La crónica francesa, de Wes Anderson

LOS HECHOS Y LOS PERIODISTAS.

“Cualquier escritor, supongo, siente que el mundo en que nació es nada menos que una conspiración contra el cultivo de su talento. No es posible que alguien sepa lo que va a pasar: está sucediendo, cada vez, por primera vez, por única vez”.

James Baldwin

El universo cinematográfico de Wes Anderson (Houston, Estados Unidos, 1969), está dividido en dos mitades. A saber. En la primera, la que comprendería de 1996 con Bottle Rocket, su opera prima, pasando por Academia Rushmore (1998), The Royal Tenenbaums (2001), Life Aquatic (2004), y Viaje a Darjeeling (2007). Todas ellas comedias sobre personajes excéntricos, cualidad que le acompañará en todas sus películas, localizadas en pequeños grupos, más bien familias, ya sean padres e hijos y hermanos, y sobre todo, desarrolladas en ciudades de la América profunda, con esa mirada crítica, ácida, burlona y grotesca del sentir y mediocridades estadounidenses. Con Fantastic Mr. Fox (2009), cinta de animación, comienza una segunda etapa, en que su cine se abre a otras posibilidades estéticas y arriesgadas, eso sí, sin perder un ápice de esos mundos oníricos, extravagantes y fabulosos, llenos de individuos cotidianos, pero llenos de rarezas, estupideces y locuras, donde la estética adquiere un elemento de suma importancia, y el dolorido aumentan, y su historias se hacen mucho más abiertas, y aumentan considerablemente los personajes y los lugares de pequeñas ciudades, pasan a lugares más exóticos y extraños. Moonrise Kingdom (2012), Gran Hotel Budapest (204), su vuelta a la animación con Isla de perros (2018).

La décima película del director tejano que tiene el título de La crónica francesa (Del Liberty, Kansas Evening Sun), sigue la línea de sus últimas películas, y elabora con ingenio y brillantez, una especial carta de amor a la revista que leía en su juventud “The New Yorker” Magazine, inventándose su sección francesa, ubicada en la ciudad de Ennui-sur-Blasé, y lo hace desde el amor a la crónica periodística, a esas personas que bolígrafo en mano relataban los sucesos más extraños y fantásticos que se sucedían a lo largo y ancho del siglo XX. La trama de Anderson escrita por él mismo a partir de una historia ingeniada por él, y cómplices que están casi desde las primeras películas como Roman Coppola, Hugo Guinness y el actor Jason Schwartzman, que se reserva una aparición en la película. La acción arranca con el fallecimiento del querido director Arthur Howitzer Jr., el personal se reúne para escribir su obituario y recuerdan sus “casos”, sumergiéndonos en cuatro historias: un reportero ciclista nos propone un diario de viajes por la ciudad a través de sus zonas más oscuras, sórdidas y deprimentes.

En la segunda de las fábulas, “La obra maestra del cemento”, sobre un demente pintor condenado por homicidio, su carcelera convertida en su musa y amante, y el marchante fascinado por su obra, y enloquecido por todo el dinero que ganará. En “Revisiones de un manifiesto”, es un relato de amor y muerte, sobre el levantamiento de unos jóvenes estudiantes contra la tiranía y el poder, y se cierra con “El comedor privado del comisario de policía”, una historia negra que desprende una trama de drogas, secuestros y exquisitez. No es la primera vez que el cine de Anderson mira a Francia, y a su cine y cultura, ya lo hizo en la mencionada Life Aquatic¸ una especie de retrato muy particular y cotidiano del gran Jacques Cousteau, y Moonrise Kingdom, donde desplegaba todo el abanico de amor al cine de Truffaut y Rohmer, en una tierna y real love story protagonizado por dos jóvenes adolescentes en su primera vez. En La crónica francesa, el amor a lo francés invade cada plano y encuadre de la película, con esos tableau vivants, marca de la casa, que estructuran toda la película, y el blanco y negro de los relatos que contrasta con ese color pop y detallista de la vida en la redacción de la revista.

El sincero y maravilloso homenaje al cine primitivo en la primera historia, al genio de los Lumière y sobre todo, Mélies, en la segunda, podríamos reconocer al cine de entreguerras, al de los Carné, Renoir, Prevert, etc…, con ese blanco y negro sucio y lleno de desesperanza, en una historia tremendamente fatalista, donde cada uno de los personajes está sujeto a la desdicha, a sea personal como social, con su amor fou, donde el amor, el destino y el contexto social dirimen completamente la existencia de los personajes. En la tercera, la sombra de Godard y su película La chinoise es más que evidente, con todos esos estudiantes, sus cigarros Gauloises, sus cafeterías de tertulia política y existencialista con los Camus y Perec, y toda esa discusión sobre todo de la vida, la lucha, el amor, la libertad, etc…, con ese periodista negro que homenajea al gran James Baldwin. Y por último, nos encontramos con el relato de género negro más puro, con polis, gánsteres, putas y gentes de mal vivir, con ese aroma de los Melville, Clouzot, Becker, Vernuill, y otros, del cine francés noir de los cincuenta y sesenta.

Anderson se nutre de sus colaboradores más cómplices y estrechos, empezando por Robert Yeoman en la cinematografía, seis películas juntos, Andrew Weisblum en el montaje, cuatro trabajos juntos, al igual que Adam Stockhausen en el arte, Milena Canonero en el vestuario, y la excelente música de todo un experto como Alexandre Desplat, que repite con el director después de Isla de perros. El reparto, otro tanto de cómplices y amigos, con Bill Murray a la cabeza, como el director de la película, Owen Wilson, que ya estaba en su primera película, como reportero ciclista, Elisabeth Moss como inquietante secretaria, Tilda Swinton como narradora-oradora que explica la segunda de la historias, con un animal y genio Benicio del Toro, como ese pintor mitad loco-mitad animal, con Léa Seydoux, como la musa que le arrebata todo, y Adrien Brody, el marchante enloquecido por su arte. Frances McDormand es la periodista que relata las revueltas estudiantiles de la tercera historia, con un grandioso Timothée Chalamet, un interesante cruce entre Jean-Pierre Léaud y el poeta Georges Perec, bien acompañado por una dulce y fuerte Lyna Khoudri. Jeffrey Wright es el homenaje al gran Baldwin en el relato que cierra la película, con un comisario Mathieu Amalric, que ayudado por su hijo, intenta descifrar el enigma, en la que vemos a Saoirse Ronan como prostituta, y otras apariciones de la película son las de Edward Norton, Anjelica Huston y Willem Dafoe, entre otros.

El cineasta estadounidense ha construido una película maravillosa y asombrosa, convertida en una cinta de culto al instante, como suele pasar con los últimos títulos del cineasta de Houston, llena de ritmo, ágil, laberíntica y caleidoscópica, con esa estructura de muñecas rusas, donde las historias van y vienen por el presente y el pasado, y donde cada personaje, sombra, detalle y objeto adquieren una importancia atroz, en un viaje hipnótico y fascinante por la cultura francesa y esos hombres de prensa, aquellos que ya no quedan, con sus relatos, sus miradas y esa forma de implicarse en lo que contaban, cuando los diarios eran no solo un objeto para informarse, sino una fuente magnífica de conocimiento, entretenimiento, y sobre todo, vitalista. Y este homenaje a su revista y por ende, a su juventud, Anderson lo hace a través de miles de referencias cinematográficas, literarias, teatrales, circenses, desde el teatro del Grand Guignol, esas pequeñas localidades francesas, con su suele adoquinado, que en la realidad es la ciudad de Angoulême, esos bares, esas putas, esa vida bohemia de gentes de vida oscura, escritores sin trabajo, marineros en busca de diversión, mujeres solitarias, amantes sin amor, vidas sin destino, y sobre todo, muchas historias y relatos que se perdían cada día, a cada hora y cada momento, porque todo lo que nos cuenta La crónica francesa solo es una pequeña porción de todas las vidas y existencias que se cocían en esas calles y tugurios, donde todo pendía de un hilo demasiado fino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa

UN CADÁVER EN EL FONDO DE UN POZO

Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) llevaba cinco años sin dirigir, su última película Amador, data de 2010. Entre medias, había publicado Aquí yacen dragones, un libro de relatos, escritos en las pausas de rodajes, festivales… Ahora se enfrenta a un reto mayúsculo en su carrera como director. Un día perfecto es una película que escenifica un cambio en su filmografía, es la primera que toma un texto ajeno, la novela Dejarse llover, de Paula Farias, como materia prima para elaborar su guión, que en sus ficciones siempre había nacido de una idea propia. También, otro dato significativo, es la primera película que rueda en otro idioma, el inglés, mayoritario en la cinta, aunque durante el metraje conviven otras lenguas, como el bosnio, español, ucraniano y francés, y finalmente, el primer de sus trabajos que recrea un contexto histórico, el de los Balcanes de 1995. Una empresa a priori difícil, pero el buen hacer de León de Aranoa resuelve todos los conflictos cinematográficos, con la inestimable ayuda de un poderoso diseño de producción, un plantel de actores internacionales de primerísimo nivel y la luz apagada y contrastada del genial Alex Catalán. Sus criaturas también se enfrentan a situaciones adversas y jodidas que intentan sacar a flote o al menos lo intentan, en el campo de batalla que les ha tocado lidiar.

El cineasta madrileño ya había tenido contacto con la zona bélica que retrata en su película, fue en febrero de 1995, cuando viajó a la guerra de Bosnia y registró el trabajo de unos cooperantes humanitarios. La película, aunque pueda parecer ajena al mundo de León de Aranoa, sigue la misma línea que arrancase hace ya casi dos décadas con aquella deliciosa tragicomedia que fue Familia, a la que siguieron Barrio, donde unos chicos se aburrían en un verano que no parecía tal, con Los lunes al sol, llegó el reconocimiento de crítica (Concha de Oro en el Festival de San Sebastián) y público, donde retrataba la desesperación y el hastío que sufrían unos parados de los astilleros de Vigo, siguió con Princesas, la cotidianidad de un par de putas que arrastraban demasiadas cosas, y Amador, la soledad de la tercera edad que convivía con una inmigración que resistía como podía. Amén de sus trabajos documentales, donde siempre se ha preocupado por las injusticias y los más débiles. En Buenas noches, Uoma, que filmó como pieza para la película Invisibles, ya retrataba una situación de conflicto bélico donde unos niños encontraban refugio durante la noche para no ser secuestrados. Ahora, en su última película, se centra en cuatro personas, cuatro cooperantes, dos tipos cansados y hastiados de todo lo que les envuelve, Mambrú, el responsable del equipo, B, el que siempre anda por ahí, y las mujeres, Sophie, francesa y luchadora incansable que todavía cree en las causas perdidas, y finalmente, Katya, ucraniana, la cooperante que viene a burocratizar todo y a rendir cuentas sentimentales con Mambrú. León de Aranoa nos sumerge en algún lugar de los Balcanes, durante una jornada de 1995, en un contexto de conversaciones de paz, aunque los trabajadores humanitarios todavía se enfrentan a situaciones de gran riesgo. Todo arranca con un cadáver en el fondo de un pozo, guerra silenciosa y bacteriológica que contamina el agua y deja sin suministro a los habitantes de la zona. Los cooperantes se centran en la difícil y compleja misión de sacar el muerto.

León de Aranoa nos lleva por caminos y carreteras laberínticas (filmadas en Granada) que con la excusa de conseguir una cuerda, nos muestra la sinrazón de la guerra, de cualquier guerra, la tensión, desesperación y soledad que se dibuja en los paisajes y escenarios de lo que ha sido la contienda, en las trampas de los caballos muertos, que esconden minas esparcidas por todo el espacio, restos de la guerra que todavía respiran y se niegan a desaparecer, o esos cascos azules, que en ocasiones parecen del mismo bando y en otras no tanto, y los que se empeñan en seguir la guerra, y en los maléficos y desencajados rostros de las personas que se van encontrando, que han perdido todo y a todos, como ese niño que sueña con algo que no podrá ser (un personaje habitual en el cine del realizador, seres que se agarran a ilusiones, para tirar pa’lante). Una mezcla de road movie y western, a ritmo de punk-rock, donde se critica con dureza las marañas y estupideces burocráticas, con personajes a la deriva, algunos ni saben cuánto tiempo les queda en esa tierra, otros ya piensan en la próxima misión, y los pocos, les agazapa el miedo de volver a casa y enfrentarse a la cotidianidad de sus vidas (como le ocurría a uno de los personaje de En tierra hostil). Película que hereda el aroma y el enfoque de En tierra de nadie, que al igual que esta, ahondaba en el conflicto que se desataba por un problema que aparentemente parecía sencillo. Se muestra un dolor sangrante y durísimo, aunque León de Aranoa, con su habitual humor, lo hace más llevadero, ese humor negro, despiadado y perspicaz que utilizan los cooperantes, quizás ellos son los únicos que lo pueden permitir, un humor que les ayuda a tomar distancia para convivir con esa miseria física y moral, unos elementos que hacen de la cinta una obra seria y contundente, donde la honestidad es un concepto que se agradece, no da lecciones de nada, ni quiere servir como la obra definitiva antibelicista, no hay nada de eso, León de Aranoa, se centra en sus personajes, sus relaciones, sus miedos, nos muestra a unos seres humanos que hacen lo que pueden, que aciertan y también se equivocan, no son héroes, más bien perdedores, como todos, en el sinsentido de la guerra.