Venus, de Lea Glob y Mette Carla Albrechtsen

DESNUDANDO EL SEXO FEMENINO.

“No sé hasta qué punto Jens, amigo mío de la infancia, y yo, conocíamos nuestras intenciones cuando, por las tardes, nos metíamos en la alcoba de mi madre. En cualquier caso, aprendimos dónde tocarnos y, claramente, allí sentí mi primer estremecimiento de deseo. Desde aquel momento, supe que lo que sucedía en aquella alcoba acabaría jugando un papel importante en mi vida. Como cuando tienes un nuevo hobby, que no puedes parar de pensar en él”.

 ¿Cada cuanto tiempo piensas en sexo? ¿Qué es lo que más disfrutas en la cama? ¿Has tenido alguna vez algún orgasmo? ¿Con cuántas personas has tenido sexo? Estas series de preguntas, y algunas más, a mujeres entre 18 y 25 años relacionadas con la sexualidad femenina fue el primer punto de partida en la que las directoras danesas Lea Glob, curtida en el medio televisivo, y Mette Carla Albrechtsen, del campo publicitario, se enfrascaron como trabajo de documentación para una película sobre la sexualidad de las mujeres. Aunque después de estudiar la respuesta de las protagonistas, desistieron de la película inicial, y pusieron en marcha una película sobre la sexualidad femenina contada por ellas mismas. El dispositivo es sencillo, convocaron un castin al que se presentaron una serie de mujeres y a través de una entrevista van contestando preguntas relacionas con su sexualidad, en el que hablan abiertamente sobre su sexo, su cuerpo, las relaciones mantenidas, como lo descubrieron, y demás cuestiones.

Observamos a mujeres de distinta sexualidad y diversas maneras de relacionarse con el sexo, desde lo más banal hasta las partes más perversas y oscuras. Una película que muestra el sexo sin discursos ni dogmas, aquí todo vale, todo es escuchado atentamente por las directoras, un salto al vacío en el que se cuentan los secretos más íntimos, las fantasías más ocultas, y sobre todo, cada una de ellas habla a la cámara sin pudor ni timidez, explicando todo aquello que les pone y lo que no, todos los diversos caminos del sexo que les han llevado a conocer mejor sus deseos y sobre todo, a conocerse mejor ellas mismas. La intimidad sexual y el propio cuerpo inundan cada toma, convirtiéndose en los protagonistas absolutos de la película, testimonios directos sobre experiencias vividas, imaginadas o fantaseadas, todo cabe en su declaración-sexual, un testimonio intimo y cercano en el que todas ellas desnudan su sexualidad frente a la cámara, ofreciendo una visión completamente distinta a la que la banalización del sexo, por parte de la moda, la publicidad y de los medios oficialistas, han construido en el imaginario de la población, optando por una falsa masculinidad donde la mujer parte como mero objeto sexual y sumisa.

Una película sobre mujeres, sobre su sexualidad y sus intimidades y secretos, para todos los públicos, para todos aquellos que quieran profundizar en un tema tabú en nuestras sociedades occidentales y bien pensantes, a las que les falta más comprensión, respeto y tolerancia con las mujeres y descubrir sus deseos más íntimos. Glob y Albrechtsen han construido un ensayo fílmico de grandes hechuras, colocando el foco en el interior de la sexualidad de cada mujer que nos habla, que nos cuenta, que nos explica, desnudándose delante de nosotros, en todos los sentidos, descubriéndose a sí misma, hablando de sus momentos de felicidad sexuales, y cómo no, de sus frustraciones, que también las hay, como todo en la vida. Un dispositivo cinematográfico sencillo y directo, en el que, a través del primer plano, y una exquisita sensiblidad y delicadeza, nos hacen participe de un mundo íntimo, en el que nos hacen cómplices, a nosotros los espectadores, que asistimos atentos a escuchar las experiencias sexuales de estas mujeres, en un camino vital de continuo aprendizaje sobre nuestros ser y las partes más profundas de nuestro interior.

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Amateurs en el espacio, de Max Kestner

PER ASPERA AD ASTRA(A través de las dificultades a las estrellas)

“Hoy en día, la gente sale a los 25 años y le dan una pensión. Con 25 años se preocupan de lo que harán cuando tengan 65. Los bancos nos dicen que pensemos en cosas así. Incluso hay funerales prepagados, para no tener problemas cuando llegue la hora. Pero, ¿qué mundo es este, en el que no nos dejamos vivir mientras estamos vivos? Ser conscientes de que la vida tiene un final y que no sabemos cuándo es puede ser muy motivador para vivir. Para disfrutar de cada segundo de vida. Disfrutar de cada segundo que tenemos para contar historias y disfrutar de los demás en este planeta tan bonito y maravilloso. Creo que es muy importante recordar que no vivimos para siempre, y gastar el tiempo, el poco tiempo que nos queda, de la mejor manera posible”

Desde que en 1961, el astronauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio exterior, muchos han sido los viajes que han llegado más allá de nuestro planeta. El cineasta Max Kestner ( Copenhague, Dinamarca, 1969) curtido en el ámbito documental a través de una amplia experiencia en ese terreno, nos cuenta el relato de dos ingenieros daneses, de orígenes y personalidades completamente diferentes, pero con un sueño común, construir una aeronave con materiales domésticos que alcance el espacio exterior. Uno de ellos, Kristian, con experiencia en la NASA, se muestra reflexivo y tranquilo, se encarga de la parte estructural de la nave, el otro, Mark, pura dinamita, pura emoción, es el que hará funcionar la nave.

Kestner nos cuenta todo el proceso desde su primera piedra, las ideas con las que cada uno de ellos entra en el proyecto, que también recibe la ayuda de otros entusiastas de la aeronáutica, los primeros días de conseguir financiación, los trabajos primerizos y más tarde, cuando el proyecto es presentado, convirtiéndose en algo real, en algo físico, las diferentes pruebas que llevan a cabo para hacerlo funcionar y que alcance su objetivo soñado. Kestner filma su historia de un modo naturalista, aproximándose a sus personajes, capturando sus conversaciones, y sobre todo, sus conflictos, la manera tan diferente que tienen para trabajar, y las distintas visiones que manifiestan con la mirada de los otros colaboradores, que no tardarán en tomar partido en los continuos combates emocionales en los que se embarcan Kristian y Mark. El director danés también, tiene tiempo para hacer un recorrido histórico de los diferentes lanzamientos de aeronaves al espacio, en los que Mark nos va explicando los detalles minuciosamente. También, el realizador danés filma a sus retratados mientras estos explican sus circunstancias personales, y las relaciones que se van generando a medida que avanza el proyecto que abarca más de dos años.

Kestner ha construido una película sencilla, que nos habla también de la capacidad y tenacidad de los seres humanos para convertir sus sueños en realidad, por muy descabellados que parezcan. Kristian y Mark parecen dos seres del renacimiento, aquellos que pretendían volar o construir objetos que chocaban contra el pensamiento cerrado del tiempo que les tocó vivir, o el Fitzcarraldo, de Herzog, en su afán de llevar la ópera a la selva, empresa temeraria que le lleva a arrastrar un inmenso barco a través de una montaña, y otros tantos que desafiaron lo establecido para llevar a cabo unos sueños que en principio parecen una locura o simplemente irrealizables. Kestner nos habla también de la frustración, su película no retrata a unos hombres que acaban consiguiendo sus objetivos, sino todo lo contrario, nos cuenta el relato de unos hombres que fracasaron en su intento, aunque como decía el poeta, estos hombres no cesaron en su empeño, y continúan fracasando mejor en sus objetivos de llegar al espacio exterior, porque sólo se fracasa o se pierde cuando se abandona, y estos no tienen pinta de dejar las cosas que empiezan, aunque para ello deban rema por otro río.

 

La comuna, de Thomas Vinterberg

la-comuna-cartel-a4-jpg_rgbLA UTOPÍA CUESTIONADA.

Érase una vez a mediados de los setenta al norte de Copenhague, un matrimonio de intelectuales, Anna (presentadora de TV) y Erik (arquitecto) y su hija adolescente Freja, heredaron un viejo caserón familiar. Debido a los grandes gastos que comportaba la casa, decidieron invitar a su amigo  díscolo Ole a vivir con ellos, luego llegó un matrimonio joven hippie con su hijo enfermo. Más tarde, una joven de vida sexual movida, y finalmente, un inmigrante con problemas de dinero. Y todos ellos, cada uno con sus excentricidades, pensamientos e individualidades comenzaron a vivir juntos, formando una gran familia, llena de amistad y amor (en la que hay sexo sensual y explícito, pero en grupo) en el que debatían y votaban todas las cuestiones de convivencia, aunque ninguno de ellos esperaba que todo aquello que tenían, lo que sentían y sobre todo, lo que vivían, se podría poner en peligro de manera tan sencilla, en el momento que viviesen una situación ajena a todos ellos, un conflicto con el que no tendrán más remedio que convivir, algo diferente que los pondrá a prueba, quizás demasiado.

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El nuevo trabajo de Thomas Vinterberg (Copenhague, Dinamarca, 1969) se basa en sus experiencias personales cuando vivió durante 12 años (desde los 7 a los 19) en una comuna, que después convirtió en una obra de teatro llamada Kollektivet, escrita por Morgens Rukov y él mismo, y ahora, en un guión escrito junto a Tobias Lindholm (con el que ya escribió las excelentes SubmarineLa caza). Vinterberg que se lanzó al panorama internacional cinematográfico con Celebración (1998) nacida bajo el amparo del Movimiento Dogma, auspiciado por Lars Von Trier, a la que siguieron algunas películas de desiguales resultados como It’s all about love (2003) o Querida Wendy (2005) ambas rodadas en EE.UU., pero volvió a demostrar su valía con densos dramas bien filmados como Submarino (2010) o La caza (2012), y su reciente trabajo, la muy conseguida Lejos del mundanal ruido, del año pasado, que adaptaba una novela de Thomas Hardy, que a su vez había adaptado John Schlesinger en el 67.

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El realizador danés con La comuna, vuelve a los temas que estrucuturan su filmografía, como los conflictos mínimos que se producen en el seno familiar o en comunidades pequeñas. Sus películas recogen las diferentes posturas morales que adoptan cada uno de sus personajes, y como esos problemas acaban resquebrajando la aparente tranquilidad que reinaba en el lugar hasta ese instante. Vinterberg construye una película que se inicia de forma tranquila, la “familia” , se ama, se entiende, se divierte, se bañan en pelotas todos juntos, confraternizan, viven con naturalidad e intensidad su nueva vida en todos los sentidos, en las que se sienten felices, con amigos y tranquilos, y superan con serenidad los problemas a los que va enfrentando su convivencia. Las dudas que acechaban a Erik en un principio quedan disipadas en el momento que viven la experiencia de vivir todos con todos, y además, ese estado de felicidad comunitaria contribuye a hacerle cambiar la propiedad del inmueble, y pasarlo a nombre de todos. Toda esta felicidad cambia, cuando Erik se enamora de Emma, una de sus alumnas. Este elemento ajeno, que viene en un principio a ser uno más, a convivir con todos, acaba siendo demoledor para la idea de la comunidad. Es en ese momento, cuando la película adquiere todo su significado, en los que los principios de libertad y compromiso comunitario se ponen en cuestión por los propios que lo alababan, y dejan paso a cuestiones más emocionales para los que no existe control ni razonamiento.

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Vinterberg nos propone dos películas, o podríamos ser más justos diciendo que nos invita a la reflexión a partir de dos situaciones, la primera, nuestro punto de vista a la idea de comunidad, de convivencia con el lema todo es de todos, bajo la forma de una comedia ligera y divertida, y seguidamente, con la llegada de Emma, ese elemento externo que viene a plantear una nueva situación, en la que nos explica, bajo un drama íntimo en el que sobresalen las emociones de cada uno de los implicados, lo que en un instante Anna cree como un idea excelente de convivencia con su marido y la amante de éste, como una idea de libertad en la que el amor libre se comparte y se acepta, acaba siendo una tortura para ella, la persona que dio origen a la idea de comuna, se siente rota y depresiva, y en una situación de destierro en su propia casa. La idea de comunidad y libertad, se ve invadida y resquebrajada por esta situación, y acaba absorbiendo a los implicados, maniatados en un conflicto que ni deseaban ni mucho menos esperaban.

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La maestría de Vinterberg en su manera de profundizar en conflictos humanos y cuestionar las ideas que parecían inamovibles de sus personajes, sin juzgarlos en ningún momento, simplemente narrando desde el distanciamiento, sin tomar partido, capturando todos los puntos de vista, contribuyendo a analizar de forma contundente e íntima las necesidades de cada uno de ellos, y la manera que tienen de reaccionar ante semejante entuerto. El plantel de intérpretes, ya dirigidos algunos en otras ocasiones por Vinterberg, encabezados por los convincentes y naturales Trine Dyrholm (enorme en su composición y alma de la película) y Ulrich Thomsen, entre otros, ayuda de manera extraordinaria a hacer creíbles los complejos personajes y las diferentes situaciones en las que se ven inmersos. El conflicto que  nos plantea el cineasta danés nos interpela directamente, poniendo en duda las ideas que teóricamente o en estados de placidez pueden funcionar, pero con cambios o agentes externos que vienen a materializar esas ideas, éstas no aguantan la presión emocional de los sujetos implicados, y están condenadas a cambiar de postura o inevitablemente, a desaparecer. Vinterberg nos sitúa en aquellos años 70, años de libertad, de ideas, de pensar y vivir un mundo diferente y más humano, aunque quizás lo que nos quiere proponer el director con su película, o al menos una de las ideas, es que quizás eran demasiado inocentes para prever todos los conflictos que podrían llegar, o como plantea uno de sus personajes, la era del amor se ha terminado y ahora vendrá otra, que ha de ser diferente, y probablemente, no sea tanto de nuestro agrado.

Un hogar en el mundo, de Andreas Koefoed

poster_castUNA NUEVA VIDA.

Nos encontramos en la pequeña localidad de Lynge (Dinamarca) en la escuela de la Cruz roja, que acoge 120 niños refugiados, niños que aprenden danés mientras esperan a ser admitidos en el país. Son sólo unos cientos, de los más de 2000 niños que piden asilo cada año en Dinamarca, de un total de más de 14000 refugiados. Todos huyen de sus países de origen por el mismo problema: la guerra. El cineasta Andreas Koefoed (Copenhague, Dinamarca, 1979) cone xperiencia desde el 2001 en el campo documental en el que ha trabajdo sobre temas diversos en el que el foco principal se posa en la existencia humana y sus conflictos. Aquí, sigue a cinco niños, muy diferentes entre sí, que sueñan con tener una vida tranquila, lejos de las bombas y las penurias de sus vidas en sus países de origen. Se inicia con Magomed, de Chechenia, y la película se estructurará a través de la cotidianidad, y sobre todo, en la mirada de este niño, un niño introvertido, al que le cuesta adaptarse y comunicarse, aunque destaca por su inteligencia. Luego, conocemos a Sehmuz, de Siria, en su paso a la escuela pública, después de la concesión de su asilo. También, sabremos de Alí, de Afganistán, de Heda, también de Chechenia, y finalmente, de Amel, de Bosnia. Todos ellos, niños que han crecido en situaciones de guerra, que han conocido la huida, el miedo, y la desesperación.

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La mirada de Koefoed es serena y reposada, seguimos la cotidianidad de las clases, y vamos viendo los diferentes niveles por donde irán pasando estos niños en su ansiado sueño de obtener el asilo, y pasar a la escuela pública, y permanecer junto a su familia en un país diferente, donde hay oportunidades, y sobre todo, no hay guerra. El cineasta danés filma su película desde la cercanía, mostrando sensible al tema que maneja, pero sin agobiar a sus personajes, dejándolos ser ellos mismos, olvidándose de que los están filmando, capturando desde la intimidad su tiempo y espacio, explorando sus miradas, sus gestos, y manteniéndose a la distancia suficiente para filmar sus emociones, sus miedos, sus disgustos, sus preocupaciones, y todo aquello que les hace felices, amenaza o les preocupa. Koefoed es sensible y delicado en su forma de penetrar en las paredes de este colegio-milagro (que desgraciadamente a día de hoy ya no existe, los recortes del gobierno danés han provocado su cierre), en filmar con proximidad y delicadeza los conflictos que se generan entre unos y otros, entre los educadores y los alumnos, en un entorno que se respira pedagogía de grandísima altura, donde la adquisición de conocimientos es importante, porque los llevará a tener herramientas necesarias para desenvolverse por sí mismos en el país extranjero, aunque también, se valoran las cualidades emocionales, se prevalece en favor de su libertad individual, y en aumentar sus capacidades emotivas.

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Koefoed no olvida a los progenitores de estos niños, a los que también les ofrece su espacio, aquellos que luchan diariamente con la estúpida e inhumana burocracia para conseguir quedarse en el país de acogida. Unos padres que hablan con los docentes, explicándoles las diversas situaciones en las que se encuentran. La mirada de Koefoed a la cotidianidad de la escuela, a sus clases, a sus horas de patio, y los momentos de manualidades, recuerdan a otros cineastas que también han abordado con inteligencia y emoción la realidad de la educación como François Truffaut, Bertrand Tavernier, Nicolas Philibert, Vittorio de Setta, Hana Makmalbaf, Mariana Otero, entre otros, que con igual fortuna se han adentrado en el maravilloso mundo de aprender, en los que tratan temas y conflictos, desde una forma naturalista, contando historias sociales, en las que reflexionan y profundizan sobre una realidad cercana, una realidad que los gobernantes olvidan y no aportan todos los medios humanos y materiales para solucionar los problemas. Koefoed ha hecho una película sencilla y maravillosa, porque no decirlo, construida sobre una base humanista, siguiendo las vidas de unos niños demasiado jóvenes para vivir esas vidas, y demasiado inocentes para entender el mundo tan inhumano que les rodea. Un cine humanista desde la emoción más pura, que visibiliza sobre los temas actuales, los temas que hay que hablar, aquellos que no se pueden ocultar, ni mirar hacia otro lado, y el cine, como medio artístico que explora el ser humano debe extudiarlo como mencionaba Brecht: “Un arte para el pueblo y por el pueblo, que hable de los temas sociales, culturales y políticos”. Un cine que atrapa las miradas de los seres humanos en continuo conflicto emocional con ellos mismos y su entorno, unas personas que sólo necesitan sentirse bien consigo mismos en un lugar que los entiendan y sobre todo, que los cuide y los proteja, no los violente y tampoco los mate.

Corazón silencioso, de Bille August

2015_09_02_No_15-1MORIR EN FAMILIA

El cineasta danés Bille August (1948) descubrió las mieles del éxito con dos títulos que forman parte del imaginario cinéfilo de finales de los 80 y principios de los 90. Pelle en conquistador (1987), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar, narraba la odisea de unos inmigrantes, y Las mejores intenciones (1992), a partir de un guión autobiográfico de Ingmar Bergman, se adentraba en un intenso y memorable drama familiar. Ahora, después de un periplo internacional, donde el director escandinavo se ha dirigido grandes producciones rodadas en inglés con resultados menos buenos de los esperados, ha vuelto a su país, y ha recuperado la esencia de aquel cine intenso e intimista, un cine de personajes, de las relaciones entre ellos, y los conflictos que los abordan.

El resultado es este intenso drama, de envoltura de pieza de cámara, como aquel teatro que defendía Brecht, o el cine de Bergman, y nos cuenta, o podríamos decir, nos susurra, en apenas tres jornadas, y con una única localización, la casa familiar, junto a un lago, que reúne durante un fin de semana, que será el último que los reúna a todos, a tres generaciones de una familia, ahora mas desunida que antes, como suele ocurrir en todas. Todos ellos, la hermana mayor, Heidi, acompañada de su marido e hijo, Sanne, la hermana menor que aparece con su novio de idas y venidas, una amiga del matrimonio, y los padres. Todos se han juntado para despedir a la madre, para pasar el último fin de semana con ella, porque la matriarca, Esther, enferma de una dolencia degenerativa ha decidido acabar con su vida. August filtra su cámara en las aristas y los pliegues que se irán resquebrajando entre los componentes de esta familia a lo largo de esos tres días. El cineasta mira a sus criaturas de forma honesta y sincera, los observa sin inmiscuirse en sus vidas, se detiene cerca de ellos, pero sin molestar, se toma el tiempo preciso y cocina a fuego lento este durísimo encuentro de verdades y mentiras que salen a la luz, y sobre todo, un retrato sobre lo efímero de la vida, donde los personajes deberán redimirse frente a ellos y al que tienen delante, despojarse de sus miedos e inseguridades, y aceptar al otro, la decisión que tendrán que entender por el bien de todos, y sobre todo, por su bien.

Una película que aborda temas complejos y difíciles donde cada uno de los personajes deberá hacerse las pertinentes preguntas para entender y aceptarse primero a él mismo, y luego comprender a una madre que sólo quiere morir como ha vivido, en paz. La cinta de August tiene muchos elementos comunes con Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, una de las joyas del movimiento “Dogma” que se inventó Lars Von Trier, si en aquella una fiesta familiar destapa la caja de los truenos mediante reproches e insultos, debido a un padre maltratador y represor, en ésta, con que también comparte algunos intérpretes, la reunión deriva por otros derroteros, menos acusadores, pero a la postre, los hijos mantienen una posición moral parecida, deben enfrentarse a una decisión que algunos de ellos ignoraban, y otros deben aceptarla y vivir con ella. El trabajo de August dirigiendo a los actores es magistral, todos ellos, algunos tomando protagonismo sólo en breves momentos, tienen su instante de importancia dentro del conflicto familiar, entre las que destacan Paprika Steen, conocida actriz que ha trabajado en la mencionada Celebración, al lado de Von Trier y con Susanne Bier, entre otros, reconocida con la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián del 2014, por su notable interpretación de la calculadora, engreída y perfecta Heidi, que enmascara con esa apariencia una vida aburrida, monótona y tradicional, Ghita Norby, que interpreta a la madre, logra con una mirada y un gesto lo que no se puede describir con palabras, y finalmente, Danica Curcic, que compone a Sanne, esa hermana pequeña depresiva, desencajada dentro del núcleo familiar, que no logra la estabilidad emocional y que anda dando tumbos sin remedio. Un grupo humano que deberá enfrentarse a una situación en la que no sólo deberán aceptar la muerte de su madre, sino aceptarse a ellos mismos y también, a los otros componentes familiares.