The propaganda game, de Alvaro Longoria

the_propaganda_gameLA GUERRA PSICOLÓGICA

“La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.”

Joseph Goebbles

El líder político y espiritual hindú Ghandi argumentaba, “Que siempre existen tres enfoques en cada historia: mi verdad, tu verdad y la verdad”. La segunda película de Álvaro Longoria (Santander, 1968), después de Hijos de las Nubes. La última colonia (2012), donde abordaba las dificultades políticas de la zona del Sáhara que, fue premiado con el Goya al mejor documental, se embarca ahora en su segunda película en un difícil proyecto, adentrarse en Corea del Norte, el país más cerrado y aislado del mundo, de la mano del catalán Alejandro Cao de Benós, el único extranjero occidental que trabaja para el gobierno norcoreano, consiguió un permiso para filmar en primavera del 2014 durante 10 días, donde sería guiado por unos funcionarios, y debía de seguir instrucciones precisas de dónde podía filmar y dónde no. Con la compañía de dos cámaras, Rita Noriega y diego Dussuel, Longoria se adentró en tierra norcoreana para mostrarnos lo que no hemos visto, la realidad o no de lo que sucede, nos muestra cómo viven, cómo piensan y que sienten los ciudadanos. Quizás lo que escuchamos no es lo que verdaderamente piensan, y estén teledirigidos por el poder del estado, aunque esa cuestión como las otras que se explican en el documental, Longoria, muy acertadamente, nos las cede a los espectadores para que saquemos nuestras propias conclusiones. También, nos conduce por calles, monumentos en honor al comunismo, a su líder, que es tratado como un Dios, y sus antecesores, encumbrados a los altares de la divinidad, y escenificados por grandes estatuas repartidas por el país.

Longoria nos lleva a la zona más peligrosa del país, la frontera con la vecina Corea del Sur, aliada de los EE.UU., enemigo acérrimo del país, donde estos exhiben su fuerza militar a modo de provocación, según cuentan los soldados destinados a la zona, se centra en lo más cotidiano, en las escuelas, los puestos callejeros de comida, las casas, y cómo se divierten los norcoreanos, y no se olvida, de la otra cara, los contrarios, los disidentes que hablan de las terribles situaciones que han vivido, los diferentes periodistas extranjeros que trabajan en la zona, y las noticias e informaciones de las televisiones y periodistas estadounidenses, así como sus líderes políticos. Noticias e informaciones de todo tipo, inverosímiles, grotescas, y terroríficas que unos y otros cuentan como reales para aminalar al contrario y ganar este combate sucio y espeluznante de información que data desde la primera guerra mundial, se hizo crucial en la segunda y explotó durante la guerra fría.

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Longoria sacude toda la información que se va encontrando, habla con unos y otros, los que aman el país, y los que lo odian, de la situación que se respira en el último bastión del comunismo. Bucea en los entresijos del poder, intenta destapar lo que no se ve, lo que parece no existir. Hace una reflexión muy interesante sobre los medios de comunicación, el poder de la información, sus mecanismos, la veracidad de todo lo que nos llega, la verosimilitud de datos, imágenes y diferentes materias de comunicación, y cómo todo ese material es utilizado por los países y sus ciudadanos. Nos habla de las políticas exteriores del país, de sus relaciones o no con Rusia y China, de un hervidero político y económico que parece que en cualquier momento puede estallar. Nos presenta una guerra de poder no declarada oficialmente, pero que respira sangre y muerte, un intercambio de disparos y bombas a modo de información inventada o no, para desprestigiarse los unos a los otros. Longoria que, a través de Morena Films (creada en 1999 por él y un grupo de socios, que ya había financiado la trilogía sobre Fidel Castro: Looking for Fidel, Comandante y Persona non grata, todas dirigidas por Oliver Stone, y Últimos testigos, donde se documentaba a Fraga y Carrillo), vuelve al ruedo político y de denuncia, como ya hiciese en su opera prima, con un artefacto político de indudable calidad que se reafirma en la persistente y difícil cuestión de resolver y, que nos vuelve a remitir a Ghandi, la grandísima dificultad de averiguar que es verdad y que no, la veracidad de lo que nos cuentan tantos unos y otros, que partes son ciertas y cuáles son producto de la guerra propagandística a la que estamos sometidos diariamente por los medios.

 

Truman, de Cesc Gay

truman_40911DESPEDIRSE DEL QUE SE VA

En Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, un grupo de amigos se reunían para despedirse de uno de ellos que tenía cáncer terminal. El séptimo título de Cesc Gay (Barcelona, 1967) anda por esos parámetros, no se trata de un grupo de gente, sino de uno, Tomás, que recorre medio mundo para despedirse de su amigo Julián, enfermo de cáncer, que ha decidido dejar el tratamiento y esperar el final, junto a su perro Truman. Gay sigue explorando sus temas preferidos, las relacionales de unos personajes incapaces de mostrar sus emociones, y relacionarse con los que más quieren, en definitiva, de mostrase a sí mismos. Seres torpes e ineficaces a la hora de abrirse a los demás, de explicar lo que sienten, y comunicar lo que les sucede, Bergman los denominaba paralíticos emocionales.

El cineasta barcelonés tiene la habilidad de conducirnos por una historia que a priori podría verse como un drama de muy y señor mío, pero Gay renuncia a cualquier tipo de sentimentalismo que arrastre al espectador a su drama, por el contrario, fabrica un admirable y contundente ejercicio de contención que traspasa nuestras miradas, que nos introduce en un encuentro entre dos amigos que hace la tira que no se ven, pero que siempre han estado juntos. Dos tipos que se quieren y admiran, como muestra una de las secuencias, donde Julián le dice a Tomás que admira su generosidad, y éste le devuelve el cumplido anunciándole que le encanta su valentía. Dos hombres que pasarán los próximos cuatro días hablando, discutiendo, y sobre todo, viviendo el instante, nada más que eso. El pasado no importa, importa el aquí y ahora. Dos amigos con vidas opuestas y muy diferentes, Tomás vive en Canadá junto a su mujer e hijos, y Julián, en Madrid, actor de profesión que vive sólo junto a su perro. Un animal que le ayuda a no estar sólo, que quizás es el único que lo entiende, o es el único que lo soporta.

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Como sucedía en anteriores trabajos de Gay, vuelve a contar con su habitual cómplice, Tomàs Aragay, en labores de escritura, para desarrollar una historia que sigue el camino que arrancó con En la ciudad, siguió con Ficció, luego con V.O.S., y finalmente Una pistola en cada mano, historias corales, situadas en Barcelona o alrededores, donde las relaciones sentimentales componían la sinfonía de su trama, personajes de clase media, pero sin mucha suerte con las dichosas emociones. Aquí, Gay vuelve a hacer gala de sus dotes de narrador, para relatar un encuentro entre dos amigos, pero a la vez, hay espacio para otros desencuentros, los amigos que fingen que no te vieron, y no tienen excusa, los que si te ven, pero tenían razones para no hacerlo, al hijo que cuesta contarle la verdad de uno, la ex mujer que pasaba por allí, elegir los ornamentos y cómo será tu funeral, o sobre todo, la preocupación de Julián, por el futuro de su perro, con quién se quedará y cómo vivirá sin él. También conoceremos a Paula, la prima de Julián, que representa esa parte que muestra su desacuerdo por la decisión tomada por su primo. Tomás llega con esa idea, pero poco a poco, irá desistiendo y aprovechará ese tiempo, el último que va a vivir junto a su amigo, para disfrutar de su compañía y de esos momentos que ya no volverán. Gay se muestra habilidoso en parir secuencias que muestran el interior de los personajes que va más allá de lo que a simple vista vemos, sumergiéndonos en una desnudez brutal que nos enfrenta a nuestros propios miedos e inseguridades. El tándem actoral, Darín y Cámara, (premiados en el Festival de San Sebastián) que vuelven a repetir con Gay, nos regalan unas composiciones humanas y sensibles, donde las razones ya no importan, lo que prevalece son los sentimientos, la amistad, el encuentro con el viejo amigo, compartir una comida, unas copas, un viaje y sobre todo, saber que tenemos a alguien cerca y en quién confiar, sin pedir nada a cambio, sólo con amor, ofreciendo el corazón, como cantaba Sosa.

Entrevista a Narimane Mari

Entrevista a Narimane Mari, directora de “Loubia Hamra”. El encuentro tuvo lugar el jueves 22 de octubre de 2015, en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Narimane Mari, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Yolanda Vinyals de Zumzeig Distribución, por su simpatía, paciencia y amabilidad, (y autora de la fotografía que ilustra la publicación),  y al equipo del Cine Zumzeig de Barcelona, con su director Esteban Bernatas (aquí en labores de traductor) al frente, por su grandísimo trabajo y ofrecernos la presencia de los directores presentando sus películas, y por su combativa y resistente programación que nos descubre un cine reflexivo y a contracorriente.

Loubia Hamra, de Narimane Mari

1444392127-a7f57ade1e58aab865d544b0f7446127VIAJE A LAS ENTRAÑAS DE LA MEMORIA

La película se inicia como un documental etnográfico, donde observamos a unos niños jugando en la playa a plena luz del día, se bañan y disputan entre ellos entre risas y alboroto, imágenes que nos evocan la pintura de Sorolla, el maestro apasionado de la luz mediterránea y de capturar su esencia. Estos niños disfrutan de una gozosa libertad, han vivido en un país libre y propio, muy diferente al que vivieron sus abuelos, aquella Argelia sometida al yugo francés, el país colonizado que manaba una libertad que le era denegada y mutilada. De repente, uno de los niños, llega con una cesta con plátanos, todos cogen y los engullen, pero uno, que no ha cogido, alza su voz y se queja de las malditas alubias rojas (traducción literal del título), y salen corriendo para robar comida, chocolate y pollo son las predilecciones. Narimane Mari (Argelia, 1969), directora nacida en Argelia pero afincada en Francia, nos propone en su puesta de largo, un viaje hacía la memoria, una huida al pasado, donde empezó todo, delimitada a una jornada, que cerrará al alba nuevamente en el mar, con los bellísimos versos de Artaud. El origen del proyecto se remonta a los fastos para celebrar el quincuagésimo aniversario de la guerra por la independencia, la guerra que liberó el país, una guerra cruenta, llena de dolor y muerte, como todas, entre Francia y el frente de Liberación Nacional.

Mari reclutó a sus jóvenes protagonistas invitándoles a jugar, y es en ese sentido donde radica la naturaleza de la historia, unos niños se adentran en la profundidad de la noche, para convertirse en otros, para sumergirse en un sueño revelador, que los llevará medio siglo atrás, y los enfrentará a los fantasmas de la guerra, esos espectros que vagan sin rumbo, sin consuelo, sin destino, que todavía siguen muy presentes en la memoria de aquellos que sufrieron la colonización y la guerra que se desató. Mari ha ideado, apoyada en una imaginación desbordante, una película humanista, una obra de grandísima altura, un juego que nos enfrenta a nuestros miedos y emociones, creando una atmósfera experimental llena de simbología, que nos conduce hacía el interior de nuestra alma, en una aventura orgánica, en una alucinación hipnótica y mágica que nos lleva hacía lugares nunca visitados, y con personas jamás encontradas. Su película es un canto a la libertad, al deseo irrefrenable de soñar, de seguir soñando, a pesar de las circunstancias adversas a las que nos enfrentemos, una obra que aboga por la felicidad y la anarquía de ser niño. Mari no ancla su narrativa a ningún género, están todos y ninguno, se podría ver como un documento sobre la forma de vida de los niños argelinos contemporáneos, también como un drama social, donde convergen situaciones cotidianas de extrema dureza, y más allá, como un film de terror puro y clásico, aquellos que los niños se adentraban en el bosque de noche expuestos al acecho de los lobos e infinidad de peligros, pero no hay nada de eso, Mari ha fabricado un soberbio retrato sobre las heridas y las huellas de la guerra, sobre los ausentes, los que ya no están, los que fueron borrados y silenciados, una mirada a todos esos espectros que siguen sin descanso.

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En su primer tramo el diálogo parece ser el centro de la acción, pero a partir del segundo acto, las imágenes y la música se apoderan del relato, invitando al espectador a un juego de cuerpos en movimiento, a dibujar formas y figuras construidas en la imaginación, y a un magnífico despliegue de escenarios y paisajes que sólo existen en el interior de los que no dejan de soñar. La fuerza de la propuesta radica en unas imágenes poderosísimas de gran belleza, que mezcla de forma ingeniosa y atrevida colores vivos como el rojo, el amarillo o el azul, con los contrastes de las sombras y la oscuridad de la noche, y la música electrónica (gran protagonista de la función), creando una simbiosis poderosa y sobrecogedora, elementos que nos empujan hacía un estado más propio del alma que, de la razón (queda evidente en la asombrosa y brutal secuencia de la danza de la muerte proyectada en la pared, a modo de figuras chinas creadas por los cuerpos gravitando y alucinados en un ritual funerario invocando a las almas perdidas de la liberación, imágenes fragmentadas y deformadas que nos trasladan al Guernica de Picasso). La película abraza la poesía y el minimalismo, centrándose en lo más insignificante, en el instante de lo que está sucediendo, sin importar nada más. La cámara es participativa, acepción que señalaba Jean Rouch, donde todo forma parte, nada queda fuera, capturar la experiencia, Rouch lo llamaba el cine-trance, sus películas Les maîtres fous (1955), y Mo, un noir (1958), funcionarían como espejos reivindicadores para acercarse a esta fábula resistente e indomable, sin olvidarnos de otra referencia igual de visible, Cero en conducta, de Jean Vigo, en su forma, criterio y espíritu, y el sentido de rebelión de unos niños en contra de la institución que los maneja a su antojo, privándoles de libertad y sobre todo, de ser ellos mismos.

<p><a href=”https://vimeo.com/139361524″>TRAILER LOUBIA HAMRA (ALUBIAS ROJAS)</a> from <a href=”https://vimeo.com/user32718115″>CENTRALE ELECTRIQUE</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Victoria, de Sebastian Schipper

poster_victoria_A4NADIE SABE QUIÉN ERES

Victoria es una joven española que lleva 6 meses abriéndose camino en Berlín. Lo único que ha conseguido hasta ahora es de camarera en una cafetería por 1200 euros al mes. Una noche baila tecno en una discoteca del barrio Kreuzberg. Cuando sale conoce a Sonne y sus tres colegas que la invitan a conocer el Berlín de verdad, el que nadie conoce. Son un poco más de las 4:30 de la mañana, y a partir de ese instante, Victoria, Sonne y los 3 amigos, se irán introduciendo en una vorágine siniestra y oscura en la que tendrán que perpetrar el robo de un banco y huir de la policía. El director germano Sebastian Schipper (Hannover, 1968) en su cuarto filme, primero que vemos por estos lares, nos sumerge en un pozo de vértigo, locura y criminalidad que nos llevará a ritmo de música de piano, cuerda y electrónica por las fauces de una ciudad que parece que nunca quiere dormirse, que siempre quiere estar despierta, al acecho de algo o alguien.

Su propuesta es radical, interesante y harto compleja, nos cuenta su película utilizando una única toma, un plano secuencia de 140 minutos, sin cortes, ni trampas, donde apenas hay descanso, nos conduce por 22 localizaciones, donde vamos desde el final de la noche a las primeras horas del día, hasta llegar a eso de las 6:54 de la mañana, donde perderemos de vista a sus personajes y a este viaje hacía las entrañas de las calles iluminadas artificialmente, donde deambulan almas perdidas, gentes que no saben adónde ir, tipos que ocultan lo que no quieren que se conozca. Schipper emula el plano secuencia de Sokurov en El arca rusa, si aquel condensaba años de historia de la Rusia zarista, la propuesta del cineasta alemán parece fluir en el lado contrario, embutida en dos horas y algo, a contar la hora antes de un robo, el robo, y la hora que le sigue. Colocar al espectador en el “Aquí y ahora”, no hay nada más, sólo nos cuenta algo del pasado de algunos personajes, como que Victoria, se encuentra en un estado de frustración y de huida (cuenta a Sonne que después de 16 años, practicando piano durante 7 horas diarias, le han comunicado que no vale, que se dedique a otra cosa), también se nos explica que Boxer, uno de los colegas de Sonne, ha estado en la cárcel, experiencia que le llevará a lidiar con unos gánsteres que le pedirán el cobro de su ayuda. Y poca información más. Quizás el interés de la película se posa en ese sentido, en conocer poco de los personajes, en seguirlos, en participar en ese robo que tienen que cometer, en cómo se van desarrollando los acontecimientos, en esa agitación que les envuelve, en vivir deprisa, sin tiempo, sin respirar, sin aliento, sólo en hacer lo que tienen que hacer y punto.

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Schipper logra una buena película, un más que interesante policíaco o thriller, como gusten. Nos conduce por una noche donde no hay escapatoria, donde las cosas se pueden torcer en cualquier instante, donde alguien que parece no tener nada que ver, acaba teniendo una importancia tremenda. La estupenda y contenida interpretación de Laia Costa que se revela como el alma de la película, en protagonista a su pesar, o dicho de otra manera, de sentirse como una isla perdida y triste, en ese estado de reencontrarse a sí misma, de llevar medio año en Berlín y no conocer a nadie, en dejarse llevar por una existencia que ahora no parece entusiasmarle, lo que empieza como un encuentro casual, donde conocer a unos tíos, y la aventura de un amour fou, le llevarán a meterse donde no debe, o donde no debería. Una mirada que ilumina, envuelve y conduce la película, ella es lo que vemos, ella es lo que sentimos, ella, al fin y al cabo, es nosotros. Un Oso de Plata en el Festival de Berlín de este año, y 6 Premios Lola de la Academia alemana de cine (incluyendo uno a Laia Costa, la primera vez que lo consigue una actriz española), certifican que la idea de Schipper no iba desencaminada, y el resultado es un viaje nocturno hacía lo desconocido, lleno de intensidad y energía, donde también hay tiempo para la dulzura y la delicadeza. El inmenso trabajo del cinematógrafo Sturla Brandth Grøvlen Dff, que escruta y se pega a los personajes y su situación, y la música de Nils Frahm ayudan de manera sencilla y contundente a conseguir ese aroma de huida imposible, de morir matando, y sobre todo, de escapar a donde sea con ese deseo irrefrenable de vivir la noche y a fuego.

 

Entrevista a Asier Altuna

Entrevista a Asier Altuna, director de “Amama”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Asier Altuna, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Lorea Elso de Golem Distribución, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Iraia Elias

Entrevista a Iraia Elias, actriz protagonista de “Amama”, de Asier Altuna. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iraia Elias, por su tiempo, energía, simpatía y generosidad, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su paciencia, amabilidad y cariño.