Entrevista a Zabou Breitman

Entrevista a Zabou Breitman, codirectora de la película “Las golondrinas de Kabul”, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 19 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zabou Breitman, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Mariam Chaïb Babou, por su fantástica labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Monos, de Alejandro Landes

JUEGOS SALVAJES.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”

Henry Miller

En algún lugar de la zona rural de Colombia, en lo alto de un páramo agreste y rocoso, nos damos de bruces con un grupo de niños soldados que custodian a una estadounidense secuestrada en el interior de una cueva. Mientras, esperan a entrar en combate, juegan a la guerra, a su preparación, a su liturgia con rituales propios de iniciación que se mezclan con los propios de su edad, como el grupo, la hermandad, el amor y el sexo. Son ocho jóvenes ávidos de guerra, de muerte, de encontrarse frente al enemigo. Son ocho almas imbuidas en el horror de la guerra que luchan por una causa que desconocemos, así como en el grupo al que pertenecen. Después de Cocalero (2007) sobre la figura del mandatario boliviano Evo Morales, y Porfirio (2011) que mostraba sin tapujos la cotidianidad de un hombre postrado en una silla de ruedas, el cineasta Alejandro Landes (Sâo Paulo, Brasil, 1980)  cambia de mirada y se va al corazón de la selva colombiana para tejer con maestría y profundidad el horror de la violencia de su país a través de unos niños sometidos a la atrocidad de la sinrazón y la guerra, penetrando de forma sincera y transparente al interior del alma de estos ocho chavales, y retratando su deterioro mental y físico, en una película dividida en dos partes.

En la primera mitad, asistimos a la preguerra, donde estos ocho individuos son uno solo (de ahí viene la referencia a la que alude su título) ese grupo compacto que van todos a una, en tromba, en fraternidad mutua y colaborativa. En la segunda parte, cuando bajan al corazón e inhóspita selva, todo cambia, y el grupo se va deteriorando y separando, creando los focos de crueldad y violencia, donde todos van a la suya y la idea de guerra adquiere sus cotas más espeluznantes e infernales, donde empieza la caza del hombre, donde cada uno de ellos lucha por salvar el pellejo. El director colombiano se ayuda de una película muy física, donde la brutalidad, la violencia y el caos van en aumento, bien encuadrado por una inmensa y brutal cinematografía obra de Jasper Wolf, que retrata con precisión toda la suciedad, la piel y las miradas de los chicos, y la magnífica y asfixiante música de Mica Levi (autor entre otras de la partitura de Under the Skin, de Glazer o Jackie, de Larraín) otro elemento primordial de la cinta, esa sensorialidad que te sujeta con fuerza y no te suelta en todo el metraje, consiguiendo esa mezcla de locura, salvajismo y sinsentido en el que se encuentran sometidos estos jóvenes y su locura infernal en esa selva laberíntica, de inusitada belleza y horror.

Monos  no es una película fácil ni complaciente, es un retrato oscuro y horrible de la condición humana, de la brutalidad de la guerra y el vacío de la muerte, que te atrapa sin dejarte respirar, en una estructura apabullante y agobiante, donde la mirada de estos jóvenes víctimas de la guerra y la sonoridad de la película te lleva hasta la extenuación, con unas imágenes que encierran toda la belleza de la naturaleza salvaje y libre, mezclada con la oscuridad del alma humana, con esa violencia seca y dolorosa que se ha convertido en el mal indómito del continente americano, una violencia muy física y tremenda, donde no hay ningún atisbo de humanidad, solo destrucción y muerte. Landes reúne a un grupo de actores que debutan en la gran pantalla con esta película, con sus diferentes personalidades, cuerpos y presencias, entre hombres y mujeres, van generando las distintas relaciones y los conflictos se van sucediendo, ocho jóvenes que transmiten toda la fuerza, la dureza y la violencia a la que serán sometidos, con dos intérpretes profesionales como Julianne Nicholson y Moisés Arias, ambos estadounidenses.

Landes recoge el aroma de películas como El señor de las moscas, donde los niños juegan a la guerra y sobre todo, a la falta de referentes humanistas que les conviertan una realidad pésima en otra más esperanzadora. Un grupo cohesionado y brillante que se convierten en el elemento indispensable, junto con el paisaje de la selva colombiana, en los mejores aliados para mostrar este descarnado y violento descenso a los infiernos de la guerra y la deshumanización, donde la guerra y la violencia forman parte de la cotidianidad de las gentes, y sobre todo, forman parte del ADN de unas personas que han crecido con el virus de la guerra inculcado en su sangre y no conocen otra forma de subsistir frente al conflicto. Una película aterradora y magnífica que vuelve a poner de manifiesto como el poder y la manipulación de unos lleva a la muerte a los jóvenes, esos seres vulnerables que creen que la pertenencia del grupo, aunque signifique convertirse en un asesino, es el mejor de los aliados cuando la paz se ha convertido en una quimera, y la violencia se ha asentado en todos los estamentos del estado y la sociedad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las golondrinas de Kabul, de Zabou Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

BAJO EL YUGO TALIBÁN.

“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.”

Francisco de Quevedo

La acción se sitúa en el verano de 1998, en la ciudad de Kabul (Afganistán) bajo el yugo de los talibanes, un régimen de horror que acabó con cualquier atisbo de resistencia, y sobre todo, creo un mundo donde la mujer quedó anulada, al amparo del hombre, oculta bajo el burka, vilipendiada y sometida al amparo del tirano. Habíamos visto películas interesantes y profundas sobre este atroz tiempo de la historia del país árabe como Osama, de Siddiq Barmak, A las cinco de la tarde, de Samira Makhmalbaf o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, donde se daba buena cuenta de la terrible situación de la mujer afgana. Incluso, en junio del año pasado, y también con las técnicas de animación, conocimos el relato de Parvana, la heroína de El pan de la guerra, de Nora Twoney, que al igual que ocurría en Osama, su familia la convertía en chico para poder subsistir. Ahora nos llega, Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de Yasmina Khadra, que nos cuenta las peripecias de Zunaira y Mohsen, una joven pareja que vive en Kabul, y cómo su destino hará que la penosa y oscura existencia bajo el régimen talibán les dé una oportunidad diferente a la que tienen.

Los productores de Bienvenidos a Bellevilley Ernest & Celestine, dos de las últimas películas de animación francesas de éxito, confiaron en el talento de Zabou Breitman (París, Francia, 1959) con una extensa filmografía como actriz, y directora de teatro y cine con cinco títulos de acción real en su haber. A través de la técnica de la rotoscopia (filmar con intérpretes acciones reales que después se pasaran a animación) misma técnica utilizada en grandes obras del género como Yellow Submarine,  El señor de los anillos, A Scanner Darkly o Vals con Bashir, y la magia de los dibujos en acuarela de Éléa Gobbé-Mélvellec (Francia, 1985) que ya había trabajado en Ernest & Clestine, la simbiosis perfecta para llevar a cabo la sensibilidad y belleza que requería la novela de Khadra. Un espacio que nos sumerge en la cotidianidad de ese Kabul espectral y vacío, donde apenas se ven rastros de vida, en el que todos sus habitantes se mueven por inercia, desplazándose con miedo, agazapados en una realidad terrorífica y desoladora.

La película de Breitman y Gobbé-Mévellec capta con absoluta precisión y detalle todo ese universo deshumanizado, construido a través de las miradas y gestos de unos personajes encerrados en una existencia desgarradora y asfixiante, en que el dibujo nos muestra la cotidianidad de manera abstracta, situándonos en un paisaje urbano que describe el abatimiento que sienten los protagonistas del relato, vaciándonos el espacio y dejándonos en mitad de ese desgarro infernal en el que los talibanes han convertido Kabul, donde crece la infamia, el dolor, el miedo y la sinrazón a cada instante, como el terrorífico detalle de la mirada de las mujeres a través de la rejilla del burka o esa demoledora secuencia de la lapidación. Las directoras francesas parecen guiarnos por una película muy deudora del cine iraní, con la sombra guiadora de los Kiarostami, Panahi, Makhmalbaf, entre otros, un cine que reflejaba en la infancia los durísimos embates contra la población iraní bajo el régimen de los ayatolás.

La cercanía, el preciosismo y la belleza que hace gala la animación se convierten en el mejor vehículo para contarnos de manera sincera e intimista el infierno cotidiano y existencial que viven los personajes, consiguiendo en muchos instantes que olvidemos la animación y nos sintamos frente a un documento real sobre la situación vital de la población afgana que padeció tamaño sufrimiento, sensación manifiesta gracias a la fantástica ilustración, acompañado de un movimiento y sonido evolventes, con el aroma que desprende y la precisión de su brillante guión, transformando un relato que va más allá de la simple historia, para adentrase en un terreno más universal, con unas personas que sueñan con ser libres y luchan por conseguirlo, donde las circunstancias del momento pueden cambiar de tal forma que el infierno persistente y agobiante de la realidad, abra un resquicio de luz por el que la vida ofrezca una oportunidad inesperada pero real para sus vidas, como ocurría en Funan, de Denis Do, otra impresionante muestra de cómo la animación evocaba los infiernos personales de los camboyanos bajo el yugo de los Jemeres Rojos.

En Las golondrinas de Kabul (bellísimo título que evoca a esa libertad que añoran los personajes de la película) Breitman y Gobbé-Mélvellec consiguen unos personajes diversos y complejos, todos en situaciones difíciles, todos en encrucijadas vitales en las que deberán situarse en aquel lugar de resistencia aunque para ellos tengan que sacrificar muchas cosas, en una trama brutal y magnífica que va in crescendo, con un ritmo desbordante en el que no dejará indiferente a ningún espectador, soportando esa malvada cotidianidad donde solo los valientes y sobre todo, aquellos que nada tienen que perder, se atreverán a ir más allá, a cruzar las líneas que jamás hay que cruzar en situaciones tan horribles, en creer que hay vida tras los muros de la ignominia y la crueldad talibán. Una película humanista, sencilla, honesta, maravillosa e íntima que sabe sumergirse con maestría en la cotidianidad de los afganos bajo el yugo talibán, en sus ilusiones rotas, en sus conciencias abatidas, en sus sentimientos vaciados, y sus dignidades pisoteadas, pero también, nos muestra que todo esa frustración vilipendiada y oculta, puede un día emerger y construir un espacio de libertad y dignidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

< 3, de María Antón Cabot

CALEIDOSCOPIO DEL AMOR JUVENIL.

“La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños”

Pier Paolo Pasolini

En 1965 cuando Pasolini estrenó Comizi d’amore, pretendía reflejar la sociedad italiana a través de sus pulsiones y testimonios sobre las cuestiones del amor y el deseo, mediante entrevistas realizadas por él mismo a todo tipo de transeúntes improvisadas en mitad de la calle. Medio siglo después y con el mismo espíritu del poeta italiano,  María Antón Cabot se planta en el parque del Retiro de Madrid durante los tres veranos que abarcan del 2015 al 2017 para retratar su paisaje, en el que encuentra a jóvenes nerviosos, jugando al amor y al deseo, entre risas, obsesionados con las pantallas de sus móviles, parloteando entre ellos sobre sus cuestiones amorosas. Cabot surgida del colectivo lacasinegra, grupo que conocíamos por su largo Pas à Gènève (2014) y sus trabajos experimentales sobre los nuevos conceptos de la imagen en la era digital, echa mano en la producción de Carlos Pardo Ros, otro “casinegra”, para acercarse a ese mundo juvenil y entrevistarlos improvisadamente, como lo hizo Pasolini, sobre sus deseos, amores y sentimientos. Las respuestas son nerviosas, entre risas y miradas confidentes entre ellos, contestan apresuradamente, cortadamente, desde esas primeras veces en el amor y en el deseo, sus primeras alegrías, besos, amores, frustraciones, desilusiones y agitaciones.

Cabot no solo se queda ensimismada en el paisaje estival, sino que lo mira y retrata desde el observador inquieto y paciente, esperando su oportunidad, su momento, su instante, capturando ese universo fugaz y efímero de la juventud, todo se mueve entre la hipérbole, la fantasía y la irrealidad, esa misma irrealidad con la que la directora madrileña nos da la bienvenida a su película-documento, con esas ilustraciones coloridas en movimiento creando esas fantasías y pulsiones que mucho tienen que ver con los sentimientos de los jóvenes que retrata, a partir de los colores que podemos encontrar en los fondos de pantalla de los móviles, indispensables herramientas para conocer, chatear y jugar al amor. El retrato que hace Cabot es sincero e íntimo, se detiene en esa amalgama de vidas e ideas y venidas que es el parque en verano, retratando a como esa juventud de aquí y ahora se mueve en los espacios del amor y el deseo, unas formas muy diferentes a la juventud de antes, pero, como viene a indicarnos la película, las personas siguen queriendo lo mismo que aquellos que los precedieron, esa incesante y compleja búsqueda del amor y sentirse deseados.

A partir de un documento que no solo retrata a la juventud actual y sus cosas del amor, Cabot va mucho más allá, y lo hace, y esto tiene mucho mérito, a través de un dispositivo sencillo y muy acertado, mirar el parque y su colectivo humano, sobre todo, el más juvenil, mirándolos como son, sin etiquetas y convenciones sociales, capturando sus miradas, gestos, cuerpos, movimientos y testimonios, cara a cara, a su misma altura, de manera directa y verdadera, donde no hay filtros ni espejos deformantes, sino una mirada lúcida, limpia y tranquila, desde la inquietud del que mira, observa y pregunta a aquellos que interesan y sobre todo, escucha sus reacciones, pensamientos y sentimientos, dándoles esa voz que quizás deberíamos darle, y no sacar conclusiones apresuradas y poco acertadas cimentadas entre la desconfianza y la desinformación, sin juzgar a las personas anónimas que les ofrecen sus testimonios y un espacio de su privacidad. Y además, el personaje de Ana que abre y cierra la película, encontrando entre tanta maraña de personas anónimas un sentido a su forma de pensar, relacionarse y sentir.

< 3 (que son el símbolo y el número para escribir un corazón rojo en los dispositivos móviles) título claramente clarificador sobre las herramientas que usan los jóvenes para relacionarse, se mira con la belleza de lo cotidiano, hipnotizado por sus cotidianas y naturales imágenes que nos van rodeando y sumergiéndonos en ese universo de primeros deseos y amores, una película que se une a otros espejos sobre la juventud de los últimos tiempos como Quién lo impide, de Jonás Trueba, donde a través de una serie de películas hibridas entre el documento y la ficción, exploran a los jóvenes y sus inquietudes sobre la vida y el amor, así como Las primeras soledades, de Claire Simon, en la que nos introducía en un instituto y daba la palabra a unos jóvenes franceses de barrios en la periferia para escuchar sus testimonios sobre la soledad, el dolor y demás oscuridades de sus vidas. < 3 es una película maravillosa, deslumbrante y viva, sobre los jóvenes de ahora, sus ilusiones y frustraciones a través del amor y el deseo, y también, es un retrato fiel y emocionante sobre la sociedad y nuestras formas de mirar, relacionarnos, amar y desear. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/294018147″>&lt; 3 / Teaser #1</a> from <a href=”https://vimeo.com/dveinfilms”>DVEIN Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Nuestras madres, de César Díaz

RESQUICIOS DE LUZ.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

Hace dos temporadas, la película Sin miedo, de Claudio Zulian, daba buena cuenta de los desaparecidos de la guerra en Guatemala, a través de los testimonios y acciones de sus familiares, que buscaban incesantemente sus cadáveres y honrar sus memorias. El cineasta César Díaz (Guatemala, 1978) hace su puesta de largo mirando a la memoria histórica de su país y bucea en la guerra que enfrentó al estado contra guerrilleros que se mantuvo desde 1960 hasta 1996, ocasionando unos 200.000 muertos y más de 45.000 desaparecidos. Pero lo hace desde un prisma individual, a través del personaje de Ernesto, un hijo de desparecidos, que trabaja como antropólogo forense recuperando muertos de la guerra y dándoles la dignidad de la que carecieron. Un día, una campesina, que busca a su marido, informa a Ernesto de una fosa de desaparecidos en su pueblo, y se encienden todas las alarmas ya que el joven investigador cree que puede estar enterrado su padre. Paralelamente, se cuentan los días para que su madre Cristina, víctima de las torturas militares, intervenga con su testimonio en un juicio contra los crímenes impunes de la guerra.

Díaz construye una película que es más un documento sobre la memoria de los que ya no están de su país, y sobre todo, de sus supervivientes, de los que sí que están y los buscan, centrándose en todas las acciones que llevan a cabo para desenterrar a tantos desaparecidos condenados al olvido gubernamental. La película sigue a Ernesto, que ya en su arranque deja claras sus intenciones, mostrando al joven sobre una mesa de trabajo reconstruyendo los huesos de alguien encontrado en una fosa. Reconstruir, reparar, y recuperar a los desaparecidos es la cuestión que plantea y aborda la película-documento de Díaz, recuperando la memoria oscura de su país para poder avanzar a un futuro donde la reparación y la dignidad sean motivo de orgullo. El director guatemalteco aborda un tema tan serio y complejo desde la sencillez y la honestidad, planteando las dificultades entre el enfrentamiento interno entre lo personal y lo profesional de Ernesto, un joven que se debate entre encontrar los restos de su padre, un guerrillero muerto, y seguir con la fosa del cementerio municipal como le insta su superior. Y también, la relación con su madre, una mujer que ha sufrido aquellos años terroríficos y ha de volver a ellos, necesita enfrentarse a ellos para recuperar su vida y honrar a los desaparecidos.

Mirar frente a frente a una verdad demasiado incómoda, dolorosa y terrible. Díaz elabora con detalle y sensibilidad un tema duro y difícil, pero lo hace desde la dignidad y el humanismo de los materiales con los que trabaja, extrayendo toda el alma de unos personajes cotidianos, que hablan poco y reflexionan mucho, valientes y temerosos a partes iguales, con aquello a lo que se enfrentan, un espacio donde sus ausencias, los desparecidos que buscan, siguen estando tremendamente presentes en sus vidas y sus quehaceres diarios. Un relato que aborda desde lo humano y lo interior todo aquello que toca, con la distancia necesaria para no dirigir al espectador, y a la vez, la cercanía suficiente para captar todas sus sutilezas y hallazgos. Un buen plantel de intérpretes resulta imprescindible para introducirnos en esas existencias y en sus conflictos interiores, como son Armando Espitia que da vida a Ernesto, un joven que trabaja en la búsqueda de los desparecidos y se encuentra con un hallazgo que le puede llevar a recuperar los restos de su padre, y conocer la verdad enterrada

Frente a Espitia, una actriz de raza y sentimiento como Emma Dib, con un rostro marcado por ese pasado tan brutal, dando vida a Cristina, una madre que lucha contra los fantasmas del pasado, contra tanta sinrazón e ignominia, deberá hacer su trabajo interno para enfrentarse a sus temores y relacionarse con una verdad demasiado violenta y oscura que vivió en sus carnes. Nuestras madres sigue el aroma de ese cine político que se sumerge en la verdad para evidenciar los errores de tantas dictaduras y sobre todo, como la democracia ha sido cómplice en su nula labor para desenterrar la memoria y enfrentarse a su pasado más terrible, un cine en el que Desparecido, de Costa-Gavras o La historia oficial, de Puenzo serían la punta de lanza de un cine sobre la memoria, resistente, necesario y valiente que lucha contra la desmemoria de tantos países y dirigentes que claman por la democracia pero olvidan las necesidades reales de sus habitantes y sobre todo, olvidan su pasado y no lo reparan, inventándose una nueva forma de memoria que solo beneficia a los torturados y asesinos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Casanova, su último amor, de Benoît Jacquot

EL OTOÑO DEL ETERNO ENAMORADO.

“El amor es una especie de locura, que me gusta, pero una locura más de la filosofía que es totalmente impotente, es una enfermedad a la que está expuesta la humanidad en todo momento, no importa a qué edad, y que no se puede curar, si se trata de atacado por ella en su vejez.“

Giacomo Casanova

No es la primera vez que el cine de Benoît Jacquot (París, Francia, 1947) en su casi medio siglo de carrera, se instala en el siglo XVIII, ya lo hizo en Sade (2000) en la que el famoso marques volvía a la cárcel en plena agitación violenta de la revolución, y también, en Adiós a la reina (2012) donde relataba los encuentros de Maria Antonieta y una de sus lectoras en los días finales de la revolución. Ahora, y basándose en Histoire de ma vie, de Giacomo Casanova (1725-1798) nos vuelve a trasladar a ese período durante el exilio londinense del famoso libertino, amante del amor, del juego y la aventura. Pero no lo hace retratando los éxitos de algunas de sus conquistas, sino todo lo contrario, convirtiéndolo en un títere en manos de Marianne de Charpillon, una joven prostituta que lo rechaza constantemente, dejándole claro que quiere sentirse amada por el famoso conquistador.

El relato se mueve en el flashback, cuando Casanova, setentón y retirado en Bohemia, cuenta ese capítulo oscuro de su pasado amoroso a una joven que ha ido a visitarle. Los hechos y las circunstancias de las que somos testigos nos vienen en forma de fábula de misterio en palabras del propio Casanova, que nos va relatando con detalles todos aquellos escarceos de su desdichado amor. Jacquot hace gala de una exquisita mise en scène, en la que prima la libertad de movimientos de los personajes, y una cámara abierta y vital que se mueve libremente por los paisajes y escenarios de la burguesía londinense del siglo XVIII, alejándose de cierto clasicismo muy propio de películas de corte histórico, contándonos un relato del siglo XVIII pero anclado en la actualidad, con un ritmo encantador y voluble, donde no dejan de suceder cosas, en la que la trama está sujeta a esa intriga intensa y envolvente que nos captura en esta deliciosa y profunda historia romántica en la que todo puede suceder o no.

Un cuento fascinante, evocador y perverso el que protagonizan el libertino y la prostituta con sus constantes idas y venidas, donde el hecho del amor se convierte en una incertidumbre constante, en un misterio difícil de prever, donde todo se ve envuelto en la oscuridad de las emociones, en unos sentimientos que van y vienen sin descanso, donde el sufrimiento y la desdicha se convierten en elementos incansables, donde el amor y el erotismo se disfrazan de temor, resentimiento, voyerismo, placer frustrado, e incapacidad para descifrar los deseos del otro. Jacquot nos muestra a un Casanova enamorado, perplejo ante la posición de la prostituta, perdido ante su rechazo, ante el rechazo de alguien que vive vendiendo su cuerpo por unas libras, de alguien que lo desea y rechaza, de una mujer atrapada en su mundo, esquiva con los sentimientos, y sobre todo, de alguien que se siente amada y juega con eso. Casanova ha perdido el apetito vital, se siente incapaz de amar a otras mujeres, completamente ensimismado por ese amor no correspondido, que lo está llevando a la turbación y la locura.

En el cine de Jacquot hay muchas películas que abordan de un modo u otro las pasiones amorosas, los juegos laberínticos del deseo, las argucias de los enamorados para conseguir su objetivo y de paso hacer sufrir a sus pretendientes, tanto unos y otros juegan sus cartas y siguen jugando al amor con éxitos y fracasos. Vincent Lindon, un actor habitual en el cine de Jacquot, vuelve a ponerse a las órdenes del director francés para interpretar a un Casanova perdido y desorientado con el amor a la prostituta, de alguien eternamente enamorado, un ser que a través de la amistad enamora a sus mujeres, enamorado del amor y de las mujeres, un tipo elegante, sobrio, amante del amor, del juego, de la aventura, del azar como camino vital, que Lindon interpreta de modo sincero y transparente, llevándonos por esta experiencia desde la libertad de amar, con su disfrute y alegría, hasta encontrarse con ese amor oscuro y frustrado que lo lleva al ostracismo y a la perdición.

Stacy Martin compone una Mariane de Charpillon delicada y bella, convirtiéndose en el mejor contrapunto de Casanova, en ese juego de reflejos constantes y asfixiantes. Una mujer atrapada en una vida de prostituta obligada por su madre, y en ese juego oscuro y malévolo que tiene con Casanova, al que quiere pero también, conociendo su fama, utiliza y engaña con el amor. Y la agradable y maravillosa presencia de la siempre interesante Valeria Golino, que después de su rígida madre en Retrato de una mujer en llamas, vuelve a deleitarnos con su madame La Cornelys, una de esas bellas y elegantes señoras que pululaban por las ciudades importantes europeas del XVIII como Londres, con su aire de misterio y fascinación, que escondían mucho y mostraban muy poco. El último amor de Casanova que nos retrata la película es un relato romántico y muy moderno, con ese aire de misterio como si fuese una cinta de asesinatos, done la capacidad de magnetismo y belleza que emana toda la propuesta nos lleva a constantes callejones sin salida que debemos descifrar según las pistas y diálogos que vamos conociendo en ese intenso y particular paseo por el amor, quizás el último amor que vivió un otoñal Casanova. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Amor está en el Agua, de Masaaki Yuasa

CABALGAR TUS PROPIAS OLAS.

“El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”.

Concepción Arenal

Minako se muda a la costa para empezar sus estudios de oceanografía y así poder estar cerca del mar para realizar su gran pasión, surfear las olas. Una noche, unos desalmados provocan un incendio en el edificio que vive, y es rescatada por Minato, un bombero que tiene como objetivo vital ayudar a los demás. Entre los dos jóvenes, surge el amor, y devoran su pasión del mar y las olas. Un día, la tragedia se ceba con ellos y Minato fallece cuando intenta salvar a alguien. A partir de ese instante, la existencia de Hinako se sume en el dolor y la invisibilidad. Pero, un día, la joven empieza a reencontrarse con el espíritu de Minato en el agua mientras interpreta la canción favorita de ambos. El nuevo trabajo de Masaaki Yuasa (Fukuoka, Japón, 1965) uno de los grandes de la animación japonesa a la altura de otros grandes cineastas como Hayao Miyazaki, Keiichi Hara y Mamoru Hosoda, autores que han elevado la animación hacia cotas deslumbrantes donde imponen una gran belleza visual, una imaginación desbordante y sobre todo, unos relatos íntimos, profundos y personales que abarcan historias sobre la infancia, el dolor, la pérdida y la infelicidad, entre muchas otras.

Yuasa que trabaja indistintamente en televisión con magníficas obras como Kemonozume (2006) Kaiba (2008) o The Tatami Galaxy (2010) o en cine con títulos tan celebrados como Night is short, Walk on girl o Lu over the Wall, ambos del 2017. Títulos donde principalmente se explican historias de amor difíciles y complejas en contextos adversos y oscuros. En El amor está en el agua se mezclan elementos característicos del  universo de Yuasa como son el amor, la amistad, el tiempo y la pasión, entre otros, en un relato que pasa de la comedia al drama con una facilidad deslumbrante, para hablarnos desde la sinceridad y la cercanía sobre la pérdida, y sobre todo, la importancia de encontrar las herramientas para enfrentarse al dolor y poder superarlo, con la compañía de los más íntimos que tiene Hinako, en dos posiciones diferentes que funcionan como reflejo en que mirarse. Por un lado, Yoko, la hermana pequeña del fallecido Minato, que opta por una actitud seria y enfadada, y por otro lado, el posicionamiento de Wasabi, el compañero de Minato, con una actitud más dialogante y comprensible.

El cineasta japonés opta por situarnos en el centro del dolor a través del personaje de Hinako, siguiendo en su camino de duelo por el que atraviesa, mirando su rostro, sus recuerdos y los instantes que comparte con el espíritu de Minato, en una senda en la que deberá aprender a despedirse para poder caminar sola, y enfrentarse a sus miedos e inseguridades. Una película que mezcla con absoluta magia, como es habitual en la animación japonesa, la cotidianidad más cercana con la fantasía más deslumbrante, donde todo se mezcla y se funde, en la que cualquier objeto o espacio adquiere connotaciones mágicas en las que los personajes, después del susto inicial, van abrazando adecuándolos a su vida, entrando en ese universo-limbo donde lo fantástico se convierte en cotidiano, un tránsito para vencer esos miedos que nos atenazan y nos impiden avanzar y sobre todo, perdonarnos y perdonar, para seguir con nuestras vidas.

Yuasa nos lleva en volandas por su relato, contándonos una historia compleja y durísima, pero también redentora, alegre y vital, hablándonos de todos los obstáculos emocionales que se nos presentan en la existencia y como debemos enfrentarnos a ellos, con valentía a pesar del dolor, con alegría a pesar del vacío y sobre todo, en pie y firme, para mirar de frente a los sinsabores y encontrar esas ayudas en forma de amistad que nos darán los empujones que necesitamos para volver a ser lo que éramos, y a hacer lo que hacíamos, acompañándonos con lo que se fue, pero sin tristeza, solo con alegría de lo que vivimos, de lo que sentimos y de lo que todo experimentamos y aprendimos junto a esa persona que ya no está. Una película maravillosa y didáctica sobre la vida, el hecho de vivir, crecer, aprender y respirar, de cómo relacionarse en los momentos más difíciles, y también, de volver a aprender, en un aprendizaje constante que es vivir, para volver a surcar las olas desde la libertad de quiénes somos, donde estamos, y donde estuvimos, qué queremos, y teniendo un presente para seguir viviendo, experimentando y sintiendo. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA