Entrevista a Jonathan Guilherme, intérprete de la película «La risa y la navaja», de Pedro Pinho, en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonathan Guilherme, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El coraje es la voz silenciosa del final del día que dice “mañana lo intentaré de nuevo”.
Mary Anne Radmacher
El cine tiene la capacidad de mostrar realidades ocultas e invisibles que, debido al ajetreo, la superficialidad y la competitividad del periodismo actual, quedan relegadas a meras notas de prensa o peor aún, ningún medio se hace eco de realidades muy difíciles que viven diariamente cientos de miles habitantes a lo largo y ancho del planeta. La joven sudanesa Aisha es una de ellas. A sus 26 años ha abandonado su país, sumido en una cruenta guerra que ha dividido el país provocada por los países enriquecidos de turno. La cotidianidad es muy dura para Aisha, trabaja como cuidadora de personas mayores, soportando desprecios y muchas cosas más, y además, vive en uno de los suburbios de la ciudad, concretamente en el barrio Ain Shams, en El Cairo (Egipto). Un lugar dominado por el ganster Zuka, que trapichea con droga y armas, que domina a personas como Aisha, que usa para sonsacar información de las casas donde trabaja. Un panorama terrible al que la joven sobrevive con entereza y dignidad.
El primer largometraje de Morad Mostafa (El Cairo, Egipto, 1988), y coescrito junto a Sawsan y Youssef y Mohamed Abdelader, se centra en la mirada y cotidianidad de Aisha, huyendo del sentimentalismo y el panfleto, para ahondar en una atmósfera donde la piel y el racismo están a la orden del día, y sobre todo, la opresión y sometimiento que ejercen el que tiene contra el que no tiene. Las luchas son constantes, entre unos y otros, como método de supervivencia entre los de aquí y los de allá. La vida, por decirlo de alguna manera, que tiene Aisha diariamente se desarrolla entre el ruido ensordecedor de la capital, y su continuo movimiento de aquí para allá, moviéndose sin parar, para finalizar cada día frente a un plato de pasta que le brinda su novio egipcio que es cocinero. La historia es muy local, pero universal a la vez, porque lo que cuenta y cómo lo hace podría trasladarse a cualquier ciudad grande donde se explotan unos a otros, en un sinfín donde la humanidad es una sombra esquiva, o simplemente, una utopía en este planeta cada vez más individualista, mercantilizado y psicótico. La historia está planteada desde la verdad, desde lo humano que si tiene una mujer como Aisha, que sigue hacia delante a pesar de las dificultades y la violencia de la que es víctima y a veces, verdugo, con esos toques oníricos donde se introduce la realidad más oscura.
Una ópera prima que destaca por su asombrosa factura técnica en la que destacamos el gran trabajo de cinematografía de Mostafa El Kashef, que debuta en la gran pantalla, en su tercer trabajo con Mostafa, después de los cortometrajes What We Don’t Know About Maryam (2021) y I Promise You Paradise (2023). Una luz mortecina con una cámara pegada a la protagonista, en la que los exteriores reflejan el marcado contraste con los interiores, sobre todo, en lo que refiere a lo nocturno, un espacio que define las emociones de los personajes. El magnífico trabajo de sonido de Mostafa Shaban, con toda esa gama de ruidos y texturas que traspasan la pantalla. La música de un grande como Amine Borhafa, con más de 70 títulos en su extensa filmografía, entre los que brillan los nombres de Abderrahmame Sissako, Kaouther Ben Hania, Philippe Faucon y Rachid Bouchareb. Una composición suave y detallista que dice mucho de lo que vemos y sienten los protagonistas. El montaje de Mohamed Mamdouh, en una historia en la que se habla muy poco, y abundan las miradas, los gestos y silencios en sus 131 minutos de metraje que se siguen con atención y mucho interés.
La grandiosa interpretación de Buliana Simon como Aisha, en su primer papel para el cine de la modelo sudanesa, también desplazada como su personaje. Una protagonista de verdad, tan natural como cercana, todo un gran acierto para transmitir la tensa y compleja realidad que muestra la película. A su lado, otro debutante, el actor Ziad Zaza, rapero de éxito que hace de Zuka, el maleante del barrio, un tipo duro y malo que usa a todo el mundo, incluida Aisha, con la que mantendrá una relación que irá cambiando. Completan el reparto Emad Ghoniem como Abdoun, el chico de Aisha, Mamdouh Saleh es Khalil, entre otros. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de realidades duras, pero también llena de ilusiones y con sueños y llenas de esperanza en salir adelante como trabaja incansablemente Aisha, todo un ejemplo del significado de coraje y resistencia, porque a pesar de su crudeza, la joven hace lo imposible, incluso cosas criminales para seguir sin caerse. Nos quedamos con el nombre del cineasta Morad Mostafa qué pasó con su película por la prestigiosa sección “Un Certain Regard” del prestigioso Festival de Cannes que, a pesar de lo pompa y el artificio, también hay buen cine, aunque se ensombrece ante tanto famoseo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”.
Aimé Césaire
Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado.
La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista.
La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez.
Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría.
A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Está bien tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar, pero está bien comprobar de vez en cuando que no has perdido las cosas que el dinero no puede comprar”
George Lorimer
El affaire sobre Liliane Bettencourt (1922-2017), saltó en el verano de 2010, cuando su hija Françoise quisó incapacitar a su madre, la rica heredera del imperio L’Oreal, por su relación con el fotógrafo François-Marie Banier durante una década (2007-2017), provocada por las suntuosas donaciones que superaron los 1000 millones. El director francés Thierry Khalifa traduce la historia real y construye una ficción, como bien se indica en el texto que inicia la película, y convierte la realidad en un guion que firma junto a Cédric Anger, con el que ya había escrito Tout nous sépare (2017), y director de la próxima vez apuntaré al corazón (2014), entre otras, y con el gran Jacques Fieschi, que ha escrito para Pialat, Sautet, Assayas y Nicole García, entre otras. La rica se llama Marianne Farrère, el fotógrafo trepa y sin escrúpulos es Pierre-Alain Fantin, la hija Frédérique Spielman, y el mayordomo-testigo Jérôme Bonjean, y el marido Jean-Marc Spielman.
La película se mueve entre los edificios y lugares de lujo por el que se mueve la rica familia, sus relaciones frías y correctas, y una ambiente de respeto, de cordialidad y mucha corrección, que cansa y aburre hasta la extenuación a la rica heredera. La aparición como una exhalación del citado fotógrafo Banier, lo descontrola todo y ahora, la vida de la rica se desmorona, se llena de risas, de dispendio absoluto, y lo que antes era guardar las apariencias, ahora todo son alegrías, quizás demasiadas, derroche y a lo loco. Se juega con el drama contenido y la comedia alocada, convirtiendo la trama en un jugoso y divertido enfrentamiento entre unos: los familiares de la rica y los otros, en este caso ellos dos, con el fotógrafo impertinente, trepa y estirado que cada día se va apoderando de la vida y las riquezas de la rica. Una película de personajes, sobre todo, la composición de Laurent Lafitte, magnífico en el rol de fotógrafo trepa, vanidoso, artista y deslenguado y codicioso hasta la muerte y más allá. Un personaje que se convierte en la historia y en el auténtico agitador de la atmósfera lánguida y aburridísima de los Farrère, tan podridos de dinero que se les ha olvidado de respirar y sobre todo, de vivir.
Un gran equipo técnico encabezado por el cinematógrafo Hichame Alaouié, que tiene en su haber cintas junto a grandes nombres como los de Lafosse, Ayouch, Ozon, del que vimos recientemente La acusación. Su luz empieza tan fría como alejada, mostrando la realidad tan gélida en la que viven los millonarios, y suavemente, con la llegada del visitante de “Teorema”, la película se abre a nuevos colores, más vivos, más sugerentes y más abiertos a todo. La música de Alex Beaupain, un grande que ha trabajado en diez ocasiones con el director Christophe Honoré, e hizo con Klifa Les rois de la piste (2023), compone una suave y cálida composición que ayuda a ver la relación de luz/oscura entre la rica y el bufón. El montaje lo firma Chantal Hymans, otra cómplice de Honoré, con quince títulos juntos, amén de Claude Lanzmann y Alain Berliner, entre otros. Una edición tranquila, sin muchos sobresaltos, que se muestra academicista, pero algo divertida, porque capta muy bien el sentido y carácter y sobre todo, las verdaderas intenciones de los diferentes personajes, en una obra que entretiene, divierte y asfixia cuanto toca en sus agitados 121 minutos de metraje.
Klifa ya había trabajado con otras grandes damas de la cinematografía francesa como Nathalie Baye, recientemente fallecida, Catherine Deneuve y Fanny Ardant, entre otras. Debuta con la gran Isabelle Huppert como la rica heredera tan triste como alocada con la llegada del fotógrafo trepa que interpreta el mencionado Laurent Laffite, que ya coincidió con la Huppert en Elle, de Verhoeven hace una década. La siempre concisa Marina Foïs es la hija enfadada, Raphaël Personnaz es el mayordomo que todo lo ve, escucha y calla, que hemos visto a las órdenes de Ozon y Tavernier, y demás. El veterano André Marcon es el marido y padre, que tiene en su haber magníficos directores como Tanner, Godard, Rivette, etc… La película La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa nos habla de ricos, pero también de codiciosos, trepas, altivos, estúpidos, envidiosos, enfadados, románticos, divertidos, pero sobre todo, nos habla de la naturaleza humana, y de lo oscura que puede llegar a ser cuando el dinero se convierte en un fin, en un todo que hace que las personas saquen sus más bajos instintos y lo que ocultan y se conviertan en individuos sedientos de riqueza, poder y lo más grave de todo, es que no pueden parar, cuánto más mejor, y más, más, hasta creerse más grandes que ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los acontecimientos de mi infancia y juventud han sembrado las semillas de mi crecimiento literario. Todo lo que pasó quedó grabado dentro de mi cuerpo y no dentro de mi memoria”.
Aharon Appelfeld
Si hablamos de niños bajo el yugo del nazismo, quizás, La infancia de Iván (1962), de Tarkovsky, sea una de las más significativas, por su belleza pictórica, y su sensibilidad para mostrar el horror en la mirada del niño protagonista. El cuarto trabajo de Emmanuel Finkiel (Boulogne-Billancourt, Francia, 1961) vuelve a instalarse en la cotidianidad bajo la amenaza de la barbarie del nazismo. En su anterior y celebrada película Marguerite Duras. París 1944 (2017), Le douleor, en el original, se basaba en las memorias de la insigne escritora para hablarnos de la tragedia tras la liberación de la ciudad francesa, y la eterna espera de una mujer que deambula ante la incertidumbre del regreso del amado. En La habitación de Mariana (en el original, La chambre de Mariana), también escribe su guión a partir de Flores de sombras, las memorias de Aharon Appelfeld, en la que nos sitúa en la ciudad de Czernowitz, al oeste en Ucrania, en 1942, en plena invasión nazi.
Tenemos dos protagonistas: Hugo, un niño judío de 12 años que su madre, desesperada y atterrorizada, deja en recaudo a Mariana, una prostituta que vive en un burdel que por las noches atienden a los soldados y oficiales nazis. Un pequeño habitáculo sirve de escondrijo de Hugo que, cada noche escucha los sonidos de placer, dolor y violencia al otro lado de la pared. Finkiel, pupilo de Godard, Kieslowski y Tavernier, construye un guión férreo y muy conciso, en que la mirada del niño, observa, desde su pequeño escondite, la vida, el exterior, y demás. El exterior lo vemos desde lo que no vemos, con ese afuera amenazador y una tensión constante. El director se las ingenia para cimentar una película muy entretenida y nada complaciente, apenas reducida en dos únicos espacios, fundamentada en el crecimiento vital del niño y su relación materno-filial con Mariana, una joven resistente ante el panorama que vive a diario. El tono realista y de verdad que destila todo el entramado, se ve envuelto por las imaginaciones y fantasías del niño que interactúa con los ausentes, generando unas imágenes ensoñadoras que se funden con inteligencia con la realidad tan terrorífica en la que viven. Estamos ante una película muy dura, pero cargada de sensibilidad, honestidad y nada condescendiente.
El magnífico trabajo de cinematografía de Alexis Kavyrchine, en su tercera película con Finkiel, además de haber trabajado con Kiyoshi Kurosawa, Cédric Kaplisch y Olivier Peyon, entre otros. El formato 4:3 ayuda a transmitir esa cercanía y acercarse a los cuerpos, y de capturar los gestos, miradas y silencios de cada personaje es muy especial, consiguiendo evidenciar lo emocional a través de lo íntimo, de la relación entre una prostituta y un niño, dos desconocidos que irán construyendo una intimidad muy fuerte y esencial para sus respectivas vidas. El gran trabajo de decorados, vestuario, sonido y música, ya sea diegética, con el sonido del gramófono, y extradiegética, ayudan a conocer todo ese universo desde el pequeño resquicio de luz del joven Hugo. El extraordinario montaje de Anne Weil, que ya trabajó con el director en el documental Casting (2001) y en la ficción Nowhere Promised Land (2008), amén de ser la editora de todas las películas de la actriz-directora Valeria Bruni Tedeschi, en una interesante, concisa y elaborada composición, donde el off es imprescindible, acompañado de las pocas imágenes del exterior que se van colando en la habitación, en sus conseguidos 123 minutos de metraje.
Como sucedía en Marguerite Duras. París 1944, el protagonismo se vuelve a posar en la piel, el cuerpo y la mirada de la magnífica Mélanie Thierry, que vimos recientemente en Morlaix, de Jaime Rosales. Una actriz capaz de meterse en cualquier personaje, por muy desvalida y dura que sea, ella le da un aire de empatía y humanidad con un rostro muy peculiar y fascinante. Le acompaña en el envite el niño debutante Artem Kyryk haciendo de Hugo. Julia Goldberg, Anastasia Fein, Yona Rozenkier, Minou Monfared, entre otros, que dan una gran verosimilitud y cercanía que elevan el contenido de la película. Vayan a ver La habitación de Mariana, de Emmanuel Finkiel, con evidentes reminiscencias en el presente actual, porque verán que a pesar de la situación, una joven prostituta, resistente y fuerte, puede ayudar a un niño a seguir con vida, aunque para ello deba seguir haciendo lo que hace, aunque le horrorice, en un personaje del que sabemos muy poco, ni de dónde viene ni qué será de ella, sólo conocemos su presente, una realidad muy dura, pero que ella lleva con toda la dignidad y humanidad que puede, porque es en los momentos más oscuros, cuando surge lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El atraco tenía que haber durado diez minutos. Cuatro horas más tarde el banco era un circo. Ocho horas más tarde era la emisión en directo más importante de la televisión. Doce horas más tarde era historia. Y todo es completamente real”.
Extraído del afiche de Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet
Seguro que recuerdan los nombres de Travis Bickle y de Sonny Wortzik y la que lían en Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, y en Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet, respectivamente. Tipos de abajo, sin recursos y sobre todo, que creen en una justicia social y de verdad, en la que los gobernantes ayudan a tipos como ellos, y no los dejan en la más absoluta miseria. Más lejos de la realidad. Entonces, al verse expulsados, se convierten en tipos muy enfadados con un sistema atroz que deciden tomarse su propia venganza a través de una violencia desatada. Esto fue el leitmotiv de buena parte del New Wave American en que los directores dirigieron películas contra todo y contra todos, contra una forma de vida acomodada, clasista y violenta, que dejaba a las clases obreras expuestas a un mercantilismo exacerbado, maloliente y sin escrúpulos.
El genio de Gus Van Sant (Lousville, Kentucky, EE. UU., 1952) vuelve al cine por la puerta grande – su última película fue No te preocupes, no llegará lejos a pie (2018) basada en la biografía del dibujante John Callahan -. Su nuevo trabajo Prime Crime: A True Story (en el original, Dead Man’s Wire, traducido como “Alambre del hombre muerto, que hace referencia al alambre atado alrededor del cuello del rehén que está conectado al gatillo de una escopeta), bebe del cine policíaco estadounidense que he comentado en el párrafo anterior, y a partir del guion de Austin Kolodny, basado en una historia real, la de Tony Kiritsis que, furioso por la mala fe de una inmobiliaria que le levantó un terreno, decide la mañana del jueves 8 de febrero de 1977, en su ciudad natal, Indiana, secuestrar al director de la compañía, hijo del dueño. El autor reclama una indemnización reteniendo al susodicho en su apartamento. La prensa lo sigue y cubre el suceso, en el que entran en escena un poli veterano, una joven reportera intrépida y el locutor más famoso de la ciudad, Fred Temple. Un secuestro transmitido en directo que, de la mano y buen hacer de Van Sant, ejemplifica lo que más le gusta al director de Kentucky, cabalgar por el lado oscuro como hizo en Drugstore Cowboy (1989), la película más pariente de ésta.
La película mezcla imagen real y las imágenes televisivas, en un espectáculo muy al estilo USA, donde todo se convierte en un circo donde todo cabe y finalmente, la cosa derivó en eso, en un show en directo que duró 63 horas de tensión. La cinematografía de Arnau Potier, habitual de la directora Mélanie Laurent, es una cámara muy agitada, donde la persecución deriva en ese estado de sitio contra el secuestrador. La excepcional banda sonora que tiene algunos temas de soul y rock muy de la época, se mueve entre la gran capacidad de composición de un grande como Danny Elfman, toda una institución en la industria estadounidense que ha trabajado con Tim Burton en 17 películas, y en más de 160 títulos a lo largo de una carrera que roza el medio siglo. Con Van Sant ha firmado 7 largos. El magnífico montaje del israelí Saar Klein, que es un habitual de Doug Liman, que tiene en su haber la interesante American Made (2017), y La delgada línea roja, de Malick, ahí es nada. Su edición es brutal, nos angustia en sus salvajes 104 minutos de metraje, donde no hay descanso, sino latigazos constantes y una agitación que provoca sobresaltos.
Como es habitual en el cine de Van Sant, el reparto de la película brilla en todas sus facetas arrancando por el gran trabajo del camaleónico Bill Skarsgârd que, después de hacer de Nosferatu, lo vemos como el furioso Tony Kiritsis. A su lado, Dacre Montgomery es el rehén. Cary Elwes como el poli veterano que intenta poner paz en medio de todo el caos del circo catódico. Myha’la Herrold es la joven reportera que tiene entre manos el suceso más poderoso de Indiana. Colman Domingo es el fascinante locutor de radio, con esa voz atrayente y el temple que demuestra en todo el entuerto. Al Pacino, en un guiño a Tarde de perros, es el magnate que se niega a entrar en el juego del secuestrador. Kelly Lynch, coprotagonista de la citada Drugstore Cowboy, tiene un papel en ésta. Quizás Prime Crime: A True Story no es la mejor película de Gus Van Sant, pero tiene muchos ingredientes para pasar un rato entretenido, porque tiene ritmo y muestra una galería de personajes muy bien escritos, y no cae en esa baboseria que nos tiene tan acostumbrados el cine más comercial, y opta por una película salvaje, sin concesiones, que vuelve a esos tipos que, cansados de tanta injusticia, optan por poner las cosas en su sitio, ya sea por las malas, después de tanto desprecio y de una ley que es una calamidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
En Harta (2022), un cortometraje de 23 minutos, la directora Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 1995), nos retrata el reencuentro de Carmela, una niña de 12 años con su padre condenado por violencia de género en un centro familiar. A partir de ese instante ha nacido la película La buena hija, coescrita por Núria Dunjó López y la propia directora, en la que Carmela, ya en la adolescencia, arranca con el citado reencuentro con su padre. La trama gira en torno a la mirada de Carmela, metida entre esos dos universos que, poco a poco, irá viendo una realidad muy diferente. Una realidad que se llenará de oscuridad, y también un resquicio de luz que le dan sus momentos de ternura con su abuela y el desasosiego con sus compañeras de instituto, con las cosas propias de su edad. La película es muy íntima, nada condescendiente, es muy áspera, en muchos momentos duele mucho, ahoga con intensidad, pero también hay luz, aunque no cegadora, sino dificultosa, porque el miedo, el silencio y las dudas asaltan a la joven.
Segundo trabajo de la directora catalana, después de su apreciable ópera prima Ama (2021), donde la cosa también giraba en torno de los amores materno/filiales, en el que una mala madre hacía y deshacía con su hija pequeña por un Benidorm muy alejado de la estampita colorista que venden a los turistas. Con La buena hija sigue indagando en las relaciones, en este caso paterno/filiales, desde un lado más oscuro, donde hay un padre, condenado por violencia de género, y una hija Carmela, desde donde los espectadores vemos, sentimos y sufrimos la historia. Vuelve a contar con su coguionista cómplice, la mencionada Núria Dunjó López, y construyen una trama de grietas, tan cotidiana como insana, que emana mucha verdad, la que nos encoge el alma, en esa bifurcación en el que se encuentra la protagonista, entre un amor hacia el padre y un enfrentamiento diario con una madre que intenta protegerla. La niña verá cosas y se dará cuenta de otras, en su difícil tránsito entre una adolescencia que está despertando a los primeros besos, los cambios profundos, y a esa travesía donde todavía estamos experimentando demasiadas cosas y no logramos a entender la mayoría, dando palos de ciego, y encima, la difícil tesitura en la que Carmela se encuentra en su entorno familiar.
Como sucedió en Ama, la cinematografía vuelve a estar firmada por Sandra Roca, continuando con esa cámara nerviosa y agitada, casi pegada al cuerpo de los personajes, que los sigue sin descanso, siendo una extremidad más, consiguiendo esa oscuridad/luz que atraviesa toda la película, en una mezcla poderosa que le da fuerza y sentido a cada encuadre y secuencia, en un torbellino de miradas, gestos y silencios. La sensible y potente música de Natasha Pirard, la música afincada en Gante (Bélgica), ayuda a tonificar cada plano y cimentar con toques muy sutiles todas las grietas existentes y silentes que componen la película. Mencionar especialmente la labor del diseñador de sonido Enrique G. Bermejo, con más de 100 títulos en su extensa filmografía, las más recientes han sido Sorda y Esmorza amb mi. El precioso y soberbio montaje de Oriol Millán, que ha estado en todos los trabajos de Júlia de Paz Solvas, realiza una edición de puro corte, donde todo se aglutina a través de la intensidad y lo físico en una historia que no para en ningún momento, muy del tono del Free Cinema y los Dardenne, donde la agitación cotidiana envuelve todo el entramado emocional de lo que está ocurriendo en el interior de los personajes y las fuertes experiencias con las que deben lidiar en sus magníficos 103 minutos de metraje.
Si Ama sigue estando en nuestra cabeza, mucha responsabilidad tiene la interpretación sobrecogedora de Tamara Casellas. Un aspecto que sigue con fuerza en La buena hija, en la que cada composición está tratada con sobriedad y mucha intimidad. La citada actriz, aparte de aparecer en un par de secuencias, es la coach de interpretación de la gran revelación Kiara Arancibia Pinto, la joven de Sant Andreu de la Barca, descubierta para otro proyecto por Irene Roqué, otro gran nombre de nuestra cinematografía con casi 90 títulos, entre los que destacan muchas películas con Ventura Pons, La hija de un ladrón, Libertad, La maternal y Creatura, entre otras. Lo de Kiara es espectacular, la mezcla de matices y detalles que genera con su personaje, un acierto que sostiene con credibilidad y fuerza los altibajos emocionales de su personaje. Le acompañan Janet Novás como la madre que, desde que la vimos en O corno (2023), de Jaione Camborda, nos sigue emocionando porque lo dice todo sin expresarlo verbalmente, Petra Martínez es la abuela, una actriz que, sabe contagiar sin necesidad de tanta emocionalidad, y Julián Villagrán el padre, uno de esos actores capaces de hacer lo que sea, porque siempre resulta natural y muy cercano.
Si están en duda de ver La buena hija no lo se lo piensen más, porque si han llegado hasta aquí, les he explicado sobradas razones para ver la película, en la que el respetado público se encontrarán una historia sobre la capacidad de amar, sobre cómo amamos, y cómo gestionamos el dolor, el silencio como arma y poder contra nosotros, también habla sobre la dificultad de seguir estando cuando todo se pone en tu contra, los conflictos familiares cuando eres demasiado joven para gestionarlos y mucho menos para entenderlos y seguir viviendo, si eso es posible. La luz y la oscuridad como elementos que se mezclan y tú en medio de todo eso que debe seguir en pie, con tu vida y con todo lo que ello conlleva. La mirada íntima a problemas diarios que están ahí, y la capacidad de la película en su profundidad sin ser sentimentaloide ni nada que se le parezca, porque todo destila verdad, naturalidad y muchísima transparencia, muy alejada de todas esas películas con tufillo emocional que manipulan los sentimientos para llevar al espectador con artimañas poco sutiles. Es una película sobre lo femenino a partir de tres generaciones y su forma de ayudarse y cuidarse ante la violencia. La directora Júlia de Paz Solvas vuelve con una cinta que muestra lo que duele, lo que nos enfrenta a nosotros, y sobre todo, sabe mirarlas, retratar el miedo, la culpa y demás verdades, y lo hace con sinceridad y mucha honestidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Anahit Simonian, cineasta, pianista y compositora de bandas sonoras, en el marco de «Los pasos dobles» que le dedica la Filmoteca de Catalunya, en su domicilio en Barcelona, el martes 10 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anahit Simonian, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Miquel Escudero, por su comunicación en facilitar la entrevista, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Desde esta ventana siempre he reivindicado el cine como herramienta y medio para viajar al pasado y, lanzarse a una búsqueda incesante para encontrar y recuperar el archivo, la huella de ese pasado en el que queremos profundizar. Quizás el cine, y más el documental, sirva para eso, para dejar memoria, para mirar el pasado y devolverlo al presente. Un cine que reflexione sobre propias herramientas y cuestione su capacidad. Cómo hizo Henri Langlois buscando, recuperando y guardando películas en la Cinémathèque Française, que confundó en 1936, una actividad incesante para que generaciones venideras pudieran descubrir el cine del pasado. El director paraguayo Juanjo Pereira ha cimentado su ópera prima a partir del mismo trabajo de Langlois y se ha lanzado a una titánica aventura en rescatar todo el archivo fílmico, fotográfico y documental que se produjo durante la dictadura de Alfredo Stroessner que asoló Paraguay durante 35 años (1954-1989), la más longeva del continente americano.
La compleja búsqueda de Pereira y su equipo le han llevado a las catacumbas de su propio país, y de otros como Alemania, Japón, Taiwan, Argentina, Brasil y Francia, donde han encontrado 120 horas de archivo sobre la dictadura de Stroessner, convertidas en los 90 minutos de metraje, en las que vemos un cine de propaganda en la que ensalza la figura del líder, los momentos patrióticos de su partido “los coloraos”, las múltiples visitas de mandatarios como el presidente de EE. UU., el dictador Videla de Argentina, las relaciones con el criminal nazi Joseph Mengele, sus viajes por todo el mundo, y la construcción de la presa Itaipu, la célebre infraestructura imagen de la nación, y demás imágenes que pasan por delante de nuestros ojos. Un hábil, riguroso y magnífico montaje de Manuel Embalse que mezcla con inteligencia y reflexión discursos patrióticos, actos militares y celebraciones diversas donde se glorifica la patria, la democracia y sus gentes mezcladas con reportajes de países extranjeros donde aparece el “otro” Paraguay, campesinos, sindicalistas y opositores políticos que dan testimonio del terror del gobierno, las detenciones, desapariciones y demás tropelías sacando a la luz esa otra realidad invisibilizada por el régimen autoritario.
La excelente música firmada Julián Galay y Andrés Montero Bustamante, que componen unas melodías que contextualizan cada imagen, otorgando una verdad que encoge el alma, y evidencia la fuerza del cine para enfrentarnos a las imágenes pasadas que mezcladas en un contexto diferente sabiendo la realidad más cruda y escondida, bien combinada por los efectos de imagen y demás singularidades en el que la información del pasado queda sometida a la verdad de los hechos, generando la reflexión fundamental y necesaria para el espectador. El fascinante trabajo de sonido que consigue atrapar los sonidos originales a partir de infinitas fuentes, que ayuda a sumergirnos en un universo de realidades paralelas. La multiculturalidad de lenguas que escuchamos: castellano, guaraní, francés, alemán, inglés y portugués enmarcan en el torbellino de realidades que se ven en la película, convocando ese universo de miradas, actos y gestos que evidencian las innumerables realidades, la oficial y las no oficiales, que convivieron durante el período terrorífico que vivió la República del Paraguay. Pereira huye del panfleto y se aleja de la voz en off, de los bustos parlantes y demás estrategias que hubiesen delimitado el poder de las imágenes y su audaz y excelente montaje que tiene fuerza, valentía y mucha reflexión.
Un título metafórico y contundente como el de Bajo las banderas, el sol, y ese formidable prólogo, con mucha ironía incluida, ubicando el pequeño país de Paraguay, entre medio de grandes potencias como Argentina y Brasil, potenciando esa idea de invisible al igual que las imágenes olvidadas, como sucede con cierta habitación cerrada a cal y canto, en que los funcionarios han olvidado convenientemente, en la que se almacenan documentación de tantas detenciones y desapariciones. La película del cineasta paraguayo se mira y muy bien con el cine de Pino Solanas y sus monumentos a la memoria y contra el olvido como son La hora de los hornos (1968), en el que trata de forma exhaustiva la dependencia económica de Argentina, y más reciente La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente Secco, sobre la famosa ley agraria de finales de los sesenta del Perú. El cine como principal personaje de la memoria, rescatando archivos perdidos y olvidados y organizándolo en películas que hablen de dónde venimos y las causas pertinentes que nos han hecho estar aquí y ahora y sus circunstancias. Estaremos muy atentos a los próximos proyectos de Juanjo Pereira, porque su primera película nos ha fascinado por su arrojo, su fuerza, su gran capacidad para rastrear y editar el archivo y sobre todo, por su verdad sobre Paraguay. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”.
Isabel Allende
Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo.
La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.
La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista.
Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera.
Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA