Womanhood, de Beryl Magoko

RECUPERAR LA DIGNIDAD.

“La dignidad de la naturaleza humana requiere que enfrentemos las tormentas de la vida”.

Mahatma Gandhi

Beryl Magoko sufrió a los 10 años la MGF (Mutilación Genital Femenina) en el poblado donde vivía en Kenya. Desde entonces, su vida sexual ha sufrido las consecuencias, así como muchos problemas de salud que arrastra desde aquel fatídico día en que le practicaron la ablación. Ahora, muchos años después, convertida en una cineasta afincada en Alemania, coge su cámara y emprende un viaje-búsqueda para encontrarse con otras mujeres africanas que sufrieron en su infancia la ablación para compartir experiencia, dolor y silencio, y también, para recuperar la dignidad perdida, una dignidad que se convierte en el foco de atención de la película, ya desde su título “Womanhood”, feminidad, donde Magoko emprende su propio viaje personal catártico y a tumba abierta para enfrentarse a su dolor, a su pasado y a su presente, ya que se plantea una operación de reconstrucción en la que volverá a recuperar su dignidad como mujer y su vida. Segundo trabajo de la directora en la que explora la ablación, práctica ancestral que han sufrido más de 200 millones de mujeres y niñas en 30 países del África subsahariana, Oriente Medio y Asia, como hizo en The Cut (2012) que recibió varios elogios internacionales.

Magoko nos sumerge en un viaje emocional y muy profundo, en el que se desnuda en todos los sentidos y niveles, abriéndonos su alma e investigando desde todos los puntos de vista posibles todo lo que visible e invisible de la MGF, escuchando a otras víctimas de la práctica, y explorando nuevos caminos de restitución, en un retrato femenino de gran profundidad, mostrándonos un espejo deformador donde las cosas adquieren un significado poético y sincero donde no caben medias tintas ni ningún tipo de sentimentalismo para convencer al espectador, todo se cuenta desde su crudeza, sus terribles consecuencias, desde lo más profundo del alma, sin cortapisas ni filtros, con toda la verdad y honestidad que desprenden las diferentes mujeres y la propia directora que comparten con nosotros su experiencia, su dolor y su vida, mostrándonos una realidad silenciosa y horrible que padecen tantas mujeres.

La directora kenyana habla de ella misma, de su tierra, de sus orígenes, de sus tradiciones, y lo hace desde una sinceridad apabullante, mirándonos de frente, siendo fiel a sus emociones, a todo lo pasado y todo lo que le pasa, describiendo con minuciosidad todas las emociones contradictorias que experimenta durante la película, como ese instante impagable donde el encuentro con su madre en Kenya en la que las dos mujeres hablan a tumba abierta sobre lo ocurrido, donde existía la presión religiosa, cuando es una práctica de iniciación que nació antes de la llegada de la religión, y la presión social, un diálogo entre madre e hija que resume toda la intención de la película, donde tradición y modernidad se mezclan, se funden y dialogan frente a frente, explicándose las ataduras tanto de una y otra en una sociedad tradicionalista, patriarcal y anclada en viejas y sangrientas tradiciones.

Magoko no juzga a nadie, y mucho menos a su madre, explica de manera detallada y visual un relato verbal de recuperar un pasado atroz, enfrentándose a ese dolor, a esa angustia, a esa culpa que acarrean tantas mujeres, cara a cara con aquello que ha condicionado completamente su feminidad, su sexualidad y su identidad, sin huir del dolor, sin intermediaciones, guerreando con lo que duele, con lo que no deja vivir, con esa condena. El documento se emparenta a otras exploraciones materno filiales como Stories We Tell (2012) de Sarah Polley o Amazona de Clare Weiskopf, en la que hijas inquietas, curiosas y llenas de enigmas acuden al reencuentro con las madres en busca de respuestas, de aclaraciones, de reconstruir un pasado oscuro, callado y lleno de enigmas. Womanhood se erige como un documento imprescindible, necesario, valiente y conmovedor sobre la dignidad de la mujer y las herramientas para reconstruir su vida y aquello que le arrebataron siendo niña, convirtiéndose en un retrato íntimo y profundo lleno de aristas, de búsqueda personal, de (des) encuentros que devolverán la vida y la dignidad a una mujer apaleada y violada cuando era niña, en una película catártica que ayuda a dejar de arrastrar el fatídico yunque y empezar a respirar y recuperar lo arrebatado, tanto su feminidad, su vida y su sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

303, de Hans Weingartner

DE BERLÍN AL SUR DE PORTUGAL.

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.

Fernando Pessoa

Entre los años 1974 y 1976 Wim Wenders hizo tres películas sobre viajes. En Alicia en las ciudades, un periodista alemán tiene que hacerse cargo de una niña con la que viajará de Alemania del Oeste hasta Amsterdam. En Falso movimiento, un escritor con dificultades para desarrollar su talento comparte viaje en tren con variopintos personales. Y por último, En el curso del tiempo, dos hombres viajan por la frontera que separa las dos Alemanias visitando pueblos desolados. Tres viajes, tres formas de reconstruirse después de dejarlo o perderlo todo, tres miradas de un mismo tema, con el viaje como forma de conocimiento, descubrimiento personal y huida imposible hacia no se sabe dónde. El quinto trabajo de Hans Weingartner (Feldkirch/Vorarlberg, Austria, 1977) recoge el testigo de Wenders y construye su propio viaje interior, elementos que se añaden a los más personales que ya andaban en sus anteriores trabajos, como aquel memorable Los edukadores (2004) en torno a la lucha por la libertad de unos jóvenes en una sociedad opresiva, a través de la vida de Jule, que acaba de suspender un examen de biología y al descubrir su embarazo decide coger la vieja auto caravana 303 Hymer RV que compartía junto a su hermano fallecido, e irse desde Berlín al sur de Portugal, donde reside su novio becado allí.

Todo cambiará cuando al inicio del viaje se encuentra a Jan, un joven alemán que viaja de mochilero al norte de España para conocer a su padre. Los dos viajeros accidentales compartirán volante y vehículo, con sus (des) encuentros inevitables de dos personas con distintos puntos de vista sobre los temas que tocan como los conflictos socio políticos, las dificultades vitales y emocionales, y las diferentes miradas acerca de las relaciones personales y sobre todo, en el amor, donde cada uno cuenta su experiencia y su forma de encararlo que difieren del otro. El cineasta austríaco enmarca su relato en una road movie con momentos emotivos, otros muy cómicos y sobre todo, mucha reflexión sobre la vida, los pensamientos y el estado de las cosas, dentro de una ligereza y suavidad que podría dar a lugar a una película de otro tipo, más sentimentalista y convencional, peor la película huye de todos esos momentos.

Wengartner nos plantea una variante diferente de chico-conoce-chica sacando todo lo humano de una fábula de nuestro tiempo, intimista y natural, sobre la pérdida de futuro en muchos jóvenes de ahora, donde se describe con audacia y tesón todas esas sensaciones de vacío, de caminar a la deriva, de una pérdida absoluta de referentes, de identidades, de verdades, de sentimientos complejos, contradictorios, de sentirse náufragos a cada paso que dan, de esa eterna búsqueda sin solución, de esa sensación de asfixia, de ahogo, de nada. Los más de 6000 km de viaje harán que estos dos jóvenes se conozcan más profundamente, se miren más y sientan que tienen más en común de lo que imaginaban en un principio, a través de esas largas carreteras de Alemania, Francia, España y Portugal, visitando edificios y monumentos históricos, pernoctando en campings familiares y tranquilos, improvisando un picnic junto al lago donde se acaban de bañar, o surfeando en las agitadas aguas del norte, o simplemente compartiendo una siesta o un atardecer, conviviendo en esa auto caravana, testigo de su encuentro, desencuentro o reencuentro, viviendo y viajando y llenándose de toda esa experiencia de ver lugares por primera vez y compartir también por primera vez con esa desconocido-a que acaban de conocer, donde la aventura entra y sale a cada momento en la película.

El buen hacer de la pareja protagonista donde Mala Emde como Jule, esa chica imaginativa, vivaz, inquieta y con vida incierta, se convierte en esa aliada perfecta para Jan que interpreta Anton Spieker, de vida en todos los sentidos muy desordenada, pero cariñoso, de carácter y cercano. Dos almas en el tiempo, dos jóvenes de aquí o allí, tan perdidos como todos, sin nada claro ni nada seguro, contradiciéndose constantemente, vulnerables a la fugacidad del tiempo y de sus propios sentimientos, seres ahogados de un mundo cada vez más febril, superficial, vacío y lleno de conflictos, aunque quizás un viaje como excusa para enfrentarnos  a aquellos que se supone que queremos sea una mera excusa para huir de tanto agobio, de empezar de nuevo, de sentirse diferente, aunque solo sean unos días, unos pocos días mirando otro mundo, otras vidas y viéndose de forma diferente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mirada de Orson Welles, de Mark Cousins

EL HOMBRE DETRÁS DEL GENIO.

“Crea tu propio estilo visual. Hazlo único para ti mismo e identificable para los demás”.

Orson Welles

Hablar del cineasta Orson Welles (1915-1985) no es tarea fácil, amén de la innumerable cantidad de material de todo tipo que ya existe sobre su obra y su figura, tanto personal como pública, un material de archivo que ha trazado un sinfín de caminos indagando y profundizando acerca de su peculiar y compleja obra, siempre realizada con dificultades de toda índole, aunque la perseverancia de Welles vencía casi todos los obstáculos y llevaba a buen puerto las obras que proyectaba convirtiéndolas en películas que forman parte de la historia del cine. Mark Cousins (Belfast, Reino Unido, 1965) escritor y cineasta siempre interesado en la mirada y sus construcciones en la que ha investigado  en buena parte de su carrera en forma de grandes libros sobre cine como su imprescindible The Story of Film, que convirtió en una memorable serie de más de 900 minutos a la que añadió el subtítulo An Odissey, o los títulos de  Escena por escena, Historia y Arte de la mirada. A su trabajo en el campo de la literatura, Cousins ha creado una vía muy estrecha  y en perfecta sintonía en el campo audiovisual, con la ya mencionada serie a la que se añaden otros trabajos sobre el cine menos conocido como su trabajo en The First Movie, sobre niños del Kurdistán iraquí, entre otras.

Ahora con el hallazgo de desconocidísimo material plástico de Welles por parte de su hija Beatrice Welles y Philip Hallman, del Departamento de Artes Visuales y Culturas de la Universidad de Michigan, se abre una nueva vía para acercarse a la figura del cineasta desde un ámbito completamente diferente, el de su trabajo visual, con infinidad de dibujos, ilustraciones y bocetos de sus películas, obras de teatro y demás proyectos vistos, frustrados, conocidos o no. El cineasta irlandés coge todo ese material inédito y construye una película en la que mediante su voz en off iremos viajando por aquellos lugares de la vida de Welles, en forma de misiva, transitando de forma desestructura por esos paisajes que antes vio Welles, espacios suyos y lugares que vieron nacer al genio que se estaba fraguando. Cousins estructura su película en tres actos: Peón, Caballo y Rey, añadiendo el epílogo sobre el tema del Bufón. En el primer acto, “Peón”, la película nos sumerge en la política de Welles, todos esos personajes de gente corriente y sencilla que transitan por su cine. En el segundo acto, “Caballo”, nos muestra al Welles obsesionado por el amor y sus tormentosas relaciones con mujeres como Dolores del Río o Rita Hayworth, con esos ideales quijotescos de caballeros andantes que pertenecían a otra época.

Y Finalmente, el tercer acto, “Rey”, los temas del poder y la corrupción en el cine Shakesperiano de Welles en títulos como Macbeth, Campanadas de medianoche u Otelo, sin olvidarnos de esos tipejos desagradables y malvados como el policía de Sed de mal, interpretado por el propio Welles. El epílogo trata sobre imágenes burlonas y grotescas en su obra y carácter, con el añadido de la intervención de Welles mofándose de sí mismo. La película se detendrá en lugares como Kenosha, en Wisconsin, donde nació Welles, en Irlanda, donde trabajó en el Gate Theatre por primera vez, en Chicago donde estudió dibujo, en New York y Los Ángeles donde paso tanto tiempo, o Arizona, o Europa, con España donde rodó la citada Campanadas de medianoche o Mr. Arkadin, o Marruecos e Italia, lugares de vidas, rodajes, trabajos, procesos creativos en los que Cousins dialoga en cómo eran entonces y cómo son en la actualidad, en que explora ese tiempo imperfecto, entre el tiempo de antes y el de ahora, y el tiempo cinematográfico, aquel que creó Welles.

La película analiza de forma exhaustiva la forma cinematográfica de Welles, con esos planos generales donde veíamos los techos y la profundidad de campo, en que el diseño de producción adquiría connotaciones importantísimas, o los elegantes primeros planos y los imposibles, algunos filmados en varios sitios que en su cine adquirían un limpieza y orden visual al alcance de muy pocos, todo eso acompañándonos la preciosa música de “Adagio”, de Albinoni, melodía que Welles utilizaó por primera vez en el cine en su adaptación de El proceso, donde ponía en imágenes el universo de Kafka, deteniéndonos en sus obras de teatro, sus trabajos como intérprete para sus películas y para otros, sus magníficas intervenciones en la radio y su memorable voz narrando La guerra de los mundos, donde atemorizó a toda la nación que creyeron como verdad la magnífica locución de Welles, o su compromiso social y político que a través de las ondas intentaba concienciar a la población de hechos bárbaros cometidos contra los más débiles y necesitados.

Cousins traza un película caleidoscópica sobre una figura difícil, un verdadero outsider que hizo el cine que quiso a pesar de lo endiabladamente extraño que era en una industria donde se controlaba mucho y se dejaba poco espacio para la libertad creativa, y eso que arrancó de forma ejemplar con títulos como Ciudadano Kane o El cuarto mandamiento, pero luego vinieron los problemas, la libertad creativa de Welles enfrentada a los estudios de Hollywood, su libertad profesional ante las fauces de un negocio demasiado encorsetada en una forma de hacer cine, y poco dado a las propuestas revolucionarias y creativas que proponía el genio de Welles, alguien incomprendido, alguien extraño, alguien fuera de su tiempo, pero sobre todo, alguien que amaba su trabajo, apasionado, con carácter y un genio que miraba mucho más allá, imaginando mundos desconocidos y vidas aventureras, periféricas y llenas de amor y odio a la vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet

TRES VIDAS INCIERTAS.

En el universo cinematográfico de Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) abundan los personajes entre dos mundos, situados en un espacio de incertidumbre que los agobia profundamente, individuos que creen tener las situaciones bajo control, o al menos eso les gusta pensar, porque cuando estalla el conflicto en el interior de la pareja, toda esa paz y tranquilidad que parecía reinar, estalla en mil pedazos, provocando todos los conflictos habidos y por haber, convirtiendo sus espacios en lugares llenos de caos, desesperación y emocionalmente llenos de dudas y discusiones, llenando sus existencias de laberintos sin entrada ni salida posible, al menos, por el momento. Es un cine de nuestro tiempo, de aquí y ahora, pero universal y atemporal, centrado en los jóvenes de ahora, de sus vidas y no vidas, de las que viven y las que dejan por vivir, que habla de la intimidad de la pareja, de los sueños personales, tanto profesionales como emocionales, y sobre todo, de todos esos conflictos que se instalan en el seno de un amor que no parece tan irrompible, sujeto a demasiadas derivas emocionales y sobre todo, a demasiadas circunstancias motivadas por la incertidumbre laboral. Un cine que habla de los tiempos actuales, pero que se centra en las emociones de los personajes, convertidos en robinsones crusoe extraviados en sus emociones y sus innumerables dudas, tanto existenciales como todas las demás.

En su opera prima, 10.000 KM (2014) Marques-Marcet nos contaba los conflictos de una relación a distancia. En la siguiente película, Tierra firme (2017) nos hablaba de una relación sentimental entre dos mujeres y el conflicto que generaba la idea de tener un hijo. En Los días que vendrán, ya no existe esa idea de tener un hijo, sino que el hijo llega en forma de embarazo a las vidas de Vir y Luís, una pareja que llevan un año saliendo. Mientras la pareja espera esa vida, que después de bastantes dudas deciden tirar palante, se enfrentan a las vidas propias, que la noticia del embarazo, ha hecho tambalear y de qué manera, el presente ha dejado pasó de un plumazo al futuro, a ese futuro incierto que les llena de miedos e inseguridades, tanto a ellos como a su relación de pareja. El director barcelonés aprovecha el embarazo real de dos de sus amigos, María Rodríguez Soto y David Verdaguer (que parece en las tres películas del director) magníficos en sus roles, redescubriéndonos constantemente a sus personajes y sus derivas emocionales, para contarnos ese tiempo incierto y lleno de dudas del embarazo, en el que la vida íntima de pareja y cotidianidad, deja paso a estar “embarazados”, a todos los cambios, tanto físicos como emocionales a los que deberán enfrentarse, a este espacio incierto en el que se irán convirtiendo en tres, un tiempo de espera de Zoe, nombre que pondrán a la nueva vida que está creciendo en la barriga de Vir.

Muchas vidas cruzadas nos relatan en el guión firmado por el propio director, Clara Roquet (que vuelve a trabar con Marques-Marcet, después del paréntesis de Tierra firme) y Coral Cruz (coguionista de Agustí Villaronga, entre otros) a saber, la de Vir y Luis, los personajes que dan vida los intérpretes Verdaguer y Rodríguez, los citados actores que también están viviendo su embarazo real, y por último, el maravilloso juego entre ficción y documento que establece el director cuando estos personajes interactúan con personas reales de su entorno más próximo, como los padres y hermano de María Rodríguez, con ese momento intensísimo y magnífico con la grabación de vhs, donde vida y cine se fusionan de forma increíble, casi en una vuelta del skype que aparecía en 10.000 KM, o los amigos de David Verdaguer, en esos instantes donde el cine y lo contado alcanza un espacio de limbo, donde la vida real y la ficción consiguen mezclarse de manera natural y muy íntima. El cineasta catalán nos ofrece la última de una especie de trilogía improvisada, donde habla de todos nosotros, de aquello que somos y lo que dejamos de ser, donde construye un interesando y brutal puzle de imágenes llenas de vida, muy orgánica, una especie de diario filmado de un embarazo, con sus pros y contras, con la vida escapándose a cada rato y dejándonos del revés.

Una película intimista y vital, la mejor de sus películas, por su belleza y tristeza, por la intensidad e intimidad de sus imágenes tan llenas de vida, y con todo lo que ella conlleva, que a veces resulta bella, mágica, triste, rota, herida, confusa, vacía o llena de risas tontas, de lágrimas espontáneas, de polvos rápidos o llenos de amor, de momentos recordados y otros, olvidados, con situaciones cómicas, como ese instante en el que deciden el nombre de la criatura que vendrá, y otras, duras, donde la discusión alcanza lo más oscuro y profundo de cada uno de nosotros, de palabras arrepentidas, de palabras que cuentan y otras, que confunden más, con ese aroma del “Free Cinema”, con películas de un tiempo y una juventud como Sábado tarde, omingo mañana, Un sabor a miel El ingenuo salvaje, entre otras, o las comedias agridulces de Linklater con Delpy y Hawke, cine cercano y realista,  porque lo que nos viene a decir Marques-Marcet es que la vida era esto, no lo que nos habían contado o lo que nosotros a partir de eso hemos imaginado, la vida era todo lo que sentimos, mezclado y fusionado, en el que por momentos lo tenemos claro o más o menos, y en otros, somos un mar de dudas, incertidumbres y miedos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azul Siquier, de Felipe Vega

LA MIRADA DEL FOTÓGRAFO.

“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.

John Berger

Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal,  “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.

El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.

Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.

La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.

Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

LOS FANTASMAS DEL CINEASTA.

“Sin el cine, mi vida no tiene sentido”

La primera vez que Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949) habló de un director de cine en sus películas fue en La ley del deseo (1987) con Pablo Quintero, un heroinómano profundamente enamorado de un joven, aunque la vida le colocaba en la tesitura de soportar los arrebatos de Antonio. Le siguieron tres años después Máximo Espejo en ¡Átame!, un veterano realizador encoñado de su actriz, luego vino Enrique Goded en La mala educación (2004) que vivía un sonado romance con su actor protagonista en aquellos años 80, y finalmente, Mateo Blanco en Los abrazos rotos (2009) que después de muchos años, recordaba el único amor de verdad que perdió en la persona de su actriz fetiche. Ahora, nos llega Salvador Mallo, sesentón, cansado y triste, muy diferente a los anteriores retratados, porque este no filma, no encuentra el motivo, el deseo de ponerse tras las cámaras, y además, sufre terribles dolores que aún hacen más difícil su oscura existencia. Aunque, como sucede en el cine de Almodóvar el pasado vuelve a llamar a sus puertas, y la Filmoteca Española restaura una de sus películas, Sabor, rodada 32 años atrás, para organizar un pase con público. Este hecho le pone en el camino de Alberto Crespo, el actor protagonista, una visita muy incómoda y difícil, ya que no se hablan desde entonces. Las visitas y los encuentros entre ambos se ampliarán, y Mallo, debido a sus terribles males, se aficionará al caballo como remedio.

La vida siempre caprichosa y maléfica en el cine del manchego, y caleidoscopia (como los maravillosos títulos de crédito inciales) nos llevará al pasado y el presente de manera desestructurada, personal e íntima,  provocando que el director se suma en sus recuerdos infantiles, cuando creció en aquella España de los 60, en las cuevas de Paterna, escenas que le volverán a su cabeza, entre duermevela y un pasado con muchas cuentas que ajustar, en ese espacio tan blanco, con esas sábanas secadas al sol, ese viento atronador y el tiempo infantil en que Salvador destacaba con la escritura y la lectura, y la relación con su madre Jacinta. Y ahí no queda la cosa, Salvador se reencontrará con su primer amor, Federico, aquel que le devolverá a los primeros años 80 en Madrid, cuando la juventud y la vida andaban con energía y valentía. La película número 21 de Pedro Almodóvar es un ejercicio de introspección, de recogimiento personal, que navega entre la autoficción y los recuerdos, reconocemos al director en la piel de Salvador Mallo pero con indudables diferencias, vemos en Mallo todos aquellos miedos que acechan a Almodóvar, todo aquello que la proximidad de la vejez devuelve a lo más primigenio en forma de deseos, como la infancia, las primeras experiencias, aquel cine con olor a pis, las tardes infinitas en el pueblo, el primer deseo que sintió en su piel, la relación con su madre, los primeros años en Madrid, el cine como forma de vida, los amantes que se fueron, los que no llegaron, y los soñados, y las películas, los relatos en su interior, los deseos que anidan en sus personajes, que antes anidaron en él, en que Sabor, la película de ficción sería una aproximación de La ley del deseo, la primera película que produjo El Deseo, aquella que lo cambió todo, quizás la primera película autobiográfica plena en el cine del manchego.

La aparición de Alberto Crespo, esos personajes del pasado tan almodovarianos, que habla de un monólogo de Cocteau, el mismo autor de La voz humana, que se representaba en La ley del deseo, y sirvió de inspiración para la siguiente película Mujeres al borde un ataque de nervios. Un deseo evocado en el que la película nos habla de las difíciles relaciones entre director y actor, entre aquello que se sueña y aquello convertido en realidad, las diferentes formas de creación en el proceso creativo. Luego, la infancia de Almodóvar, aquí transformada en las cuevas de Paterna, casi como prisiones subterráneas en aquella España gris, católica y triste, sumergidas a la vida, como la maravillosa secuencia de arranque de la película, cuando vemos a Mallo sumergido completamente en una piscina y la cámara avanza a su (re)encuentro, casi como una búsqueda, como una aproximación a alguien sumido en sus recuerdos, sus fantasmas y sus vidas. Una época que Almodóvar la presenta evocando sus recuerdos cinéfilos enmarcándola en el neorrealismo italiano, con su costumbrismo y la vida tan cotidiana y sencilla, con una madre que evoca a Anna Magnani del cine de Visconti o Pasolini, figuras indiscutibles para el cine del manchego que ha recordado en sus películas como Volver, y en la vejez, con sus ajustes entre madre e hijo, entre todo aquello pasado, todo aquello dicho y lo no dicho.

Y la relación con las madres de su cine, que cambiará a partir del fallecimiento de la suya, Francisca Caballero en 1999, relaciones materno-filial sentidas y vividas, muy presentes en su cine desde los inicios, aunque antes las madres almodovarianas eran seres castrantes, imposibles y de caracteres agrios, como recordamos a la Helga Liné de La ley del deseo, la Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios o la madre del Juez Domínguez en Tacones lejanos. A partir de esa fecha, 1999, y con Todo sobre mi madre, las madres de sus películas adquieren otro rol, la madre protectora, sentida y capaz de cualquier cosa para salir adelante, como la Manuela de la citada película, la Raimunda de Volver o la Julieta. Todas ellas seres bondadosos, con sus defectos y virtudes, pero seres dispuestos a todo por sus hijas, aunque a veces la vida se empeñe en joderlas pero bien. Y finalmente, la visita de Federico, ese amor de Salvador Mallo, quizás el primer y único, el más verdadero, una visita corta pero muy intensa, de esas que dejan una huella imborrable en el alma, las que el tiempo no consigue borrar, aquellas que nos aman y fustigan de por vida, porque amores hay muchos, pero sólo uno que nos rompe el alma y la vida.

Almodóvar vuelve a contar con muchos de sus técnicos-fetiche que han estado acompañándolo en estos casi 40 años de vida haciendo cine como José Luis Alcaine en la luz, con esos colores mediterráneos del pasado evocando su infancia, y el contraste de los colores vivos como el rojo, el color del cine de Almodóvar, con los más apagados, para mostrar el exterior e interior del personaje de Salvador Mallo, o la novedad de Teresa Font, en tareas de montaje, después del fallecimiento de José Salcedo, presente en casi todas sus películas, el arte de Antxón Gómez, otro de sus fieles colaboradores, y con Alberto Iglesias en la música, siempre tan delicada y suave para contarnos las almas que se esconden en el personaje protagonista, o la inclusión del tema “Soy como tú me quieres”, de Mina, que escucharemos en varios instantes, que Almodóvar logra introducirlo en su cine y su relato como si este hubiera sido compuesta para tal efecto.

En el apartado actoral más de lo mismo, intérpretes que han estado en el cine de Almodóvar desde sus inicios, como Antonio Banderas, en 7 de sus películas, dando vida con aplomo y sobriedad al director alter ego de Almodóvar o algo más, un director crepuscular, que nos recuerda al vaquero cansado y dolorido, que sólo quiere sentarse sin más, rodeado de sus libros, de sus autores, recordando su pasado, y sin dolor, y si es posible, mirar la vida, sin nostalgia y rodeado de paz, un director en crisis que recuerda a Guido Anselmi, aquel en Fellini 8 ½, que arrastraba sus vivencias, sus recuerdos y su forma de mirar la vida y sobre todo, el cine, o el director Ferrand de La noche americana, que en mitad de un rodaje caótico le asaltaban las dudas y el valor de su trabajo, el de Opening Night, que acarreaba sus dudas además de lidiar con una actriz alcohólica y perdida, y finalmente, el José Sirgado de Arrebato, que curiosamente interpretaba Eusebio Poncela, que era el director de La ley del deseo, perdido en su crisis y obsesionado con el súper 8.

Con una Penélope Cruz en estado de gracia, fantástica como la madre del protagonista en su infancia, un personaje que recuerda a la Raimunda de Volver  y a tantas madres sacrificadas y currantas con los suyos, y Julieta Serrano en la vejez, haciendo por tercera vez de hijo de Banderas, una mujer delicada peor con carácter, que repasa con azote los actos y no actos de su hijo, y ese Asier Etxeandia, un personaje adicto a la heroína y actor sin actuar, que muestra a un tipo roto y olvidado, y Leonardo Sbaraglia dando vida a Federido, el amor del pasado, el que jamás ha podido olvidar Salvador, protagonizando ese (re)encuentro, uno de los momentos más intensos y bonitos de la película. Almodóvar vuelve a su cine por la puerta grande, en un ejercicio de autoficción brillante y esplendoroso, siguiendo las vicisitudes de alguien con dolor físico y emocional, un ser frágil, perdido, espectral, que evocará sus recuerdos, los buenos y no tan buenos, sus vidas, su cine, sus amores, su madre, su infancia y todo aquello que lo ha llevado hasta justo ese instante, en que su vida parece terminarse, incapaz de encontrar aquel primer instante en que todo cambió, en que su vida adquirió un sentido pleno y gozoso, en que su vida encontró su camino, el más profundo y sentido, aquel que buscaba y no encontraba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA