ÉRASE UNA VEZ EN… IRAK.
“Si mal no recuerdo, la infancia consistía en tener ganas de aquello que no se podía conseguir”.
Audur Ava Ólafsdóttir
A finales de los ochenta apareció ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, en el que a través de una sencilla y profunda historia sobre dos niños, se retrata el estado de ánimo de un país como Irán. Se abrió una forma diferente de hablar de ciertos temas incómodos y políticos a través de la mirada de la infancia. Le siguieron El globo blanco (1995), de Jafar Panahi, con guion del citado Kiarostami, y otras cómo Buda explotó por vergüenza (2007), de Hana Makhmalbaf, que dejaron miradas sensibles e interesantes de una población que sobrevivía en situaciones muy difíciles con la mirada de una infancia que reflejaba todo ese desgarro emocional. Un cine muy aplaudido internacionalmente que traspasó fronteras y derribó estereotipos occidentales en pos a un cine humanista que se acercaba de frente y de forma natural a los conflictos internos que sufría la población iraní.

La ópera prima del iraquí Hasan Hadi, La tarta del presidente, está muy emparentada en ese cine iraní con niños porque su protagonista, Lamia tiene 9 años y en pleno régimen de Sadam Hussein, en los años noventa, su maestro le encarga que haga el pastel del cumpleaños del dictador. En ese instante, empieza una odisea para la niña en la ciudad de Bagdad, con la ayuda de su inseparable amigo Saeed, y su gallo Hindi, en la que irán de aquí para allá, intentando reclutar los ingredientes de la citada tarta. Los niños ayudan a retratar un país lleno de escasez, restricciones, en estado de alerta de guerra permanente y demás destrozos físicos y anímicos. El cineasta nacido en Najaf, al sur de Irak, nos sitúa a la altura de la mirada de Lamia, y nos explica los acontecimientos que la niña experimenta desde su inocencia e ignorancia en un mundo ajeno para ella, donde todo se mueve demasiado rápido y es imposible de entender. Estamos en una especie de “Alicia en el país de las maravillas” en el que hay mucha crudeza, suciedad y violencia, pero sin entrar en esa explicitud que hubiese restado al contenido de la historia, situándonos en ese espacio de testigos en el que no hace falta verlo todo para entender.

Resulta muy admirable la luz natural, cercana y transparente que firma el cinematógrafo rumano Tudor Vladimir Panduru, que tiene en su haber más de 27 títulos junto a directores tan importantes como Cristian Pungiu, Cristi Puiu, Radu Muntean y Selman Nacar, entre otros. Una luz que penetra en cada rincón a través de la mirada despierta e intensa de Lamia, explorando las miserias de una sociedad que oculta sus oscuridades y verdades. El montaje lo hace otro rumano Andu Radu, el colaborador más estrecho del mencionado Rau Muntean, con el que ha trabajo en seis ocasiones, en una edición que mantiene la incertidumbre y lo laberíntico en toda la acción en sus intensos 102 minutos de metraje que nos va atrapando a base de sencillez, alejándose de lo estridente y lo convencional, y adentrándose en territorios más complejos, menos evidentes y más de verdad. No podemos olvidar el impecable trabajo de sonido del hungaro Tamas Sanji, que ha trabajado en El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, consiguiendo acercarnos de manera directa y sin concesiones, a todo lo que escuchamos, se vea o no, lo cuál nos hace estar más adentro de todo lo que se cuenta.

Como solía ocurrir en las películas citadas iraníes, el reparto está lleno de intérpretes naturales, como la pareja de niños que hace Baneen Ahmed Nayyef como Lamia, que nos recuerda a Razieh, la niña de 8 años que protagonizaba El globo blanco, y Sajad Mohamad Qasem es Saeed, Bibi lo hace Waheed thabet Khreibat y Rahim Aihaj es Jasim, y muchos más. Unos actores que se convierten a base de honestidad y una gran naturalidad que nos lleva a sus situaciones complejas y aquel aire prebélico en el que se desarrolla el Irak de entonces. No deberían perderse una película como La tarta del presidente, de Hasan Hadi, porque verán que siempre hay un espacio para hablar de la violencia y el dolor y además, dejar el espacio necesario para la reflexión, para conocer la cotidianidad de todos aquellos que vivían en aquel Irak, bajo el terror del dictador, como por ejemplo, una niña con pocos recursos que debe ir a la capital para hacer un pastel a alguien que no conoce y le obligan a rendir pleitesía, como demuestran las imágenes de la escuela. Una película magníficamente filmada que tiene momentos muy duros y bellos, como los viajes en barca de los niños en su ir y venir por su pueblo que rodea un río. Una película que evidencia que la textura más frágil del cine sigue intacta y la emoción puede aparecer con lo más mínimo, con una niña caminando por unas calles, con su gallo y detrás de un poco de azúcar, huevos y leche. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA





EL HUMOR ANTE EL ESPEJO. 





RESPETAR LA DEMOCRACIA.



EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 





EL PAISAJE INTERIOR. 

