Los pasajeros de la noche, de Mikhaël Hers

UNAS VIDAS DURANTE LOS OCHENTA.

“Quedará lo que fuimos para otros. Trocitos, fragmentos de nosotros que quizá creyeron entrever. Habrá sueños de nosotros que ellos nutrieron. Y nosotros no éramos nunca los mismos. Cada vez éramos esos magníficos desconocidos, esos pasajeros de la noche que ellos se inventaron, como sombras frágiles, en viejos espejos olvidados en el fondo de las habitaciones”.

El universo del cineasta Mikhaël Hers (París, Francia, 1975), pivota sobre la idea de la ausencia, la que sufrían Lawrence y Zoé, novio y hermana de la fallecida Sasha en Ce sentiment de l’eté (2015), y David, que perdía a su hermana mayor y debía hacerse cargo de la hija de esta, Amanda en Mi vida con Amanda (2018). El mismo vacío que padece Élisabeth, una mujer a la que su marido acaba de dejar para irse a vivir con su novia en el lejano 1984. Un guion de libro, bien detallado que firman Maud Ameline, que vuelve a trabajar con el director después de Mi vida con Amanda, Mariette Désert y el propio director, que recoge el ambiente de aquellos años con sutileza, con momentos felices, tristes y agridulces.

La película arranca con unas imágenes reales, las de aquel 10 de mayo de 1981, el día que Mitterrand ganaba las elecciones francesas y se abría una etapa de euforia y felicidad. Inmediatamente después, nos sitúan en 1984, en el interior de las vidas de la citada Élisabeth y sus dos hijos, Judith, una revolucionaria de izquierdas en la universidad, y Matthias, un adolescente de 14 años, pasota y perdido. La llegada de Talulah, una chica de 18 años, que vive sin lugar fijo y frecuenta mucho la noche, cambiará muchas cosas en el seno de la familia, y sobre todo, los hará posicionarse en lugares que jamás habían imaginado. La mirada del director, que en la época que se sitúa su película era un niño, es una crónica de los hechos de verdad, muy humana y cercanísima, alejándose de esa idea de mirar el pasado de forma edulcorada y sentimentalista, aquí no hay nada de eso, sino todo lo contrario, en los que nos cuentan la idea de empezar de cero por parte de Élisabeth, una mujer que debe trabajar y tirar hacia adelante su familia, con la inestimable ayuda de un padre comprensivo y cercano.

La historia recoge de forma extraordinaria la atmósfera de libertad y de cambio que se vivía en el país vecino, con momentos llenos de calidez y sensibilidad, como esos momento en el cine con los tres jóvenes que van a ver Las noches de luna llena, de Éric Rohmer, protagonizada por la mítica actriz Pascal Ogier, desaparecida en 1984, una referencia para Talulah, con la que tiene muchos elementos en común, el momento del baile que da la bienvenida a 1988, y qué decir de todos los instantes en la radio con el programa que da título a la película, “Los pasajeros de la noche”, para todos aquellos que trabajan de noche, y todos aquellos otros que no pueden dormir, y necesitan hablar y sentirse más acompañados. A través de dos tiempos, en 1984 y 1988, y de dos miradas, las de madre e hijo, la película nos habla de muchas cosas de la vida, cotidianas como el despertar del amor en diferentes edades, la soledad, la tristeza, la felicidad, la compañía, aceptar los cambios de la vida, aunque estos no nos gusten, y demás aspectos de la vida, y todo lo hace con una sencillez maravillosa, sin subrayar nada, sin dramatizar en exceso los acontecimientos que viven los protagonistas.

Como ya descubrimos en Mi vida con Amanda, que se desarrollaba en la actualidad, Hers trabaja con detalle y precisión todos los aspectos técnicos, donde mezcla fuerza con naturalidad como la formidable luz que recuerda a aquella ochentera, densa y luminosa, que firma un grande como Sébastien Buchman, con más de 70 títulos a sus espaldas, un exquisito y detallista montaje de otra grande como Marion Monnier, habitual en el cine de Mia Hansen-Love y Olivier Assayas, que dota de ritmo y ligereza a una película que abarca siete años en la vida de estas cuatro personas que se va casi a las dos horas. Un reparto bien conjuntado que emana una naturalidad desbordante y una intimidad que entra de forma asombrosa con un excelente Didier Sandre como el padre y el abuelo, ayuda y timón, que en sus más de 70 títulos tiene Cuento de otoño, de Rohmer, Megan Northam es Judith, la hija rebelde que quiere hacer su vida, la breve pero intensa presencia de Emmanuelle Béart haciendo de locutora de radio, solitaria y algo amargada.

 Mención aparte tiene el gran trío que sostiene de forma admirable la película como Quito Rayon-Richter haciendo de Matthias, que encuentra en la escritura y en Talulah su forma de centrarse con el mundo y con el mismo, con esos viajes en motocicleta, que recuerdan a aquellos otros de Verano del 85, de Ozon, llenos de vida, de juventud y todo por hacer, una fascinante Noée Abita, que nos encanta y hemos visto en películas como GénesisSlalom y la reciente Los cinco diablos, entre otras, interpretando a Talulah, que encarna a esa juventud que no sabe qué hacer, y deambula sin rumbo, sola y sin nada, que conocerá el infierno y encontrará en esta familia un nido donde salir adelante, y finalmente, una deslumbrante Charlotte Gainsbourg, si hace falta decir que esta actriz es toda dulzura y sencillez, como llora, como disfruta, ese nerviosismo, esa isla que se siente a veces, como mira por el ventanal, con ese cigarrillo y esa música, que la transporta a otros tiempos, ni mejores ni peores, y ese corazón tan grande, que nos enamora irremediablemente. Nos hemos a emocionar con el mundo que nos propone Mikhaël Hers, que esperemos que siga por este camino, el camino de mirar a las personas, y describiendo con tanta sutileza y sensibilidad la vida, y sus cosas, esas que nos hacen reír, llorar y no saber lo que a uno o una les pasa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los cinco diablos, de Léa Mysius

LA NIÑA OBSESIONADA POR LOS OLORES.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

La trayectoria como guionista de Léa Mysius (Bordeaux, Francia, 1989), es realmente impresionante ya que ha trabajado en películas de Jacques Audiard, Arnaud Desplechin, André Techiné, Claire Denis y Stefano Savona. Ahí es nada. Como directora nos había encantado su opera prima Ava (2017), sobre una niña de trece años que se está quedando ciega durante sus vacaciones junto a su madre, rodeada de playas y mucho sol. Para su segundo trabajo, Los cinco diablos, la directora francesa se ha ido al otro extremo, a un lugar dominado por el frío y la nieve, más concretamente a la pequeña localidad de Rhönes Alpes, al pie de las famosa cordillera, y nuevamente, en el seno de una familia, una familia muy diversa y diferente, encabezada por Joanne, la profesora de natación, el marido Jimmy, jefe de bomberos de piel negra, y la hija de ambos, Vicky, una niña mestiza que está obsesionada por los olores, que logra diferenciarlos y almacenar sus aromas en botes que etiqueta y guarda celosamente.

Toda esa apariencia tranquila, pero muy incómoda y fría, se desatará con la llegada de Julia, la hermana de Jimmy, abre una profunda grieta en el seno familiar, porque destapará un pasado oscuro y tenebroso que el matrimonio intenta olvidar. Además, Vicky descubrirá por azar que uno de sus aromas la lleva físicamente a ese pasado que los adultos se callan. Mysius enmarca su película en el género fantástico, introduciendo el terror en una fábula tremendamente cotidiana y cercanísima, para profundizar en la condición humana, en todas las secuencias de nuestros actos del pasado, y la condena de vivir con esas acciones equivocadas. Temas como la diversidad, el odio, el racismo, la transmisión, la comunicación, el amor frustrado, el peso del pasado, y sobre todo, el silencio como forma de supervivencia y sufrimiento constante. La película juega mucho con los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua, muy presentes en las existencias de los seis personajes en liza, en una estructura clásica en su forma pero enrevesada en su narración, por sus continuos flashbacks que se entienden sin problema, para generar esa oscuridad y silencio del presente y todos los acontecimientos adversos y complejos que vivieron en el pasado los diferentes actores del relato.

La cineasta francesa se rodea de estupendos técnicos para llevar a buen puerto su enigmática y a ratos, mística propuesta, y para ello recupera a dos cómplices de su primer largo, como Paul Gilhaume, que hace labores de coguionista junto a la directora y se encarga de la cinematografía, en un magnífico trabajo donde fusiona con credibilidad e intimidad lo gélido del lugar con la intensidad emocional que viven los protagonistas, donde se maneja con soltura a pesar de la complejidad de la historia, y la cómplice Florencia Di Concilio, en la música, importantísima en una película que debe callar información y construir esa inestabilidad emocional y física tan fundamental en una película de estas características, donde el silencio es tan importante como la música que escuchamos. La incorporación de Marie Loustalot en el apartado de montaje, que impone un eficaz y fabuloso ritmo de cadencia y concisión en un metraje de noventa y cinco minutos, donde abundan las miradas, los silencios y sobre todo, los abundantes secretos que se amontonan en las vidas pasadas y presentes de los personajes.

Un reparto lleno de contención y sencilla composición ayuda a la credibilidad tanto de los individuos como de la inquietante historia que se nos cuenta, encabezado por una extraordinaria Adèle Exarchopoulos como Joanne, esa madre y profesora de natación, que tanto guarda y tanto dolor lleva, con esos extraños baños en el lago helado. La niña Sally Dramé como Vicky, debutante en el cine, consigue con muy poco dar vida y aplomo a una niña que tan importante es en el relato, actuando como testigo del pasado siniestro que recorre a los adultos. Swala Emati como Julia, un personaje que parece una cosa pero es otra muy distinta, crucial en el devenir de la trama. Moustapha Mbengue, ese padre callado, casi ausente, que cada vez tendrá más presencia a medida que los acontecimientos se vayan desatando. Daphné Patakia es Nadine, amiga de Joanne, con su parte de implicación en el suceso en “Los cinco diablos”, un lugar metido en la memoria de los diferentes personajes, y finalmente, Patrick Bouchitey como el padre de Joanne, un tipo que niega muchas cosas y rechaza otras, como su racismo cotidiano, que no vocifera pero existe en mucha parte de la sociedad que no se considera racista.

Léa Mysius demuestra con Los cinco diablos (sugerente título que también es otro misterio que la película revelará a su debido momento), ha acertado de pleno con su mirada crítica a una sociedad cada vez más inmadura emocionalmente, incapaz de resolver sus conflictos, optando por la cobardía, en la que huyen por el distanciamiento y se ocultan en un silencio hipócrita y doloroso. Un relato aparentemente cotidiano, pero muy profundo en su quirúrgico análisis de la condición humana, en esta interesantísima mezcla de amores frustrados, drama íntimo y fantástico y terror, con el mejor aroma de The Innocents, de Clayton, El bebé de Rosemary, de Polanski, El resplandor, de Kubrick o más reciente Déjame entrar, de Alfredson, entre otras, para contarnos una película sobre nosotros, sobre la sociedad en la que vivimos, con nuestros prejuicios, miedos e inseguridades, en la cual debemos mirar al pasado, a todos nuestros errores, y si es posible, enmendarlos, porque el tiempo va en nuestra contra y quizás, nos estamos perdiendo a las personas que más nos han emocionado, y más hemos querido, no tarden, mañana ya es tarde, por la vida siempre pasa y más rápido de lo que nos gustaría imaginar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El color del cielo, de Joan-Marc Zapata

EL TIEMPO QUE FUIMOS.

“Nunca renuncies a pensar que te mereces algo mejor”.

Recuerdan al personaje de Rick que hacía Bogart en Casablanca, totalmente abatido por la casualidad, lamentándose porque Ilsa, su amor perdido en París, volvía a cruzarse en su vida entrando en su café americano. Una situación parecida les ocurre a la pareja protagonista de El color del cielo, la opera prima de Joan-Marc Zapata (Barcelona, 1989), porque ella, Olivia Brontë, una actriz de éxito internacional, vuelve a reencontrarse con alguien de su pasado, con él, Tristán del Val, un afamado filósofo existencialista, con el que tuvo un romance cuando eran jóvenes y soñaban con ser seres diferentes a lo que son ahora mismo. El lugar que los vuelve a cruzar es un lujoso hotel suizo, cercano a la ciudad de Lucerna. Zapata ha dirigido cortometrajes que han tenido recorrido internacional, como Bright side in D Minor (2018), que protagonizaban Núria Prims y Francesc Garrido, en el que nos hablaba de un matrimonio roto por la muerte de su hijo.

Para su debut en el largometraje, vuelve a contar con Garrido, y parte de su equipo como el productor Ivan Geisser, el editor Lluís Van Eeckhout, que vuelve a coescribir el guion junto al director, y el cinematógrafo Álex Pizzigallo, a los que se les une Marc Orts, una eminencia en el sonido, que tiene en su filmografía más de 150 títulos y nombres tan importantes de nuestro cine como Almodóvar, Isaki Lacuesta y Juanjo Giménez Peña, entre otros. Estamos ante una película que cuida con detalle la imagen con el formato de 4/3, que ayuda a profundizar en esas vidas rotas de los personajes, esas existencias perdidas y vacías, que se mueven entre dos mundos, aquello que se ve y aquello otro que ocultan. Como el especial y preciso trabajo de montaje que condensa con buen ritmo y pausa los ochenta y nueve minutos de metraje. El exquisito trabajo de sonido, en el que podemos escucharlo todo, hasta los detalles más superfluos, en ese espacio que asfixia a estos individuos que parecen estancados, sin alma. Un lugar tan gélido por el que se mueven los personajes, un espacio de lujo, pero totalmente desangelado, en ocasiones, fantasmal, donde todos los movimientos parecen obedecer al automatismo, a seres mecánicos, vacíos de vida, de ilusiones y simplemente, están sin más.

El color del cielo  es elegante en su forma y su fondo, con momentos de auténtica emoción, como ese paseo matinal por Lucerna, y ese paseo en barco observando la ciudad, con otros más tristes como todos esos instantes en el coctel del seminario de filosofía, o esos otros en la playa, una playa que parece cualquier cosa menos un lugar agradable. Aunque hay que resaltar que la película sería otra muy diferente sin la inmensa y magnífica pareja protagonista, que dotan de fragilidad y naturalidad a unos personajes que parecen haber conseguido muchas cosas en la vida, pero en realidad, se sienten vacíos, extraños de sí mismos y envueltos en una existencia que no desean y además, sienten que quieren huir de ella y sobre todo, de ellos mismos. Hacía tiempo que no veíamos a Marta Etura tan estupenda en una película, porque sabe transmitir toda esa coraza de éxito que solo sirve para esconder tanta desesperación y amargura, y frente a ella, un gran Francesc Garrido, que nunca está mal, volviendo a apostar por gente que empieza como hizo en Asamblea (2018), de Álex Montoya y en Occidente (2020), de Jorge Acebo Canedo, en otro personaje para enmarcar, ahora un hombre de pensamiento, pero también atrapado en una vida que no desea, que le arrastra a algo que le desespera, en fin, una vida que quería y ahora odia, con ese momentazo del cigarrillo y la explicación que acompaña, tantas cosas se pueden decir con esa interpretación de temple y sabia que es oro puro.

La presencia de Agustina Leoni, que debuta en el cine con un personaje que actúa como testigo de este reencuentro, con ese rol de youtuber desatada obsesionado con likes, que tiene esos increíbles momentos de miradas con los dos protagonistas, que dicen tanto de lo que hay en su interior sin emitir ningún diálogo. El color del cielo bajo su apariencia de elegancia y ambiente lujoso, oculta unas existencias amargas, vidas que deseaban tanto lo que tienen y se les olvidó de ser, de psicoanalizarse para no perder lo que fueron, como queda claro en toda esa secuencia donde se habla tanto de todo lo que había y ahora solo son meras sombras o cenizas. Una cinta que nos habla, que nos interpela al espectador, a todos nosotros, que algunos ansían una vida material, una vida de tener y no de ser, que al fin y al cabo es lo que hace que seamos y sobre todo, sintamos, porque Olivia, Tristán y Alabama no dejan de ser fachadas sin alma, meras existencias que se quedaron en el camino, que ya no les llena nada, que siguen buscando y olvidaron buscarse, que esa felicidad que se suponía que iban a conseguir se quedó perdida en algún lugar que ahora no recuerdan, y andan cansados de ser quiénes no son, y llamando a gritos sordos a la persona que un día fueron y si querían, quizás todavía estén a tiempo de recuperarla, o quizás, ya están demasiado ensimismados en todo lo que tienen y ya no hace falta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una historia de amor y deseo, de Leyla Bouzid

AHMED CONOCE A FARAH.

“No parecen gran cosa, las palabras. Parecen inofensivas, desde luego, como bocanadas de aire, soniditos que brotan de la boca, ni calientes ni fríos, y fáciles de captar en cuanto llegan por el oído, al enorme aburrimiento gris del cerebro. Bajamos la guardia ante las palabras y llega la desgracia”.

La periferia parisina ha sido objeto de representación y estudio en la cinematografía francesa en películas como El odio (1995), de Mathieu Kassovitz, Los miserables (2019), de Ladj Ly, París, distrito 13 (2021), de Jacques Audiard, Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otras. Cine que mira a los suburbios parisinos, cine social y muy potente, que está muy alejado de la condescendencia habitual, para construir relatos sobre la dura realidad que se vive, en contraposición con el centro de la ciudad. A Leyla Bouzid (Túnez, 1984), que estudió literatura francesa en la Sorbona y cine en la Fémis, la conocimos con Al abrir los ojos (2015), su ópera prima que seguí los pasos de Farah, una argelina de 18 años, a pocos meses del estallido popular y revolucionario, de vida disoluta que la enfrentaba al conservadurismo de su familia.

Con Una historia de amor y deseo, su segundo trabajo, vuelve a hacer un retrato íntimo y personal sobre Ahmed, un chaval de 18 años, de familia argelina y de la periferia parisina, que empieza literatura en la Sorbona, y un día conoce a Farah, una joven tunecina que ha dejado su país para estudiar también literatura. Entre los dos jóvenes nace un amor y un deseo, aunque Ahmed luchará íntimamente entre su deseo sexual hacia Farah contra las ideas religiosas y tradicionales que le han inculcado desde niño. La directora tunecina construye con pausa y sensibilidad una película entre dos mundos, entre dos formas de pensar y sobre todo, sentir, donde siempre hay un forma y su reflejo, porque nos habla de literatura árabe del siglo XII, sumamente sensual y erótica, y por otro lado, está la idea tradicionalista del mundo árabe, y las diferentes formas de pensar y sentir entre los países árabes del norte de África, como pueden ser la Argelia de Ahmed y el Túnez de Farah. Dos jóvenes en las antípodas del pensamiento y los sentimientos pero que se han cruzado, y la mirada de Bouzid los retrata de forma humanista, con sus ilusiones, tristezas, miedos, inseguridades, deseos y sexualidad.

Una detallista y cromática escala de colores y luces que firma el cinematógrafo Sébastien Goepfert, que conoció a Bouzid mientras estudiaban en la Fémis, y ya se encargo de la luz de al abrir los ojos, bien acompañado por un gran trabajo de montaje de Lilian Corbeille, que la conocemos por sus trabajos en Les combattants, Mentes brillantes y la serie Vernon Subutex, entre otras, que condensa con sabiduría los ciento tres minutos de metraje, que suceden de forma rítmica y con intensidad. La extraordinaria música casi experimental del casi debutante en cine Lucas Gaudin, describe con suavidad todos los demonios interiores del joven Ahmed, bien acompañada por esos otros momentos sublimes donde escuchamos música en directo como esos hermosísimos momentos del saxofonista a orillas del Sena, el concierto de Ghalia Benali y el baile que se marca Ahmed a ritmo de las darboukas. Otro de los aspectos fundamentales de Una historia de amor y deseo es su pareja protagonista, que bien están los dos, Sami Outalbali es Ahmed, que se ha fogueado en series de televisión. Un intérprete extraordinario que sabe construir un personaje entre dos universos, un mundo interior en pleno tsunami emocional, luchando frenéticamente entre lo que siente, lo que desea y lo que se niega a ser y desear, su impulsos sexuales, sus miedos y su cobardía para enfrentarse a quién quiere ser.

Frente a él, una increíble Zbeida Belhajamor, una actriz amateur de teatro en Túnez, que se mete en el rostro, la piel y el cuerpo de una fantástica Farah, dando la réplica y el contrapunto idónea al personaje de Ahmed, agitándolo para que tome las riendas de su vida, y empiece a caminar libre de ataduras e ideas prejuiciosas, sin olvidarnos del resto del reparto, intérpretes todos desconocidos pero con un gran naturalidad para componer sus diversos y complejos personajes. Aurélia Petit, una actriz francesa que ha trabajado con grandes como Haneke, Ozon, Donzelli y Amalric, entre muchos otros, da vida a la profesora de literatura que todos hemos tenido alguna vez, esa profe que nos ha abierto la mente, que nos ha mostrado otras formas de ver, de pensar y sobre todo, de sentir, en este caso, la inmensa y desconocida literatura árabe medieval llena de erotismo, sensualidad y sexo, todo un abanico de sabiduría y posibilidades que enriquecen el universo de Ahmed y Farah y todos aquellos que tengan inquietudes y curiosidad.

Solo nos queda agradecer a la distribuidora Flamingo Films que siga apostando por este cine hecho desde la verdad, un cine social potente y real, muy alejado de la moralina y los estereotipos habituales en producciones que pretenden mostrar una realidad y acaban haciendo cine propagandístico, superficial y lo que es peor altivo y pretencioso. En la película de Leyla Bouzid no encontramos nada de todo eso, sino todo lo contrario y mucho más, porque su cine enmarca a todas las realidades que convergen en esos espacios y lo hace desde la mirada del que quiere conocer, situando la cámara a la altura de los ojos de sus inquietos y complejos personajes, sumergiéndose en todas las diferentes particularidades de aquellos que viven y vienen de la periferia parisina, de la amalgama de formas de pensar y sentir entre todos los inmigrantes que han llegado y de sus hijos, nacidos en Francia, pero envueltos en tantos mundos que los hace confundir y les dificulta su existencia, aunque como ocurre en la película, siempre les quedará la poesía árabe para dejarse llevar por sus sentidos, su erotismo y experimentar su sexualidad como les sucede a Ahmed y Farah. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nando Caballero

Entrevista a Nando Caballero, director de la película «L’últim salt», en su domicilio en Sabadell, el domingo 18 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nando Caballero, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desierto particular, de Aly Muritiba

LA MASCULINIDAD Y EL AMOR.

“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.

Georges Flaconnet y Nadine Lefaucheur (1975)

El relato arranca en la mirada y cuerpo de Daniel, del que sabremos que ha sido expulsado de su empleo como instructor de policía por agredir a uno de sus alumnos. Su vida se pierde atendiendo a su padre demente y teniendo una relación fría con su hermana pequeña. Su único aliciente en la vida es Sara, una mujer a la que no conoce personalmente, pero mantiene una relación online. Un día, agobiado por todo, deja Curitiba, en el sur de Brasil, y con su ranchera se lanza a hacer 3000 kilómetros para darle una sorpresa a Sara, que vive en Sobradinho, al noreste del país.

El director Aly Muritiba (Mairi, Bahía, Brasil, 1979), plantea en su tercera película en solitario, un guion que firman Henrique dos Santos y él mismo, a través de una historia de contrastes, de opuestos, ya desde su pareja protagonista, el mencionado Daniel, que vive al sur, en la fría y conservadora Curitiba, y frente, lo contrario, porque Sara vive en la noreste, cálida y libre Sobradinho. Una trama que parte de una búsqueda, de una forma de encontrar lo que somos de verdad, de nuestra forma de estar en el mundo y sobre todo, la manera de relacionarnos con los demás. También habla de transformación, de tránsito, de dejar quién parece ser que has de ser para ser quién de verdad eres, de dejar de tener miedo, de escucharte, de sentirse y dejar de autoengañarse. El cineasta brasileño no edulcora ni sentimentaliza su película, al contrario, la construye a partir de la verdad, de la intimidad de sus personajes, tejiendo con sumo cuidado un relato donde se indaga en lo social, en las dificultades exteriores e interiores de cada individuo, generando una empatía que va más allá de la apariencia, donde nos habla de un encuentro, un encuentro que cambiará las existencias oscuras y silenciosas de los dos protagonistas, que viven a su manera, en una cárcel social y propia.

Una estructura interesante en la que nos muestran la vida de Daniel, sus conflictos y sus amarguras, y tras veinte minutos, aparecen los títulos de crédito iniciales. Luego, pasamos a la vida de Sara, en la que la veremos en su cotidianidad, su trabajo, su vida con su abuela, y la relación de amistad con su amigo del alma, y su no vida de ocultación y de negarse ante una sociedad que lo rechaza y quiere “curarlo”, como le espeta el sacerdote de su iglesia. Finalmente, la película muestra este encuentro con sus desencuentros, una relación diferente, de autoconocimiento, de libertad, de dejar la oscuridad para abrazar la luz, a través del deseo y el amor, un amor inesperado, de cuerpos y piel, muy erótico, un amor que estaba esperando a materializarse por dos seres que se esperaban, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. La excelente cinematografía de Luis Armando Arteaga, del que hemos visto sus trabajos con Jayro Bustamante y en Las herederas (2018), de Marcelo Martinessi, donde los cuerpos y la piel están pegados a la cámara, sintiendo todo ese vacío, esa búsqueda y esa soledad que tanto acompaña a los protagonistas, que recuerda a la misma luz de Beau travail (1999), de Claire Denis.

La excelente música de Felipe Ayres, ejecutada a la perfección que no limita para acompañar en su periplo vital y de autoconocimiento a los protagonistas, sino que se esfuerza en explicar todo aquello que los diálogos no dicen pero está, con la inclusión del tema ochentero “Total Eclipse of the Heart·, de Bonnie Tyler, que acompaña dos momentos muy importantes de la cinta. El exquisito y magnífico montaje de una grande como Patricia Saramago, que ha trabajado ni más ni menos con dos tótems del cine portugués como Pedro Costa y Rita Azaevedo Gomes, y en Longa noite (2019), de Eloy Enciso, que condensa muy bien la información y la relación in crescendo de los dos personajes, en un metraje amplio que se va hasta los ciento veinticinco minutos. Desierto particular no solo funciona como un drama interior muy psicológico, sino que también realiza una concisión de los diferentes estratos sociales y las múltiples complejidades que hay ahora en un país como Brasil, con sus antagónicas formas de pensamiento y alejamiento en cuestiones humanas, sociales y culturales.

Una película basada tanto en el interior de unos personajes asfixiados por ellos mismos y sobre todo, por el conservadurismo y tradicionalidad de una sociedad arcaica en muchos sentidos, y más con la llegada del fascista Jair Bolsonaro a la presidencia del país desde 2019, donde la comunidad LGBTQIA+ se ha visto fuertemente atacada, vejada y asesinada, debía tener un par de excelentes intérpretes como Arntonio Saboia, al que hemos visto en películas tan interesantes como El lobo detrás de la puerta y Bacurau, entre otras, en la piel de Daniel, un rudo y malcarado policía, ahora expulsado, atrapado en esa masculinidad marcada por los estereotipos y prejuicios ancestrales, frente a la juventud de Pedro Fasanaro en la piel de Sara, el objeto de deseo de Daniel, el joven que debuta en el cine, marcándose un doble rol que eriza la piel, transmitiendo toda la naturalidad posible, metiéndose en un personaje que no está muy lejos de la oscuridad por la que atraviesa Daniel. Una pareja atípica en apariencia, pero que resultará que no están tan lejos, porque sus desiertos particulares están llenos de demasiadas cosas que hasta la fecha habían tristemente obviado y aún más, cosas que les hubieran sacada de su ostracismo y su tristeza. Viva el amor y sobre todo, el amor hacía uno mismo, sin miedo y sin cárceles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, directora de la película «Dúo», en la Plaza de la Virreina en Barcelona, el Lunes 5 de septiembre 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo y excelente fotógrafo Óscar Fernández Orengo, que ha tenido la amabilidad y generosidad de retratarnos, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dúo, de Meritxell Colell

LOS ESCOMBROS DEL AMOR.

“¿Has dicho nuestro mirto, el árbol nuestro? En un idéntico bis que se desenvuelve hasta la trémula frase final, ¿Nosotros dos?”

Delirio (2004), de Laura Restrepo

El personaje de Mónica, una bailarina que volvía a construir lazos rotos con su familia y reencontrarse consigo mismo en sus raíces, que habíamos conocido en la película Con el viento (2018), ópera prima de Meritxell Colell (Barcelona, 1983), vuelve a cruzarse en nuestras vidas, ahora siguiendo el itinerario del mismo personaje en su vuelta a Argentina: Un reencuentro con ella, en otro viaje, ahora junto a Colate, su pareja artística y sentimental con el que lleva veinticinco años de relación. Como ocurría en su primera película, lo rural vuelve a ser el escenario del viaje por el norte del país, atravesando la cordillera de los Andes, mostrando su pequeño espectáculo de danza, textos y música. Su dúo se ha alejado de todos y todo, mostrando su arte a las pequeñas comunidades andinas con las que se van cruzando, desde el final del verano hasta el frío invierno. Desde la primera secuencia, íntima y reveladora, donde somos un espectador más del espectáculo itinerante de la pareja, asistimos a un amor en penuria, envuelto en lo que ya no es. Dos almas que se (des) encuentran, se tropiezan, se callan y sobre todo, se han dejado de mirar y sentir el uno con el otro.

La cámara de Sol Lopatin, magnífica cinematógrafa que ha trabajado con gente tan ilustre como Albertina Carri y Eliseo Subiela, entre otros, se convierte en una espectadora activa e invasora porque se mete entre ellos, como una piel más, pegada a ellos, una más de su entorno e interior cambiante y en silencio, con esa forma de desubicación que tenemos durante toda la película, donde todo lo que vemos se nos presenta fragmentado como una especie de puzle donde las piezas no encajan o están perdidas. El relato se desdobla constantemente, ya desde su título Dúo, como en su forma, donde la ficción y el documento se fusionan y se mezclan de forma admirable, con una naturalidad asombrosa y sin darnos cuenta, creando un espacio único en el que todo sucede de forma transparente y muy íntima. Una forma que se apoya en lo digital y el Super8mm, en el que uno sigue ese amor roto, la no historia de ellos, y su encuentro con los lugareños, y otra, el celuloide, actúa como diario intimo de Mónica, con el mismo aroma con el que se construían muchas de las piezas audiovisuales de Transoceánicas (2020), la película de misivas entre Lucia Vassallo y la propia directora. Un diario filmado por Colell junto a Julián Elizalde, cinematógrafo de Con el viento, en el que la protagonista reflexiona sobre sus orígenes, su madre, sobre su actual realidad, sobre el amor, sobre lo que queda de él, y por encima de todo, en el que hay tiempo para pensar en sus emociones, en su trabajo y en aquello que sintió y ya no.

En este sentido, el extraordinario trabajo de sonido que firma Verónica Font, que ha estado presente en todos los trabajos de la directora catalana, resulta crucial para crear esa atmósfera de diferentes sonidos, generando esa doblez que marca toda la película, de dentro a afuera y viceversa, donde todo se muestra y todo tiene su reflejo. Dúo sufrió los embates de la pandemia y dejó su rodaje a la mitad, hecho que provocó reinventar la película, por eso el preciso y brillante trabajo de montaje que firman la propia directora junto a Ana Pfaff (que poco hay que decir de una editora que ha trabajado en películas tan importantes como Alcarràs, Libertad, Espíritu sagrado, Ainhoa, yo no soy esa y Trinta Lumes, entre otras), que vuelve al cine de Colell, resulta un trabajo arduo, donde se encaja con sabiduría los ciento siete minutos que abarca la película, lleno de aciertos, detalles y compuesto por esa dualidad que atraviesa todo el relato, donde todo está envuelto en una suerte de viaje muy físico, donde sentimos y escuchamos cada piedra, cada diálogo y cada obstáculo, y muy interior, donde el silencio y el susurro se apoderan de todo, en un continuo contrapunto entre lo que se dice y lo que no, lo que se siente y no.

Dos poderosos intérpretes, dos almas a la deriva, náufragas de ese amor derrotado, de ese amor que se aleja sin remedio. Dos cuerpos que se abrazan pero ya no como antes, dos sentimientos tan cercanos como opuestos. Una Mónica García en la piel y el alma de Mónica, que después de su retiro de un año en su pueblo burgalés, vuelve, pero ya transformada y en constante cambio, caminando por esa delicada línea entre lo terrenal y lo emocional, en la incertidumbre de estar y no, con su especial intimidad con las mujeres del altiplano, donde se ve, se reconoce y se reconforta ante tanta soledad y tristeza.  Frente a ella, que no junto a ella, Colate en la piel de un inmenso Gonzalo Cunill, un actor de raza, carácter, de aspecto marcado y salvaje, una especie de Vincent Cassel, al que hemos visto en películas tan estupendas como Stella Cadente, La silla, Occidente, Arnugán, entre otras. Aquí dando vida al otro, al hombre, al que fue el guía, el compañero y todo para Mónica, ahora perdido en esa inmensidad que les separa, en ese adiós que tanto cuesta, en todas esas cosas que han vivido juntos y ya no viven, estando sin estar.

Una película que tiene el aroma de los silencios y las soledades que tanto capturaban Bresson, y Antonioni en sus almas perdidas de La aventura, El eclipse y El desierto rojo, en que el personaje de la Vitti no estaría muy lejos del de Mónica, o los solitarios y callados individuos que no formaban la pareja de Viaggio in Italia, de Rossellini, o esa no pareja, también de viaje, que se perdía por Copia certificada, de Kiarostami. No nos cansamos de sumergirnos en el cine de Meritxell Colell, al contrario, cada vez nos fascina muchísimo más, porque construye películas muy íntimas, muy cercanas, llenas de inteligencia y sobriedad, donde todo se cuenta desde el alma, desde la profundidad, sintiendo cada plano, cada encuadre, cada silencio, cada mirada, donde el viaje es visible e invisible, en el que se nos habla de memoria, de dónde venimos, hacia donde vamos, qué somos, y sobre todo, dónde estamos, que hemos dejado atrás, hacía donde nos movemos y sobre todo, que sentimos y que no. En fin, toda la incertidumbre de la vida y la existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maria Chapdelaine, de Sébastien Pilote

LA TIERRA Y EL AMOR.

“No heredamos la Tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos”

Antoine de Saint-Exupery

El trabajo es el tema principal en las tres películas que ha filmado como director Sébastien Pilote (Chicoutimi, Saguenay, Canadá, 1973). En Le vendeur (2011), el cierre de una planta afecta a los trabajadores de un humilde pueblo. En Le démantèlement (2013), un granjero de sesenta años debe vender sus propiedades para ayudar a una hija, y finalmente, en La disparition des lucioles (2018), el entorno industrial asfixia a una adolescente que no encuentra la forma de encontrar su lugar. Podríamos decir que Maria Chapdelaine es su película más ambiciosa por varios factores. Se basa en una novela de éxito publicada en 1914 por Louis Hémon, que nos traslada a la década del diez del siglo pasado, al seno de la familia Chapdelaine, que viven a orillas del río Péribonka, al norte del lago Saint-Jean en Canadá. Una familia alejada de todos y todo, que trabaja la difícil tierra, en la que hay que talar los árboles en verano y cosechar para tener alimento para el durísimo invierno.

Los Chapdelaine tienen una vida muy dura, donde siempre hay algo que hacer, una vida que obliga a los hombres a pasar el invierno en las madererías para labrarse un futuro. El director canadiense construye su cuarta película a través de dos pilares fundamentales. En uno, la cinta funciona como una suerte de film antropológico, en el que asistimos a una forma de vida ya desaparecida, con el trabajo físico de la tierra, la madera y el ganado, el hogar familiar y las relaciones entre sus individuos, y por último, las visitas de amigos  al hogar de los Chapdelaine. En el otro, que alberga la última hora de la película, la trama se instala más profundamente en la mirada de la joven protagonista, la Maria del título, con sus diecisiete años, que está dejando de ser una niña para convertirse en una mujer, una etapa en la vida que conlleva elegir esposa para formar su propia familia. Así aparecen los pretendientes, muy diferentes entre sí, con François Paradis, el amor desde la infancia, pero con una vida de trampero, aventurero y guía, luego está Lorenzo Suprenant, el de la ciudad, que le ofrece una vida urbana muy alejada de su familia y su tierra, y por último, Eutrope Cagnon, el vecino, que le da una vida en el bosque, como ahora, trabajando duro la tierra y un porvenir futuro.

Uno de los grandes aciertos de una película inmovilista, en la que siempre estamos en el mismo espacio, es esa idea de dentro y fuera, lo emocional con lo físico, con la interesante reflexión que hace no solo de su entorno, sino también, de los ciclos de la naturaleza y por ende de la vida, y la maravillosa construcción de las miradas y los silencios de la acción, donde se sustenta todo su entramado emocional, en el que sobresalen esos momentos impagables de los encuentros con las visitas, donde se cuentan relatos de tiempos pasados, donde asistimos a la evolución de la vida y las formas de hacer, y esos otros de puro romanticismo, como el paseo de Maria y François buscando arándanos en el día de Santa Ana como manda la tradición, y qué decir de esos otros, donde madre e hija miran desde el porche a lo lejos a los hombres trabajar la madera, un silencio solo roto por los sonidos de desbroce. La película está filmada con detalle, belleza y sensibilidad, como esa apertura en el interior de la iglesia con esa mirada, y luego, el camino de vuelta a casa con la nieve cubriéndolo todo.

La exquisita y poderosa cinematografía de Michel la Veaux, en su cuarta colaboración con Pilote, teje con acierto y visualidad un espacio que podría caer en la postal, pero la película se aleja de esa idea, para conmovernos con sus poderosísimas imágenes tanto exteriores con la fuerza y la quietud de la naturaleza, y unos maravillosos interiores con los colores cálidos y terrosos, donde los quicios de las puertas y las ventanas actúan como lugares para mirar hacia afuera, creando esa idea de interior-exterior que nos remite, completamente, al western y a los relatos fordianos, y más concretamente aquella maravilla de ¡Qué verde era mi valle! (1941). La grandiosa labor de montaje de Richard Comeau, del que hemos visto Polytechnique (2009), de Denis Villeneuve y sus trabajos para Louise Archambault, entre otros, en un estupendo trabajo de concisión y ritmo para una película larga que supera las dos horas y media. La música de Philippe Brault, tercera película con el director canadiense, consiguiendo una elaboradísima composición que nos introduce con naturalidad a los avatares alegres y sobre todo, tristes de la película, sin caer en el preciosismo ni nada que se le parezca.

Un reparto bien conjuntado que emana vida, trabajo e intimidad, con la debutante Sara Montpetit en la piel de la anti heroína de este conmovedor y durísimo retrato. Le acompañan sus “padres” Sébastien Ricard y Hélène Florent, que muchos recordarán como una de las protagonistas de Café fe Flore (2011), de Jean.Marc Vallée, los “pretendientes” Émile Scheneider como François, Robert Naylor como Lorenzo y Antoine Olivier Pilon como Eutrope, que vimos como protagonista en Mommy (2014), de Xavier Dolan, algunos de los “visitantes” como Martin Dubreuil, un trabajador incansable y muy divertido, Danny Gilmore como el cura, Gabriel Arcand como el doctor y Gilbert Sicotte como Éphrem, amén de los otros hermanos de Maria. Pilote ha construido una película excelente, que se cuece a fuego lento, sin prisas y con mucha pausa, elaborando con mimo y sabiduría cada encuadre y cada plano, cada encuentro y cada desencuentro, generando esa agradable sensación en la que el espectador va conociendo los sucesos agridulces de la vida al mismo tiempo que los espectadores, en un retrato sobre la tierra con el mejor aroma de los que hacía Renoir, como por ejemplo El hombre del sur (1945), y otros como El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, donde familia, tierra y una forma de vivir adquirían toda la fuerza y también, toda la dureza de esas vidas ya desaparecidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA