La higuera de los bastardos, de Ana Murugarren

TESTIGO DE LA INFAMIA.

Rogelio y sus colegas falangistas han llegado a Getxo con la misión de purgar en la nueva España. Nos encontramos en plena guerra civil, en un lugar donde no hay guerra, pero si va haber vencedores y vencidos. Roge es uno de esos exaltados facciosos que, a punta de gatillo y con la ayuda de otros infames,  asaltaba las casas y se llevaba a los hombres para ejecutarlos en  la oscuridad del bosque. Pero, una noche de lluvia (magistral arranque de la película) Rogelio se ve ajusticiado por la mirada de Gabino, un niño de 10 años que lo mira atónito mientras se llevan a su padre y hermano. Rogelio no puede quitarse de encima esa mirada, y más cuando descubre que el niño ha enterrado a los ejecutados él solo. A partir de ese instante, y asustado por las represalias que pueda tomar el niño al hacerse mayor, cree que su única salida es cuidar de la tumba y de un hijuelo de higuera que ha plantado encima el niño.

La segunda película de Ana Murugarren (Marcilla, Navarra, 1961) después de Tres mentiras (2014) donde abordaba los niños desaparecidos del franquismo, se basa en una obra de Ramiro Pinilla (1923-2014) insigne autor que abordó una literatura anclada en la vida de los que emigraban al norte para trabajar en la industria y sus duras condiciones laborales, en La higuera, Pinilla mezcla con astucia los años oscuros de la guerra y lo esperpéntico, en la que Murugarren, con la producción de Joaquín Trincado (descubridor de Urbizu, Berger o De la Iglesia, y principal motor del cine vasco de finales de los ochenta) construye una extraña y conmovedora metáfora sobre las huellas de nuestros males, de la construcción de la memoria y la conciencia de cada uno. Rogelio es un tipo convencido de su causa, un falangista de sentimiento, pero que poco a poco, se dará cuenta de sus fechorías, pero no para exculpar sus pecados, sino para cuidar a aquel que puede vengarse, para mantener en paz los deseos de terror de aquel niño que se convertirá en adulto.

Pero están los demás, sus antiguos amigos de muerte, aquellos que sus asesinatos les han servido para posicionarse socialmente, que no entienden su postura, temen que aquello, ese árbol que alberga la tumba, se vuelva en su contra pasados los años. Aunque también, están los otros, los que apoyan a Roge, como Cipriana (genial Pepa Aniorte) mujer del alcalde pusilánime de turno, que ve en la misión de Rogelio una obra de caridad y penitencia, y convierte los alrededores de la tumba en una especie de santo santorum donde Roge ese un eremita que fabrica milagros. Y también encontramos a Ermo, el típico envidioso, chivato y codicioso, que piensa que debajo de todo esto, en la tumba, se esconde un tesoro que quiere a toda costa. La realizadora navarra, junto a la estupenda y luminosa cinematografía de Jon Inchaustegui (colaborador de De la Iglesia, Amenábar, Calparsoro y Dani de la Torre, entre muchos otros) construye una comedia negra, delirante y crítica, y con algún que otro momento fantástico, a lo Berlanga-Azcona, donde todo es posible o no, en que el relato se construye desde los vencedores, el que recuerda y los otros que se niegan a recordar, tipos que se mueven por ideales, corrupción y alguna bondad, sólo en apariencia, en el que también encontramos resonancias al universo Felliniano, Buñuel de Simón del desierto, aquel subido en la torre que penitenciaba los males del mundo ajeno a cualquier atisbo de deseo, como la niñita que encarnaba Silvia Pinal. Aquí, también encontramos ese espejo en el inolvidable momento que la antigua novia de Rogelio, Loreto (maravillosa Ylenia Baglitetto)ahora en la sección femenina que, ha venido expresamente, intenta seducirle mostrándole sus atributos sexuales mientras baile sensualmente.

El magnífico trabajo de Karra Elejalde como el solitario y sencillo eremita falangista que, consigue conmovernos con muy pocos elementos, una cabaña maltrecha, una barba larga, un bastón y su mirada impertérrita hacia esa higuera que crece y custodia con tanto ahínco, protegiéndola de intrusos con malas intenciones, y sus antagonistas, un fantástico Carlos Areces como Ermo, irreconocible y desagradable que, parece el hermano mal del jorobado de Notre Dame, el amigo de fechorías (intenso Andrés Herrera) y el formidable Mikel Losada como el capo sin escrúpulos falangista. La atmósfera oscura, fría y lluviosa del norte, con alguna que otro atisbo de luz, en una trama sencilla, con un solo escenario, y pocos personajes, consigue emocionarnos y replantearnos nuestra propia memoria, sobre donde van a parar los muertos que olvidamos, o de que naturaleza están hechos nuestros montes y bosques, y aquello que ocultan, a mirar nuestro pasado sin acritud, pero recordando lo que sucedió, en un proceso de autocrítica, porque todo sigue ahí, aunque hagamos todo lo posible por mirar a otro lado o incluso construir edificios encima.

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Entrevista a Ángeles Huerta

Entrevista a Ángeles Huerta, directora de “Esquece Monelos”. El encuentro tuvo lugar el domingo 12 de noviembre de 2017 en los Jardines de Sant Pau del Camp en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángeles Huerta,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Eiriz y Gaspar Broullón de DangaDanga Audiovisuais, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Entrevista a Juan Sebastián Mesa

Entrevista a Juan Sebastián Mesa, director de “Los nadie”. El encuentro tuvo lugar el viernes 10 de noviembre de 2017 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan sebastián Mesa,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Xavi García Puerto de El Sur Films, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Encuentro con La Chana y Lucija Stojevic

Encuentro con Antonia Santiago Amador “La Chana”, y Lucija Stojevic, directora de “La Chana”, junto a Deirdre Towers (coproductora) y Beatriz del Pozo (musicóloga y colaboradora de la película). El acto tuvo lugar el jueves 2 de noviembre de 2017 en la Sala Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonia Santiago Amador “La Chana”, Lucija Stojevic, Deirdre Towers y Beatriz del Pozo, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, al Festival DocsBarcelona, por su tiempo, y dar vivisibilidad a la película, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Los nadie, de Juan Sebastián Mesa

NECESIDAD DE ESCAPAR.

 “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”

Eduardo Galeano

“El mechas” se despierta y se pega una ducha, mientras escuchamos una atronadora canción punk core. Su madre le recrimina el volumen de la música. El chaval sale de casa y su colega Camilo le espera con la mota en marcha. Sigue la música, y la moto con los dos chavales en su lomo, recorre las calles laberínticas de uno de esos barrios periféricos posado en las alturas, donde se puede divisar la urbe de Medellín. Se detienen junto a un semáforo concurrido de autos y comienzan a realizar malabares con sus bolos con la esperanza de sacar unos pesos y sentir que su dura realidad tiene algo de sentido, y sobre todo, soñar con algún día salir de esa cotidianidad exasperante y volar a algún otro lugar. La primera película de Juan Sebastián Mesa (Medellín, Colombia, 1989) es la crónica de un par de días de cinco jóvenes periféricos de Medellín, ahogados por esa durísima realidad de violencia, hostilidad y marginalidad, donde la miseria, tanto moral como física se huele en cada callejón y en cada “hogar”.

Unos chavales que han encontrado en la cultura urbana y la música sus vías de escape ante esa ciudad gris, en blanco y negro, donde los colores han pasado de largo, donde la vida parece haber cambiado de barrio, y a ellos, los ha dejado así, sin más. Seguimos la peripecia del Pipa, Camilo, Ana, Manu y “El mechas” que, en esas dos jornadas planean su viaje, un viaje que los alejará de esa realidad que rechazan, y del lugar que los vio nacer, y descubrir otros lugares, otras vidas y sobre todo, otras realidades que sean menos opresivos que las que viven a diario y sueñan con dejar. Mesa filma su intimidad, su jerga y sus caracteres de un modo intimista y muy personal, consigue hacernos penetrar en sus miradas, sus existencias, en sus formas de ganarse la vida, con sus maneras de expresión artística, en un forma de lucha y resistencia frente a la opresión del trabajo remunerado que tanto sus padres como la sociedad capitalista obliga a realizar como único modo de subsistencia, aunque sólo sea una excusa para seguir produciendo miseria en el mundo.

También hay tiempo para el amor, aunque este sea frugal, poco consistente y frágil, pero la camaraderia que existe enre ellos es brutal y cercana, unos jóvenes que sienten esa necesidad de escapar, de huir, de sentir otros lugares y dejar esa ciudad donde encuentran hostilidades, una opresión que no les deja respirar, un espacio demasiado mugriento, que los invisibiliza y los aparta del rebaño ya que proponen otras formas de vida, más libres y humanas, aunque más inciertas, pero menos o nada convencionales. Una película viva, que rezuma efervescencia juvenil, esa vida que se expande libremente, con sus juegos malabares que les ayudan a ganarse la vida, los grafitis y la música que les permiten materializar sus reflexiones y de esta manera transmitirlos a todo aquel que quiera escucharles, conociendo a unos chavales llenos de vida, de cultura y arte, interpretados por Luis Felipe Alzate, Alejandro Pérez Zeferino, María Angélica Puerta, María Camila Castrillón y Esteban Alcaraz, debutantes que demuestran con su naturalidad y sencillez el buen hacer de esta película honesta y libre, llena de fuerza y energía que, recuerda a la mirada de los jóvenes de Pasolini, o aquellas películas de jóvenes airados del “Free Cinema”, y también, a mucho cine independiente americano filmado con ínfimos recursos, pero consiguiendo grandes logros, tanto formales como argumentales.

Mesa tomó como inspiración su propia experiencia y la pluma de Galeano en “Los nadies”, en una película filmada en 10 días y una noche, con una financiación mínima, en un magnífico blanco y negro (que acrecienta la idea de atemporalidad y la captura de esa realidad instantánea y movible) aunque esa falta de recursos no fue impedimento para realizar una película que destapa una realidad muy diferente de Colombia, muy alejada de los estereotipos que nos venden sobre la violencia y el narcotráfico, porque si existe esa realidad oscura y durísima, pero también, hay otras realidades y otras miradas como la que nos retrata Mesa, a través de un forma realista y muy cercana, nos ofrece una ficción-documento sobre la realidad que él vivió en esos barrios laberínticos y deshumanizados de Medellín, donde la vida transcurre sin nunca trascendencia, sólo transcurre, donde las cosas van pasando, así sin más, entre precariedad, violencia y muertes, aunque también existen jóvenes que plantean una vida diferente, alejada de lo establecido, como medio para llevar a cabo sus sueños artísticos y sus ansías de conocer el mundo, porque todo no empieza ni acaba en las duras calles de Medellín.

Encuentro con Clare Weiskopf

Encuentro con Clare Weiskopf, directora de “Amazona”, en el marco del DocsBarcelona Film Festival, junto a Joan González (director DocsBarcelona) y Nicolas Van Hemelryck. El acto tuvo lugar el miércoles 17 de mayo de 2017 en la Sala Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clare Weiskopf, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, al Festival DocsBarcelona, por su tiempo, organización y generosidad, y dar vivisibilidad a la película, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Oro, de Agustín Díaz Yanes

GRUPO SALVAJE.

“Somos lo que perseguimos”.

El arranque de la película resulta espectacular, nos encontramos en La Indias, hacia 1538, un soldado del rey, Martín Dávila, tumbado boca abajo alza la cabeza y se incorpora espada en mano, caminando entre un montón de cadáveres sanguinolentos y apestados de moscas en mitad de la selva. En un instante, uno de los indios supervivientes se levanta y el soldado le arremete con la empuñadura en la cabeza dejándolo tieso, sigue caminando y ayuda a levantarse a Doña Ana, mujer bien parecida que tendrá que sacar su fuerza para no dejarse amilanar, ni por nadie ni por su marido Gonzalo, un viejo soldado, cansado y venido a menos que encabeza esta expedición de unos 40 hombres y dos mujeres, enfrentados a las duras condiciones del entorno, el tremendo calor y humedad, los animales salvajes y tribus hostiles y caníbales, y minados por las fiebres. Todo ello con la única ilusión de hallar la ciudad de oro, esa ciudad de la que todos hablan pero nadie ha visto. Hombres duros, arrogantes y crueles, divididos por absurdas rencillas territoriales, y azotados por el hambre y la pobreza,  se embarcaban al nuevo mundo en busca de riqueza y prosperidad, toda aquella que se les negaba en España.

El quinto trabajo de Agustín Díaz Yanes “Tano” (Madrid, 1950) es una película de aventuras, de hechuras históricas, que recoge aquellas expediciones lunáticas que tantos hombres emprendieron allá por el siglo XVI por tierras salvajes, desconocidas y paradisíacas. Tano envuelve su relato en un ambiente malsano y muy oscuro, lleno de tipos que traicionan, mienten y matan sin ningún escrúpulo llegados al caso, un grupo salvaje de muy señor mío, muy en la línea del cine de Tano, como aquellos viles y canallas asesinos de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, o los ambientes miserables de aquellos ángeles que salvaban vidas machacadas de almas en pena en Sin noticias de Dios, o todos los soldados de baja estofa que pululaban por Alatriste, y no menos que aquellas mujeres huidas y el vil asesino de Sólo quiero caminar, ambientes desolados, míseros, donde se mueven gentuza de mal vivir, aunque Tano, consigue abrir algo de luz ante tanta oscuridad, y alguno que otro de sus personajes vislumbra algo de humanidad, aunque claro está, sea mínima, pero en ese paisaje inmundo, ya es mucho.

En Oro (basada en una historia del prolífico y exitoso Arturo Pérez-Reverte, llevado al cine en numerosas ocasiones, que Tano ya adaptó la mencionada Alatriste, y aquí comparten tareas de guionista) encontramos esa mala gente que hablábamos, como el Alférez Gorriamendi, malcarado y robusto vasco que ejerce la ayudantía de un modo represivo, o el sargento Bastuarrés, librado en mil y una batallas, desconfiado y despierto en esta travesía que le ha tocado en suerte o desgracia, o Gonzalo, el jefe venido a menos, que aunque se le pierde el respeto, no duda en agarrotar a todo aquel que hace ademán de rebelión, o el pater dominico que los acompaña, que los ajusticia de un modo partidista y represor. Una historia que escuchamos a través de las reflexiones y comentarios del Licenciado Ulzama, el escribiente del Rey que escribe en su diario todo lo que acontece y la distribución de ese ansiado “Oro” en el momento que den con él. Una película robusta, detallista y espectacular, pero no con ese aire de este tipo de producciones envueltas en caballeros atractivos que espada en mano salvan a la susodicha de turno y encabezan esas expediciones donde prevalece el bien sobre el mal. Aquí, no hay nada de eso, estamos en la parte de atrás de la aventura soñada, el sol abrasa, y las ropas se manchan y son pestilentes, las armaduras gastadas y pesadas, nos encontramos con mugre, barro y sangre, y todo se desata de forma miserable y triste, no hay heroísmo ni recompensan, los soldados actúan según su instintos y circunstancias, lo que ayer era de una manera, ahora ha cambiado.

Tano construye su película a través de un ritmo cadente, quizás alguna parte cae en el ensimismamiento y el ritmo decae, en el que todo puede pasar o no, donde la desconfianza se apodera del grupo, y no sólo por los peligros del entorno donde se encuentran, sino también, por otros que los siguen, como el grupo enviado por el Rey, que los acusa de rebelión,  o entre ellos, donde todos esperan su oportunidad de arrebatar la vida al que tienen al lado, porque así habrá más oro y menos a repartir. El director madrileño se toma su tiempo y se adentra en las entrañas de cada uno de ellos, movidos por instintos salvajes, corrompidos de ambición desmedida, en una gente de existencia durísima que no tienen inconveniente en echar mano a la muerte para sobrevivir y seguir ansiando esa riqueza que pronto encontrarán. La película sigue esas 60 jornadas, uno arriba otro abajo, donde somos testigos de todo aquello que les va ocurriendo, y con todo ello, sea humano o animal, o las dos cosas a la vez, que se van encontrando y enfrentando a muerte, en una suerte de eliminación sistemática de haber quién es más fuerte y sobre todo, quién resiste mejor en esas durísimas condiciones de vida.

Una película que nos devuelve la parte o partes más oscuras de nuestra historia pasada, lo que fuimos y lo que somos, nuestra idiosincrasia más característica, nuestras viejas rencillas que siguen manteniéndose en la actualidad, tanto de territorios, de aspectos y formas de vida. Una trama en la que se mezcla aventuras, thriller, terror, tragedia y también, porque no decirlo, alguna que otra historia de amor, pero debido a las circunstancias son de otra pasta como ocultas, mentidas, acosadas, algunas consentidas y otras, no, burdas, peligrosas y salvajes. Un grandísimo despliegue magnífico de producción con Enrique López Lavigne en la producción, donde podemos encontrar a grandes técnicos de nuestro cine como Paco Femenía en labores de cinematografía, Javier Fernández en arte, o Marta Velasco en montaje, por citar sólo algunos, y el larguísimo y excelente equipo artístico encabezado por Raúl Arévalo, Barbara Lennie, José coronado, Óscar Jaenada, Luis callejo, Antonio Dechent, Anna castillo, Andrés Gertrudix y el veterano José Manuel Cervino, entre muchos otros. Un relato negro y muy oscuro, con el asombra y la miseria de las pinturas de Zurbarán y Goya, o los ambientes de Valle-Inclán y Baroja, o las almas sucias de los desheredados y machacados pistoleros de Peckinpah o el Wayne y sus ayudantes en los ríos de Hawks, y aquellos profesionales perdidos de Brooks, con esa música flamenca, de alma rota, grito pelao, y zapateado mudo, que evoca más como un grito de desesperación que de rabia.

Una aventura sobre la soledad, la locura, y la perdición de los hombres y la maldad que nos enfrenta que, recuerda a otras epopeyas sobre conquistadores o no españoles como Aguirre, la cólera de Dios, de Herzog, filmada en 1972, quizás la película más conseguida y arrebatadora sobre la andadura de Lope de Aguirre, que también era uno de los personajes en El Dorado, dirigida por Carlos Saura en 1988, que durante mucho tiempo se convirtió en la película más cara del cine español, aunque los resultados no fueron los esperados, o incluso, Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría, protagonizada por Juan Diego (que en Oro se reserva un papel, como un viejo soldado cansado de todo que se ha refugiado en un poblado indio como la parte noble del Coronel Kurtz, sí es que la tiene éste último), todos ellos conquistadores, brutales, fuertes, ambiciosos, hipnotizados por las riquezas que ansían encontrar, y agitados por esa locura enfermiza, y movidos por una vanidad desmedida que los acaba enfrentado a todos, y sobre todo, a ellos mismos. Tano ha hecho una película muy arraigada a nuestra naturaleza, llena de miserias y lodo, donde también hay tiempo para la esperanza, aunque sea mínima y casi no se vea, pero dentro de ese caos de vileza y muerte, siempre hay espacio para la ilusión y la humanidad.