Bajo las banderas, el sol, de Juanjo Pereira

CINE CONTRA EL OLVIDO. 

“En mis películas hice memoria contra el olvido”. 

Fernando “Pino” Solanas

Desde esta ventana siempre he reivindicado el cine como herramienta y medio para viajar al pasado y, lanzarse a una búsqueda incesante para encontrar y recuperar el archivo, la huella de ese pasado en el que queremos profundizar. Quizás el cine, y más el documental, sirva para eso, para dejar memoria, para mirar el pasado y devolverlo al presente. Un cine que reflexione sobre propias herramientas y cuestione su capacidad. Cómo hizo Henri Langlois buscando, recuperando y guardando películas en la Cinémathèque Française, que confundó en 1936, una actividad incesante para que generaciones venideras pudieran descubrir el cine del pasado. El director paraguayo Juanjo Pereira ha cimentado su ópera prima a partir del mismo trabajo de Langlois y se ha lanzado a una titánica aventura en rescatar todo el archivo fílmico, fotográfico y documental que se produjo durante la dictadura de Alfredo Stroessner que asoló Paraguay durante 35 años (1954-1989), la más longeva del continente americano. 

La compleja búsqueda de Pereira y su equipo le han llevado a las catacumbas de su propio país, y de otros como Alemania, Japón, Taiwan, Argentina, Brasil y Francia, donde han encontrado 120 horas de archivo sobre la dictadura de Stroessner, convertidas en los 90 minutos de metraje, en las que vemos un cine de propaganda en la que ensalza la figura del líder, los momentos patrióticos de su partido “los coloraos”, las múltiples visitas de mandatarios como el presidente de EE. UU., el dictador Videla de Argentina, las relaciones con el criminal nazi Joseph Mengele, sus viajes por todo el mundo, y la construcción de la presa Itaipu, la célebre infraestructura imagen de la nación, y demás imágenes que pasan por delante de nuestros ojos. Un hábil, riguroso y magnífico montaje de Manuel Embalse que mezcla con inteligencia y reflexión discursos patrióticos, actos militares y celebraciones diversas donde se glorifica la patria, la democracia y sus gentes mezcladas con reportajes de países extranjeros donde aparece el “otro” Paraguay, campesinos, sindicalistas y opositores políticos que dan testimonio del terror del gobierno, las detenciones, desapariciones y demás tropelías sacando a la luz esa otra realidad  invisibilizada por el régimen autoritario.

La excelente música firmada Julián Galay y Andrés Montero Bustamante, que componen unas melodías que contextualizan cada imagen, otorgando una verdad que encoge el alma, y evidencia la fuerza del cine para enfrentarnos a las imágenes pasadas que mezcladas en un contexto diferente sabiendo la realidad más cruda y escondida, bien combinada por los efectos de imagen y demás singularidades en el que la información del pasado queda sometida a la verdad de los hechos, generando la reflexión fundamental y necesaria para el espectador. El fascinante trabajo de sonido que consigue atrapar los sonidos originales a partir de infinitas fuentes, que ayuda a sumergirnos en un universo de realidades paralelas. La multiculturalidad de lenguas que escuchamos: castellano, guaraní, francés, alemán, inglés y portugués enmarcan en el torbellino de realidades que se ven en la película, convocando ese universo de miradas, actos y gestos que evidencian las innumerables realidades, la oficial y las no oficiales, que convivieron durante el período terrorífico que vivió la República del Paraguay. Pereira huye del panfleto y se aleja de la voz en off, de los bustos parlantes y demás estrategias que hubiesen delimitado el poder de las imágenes y su audaz y excelente montaje que tiene fuerza, valentía y mucha reflexión. 

Un título metafórico y contundente como el de Bajo las banderas, el sol, y ese formidable prólogo, con mucha ironía incluida, ubicando el pequeño país de Paraguay, entre medio de grandes potencias como Argentina y Brasil, potenciando esa idea de invisible al igual que las imágenes olvidadas, como sucede con cierta habitación cerrada a cal y canto, en que los funcionarios han olvidado convenientemente, en la que se almacenan documentación de tantas detenciones y desapariciones. La película del cineasta paraguayo se mira y muy bien con el cine de Pino Solanas y sus monumentos a la memoria y contra el olvido como son La hora de los hornos (1968), en el que trata de forma exhaustiva la dependencia económica de Argentina, y más reciente La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente Secco, sobre la famosa ley agraria de finales de los sesenta del Perú. El cine como principal personaje de la memoria, rescatando archivos perdidos y olvidados y organizándolo en películas que hablen de dónde venimos y las causas pertinentes que nos han hecho estar aquí y ahora y sus circunstancias. Estaremos muy atentos a los próximos proyectos de Juanjo Pereira, porque su primera película nos ha fascinado por su arrojo, su fuerza, su gran capacidad para rastrear y editar el archivo y sobre todo, por su verdad sobre Paraguay. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calle Málaga, de Maryam Touzani

TODA UNA VIDA EN… TÁNGER. 

“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”. 

Isabel Allende 

Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo. 

La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.   

La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie  Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista. 

Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera. 

Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un altre home, de David Moragas

EL AMOR EN EL ESPEJO.  

“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas”. 

Rosa Montero

Hace seis años me sorprendió gratamente A Stormy Night, de David Moragas (Almoster, Tarragona, 1993), una película sobre dos hombres casi desconocidos que deben compartir un pequeño espacio durante una tormenta en New York. Una historia LGTBI que se desmarca de los habituales conflictos, para profundizar en temas que afectan a las emociones más íntimas. Ahora nos llega Un altre home, el segundo largometraje del tarraconense nos vuelve a plantear la temática LGTBI, pero desde una mirada alejada de los estereotipos y convencionalismos que suelen ir de la mano, porque el relato ahonda en dos jóvenes en la treintena, Marc y Eudald, y los conflictos de cualquier pareja, en la que uno no lo tiene tan claro como el otro, y en las distensiones que se van produciendo a medida que uno quiere ir a más y el otro echa el freno. La insatisfacción como leit motiv de la sociedad actual, en la cual se definen muchos de nuestros problemas cotidianos. 

Moragas habla de su ambiente, de una Barcelona donde la vivienda se ha convertido en un lujo, a pesar que sus protagonistas tienen profesiones liberales. Siendo una película sobre relaciones sentimentales y lo perdidos que andamos, tiene esas texturas sociales, como no puede ser de otra manera. También se habla de familia, de lazos frágiles y de herencia, y sobre todo, el relato habla de quiénes somos, cómo vivimos y hacia dónde vamos, erigiéndose en un relato audaz y sencillo que, en un tiempo, se podrá ver como una cierta forma de vivir y relacionarse en la Barcelona de aquí y ahora. La película se mueve entre el drama intimista, en esos espejos que reflejan nuestra mirada y sentimientos, y rara vez nos devuelve la imagen que hemos proyectado en nuestro interior, dándonos un golpe de realidad que duele mucho, porque no se parece a lo que creíamos que sucedería, las malditas expectativas convertidas en esclavas de nosotros mismos. Hay toques de comedia que se camuflan con esa realidad cotidiana, y otros como los que tienen que ver con la cisterna que actúa como reflejo, que nos aprisiona en un batiburrillo de prisas, fisicidad alocada y un no parar que nos agita hacia no se sabe dónde.  

El cineasta afincado en Barcelona se ha acompañado de algunos de sus cómplices más cercanos como la cinematografía que firma Juli Carné Martorell, habitual del cine de Andrea Jaurrieta, dotando al encuadre de esa ligereza e intimidad en que el espacio doméstico se convierte en verdad y mentira, en insatisfacción y deseo, en espejo y reflejo, como esos maravillosos viajes en taxi, a modo de confesionario en que los personajes se van diciendo o callando según el momento. La música de Clara Peya, de la que conocemos su trabajo en el documental EnFemme (2018), de Alba Barbé i Serra, y películas de Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, entre otros. Una composición que, en algunos instantes, recuerda a la de El perquè del tot plegat (1995), del gran Carles Cases, tan brillante, tan personal, tan juguetón y tan vibrante. El gran trabajo de sonido que firma Júlia Benach, con más de 40 títulos en su filmografía, responsable de las recientes Ruido y Balandrau, vent salvatge, que logra captar todos los matices en una historia honesta que cada gesto, mirada y silencio resultan muy importantes. El montaje de Alba Cid, que conocemos por Les perseides, y las series El estafador del amor y Asfalt, donde coincidió con Moragas que, en sus 90 minutos de metraje, sabe encauzar los conflictos de forma que siendo evidentes sean un elemento más dentro de ese universo habitual de idas y venidas, de miradas indiscretas y de balcones que son un reflejo más. 

Como sucedía en A Stormy Night, el reparto de la película funciona con acierto, naturalidad y sin complejos, con unos personajes nada fáciles que destilan mucha sutileza, cero histrionismo y alejados de lo condescendiente. Tenemos a un enorme Lluís Marqués, visto en Isla bonita, de Colomo, y Girasoles silvestres, de Jaime Rosales, entre otras. Su Marc es un tipo enamorado, aunque le asaltan las dudas de la relación y sobre todo, de sí mismo. Le acompañan Quim Ávila, su chico, mucho más seguro de todo, con cercanía y con esa frase que es la “solución a todo”. La presencia de Bruna Cusí, tan natural y magnífica como es habitual en la actriz barcelonesa, haciendo de Marta, la hermana de Marc, con sus dimes y diretes con el pasado y su relación como esposa y madre. Deberían acercarse a conocer una película como Un altre home, de David Moragas, porque les hará reflexionar sobre quiénes son, sobre cómo aman, y sobre todo, como hacen y deshacen en la sociedad actual que nos ha tocado vivir, con tanta prisa, tanto movimiento y tan poco amor, o el que hay, tan impostado, tan mercantilista y tan mal. La película plantea muchas preguntas, una de las cosas que hace el buen cine, y ninguna respuesta, porque ese asunto tan peliagudo de las conclusiones es cosa de los espectadores, meditando en sus circunstancias y en sus espejos/reflejos particulares. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo te creo, de Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys

ALICE Y SUS HIJOS.

“Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad”. 

Platón 

Desde esta ventana es muy habitual que haga mucho hincapié en la importancia de los primeros minutos de las películas. El arranque, siempre envuelto en dudas, suele capturar el estado de ánimo de la película y sobre todo, del asunto que trata. En un encuadre cerradisimo, en que el off resulta capital, observamos una madre nerviosa y a punto de explotar, y su hijo que se niega a subir al tranvía que pierden. La madre deja de luchar y se derrumba, la hija adolescente aparece y se lleva al pequeño. Así arranca Yo te creo (en el original, On vous croit), la ópera prima del dúo franco-belga Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, que nos recogen, y nunca mejor dicho, en una sala de audiencias de un juzgado de familia que puede ser de cualquier ciudad europea, a la que asisten Alice, la madre que acabamos de conocer, y el padre, que litigan por la custodia de sus hijos. Un único escenario, si exceptuamos el prólogo, y algunos breves momentos en la sala de espera. 

El guion que, también firman la pareja de cineastas citada, resulta de una meticulosidad y concisión asombrosas, sustentado por la palabra, el verbo se impone en el relato, acompañado de unos detallados encuadres que sobrecogen por su fuerza y sobriedad, generando una tensión abrumadora, en la que los espectadores nos sentimos unos personajes más en esa pequeña sala en la que apenas hay seis personas. Una trama real y directa, contada en tiempo real, en que se citan los pormenores que nos han llevado hasta ese momento. La aparente sencillez y cercanía que se transmite en cada encuadre resulta de una gran fuerza, nada está dejado al azar, ese intercambio de planos, donde la mirada agitada y sobrepasada de Alice, el hilo conductor de este drama disfrazado de thriller, pero de los que ponen los pelos de punta por su veracidad, intimidad y sobre todo, su retrato quirúrgico sobre comportamientos y actitudes de las personas, de aquello que no vemos, pero ahí está, de la parte más oscura y falsa, de todo aquello que queremos que no nos vean. Es también una cinta que habla sobre la verdad, sobre la verdad de cada uno de nosotros y la verdad de unos hechos que cortan el alma. 

La gran labor de los técnicos de la película, cómplices del director Arnaud Dufeys, que ya trabajaron con él en sus cortometrajes Atomes (2012) y Invincible Summer (2024), empezando por la magnífica cinematografía de Pépin Struye, del que conocemos su trabajo en All the Time (2024), de Amélie Derlon Cordina, con el formato cuadrado que intensifica la asfixiante atmósfera, con esa planificación agobiante, llena de bustos parlantes, que crea ese espacio asfixiante y demoledor en el que se asienta la trama, donde la tensión in crescendo queda patente en cada mirada, gesto y silencio. La música de Lolita Del Pino, es incisa, reveladora y nada gratuita, porque sabe manejarse entre tanta confesión, situándose en un espacio en cada palabra y silencio se aborda desde lo inquietante, desde lo más profundo, revelando todo lo que subyace en cada plano. El montaje de Nicolas Bier, del que conocemos sus grandes trabajos al lado del gran Bruno Dumont en France (2021), en la serie Pandora, y en Even Lovers Get the Blues (2016), de Laurent Micheli, en un excelente trabajo, que se acopla de forma ideal a la película, a todos los altibajos emocionales y a toda esa tensión abrumadora que se respira en esas cuatro paredes, con esa atmósfera irrespirable como sucedía en aquel monumento al cine que fue Doce hombres sin piedad 81957), de Sidney Lumet. 

Si recuerdan la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa, el personaje de Miren, que interpretaba magistralmente Nagore Aranburu, se erigía como la parte fundamental de lo que se contaba, que también tenía su brutal instante en una sala de juzgado como sucede en Yo te creo. Lo mismo ocurre con el personaje de Alice, que interpreta Myriem Akheddiou, una estupenda actriz que hemos visto en películas de los hermanos Dardenne, Julia Ducournau y Philippe Lioret, entre otros. Su Alice es un personaje roto pero con fuerzas para seguir batallando por sus hijos y contar la verdad. Una mujer sobrepasada pero con aliento para enfrentarse al dolor y al miedo. Le acompañan “el otro”, el ex marido que hace Laurent Capelluto, visto con Desplechin, Corsini, Haneke, Koreeda, y demás. La jueza es Natali Broods, con más de 20 títulos en la cinematografía belga. No se pierdan una película como Yo te creo, de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, por su forma de contar hechos de forma tan de verdad y sin concesiones, exponiendo verdades y mentiras que, desgraciadamente, son demasiado cotidianas. La película lo relata de forma magnífica, que te llega al alma y también, te hace reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos , con tantas aristas, verdades que son mentira y falsas apariencias, y unos niños que sufren la oscuridad de los que deberían dar amor y velar por su seguridad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli

CONTRA VIENTO Y MAREA. 

“Mary Anning es probablemente la fuerza recolectora más importante (e insuficientemente reconocida) en la historia de la paleontología”. 

Stephen Jay Gould, paleontólogo estadounidense 

Somos una especie que habla mucho de ejercitar la memoria pero no la práctica, porque vivimos apegados al instante y olvidamos con demasiada frecuencia a personas y sus momentos relevantes. A lo largo de la historia encontramos muchos nombres que han quedado en el olvido, personas que, por su capacidad quedaron absorbidos por su tiempo y no reconocidos en vida, situación que sucedió con la mayoría de mujeres libres y luchadoras. Es el caso de Mary Anning (1799-1947), la primera paleontóloga reconocida, además de recolectora y vendedora de fósiles en la Inglaterra del siglo XIX, conocida por sus descubrimientos de los lechos marinos del Jurásico en su localidad natal de Lyme Regis, una pequeña localidad costera del sur de Inglaterra. Hace seis años se estrenó Ammonite, de Francis Lee, que recogía una parte de la vida de Mary Anning  y su amor con Charlotte Murchinson en la Inglaterra conservadora y religiosa del XIX.  

En Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli (Lodrino, Suiza, 1985), se sitúa en la infancia de la futura paleontóloga cuando tiene 12 años y vive en la mencionada Lyme Regis, una pequeña sociedad religiosa y cerrada que obedece al reverendo que también es el maestro de los niños y niñas, cosa que choca con el temperamento y tenacidad de la niña Mary que duda de todo ese mundo que predica vehemente el citado sacerdote. La niña que recoge fósiles con la ayuda de su padre y hermano, sufre un shock con la muerte accidental del padre, además de las deudas de su familia, y un enigmático dibujo que la lleva a la búsqueda de un tesoro. Estamos ante una película que bebe mucho de La isla del tesoro, de Stevenson, porque somos testigos de una niña que deberá enfrentarse a los adultos para comprender las reglas sociales y los conflictos de los adultos. Con un guion honesto y brillante, en el que se habla de problemas personales y sociales, desde una perspectiva humana y nada condescendiente, hablando de temas como la muerte, la falta de dinero y demás asuntos interesantes. Un guion firmado por el dúo Magali Pouzol, que la conocemos por su trabajo en Funan, de Denis Do, y Pierre-Luc Granjon, coescritor de El secreto del herrerillo, de Antoine Lanclaux, el anterior estreno de los Pack Màgic. 

Un gran trabajo técnico compuesto por infinidad de dibujos pintados a mano animados por la suiza Maëlle Chevallier, en el que se prima la naturalidad, la belleza y la composición reposada y suave. El magnífico montaje de sonido por Jérôme Vittoz, toda una leyenda que ha trabajado en más de 90 títulos, muchos de ellos de animación, entre los que destaca La vida de calabacín, entre otros. La excelente música de Shyle Zalewski, una composición anacrónica llena de pop punk que resulta una fuerza diferente que se fusiona con las imágenes sencillas y visuales de la película. El montaje es del propio director y Julie Brenta, una magnífica editora que ha trabajado con cineastas de prestigio en la cinematografía francesa como Ursula Meier y Guillaume Senez, con el que ha edificado un gran trabajo de colaboración a lo largo de varias películas. Una historia de 72 minutos de metraje que se ve con mucha cercanía y sensibilidad, que se mete de lleno en varios géneros que van desde el drama social, las aventuras, las películas con niños llenas de humanismo y nada complacientes, y además, una cinta que reivindica la figura de una grande como Mary Anning, una olvidada de la historia como muchas otras que esperan ser reconocidas su lugar de la historia. 

Amén del personaje de Mary Anning, tenemos a su adorable y cercano hermano, la bondad del padre, una madre desesperada que intenta por todos los medios salir a flote, que no será nada fácil. Y luego los que ayudan a Mary en su loca aventura de encontrar su tesoro-fósil particular, como el pequeño Henry, un niño que se apunta a mil y una aventuras sin miedo. Fanny Miller, una compañera de clase, tan oveja negra como Mary, que le ayudará por su hobby. Elizabeth Philpot, una científica que lucha por ser reconocida en su profesión, un azote que sufrían todas las mujeres que querían hacer cosas diferentes. El Capitán Curioso, un lobo marino, solitario y cascarrabias, con un pasado detrás que le ahoga, echará una mano a Mary y los demás en su afán de aventura y hallazgos. Y finalmente, el “malo” que no es otro que el reverendo, que se erige en figura de la religión como institución conservadora que inutiliza cualquier idea que contradiga su pasado y su credo. Si desean pasar un rato agradable, aprender un poco de historia y saber quién era Mary Anning, y sobre todo, comprobar que la voluntad y la tenacidad y el sueño de una niña de 12 años pueden remover el pasado y de qué forma, su película es Mary Anning y la playa de los dinosaurios, un film de verdad y muy honesto y audaz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Rodrigáñez

Entrevista a Juan Rodrigáñez, director de la película «Derechos del hombre», en el marco del ciclo «Les arts del circ», en la Sala Delmiro de Caralt en la Filmoteca de Catalunya, el miércoles 17 de septiembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Rodrigáñez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a la cineasta Mercedes Álvarez, por hacernos el retrato, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho

ÉRASE UNA VEZ EN… BRASIL EN 1977. 

“Cuando nos damos cuenta de que realmente estamos solos es cuando necesitamos más a otros”. 

Resultaría muy difícil comprender el cine de algunos autores, si les cambiáramos la ciudad donde se desarrollan sus tramas por otras totalmente diferentes. Es el caso de algunos grandes como Scorsese y Woody Allen con New York, Fellini con Roma, Truffaut con París y Almodóvar con Madrid. Lo mismo sucede con Kleber Mendonça Filho (Recife, Pernambuco, Brasil, 1968), y su Recife querido, donde suceden la mayoría de sus 8 películas. Un Recife, eso sí, anclado en la contemporaneidad de sus relatos. Por eso, su última película El agente secreto, tiene algunos elementos diferentes y muy estimulantes, ya que su Recife actual se marcha hacia atrás hasta la misma ciudad pero de finales de los setenta, en plena dictadura, y más concretamente en el año 1977. Un relato que tiene uno de los prólogos más potentes y deslumbrantes que recuerda el que suscribe. El protagonista es Marcelo, un profesor de tecnología que, por circunstancias personales y profesionales, debe huir, en su peculiar escarabajo amarillo, a la ciudad de Recibe, donde se reencontrará con su hijo y sus suegros. 

El guion del propio Mendonça Filho no es nada convencional, aunque a simple vista pudiera parecer lo contrario, en que el cine juego un papel fundamental como arte social y escapista muy incrustado en lo que se cuenta. Hay una mezcla de policíaco muy negro, que bebe mucho de aquellas películas estadounidenses de los treinta y cuarenta, y las atmósferas endiabladas del gran Melville, con esos tipos solitarios en continua huida de no sé sabe de quién ni hacía dónde. También tenemos los rasgos y huellos del western más físico y violento de los setenta con los Peckinpah y Penn en primera fila, la negrura del poder político que también hacían los Lumet, Coppola y Boorman, sin olvidarnos del costumbrismo social y humano de los Glauber Rocha y demás. En fin, una poderosa fusión de géneros, tramas, subtramas y texturas que bebe del propio Recife setentero y sobre todo, del cine de la misma década que también retrató los avatares, confusiones y violencia de aquellos oscuros años. El director Bacurau cuenta su historia en pocos días, durante el eterno carnaval, tiempo de máscaras, fantasmas y fingimientos, en que la fiesta, el miedo, la amenaza, la violencia seca y áspera, y demás fuegos internos que no cesan, se van sucediendo dentro de una cotidianidad extraña y ajena, que puede golpear en cualquier momento y de forma tan sorpresiva como fuerte.

El grandísimo trabajo y esfuerzo técnico de la película para trasladarnos y revivir los tiempos del Recife del 77 tienen que ver con la magnífica labor de la cinematógrafo Evgenia Alexandrova, de la que conocemos por sus films con la cineasta francesa Noemia Merlant, con la cámara Alexa 35 acompañados de  los objetos Panavision anamórficos para crear ese grosor setentero que da un relieve esencial al cuadro. La música es otro elemento crucial para la película porque tiene al dúo Mateus Alves y Tomaz Alves de Souza, cuatro películas con el director de Doña Clara, que tienen en su haber directores brasileños como Gabriel Mascaro, Marcelo Gomes y Anna Muylaert, donde consiguen una película nada épica y muy íntima que acerca el drama personal del protagonista, y los otros, que viven arropados en el refugio de Doña Sebastiana en tiempos de militares que van a degüello con todo aquel diferente y sospechoso. Amén de las canciones populares brasileiras que amenizan el carnaval y otras juergas, pero usadas en otros contextos evidenciando la dualidad entre vida y dictadura por el que pivota la película. El montaje lo firman otro dúo como Matheus Farias y Eduardo Serrano, tres películas con el director que, no tenían una empresa nada fácil, en una cinta que se va a los 158 minutos en un conciso y puro trabajo de edición donde las miradas y los gestos priman sobre lo demás, capturando toda la sensación de miedo y terror que planea por los diferentes personajes. 

El plantel de los intérpretes forma un conjunto muy heterogéneo en consonancia con la mezcla que reside en la historia. Un grupo de actores y actrices que brillan con mucha intensidad durante toda la trama, con un estelar Wagner Moura, un actor que ya tuvo su esplendor en su Brasil natal en películas como Cidade baixa, de Sergio Machado, Tropa de élite, y más tarde su lanzamiento internacional con series como Narcos. Su Marcelo es su cum laude, tiene mucha verdad, tensión y naturalidad. El gran trabajo de Tânia Maria como Doña Sebastiana, un pilar fundamental en el devenir de la historia. Otros intérpretes son el desaparecido Udo Kier, en su segunda película con el director, Maria Fernanda Candido, Gabriel Leone, Carlos Francisco, Alice Carvalho, Roberio Diogenes, Hermilia Guedes e Ior de Araujo, entre otros. Después tenemos una retahíla de actores que dan vida a todos los demás personajes que tiene una presencia breve pero muy intensa, por sus físicos, sus formas de mirar y moverse, que componen uno de los grandes aciertos del cineasta recifense aportante una transparencia y fuerza con esos rostros vividos que otorgan una fuerza a cada secuencia.

El viaje al pasado que el realizador de Retratos de fantasma ha hecho con O agente secreto adquiere todo su sentido en relación a los últimos años vividos bajo el mandato del ultrafascista Bolsonaro, rememorando las tensiones, violencias y miedo que se vivió en las casi dos décadas de dictadura. El cine como reflejo del pasado-presente y no futuro para hablar de lo que muchos olvidaron, o quizás, para hacer del presente un ejercicio de memoria lúcida y oportuna para que los no quieren paz y libertad, sean meros reflejos de aquellos otros del pasado. Resulta muy evidente que, las dos últimas películas brasileñas que más fuerte han sonado a nivel internacional sean la que nos ocupa y Aún estoy aquí, de Walter Salles, estrenada el año pasado, porque las dos cintas nos invitan a viajar al pasado, a ese pasado oscuro de la dictadura, los años 1971 y 1977, respectivamente, años de plomo, de desapariciones, de violencia seca y abrupta. Años salvajes en que Brasil se convirtió en una zona muy oscura para todos aquellos que tuvieron el valor de enfrentarse al poder militar y fueron desaparecidos, perseguidos y huidos como les ocurre a Rubens Paiva y Marcelo, dos más de los tantos compatriotas. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de lo que somos y lo que fuimos, vayan a ver El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, porque seguro que les hará reflexionar sobre todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El arquitecto, de Stéphane Demoustier

EL GRAN ARCO DE SPRECKELSEN.    

“La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas”. 

Miguel Ángel 

En la inmortal El manantial (1949), de King Vidor, conocíamos la ambición del arquitecto Howard Roark, que luchaba contra lo estéril y lo convencional, anteponiendo lo individual a lo colectivo, manteniendo la firmeza de la libertad ante la esclavitud de las ideas. Algo parecido le ocurre a Joan Otto von Spreckelsen (1929-1987), el sorprendente arquitecto danés que ganó el mayor concurso de la historia que convocó el gobierno de Mitterrand en 1983 para construir el Arco de Defensa de París para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. El quinto trabajo de Séphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), está basada en hechos reales que recogen la novela “La Grande Arche”, de Laurence Cosse, y nos sitúan en el período que va de 1983 hasta 1987, y cuenta los pormenores que hubieron durante la construcción del mencionado Arco, y los enfrentamientos del arquitecto danés con los miembros del gobierno y otros colaboradores durante la magna obra que se llevó a cabo. El cineasta francés, del que hemos visto sus dos anteriores películas La chica del brazalete (2019) y Borgo (2023) se aleja del policíaco, pero no deja las difíciles relaciones humanas y las oscuridades y planteamientos alejados que se mantienen. 

En El arquitecto (en el original L’inconnu de la Grande Arche), estamos ante una trama sencilla y directa, basada en lo humano, en un férreo y arduo enfrentamiento entre la individualidad y la voluntad de hierro del arquitecto danés frente a los conflictos y posturas alejadas de los franceses, que lo componen un asesor del gobierno y un arquitecto francés que se convierte en maestro de obras. La actitud inquebrantable y tenaz de Spreckelsen choca de manera frontal ante esa barrera de burocracia y practicidad que representan los franceses. Hay muchos momentos que se habla de arquitectura, como no podía ser de otra manera, y de las diferentes formas de acercarse al hecho de construir, y no sólo de cómo hacerlo, sino de una forma de extensión de la vida, de la existencia y de las emociones. Todo esto queda reflejado en Italia, cuando el arquitecto se traslada para buscar el mármol de Carrara, el más bello del mundo, una secuencia que recuerda a otras dos, en las que se plantean los mismos deseos: en Il Pecatto (2019), de Andrei Konchalovsky, basada en la construcción de “La pietà”, de Miguel Ángel, y en The Brutalist (2024), de Brady Corbet, en la que la blancura desborda y transforma a los tres artistas en un mar de mármol infinito, donde el tiempo se detiene y todo tiene un sentido.

Demoustier se ha rodeado por dos cómplices como el cinematógrafo David Chambille, con el que trabajó en la citada Borgo, amén de grandes cineastas como Jean-Claude Brisseau, Bruno Dumont y Jean-Louis Petit, con una visión realista y nada amontonada, que deja luz y espacio a los diferentes personajes en unos espacios que van desde las estancias grandes de los edificios gubernamentales y los exteriores llenos de barro y suciedad donde se desarrolla la susodicha obra. El montaje lo firma otro cómplice como Damien Maestraggi, que ha realizado cuatro películas con el director francés, además de trabajar con Guillaume Brac, Justine Triet y César Díaz. Su edición sigue una línea convencional, aunque para nada desmerece a la historia, todo lo contrario, porque tiene un ritmo in crescendo, o lo que os lo mismo, un ritmo hacía las profundidades, donde todo se va tornando más oscuro, en sus intensos 105 minutos de metraje. La música corre a cargo de Olivier Margherita, nuevo fichaje, que tiene trabajos para películas de Nobuhiro Suwa, Dóminik Moll y André Techiné, entre otros. Una composición que nos lleva a aquellos primeros ochenta desde lo sutil, la intimidad y la naturalidad.

Un reparto bien elegido que actúa de forma transparente y nada impostada, encabezado por un soberbio Claes Band, el actor danés que conocemos por sus trabajos con Lone Scherfig, Ruben Östlund, y sus trabajos en la industria estadounidense como la serie The Affair y El hombre del norte, de Eggers. Su presencia y carisma ayudan a su personaje visionario y fuerte que tiene una idea obsesiva en la cabeza. Le acompañan la gran Sidse Babett Knudsen como su mujer Liv, el contrapunto de tanta obsesión y firmeza enloquecida. Y en la otra esquina tenemos a los franceses: Xavier Dolan, magnífico director y actor hace del asesor del gobierno, tan burocrático como legal, como impertinente. El siempre estupendo Swann Arland se mete en la piel de otro arquitecto, Paul Andreu, que hace de amigo malo en la obra del famoso Arco. Y finalmente, Michel Fau, que lo vimos en la mencionada Borgo, es François Mitterrand, un amigo de Spreckelsen, alguien con quién hablar, qué se entienden, pero las circunstancias de la política son como son. Si les gusta la arquitectura no deberían perderse El arquitecto, aunque también si no les gusta, también pueden verla, porque habla de la ambición personal, del deseo de convertir tu sueño en realidad, y sobre todo, de luchar con todas las fuerzas por las cosas que se creen, a pesar de los demás, de la política, y de lo que se ponga frente a uno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Águilas de El Cairo, de Tarik Saleh

EL ACTOR Y EL ESTADO. 

“Todo poder es una conspiración permanente”. 

Honoré de Balzac

Si quitamos la película El contratista (2022), vehículo de productor que encarga a director de autor reconocido, las tres últimas películas de Tarik Saleh (Högalid församling, Estocolmo, Suecia, 1972), pivotan en torno a varios elementos en común: la conspiración, la ciudad de El Cairo (Egipto), y el intérprete fetiche del director Fares Fares. En la primera, El Cairo confidencial (en el original, The Nile Hilton Incident, 2017), la cosa va de Noureddine, un poli corrupto que tomará buena cuenta de los hilos corruptos del poder en la sombra. En la segunda, Conspiración en El Cairo (en el original, Boy from Heaven, 2022), Adam, un joven humilde estudiante de una universidad de prestigio se verá envuelto en el poder religioso y político. Ahora, nos llega la tercera película que cierra esta especie de trilogía sobre los tres elementos mencionados. en Águilas en El Cairo (en el original, Eagles of the Republic), volvemos a tropezarnos con un tipo, en este caso se trata de George Fahmy, la estrella del cine egipcia. Un hombre de gran carisma en la pantalla, pero muy disoluto en sus relaciones íntimas. El conflicto arranca cuando el gobierno le “pide” que protagonice una película-propaganda para ensalzar la mala figura del presidente. 

Saleh construye una estructura que maneja con soltura y acierto una adecuada atmósfera noir, en que la película avanza sigilosamente por el rodaje de la citada película, y mientras se van sucediendo los (des) encuentros, en forma de cenas extrañas, noches de pasión con quién no se debe, y un comisario político que supervisa las escenas del rodaje. Además, las difíciles relaciones del propio actor van y vienen de forma complicada. La película huye de los lugares comunes del género y abraza esa otra especie de calma tensa muy propias del policíaco, en la que el cineasta de origen egipcio ha querido ir mucho más allá, y meterse de lleno en las estructuras más oscuras y corruptas del terrorismo de estado, mostrando un gobierno lleno de conspiradores, en que cada gesto, cada mirada y cada palabra acentúa los inevitables juegos en la sombra que aniquilan a todo aquel que se interpone en los intereses del país o de unos pocos que pertenecen a una élite que funciona como una organización mafiosa. En esta también sucede que el protagonista se ve envuelto en unos intereses que van mucho más allá de su existencia, y no puede evitar tomar partido, salvando el pellejo y enfrentándose a sus miedos, inseguridades y en todo aquello que creía controlable, con el mejor aroma del cine policíaco estadounidense setentero que explico muy acertadamente los estercoleros de los gobiernos. 

Como ocurría en las anteriores películas citadas, la parte técnica brilla con intensidad porque está compuesta por un grupo de grandes artistas que vuelven a colaborar con Saleh como el cinematógrafo Pierre Aïm, con más de 67 películas a sus espaldas, cuatro con el director sueco, entre las que destacan las que hizo junto a directores de prestigio como Mathieu Kassovitz, Fati Akin y Maïwenn, entre otros. La luz de sus encuadres sabe componer esa luz más natural y concisa del día con esa otra más oscura donde la noche, como no podía ser de otra manera, resulta incisiva en todos las oscuridades invisibles que rodean la trama. El editor Theis Schmidt, cinco películas con Saleh, amén de las más de 28 que componen su carrera con realizadores como Daniel Espinosa y Phie Ambo, entre otros, construye un ritmo pausado y muy alejado de la estridencia y la espectacularidad, en sus intensos y asfixiantes in crescendo 127 minutos de metraje que van pasando delante de nosotros como si fuesen un fuego cada vez más fuerte y grande. El debutante en el universo de Tarik Saleh es una leyenda en la música como Alexandre Desplat, con más de 166 bandas sonoras desde 1985 al lado de míticos como Polanski, Audiard, Guédiguian, con el que debutó, Fincher y Wes Anderson, con el que colabora más recientemente. Su música es a base de baladas que nos van atrapando en la maraña de miradas juiciosas, silencios incómodos y salidas sin ser vistos que pululan por ese Cairo tan reconocible como espectral. 

En el apartado interpretativo volvemos a tropezarnos con Fares Fares, el “actor” de Saleh, ahora metido en la estrella del cine egipcio que se verá envuelto en una trama conspirativa que no sólo pone en situación de riesgo y peligro su vida sino también la de su hijo, ex mujer, y demás íntimos. Un actor de raza, de mirada penetrante, una especie de Belmondo en los sesenta y setenta, cuando podía envolver cualquier cosa. Le acompañan Lyna Khoudri, que encarna a su novia, aspirante a actriz, con esa inocencia y verdad que da la actriz francesa en cada personaje que interpreta. La marroquí-gala Zineb Triki, que vimos en Arthur Rambo, del desaparecido Cantet, es una mujer entre dos mundos, o quizás podríamos decir, una mujer que sabe lo que quiere y se arriesga sin pestañear. Encontramos al egipcio Amr Waked, que hace nada vimos en Urchin, y en otras como la serie El Cid, o Los constructores de la Alhambra, entre otras. Y otros como Cherien Dabis, Sherwan Haji, el protagonista de El otro lado de la esperanza, de Kaurismaki, y demás intérpretes que aportan una gran veracidad y transparencia en sus diferentes personajes. 

Sí apreciaron las otras películas sobre conspiraciones del director sueco de origen egipcio, en ese caso no duden de acercarse a los cines a partir de hoy para ver Águilas de El Cairo y no sólo verán el rodaje de una película de propaganda, como las que hacían los regímenes fascistas del siglo XX, como El triunfo de la voluntad (1935) en la Alemania nazi, o Raza (1941), en la España franquista, en que la ficción es usada para tapar las miserias y el terrorismo de un estado represor, criminal y elitista, y en medio de toda esa vorágine violento, aparece un actor que intenta mantenerse al margen, pero entiende que hay situaciones en la vida que uno no puede elegir y bajar la cabeza y ser un esbirro más, o quizás, un títere más que sólo sirve para entretener al personal, mientras el estado hace y deshace como desea, según los intereses de los cuatro mangantes que controlan la economía del país de turno. En estos tiempos bélicos en el sudeste asiático es un momento esencial en acercarse a una película como está, y no porque vaya a aclararnos las entrañas de la guerra, sino porque nos dejará claro que toda la mierda que se genera, siempre empieza en las entrañas y las oscuridades de cada gobierno, muy alejadas del ciudadano al que representan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Balandrau, vent salvatge, de Fernando Trullols

SUCEDIÓ UN SÁBADO EN LA MONTAÑA DE BALANDRAU.   

“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”

Khalil Gibran

Primero fue un libro “Viento Salvaje, crónica de una tragedia en los Pirineos», de Jordi Cruz publicado en 2019. Después vino un documental “Balandrau, infern glaçat”, de Guille Cascante estrenado en 2021. Y ahora, se estrena Balandrau, vent salvatge, de Fernando Trullols (Barcelona, 1977), la ficción que vuelve a la tragedia del Balandrau, la montaña situada en los Pirineos orientales, en la comarca del Ripollés, en la provincia de Girona, con sus 2585 metros de altura, que el sábado 30 de diciembre de 2000, a eso de las 13:30 sufrió un Torb, una ventisca de alta montaña que bajó la temperatura unos 30 grados y desató una tormenta catastrófica que afectó a las personas que allí estaban. Una de ellas es Josep Maria Vilà que junto a su prometida Mònica, y tres amigos disfrutaban de practicar esquí. Esta es la película que cuenta la historia, no sólo de Vilà, sino también de los equipos capitaneados por Francesc carola “Siscu”, de los bomberos voluntarios que trabajaron para sacar del infierno helado a todas las personas que allí se quedaron. Es la historia de las víctimas y los rescatadores. 

Trullols lleva más de medio producciones a sus espaldas trabajando en los equipos de dirección junto a Jota Bayona, Marcel Barrena y Guillem morales, entre otros, amén de haber dirigido un par de cortometrajes, como El barco de pirata, galardonado con el Goya, y haber dirigido series como Cucut, Bosé y Hache, entre otras. Balandrau, vent salvatge es su puesta de largo, a partir de un guion que firma Danielle Schleif, que tiene en su haber películas como Summer Camp y Mediterráneo, con una película que cuenta una historia muy conocida en Cataluña, hecho que también suponía un reto, porque al ser un relato ya sabido, la película arranca con un interesante prólogo que deja varios apuntes que afectan a las vínculos de los citados protagonistas que son los dos ya sabidos y los Oriol, Elena y Pep. La película tiene dos líneas, las de las víctimas que quedaron atrapadas en la nieve, y los bomberos y voluntarios que trabajaron en su ayuda, a más, la incertidumbre de los familiares y amigos que esperaban en el campo base esperando noticias. Tres miradas que se cuentan muy de cerca, capturando toda la verdad posible, sin caer en la manida condescendencia, alejándose de la sensiblería y el amarillismo de ciertas producciones cuando tocan temas de la misma índole. Tanto la parte técnica como la artística brillan desde lo humano, entre lo que destaca lo emocional, clave en una película de estas características. 

Un magnífico trabajo técnico encabezado por la cinematografía de Miquel Prohens, que ha trabajado con Caye Casas y Albert Pintó, Pedro Aguilera y Miguel Eek, entre otros, con una luz que brilla capturando el esplendor y la naturaleza de la montaña y después, cuando se desata la tormenta, y el gran trabajo de fx de la película, a través de una cámara que se acerca a los rostros y gestos de los personajes. La música de Arnau Bataller, todo un experto en el tema con más de 86 títulos en su extensa filmografía que empezó allá por el 2004, y le ha llevado a trabajar con autores como Balagueró, Plaza, Barroso, León de Aranoa, Cesc Gay y Pau Freixas, por citar sólo algunos. Una composición que atrapa la belleza y la tragedia en toda su complejidad, sin recurrir a esas melodías de épica y cosas del estilo, aquí no hay nada de eso, porque se habla de personas de carne y hueso, sometidas a las inclemencias de un naturaleza que es bella y trágica. El excelente montaje de Ana Charte Isa, de la que conocemos sus trabajos en películas como Vulcania, Uno para todos y L’home del nassos, que no tenía una tarea sencilla en una historia que abarca casi las dos horas de metraje, y los diversos puntos en los que desarrolla partiendo de momentos más  reposados con otros llenos de agitación pura. 

El reparto escogido para la película también realiza un gran trabajo encabezado por un magnífico Álvaro Cervantes, vaya año se ha gastado el barcelonés con Sorda, Esmorza amb mi y Baladrau. Su Josep Maria Vilà desprende vida, soledad, desesperanza y muchas más emociones en una composición que no resultaba sencilla porque había que interpretar a una persona real y eso es siempre un grna reto. A su lado, Bruna Cusí como Mónica, que transmite naturalidad y cercanía como la actriz catalana sabe con gran detalle y compromiso. El tercero sería Marc Martínez que hace de “Siscu”, el rescatador que pondrá el alma y todo para encontrar a los damnificados. Tenemos a los amigos que hacen Eduard Lloveras, Anna Moliner y Pep Ambrós, y luego, Àgata Roca como la madre de Vilà, Francesc Garrido es el coordinador de las operaciones de rescate, y Jan Buxaderas es Bernat, el hijo de Siscu, toda una revelación en la película. Aunque conozcan la historia de lo que pasó en Balandrau, no se pierdan la película, porque conocerán otros detalles íntimos y demás situaciones que vivieron los implicados, en una película que acoge el gran cine, aquel que explica historias de verdad, tratando todos los aspectos con transparencia, complejidad y humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA