Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler

AFRONTAR LA AUSENCIA.

Nos encontramos en el exterior de una calle cualquiera, justo detrás de la puerta principal enrejada de una casa, un chico joven abre la verja y entra, la cámara lo sigue muy sutilmente. En el interior de la casa, en una habitación, tres chicas jóvenes, entre edades de final de la adolescencia y primera juventud, se hallan en ese espacio ensimismadas en sus cosas. Una de ellas, la más mayor, advierte a otra, la mediana, que viene un chico al que no quiere ver. La receptora del mensaje sale y despacha al joven, que antes de irse, observa, a través de una ventana, a la joven que quería ver y se cruzan las miradas. Nos quedamos junto a las tres chicas, y a partir de ese instante, las seguiremos en sus días, sus vidas, sus quehaceres, sus interiores, y demás. Hace unos meses, en la que vimos La idea de un lago, la segunda película de Milagros Mumenthaler (La falda, Argentina, 1977), donde nos contaba un relato acerca de la memoria, en el que la pérdida del padre desparecido, se convertía en un interesante ejercicio sobre la ausencia, donde su hija se trasladaba a aquellos espacios que compartieron y rescataba sus sensaciones interiores, atmósfera y situaciones que ya apuntaba en su cortometraje El patio.

Ahora, volvemos a su opera prima, Abrir puertas y ventanas, hermosísimo título que nos adentra en un casa habitada por tres hermanas que conviven cada una de ellas en su mundo, con sus complejidades y miedos, afrontando la pérdida de su abuela Alicia, la mujer que las vio crecer y compartieron su infancia. La casa como espacio familiar, llena de recuerdos de la vida que ya no tienen, que esconde otra ausencia, la de sus padres. Tres maneras y visiones diferentes de mirar esa pérdida y relacionarse con ella, Marina, la mayor, se refugia en sus estudios y los trabajos de la casa, Sofía, la mediana, se esconde en su ser, su figura y complementos, y la menor, Violeta, se pasea aburrida y tediosa, mientras recibe visitas de un amante mayor. Mumenthaler rescata parte de su biografía y la de muchos hijos de desaparecidos de Argentina, cuando tuvieron que pasar largas temporadas con los abuelos, debido a la ausencia paterna, pero no lo hace desde la melancolía y la condescendencia, sino desde lo íntimo de cada una de las mujeres, desde la particularidad de sus movimientos y sus quehaceres cotidianos, cada una desde sus espacios domésticos, desde sus soledades y sus amarguras, sin dialogar entre ellas, desde ese espacio ingobernable en el que nos refugiamos para entender tanto lo de fuera como lo de nuestro interior.

La cineasta argentina construye una película de climas y sensaciones, algunas amargas y otras, no tanto, centrándose en el espacio del hogar, tanto exterior como interior de la casa, y además, lo ubica en un tiempo de entretiempo, cuando el final del verano se instala en esos días donde todavía el calor parece no querer alejarse, mezclado con los primeros momentos de frío, donde las tres mujeres y hermanas, no muy alejadas de las tres hermanas de Chéjov, se mueven por esos espacios de la abuela, porque esa ausencia las condiciona y guía por esa casa en la que cada una de ellas se relaciona íntimamente con sus recuerdos y con la mujer que ahora añoran. Mumenthaler cuenta su drama íntimo y doméstico con sólo tres personajes, amén del chico al que tienen alquilado un espacio, tres miradas interiores y una exterior, a través de un ejercicio formalista, en la que apenas la cámara adquiere movimiento, sólo observamos el tedio, la falta de diálogo, y esas conversaciones vacías en las que se habla mucho y no se dice nada, gracias en buena parte al buen hacer del gran plantel de actrices que escenifan con ternura y carácter las emociones de las tres hermanas.

Recuerda a los primeros filmes de Lucrecia Martel, cuando penetraba en esa intimidad familiar sujetada por hilos muy frágiles donde todo está a punto de explotar y destapar las posiciones más extremas. La realizadora argentina nos introduce en ese espacio doméstico y en el pasado de manera sencilla y cálida, en la que cada una de las hermanas parece adoptar la identidad de la otra y viceversa, escuchando los viejos discos, probándose la ropa de la otra, o guardando celosamente objetos de la abuela, manteniendo una cotidianidad aparente, como se cada una de ellas huyera de lo que sienten respecto a la memoria de su abuelo, y utilizan la cotidianidad para ocultarse de las otras sin explicarles su dolor y lo que sienten. Una película tierna y honesta, pero oscura y perturbadora, que abre las costuras de la fragilidad, en este caso femenina, para dejar ver las herramientas emocionales que utilizan para sobrellevar la pérdida y la ausencia de su abuela, y como afrontarlas con respecto a su relación con sus hermanas, y sobre todo, con el espacio que comparten, esa casa que en su interior guarda todos los secretos que estructuran su memoria familiar y su propia identidad.

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Felices sueños, de Marco Bellocchio

felices_suenos_poster_lowMIA CARA MAMMA.

La película número 30 de Marco Bellocchio (Piacenza, Italia, 1939) arranca en Turín en el año 1969, cuando la vida idílica de Massimo, un niño de 9 años, se ve gravemente truncada por la muerte de su madre. A partir de ese momento, la vida de Massimo se verá perseguida por el recuerdo de su madre y su incapacidad para las relaciones personales y reconciliarse con ese pasado tormentoso que le invoca. Bellocchio que se inició hace más de medio siglo con Las manos en los bolsillos (1965) durísimo retrato sobre unos adolescentes y su posterior rebelión, ha construido una filmografía muy crítica con la sociedad italiana en la que ha crecido, con un fuerte compromiso político, social y cultural de una Italiana convulsa, realizando películas en las que ataca ferozmente las injusticias y desigualdades, el fuerte componente religioso en la cultura italiana, y las consecuencias de la ausencia y el peso de la figura materna, en títulos que se han convertido en una verdadera reflexión y documentos imprescindibles para conocer la historia de Italia de los últimos 50 años, como Noticias de una violación en primera página (1972), Marcha triunfal (1976), La condena (1990), La baila (1999), Buenos días, noche (2003) o Vincere (2009), por citar sólo algunos títulos más significativos de su larga trayectoria.

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En su trigésimo largometraje, basado en la novela “Fai bei sogni”, de Massimo Gramellini,  nos envuelve en una drama familiar, en un denso y emotivo retrato de un hombre desde que es un niño, en el que tendrá que lidiar con el dolor y la pérdida de la madre, en el recuerdo de aquella mujer protectora y maternal que siempre tenía una sonrisa o una abrazo para él, como sucedía en La sonrisa de mi madre (2002), en el que Bellocchio retrataba, a través de la mirada de Sergio Castellitto, como un hijo se enfrentaba al recuerdo de una madre y a sus propias convicciones morales. Bellocchio filma una película desestructura que viaja en el tiempo en continuos saltos en el tiempo, tanto en el paso como en la época actual, un tiempo que le ayuda a retratar esa Italia de finales de los 60 hasta nuestros días, con sus continuos cambios políticos, sociales y culturales, y lo hace desde una mirada crítica, explorando los detalles de la vida familiar y cotidiana, desde una perspectiva humana y sencilla, sin emitir ninguna proclama aleccionadora ni nada por el estilo, sólo observa y se deja llevar por esa mirada de observador impecable y crítico que recorre toda su filmografía.

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El cineasta italiano retrata a un hombre roto, demolido y angustiado por aquella pérdida, su madre se ha convertido en ese espectro que ha ensombrecido su existencia (como sucedía en Sangue del mio sangue (2015), en la que Bellocchio nos introducía en una sutil y escabrosa historia de fantasmas) una vida de escritor de éxito, pero que le ha llevado a lidiar con la muerte y la dificultad, como reportero de guerra, y le ha apartado de una vida feliz. Bellocchio nos cuenta su drama de forma pausada, en la que la música tiene un importancia ejemplar, ya en su arranque, asistimos a un baile improvisado, torpe y desenfadado, entre la madre y el hijo, mientras se dejan llevar por un twist, momento que tendrá su contrapunto, más adelante, cuando Massimo, treinta años después, baila el Surfin Bird (éxito de los 60) en un instante de locura y dar rienda suelta a todo lo que le ahoga, junto a Elisa, la doctora que le ayudará a mirar al pasado sin miedo y a cerrar las heridas del pasado.

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El gran cierto de Bellocchio es asomarse a una drama tremendo sin caer en el maniqueísmo ni en la desmesura, sino en todo lo contrario, sabe manejar con eficacia e inteligencia todos los ingredientes del drama que atraviesa la vida de Massimo, construyendo una película admirable en su contención y sobriedad, capturando todos los detalles y dosificando de manera sobresaliente la información, en la que ayuda de manera eficaz la inmensa luz de Daniele Cirpì (que ya trabajó en Sangue del mio sangue) que recoge la luz velada de aquella Italia de los 60, con los partidos del Torino los domingos, los bailes a mediodía y las confidencias con la mamma, y la sobriedad y los claroscuros de la época actual, remarcando el recuerdo dramático que sigue en Misino. Las estupendas composiciones de Valerio Mastandrea como el Massimo, ese ángel roto que arrastra su dolor, y Bérénice Bejo, con su calidez, belleza y sensualidad será como ese ángel protector que aparece en la vida de Massimo para rescatarlo y sobre todo, escucharlo. Bellocchio ha realizado un drama impecable, de exquisito trazo que, se erige como un homenaje a la “mamma” italiana, aquella madre protectora, de carácter, sensible y pura dinamita que también encarnaron la Magnani en Roma, ciudad abierta o Mamma Roma, y la Loren en Dos mujeres, y otras tantas mujeres que han sabido escenificar ese coraje innato de las madres italianas que se han levantado y han protestado en pie sin decaer en ningún momento y fieles a los suyos.

Después de la tormenta, de Hirokazu Kore-eda

ddlt-cartel-400pxAFRONTAR LA DERROTA.

“No todo el mundo puede convertirse en lo que desea ser”.

Tras un período de formación en la televisión realizando documentales, el cineasta Horikazu Kore-eda (Nerima, Tokyo, 1962) arrancó su filmografía con After life (1998) y Distance (2001), sendos dramas que exploraban la necesidad de la memoria para soportar las tragedias de la vida, en el 2004 con Nadie sabe, aportó un ingrediente que se ha convertido en una parte esencial de su obra desde entonces: la familia. En ésta, unos niños desamparados construían en su hogar un reino propio que se veía invadido por la hostilidad del exterior. En Hana (2006) le daba la vuelta al género de samuráis con un antihéroe que encontraba su lugar en un barrio pobre, pero de fuertes relaciones humanas. Con Still walking (2008) llegó su obra cumbre con una sencilla historia con ecos de Cuentos de Tokyo, de Ozu, en la que retrataba sus temas preferidos, la memoria, camino necesario para seguir hacía delante, la muerte como reflejo de la fugacidad de la existencia y la pérdida, y como afrontarla y asumirla. Con Air doll (2009) se tomó un leve respiro de sus núcleos familiares, y retrató el concepto de soledad en las ciudades actuales, con Kiseki (2011) volvió a sus ambientes familiares, en este caso, dos hermanos separados por el divorcio de sus padres, anhelan volverse a encontrar. En De tal padre, tal hijo (2013) experimentaba en las relaciones paterno filiales a través de la identidad y los lazos familiares, y en Nuestra hermana pequeña, del año pasado, describía los lazos familiares de unas hermanas que acaban de conocer su existencia.

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Ahora, Kore-eda nos presenta a Ryota, un tipo perdido de unos cuarenta años, que vive anclado en el pasado, un tiempo en el que escribió una novela que tuvo algo de éxito, y vivía con us mujer e hijo. Un tiempo que ya no volverá.  En la actualidad, se debate en un trabajo como detective (que dice que es para la investigación de su próximo libro) su afición por las carreras de caballos y apuestas de todo tipo (que recuerda a la misma actitud del personaje que hacia Fernando Fernán-Gómez en su inolvidable El mundo sigue) que hace que ande pidiendo dinero continuamente a su hermana mayor y a su madre, y además,  le imposibilita pagar la pensión a su ex mujer (por el hijo que comparten) de la que todavía sigue enamorado y está empeñado en recuperar. Kore-eda ambienta su película en el extrarradio de Tokyo, en un barrio residencial envejecido, que añora la nostalgia de lo que pretendía ser y nunca ha sido, y ahora es habitado por ancianos, como la madre de Ryota, Yoshiko (la maravillosa actriz venerada en Japón, en su quinto trabajo con el director, habitual desde Kiseki, que hace poco vimos como la adorable cocinera de yoradakis en Una pastelería en Tokyo) encarnando a esa madre independiente y protectora, que aporta un estupendo sentido del humor a esta historia triste y delicada del director nipón.

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Kore-eda estructura en dos partes su película, en la primera, y bajo un tono de desesperanza, vemos el deambular de Ryota, dando tumbos, moviéndose por lugares que no le pertenecen, que ha caído en ellos por su mala conducta, incapaz de asumir su derrota, de dejar de compadecerse y empezar un nuevo camino de ilusión en su vida. En la segunda mitad, la amenaza del tifón, obliga a madre/abuela e hijo, junto a nieto y ex esposa a pasar la noche en la casa de la abuela. En ese instante, y en ese preciso momento, se desatarán las necesidades de unos y otros, los anhelos que han marcado a los personajes, y las ilusiones de juventud que han ido muriendo por el camino. Unos personajes golpeados por la pérdida (la abuela acaba de perder a su marido de toda la vida), el hijo (no asume la derrota de su vida y no es capaz de levantar el vuelo) la ex, Kyoko (se debate en empezar una nueva relación sin estar enamorada) y el niño (le encantaría pasar más tiempo con un padre que ve solamente unas exiguas horas una vez al mes). Una noche refugiados por el tifón que despejará dudas a unos y otros sobre como relacionarse no sólo ante ellos, sino ante los demás, y en su vida y las decisiones que deben tomar (como ocurría en la magnífica Aguas tranquilas, de Naomi Kawase) como la naturaleza describía la profundidad de las emociones interiores que viven los personajes.

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Kore-eda ha construido una obra transparente, sumamente delicada y exquisita, profundizando de manera precisa en el retrato de la cotidianidad, consiguiendo situarnos entre las cuatro paredes del piso de la abuela, de forma naturalista y tremendamente sencilla. Si Yasujiro Ozu se convirtió en el mejor retratista de las relaciones familiares en el Japón devastado por la guerra, en sus maravillosas descripciones sobre las relaciones de padres (la tradición) e hijos (la occidentalización), Kore-eda ha tomado su testigo, componiendo excelentes frescos sobre la familia actual y sus tragedias (la separación de los padres, los hijos sin la figura paterna, y las nuevas parejas de los cónyuges…) imprimiendo a sus relatos un acertado retrato sobre la cotidianidad de sus personajes, explorando sus miedos, soledades y tristezas, todo aquello que no se explica con palabras, pero la mirada de Kore-eda logra mostrarnos con suma sensibilidad, sumergiéndonos en un mundo inabarcable de emociones y sentimientos.

La memoria del agua, de Matías Bize

LMDA-Cartel-y-Guia-DEF-001-724x1024ENFRENTARSE AL DUELO.

“Ya lo perdimos a él, no lo perdamos nosotros”

Amanda y Javier son una joven pareja que acaba de perder a su hijo Pedro de cuatro años. Amanda decide irse y empezar una nueva vida. Este es el arranque del nuevo viaje emocional de Matías Bize (1979, Santiago de Chile), cineasta que construye sus historias a partir de un suceso sentimental que sacude a dos personas, en un período de tiempo acotado, y en un ambiente cerrado y hostil. Debutó allá por el 2003 con Sábado, en el que una novia a punto de casarse descubre que su prometido tiene una amante y se lanzaba a las calles en su búsqueda, su siguiente película En la cama, rodada dos años después, que le valió la Espiga de Oro de la Seminci, nos sumergía en el encuentro fortuito de dos jóvenes y su noche de sexo y conversaciones en la habitación de un hotel, le siguió  Lo bueno de llorar (2007) filmada en Barcelona, en la que se adentraba en la última noche de una pareja que acababa de romper, y La vida de los peces (2010), en el que un joven exiliado volvía a Santiago y se reencontraba con un antiguo amor.

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En La memoria del agua, nos vuelve a introducirnos en una historia de fuerte carga emocional, situándonos en la forma que tiene una joven pareja de enamorados de afrontar el duelo, después de la pérdida de su hijo. Bize sigue a la par a sus criaturas, dos maneras muy diferentes de llevar el duelo, una, Amanda, llora desconsoladamente, el dolor la mata, no puede soportar vivir en el ambiente que ha compartido con su hijo ausente, y decide irse, en otro lugar, con otra persona, y empezar una nueva vida, por el contrario, Javier, es incapaz de llorar, todo lo experimenta por dentro, ese dolor seco, que ahoga y mata lentamente. El director chileno filma esos cuerpos desgarrados y sin alma, de forma naturalista, encerrándolos en planos cortos y muy cercanos, asistimos a su dolor, a su llanto, y cómo se desenvuelven en otro ambiente, sin despegarse de aquello que nos produce dolor, pero no podemos ver, sólo sentir, que nos obliga a desplazarnos y hacer nuestras cosas casi por inercia, sin pasión, sólo porque hay que hacerlas. Bize ha construido su película más oscura, dolorosa y desgarradora, aquí el amor que sienten Amanda y Javier es muy fuerte y profundo, pero debido a las circunstancias se torna frágil y va desapareciendo lentamente debido a ese dolor inmenso que sienten de formas muy intensas y diferentes. Ella lo saca al exterior, en cambio, Javier lo lleva por dentro.

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Una película de fuertes sentimientos, en el que las contradicciones e inseguridades afloran, de esos que desgarran el alma, en el que los personajes se mantienen a flote a duras penas, sin ganas de nada, atormentándose por los malditos recuerdos, de otros tiempos felices, que les devuelven inútilmente una vida que ya no está, una ausencia terrible, agotadora, que no deja respirar, ni vivir, y quita las ilusiones de seguir hacía delante, sin ganas de nada. Un relato minimalista, de planos angustiosos y terribles. Bize nos sumerge a tumba abierta en este abismo del dolor, esa batalla diaria y constante del duelo, de seguir aunque no se quiera seguir, de hacer aunque no se haga nada, con la complicidad de unos intérpretes brutales que se han lazado con su director a desentrañar las  oscuras profundidades del alma, con la presencia sublime de la maravillosa Elena Anaya (que protagonizó Habitación en Roma, de Medem, que curiosamente estaba basada en la película En la cama de Bize), en uno de sus registros más brutales y sinceros que se le recuerdan, en el otro rincón, en este combate emocional, encontramos a Benjamín Vicuña, que no le pierde la cara a un personaje introvertido, que le cuesta manifestar el dolor que siente y todo se lo guarda hacía dentro. Bize logra hacernos sentir participes de un viaje emocional desgarrador, filmado con honestidad y sensibilidad, capturando todos esos momentos invisibles, que no se ven pero están ahí, en los que alguien que ha sufrido una pérdida irreparable tiene que batallar contra sí mismo y con las personas que tiene a su alrededor.

La invitación, de Karyn Kusama

002_mUNA CENA CON AMIGOS.

Las primeras imágenes de Mulholland drive (2001) de David Lynch, nos conducían por las calles pendientes y curvilíneas de esos barrios lujosos y alejados de la urbe instaladas en lo alto de las colinas. El fascinante e hipnótico film nos introducía en un mundo cerrado que ocultaba  las existencias más siniestras que podíamos imaginar. La directora Karyn Kusama (1968, Brooklyn, Nueva York), que tuvo un debut prometedor en Girlfight (2000), que se centraba en una joven latina que soñaba con ser boxeadora, y le valió varios premios en Sundance, aunque luego cambio de rumbo con dos blockbusters hechos a medida de la maquinaria hollywodiense como Aeon flux (2205), espectáculo pirotécnico de peleas y fx, a la mayor gloria de Charlize Theron, y Jennifer’s body (2009) una cinta de terror al uso con asesina atractiva cepillándose a sus amigos.

Ahora, vuelve a los mismos derroteros de su opera prima, producción independiente, basada en complejas relaciones entre los personajes, exquisita atmósfera, un guión fluido e interesante manejado con gran tensión dramática que irá in crescendo, y un buen puñado de interesantes actores desconocidos. La trama arranca con Will (personaje que nos guiará por la película) y Kira, su novia. Los dos viajan en coche por las calles en subida por uno de esos barrios que nos hablaba el genio de Lynch. No parecen muy convencidos de lo que están haciendo, dialogan si aceptar o no la invitación de sus amigos. Finalmente, aceptan y se detienen frente a una de esas casas lujosas edificadas en lo alto de las colinas. Entran y les reciben los anfitriones, Eden y David. Un grupo de amigos ya se encuentran en la casa. Así arranca la película, Kusama nos va introduciendo de manera gradual y paciente en las relaciones soterradas que se respiran entre los personajes, sobretodo, entre Eden y David. Lo que parece un encuentro entre amigos para celebrar que llevan un tiempo, dos años para ser exactos, que no se ven, virará para sumergirnos en una cinta de terror doméstico, al estilo de grandes clásicos como La semilla del diablo y otros de la década de los 70, en los que se trabajaba a través de pocos personajes y las relaciones latentes que se removían en sus interiores.

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A través de flashbacks, la directora nos cuenta que Eden y David perdieron accidentalmente a su hijo, y ella despareció. Esa noche se reencontrarán, se volverán a mirar, en la casa donde todo ocurrió. La realizadora neoyorquina se mueve entre las sombras y los fantasmas del pasado, en cómo nos enfrentamos al dolor y al sufrimiento, los mecanismos personales y ajenos para aceptar la tragedia y vivir con la culpa y seguir viviendo a pesar de todo lo que nos duele y mata. Quizás la parte final resulte previsible, y vista en otras muchas obras del género, pero no desluce en absoluto la construcción milimétrica de la película, como a través de los ojos de Will vamos conociendo los detalles que impregnan y asfixian de tensión y terror a esa noche de reunión de amigos. Los personajes raros amigos de Eden y David, parecen estar allí con una misión que hacer. Las inquietudes y desconfianza de Will, todavía en estado depresivo por la pérdida, nos lleva a pensar que está en lo cierto en algunos ocasiones, pero en otras, parece un ser consumido por el dolor que sólo ve fantasmas y pesadillas a su alrededor. Un thriller psicológico de brillante factura que te va atrapando desde el primer momento, cargado de esa luz tenue y abstracta que va contaminando cada espacio, y a cada personaje de esa casa ensombrecida y fría, con unos intérpretes que manejan de manera eficaz las emociones de sus personajes, dotándolos de incertidumbre y tensión.

Mia madre, de Nanni Moretti

Mia-madreCOMPARTIR EL DOLOR.

En un momento de la película, Margherita, la directora de cine, contesta de forma estándar a la pregunta que le hace un periodista, de si su película concienciará al público. Otros periodistas se levantan y le formulan preguntas a la vez, la cámara avanza hacía Margherita y escuchamos sus pensamientos: “Ya, claro, el papel del cine… Pero ¿por qué sigo repitiendo lo mismo año tras año? Todos están convencidos de que entiendo lo que pasa, que puedo interpretar la realidad, pero ya no entiendo nada”. Un personaje perdido, que discute con sus emociones,  enfrentado a la enfermedad de su madre, es lo que plantea la última película de Nanni Moretti (1953, Brunico, provincia de Bolzano, Italia.).

El reputado cineasta ha fabricado  un sólido drama intimista, desarrollado en un ambiente familiar y cercano, en un espacio donde seguimos la cotidianidad de Margherita, una directora de cine, atractiva, de unos cuarenta años – que apoya su interpretación en su contundente mirada y silencios- en pleno rodaje de su nueva película, y visitando a su madre enferma en el hospital. Ella es un personaje huidizo, que le cuesta a aceptar a los demás, en plena crisis sentimental (acaba de romper con su novio, actor en su película) y creativa, no acaba de encontrarse cómoda con la película que está rodando, un film que habla sobre la compra de una fábrica por un americano y los trabajadores se encierran para mantener sus puestos de trabajo. Moretti se ha alejado de sus películas más ambiciosas como El Caimán (2006), donde construía un retrato muy crítico y sarcástico sobre Berlusconi, o Habemus Papam (2011), donde hablaba de la incapacidad del Papá para responder a su pontificado, interpretada por un maravilloso Michele Piccoli, para adentrarse en su cine más querido, un cine que hable de él, de su oficio, y de su familia. Unas referencias que nos remiten a Caro Diario, aquel cuento maravilloso que filmó hace más de dos décadas, un universo cinematográfico planteado a través de su propia vida, su trabajo y los seres queridos que le rodean.

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En 1998 filma Abril, donde sigue volcando sus obsesiones y planteamientos como cineasta a través de su familia y cotidianidad, o La habitación del hijo, rodada en el 2011, uno de sus grandes éxitos de crítica y público, donde una familia se desmoronaba emocionalmente a causa de la pérdida de su hijo. Ahora, siguiendo las directrices de esta última, allí la era la pérdida, aquí es afrontar la pérdida que va a producirse, Moretti vuelve a centrarse en su universo particular, aunque esta vez ha escogido a la actriz Margherita Buy para que lo interprete, pero sus obsesiones personales siguen ahí, ahora nos habla de su madre, una profesora de latín y griego, de su pérdida, y la experiencia de vivir una experiencia así. Se reserva el papel del hermano, alguien a quién no se le puede reprochar nada, y la hija de la directora, una adolescente en plena revolución hormonal. Moretti encierra a sus personajes en su querida Roma, y nos conduce por su película a través de la mirada de Margherita, una mujer que no se agrada, que su trabajo no le llena, y además, debe aceptar y superar la enfermedad de su madre. En su película número 12, Moretti nos sumerge en un sentido homenaje a su madre, a su memoria y al recuerdo que lo invade, formando un microcosmos de emociones complejas y difíciles, en un paisaje de emociones complicadas, un lugar retratado de forma sencilla y tierna, donde se permite la licencia de viajar por diferentes géneros y tonos, las secuencias cómicas e irónicas, muy de su gusto, están presentes a través de John Turturro, fantástica su interpretación, un actor americano, con pinta de italiano, que aparece como una exhalación aportando las dosis de locura y comedia a la película, desbordándolo todo con su peculiar forma de vivir e interpretar, y le sirve para homenajear a su querida Roma y al Fellini de los 60 con Ocho y medio o La dolce vita. Una obra de un cineasta que maneja a sus personajes de manera íntima y edifica sus películas a través de los detalles, creando un mundo donde se mezclan de forma admirable la fantasía, los recuerdos y los sueños. Un cine crítico con la sociedad de su tiempo, aparentemente ligero, pero que esconde múltiples capas, donde retrata las complejidades y dificultades de la vida, el paso del tiempo, y el oficio de cineasta que tanto ama.

Marina, de Haliam Pérez

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El cineasta Haliam Pérez (La Habana, 1982), con experiencia en cortos y ayudante de dirección de Eva Vila y José Luis Guerin, es otro de los jóvenes valores que surgen de la prolífica cantera del Máter de Documental de Creación de la UPF. El realizador fue uno de esos niños, que junto a sus padres dejó Cuba buscando una vida mejor, un futuro diferente que los alejase de la falta de oportunidades de su tierra. Ahora, en su primer trabajo de largometraje, hace el viaje de vuelta, regresa a su casa, después de 13 años sin pisar la isla, vuelve a Cuba a reencontrarse con los suyos y el país que dejó, a La Habana, a casa de su abuela, Caridad Marina Pérez, nacida en 1926, una mujer que pertenece a esa Cuba de Batista, a la Cuba de la dictadura, de la pobreza, que vio en la revolución del 59, el comienzo de un sueño, de una utopía para crear un país nuevo y en libertad. Junto a ella, viven sus tres hijos, el tío Jacinto, que fue militar y lleva 14 años sin ver a su hija Katia que ha emigrado a EE.UU., el tío Arturo, alcohólico, que nunca fue el mismo después de su estancia en los años 80 en la RDA. La tía Odalys, mano derecha de la abuela y los dos hijos de ésta.

Un microcosmos humano que son filmados a contraluz por el director, en una manera de acercarse a ellos, a volver a mirarlos, a compartir ese espacio y ese tiempo, a que le expliquen sus historias, a que vuelvan a enfrentarse a sus recuerdos, que van desde la alegría y la ilusión de los tiempos de la revolución, del cambio que trajo paz y trabajo, a los años venideros que describen un tiempo roto, abandonado, donde se ha instalado la amargura y la soledad. Un tiempo que ahora ha invadido esa casa, la de la matriarca que acoge a sus hijos llenos de pena y silencio. Pérez no mira hacia afuera, apenas un par de planos exteriores, su mirada se centra en el interior de la casa, en la profundidad de las personas, en sus sueños olvidados, en las sombras y espectros de cada uno, en las distintas visiones y reflexiones que emiten de la revolución, de lo que fue, lo que siguió y lo que es ahora, en ese final de todo, del sueño, de las ilusiones marchitadas, oxidadas, y antiguas que ahora parecen sólo existir en la memoria de cada uno de ellos.

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Pérez filma a susurros, documenta esos cuerpos cansados y doloridos, invadiendo una intimidad de modo profundo y personal, huyendo del subrayado emocional, mostrándose respetuoso y paciente con lo que cuenta, y sobre todo, con las personas que está filmando, tratando de entenderlos desde la sinceridad y honestidad. Pérez toma el pulso de las fracturas y pérdidas que ha ocasionado la revolución cubana, ese amargo despertar que han sufrido y ahora sobreviven los componentes de su familia, una familia rota y separada. Se pregunta si todo esto valió la pena, y nos cede a los espectadores la palabra. El director observa a sus criaturas de modo íntimo y cercano, no se inmiscuye en su dolor y su amargura, los retrata de forma tierna y profunda. Les pregunta por sus cosas, por su vida, por su pasado, que cuesta mirarlo y llevarlo a cuestas, mientras nos va introduciendo con filmaciones domésticas y fotografías de entonces, de cuando reían y amaban, con todo ese abanico memorístico que forman sus recuerdos, los que quieren olvidar y no pueden, y los que ya olvidaron y se lamentan por ello. Una película sobre una familia, sobre lo que fueron, lo que son y quizás ya no serán, sobre cómo afecta el curso histórico de un país a las personas que viven y trabajan y de cómo se relacionan entre ellos y con su país. Un retrato oscuro y amargo de lo cotidiano sobre el fin de la utopía, de un sueño que fue la revolución cubana. Un mundo que ya sólo pertenece al pasado, de espectros y sombras, de recuerdos que se amontonan y duelen, de volver a mirarse al espejo sin necesidad de ajusticiarse ni reprocharse el pasado que ahora se siente alejado y perdido.

<p><a href=”https://vimeo.com/96002845″>MARINA TRAILER 4MIN</a> from <a href=”https://vimeo.com/collectiurucs”>Col&middot;lectiu Rucs</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>