Entrevista a Pablo Moreno

Entrevista a Pablo Moreno, director de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pastoris, de Pablo Moreno

UN LUGAR AL QUE VOLVER.  

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”

Carl Jung 

En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino. 

El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular,  acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo. 

El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca,  donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje. 

Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno. 

No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Días de agosto, de Chema de la Peña

ALREDEDOR DE UNA PISCINA. 

“Los deseos se tienen, no se piden. Lo que se pide es el objeto del deseo”. 

Francisco Umbral 

Si pensamos en una piscina en materia cinematográfica nos viene a la mente la película La piscina (1969), de Jacques Deray. Imposible olvidar a Delon y Schneider envueltos en un deseo apasionado mezclado por un inquietante suspense cuando reciben una visita inesperada que enturbia el ambiente cálido y tranquilo del verano. Mucho de ese aroma lo encontramos en Días de agosto, de Chema de la Peña (Salamanca, 1964), donde una pareja de jóvenes Juan y Gabriela llegan para pasar unos días en la casa con piscina de su familia. Todo está para ellos, aunque por poco tiempo, porque aparece el padre Fernando acompañado de su novia Mónica. En ese instante, el verano en la casa con piscina se vuelve diferente, lo que iba a ser una estancia de dos jóvenes desnudos, follando y divirtiéndose ahora se torna un relato donde los deseos ocultos, los silencios, la culpa y las tensiones entre padre e hijo florecerán, ya que el citado padre acaba de abandonar a la madre, cosa que aún hace la relación más difícil y llena de lugares incómodos. 

Del director salmantino hemos visto ficciones como Isi/Disi: amor a lo bestia (2004) y 23F: La película (2011), e interesantes documentales como Sud Express (2005), codirigido con Gabriel Velázquez, el dedicado al escritor Mario Vargas Llosa, Mario y los perros (2019) y sobre la actriz Charo López Me cuesta hablar de mí (2021), entre otras. En Días de agosto recoge el tono y cierto aroma que estaba en Amarás sobre todas las cosas (2016), con Israel Elejalde y Lidia Navarro, una historia de amour fou que se iba ennegreciendo y de qué manera. Unos individuos que no andan muy lejos de los diferentes personajes que se reúnen, muy a su pesar, alrededor de ese verano, esa casa, esa piscina, y tantas cosas que no se han dicho, que se han ocultado, que, en fin, están ahí, muy presentes y a la vez, muy invisibles y la cosa se va tornando de un tono inquietante y muy psicológico. A partir de un guion de David Sueiro, con diálogos de la gran Alicia Luna, la trama recoge la cotidianidad de estas dos parejas, tan iguales como diferentes, a través de conversaciones tan anodinas que esconden demasiadas cosas, en el que experimentan situaciones tensas y nada cómodas, como esa excursión improvisada a la playa en la que sucederán cosas, o esa otra a bordo de un barco en el que se supone un día de pesca y la cosa se tensará. 

De la Peña se ha rodeado de un equipo que mezcla con acierto la juventud y la veteranía como el joven cinematógrafo Dani Salo, que ha trabajado en la serie Honor y en varias películas de la India, con una luz cegadora y transparente que construye muy bien todo lo que sucede alrededor de esa piscina, con ese revelador momento cuando el joven la destapa quitando la lona, presagio de los momentos oscuros que se ciernen sobre los personajes. La música de Joan Valent, todo un experto con más de 40 películas al lado de Sigfrid Monleón, Agustí Villaronga, el mexicano Enrique Begné y Alex de la Iglesia, entre otros. Una composición que recoge todo lo que vemos y lo que no, toda esa cotidianidad y esa otra oscuridad tan latente como soterrada que irá emergiendo en las existencias de los personajes. El montaje de Cristina Laguna, con más de 26 títulos en su filmografía, entre los que destacan muchos cortometrajes, y largometrajes como Ilusión, de Daniel Castro, la comedia Mañana es hoy, y la serie Respira, entre otras. Los 95 minutos del metraje pasan sin prisas, cociéndose a fuego lento, como las tardes de verano en los que no hay nada que hacer, simplemente dejar pasar el tiempo, un tiempo para desear, hablar y sacar las rencillas demasiado ocultas. 

Como sucede en el apartado técnico, en el apartado artístico se ha hecho la misma operación, ya que tenemos a dos intérpretes jóvenes como Pau Simon que hace del rebelde Juan, al que hemos visto en series como Nudes y El refugio atómico, y a Berta Galo es la encantadora Gabi, vista en series como Ser o no ser, entre otras. Y los experimentados y convincentes Roberto Álamo y Maggie Civantos, con la colaboración de Pilar Castro. Una mezcla que funciona a las mil maravillas y que transmite toda esa maraña de deseos prohibidos, mentiras y secretos familiares. En este tiempo de vacaciones, de pausas, de reposo, de desasosiego, de detenerse, aunque los hay y cada vez más, que usan este tiempo para seguir con el estúpido frenesí de ver, experimentar y no parar. Los que sí descansan y reducen la velocidad, tienen en Días de agosto, de Chema de la Peña, una película para dejarse llevar, donde hay diferentes formas de ver las relaciones y los deseos, de esas cosas que vemos y las que ocultas hay que pararse para verlas mejor, para descubrirlas y sobre todo, para mirarlas de verdad. Un retrato muy cotidiano, muy del mes de agosto, con la piscina omnipresente, que está ahí, que está para sacarnos todo aquello que no nos atrevemos a decir y compartir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El síndrome Rembrandt, de Pierre Schoeller

LA DESCOMPOSICIÓN DE LA CERTEZA. 

“La desilusión nos es más que la desaparición repentina de una certeza”

Maria Aurèlia Capmany 

Aunque nos cueste admitirlo, todos estamos rodeados de certezas, creencias irrefutables que, en su mayoría, nunca han sido expuestas a la fragilidad de la incertidumbre, es decir, cuando la vida, sea como fuere, se nos da la vuelta, y todo aquello que creíamos firmemente, deja de tener sentido, y lo que antes era tan sólido y fuerte como una roca, ahora se ha convertido en una brizna de aire. algo parecido le sucede a Claire, la protagonista de El síndrome Rembrandt (en el original “Rembrandt”), la quinta película de Pierre Schoeller (París, Francia, 1961), porque ella, física nuclear, toda la vida dedicada a la seguridad de los reactores EPR, al igual que su marido Yves, con el que mantiene trabajo y amor a partes iguales por dos décadas. Porque, un día, sin más, estando en el National Gallery, Claire se queda petrificada observando tres pinturas del famoso pintor. Claire desconoce la causa, no sabe qué ha ocurrido, pero algo en su interior ya no volverá a ser igual. Ella todavía no lo sabe, pero ese breve instante la sumirá en una especie de trance que le trastoca la vida y de qué manera.

Después de obras tan interesantes como El ejercicio del poder (2011), y Los anónimos (2013), el director parisino firma un guion sumamente novedoso junto a Anne-Louise Trividic, que ha trabajado en cuatro películas con el gran Patrice Chéreau, y de la que vimos recientemente La isla de la Belladona, también distribuida por Vercine que, en un tono muy oscuro y atmosférico propio del thriller psicológico se adentra en el frágil mundo de las certezas, de nuestra propia vulnerabilidad y lo sencillo que resulta el hundimiento de nuestras existencias, trabajos y demás, y como la fuerza de la belleza entra como una exhalación para desubicarse primero y luego, mostrarnos un camino diferente, ajeno a nosotros, o a lo que hemos sido hasta ese momento y por último, como la intuición, en ocasiones, resulta una arma muy reveladora a lo que pretendemos sin saberlo. Y toda esa mezcla funciona para mostrar una mirada poco habitual e interesante sobre los excesos de la sociedad mercantilista y todo lo que produce en nuestro entorno natural, y como la temperatura extrema está cambiando los entornos naturales y las terribles consecuencias que estamos sufriendo todos los habitantes del planeta destruyendo espacios y cambiandolos para siempre. 

El director de Un pueblo y su rey (2018), se ha rodeado de grandes técnicos como el cinematógrafo Nicolas Lois, del que conocemos por sus trabajos en dos thrillers muy interesantes como Novembre, de Cédric Jimenez, y Las dos caras de la justicia, de Jeanne Henry, entre otros. Unos planos cercanos y medios construyen una cinta que, en muchos instantes parece una de Hitchcock con ese aroma del mejor cine francés, el que se cuestiona, el que muestra y que reflexiona. La música del polaco Pawel Mykietyn, tan sutil, tan sugerente y tan bella en una gran composición de un gran músico que tiene una filmografía magnífica al lado de nombres como los de Andrew Wajda, Sarunas Bartas, Jerzy Skolimowski, con el que ha hecho 3 trabajos y Malgorzata Szumowska, 4 películas. El sobrio y conciso montaje lo firma Laurent Rouan, que tiene en su filmografía a cineastas como Brigitte Roüan y Dominik Moll, con el que ha hecho sus tres últimas películas. Una edición pausada, sin prisas, sin atajos tramposos ni nada que se le parezca, sino detallando cada instante, eso sí, con dos primeros tercios más interesante que el último, aunque la propuesta era arriesgada y en su conjunto, la cosa se ve bien, resulta muy estimulante y consigue atraparnos en todo este gazpacho que parecía difícil de construir.  

Un reparto entre los que destaca la maravillosa y fascinante pareja protagonista que integran Camille Cottin, con una extensa filmografía francesa junto a Klapisch, Honoré, Mouret y Dumont, e internacional con Ridley Scott y Zemeckis, entre otros. Y el otro lado, el del marido atónito y perdido ante la deriva humanista de su mujer que hace el magnífico Roman Duris, todo un gentleman de la interpretación capaz de cualquier personaje por muy extraño que sea como lo atestiguan sus más de 60 títulos. La joven Céleste Brunquell es la hija de ambos, y los hermanos Denis y Bruno Podalydès aportan su talento. Acérquense a ver una película como El síndrome Rembrandt porque no habla de arte pero es muy importante, y tampoco habla de amor pero es esencial, y de lo que sí habla de como las únicas certezas de nuestra existencia son más producto de una ilusión construida que de una solidez abrumadora como pensamos, porque la vida si tiene algo de especial o de sensacional es de todas esas cosas inesperadas, inciertas y sorprendentes que nos hacen replantearnos todo y mucho más, y empezar de cero y de renunciar a todo aquello que éramos y convertimos en otra versión, mucho mejor, mucho más nosotros, en fin, prepárense a cambiar, porque aunque no lo deseen pasará igualmente, y si no  que le pregunten a Claire. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ventana abierta, de Ana Graciani

UNA CASA FRENTE AL MAR. 

“El mal existe, pero no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz”

Alfred de Musset

Las leyendas y dichos populares siempre han alimentado que la maldad venía transformada en monstruos de grandes dimensiones, seres malvados que nos acechaban y nos dominaban. Las posteriores investigaciones y la literatura convirtió todo ese imaginario en obras donde el monstruo era una mera máscara en la que se reflejaban todos los males de nuestra especie. La maldad está ahí, muy cerca de nosotros, incluso en nuestro interior. La ventana abierta, la ópera prima cinematográfica de Ana Graciani (Albacete, 1972), es un cuento sobre la maldad contado de forma austera y sencilla, en casi un único escenario, el de una casa frente al mar, ubicada en la costa andaluza, cerca del estrecho, acechada por el agobiante viento de Levante, en la que hay dos personajes principales: Rubén, un tipo acomodado que llega para volver a ver a su relación online Merche, y se encuentra con una casa con un único habitante, Vera, la hija pequeña de Merche. Entre los dos se establecerá un interesante diálogo donde parece ser que las cosas no son como son. 

Graciani que tiene una gran experiencia en teatro donde ha escrito y dirigido una veintena de obras, y guiones para documentales y ficciones, amén de haber dirigido un telefilme La boda (2019), se basa en un texto teatral, para construir una película de suspense, de corte psicológico, donde los espectadores somos Rubén, es decir, alguien forastero que llega a un pueblo, y más concretamente a esa casa, y toda la alegría que trae se va tornando de un tono muy oscuro cuando Vera le va contando una historia que nada tiene que ver con lo que le contó Merche en sus charlas online. Con ese aire hitchcockiano, la trama va avanzando linealmente con interesantes flashbacks donde una información se contradice con la otra. La trama opta por no decantarse con una verdad y expone los dos caminos, así el juego de la verdad, la mentira y lo real y lo falso entra en escena, y es el espectador quien deberá discernir quién dice la verdad y quién no. Un juego muy malévolo y a la vez, intrigante, que la película sabe llevar con acierto y mucha inteligencia, haciendo de su modestia su mejor carta, porque no se va por la tangente ni se inventa triquiñuelas para sorprender al espectador. En cambio, con algún desliz de guion, eso sí, nos cuenta una historia acotada en un día y su noche, llena de sorpresas bien escritas y mejor contadas. 

Una buena cinematografía que firma Alejandro Espadero, con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan las andaluzas Jaulas, El plan, Tin & Tina y Solos en la noche, entre otras. Aquí su planificación se basa en planos cortos y medios, en los que los personajes se ven engullidos tanto por la casa, que es un personaje vital en la trama, como por el escenario, con ese viento molesto y constante, al igual que el mar que van alimentando de ruidos y sonido cada estancia del lugar. La música de la extraordinaria compositora Paloma Peñarrubia, que ha trabajado con Samu Fuentes, la pareja Alvarado-Barquero, y en películas tan sugerentes como excelentes como Destello bravío y Secaderos. Una música que no ejerce de asustadiza, como muchas producciones que confunden la tensión y el suspense con el susto sorpresivo, sino que construye ese mal rollo latente donde todo está raro y a punto de suceder algo, no sabemos qué. El estupendo montaje de una crack como Ana Álvarez-Ossorio, con más de medio centenar de títulos, siendo una habitual del cine de Paco León y Fernando Colomo, y el debut de Paz Vega como directora en Rita, entre otras. Sus 83 minutos de metraje, con una duración exacta, sin añadir nada más, consigue captar nuestra atención e interés con pocos elementos pero sí con inteligencia. 

Un excelente reparto encabezado por el siempre estimulante Unax Ugalde como Rubén, el forastero recién llegado a ese microcosmos, que llega con una información y todo se va derrumbando porque recibe otra. La interpretación ayuda a mantener esa incertidumbre y ese caos en el que vive atrapado entre dos situaciones. Le acompañan la sorprendente Adriana Camarena, la hija adolescente de Merche, que vimos en Hermana muerte (2023), de Paco Plaza, que actúa como una convincente antagonista. La ausente/presente Merche es interpretada por Mara Guil, vista en El intercambio, El buen patrón y Alegría, entre otras. Alberto Löpez, popular por su dúo de “Los Compadres”, en un personaje más oscuro. Con la producción de Olmo Figueredo a través de La Claqueta, estamos ante un cuento de terror psicológico bien construido, que usa muy bien sus armas, es decir, un escenario ideal, frente al mar, y en invierno que le da una atmósfera diferente y alejada a lo convencional, creando ese aroma de sombras y fantasmas, y un reparto que refleja toda esa inquietud o esa calma tensa en el que todo puede ocurrir, en este cruce de terror clásico, donde lo sugerente se apropia de la trama, y un western de forastero que nada sabe del lugar y duda de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista con Raúl Beteta de «Parada solicitada»

Entrevista con Raúl Beteta del podcast «Parada solicitada», sobre mi experiencia en la web 242peliculasdespues.com. El encuentro tuvo lugar en el estudio del citado podcast el  miércoles 22 de julio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Raúl Beteta, que ha hecho posible este emocionante y especial encuentro, por su tiempo, generosidad y cariño hacia la página, y sobre todo, hacía mi persona.

https://drive.google.com/file/d/1hk4PKUa-0SaS97z5_2ejTyafs7r9AEeL/edit

La mujer de la fila, de Benjamín Ávila

LA MADRE QUE RESISTE. 

“Resistir supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva”

Stéphane Hessel 

El arranque de la película es brutal y te deja en estado de shock. La historia se abre con una madre que se ha quedado dormida, mientras su hijo mayor de 18 años lleva a sus dos hermanos pequeños al colegio. Ella se levanta y relajada toma algo sentada en el sofá. De repente, la policía entra en su casa y empieza a removerlo todo. La escena es rápida, caótica y llena de incertidumbre y miedo. Una secuencia parecida vivió Andrea Casamento cuando en 2004 detuvieron a su hijo de 18 años y lo llevaron a la cárcel. A partir de ese momento, comenzó un vía crucis para ella y su familia en el que removió cielo, tierra, mar y aire para conseguir su liberación. A partir de ese hecho real, sucedido en Argentina, el director Benjamin Ávila (buenos Aires, Argentina, 1972), ha coescrito un guion junto a Marcelo Müller, con el que ya había trabajado en Infancia clandestina (2012), y en la serie encerrados (2018), en el que relata la experiencia dura y resistente de la citada Andrea, ahora convertida en una madre de tres hijos de clase media. 

La historia camina entre la crónica social y el thriller, mezclando las dos texturas, donde vida cotidiana se fusiona con la intensa actividad de una madre que se adentra en un universo de esperas, de visitas a la cárcel, de conocer a personas de otro extracto social y sobre todo, a esperar, desesperar, resistir, luchar, llorar, y demás situaciones emocionales que llevará como pueda, gracias a la ayuda de su madre, de un reo de su edad, compañero de su hijo, y las ganas de querer que las cosas cambien y se parezcan a lo que era su vida de antes, de antes de todo. Tiene la película ese aire de película sobre lo humano y sus consecuencias, muy del estilo de los Loach y los Dardenne, que siguieron el testigo de aquellos neorrealistas italianos y los británicos del Free Cinema. Un cine que mire la complejidad y la vulnerabilidad de lo humano enfrentado a sus problemas diarios con entereza, voluntad y sensibilidad, sin caer nunca en esos dramas sensibleros que conectan tanto con el público pero que son demasiado inverosímiles y buscan la lágrima fácil. Aquí no hay nada de eso, porque el director argentino, que empezó haciendo documentales sobre la memoria escarbando en hechos de la dictadura, nos cuenta un relato de verdad, con personajes de carne y hueso, y alejándose de ese heroísmo tan falso como estúpido. 

La película cuenta con un trabajo excelente en el apartado técnico en el que destaca la extraordinaria cinematografía del chileno Sergio Armstrong, que tiene en su haber casi medio centenar de películas con autores de su país como Pablo Larraín, con el que ha trabajado en 6 títulos, Marialy Rivas, Maite Alberdi, entre otros. Una luz mortecina que ayuda a impregnarse de todo esa dureza y dolor que cae como una losa en la vida de Andrea, en la que se acompañan de planos cerrados donde la cámara escruta cada gesto, mirada y silencio. La excelente música del dúo Daniel Godfrid y Sebastián Expósito, a partir de una composición que acompaña a los personajes y sus acciones de forma clara, expresiva y muy observadora, y también un par de temas que describen la desazón y la locura que se ha convertido la existencia de la atribulada protagonista. Otra pareja de editores con una extensa filmografía firman el montaje: Delfina Castagnino, con más de 37 títulos al lado de Lisandro Alonso, Matías Piñeiro y Santiago Mitre y más. Andrea Chignoli, con más de 70 filmes, con Andrés Wood, los citados Larraín y Rivas, y José Luis Torres Leiva. Una edición que se va a los 105 minutos de metraje en el que retratan con intensidad, reposo y sensibilidad el particular a los infiernos y la esperanza de Andrea. 

El estupendo reparto encabezado por la impresionante Natalia Oreiro, dando vida a Andrea. Un personaje que visita a su hijo en la cárcel como Emma Suárez en Josefina (2021), de Javier Marco. Una actriz con más de tres lustros de trayectoria que ya trabajó con Ávila en la mencionada Infancia clandestina, y otros como Mignona, Lucía Puenzo, Campanella, la chilena Amparo Nogueira como la 22. Una mujer de vida dura y gastada, vital para la protagonista, con casi 40 años de carrera al lado del citado Larraín, y películas como Carne de perro y Una mujer fantástica, de Leilo, y la presencia de Alberto Amman, un actor que transmite mucha verdad en su rol de Alejo, un tipo de pasado ajado. También participan en la película, las mujeres reales que visitan a sus hombres en la cárcel. Si tienen curiosidad de las historias reales bien contadas, que emanan verdad y sinceridad, y no olvidan lo humano y lo transmiten con pureza, sensibilidad y profundidad, su película es La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, un duro drama sobre Andrea, una mujer resistente, coraje y valiente que se mete de lleno en un submundo de las mujeres que visitan las cárceles para ver a sus allegados, y lo hacen con un poso de tristeza, esperanza, rabia y no se sabe que más.   JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En el camino, de David Pablos

DOS VIAJAN JUNTOS. 

“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”

Laura Esquivel 

Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente. 

El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no. 

La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos. 

Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez

Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte

UNA ACTRIZ SUIZA EN MADRID.   

“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”. 

Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.

La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos. 

La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas. 

Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA