Olga, de Elie Grappe

LO PERSONAL VS. LO COLECTIVO.

“Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.

Barón Pierre de Coubertin

En abril de 2015, en un ciclo de Cine contemporáneo polaco que tuvo lugar en la Filmoteca de Cataluña, visioné la película Mundial. Gra o wszystko, de Michal Bielawski. Un documental que se aproximaba a la experiencia de la selección polaca del fútbol en el Mundial del 82 celebrado en España, mientras en su país había protestas, ley marcial, militares en las calles y opositores inundando las cárceles. Una extraordinaria exploración sobre el deporte y la política, sobre lo personal y lo colectivo. Un proceso parecido al que ha realizado el  cineasta Elie Grappe (Lyon, Francia, 1994), que después de dirigir un cortometraje sobre danza, inmediatamente después codirigió un documental sobre una orquesta, donde conoció la experiencia de una violinista ucraniana que llegó a Suiza justo antes del Euromaidán (el nombre al que se le dio a las revueltas y protestas del pueblo ucraniano, entre noviembre 2013 y febrero de 2014, que derrocaron al presidente Víktor Janukóvich). A partir de esa idea nació Olga, su primer largometraje.

Con un guion de Raphaëlle Desplechin (del que hemos visto películas tan interesantes como Tournée, de Mathieu Amalric o Curiosa, de Lou Jeunet, entre otras), con el protagonismo de la citada Olga, una niña ucraniana de quince años, gimnasta de élite que debido a los ataques que sufre su madre periodista opositora al gobierno, es enviada a Suiza, la patria de un padre que apenas conoció, y a seguir entrenando para participar en el Campeonato de Europa que sirve de preparación para los Juegos Olímpicos. El director francés fusiona extraordinariamente el documento, rescatando imágenes reales de las protestas grabadas con el móvil por los propios manifestantes ucranianos con esas otras imágenes construidas para la película, que también podrían enmarcarse en el documento, ya que utiliza gimnastas de élite, pero pasado por el filtro de la ficción, creando un relato de muchísima fuerza, tensión, ejemplar naturalidad y sobre todo, una brillante y concienzuda aproximación a la complejidad de una persona exiliada por obligación y compitiendo, mientras su país está en mitad de un proceso revolucionario histórico.

Una apabullante cinematografía de Lucie Baudinaud, que ya estuvo en Suspendú (2015), cortometraje de Grappe, en la que sobresale su férrea cercanía, en la que filma los rostros, los cuerpos y el movimiento de las gimnastas. El estupendo montaje de Suzana Pedro, consigue sumergirnos de forma brutal e inmersiva tanto en ese mundo interior contradictorio y lleno de tensión en el que vive la protagonista, tanto en lo emocional, recibiendo esas imágenes, los videos con su madre y Sasha, su amiga y también gimnasta, como en lo físico, con sus duros entrenamientos, sacrifico y fuerza, y ese espacio de Magglingen, sobre Biena, encerrada en esas meseta estrecha de duro invierno y aislada. El magnífico trabajo interpretativo de la debutante Anastasia Budiashkina en la piel de la antiheroína que, al igual que Sabrina Rubtsova, que se mete en la piel de la citada Sasha, pertenecen al equipo de reserva de la selección de Ucrania de gimnasia, situación que le da a la película y a lo que está contando una verosimilitud y una intimidad extraordinarias, al igual que ocurre con el resto del reparto, todos son integrantes de equipos de gimnasia de élite, tanto preparadores como deportistas.

Estamos ante una película llena de matices, de complejidades y de una honestidad profunda y bien construida, donde no hay buenos ni males, ni ese odioso mensaje de superación ni nada que se le acerque. Aquí hay verdad, a través de la ficción, pero una ficción que podría ser la de cualquier persona que se halle en una situación tan difícil y dolorosa como la que vive Olga, una niña que se va a hacer mayor de repente y de forma intensa, y como pasa en estos casos, todo será traumático, violento y tremendamente tortuoso, una experiencia que la joven la vivirá como puede, entre dos aguas, entre su país, entre todo lo que ha quedado allí, su madre, su amiga del alma, sus raíces, su vida, contra donde está ahora, un exilio forzoso, una salvación que deberá gestionar emocionalmente y físicamente ente durísimos entrenamientos, un nuevo idioma del que no entiende la jerga y una nueva vida, que no resultará nada sencilla debido a los conflictos emocionales en los que está inmersa. Una protagonista que a pesar de los inconvenientes en los que se encuentra inmersa, demostrará una grandísima fuerza y compromiso ante todo y todos. Olga es una película que deberían ver todos los estudiantes y deportistas del mundo, porque no solo se acerca a la vida y al deporte como es, con sus alegrías, tristezas y vuelta a empezar. Toda una enseñanza y lo hace desde la humildad y la humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Plumas, de Omar El Zahoiry

MI MARIDO HA DESAPARECIDO POR ARTE DE MAGIA.  

“Cuando toda esperanza se ha esfumado, no hay razón para el pesimismo”

Aki Kaurismäki

Si miramos a la cinematografía egipcia nos viene el nombre de Youssef Chahine (1926-2008), por encima de otros, ya sea por su prestigio internacional o por otras razones. El caso es que es difícil no recordar algunas de sus grandes obras como Estación Central (1958), La tierra (1969), Alexandria… Why? (1979), El destino (1997), entre otras. Así que, es muy de agradecer que, una distribuidora como Flamingo Films mire hacia esa cinematografía y podamos ver una película como Plumas, de Omar El Zahoiry (El Cairo, Egipto, 1988), un director que con su segundo cortometraje, The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375 (2014), compitió en el prestigioso Festival de Cannes y se alzó con varios premios alrededor del mundo. Mismo certamen que también acogió Plumas, la opera prima de El Zahoiry, y es una primera película nada convencional, porque nos cuenta una historia que es muy cotidiana, apegada a lo social y humanista, con una sinopsis nada extraña, en la que una madre con tres hijos menores a su cargo, se queda sola después que su marido desaparezca en extrañas circunstancias.

Uno de los aciertos de la película es su enorme forma, porque Plumas es una película con una forma muy particular, en la que la cámara se mantiene fija, nunca se mueve, y además, su peculiar sentido del humor en una historia de corte muy social, donde prima la austeridad en todos los sentidos, tanto de forma como de argumento. Un humor de varios niveles y múltiples capas, desde el surrealismo con ese arranque donde un truco de magia hace desaparecer al estúpido padre de familia, que recuerda a alguno de las películas de Woody Allen, y el mago se muestra incapaz de devolverlo sano y sano. También hay esperpento, muy valleinclanesco, en el que vemos a muchos personajes y situaciones de lo más extrañas, donde no falta el tropezón y el zapatazo muy a lo Tati, con lo surrealista impregnando cada secuencia y plano, como ese funcionario policial que nunca vemos, solo escuchamos, o esos empleados tarugos siempre manejando documentos que mueven y remueven, y cómo no, lo bressoniano está muy presente, en su minimalismo, con esas miradas y gestos, porque los personajes de la película apenas hablan, y si lo hacen, aún crean más confusión.

El cine del citado Chahine está muy presente en todo el metraje, con esa mujer que lucha incansablemente salir adelante y enfrentada a una sociedad patriarcal y machista, que no para de ponerle piedras en el carro, un camino de obstáculos y penurias, pero que nunca se muestra sensiblero y demás, porque la interpretación y las situaciones huyen de toda convencionalidad sentimental. El cine de Kaurismäki sobrevuela continuamente en muchos aspectos, desde esos rostros impasibles, aceptando la injusticia y la insolidaridad de los demás, batallando en una sociedad deshumanizada, en el que cualquiera aprovecha su oportunidad para aprovecharse de la desgracia del prójimo. Los maravilloso planos detalle del dinero, objeto indispensable para generar prejuicios y pobreza, con esa pequeña ceremonia de las manos contando billetes. Todo un prodigio de la película y su característica forma para hablar del sometimiento de la mujer en la sociedad árabe, pero construyendo una inteligente y sabia película, en la que no falta el humor negro, irreverente y comedido.

La gran labor del guion que firman Ahmed Amer y el propio director, la excelente cinematografía de Kamal Samy, con esos planos estáticos que muestran o no, donde es tan importante lo que vemos como lo que se nos oculta, y el pausado y relajado montaje que firma Hisham Saqr, que ya estuvo en el mencionado The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375, que acierta con el ritmo lento pero sólido en un film que abarca los ciento doce minutos de metraje. Los fascinantes y maravillosos intérpretes de la película, cada uno con ese aspecto como de otro tiempo, atemporal y lleno de simbolismo, entre los que destaca la magnífica interpretación de la debutante Demyana Nassar en el rol de esa madre obtusa, callada, siempre cabizbaja, con la mirada perdida que, casi sin hablar, consigue tirar hacia adelante, pese a quién pese, y sobre todo, en una sociedad muy hostil que rechaza a las mujeres. Todo un ejemplo de lucha incansable y sobre todo, de humanidad y paciencia, valores tan difíciles de encontrar en la sociedad mercantilista en la que nos ha tocado vivir. Omar El Zahoiry ha construido una película atípica y llena de aciertos e inteligencia, es de esas obras pequeñas, delicadas y llenas de amargura, pero para nada tristes, sino todo lo contrario, porque están llenas de humor, un humor que sirve para contarnos las miserias del mundo y todos aquellos que lo habitan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flee, de Jonas Poher Rasmussen

LA ODISEA DEL REFUGIADO.

“El exilio sigue siendo exilio aun en la ciudad más bella del mundo”.

“Muerte en la Fenice”, de Donna Leon

En los últimos años muchos cineastas han encontrado en la animación el vehículo perfecto para contar el pasado, a partir de relatos personales y un dispositivo de documental, la animación ha servido para construir los recuerdos y sobre todo, analizarlos desde el presente. Nos acordamos de grandes trabajos como los de Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín, El pan de la guerra (2017), de Nora Twomey, El estado contra Mandela y los otros (2018), de Nicolas Champeaux y Gilles Porte, La casa lobo (2018), de Joaquín Cociña y Cristóbal León, Chris el suizo (2018), de Anja Kofmel, entre muchos otros. A este género, que muchos catalogan como “documental animado”, podríamos incluir la película Flee, de Jonas Poher Rasmussen (Kalundborg, Dinamarca, 1981). El director danés-francés ha trabajado en varios medios como la televisión, la radio y el cine en el campo del documental, con títulos tan recordados como los de Searching for Bill (2012), y What He Did (2015), donde se mezcla ficción y documento, igual que hace en Flee, en la que nos cuenta la historia de Amin, un refugiado afgano que nos cuenta su pasado, toda su terrible odisea de vivir en Afganistán y salir del país, vía Rusia, hasta llegar a Dinamarca.

Rasmussen opta por una película sencilla y magistral, donde brilla con fuerza una animación realista y poética, que recuerda a su estilo y forma a la de Josep (2020), de Aurel, en la que nos traslada al país afgano de principios de los ochenta, con Amin, siendo un niño, que se vestía con la ropa de su hermana y escuchaba el “Take on me”, de los A-ha en plena calle, y luego, de forma descarna y crudísima todos los avatares para huir del país hasta llegar a Europa, separarse de su familia, y vivir de forma invisible su condición de homosexual. El cineasta danés sigue el periplo de Amin y los suyos, contándonos ese pasado que tiene indudablemente resonancias en el presente, porque Amin revela a su actual pareja todo lo vivido, todo lo sufrido y los trauman que todavía permanecen en él. Flee no solo nos habla de la dificultad de salir de tu país y llegar a otro, la tragedia de todos los refugiados del ayer, del hoy y del futuro, sino que profundiza en muchos más temas, como el terrible conflicto de construir tu propia identidad cuando todo está en tu contra, la construcción de un hogar lejos del tuyo, y sobre todo, de compartir el dolor y las heridas con la persona que amas para de esa forma cimentar un futuro mejor y lleno de esperanza.

Si tuviéramos que pensar en una película que contase una experiencia personal sobre lo que significa ser un refugiado o exiliado esa no sería otra que América, América (1963), de Elia Kazan, donde el director nacido en Turquía, de padres griegos, relataba de forma realista y humana, todo el proceso doloroso y kafkiano de emprender la tragedia de aventurarse al objetivo de llegar al otro país, y empezar de cero, si eso es posible. Los ochenta y seis minutos de la película nos hablan de alguien que se llama Amin, de alguien que oculta su nombre, de alguien que cuenta su propia historia, que podría ser la historia de tantos otros que han emigrado y emigrarán huyendo de guerras, de hambre, de ideas políticas, de quienes huyen del terror y quieren, como cualquier otro ser humano, vivir en paz independientemente de su condición, sea cual sea. Flee nos habla de libertad, de humanidad, de todo aquello que necesitamos para ser personas, de todo lo que nos construye, y sobre todo, de todo lo que somos, y cómo nos relacionamos con el otro, por muy diferente que sea de nosotros.

Rasmussen nos hace una película sensiblera ni anda que se le parezca, sino una película llena de dolor y terror, sin caer nunca en el tremendismo ni en el adorno ni la condescendencia del drama, porque lo que pretende y consigue el director danés-francés es contarnos una experiencia triste y difícil, pero acercándose a la emoción, a todo lo que se cuece dentro, pero son sensibilidad, dolor y poesía, fusionando de forma sencilla y llena de fuerza tanto la animación, el extraordinario y brillante dibujo, y sobre todo, una película estupendamente bien contada, con un extraordinario guion de Amin y el propio director, que nos convoca a un viaje sin tiempo, a una travesía sobre la memoria y la esperanza, a pesar de todos los males que se cuentan, y un exquisito y ágil montaje de Janus Billeskov Jansen, uno de los grandes editores de la cinematografía danés que tiene en su haber a nombres tan ilustres como los de Bille August y Thomas Vinterberg, con los que ha trabajado muchas veces. Flee es una película que consigue conmovernos y hacernos reflexionar, y lo hace desde la sinceridad, desde la magnífica composición visual de su maravillosa ilustración y animación, y desde el alma, porque nos cuenta la experiencia de Amin, de tantos Amin que le precedieron y tantos que le sucederán en ese itinerario de dejar tu tierra y emprender la incertidumbre de llegar a otro lugar donde se pueda ser persona. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Father, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov

ACEPTAR EL DOLOR.

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunciación, la revolución tecnológica y su vida centrada en el triunfo personal»

José Saramago

En el universo berlanguiano pululan hombrecitos, no me refiero a su tamaño, sino a su posición social. Pobres diablos, de anodinas y oscuras existencias, atrapados en la maraña dictatorial y repugnante de un estado corrupto, idiota y sanguinario, que usa la burocracia para proteger a los poderosos y hundir a los necesitados. Unos hombrecitos que esperan ansiosos las migajas de los privilegiados, unas raquíticas ayudas disfrazadas de bondad que, en realidad, son solo una muestra de la injusticia cotidiana que se impone desde los de arriba. Recordaréis a Plácido, el insignificante ciudadano sin casa que, se las veía y deseaba, para pagar la primera letra de su motocarro, su medio de vida, enfrentado a esa clase pudiente y miserable que usa al necesitado para limpiar su doble moral. Muchos de estos elementos y situaciones las podemos encontrar en el cine de Kristina Grozeva (Sofia, Bulgaria, 1976) y Petar Valchanov (Plovdiv, Bulgaria, 1982), que después de conocerse en la universidad de cine, han construido un imaginario revelador y valiente que toma el pulso a una realidad búlgara poscomunista, donde todavía se arrastran errores del pasado y miserias de un presente que sigue marcando unas normas que solo ayudan al privilegiado y atormenta al necesitado.

Un universo particular, cercano e inquietante, donde hay relatos de naturaleza tragicómica, donde se fusiona lo absurdo, lo perturbador y conmovedor, como demostraron en su opera prima, La lección (2014), donde una profesora ingenua tratando de dar una lección a uno de sus alumnos ladrones, se ve envuelta en un oscuro suceso donde debe dinero a unos prestamistas, o su siguiente producción, en Un minuto de gloria ( 2016), primera entrega de una serie de tres cintas que los cineastas llaman “Trilogía de recortes de periódicos”, conocemos a un trabajador del ferrocarril era usado por el ministerio de transportes para lavar su imagen, en los que el humilde empleado se veía inmerso en una maraña burócrata, que lo sumergía en una odisea cotidiana y kafkiana. En The Father, el relato se sostiene a través de la relación difícil y compleja entre un padre y un hijo, que después de perder a su esposa y madre, respectivamente, se enzarzar en una aventura, a medio camino entre la road movie y la comedia de humor negro, que toca temas como el más allá, la mentira como medio de incomunicación, y la creencia de lo imposible como medio para lidiar entre lo trágico de la vida.

Vassil, el padre que huye hacia el abismo, incapaz de aceptar la muerte de su esposa, que irremediablemente también arrastra a Pavel, el hijo, que tampoco freno a ese comportamiento de cobardía y rebelión al vacío, inoperante de contar la realidad a su novia y usar la mentira como método de escapismo. Los dos son almas rotas, desorientas y superadas por los acontecimientos, incapaces de enfrenarse a la realidad y a la suya propia, escapando de las situaciones cotidianas por tangentes imposibles, que aún les hacen hundirse más en su propia miseria emocional. Los cineastas búlgaros nos sumergen en una acumulación de situaciones de toda índole, donde la risa se paraliza y en ocasiones, se congela, en las que pasamos del drama cotidiano a la situación más absurda y surrealista, movidos por un ritmo endiablado en lo que dejan de suceder acontecimientos e inmediatamente, observamos la respuesta de los personajes, huidiza y torpe, que les hunde más en aquella situación de la que, inútilmente, intentan escapar.

Grozeva y Valchanov, vuelven a confiar en Krum Rodríguez, el cinematógrafo que crea esa luz tenue y lúgubre, propia del grisáceo y pálido que abundan en una Bulgaria partida en dos, incapaz de huir de su pasado estalinista y sumida en la corrupción de los nuevos tiempos, y el montaje, lo vuelve a firmar Valchanov, que evidencia el naturalismo y la película que documenta la verdad que se quiere reflejar, a partir de largas secuencias filmadas con cámara en mano, donde el relato se muestra desnudo e íntimo, como si pudiéramos rozarlo y sentirlo. Como ya habían demostrado en sus anteriores trabajos, las naturalistas y verdaderas composiciones de los intérpretes es otro de los elementos que más resalta en la verdad de las películas, como el buen hacer de Ivan Savov (que ya estuvo en Un minuto de gloria), que encarna a ese padre que se lanza a un imposible exterior cuando debería sumirse en su duelo y sobrellevar la culpa con más dignidad, e Ivan Barnev (al que pudimos ver en La lección, y otros lo recordarán como el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra, del recientemente desaparecido Jírî Menzel) que hace de ese hijo, escapista como el padre, con demasiados frentes abiertos, como esas larguísimas conversaciones vía móvil con su pareja, donde se inventa situaciones para no enfrentarse a esa realidad incómoda y compleja, una realidad que es triste y desoladora.

Dos almas tristes, desoladas e incapaces de comunicarse el uno con el otro, perdidos en este par de días, envueltos en un maná de situaciones que los lleva a huir de aquello que son capaces de asumir, ese sentimiento de culpa que los destroza y los acuchilla sin respiro. Grozeva y Valchanov son unos prodigios a la hora de crear una atmósfera que estiran y aflojan según les conviene, capaces de crear una tensión asfixiante, manejando el tempo cinematográfico de manera clara y potentísima, donde las situaciones y los elementos que se van encontrando los personajes resultan muy curiosos, llenos de ingenio y ayudan a la labor de radiografiar y mostrar la realidad social, económica y política de la actual Bulgaria, como ese instante, marca de la casa, cuando Pavel intenta, infructuosamente, poner la denuncia de la desaparición de su padre, y se va complicando de la mal manera. Hablan de la actualidad de un país, pero siendo lo suficientemente hábiles para universalizar los problemas cotidianos a los que se enfrentar sus criaturas, creando una inmensa y magnífica fábula que nos habla de emociones, de (des)encuentros y sobre todo, de barreras emocionales que han de superarse y mostrar la verdad oculta y reconciliarse con uno mismo, y sobre todo, con el otro, en este caso, padre e hijo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La profesora de piano, de Jan-Ole Gerster

LAS HERIDAS PROFUNDAS.

“La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”

León Tolstói

El arranque de la película resulta inquietante y muy perturbador. Lara, una mujer de sesenta años, se pone de pie en una silla que tiene pegada a su gran ventanal. La ciudad, que está despertándose, parece reflejarse en su rostro, que muestra un gesto ausente y gélido. De repente, tocan a la puerta, y Lara se sobresalta y acude a abrir la puerta. Su momento ha quedado suspendido, y todo lo que pretendía hacer se ha cortado. Viendo esta primera secuencia de la película, podríamos intuir las intenciones de Lara, aunque realmente todo son hipótesis, porque de ese primer momento terrorífico, pasamos al piso del vecino que está siendo registrado por la policía y Lara actúa como testigo. Un instante casi surrealista en comparación con el que acabamos de presenciar. A partir de ese instante, Lara, en su sesenta cumpleaños, irá descubriéndose a medida que va avanzando el metraje de la película, la seguiremos por la ciudad, un lugar frío y nublado, que refleja el estado de ánimo de esta mujer. Acudirá a comprar unas veinte entradas para el concierto que da su hijo Víctor como pianista reconocido. Luego, irá a su antiguo empleo, como funcionaria para el ayuntamiento, se tomará varios cafés, uno, con la novia de su hijo, y otro, con su antiguo profesor de piano, tendrá dos encuentros tensos, uno con ex marido, y otro, con su hijo, y finalmente, acudirá al concierto.

Después de haber sido asistente personal de Wolfgang Becker durante el rodaje de Goodbye, Lenin!  (2003),  Jan-Ole Gerster (Hagen, Alemania, 1978) debuto con Oh Boy (2012) en la que seguía a Niko, un joven perdido y atribulado que vagaba por una ciudad en blanco y negro buscándose a sí mismo y su lugar en el mundo, con claras reminiscencias a la Nouvelle Vague, Truffaut y el Free Cinema. Oh Boy, cosechó aplausos, tanto de crítica como de público, siendo una de las sorpresas de la temporada. Ahora, unos años después, vuelve con La profesora de piano, siendo su título original Lara, el nombre de esa mujer de negro con abrigo rojo que se pasea por una ciudad de manera automática, una madre en el día de su aniversario, una madre que instruyó, alentó y aupó a su hijo Víctor convirtiéndolo en un gran pianista, aunque su desmesurada ambición ha pasado factura en la relación con su hijo, con su ex y con ella misma, convirtiéndola en una persona antisocial, hermética y soberbia, una mujer que no es querida por los suyos, como irá contándonos la película de manera directa y transparente, de frente, sin andarse con atajos ni nada que se le parezca.

Durante los 98 minutos intensos, emocionalmente hablando, y sobrios en su forma, capturando toda la negritud de esa ciudad desangelada que no es otro que ese reflejo que emana del interior de la protagonista, a cada paso, a cada mirada, a cada reflejo en los espejos y cristales, en que la seguimos en ese día eterno en el que Lara intenta prepararse para enfrentarse a los suyos, a su pasado, a lo que tenían y ya no tienen, a todos esos reproches que se merece, a mirar a cuando era esa niña que su excesiva autocrítica y ambición la llevó a dejar de tocar el piano y sufrir por no desarrollar su talento. Un relato lineal y hacia dentro, donde no hay ningún momento excesivo ni de incontinencia emocional, todo se cuenta desde dentro, desde lo más profundo, a través de sencillos gestos y palabras, a partir de la observación de una mujer rota y herida, que traslada toda su frustración a su hijo, cargándolo de todo aquello a lo que ella no se sintió capaz de ser, se sentir, provocando en su hijo una profunda herida, que ella no sabe gestionarla.

Gerster cuenta con un guión férreo de Blaz Kutin, que sabe indagar en la parte emocional, contando ese pasado turbio y oscuro que relaciona a Lara con su hijo, a través del presente, acotándolo en una sola jornada, con esa luz etérea, de tonos oscuros y sombríos, donde resalta y de qué manera, ese abrigo rojo, en una forma que aboga por los planos cortos y primeros planos de Lara y su caminar de aquí para allá, algo así como una extraña de sí misma, vagando sin rumbo, alejándose inútilmente de sus problemas y su terrible pasado. Un deambular que recuerda al de Niko, el joven que retrató el director alemán en su primera película. La soberbia y magnífica composición de Corinna Harfouch (que ha trabajado con directores teutones de la talla como Margarethe von Trotta, Hans-Christian Schmid, Andreas Dresen, Oliver Hirschbiegel, Rolando Gräf, entre otros) dando vida a Lara, esa mujer perdida, rota y descompuesta, que no anda muy lejos de la madre de Sonata de otoño, de Bergman, o aquella otra de Tacones lejanos, de Almodóvar, madres que en su afán y desmesurado amor maternal acaban provocando heridas muy profundas en sus vástagos.

A su lado, Tom Schilling, que ya dio vida a Niko en Oh Boy, (y hace poco nos deleitó en el rol de Kurt Bartner en la estupenda La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck) vuelve a las órdenes de Gerster con un personaje diferente, un hijo que sufrió la ambición y la inquietante forma de aprendizaje de su madre, y ahora, tiene una relación distante y oscura con su progenitora, en la que ese pasado turbio y desolador siempre está presente, alejándolos y enfrentándolos por todo lo ocurrido. Gerster vuelve a deleitarnos con un relato sobre la soledad y las inseguridades, vestidas de ambición artística, a través de una mujer ensombrecida por su peso, por su forma de ser y por sus relaciones con los suyos, capturándonos todo la miseria y atrocidad que encierra Lara, un personaje de alma oscura, alguien atroz, un ser que antepone los éxitos profesionales a todo lo demás, que traslado su inseguridad y miedos a su hijo, con una educación al piano severa, instándolo en una ambición desmesurada y sobre todo, en que su trabajo como pianista estuviera por encima de todo. Lara sabe como es y no se juzga, es así y ya está, y actúa en consecuencia, aunque le provoque problemas graves con los demás y también, con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un blanco, blanco día, de Hlynur Pálmason

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“En los días en que todo es tan blanco que no se distingue entre el cielo y la tierra, los muertos pueden hablar a los vivos”

Anónimo

Dos imágenes. Dos planos secuencia inician el segundo trabajo de Hlynur Pálmason (Hornafjörour, Islandia, 1984). En la primera imagen, en movimiento, seguimos a un automóvil en una mañana nebulosa circulando por una carretera solitaria. En una curva, el vehículo de manera intencionada sigue recto y se despeña por un acantilado perdiéndolo de vista. En la segunda imagen, estática, igual de inquieta, somos testigos del paso del tiempo mientras miramos una casa, en la que no alteramos movimiento. Dos imágenes que a medida que avance el metraje, se irán revelando ante nosotros, destapando aquello que ocultan, aquello que será desvelado, que tendrá una importancia capital en el transcurso de la vida de los personajes. Si en Winter Brothers  (2017), Pálmason indagaba de forma sobria e íntima la tensa y difícil relación de dos hermanos que aparentemente trabajaban juntos, explorando de forma crítica la “falta de amor” entre ellos dos.

En Un blanco, blanco día, sigue investigando las relaciones personales tensas y dificultosas, tanto en el terreno familiar como en el social, pero a través de dos tiempos, el presente y el pasado. El presente, donde conocemos a Ingimundur, un policía retirado que vive entre los arreglos de la nueva casa para su hija, la casa que vimos en la segunda imagen que abre la película, los cuidados de su nieta, y las visitas al psicólogo para superar la muerte trágica de su esposa, el accidente de la primera imagen. Esa aparente cotidianidad en la que nos instala el director islandés, se ve trastocada con el descubrimiento de una caja donde la esposa fallecida guarda objetos personales y recuerdos. Entre esos recuerdos, Ingimundur se tropezará con unas fotos, unos libros y una cámara de video, objetos que ocultan una realidad de su esposa que el protagonista desconocía completamente. La realidad del policía retirado se agita de tal manera que, la vida sencilla y cotidiana de Ingimundur cambia radicalmente, obsesionándose con el pasado de su esposa para encontrar respuestas a muchas inquietudes que lo alteran considerablemente.

En ese instante, Pálmason cambia el tono pausado y relajado de su relato y nos adentra en esa violencia contenida que estallará en la realidad de Ingimundur, obsesionado con el amante de su esposa, en una cruzada personal y violenta por destapar una verdad que le tiene hipnotizado, situación que le enfrentará a sus antiguos compañeros, y a su propia familia, encerrándolo en ese viaje psicótico para resarcir ese pasado que, tanto le inquieta y abruma. El cineasta danés impone un ritmo in crescendo, arranca con esa pausa inquieta y oscura, como si esperásemos que esa violencia contenida explotará en cualquier instante, como sucedía en títulos-espejos como Perros de paja, Defensa  o Furtivos, grandes obras con esa atmósfera rural donde la violencia suavemente va dominando a los personajes y atrapándolos en una espiral sangrienta sin retorno, donde se va rebelando todo aquella rabia oculta que tienen los personajes y estalla cuando las circunstancias se vuelven muy adversas.

El director islandés coloca al actor Ingvar Eggert Sigurosson dando vida a Ingimundur, en el centro del relato, un actor con esa mirada sombría, de talante pausado, y físico imponente, una especie de John Wayne, tanto a nivel físico como emocional, firme en sus propósitos, de pocas palabras y expectante en sus actuaciones y relaciones, fuerte como un roble, y tenaz en sus ideas, sin olvidarnos de ese amor incondicional que tiene a los suyos, convertido en un desatado perro rabioso cuando descubre aquello que tanto tiempo ha sospechado. Pálmason se revela como un cineasta enérgico y magnífico en la construcción de atmósferas y muy sólido y tenaz en mostrar sin evidencias claras y sentimentalismos, las relaciones turbias que hay entre los personajes, como esos maravillosos momentos del partido de fútbol en que la cámara sigue incesante a nuestro protagonista, o los inquietantes planos fijos secuenciales que tanto revelan de la historia, o esos viajes en coche que describen muy bien la tensa calma que se respira en la película, una tensa calma que explotará convirtiendo a los personajes en alimañas, unos, y en cazadores, otros, porque como nos contaba Fassbinder, el amor ha de ser sincero y sin reversas, porque todo lo demás, es exigencia, interés, soledad, vacío y muerte, e Ingimundur debe saber diferenciarlo para no traspasar esa línea de no retorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los testigos de Putin, de Vitaly Mansky

EL ASCENSO DE LA BESTIA.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”

Lord Acton

La política, en muchas ocasiones, desgraciadamente, pierde su valor como elemento estatal primordial para organizar las sociedades, convirtiéndose en meros espejos de todas las maldades de ciertos gobernantes que se creen por encima de todo, y manejan las estructuras del estado para gobernar según sus intereses personales y congraciados con los poderes económicos del país, utilizando la política para someter al pueblo. Podríamos enumerar muchos casos de personas surgidas de la nada,  que crecieron de forma rauda y veloz en el universo político, y en poco tiempo, se fueron erigiendo como únicos salvadores de la patria- Pero… ¿Quiénes son realmente estas personas? ¿De qué lugares vienen? ¿Cómo han conseguido ser líderes en tan poco tiempo cuando hace nada nadie los conocía? Muchas de estas cuestiones son las que se plantean en Los testigos de Putin, del cineasta Vitaly Mansky (Leópolis, Ucrania, 1963) creador reconocido internacionalmente con amplísima trayectoria en el campo documental, por el que lleva transitando hace más de tres décadas.

Mansky compone una película sincera, audaz y profunda, tanto por su forma como por su interesantísimo contenido, porque rescata material de archivo de hace 20 años, partiendo de aquella noche de fin de año de 1999, cuando Yeltsin, el presidente ruso que finiquitó la Unión Soviética, anunció su dimisión y presentó a toda la nación a Vladimir Putin, por aquel entonces un desconocido abogado de San Petersburgo de 47 años, alguien que tres meses después, barrería en las elecciones convirtiéndose en el segundo mandatario de la Federación Rusa después de la URSS. La película recupera las filmaciones de Mansky que este hizo durante la campaña y la noche electoral, contratado por el equipo de Putin para tal efecto, consiguiendo una intimidad personal con Putin y todo su séquito, también observamos imágenes de su primer año en el gobierno, todos los cambios efectuados, y la amalgama de declaraciones, en los que Putin deja de lado la cara amable del político joven defensor de la democracia, desmarcándose del pasado soviético, para convertirse en un defensor a ultranza de ese pasado, y sobre todo, perpetuándose en el poder, ejerciendo mano dura contra todos aquellos críticos de su gobierno, empezando por sus colabores más estrechos, aquellos que le apoyaron y auparon la noche electoral de marzo del 2000, todos aquellos que ahora pertenecen a la oposición o simplemente han sido borrados del mapa.

El cineasta ucraniano no utiliza sus imágenes de modo partidista ni nada parecido, las muestra lo más cercanas y claras posibles, deteniéndose en todos aquellos aspectos humanos de Putin, reflexionando sobre aquel hombre que parecía regio y leal con la democracia, a aquel otro que resucitaba los valores nacionalistas de la Unión Soviética y aquel pasado imperial que tantos querían olvidar, situándose como una especie de líder autoritario, donde él es el estado y la población pasan a ser sus aduladores y enfervorecidos compatriotas que avalan sí o sí todas sus propuestas e ideas. El relato directo y magnífico interpela directamente a los espectadores, siguiendo a Putin en aquellos instantes tan cruciales de su carrera política, viendo su cara más humana con la visita a su antigua maestra, una mujer que aleccionó esa imagen impertérrita y fría del líder ruso, sino que también aparecen Yelstin, que aupó a Putin como su sucesor y le dejó vía libre en el gobierno, al que lo escuchamos viéndose orgulloso de Putin en un principio y luego, despidiéndose con un tono más crítico y sobre todo, apesadumbrado por su error, y también, aparece Gorbachov, el último líder soviético, votando en las elecciones y debatiendo con antiguos camaradas de partido.

Quizás la política y su forma estructural convierta a las personas en aquello que odian ser, o simplemente, muchas de esas personas utilizan la política para ocultar todas sus debilidades y de paso enriquecerse, o más allá, usan la política como un mero escaparate para ser quiénes nunca se atrevieron a ser, o en un mero instrumento de propagando o de interés económico. Putin es el nuevo dictador de la política, como antes lo fueron muchos, que llegaron como corderos y se convirtieron en lobos, y no sólo contentos con eso, fueron más allá, como en el caso de Putin, que veinte años más tarde de las imágenes de la película, continua al frente de Rusia, convertido ya en una especie de mesías de su nación, en alguien que quiere recuperar el esplendor perdido a base de desenterrar los errores del pasado. Mansky no solo ha creado un documento valioso de aquel Putin primerizo y su ascenso meteórico, sino que además, ha construido una pieza magnífica sobre la política y sus mecanismos, sobre el interior de los dirigentes y todo aquello que les rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Lo que arde, de Oliver Laxe

CAMINANDO CON EL FUEGO.

“Si hacen sufrir es porque sufren”

Cuanta razón tenía mi querido Ángel Fernández-Santos cuando mencionaba que en las primeras imágenes se condensaban el espíritu y las raíces de la esencia del relato que a continuación nos contarían. Lo que arde sigue ese impulso que sostenía el recordado crítico con su arranque poético y cruel con esas imágenes que abren el tercer trabajo de Oliver Laxe (París, 1982) sobrecogidos por su belleza y dureza, cuando observamos como una máquina va cortando sin ninguna piedad un grupo de árboles eucaliptos, arrasándolos literalmente, en que el mal llamado progreso devasta la naturaleza y por consiguiente, su patrimonio. De repente, esa destrucción se detiene en seco, la máquina queda paralizada frente a un imponente y centenario eucalipto, como si la naturaleza, en su último aliento, todavía tuviese fuerzas para doblegar la codicia humana. La primera película que rueda Laxe en Galicia, después de sus dos aventuras con Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016) ambas filmadas en Marruecos, donde el director residía, el cineasta galego mira hacia su interior, hacia sus orígenes, cuando viajaba los veranos para visitar a sus abuelos en los montes de Os Ancares, provincia de Lugo. Aquella tierra de la infancia se convierte ahora en el paisaje áspero y bello, difícil y dulce, duro y sensible, en el que se desarrolla el relato.

Una historia que arranca con la vuelta de Amador, después de cumplir condena por incendiario, a la aldea junto a su madre Benedicta y sus animales, con el aroma de western, cuando aquellos hijos prodigo volvían a casa, después de conocer la civilización y salir trasquilados, en la piel del Mitchum de Hombres errantes o el McQueen de Junior Bonner. Laxe, a medio camino entre el documento y la ficción, filma con detalle y precisión la cotidianidad del hijo y su madre, cuidando de sus vacas, caminando entre los árboles y los senderos escarpados y agrestes del bosque, subiendo colinas y montes y observando un territorio en continua contradicción, como la relación entre ser humano y naturaleza, un dificultoso enlace entre las necesidades y los intereses de unos contra los elementos naturales que siguen un curso invariable, ancestral y caprichoso. Pero también tenemos el lado humano, ese pueblo que estigmatiza y desplaza a Amador por su condición de incendiario, llevando esa cruz pesada que le ha asignado la sociedad del lugar, como le ocurría a Eddie Taylor en Sólo se vive una vez, de Lang, cuando al salir de la cárcel, intenta sin salida huir de su condición de proscrito.

Laxe arranca en invierno, siguiendo el estado de ánimo que atraviesa Amador, adaptándose lentamente a las condiciones adversas de la estación, con la llegada de la primavera, las lluvias y el frío dejan paso a la luminosidad y el esplendor de un bosque que despierta del letargo hibernal, para cerrar su película con el verano y el fuego como visitante perenne de cada estío, devastando, como la máquina del inicio, todo a su paso, con unos vecinos desesperados intentando salvar sus casas, cuando piensan en ellas como reclamo turístico. El cineasta gallego-parisino se mueve constantemente entre los extremos humanos y naturales, entre aquello que nos atrapa y también, aquello que nos somete, entre lo justo y lo injusto, entre la belleza de la naturaleza y los animales, ante los intereses económicos y el cambio climático que están acabando con el rural, con los paisajes naturales y sobre todo, con la subsistencia de tantas gentes del campo. Laxe lanza una oda hacia estos lugares naturales en vías de extinción, espacios donde la vida se trasluce entre gentes que abren senderos con su caminar diario, que cuidan de los animales y los rescatan de su terquedad o miedo, donde se habla poco y se observa más, donde estos paisajes se ven contaminados con la mano del humano, que encuentra intereses mercantiles en casi todo, como en ese momento doloroso en que Amador y sus vacas se tropiezan con máquinas devastando árboles y recomponiendo la naturaleza.

Laxe nos sumerge en un relato sencillo e intimista, lleno de luz brillante y sombría, en el que indaga sobre la condición humana, sobre el olvido, el perdón, el amor y el estigma, donde la tierra se vuelve tensa e incendiaria, donde todo pende de un hilo muy fino, donde todo puede estallar en cualquier instante, donde las cosas obedecen a una estabilidad frágil. El cineasta vuelve a contar con sus cómplices habituales como Santiago Fillol en la escritura, Mauro Herce en la cinematografía, Cristóbal Fernández en la edición o Amanda Villavieja en el sonido, para dar forma a una película asombrosa, elegante, sobrecogedora y apabullante, tanto en sus imágenes como en su narración, exponiendo toda la complejidad vital de lo humano frente al entorno, un paisaje bello y cruel, con sus cambios climáticos y sus cambios producidos por el hombre, contándonos esta fábula sobre lo rural, libre y salvaje, como lo hicieron en su día gentes como Gutiérrez Aragón en El corazón del bosque, Borau en Furtivos o Armendáriz en Tasio, y tantos otros autores, en que el hombre luchaba contra los elementos naturales y sociales como hacía Renoir en El hombre del sur o Herzog en Aguirre, la cólera de Dios, y ese progreso devastador que aniquila el paisaje para imponer sus normas y leyes que cambian la forma natural con el conflicto que lleva a las gentes que viven de él y los animales que lo habitan.

Una película hermosa y magnífica con esa limpieza visual que ofrece el súper 16, y esos temas musicales que van de Vivaldi a Leonard Cohen, que ayudan a comprender más la complejidad de lo humano que rige la película, para sumergirnos en un universo ancestral lleno de continuas amenazas, a través de Amador, un tipo silencioso y melancólico con ese rostro vivido y marcado por el tiempo y el dolor, con las grietas faciales que da una vida dura y tensa (que recuerda al rostro de Daniel Fanego de Los condenados, de Isaki Lacuesta) junto a su madre Benedicta Sánchez, una mujer sufridora y maternal, que cuando su hijo regresa lo primero que le suelta es si tiene hambre, alguien que ama a su hijo, independientemente de qué se le ha acusado,  un amor maternal sin condiciones ni reglas. Dos intérpretes, que recuerdan a los actores-modelo que tanto mencionaba Bresson, se suman a Shakib Ben Omar, que aparecía en las dos primeras cintas de Laxe, debutantes en estas lides del cine, bien acompañados por sus leves miradas, gestos y detalles, en las que consiguen toda esa complejidad que emana de sus personalidades, de su tierra y su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Itsaso Arana

Entrevista a Jonás Trueba y Itsaso Arana, director y actriz de la película «La virgen de agosto», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 3 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Itsaso Arana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La virgen de agosto, de Jonás Trueba

CUENTO DE VERANO.

“Hacerse una persona de verdad… ¿Cómo se llega a ser quién uno es realmente…?”

El universo cinematográfico de Jonás Trueba (Madrid, 1981) está plagado de jóvenes a la deriva, enfrascados en conflictos existencialistas, vidas en el limbo, perdidos en continuo conflicto emocional, sin encontrar su espacio o un lugar donde quedarse o donde sentirse bien, individuos que deambulan de un sitio a otro casi por necesidad no por un deseo personal, personas con dificultades laborales y sentimentales, llenas de dudas, de miedos, llenas de todo y de nada a la vez, náufragos sin isla desierta, perdidos en un no lugar y cerrado a la vez, con pocas o nulas perspectivas de futuro, personajes muy reconocibles que podíamos encontrar en nuestros amigos y en nosotros mismos, almas en permanente búsqueda de sí mismos, en medio de la nada, reflejos de estos tiempos actuales tan confusos e impredecibles al igual que sus vidas. Si hacemos un recorrido memorístico por las cuatro películas anteriores del cineasta madrileño, los relatos están apoyados principalmente en los personajes masculinos, dejando la mirada femenina en un segundo plano. Aunque eso sí, los personajes femeninos que abundan en su cine son complejos, llenos de matices y dubitativos, las mismas sensaciones que padecen los masculinos.

Con su anterior película La reconquista (2016) el reencuentro en la juventud de unos antiguos novios de la adolescencia, las tornas se equiparaban, dándole el mismo protagonismo tanto a unos como otros, conociendo los diferentes puntos de vista de la relación pasada y el citado reencuentro. Como si de un espejo deformador se tratase, cualidad que define mucho el cine de Jonás Trueba, en una suerte de compendio íntimo y especial donde sus películas dialogan constantemente unas con otras, creando una especie de infinita sala de espejos en las que se van reflejando, creando pequeños vínculos que continuamente se van abriendo y cerrando. Después de Quién lo impide, su proyecto en marcha asentado en el universo de la adolescencia, volvemos a reencontrarnos con su cine en el personaje de Manuela de La reconquista, o alguien muy parecida a aquella sería Eva, interpretada por la misma actriz Itsaso Arana, también en labores de coguionista junto a Jonás en La virgen de agosto, convertida en el hilo argumental del que tira el director para contarnos un cuento de verano en la ciudad, una fábula-diario de los primeros quince días de agosto, donde la citada Eva (no es casualidad el nombre, ya que tiene resonancias bíblicas) hospedándose en un piso prestado, vivirá los días y las noches vagando por la ciudad de Madrid, (re) encontrándose con personajes del pasado, del presente y quizás de ese futuro que desconocemos en ese momento, algo así como le ocurría al protagonista de Canción de Navidad, de Dickens, donde conversarán, filosofaran y reflexionarán sobre los tiempos actuales, sus deseos, ilusiones, frustraciones, y demás sentimientos.

Eva se reencontrará con amigas que hace mucho que no ve que han sido madres, amigos que van de aquí para allá agobiados de estar en la ciudad en agosto y apáticos con su trabajo, con artistas inquietas que le fascinan, con madrileños inmigrantes nietos de brigadistas que visitan la ciudad con amigos ingleses, nuevas amigas que le ayudarán a sentirse mejor durante la menstruación con la que hablarán de feminismo, o un día de pantano donde dialogar y dejarse llevar, algún que otro reencuentro inesperado en la puerta de un cine, o ese chico extraño que parece diferente a los demás o no, eso sí, (des) encuentros mientras las verbenas de los diferentes barrios se suceden, tiempo para pensar, para conocer, experimentar, soñar, tomar copas o simplemente bailar al ritmo de canciones de Soleá Morente, melodías que interpelan directamente a la situación emocional de Eva, una mujer que mira la ciudad desde la distancia, como si no fuera con ella, una ciudad que Jonás Trueba retrata desde el bullicio y las gentes que como Eva se quedan en la ciudad por diversos motivos, con ese tono entre la ficción y el documento en la que el sonido de Amanda Villavieja (habitual de Isaki Lacuesta o José Luis Guerín)  se convierte en un personaje más, convirtiendo ese entorno en un espejo más que transforman las imágenes de la película.

El cineasta madrileño se rodea de sus cómplices habituales, Santiago Racaj en la cinematografía, con esa luz especial y cálida que baña a la figura de Eva, con ese instante tan profundo durante el baño en el río, o ese otro momento con las lágrimas de San Lorenzo, que retrata la magia de lo cotidiano, ese mirar detenido donde todo puede suceder, donde lo más mínimo adquiere connotaciones espirituales, donde la luz del día como de la noche se tornan únicas, delicadas e íntimas, como si asistiéramos a una fantasía cercana y lejana a la vez, como si no fuese con el personaje de Eva, Marta Velasco en el montaje o Miguel Ángel Rebollo en el Arte, y sus intérpretes habituales que le acompañan en cada viaje-película como la mencionada Itsaso Arana, Vito Sanz, Mike Urroz, Isabelle Stoffel, las breves apariciones de Francesco Carril y del cineasta Sigfrid Monleón, criaturas todas ellas que nos cuentan, nos seducen, también nos interpelan, y sobre todo, nos muestran formas y puntos de vista diferentes.

Jonás Trueba vuelve a mirar a sus maestros y referentes, ya sean literarios como la cita que abre la película: “Cada cual quiere ser cada una; no vaya a ser menos”, obra de Agustín García Calvo, perteneciente al himno de Madrid, o la mención en el bellísimo prólogo del libro de Stanley Cavell sobre la comedia de enredo sentimental en Hollywood en torno a la búsqueda de la felicidad, o citas cinematográficas como la idea de Renoir de la vida como celebración festiva entre amigos, o las dudas existenciales que tanto padecen los personajes de las películas de Rohmer, en la que Delphine, la protagonista de El rayo verde, sería una especia de antítesis de Eva, ya que aquella buscaba acompañante para las vacaciones, y Eva desea quedarse y conocerse en la ciudad,  y Hong Sang-soo, o las miradas a la ciudad de Madrid desde Fernán-Gómez o Patino, donde la ciudad se convierte en el reflejo idóneo de ese estado vital, donde todo parece raro y extraño a la vez.

Unos días de agosto en los cuales Eva se encuentra una ciudad que nace y muere a cada paso, emocionalmente hablando, donde los paseos diurnos o nocturnos adquieren connotaciones místicas, en los que se producen encuentros, desencuentros o reencuentros esperados, inesperados, agradecidos, frustrantes o simplemente, sorpresivos, en que Eva, la protagonista de la película, un actriz que ya no se reconoce en esos espejos vitales, que ni sabe lo que quiere ni se encuentra, que no sabe que hace ni adónde va, alguien que se debate entre los conflictos interiores que tiene, en ese tiempo de transición, en esos 15 días que parece que todo puede suceder, tanto lo bueno como lo menos bueno, donde quizás encuentre un camino diferente al transitado, al que la ha llevado a ese estado, y se tropezará con algo o alguien que la enganche a su vida y a sus sentimientos, quizás no sea definitivo pero al menos será un comienzo, un camino diferente por el que comenzar a caminar, un comienzo de algo que no sabemos a qué lugar la llevará. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA