Entrevista a Hugo Stuven

Entrevista a Hugo Stuven, director de la película «El nido», en la terraza del Hotel Seventy en Barcelona, el martes 8 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Stuven, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El nido, de Hugo Stuven

EL MAL ESTÁ AFUERA. 

“El bien y el mal no tienen nada que ver con los dioses. Tiene que ver con nosotros”

Matthew Woodring Stover

El cine de género de los últimos años se ha decantado por un público joven y distraído, olvidándose de lo psicológico y sobre todo, de sugerir, generando atmósferas que atrapen al espectador de forma sutil y construyendo tensiones sorprendentes. Ahora, el cine de género se ha instalado en una comodidad trillada, porque todo se muestra demasiado y el susto facilón se ha convertido en el sello de muchas producciones, recurriendo a tramas en muchos casos inverosímiles y con poca profundidad. Por eso una película como El nido, de Hugo Stuven (Madrid, 1978), coescrita por Santiago Lallana y César de Nicolás (cómplices en los anteriores trabajos de Stuven) y el propio director, es una excepción, porque basa toda su trama en todo aquello que no vemos, y nos construye una asfixiante atmósfera psicológica, tan cotidiana como sorprendente, con pocos personajes, donde todo se sugiere, y sobre todo, en un concepto simple pero muy atractivo: el bien y el mal, dos espejos y dos espacios: interior y exterior. Un interior que es una casa perdida en mitad de una arboleda en la que moran Marta, una mujer acosada por el fatídico mal, su pequeño hijo Óscar, y su madre Elena, que tiene encadenada.   

De Stuven conocemos sus películas Anomalous (2016), Solo (2018) y su serie Dime tu nombre  (2015), amén de sus documentales sobre ETA y figuras deportivas como Ángel Nieto y Severiano Ballesteros. En sus ficciones se ha decantado por el terror, un terror psicológico, exceptuando Solo, que gira sobre la supervivencia de un hombre accidentado. Un cine de género que huye de lo fácil y lo evidente para rastrear espacios atrayentes y crear atmósferas peculiares como lo que hace en El nido, en un escenario que recuerda a las películas de estudio que se hacían en el Hollywood clásico en los treinta y cuarenta, y las producciones míticas de la Hammer inglesa, porque la casa, donde se desarrolla la trama, sin olvidar su exterior, porque en la película es tan importante lo que se ve como lo que no, y también el citado concepto de dentro y fuera, del mal como personaje o ente que sacude la vida y las circunstancias de todos los personajes, sobre todo, el de Marta, un ser que vive atemorizada por todo ese mal que viene del exterior, y hace y deshace en relación a eso que no sabemos qué es. Lo iremos descubriendo a medida que avanza la trama, sin prisas y con detalle, siendo la sombra del personaje de Marta. 

El gran trabajo técnico de la película ayuda a crear las tensiones que se van produciendo, desde la cinematografía de Ángel Iguácel, otro colaborador estrecho del director madrileño, con una luz mortecina que evidencia la atemporalidad del relato, y ayuda a crear ese universo tan íntimo y a la vez, tan siniestro, donde lo cotidiano opta por formas muy oscuras sin perder ningún atisbo de realidad doméstica. La magnífica música de Vanessa Garde, con más de 39 títulos al lado de cineastas como Raúl Arévalo, Jota Linares y Claudia Pinto, entre otros. Una composición que atrapa desde el primer minuto potenciando el entramado psicológico que se cierne sobre la historia. Destacar el arte de una grande como Ana Alvargonzalez y el vestuario de Olga Rodal e Irantzu Ortiz, elementos fundamentales en el terror para definir la ambigüedad de la temporalidad. El montaje de un grande de nuestro cine como Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 películas en su filmografía que le ha llevado a trabajar con Amenábar, Bollaín, Léon de Aranoa y muchos más. Una edición que se ve con reposo, sin aceleraciones, dosificando la información con temple y detalle, en sus 109 minutos de metraje que se ven con tensión y ese mal rollo instalado. 

La presencia de Michelle Jenner como Marta es todo un acierto, porque la actriz catalana hace uno de sus mejores papeles, porque se aparta de todo lo que había hecho hasta la fecha, en un rol de una mujer obsesionado con el mal de afuera, con su pasado, sus culpas y arrastrando un dolor que le impide estar bien con los demás y consigo misma. Le acompañan Luisa Gavasa como su madre, y el niño Dylan Radley como su hijo Óscar, y hasta aquí puedo leer para no desvelar más de lo necesario. Si tuviésemos que poner algún pero a El nido, sería algún barullo de guion por la acumulación de información, aunque solo es un leve detalle que no desmerece en absoluto el conjunto de la películas, porque nos devuelve el cine de género como se hacía antes, con esas películas que nos sujetaban a la butaca del cine o del sofá de nuestra casa, sin parpadear y sin mover un músculo, ya que las imágenes que veíamos nos paralizaban. Estamos ante un cuento de terror con aroma de Shyamalan y Eggers, que se ve con mucho interés, y no recurre a las trampas de muchas películas, y eso ya es mucho, porque Hugo Stuven quiere que los espectadores disfruten de su película, es decir, que lo pasemos mal durante un rato, en esa casa y con esos personajes y el pasado y las heridas que arrastran que no son pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hágase tu voluntad, de Adrián Silvestre

EL PADRE DEL CINEASTA.  

“La reconciliación es una decisión que se toma con el corazón”. 

Ingrid Betancourt

De las cuatro películas que he visto de Adrián Silvestre (Valencia, 1981), el retrato es el germen desde el que se van construyendo las historias. Con su debut Los objetos amorosos (2016), nos hablaba de desarraigo y amor en los cauces de la ficción. En sus dos siguientes largometrajes, el documental era el vehículo para contarnos sendos retratos sobre el universo trans, uno colectivo en Sedimentos (2021), en el que descubrimos a diferentes mujeres trans, con su historias e inquietudes, e individual en Mi vacío y yo (2022), en el que Raphi nos contaba en primera persona su vida y presente. Con Hágase tu voluntad, sin dejar el retrato, el cineasta valenciano hace una vuelta de tuerca en su cine, porque se refugia en su intimidad y nos habla en primera persona de él y su difícil relación con su padre Ricardo, al que lleva 23 años sin ver. Una película sobre un padre vividor, independiente y hedonista que se separó de su madre, se ennovió con una mujer que años después muere, y ahora, con más de setenta años, enfermo, solo y depresivo tiene la necesidad de volver a estar con sus hijos. 

La película va de frente y de la mano del propio cineasta que se abre en canal y nos retrata su relación con su padre, totalmente inexistente durante más de 20 años, y la intención de romper esa distancia y volver a hablar a su padre. Silvestre construye un íntimo y sensible viaje emocional que nos habla de pasado tortuoso y presente reconciliador, tratando temas muy complejos como la necesidad de recuperar al otro, las dificultades de los procesos de reconstruir vínculos personales y familiares, temas importantes como el derecho a morir dignamente y todo lo que genera en el entorno familiar como su madre, su hermana y el otro hermano mucho más reacio en la relación con el padre. La película se cuenta a través de un año más o menos, acorde con las visitas de Adrián, arrancando en verano con las fiestas de moros y cristianos, siguiendo en invierno con las navidades y después con la semana santa y demás. Un tiempo de diálogo, de recordar el pasado, la infancia, los que ya no están y demás cuestiones algunas demasiado dolorosas y oscuras. Silvestre, como nos tiene acostumbrados, no se regodea en la sensiblería ni nada que se le parezca, sino que confronta las diferentes emociones para compartirlas y sobre todo, mirarse frente a frente para contarse todo aquello que no se ha contado. 

La película tiene un brillante trabajo técnico empezando con la exquisita y cercana cinematografía de Lara Vilanova, en su primer trabajo con el director, después de sus trabados con Diana Toucedo, Alba Sotorra y Estibaliz Urresola, entre otras, en el que prevalece la naturalidad de los encuadres y esa distancia necesaria para que los diversos encuentros mantengan su delicadeza e importancia. Así como el gran trabajo de sonido firmado por Natxo Ortuzar, toda una institución con casi 80 trabajos entre los que destaca su trabajo con el fallecido Ventura Pons, estupendos documentales como Quinqui Stars y Descubriendo a José Padilla, y series recientes como La mesías y Mano de hierro, y Mafalda Alba, con películas tan esenciales como La maternal, y la música natural de Diego Pedragosa, bien acompañada por ese monumento como “Hosanna in Excelsis”, de Óscar Navarro González, que se escucha un par de veces, y el clásico de música festera “Ximo”, y el popular “Ramonet, si vas a l’hort…”, entre otros. Un magnífico montaje de Júlia R. Aymar, que conduce con ritmo y detalle todo el entramado emocional que explica en sus 98 minutos de metraje. 

La cuarta película de Adrián Silvestre es ya desde su especial título Hágase tu voluntad, un viaje de retorno, un viaje que nos propone mirar al otro, enterrar el pasado y reiniciarse de nuevo, dando y dándose otra oportunidad más, porque sí hay vida, hay otra posibilidad, donde el cine de Silvestre ha ido mucho más allá, desde su exposición porque el propio cineasta es el propio protagonista de su película junto a su padre Ricardo, que nos habla de lo que fuimos, de lo que somos, del eterno presente en el que existimos, de los errores del pasado y de las reconstrucciones en el presente, de cómo nos queremos, muchas veces muy mal, y de cómo se puede encontrar la forma de quererse o al menos, hablar para compartir y alejar el rencor y el dolor. Una película sencilla en su tono y atmósfera pero tremendamente compleja en todo lo que muestra y encierra en sí misma, dónde documento y cine se dan la mano, en el que el aparato cinematográfico también puede ser un elemento ideal para recrear la vida, la muerte y los sueños o lo que percibimos del más allá, porque el cine, como mencionaba Johan van der Keuken (1938-2001) en su excelente film Las vacaciones del cineasta (1974), es el único medio capaz de mostrar en un mismo plano la vida y la muerte, tal y como ocurre en Hágase su voluntad y su inolvidable final, donde todo ese reencuentro entre Adrián/Cineasta con su padre Ricardo tiene sentido en ese instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucija Stojevic

Entrevista a Lucija Stojevic, directora de la película «Pepi Fandango», en la sede de la productora Noon Films en Barcelona, el martes 3 de septiembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucija Stojevic, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Luz del 86, de Inari Niemi

VERANO DEL 86. 

“No creas que puedes salvar a las personas simplemente tomándolas de la mano. Pero, aún así, toma su mano”.

Las primeras imágenes de Luz del 86 (“Valoa Valoa Valoa”, en el original, traducido como “Luz Luz Luz”), de Inari Niemi (Helsinki, Finlandia, 1978), son especialmente hipnóticas y absorbentes, mientras una voz, la de Mariia de 15 años, nos informa del accidente nuclear de la central nuclear de Chernobyl, al norte de Ucrania, por aquel entonces la URSS, ocurrido el sábado 26 de abril de 1986. La voz nos comunica de los efectos de la radiación mientras cae una lluvia incesante. Unos primeros minutos del relato que ya nos pone completamente en situación emocional, donde prevalecerán las imágenes poéticas y oníricas, como refugio o vía de escape de la dura realidad que viven las dos protagonistas. La citada Mariia con una madre enferma y Mimi, la recién llegada al pequeño pueblo, aislada y solitaria, con una familia muy disfuncional y llena de problemas y alcoholismo. Entre las dos adolescentes, muy diferentes entre sí, nacerá una bonita amistad que derivará en algo más, el primer amor o quizás, dicho de otra forma, la primera mano que nos tendrán para descubrir que no estamos tan solos como imaginamos. 

La directora finlandesa que antes había hecho Kesakaverit (2014), Joulumaa (2017) y la serie Mieheni vaimo (2022), donde optaba por la comedia y el drama, se enfrenta en su tercer largometraje a una historia donde la realidad se va transformando en una sensible historia de amor entre dos adolescentes y el universo que van creando en un verano nórdico, donde hay zambullidas en lagos alejados del pueblo, bailes a todo trapo en mitad del bosque, escapadas para ver el mar y sexo en la habitación de Mimi, entre otras cosas más. Con una atmósfera que se mueve entre la realidad cruda y sin futuro en la que sobrevive como puede la citada Mimi, y luego, ese otro mundo onírico y de fantasía y amor donde la vida y la existencia pueden ser más amables y quizás, felices. El guion de Juuli Niemi, que ya había trabajado con la directora, basado en la novela homónima de 2011 de Vilja-Tuulia Huotarinen, se sitúa en una atmósfera y tono envolventes, como de cuento, donde se mueve entre el verano del 86 y veinte años después, cuando el personaje de Mariia vuelve a casa porque está pasando una crisis y su madre vuelve a tener cáncer. La mayor parte del argumento se centra entre los días de verano que se tornan una aventura entre las dos chicas, unas personas que encuentran la una a la otra una razón más que suficiente para levantarse cada día y descubrirse en la otra, sin más futuro que el verano que están viviendo con intensidad y emoción.

El gran trabajo técnico de la película para conseguir esa fusión de realidad más heavy y la fábula de descubrimiento y amor, donde la directora se ha rodeado de cómplices como el cinematógrafo Sari Aaltonen, del que vimos su trabajo en la película Tiempos difíciles: Cantos por los cuidados (2022), de Susana Helke, que se vio por L’Alternativa, con ese aroma de cuento de dos niñas encerradas en el castillo de la madrastra que quieren saborear la libertad y el amor, así como el conciso y sobrio montaje de Hanna Kuirinlahti, en sus reposados e intensos 91 minutos de metraje, en el que todo se cuenta con una cercanía y una honestidad asombrosas, como el estupendo trabajo de la música de Joel Melasniemi, que capta con elegancia todo el desbarajuste emocional de las dos protagonistas, y sus relaciones tensas con los demás, sin olvidar los grandes hits de la música que se escuchaba entonces como el “Maria Magdalena”, de Sandra, que fue un boom en todo el continente, o no menos el “Smalltown”, de los Bronski Beat, todo un himno, el “Love hurts”, de Nazareth, otro temazo, o “Poskivalssi”, el clásico de los cincuenta finlandés que cantaba Olavi Virta, que acompañan con tacto cada diálogo y silencio de las dos protagonistas. 

El gran acierto de la película es su magnífica pareja protagonista porque son capaces de sumergirnos en esa maraña de sentimientos, tristezas y conflictos por los que transita, sobre todo, la vida de Mimi. Dos grandes actuaciones de dos casi debutantes en el cine como Rebekka Baer en el papel de Mariia, dulce y amable, generosa y valiente, que seguramente, vivirá el mejor verano de su vida, y todavía no lo sabe, y frente a ella, Mimi, que hace Anni Iikkanen, un personaje roto, alguien que quiere huir pero no sabe dónde, desamparada y muy sola, que encuentra en Mariia una tabla de salvación, alguien a qué agarrarse, alguien que le dé un sentido a su vida, o lo que queda de ella. Tenemos a la Mariia veinte años después en el rostro de Laura Birn, que vuelve al pueblo con heridas y allí deberá enfrentarse al pasado y perdonar y perdonarse, y Pirjo Lonka, que ya trabajó con la directora en la mencionada serie, aquí como madre de Mariia, uno de esos personajes que hablan muy poco, preguntan menos, pero se dan cuenta de todo lo que ocurre a su hija. Después tenemos a una serie de intérpretes, todos muy bien escogidos en sus roles, que parecen no actuar de lo bien que actúan, como la familia de Mimi, o lo que es lo mismo la familia de la casa de los horrores, por la falta de amor, empatía y cariño reinantes. 

Si tuviésemos que encontrar una película-reflejo para Luz del 86, de Inari Niemi, podríamos encontrarla en Verano del 85 (2020), de François Ozon, en que el director francés nos contaba el amor de dos jóvenes en el citado verano en la costa de Normandía, donde sonaba aquel monumento que era el “Sailing”, de Rod Stewart. Una película que también hablaba del despertar a la vida, al amor, al sexo, al dolor, a la tristeza, a ese sentimiento consciente de la efimeridad de la vida, donde todo es fugar, todo es un sueño, y todo es tan vulnerable, incluso todo lo que vemos y sentimos, porque la vida va pasando y nosotros nos quedamos allí. si se acercan a mirar la vida de Mariia y Mimi seguro que no se arrepentirán, porque les aseguro que les va encantar su historia, su amor, su juventud y sus ganas de vivir, 0 de bien seguro volverán con aquel adoelscente que fueron, o que algunos días, sin venir a cuento, recuerdan con cariño, con temor, con severidad, o quizás, la película los lleva a aquel verano, sí, aquel verano donde descubrieron el amor, la vida y su oscuridad, y querían escapar y escaparse de todo y volar o vete tú a saber. La película es también una interesante reflexión sobre el hecho de amar, de esa idea del amor como refugio para soportar las tristezas de la vida, o al menos, olvidarse de ellas por un momento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dogman, de Luc Besson

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS. 

“Dónde quiera que haya un desafortunado. Dios envía un perro”. 

Alphonse De Lamartine 

El prestigio de Luc Besson (París, Francia, 1959), se cimentó en títulos como Kamikaze 1999 (1983), Subway (1985), El gran azul (1988), Nikita (1990), Leon (1994), y Angel-A (2005). Un cine de género bien construido, de estupenda atmósfera, con personajes complejos y que conectó con el público. Con El quinto elemento (1997), su cine se volvió mucho más comercial, con vocación internacional y rodado en inglés, donde las historias se volvieron menos interesantes para un público menos exigente. Una deriva que alejó a espectadores como el que suscribe, ávidos de un cine más profundo y personal, en el que no todo fuese hacer caja, y donde primase el cine que intenta explicar una historia y unos personajes. Con Dogman, el cine de Besson, quizás cansado de tanta parafernalia vacía, ha vuelto a la casilla de salida, a sus orígenes, en que la historia y el personaje estaban por encima de todo, donde el fx era una herramienta más y no el fin. Douglas, el personaje desafortunado y solitario de la película no está muy lejos de Fred de Subway, ni de Jacques de El gran azul, ni de Nikita en la película homónima, ni mucho menos de León en la citada película, ni de André de Angel-A. Todos ellos personas solas, arrastrando algún trauma que otro, y llenos de miedo y coraje ante una sociedad que los sacude sin piedad. 

Besson construye en Dogman un relato que bebe mucho de la estructura de películas como Sospechos habituales, de Singer, entre otras, donde a modo de declaración escuchamos a Douglas explicar su vida a una psiquiatra, mediante flashbacks que van recorriendo una vida de maltrato y abuso en la que fue encerrado en una jaula con perros a los que liberó y se hizo amigo de ellos. Una vida en la oscuridad, de discapacidad, de miedos e inseguridad, pero también de valor y arrojo donde ha vivido de todo, incluso de artista transformista. La película desenvuelve al Besson más oscuro, más cineasta y sobre todo, más autor, donde prima la historia, con un excelente y complejo personaje y una historia digna de contar, donde lo importante no está en su resolución sino en su construcción, en la que mezcla todo tipo de géneros, de tonos y estructuras, cargado de una intensa y agobiante atmósfera, recorriendo los submundos de la ciudad, que podría ser cualquier ciudad grande, donde en los lugares más desdichados y abandonados podemos encontrar almas como la de Douglas que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una dignidad asombrosa junto a sus amados canes. 

Una cinematografía arrolladora, llena de claroscuros y sombras, casi como un cuento de terror gótico a lo Hammer, donde el Frankenstein, de Shelley sería el mejor referente, o incluso El fantasma de la ópera y sus derivaciones, que firma Colin Wandersman, donde se describe con inteligencia los altibajos emocionales de un protagonista tan complicado como Douglas, igual que el imprescindible diseño de producción de Hugues Tissandier, 11 películas junto a Besson, que alimenta todo aquello que debemos ver para comprender una vida tan tortuosa que ha tenido el protagonista, llena de abusos, dolor y mierda. El conciso y pausado montaje de Julien Rey, 9 películas con Besson, que no sólo impone una cadencia que se va llenando de sensibilidad y terror, sino que consigue una fábula de las que se agarran inmediatamente en sus casi dos horas de metraje. He dejado para el final la labor del músico Eric Serra, que ha estado en 16 películas de las 18 que ha hecho el cineasta francés, no sólo su mejor cómplice sino el que mejor ha entendido el universo complejo de cine de autor y comercial del citado cineasta, con unas composiciones que son tan importantes como las imágenes de sus películas, no se puede entender una sin la otra, lleno de belleza, de profundidad, de dureza y dulzura. 

Con Dogman, el cineasta francés vuelve a demostrar, como ya hacía en sus primeros trabajos, que es un gran director de actores, que sabe sacar lo mejor de cada uno de sus intérpretes y hacerlos indispensables para encarnar a sus personajes torturados y solitarios. Douglas lo encarna Caleb Landry Jones, un actor con un rostro y un cuerpo muy característicos, al que hemos visto con directores tan importantes como David Lynch, los hermanos Coen, David Fincher, Neil Jordan, Joon Boorman, Martin McDonagh, Sean Baker y Jarmusch, entre muchos otros. Su “Dogman” es un personaje de esos que no se olvidan fácilmente, un Bigger than Life,  grande y pequeño, valiente y cobarde, capacitado y discapacitado, artista y vagabundo, un tipo oscuro y lleno de luz, alguien que resiste a pesar del mal que ha sufrido y sufre, que tiene en los perros sus mejor amigos, aliados y familia. Le acompañan Jonica T. Gibbs como Evelyn, que hemos visto en las recientes Vidas pasadas y Civil War, la psiquiatra asignada, la mejor escuchadora para la vida de Douglas, tan llena de maldad y amor, y otros intérpretes como Christopher Denham, Clemens Schick, entre otros, y la maravillosa y breve presencia de un mito como Marisa Berenson.

Olvídense del cine comercial que ha hecho Besson en los últimos años y sobre todo, no lo confundan con Dogman, porque se estarán equivocando y mucho, porque su última película nos devuelve al mejor Besson, y no lo digo por decir, compruebenlo acercándose a los cines y dejense llevar por su historia, porque les llevará a un viaje que no olvidarán, en el que hay terror, como ya les he comentado, thriller, no del efectista, sino del que explica mucho la sociedad en la que vivimos y sus complejas consecuencias, también descubrirán realismo, pero el de verdad, el de muchos seres torturados que se ocultan y sobreviven como outsiders que habitaban en el cine de serie B y en el de Ray, Fuller y los mencionados Lynch y Jarmusch, y como las buenas de terror gótico también hay amor, el amor que sirve para seguir adelante y no matarse a pesar del sufrimiento y el dolor que nos infringen, y el otro amor, en este caso, el de los animales y más concretamente, el de los perros, tan fieles y confiantes, quizás eso es lo que les hace tan vulnerables a ojos del que sólo busca la maldad, como vemos en la película, los diferentes rostros de amos y lo que les imponen a los canes, tan ciegos e inocentes. No les entretengo más, y no se olviden de conocer la historia que cuenta Dogman, se lo agradecerán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memory, de Michel Franco

NÁUFRAGOS SIN ISLA.  

“La cualidad del amor no depende de la persona amada, sino de nuestro estado interior”. 

Frase de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera

En Cerrar los ojos, de Víctor Erice, había una interesante y profunda reflexión: “No sólo somos memoria, también somos emociones”. La misma reflexión se puede adoptar para Sylvia y Saul, el par de personajes que protagonizan la octava película de Michel Franco (Ciudad de México, 1979). Dos almas de New York , dos seres que arrastran sus respectivos problemas: ella quiere olvidar un pasado en el que fue alcohólica, y seguir viviendo con su hija pequeña y trabajando en una residencia. Él, que sufre demencia, lo olvida todo. Una quiere olvidar y el otro, se esfuerza por recordar. El director mexicano vuelve a enfrentarse a sus dos elementos característicos en su filmografía. Las enfermedades mentales y los conflictos familiares, siempre contados bajo un prisma de una cotidianidad muy transparente, alejándose del sentimentalismo y situando a los espectadores en esa posición de testigo privilegiado, eso sí, instado a observar y sobre todo, reflexionar sobre las actitudes y posiciones que van asumiendo los diferentes personajes. 

De los ocho títulos con Memory, ya son tres rodados en inglés con intérpretes de allá, después de las dos cintas protagonizadas por Tim Roth, Chronic (2015) y Sundown (2021), la anterior a esta, se envuelve con una extraordinaria pareja como Jessica Chastain y Peter Sarsgaard en los papeles protagonistas. El relato, tan sencillo como natural, indaga en lo más íntimo y lo transparente de los días que se van acumulando en uno de esos barrios industriales de la gran ciudad, tan alejados del turismo y de ciertas películas tan prefabricadas, aquí no hay nada de eso, todo en el cine de Franco está construido a través de los personajes, a partir de su dolor, su oscuro pasado y ese presente dificultoso, un presente confuso en el que todavía hay que seguir luchando cada día, y aportando ese plus en las relaciones que se van generando entre los diferentes individuos. La relación de esta película, muy peculiar en su origen, como suele pasar en las películas del mexicano, encuentra o quizás (des) encuentra a dos personajes que parecen haberse llamado a gritos sin saberlo, dos almas que arrastran demasiado peso de atrás, dos almas que pertenecen a ese ámbito oculto e invisible del que nadie quiere oír hablar, y Franco lo hace visible y no sólo eso, lo hace cercano y natural, y nos obliga a estar presentes.

Hablar del dolor, de la tristeza, de la depresión, de las enfermedades mentales y hacerlo de la forma que lo hace Memory tiene un mérito enorme, porque lo acerca tanto que asusta de cómo lo explica y lo expone, involucrando a cada uno de los espectadores, siendo uno más, donde la luz apagada y doméstica ayuda muchísimo. Un gran trabajo de cinematografía del francés Yves Cape, con más de tres décadas de carrera, al lado de grandes nombres como los de Dumont, Carax, Kahn, Berliner, Denis y Bonello, entre otros, en la quinta película con Franco, una unión que da unos frutos fantásticos, como la aportación en la edición del mexicano Óscar Figueroa con más de 100 títulos a sus espaldas, con directores de la talla de Alejandro Gamboa y Felipe Cazals, en el cuarto trabajo junto al cineasta mexicano, con él que vuelve a coeditar, en un sobrio y pausado montaje que consigue que la película se vea con interés y nada reiterativa en sus 103 minutos de metraje. La imagen y el montaje resultan cruciales en el cine de Franco, porque sus historias se desarrollan en pocos elementos y espacios, donde todo se posa en una verdad muy íntima, en una verdad que traspasa la pantalla, en que las emociones son muy tangibles. 

La mano de Franco con sus intérpretes se ve en cada detalle, en cada mirada y en cada gesto, tanto en cuando están en silencio como cuando hablan, desde muy adentro, sin nada de gesticulación, a partir de un estado emocional en que sus personajes deambulan como náufragos sin isla, como zombies sin muerte, como faros sin mar. Una magnífica pareja como Chastain y Sarsgaard dando vida a dos almas mutiladas, quitándose todo el oropel y neón de Hollywood y actuando y sobre todo, sintiendo cada una de sus composiciones, que no resultan nada sencillas. Dos retos mayúsculos: meterse en las existencias de dos almas en vilo, con sus problemas del pasado y del presente. Una olvidándose del alcohol que tanto daño ha hecho en su vida, y su familia, que tanto daño le ha provocado. Uno con su demencia, con sus olvidos y con su vuelta a empezar. Y van y se encuentran. Y encima se gustan y a pesar de tanta tara y obstáculo, hay están los dos, a pesar de todo, a pesar de todos. Hacía tiempo que no veíamos a dos seres con tantos problemas y que se encuentran y viven lo que viven. No podemos decir que es la película más humana de Franco, porque todas lo son y mucho, pero que tiene ese aroma de verdad y sobre todo, de amor, porque el amor, si existe, siempre aparece en las personas más insospechadas y en los lugares más oscuros y en las almas más tristes, quizás sea una ayuda para seguir sobreviviendo, o quizás, no, quizás el amor siempre está ahí, pero muchas veces, nuestras decisiones no hacen más que alejarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Riverbed (El estanque de la doncella), de Bassem Breche

MADRE E HIJA VISITAN SUS FANTASMAS. 

“No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”

Khalil Gibran 

Siempre es de agradecer que las distribuidoras apuesten por un cine poco visto por estos lares como puede ser la cinematografía libanesa. Así que, estamos de enhorabuena por ver una película como Riverbed. El estanque de la doncella, que relata la cotidianidad de Salma, una mujer madura que vive en un pequeño pueblo y sola en una casa que refleja tantos años de guerras, muertes, ausencias y fantasmas. Su rutina se basa en un empleo que consiste en atender llamadas telefónicas, y pasar tiempo con su amante clandestino, una relación que recorren los caminos en automóvil y escuchando música, intentando recuperar tanto tiempo perdido, como su propia existencia alejada de todos, llevada desde el secreto y la invisibilidad. No conocemos su pasado al detalle, pero podemos intuir que está lleno de dolor, silencio y pérdidas, al igual que su país, sumido en una continua depresión que reflejan las casas del pueblo, medio derruidas y llenas de sombras y habitadas por almas en pena. 

El guion escrito por Ghassan Salhab y el propio director Bassem Breche (Líbano, 1978), con años de experiencia como guionista, hace su salto al largometraje con Riverbed, donde nos habla de Salma y su reencuentro con su hija Thuraya, después de años sin relación. Una hija que vuelve separada, embarazada y derrotada, que buscará refugio y amparo junto a una madre ya acostumbrada a vivir en soledad. La película está construida en base a este encuentro no deseado, o quizás, podríamos decir, un encuentro complejo, lleno de oscuridad y sobre todo, repleto de demasiados fantasmas, los propios, los familiares y los del propio país. Un relato lleno de miradas y silencios, en el que estas dos mujeres reflejan un estado de ánimo, la sensación de sobrevivir en un entorno que no lo puso nada fácil, también es la historia de dos almas enfrentadas, dos mujeres que no encajan, que vienen de un pasado muy doloroso, donde hubo que seguir viviendo a pesar de tanta derrota, tanta violencia y tantas muertes. Ahora, deben convivir, o al menos ayudarse a empezar otra vez, como siempre han hecho, en las cuatro paredes de una casa en presente pero llena de pasado, de demasiado pasado, como si este pasado se negará a desaparecer y continúa muy presente. Una onírica paradoja que, en el fondo, define a los libaneses y a un futuro que no llega y que siempre huele a pasado. 

Breche no quiere detenerse en detalles superfluos ni en piruetas argumentales que desvíen lo más mínimo la atención de sus dos personajes, porque todo se cuenta desde la intimidad y la cercanía, traspasando esas almas sin descanso, atrapadas en un estado bucle de dolor y tristeza, aunque ahora, la vida, les está dando otra oportunidad, un intento de volver a ser ellas, a mirarse a los ojos, y decirse todo aquello que deben de decirse, o si todavía no pueden, darse ese tiempo para volver a hablar, aunque sea con la mirada y los gestos, por ejemplo, un abrazo. La cinematografía de Nadim Saema va en consonancia a los sentimientos encontrados y contradictorios de las dos mujeres, rodeadas de penumbras y silencios de toda índole, así como eso leves resquicios de luz donde parece que la esperanza quiere abrirse camino con ellas. El montaje de Rana Sabbagha también actúa en los mismos términos, dando ese tiempo necesario para ver, saborear y sentir cada gesto, cada mirada, cada silencio y cada acercamiento entre las dos protagonistas, además ayuda su breve metraje, que apenas llega a los 78 minutos, en esa idea por el minimalismo, tanto en el tono como en la forma. 

La magnífica pareja protagonista que forman Carole Abboud, actriz de larga trayectoria en el cine libanés desde mediados de los años noventa, que le ha llevado a labrarse una excelente filmografía tanto en el medio televisivo como en el cinematográfico, y Omaya Malaeb, teclista de la banda indie libanesa Mashrou’s Leila, debuta en el cine. Ellas son Salma, la madre y Thuraya, la hija, dos mujeres que han vivido a pesar de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de tantos fantasmas con los que deben convivir, y sin embargo, ahí siguen, firmes y valientes, aunque doloridas y tristes, y ahora, la vida, en sus vueltas y revueltas irónicas las vuelve a juntar, obligándose a mirarse, a sentir todo eso que pensaban olvidado, aunque las cosas nunca son como uno desea, sino como son, y nos devuelve todo aquello que nos empeñamos en fingir que ya no recordábamos, que ya no estaba en nosotros, qué ilusos somos los sapiens, y qué perdidos estamos siempre. En fin, la existencia y el pasado no sólo van de la mano, que forman parte de uno y de un todo, que no podemos ni siquiera comprender y mucho menos controlar, como les sucede a Salma y Thuraya, una madre y una hija que deben volver a ser madre e hija, y sobre todo, sentir en lo que eran, en lo que son y en tender puentes entre una y otra, y mirar a la otra, e intentar acercarse más, porque la vida les hecha un cable, y no pueden desperdiciar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cuatro hijas, de Kaouther Ben Hania

LAS QUE NO ESTÁN. 

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Bertolt Brecht

Recuerdo uno de los primeros seminarios sobre cine documental al que asistí, impartido por la cineasta Mercedes Álvarez, donde se habló de la importancia de la historia que se quería contar, y los mecanismos para descubrirla y trabajar en ella, y luego, y en esta parte se hizo especial hincapié, la construcción de la forma para contarla, centrándose en el dispositivo, herramienta básica para encontrar la mejor forma de penetrar en el alma de la historia, de sus personajes y cómo se transmitía al espectador. Hasta ahora el cine de Kaouther Ben Hania (Sidi Bouzid, Túnez, 1977), se ha movido entre el documental puro con películas como Les imams von à l’école (2010), Challat of Tunis (2014), Zaineb Hates the Snow (2016), y la ficción con títulos como Beauty and Dogs (2017), y El hombre que vendió su piel (2020), en los que profundiza en temas sobre el sometimiento y la emancipación de la mujer, la sociedad árabe, las clases sociales, con géneros que van desde el drama al thriller, desde un prisma íntimo, sencillo y humanista. 

Con Las cuatro hijas (Les Filles d’Olfa, en el original), vuelve a su tierra a Túnez, y se centra en Olfa, una madre de cuatro hijas: Rahma y Ghofrane, las mayores y ausentes, y Eya y Tayssir, las pequeñas y presentes. El relato nos cuenta su historia, desde su boda con un marido al que no quería, con el que tuvo las cuatro hijas, después, un amor con un hombre que resultó ser un abusador, y finalmente, la desaparición de sus hijas mayores. Toda una vida centrada en tres momentos esenciales en la vida de Olfa. Ben Hania se aleja del documental y ficción convencionales, y va mucho más allá en su propuesta. Su dispositivo es una fusión entre el documento y la ficción, porque la propia protagonista nos cuenta su existencia, y una actriz, que hace de ella, se reserva  para escenificar los momentos más tensos y violentos, y dos actrices hacen presentes a las hermanas que no están. El dispositivo se complementa con un sólo actor que interpreta a los hombres de la película. Una cinta que habla de la triste realidad de muchas mujeres árabes, casadas a la fuerza, abusadas y violentadas por los hombres, y luego, la propaganda de los más radicales que arrastran con sus falsas proclamas de libertad a jóvenes rebeldes. 

La historia se construye en base a la palabra y algunas secuencias ficcionadas, en una cinta ensayo-error, que no se envuelve en el dramatismo ni en la desesperanza, porque la vitalidad y la esperanza de estas mujeres es de admirar, porque Olfa y sus dos hijas, con una actitud envidiable y sobre todo, reflejan una entereza y fortaleza dignas para enfrentarse al dolor y al recuerdo de las ausentes. Estamos ante una película doméstica y extremadamente íntima, porque su casa actúa de escenario para escucharlas y ficcionar todos los momentos relevantes de una vida difícil y oscura, en un país convulso políticamente, y mucho más para las mujeres. Con una cinematografía natural y transparente, nada artificial, que firma Farouk Laâridh, donde priman los primeros planos, los encuadres cerrados y los ambientes densos y recogidos de la casa, con apenas exteriores. Un gran trabajo de montaje que firman Jean-Christophe Hym (que tiene en su haber grandes nombres como Raoul Ruiz, Hou Hsiao-Hsien y Alain Guiraudie), Qutaiba Barhamji, especializado en documental, y la propia directora, en el que no hay ostentación ni virguerías argumentales, sino una limpieza en el corte y de ritmo pausado en el que dejan que los testimonios y las ficciones se vayan mezclando en un trabajo sólido y vital, en sus 107 minutos de metraje. 

Del reparto puedo decir que la gran aportación es la que hace Olfa Hamrouni que explica a cámara su experiencia vital, los abusos y las violaciones a los que fue sometida, y sobre todo, la tragedia de su vida, la de perder a sus dos hijas mayores. Acompañada en este brete por sus dos hijas Eya y Tayssir, en una película que es toda una catarsis, escenificando en este viaje a su memoria y la de sus hijas, a los avatares y oscuridades de la vida, y sobre todo, a todo ese camino de seguir firme en la vida, a pesar de todo, seguir hacia delante en contra de todo y de todos. Les acompañan las actrices Hend Sabri que hace de Olfa, y Nour Karoui y Ichraq Matar son las actrices que dan vida a las ausentes Raham y Ghofrane, respectivamente, y el actor Majd Mastoura que cómo hemos comentado antes, hace de todos los hombres que aparecen. Resultan magníficos todos esos momentos en que la película se detiene a contarnos su propio documento, es decir, el film-ensayo en el que asistimos como testigos privilegiados al proceso de la película, a las conversaciones de cómo afrontar cada plano y secuencia, toda la parte emocional. 

La propia directora hace referencia a Primer plano (Close-Up)(1990), de Abbas Kiarostami, y F. for Fake (1973), de Orson Welles, como fuentes de inspiración a las que añadiría Yo, el Vaquilla (1985), de José Antonio de la Loma, tres ejemplos en los que se juega con el documento y la ficción para elaborar una obra en que la representación adquiere un fascinante trabajo de espejos y reflejos. Si eligen una película como Las cuatro hijas  para ser testigos de un viaje fascinante que les llevará a lo más profundo del alma de sus protagonistas, en un interesante juego de verdad y mentira, de oscuridad y terror, y también, de esperanza y vitalidad, de presente y pasado, y quizás, futuro, de unas mujeres que tuvieron que lidiar con el dolor, la ausencia y el no futuro, en una película excelente en su forma y terrorífica en su contenido, pero que no practica la “porno miseria”, que nos enseñó nuestro querido Luis Ospina, regodeándose en el tremendismo, sino que nos sitúa de frente ante esta mujer Olfa y sus dos hijas, las que son y las que las interpretan, donde la verdad de los hechos queda refleja en el proceso de ficción que la atrapa. Una película que debería servir de ejemplo para muchos que quieren hacer cine y quieren hacerlo bien. No se pierdan esta película, por todo lo que cuenta y sobre todo, como lo cuenta, esencial en el dispositivo cinematográfico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA