La habitación de Mariana, de Emmanuel Finkiel

LA INFANCIA DE HUGO. 

“Los acontecimientos de mi infancia y juventud han sembrado las semillas de mi crecimiento literario. Todo lo que pasó quedó grabado dentro de mi cuerpo y no dentro de mi memoria”. 

Aharon Appelfeld

Si hablamos de niños bajo el yugo del nazismo, quizás, La infancia de Iván (1962), de Tarkovsky, sea una de las más significativas, por su belleza pictórica, y su sensibilidad para mostrar el horror en la mirada del niño protagonista. El cuarto trabajo de Emmanuel Finkiel (Boulogne-Billancourt, Francia, 1961) vuelve a instalarse en la cotidianidad bajo la amenaza de la barbarie del nazismo. En su anterior y celebrada película Marguerite Duras. París 1944 (2017), Le douleor, en el original, se basaba en las memorias de la insigne escritora para hablarnos de la tragedia tras la liberación de la ciudad francesa, y la eterna espera de una mujer que deambula ante la incertidumbre del regreso del amado. En La habitación de Mariana (en el original, La chambre de Mariana), también escribe su guión a partir de Flores de sombras, las memorias de Aharon Appelfeld, en la que nos sitúa en la ciudad de Czernowitz, al oeste en Ucrania, en 1942, en plena invasión nazi. 

Tenemos dos protagonistas: Hugo, un niño judío de 12 años que su madre, desesperada y atterrorizada, deja en recaudo a Mariana, una prostituta que vive en un burdel que por las noches atienden a los soldados y oficiales nazis. Un pequeño habitáculo sirve de escondrijo de Hugo que, cada noche escucha los sonidos de placer, dolor y violencia al otro lado de la pared. Finkiel, pupilo de Godard, Kieslowski y Tavernier, construye un guión férreo y muy conciso, en que la mirada del niño, observa, desde su pequeño escondite, la vida, el exterior, y demás. El exterior lo vemos desde lo que no vemos, con ese afuera amenazador y una tensión constante. El director se las ingenia para cimentar una película muy entretenida y nada complaciente, apenas reducida en dos únicos espacios, fundamentada en el crecimiento vital del niño y su relación materno-filial con Mariana, una joven resistente ante el panorama que vive a diario. El tono realista y de verdad que destila todo el entramado, se ve envuelto por las imaginaciones y fantasías del niño que interactúa con los ausentes, generando unas imágenes ensoñadoras que se funden con inteligencia con la realidad tan terrorífica en la que viven. Estamos ante una película muy dura, pero cargada de sensibilidad, honestidad y nada condescendiente. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Alexis Kavyrchine, en su tercera película con Finkiel, además de haber trabajado con Kiyoshi Kurosawa, Cédric Kaplisch y Olivier Peyon, entre otros. El formato 4:3 ayuda a transmitir esa cercanía y acercarse a los cuerpos, y de capturar los gestos, miradas y silencios de cada personaje es muy especial, consiguiendo evidenciar lo emocional a través de lo íntimo, de la relación entre una prostituta y un niño, dos desconocidos que irán construyendo una intimidad muy fuerte y esencial para sus respectivas vidas. El gran trabajo de decorados, vestuario, sonido y música, ya sea diegética, con el sonido del gramófono, y extradiegética, ayudan a conocer todo ese universo desde el pequeño resquicio de luz del joven Hugo. El extraordinario montaje de Anne Weil, que ya trabajó con el director en el documental Casting (2001) y en la ficción Nowhere Promised Land (2008), amén de ser la editora de todas las películas de la actriz-directora Valeria Bruni Tedeschi, en una interesante, concisa y elaborada composición, donde el off es imprescindible, acompañado de las pocas imágenes del exterior que se van colando en la habitación, en sus conseguidos 123 minutos de metraje.

Como sucedía en Marguerite Duras. París 1944, el protagonismo se vuelve a posar en la piel, el cuerpo y la mirada de la magnífica Mélanie Thierry, que vimos recientemente en Morlaix, de Jaime Rosales. Una actriz capaz de meterse en cualquier personaje, por muy desvalida y dura que sea, ella le da un aire de empatía y humanidad con un rostro muy peculiar y fascinante. Le acompaña en el envite el niño debutante Artem Kyryk haciendo de Hugo. Julia Goldberg, Anastasia Fein, Yona Rozenkier, Minou Monfared, entre otros, que dan una gran verosimilitud y cercanía que elevan el contenido de la película. Vayan a ver La habitación de Mariana, de Emmanuel Finkiel, con evidentes reminiscencias en el presente actual,  porque verán que a pesar de la situación, una joven prostituta, resistente y fuerte, puede ayudar a un niño a seguir con vida, aunque para ello deba seguir haciendo lo que hace, aunque le horrorice, en un personaje del que sabemos muy poco, ni de dónde viene ni qué será de ella, sólo conocemos su presente, una realidad muy dura, pero que ella lleva con toda la dignidad y humanidad que puede, porque es en los momentos más oscuros, cuando surge lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Prime Crime: A True Story, de Gus Van Sant

UN HOMBRE FURIOSO. 

“El atraco tenía que haber durado diez minutos. Cuatro horas más tarde el banco era un circo. Ocho horas más tarde era la emisión en directo más importante de la televisión. Doce horas más tarde era historia. Y todo es completamente real”. 

Extraído del afiche de Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet

Seguro que recuerdan los nombres de Travis Bickle y de Sonny Wortzik y la que lían en Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, y en Tarde de perros (1975), de Sidney Lumet, respectivamente. Tipos de abajo, sin recursos y sobre todo, que creen en una justicia social y de verdad, en la que los gobernantes ayudan a tipos como ellos, y no los dejan en la más absoluta miseria. Más lejos de la realidad. Entonces, al verse expulsados, se convierten en tipos muy enfadados con un sistema atroz que deciden tomarse su propia venganza a través de una violencia desatada. Esto fue el leitmotiv de buena parte del New Wave American en que los directores dirigieron películas contra todo y contra todos, contra una forma de vida acomodada, clasista y violenta, que dejaba a las clases obreras expuestas a un mercantilismo exacerbado, maloliente y sin escrúpulos. 

El genio de Gus Van Sant (Lousville, Kentucky, EE. UU., 1952) vuelve al cine por la puerta grande – su última película fue No te preocupes, no llegará lejos a pie (2018) basada en la biografía del dibujante John Callahan -. Su nuevo trabajo Prime Crime: A True Story (en el original, Dead Man’s Wire, traducido como “Alambre del hombre muerto, que hace referencia al alambre atado alrededor del cuello del rehén que está conectado al gatillo de una escopeta), bebe del cine policíaco estadounidense que he comentado en el párrafo anterior, y a partir del guion de Austin Kolodny, basado en una historia real, la de Tony Kiritsis que, furioso por la mala fe de una inmobiliaria que le levantó un terreno, decide la mañana del jueves 8 de febrero de 1977, en su ciudad natal, Indiana, secuestrar al director de la compañía, hijo del dueño. El autor reclama una indemnización reteniendo al susodicho en su apartamento. La prensa lo sigue y cubre el suceso, en el que entran en escena un poli veterano, una joven reportera intrépida y el locutor más famoso de la ciudad, Fred Temple. Un secuestro transmitido en directo que, de la mano y buen hacer de Van Sant, ejemplifica lo que más le gusta al director de Kentucky, cabalgar por el lado oscuro como hizo en Drugstore Cowboy (1989), la película más pariente de ésta. 

La película mezcla imagen real y las imágenes televisivas, en un espectáculo muy al estilo USA, donde todo se convierte en un circo donde todo cabe y finalmente, la cosa derivó en eso, en un show en directo que duró 63 horas de tensión. La cinematografía de Arnau Potier, habitual de la directora Mélanie Laurent, es una cámara muy agitada, donde la persecución deriva en ese estado de sitio contra el secuestrador. La excepcional banda sonora que tiene algunos temas de soul y rock muy de la época, se mueve entre la gran capacidad de composición de un grande como Danny Elfman, toda una institución en la industria estadounidense que ha trabajado con Tim Burton en 17 películas, y en más de 160 títulos a lo largo de una carrera que roza el medio siglo. Con Van Sant ha firmado 7 largos. El magnífico montaje del israelí Saar Klein, que es un habitual de Doug Liman, que tiene en su haber la interesante American Made (2017), y La delgada línea roja, de Malick, ahí es nada. Su edición es brutal, nos angustia en sus salvajes 104 minutos de metraje, donde no hay descanso, sino latigazos constantes y una agitación que provoca sobresaltos. 

Como es habitual en el cine de Van Sant, el reparto de la película brilla en todas sus facetas arrancando por el gran trabajo del camaleónico Bill Skarsgârd que, después de hacer de Nosferatu, lo vemos como el furioso Tony Kiritsis. A su lado, Dacre Montgomery es el rehén. Cary Elwes como el poli veterano que intenta poner paz en medio de todo el caos del circo catódico. Myha’la Herrold es la joven reportera que tiene entre manos el suceso más poderoso de Indiana. Colman Domingo es el fascinante locutor de radio, con esa voz atrayente y el temple que demuestra en todo el entuerto. Al Pacino, en un guiño a Tarde de perros, es el magnate que se niega a entrar en el juego del secuestrador. Kelly Lynch, coprotagonista de la citada Drugstore Cowboy, tiene un papel en ésta. Quizás Prime Crime: A True Story no es la mejor película de Gus Van Sant, pero tiene muchos ingredientes para pasar un rato entretenido, porque tiene ritmo y muestra una galería de personajes muy bien escritos, y no cae en esa baboseria que nos tiene tan acostumbrados el cine más comercial, y opta por una película salvaje, sin concesiones, que vuelve a esos tipos que, cansados de tanta injusticia, optan por poner las cosas en su sitio, ya sea por las malas, después de tanto desprecio y de una ley que es una calamidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La buena hija, de Júlia de Paz Solvas

CARMELA YA NO MIRA PARA OTRO LADO. 

“El silencio es el grito más fuerte”.  

Arthur Schopenhauer

En Harta (2022), un cortometraje de 23 minutos, la directora Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 1995), nos retrata el reencuentro de Carmela, una niña de 12 años con su padre condenado por violencia de género en un centro familiar. A partir de ese instante ha nacido la película La buena hija, coescrita por Núria Dunjó López y la propia directora, en la que Carmela, ya en la adolescencia, arranca con el citado reencuentro con su padre. La trama gira en torno a la mirada de Carmela, metida entre esos dos universos que, poco a poco, irá viendo una realidad muy diferente. Una realidad que se llenará de oscuridad, y también un resquicio de luz que le dan sus momentos de ternura con su abuela y el desasosiego con sus compañeras de instituto, con las cosas propias de su edad. La película es muy íntima, nada condescendiente, es muy áspera, en muchos momentos duele mucho, ahoga con intensidad, pero también hay luz, aunque no cegadora, sino dificultosa, porque el miedo, el silencio y las dudas asaltan a la joven.   

Segundo trabajo de la directora catalana, después de su apreciable ópera prima Ama (2021), donde la cosa también giraba en torno de los amores materno/filiales, en el que una mala madre hacía y deshacía con su hija pequeña por un Benidorm muy alejado de la estampita colorista que venden a los turistas. Con La buena hija sigue indagando en las relaciones, en este caso paterno/filiales, desde un lado más oscuro, donde hay un padre, condenado por violencia de género, y una hija Carmela, desde donde los espectadores vemos, sentimos y sufrimos la historia. Vuelve a contar con su coguionista cómplice, la mencionada Núria Dunjó López, y construyen una trama de grietas, tan cotidiana como insana, que emana mucha verdad, la que nos encoge el alma, en esa bifurcación en el que se encuentra la protagonista, entre un amor hacia el padre y un enfrentamiento diario con una madre que intenta protegerla. La niña verá cosas y se dará cuenta de otras, en su difícil tránsito entre una adolescencia que está despertando a los primeros besos, los cambios profundos, y a esa travesía donde todavía estamos experimentando demasiadas cosas y no logramos a entender la mayoría, dando palos de ciego, y encima, la difícil tesitura en la que Carmela se encuentra en su entorno familiar.

Como sucedió en Ama, la cinematografía vuelve a estar firmada por Sandra Roca, continuando con esa cámara nerviosa y agitada, casi pegada al cuerpo de los personajes, que los sigue sin descanso, siendo una extremidad más, consiguiendo esa oscuridad/luz que atraviesa toda la película, en una mezcla poderosa que le da fuerza y sentido a cada encuadre y secuencia, en un torbellino de miradas, gestos y silencios. La sensible y potente música de Natasha Pirard, la música afincada en Gante (Bélgica), ayuda a tonificar cada plano y cimentar con toques muy sutiles todas las grietas existentes y silentes que componen la película. Mencionar especialmente la labor del diseñador de sonido Enrique G. Bermejo, con más de 100 títulos en su extensa filmografía, las más recientes han sido Sorda y Esmorza amb mi. El precioso y soberbio montaje de Oriol Millán, que ha estado en todos los trabajos de Júlia de Paz Solvas, realiza una edición de puro corte, donde todo se aglutina a través de la intensidad y lo físico en una historia que no para en ningún momento, muy del tono del Free Cinema y los Dardenne, donde la agitación cotidiana envuelve todo el entramado emocional de lo que está ocurriendo en el interior de los personajes y las fuertes experiencias con las que deben lidiar en sus magníficos 103 minutos de metraje.  

Si Ama sigue estando en nuestra cabeza, mucha responsabilidad tiene la interpretación sobrecogedora de Tamara Casellas. Un aspecto que sigue con fuerza en La buena hija, en la que cada composición está tratada con sobriedad y mucha intimidad. La citada actriz, aparte de aparecer en un par de secuencias, es la coach de interpretación de la gran revelación Kiara Arancibia Pinto, la joven de Sant Andreu de la Barca, descubierta para otro proyecto por Irene Roqué, otro gran nombre de nuestra cinematografía con casi 90 títulos, entre los que destacan muchas películas con Ventura Pons, La hija de un ladrón, Libertad, La maternal y Creatura, entre otras. Lo de Kiara es espectacular, la mezcla de matices y detalles que genera con su personaje, un acierto que sostiene con credibilidad y fuerza los altibajos emocionales de su personaje. Le acompañan Janet Novás como la madre que, desde que la vimos en O corno (2023), de Jaione Camborda, nos sigue emocionando porque lo dice todo sin expresarlo verbalmente, Petra Martínez es la abuela, una actriz que, sabe contagiar sin necesidad de tanta emocionalidad, y Julián Villagrán el padre, uno de esos actores capaces de hacer lo que sea, porque siempre resulta natural y muy cercano.

Si están en duda de ver La buena hija no lo se lo piensen más, porque si han llegado hasta aquí, les he explicado sobradas razones para ver la película, en la que el respetado público se encontrarán una historia sobre la capacidad de amar, sobre cómo amamos, y cómo gestionamos el dolor, el silencio como arma y poder contra nosotros, también habla sobre la dificultad de seguir estando cuando todo se pone en tu contra, los conflictos familiares cuando eres demasiado joven para gestionarlos y mucho menos para entenderlos y seguir viviendo, si eso es posible. La luz y la oscuridad como elementos que se mezclan y tú en medio de todo eso que debe seguir en pie, con tu vida y con todo lo que ello conlleva. La mirada íntima a problemas diarios que están ahí, y la capacidad de la película en su profundidad sin ser sentimentaloide ni nada que se le parezca, porque todo destila verdad, naturalidad y muchísima transparencia, muy alejada de todas esas películas con tufillo emocional que manipulan los sentimientos para llevar al espectador con artimañas poco sutiles. Es una película sobre lo femenino a partir de tres generaciones y su forma de ayudarse  y cuidarse ante la violencia. La directora Júlia de Paz Solvas vuelve con una cinta que muestra lo que duele, lo que nos enfrenta a nosotros, y sobre todo, sabe mirarlas, retratar el miedo, la culpa y demás verdades, y lo hace con sinceridad y mucha honestidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Anahit Simonian

Entrevista a Anahit Simonian, cineasta, pianista y compositora de bandas sonoras, en el marco de «Los pasos dobles» que le dedica la Filmoteca de Catalunya, en su domicilio en Barcelona, el martes 10 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anahit Simonian, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Miquel Escudero, por su comunicación en facilitar la entrevista, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajo las banderas, el sol, de Juanjo Pereira

CINE CONTRA EL OLVIDO. 

“En mis películas hice memoria contra el olvido”. 

Fernando “Pino” Solanas

Desde esta ventana siempre he reivindicado el cine como herramienta y medio para viajar al pasado y, lanzarse a una búsqueda incesante para encontrar y recuperar el archivo, la huella de ese pasado en el que queremos profundizar. Quizás el cine, y más el documental, sirva para eso, para dejar memoria, para mirar el pasado y devolverlo al presente. Un cine que reflexione sobre propias herramientas y cuestione su capacidad. Cómo hizo Henri Langlois buscando, recuperando y guardando películas en la Cinémathèque Française, que confundó en 1936, una actividad incesante para que generaciones venideras pudieran descubrir el cine del pasado. El director paraguayo Juanjo Pereira ha cimentado su ópera prima a partir del mismo trabajo de Langlois y se ha lanzado a una titánica aventura en rescatar todo el archivo fílmico, fotográfico y documental que se produjo durante la dictadura de Alfredo Stroessner que asoló Paraguay durante 35 años (1954-1989), la más longeva del continente americano. 

La compleja búsqueda de Pereira y su equipo le han llevado a las catacumbas de su propio país, y de otros como Alemania, Japón, Taiwan, Argentina, Brasil y Francia, donde han encontrado 120 horas de archivo sobre la dictadura de Stroessner, convertidas en los 90 minutos de metraje, en las que vemos un cine de propaganda en la que ensalza la figura del líder, los momentos patrióticos de su partido “los coloraos”, las múltiples visitas de mandatarios como el presidente de EE. UU., el dictador Videla de Argentina, las relaciones con el criminal nazi Joseph Mengele, sus viajes por todo el mundo, y la construcción de la presa Itaipu, la célebre infraestructura imagen de la nación, y demás imágenes que pasan por delante de nuestros ojos. Un hábil, riguroso y magnífico montaje de Manuel Embalse que mezcla con inteligencia y reflexión discursos patrióticos, actos militares y celebraciones diversas donde se glorifica la patria, la democracia y sus gentes mezcladas con reportajes de países extranjeros donde aparece el “otro” Paraguay, campesinos, sindicalistas y opositores políticos que dan testimonio del terror del gobierno, las detenciones, desapariciones y demás tropelías sacando a la luz esa otra realidad  invisibilizada por el régimen autoritario.

La excelente música firmada Julián Galay y Andrés Montero Bustamante, que componen unas melodías que contextualizan cada imagen, otorgando una verdad que encoge el alma, y evidencia la fuerza del cine para enfrentarnos a las imágenes pasadas que mezcladas en un contexto diferente sabiendo la realidad más cruda y escondida, bien combinada por los efectos de imagen y demás singularidades en el que la información del pasado queda sometida a la verdad de los hechos, generando la reflexión fundamental y necesaria para el espectador. El fascinante trabajo de sonido que consigue atrapar los sonidos originales a partir de infinitas fuentes, que ayuda a sumergirnos en un universo de realidades paralelas. La multiculturalidad de lenguas que escuchamos: castellano, guaraní, francés, alemán, inglés y portugués enmarcan en el torbellino de realidades que se ven en la película, convocando ese universo de miradas, actos y gestos que evidencian las innumerables realidades, la oficial y las no oficiales, que convivieron durante el período terrorífico que vivió la República del Paraguay. Pereira huye del panfleto y se aleja de la voz en off, de los bustos parlantes y demás estrategias que hubiesen delimitado el poder de las imágenes y su audaz y excelente montaje que tiene fuerza, valentía y mucha reflexión. 

Un título metafórico y contundente como el de Bajo las banderas, el sol, y ese formidable prólogo, con mucha ironía incluida, ubicando el pequeño país de Paraguay, entre medio de grandes potencias como Argentina y Brasil, potenciando esa idea de invisible al igual que las imágenes olvidadas, como sucede con cierta habitación cerrada a cal y canto, en que los funcionarios han olvidado convenientemente, en la que se almacenan documentación de tantas detenciones y desapariciones. La película del cineasta paraguayo se mira y muy bien con el cine de Pino Solanas y sus monumentos a la memoria y contra el olvido como son La hora de los hornos (1968), en el que trata de forma exhaustiva la dependencia económica de Argentina, y más reciente La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente Secco, sobre la famosa ley agraria de finales de los sesenta del Perú. El cine como principal personaje de la memoria, rescatando archivos perdidos y olvidados y organizándolo en películas que hablen de dónde venimos y las causas pertinentes que nos han hecho estar aquí y ahora y sus circunstancias. Estaremos muy atentos a los próximos proyectos de Juanjo Pereira, porque su primera película nos ha fascinado por su arrojo, su fuerza, su gran capacidad para rastrear y editar el archivo y sobre todo, por su verdad sobre Paraguay. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calle Málaga, de Maryam Touzani

TODA UNA VIDA EN… TÁNGER. 

“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”. 

Isabel Allende 

Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo. 

La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.   

La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie  Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista. 

Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera. 

Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un altre home, de David Moragas

EL AMOR EN EL ESPEJO.  

“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas”. 

Rosa Montero

Hace seis años me sorprendió gratamente A Stormy Night, de David Moragas (Almoster, Tarragona, 1993), una película sobre dos hombres casi desconocidos que deben compartir un pequeño espacio durante una tormenta en New York. Una historia LGTBI que se desmarca de los habituales conflictos, para profundizar en temas que afectan a las emociones más íntimas. Ahora nos llega Un altre home, el segundo largometraje del tarraconense nos vuelve a plantear la temática LGTBI, pero desde una mirada alejada de los estereotipos y convencionalismos que suelen ir de la mano, porque el relato ahonda en dos jóvenes en la treintena, Marc y Eudald, y los conflictos de cualquier pareja, en la que uno no lo tiene tan claro como el otro, y en las distensiones que se van produciendo a medida que uno quiere ir a más y el otro echa el freno. La insatisfacción como leit motiv de la sociedad actual, en la cual se definen muchos de nuestros problemas cotidianos. 

Moragas habla de su ambiente, de una Barcelona donde la vivienda se ha convertido en un lujo, a pesar que sus protagonistas tienen profesiones liberales. Siendo una película sobre relaciones sentimentales y lo perdidos que andamos, tiene esas texturas sociales, como no puede ser de otra manera. También se habla de familia, de lazos frágiles y de herencia, y sobre todo, el relato habla de quiénes somos, cómo vivimos y hacia dónde vamos, erigiéndose en un relato audaz y sencillo que, en un tiempo, se podrá ver como una cierta forma de vivir y relacionarse en la Barcelona de aquí y ahora. La película se mueve entre el drama intimista, en esos espejos que reflejan nuestra mirada y sentimientos, y rara vez nos devuelve la imagen que hemos proyectado en nuestro interior, dándonos un golpe de realidad que duele mucho, porque no se parece a lo que creíamos que sucedería, las malditas expectativas convertidas en esclavas de nosotros mismos. Hay toques de comedia que se camuflan con esa realidad cotidiana, y otros como los que tienen que ver con la cisterna que actúa como reflejo, que nos aprisiona en un batiburrillo de prisas, fisicidad alocada y un no parar que nos agita hacia no se sabe dónde.  

El cineasta afincado en Barcelona se ha acompañado de algunos de sus cómplices más cercanos como la cinematografía que firma Juli Carné Martorell, habitual del cine de Andrea Jaurrieta, dotando al encuadre de esa ligereza e intimidad en que el espacio doméstico se convierte en verdad y mentira, en insatisfacción y deseo, en espejo y reflejo, como esos maravillosos viajes en taxi, a modo de confesionario en que los personajes se van diciendo o callando según el momento. La música de Clara Peya, de la que conocemos su trabajo en el documental EnFemme (2018), de Alba Barbé i Serra, y películas de Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, entre otros. Una composición que, en algunos instantes, recuerda a la de El perquè del tot plegat (1995), del gran Carles Cases, tan brillante, tan personal, tan juguetón y tan vibrante. El gran trabajo de sonido que firma Júlia Benach, con más de 40 títulos en su filmografía, responsable de las recientes Ruido y Balandrau, vent salvatge, que logra captar todos los matices en una historia honesta que cada gesto, mirada y silencio resultan muy importantes. El montaje de Alba Cid, que conocemos por Les perseides, y las series El estafador del amor y Asfalt, donde coincidió con Moragas que, en sus 90 minutos de metraje, sabe encauzar los conflictos de forma que siendo evidentes sean un elemento más dentro de ese universo habitual de idas y venidas, de miradas indiscretas y de balcones que son un reflejo más. 

Como sucedía en A Stormy Night, el reparto de la película funciona con acierto, naturalidad y sin complejos, con unos personajes nada fáciles que destilan mucha sutileza, cero histrionismo y alejados de lo condescendiente. Tenemos a un enorme Lluís Marqués, visto en Isla bonita, de Colomo, y Girasoles silvestres, de Jaime Rosales, entre otras. Su Marc es un tipo enamorado, aunque le asaltan las dudas de la relación y sobre todo, de sí mismo. Le acompañan Quim Ávila, su chico, mucho más seguro de todo, con cercanía y con esa frase que es la “solución a todo”. La presencia de Bruna Cusí, tan natural y magnífica como es habitual en la actriz barcelonesa, haciendo de Marta, la hermana de Marc, con sus dimes y diretes con el pasado y su relación como esposa y madre. Deberían acercarse a conocer una película como Un altre home, de David Moragas, porque les hará reflexionar sobre quiénes son, sobre cómo aman, y sobre todo, como hacen y deshacen en la sociedad actual que nos ha tocado vivir, con tanta prisa, tanto movimiento y tan poco amor, o el que hay, tan impostado, tan mercantilista y tan mal. La película plantea muchas preguntas, una de las cosas que hace el buen cine, y ninguna respuesta, porque ese asunto tan peliagudo de las conclusiones es cosa de los espectadores, meditando en sus circunstancias y en sus espejos/reflejos particulares. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo te creo, de Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys

ALICE Y SUS HIJOS.

“Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad”. 

Platón 

Desde esta ventana es muy habitual que haga mucho hincapié en la importancia de los primeros minutos de las películas. El arranque, siempre envuelto en dudas, suele capturar el estado de ánimo de la película y sobre todo, del asunto que trata. En un encuadre cerradisimo, en que el off resulta capital, observamos una madre nerviosa y a punto de explotar, y su hijo que se niega a subir al tranvía que pierden. La madre deja de luchar y se derrumba, la hija adolescente aparece y se lleva al pequeño. Así arranca Yo te creo (en el original, On vous croit), la ópera prima del dúo franco-belga Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, que nos recogen, y nunca mejor dicho, en una sala de audiencias de un juzgado de familia que puede ser de cualquier ciudad europea, a la que asisten Alice, la madre que acabamos de conocer, y el padre, que litigan por la custodia de sus hijos. Un único escenario, si exceptuamos el prólogo, y algunos breves momentos en la sala de espera. 

El guion que, también firman la pareja de cineastas citada, resulta de una meticulosidad y concisión asombrosas, sustentado por la palabra, el verbo se impone en el relato, acompañado de unos detallados encuadres que sobrecogen por su fuerza y sobriedad, generando una tensión abrumadora, en la que los espectadores nos sentimos unos personajes más en esa pequeña sala en la que apenas hay seis personas. Una trama real y directa, contada en tiempo real, en que se citan los pormenores que nos han llevado hasta ese momento. La aparente sencillez y cercanía que se transmite en cada encuadre resulta de una gran fuerza, nada está dejado al azar, ese intercambio de planos, donde la mirada agitada y sobrepasada de Alice, el hilo conductor de este drama disfrazado de thriller, pero de los que ponen los pelos de punta por su veracidad, intimidad y sobre todo, su retrato quirúrgico sobre comportamientos y actitudes de las personas, de aquello que no vemos, pero ahí está, de la parte más oscura y falsa, de todo aquello que queremos que no nos vean. Es también una cinta que habla sobre la verdad, sobre la verdad de cada uno de nosotros y la verdad de unos hechos que cortan el alma. 

La gran labor de los técnicos de la película, cómplices del director Arnaud Dufeys, que ya trabajaron con él en sus cortometrajes Atomes (2012) y Invincible Summer (2024), empezando por la magnífica cinematografía de Pépin Struye, del que conocemos su trabajo en All the Time (2024), de Amélie Derlon Cordina, con el formato cuadrado que intensifica la asfixiante atmósfera, con esa planificación agobiante, llena de bustos parlantes, que crea ese espacio asfixiante y demoledor en el que se asienta la trama, donde la tensión in crescendo queda patente en cada mirada, gesto y silencio. La música de Lolita Del Pino, es incisa, reveladora y nada gratuita, porque sabe manejarse entre tanta confesión, situándose en un espacio en cada palabra y silencio se aborda desde lo inquietante, desde lo más profundo, revelando todo lo que subyace en cada plano. El montaje de Nicolas Bier, del que conocemos sus grandes trabajos al lado del gran Bruno Dumont en France (2021), en la serie Pandora, y en Even Lovers Get the Blues (2016), de Laurent Micheli, en un excelente trabajo, que se acopla de forma ideal a la película, a todos los altibajos emocionales y a toda esa tensión abrumadora que se respira en esas cuatro paredes, con esa atmósfera irrespirable como sucedía en aquel monumento al cine que fue Doce hombres sin piedad 81957), de Sidney Lumet. 

Si recuerdan la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa, el personaje de Miren, que interpretaba magistralmente Nagore Aranburu, se erigía como la parte fundamental de lo que se contaba, que también tenía su brutal instante en una sala de juzgado como sucede en Yo te creo. Lo mismo ocurre con el personaje de Alice, que interpreta Myriem Akheddiou, una estupenda actriz que hemos visto en películas de los hermanos Dardenne, Julia Ducournau y Philippe Lioret, entre otros. Su Alice es un personaje roto pero con fuerzas para seguir batallando por sus hijos y contar la verdad. Una mujer sobrepasada pero con aliento para enfrentarse al dolor y al miedo. Le acompañan “el otro”, el ex marido que hace Laurent Capelluto, visto con Desplechin, Corsini, Haneke, Koreeda, y demás. La jueza es Natali Broods, con más de 20 títulos en la cinematografía belga. No se pierdan una película como Yo te creo, de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, por su forma de contar hechos de forma tan de verdad y sin concesiones, exponiendo verdades y mentiras que, desgraciadamente, son demasiado cotidianas. La película lo relata de forma magnífica, que te llega al alma y también, te hace reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos , con tantas aristas, verdades que son mentira y falsas apariencias, y unos niños que sufren la oscuridad de los que deberían dar amor y velar por su seguridad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli

CONTRA VIENTO Y MAREA. 

“Mary Anning es probablemente la fuerza recolectora más importante (e insuficientemente reconocida) en la historia de la paleontología”. 

Stephen Jay Gould, paleontólogo estadounidense 

Somos una especie que habla mucho de ejercitar la memoria pero no la práctica, porque vivimos apegados al instante y olvidamos con demasiada frecuencia a personas y sus momentos relevantes. A lo largo de la historia encontramos muchos nombres que han quedado en el olvido, personas que, por su capacidad quedaron absorbidos por su tiempo y no reconocidos en vida, situación que sucedió con la mayoría de mujeres libres y luchadoras. Es el caso de Mary Anning (1799-1947), la primera paleontóloga reconocida, además de recolectora y vendedora de fósiles en la Inglaterra del siglo XIX, conocida por sus descubrimientos de los lechos marinos del Jurásico en su localidad natal de Lyme Regis, una pequeña localidad costera del sur de Inglaterra. Hace seis años se estrenó Ammonite, de Francis Lee, que recogía una parte de la vida de Mary Anning  y su amor con Charlotte Murchinson en la Inglaterra conservadora y religiosa del XIX.  

En Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli (Lodrino, Suiza, 1985), se sitúa en la infancia de la futura paleontóloga cuando tiene 12 años y vive en la mencionada Lyme Regis, una pequeña sociedad religiosa y cerrada que obedece al reverendo que también es el maestro de los niños y niñas, cosa que choca con el temperamento y tenacidad de la niña Mary que duda de todo ese mundo que predica vehemente el citado sacerdote. La niña que recoge fósiles con la ayuda de su padre y hermano, sufre un shock con la muerte accidental del padre, además de las deudas de su familia, y un enigmático dibujo que la lleva a la búsqueda de un tesoro. Estamos ante una película que bebe mucho de La isla del tesoro, de Stevenson, porque somos testigos de una niña que deberá enfrentarse a los adultos para comprender las reglas sociales y los conflictos de los adultos. Con un guion honesto y brillante, en el que se habla de problemas personales y sociales, desde una perspectiva humana y nada condescendiente, hablando de temas como la muerte, la falta de dinero y demás asuntos interesantes. Un guion firmado por el dúo Magali Pouzol, que la conocemos por su trabajo en Funan, de Denis Do, y Pierre-Luc Granjon, coescritor de El secreto del herrerillo, de Antoine Lanclaux, el anterior estreno de los Pack Màgic. 

Un gran trabajo técnico compuesto por infinidad de dibujos pintados a mano animados por la suiza Maëlle Chevallier, en el que se prima la naturalidad, la belleza y la composición reposada y suave. El magnífico montaje de sonido por Jérôme Vittoz, toda una leyenda que ha trabajado en más de 90 títulos, muchos de ellos de animación, entre los que destaca La vida de calabacín, entre otros. La excelente música de Shyle Zalewski, una composición anacrónica llena de pop punk que resulta una fuerza diferente que se fusiona con las imágenes sencillas y visuales de la película. El montaje es del propio director y Julie Brenta, una magnífica editora que ha trabajado con cineastas de prestigio en la cinematografía francesa como Ursula Meier y Guillaume Senez, con el que ha edificado un gran trabajo de colaboración a lo largo de varias películas. Una historia de 72 minutos de metraje que se ve con mucha cercanía y sensibilidad, que se mete de lleno en varios géneros que van desde el drama social, las aventuras, las películas con niños llenas de humanismo y nada complacientes, y además, una cinta que reivindica la figura de una grande como Mary Anning, una olvidada de la historia como muchas otras que esperan ser reconocidas su lugar de la historia. 

Amén del personaje de Mary Anning, tenemos a su adorable y cercano hermano, la bondad del padre, una madre desesperada que intenta por todos los medios salir a flote, que no será nada fácil. Y luego los que ayudan a Mary en su loca aventura de encontrar su tesoro-fósil particular, como el pequeño Henry, un niño que se apunta a mil y una aventuras sin miedo. Fanny Miller, una compañera de clase, tan oveja negra como Mary, que le ayudará por su hobby. Elizabeth Philpot, una científica que lucha por ser reconocida en su profesión, un azote que sufrían todas las mujeres que querían hacer cosas diferentes. El Capitán Curioso, un lobo marino, solitario y cascarrabias, con un pasado detrás que le ahoga, echará una mano a Mary y los demás en su afán de aventura y hallazgos. Y finalmente, el “malo” que no es otro que el reverendo, que se erige en figura de la religión como institución conservadora que inutiliza cualquier idea que contradiga su pasado y su credo. Si desean pasar un rato agradable, aprender un poco de historia y saber quién era Mary Anning, y sobre todo, comprobar que la voluntad y la tenacidad y el sueño de una niña de 12 años pueden remover el pasado y de qué forma, su película es Mary Anning y la playa de los dinosaurios, un film de verdad y muy honesto y audaz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Rodrigáñez

Entrevista a Juan Rodrigáñez, director de la película «Derechos del hombre», en el marco del ciclo «Les arts del circ», en la Sala Delmiro de Caralt en la Filmoteca de Catalunya, el miércoles 17 de septiembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Rodrigáñez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a la cineasta Mercedes Álvarez, por hacernos el retrato, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA