Los consejos de Alice, de Nicolas Pariser

LYON, EL ALCALDE Y LA FILÓSOFA.

“La razón nos engaña a menudo, la conciencia nunca”

Jean-Jacques Rousseau

La política es un universo complejo, porque en muchos ocasiones se convierte en todo lo contrario a su verdadera naturaleza, que no es otra que la de ayudar a la vida de los ciudadanos, proponiendo y ejecutando soluciones a los problemas que vayan surgiendo, desgraciadamente, la política viene a ser un lugar donde muchos encuentran un espacio para hacer sus negocios personales, y sobre todo, hacer creer a los ciudadanos que todo esos intereses benefician al bien social y común. La segunda película de Nicolas Parisier (París, Francia, 1974) nos habla de política, pero no solo de eso, un tema que ya exploró en La République (2010) un mediometraje de 36 minutos enfocado en un joven parlamentario que conoce la noticia de la muerte del presidente. En su puesta de largo El gran juego (2015) explora las vicisitudes de un escritor en crisis que recibía la misteriosa visita de alguien que le trasladaba a su pasado.

En Los consejos de Alice coloca el foco en dos personas aparentemente muy diferentes. Por un lado, tenemos a Alice, un joven filósofa que viene de trabajar como profesora en el extranjero, acepta un curioso y peculiar trabajo que consiste en proponer ideas al alcalde socialista de la ciudad de Lyon, la otra persona que se ha quedado sin ideas. Parisier se centra en la relación que se va construyendo entre dos personalidades tan distintas, desarrolladas en campos tan alejados, en ese enfrentamiento-relación entre las ideas y el pensamiento de la filosofía, o los hechos y la superficialidad de los entresijos políticos. El teórico enfrentamiento devendrá en algo más estrecho y cercano entre Alice y Paul, el alcalde, porque si hay algo que los relaciona y mucho, son sus estados de ánimo, dos personajes encerrados en sus vidas, en sí mismo, bastante frustrados por su trabajo y perdidos en su existencia, que consideran monótona y aburrida. El director francés construye su película con abundantes diálogos, quizás sea la palabra y compartir lo que se cuece en nuestro interior, es el mejor antídoto, aunque también va tejiendo la relación que va acercando tanto a la joven filósofa como al veterano alcalde, que no solamente les une la soledad de sus vidas, sino también, el absoluto desconocimiento sobre qué camino tomar para cambiar ese destino.

Los 105 minutos del metraje se ven con ritmo e inmediatez, como no podía ser de otro modo, donde la política pegada a esa actualidad que siempre hace tarde, encadenada a los múltiples acontecimientos, no solo los propios de las circunstancias del ayuntamiento, sino de lo interno del partido socialista, en una combinación que se fusiona, se mezcla y también, se contamina. Pariser combina con acierto y brillantez todos esos elementos, tomándose su tiempo para contárnoslo, debido a la complejidad que se desarrolla en el ámbito de la política local,  llevándonos de un personaje y de un tema a otro con soltura y agilidad, sin caer en ningún instante en la monotonía ni nada por el estilo, sino creando ese espacio del drama ligero e inteligente, con estupendos diálogos y situaciones complejas, donde esa aparentemente cercanía inmediatez oculta un trasfondo humano, donde la política y la filosofía dejan espacio a las emociones y sentimientos que estos dos seres esconden a los demás, y lo que es más preocupante, a sí mismos.

Viendo la película nos viene a la memoria El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) otro cuento moral sobre la política, curiosamente protagonizado por Fabrice Luchini, donde un complejo deportivo, en Los consejos de Alice  se trata de una megalópolis disparatada diseñada por un rico caprichoso, generaba controversia entre el alcalde y los habitantes que se negaban. La propuesta del cineasta francés de mezclar política con filosofía podría parecer en un primer instante demasiado ambiciosa, pero el resultado dice lo contrario, su propuesta resulta interesante en la que teje con crítica y soltura un película-retrato sobre las interioridades de la política local, los personajes que pululan, como esa feroz crítica a esos profesionales de la comunicación, o al menos eso pretenden, más interesados en datos y en eslóganes, que en construir una verdadera imagen cercana del alcalde, donde el ciudadano lo vea como su representante no como su enemigo, donde escuchamos a Wagner, leemos a filósofos como Rousseau y su inmortal “Ensoñaciones del paseante solitario”, Ernst Bloch, o Bartleby, el escribiente, de Melville.

Una película inteligente, audaz y estupenda, que tiene en su pareja protagonista otro de sus grandes alicientes, con el reposado, soberbio y elegante pose de un Fabrice Luchini, que a sus 69 años, sigue siendo uno de los grandes de la interpretación, con esa inmensa capacidad de hacernos creer su personaje con leves detalles o una fugaz mirada, dando vida a Paul Theraneau, ese alcalde socialista que tiene demasiadas batallas de frente, la de gobernar la ville de Lyon, la interna de su partido de cara a liderarlo, y la más difícil, la suya propia, en la que desconoce las herramientas a necesitar. A su lado, la joven filósofa, la joven intelectual, interpretada por una maravillosa Anaïs Demoustier, convertida ya en una grande, siendo esa Alice Heimann, una especie de intrusa en un mundo, el de la política tan diferente al suya, en una lucha encarnizada entre las ideas y el pensamiento, donde el tiempo y la paciencia son indispensables, contra la política, ese universo de la radiante actualidad, donde todo es inmediato, donde no hay tiempo para nada, donde cada día cuenta, en cada segundo te la estás jugando, cualquier leve error se paga con el escarnio y olvido. Entre esos dos trenes a punto de chocar, surge la íntima y emocionante relación entre dos seres solitarios, decepcionados del amor y la vida, perdidos y a la deriva, que quizás encuentren esa tabla que les ayuda a salvarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Richard Jewell, de Clint Eastwood

HÉROES Y VILLANOS.

“Las mentiras se construyen, las verdades se descubren”

Jorge Wagensberg

Muchos de los personajes que pueblan el universo de Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) la mayoría interpretados por él mismo, son tipos que anteponen las vidas humanas a cualquier interés económico, tipos idealistas, gentes que creen en la verdad y la justicia, y no dudan en enfrentarse a todos aquellos que la utilizan a su conveniencia, ayudando a los desfavorecidos y oprimidos. Nos vienen a la memoria a aquellos vaqueros que pululaban por su cine en los setenta y principios de los ochenta, que se jugaban la vida en pos de un mundo mejor, o aquellos desheredados, de vidas poco recomendables, pero que se alzaban contra la mentira y la manipulación de los poderes económicos. En su trabajo número 38 como director, Eastwood encuentra en un suceso real, a través del artículo American Nightmare: The Ballad of Richard Jewell de Marie Brenner, publicado en 1997, en un guión escrito por Billy Ray (autor entre otras de La sombra del poder o Capitán Phillips) para hablarnos de cómo se utiliza la verdad y la justicia y se manipula a la opinión pública, rescatando el caso de Richard Jewell, un desconocido guardia de seguridad estadounidense que vio como una noche cualquiera, más concretamente la del 27 de julio de 1996, en su lugar de trabajo, el Centennial Olimpic Park en Atlanta durante la celebración de las Olimpiadas, su vida dio un giro inesperado, porque alertó de una mochila sospechosa que contenía una bomba y explotó ocasionando 2 muertos y un centenar de heridos.

Jewell se convirtió primero en héroe y después, en villano investigado por el FBI como principal responsable del atentado. El veterano cineasta arranca su película hablándonos del celo que tiene el tal Jewell en su trabajo como guardia de seguridad, el eterno aspirante a policía federal, se muestra obsesionado con su trabajo y ese ímpetu en su forma de realizarlo le provoca recelos de sus superiores y despidos. Pero, en seguida nos sitúa en un par de noches, en la primera nos va presentando a los personajes implicados en el suceso que será en un par de noches más, colocándonos en esa noche y como se van sucediendo los hechos, dejando claro la profesionalidad de Richard Ewell en todo momento, y sobre todo, dejando clara su inocencia en los hechos. También, asistiremos a la encumbramiento por parte de la prensa sensacionalista del propio Jewell, presentado como un héroe, ese tipo de personas que tanto gustan a la sociedad estadounidense, y después de ese empujón a la cima, y como ocurriese en el mito de Sísifo, la caída a los infiernos, investigado por terrorista, de héroe a villano en cuestión e 72 horas.

Eastwood nos convoca a la crónica de los hechos de los casi tres meses que duró la pesadilla de Jewell y su madre Bobi, donde como suele ser habitual la prensa carroñera empezó a sacar los trapos sucios de su pasado, inventándose muchísimos y ofreciendo una veracidad falsa de la personalidad de Jewell, que tuvo la ayuda del abogado Watson Bryant. La película atiza con vehemencia a esa prensa sensacionalista que hace lo imposible para vender diarios y dejar huella en un periodismo chabacano y deleznable, donde la actualidad se convierte en la premisa y sobre todo, en buscar héroes y villanos a cada paso, bien representado por Kathy Scruggs, una periodista miserable que recuerda en métodos al otro aquel que interpretaba Kirk Douglas en El gran carnaval, de Billy Wilder, gentuza sin escrúpulos que solo atienden a la exclusiva sin importarles la veracidad de la información. Y como no, también hay durísimas críticas al FBI y su miserable investigación, o lo que es lo mismo, al gobierno de EE.UU., más preocupado en encontrar un cabeza de turco que en encontrar la verdad y a los culpables, bien representados por esos dos agentes ineptos e inútiles que reciben los nombres de Tom Shaw y Dan Bennet.

Como es habitual en el cine del californiano la estupenda fotografía, alimentando con esos planos llenos de vida que traspasan a los personajes, obra de Yves Bélanger, que ya estuvo en Mula. Y qué decir del montaje de Joel Cox, con Eastwood desde mediados de los setenta, preciso y sobrio, llevándonos desde la intimidad del hogar de los Jewell acosado por todos, a toda esa calle convertida en opinión pública manipulada a los antojos del poder. Y el estupendo y conjuntando reparto, otra de las marcas de la casa del cine de Eastwood, encabezado por el desdichado Ewell, bien interpretado por Paul Walter Hauser (que habíamos visto en Yo, Tonya) bien secundado por Sam Rockwell, como el abogado defensor deJeEwell, que sabrá conducirlo ante la maraña de sanguijuelas que tiene en frente, Kathy Bates como la madre de Jewell, una mujer fuerte que verá como el sueño se convierte en una pesadilla dolorosa y brutal.

Y al otro lado del espejo nos encontramos con los otros, los personajes ávidos de sangre, como la periodista que hace Olivia Wilde, convertida en una especia de bruja malvada que está dispuesta a todo para conseguir esa exclusiva que le haga ganar el pulitzer, y la pareja de agentes federales, en la piel de Jon Hamm e Ian Gómez, dos tipos sin escrúpulos más interesados en cazar a alguien que en investigar la verdad y hacer justicia. Eastwood vuelve a construir una película magnífica, llena de tensión y amargura, condensando los 131 minutos de metraje a un ritmo apacible y lineal los hechos,  sin sobresaltos, contando de manera clara y sencilla la realidad desde puntos de vista diferentes, entrando en la cotidianidad de un pobre diablo que sin quererlo se topó de bruces con una realidad siniestra y terrorífica, despertando de golpe de ese sueño americano que se había construido durante toda su vida., y conociendo de primera mano los deplorables métodos de su gobierno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucía Alemany

Entrevista a Lucía Alemany, directora de la película “La inocencia”, en la Cafetería Farga en Barcelona, el viernes 20 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucía Alemany, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El reflejo de Sibyl, de Justine Triet

AL OTRO LADO DEL ESPEJO.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”.

Oscar Wilde

El concepto del doble ya estaba presente en los dos primeros largos de Justine Triet (Bécamp, Francia, 1978) tanto en La batalla de Solférino (2013) como en Los casos de Victoria (2016) conocíamos a dos mujeres, una reportera de televisión y una abogada penalista, respectivamente, que se las veían y deseaban para conseguir el equilibrio entre vida profesional y personal, arrastrando todos los conflictos emocionales que sufrían por ello. En El reflejo de Sibyl, Triet vuelve a plantear el mismo conflicto, pero esta vez va mucho más allá, convirtiendo a su protagonista, la Sibyl del título, en una mujer que después de siete años alejada de la escritura, su verdadera pasión, tiempo en el que se ha dedicado a trabajar como psicoterapeuta, decide dejar a sus pacientes y volver a escribir. Pero, una llamada desesperada de Margot, una actriz en plena crisis de identidad personal, le obligará a tratarla, más aún cuando la crisis de Margot servirá a Sibyl a utilizarla como elemento de ficción en la novela que escribe, situación que provocará un cisma interior en Sibyl, ya que le resucitará fantasmas del pasado que creía enterrados.

La directora francesa sitúa su película en el marco de un drama personal, intenso y muy volátil, con continuas ideas y venidas de los personajes en cuestión, y sobre todo, del tiempo, tres tiempos mezclados, en el que nos someteremos al pasado de Sibyl, en forma de flashbacks, y al presente, el que viven los personajes de forma personal, y la que viven en la filmación de la película, y la narración ficticia de la novela. Y también, cambiaremos de paisaje, lo iniciaremos en la urbanidad y el caos de París, con esa irrealidad de las habitaciones y consultas, y nos iremos al aire libre, más concretamente a la isla de Estrómboli, famosa por la película de Rossellini, espacio del rodaje, de sol, mar y aire, con ese volcán presidiéndola, y símbolo de todas las pasiones que se desatarán en la isla. La dualidad ya comentada, cine dentro del cine, y conflictos intensos sobre la maternidad, el pasado, la vida presente, las contradicciones, la apropiación de los hechos y personas, el tema del vampirismo que ya se trataba en memorables cintas como Persona, de Bergman, con la isla como centro de la acción, o en Otra mujer, de Woody Allen, donde una escritora utilizaba las sesiones de psicoanálisis, que escuchaba accidentalmente a través de una pared, para convertirlas en ficción.

En ciertos momentos, el drama personal y de identidad de la película, coquetea con elementos del thriller psicológico, donde las dos mujeres se confunden, se mezclan y no sabemos hasta qué punto quién está ayudando a quién, en un juego sutil y desenfrenado del doble, como sucedía en A través del espejo, de Robert Siodmak, donde un investigador debía encontrar a la asesina en dos hermanas gemelas idénticas, en un juego devorador y profundamente mental. La película se sigue con atención y asombro, porque no hay quién la detenga, todo se va enturbiando y cada vez se va complicando mucho más, en este peculiar descenso a los infiernos interpretado por dos mujeres que se reflejan en un mismo espejo que alimenta el pasado, la identidad, la perversidad, la maternidad, el amor y las decisiones que tomamos y tomaremos, moviéndose a través de un hilo muy fino del que pende nuestra frágil existencia, en el que las dos personalidades femeninas se irán apropiándose una de otra según les vaya conviniendo, a veces de manera consciente y otras no, quizás el exceso de información lastra un poco la intensidad en algunos tramos de la película.

La película brilla gracias a una trama íntima y sincera y sobre todo, a la grandísima dirección de actores con un reparto que raya a una gran altura bien encabezado por la admirable Virginie Efira, que ya protagonizó Los casos de Victoria, siendo esa Sibyl, desatada y lanzada al vacío, en pos de la ficción, en un rol de vampira emocional y de ficción que utilizará y también será usada, abriendo esa caja de Pandora, a la que deberá enfrentarse y restablecerse, o al menos intentarlo. A su lado, una convincente y sensual Adèle Exarchopoulos, en el papel de Margot, esa actriz desesperada, embarazada de un hombre que está con otra mujer, hecha un mar de dudas y de conflictos personales y profesionales, quizás más firme de lo que aparenta, pero también superada por las circunstancias, y esa tercera mujer, Mika que da vida una natural y estupenda Sandra Hüller, algo así como una especie de vértice en este triángulo sentimental que se va desarrollando, una directora enamorada y también frustrada personalmente, que hará lo impensable para salvar su película y su amor a pesar de todo. En el otro lado, los hombres, Gabriel, que interpreta Niles Schneider, pertenece a ese pasado turbulento del que no puede escapar Sibyl, e Igor, que hace Gaspar Ulliel, el presente volcánico de todas las mujeres, bello e endiablado por partes iguales, convirtiéndose en el centro de todas las miradas en este fascinante y perverso drama sentimental y psicológico que nos conduce por las contradicciones y oscuridades del alma humana, llevándonos a lomos de un caballo desbocado por una amalgama laberíntica de pasiones, miedos e inseguridades en el que los personajes van experimentando alegrías y dolores a partes iguales, y mezclados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La inocencia, de Lucía Alemany

EL ÚLTIMO VERANO DE LIS.

“No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”

Mario Benedetti

La inagotable cantera cinematográfica de la escuela de cine Escac sigue dando sus inmejorables frutos y alumbra una nueva mirada que se llama Lucía Alemany (Traiguera, Castellón, 1985) que ya habíamos conocido hace cuatro años cuando presentó su cortometraje 14 años y un día, en el que plasmaba las disputas de Arantxa, una niña de 14 años que se enfrentaba a la tiranía paterna, íntegramente filmado en su pueblo natal. Para su puesta de largo ha vuelto a su pueblo para filmar a otra niña, en este caso Lis, quinceañera, en mitad de otra tesitura emocional que también la llevará a enfrentarse a sus padres, por su deseo de ser artista de circo, a su pueblo y su particular pelea por su vida. Alemany escribe junto a Laia Soler Aragonès, compañera de la Escac, un guión que arranca con el final de las fiestas patronales del pueblo, con las verbenas de pasodobles, “bous al carrer”, procesiones y los fuegos artificiales como fin de fiesta, o lo que es lo mismo, el final del verano, el final de ese espacio y estado emocional de despreocupación, libertad, amigas y fiesta.

Empieza el otoño y también, las clases y las obligaciones, pero Lis, que encuentra en Néstor, un novio de verano, una forma de huida ante la opresión del ambiente de pueblo cerrado y crítico con cualquier actitud diferente, pero lo que parece una tabla de salvación derivará a un embarazo no deseado, y unas responsabilidades que suponen una hecatombe en la vida de Lis, que perdida y temerosa por la respuesta paterna, encontrará refugio en la complicidad de su inseparable amiga Sara, y la madre de esta, Remedios, dedicada a la sanación emocional y espiritual, que la escucharán y sobre todo, le ofrecerán una mirada amiga y protectora. Alemany coloca su cámara a la altura de la mirada de su protagonista, con la que a través de ella, nos mostrará ese pueblo anclado en lo arcaico y la tradición, un lugar poco tolerante con las ideas diferentes, encerrado en sí mismo y sus quehaceres cotidianos, como veremos con la actitud paterna, la de sus amigos o vecinas del lugar, más interesadas en las vidas ajenas que en las propias.

Lis es alguien ajeno a la dinámica del pueblo, metida en su mundo, muy suya,  alejada de las actitudes de sus amistades y crítica con lo que se cuece ahí. Un espíritu libre y valiente, alguien que ya en el arranque de la película deja clara quién es y a qué se enfrenta, cuando se lanza a la piscina y mientras va buceando, tiene que ir sorteando a otras personas y obstáculos para seguir avanzando, la secuencia que mejor define el espíritu que recorre la propuesta de Alemany, la de esa inocencia interrumpida de golpe,  de volverse mayor de un día para otro, de ese verano que ya no volverá, que será el último de muchos, del final de la infancia y el comienzo de algo que empieza a vislumbrar sus garras, ese mundo de los adultos donde los actos y actitudes devienen responsabilidades que hay que enfrentar y asumir como propias. La directora castellonense construye una película ligera e íntima, colocando a Lis en el centro del conflicto dramático del relato, convirtiéndose en el origen y final de todo lo que sucede en la película, ese cambio de niña a mujer, o lo que es lo mismo, ese tránsito en empezar a ser quién quiere ser y pelear con todas sus fuerzas para conseguir la mujer con la que sueña, acarreando los conflictos que se vayan presentando.

Alemany reúne en este viaje a compañeros de escuela como la citada Soler Aragonès y Joan Bordera en la cinematografía, con esa luz mediterránea y cálida para atraparnos con sutileza en el cisma emocional que sufre Lis, y al preciso y sobrio montaje de Juliana Montañés, fraguada en la Ecam, editora de Carlos Marques-Marcet, consiguen una forma brillante y luminosa donde el pueblo de Traiguera se convierte en un personaje más, por su atmósfera abierta y cercana y a la vez, cerrada y maldiciente. La magnífica terna de intérpretes experimentados como Laia Marull, haciendo de esa madre protectora, pero también, sumisa con la autoridad paterna, Sergi López, como padre trabajador y señor de la casa, mostrándose muy intolerante con su hija a la que todavía trata como una niña desamparada, y Sonia Almarcha, la madre de Sara, la mejor amiga de Lis, interpreta a esa mujer diferente, el contrapunto de la actitud de los padres de Lis, la “bruja” según los habitantes del pueblo, alguien especial y con ideas muy abiertas sobre el amor, el sexo y la vida.

Y los intérpretes jóvenes, debutantes muchos de ellos, casan a la perfección junto a los adultos, con una magnífica y apabullante Carmen Arrufat que da vida a Lis, una niña-adolescente rebelde, libre y con deseos de volar y salir del pueblo para enfrentarse a su vida y a su sueño, con Joel Bosqued como Néstor, el típico chulito de pueblo, que pasa droga y se siente el rey del mambo, dando réplica a Lis, que empieza siendo la válvula de escape que necesita la chica para luego ser un problema en su vida, con Estelle Orient, que ya estuvo en 14 años y un día, interpretando a Sara, la íntima amiga de Lis, algo así como un espejo en el que se refleja Lis, un apoyo incondicional por su rareza y su falta de encaje en el sentir del pueblo, y las otras amigas, Laura Fernández y Rocío Moreno, que son Rocío y la Patri, con las que tropiezan las anteriores por sus diferencias de actitud y deseos. Alemany ha creado una película muy cercana y libre, sin ataduras, en la que basándose en experiencias reales sitúa a una niña que se enfrenta al final del verano más difícil de su corta existencia, en el que deberá enfrentarse a todo aquello que quiere ser, tanto por ese embarazo inesperado, a sus sentimientos, a su vida y a su sueño, pase lo que pase, y peleando por todo aquello que siente y quiere. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La suite nupcial, de Carlos Iglesias

EL INFIEL, LA AMANTE Y SU MUJER.

“Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”.

Fidel es un hombre entrado en los sesenta con una vida de lo más normal y anodina junto a su esposa, quizás esa desesperante calma y aburrimiento ha encendido sus alarmas internas, y mira tú por dónde, ha ligado, casi sin quererlo, con una compañera del trabajo, la tal Marisa, atractiva y muy sugerente, y cabeza loca, y como se suele decir, se ha liado la manta a la cabeza y se han montado un fin de semana en Toledo a tutiplén, incluida la Suite Nupcial, pero como les ocurría a los pobres diablos que poblaban aquellas películas cómicas de los sesenta y setenta españolas, las cosas no resultarán según lo previsto, y los conflictos, tanto internos como externos, y visitas inesperadas muy incómodas lo complicarán todo. La suite nupcial arrancó como obra teatral escrita por Carlos Iglesias (Madrid, 1965) y dirigida por Sigfrid Monleón, que tuvo una gran acogida representándose durante 26 fines de semana en Madrid.

Ahora, La suite nupcial da el salto a la gran pantalla incrementando su duración de 50 a 90 minutos, y situándonos casi en su totalidad en la famosa suite donde se hospedan el citado Fidel y Marisa, y cómo sucedía en el camarote de los Marx, también otros invitados de improviso, que para nada se les espera. Fidel quiere y necesita pegarse una canita al aire, pero como les pasa a estos hombres no habituados a tales menesteres, le asaltan las dudas, los miedos y el probable fracaso de no cumplir en la cama, dimes y diretes que le agobian, a más a más, las cosas se van torciendo y tendrá que lidiar con imprevistos que en muchos momentos lo superarán. Carlos Iglesias ha cosechado una carrera muy interesante como actor en el cine, teatro y televisión, donde ha trabajado con nombres tan ilustres como Luís García Berlanga, Mario Camus, Mariano Ozores, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Garci, José Luis García Sánchez, entre muchos otros, convirtiéndose en un intérprete muy popular gracias a su Benito de Manos a la obra.

En el año 2006 debutó como director con Un franco, 14 pesetas, en la que recogía la inmigración de sus padres en Suiza, film con el que cosechó críticas positivas y el favor del público, que tuvo una secuela ocho años después bajo el título 2 francos, 40 pesetas, en la que se centraba en las nuevas generaciones nacidas en Suiza Entre medias, rodó la ambiciosa Ispansi (Españoles) del 2014, donde en mitad de la Segunda Guerra Mundial con los nazis invadiendo la URSS, ocurría un relato íntimo y personal con una mujer huida de España y un comisario comunista. Cinco años después de la segunda entrega de la inmigración Suiza, vuelve a ponerse tras las cámaras en una comedia actual, ligera, atractiva y con algo de mala uva, en la que habla de amor y sus líos, amable pero con amargura también, de esas historias que pretende hacer reír, aunque sea de manera agridulce, sumergiéndonos en las vicisitudes de alguien honrado pero deseando darle un giro a su vida, aunque sea leve, teniendo una aventurilla, como esos tipos trajeados de las películas americanas, pero claro, para eso hay que nacer o quizás, hay que creérselo a pies juntillas, no dudar, no sentirse como un delincuente entrando de madrugada a un chalet para robar, con esa sensación de estar haciendo algo terrible, todo eso sufre el desdichado Fidel.

Fidel tampoco encontrará compañeros de viaje que le faciliten el trago, como esa gobernanta del hotel muy entrometida e impertinente (en la piel de una convincente Eloísa Vargas, compañera y cómplice en el cine de Iglesias) la amante Marisa, en la flor de la vida, del animal sexual y más (con una alocada, atractiva y de carácter interpretada con naturalidad por Ana Arias, conocida por la serie Cuéntame cómo pasó) y parar rizar el rizo, la aparición de la esposa, una sevillana abrumadora y muy salada en la piel de una extraordinaria Ana Fernández, que repite como cónyuge después de la experiencia de Abuelos. Y si la cosa no sabía liado lo suficiente, el pobre Fidel se irá tropezando por Toledo y en el hotel con un amigo común que también conoce a la esposa, con el aspecto de José Mota, con ese aire de no enterarse de nada y metiendo la pata, muy a su pesar, más bien por desconocimiento en este soberano lío que nos propone Iglesias, con las agradables presencias de Santiago Segura, Roberto Álvarez y la veterana María José Alfonso.

Fidel decide coger su último tren sexual, demostrándose a sí mismo que todavía puede resultar atractivo a una joven como Marisa, pero sin quererlo, acabará tomando no un Ave, sino un tren borreguero lleno de inseguridades, miedos e incertidumbre, y acabará deteriorándose muchísimo más, incrementando sus dudas, su nerviosismo, sus mentiras y sobre todo, dejando al descubierto todas las miserias de su existencia, que podría extrapolarse a muchos hombre de esa edad que, en este instante quieren marcarse un finde de hotel en la Suite Nupcial con una jovencita. Iglesias recoge el guante de esas comedias de Mariano Ozores donde hombres casados del estilo de Fidel se lanzaban a la aventura de sentirse deseados por jovencitas suecas u de otro calibre, y se daban de tumbos, porrazos y demás desdichas para acabar como siempre, o quizás más solos y tristes, con esa vida marital de casa al trabajo y los fines de semana al apartamento de la playa o la sierra. También tiene ese look de comedia sofisticada, que funciona mejor cuando el lío se desata y la cosa se torna una jauría de locos y locas simulando y mintiéndose mutuamente, aunque esa apariencia de tipo seguro y gentleman que pretende ser a toda costa Fidel, que raras veces lo acaba consiguiendo, acaba siendo un bluf por tantas dudas y miedos que atenazan a Fidel, un pobre tipo, si, pero como la mayoría de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los testigos de Putin, de Vitaly Mansky

EL ASCENSO DE LA BESTIA.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton

La política, en muchas ocasiones, desgraciadamente, pierde su valor como elemento estatal primordial para organizar las sociedades, convirtiéndose en meros espejos de todas las maldades de ciertos gobernantes que se creen por encima de todo, y manejan las estructuras del estado para gobernar según sus intereses personales y congraciados con los poderes económicos del país, utilizando la política para someter al pueblo. Podríamos enumerar muchos casos de personas surgidas de la nada,  que crecieron de forma rauda y veloz en el universo político, y en poco tiempo, se fueron erigiendo como únicos salvadores de la patria- Pero… ¿Quiénes son realmente estas personas? ¿De qué lugares vienen? ¿Cómo han conseguido ser líderes en tan poco tiempo cuando hace nada nadie los conocía? Muchas de estas cuestiones son las que se plantean en Los testigos de Putin, del cineasta Vitaly Mansky (Leópolis, Ucrania, 1963) creador reconocido internacionalmente con amplísima trayectoria en el campo documental, por el que lleva transitando hace más de tres décadas.

Mansky compone una película sincera, audaz y profunda, tanto por su forma como por su interesantísimo contenido, porque rescata material de archivo de hace 20 años, partiendo de aquella noche de fin de año de 1999, cuando Yeltsin, el presidente ruso que finiquitó la Unión Soviética, anunció su dimisión y presentó a toda la nación a Vladimir Putin, por aquel entonces un desconocido abogado de San Petersburgo de 47 años, alguien que tres meses después, barrería en las elecciones convirtiéndose en el segundo mandatario de la Federación Rusa después de la URSS. La película recupera las filmaciones de Mansky que este hizo durante la campaña y la noche electoral, contratado por el equipo de Putin para tal efecto, consiguiendo una intimidad personal con Putin y todo su séquito, también observamos imágenes de su primer año en el gobierno, todos los cambios efectuados, y la amalgama de declaraciones, en los que Putin deja de lado la cara amable del político joven defensor de la democracia, desmarcándose del pasado soviético, para convertirse en un defensor a ultranza de ese pasado, y sobre todo, perpetuándose en el poder, ejerciendo mano dura contra todos aquellos críticos de su gobierno, empezando por sus colabores más estrechos, aquellos que le apoyaron y auparon la noche electoral de marzo del 2000, todos aquellos que ahora pertenecen a la oposición o simplemente han sido borrados del mapa.

El cineasta ucraniano no utiliza sus imágenes de modo partidista ni nada parecido, las muestra lo más cercanas y claras posibles, deteniéndose en todos aquellos aspectos humanos de Putin, reflexionando sobre aquel hombre que parecía regio y leal con la democracia, a aquel otro que resucitaba los valores nacionalistas de la Unión Soviética y aquel pasado imperial que tantos querían olvidar, situándose como una especie de líder autoritario, donde él es el estado y la población pasan a ser sus aduladores y enfervorecidos compatriotas que avalan sí o sí todas sus propuestas e ideas. El relato directo y magnífico interpela directamente a los espectadores, siguiendo a Putin en aquellos instantes tan cruciales de su carrera política, viendo su cara más humana con la visita a su antigua maestra, una mujer que aleccionó esa imagen impertérrita y fría del líder ruso, sino que también aparecen Yelstin, que aupó a Putin como su sucesor y le dejó vía libre en el gobierno, al que lo escuchamos viéndose orgulloso de Putin en un principio y luego, despidiéndose con un tono más crítico y sobre todo, apesadumbrado por su error, y también, aparece Gorbachov, el último líder soviético, votando en las elecciones y debatiendo con antiguos camaradas de partido.

Quizás la política y su forma estructural convierta a las personas en aquello que odian ser, o simplemente, muchas de esas personas utilizan la política para ocultar todas sus debilidades y de paso enriquecerse, o más allá, usan la política como un mero escaparate para ser quiénes nunca se atrevieron a ser, o en un mero instrumento de propagando o de interés económico. Putin es el nuevo dictador de la política, como antes lo fueron muchos, que llegaron como corderos y se convirtieron en lobos, y no sólo contentos con eso, fueron más allá, como en el caso de Putin, que veinte años más tarde de las imágenes de la película, continua al frente de Rusia, convertido ya en una especie de mesías de su nación, en alguien que quiere recuperar el esplendor perdido a base de desenterrar los errores del pasado. Mansky no solo ha creado un documento valioso de aquel Putin primerizo y su ascenso meteórico, sino que además, ha construido una pieza magnífica sobre la política y sus mecanismos, sobre el interior de los dirigentes y todo aquello que les rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA