El síndrome Rembrandt, de Pierre Schoeller

LA DESCOMPOSICIÓN DE LA CERTEZA. 

“La desilusión nos es más que la desaparición repentina de una certeza”

Maria Aurèlia Capmany 

Aunque nos cueste admitirlo, todos estamos rodeados de certezas, creencias irrefutables que, en su mayoría, nunca han sido expuestas a la fragilidad de la incertidumbre, es decir, cuando la vida, sea como fuere, se nos da la vuelta, y todo aquello que creíamos firmemente, deja de tener sentido, y lo que antes era tan sólido y fuerte como una roca, ahora se ha convertido en una brizna de aire. algo parecido le sucede a Claire, la protagonista de El síndrome Rembrandt (en el original “Rembrandt”), la quinta película de Pierre Schoeller (París, Francia, 1961), porque ella, física nuclear, toda la vida dedicada a la seguridad de los reactores EPR, al igual que su marido Yves, con el que mantiene trabajo y amor a partes iguales por dos décadas. Porque, un día, sin más, estando en el National Gallery, Claire se queda petrificada observando tres pinturas del famoso pintor. Claire desconoce la causa, no sabe qué ha ocurrido, pero algo en su interior ya no volverá a ser igual. Ella todavía no lo sabe, pero ese breve instante la sumirá en una especie de trance que le trastoca la vida y de qué manera.

Después de obras tan interesantes como El ejercicio del poder (2011), y Los anónimos (2013), el director parisino firma un guion sumamente novedoso junto a Anne-Louise Trividic, que ha trabajado en cuatro películas con el gran Patrice Chéreau, y de la que vimos recientemente La isla de la Belladona, también distribuida por Vercine que, en un tono muy oscuro y atmosférico propio del thriller psicológico se adentra en el frágil mundo de las certezas, de nuestra propia vulnerabilidad y lo sencillo que resulta el hundimiento de nuestras existencias, trabajos y demás, y como la fuerza de la belleza entra como una exhalación para desubicarse primero y luego, mostrarnos un camino diferente, ajeno a nosotros, o a lo que hemos sido hasta ese momento y por último, como la intuición, en ocasiones, resulta una arma muy reveladora a lo que pretendemos sin saberlo. Y toda esa mezcla funciona para mostrar una mirada poco habitual e interesante sobre los excesos de la sociedad mercantilista y todo lo que produce en nuestro entorno natural, y como la temperatura extrema está cambiando los entornos naturales y las terribles consecuencias que estamos sufriendo todos los habitantes del planeta destruyendo espacios y cambiandolos para siempre. 

El director de Un pueblo y su rey (2018), se ha rodeado de grandes técnicos como el cinematógrafo Nicolas Lois, del que conocemos por sus trabajos en dos thrillers muy interesantes como Novembre, de Cédric Jimenez, y Las dos caras de la justicia, de Jeanne Henry, entre otros. Unos planos cercanos y medios construyen una cinta que, en muchos instantes parece una de Hitchcock con ese aroma del mejor cine francés, el que se cuestiona, el que muestra y que reflexiona. La música del polaco Pawel Mykietyn, tan sutil, tan sugerente y tan bella en una gran composición de un gran músico que tiene una filmografía magnífica al lado de nombres como los de Andrew Wajda, Sarunas Bartas, Jerzy Skolimowski, con el que ha hecho 3 trabajos y Malgorzata Szumowska, 4 películas. El sobrio y conciso montaje lo firma Laurent Rouan, que tiene en su filmografía a cineastas como Brigitte Roüan y Dominik Moll, con el que ha hecho sus tres últimas películas. Una edición pausada, sin prisas, sin atajos tramposos ni nada que se le parezca, sino detallando cada instante, eso sí, con dos primeros tercios más interesante que el último, aunque la propuesta era arriesgada y en su conjunto, la cosa se ve bien, resulta muy estimulante y consigue atraparnos en todo este gazpacho que parecía difícil de construir.  

Un reparto entre los que destaca la maravillosa y fascinante pareja protagonista que integran Camille Cottin, con una extensa filmografía francesa junto a Klapisch, Honoré, Mouret y Dumont, e internacional con Ridley Scott y Zemeckis, entre otros. Y el otro lado, el del marido atónito y perdido ante la deriva humanista de su mujer que hace el magnífico Roman Duris, todo un gentleman de la interpretación capaz de cualquier personaje por muy extraño que sea como lo atestiguan sus más de 60 títulos. La joven Céleste Brunquell es la hija de ambos, y los hermanos Denis y Bruno Podalydès aportan su talento. Acérquense a ver una película como El síndrome Rembrandt porque no habla de arte pero es muy importante, y tampoco habla de amor pero es esencial, y de lo que sí habla de como las únicas certezas de nuestra existencia son más producto de una ilusión construida que de una solidez abrumadora como pensamos, porque la vida si tiene algo de especial o de sensacional es de todas esas cosas inesperadas, inciertas y sorprendentes que nos hacen replantearnos todo y mucho más, y empezar de cero y de renunciar a todo aquello que éramos y convertimos en otra versión, mucho mejor, mucho más nosotros, en fin, prepárense a cambiar, porque aunque no lo deseen pasará igualmente, y si no  que le pregunten a Claire. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ventana abierta, de Ana Graciani

UNA CASA FRENTE AL MAR. 

“El mal existe, pero no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz”

Alfred de Musset

Las leyendas y dichos populares siempre han alimentado que la maldad venía transformada en monstruos de grandes dimensiones, seres malvados que nos acechaban y nos dominaban. Las posteriores investigaciones y la literatura convirtió todo ese imaginario en obras donde el monstruo era una mera máscara en la que se reflejaban todos los males de nuestra especie. La maldad está ahí, muy cerca de nosotros, incluso en nuestro interior. La ventana abierta, la ópera prima cinematográfica de Ana Graciani (Albacete, 1972), es un cuento sobre la maldad contado de forma austera y sencilla, en casi un único escenario, el de una casa frente al mar, ubicada en la costa andaluza, cerca del estrecho, acechada por el agobiante viento de Levante, en la que hay dos personajes principales: Rubén, un tipo acomodado que llega para volver a ver a su relación online Merche, y se encuentra con una casa con un único habitante, Vera, la hija pequeña de Merche. Entre los dos se establecerá un interesante diálogo donde parece ser que las cosas no son como son. 

Graciani que tiene una gran experiencia en teatro donde ha escrito y dirigido una veintena de obras, y guiones para documentales y ficciones, amén de haber dirigido un telefilme La boda (2019), se basa en un texto teatral, para construir una película de suspense, de corte psicológico, donde los espectadores somos Rubén, es decir, alguien forastero que llega a un pueblo, y más concretamente a esa casa, y toda la alegría que trae se va tornando de un tono muy oscuro cuando Vera le va contando una historia que nada tiene que ver con lo que le contó Merche en sus charlas online. Con ese aire hitchcockiano, la trama va avanzando linealmente con interesantes flashbacks donde una información se contradice con la otra. La trama opta por no decantarse con una verdad y expone los dos caminos, así el juego de la verdad, la mentira y lo real y lo falso entra en escena, y es el espectador quien deberá discernir quién dice la verdad y quién no. Un juego muy malévolo y a la vez, intrigante, que la película sabe llevar con acierto y mucha inteligencia, haciendo de su modestia su mejor carta, porque no se va por la tangente ni se inventa triquiñuelas para sorprender al espectador. En cambio, con algún desliz de guion, eso sí, nos cuenta una historia acotada en un día y su noche, llena de sorpresas bien escritas y mejor contadas. 

Una buena cinematografía que firma Alejandro Espadero, con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan las andaluzas Jaulas, El plan, Tin & Tina y Solos en la noche, entre otras. Aquí su planificación se basa en planos cortos y medios, en los que los personajes se ven engullidos tanto por la casa, que es un personaje vital en la trama, como por el escenario, con ese viento molesto y constante, al igual que el mar que van alimentando de ruidos y sonido cada estancia del lugar. La música de la extraordinaria compositora Paloma Peñarrubia, que ha trabajado con Samu Fuentes, la pareja Alvarado-Barquero, y en películas tan sugerentes como excelentes como Destello bravío y Secaderos. Una música que no ejerce de asustadiza, como muchas producciones que confunden la tensión y el suspense con el susto sorpresivo, sino que construye ese mal rollo latente donde todo está raro y a punto de suceder algo, no sabemos qué. El estupendo montaje de una crack como Ana Álvarez-Ossorio, con más de medio centenar de títulos, siendo una habitual del cine de Paco León y Fernando Colomo, y el debut de Paz Vega como directora en Rita, entre otras. Sus 83 minutos de metraje, con una duración exacta, sin añadir nada más, consigue captar nuestra atención e interés con pocos elementos pero sí con inteligencia. 

Un excelente reparto encabezado por el siempre estimulante Unax Ugalde como Rubén, el forastero recién llegado a ese microcosmos, que llega con una información y todo se va derrumbando porque recibe otra. La interpretación ayuda a mantener esa incertidumbre y ese caos en el que vive atrapado entre dos situaciones. Le acompañan la sorprendente Adriana Camarena, la hija adolescente de Merche, que vimos en Hermana muerte (2023), de Paco Plaza, que actúa como una convincente antagonista. La ausente/presente Merche es interpretada por Mara Guil, vista en El intercambio, El buen patrón y Alegría, entre otras. Alberto Löpez, popular por su dúo de “Los Compadres”, en un personaje más oscuro. Con la producción de Olmo Figueredo a través de La Claqueta, estamos ante un cuento de terror psicológico bien construido, que usa muy bien sus armas, es decir, un escenario ideal, frente al mar, y en invierno que le da una atmósfera diferente y alejada a lo convencional, creando ese aroma de sombras y fantasmas, y un reparto que refleja toda esa inquietud o esa calma tensa en el que todo puede ocurrir, en este cruce de terror clásico, donde lo sugerente se apropia de la trama, y un western de forastero que nada sabe del lugar y duda de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista con Raúl Beteta de «Parada solicitada»

Entrevista con Raúl Beteta del podcast «Parada solicitada», sobre mi experiencia en la web 242peliculasdespues.com. El encuentro tuvo lugar en el estudio del citado podcast el  miércoles 22 de julio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Raúl Beteta, que ha hecho posible este emocionante y especial encuentro, por su tiempo, generosidad y cariño hacia la página, y sobre todo, hacía mi persona.

https://drive.google.com/file/d/1hk4PKUa-0SaS97z5_2ejTyafs7r9AEeL/edit

La mujer de la fila, de Benjamín Ávila

LA MADRE QUE RESISTE. 

“Resistir supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva”

Stéphane Hessel 

El arranque de la película es brutal y te deja en estado de shock. La historia se abre con una madre que se ha quedado dormida, mientras su hijo mayor de 18 años lleva a sus dos hermanos pequeños al colegio. Ella se levanta y relajada toma algo sentada en el sofá. De repente, la policía entra en su casa y empieza a removerlo todo. La escena es rápida, caótica y llena de incertidumbre y miedo. Una secuencia parecida vivió Andrea Casamento cuando en 2004 detuvieron a su hijo de 18 años y lo llevaron a la cárcel. A partir de ese momento, comenzó un vía crucis para ella y su familia en el que removió cielo, tierra, mar y aire para conseguir su liberación. A partir de ese hecho real, sucedido en Argentina, el director Benjamin Ávila (buenos Aires, Argentina, 1972), ha coescrito un guion junto a Marcelo Müller, con el que ya había trabajado en Infancia clandestina (2012), y en la serie encerrados (2018), en el que relata la experiencia dura y resistente de la citada Andrea, ahora convertida en una madre de tres hijos de clase media. 

La historia camina entre la crónica social y el thriller, mezclando las dos texturas, donde vida cotidiana se fusiona con la intensa actividad de una madre que se adentra en un universo de esperas, de visitas a la cárcel, de conocer a personas de otro extracto social y sobre todo, a esperar, desesperar, resistir, luchar, llorar, y demás situaciones emocionales que llevará como pueda, gracias a la ayuda de su madre, de un reo de su edad, compañero de su hijo, y las ganas de querer que las cosas cambien y se parezcan a lo que era su vida de antes, de antes de todo. Tiene la película ese aire de película sobre lo humano y sus consecuencias, muy del estilo de los Loach y los Dardenne, que siguieron el testigo de aquellos neorrealistas italianos y los británicos del Free Cinema. Un cine que mire la complejidad y la vulnerabilidad de lo humano enfrentado a sus problemas diarios con entereza, voluntad y sensibilidad, sin caer nunca en esos dramas sensibleros que conectan tanto con el público pero que son demasiado inverosímiles y buscan la lágrima fácil. Aquí no hay nada de eso, porque el director argentino, que empezó haciendo documentales sobre la memoria escarbando en hechos de la dictadura, nos cuenta un relato de verdad, con personajes de carne y hueso, y alejándose de ese heroísmo tan falso como estúpido. 

La película cuenta con un trabajo excelente en el apartado técnico en el que destaca la extraordinaria cinematografía del chileno Sergio Armstrong, que tiene en su haber casi medio centenar de películas con autores de su país como Pablo Larraín, con el que ha trabajado en 6 títulos, Marialy Rivas, Maite Alberdi, entre otros. Una luz mortecina que ayuda a impregnarse de todo esa dureza y dolor que cae como una losa en la vida de Andrea, en la que se acompañan de planos cerrados donde la cámara escruta cada gesto, mirada y silencio. La excelente música del dúo Daniel Godfrid y Sebastián Expósito, a partir de una composición que acompaña a los personajes y sus acciones de forma clara, expresiva y muy observadora, y también un par de temas que describen la desazón y la locura que se ha convertido la existencia de la atribulada protagonista. Otra pareja de editores con una extensa filmografía firman el montaje: Delfina Castagnino, con más de 37 títulos al lado de Lisandro Alonso, Matías Piñeiro y Santiago Mitre y más. Andrea Chignoli, con más de 70 filmes, con Andrés Wood, los citados Larraín y Rivas, y José Luis Torres Leiva. Una edición que se va a los 105 minutos de metraje en el que retratan con intensidad, reposo y sensibilidad el particular a los infiernos y la esperanza de Andrea. 

El estupendo reparto encabezado por la impresionante Natalia Oreiro, dando vida a Andrea. Un personaje que visita a su hijo en la cárcel como Emma Suárez en Josefina (2021), de Javier Marco. Una actriz con más de tres lustros de trayectoria que ya trabajó con Ávila en la mencionada Infancia clandestina, y otros como Mignona, Lucía Puenzo, Campanella, la chilena Amparo Nogueira como la 22. Una mujer de vida dura y gastada, vital para la protagonista, con casi 40 años de carrera al lado del citado Larraín, y películas como Carne de perro y Una mujer fantástica, de Leilo, y la presencia de Alberto Amman, un actor que transmite mucha verdad en su rol de Alejo, un tipo de pasado ajado. También participan en la película, las mujeres reales que visitan a sus hombres en la cárcel. Si tienen curiosidad de las historias reales bien contadas, que emanan verdad y sinceridad, y no olvidan lo humano y lo transmiten con pureza, sensibilidad y profundidad, su película es La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, un duro drama sobre Andrea, una mujer resistente, coraje y valiente que se mete de lleno en un submundo de las mujeres que visitan las cárceles para ver a sus allegados, y lo hacen con un poso de tristeza, esperanza, rabia y no se sabe que más.   JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En el camino, de David Pablos

DOS VIAJAN JUNTOS. 

“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”

Laura Esquivel 

Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente. 

El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no. 

La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos. 

Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte

UNA ACTRIZ SUIZA EN MADRID.   

“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”. 

Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.

La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos. 

La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas. 

Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marielle lo sabe todo, de Frédéric Hambalek

LAS GRIETAS QUE NO SE VEN.  

“Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”

Alfred Adler 

Érase una vez… la vida tranquila y aburrida de Julia y Tobias, que forman un matrimonio alemán y modélico que vive en una de esas ciudades mercantilizadas con empleos bien remunerados, y tienen una de esas casas de diseño, en lo que todo parece estar en su sitio como si obedeciera un orden marcado en la que todos los espacios domésticos deben ser de colores neutros y grises. Son padres de Marielle, una niña como otra cualquiera, que un día viene del colegio explicando que ha recibido una bofetada de su mejor amiga. La cosa es que la niña dice que, después de la mencionada hostia, tiene poderes telepáticos en los que es capaz de ver y oír las conversaciones de sus padres. La cosa queda ahí, entre el escepticismo, la preocupación y el pasotismo de unos padres que creen que son cosas de la edad. Todavía no lo saben, pero a partir de ese preciso instante, las vidas aparentemente normales y sin más de Julia y Tobias se encaminan hacia otro tipo de territorios y texturas.   

El director Frédéric Hambalek (Karlsruhe, Alemania, 1986), después de su puesta de largo con Modell Olimpia (2020), en la que también exploraba las relaciones paterno-filiales con una madre que trazaba un plan poco convencional para cambiar las perturbadoras obsesiones de su hijo. Con Marielle lo sabe todo (en el original, Was Marielle weib, traducido como “Lo que Marielle sabe”), se adentra en una especie de cuento de terror doméstico e incómodo, muy al estilo de Haneke y Östlund, en que las cosas parecen una cosa y una alteración, o dicho de otra manera, un “Teorema” a lo Pasolini, perturba la cotidianidad hasta límites insospechados que perturban y de qué manera la actitud y carácter de los diferentes personajes. En todas las relaciones cuecen habas y nunca mejor dicho, porque el relato plantea los diferentes rostros que tenemos, el que hacemos visible y el que ocultamos a los demás. En ese pliegue, tan invisible como inquietante, se mueve la película del director alemán, en esos espacios intermedios, en esos lugares que guardamos para nosotros por miedo, por no enfrentar la verdad oscura y secreta, en la que usamos la vil mentira para seguir fantaseando con otra vida, quizás por aburrimiento, por desgana o simplemente por tener esa pequeña libertad diaria. 

La cinematografía de Alexander Griesser, que ya estuvo en la citada Modell Olimpia, crea con pocos elementos y sin artificio, una luz tenue, cálida y fría, a partir de los espacios claroscuros de la casa, optando por una atmósfera de película de terror, donde lo perturbador es tan íntimo y tangible, tan doméstico que da más miedo y produce más desasosiego. El magnífico uso de composiciones clásicas de Beethoven, Schubert y Brahms, que recuerda al cine de Kubrick, crea un ambiente en que las existencias de los personajes se hacen y deshacen continuamente, emocionalmente hablando, moviéndose entre mentiras y su privacidad al descubierto que da poder para manipular a cierto personaje, en un juego perverso de verdad que no quiere ver la luz. El fascinante montaje de la gran Anne Fabini, con más de 24 títulos en su filmografía desde que debutara con Berlin is in Germany (2001), que le ha llevado a trabajar con directores interesantes del cine de su país como Hannes Stöhr, Emily Atef, y documentales de prestigio con Talal Derki, y Alis, entre otras. Una edición con unos hipnóticos 86 minutos de metraje en la que cada plano y secuencia se queda en nuestra retina, marcando un tempo condensado e inquietante, donde todo está sostenido por un equilibrio muy frágil.  

Un excelente trío protagonista encabezado por Julia Jentsch como Julia, que descubrimos en Los edukadores, El hundimiento, y demás, que le ha llevado a trabajar con Jirí Menzel, Malgorzata Szumowska, Margarethe von Trotta, y demás. El marido lo hace Felix Kramer, que aparece en películas como Algún día nos lo contaremos todo, La caja de cristal y The Bastard. El personaje de Marielle lo interpreta la enigmática Laeni Geiseler, que ya nos enamoró en la fascinante El sonido de la caída. Estamos ante una película-espejo que consigue un reflejo muy poderoso para los espectadores, porque los personajes de la película son personas como nosotros, seres frágiles y vulnerables que tienen sus secretos y por miedo, callan, para no romper esa aparente felicidad que han construido y ya no se creen, o mucho peor, ya no sienten suya y cada vez están más lejos de lo que imaginaban. El cineasta Frédéric Hambalek ha construido con Marielle lo sabe todo un espejo para mirar nuestras miserias, para vernos reflejado como seres que mienten, engañan y ocultan a las personas con las que convivimos y nos ata un lazo de amor, compañía y confianza. Más lejos de la realidad, porque lo que sentimos y lo que hacemos casi siempre está muy alejado lo uno del otro. Quizás no sabemos hacerlo mejor, quizás somos incapaces de ser libres o simplemente somos más animales irracionales de lo que creemos o imaginamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Winnipeg, el barco de la esperanza, de Beñat Beitia y Elio Quiroga

UN CUENTO SOBRE EL EXILIO.   

“Una nación que crea hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan”. 

Ángel Ganivet

De un tiempo hasta ahora, el cine de animación se ha abierto poco a poco hacia la memoria, con películas que profundizan en hechos del pasado, sobre tiempos muy oscuros y rescatando la memoria de tantos olvidados. Ahí encontramos 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín y Josep (2020), entre otras. A este grupo se ha añadido Winnipeg, el barco de la esperanza, del tándem Beñat Beitia y Elio Quiroga, basada en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda, de Laura Martel, que coescribe el guion junto a los dos directores. La película rescata la memoria de tantos exiliados que se fueron del país a finales de la guerra en 1939. Su periplo tortuoso y peligroso que les llevó a cruzar por los Pirineos nevados hasta llegar a Francia, donde los encerraron en los campos de Argelès-sur-Mer y demás junto al mar en condiciones paupérrimas, y de allí, con suerte, introducidos en un barco como el que promovió el poeta Neruda y llevarlos en una dura travesía hasta Valparaíso en Chile. 

La historia gira en torno de Víctor, un viudo y sindicalista de Barcelona que vive junto a sus cuñados y su hija pequeña Julia. En enero del 39 con el avance de las tropas franquistas decide irse y emprender una travesía difícil en el que se tropezará con la bondad y la maldad de la condición humana. Beitia ya tenía experiencia en el cine de animación con Dixie y la rebelión zombi (2014), que codirigió junto a Ricardo Román. Elio Quiroga tiene una extensa filmografía que arrancó con la cinta de culto Fotos (1996), con el cine de género de  terror psicológico como punta de lanza, en la que también ha tocado el documental y la animación en el cortometraje Home Delivery: Servicio a domicilio (2015). Estamos ante un dibujo sencillo, intimista y nada artificioso, cuidando el detalle y la precisión para contarnos un relato sobre olvidados en contra del olvido que algunos se empeñan en enterrar o usar como rédito político. En un país como el nuestro, donde la memoria es tan mal usada o reducida a cuatro homenajes y alguna cosa más sin importancia, una cinta como está ayuda a ver ese pasado incómodo y terrorífico en el que tantas personas huyeron del terror franquista, y emprendieron viajes para encontrar un lugar donde no fuesen señalados, perseguidos y asesinados.

La película ha significado un grandísimo esfuerzo de producción que ha contado con grandes profesionales como Arkaitz Alaztuei en la dirección de animación, en el que estaba Bernardita Ojeda, que tiene en su haber la reciente Olivia y el terremoto invisible. La música corre a cargo del experimentado Diego Navarro, el compositor habitual de la directora Mar Targarona, y en el cine de animación con Atrapa la bandera, y la reciente Mariposas negras, de David Baute, gran cine de animación que denunciaba los destrozos del cambio climático. El montaje lo firma Raúl López, con más de 40 títulos en su filmografía, habitual de cineastas vascos como con los Moriarti, es decir, José María Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arriegi, de la que es un habitual, y otros como Asier Altuna, Telmo Esnal y Aritz Moreno, entre otros. Su edición es magnífica con sus 75 minutos breves e intensos, llenos de emoción, de negrura, de tristeza y miedo, pero también de esperanza, sentido de la libertad y pequeños gestos de humanidad dentro del terror en el que sobreviven como pueden. La película huye de la condescendencia y la lágrima fácil, como hacen en producciones de las mismas características, aquí hay sensibilidad y una mirada de verdad a la odisea que vivieron tantos exiliados que salieron del país con rumbo incierto y mucho miedo. 

Ver una película como Winnipeg, el barco de la esperanza ayuda a todos/as aquellos que no sepan la realidad de la retaguardia de la Guerra Civil Española, todo lo que sucedía a las personas de a pie, como explicaba Las bicicletas son para el verano, del gran Fernando Fernán-Gómez, tanto en teatro como en cine, verán un trozo de aquellas vidas, experiencias y terror que sufrieron tantas personas como Víctor y Julia, en un mundo que se desmorona porque unos señores de caqui no aceptaron la voluntad del pueblo, les recuerda algo de la actualidad política del aquí y ahora. En la película vemos nombres que han pasado a la historia por su labor humana como Pablo Neruda, la enfermera Elisabeth Eidenbenz  y un joven ministro Salvador Allende, en las voces de los intérpretes chilenos Paulina García, Luis Gnecco y Alfredo Castro. Acérquese y sepan quiénes fueron los protagonistas de la película dirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, porque seguramente no los conocerán y además, sabrán que fué irse de tu país y emprender un viaje hacia una esperanza que había que hilvanar con muchísimo cuidado después de todo lo que dejaban atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Milagros Mumenthaler

Entrevista a Milagros Mumenthaler, directora de la película «Las corrientes», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Milagros Mumenthaler, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Eva Herrero y Violeta Cussac de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA