hasta ahora o lanzarse a explorar sin mesura. 

El personaje se lanza a explorar y a explorarse, sin medida, sin seguro y sin nada, en una vida/limbo en el que deja la seguridad y la monotonía de Tom, con el que lleva muchos años, y la aventura y la excitación sexual que significa el joven Max. La vida ya no espera, no se pospone, se vive intensamente, sin saber qué pasará mañana, en un mar de libertad, de exploración íntima, donde el sexo es una forma de libertad y liberarse, de hacer y ser, de no tener miedo a lo que vendrá y a dejarse llevar por las circunstancias, dejando atrás tanto pensar, controlar y planificar. La Nora tiene muchas similitudes con Geni, el personaje de Tots volem el millor per a ella (2023), de Mar Coll, coescrita por la citada Valentina Viso, en el que la mujer de vida marcada y estructurada, tiene un accidente que la hace girar el timón y empezar una vida completamente diferente, menos rígida, menos racional y más vital. Además, Nora es científica y vuelve a trabajar, con vistas de alargar la vida y hacer un futuro mejor. Y cómo no, están sus padres: el padre, científico como ella, y la madre, una locaza que es psiquiatra. Todos los contrapuntos, contradicciones y altibajos de la nueva vida de Nora, como evidencia la fantástica secuencia en la noria y en la feria como una especie de renacer y ser otra.

Para su primera aventura como directora, Clotet se ha rodeado de cómplices como Nilo Zimmerman, que le acompañó en Tiger y la mencionada Això no és Suècia, componiendo una película con una cámara que se pega al personaje principal, con muchísima luz, cegadora y tenue cuando toca, en uno de esos veranos muy calurosos y asfixiantes, con la inclusión de los insectos, tan significativos y reveladores, que recuerda al cine de Buñuel, con unos encuadres en los que la omnipresente Nora traspasa la pantalla, en un personaje que podemos tocar, sintiendo su piel, un cuerpo que respira deseo, libertad y contradicciones. La música de Clara Aguilar, de la que conocemos sus trabajos en Suro, Creatura (otra película hermana en la inmersión en el deseo femenino), y El príncep, entre otras. Unas melodías que, junto con los otros temas dance, van componiendo un mapa lleno de alegrías y tristezas que va exprimiendo Nora. El montaje de Aina Calleja, habitual de la citada Mar Coll y Nely Reguera, amén de estar en Això no és Suècia, en un relato que se va a casi las dos horas de metraje, que tiene intensidad, profundidad y sensibilidad de la que nos hace pensar, sentir y dejarnos llevar, entre el llano y la risa, entre la libertad y la seguridad, entre la vida y la muerte. 

Un reparto magnífico y muy bien escogido en el que encontramos rostros de verdad como Marc Soler que hace el joven bailarín Max, al que hemos visto en series como Celeste. El personaje de Tom, la pareja de años, lo hace Naby Dakhli, que compartió elenco con Clotet en Rastres de sàndal. Tenemos a unos sorprendentes padres de Nora en las interpretaciones de Guillermo Toledo y Lloll Bertran, que transmiten ese espejo/reflejo en el que vive la protagonista. También vemos a una interesante Laura Conejero, y unos estupendos Zaira Pérez y Xavi Daura, uno de los “Venga Monjas”, como una peculiar pareja. He dejado para el final la interpretación de Aina Clotet, que es una maravilla, llena de matices, detalles, amor, sexo, cuerpo, piel, gesto y mirada, en quizás, una de las interpretaciones de su carrera hasta la fecha. No se demoren mucho en ir a ver Viva, porque ya conocen cómo funcionan los ritmos de los estrenos en estos tiempos que corren, porque si llegan tarde, se habrán perdido una película de verdad, uno de esos retratos impecables, contundentes y profundos sobre qué ocurre después de pasar una enfermedad como el cáncer que casi nos mata. Nora, no podía llamarse de otra manera, lo tiene muy claro, va a dejarse de tanta agenda y lista, y va a lanzarse a vivir, pese a quién pese, y pase lo que pase, y a sumergirse en su cuerpo, su piel, su mente y todo el resto, porque vivir es eso disfrutar, equivocarse, reír, llorar, follar, sentir, no saber qué hacer, ser injusto, ser maduro o no, ser generoso y sobre todo, ser y sentir la vida, y todo lo que tiene de bueno y malo, y de qué se yo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Isabel Rocatti

Entrevista a Isabel Rocatti, intérprete de la película «Cowgirl», de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens, en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 19 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Rocatti, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Llorens

Entrevista a Miguel Llorens, codirector junto a Cristina Fernández Pintado de la película «Cowgirl», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 19 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Llorens, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cyril Aris

Entrevista a Cyril Aris, director de la película «Un mundo frágil y maravilloso», en el marco del D’A Film Festival en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 27 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cyril Aris, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pep Munné

Entrevista a Pep Munné, intérprete de la película «Cowgirl», de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens, en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 19 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pep Munné, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Enzo, de Robin Campillo

CUANDO TIENES 16 AÑOS. 

“¡Ah!. El egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡Qué lleno de flores estaba aquel verano del mundo!”

Arthur Rimbaud 

Esto es un cuento de verano. Un cuento que sucede al sur de Francia, en una casa lujosa con piscina en la que vive Enzo. Porque este cuento que ocurre en verano es también su historia. Un chaval de 16 años que, desmotivado por los estudios, decide trabajar como aprendiz de albañilería, ante la oposición de sus padres, ingenieros de profesión y acomodados. Situación que llevará a tantos unos y otros, sobre todo, el padre, más reacio a la postura del hijo, a situaciones muy tensas que los alejarán, como la descriptiva secuencia en unos vacaciones, cuando los padres observan a su primogénito y se muestran muy preocupados ante la deriva de su hijo, junto a otros padres amigos, mientras el susodicho nada despreocupado a lo lejos como si la cosa no fuera con él. También es la historia del descubrimiento y despertar a la vida del citado Enzo, enfrentado al amor, al deseo, al trabajo, y a lo que significa querer ser quién quieres ser a pesar de tu padre y tu entorno.

El quinto trabajo de Robin Campillo (Mohammedia, Marruecos, 1962), está coescrito por él mismo, y el desaparecido Laurent Cantet (1961-2024), que iba a dirigir la película, con el que Campillo coescribió 4 películas y editó 7, y con Guilles Marchand, que a parte de director ha sido guionista para directores como Dominik Moll, Cédric Khan y Valérie Donzelli, y los propios Cantet que hicieron Recursos Humanos (1999), y Campillo en La isla roja (2023). El tono es muy íntimo y naturalista, vamos del trabajo de albañil, y los desencuentros entre Enzo con su padre y su hermano mayor, un espejo completamente acorde a su padre. Mientras el adolescente se relaciona con sus compañeros de trabajo como Vlad, un inmigrante ucraniano, al que ve como refugio y escapatoria. La película se aleja de convencionalismos de otras producciones en las que se lanzan los discursos y la condescendencia, aquí no hay nada de eso, porque se observa y profundiza la complejidad de las situaciones que se van generando en que cada personaje expone sus argumentos y posición, sin caer nunca en la intencionalidad, sino en generar muchas respuestas ante la dificultad que se desarrolla ante un padre con miedo que su hijo decida un futuro muy alejado a su idea. 

El director de Les Revenants (2004), se ha juntado con una gran cinematógrafa como Jeanne Laporier, con más de 65 títulos en su filmografía, junto al lado de grandes cineastas como Téchiné, Ozon, Bruni Tedeschi, Corsini y Verhoeven, entre muchos otros, y una cómplice excepcional para Campillo porque han hecho las cinco películas del director. A partir de un tono cercano y natural, la trama sutil y de verdad, acogiendo esa luz veraniega, tanto de día como de noche, se mueve entre pocos escenarios, unos espacios que no sólo explican lo que sucede sino que genera una información vital de los roles y las diferentes perspectivas que tiene cada personaje, con esa piscina como eje central de discusión. El director de Chicos del Este (2013), sobre las dificultades y oscuridades de los jóvenes del Este recién llegados a Francia, también coge el mando del montaje, donde prevalece la transparencia y lo anticonvencional, es decir, aquí la historia se cuenta desde todas sus miradas y vertientes, alejándose de lo estridente y la virguería argumental, aquí todo emana verdad, tanto en el diálogo como en el silencio, y nada está por estar, porque un personaje como Enzo, tan diferente y tan difícil de encajar en su propio entorno, del que quiere huir sea como sea, en una historia que se ve con mucho interés en sus 102 minutos de metraje. Destacar la presencia en la producción de grandes cineastas como los hermanos Dardenne y Jacques Audiard. 

El cineasta que nos maravilló con su espectacular 120 pulsaciones por minuto (2017) ha sabido acompañarse de unos intérpretes fenomenales como ya hiciese en sus anteriores películas. En esta tenemos la presencia del debutante Eloy Pohu como Enzo, un actor que transmite esa inseguridad en poder dialogar con su padre, en relacionarse con su compañero Vlad y en ese jodido limbo de los 16 años, cuando todavía no eres adulto legalmente y te mueves bajo las sombras de lo que todavía no es pero quieres que sea ya. Están los padres, dos grandes intérpretes como Elodie Bouchez, una mirada y profundidad tan natural como interesante, en un rol más comprensiva y cercana a su hijo rebelde y el actor italiano Pierfrancesco Favino, que transmite también la inseguridad del progenitor que desea una vida diferente para su hijo. Otro debutante es Maksym Slivinskyi, que hace el personaje de Vlad, ese hermano-amigo mayor que es una huida del joven. Si ven una película como Enzo, de Robin Campillo, seguramente les recordará muchos momentos al adolescente que fueron, o quizás, les recuerda a sus padres, al cariño o no que les manifestaron. En cualquier caso, van a ver una historia sobre el deseo de ser uno mismo, aunque nos equivoquemos, porque la verdadera libertad, independientemente la edad que se tenga, es poder decidir tu presente, digan lo que digan los demás, porque es tu vida, tu error o acierto, es en el fondo, tu forma de ser, de experimentar, de descubrir, de relacionarte con el mundo y contigo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calle Málaga, de Maryam Touzani

TODA UNA VIDA EN… TÁNGER. 

“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”. 

Isabel Allende 

Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo. 

La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.   

La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie  Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista. 

Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera. 

Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un altre home, de David Moragas

EL AMOR EN EL ESPEJO.  

“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas”. 

Rosa Montero

Hace seis años me sorprendió gratamente A Stormy Night, de David Moragas (Almoster, Tarragona, 1993), una película sobre dos hombres casi desconocidos que deben compartir un pequeño espacio durante una tormenta en New York. Una historia LGTBI que se desmarca de los habituales conflictos, para profundizar en temas que afectan a las emociones más íntimas. Ahora nos llega Un altre home, el segundo largometraje del tarraconense nos vuelve a plantear la temática LGTBI, pero desde una mirada alejada de los estereotipos y convencionalismos que suelen ir de la mano, porque el relato ahonda en dos jóvenes en la treintena, Marc y Eudald, y los conflictos de cualquier pareja, en la que uno no lo tiene tan claro como el otro, y en las distensiones que se van produciendo a medida que uno quiere ir a más y el otro echa el freno. La insatisfacción como leit motiv de la sociedad actual, en la cual se definen muchos de nuestros problemas cotidianos. 

Moragas habla de su ambiente, de una Barcelona donde la vivienda se ha convertido en un lujo, a pesar que sus protagonistas tienen profesiones liberales. Siendo una película sobre relaciones sentimentales y lo perdidos que andamos, tiene esas texturas sociales, como no puede ser de otra manera. También se habla de familia, de lazos frágiles y de herencia, y sobre todo, el relato habla de quiénes somos, cómo vivimos y hacia dónde vamos, erigiéndose en un relato audaz y sencillo que, en un tiempo, se podrá ver como una cierta forma de vivir y relacionarse en la Barcelona de aquí y ahora. La película se mueve entre el drama intimista, en esos espejos que reflejan nuestra mirada y sentimientos, y rara vez nos devuelve la imagen que hemos proyectado en nuestro interior, dándonos un golpe de realidad que duele mucho, porque no se parece a lo que creíamos que sucedería, las malditas expectativas convertidas en esclavas de nosotros mismos. Hay toques de comedia que se camuflan con esa realidad cotidiana, y otros como los que tienen que ver con la cisterna que actúa como reflejo, que nos aprisiona en un batiburrillo de prisas, fisicidad alocada y un no parar que nos agita hacia no se sabe dónde.  

El cineasta afincado en Barcelona se ha acompañado de algunos de sus cómplices más cercanos como la cinematografía que firma Juli Carné Martorell, habitual del cine de Andrea Jaurrieta, dotando al encuadre de esa ligereza e intimidad en que el espacio doméstico se convierte en verdad y mentira, en insatisfacción y deseo, en espejo y reflejo, como esos maravillosos viajes en taxi, a modo de confesionario en que los personajes se van diciendo o callando según el momento. La música de Clara Peya, de la que conocemos su trabajo en el documental EnFemme (2018), de Alba Barbé i Serra, y películas de Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, entre otros. Una composición que, en algunos instantes, recuerda a la de El perquè del tot plegat (1995), del gran Carles Cases, tan brillante, tan personal, tan juguetón y tan vibrante. El gran trabajo de sonido que firma Júlia Benach, con más de 40 títulos en su filmografía, responsable de las recientes Ruido y Balandrau, vent salvatge, que logra captar todos los matices en una historia honesta que cada gesto, mirada y silencio resultan muy importantes. El montaje de Alba Cid, que conocemos por Les perseides, y las series El estafador del amor y Asfalt, donde coincidió con Moragas que, en sus 90 minutos de metraje, sabe encauzar los conflictos de forma que siendo evidentes sean un elemento más dentro de ese universo habitual de idas y venidas, de miradas indiscretas y de balcones que son un reflejo más. 

Como sucedía en A Stormy Night, el reparto de la película funciona con acierto, naturalidad y sin complejos, con unos personajes nada fáciles que destilan mucha sutileza, cero histrionismo y alejados de lo condescendiente. Tenemos a un enorme Lluís Marqués, visto en Isla bonita, de Colomo, y Girasoles silvestres, de Jaime Rosales, entre otras. Su Marc es un tipo enamorado, aunque le asaltan las dudas de la relación y sobre todo, de sí mismo. Le acompañan Quim Ávila, su chico, mucho más seguro de todo, con cercanía y con esa frase que es la “solución a todo”. La presencia de Bruna Cusí, tan natural y magnífica como es habitual en la actriz barcelonesa, haciendo de Marta, la hermana de Marc, con sus dimes y diretes con el pasado y su relación como esposa y madre. Deberían acercarse a conocer una película como Un altre home, de David Moragas, porque les hará reflexionar sobre quiénes son, sobre cómo aman, y sobre todo, como hacen y deshacen en la sociedad actual que nos ha tocado vivir, con tanta prisa, tanto movimiento y tan poco amor, o el que hay, tan impostado, tan mercantilista y tan mal. La película plantea muchas preguntas, una de las cosas que hace el buen cine, y ninguna respuesta, porque ese asunto tan peliagudo de las conclusiones es cosa de los espectadores, meditando en sus circunstancias y en sus espejos/reflejos particulares. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Caravan, de Zuzana Kirchnerová

MADRE E HIJO. 

“Sólo somos personas cuando nos situamos frente a otro, nunca de forma aislada. Lo que nos convierte en personas es el vínculo con el otro, la relación de amor”. 

Julia Kristeva

Los primeros minutos de Caravan, la ópera prima de Zuzana Kirchnerová (Sokolov, República Checa, 1978), resultan muy reveladores para el transcurrir de lo que veremos a continuación. La situación es la siguiente: Ester, de 45 años, soltera y madre de David, de 15 años, que tiene síndrome de down y autismo, pasan unos días en la casa de unos amigos. En un día de playa vemos a la pareja y sus dos hijas jugando, mientras el padre mira en la distancia a Ester y su hijo que están algo alejados. En el siguiente momento, David desordena el salón en uno de esos enfados. La hija pequeña, en voz baja pero entendible, exclama: “Quiero que se vaya”. La mirada de Ester es todo un poema. Al día siguiente, la citada y su hijo cogen una vieja caravana y se van a hacer kilómetros camino al sur de Italia. Pudiera parecer una huida, o más bien, un gesto de liberación y dejar atrás la compasión y el rechazo. En ese instante, Ester y David arrancan el verano más diferente, liberador y salvaje de sus vidas. 

Resulta muy reconfortante ver una película de estas características, porque a simple vista parece una película de huida, también una road movie, una estructura-excusa que usa la directora checa para centrarse en lo que realmente le importa, y no es otra cosa que plasmar sus propias vivencias siendo madre de un hijo que padece down y autismo, en la que nos habla de vínculos emocionales como la dependencia que se genera entre una madre soltera y un hijo de esas características, del amor sincero e íntimo en esa continúa cotidianidad que parece detenida y que cada día parece el mismo que ayer y el de mañana. También se habla del desgaste emocional de una madre encerrada en esa cárcel de cuatro ruedas, siempre con su hijo al lado, como pegada a él. Pero la trama no se queda ahí, porque el guion que firman Tomás Bojar, director de documental, Kristina Májova, y la propia directora, es muy rico en matices y detalles y nunca se queda en la sobada superficie, sino que sigue profundizando y removiendo las vidas de los citados, con la aparición de Zuza, una joven que, al igual que la pareja, deambula sin rumbo fijo, como huyendo de algo o de sí misma. La entrada de Zuza generará otro tipo de vínculos, y permitirá a Ester explorar en su interior, incluso a David, en su propia sexualidad de un adolescente. 

La cineasta centroeuropea tiene en sus manos de verdad y sentida, y su forma abraza ese concepto acentuando cada mirada, gesto y silencio de sus personajes, en la magnífica cinematografía que firman el dúo Denisa Buranová y Soman Weisslechner, en una cámara que se desliza como una bailarina en el interior de la caravana-hogar y en los espacios que mezclan las playas más turísticas con otros espacios más desolados y sórdidos, en la que vemos a personas en las antípodas como los jóvenes turistas urbanitas que disfrutan de los placeres del mar y las fiestas, y otros, que trabajan en pequeñas granjas aisladas. La música la firman otra pareja como Aid Kid y Viera Marinová, donde construyen todo un espacio de armonías y melodías que acompañan y cuidan cada objeto físico y emocional. El montaje de Adam Brothánek sabe tener la paciencia y la pausa en una película muy física, que viaje de aquí para allá, en un espacio entre lo visible e invisible, que incluye lo emocional de forma muy sutil, sin evidenciarlo, de forma muy honesta y nada intrusiva, dejando ese espacio al espectador para que acompañe, sobre todo, al personaje de Ester, el vehículo de la película, en sus concisos 104 minutos de metraje que se ven con mucho interés y se aleja completamente de la manida condescendencia. 

El trío protagonista es una de las grandes bazas de la película, empezando por la gran Anna Geislerová que hace de una Ester fuerte y valiente a punto de derrumbarse que intenta como puede airearse y encontrarse con su cuerpo, su sexo y sus ansias de libertad. Una actriz excelente que descubrimos en Algo parecido a la felicidad (2005), de Bohdan Sláma, que se alzó con el premio de mejor actriz para Anna, amén de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Toda una hazaña. Le acompañan el debutante David Vostrcil como David, y la tercera pasajera Zuza que interpreta Juliana Olhová, poniendo el contrapunto entre madre e hijo, quizás ese puente que remueve muchas cosas, algunas tan en el fondo que ya iba siendo hora que salieran a respirar. Deberían darle una oportunidad a una película como Caravan, de Zuzana Kirchnerová, porque habla de cosas duras, y lo hace con una verdad que traspasa, que es auténtica y sobre todo, de forma íntima, natural y nada impostada, y plantea situaciones que todos/as hemos o vamos a experimentar en nuestras vidas, ya sea con un hijo, una madre o nuestros padres, porque los vínculos que hemos creado y creamos y los que vendrán siempre seguirán en nuestras existencias, y por eso, es vital que los cuidemos, a los otros y sobre todo, a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA