Entrevista a Luis Tosar

Entrevista a Luis Tosar, actor en la película “Quién a hierro mata”, de Paco Plaza. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Tosar, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Paco Plaza

Entrevista a Paco Plaza, director de la película “Quién a hierro mata”. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paco Plaza, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Elisa y Marcela, de Isabel Coixet

HE SOÑADO CONTIGO.

“No busques por qué, en el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay solución”.

Anaïs Nin

Las mujeres que pueblan el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Barcelona, 1960) son mujeres decididas, fuertes y con coraje, no se amilanan frente a la adversidad, frente a los prejuicios sociales, frente a aquellos que harán lo imposible para impedir sus deseos, ilusiones y sueños. Mujeres que se ponen en pie y luchan encarnizadamente contra el poder establecido, contra la injusticia, para hacer valer aquello en lo creen, en lo que consideran justo, en lo que se sienten. Muchos recordaréis a la Ann de Mi vida sin mí, que hizo lo indecible para dejar bien a su familia cuando ella no estuviera, o la mujer solitaria que se enfrentaba a su pasado y a su dolor en La vida secreta de las palabras, o Consuelo Castillo que luchaba contra su amor y su enfermedad en Elegy, o Wendy, la neoyorquina que empezaba de nuevo a vivir después de su divorcio en Aprendiendo a conducir, o Josephine Peary, la aventurera que se enfrentaba al frío esquimal y todo en su contra para reunirse con su marido, y finalmente, Florence Green, la solitaria y decidida emprendedora que luchaba contra todos para abrir su librería en el ambiente más hostil en La librería. Coixet lleva más de tres décadas contándonos historias, en sus trece películas de ficción, amén de un buen puñado de documentales de contenido social y político.

En sus ficciones, sus historias giran en torno a mujeres de toda clase social, tiempo, carácter y deseo, como lo son sus nuevas heroínas, Elisa y Marcela, las primeras mujeres que contrajeron matrimonio en España, Elisa vive en un colegio de monjas que dirige su tía, en cambio, Marcela, junto a sus padres, en la Galicia de finales del XIX, más concretamente la de 1898, esa Galicia de gran devoción religiosa, prejuicios sociales, e implacable contra todo aquello que sea diferente, libre o alejado de lo establecido o convencional, también, la otra Galicia, la de Emilia Pardo Bazán, como su libro La cuestión palpitante, que le regalará Elisa a Marcela. Ya desde el plano inicial, en el que vemos la imagen de Elisa de espaldas a nosotros, en el que se va superponiendo la imagen, también de espaldas, de Marcela, mientras escuchamos la voz de Elisa explicando lo que siente y todo aquello que se interpone entre sus sentimientos y aquello que se impone, esa sociedad religiosa, oscura e inquisitoria.

La primera parte, Coixet nos habla del nacimiento del amor entre las dos mujeres, entre los corredores de la escuela, entre la lluvia incesante que moja las calles empedradas, entre atardeceres bañándose en los riachuelos cerca de la playa, mirándose, tocándose, jugando, riendo, y sobre todo, empezando a sentir la una por la otra, sintiéndose libres en un mundo tan ajeno a ellas, tan hostil, como nos irá recordando la magnífica forma de Coixet, con esos barrotes constantes que aparecen entre ellas, incluso los tentáculos del pulpo, que se cuelan en el encuadre escenificando esa cárcel en la que viven las dos jóvenes y a la que deberán enfrentarse más adelante cuando su amor se consuma. Cuando escenifican su amor y se casan, haciéndose Elisa pasar por hombre, tres años más tarde, en la Galicia rural de 1901, empezarán sus problemas cuando ley religiosa destapa el engaño, las mujeres huirán y serán apresadas en la localidad de Oporto, en la vecina Portugal, allí son encarceladas y descubriremos el embarazo de Marcela.

La cineasta catalana envuelve su relato en un primoroso y apabullante blanco y negro cinematografiado por Jennifer Cox (que ya había trabajado con la cineasta en el documental El espíritu del tiempo, sobre el trabajo del artista chino Cai Guo-Quiang en el Museo del Prado) con ese juego de sombras, propio del expresionismo alemán, o esas luces mortecinas para dar calidez y negrura a esos interiores, con el exquisito montaje de Bernat Aragonés, que ya estuvo en La librería, ayuda a contarnos con ritmo y pasión un relato que se va a los 124 minutos, quizás el ritmo se resienta durante la segunda parte cuando las mujeres viven en la cárcel, aunque la aparición de la subtrama del alcaide de la prisión y su mujer, alienta convincentemente el relato, cuando la cárcel de Portugal escenifica la libertad de la que no tienen en el exterior. Coixet nos habla de un amor puro, libre a pesar de los pesares, y muy sentido, protagonizado por dos mujeres, dos almas libres, dos mujeres cultas, que ejercen la docencia, que sienten el amor que se procesan como un compromiso tanto personal como íntimo, como las maravillosas secuencias eróticas, elegantemente bien filmadas, con ese toque de surrealismo como el instante con el pulpo, ahora ya no representa la cárcel, sino el erotismo libre y sin ataduras, o ese otro momento con las algas, donde los cuerpos de las mujeres desnudos se aman, se entrecruzan y sienten la libertad de amarse y experimentar sus deseos alejadas del alcance de esas miradas inquisitorias y malvadas de ese pueblo ignorante, rudo y sometido por los poderes fácticos como el gobierno de turno conservador y la iglesia.

Un reparto que brilla a la altura del relato como Natalia de Molina que da vida a Elisa, creciendo mucho en cada película y demostrando toda su valía, junto a Greta Fernández que interpreta a Marcela, cum laude que después de algunos breves papeles aquí se despega como una de las grandes actrices jóvenes del momento, y esos secundarios como Francesc Orella y María Pujalte, como los padres de Marcela, dejando claro el machismo y la intransigencia del padre y el sometimiento y servilismo de la madre, aunque hay momentos de respiro leyendo a escondidas, Tamar Novas como el joven pretendiente de Marcela, hombre rural de gran hombría, rudo y de carácter. Manolo Solo como Alcaide de la prisión de Oporto, que se sensibiliza con la causa de las mujeres y les comprende, junto a su mujer negra, y finalmente, Lluís Homar como gobernador en una breve secuencia, que deja claro la animadversión hacia sus vecinos. Coixet ha hecho una película necesaria, valiente y comprometida, que gustará más o menos, pero es indudable su generosidad y aplomo para contarnos con astucia y sensibilidad esta historia de amor libre, que desafió los cánones conservadores de la época para ser libres, para amarse sin reservas, para sentirse todo, disfrutando de sus cuerpos, su deseo y su erotismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lara Vilanova

Entrevista a Lara Vilanova, camarógrafa de la película “Trinta Lumes”, de Diana Toucedo, en el Ateneu Barcelonès en Barcelona, el viernes 28 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lara Vilanova, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Diana Toucedo, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Diana Toucedo

Entrevista a Diana Toucedo, directora de la película “Trinta Lumes”, en el marco del D’A Film Festival, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 4 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diana Toucedo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Trinta Lumes, de Diana Toucedo

EL PAISAJE DE LO INVISIBLE.

En la profundidad del bosque, en aquello que no logramos ver, en lo que vive y transita entre lo oculto, se desplaza entre las sombras, en ese mundo oscuro para nuestras percepciones, en esa atmósfera en que las cosas ya no son como las conocemos, en ese otro lugar donde viven los que ya no están, en ese espacio invisible, en ese no lugar en que sólo algunos, los más inquietos y sensibles, logran traspasar esos muros no perceptibles, y adentrarse en ese otro mundo, en ese espacio donde habitan los difuntos, en ese mundo, igual que el nuestro, pero sometido a otras leyes, estructuras y sensibilidades. Una niña llamada Alba Arias, de 13 años de edad, será la figura curiosa y sensible que nos abra esas puertas que no vemos, pero viven entre nosotros, a nuestro alrededor, cerca de nosotros. Después de montar más de una veintena de títulos, entre los que destacan trabajos de Isaki Lacuesta, Eva Vila, Julia Ist, o Los desheredados, de Laura Ferrés, o A estación violenta, de Anxos Fazáns, entre otros, y dirigir un buen puñado de cortometrajes, la gallega Diana Toucedo (1982, Redondela, Pontevedra) enmarca en su tierra, su primer largo, y lo hace desde un marco muy especial, en las montañas de “O Courel”, y en otros tantos pueblos de la región, en la Galicia interior, y a través de una mirada íntima y muy personal, recoge las costumbres e idiosincrasia de esos pueblos y sus gentes, en que la película se bifurca en dos grandes ejes.

Por un lado, tenemos el documento, donde Toucedo, de forma sencilla y reposada, retrata su paisaje, sus montañas, sus cielos, su naturaleza, los fenómenos atmosféricos, donde vemos caer la lluvia, arreciar el viento o encogerse con el frío, en que el paso del tiempo se convierte en un elemento más del retrato, y también, sus gentes y costumbres, la ganadería, con esas vacas pardas caminar por las angostas calles de los pueblos, la camaradería entre sus habitantes, y los quehaceres diarios de sus gentes (como la dulce y curiosidad de la niña pequeña y su cotidianidad junto a su madre y en el colegio) haciendo especial hincapié a la despoblación de las zonas rurales y el olvido de tantos. Por el otro lado, Toucedo construya una emocionante y cotidiana fábula que transita entre lo fantástico y el terror,  siguiendo la aventura de una niña, la citada Alba (que recuerda a la llevada a cabo por la Alicia de Carroll) que ha emprendido una búsqueda a todo aquello que no entiende, a aquello que le es ajeno, a ese mundo de los difuntos, que según las costumbres galegas, siguen ahí, conviviendo entre nosotros, como uno más, aunque sólo algunos son capaces de verlos, de convivir con ellos y aceptarlos como algo natural.

Alba es una de esas personas, y con la compañía de su amigo Samuel, se adentra en ese mundo, mientras asiste a las clases, donde escuchamos la memoria de los ancestros, la fantasía y las leyendas del pasado, donde seres mitológicos convivían con los habitantes de los pueblos. Aunque estos dos relatos casan de forma natural y honesta en el marco de la película, fundiéndose en el relato, caminando a la par, y formando parte del todo, retroalimentándose una a la otra, y siguiendo firme en el transcurso de la película, retratando ese paisaje visible y evidente del que somos testigos, y es otro paisaje, más difícil de ver y de sentir, que la película logra hacer visible, desenmarañando sus brumas y acercándolo para nosotros, en un viaje espiritual, a lo más profundo de nuestros sentidos, y abriéndonos de manera clarividente a ese otro mundo, que también está aquí, entre nosotros, más vivo que nunca.

La maravillosa y fascinante luz de Lara Vilanova (que recuerda a los mejores trabajos de Luis Cuadrado o Teo Escamilla) con esos poderosos interiores claroscuros (como la sorprendente secuencia en el interior de la casa a oscuras con Alba y Samuel) y la captación de esa naturaleza en continuo movimiento, con sus peculiaridades y demás, bien acompañada por el envolvente sonido obra de Oriol Gallart, y la música con tonos fantásticos de Sergio Moure de Oteyza, nos sumergen en este viaje de travesía fantástica, en que todo es posible, en que las cosas más ocultas y enterradas, asumen su evidencia a través de lo más íntimo y personal. Sin olvidarnos del inmenso trabajo de montaje que Toucedo comparte con Ana Pfaff (Responsable en trabajos firmados por Carolina Astudillo, Carla Simón o Meritxel Colell, entre muchos otros) dotando a la película de ese ritmo pausado pero alejado del ensimismamiento que quitaría fuerza a lo contado.

Toucedo ha vuelto a su tierra a través del cineasta inquieto que se acerca a lo más íntimo, a contarnos la vida de sus gentes, y de sus paisajes, del que mira con curiosidad la tierra que dejó hace tiempo, del que vuelve con su cámara a retratarnos sus sensaciones, reflexiones y miedos ante un mundo cambiante, diferente y continuamente amenazado, que todavía se resiste a morir, como en algún momento explican algunos de sus personajes, esa resistencia de vivir en ese lugar, a través del tiempo, compartiendo con aquellos que no están, y los que están, sintiendo que cada camino, cada piedra y cada aliento nos retrotrae a ese mundo en el que conviven de forma natural la vida y la muerte, o lo que es lo mismo, los vivos y los difuntos, a través de ese fascinante personaje de Alba, una niña que recuerda y de qué manera a aquella Ana, que viajaba al mundo de los espíritus, en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, una película con la que Trinta Lumes, esos puntos de luz en forma de ánimas, comparte muchas cosas, igual que con las recientes Penélope, de Eva Vila (en que Toucedo es su montadora) y Con el viento, de Meritxell Colell (en la que Pfaff es su montadora) en que el viaje de vuelta al pueblo, a lo rural, a las raíces, revela mucho más a sus personajes de lo que ellos se esperaban, convirtiendo sus travesías en una forma de lucha interna entre aquello que dejaron y aquello que se encuentran, descubriendo y descubriéndose en esos espacios, sus allegados, esas costumbres y sus tradiciones.


<p><a href=”https://vimeo.com/306661916″>&quot;TRINTA LUMES&quot; – Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/elamedia”>Elamedia Estudios</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>