Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

Wonder Wheel, de Woody Allen

LA RUEDA DEL AMOR.

“Con mi primer marido conocí lo que es amor, con mi segundo marido he conocido lo que no es”

Si tuviésemos que elegir el argumento modelo que estructura el cine de Woody Allen (Brooklyn, New York, 1935) sería el de una mujer adulta que ha pasado la juventud, y ahora, se encuentra en un matrimonio o relación que no le satisface y sueña con aquellos años donde sí conoció el amor. Aunque, circunstancias de la vida, conoce a alguien que la devolverá a aquellos años y la ilusionará como no esperaba, pero la cosa se complicará, y lo que para ella era amor, para la otra persona era una tabla de salvación o un entretenimiento. Finalmente, la mujer volverá a su matrimonio infeliz, del que nunca pudo despegarse, a su rutina, y a seguir soñando con aquellos años donde si conoció el amor. Desde que debutase en el cine con Toma el dinero y corre hace ya casi medio siglo, la filmografía de Woody Allen, con casi 50 títulos, que sigue fiel a su cita anual, se ha movido por distintos y complejos caminos, donde podríamos acercarnos a ella de innumerables formas y maneras, quizás su momento más álgido sería en las décadas de los 70 y 80 con títulos de enorme calidad como Annie Hall (1977) Interiores (1978) Manhattan (1979) Zelig (1983) La rosa púrpura del Cairo (1985) Hannah y sus hermanas (1986) películas que han llevado a Allen a considerarlo uno de los grandes de la cinematografía mundial, en las que a través de comedias agridulces o melodramas arrebatados y sobrios, ha explorado con detalle y sutileza la tragedia y el drama de la condición humana, planteando relatos donde el amor y la traición son su caldo de cultivo.

En su nueva aventura, nos transporta a la costa de New York (el paisaje de su cine) y más concretamente al Coney Island de los años 50 (¿Recuerdan la casa “vibrante” debajo de la noria donde pasó su infancia Alvyn Singer?) el famoso parque de atracciones que ahora sólo es una sombra de aquellos años dorados donde su luz brillaba con intensidad y la gente abarrotaba sus atracciones y disfrutaba con sus juegos y pasatiempos. Este Coney Island, lleno de fantasmas en forma de promesas incumplidas, arranca con Carolina, un joven que huye de su marido gánster ya que lo ha delatado al FBI, la chica llega a esconderse junto a su padre Humpty (el dueño del tiovivo que apenas tiene clientes) al que hace mil años que no ve. Humpty ya no bebe y quiere construir un futuro para su “nueva” hija. También, conoceremos a Ginny (la esposa de Humpty) y al hijo de ésta Richie (un chaval pirómano que la traerá de cabeza). Ginny trabaja de camarera sirviendo pescado, y dejó atrás una carrera como actriz de teatro y un matrimonio feliz que ella misma se encargó de fastidiar, y ahora, frustrada e inestable emocional, se debate en unos días rutinarios y un matrimonio de conveniencia que la ayudó a sobrevivir, tanto a él como a ella. Y para postre, conoceremos a Mickey (que nos contará el relato) un aspirante a dramaturgo que se gana la vida como socorrista en la playa 7.

Todo parece como siempre, los días pasan en el diminuto piso rodeado del bullicio de las atracciones y con la noria como escenario omnipresente en el drama doméstico que vamos a presenciar. Carolina encuentra trabajo en el restaurante con Ginny, ésta empieza una relación con Mickey y Humpty parece interesado en el futuro de su hija, y a parte de pasar las horas en el tiovivo, va a pescar con sus amigotes más que nunca. Todo parece en su sitio, o al menos, todo parece avanzar hacia un lugar del que todavía no conocemos su destino, pero como suele ocurrir en el cine de Allen, el destino nos tendrá reservado un giro inesperado, Mickey empieza a sentirse fuertemente atraído de Carolina, y el supuesto futuro con Ginny parece esfumarse, mientras Ginny acaba viendo en la intrusa hija de su marido una rival difícil de ganar. Y así se suceden las cosas. Un grandísimo reparto encabezado por una brillante Kate Winslet (que recoge el testigo de otras heroínas infelices de Allen como Diane Keaton, Mia Farrow o Cate Blanchett) en un personaje frustrado, con una vida ensombrecida por el fracaso personal de su matrimonio anterior, y que ve en Mickey más que una tabla de salvación para su vida, se enfrasca en esa infidelidad como una última oportunidad para volver a enamorarse y volver a la interpretación.

Jim Belushi da vida a Humpty, un tipo gordinflón y bonachón, y aparentemente feliz en su vida, ya no bebe y sale a pescar con sus amigos, y la aparición de su hija le lleva a una nueva ilusión, protegerla y ahorrar para que estudie. Juno Temple, con su belleza y candidez es Carolina después de un matrimonio fracasado siendo demasiado joven, intenta rehacer su vida al lado de Mickey, aunque los matones de su ex la siguen para acabar con ella. Y finalmente, Mickey, el apuesto aspirante a escritor (que recuerda al David Shayne de Balas sobre Broadway o al Bobby Dorfman de Café Society) que enamora tanto a Ginny como a su hijastra, emtiéndose en un lío de mil demonios a él, y a las mujeres. Allen baña su película con esa luz poética y evocadora, de multiplicidad de colores, no exenta de realismo, obra del prestigioso camarógrafo Vittorio Storaro (segunda colaboración después de Café Society). Woody Allen vuelve a encandilarnos con su sutileza y belleza, en una película que recuerda a la brillantez de Match Point o Blue Jasmine, sumergiéndonos en un paisaje que nos devuelve a aquellos años del American way of life, o podríamos afirmar que aquí estamos ante el reverso del espejo, donde encontramos un parque en horas bajas, gentes que se mueven entre infelices matrimonios, sueños frustrados, y amores de salvación que solo los conducen no a ver la luz, sino a sumergirse más en las tinieblas, a seguir por los caminos transitados que no llevan a ninguna parte, o quizás solo llevan a esos lugares a los que nadie quiere ir, porque como ocurría en las obras de Tennessee Williams, los tranvías pasan cuando menos te los esperas y a veces, aunque logres alcanzarlos, rara vez te llevan a esos lugares donde fuiste feliz o esperas serlo.

Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.

Desig sota els oms, de Eugene O’Neill/Joan Ollé. Teatre Nacional de Catalunya.

AMOR Y TIERRA EN LA AMÉRICA RURAL.

“Jo som la mare fins la darrera gota de sang. La granja era seua. La mare è mort. La granja è meua”

“Vui  compartir-ho  ambe  tu,  Abbie…  presó  o  mort  o  infern  o  tot!”

Nos encontramos en la Nueva Inglaterra de mediados del XIX, en una granja construida madero a madero encima de una tierra agreste y pedregosa, que trabajada año tras año se ha convertido en una tierra fértil y provechosa. Su dueño es Efráin Cabot, uno de aquellos irlandeses que llegaron al nuevo mundo dispuestos a labrarse un futuro, también viven sus dos hijos mayores, Simeon y Peter, que trabajan con el propóxito de abandonar esas tierras y emprender su viaje al oeste donde les espera el oro y una vida más fácil. Y también conoceremos a Eben, el hijo menor, hermanastro de los otros dos, que aunque ama la tierra que trabaja, reprocha al padre la vida miserable que le dio a su madre ya fallecida. Todo parece ir como siempre, con el trabajo diario, los sueños de una vida mejor y los recuerdos de los que ya no están. Toda esa armonía aparente la rompe Abbie, una treintañera de buen ver que se ha convertido en la tercera esposa de Efráin Cabot que, llega a la granja para tener una casa y esa vida que, su triste vida no ha logrado darle.

Después de En la solitud dels camps de cotó, de Bernard-Marie Koltès, sobre las máscaras y los deseos ocultos que interpretaban Andreu Benito e Ivan Benet en un magnífico tour de force, representada a principios de este año en la Sala Pequeña del TNC, Joan Ollé (Barcelona, 1955) vuelve, pero ahora a la Sala Grande con un texto de Eugene O’Neill (1888-1953) uno de los más grandes dramaturgos y escritores estadounidenses que, construye sus obras a través de un grupo de personajes que viven en los márgenes o los traspasan, siempre llevados por los aspectos más sórdidos de la condición humana y que rara vez conseguirán llevar a cabo sus ilusiones y deseos más ocultos. Estrenada en 1924, tiempos difíciles para los farmers de aquella América antesala al crack del 29, un país clasista y sumido en la derrota y la desesperación que martilleaba incesantemente a las clases más humildes y trabajadoras.

En la versión de Iban Beltran y el propio Ollé se recupera el lenguaje coloquial, aquel angloirlandés que hablaban aquellos granjeros de mediados del XIX, elemento indispensable para acercarnos a ese mundo miserable y violento, en el que tanto unos y otros huyen sin remedio de un destino cruel, y todos los medios que tienen a sus alcance, en vez de alejarlos de esa tragedia, los acerca más irremediablemente. El viejo Cabot que ya pasa de la setentena es un hombre al final del camino, las fuerzas que ayudaron a levantar su granja están oxidadas y el viejo amo se niega a desaparecer e intenta mantener a flote todo aquello por lo que luchó, se encuentra cansado y lucha con todas sus fuerzas para no sentirse solo, ya que sus hijos no han continuado su camino y lo han abandonado. Su idea de dejar un heredero a su granja parece ir por buen camino con la llegada de Abbie, que parece que le dará ese ansiado hijo que continuará su legado. Abbie es una arpía, una mujer hecha a sí misma, que tiene en su belleza su mejor arma, encuentra en la boda con el viejo Cabot un negocio formidable para sus deseos de tener una casa, y sobre todo, un hogar. Y el vértice de este fatal triángulo lo compone Eben, lastrado por el recuerdo omnipresente de su madre muerta, quiere mantener su espíritu quedándose en propiedad con la granja, ya que, según él, fue de su madre. Eben es impetuoso, con carácter, y aunque ama la tierra y la granja, su deseo está más arraigado a la memoria de su madre.

O’Neill se inspira en los clásicos griegos, en las pasiones rurales de Tolstoi,  y su dramaturgia recuerda a los dramas negros lorquianos, en un relato intenso, pasional y violento acotado en un año, situándonos en las cuatro paredes de la granja, y las relaciones humanas, complejas y llenas de sombras y violentas, cuando el conflicto entra en esa tranquilidad onírica, cuando Abbie y Eben, cada uno por motivos diferentes, más cerca de sus intereses materialistas que otra cosa, empiezan una relación amorosa, una relación oculta, salvaje e incestuosa que, llegará a oídos de todos, menos del viejo Cabot. Pero lo que empieza como un cúmulo de deseos materiales deviene en un amor puro, en una pasión arrebatadora que consigue enmendar a esas dos almas desdichadas, en el fondo, y el deseo de construir algo juntos descubriendo la importancia de compartir. Dejar el “yo” y el “mio”, por  el “nosotros”, por el sentimiento de confianza y dejar el individualismo imperante que ha ceñido sus existencias por el de la felicidad compartida, aunque esta sea porhibida, oscura y oculta de las miradas ajenas.

La rompedora y estética escenografía de Sebastià Brosa compuesta de dos espacios, uno, a su vez, muestra 4 ambientes: la fachada y los campos, la cocina, las habitaciones, tanto del matrimonio como de Even, que la pared desnuda nos ofrece dos lugares en uno, creando un magnífico juego escénico, y por último, la estancia mortuoria de la madre de Eben, donde pervive su memoria más viva cada día. Espacios donde impera el realismo de las situaciones y la oscuridad de cada uno de los personajes,  y el otro espacio, esas escaleras que nos llevan a una plataforma que hace las veces de camino que lleva al pueblo, donde iluminada de forma expresionista, observamos algunos de los momentos más intensos de la solitud y los conflictos de cada uno de los personajes. Todos esos ambientes que se mueven debido al espectacular movimiento circular obra de Andrés Corchero y Ana Pérez que, nos trasladan con especial detalle según el movimiento de los personajes.

Una obra cuidada, de temperamento escénico, y brutal desarrollo, en el que la tragedia de tres actos va apareciendo lentamente, sin prisa. Un drama rural que se apoya en el fantástico trío de intérpretes sabiamente dirigidos por Ollé, tenemos a Pep Cruz como el viejo y cansado Cabot (que recuerda a los viejos pistoleros de las películas de Peckinpah, que se niegan a asumir que su tiempo finalizó y su tiempo se ha convertido en almas en pena) a Laura Conejero, guapísima y elegante, en uno de sus mejores trabajos, llena de sensualidad y erotismo, una especie de mantis religiosa, una femme fatale que arrancará con esos deseos materialistas para alcanzar su presa, pero que el destino la hará cambiar de planes y caer arrastrada por ese amor oscuro pero llena de pasión, y por último, Ivan Benet, convertido en uno de los mejores actores de su generación, que repite con Ollé, en un personaje atrapado en los recuerdos maternos, que encuentra en Abbie una oportunidad de ser feliz, una mujer pasional y sexual donde llevar a cabo sus más bajos instintos, y sobre todo, vivir en una zona de paz que tanto ansía encontrar. Ollé ha construido una obra sobre las ambiciones materialistas, sobre el capitalismo que derrota a las personas y las consume de egoísmo, individualismo y las vuelve posesivas en lucha fraticidad con el amor romántico, ese amor puro, el que nace sin querer, el que ama con humildad, desnudo y desarmado, y consigue devorarnos con esa atmósfera fatalista que se abre paso en un mundo rural machacado y cruel que, se muere cada día, a través de unas relaciones humanas duras, violentas y miserables.

La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter

KUMAIL Y EMILY SE CONOCEN Y… ¿ENAMORAN?

Se ha escrito y se escribirá muchísimo sobre el hecho de enamorarnos. Ideas, reflexiones y análisis existen infinidad, tantos como enamorados o no ha habido a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que significa “estar enamorado”, lo único que sabemos o no, se basan en nuestras experiencias más íntimas, esa cosa que bulle en nuestro interior cuando nos acercamos o hablamos con esa persona que, de repente un día, penetra en nuestros pensamientos para quedarse, nunca conoceremos qué extraño mecanismo hace que eso suceda, quizás tiene que ver y mucho sobre nuestra emocionalidad o no, lo que sí sabemos con certeza que, cuando se introduce en nuestro interior ese extraño sentimiento que no podemos explicar, pasamos por toda una serie de conflictos internos, algunos placenteros y otros, no. La película dirigida por Michalel Showalter (Princeton, Nueva York, 1970) comediante, actor y director fogueado en televisión, alcanzó cierta notoriedad con la película Hello, My name is doris (2015), donde una Sally Field sesentera reflexionaba sobre lo laboral e intentaba ligar con su compañero joven, y la serie Love, donde coincidió con Judd Apatow, otro neoyorquino que ha dirigido algunas comedias renovadoras del género apostando por un humor irreverente, crítico y audaz como Lío embarazoso o Y de repente tú, entre otras.

En La gran enfermedad del amor anudan sus esfuerzos para hablarnos del amor o algo que se le parece, y lo hace de un modo realista, auténtico, vital o podríamos decir, muy parecido a lo que nos podría ocurrir en algún momento de nuestras vidas, porque su pareja de guionistas Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon trasladan sus vivencias a la gran pantalla, nos explican cómo se conocieron y se enamoraron o no. La trama se sitúa en Chicago, donde nuestro protagonista Kumail, de origen pakistaní, se gana la vida como conductor, pero su gran sueño es ser monologuista, sueño que trabaja algunas noches en un club de la ciudad. Una de esas noches, conoce a Emily, una estudiante de psicología, se acuestan y aunque ninguno de los dos lo desea aparentemente, comienzan a salir. Mientras tanto, la familia de Kumail, y su madre en cuestión, de fuertes raíces musulmanas, intenta sin conseguirlo presentarle jóvenes pakistaníes para que Kumail elija esposa y se case. Aunque como suele pasar en estos casos, cuando las diferentes étnicas y culturales son tan grandes, la pareja entra en crisis y las cosas comienzan a ir de mal en peor.

La trama es sencilla y honesta, y reflexiona y mucho sobre la naturaleza del amor, sobre quiénes somos y a qué estaríamos dispuestos a hacer para ayudar a la persona que amamos. Preguntas que tarde o temprano surgen en cualquier relación que tengamos, cuestiones que quizás no nos hemos preguntado nunca, y que las circunstancias, de una manera u otra, nos llevarán a formularnos, quizás la película si bien consigue un ritmo excelente, lleno de situaciones tanto divertidas en el primer tramo, y luego se convierte en un drama realista y emocionante, cuando Emily contrae una grave enfermedad, en el último tramo la película se endulza, no mucho y nos acaba llevando por terrenos más transitados por las comedias románticas que tanto conocemos. Aunque Showalter consigue hacer una película que combina con holgura la comedia y el drama, y en algunos instantes roza la gran comedia clásica, y en otros, se adentra en un drama, donde Kumail se convierte en el intruso incómodo que no solamente tendrá que lidiar con sus sentimiento hacia Emily, sino que circunstancias de la vida, tendrá que relacionarse con los padres de la joven que se supone que ama, y con los suyos, que se empecinan en hacer de su vida algo que él no desea.

Un gran trabajo de la pareja protagonista, por una parte a Kumail Manjiani, surgido de la serie cómica Silicon Valley, que se interpreta a sí mismo, y Zoe Kazan, que compone una Emily divertida y de carácter que, no sólo deberá pasar por una dolencia grave, sino que medirá su amor por Kumail. Les acompañan los padres de ella, Terry, y Beth, que la interpreta la gran Holly Hunter, aquí, en una madre algo arisca e irascible. Una comedia valiente, realista y divertida que, ahonda no sólo en esos sentimientos contradictorios que nos contaminan cuando nos enamoramos o no, sino que también reflexiona sobre las relaciones humanas, nuestras diferencias, y todo aquello que somos, y que a veces nos separa y otras, nos une, aunque nunca lleguemos a saber nuestra naturaleza humana, y sobre todo, nuestra fragilidad emocional, y de esa manera, conocernos profundamente, hasta que nos enfrentemos a esos sentimientos que llamamos amor.

En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi

¿QUÉ SOÑASTE ANOCHE?.

Un nuevo día, un día como otro cualquiera, en un matadero de cualquier ciudad europea, sus empleados se mueven mecánicamente por las diferentes salas, haciendo su trabajo como cada día. Se reúnen en el comedor para ingerir alimentos, todos se mueven de manera tranquila y mecánica, pero, nos quedamos viendo a uno de ellos, Endre, el maduro director financiero, impedido de un brazo, que come el estofado que más le gusta. De repente, algo llama su atención, se trata de Mária, una joven atractiva que es la nueva inspectora de sanidad. El séptimo trabajo de Ildikó Enyedi (Budapest, 1955) después de un largo período sin dirigir largometrajes, 18 años exactamente, dedicados a la enseñanza, a trabajos en campos como el documental, el cortometraje o la televisión, después de su celebrado Mi siglo XX, debut allá por 1989, premiado en Cannes y en innumerables festivales, y elegida como una de las mejores películas del cine húngaro. La cineasta húngara nos cuenta una peculiar y original historia de amor, dos seres antagónicos aparentemente pero con grandes similitudes emocionales, que descubren por azar que sueñan lo mismo. Sueñan con dos ciervos, macho y hembra, que se encuentran en un bosque nevado rumiando, buscando comida, bebiendo de un arroyo, etc.

Enyedi construye su película de forma sencilla y austera, situándonos en apenas algunos espacios, el matadero, por el día, con los quehaceres mecánicos y asépticos, donde la mecanización absorbe cualquier vestigio de humanidad, ya no digamos las relaciones superficiales que allí se mantienen, en contraposición, con los pisos de los dos protagonistas, fríos e incómodos, pero que nos descubren la intimidad y las interioridades de cada uno de ellos. Tanto Endre, el maduro de vida apagada y vacía, que debido a su edad ya se ha retirado y ha renunciado a volver a enamorarse, y acepta su vida y su trabajo de forma tranquila y aburrida, en el que las cosas funcionan de forma cotidiana y aburrida, y luego está Mária, una joven muy observadora y extremadamente eficaz en su trabajo, pero carece de sociabilidad, debido a sus problemas emocionales, ya que le resulta incapaz de relacionarse con los demás de manera natural, y tiene su sexualidad apagada. Un relato sencillo y emocionante que nos relaciona con el mundo animal, tanto con los ciervos de los sueños, como las vacas que son sacrificadas en el matadero, las emociones de unos seres no tan alejadas de las nuestras.

Dos seres cotidianos, con los que nos cruzamos cada día por la calle, que no llaman la atención, dos seres que podríamos ser nosotros, llevando sus vidas sin más, unas vidas vacías y ancladas en la nada, del trabajo a casa, alguna cerveza en un bar triste y vacío, y cenas precalentadas mientras se aburren mirando un estúpido programa de televisión. Vidas sin más, como tantas existen y tenemos en estas sociedades industrializadas, donde todo se ha racionalizado y las emociones han quedado castigadas sin más, done todo se desarrolla bajo los objetivos materiales sin importar los sentimientos. Endeyi cimenta su película bajo los territorios de sus anteriores trabajos, donde la condición humana y las relaciones personales forman la estructura argumental de su cine, mostrando relatos cotidianos donde esa aparente sencillez oculta conflictos interiores personales y sociales difíciles de resolver, en unas tramas donde se mezclan la realidad con el mundo de los sueños, como les ocurre a sus protagonistas, seres mundanos que ocultan graves conflictos emocionales, pero que descubrirán que no todo está perdido, porque ese mundo onírico que los tiene seducidos, quizás tiene su interpretación en el mundo real en el que viven diariamente, aunque su materialización resulte demasiado complejo y provoque grandes tensiones entre ellos, debido a sus torpezas, miedos e inseguridades.

Endeyi ha construido una bellísima película sobre el dolor, el amor, la vida, y el mundo de los sueños, de lo que somos y en realidad, deseamos ser, de todo aquello que ocultamos por miedo a sentirnos rechazados y todas nuestras cargas emocionales que tanto cuesta compartir, en una cinta que atrapa desde su frágil armonía de personajes, espacios y elementos, en un inmenso trabajo de luz, que se mueve entre la frialdad y el claro oscuro, de colores muy opacos, obra de Maté Herbai, y el detallista trabajo de arte de Imola Láng, que bucea en la desnudez de unos espacios deshumanizados e incómodos, el sutil y preciosista montaje de Károly Szalai, y la suave y seductora música de Ádám Balázs, un equipo técnico de trabajo ejemplar, que ayudan a contarnos esta íntima y bellísima historia donde la gran pareja protagonista, Géza Morcsányi que da vida a Endre, debutante en el cine, que ha desarrollado su profesión en una de las grandes editoriales del país, y Alexandra Borbély, componiendo a la correcta y fría Mária. Una pareja que se aleja de los intérpretes de las historias románticas al uso, aunque esta es una historia de amor diferente, compleja y conmovedora, que nos atrapa suavemente, sin necesidad de artificios, sólo con un par de personajes, un trabajo sin más, y unos sueños que se comparten y provocan emociones complejas y seductoras a ambos.

Morir, de Fernando Franco

EL AMOR ENFERMO.

“El amor es exigente”.

Tanto el arranque como el cierre de la película, filmados en los mismos escenarios, indican de forma necesaria y ejemplar el camino tortuoso y brutal que sigue ella, Marta, la mujer de este relato, donde la trama se posará para contarnos, a través de su mirada inquieta y rota, este drama que casi podríamos hablar de drama otoñal, porque los cielos grises y nublados del norte acapararán no sólo el ambiente donde se desarrollan los acontecimientos, sino el ánimo de sus dos personajes. Porque la cinta nos cuenta un año en la vida, o podríamos añadir, la no vida, o la despedida de Luis, novio de Marta, que sufre una enfermedad terminal. Después de someternos a la existencia de Ana, la enferma de TLP que se hacía daño a ella y a todos los de su entorno, en un durísimo drama sobre las consecuencias de las depresiones y la ansiedad, en La herida (2013), interesante debut de Fernando Franco (Sevilla, 1976) como director después de una larga trayectoria como montador, en los que ha trabajado en títulos de Armendáriz, Berger, Sorogoyen o Ángel Santos, entre muchos otros.

Franco vuelve a sumergirnos en un durísimo drama de andamiaje sobrio, cocido a fuego lento, y contenido sobre dos personajes, el enfermo y su cuidadora, mientras su amor libre de ataduras y emocionante, se ve sometido a este duro camino, donde resucitarán los miedos e inseguridades, no sólo de cada uno, sino del amor que sienten. Un enfermo que se esconde de los demás, que le cuesta aceptar su enfermedad y deterioro, y una compañera, que deberá asumir la voz y la palabra del sufrimiento, mintiendo a los demás, haciendo ver que el problema que viven, no les afecta a ellos. Franco y su coguionista Coral Cruz (que firmó la adaptación de Incerta glòria) se inspiran en la novela corta de Arthur Schnitzler para envolvernos en un drama íntimo, que se desarrolla casi en la totalidad de cuatro paredes, el piso de la ciudad y la casa junto al mar de las vacaciones otoñales, donde aflorarán las mentiras, la culpa y el miedo, en unos personajes que lidian como pueden ante la adversidad de la enfermedad, ante la fractura de su vida, ante ese amor que no pueden retener y tienen que despedir.

La luz tenue y desnuda, con tonos opacos y muy suaves de Santiago Racaj ayuda a crear ese paisaje frío de dolor y silencio que se ha instalado en sus vidas, unas vidas que ya no tienen futuro ni proyectos, sino instaladas, muy a su pesar, en un continuo enfrentamiento con la enfermedad en este peculiar y doloroso descenso a los infiernos cotidiano, que casi podemos sentir y tocar, como si estuviéramos presentes en las habitaciones del piso, el hospital o esa casa junto al mar, excelentemente confeccionadas por el arte de Miguel Ángel Rebollo, que dota a las estancias de esa frialdad incómoda y automatizada que se ha quedado en estas vidas. Franco acota su película en un año, 365 días en la que seremos testigos de ese tiempo enfermo, en el que plantea su película desde la mirada observadora, el cineasta que mira y filma con detalle y tiempo su película, sin caer nunca en ningún sentimentalismo ni excesiva empatía con sus espectadores, aquí todo sucede en un tempo candente, todo sucede sin sobresaltos, como si la enfermedad hubiese contaminado no sólo su alrededor, sino a ellos mismos, como si hubiese penetrado en su espíritu y ahora tuviesen que arrastrarlo con mucha dificultad y sufrimiento.

Las contadas localizaciones exteriores de la película, enfatizan aún más si cabe, el deterioro de los personajes, sumiéndolos en un entorno agreste y rocoso, como sucede con los exteriores urbanos, donde Marta encuentra esos espacios ajenos a ella, pero necesarios para disfrutar de un leve alivio ante lo que le espera en su hogar, que además describen su interior, esa rotura del alma que debe vivir esta enfermedad que va a transformar sus vidas, y ya nada volverá a ser igual. Franco instala su cámara en esa enfermedad contada como un diario, con sus horas, minutos y segundos, donde parece que el tiempo no existe, sólo el tiempo entre inyecciones, desesperaciones y la terrible agonía, acercándose en forma y planteamientos a Elena, de Andrei Zvyagintsev o Amor, de Haneke,  sendos dramas muy sobrios de perfecta ejecución formal y emocional, donde la distancia y la prudencia emocional revisten las experiencias en emocionantes sin ser emotivas, y en capturar la intimidad, lo que queda tras la puerta, de esas frágiles vidas que se van lentamente.

La admirable composición de la pareja protagonista, que vuelven a trabajar con Franco después de La herida, unos contenidos y sobrios Marian Álvarez que vuelve a enfundarse un personaje difícil y doloroso que tiene que lidiar con un novio enfermo que no pone las cosas fáciles, sino todo lo contrario, inventarse un sufrimiento frente a los demás, y sobrevivir al que tiene en casa, y a su lado, Andrés Gertrudix como el enfermo, sacando esa decrepitud y desaliento que le exige un personaje que se oculta tras su pareja, ese amor resquebrajado, ausente y enfermo que le ayuda a no sentirse sólo, aunque esto a veces no resulte lo más apropiado. Franco lo ha vuelto a hacer, nos ha sumergido en una película compleja, que se dirige a todos nosotros, desde la sinceridad, adoptando un tono serio y ajustado, donde todo respira en su tempo, donde las cosas suceden de forma sencilla y austera, centrándonos en un amor que deviene en otra forma de amar, en otra forma de sentir, y sobre todo, en otra forma de cuidar y a pesar de todo, continuar escuchando el leve aliento de tu amor que se va perdiendo, cada día un poco más…


<p><a href=”https://vimeo.com/231870512″>MORIR_TRAILER_INTERNET_PRORESHQ_5.1_25_</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/kowalskifims”>Kowalski Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>