LAS GRIETAS QUE NO SE VEN.
“Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”
Alfred Adler
Érase una vez… la vida tranquila y aburrida de Julia y Tobias, que forman un matrimonio alemán y modélico que vive en una de esas ciudades mercantilizadas con empleos bien remunerados, y tienen una de esas casas de diseño, en lo que todo parece estar en su sitio como si obedeciera un orden marcado en la que todos los espacios domésticos deben ser de colores neutros y grises. Son padres de Marielle, una niña como otra cualquiera, que un día viene del colegio explicando que ha recibido una bofetada de su mejor amiga. La cosa es que la niña dice que, después de la mencionada hostia, tiene poderes telepáticos en los que es capaz de ver y oír las conversaciones de sus padres. La cosa queda ahí, entre el escepticismo, la preocupación y el pasotismo de unos padres que creen que son cosas de la edad. Todavía no lo saben, pero a partir de ese preciso instante, las vidas aparentemente normales y sin más de Julia y Tobias se encaminan hacia otro tipo de territorios y texturas.

El director Frédéric Hambalek (Karlsruhe, Alemania, 1986), después de su puesta de largo con Modell Olimpia (2020), en la que también exploraba las relaciones paterno-filiales con una madre que trazaba un plan poco convencional para cambiar las perturbadoras obsesiones de su hijo. Con Marielle lo sabe todo (en el original, Was Marielle weib, traducido como “Lo que Marielle sabe”), se adentra en una especie de cuento de terror doméstico e incómodo, muy al estilo de Haneke y Östlund, en que las cosas parecen una cosa y una alteración, o dicho de otra manera, un “Teorema” a lo Pasolini, perturba la cotidianidad hasta límites insospechados que perturban y de qué manera la actitud y carácter de los diferentes personajes. En todas las relaciones cuecen habas y nunca mejor dicho, porque el relato plantea los diferentes rostros que tenemos, el que hacemos visible y el que ocultamos a los demás. En ese pliegue, tan invisible como inquietante, se mueve la película del director alemán, en esos espacios intermedios, en esos lugares que guardamos para nosotros por miedo, por no enfrentar la verdad oscura y secreta, en la que usamos la vil mentira para seguir fantaseando con otra vida, quizás por aburrimiento, por desgana o simplemente por tener esa pequeña libertad diaria.

La cinematografía de Alexander Griesser, que ya estuvo en la citada Modell Olimpia, crea con pocos elementos y sin artificio, una luz tenue, cálida y fría, a partir de los espacios claroscuros de la casa, optando por una atmósfera de película de terror, donde lo perturbador es tan íntimo y tangible, tan doméstico que da más miedo y produce más desasosiego. El magnífico uso de composiciones clásicas de Beethoven, Schubert y Brahms, que recuerda al cine de Kubrick, crea un ambiente en que las existencias de los personajes se hacen y deshacen continuamente, emocionalmente hablando, moviéndose entre mentiras y su privacidad al descubierto que da poder para manipular a cierto personaje, en un juego perverso de verdad que no quiere ver la luz. El fascinante montaje de la gran Anne Fabini, con más de 24 títulos en su filmografía desde que debutara con Berlin is in Germany (2001), que le ha llevado a trabajar con directores interesantes del cine de su país como Hannes Stöhr, Emily Atef, y documentales de prestigio con Talal Derki, y Alis, entre otras. Una edición con unos hipnóticos 86 minutos de metraje en la que cada plano y secuencia se queda en nuestra retina, marcando un tempo condensado e inquietante, donde todo está sostenido por un equilibrio muy frágil.

Un excelente trío protagonista encabezado por Julia Jentsch como Julia, que descubrimos en Los edukadores, El hundimiento, y demás, que le ha llevado a trabajar con Jirí Menzel, Malgorzata Szumowska, Margarethe von Trotta, y demás. El marido lo hace Felix Kramer, que aparece en películas como Algún día nos lo contaremos todo, La caja de cristal y The Bastard. El personaje de Marielle lo interpreta la enigmática Laeni Geiseler, que ya nos enamoró en la fascinante El sonido de la caída. Estamos ante una película-espejo que consigue un reflejo muy poderoso para los espectadores, porque los personajes de la película son personas como nosotros, seres frágiles y vulnerables que tienen sus secretos y por miedo, callan, para no romper esa aparente felicidad que han construido y ya no se creen, o mucho peor, ya no sienten suya y cada vez están más lejos de lo que imaginaban. El cineasta Frédéric Hambalek ha construido con Marielle lo sabe todo un espejo para mirar nuestras miserias, para vernos reflejado como seres que mienten, engañan y ocultan a las personas con las que convivimos y nos ata un lazo de amor, compañía y confianza. Más lejos de la realidad, porque lo que sentimos y lo que hacemos casi siempre está muy alejado lo uno del otro. Quizás no sabemos hacerlo mejor, quizás somos incapaces de ser libres o simplemente somos más animales irracionales de lo que creemos o imaginamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


UN CUENTO SOBRE EL EXILIO. 




LINA EN UN TIEMPO SUSPENDIDO. 




EL VIAJERO INFINITO. 




TRES DÍAS, TRES NOCHES. 




NORA DESPUÉS DEL CÁNCER. 



ÉRASE UNA VEZ DURANTE EL COLONIALISMO…

