Entrevista a Carlos Balbuena

Entrevista a Carlos Balbuena, director de “Elefantes”. El encuentro tuvo lugar el martes 16 de enero de 2018 en el Parque de la España Industrial en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Balbuena, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Carlos Losilla, por su sabiduría, generosidad y descubrirnos esta película y tantas, a través del D’A. Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona, y al equipo del Zumzeig Cinema Cooperativa, por ofrecer su pantalla en la difusión de un cine interesante, personal, reflexivo, necesario, y a contracorriente.

Entrevista a Manuel Muñoz Rivas

Entrevista a Manuel Muñoz Rivas, director de “El mar nos mira de lejos”, en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el sábado 18 de noviembre de 2017 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Muñoz Rivas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sonia Uría de Suria Comunicación,  a Laura Mercadé de La Costa Comunicació, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño, y a Tess Renaudo y Cristina Riera, codirectoras de l’Alternativa y su equipo, tan amable, maravilloso y querido.

Encuentro con Ariadna Ribas y Ana Pfaff

Encuentro con Ana Pfaff y Ariadna Ribas, montadoras de “Estiu 1993” y “Julia Ist”, respectivamente, del colectivo Dostopos, con motivo de la mesa “Diálogo montadoras”, organizada y moderada por Gonzalo de Lucas, en el marco de la Universidad Pompeu Fabra. El acto tuvo lugar el miércoles 12 de julio de 2017 en una aula de la UPF en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Pfaff y Ariadna Ribas, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y a Gonzalo de Lucas, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

 

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.

Entrevista a Jaume Figueras

Entrevista a Jaume Figueras, cronista cinematográfico, en el marco de la exposición “La quadratura del Cercle A”, en la Filmoteca de Cataluña. El encuentro tuvo lugar el lunes 15 de enero de 2018 en su despacho en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume Figueras, por su tiempo, conocimiento, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación y Prensa de la Filmoteca, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño.

Zama, de Lucrecia Martel

EL OFICIAL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

“En la desolación, necesito que alguien me mire”

La película se abre de forma significativa y abrumadora, sin dejar ningún resquicio de luz, con esa oscuridad interna que agobia y martiriza a su protagonista, Don Diego de Zama, un oficial de la Corona española, en mitad de la nada, en un puesto fronterizo en la Asunción (Paraguay) de finales del siglo XVIII. Frente al mar, de pie, tenso, y en eterna espera, una rutina que será el pan de cada día, espera y espera esa carta que le asignará un nuevo puesto lejos de allí. Pero la dichosa carta no llega, y lo que si llegan cambios de gobernadores que le ordenan encargos a cual más soporífero e inútil. La cuarta y esperadísima película de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) después de unos años dedicada a la docencia, a dirigir piezas cortas y trabajando en otros proyectos que no llegaron a buen término, vuelve a transitar por los espacios y atmósferas que ambientaron sus anteriores películas, La ciénaga (2001) impactante debut, en el que exploraba la decadencia de dos familias, una burguesa y otra humilde, en un tiempo detenido, denso y triste. Su siguiente trabajo, La niña santa (2004) nos contaba la realidad de una adolescente que deseaba convertir al pretendiente de su madre, y por último, en La mujer sin cabeza (2008) un fortuito accidente destapa los miedos e inseguridades de una mujer acomodada.

El cine de Martel se mueve en ese tiempo incierto, un tiempo en el que no hay tiempo, en el que todo se cae lentamente, el entorno se convierte en ruina y decadencia, rodeado de animales, indios, podredumbre, malos espíritus y violencia, en el que sus personajes están sumidos en conflictos internos de los que no pueden escapar, y su entorno sucumbe junto a ellos, en el que por mucho que lo intenten nunca logran salir indemnes de las situaciones. La cineasta argentina introduce en su cine un par de elementos novedosos y significativos, su película es una adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, y deja sus ambientes actuales e inmediatos de sus películas, para trasladarse al pasado, a un viaje de más de dos siglos, en una atmósfera colonial, o lo que queda de ella, porque esa Asunción que nos describe con vocación naturalista y minuciosamente, parece un tiempo de continua decadencia, desencantando, una especie de purgatorio donde las almas perdidas como las de Zama se encuentran atrapadas y sin vida, vagando entre montañas de suciedad y miseria de un mundo en descomposición.

Martel no pretende hacernos una revisión historicista de los males del colonialismo, ni tampoco un estudio profundo de las formas de vida cotidianas de esos lugares, sino que ella quiere centrarse en el mundo interior de sus personajes, el ambiente solo le sirve de excusa, solamente para reflejar lo que les ocurre a sus criaturas, como un espejo deformador que nos revela aquello que está sintiendo el personaje, en el que el paisaje irá cambiando en consonancia de lo que va ocurriendo al susodicho. Un cine construido a través de capas, tanto en la forma (como sus encuadres y planos, fijos y largos, con poca luz algunos, como si estuviéramos encarcelados) o su sonido (en fuera de campo y denso, como esa música paradisíaca, completamente irónica, que contrapone el sentido de unas imágenes que van en otra dirección) que se van acumulando creando ese efecto hipnótico y devastador, donde todo se envuelve en un aura de incertidumbre y pobreza espiritual, donde sus personajes se mueven por inercia, intentando sobrevivir donde ya no se puede, creyéndose aquello que ya no creen, y obligándose a sentir cuando ya no sienten, como si ese fuese el único elemento que los mantiene con vida, aunque quizás ya hace tiempo que dejaron de tener una vida, y ahora simplemente la recuerden y fingen seguir con ella.

Zama (excelente el trabajo de Daniel Giménez Cacho con esa mirada ausente y ese gesto de caballero venido a menos) es es un pobre diablo, atrapado en sí mismo, un sosías de los Aguirre o Fitzcarraldo, personajes lunáticos y perdidos que Herzog los maleaba y llevaba por lugares salvajes y exóticos, viendo como ese mundo catastrófico y miserable se ha convertido en su quehacer diario, llevado por su locura y vacuidad, en el que no sabe qué hacer, porque mentalmente hace años que dejó de estar allí, y sigue manteniendo unas funciones que ya no tienen utilidad, e intenta saciar su aburrimiento y vacío existencial dejándose llevar por la lujuria y la apatía. Un hombre que de tanto esperar se olvidó de esperarse, que sigue con su casaca roja y sus botas de cuero, paseándose por el lugar, como manteniendo unas formas que no sabe para qué, ni con qué objetivo. Un reparto de gran calidad en el que sobresale el ya citado Daniel Giménez Cacho, y la presencia agradable y seductora de Lola Dueñas interpretando a Luciana Piñares de Luengo, esas señoras de interminables pelucas blancas, vestidos de seda prominentes, y fiestas lujuriosas por doquier, invadidas por un erotismo y una sexualidad embriagadoras, que coqueteaban y fornicaban con propios y extraños, mientras sus maridos ganaban dinero a costa de los indios y sus vidas.

La devastación del colonialismo y sus gravísimas consecuencias en la población indígena, a merced del imperialista blanco, los funcionarios adictos al juego, a las riñas, al sexo y a la insustancialidad, y la estupidez burocrática, que deja sin salida y al borde de la locura a aquellos que desean cambiar de aires, son otros de los temas que abundan en la película, como todo eso afecta, y de qué manera, a la conducta de los personajes, que se mueven en un mundo ajeno a toda la miseria que viven los indígenas, en otra de las características del cine de Martel, donde todos los mundos conviven, se mezclan, y acaban por construir uno nuevo, que se parece demasiado a los anteriores, aunque es diferente, porque Zama, atrapado y perplejo por su situación que parece eternizarse, opta por la aventura, por embarcarse en una empresa peligrosa, pero que le saque de sus laberinto kafkiano que la Corona le ha destinado. Aunque, a veces es mejor perderse en tu propio caos y sufrimiento interno que enfrentarse a fantasmas externos, porque nunca sabrás hasta dónde puede llegar tu decadencia, y sobre todo, tú desesperación por seguir vivo alimentando una vana esperanza, que en el fondo sabes que hace tiempo dejaste de creer en ella.

120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo

LA LUCHA CONTINÚA.  

El arranque de la película es sumamente descriptivo y eficaz, lanzándonos de lleno a la cuestión que plantea su discurso. Unos jóvenes escuchan atentamente a un activista del Act-Up París que les explica la idiosincrasia de la asociación de LGTB que lucha contra el sistema para visibilizar los enfermos de VIH positivo y que se inviertan todos los recursos disponibles para luchar contra la enfermedad de forma más eficaz que hasta la fecha, además, les menciona el modus operandi de sus acciones de protesta y el funcionamiento de las asambleas donde de forma democrática se debate, se escucha y se llegan a acuerdos en la forma de aplicar las teorías. Estamos a principios de los 90, cuando el estado demonizaba al colectivo LGTB, y por supuesto, no veía con malos ojos la enfermedad del SIDA, que ya se había convertido en una epidemia mundial que haría estragos en la comunidad citada, y en otras, como los toxicómanos y demás. La tercera película de Robin Campillo (Mohammédia, Marruecos, 1962) vuelve a explorar temas que ya estaban en sus anteriores dos trabajos, aquellos ocultos a la sociedad, pero que sobreviven en las sombras, en esa periferia de la sociedad que la gran mayoría se niega a ver, en Les revenants (2004) nos contaba una trama con trasfondo social y político, pero a través de unos muertos vivientes, en su siguiente trabajo, Eastern boys (2013) se detenía en las miserables peripecias de los menores venidos del este que subsistían prostituyéndose en Francia.

En su nuevo trabajo, vuelve a introducirnos en un relato social y político, de lucha y activismo, en el que unos jóvenes seropositivos se enfrentan a lo establecido, a las farmacéuticas amparadas por el gobierno de turno que se niega a visibilizar la enfermedad del SIDA y a combatirla con todos los medios a su alcance. Campillo que ha desarrollado toda su carrera como coguionista y editor al lado del cineasta Laurent Cantet, nos sumerge aquí en un estado de excepción constante, en una lucha incansable y decidida por convencer a aquellos que no quieren convencerse. Una lucha diaria, llena de energía y fuerza, a través del combate en primera línea, saboteando eventos (como la secuencia que abre la película) visitando las empresas y haciendo visible sus protestas con esa sangre de mentira que visibiliza la sangre contaminada que recorre sus cuerpos, irrumpiendo en aulas para explicar los efectos devastadores del VIH, mientras reparten condones, o manifestándose y montando campañas publicitarias con mucho ingenio y brillantez. Todo lo que este a su alcance para combatir esa enfermedad invisible que el establishment se niega a ver un gran problema cuando muchos de sus amigos perecen irremediablemente.

Campillo compone una película de arrollador ritmo y atmósfera, que sus 144 minutos se nos pasan volando, convirtiéndonos en uno más de las asambleas, en las que se debate agitadamente las diferentes posturas que allí se manifiestan (que nos recuerda a los mismos debates que tenían el profesor con sus alumnos en La clase) en la que todos hablan y exponen sus reflexiones y diferentes posturas que a veces, deben debatirse para llegar a consensos y de esa manera materializar con más fuerza sus acciones reivindicativas. Campillo no solo nos habla de  la actividad política, sino también, de aquello menos visible, los sentimientos que experimentan sus componentes, sus amores (como el que articula la película) o las secuelas terribles que tienen debido a los tratamientos ineficaces contra la enfermedad, y cómo van llevando sus problemas de salud, su declive y sus últimos días. El cineasta francés nos lleva en volandas por una película que recoge a los primeros activistas que se alzaron contra los poderosos, y lucharon incansablemente, hasta sus últimos días, para cambiar el destino de sus enfermedades, y por ende, sus vidas.

Una película de arrolladora energía, que levanta hasta el más apático, envolviéndole en ese colectivo de lucha política activa, aquellos que ejercen una fuerza contra los de arriba, contra esos que se hacen llamar representantes de la democracia, una democracia o cómo se llame, sujeta y completamente abducida a las leyes de un mercado capitalista, que en nombre de la libertad y la justicia, acapara grandes fortunas y deja sin recursos sociales a los que más sufren. El brillante y rico plantel de actores jóvenes, capitaneados por Nahuel Pérez Biscayart, Arnaud Valois o Adèle Haenel (que algunos recordarán como La chica desconocida, de los Dardenne) nos seducen con su fuerza, su agitación, sus miradas y sus gestos de rabia, con esa energía envidiable que se lanza a las calles a protestar y gritar mientras bailan moviendo unos pompones rosas, luces y colores, y también, oscuridades y sufrimiento, en una película necesaria y valiente, que recoge con una gran fuerza a todos aquellos que se levantaron contra el establishment, esos burócratas canallas que  corrompen un sistema del que se sirven en favor de sus intereses personales y el de sus colegas, aunque siempre tendrán la oposición de aquellos que no se callan las injusticias.