Entrevista a Maria Besora

Entrevista a Maria Besora, directora de la película «Animal salvatge», en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el miércoles 8 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Besora, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sinjar, de Anna M. Bofarull

TRES MUJERES ROTAS Y FUERTES.

“La fuerza no proviene de lo que puedes hacer. Viene de superar las cosas que alguna vez pensaste que no podías”

Rikki Rogers

No es la primera vez que la cineasta Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979), mira hacia el mundo árabe, porque en Hammada (2009), su segundo largometraje, penetró en la vida de Dadah, un niño saharaui que vive en el campamento de refugiados de Dajla, y a través del cine descubre otros mundos. Esta vez, vuelve a situarnos en una situación difícil, mucho más que la anterior, porque nos enmarca en el universo del Estado Islámico, también llamado “Dáesh”, que en junio de 2014 proclamó el califato desde la ciudad iraquí de Mosul. Pero, la directora tarraconense no lo hace desde la historia general, sino desde la historia íntima, centrándose en tres mujeres que han sufrido las terribles consecuencias de la violencia extrema del Estado Islámico. Conocemos tres mujeres: Hadia, una mujer jazidíe que vive en Sinjar, en la región de la frontera entre Irak y Siria, y es secuestrada junto a sus tres hijos y llevada como esclava sexual y sirvienta. Arjin es una adolescente que escapa del terror y acaba como soldado en las milicias kurdas. Y finalmente, Carlota, una enfermera catalana que descubre horrorizada como su hijo Marc huye para enrolarse en el Estado Islámico.

La película juega a tres bandas, describiéndonos la cotidianidad de las tres mujeres, y lo hace desde la credibilidad, desde lo íntimo, y sobre todo, desde la verdad. La película de Bofarull tiene como espejo los trabajos de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad (2018), y El retorno: la vida después del ISIS (2021), sobre las mujeres kurdas que luchan contra el Estado Islámico, y las mujeres occidentales que se unieron al grupo terrorista, ambos de Alba Sotorra. Un gran trabajo de producción que les ha llevado a rodar en el Kurdistán iraquí, en el que sobresalen el magnífico trabajo de sonido de Elena Coderch, que ha trabajado con Isaki lacuesta, Neus Ballús y la citada Sotorra, en un inmenso trabajo de sonido en off con la guerra encima. Otros cómplices de la directora que vuelven a verse por el camino, como  el trabajo artístico de Laura Folch y Sebastián Vogler, que repiten con la directora, en un buen trabajo porque consiguen con lo mínimo hacer lo máximo, la excelente banda sonora de Gerard Pastor, que capta con sutileza todos los momentos intensos y sensibles que jalonan la trama, y el extraordinario montaje de Diana Toucedo, que crea un relato de gran fuerza dramática y lleno de tensión, con gran ritmo y agilidad, en una película complicada por sus ciento veintisiete minutos de duración.

Mención aparte tiene el excelente trabajo de cinematografía de Lara Vilanova, que estuvo en Trinta Lumes, de Toucedo, y en la citada El retorno: la vida después del ISIS, de Sotorra, en el que realiza un trabajo memorable, un inmenso trabajo que debería mostrarse en todas las escuelas de cine, porque la película filma una intimidad brutal, una intimidad que traspasa la pantalla, acercando una cámara invisible y muy observadora los rostros y gestos más cotidianos, en un grandioso ejercicio de precisión y detalle fílmico, y las impresionantes filmaciones de las secuencias bélicas, rodadas desde el punto de vista de la protagonista, creando todo ese campo bélico en off, donde el sonido juega una papel fundamental, donde lo físico y lo emocional nos atrapa en el caos de caos, disparos y explosiones. Sinjar nunca cae en el sentimentalismo ni la condescendencia, muestra el horror cotidiano sin esconderse, una extrema violencia física y emocional a las que están sometidas estas tres mujeres que duele y apabulla, pero que en ningún caso se recrea con el dolor ni la crudeza de lo que cuenta, todo está bien medido y muy pensado en todo lo que se muestra y lo que no, en un estupendo trabajo de concisión narrativa, construyendo una trama en continua tensión, llena de fuerza y vitalidad, donde los conflictos ahogan a sus tres principales personajes, mujeres que han perdido a sus seres queridos, a lo más importante de sus vidas, y el relato las sigue en sus respectivas construcciones emocionales y sus caminos difíciles y valientes.

Como ocurría en Sonata para violonchelo (2015), el reparto vuelve a brillar con fuerza, creando unos personajes complejos, pero tremendamente vivos y fieles a lo que sienten. Un trío protagonista impresionante encabezado por una Nora Navas como la desdichada Carlota, que poco hay que decir de su extraordinario talento para encarnar a mujeres rotas pero decididas. Su mirada y su gesto, tanto cuando habla como cuando calla es toda una lección de interpretación sin alardes y con la sutileza que requiere un personaje que recuerda a Julia, la violonchelista que también pierde lo que más quiere en la vida. Le acompañan Halima Ilter, una actriz turca que se mete en la piel de la esclava Hadia, una madre que sufre más por sus hijos que por ella, atrapada en el horror cotidiano del Estado Islámico, que sufre constantes abusos físicos, emocionales y sexuales, que lleva con toda la dignidad que puede. Una mujer que debe seguir a pesar de todo. Y finalmente, Eman Eido es Arjin, una adolescente yazidí que fue secuestrada en Sinjar durante cuatro años, desde los 9 a los 13, y logró escapar, y debuta en el cine. Una joven que deberá reconstruirse luchando contra aquellos que la han destrozado.

Nos encanta ver las interesantes presencias de dos intérpretes como Luisa Gavasa y Àlex Casanovas, en breves roles pero muy interesantes para la película, que contribuyen, al igual que el resto del reparto, a darle la profundidad necesaria que necesita una película de estas características, como Harit, el personaje árabe que interpreta el debutante Franz Harram. No pecamos de insensatez, cuando decimos que Bofarull ha hecho su mejor película hasta la fecha, porque no solo cuenta una historia de aquí y ahora, sino que lo hace con sabiduría y desde la intimidad, colocando la cámara en lo físico y lo emocional de sus tres criaturas, contándonos una cotidianidad que horroriza, pero haciéndolo desde lo humano, desde el interior, sin estridencias ni nada que se le parezca, con una sencillez y honestidad abrumadora que celebramos, con ese aroma que recuerda al western clásico en su forma de presentar la fortaleza femenina en situaciones duras, y el cine bélico del este, en su forma de representar la guerra y sus consecuencias emocionales, donde todo se sufre desde la soledad, el silencio y lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi mejor amigo, de Ferit Karahan

MI AMIGO ESTÁ ENFERMO.

“Desde la infancia nos enseñan; primero a creer lo que nos dicen las autoridades, los curas, los padres… Y luego a razonar sobre lo que hemos creído. La libertad de pensamiento es al revés, lo primero es razonar y luego creeremos lo que nos ha parecido bien de lo que razonamos”

José Luis Sampedro

El cineasta Ferit Karahan (Estambul, Turquía, 1983), se dio a conocer internacionalmente con La caída del cielo (2013), su opera prima que abordaba los conflictos personales entre turcos y kurdos. En su segunda película, con un título muy significativo, ya que en el original se llama Okul Tiraçi, traducido como “Corte pelo escolar”, no sitúa entre las paredes de un internado para niños kurdos, en una zona aislada en las montañas del este de Anatolia, y un relato intenso, asfixiante y muy corporal, acotado en apenas unas cuantas horas desde la noche al mediodía, en la piel de Yusuf, un chaval de 12 años que, al despertar ve a su compañero de litera inmóvil y con tez muy pálida, y lo lleva inmediatamente a la enfermería, ante la gravedad del asunto, el director y tres profesores implicados en el asunto, mantendrán el conflicto a medida que avanza la mañana y los problemas se les van amontonando.

La secuencia que abre la película, con esos pasillos atestados de niños dispuestos a disfrutar de su baño semanal, la cámara sigue sin descanso a Yusuf que es el encargado de introducirnos en el relato y a mirarlo a través de él, ya que está en casi todas las secuencias. Una disputa en el baño con tres chavales provoca que un profesor los castigue con bañarse con agua fría, situación que desencadenará el conflicto. Un guion que firman Acet de Gülistan y el propio director, aborda sin tapujos y de frente, temas tan universales como educar a través del miedo, la represión como norma para corregir conductas, la mentira como base de cualquier grupo social, y sobre todo, el sentimiento de culpa que va apareciendo en la trama a medida que la película va instalándose en una suerte detectivesca donde adultos y Yusuf intentan aclarar el asunto de Memo, el niño enfermo, en el que la cámara filma de forma enérgica y sin tregua los pasillos, las clases, el comedor, y ese exterior blanco por una nieve que no cesa de caer, y diferentes espacios que forman parte de las zonas laborales de la escuela.

 La mirada incisiva y expectante que filma sigue a Yusuf y sus desplazamientos, siempre en silencio, siempre ocultando algo, siempre con el alma en vilo por su amigo, siempre expectante. Un extraordinario trabajo del cinematógrafo Türksoy Golebeyi, que no adorna nada, todo es seco, abrupto y extremadamente cotidiano, en que el conflicto va avanzando y estrechando más a los personajes, que se encuentran en un callejón sin salida, porque los problemas se amontonan y no encuentran ayuda, el encargado ha salido, el médico se encuentra lejos y por culpa del temporal no puede desplazarse, al igual que el coche que no puede salir de la escuela por la acumulación de nieve. Un preciso y grandioso montaje que firman el propio director, Sercan Sezgin, el proprio director y Hayedeh Safiyari, toda una institución del cine iraní porque trabaja con los más grandes como Bahman Ghobadi y Asghar Farhadi, entre otros. Un magnífico trabajo de edición con sus ochenta y cinco minutos de metraje, breves y directos, que van generando esa tensión in crescendo con esos planos cortos y cortantes que se van produciendo sobre todo, en la enfermería, un espacio que acaba siendo la habitación de la verdad, o al menos, de su búsqueda, donde todos los presentes irán desvelando su participación en el estado el niño enfermo.

Mención aparte tiene el grupo de intérpretes que ha reclutado Karahan para su película, en la que mezcla los niños sin experiencia en el cine junto a actores adultos experimentados. Están el par de debutantes, los dos chavales que dan vida a los protagonistas. Por un lado, tenemos a Nurallah Álaca como Memo, y sobre todo, Samet Yildiz en la piel de Yusuf, todo un descubrimiento, porque es un personaje complejo, ya que habla poco y mira mucho, pero una mirada que dice todo sin decir nada, convertido en la pieza clave de la película, todo un acierto del equipo y en especial, a su director Ferit Karahan. Los intérpretes adultos son Ekin Koç como el profesor Selim, uno de esos educadores que cambiará muchas formas y maneras del centro, los profes Hamza y Kenan, encarnados por Cansú Firinci y Melih Selçuk, respectivamente, siendo esos profesionales disciplinados y obedientes que siguen a rajatabla las directrices opresoras de la institución, individuos que tanto escalan en la sociedad, y en este caso, en el internado. Y luego, está el director Müdür, el funcionario serio, duro y siniestro, que hace cumplir las órdenes y luego, no es capaz de solucionar los problemas.

Karahan como ya hiciera en su primer trabajo, vuelve a demostrar sus dotes para crear un relato con un conflicto cotidiano que logra encerrar al espectador y provocarle la angustia y la reflexión, combinan el cine de autor con el de género, como hace mucho del cine iraní. El director turco construye una película que es una crítica social al sistema educativo, y no solo de Turquía, sino de cualquier país occidental, donde se prima la obediencia y lo normativo, y se expulsa lo diferente, lo único y lo inteligente, si no sigues las normas injustas, no perteneces a la sociedad. También, es un relato sobre el miedo, porque todos los personajes, tanto niños como adultos, hacen y deshacen a través del miedo, generando mentiras e imponiendo una posición que se equivoca y provoca más miedo, y todo con el aroma de aquella maravilla que es ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, donde había crítica social, fraternidad y trama detectivesca. Una delicia que es todo un espejo para Mi mejor amigo. Un cine humanista, cercano y sobre todo, un cine que profundiza en los temas tan importantes como la educación, la organización de la sociedad y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Cantando en las azoteas, de Enric Ribes

LA DIGNIDAD COMO ORGULLO.

“Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse…”

Carmen Martín Gaite

Nació como Eduardo Rondón en los años veinte en San Fernando en Cádiz. De infancia difícil en el seno de una familia obrera, se refugia como monaguillo donde será objeto de abusos. Se alista al ejército en el Sáhara y luego, huye a París dejando una España franquista y reaccionaria. Allí trabajará para Cocteau y François Sagan y se convertirá en el transformista Gilda Love, que lo lleva a Barcelona en la década de los sesenta y setenta en un espectáculo que se convierte en la sensación de Barcelona. Gilda Love es el último transformista de la Barcelona más underground y canalla.

Cantando en las azoteas no hace un recorrido por la larga y novelesca vida de Gilda Love, sino que se centra en el aquí y ahora. La cotidianidad de un nonagenario, que vive con pocos recursos en el barrio del Raval, que sueña con volver a actuar, y las circunstancias le obligan a cuidar de una niña. El cineasta Enric Ribes (Barcelona, 1989), a pesar de su juventud, alberga una larga trayectoria junto a Oriol Martínez con el que dirige varios cortos como Take Me to the Moon (2014) y Xong Di (2016), sobre la intimidad de las colonias textiles de China, y largometrajes como Glance Up (2014), sobre un deportista discapacitado, y The Peach Blossom Garden (2016), sobre el sueño de un paraíso perdido en China. En solitario Ribes dirige Greykey (2018), retrato contado por la hija de un guineano-español superviviente de Mauthausen, galardonado internacionalmente, y producido por Valérie Delpierre, al igual que su opera prima en solitario, el mismo viaje que hiciera con Carla Simón y Pilar Palomero, que nace del proyecto de un corto documental para convertirse en una mirada tierna y humana de Gilda Love, y lo hace con un magnífico guion que firma Xènia Puiggros (productora entre otras de La mujer ilegal, de Ramón Termens y Voces rotas, de Héctor Faver), en el que colabora el propio director y ha tenido como consultora a Isa Campo.

Una historia desde la intimidad de Gilda Love, y siguiendo una trayectoria que continua anclada en el retrato ,en un ejercicio muy interesante en el manejo del archivo, que hay muy poco, en ese ejercicio de mirar al otro, de penetrar en su intimidad, de entrar en lo doméstico, en filmar a su personaje en la cotidianidad de su vivienda con sus quehaceres diarios, comprar gas, cuidar de sus plantas, maquillarse y vestirse frente al espejo como hacía antes, tender la ropa en la azotea mientras canta recordando como lo hacía su madre, escuchando y tarareando sus actuaciones, y de repente, la aparición de Chloe, una niña de dos años, con un padre en la cárcel y una madre haciendo la calle, que se quedará con Gilda como antaño hizo con otros niños. Una relación que no solo recuerda a aquella otra de El chico, de Chaplin, una película que tiene más de un siglo de existencia, sino que ejerce como faro para hablarnos de todo aquello que vemos y no vemos de singular personaje. Una exquisita, cálida y naturalista cinematografía de Anna Franquesca Solano, a la que Ribes recupera de sus trabajos anteriores, amén de realizar una carrera en el cine independiente estadounidense con títulos tan loables como Indiana, de Toni Comas, o The Farewell¸de Lulu Wang, entre otras.

El director catalán reúne su relato en unos especiales y auténticos setenta y ocho minutos en un gran trabajo de edición que firman Guillermo Irriguible, que ya estuvo en Greykey, Queralt González, con experiencia en series como Sé quién eres, Vida perfecta y Hache, entre otras, y Sofi Escudé, que ha trabajado con Mar Coll, Liliana Torres y Pilar Palomero, entre otras. Ribes sin alardes ni subrayados, construye una excepcional película que aborda temas tan universales como la vejez, las personas mayores del colectivo LGTBIQ+, la soledad, la dignidad de ser diferente y seguir defendiéndolo y aceptándose, y sobre todo, la bondad, ese valor humano en vías de extinción, una obra que le acerca a aquella bondad y humanismo que tanto declamaban cineastas como el citado Chaplin, Renoir, Rossellini, Kiarostami, Kaurismäki, entre otros, donde lo humano y la cercanía con el otro es esencial para seguir viviendo con dignidad y orgullo, y Gilda Love es todo un ejemplo en ese sentido, porque como dice ella todo lo ahce de corazón y sin esperar nada, sintiéndose útil y siendo generosa, como la misma actitud que tenía el anciano de Umberto D, de De Sica, que a pesar de las injusticias que soportaba y no tener nada, se mostraba bondadoso.

Ribes nos ofrece un hermosísimo canto a la vida, al amor y a resistir como forma de ser, mirando a su personaje desde la honestidad, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendencia, mirando por la mirilla, sintiéndose uno más de su vida, alguien que mira y filma, siempre desde la sinceridad, mostrándolo todo y haciéndolo de forma tierna y sensible. El director barcelonés ha creado una película muy sencilla, y tremendamente honesta, una obra auténtica, de verdad, que emana vida y humanidad por sus cuatro costados. Un relato sobre alguien que tiene una actitud de rebeldía y dignidad ante la vida, que a sus más de noventa años, sigue en pie, en la lucha, siendo una persona que nunca se rendirá, que seguirá dando guerra, porque solo las cosas que nos importan, hacen que seamos reales, como Cantando en las azoteas, que no solo nos descubre a un personaje-persona de una Barcelona desaparecida, sino que nos abre los ojos para que volvamos a sentir valores que parece que la sociedad consumista e individualizada ha desterrado, valores como la dignidad, la bondad y la resistencia, valores que nos hacen humanos, al fin y al cabo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A diente de perro, de José Luis Estañ

A CARA DESCUBIERTA.

“A carne de lobo, diente de perro”

Refrán popular

La película se abre de forma frenética, de noche, sin aliento, y muy física, donde no dejan de pasarle cosas al protagonista. Darío Manzano lleva una vida salvaje, porque cuando termina su jornada laboral en un almacén, empieza su desfase: no para de beber y drogarse, y se mete en líos de trapicheo junto a sus colegas, el “Gitano” y Fadel. Esa noche es diferente, porque el Gitano ha querido hacerles la pirula a los Chega, los capos de la zona. Mientras intentan solucionar el entuerto, Darío sufre un ictus y tiene un accidente que acaba con la vida del Gitano. El director José Luis Estañ (Callosa de Segura, Alicante, 1990), cursó estudios de cine en la Ciudad de la Luz, y ha realizado un par de cortometrajes, antes de debutar con A diente de perro, un frenético thriller que tiene en la noche su espacio predilecto, siguiendo el particular descenso en los infiernos de Darío, un treintañero de vida muy destroyer, que deberá enfrentarse a los que manejan el bacalao de la zona.

El director junto a Iván “Oggy” Emery, que también se encarga de la cinematografía, y el actor Miguel Ángel Puro, que da vida al protagonista, amén de productores a través de la compañía Trilita Films, escriben un guion con aroma del mejor cine negro, con crítica social y profundizando en la compleja condición humana, y sus intensos setenta y cinco minutos de metraje, y el escenario valentino, que lo asemeja con otros dos títulos recientes como El desentierro (2018), de Nacho Ruipérez y El silencio del pantano (2019), de Marc Vigil, en el que los personajes se ven envueltos en tramas donde sus existencias penden de un hilo muy fino. Darío Manzano vive my deprisa, demasiado, trapichea con sus colegas, tiene una novia formal y se acuesta con la hija de su jefe, además, su relación con su hermana tampoco es muy buena, alguien que se mueve muy rápido, alguien que el accidente cambiará por completo, y la vida, que le tenía reservado un trágico final, parece darle una nueva oportunidad, una oportunidad que Darío no va a desaprovechar, pero, los errores del pasado vuelven a su vida a rendirle cuentas, como una sombra muy alargada de la que no puede volver a escapar y tarde o temprano, deberá hacerle frente con dos cojones.

El gran valor de A diente perro es emular a sus referencias anglosajonas, pero desde aquí, con la atmósfera de un pueblo alicantino, con sus cosas y sus gentes, y sobre todo, sus circunstancias, con sus problemas de empleo, la droga y el robo como salida a tanta precariedad, y un futuro que se antoja difícil y lleno de obstáculos. Una trama bien conseguida, mejor llevada y bien puesta en imágenes, en el que nada destaca y todo funciona como un conjunto en que la mirada y la huida a no se sabe donde del protagonista llena todo el cuadro. Un equipo de debutantes en el largometraje, si exceptuamos a Regino Hernández, que firma el montaje junto al director, fraguado en el medio televisivo y trabajar con nombres tan importantes como los de Bigas Luna, consiguen una película que entra muy bien, cercanísima, y muy agobiante, donde los momentos de ternura escasean, porque habla de frente de los problemas de aquí y ahora, haciendo una radiografía social, económica y real del país, sin caer en estúpidos subrayados y cosas por el estilo, además, construye con delicadeza los momentos sensibles de la película con el protagonista con sus amigos, su novia y demás, sin caer en el sentimentalismo ni la ñoñería.

El reparto, en su mayoría debutante en el largo, brilla con verosimilitud, y hace una cosa complicada en el cine, apoyan la interpretación en la mirada y el gesto, sin necesidad de demasiados diálogos, como los buenos policiacos que se precien. Tenemos a Miguel Ángel Puro como Darío Manzano, un tipo que huye y mucho de sí mismo, y deberá tomar una determinación que, a ratos, se parece mucho al antihéroe de las películas de Peckinpah y Lumet, entre otros. Allende García es Julia, la hermana que le ayuda pero está muy asfixiada por tanta deuda que no sabe cómo pagar, Mar Balaguer es Sandra, su novia, que está a su lado, pero la cosa no es nada fácil, Pablo Tercero es Fadel y José Fernández el Gitano, el par de colegas de correrías, quizás demasiado peligrosas, y finalmente, Vicente Rodado y Roeque Arronis son los Chega, un par de elementos con los que es mejor no tener tratos y si los tienes, no hacerles el avión. Estañ ha construido una película modesta pero entretenida y con contenido, fiel a sí misma, y que entrega un buen thriller, uno de esos policiacos auténticos, de verdad, en el que podemos oler el miedo, el sudor, ser uno más en este viaje salvaje y violento por el Levante, ese espacio que queda como un decadente monstruo después de tantos años de despilfarro inútil y catastrófico, porque al final, los que quedan son gente como Darío y los demás, los de abajo que son los que siempre pagan las consecuencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa

MADRE E HIJA.

¿Por qué dignificamos tan poco lo doméstico ni nos paramos a pensar en el esfuerzo o tiempo que hay detrás de las personas que nos cuidan? ¿Cómo vamos a dignificar algo que no valoramos?

Alauda Ruiz de Azúa

De un tiempo no muy lejano aquí, muchas madres han hablado de la maternidad desde una posición íntima y real, muy alejada de esa abnegación silenciosa que falsamente se relacionaba con la maternidad. Hemos leído libros, escuchado canciones y visto películas, y demás, y las que quedan por venir, donde el hecho de ser madre ha cambiado mucho, se mira desde su realidad, profundizando en todas las situaciones bellas y no tan bellas, explorando las alegrías y las tristezas que conlleva un cambio emocional y físico tan importante en la vida de una mujer. Películas como Tenemos que hablar de Kevin (2011), de Lynne Ramsay, Tully (2018), de Jason Reitman, y escrita por Diablo Cody, Madres paralelas (2021), de Pedro Almodóvar, entre otras, retratan aspectos de la maternidad desde lo humano, desde el otro lado, más autentico y sobre todo, muy real, en que la recién llegada es a ratos bueno y en otros, muy oscuro.

Cinco lobitos, la sorprendente y honesta opera prima de Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), que debuta en el largometraje después de dirigir varias películas cortas, trabajar como asistente de dirección y script, con una historia que habla desde dentro y sin cortapisas, que se mueve entre las oscuras grietas de ser madre y también, de ser hija, de mirar a nuestros padres, aquellos que nos cuidaron, desde otra posición, una posición que nos acerca y nos cambia nuestra forma de mirarlos y sobre todo, de relacionarnos con ellos. La historia que plantea es bien sencilla. A saber, Amaia, treintañera y con un empleo reconocido y que le gusta, acaba de ser madre, una situación que la supera y le impide la conciliación laboral, aprovechando una ausencia de su pareja por motivos laborales, viaja a casa de sus padres, en un pueblo costero del País Vasco, y allí, recibirá la ayuda física y emocional que tanto necesita. Aunque también allí, se dará cuenta de la importancia del cuidado y sus diferentes roles, tanto el de madre como el que había olvidado más, el de hija.

Una película de interiores, muy intimista, donde lo doméstico adquiere una importancia considerable, en el que Amaia convive junto a sus padres, Begoña, de fuerte carácter y dominanta, y Koldo, más apagado y sumiso, y donde todo lo que parecía de una forma, adquirirá otra dimensión, otro aspecto, otra textura, en el que Amaia entenderá muchas cosas de las que les están ocurriendo, y se relacionará con sus padres desde una cercanía y una mirada que hasta entonces ni imaginaba. La sutileza y la cercanía de la cámara ayuda a crear esta atmósfera que traspasa a los personajes, creando ese espacio orgánico y vivo, en un impresionante trabajo del cinematógrafo Jon D. Domínguez, al que conocíamos de sus trabajos con Nacho Vigalondo, Borga Cobeaga y de esa fantástica maravilla que es El hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia, y qué decir del gran trabajo de edición de Andrés Gil, cómplice de la directora en sus películas cortas, consiguiendo un ritmo estupendo, en que condensa a las mil maravillas los ciento cuatro minutos del metraje, en el que nos cuentan mucho tiempo de vida.

Una película como esta, basada en los personajes y sus relaciones, donde las miradas y los gestos cotidianos adquieren un valor extraordinario, necesitaba un plantel de intérpretes a la altura de lo que se cuenta como una impresionante Laia Costa, que nunca la habíamos visto tan humana, tan frágil y tan vulnerable, que recuerdo algo a aquel personaje que hacía en Victoria (2015), de Sebastian Schipper, que rodó en Alemania, eso sí en un registro completamente diferente. Su Amaia es uno de los personajes del año, una auténtica delicia de matices, complejidades y tan humana. A su lado, otra grande como Susi Sánchez, que engancha otro personaje a la altura de su inmenso talento, como el que hizo en La enfermedad del domingo (2018), de Ramón Salazar, dando vida a Begoña, la madre, la que lleva la voz cantante, a la que la vida le aguarda una relación más estrecha con su hija, donde el rol de cuidadora cambiará. Ramón Barea es uno de esos actores tan buenos y tan sencillos que tanto ayudan a dar profundidad a una película, y que siempre miran tan bien sin decir nada, como los grandes. Su Koldo mira muy bien, y también, calla y desaparece cuando las cosas aprietan y es mejor ausentarse, o al menos, así lo cree él. Y Finalmente, Mikel Bustamante es Javi, la pareja y padre de Ione, la hija de Amaia, un tipo que se ausenta por trabajo y quiere a sus dos “mujeres”, aunque está poco, peor Mikel hace con veracidad y atención.

Alauda Ruiz de Azúa ha construido una película magnífica y cercanísima, de esas tramas que no se olvidan fácilmente y permanecen en nosotros, relatos que nos invitan a penetrar en lo doméstico, en ese espacio reservado e íntimo, en ese lugar donde solo el cine es capaz de mostrar e investigar, y lo hace desde la verdad, por su forma de mirarlo y filmarlo, y también, por su forma de acercarse, desde lo humano y alejándose de lo condescendiente y sentimentaloide, capturando personas y tramas que nos ocurren a nosotros o conocemos, hablándonos desde la verdad y la autenticidad de la familia, de sus cosas buenas y no tan buenas, de todas las relaciones que se generan y las que no, y sus grandes cambios, reflexiona sobre la maternidad, desde su verdad y experiencia de haber sido madre e hija, en una película que nos mira de frente y qué mira de frente a todo su entorno y sobre todo, a sus personajes, unos individuos humanos, mostrando sus secretos, sus tristezas, sus silencios, sus reconciliaciones, y su desnudez y vulnerabilidad ante los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar

Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar, director y actriz de la película «Tenéis que venir a verla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 22 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Irene Escolar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Relabel Comunicación y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Camila saldrá esta noche, de Inés Barrionuevo

LA JOVEN REBELDE.

“Yo vine a este mundo para ser libre y no esclava. Vine para vivir, no para figurar como una mera existencia. Vivo para ser persona y no objeto. Con mis pies aparto toda etiqueta con la cual se pretende controlarme. Me tomo la atribución de cuestionar las verdades asumidas y de hacer profano lo que por siglos se ha tenido pro sagrado”

Alejandra Pizarnik

Las tres películas que había estrenado la cineasta Inés Barrionuevo (Córdoba, Argentina, 1980), profundizan sobre la adolescencia y el entorno familiar. Tanto en Atlántida (2014), como en Julia y el zorro (2018), un pueblo en los ochenta, y una casa aislada de la sierra, ambas situadas en la provincia de Córdoba. En Las motitos, ambientada en un barrio, al igual que Camila saldrá esta noche, en el que la adolescente-protagonista, a la separación de sus padres, se traslada a la ciudad de Buenos Aires, junto a su madre y hermana pequeña. Deja el instituto público y las luchas reivindicativas para sumergirse en un mundo completamente diferente. Vive en la casa de la abuela, que está moribunda en el hospital, y acude a un instituto religioso de uniforme, donde pronto entablará amistad con otros compañeros, y se introducirá en ese universo de pura apariencia, donde siempre hay espacio para ser libres y rebeldes.

La directora argentina coloca a su maravillosa e inolvidable protagonista en el centro de todo, porque veremos ese entorno hostil y ajeno siempre desde su mirada. Una mirada inquieta, rebelde y libre, una joven que lucha por un aborto libre y público, por su libertad sexual, contra el acoso machista y escolar, y demás, como comprobaremos a lo largo del metraje, y sobre todo, por ser libre y romper tantas ataduras que impiden ser y sentirse libre. La película coescrita por Andrés Aloi y la propia directora, es de aquí y ahora, tratando temas candentes de la actual sociedad argentina, pero no solo se queda ahí, va mucho más allá, y es donde radica toda su fuerza e inteligencia, porque también puede verse como una reflexión profunda y nada condescendiente del paso de la adolescencia a la edad adulta, situándonos en un año escolar, o casi, donde Camila y sus compañeros están cursando el último año de secundaria, en un tiempo de tránsito, de descubrimientos, de experiencias, de construir una identidad, o simplemente, descubrir y descubrirse, de forma libre y real, alejándose de tantos convencionalismo y etiquetas.

El ejemplar trabajo de cinematografía de Constanza Sandoval, construyendo una película donde hay momentos de agobio y muy asfixiante, con otros donde la joven y sus amigos salen de noche, bailan, beben y se drogan, dando rienda suelta a una libertad de la que carecen en su vida diaria, con esos planos cerrados, donde siempre vemos una parte de un todo, en el que es tan importante todo lo que vemos como lo de fuera, que nos llega en off. El magnífico montaje de Sebastián Schajer, también contribuye a esa atmosfera opresiva que se mueve entre dos mundos antagónicos, en que el exterior es ahogante y el interior es pura libertad y sobre todo, rebeldía, porque la película aboga por una rebeldía de inconformismo que mire los conflictos de frente, rompiendo muros que solo han servido para anular vidas y convertir a las personas en meros consumidores y autómatas. Camila representa todo lo contrario, una juventud que ha venido a cambiar las cosas, a vivir de forma libre y a enterrar tanta injusticia, insolidaridad e impunidad contra las mujeres libres.

Una película que sustenta mucho de su relato en la interpretación de los personajes, en todo aquello que dicen, pero también, callan, tiene un equilibrado y estupendo reparto en el que sobresale una maravillosa y sorprendente Nina Dziembrowski, en su primer papel protagonista, después de debutar con la película Emilia (2020), de César Sodero, se mete en el cuerpo y el alma de una Camila, que suavemente va introduciéndose en esa atmósfera del instituto, de primeras reacia, y luego, de forma total y experimentando con todo y todos, donde se relacionará con Pablo, homosexual y atrevido, interpretado por Federico Sack, y como no, con Clara, una maravillosa Maite Valero, siendo esa aventura, ese misterio, esa joven que esconde algo. Adriana Ferrer es una madre que le cuesta relacionarse con Camila, Carolina Rojas es la hermana pequeña que sigue los pasos firmes de Camila, y finalmente, la presencia de Guillermo Pfening, que ya estaba en Atlántida, y nos encantó en Nadie nos mira, de Julia Solomonoff.

Camila saldrá esta noche sigue el camino de situar la trama en el período complejo y confuso de la adolescencia, sobre todo, en mirar, profundizar y reflexionar sobre un tema convulso y difícil de forma magnífica y diferente a la mayoría de producciones, como han hecho otros cineastas de Argentina como Lucrecia Martel en La niña santa (2004), Lucía Puenzo en XXY (2007), Santiago Mitre, Clarisa Navas Celina murga, Milagros Mumenthaler, Martín Shanly en Juana a los 12 (2014), Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y Mateo Bendeski en Los miembros de la familia (2019), entre otras. El significativo título de Camila saldrá esta noche también advierte el espíritu de una película que se aleja de formas y texturas cómodas, para componer un formato muy característico, que enfrenta a muchas incomodidades al espectador y lo lleva hacia otros lugares, espacios de reflexión, de mirar y comprender, o quizás, de cambiar ciertos aspectos firmes de sus ideas que, en realidad, forman parte de los múltiples miedos y  prejuicios impuestos por una sociedad que nos quiere sometidos y anulados, y no como reivindica la película, seres libres, rebeldes y valientes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Belén Sánchez

Entrevista a Belén Sánchez, coproductora de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Sánchez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya, intérpretes de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena Martín y Carlos Troya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA