Entrevista a Hugo Stuven

Entrevista a Hugo Stuven, director de la película «El nido», en la terraza del Hotel Seventy en Barcelona, el martes 8 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Stuven, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El nido, de Hugo Stuven

EL MAL ESTÁ AFUERA. 

“El bien y el mal no tienen nada que ver con los dioses. Tiene que ver con nosotros”

Matthew Woodring Stover

El cine de género de los últimos años se ha decantado por un público joven y distraído, olvidándose de lo psicológico y sobre todo, de sugerir, generando atmósferas que atrapen al espectador de forma sutil y construyendo tensiones sorprendentes. Ahora, el cine de género se ha instalado en una comodidad trillada, porque todo se muestra demasiado y el susto facilón se ha convertido en el sello de muchas producciones, recurriendo a tramas en muchos casos inverosímiles y con poca profundidad. Por eso una película como El nido, de Hugo Stuven (Madrid, 1978), coescrita por Santiago Lallana y César de Nicolás (cómplices en los anteriores trabajos de Stuven) y el propio director, es una excepción, porque basa toda su trama en todo aquello que no vemos, y nos construye una asfixiante atmósfera psicológica, tan cotidiana como sorprendente, con pocos personajes, donde todo se sugiere, y sobre todo, en un concepto simple pero muy atractivo: el bien y el mal, dos espejos y dos espacios: interior y exterior. Un interior que es una casa perdida en mitad de una arboleda en la que moran Marta, una mujer acosada por el fatídico mal, su pequeño hijo Óscar, y su madre Elena, que tiene encadenada.   

De Stuven conocemos sus películas Anomalous (2016), Solo (2018) y su serie Dime tu nombre  (2015), amén de sus documentales sobre ETA y figuras deportivas como Ángel Nieto y Severiano Ballesteros. En sus ficciones se ha decantado por el terror, un terror psicológico, exceptuando Solo, que gira sobre la supervivencia de un hombre accidentado. Un cine de género que huye de lo fácil y lo evidente para rastrear espacios atrayentes y crear atmósferas peculiares como lo que hace en El nido, en un escenario que recuerda a las películas de estudio que se hacían en el Hollywood clásico en los treinta y cuarenta, y las producciones míticas de la Hammer inglesa, porque la casa, donde se desarrolla la trama, sin olvidar su exterior, porque en la película es tan importante lo que se ve como lo que no, y también el citado concepto de dentro y fuera, del mal como personaje o ente que sacude la vida y las circunstancias de todos los personajes, sobre todo, el de Marta, un ser que vive atemorizada por todo ese mal que viene del exterior, y hace y deshace en relación a eso que no sabemos qué es. Lo iremos descubriendo a medida que avanza la trama, sin prisas y con detalle, siendo la sombra del personaje de Marta. 

El gran trabajo técnico de la película ayuda a crear las tensiones que se van produciendo, desde la cinematografía de Ángel Iguácel, otro colaborador estrecho del director madrileño, con una luz mortecina que evidencia la atemporalidad del relato, y ayuda a crear ese universo tan íntimo y a la vez, tan siniestro, donde lo cotidiano opta por formas muy oscuras sin perder ningún atisbo de realidad doméstica. La magnífica música de Vanessa Garde, con más de 39 títulos al lado de cineastas como Raúl Arévalo, Jota Linares y Claudia Pinto, entre otros. Una composición que atrapa desde el primer minuto potenciando el entramado psicológico que se cierne sobre la historia. Destacar el arte de una grande como Ana Alvargonzalez y el vestuario de Olga Rodal e Irantzu Ortiz, elementos fundamentales en el terror para definir la ambigüedad de la temporalidad. El montaje de un grande de nuestro cine como Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 películas en su filmografía que le ha llevado a trabajar con Amenábar, Bollaín, Léon de Aranoa y muchos más. Una edición que se ve con reposo, sin aceleraciones, dosificando la información con temple y detalle, en sus 109 minutos de metraje que se ven con tensión y ese mal rollo instalado. 

La presencia de Michelle Jenner como Marta es todo un acierto, porque la actriz catalana hace uno de sus mejores papeles, porque se aparta de todo lo que había hecho hasta la fecha, en un rol de una mujer obsesionado con el mal de afuera, con su pasado, sus culpas y arrastrando un dolor que le impide estar bien con los demás y consigo misma. Le acompañan Luisa Gavasa como su madre, y el niño Dylan Radley como su hijo Óscar, y hasta aquí puedo leer para no desvelar más de lo necesario. Si tuviésemos que poner algún pero a El nido, sería algún barullo de guion por la acumulación de información, aunque solo es un leve detalle que no desmerece en absoluto el conjunto de la películas, porque nos devuelve el cine de género como se hacía antes, con esas películas que nos sujetaban a la butaca del cine o del sofá de nuestra casa, sin parpadear y sin mover un músculo, ya que las imágenes que veíamos nos paralizaban. Estamos ante un cuento de terror con aroma de Shyamalan y Eggers, que se ve con mucho interés, y no recurre a las trampas de muchas películas, y eso ya es mucho, porque Hugo Stuven quiere que los espectadores disfruten de su película, es decir, que lo pasemos mal durante un rato, en esa casa y con esos personajes y el pasado y las heridas que arrastran que no son pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lluís Homar

Entrevista a Lluís Homar, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Homar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias

LOS ESPEJOS DEL DUELO. 

¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?

Carson McCullers

Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama. 

Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.

La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje. 

En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amazomania, de Nathan Grossman

EL ACTO DE FILMAR.   

“La cámara puede ser un arma de colonización cultural o una herramienta de liberación. Todo depende si filmas al otro o filmas con el otro”

Rithy Panh

El cine es una herramienta de conocimiento, experimentación y de verdad, en que el propio acto de filmar implica muchas cuestiones. ¿Por qué filmamos?. ¿Qué o quiénes filmamos?. Y sobre todo, la gran pregunta sería: ¿Qué hacemos con las filmaciones?. Situaciones éticas que cualquier cineasta que se precie debería hacerse, porque replantearse el trabajo es muy necesario para ser honesto con lo que se filma y cómo se muestra lo filmado. La película Amazomania, de Nathan Grossman (Suecia, 1990), es una interesantísima reflexión sobre lo humano, y por lo tanto política, sobre el acto de filmar, porque profundiza en todos estos aspectos, y lo hace de forma muy eficaz y de frente. El cineasta sueco no recurre a subrayados ni la recurrente voz en off explicativa y orientativa, sino que recupera unas imágenes de archivo y las enfrenta a las del presente, generando un debate sobre la ética de filmar que va muchísimo más allá, porque incurren muchos aspectos el hecho de filmar se convierte en un acto ético de consecuencias impredecibles. 

Las imágenes rescatadas pertenecen a 1996 cuando el cineasta y fotógrafo sueco Erling Söderström se adentra con una expedición en la Amazonia brasileña y entra en contacto con los Korubo, una tribu indígena aislada y sin contacto con el exterior, en las que vemos la aventura de adentrarse en el espesor de la jungla amazónica, asistiendo a la cotidianidad de sus peligros: el sofocante calor, el traslado del equipo tanto a pie como con barca, las conversaciones entre los expedicionarios y con los autóctonos de los diferentes pueblos, y sobre todo, el problema que se presenta entre la avaricia de la producción en masa que choca frontalmente con las tierras de los indígenas que están desapareciendo al igual que su población. El otro segmento de la película, casi 30 años después, el citado Söderström vuelve a encontrarse con los Korubo, encontrándose a una comunidad muy cambiada, en la que el hombre blanco ya ha hecho presencia y los ha domesticado y sometido a su mercantilización, y es donde, se confronta el conflicto, los indígenas quieren su parte por haber sido filmados, y reclaman la autoría de esas grabaciones. Un antes y después donde surgen los dilemas éticos de filmar, y las consecuencias que tiene ese hecho. 

Grossman conocido por un cine documental interesado en plantear interesantes reflexiones sobre el cambio climático, sostenibilidad y justicia social que le ha reportado numerosos reconocimientos a nivel internacional como hizo en Greta (2020), sobre la entonces quinceañera sueca Greta Thunberg y su lucha contra el mencionado cambio climático. En Amazomania plantea una película con dos mitades bien diferenciadas: en la primera, asistimos a la fiebre occidental de conocimiento, investigación y exploración sobre lo desconocido, sobre el extraño y sobre lo aislado. En la segunda, vemos las consecuencias éticas de todo esa psicosis por conocer por filmar, y se encuentra con unos problemas con el otro, que reclama su parte, la mercantilización de las imágenes, los derechos como persona por haber sido filmado sin su consentimiento, y demás. Una película que rastrea la propia experiencia del cine y el hecho ondisonante de filmar que implica al otro, a su forma de vivir, de ser y estar en el planeta. Grossman contrapone dos tiempos, dos filmaciones e incide en la cuestión de forma clara y transparente, sin andarse con rodeos, situándonos en el centro del problema, en la cuestión ética de raíz, muy compleja y nada fácil de encarar. 

La película, ya desde su revelador título, nos sitúa en el centro mismo del significado de exposición y las consecuencias que genera  todo eso. En Amazomania, pasamos de la evidencia científica propia de nuestra especie mercantilizada, a esa otra evidencia de poseer al otro y corromperlo mostrándolo al mundo, sacando su vida del anonimato a la mirada occidental del mundo. Resulta significativa la diferencia entre el indígena del primer contacto al del segundo, casi 30 años después, de dónde ha quedado aquel y donde está este de ahora. Todos los problemas en los que se ha visto y sus propias reivindicaciones al hombre blando que lo filmó. La película de Grossman es de una honestidad abrumadora, filma y filma el conflicto, los testimonios de Söderström y de los indígenas y sus conversaciones y los planteamos de unos y otros. No es responsabilidad del film de encontrar soluciones, sino de mostrar una verdad, y la verdad de indígenas y la verdad del cineasta sueco que los filmó, y que nosotros los espectadores seamos testigos de la experiencia de filmar al/con otro como explica el citado Rithy Panh que encabeza este texto. Una frase para reflexionar sobre el cine y lo que entra en cuadro y porqué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero

Entrevista a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, intérpretes de la película «Eixam», de Óscar Bernàcer, en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olor a leche quemada, de Justine Bauer

LAS MUJERES DE LA GRANJA. 

“Desde luego, era incapaz de imaginarse a sí mismo en un lugar que no fuera la granja; conocía cada uno de sus árboles”

De “Canta la hierba” (1950), de Doris Lessing

La sorprendente y reveladora apertura de El olor a leche quemada (en el original, “Milch ins feuer”, traducido como “Leche en el fuego”), de Justine Bauer (Alemania, 1990), ya nos sitúa en un contexto muy especial: vemos una cámara que se mueve hacia nosotros siguiendo el devenir de un lago, mientras una voz en off nos va explicando la vida de Katinka, una joven que vive en una granja junto a su madre y hermanas y su abuela. Todo es apacible, tranquilo y muy reposado, como si la vida se hubiese detenido, como si las cosas pertenecieran a un estado de letargo, de descanso, donde el verano ha impuesto su ritmo, su mirada y su belleza, y donde cada instante se vive en su plenitud, dejando que las cosas vayan pasando, sin más, disfrutando del instante, de una naturaleza desbordante, y de un verano que quizás es el último de sus vidas, de una vida que se apaga, la vida de una granja que resiste como puede ante los embates de una industria que la arrincona, que la deja atrás, donde su protagonista Katinka, en su ferviente deseo de seguir, se convierte en la última ilusión ante la realidad. 

La directora alemana, que creció en una granja de avestruces en Alemania, ha rodado en el dialecto de Franconia, y nos traslada a Hohenlohe, el sur rural de Alemania, en la que se centra en tres generaciones, la abuela Emma, ya retirada y testigo de un tiempo lejano que ya no volverá. La madre Marlies, que sigue al frente de la granja de vacas y unas cuántas alpacas, sigue ordeñando, ya de una forma automática, y resistiendo como puede y viendo su alrededor en declive, con más granjas abandonadas. Y finalmente, la citada katinka, con sus dos hermanas pequeñas, y su amiga Anna, pasan los días de estío entre vacas, entre el tractor haciendo rectángulos de heno, dando amor al semental, escuchando la memoria de la abuela, y bañándose y riendo mientras la vida va desapareciendo como el ocaso del día. Bauer en un tono muy documental, nos regala una película muy intimista, cercana, cotidiana y vital, donde no hay discursos ni reproches, sólo la vida, la que queda y cómo estas mujeres resisten como pueden. No hay subrayados ni algarabías, sólo cine humanista que observa y que filma la realidad diaria y cotidiana de lo que sucede. Recuerda a ese cine que rescata lo rural, es decir, que filma con honestidad y detalle la vida en el campo, en una granja, con la belleza de naturaleza y el contacto de los animales, y también, el sometimiento a las leyes de un mercado que arrasa con lo artesanal para dar cabida a una industrialización en masa. 

El grandísimo trabajo de cinematografía de Pedro Carnicer, con ese carácter documental de registrar una vida que se va, acompañado del formato que ayuda a ir captando con suavidad y cercanía el entorno natural, y de paso la vida diaria en la granja con sus quehaceres, y además, insufla vida y conflictos a unas jóvenes que deben enfrentarse a una forma de vida que se va apagando. La música de Cris Derksen ayuda a construir ese imaginario de paraíso que oculta las grietas y los conflictos de la supervivencia como granja, captando la sutileza de cada momento de la granja, de sus vacas ordeñándose y esos juegos en el agua, y esa cámara captando cada mirada, cada gesto y cada silencio. El montaje lo firman la propia directora y Semih Korhan Güner que, en sus magníficos 78 minutos de metraje, consiguen llevarnos a esa atmósfera rural, con sus días y sus noches, hipnotizados con su ritmo pausado, sin prisas, donde cada día es una experiencia que no olvidarás, y donde la vida va pasando con sus trabajos, sus ilusiones y derrotas, como cuenta la abuela Emma, que nos remite a aquellos mayores de las películas del oeste que relatan una vida pasada tan diferente al presente en el que están. 

El magnífico reparto de intérpretes naturales encabezado por la extraordinaria Karolin Nothacker haciendo de Katinka, y sus hermanos Sara Nothacker es Emilie, Anne Nothacker es Emma y Johannes Nothacker es Adrian, Pauline Bullinger es Anna, Johanna Wokalek es la madre y Lore Bauer, la abuela de la directora hace de la abuela de la familia. Un elenco que transmite con muchísima naturalidad y precisión cada detalle y conflicto de sus respectivos personajes. Ver una película como El olor a leche quemada, de Justine Bauer es una experiencia abrumadora y muy especial, porque sabe mezclar la sabiduría y grandeza de lo que significa crecer y vivir en una granja, con sus animales, y el contacto con la naturaleza, y por supuesto, el otro lado, con la dureza y el sacrificio del trabajo, los problemas diarios de cuadrar las cuentas y vivir pendiente del precio de la leche y las malditas leyes del mercado que hacen y deshacen granjas, o lo que es lo mismo, la vida rural y la supervivencia de una forma de vida. La película emana mucha verdad, de la verdad tan difícil de encontrar a día de hoy, ya no sólo en el cine, sino en nuestras relaciones personales, porque cada uno se ha subido a la velocidad de crucero de lo que dictan las “normas” de esta sociedad consumista y estúpida. Deberíamos mirar más al campo, pero no como “escapadas”, sino a observar la naturaleza con tranquilidad y nada más. Una quimera en estos tiempos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta

Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, director y coguionista de la película «Eixam», en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eixam, de Óscar Bernàcer

BIENVENIDOS A MALPÀS. 

“Fuera de la sociedad, el hombre es una bestia o un dios”

Aristóteles

Esta es la historia de Lluc, un tipo que no ha sabido amar ni ser un buen padre, y como consecuencia, lo pierde todo. Un día, lo rescata Alba, antigua compañera de centro de menores, y lo lleva a su comunidad perdida entre las montañas. Un lugar independiente, alejado de la sociedad, y autogestionado, en el que un grupo de personas viven ayudándose los unos a los otros y viendo en un entorno natural y tranquilo. Con esta premisa, el director Óscar Bernàcer (Palma, 1978), y afincado profesionalmente en Valencia, debuta en la ficción con el largometraje Eixam (Enjambre), después de unos cuantos documentales críticos con la fiebre turística valenciana.  El relato escrito por el tándem Joana M. Ortueta (coguionista en La casa y la serie Heridas) y Jorge Juan Martínez, que compartieron la serie Servir y proteger, no sigue los códigos del thriller al uso, porque se aparta de lo esperado y nos envuelve de un lugar bello e inquietante a la vez, en el que entramos a través de la figura del protagonista y cómo se va enfrentando a ese entorno que tiene muchas capas, y sobre todo, cómo va descubriendo a cada uno de sus habitantes y lo que allí se cuece. 

La fortaleza de la propuesta se capitaliza a partir del interesante y cuidado guion y un grupo de intérpretes que transmiten verdad, cada uno en su rol y su tarea dentro de la comunidad, sin olvidarnos del citado entorno, un escenario tan tranquilo y cotidiano, y su otro lado, que irá emergiendo, en que la historia dosifica con orden y paciencia la información que va conociendo el espectador. Una película sin prisas, con pausa y siendo muy concisa en hablarnos de las relaciones reales, ficticias, calladas e invisibles que existen en ese lugar tan apartado y a la vez, tan reconocible. Hay muchas capas en Eixam, quizás tantas como la condición humana, porque de eso va la película, de lo que somos como personas, lo que nos define como humanos, y todo aquello que ocultados a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, de las leyes no escritas por las que nos regimos para continuar con la idea comunitaria, lo que aceptamos y lo que no, y lo que elegimos o no. El director, valenciano de adopción profesional, no juega al misterio y a llevar de aquí para allá al espectador, sumergiéndonos en un extraordinario suspense psicológico, dejando ese espacio tan importante donde el respetable ejercerá o no de juez implacable con lo que ve y sucede en la citada comunidad. 

Para el equipo técnico, Bernàcer se ha acompañado de antiguos cómplices como el cinematógrafo Víctor Entrecanales, con el que ha trabajado en diversos cortos y en los documentales, El hombre que embotelló el sol (2016) y Here comes the Sun, pequeñas reflexiones sobre turismo de sol y playa (2021), amén de películas como La banda y L’àvia i el foraster. Su luz se acoge muy bien en el entorno, cuidando cada encuadre y generando esa atmósfera tan real como misteriosa, sin acudir a las trilladas técnicas del género. El montador Vicente Navarro, que hizo con el director el cortometraje El deseado (2020), y haber trabajado con Avelina Prat y Claudia Pinto, construye una edición que huye de lo convencional, que cae en el rostro del protagonista, en un relato reposado y misterioso, en sus 100 minutos de metraje que se ve con mucho interés. Para la música tenemos a la compositora Raquel Sánchez, que ha trabajado en películas como Escanyapobres y Mario, y series como Delta, consigue una banda sonora que se contagia con la naturaleza y el carácter de los personajes, y sobre todo, esa atmósfera tan cercana y tan oscura instalada en la comunidad. 

En el apartado interpretativo me van a permitir que nombre a todo su elenco, empezando por el dúo protagonista Pablo Molinero y Cristina Fernández Pintado, y siguiendo con el resto de la comunidad de Malpàs: Pablo Derqui, María Maroto, Gloria March, Jordi Aguilar, Marta Belenguer, Àngel Fígols, Abdelatif Hwidar, con las breves presencias de Sergio Caballero y Neus Asensi. Un grupo que está brillantísimo y que irradia luz y oscuridad. Si tuviésemos que destacar los padres cinematográficos estarían en Perros de paja, de Peckinpah, Defensa, de Boorman, y Furtivos, de Borau, entre otras, films claves y capitales de cómo mostrar las oscuridades de la condición humana enfrentada a sus propios miedos, al otro y a un entorno que puede ser mágico, misterioso y atrayente, y también, oscuro, inquietante y muy hostil. Eixam, de Óscar Bernàcer se suma a esta pequeña pero interesante ola de cine valenciano sólido y magnífico y en valenciano, que está saliendo en los últimos años, las ya citadas en este texto a las que añado La invasió dels bàrbars. Buen cine a pesar de la deriva política de sus gobernantes. Salut y llarga vida al cinema valencià!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Gabriel Azorín

Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA