Adam, de Maryam Touzani

DOS MUJERES MARROQUÍES.

“La muerte no pertenece a las mujeres. A las mujeres pocas cosas nos pertenecen.”

Samia es una mujer marroquí, joven, sola y embarazada, en un país donde se castiga el embarazo fuera del matrimonio, como explicaba Sofia (2018), de Meryem Benm’Barek, en la veíamos las dificultades que tenía una joven embarazada en el rígida sociedad religiosa marroquí. Samia deambula por las calles de Casablanca, intentando encontrar trabajo y cobijo. En la Medina, rodeada de calles laberínticas y populares, donde se cruzan tradición y modernidad (como revelará ese magnífico instante, cuando delante de nuestros ojos, pasan tres mujeres jóvenes, dos llevan hiyab, y la otra, el cabello suelto), un espacio donde se puede apreciar su belleza y su suciedad, Samia se tropezará con Alba, una mujer más madura, viuda y madre de Warda, de 8 años,  que regenta una humilde tienda de repostería tradicional marroquí. La niña se encariña con la recién llegada, y la madre acepta acogerla unos días. Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ha destacado como directora de documental con títulos como Sous Ma Vieille Peau (2014), donde indagaba en la prostitución en su país, y en Aya va a la playa (2015), en la que investigaba la explotación de los niños en el trabajo doméstico. Ha coescrito Much Loved (2015), sobre la prostitución en Marruecos, y Razzia (2017), que protagonizó, centrada en el integrismo religioso, ambas dirigidas por su esposo Nabil Ayouch (París, 1969), destacado realizador centrado en los problemas sociales de las mujeres y niños marroquíes, que actúa como productor en Adam.

Touzani debuta en el largometraje de ficción con un relato intimo y doméstico, centrado en la relación de tres mujeres, dos adultas y una niña, mujeres proscritas por la tradicional y conservadora sociedad marroquí, que encuentran en el interior de la casa, el espacio ideal para limar asperezas y acercarse emocionalmente, y la directora nos muestra ese recorrido interior, a través de un elemento fundamental, la cocina, en este caso, la elaboración de los postres tradicionales, arrancando con el “Rziza”, un postre extremadamente laborioso, realizado artesanalmente, que encandila a los clientes de Alba, y así sucesivamente, como ocurría en Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, y en Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee, donde, entre postre y postre, iremos conociendo a estas dos mujeres, su pasado, sus heridas y todo aquello que las separa, y las une. Una historia anclada en el espacio personal y doméstico, que no olvida los ecos de esa sociedad conservadora y durísima contra las mujeres, que las obliga a ocultarse y sobre todo, a convertirse en meros espectros que no pertenecen al devenir de unas leyes machistas.

La narración se toma su tiempo y su pausa para elaborar con pulcritud y sobriedad todo lo que cuenta, tanto en su fondo como en su forma, partiendo de dos niveles. En uno, vemos el detallismo y cuidado de las dos mujeres en la elaboración de los productos que, más tarde, se venderán en la tienda, su confidencias y complicidades, y luego, en el entorno íntimo de la casa, en el calor de las habitaciones, durante los quehaceres cotidianos de la casa, como lavar y tender la ropa, y en las sutilezas y detalles que la película va mostrando con reposo y elegancia. Una luz, que firman Virginie Surdej y Abil Ayouch, que nos recuerda a los pasajes bíblicos, con esa calidez y humanidad que van desprendiendo las relaciones de estas dos mujeres heridas, ávidas de comprensión y cariño, y la sutileza y sencillez de la edición, obra de Julie Nass, que sabe marcar un ritmo que encoge o alarga según la evolución del acercamiento emocional entre las dos protagonistas.

Un excelente reparto encabezado por dos almas generosas y solitarias como son Alba y Samia, y la pequeña Warda, con una Lubna Azabal en la piel de Alba, demostrando nuevamente la riqueza y la brillantez de una interpretación admirable, cuanto se puede decir sin abrir la boca, cuanto se pude transmitir con un leve gesto o mirada, junto a ella, Nisrin Erradi como la Samia sola y abatida, que encuentra amparo y consuelo en el lugar al que, sin saberlo, debía llegar, irradiando fortaleza y fragilidad al mismo tiempo, escenificando una realidad que viven tantas embarazadas solteras en un país como Marruecos, que las persigue y castiga. Y finalmente, la pequeña Douae Belkhaouda, que da vida a Warda, el puente que provocará el encuentro y la relación. La directora marroquí titula su película como Adam, y no es por una razón estética, sino por su significado, ya que en árabe moderno, para decir “ser humano” se dice “Beni Adam”, es decir “hijo de Adán”. Un niño, que anida en el vientre de Samia, que ella rechaza, y quiere donarlo en adopción, para de esa manera volver a su casa y ser aceptada por su familia.

Touzani debuta a lo grande en el campo del largometraje de ficción, con un relato sencillo y humilde, que no explica más de lo necesario, sino que se centra en las dos mujeres y su cotidianidad, tanto social, a través de la tienda y los clientes, y lo íntimo, con sus conflictos domésticos, a través de un retrato político, cultural y social sobre Marruecos y sus leyes, construyendo una historia humanista, que explica sin juzgar, que muestra sin banalizar, y que filma sin caer en tópicos ni sentimentalismos. Una película magnífica y sólida para hablarnos de relaciones humanas, de maternidad, del rechazo de la sociedad, de la libertad, y sobre todo, de amor, pero en el sentido amplio de la palabra, y más bien, la falta de amor en una sociedad demasiado sumisa y cobarde, que reivindica el amor como único medio para la comprensión y fraternidad entre seres humanos, y sobre todo, el nuestro propio, que seamos capaces de perdonar y perdonarnos, de aceptar nuestras fisuras y tristezas emocionales, y acarrear con ellas, sin miedo y con decisión, compartirlas y vivir con ellas, firmes y valientes, para mirar sin acritud el pasado y afrontar el presente con humildad y valentía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sole, de Carlo Sironi

LENA Y ERMANNO.

“Cada pensamiento podría ser el comienzo de la nueva red enmarañada que estás tejiendo, cualquiera podría ser un nuevo amor”.

Brand New Love de Sebadoh

Había una vez un joven veinteañero llamado Ermanno, que vivía en algún lugar olvidado de la periferia, y mataba el tiempo jugando a las tragaperras y con pequeños hurtos. Un día, aparece Lena, una joven de 22 años, polaca, sola y embarazada, que se aviene a vender a su criatura a los tíos de Ermanno, ya que no pueden tener hijos. Ermanno, que después entregará el recién nacido a sus parientes, a cambio de dinero, se convierte en una especie de carcelero de Lena, con la que vive en uno de esos apartamentos de tantos barrios alejados del centro, en el que solo llegan los que viven allí. Carlo Sironi (Roma, 1983), ya había llamado la atención dentro del panorama cinematográfico internacional, con sus tres cortometrajes. En Sofia (2008), explicaba la relación íntima de dos hermanas a través de los objetos, en Cargo (2010), nos hablaba de la relación entre Alina, una prostituta ucraniana, y Jani, su protector rumano, en la periferia romana. Y en Valparaíso (2016), el conflicto de una joven embarazada despedida de su trabajo.

Con Sole, debuta en el largometraje, con un relato nuevamente periférico, centrándose en las existencias y conflictos de unas almas que no tienen a nadie en el mundo, quebrados emocionalmente, que intentan tirar hacia adelante en situaciones muy adversas. Lena y Ermanno pertenecen a esa juventud europea desarraigada, mutilada y sin rumbo, una juventud desorientada que anda de aquí para allá, presa de otros, con más poder y dinero, como el tío de Ermanno, que acaban dirigiendo sus vidas. Sironi construye una película muy estilizada y directa, con el formato 1:33.1, con ese formato cuadrado, que se ciñe a sus personajes, y en esa especie de cueva-cárcel en la que viven, con esa tonalidad de azul que presiden los encuadres, obra del cinematógrafo húngaro Gergely Pohárnok, con esa luz etérea, sin vida, sin alma, con esa cámara casi quieta, que apenas se mueve, con unos personajes que apenas hablan entre sí, solo se miran y se explican casi todo a través de ese lenguaje, porque no saben que decirse, como tratarse, y mucho menos, explicarse lo que sienten, creando ese espacio emocional donde cada movimiento y gesto adquiere una intimidad esencial.

El director italiano nos cuenta una fábula moderna, de aquí y ahora, aunque su forma de capturarla no obedece a ningún tiempo ni a ningún lugar, queriendo transmitir esa sensación de atemporalidad y no lugar que transmite la narración y el conflicto que trata. Una edición sobria y de corte puro, que firma Andrea Maguolo, que ya había estado en los cortometrajes de Sironi, ayuda a sumergirnos en el alma de esas dos vidas desesperadas y desencajadas, como son Lena y Ermanno, dos víctimas más de una Europa que ha olvidado a las personas, y vive hipnotizada por la economía, tratando a muchos de sus habitantes como ciudadanos de segunda, que serían los dos jóvenes, frente a los tíos de Ermanno, que sería toda esa otra Europa, la que somete a los más débiles y necesitados, como planteaba treinta años atrás, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, donde unos trabajadores polacos eran encarcelados en una vivienda mientras hacían su remodelación. Personas ocultas, silenciadas, olvidadas, que solo valen si se les puede sacar algún provecho económico o de otra índole, como sucede en Sole, título revelador que alude a toda esa desolación que recorre las tristes existencias de los protagonistas, que cuidan de un embarazo y una niña que será para otros.

Sironi nos conduce por la miseria de su película, a través de una de las más tiernas y conmovedoras historias de amor que se han visto en el cine en los últimos tiempos, en la que dos desesperados y sin futuro, como son Ermanno y Lena, conocen y sienten, por primera vez, eso que llaman amor, o algo que se le parece mucho, y dentro de ese mejunje de realidad durísima, empiezan a plantearse una vida que antes no tenía nada más allá que lo que estaban viviendo. Una pareja protagonista que se convierten en las mejores pieles y aliados para contar un cuento duro y sensible a la vez, con el debutante Claudio Segaluscio, uno de esos personajes que parecen salidos de una película de Pasolini, o de Gomorra, uno de esos que andaban con Accattone, con ese rostro impasible, sin mostrar ni intuir nada, que se desplaza inclinado, con toda esa máscara de dureza que oculta a alguien de gran corazón. A su lado, la actriz Sandra Drzymalska dando vida a Lena, otra joven desamparada, que sueña con llegar a Alemania y empezar de nuevo, y accede a entregar a su bebé para cobrar un dinero vital para ella, con esa mezcla de sensibilidad y dureza, con esa cara de niña que ya ha vivido demasiados golpes. Una pareja que no estaría muy alejada de los Sonia y Bruno de El niño, de los Dardenne.

Sironi mira con profundidad e intensidad a sus personajes y el conflicto que los encierra, como demuestra con su minimalismo, tanto formal como emocional, en el que lo explica todo, de forma sencilla y catalizadora, consiguiendo atraparnos con lo mínimo, en una película admirable y poderosa, ejecutada con detalle e inteligencia, magnífica en su intimidad y reveladora en su composición, que nos habla de frente y con una frialdad que encoge el alma, tratando un tema complejo como la gestación subrogada que está prohibida por ley en muchos países, y haciéndolo con sabiduría y potencia, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, mostrando una realidad que los gobernantes se niegan a ver, pero la necesidad de unos y otros, hace que se siga practicando, y también, nos habla del hecho de convertirse en padres, que significa y que provoca en la vida de dos personas que se tropiezan porque otros lo han decidido, siendo unas víctimas de tanta desigualdad, de tanta violencia, y sobre todo, de tanta falta de amor en las sociedades que vivimos y construimos diariamente, que más nos valdría mirarnos más los unos a los otros, que andar como pollo sin cabeza, ensimismados en nuestra existencia y en nuestros objetivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Human Voice, de Pedro Almodóvar

SOLA ANTE EL ABISMO.

“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.

Henry Miller

El deseo es, probablemente, la única emoción real y auténtica de nuestras vidas, la única capaz de hacernos vibrar, volar y vivir, pero también, la única capaz de destruirnos, de acabar con nosotros, porque el deseo no obedece a ningún aspecto racional, es la aventura, el riesgo, la incertidumbre, es lanzarse al abismo de lo desconocido, de lo que atrae y lo que temes, de un viaje a lo más profundo de tu alma, un viaje que nos desvelará quiénes somos, y quizás, tamaño descubrimiento, se convierta en algo agradable o insoportable. El deseo es la emoción que siempre ha empujado a Pedro Almodóvar (Calzada de  Calatrava, Ciudad Real, 1949), a construir su imaginario audiovisual, a dar vida a sus mujeres, unas mujeres dolientes, rotas por el amor, en ese particular descenso a los infiernos, arrastradas por el desamor, por la ausencia, la falta, el vacío que provoca el amor cuando se acaba, arropadas por su desgarro, su tristeza y su dolor.

El monólogo de Jean Cocteau, escrito en 1930, es la germen de buena parte de las historias del manchego, aunque ya estuvo de forma evidente en La ley del deseo (1987), cuando el director de cine Pablo Quintero convertía a su hermana Tina en la criatura de Cocteau en una representación teatral, donde encontramos el elemento de el hacha, que el director vuelve a recoger en The Human Voice. En su siguiente película, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), volvía a Cocteau, a través del personaje de Pepa Marcos, la mujer abandonada por su amor, aunque el relato derivaría a una comedia coral y disparatada, y la llamada del ex amante no llegaba a producirse. Ahora, sí, Almodóvar ha encontrado el momento perfecto, y la duración adecuada, 30 minutos que dura el monólogo, para adaptarlo, pero conociendo la imaginación del director, y sus adaptaciones, como hizo con Rendell en Carne Trémula, y con Munro en Julieta, la película se despoja de su original para camuflarse en el universo almodovariano, por eso advierte que la adaptación está libremente inspirada.

The Human Voice no es solo el nuevo trabajo del prolífico director, veintidós títulos como director, es un experimento en toda regla dentro de su filmografía, ya que el director se atreve con muchas cosas que parecían resistírsele, en un trabajo que significa muchas cosas en la carrera del director español, es la primera vez que rueda en inglés, vuelve al cortometraje, que ya estaban en sus inicios con obras como Muerte en la carretera (1976), o Salomé (1978), para volver nuevamente con Trailer para amantes de lo prohibido (1985), que hizo para televisión, estrenado en el mítico programa “La edad de oro”, y volvió otra vez, en La concejala antropófaga (2009), como añadido de Los abrazos rotos, con una desatada y estupenda Carmen Machi, donde Almodóvar rememoraba sus tiempos ochenteros. La palabra toma el pulso narrativo, donde escucharemos siempre a ella, la voz de él desparece. Otro elemento destacado es que el director vuelve a auto referenciarse, capturando elementos, objetos, músicas, y demás características de su filmografía, erigiéndose una piedra angular en su carrera, donde las múltiples miradas al cine, a su oficio, sus pasiones y a sus relatos es constante.

La obra de Cocteau ya tuvo una adaptación cinematográfica en 1948 de la mano de Rossellini y la piel de la Magnani, donde el maestro italiano seguía fiel a la sumisión de la mujer que planteaba el monólogo del francés. Almodóvar, por su parte, rompe ese esquema, conduciendo el relato a otra mujer, una mujer contemporánea, más moderna, de aquí y ahora, una mujer que no es sumisa, que sufre, se siente sola y anda como “vaca sin cencerro”, como diría la madre de Amanda Gris, pero que tiene carácter, es valiente y está dispuesta a no rendirse, a seguir amando cuando se recupere, que lleva tres días esperando inútilmente una llamada del que ha sido su amor durante los últimos cuatro años, que se mueve como un pantera enjaulada por su piso, y sale de él, caminando por ese estudio, en que Almodóvar, nos muestra la trampa, el artificio, rompiendo la “cuarta pared” que se dice en teatro, evidenciando la soledad y la oscuridad que desprende el personaje, del que desconocemos su nombre, vagando por ese espacio cinematográfico lleno de objetos y obras de arte, que explican lo que le está sucediendo a la mujer, como la pintura que preside su cama, “Venus y Cupido”, de Artemisa Gentileschi, u otra de Man Ray, o de Alberto Vargas, fotografías, cartas y notas, que se van apoderando de un lugar que ya no es, un espacio que fue y ahora está muerto, ausente, vacío, como ese traje del hombre que no está tendido en la cama, o el perro, también abducido por el dolor y el vacío, que echa de menos a su dueño, al que huele por cada rincón.

Los elementos técnicos vuelven a lucir, como suele ocurrir en el cine de Almodóvar, su detallismo, intimidad y capacidad para sumergirnos en su imaginario es maravillosa. La luz vuelve a ser brillante, saturada de color y predominio del rojo, obra de José Luis Alcaine, ocho películas con el manchego, y la edición de Teresa Font, que después de la experiencia de Dolor y gloria, vuelve a trabajar en una de Almodóvar, en un ejercicio magnífico, dotando al relato de energía y sensibilidad en la construcción del tempo y el ritmo de la película, la música de Alberto Iglesias recurre a variaciones y líneas propias de películas como Hable con ella, La mala educación, Los abrazos rotos o Los amantes pasajeros, y el imponente trabajo de vestuario de Sonia Grande, con esos vestidos rojo o negro, que explican con todo lujo de detalles el estado de ánimo de un personaje que va caminando, o mejor dicho, desplazándose por su abismo sin voluntad ni conciencia, y finalmente, Gatti, compone unos títulos de crédito y un cartel, marca de la casa, donde se van explicando todos los detalles que veremos en la película.

Almodóvar ha podido ofrecer su visión del texto de Cocteau, a su manera, siendo infiel, capturando su esencia, transmitiendo el dolor, el vacío, la oscuridad y la desolación que experimenta el personaje, en la piel de una extraordinaria Tilda Swinton, como se evidencia en su presentación en la ferretería (una secuencia que vale su peso en oro, que escenifica ese desgarro y la mujer convertida casi en una especie de extraterrestre recién llegada a la tierra), convertida en un modelo-piel de la factoría almodovariana, siguiendo el camino que emprendieron otras como Carmen Maura, Julieta Serrano, Victoria Abril o Marisa Paredes, llenando de vida, pasión y alma esas historias de amor, de desamor, de sentimientos a flor de piel, de mucho pop, kitsch, desgarro, carnes de boleros, objetos en forma de corazón, espejos que nos duplican y deforman el interior, vestidos que parecen de otro tiempo y que reflejan lo que sentimos, instantes que fueron muy intensos, llenos de deseo, pasión y amor,  pero que ya han dejado de ser, realidades y sueños que pertenecen a otro momento, a aquel que fuimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Guillermo Rojas

Entrevista a Guillermo Rojas, director de la película “Una vez más”, en su alojamiento en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo Rojas, por su tiempo, generosidad y cariño.

Una vez más, de Guillermo Rojas

REENCONTRARNOS CON LO QUE FUIMOS.

“El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”.

Harold Pinter

Erase una vez una joven treintañera llamada Abril, que se trasladó a Londres desde Sevilla persiguiendo su sueño de convertirse en una arquitecta reconocida. Han pasado cinco años de aquello, y Abril está instalada en la ciudad inglesa trabajando como arquitecta y enamorada de Paul. Pero, su abuela muere, y se traslada a su Sevilla natal, como le sucedía a Léa, la protagonista de Tres días con la familia, de Mar Coll, también opera prima, donde se reencontrará con todo lo que dejó un lustro atrás. La casa de sus padres donde vivió, sus amigas del alma, las calles y los edificios de la ciudad que la vio crecer, y sobre todo, con Daniel, el ex novio con el que vivió cinco años, una relación que dejó cuando marchó a Londres. El director Guillermo Rojas (Córdoba, 1981), debuta en el largometraje con un relato de aquí y ahora, retratando a toda esa juventud muy preparada, que ha tenido que emigrar buscando oportunidades laborales que se les negó aquí, y no lo hace desde una posición embellecedora y simplista, sino todo lo contrario, a través de las contradicciones y claroscuros propios de alguien que siente nostalgia por aquello que tuvo, que fue, peor a la vez, siente alivio por vivir en otra ciudad, donde el trabajo es digno y humano. Entre esas dos dicotomías emocionales se mueven los sentimientos encontrados, recuperados y también, contrapuestos, que siente el personaje de Abril.

El cineasta cordobés, que también, escribe el guión, produce y monta la película, filma un par de instantes en Londres, pero acota su película en Sevilla, en ese par de días, donde seguimos a Abril y su (des) reencuentro con Daniel, paseando con ellos, yendo en bicicleta, observando la ciudad desde lo alto, lugares turísticos, que como exclama Abril: “No dejan de ser bonitos y agradables, aunque los inunden los turistas”, recorren una de esas pequeñas librerías, donde Daniel trabaja contando cuentos a los niños, en las que nos tropezamos con libros que hablan tanto de nosotros, y lo que sentimos, al igual que la película que la pareja circunstancial entra para ver un cine, y no es otra que La reconquista, de Jonás Trueba, otro (des) reencuentro entre ex después de quince años, topándose con la secuencia maravillosa del baile, o esas canciones, que como sucede en el cine de Almodóvar, hablan tanto de lo que les está ocurriendo a los personajes, con la canción “Una vez más”, interpretada por Laura Hojman, coproductora y jefa de vestuario de la película, además de directora de documentales como Tierras solares, que da título a la película, que escuchamos en directo, casi íntegramente, como ocurre con los directos de las películas de Kaurismäki o el propio Jonás Trueba, o esa catarsis del recuerdo, cuando entre todos los amigos, en mitad de la noche, se ponen a cantar “Ojos negros”, de Duncan Dhu, y otros temas musicales, que nos sirven para ejercer esa disección de las emociones de los principales protagonistas, y esa maraña de sentimientos complejos por los que pasan en estos apenas tres días de película.

Una jornada larguísima caminando por Sevilla, es el marco en el que se desarrolla el relato de Rojas, con sus luces y sombras, con ese día brillante, donde parece que todo vuelve a ser como antes, o esa noche, que despierta todos los reproches que no se dijeron en su día, o se guardaban para el posible momento, con sus risas y sus tristezas, con la vida de frente, sin tapujos, ni adornos. Con una luz naturalista e íntima, obra del cinematógrafo Jesús Perujo, que recoge la inmensa luz brillante de la capital andaluza, o la noche duerme vela de la ciudad, ayuda enormemente a capturar toda ese escenario de actualidad que recoge la película, aunque los temas universales que trata, la hacen atemporal a la vez, investigando la emigración de una juventud sin oportunidades, la problemática de la precariedad laboral, y sobre todo, todos esos sueños que albergábamos de jóvenes, todo lo que fuimos y nos eremos, tantas cosas que se perdieron por el camino, tantas emociones, tantos amores inconclusos, perdidos, que dejaron de ser para no ser jamás, tantas cosas que fuimos y ya nunca más seremos, reencontrarnos con todo eso es difícil, complejo y nada agradable de batallar.

Un reparto de jóvenes intérpretes andaluzas, entre los que destaca la maravillosa y cercana pareja protagonista, eje de la película, con una Silvia Acosta y Jacinto Bobo, componiendo sus respectivos Abril y Daniel, explotando esa naturalidad e intimidad que tanto demanda la película, con esas miradas que dicen tanto y callan más, con gestos que explican más que las palabras, con esos paseos que no solo recorren la ciudad, sino que recorren lo que sintieron, lo que fueron, y sobre todo, lo que pudo haber sido, en un relato sentimental y nostálgico, que huye del romanticismo azucarado, para adentrarse en una comedia dramática con hechuras y envolvente, que tiene en la palabra su razón de peso, como en las películas de Rohmer, Woody Allen, Linklater o las comedias madrileñas de los ochenta de los Colomo, Fernando Trueba y compañía, que no solo reflejaban una juventud esperanzada en los nuevos tiempos que afloraban, sino que retrataban de manera inteligente y real, las vicisitudes sentimentales de unos jóvenes torpes y frustrados, como ocurre en Una vez más, donde la juventud debe lidiar con la falta de trabajo, y las incertidumbres económicas, con el amor, un amor que más parece un náufrago a la deriva, perdido en la inmensidad de sus emociones, y esperando a encontrar o reencontrarse con aquel que fue, aquel que añora, o simplemente, aquel instante en que todo era posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez, director de la película “Una ventana al mar”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jiménez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Gaizka Ugarte

Entrevista a Gaizka Ugarte, actor de la película “Una ventana al mar”, de Miguel Ángel Jiménez, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gaizka Ugarte, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tommaso, de Abel Ferrara

MIRARSE HACIA ADENTRO.

“Ningún arte traspasa nuestra consciencia de la misma forma que lo hace el cine, tocando directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos e nuestras almas”

Ingmar Bergman

Personajes al límite, llenos de dolor, rabia y frustración. Almas que vagan por la ciudad, casi siempre Nueva York. Seres movidos por una pasión incontrolable, enfermiza y autodestructiva, alejados de los cánones establecidos, sumergidos en las partes más oscuras del alma, perdidos por los universos más inquietantes y perturbadores, esos lugares que se sabe cómo llegar, pero no como salir, espacios sin alma, donde el deseo y la pasión se desatan de forma autodestructiva. Asesinos despiadados, asesinas sedientas de venganza, enamorados perseguidos, traficantes de drogas sin escrúpulos, polis corruptos, vampiros vacíos, gánsteres tristes, espías enamorados, depredadores sexuales, son solo algunos de los personajes que ha tratado Abel Ferrara (Bronx, Nueva York, EE.UU., 1951), en sus más de cuatro décadas de trabajo en el cine, creando un universo único, profundo, y personalísimo.

En Tommaso nos habla de un artista, de alguien que está en pleno proceso de escritura de una película, alguien que se le parece mucho a él, y no es la primera vez que el cineasta neoyorquino habla de su oficio, ya lo había hecho en Juego peligroso (1993), The Blackout (1997), Mary (2005), 4:44 Last Day on Earth (2011), y Pasolini (2014), aunque en todas las mencionadas, encontrábamos rastros de la personalidad y el trabajo de Ferrara, es en Tommaso donde el cineasta se ha abierto más en canal, mostrándose y mostrando muchas situaciones que parten de su vida real, ya sean de una forma física o emocional, en el que retrata a alguien como Tommaso, en la piel de Willem Dafoe, en su quinta película juntos, hay una sexta Siberia, ya estrenada en festivales, que es el proyecto en el que trabaja Dafoe en la película. La aparición de su mujer real, la actriz moldava Cristina Chiriac, dando vida a Nikki, la esposa del protagonista, y la hija de ambos, DeeDee, interpretada por Anna Ferrara, la hija de Ferrara y la actriz moldava. La acción se sitúa en Roma, y en la vivienda de Ferrara, bajo la mirada y al existencia de Tommaso, alguien que da clases de expresión corporal, medita, hace yoga, acude a alcohólicos anónimos, trabaja intensamente en su película, y también, se ve atrapado por innumerables pensamientos neuróticos, esos fantasmas del pasado provocado por el consumo de psicotrópicos, que lo llevan a la inestabilidad emocional e inseguridad, consumido por miedos, intentando implicarse en su relación sentimental, que con el nacimiento de su hija, se ha visto alterada.

El magnífico trabajo de luz de la película, obra del cinematógrafo Peter Zeitlinger, el director de fotografía de Herzog, con esa cámara en continuo movimiento, escrutando la fisicidad, la corporeidad y la emocionalidad del protagonista, convertida en una parte más de su cuerpo, retratándolo y retratando esa Roma auténtica, ruidosa, llena de gente, donde el tiempo y el espacio nunca se detienen, donde encontramos vida a cada instante. Ferrara, como es habitual en su cine, refleja con autenticidad lo físico, como si de un órgano vital se tratase, y también, lo hace con lo emocional, donde mezcla con sabiduría y fuerza todos esos momentos imaginarios que la mente inestable de Tommaso le hacen ver y experimentar, exteriorizando los miedos e inseguridades que le llevan por su incapacidad de gestionar la nueva vida con la llegada de su hija pequeña. Tommaso, al igual que las criaturas de Ferrara, les cuesta enormemente psicoanalizarse, detenerse y mirarse un poco, todos son alma pura, una vida frenética hacia la nada, hacia la autodestrucción, sin posibilidad de redención, perseguidos por sí mismos, en sus particulares descensos a los infiernos, llenos de fantasmas, de espectros que los voltean y no les dejan en paz.

Ferrara hace una simbiosis perfecta entre la realidad-documento y la ficción pura y dura, donde desconocemos qué partes de la vida real del cineasta han llegado a filmarse sin una coma, o viceversa, donde realidad y ficción se funden de tal forma que todo parece real y ficción a la vez, dejando al espectador la libertad de elegir o interpretar cada instante de la película, si forma parte de un mundo u otro, y la intensa mezcla entre Dafoe, el actor profesional, rodeado de personas reales que se interpretan a sí mismos. Lo que contribuye el brutal montaje de Fabio Nunziata, que vuelve a trabajar con Ferrara después de Pasolini, en un excelente trabajo sobre el trabajo de las imágenes y la duración de las secuencias. Otros cineastas también se habían vestido de demiurgos y habían hecho su particular viaje introspectivo para exorcizar sus sueños y pesadillas como creadores, como lo hizo Wilder en Sunset Boulevard, Bergman en Persona, Fellini en Ocho ½, Godard en El desprecio, Truffaut en La noche americana, u Almodóvar en Dolor y gloria, entre muchos otros. Formas todas ellas de acercarse a la materia prima de sus películas, de sí mismos, de verse frente al espejo, como una especie de Dorian Grey intentando escapar inútilmente de su existencia real y todas las ficticias.

Willem Dafoe, un actor de raza, lleno de pasión, de físico y rostro marcados, y mirada penetrante, es el alter ego ideal de Ferrara, convertido en la figura contradictoria de ese creador atribulado, impredecible, y a punto de estallar, incapaz de enfrentarse a una realidad diferente, perdido en su mente, enfrascado en su laberinto mental, absorbido por su incesante nerviosismo y locura, en uno de esos personajes de las películas de Zulawski o Skolimowski, espectros vagando por mundos que no existen. Dafoe se convierte en el guía físico y emocional de la película, un tipo capaz de soportar las argucias mentales y neurosis que padece su personaje, alguien muerto de miedo y sin escapatoria de sí mismo, que se embulle en sus paranoias y escapa de esa realidad que le angustia, haciéndole creer que su pareja le rehúye y le desplaza, donde todas las cualidades de un grandísimo intérprete como Dafoe, consigue atraparnos y moldearnos a su gusto, en otra gran composición del actor de Wisconsin, otro inocente atrapados en sus neuras, alguien que le cuesta aceptar las cosas de otra manera, imbuido en su mentira y sus imaginaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA