Decision to Leave, de Park Chan-Wook

ESO QUE TENEMOS ES MÁS FUERTE QUE EL AMOR.

“Ser feliz, ser feliz porque si, porque respiro y porque tú respiras”

Pablo Neruda

MI primera vez con Park Chan-Wook (Seúl, Corea del Sur, 1963), fue con Old Boy (2003), un relato noir, muy oscuro y absorbente, con una elegante y sofisticada mise en scene, atravesada por una historia de amor arrebatada y sensual, estructurada a través de la venganza como leitmotiv, y sostenida en una violencia durísima, en una tragedia en la que se hablaba de vida y emociones. Eso sí, una de esas películas a la que siempre vuelves, siempre piensas, siempre imaginas, como ese amor que no puedes olvidar. Las siguientes del cineasta coreano han seguido en esa línea, atrapándonos en esos mundos dentro de este, unos mundos contradictorios, muy complejos, donde abundan las situaciones tensas y muy oscuras, en las que los espacios extraños y muy peculiares acompañados de los agentes atmosféricos tienen una importancia vital, escenificando el tsunami interior que están viviendo los respectivos personajes, unos personajes que deambulan, que no encuentran su lugar y sobre todo, van de aquí para allá en esa búsqueda incesante del amor.

Con Decision to Leave, nos sumerge en la mente de Jang Hae-joon, un policía insomne, obsesionado con su trabajo, en el montón de casos sin resolver que materializa mediante fotografías y notas en la pared del interior de un armario. Un policía que investiga los asesinatos de un sujeto que no logra detener, al que se suma el caso de un montañista, aficionado a Mahler, que ha caído mortalmente de una montaña muy peculiar. La cosa parece ser un suicido, pero con la entrada de Song Seo-rae, la mujer del muerto, todo cambia, y entre los dos nace una especie de amor-odio imposible de descifrar que los irá acercando cada vez más. Park Chan-Wook es un maestro de sumergirnos en su historia, y no lo hace de forma burda o con prisas, sino todo lo contrario, lo hace como los grandes maestros, a través de todo lo invisible, a través de miradas, gestos y objetos, objetos que adquieren su propio punto de vista, como esos encuadres a través de pantallas, y esos planos detalle en los que traspasa la pantalla como esas manos esposadas y rozándose, metáfora del conflicto que existe entre los dos protagonistas, y qué decir de esas secuencias, por ejemplo la del interrogatorio, en los que cambia la perspectiva o la vemos a través del reflejo o los monitores.

Una puesta en escena detallada y meticulosa, de la que cada movimiento de cámara no solo sirve para ver las cosas sino también para cambiar la perspectiva y generar esa incertidumbre constante en las emociones de los espectadores, creando esas imágenes imposibles que destilan una lírica suave y elegante, que le acerca a cineastas de la elegancia como Ophüls, Minnelli, Bresson, Visconti, y otros. Si la cámara interviene de forma fantástica en la narrativa del relato, el relato en si no le va a la caza porque también se muestra como un intenso y profundo caleidoscopio de situaciones, de tiempos, que van y vienen, y de conflictos laberinticos que empiezan y acaban sin ningún orden aparente, en el que los personajes viven el presente y el pasado aleatoriamente, aunque todo ese mejunje no hace que la película se torne complicada ni mucho menos, porque tiene esa mezcla de clasicismo y muy rompedoras como la tenían cineastas que también idearon historias de amor fou como Amanecer (1927), de Murnau, Breve encuentro (1945) de Lean, Jennie (1948), de Dieterle, Vértigo (1958), de Hitchcok, y Tristana (1969), de Buñuel, que acuñó el termino amor fou, In the Mood for Love, de Wong Kar Wai,  entre otras.

Chan-Wook, fiel a sus más cómplices colaboradores, vuelve a coescribir el guion junto a Seo-kyeong Keaong, quinto trabajo juntos, así como el cinematógrafo Kim Ji-Yong, acompañándolo en muchas de sus obras, y un reputado técnico que consigue ese aroma poético y muy cotidiano que tiene la película, con esos colores que contratan mucho con el ambiente, y esa atmósfera densa que nos subyuga desde el primer minuto, enredándonos en esos conflictos y emociones de los personajes, la excelente música de Jo Yeong-Wook, otro habitual, al que su lírica composición que va mucho más allá del acompañamiento, contribuyendo en construir toda esa madeja de emociones tan intensas y profundas, amén de las otros temas que como es frecuente en el cine del cineasta coreano, hay una mezcla muy interesante y particular, porque escuchamos desde la clásica de Mahler hasta un tema como “Niebla”, un bolero de antes que transmite todo lo que les acerca y distancia a los dos personajes principales, y finalmente, la participación del montador Kim Sang-Beom, toda una institución en la cinematografía coreana con más de cien títulos a sus espaldas, un habitual de Chan-Wook, que consigue una maravilla de edición, dotando de coherencia y ritmo pausado a una película que se va a los ciento treinta y ocho minutos de metraje, que no cansa y sobre todo, no aburre en ningún instante, sino todo lo contrario, donde el interés y el misterio adquieren un tono de in crescendo arrollador y muy inquietante.

Una magnífica pareja protagonista, con demasiadas vidas en sus pasados, con Park Hae-Il, que habíamos visto en Memories of Murder y The Host, ambas de Bong Joon-Ho,  en la piel del policía que no puede dormir, en alguien que vive agobiado por la niebla donde vive, que no está enamorado de la mujer con la que vive, y sobre todo, se siente fascinado por Song Seo-rae, a la que debe investigar y amar a la vez, todo un conflicto enorme, pero junto a ella lo tiene todo, o quizás podríamos decir, no le falta nada. Frente a él, Tang Wei, la actriz china que nos había maravillado en película como Deseo, peligro, de Ang Lee y en la reciente Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan, en el rol de esa femme fatale, de esa mujer que nos seduce con la mirada o con un leve gesto, tan inteligente y bella, pero también llena de peligro por su intervención o no en las diferentes muertes que se van sucediendo durante todo el metraje. Como en toda película de amour fou que se precie, nos encontramos con una pareja protagonista compleja, llena de amor y también de odio e indiferencia, por lo menos en un sentido aparente, porque el noir debe contener esos elementos de persuasión y sensualidad, esos momentos en los que el tiempo se detiene, como los convirtiera en seres inmateriales, donde todo lo terrenal adquiere otro sentido, como esa maravillosa secuencia en la cima de la montaña, mientras está nevando y cae la noche, todo adquiere magia y sobre todo, una belleza donde podemos escuchar la respiración de los seres en cuestión, un elemento primordial en la película, porque constantemente se juega en todo lo que sienten y se explica con imágenes, detalles, objetos y acercamientos, sin recurrir a los diálogos, convirtiendo la película en un ejercicio de cine mudo, donde la imagen prevalece ante la palabra.

No dejen pasar la oportunidad, si la tienen, porque no todo el mundo tiene un cine que programen una película como esta, peor el que si la tenga, no deje de ver Decision to Leave en una pantalla grande, como mandan las buenas películas, con unas características de sonido y butacas muy cómodas, porque créanme si les digo que la película así lo requiere, porque cuenta y sobre todo,  está contada con elementos pensados para una gran pantalla, donde la imagen tiene esa fuerza y esa belleza, donde el tiempo pierde su sentido, y la vida lo tiene todo, porque no solo van a disfrutar de uno de los cineastas más rompedores e interesantes actuales, sino que se van a dejar llevar por el amor, eso sí, un amor de verdad, de los que duran para siempre, y no me refiero a lo físico, sino a lo emocional, a los que después de los años, siguen en tu interior, y no los puedes olvidar, y no por intentarlo, sino porque es mucho más fuerte que el amor, un amor que vive, que sueña y sobre todo sigue en el recuerdo, porque uno no ama y recuerda a quién quiere sino a quien sintió de verdad, al que no puede olvidar aunque pasen los años. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Claudio Zulian

Entrevista a Claudio Zulian, director de la película «La montaña mágica», en la Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el jueves 19 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudio Zulian, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mikado, de Emanuel Parvu

EL COLLAR DE ORO DE MAGDA.

“La culpa es uno de los sentimientos más negativos que puede tener el ser humano y, al mismo tiempo, una de las maneras más utilizadas para manipular a los otros”.

Bernardo Stamateas

Es realmente curioso y revelador como el cine rumano desde su magnífica irrupción con películas como La muerte del señor. Lazarescu (2005), de Cristi Puiu y 4 meses, 3 semanas, 2 días (2008), de Cristian Mungiu, entre otras, se ha caracterizado por contarnos relatos profundamente íntimos y cotidianos que ponen el foco en el entramado político, social, cultural y económico de un país que sale de un régimen dictatorial y avanza muy lentamente a una democracia que solo se ve en la teoría. Cine social muy potente, que traspasa la pantalla para construir realidades duras y profundas, entre los que abundan personajes envueltos en una trama sencilla pero muy claustrofóbica y llena de tensión. Nos acordamos de películas como Madre e hijo (2013), de Calin Peter Netzer, El tesoro  (2015), de Corneliu Porumboiu y Sieranevada (2016), de Cristi Puiu, por citar solo algunas. A esta premisa narrativa y formal se suma Mikado, segundo trabajo de Emanuel Parvu (Bucarest, Rumanía, 1977), del que conocíamos su labor como actor en películas de Mungiu como Los exámenes (2016).

En su nuevo trabajo no anda muy lejos del relato que armaba en su opera prima, Medea o la parte no tan feliz de las cosas (2017), en la que un padre sin oficio ni beneficio intentaba conseguir la custodia después de la muerte de la madre. Con el mismo actor Serban Pavlu, ahora convertido en padre de una rebelde adolescente, la tal Magda, con la que tiene una relación difícil. La trama coescrita por Alexandru Popa y el propio director es sumamente sencilla: el padre regala un collar de oro a Magda el día de su cumpleaños, pero esta se lo regala a una niña enferma de cáncer y el collar desaparece. El padre no la cree y arremete contra una enfermera mayor que casualmente ha encontrado el collar perdido. A partir de ahí, se irán sucediendo una serie de conflictos en los que también entrarán en liza la pareja del padre y el hijo de la enfermera, que es el novio de Magda, donde la tensión irá in crescendo donde cada personaje intentará resolver sus propios conflictos y los que tiene con el otro en una trama que se desarrolla en pocos días y sobre todo, nocturna.

Como hace con el actor protagonista, Parvu vuelve a contar con parte del equipo de su primera película como el cinematógrafo Silviu Stavilâ, que impone una luz natural llena de contrastes, en el que abundan los planos medios y los planos secuencias, el editor Dan Sefan Parlog, con un trabajo primoroso de montaje con ese ritmo vertiginoso para condensar los cien minutos de metraje que pasan volando, con esa tensión que se agarra y no nos suelta, y el productor Miruna Berescu, a los que se han añadido Jordi Niubo, coproductor de la reciente Silent Land, y Bogdan George Apetri, que está en los créditos de películas tan importantes como Nadie nos mira (2017), de Julia Solomonoff, Blaze (2018), de Ethan Hawke y Canción sin nombre (2019), de Melina Léon, entre otras. Como hicieran cineastas de la talla de De Sica/Zavattini, Berlanga, Kaurismäki, Kiarostami y Farhadi, entre muchos otros, en la construcción de relatos íntimos de personas de a pie envueltos en conflictos que son meras escusas para hacer una interesante y profunda radiografía de las corruptelas del estado y demás, sumergiéndonos en historias kafkianas de una complejidad agobiante y con resultados muy inciertos.

Mikado, de irónico título que hace referencia al objeto que aromatiza el hogar, una metáfora de lo que el collar de oro consigue en los personajes y la relación agobiante entre ellos, donde el conflicto cada vez se hace mayor con resultados muy inquietantes. Un elemento vital en el cine rumano es la composición de sus intérpretes, con actuaciones muy sencillas y tranquilas, sin nada de aspavientos ni estridencias ni gestos superfluos, todo es interior, todo se mira, se mueve y sobre todo, se transmite con una capacidad absorbente en el que los espectadores nos convertimos en un individuos más del cuadro en cuestión. El ya mencionado Serban Pavlu, que hace de un padre de ahora, en continuo conflicto con su hija adolescente y sobre todo, un tipo desquiciado demasiado impetuoso cuando el problema se hace complicado. Lo acompañan Crina Semciuc, una actriz que lleva una interesante carrera en el cine rumano, que hace de su pareja, más calmada e inteligente, y luego los más jóvenes, casi debutantes, Ana Indricau como Magda, y tudor Cucu-Dimitrescu como el hijo de la enfermera, que tendrá una relevancia importante. Disfruten de la construcción de Mikado, y padezcan sus conflictos y todo lo que les ocurre a sus personajes, que podríamos ser nosotros, porque sus problemas no son solo de Rumania, porque lo que les ocurre está en todas partes: la dificultad de comunicarse con los demás, y más con tus hijos adolescentes, la capacidad o la inoperancia de resolver o no conflictos, la estúpida culpabilidad y la responsabilidad de nuestros actos, en fin, de tropezar en la vida y cómo lo resolvemos, tan difícil y tan incierto, pero eso es vivir o al menos es así como vivimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Regreso a Raqqa, de Albert Solé y Raúl Cuevas

MARC MARGINEDAS, REPORTERO DE GUERRA.

“No hay guerra que se pueda transmitir a distancia. Una persona se sienta a la mesa y se pone a comer tan tranquila mientras ve la televisión: en la pantalla, torbellinos de tierra saltan por los aires –corte–, se pone en marcha la oruga de un tanque –corte–, los soldados caen abatidos y se retuercen de dolor, y el espectador pone mala cara y maldice furioso porque, pendiente de la pantalla, ha puesto demasiada sal en la sopa”.

Ryszard Kapuscinski

La ausencia de imágenes, ya sean fotografías o audiovisuales, nunca significa un abandono de la película que se quiere contar. Si vemos el cine de Rithy Panh, descubrimos que, en La imagen perdida (2013), unas cuantas figuras de barro pueden retratar el horror vivido en los campos de trabajo de los Jemeres Rojos en Camboya. En otras ocasiones, la animación se ha utilizado ante la falta de imágenes como en películas tan extraordinarias como  Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Vals avec Vashir (2008), de Ari Folman, en las que se retrataba duras experiencias como crecer siendo mujer en el régimen de los Ayatolá y como soldado israelí en una matanza de refugiados.

Los reporteros de guerra también han tenido sus películas como Un día más con vida (2018), ´de Raúl de la Fuente y Damian Nenow, sobre la experiencia africana de Kapuscinski, y Chris el suizo (2018), de Anja Kofmel, en la se narra la muerte de un reportero en la guerra de los Balcanes. En Regreso a Raqqa se centran en la experiencia del reportero de guerra Marc Marginedas, especialista en cubrir conflictos en países árabes que, después de su tercer viaje a Siria fue secuestrado por el Estado Islámico durante seis meses junto a otros diecinueve colegas y funcionarios de ONG. Sus directores son Albert Solé (Bucarest, Rumanía, 1962), con experiencia como reportero TV,  y con el nuevo milenio dedicado al cine documental en el que ha dirigido y producido más de veinte títulos, entre los que destaca el retrato de un personaje enfrentado a sus propios límites como Bucarest, la memoria perdida, Al final de la escapada, Los recuerdos del hielo, Gabor, entre otros, y Raúl cuevas (Barcelona, 1978), dedicado también al cine documental, entre los que destaca sus trabajos con Miguel Ángel Blanca, y sus trabajos conjuntos con Solé en la serie Examen de conciencia (2019), y L’última cinta des de Bosnia (2020).

Con Regreso a Raqqa vuelven a unir sus esfuerzos para contarnos desde lo personal e íntimo la horrible experiencia de Marc Marginedas, pero huyen del sensacionalismo y el manido ejercicio de superación, para adentrarse en un tipo que nos habla a modo de diario personal en su vuelta a Siria para contarnos lo que allí le sucedió. Marginedas nos habla, sin prejuicios ni cortapisas, de su oficio de periodista, de su labor como reportero de guerra durante las dos últimas décadas, de su trabajo a pie de guerra en países árabes, y sobre todo, de su secuestro durante seis largos meses en Siria. No deja nada fuera, cuenta con toda crudeza y realismo lo que allí vivió, su cotidianidad, sus torturas, sus palizas, el hambre, el miedo, la muerte, y mucho más, siempre desde la profundidad y la rigurosidad, sumergiéndonos en el horror de unos hombres que sembraron de terror y muerte allá por donde pasaban.

Solé y Cuevas tienen un material de primera, pero no lo envuelven en condescendencia ni mucho menos en sentimentalismo, aquí no hay nada que lo embellezca ni nada de heroísmo de telenovela, solo hay un viaje al corazón de las tinieblas, que nos mencionaría Conrad, y qué viaje, en el que su protagonista nos habla y nos cuenta, y sobre todo, revive su cautiverio y el de sus compañeros de celda, contando los seis que fueron ejecutados. Los cineastas optan por un relato breve, apenas su duración llega a los setenta y ocho minutos de metraje, en los que nada se deja al azar, donde todo se cuenta desde lo más crudo, añadiendo una gran sensibilidad y humanidad, contrarrestando todo el infierno que vivieron tanto Marc como los demás. Como buena película no solo asistimos al testimonio del protagonista, porque la cinta se nutre, y muy acertadamente, de otros testimonios como compañeros de secuestro, familiares de fallecidos, los allegados, compañeros y familia del protagonista, así como expertos en la materia, en los que se añade más información y sobre todo, se contextualiza los pormenores de lo que era el ISIS, su origen y su extrema violencia, y se hace un recorrido sincero sobre campos de refugiados en la actualidad y Marc recoge el testimonio de lo que fue vivir cerca de los asesinos del Estado Islámico.

El tótem del cine documental Frederick Wiseman dijo en su visita a la Filmoteca de Catalunya allá por la primavera de 2016 que: “El cine para ser verdad o buscar su verdad debía ser sincero, no solo con lo que retrata, sino también con el retrato que hace de sí mismo”, es decir, que nada de lo que se y lo que se oculta, corrompa en un ápice la verdadera intención de la película, que no es otra que retratar a las personas y sus hechos de forma honesta, sin querer violentar aquello que se ve y se retrata. Regreso a Raqqa se estructura a través de este precepto porque se envuelve de honestidad y veracidad en explicar la identidad de su protagonista, sus hechos y su convicción por y para el periodismo, y aún más, retrata el horror de forma cercana y humana, desviándose del espectáculo y recogiéndolo en un sensible y durísimo drama del horror que puede imponer una persona a otras, porque los asesinos del ISIS son eso, solo personas guiadas por el fundamentalismo más atroz que ven en la guerra y la destrucción su sentido vital, una desgracia para todos que la guerra siga siendo un medio y un fin, lo único humano en todo esto es que, personas como Marc y demás reporteros estarán allí para retratarlo y contarlo, seguramente no sirve para cambiar nada, si para dejar constancia que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La vida sin ti, de Laurent Larivière

JOAN FRENTE A SUS RECUERDOS.

“Cada momento induce a la imaginación en cada momento. Lo sabemos bien: la realidad es totalmente subjetiva”.

Paul Valéry

En su extraordinario libro de memorias “Vivir para contarla”, Gabriel García Márquez deja bien claro que la vida no se cuenta como sucedió, sino como se recuerda. La misma actitud toma, qué remedio, Joan Verra, la protagonista de La vida sin ti (del original, À propos de Joan), segundo trabajo de Laurent Larivière (Montpellier, Francia, 1972), después del interesante Je suis un soldat (2015), que también nos hacía un retrato sobre una mujer, más joven y en un mundo dominado por hombres. Desde su arranque, la película deja clara su camino, con esa mirada de la protagonista hacia nosotros, en un gesto de aquí estoy y aquí está mi vida, donde comienza a contarnos su existencia, desde el volante de su automóvil y en mitad de una noche con lluvia. Asistimos a su vida, o mejor dicho, a sus recuerdos, a lo que ella recuerda y también, inventa, porque lo que recordamos siempre está envuelto en muchas cosas, todo aquello que hemos experimentado, lo bueno y lo no tan bueno, y lo que nos queda de todo lo vivido y lo que no hemos vivido.

El director francés vuelve a contar con su guionista François Decodts, como ya hiciese en la mencionada Je suis un soldat, para armar una historia que acoge cuarenta años de la vida de Joan, es decir, una historia que va y viene, a través de los recuerdos de Joan Verra, tanto de joven como adulta, viviendo los momentos que han marcado su existencia, esos instantes que vuelven a nuestra memoria una y otra vez, como si el tiempo se hubiera detenido. Volvemos a experimentar cuando conoció a su primer amor, el tal Doug, en la Irlanda setentera, el nacimiento de su hijo Nathan, la huida de su madre, su trabajo como editora, la entrada en su vida de Tim Ardenne, todo contado a través de elegantes y sutiles flashbacks, desordenados y sin seguir ninguna línea racional, sino emocional, porque estamos en el interior de la protagonista, sintiendo sus emociones, experimentando con ella esos momentos que nos van definiendo el carácter y nuestra actitud ante la vida, viviendo o haciendo lo que podemos con las cosas que nos van pasando, en las alegrías y tristezas.

La excelente cinematografía de Céline Bozon, que ha trabajado con cineastas tan interesantes como Valérie Donzelli y Claire Simon, entre otras, consigue crear esa idea de sueño romántico que tiene toda la película, donde se huye del realismo para adentrarse en un viaje sentimental y duro de la protagonista, que sin aspavientos y con suma delicadeza, cambia de un tiempo a otro, matizando con sutileza todos los cambios, cambios que se decantan por la emocionalidad, más que por el realismo, la suave y acogedora música de Jérôme Rebotier con más de cuarenta bandas sonoras en su filmografía, también resulta hipnotizadora para una película que sienta todo su entramado en lo de dentro, y el gran montaje de Marie-Pierre Frappier, que repite con Larivière, que sabe centrar el volumen de hechos y lugares en una dinámica brillante y profunda, como en esos momentos donde la película se recoge en sí misma y mira hacia lo invisible.

En una película que necesita varios intérpretes para un mismo personaje, es imprescindible acertar no en la apariencia física, sino en los gestos y en las emociones que se quieren transmitir, y Larivière lo consigue con creces con un reparto lleno de miradas, gestos y no verbalidad con una apabullante y esplendorosa Isabelle Huppert convertida en maestra de ceremonias, qué poco hay que decir de ella, en un personaje complejo, que todo es hacia dentro, y ella lo hace de manera bella, con esa frialdad que la caracteriza, y sobre todo transmitiéndolo todo. La Huppert tiene a Freya Mayor, una actriz que transmite intimidad, haciendo de la Joan joven, y cumple con creces dando vida a una mujer enamorada, pero también desilusionada y sola. Al igual que Éanna Hardwicke en el rol de Doug de joven, con ese entusiasmo, esa vitalidad y ese ser. Florence Loiret Caille hace de Madeleine, la madre de Joan, una mujer llena de vida, que resulta una mujer inquietante y misteriosa para todas. El actor alemán Lars Eidinger hace de escritor maldito, un tipo ensombrecido y talentoso, atormentado por el amor a Joan, y finalmente, Swan Arlaud es Nathan, el hijo de la protagonista, dividido en tres etapas, de niño, de adolescente y joven, y con una relación muy peculiar con su madre, con muchas idas y venidas.

El cineasta francés ha construido una película hermosísima, que se ve sin dificultad y nos hace pensar mucho en nosotros mismos y la vida y las vidas que hemos y no hemos vivido, que no solo habla de los recuerdos durante cuarenta años de una vida, sino que va mucho más allá, porque se adentra en todo aquello que nos ha marcado: aquel amor, aquel hijo, aquella madre, y sobre todo, nos devuelve a nuestras reacciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones, las que tuvimos y las que recordamos, y también, las que nos inventamos, porque si la vida, que no tiene sentido, como menciona la protagonista en alguno de los soliloquios que nos dirige, tiene mucho de ficción, de mentira, porque la realidad siempre es subjetiva, y además, nunca parece real, porque depende de lo que sintamos en ese momento, y no de la situación que estamos viviendo, en fin, toda una vida cabe en muy poco espacio, o quizás, la vida solo existe dentro de nosotros y fuera es otra cosa tan irreal que debemos inventarla para soportarla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Holy Spider, de Ali Abbasi

EL HOMBRE QUE ASESINA PROSTITUTAS POR LA NOCHE.

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?

Jacinto Octavio Picón

Conocí el caso real de Saeed Hanaei, el hombre que en el 2001 asesinó a 16 prostitutas en la ciudad santa de Mashhad en Irán, gracias a la televisión pública, cuando era televisión y sobre todo, pública, en uno de aquellos impresionantes programas a las tantas de la noche. Ha sido todo una gratísima sorpresa que un cineasta de la talla como Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) realice una película sobre el tema, porque intuía que no iba a ser el típico thriller convencional tan ofertado actualmente. Conocíamos la habilidad del director iraní, afincado en Dinamarca, de la creación de atmósferas, en indagar en temas incómodos como lo podrían ser la maternidad en Shelley (2016), y la diferencia en Border (2018), y en el thriller profundamente personal y atípico, más reconocido en los clásicos con personajes complejos e historias de los bajos fondos, al mejor estilo hitchcockiano.

En su tercera película, Holy Spider, construye un relato a partir de la historia real de Saeed Hanaei, en un guion que escribe junto a Afshin Kamran Bahrami, pero no lo hace tomando partido ni simplificando el conflicto, sino que lo cuece a fuego lento a partir de dos personalidades, la de la periodista Rahimi, que viene de la capital a investigar en Mashhad, la segunda ciudad del país y la ciudad santa por excelencia después de La Meca, y la del asesino. Aunque el tema de caza está presente en la historia, no es lo importante, porque la película esta erigida a través de las contradicciones tanto de los dos personajes mencionados como de la propia ciudad, donde resaltan la vida de una mujer sola estigmatizada como deja bien claro en la secuencia del hotel o en la conversación con su colega periodista, y la llamada de teléfono con su madre, y el otro frente, el asesino, un marido y padre de tres hijos pequeños, profundamente religioso, veterano de la guerra Irán-Irak, y auto declarado limpiador de la impureza por eso asesina a prostitutas.

El director iraní no solo se queda ahí, en los tremendos contrastes en los profundiza la película, sino también el lugar de los hechos, una ciudad orgullosa de su religiosidad hace la vista gorda ante la prostitución, las drogas y demás, como demostrarán la policía, cabeza visible de la corrupción y la hipocresía que reina en las autoridades. Abbasi vuelve a acompañarse de varios de sus colaboradores más fieles que han estado en las tres películas hasta ahora como el cinematógrafo Nadim Carlsen, que crea esa atmósfera nocturna y absorbente donde se posa buena parte del relato, repleto de sombras y ambientes malsanos y cotidianos, la montadora Olivia Neergaard-Holm, que consigue ser concisa e imponer un ritmo pausado a una historia que se va casi a las dos horas de metraje, el músico Martin Kirdov, con una composición cargada de tensión donde abundan los ritmos atmosféricos, que recuerdan a los trabajos de Tindersticks para el cine de Claire Denis, y el productor Jacob Jarek, que ya estuvo en Shelley, junto a Sol Bondy, que coprodujeron las dos películas de Grímur Hákonarsen, entre otras.

El gran reparto encabezado por una grandiosa Zar Amir-Ebrahimi en la piel de la periodista Rahimi, con esa mirada potentísima, llena de fuerza y vulnerabilidad, enfrentada al asesino, que hace de forma memorable el actor Mehdi Beajestani, que ha trabajado con Asghar Farhadi, entre otros,  un tipo que se cree guiado por Dios, sino también a una sociedad miserable, que mira hacia el otro lado cuando le interesa, que violenta a las mujeres por el simple hecho de su condición, y sobre todo, vive instalada en la hipocresía, en la misoginia y en el de proteger a asesinos como Saeed Hanaei por el simple hecho de “limpiar la ciudad” de aquellos individuos que otros por interés económico dejan que existan. Abbasi no se corta un pelo en mostrar la suciedad de una sociedad que se enorgullece de su religiosidad, porque podemos ver de forma explícita desde cuerpos desnudos como el sorprendente arranque de la película, consumo de drogas, escenas de sexo y prostitución, secuencias que casi nunca se muestran en el cine iraní y árabe.

El cineasta iraní nos atrapa sin estridencias ni piruetas argumentales, en un grandísimo relato que se aparta de modas y espectacularidades modernas, para indagar en la moral social, en cómo funcionamos como sociedad, donde están los límites del bien y el mal, y sobre todo, la realidad putrefacta y violenta que ocultan la mayoría de las sociedades, dejando ver sus entrañas y su verdadera identidad, donde prevalecen formas antiguas y conservadoras en las que se permite la injustica y la corrupción de los gobernantes amparados en la religión o en cualquier otra cosa. El personaje de Rahimi no solo es una mujer, es la mujer que representa todas las injusticias que se cometen en las sociedades del mundo ante las mujeres, en un personaje que se basa en la periodista que siguió la detención y el juicio de Saeed Hanaei, y al que también entrevistó, porque es el personaje que vive todas los sometimientos de la mujer en la sociedad iraní, esa misma sociedad que protege y no juzga al asesino, un tipo al que ven como un ser enviado por Dios para eliminar la suciedad de la sociedad, su sexo, sus drogas y sus cosas, las mismas que otros mismos consumen, solo que a escondidas, en fin, vivimos en esas sociedades, o podríamos decirlo de otra manera, vivimos porque miramos a otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias

Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, directora y actriz de la película «Qué buena broma, Bromelia», en una cafetería del Borne en Barcelona, el viernes 2 de diciembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Entrevista a Santi Trullenque

Entrevista a Santi Trullenque, director de la película «El fred que crema», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 17 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roger Casamajor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Roger Casamajor

Entrevista a Roger Casamajor, intérprete de la película «El fred que crema», de Santi Trullenque, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 17 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roger Casamajor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Adrià Collado y Daniel Horvath

Entrevista a Adrià Collado y Daniel Horvath, intérpretes de la película «El fred que crema», de Santi Trullenque, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 17 de enero de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adrià Collado y Daniel Horvath, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA