Entrevista a Xacio Baño

Entrevista a Xacio Baño, director de la película “Augas Abisais”, en el marco del D’A Film Festival, en la Plaza Joan Corominas en Barcelona, el domingo 9 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xacio Baño, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Eva Herrero de Madavenue, y al equipo del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Negro púrpura, de Sabela Iglesias y Adriana P. Villanueva

LA FIEBRE DEL ORO GALLEGA.

“Entonces, era otro mundo. Un mundo diferente pero un mundo que quisiera yo verlo, enseñároslo y ver como es… porque era un paraíso.”

Oliver Laxe, Alberto Gracia, Eloy Enciso, Xacio Baño, Fon Cortizo, Jaione Camborda, Diana Toucedo, Ángel Santos, Álvaro Gago, Ángeles Huerta, son algunos de los cineastas galegos que han irrumpido en el panorama nacional durante el siglo XXI. Un cine heterodoxo, muy personal, muy diferente, y brillantísimo. Un cine que mira su tierra, sus gentes, su memoria, y sobre todo, mira a su interior. A este grupo, al que cada año se van incorporando nuevas voces, hay que añadir las integrantes de Illa Bufarda, una productora cinematográfica que componen: Sabela Iglesias (Xanceda, A Coruña, 1987), Adriana P. Villanueva (Corcubión, A Coruña, 1987), y Pilar Abades (Lamela, Pontevedra, 1985). Con trabajos en el campo del corto y mediometraje, en 2015 llamaron la atención con el largo Fíos Fóra, que ponía el foco en las mujeres gallegas trabajadoras del textil. Con Negro Púrpura se adentran en el cine etnográfico, para hablarnos del “Claviceps purpurea”, más conocido como el cornezuelo, y llamado cornuello, en muchos lugares de Galicia,  un hongo alucinógeno que brota en los cereales, y más concretamente en el centeno que, a primeros de siglo, en el noroeste de Galicia, se convirtió en todo un fenómeno social, cultural y económico para la zona, convirtiéndose en una pieza muy codiciada, el “Oro negro”, lo llamaban.

Iglesias y P. Villanueva se encargan del montaje y el sonido, respectivamente, amén de la dirección, y Abades de la cinematografía, en una película que es muchas películas dentro de sí misma, y no parece tener ni principio ni final, solo muchas historias y relatos que se arremolinan en torno al hongo dorado, una pieza de gran valor que cambió la vida a todos y todas. Tenemos un viaje al pasado, a la memoria de sus gentes, a través de los testimonios de habitantes de los pueblos que vivieron su particular “Fiebre del oro”, tanto los testigos como los descendientes, nos van trazando un trozo de su historia relacionada con el cornezuelo. Un relato que nos lleva a las infinitas propiedades del preciado hongo: su uso durante las plagas medievales, la medicina popular que lo usaba para provocar abortos, la codicia de las grandes farmacéuticas, ingrediente para fabricar LSD, y la CIA como material indispensable para su uso militar. Toda esa fiebre provocó el elevado precio del hongo que se exportó a todo el mundo, en especial a los Estados Unidos.

Con toda esa información que va y viene, las directoras galegas nos sumergen en un mundo que ya no existe, en un tiempo lejano, en unas gentes y en una memoria enterrada, y lo hacen desde una sencillez formal y elegante que deslumbra, construyendo un caleidoscopio de infinitas historias y relatos donde el tiempo desparece, donde todo parece invocar al pasado siempre desde el presente, como esa maravilla de secuencia al inicio de la película donde en un plano fijo y con tres octogenarios, apoyado con un leve y conciso diálogo, nos explican la despoblación acusada de su pueblo y los de alrededor. La música de la película tiene una mención aparte, porque el músico Paulo Pascual compone una banda sonora extraordinaria a través del Theremin, que desprende un sonido muy peculiar, creando una melodía que casa a las mil maravillas con el entretejido de las imágenes y los testimonios y relatos de la película, recreando ese puzle infinito de curiosidades, planteamientos y vivencia de las gentes relacionadas con el cornello. Un obra de verdad y poética, que nada tiene que envidiar al cine de Rouch y Philibert, del que esta bebiendo, y de la película El cielo gira (2004), de Mercedes Álvarez, en su tratamiento del paisaje, el relato y la voz en off, y la reciente Nación, de Margarita Ledo, en rescatar una memoria no contada, una memoria esencial y capital para entender de donde y de quiénes vivimos.

Iglesias, P. Villanueva y Abades, o lo que es lo mismo, Illa Bufarda, no solo entienden el cine como una herramienta fundamental para devolvernos un pasado no contado, un pasado que requiere su tiempo, su relato y sus existencias, sino que también, y esto es muy importante, y en eso se asemejan a sus coetáneos gallegos, lo hacen de forma atractiva, bellísima, con ese tono y profundidad de lo mágico y lo fantástico, al estilo de los London, Stevenson y Conrad, recreando un tiempo de otro tiempo, un tiempo que parece irreal, un tiempo que mirado desde ahora, tiene ese halo de misterio constante, de vidas extrañas, de seres como de otro tiempo y otro planeta. Negro púrpura  es un viaje inmenso, lleno de caminos y atajos, de idas y venidas, por todos esos pueblos, ahora my vacíos, con sus gentes, muy mayores, pero llenos de tiempo e historia, y también, la película reivindica el maravilloso y vital testimonio de los mayores, de todas esas personas que vivieron otro tiempo, otro lugar y otra vida, tan diferente a esta y con un hongo que nacía en sus tierras y se convirtió en su oro particular. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fon Cortizo

Entrevista a fon Cortizo, director de la película “9 fugas” en el marco del D’A Film Festival, en la Plaza Joan Coromines en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fon Cortizo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Cuñados, de Toño López

SECUESTRO A LAS TRES.

“¡Pero esto no es México, es Ourense, o no lo ves!”.

¿Qué puede fallar a tres tipos desesperados metidos a criminales por pura necesidad? Cuando Eduardo, por un tema burocrático que se ha complicado demasiado, y el azar ha querido que un incendio provoque que el seguro le reclame una cantidad de dinero que no tiene. Y aún más, los proveedores, de negocios ilícitos, y que la policía sigue los talones por un tema de drogas, y  no quieren saber nada del asunto. Eduardo, desesperado, le pide ayuda a su cuñado Sabonis, antigua estrella del C. B. Ourense de baloncesto. Ahora, un padre ingenuo e irresponsable, con un matrimonio en crisis. Ambos, deciden que la mejor forma de salir del entuerto es secuestrar al cuñado vividor de Alicia Zamora, la de los negocios turbios, el tal Modesto. La cosa sale mal como se podía esperar y se irá complicando a cada paso quedan. Con un guión de Araceli Gonda, y la dirección de Toño López (Ourense, 1971), pareja profesional en televisión con series de enorme éxito en la televisión de Galicia como 4º sen ascensor o Luci, unen nuevamente sus fuerzas para crear una comedia disparatadísima que tiene el mejor aroma de películas como Rufufú, de Monicelli, Historias de la radio, de Sáenz de Heredia, Atraco a las tres, de Forqué y Entre pillos anda el juego, de Landis, cine sobre desesperados que creen que cometer un delito será la solución de sus problemas de dinero, y claro está, la cosa no podía acabar peor, y enredarse muchísimo.

Una comedia de esta índole, y con esta textura y lleno de agitación constante y movimientos, donde el diálogo y el gag van marcando el tempo y la tensión, no puede funcionar sin la inmensa y estupenda labor de un terceto protagonista que brilla con soltura, comicidad y transparencia como Miguel de Lira, Xosé A. Touriñán y Federico Pérez Rey el resultado es una comedia inteligente, brillante y magnífica que, en la mejor tradición del género hay de todo: dinero de por medio, engaños, familia, vino, amor, desesperación, malentendidos, encuentros inesperados, y como no, baloncesto y la fase de ascenso a la ACB con la máximo rivalidad entre el Ourense y el Breogán. Porque los tres pinchapeces de turno, y encima cuñados, tienen enfrente a las mujeres, a las cuñadas, que no son otras que las respectivas mujeres, interpretadas por las magníficas Iolanda Muiños, María Vázquez y Eva Fernández, respectivamente. La de Eduardo es Cuca, la que regenta el heredado negocio familiar de vinos de alta calidad, el “Fillas do Ribeiro”, y enamoradísima de su marido. Luego, está Peque, madre de dos niñas y esposa de Sabonis, que está más por separarse que continuar con un tarambana. Y finalmente, para rizar más el rizo, nos encontramos a Mati la cuñada atractiva, soltera y de carácter, que encima es policía, así que el lío familiar, social y criminal está más que embrollado.

La productora gallega Portocabo, con amplia experiencia en series, trabajo bien reconocido ya que ha cosechado éxitos en televisión como Auga seca, que dirigió Toño López, o Hierro  para Movistar+, thrillers muy oscuros ahondando en el aspecto psicológico de los personajes, debuta en el largometraje de ficción con algo completamente diferente, una comedia de aquí y ahora, sobre tres tipos que a cada paso que dan, más se lían en su plan. Cuñados tiene intimidad y mucha risa, porque se ríen de todos los tópicos, empezando por esa forma de ser galega, de Ourense, y del vino, el pulpo, pero siempre con cariño y sin malicia, y sobre todo, adaptando todos los gags a la estructura del relato, que es de agradecer, todo tiene un sentido y es ágil, divertido y lleno de ritmo, todo va sucediéndose como si de un reloj suizo se tratase, creando esa atmósfera de diversión, social y esa mentira tan agradecida en unos personas e historia de estas características, creando esa tensión emocional que aún crea más situaciones cómicas y ridículas.

La música festiva y verbenera de Lamatumbá casa como anillo al dedo con una historia de enredos, mucho movimiento, y desesperación a raudales, con grandes secuencias como todo lo que gira alrededor del secuestro, la elaboración del plan, el sulfato en las viñas, y todo lo que gira en torno al restaurante que tiene mucha miga. Toño López, que había tenido grandes éxitos en la televisión de Galicia con thrillers como Auga seca, debuta en el cine con una historia a las antípodas, comedia loca, con aroma clásico, que sería un cruce imposible entre El quinteto de la muerte, de Alexander Mackendrick, Fargo, de los hermanos Coen, y La vaquilla de Berlanga, pero en Galicia, en galego y de ahora. Un coctel molotov, no, pero sí que a punto de explotar sin remedio, lleno de muchas risas o no, de un continuo ir y venir, con la familia de por medio, con inesperados compañeros de este viaje sin ton ni son, pero, eso sí, lleno de humanidad, simpatía y sobre todo, lleno de disparates. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nación, de Margarita Ledo Andión

TODAS LAS MUJERES TRABAJADORAS.

Nación es cine de búsqueda, es lo real expresado a través de una propuesta autoral, es el cuerpo que respira con la película; es la restitución a la esfera pública de la mujer forzada a encerrarse, de nuevo, en un espacio velado. Es rastrear esas señales que están en la intimidad de la Historia”.

Margarita Ledo Andión

Los primeros instantes de Nación, dejan muy claros los caminos por donde transitará, porque vemos una plano fijo y actual, en la que filma frontalmente a Nieves P. Lusquiños, una mujer libre e independiente, sabia en sus reflexiones, y tranquila en su actitud, que pasa de los sesenta, una de las cinco mujeres que trabajaron en Pontesa a las que la película rescata, filma y escucha. También, veremos una filmación doméstica de un partido de fútbol femenino, allá por los primeros de los ochenta, y habrá espacio para escuchar el poema “Se Vivo”, recitado por su autora, Eva Veiga. Esa mezcla de imágenes, entre el documento testimonial, la imagen de archivo doméstico, y la poesía, fusionan de manera ejemplar en la película, dotando al conjunto de un caleidoscopio lleno de tiempo, memoria, mujeres, trabajo y sobre todo, visibilidad.

La cineasta Margarita Ledo Andión (Castro de Rei, Lugo, 1951), ha hecho un largo camino vital y profesional, desde la lucha antifranquista hasta las reivindicaciones feministas, ya sea desde su oficio como periodista, profesora, escritora y desde el siglo XXI a través del cine, con títulos como Santa Liberdade (2004), Liste, pronunciado Líster (2007), un díptico que rescataba hechos sobre la Guerra Civil que estaban ocultos, con A cicatriz branca (2012), película de ficción sobre la inmigración de mujeres gallegas a América a principios del siglo XX. Con Nación va mucho más allá que sus anteriores trabajos, porque toca muchos palos, con la intención de construir un relato sobre las mujeres trabajadores de loza Pontesa, en la ría de Vigo, sobre la libertad y la independencia que les dio el trabajo, recorriendo las cuatro décadas que permaneció abierta la factoría, con sus años de trabajo, de compañerismo y fraternidad, pasando por los últimos años de lucha obrera y sindical, intentando infructuosamente mantener su trabajo.

El relato se apoya en tres vértices fundamentales. El primero sería el propiamente documental, rescatando y visibilizando a cinco de estas mujeres trabajadores, con la citada Nieves a la cabeza, acompaña de Esther García Lorenzo, Manuela Nóvoa Pérez, Carmen Portela Lusquiños y Carmen Álvarez Seoane, que en planos frontales y en espacios públicos, que nos hablan a nosotros, los espectadores, de sus años en la fábrica y sus reivindicaciones laborales. El segundo sería el material de archivo con imágenes domésticas y comunales, en las que vemos los años de trabajo en la fábrica, con sus cambios políticos, sociales y culturales, hasta los años de hierro, con las huelgas, las trifulcas con la policía, los encierros en la empresa y demás luchas por mantener el trabajo. El tercer y último pilar de la película se sustenta en la poesía de la citada Veiga y Rafa Lobelle, citadas por la propia Veiga, y tres actrices, que escenifican el trabajo arrancando con los años duros del franquismo y la represión que sufrieron muchas mujeres, luego, el trabajo precario femenino, y para cerrar, el fin de la fábrica, y la necesidad de seguir en el camino, en la de seguir luchando y resistiendo los avatares de la vida.

Ledo Andión construye una forma quieta, donde la cámara apenas se desplaza en alguna secuencia, como hacía Agnès Varda en su díptico de Los espigadores y la espigadora, recupera y reivindica el espacio y la intimidad femenina, con esas señas de identidad del cine poderoso y transparente de Chantal Akerman, explorando y profundizando en el ámbito personal e interior de lo femenino que tanto investigó Marguerite Duras en su literatura y cine, con esa posición política y personal del cine de Joaquim Jordà, con su monumental díptico Numax presenta… y Veinte años no es nada, memoria sobre el trabajo y su lucha. Referentes e inspiraciones que le sirven a la cineasta galega para  crear una película muy personal y social, con una mirada única y singular en el panorama nacional, y devolviendo al cine esa mirada personal y política que tanto ha perdido, y devolviendo al cine su condición de testigo y humanista filmando a obreras y el trabajo, y su lucha, que coincide con El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, otra película hermana, que también recoge la destrucción del tejido industrial de principios de los noventa en la región de Murcia, cuando el país se empeñaba en mirar a otro lado en tono festivo.

Margarita Ledo Andión, después de ocho años sin dirigir, vuelve al cine por la puerta grande, construyendo una película inmensa y magnífica película, llena de grandes instantes, recuperando una memoria que muchos ocultan o se niegan a reivindicar, filmando a un grupo de mujeres que son muchas mujeres, mujeres que trabajaron en la industria de la comida y el vestido, que con su trabajo ayudaron a modernizar el país oscuro y arcaico del franquismo, y que la ansiada democracia no les devolvió su trabajo y lucha, y las volvió a ensombrecer, aunque ya había un espacio para seguir luchando y dejar de ser invisibles. La película adopta y acoge de forma natural y sin artificios, una multiplasticidad de formatos, texturas, miradas y posiciones,  que va desde lo íntimo e invisible a lo público y lo visible, recuperando a la mujer trabajadora, pasando por la memoria, lo real, lo imaginario y lo simbólico, entre el documento, el archivo, la ficción, el ensayo, la poesía, cogiendo de aquí y de allá, construyendo una película honesta y sobre todo, humanista, mirándose al espejo de grandes nombres como los ya citados, a los que podríamos incluir cineastas sobre lo humano como los Renoir, Rossellini, Angelopoulos, Tarr, Kaurismaki, entre otros, que investigan y profundizan en el ser humano, sus circunstancias y su forma de vivir y trabajar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/455005270″>Trailer ‘Naci&oacute;n’ (Margarita Ledo Andi&oacute;n) VO Galego</a> from <a href=”https://vimeo.com/user10957901″>N&oacute;scinema</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Milo Taboada

Entrevista a Milo Taboada, intérprete de la película “La isla de las mentiras”, de Paula Cons, en los Jardines de Mercè Vilaret en Barcelona, el martes 19 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Milo Taboada, por su tiempo, generosidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, por su amabilidad, paciencia y cariño, y retratarnos con su maestría.

Lúa Vermella, de Lois Patiño

LAS ÁNIMAS DEL MAR.

“Aquí los muertos no se marchan, se quedan con nosotros”.

La relación entre el ser humano y el paisaje ya estaba en el universo de Lois Patiño (Lugo, 1983), a través de su pieza Montaña en sombra (2012), que exploraba la montaña y unos diminutos esquiadores estáticos, logrando una belleza del paisaje hipnótica e inquietante. La misma relación ha seguido presente en su cine, en su debut en el largometraje, Costa da Morte (2013), la mirada se posaba en los confines del mundo, como lo mencionaban los romanos, para adentrarse en sus gentes y en un paisaje vasto y devorador. El cineasta vuelve a sumergirnos en un paisaje de la costa gallega, centrándose en la relación de sus habitantes con las almas de los náufragos del mar, en un viaje fascinante y perturbador, a partes iguales, entre la realidad y la leyenda, entre la vida y la muerte, entre los que se quedan y los ausentes, entre aquello que creemos ver y aquello que imaginamos, y lo hace desde el documento y la ficción, mirando y retratando a sus habitantes, en una quietud y posición inquebrantables, como si estuviesen recogidos y meditando, que recuerda a la pintura “El Ángelus”, de Millet, el paisaje enigmático y natural, el mar, con sus mareas y aquello que oculta.

Patiño convierte su película en una travesía sonora y visual de grandísima belleza, pero como ocurría en Costa da Morte, no se deja embriagar por sus imágenes bellas, sino que nos propone un misterio, la desaparición de El Rubio, un vecino que rescató a miles de náufragos del mar, y ahora, el mar, se lo ha llevado, y todos los vecinos, evocan su figura y reclaman al mar su cuerpo para darle sepultura. Tres mujeres, tres meigas aparecen en el pueblo, las únicas en movimiento, que buscan a El Rubio, recorriendo todos los lugares de la costa, los espacios del pueblo, los acantilados y cuevas del entorno. El director gallego nos lanza al abismo, nos obliga a dejarnos llevar por sus imágenes y sonidos, pero con una mirada inquieta y curiosa, aquella que investiga y escruta cada encuadre, cada sonido y cada mirada de los personajes, aquella que se muestra cautivada por la belleza que desprende la película, que conserva ese aroma que tenían las novelas de aventuras como Los contrabandistas de Moonfleet o Moby Dick, o las fantasías terroríficas mudas de la UFA, con los Murnau, Lang, Pabst o Muni.

El relato nos habla de la necesidad del duelo, de despedirse de los muertos, de recuperar al ausente para así darle descanso a él, y a los otros, los que se quedan, y también, de lo social, con esa presa construida, que destroza el entorno salvaje y natural, y la afectación que tiene en el entorno, y a los habitantes que les deja sin la pesca en los ríos tan necesaria. El inmenso trabajo de sonido de Juan Carlos Blancas, acompañado por el exquisito montaje que firman Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert y el propio director, que también se hace cargo del guión y la cinematografía, como las espectaculares imágenes bajo el mar, que tiene a Adrián Orr, director de Niñato, como su asistente, y a Jaione Camborda, directora de “Arima”, en la dirección de arte, para darle forma y fondo a una película que se va adentrando suavemente en nuestros sentidos, convocándonos a un misterio, a un espacio “limbo”, que solo existe en lo más profundo de nuestra alma, que tiene que ver con aquello que sentimos y creemos, y no con aquello que vemos, que nos invita a recorrer esos lugares míticos y esas gentes, fascinados por sus mitos y leyendas, por sus muertos, sus espectros que vagan entre los vivos, como la Santa Compaña, a la que hace referencia explícita la película.

Asistiremos al fenómeno de la “Lúa Vermella”, esa Luna de Sangre, que lo tiñe todo de un rojizo plomizo que los inunda, provocando un extraño lugar, no identificable con lo conocido, convirtiendo el espacio y el paisaje, en algo inhóspito y misterioso, donde todo es posible, donde los habitantes de la tierra, las ánimas, y los habitantes del mar, como ese famoso monstruo, el “Moby Dick”, del lugar, adquieren una nueva dimensión, difícil de atrapar, y que solo existe en las profundidades. Lúa Vermella, producida por Zeitun Films, la compañía de Felipe Lage, responsable, entre muchas otras, de las películas de Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, nos convoca a un retrato-viaje de las costumbres y leyendas galegas, de lo más intrínseco de la tierra y aquellos que la habitan, de la especial relación, intensa y profunda, entre los oficios del mar y el propio mar, con sus misterios, mitos y terrores, construyendo una fascinante e hipnótica película, que nos invita a sumergirnos por caminos desconocidos, pero muy atrayentes, en una cinta inmersiva y fascinante, de una grandísima belleza pictórica, que también inquieta, y una sonoridad hipnótica, que nos transporta hacia lugares míticos, absorbentes y cautivadores, donde vivos y fantasmas se relacionan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de las mentiras, de Paula Cons

LAS HEROÍNAS DE SÁLVORA.

“Las mentiras más crueles son dichas en silencio”

Robert Louis Stevenson

La primera imagen de La isla de las mentiras nos muestra un recorrido por un mar agitado rompiendo contra las rocas afiladas y duras de la isla de Sálvora, en la ría de Arosa (Galicia), a 3 km de tierra firme. Una isla que en 1921, la poblaban aldeanos analfabetos que trabajaban duramente la tierra, y sobre todo, el mar, siervos del noble del turno, que los esclavizaba a su antojo. Aunque, la noche del 2 de enero de 1921, todo cambió para ellos, y sobre todo, para tres mujeres que, al ver el naufragio frente a sus costas del Santa Isabel, un vapor cargado de inmigrantes con rumbo a la Argentina. Las tres mujeres, a pesar de la espesa niebla, se lanzaron al mar, y lograron rescatar 53 personas de las 213 que perecieron en el accidente. La noticia voló como la pólvora, y las tres heroínas de Sálvora, como las llamó la prensa de entonces, fueron agasajadas por las autoridades gallegas. Luego, las acusaron de robar a los fallecidos, y el tiempo borró su heroicidad y las condenó al silencio.

La isla de las mentiras, de la gallega Paula Cons, las rescata del tiempo y las devuelve al lugar que nunca debieron perder. Cons se ha fogueado como productora en televisión y cine, tanto en ficción con títulos como Lobos sucios, en la que además era coguionista, o en no ficción, dirigiendo La batalla desconocida, en la que se exploraba la participación de España durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora, debuta en la ficción con una cinta enclavada en el después del naufragio, en las terribles consecuencias de aquella noche aciaga del 2 de enero de 1921, a través de las tres mujeres, y concretamente, en una de ellas, en María, una mujer de carácter, dura y valiente, que deberá enfrentarse a la isla, a todos aquellos que hacen y se callan a favor al marqués. El relato, oscuro e inquietante, con un guión que firman la propia directora y un veterano como Luis Marías (escritor de Urbizu, Barroso, Eva Lesmes o Gracias Querejeta, entre muchos otros), nos va contando de forma sobria y pausada, la cotidianidad de la isla, y sobre todo, la idiosincrasia de sus habitantes, a través del personaje de León, un periodista argentino que recoge el suceso y sospecha que la isla encierra demasiados silencios.

La elegante y cuidadísima composición de los encuadres y la luz, obra de Aitor Mantxola (autor de películas como Alas de mariposa, Aunque tú no lo sepas o  Bajo la piel del lobo), que recuerda a la pintura romántica del XIX, en obras como “El caminante sobre el mar de las nubes”, de Friedrich, o la expresividad y los encuadres de Zurbarán, donde el espacio acorrala y somete al personaje. Una luz que  baña en forma de misterio, tanto la isla, convertida en un personaje esencial más. Un paisaje romántico, y a la vez, terrorífico, que guarda demasiadas historias y verdades, verdades como personajes aparecen en la película. La sutileza y la profundidad del magnífico montaje de una grande como Julia Juaniz, ayuda a esa idea de tenebrosidad y mentira que se extiende por el lugar, donde todos los personas hablan poco y callan más, hablan aquello que les conviene y sobre todo, callan lo que es mejor ocultar y que las cosas sigan como están, con esos días grises, ese trabajo rutinario, y esa isla convertida en prisión y silencio.

Una obra que sugiere más en imágenes que en palabras, en que el silencio impone su ley, necesitaba un plantel de intérpretes a la altura de sus composiciones y relato como la inconmensurable capacidad de una estupenda actriz como Nerea Barros como María, el alma mater de la historia, bruta en sus formas pero decidida en su voluntad férrea, bien acompañada por Darío Grandinetti como el periodista convertido en la búsqueda de la verdad, en ese extraño que hace estallar la armonía aparente de la isla y hará lo imposible para desenterrar lo que allí se esconde, Aitor Luna, el intelectual del lugar, alguien que está fuera de sitio o tal vez, no, y una plantilla de intérpretes gallegos entre los que destacan la mirada y el porte de Victoria Teijeiro como Josefa, la compañera de fatigas de María, o la enorme capacidad de Milo Taboada como Pepe, que compone un magnífico “retrasao” que sabe demasiado, una actuación que coloca al actor en primera plana, Ana Oca como Cipriana, la otra heroína, más joven e inexperta, Leyre Berrocal como la madre náufraga convertida en un espectro, y las presencias de María Costas y Celso Bullago, y otros intérpretes, excelentemente caracterizados, con esa gestualidad ruda y bruta, que escenifican sabiamente como se vivía y sobre todo, como se relacionan unos con otros, bajo el amparo del caciquismo del explotador de turno.

La isla de las mentiras es un excelente debut de Cons, que cuenta un hecho histórico, que lo rescata del olvido y coloca a las verdaderas heroínas del relato en su contexto y en su lugar en la historia, a María, Josefa y Cipriana,  que no solo nos habla de cómo se cocían las cosas en aquella España analfabeta y caciquil de los años veinte, y su telaraña de poder, en la que nos muestra la imagen de la mujer y de su sometimiento y desencanto, sino que también, es un relato que aborda las mentiras y las verdades que se cuentan, se dicen o se ocultan, bajo el manto de un thriller oscuro y lleno de sombras, con esos ropajes negros que rompen contra la luz tenebrosa y tenue de la isla y ese mar embravecido que los encierra, que recuerda al expresionismo alemán o la novela gótica de la época victoriana, o a películas como El secreto de la isla de las focas, de John Sayles, en su halo de misterio con una isla de por medio, o Visionarios, de Manuel Gutiérrez Aragón, en que unas visiones de la Virgen en la España republicana, convertía a los aldeanos privilegiados en objetivo de las autoridades para silenciarlo. Un cine bien contado y mejor consumado, que nos transporta a la oscuridad del comportamiento humano, a las entrañas de lo más aterrador del alma humana, y al cúmulo de intereses que nos empujan a los seres humanos a ser y actuar de una manera u otra, siempre con el convencimiento que es lo mejor que podemos hacer o lo que más nos conviene. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Jaione Camborda

Entrevista a Jaione Camborda, directora de la película “Arima”, en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 8 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaione Camborda, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Arima, de Jaione Camborda

EL ESPÍRITU DEL BOSQUE.

“Te lo he dicho, es un espíritu. Si eres su amiga, puedes hablar con él cuando quieras. Cierras los ojos y le llamas. Soy Ana…Soy Ana…”

Isabel a Ana en El espíritu de la colmena, de Erice

Arima es aquello que ves a través de la niebla, aquello que intuyes, pero que no consigues ver con claridad. Un sueño, un recuerdo, un deseo. Desde su evocador y misterioso título, la primera película de Jaione Camborda (San Sebastián, 1983) nos traslada a un lugar alejado de lo conocido, un espacio que se instala entre la realidad y lo imaginado, entre aquello que vemos y que intuimos, entre lo que sentimos y soñamos, un paisaje envolvente que nos produce miedo y también fascinación, ese lugar donde los sueños, los espíritus y lo de más allá puede cobrar vida, puede manifestarse o puede evocarnos a ese lugar oculto que anida en nuestro interior, ese lugar en el que solo nosotros podemos ir y estar. Camborda nos había entusiasmado con alguno de sus piezas de corte experimental rodadas en súper 8 como Rapa das Bestas (2017) un trabajo de carácter etnográfico en el que exploraba la relación del hombre con lo animal, en una batalla donde se fundían la violencia y lo atávico.

Siguiendo con el celuloide pero esta vez en el 16mm, con el cinematógrafo Alberte Branco (responsable entre otras de Los fenómenos, Las altas presiones o La estación violenta) la directora donostiarra continúa sumergiéndose en los elmentos que transitaban en sus anteriores trabajos como el paisaje, la relación de lo humano con lo animal y la naturaleza, en un espacio donde confluyen realidad y fantasía, componiendo una sinfonía instalada a media luz, velada, donde la espesa niebla, y la sombras proyectadas van creando ese paisaje fantasmagórico por el que se desplazan las cuatro mujeres de la película, Julia, es una mujer reflexiva, de carácter introvertido y muy observadora, que arrastra la desaparición de su hermano Ángel cuando este era solo un niño, su madre es una mujer que ha huido del centro, está anclada en otro tiempo, perdida y desorientada, incapaz de pertenecer a un lugar que mira extrañada, Nadia es la mujer radiante de juventud, atractiva, que posa su cuerpo desnudo para que la retraten, el objeto de deseo al que todos admiran y desean, y por último, Elena, frágil, sencilla y desamparada, madre de Olivia, esa niña que al igual que sus coetáneas Ana de El espíritu de la colmena, la otra Ana de Cría Cuervos y Olvido de La mitad del cielo, todas ellas niñas capaces de traspasar la vida y transitar por el universo de las ánimas, dejar la realidad para adentrarse en un paisaje diferente, extraño y mágico, en el que obedecen otras leyes, otras emociones, un lugar donde se relacionan con espíritus y seres de otro tiempo y otra vida, con el aroma gótico que reinaba en La hora del lobo, de Bergman. Olivia es la niña que abre esa vía a las mujeres, sobre todo, a Julia, a entrar en ese mundo espectral, donde las cosas se sienten y se ven de otra forma.

Las cuatro mujeres verán su cotidianidad alterada con la presencia de dos hombres, uno que nunca veremos pero intuimos que pueda ser real o quizás no, el otro, David, sí que es real, y aparece herido en la vida de Elena, una especie de salvador para ella, una compañía que Olivia verá como una amenaza y un temor. Ese paisaje onírico y real, que camina entre la nebulosa, la apariencia y lo tangible lo encontró Camborda en el pequeño pueblo de Mondoñedo, en el norte de la provincia de Lugo, un lugar que por su posición geográfica está bañado por una espesa niebla que lo inunda de esa capa ambivalente, ideal para construir esa fascinante y evocadora atmósfera que reina en la película. La directora vasca construye un relato íntimo y breve, apenas el metraje alcanza los 77 minutos, con ese montaje lleno de sutilezas obra de Marcos Florez (que ya estaba en El último verano, de Leire Apellaniz) para mostrar lo sugerido y lo espectral.

Arima es un cuento que camina entre lo cotidiano, lo tradicional, y lo fantasmal, con esos maravillosos dibujos infantiles de Olivia (que recuerdan a aquellos que hacía la niña de El cebo) y se mueve entre la fábula, el terror y la violencia (como ese brutal instante cuando Olivia agarra la escopeta) donde todo se sugiere, se intuye y se escucha, donde el off es de vital importancia. Un relato anclado en una especie de limbo, tanto narrativo como formal, en la que escuchamos pocos diálogos, donde las miradas, los gestos y las acciones de los personajes se imponen a las palabras, donde todo se dice desde lo que cuentan las miradas, en el que sus personajes observan y miran mucho, y también callan más, donde todo se sugiere y se alimenta a través de las emociones que van sintiendo y las situaciones que se van generando, donde la tensión emocional entre las mujeres va en aumento, en una especie de laberinto físico y psíquico en el cada una de ellas encuentra o se tropieza con esa realidad imaginada que van inventando o experimentando. Una película sencilla e íntima, que nos coge de la mano y nos lleva por caminos especiales, alejados de lo conocido, inmersos en una cotidianidad diferente, donde lo mágico y lo fantasmal tiene su espacio y su importancia, donde se alimenta un universo peculiar, fascinante y sugerente, que repele y atrae, a través de una cotidianidad cercana que adquiere otro estado, otra fantasía, convirtiéndose en otro mundo, otro paisaje, donde se viven experiencias únicas y poderosas.

Una película de inusitada belleza y contención necesitaba un reparto conjuntado y sobrio como el que forman las cuatro actrices habituales en las serie gallegas como la maravillosa Melania Cruz, que después de breves pero intensos roles en A esmorga, Trote, o el más protagónico en Dhogs, desplegando una fuerza intensa en su rostro, la mirada y el gesto con su Julia, una mujer que traspasa lo conocido para adentrarse en el universo de lo sobrenatural para reencontrarse con el hermano perdido, Rosa Puga Davila es una Elena convincente y superada por los acontecimientos, tratando de volver a ilusionarse, Iria Parada como Nadia, enigmática, oculta y puro deseo, Mabel Ribera que alcanzó notoriedad con Mar adentro, es una madre que deambula como un fantasma por un lugar que no reconoce, Tito Asorey es David, el hombre que entra en la vida de Elena, parco en palabras que oculta mucho. Y finalmente, la niña Nagore Arias, es la mirada inocente e imaginativa, capaz de penetrar en esos mundos mágicos y oníricos que los adultos son incapaces de ver. Camborda ha construido una película honesta y sencilla, que vuelve a evidenciar la grandísima fuerza que late en el cine gallego de ahora, con grandes nombres y títulos que, no solo cosechan buenos resultados aquí si no también fuera de nuestras fronteras, agrandando un cine cotidiano, de raíces, muy de la tierra, en su idioma, pero con temas y elementos universales e interesantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA