Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Las películas de fuera que me emocionaron en el 2018

El año cinematográfico del 2018 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado mucho y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido únicamente obedece al orden de visionado por mi parte)

1.- ZAMA, de Lucrecia Martel

https://242peliculasdespues.com/2018/01/21/zama-de-lucrecia-martel/

https://242peliculasdespues.com/2019/06/14/encuentro-con-lucrecia-martel/

2.- CALL ME BY YOUR NAME, de Luca Guadagnino

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3.- THE FLORIDA PROJECT, de Sean Baker

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4.- SIN AMOR, de Andrey Zvyagintsev

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5.- TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, de Martin McDonagh

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6.- HILO INVISIBLE, de Paul Thomas Anderson

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7.- LADY BIRD, de Greta Gerwig

https://242peliculasdespues.com/2018/03/11/lady-bird-de-greta-gerwig/

8.- EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE, de Nobuhiro Suwa

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9.- CARAS Y LUGARES, de Agnès Varda y JR

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10.- 78/52, LA ESCENA QUE CAMBIÓ EL CINE, de Alexandre O. Philippe

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11.- MISS KIET’S CHILDREN, de Petra Lataster-Czisch y Peter Lataster

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12.- THE RIDER, de Chloé Zhao

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13.- EL REVERENDO, de Paul Schrader

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14.- COLD WAR, dePawel Pawlikowski

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15.- LAZZARO FELIZ, de alice Rohrwacher

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16.- CLIMAX, de Gaspar Noé

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Amor a segunda vista, de Hugo Gélin

RAPHAËL CONOCE A OLIVIA ¿O NO?.

Raphaël es un joven algo inseguro y tímido estudiante que sueña con convertirse en un escritor de ciencia-ficción. Un día, de casualidad, conoce a Olivia, una joven estudiante como él, más decidida y algo retraída, que sueña con convertirse en pianista. Los dos chicos congenian inmediatamente y se enamoran. El tiempo pasa y su unión se hace más fuerte. Raphaël se ha convertido en un exitoso escritor de ciencia-ficción, mientras Olivia es profesora de piano. Pero, su amor se va distanciando lentamente, y Olivia se siente cada vez más sola, en cambio, Raphaël sigue empeñado en su carrera y olvida a su esposa. Una noche, la pareja discute, y todo parece haber terminado. A la mañana siguiente, Raphaël se despierta solo, y poco a poco se dará cuenta que todo ha cambiado, ya no vive con Olivia, que se ha convertido en una famosa concertista de piano, y no lo conoce. Por el contrario, él ya no es un escritor afamado, sino un profesor de literatura, igual que Félix, su colega del alma y compañero de ping-pong. Además, sale con una compañera del instituto donde trabaja. En ese instante, Raphaël, al igual que le ocurría a Phil, el estúpido hombre del tiempo de Atrapado en el tiempo, con algunas variaciones, ya que el nuevo universo en el que vive Raphaël no se repite diariamente la misma jornada, si no que funciona por sí mismo, en una realidad nueva para su vida ya que el anterior, el que compartía con Olivia ya no existe. Con la inestimable ayuda de Félix, Raphaël solo tiene un camino posible, recuperar el amor de Olivia.

El segundo trabajo del director Hugo Gélin (París, Francia, 1980) después de su convencional debut con la comedia familiar Mañana empieza todo (2016) es una atrevida y audaz comedia romántica de aquí y ahora, brillante y muy ingeniosa, ya que anuda elementos intrínsecos de la comedia romántica con esa comedia disparatada a lo slapstick, las screwball, las desternillantes de Jerry Lewis, o aquellas más sofisticadas y filosóficas como Olvídate de mí, este batiburrillo de géneros dentro de la comedia funciona a las mil maravillas, creando situaciones tensas, paródicas y muy divertidas, donde el protagonista se mete en más de un lío en su afán de recuperar el amor perdido. Sin olvidarnos del elemento fantástico que aún añade más ingenio a la propuesta, en una variante interesante de la que sufría George Bailey, el arruinado y desesperado padre de familia de Bedford Falls que no quería vivir más y se tropezaba con un ángel, que le mostraba la vida del lugar sin él, en la clásica y memorable Qué bello es vivir.

El desdichado Bailey tenía una oportunidad, al igual que el antihéroe Raphaël, aunque en su caso esa nueva oportunidad tendrá que ganársela con más aplomo e inteligencia, en un proceso vital en el que deberá darse cuenta de su verdadera identidad y sobre todo, de sus sentimientos y deseos respecto a su vida, su profesión y el amor que tanto profesa a Olivia. Gélin impone un ritmo trepidante de casi dos horas de metraje, que no se hace pesada o reiterativa en ningún instante, llevándonos en volandas por la peripecia divertidísima del protagonista, que también a ratos es desesperada, llena de torpezas, acumulando despropósitos o inventando cualquiera triquiñuela para tropezarse y compartir con Olivia. Una comedia francesa que da mucho más de la comedia convencional que se sustenta solamente en la recuperación del amor perdido, aquí también hay de eso, pero Amor a segunda vista es mucho más, ofreciendo innumerables variantes de la comedia propiamente dicha, creando todo un universo paralelo muy interesante y lleno de estupendas situaciones donde la mezcla de géneros.

El buenísimo trabajo de los intérpretes de la película encabezados por el natural y fantástico François Civil dando vida a Raphaël, ese antihéroe antipático e idiota que deberá procesarse y reinventarse para volver a ser el agradable y simpático tipo que enamoró a Olivia, interpretada por Joséphine Japy, la meta de Raphaël, que destila sensibilidad, carácter y belleza, la mujer triunfadora, amable, cariñosa y sobre todo, la desenamorada del hombre de su vida, con ese vértice tan importante y sencillo de Félix, al que da vida el siempre efectivo y divertido Benjamin Lavernhe, ese amigo del alma, que vale para todo y siempre estará para escuchar y dar buenos consejos si el susodicho los acepta. Y finalmente, la presencia de Edith Scob, la inolvidable protagonista de la legendaria Los ojos sin rostro, recientemente desaparecida, en una de sus últimas apariciones en el cine, dando vida a esa adorable y olvidadiza abuela de Olivia, que ve y oye más de lo que imaginamos. Una gran comedia, de esas que se recuerdan no solo por lo que cuentan, sino por como lo hacen, mezclando géneros antagónicos, con ingenio y maravillosamente encajando las diferentes piezas y elementos que entran en liza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/346134078″>AMOR A SEGUNDA VISTA (Mon inconnue) – Tr&aacute;iler Subtitulado | HD</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Sombra, de Zhang Yimou

TRONO DE SANGRE.

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

(Extracto de Macbeth, de William Shakespeare)

El universo cinematográfico de Zhang Yimou (Xi’an, China, 1951) arrancó en 1987 con Sorgo Rojo, que sorprendió y maravilló a propios y extraños en la Berlinale, donde se alzó con el primer premio. Luego, vinieron Ju Dou, La linterna roja, Qiu Ju o ¡Vivir!, todas ellas protagonizadas por Gong Li, ambientadas en la China rural de primeros siglo XX, donde se exploraba la situación de la mujer frente al patriarcado existente. Después de esa primer etapa que acabó en 1995 con La joya de Shanghai, el cine de Yimou se adentró a mirar a la China actual de 1997 con Keep Cool, aunque su interés por lo rural y sus problemas le devolvió a su espacio en Ni uno menos (1999). Con El camino a casa, del mismo año, protagonizada por Zhang Ziyi, con la que repetirá en varias películas, abre una nueva senda en su carrera, en la que se sumergirá en el “Wuxia”, el género de las artes marciales más popular en China y en otros países asiáticos, desarrollado en un contexto histórico, el feudalismo, con escenas de acción voladoras y muy estilizadas, melodramas intensos y románticos donde prevalecen la amistad, la lealtad y la traición. Con Hero (2002) entra por la puerta grande en el “Wuxia”, le seguirán La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006) donde volvía a trabajar con Gong Li, así como en Regreso a casa (2014) donde repasaba los estragos del comunismo en los disidentes.

En los últimos años, la filmografía de Yimou se ha dispersado atacando todo tipo de géneros como la comedia, el amor romántico o las superproducciones con vocación internacional y stars de Hollywood. Ahora, Yimou vuelve al “Wuxia”, pero desde otra perspectiva diferente a sus anteriores incursiones en el género. Primero de todo, se ha inspirado libremente en la epopeya histórica de los Tres Reinos: La épica, de Jingzhou, la que reinterpreta y reimagina el relato, en el que se inventa una lucha eterna y salvaje entre diferentes reinos en continuo estado de guerra, centrándose en uno de los reinos, el “Jang”, el desterrado, el expulsado que vive con ansías de venganza, de recuperar el trono de “Jing”, y así dominarlo todo, encabezado por un rey déspota, cruel y salvaje, que tiene menospreciado a su comandante jefe y a la esposa de éste (como quedará reflejado en la secuencia que abre la película con ese instante de la música con la cítara). Aunque, existe un misterio, el comandante que se relaciona con el rey no es el real, solo es una “sombra” (a la que alude el título) un doble en el que se oculta el verdadero comandante, enfermo y vilipendiado que se encuentra escondido en una gruta secreta en palacio, donde entrena a su “sombra” para recuperar el trono que le corresponde.

Y así están las cosas, donde todos y cada uno de los plebeyos rinden pleitesía al rey y también, conspiran en secreto para destronarlo, y así, mantener la paz con el reino rival. Yimou vuelve a contar con Zhao Xiaoding, su cinematógrafo más estrecho, para situarnos en un entorno rural, montañoso, rodeado de un río incesante y caudaloso, en un ambiente frío y húmedo, con esa lluvia fina que no dejará de caer durante toda la película, en una atmósfera de inquietante espera, donde todo puedo explotar en cualquier instante, rodeados por un entorno lúgubre y muy oscuro, con esas grandes telas que adornan el palacio, pintadas con lavado de tinta, en blanco y negro, como los ropajes holgados que llevan los personajes, con motivos iguales que las telas mencionadas, con ese aroma apagado y muy oscuro como el alma de los personajes,  o esas armaduras recias y negras, con máscaras monstruosas, dando una idea precisa y profunda del talante de la película, de aquello que nos cuentan, de aquel que se oculta en otro, de la verdadera dimensión psicológica de los personajes, que en realidad muestran un rostro que no es el que sienten, el que los demás ven, porque el real, se muestra oculto, en la oscuridad, esperando su momento, esperando su oportunidad.

Yimou se mira en el espejo del universo de Shakespeare y Kurosawa, para mostrar un mundo pérfido, un reino descompuesto, trágico y lleno de juegos de poder político, donde todo es irreal, donde las luchas se eternizan, donde hay tantos grupos irreconciliables, donde todos sobreviven en un estado de permanente disputa, donde los problemas se amontonan y las soluciones crean más conflictos, donde la ambición es bestial y sangrienta, en que la tragedia llega de manera inevitable, donde nadie ni nada puede huir del fatalismo inherente que les ha condenado en su maldita sed de poder, en su ambición sin límites, en su maldad eterna. Y qué decir, de las magníficas secuencias de acción, detalladas y estudiadas al milímetro, en las que mezclan lo humano con la épica, eso sí, una épica diferente a la esperada, sin romanticismo ni antorchas, sino con humo negro y mucha sangre, que brota de manera veloz, esas fuentes sanguinolentas que impregnan los planos sombríos, como ocurría en las obras de Kurosawa, marcando con premura y muerte cada rincón del espacio.

Las estupendas secuencias simultámeas que van intercalando con minuciosidad y espectaculidad formalista y plasticidad de los diferentes momentos de la guerra final, con el clásico duelo a muerte en una tarima de madera construida entre las montañas que separan el río, con el símbolo del bien y el mal dibujado, uno con una lanza ancestral y otro con un paraguas de hierro que se abre y se cierra según convenga, los mismos paraguas que sirven para la entrada del ejército en el pueblo deslizándose como una exhalación. Secuencias donde la grandiosa belleza plástica propia del universo de Yimou, se mezcla con los duelos a muerte entre unos y otros, sin ningún respiro, donde todo se sucede a un ritmo vertiginoso, en que la belleza se mezcla con el horror de la muerte. Yimou ha conseguido anudar con clase y maestría la belleza de su cine tradicional, aquel que miraba con detalle los problemas humanos con el cine de acción, con esas batallas donde todos los personajes se citarán con la muerte, con su destino, con ellos mismos, en una película muy entretenida, medieval, profunda y humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las invisibles, de Louis-Julien Petit

MUJERES EN LUCHA.

El cine social, en muchas ocasiones, peca de condescendiente y compasivo, creando una especie de burbuja ajena a la realidad que acomete, siendo paternalista con el relato que nos cuenta, y sobre todo, con los personajes que maneja, mostrando una realidad simple y gastada, alejándose a las múltiples realidades que nos encontramos diariamente, y las infinitas contradicciones que se mueven en este tipo de temas. Las invisibles, de Louis-Julien Petit (Salisbury, Reino Unido, 1983) se aleja de todo esto, mostrando una realidad sincera y compleja, donde cohabitan la realidad manejada por el sistema, construida a partir de resultados efectivos, que en muchos casos se alejan muchísimo de la realidad, y la realidad que viven las trabajadores sociales que trabajan diariamente con estas mujeres sin techo, mujeres que vienen de realidades durísimas, mujeres que luchan por volver a la vida, quizás con un tiempo más lento, que choca con el sistema de números y superficialidades. Petit se basa en el libro Sur la route des invisibles, femmes das la rue de Calire Lajeunie (que ya había hecho un documental sobre el tema de título Mujeres invisibles, sobreviviendo en la calle) se muestra comprometido con lo social ya que debutó en el cine con Discount (2014) en el que exponía la peripecia de un grupo de empleados que se las ingeniaba con astucia para proteger sus empleos con la aparición de cajeros automáticos, le siguió Carole Matthieu (2016) en la que exploraba las técnicas agresivas de las empresas a sus empleados por medio de una médica laboral que denunciaba tales abusos, dos retratos sobre la lucha encarnizada entre un sistema fascista que funciona a base de números y beneficios en contra a unos trabajadores sumidos en la lucha de sus trabajos, y de su vida.

En Las invisibles, el cineasta francés vuelve a plantearnos un dilema directo y de ahora, centrándose en un centro social de día, donde las mujeres sin nada encuentran aseo, algo de cariño y herramientas para salir de su existencia precaria, un centro que debido a sus pocos resultados de inserción de estas mujeres, la administración les obliga al cierre, dejando sin amparo a tantas mujeres, y las trabajadoras del centro deciden luchar y saltándose las reglas impuestas del sistema, optan por ocupar un centro adyacente completamente clandestino en el que seguirán atendiendo a sus mujeres. Petit nos habla de la realidad de las trabajadores sociales, con sus formas de afrontar el entuerto y sus vidas personales fuera de su trabajo, y también, de la realidad de algunas de estas mujeres sin techo, muchas de ellas reclutadas en un casting sin experiencia previa en la actuación.

El relato se centra en este microcosmos de lucha, reivindicación y armonía, con sus alegrías y tristezas, sus discusiones y risas, en una excelente y audaz tragicomedia, huyendo de ese tono frío, pesimista y compasivo de muchas de estas películas con tintes sociales, en la película de Petit, a través de una cámara de cine directo y en muchas ocasiones, casi documental, con la luz de David Chambille (cinematógrafo de las tres películas de Petit) que muestra sin filtros esas miradas y gestos de estas mujeres, que juntas emprenden un sueño, casi utópico, de afrontar estas duras realidades desde el amor y el cariño, ocupándose de cada caso, ayudándolas desde la proximidad y alegrándose y sufriendo con ellas, como una amiga más, una hermana, alguien que extiende su trabajo como una forma de vida y de afrontar los males sociales de cada día.

Un elenco maravilloso y natural encabezado por Audrey Lamy como Audrey, esa enérgica y valiente idealista que lucha con uñas y dientes para sacar adelante a estas mujeres, mientras su vida personal se resiente por su total dedicación a su trabajo, Corinne Masiero como la directora de todo este jaleo (tercer trabajo con el director) como esa jefa que avanza con determinación poniendo en peligro su trabajo, Noémie Lvovsky como Hèlène, la voluntaria de matrimonio en crisis que encuentra en ayudar a estas mujeres una tabla de salvación a su maltrecha vida, Deborah Lukumuena como Angélique, la niña rescatada de la prostitución y la calle que, ahora encuentra un sentido a su vida ayudando a aquellas que un día estuvieron como ella, Sarah Suco como Julie, la joven rebelde y difícil que no acepta sus problemas con las drogas y su jodida situación, Adolpha Van Meerhaeghe como Chantal, la mujer que sale de la cárcel, con su tragedia y humor, que ve las cosas de manera sencilla y áspera.

Petit ha construido una película comprometida, necesaria y valiente, que mira de frente, sin argucias ni vericuetos argumentales, mostrando un grupo de mujeres que afronta sus problemas desde lo más profundo del alma, enfrentándose a sus problemas con coraje y fuerza, visibilizando un sinfín de realidades que preferimos no ver, que están ahí junto a nosotros, que se ocultan por vergüenza, por miedo al rechazo, por incomprensión de todos, una realidad que se muestra en la película desde todos los ámbitos, con libertad y crítica, desde el estado y sus administraciones, más pendientes en los resultados efectivos que en las personas, la mirada de las trabajadores sociales, su implicación y sensibilidad hacia un tema que necesita tiempo, recursos humanos y económicos y sobre todo, mucho amor para resolverlo, y las mujeres de la calle, que necesitan ilusionarse y volver a aquella vida que un día, por circunstancias propias o ajenas, tuvieron que dejar o simplemente la perdieron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Old Man and the Gun, de David Lowery

EL CABALLERO ANDANTE.  

“No se trata de ganarse la vida, se trata de vivir”

La película arranca de forma ejemplar y emocionante, cuando vemos a Forrest Tucker, un señor que pasa de los 60 años, de impecable traje, gabardina, sombrero y bigote, entrar en una sucursal bancaria, con toda la tranquilidad y parsimonia del mundo, se acerca a la cajera y le pide amablemente que le dé todo el dinero, mostrándole un revólver que tiene en el cinto. La cajera, entre la estupefacción y el asombro por los modales del atracador, comienza, sin levantar sospechas, a darle una gran cantidad de dinero. Cuando Tucker considera que es suficiente, se despide de la cajera con respecto y se va del banco con la misma tranquilidad y parsimonia con la que había entrado. Estamos a principios de los años 80, en un mundo con ese regusto del tiempo, de cuando las cosas se saboreaban y se sentían de forma especial, en un mundo donde todavía la tecnología no había llegado, en un mundo donde todavía deambulaban viejos atracadores con un historial delictivo a sus espaldas, con unas 18 fugas de prisión, con una vida dedicada al hurto, y con idas y venidas a la prisión.

Forrest Tucker es un personaje quijotesco, uno de esos tipos que parece salido de las películas clásicas de robos, algo así como uno de esos viejos pistoleros a los que los nuevos tiempos ha condenado a una existencia de ostracismo e inadaptación a una sociedad que le es ajena, porque ellos siguen siendo fieles a sí mismos, viviendo al margen de la ley para bien o para mal, porque en realidad, nunca han hecho otra cosa, desde la adolescencia han sido así y ahora ya es tarde para cambiar, si de verdad pretendieran cambiar. The Old Man & the Gun, es la última película en la que actúa Robert Redford, después de una larga trayectoria que abarca casi 6 décadas, en las que ha trabajado con grandes autores como Pollack, Pakula, Penn, Roy Hill, Mulligan, etc… Además, de dirigir 7 títulos como director, y haber cosechado un gran reconocimiento del público y la crítica. Redford dice adiós, y lo hace con una película que resume mucho su filmografía, dando vida a un tipo que ha hecho lo que le ha gustado, que ha sido fiel a su espíritu rebelde y libre, un outsider en toda regla, uno de esos antihéroes que debido a sus condición de delincuente, ha tenido que dejar tantas cosas de su vida, lugares queridos, personas amadas y encuentros inolvidables.

David Lowery (Milwauekee, Wisconsin, EE.UU., 1980) es el encargado de dirigir la película, en su segunda colaboración con Redford después de Peter y el dragón (2016), y de haber dirigido dos interesantes películas como En un lugar sin ley (2013) que retrataba la huida de un fugitivo para reunirse con su esposa en el Texas de los años 70, y A Ghost Story  (2017) donde un músico fallecido volvía como un fantasma a casa con su mujer, dos cintas protagonizadas por la misma pareja, Rooney Mara y Casey Affleck. Este último vuelve a trabajar con Lowery dando vida a John Hunt, el detective que va tras la pista de Tucker, un padrazo y buen tipo, que muy a pesar suyo, admira y respecta a su enemigo, un hombre dado a su condición, aunque esta sea la de delinquir. Lowery construye un relato clásico, escrito junto a David Grann (autor del artículo sobre Tucker publicado en el The New Yorker) una película que no es un vehículo más de la estrella, sino que se esfuerza en contarnos una película que hace un retrato sincero y humanista de un hombre de carne y hueso, uno de esos antihéroes que tanto han inundado las páginas de sucesos de los diarios, un tipo que no sólo vemos atracando en solitario y junto a sus dos compinches ancestrales, que se hacen llamar “Los carrozas”, que no son otros que Danny Glover y Tom Waits, y la breve aparición de Keith Carradine.

También, lo vemos enamorándose de Jewel, una mujer madura e inteligente que interpreta Sissy Spacek, de manera sencilla, sensual y natural como nos tiene acostumbrados, haciendo muy fácil un personaje difícil y nada condescendiente, que lo ama aceptando su peculiar oficio y sin juzgarlo. La película también deja espacio para conocer la trayectoria delictiva y las incontables fugas de prisión de Tucker, haciendo referencia a títulos protagonizados por Redford como Propiedad condenada, La jauría humana o Dos hombres y un destino, en una película-homenaje a la carrera de un gran actor, pero no sólo se queda ahí, va más allá, teje con acierto y habilidad las diferentes capas de la película, preocupándose de su ritmo y las características emocionales de cada personaje, desde el propio Tucker, con su complejidad y soledad, el policía y su familia, en este juego sencillo y humanista del gato y el ratón, para contarnos y rendir homenaje a todos esos outsiders que vivieron diferente en un tiempo que era diferente, donde las cosas tenían otro ritmo y las personas guardaban tiempo para mirar un atardecer sentados en el porche en compañía con una cerveza, ese tiempo pre tecnología que hablan las películas de Lowery, cuando la vida, a pesar de sus altibajos, todavía se parecía a vivir.

Redford se despide del cine a lo grande, con una película a su medida, que huye de la nostalgia, para sumergirnos en una cinta con acierto e inteligente, en la que interpreta a un caballero que siguió atracando hasta los 80 años, resguardado en su amabilidad y respeto, manteniendo un oficio que adoraba y fue su modus vivendi, una forma de no aceptar las reglas del juego, de vivir su vida, de vivir al margen de la ley. La película tiene un corte clásico, con ese carácter crepuscular de las películas de Peckinpah o Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, que también interpretaba Gregory Peck, un personaje que tiene mucho en común con el que hace Redford, algo así como una balada agridulce que podría cantar Dylan, o como esa canción de los Kinks donde hace referencia a esa “Lola”, a la mujer que todos amamos, algo así como mirar el tiempo recorrido desde la perspectiva de haber sido fiel a uno mismo, sin miedo a lo que vendrá, que será diferente y sobre todo, más apacible, donde podremos volver a sentarnos en el porche, o levantarnos temprano para ir a pescar en la mejor de las compañías.

La gracia de Lucía, de Gianni Zanasi

LA MADONA SE ME APARECE.

“¿Has hablado con los hombres?”

“Oye, yo no hablo con los hombres, ¿no crees que ese es tu negocio?”.

Lucía es una joven treintañera, madre soltera de una hija adolescente muy rebelde, de vida sentimental confusa y vida profesional a tiro de mata (maravilloso su momento pícaro con el que la película presenta al personaje). Su gran oportunidad le viene con la construcción de un gran complejo turístico del ayuntamiento a las afueras de su ciudad de provincias, con el encargo topográfico del terreno. Todo parece sonreírle, aunque las ilusiones comenzarán a lastrarse cuando los planos son inexactos y peligra el ambicioso proyecto. Y no sólo eso, la aparición de una extraña mujer que se presenta como la Virgen María aún desestabiliza la vida personal y profesional de Lucía. Entre la incredulidad y el espanto, la Madona le comunica a una Lucía perpleja en todos los sentidos, que debe detener la obra e instar a los hombres a construir una iglesia. El nuevo trabajo de Gianni Zanasi (Vignola, Emilia-Romagna, 1965) gira en torno a una tragicomedia, una aventura personal y alocada sobre una joven que tiene ante sí un verdadero dilema, contar lo que le sucede con la Virgen y perder su ansiado trabajo, o mantener silencio y seguir como si nada, además de colaborar en un proyecto fraudulento que está saltándose los términos legales debido a la falsedad de los planos.

Lo que empieza como una crónica más o menos social sobre muchas mujeres jóvenes que se ganan la vida como pueden, y además, tienen que tirar su casa e hijos palante, irá desembocando en una comedia a ratos social, reivindicativa, excéntrica, romántica y sobre todo, fantástica, todo ello mezclado con grandes dosis de comedia loca, peor con los pies en el suelo, donde todo se desarrolla desde una mirada personal, que va desde lo absurdo hasta lo ecológico, pasando por los vaivenes emocionales que va sufriendo Lucía, que dentro de su caos vital, aún más se le añade la aparición de la Madona. Una Virgen María que recuerda a las apariciones del universo de Pasolini, muy alejada de la imagen icónica del arte, y más cerca a esa idea humanística, donde lo terrenal y lo místico se cruzan, creando una mujer próxima y muy emocional. Zanasi apoya su película en el rostro de Alba Rohrwacher (que ya habíamos visto como actriz en las películas de su hermana, la directora Alba Rohrwacher, y en otros títulos de nombres importantes como Bellocchio, Garrone o Guadagnino) acompaña de ese cuerpo inquieto y en continuo movimiento, al borde de un ataque de nervios, como diría Almodóvar, que se mueve entre prisas y torpezas, entre creer o no, entre ser una niña o no, entre su deber laboral o su deber espiritual, si es que todavía se acuerda de que lo tiene, o algo que se le parezca.

La cosa se complica aún más, con esa hija adolescente que no lo pone fácil, y para más conflictos, su ex, de nombre Arturo, quiere volver con ella y se le acerca, y encima, trabaja en la construcción. El mensaje ético y existencial de la Madona viene a decirnos que la codicia y la maldad de los hombres tiene que parar, y ella, Lucía, que va desde la incomprensión inicial a tomar partido, a su manera y con el escepticismo que la caracteriza, en el problemón que tiene frente a su vida y su existencia futura. Si la aparición de San Dimas era un cuento para revitalizar el maltrecho balneario en Los jueves, milagro, de Berlanga, la llegada de esta Virgen es para detener una obra corrupta y fraudulenta, y para abrir los ojos a Lucía, la interlocutora contra el más allá divino y la tierra de los hombres. Zanasi construye una tragicomedia, donde hay risas y carreras, y momentos surrealistas y caóticos, muy de aquella comedia clásica donde mujeres muy desorientadas y confusas emprendían aventuras sin pies ni cabeza, algunos a su pesar, como le ocurre a Lucía, con el fin o no, de conseguir algo o a alguien que esperaban les cambiase la vida o algo parecido, como aquel atribulado personaje que hacía la Hepburn en La fiera de mi niña, o el que hizo años después la Streisand en ¿Qué me pasa, doctor?, emulando a la primera.

Lucía sabe que algo tiene que hacer, que seguir con el proyecto y callarse no está bien, que su corazón bulle hacia la verdad, aunque todas estas reflexiones la llevarán a vivir en un tsunami emocional de aquí te espero,  pasando por muchos estados emocionales y vitales durante los 110 minutos de metraje, que mantienen un ritmo excelente y lleno de situaciones a cual más rocambolesca y vergonzosa (como ese desternillante momento de la fiesta del proyecto, cuando Lucía es zarandeada por la Madona, sin que esta se vea, ante las miradas atónitas de los allí presentes) con esa ligereza con contenido, que la hace divertida y también, reflexiva, y no en excesivo, manteniendo ese toque mágico entre la comedia y el drama, entre la vida y Dios, entre el trabajo y el deber místico, entre lo que creemos y lo que debemos creer, entre mantener el espíritu de ese niño que continua en nuestro interior, o dejarse llevar por los deberes adultos, sean o no lícitos, en definitiva, qué somos y hacia dónde vamos, se nos aparezca la Virgen María o no.