Día de lluvia en Nueva York, de Woody Allen

HISTORIAS DE NEW YORK.

“El amor es la emoción más compleja. Los seres humanos son imprevisibles. No hay lógica en sus emociones. Donde no hay lógica no hay pensamiento racional. Y donde no hay pensamiento racional puede haber mucho romance, pero mucho sufrimiento”.

Woody Allen

En una sociedad occidental vacía, sucia, mercantilizada y triste, todavía existen seres de otro tiempo, individuos que todavía aman vivir, sentir el aire en sus pulmones, aunque este muy contaminado, perderse por las calles antiguas de la ciudad, aquellas que todavía no han sucumbido a la locura del dólar, o que todavía mantienen algún rasgo de cuando eran calles de verdad, en las que se respiraba el aliento que respiraba la ciudad, sus olores naturales, sus aromas, su diversidad de gentes, costumbres y realidades, perderse por esos lugares de antaño, caminar sin rumbo, aunque esté lloviendo a mares, con esa luz sombría propia de los días de otoño, mientras escuchamos alguna melodía de Gershwin y pateamos con pausa las calles del Village neoyorquino, esa maravillosa luz que se mira con poesía y detalle por el talento de Storaro, cinematógrafo de las tres últimas de Allen.

Allen mira con nostalgia y melancolía un tiempo pasado, irrecuperable, un universo sin tiempo, sin lugar, un mundo aparte, un mundo que tantas veces ha retratado Woody Allen (New York , 1935) en su cine, en ese primigenio cine donde vuelve ahora, en ese cine que tanto ha evocado ese tiempo lejano, ese tiempo que jamás volverá, en el que el estado anímico era diferente, crónicamente otoñal, donde los días parecían hermosos y el amor, esas emociones y relaciones tan peculiares que Allen ha mirado de tantos puntos de vista posibles e imposibles, eso sí, sin faltar al humor, una comedia loca, excéntrica, divertida, de puros gags, o de todas las formas posibles, para soportar el tedio de la ciudad, de la sociedad, de este mundo a la deriva, donde quizás sean el amor y el humor, las dos únicas tablas de salvación, de respirar un poco.

Allen lleva medio siglo haciendo cine y ha dirigido casi medio centenar de títulos, cintas de toda clase, forma y estructura, unos mejores que otros, o podríamos decir, unos más conseguidos que otros, eso sí, incluso en las películas menos conseguidas o más convencionales, el cineasta de Brooklyn siempre se ha sacado de la chistera algún momento único, mítico y deslumbrante, de esos que quedan en la retina de los espectadores para siempre, donde sus atribulados personajes, con sus complejos, deseos, frustraciones o desilusiones, todos juntos y a la vez, se han enfrascado en imposibles romances o líos, listos para el desastre más escandaloso, pero ellos, amotinados y ciegos en su imposible causa, seguían tropezando una y otra vez contra sus sentimientos, ambivalentes, despojados de toda razón o lógica, seres así, alter ego de sí mismos, de ese cineasta bajito, feo y cómico que solamente quería llevar al baile a la reina del instituto, ahí es nada, para darse cuenta de que la realidad siempre es más terca y triste que los sueños, donde todos somos altos, guapos y triunfadores.

En Día de lluvia en Nueva York, conocemos a Gatsby (como el antihéroe de otro tiempo que magníficamente retrató F. Scott Fitzgerald) un tipo joven, de buena familia, que huyó de la Gran Manzana para estar lejos de su familia, unos snobs reprimidos, según él, y se oculta en una de esas universidades donde pasa el rato, sin todavía saber qué hacer y en qué emplear su tiempo, eso sí, lee mucho, sueña aún más, juega el póker, escucha música de antes y ve películas clásicas, las que retratan ese universo al cual le encantaría pertenecer. Ah! Y también tiene novia, una tal Ashleig, una joven guapísima de Arizona que sueña con ser una gran periodista, que nada tiene que ver con Gatsby. La acción arranca cuando Ashleigh tiene que ir a Nueva York a entrevistar a Roland Pollard, uno de esos directores independientes tan profundos e ínfulas de autor con crisis reales o fingidas, una entrevista que se enredará de tal manera que el ansiado fin de semana en la gran ciudad, planeado por Gatsby, se convertirá en un enredo de mil demonios y un juego del gato y el ratón por las calles de la ciudad.

Por un lado, tenemos a Ashleig que va en la búsqueda de un perdido Pollard junto a Ted Davidoff, el guionista que descubrirá algo que hará tambalear sus sentimientos, luego, acabará en una fiesta elitista donde Pollard la intentará seducir aunque también aparecerá Francisco Vega, ese apuesto latin lover dispuesto a todo. Mientras tanto, en algún otro lugar de la ciudad, Gatsby camina sin cesar bajo la lluvia, y tendrá encuentros fortuitos con Chan, la hermana de su novia del instituto, convertida en una atractiva mujer, y acudirá, muy a su pesar, al cumpleaños de su madre, donde deberá enfrentarse a su progenitora. Mención aparte tiene el estupendo reparto del que se rodea el director estadounidense, como suele pasar en sus filmes, con ese Timothée Chalamet, taciturno, triste y solitario, captando la esencia de lo tragicómico de Allen, que conmueve y enfada a partes iguales, con ese aire quijotesco y zombie moderno, bien acompañado por una pizpireta y chica de bien Elle Fanning, con una seductora e inteligente Selena Gómez, y esa retahíla de tipos del cine: Liev Schreiber como director capullo y estúpido, Jude Law como un guionista atribulado y neurótico, y Francisco Vega, en la piel de Diego Luna como el típico galán mentiroso y truhan.

Allen rememora aquellas comedias románticas clásicas del Hollywood dorado como Al servicio de las damas, de La Cava, Historias de Filadelfia, de Cukor, Lo que piensan las mujeres, de Lubitsch, entre muchas otras, llenas de inteligencia, clase y elegancia, con humor a raudales, en el que encontramos fieles y sinceros retratos sobre el amor, sus conflictos, y sobre todo, sus graves consecuencias para el alma humana y su entorno. El cineasta neoyorquino capta ese aroma intrínseco de aquellas películas y lo traslada con maestría e ingenio, marcas de la casa, a la actualidad, con una deliciosa comedia romántica en la que dispara a todo y contra todos, donde frivoliza sobre el mundo de la burguesía estadounidense, se carcajea de los cineastas y todo aquella mugre que les rodea, y no dejará títere con cabeza, en un mundo frenético, estúpido, lleno de complejos y depresivo, donde y ahí volvemos otra vez, el amor y sobre todo, el humor, el humor en todas sus vertientes, el que se ríe de todo, de todos y sobre todo, de uno mismo, será lo único que nos sigue recordando que seguimos siendo humanos o algo que se le parezca. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las películas de fuera que me emocionaron en el 2018

El año cinematográfico del 2018 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado mucho y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido únicamente obedece al orden de visionado por mi parte)

1.- ZAMA, de Lucrecia Martel

https://242peliculasdespues.com/2018/01/21/zama-de-lucrecia-martel/

https://242peliculasdespues.com/2019/06/14/encuentro-con-lucrecia-martel/

2.- CALL ME BY YOUR NAME, de Luca Guadagnino

https://242peliculasdespues.com/2018/01/26/call-me-by-your-name-de-luca-guadagnino/

3.- THE FLORIDA PROJECT, de Sean Baker

https://242peliculasdespues.com/2018/02/11/the-florida-project-de-sean-baker/

4.- SIN AMOR, de Andrey Zvyagintsev

https://242peliculasdespues.com/2018/02/05/sin-amor-de-andrey-zvyagintsev/

5.- TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, de Martin McDonagh

https://242peliculasdespues.com/2018/02/12/tres-anuncios-en-las-afueras-de-martin-mcdonagh/

6.- HILO INVISIBLE, de Paul Thomas Anderson

https://242peliculasdespues.com/2018/02/18/el-hilo-invisible-de-paul-thomas-anderson/

7.- LADY BIRD, de Greta Gerwig

https://242peliculasdespues.com/2018/03/11/lady-bird-de-greta-gerwig/

8.- EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE, de Nobuhiro Suwa

https://242peliculasdespues.com/2018/04/27/el-leon-duerme-esta-noche-de-nobuhiro-suwa/

9.- CARAS Y LUGARES, de Agnès Varda y JR

https://242peliculasdespues.com/2018/06/11/caras-y-lugares-de-agnes-varda-y-jr/

10.- 78/52, LA ESCENA QUE CAMBIÓ EL CINE, de Alexandre O. Philippe

https://242peliculasdespues.com/2018/06/28/78-52-la-escena-que-cambio-el-cine-de-alexandre-o-philippe/

11.- MISS KIET’S CHILDREN, de Petra Lataster-Czisch y Peter Lataster

https://242peliculasdespues.com/2018/06/21/miss-kiets-children-de-petra-lataster-czisch-y-peter-lataster/

12.- THE RIDER, de Chloé Zhao

https://242peliculasdespues.com/2018/09/23/the-rider-de-chloe-zhao/

13.- EL REVERENDO, de Paul Schrader

https://242peliculasdespues.com/2018/09/27/el-reverendo-de-paul-schrader/

14.- COLD WAR, dePawel Pawlikowski

https://242peliculasdespues.com/2018/10/08/cold-war-de-pawel-pawlikowski/

15.- LAZZARO FELIZ, de alice Rohrwacher

https://242peliculasdespues.com/2018/11/12/lazzaro-feliz-de-alice-rohrwacher/

16.- CLIMAX, de Gaspar Noé

https://242peliculasdespues.com/2018/10/18/climax-de-gaspar-noe/

Ghostland, de Pascal Laugier

HORROR EN LA CASA DE MUÑECAS.

Erase una vez una madre Coleen que junto a sus dos hijas adolescentes, Beth, introvertida e incipiente escritora de terror amante de la literatura de Lovecraft, y Vera, extrovertida y enganchada a las nuevas tecnologías. Las tres llegan a un pequeño pueblo donde les espera una nueva vida en la vieja granja de una tía lejana que coleccionaba muñecas de aspecto diabólico. La primera noche se ven asaltadas por dos psicópatas que las someten a una espiral de horror y violencia. La premisa inicial de Ghostland no parece nada del otro jueves, siendo casi un calco de tantas películas donde inocentes jóvenes son asaltadas por asesinos despiadados. Pascal Laugier, auténtico especialista en el género con títulos tan recordados como El internado (2004) o Matyrs (2008) ambas rodadas en su Francia natal antes de su salto a EE.UU. con El hombre de las sombras (2012), va algo más allá en su propuesta, porque sin pretender originalidad en un género muy machacado, si que abre nuevas ventanas para reformular este tipo de historias. Los relatos de Laugier tienen mucho que ver con los espacios cerrados o alejados del mundanal ruido, sitios oscuros, siniestros y llenos de maledicencia, donde jovencitas se ven inmersas en universos terroríficos en los que deberán sobrevivir cueste lo que cueste.

El director francés nos sitúa en un cuento de nuestro tiempo, donde lo novedoso de la propuesta será el juego con el subjetivismo del personaje principal de Beth, esa niña inquieta y observadora que sueña con escribir historias de terror, introduciéndonos en varias formas de ver y sentir la historia, llevándonos por este laberinto narrativo en el que lo real y lo onírico se dan la mano sin conocer a ciencia cierta en que universo nos encontramos. Laugier nos lelva por dos caminos, cuando Beth es adolescente y sufren el terrible ataque y luego, 16 años después, cuando Beth, convertido en exitosa escritora de novelas de terror, vuelve a su casa, donde su madre sobrevive atendiendo a Vera, la hermana pequeña que vive perturbada y anclada en aquella noche fatídica.

Cinco personajes en el interior de una casa que cruje por todos los lados, que desprende un olor entre rancio y a ambientador añejo, con una decoración de poco gusto, envejecida y carcomida, y llena de muñecas de todos los materiales posibles, abundando las de porcelana y las de aspectos siniestros y diabólicos, muñecas que parecen cobrar vida o simplemente creemos que cobran vida. Quizás para muchos espectadores el juego narrativo que propone la película les resulte ya muy visto, pero Laugier no pretende levantar de la butaca, sino todo lo contrario, cogiendo vías y propuestas ya trilladas para abrir un resquicio de luz, en este caso de oscuridad, para mantener al espectador sometido y anclado a su butaca, inquieto y revolcado entre tanta maldad, siendo testigos del horror más puro encarnado en esos dos tipejos que se enfundan en un ogro, una mala bestia enorme con una fuerza descomunal y feísimo, una especie de jorobado de Notre Dame de la maldad, a su lado, una bruja travestida que se dedica a jugar con muñecas humanas, disfrazando a las dos hermanas y convirtiéndolas en dos marionetas a la merced de ese ogro asesino.

Laugier pone sobre la mesa el secuestro, los abusos pedófilos, la depresión, la locura, los traumas psicológicos difíciles de resolver, o el pasado horrible del que tanto cuesta escapar, y todo contado entre una realidad espeluznante, esa de casos de asesinato y violaciones que podemos escuchar diariamente en los informativos mezclada con ese cuento macabro y espeluznante que traspasa lo grotesco y lo horrible, entre la realidad y el sueño, entre lo que vemos o lo que imaginamos, entre lo que está pasando y lo que nos gustaría que hubiera pasado, entre presente y pasado, con ese aroma de los buenos títulos de terror puro como La noche de los muertos vivientes,  La matanza de Texas, Viernes 13 o Posesión infernal, entre muchos otros, con el impecable reparto de la función, tanto en su adolescencia como la etapa adulta, que saben componer unos personajes reales y muy cercanos, naturales, dentro de esa casa convertida en el infierno donde ninguna muñeca está a salvo, sea real o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Quim Gutiérrez

Entrevista a Quim Gutiérrez, actor en la película “Litus”, de Dani de la Orden. El encuentro tuvo lugar el miércoles 4 de septiembre de 2019 en el Hotel Casa Fuster en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Quim Gutiérrez, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de A Contracorriente Films, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Adrián Lastra

Entrevista a Adrián Lastra, actor en la película “Litus”, de Dani de la Orden. El encuentro tuvo lugar el miércoles 4 de septiembre de 2019 en el Hotel Casa Fuster en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adrián Lastra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de A Contracorriente Films, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Litus, de Dani de la Orden

LAS CARTAS DE DESPEDIDA.

Litus  arrancó allá por el año 2012 como una obra de teatro en la pequeña y acogedora Sala Flyhard. Su éxito fue rotundo y después de dos meses llenando cambiaron al espacio del Teatre Lliure. La responsable de todo aquello fue Marta Buchaca (Barcelona, 1979) que se inició como dramaturga por el año 2005 para luego pasar a escribir y dirigir sus propias obras, historias de nuestro tiempo protagonizadas por gentes de aquí y ahora. Siete años después y adaptada por la propia Buchaca nos llega su paso al cine para sin perder su esencia del relato intimista y profundo sobre un grupo de amigos que se reencuentran un tiempo después del suicidio de Litus, con la excusa de leer unas cartas que el fallecido dejó para ellos. El director Dani de la Orden (Barcelona, 1989) que debutó con Barcelona, nit d’estiu (2013) a la que siguió su secuela Barcelona, nit d’hivern (2015) dos interesantes propuestas episódicas que nos hablaban de gente joven, relaciones íntimas y la búsqueda de la felicidad. Le siguieron El pregón (2016) vehículo destinado al tándem televisivo Buenafuente-Berto, y El mejor verano de mi vida (2018) una comedia con hechuras al servicio del humorista Leo Harlem.

En Litus, De la Orden recupera muchas de las propuestas narrativas que ya había explorado en sus dos primeras películas, aunque aquí se añade el tema del suicidio, la pérdida para todo el grupo de amigos, hablando de temas complejos como el duelo, la ausencia, todos esos espacios vacíos que ha dejado el que se fue, su relación con ellos, y sobre todo, la amistad y todas sus consecuencias, en un relato que respira su deuda con el teatro situándonos en un único espacio, la casa donde vivió Litus, con ese cuarto tal y como él lo dejó, como ese espacio convertido en un lugar difícil de encarar y aceptar al ausente, con esos dos amigos Pablo y Marcos que esperan al resto de amigos que irán llegando, creando esas tensiones emocionales que en seis meses han estado dormidas o simplemente dejadas de lado, con esa mala idea que las cosas mejor dejarlas para que no molesten ni enturbien.

Ahora ese tiempo de silencio ha llegado a su fin y deberán hablar de Litus, de su muerte, de la relación que cada uno tenía con él, de aceptar una muerte incomprensible, de conocer la verdadera naturaleza de un amigo que quizás tenía problemas y nadie los vio, o nadie se atrevió a afrontarlos con él, de poner las cartas sobre la mesa y hablar cara a cara, frente a frente, sin cortapisas, diciéndose todo a la cara, esas verdades que nadie se atreve a decir, y desenmascarar todas esas mentiras en torno a Litus y a todos los demás. Pablo mantiene el recuerdo del muerto, engañándose a sí mismo que era un tío legal y sin máscaras, en cambio, Marcos, agobiado emocionalmente porque no logra superar la ruptura con Su, ve a Litus como un tío despreocupado y guay, Laia, la novia de Litus, prefiere no hablar de él  seguir con su vida, liándose con Toni, hermano de Litus, que hablará de su hermano muerto desde una perspectiva diferente que sorprenderá a todos, Pepe, que tenía un grupo de música con el fallecido, hablará son estridencias y contando su interior y todo aquello que los unía y separaba, y finalmente, Su, la ex de Marcos, personaje que no aparecía en la obra de teatro, que aparecerá para dar testimonio de todo los sucedido en ese piso y reencontrarse con Marcos para decirse todo lo que todavía no se han dicho.

De la Orden y Buchaca han construido un tragicomedia con mucho sentido y profundidad, que mantiene las buenas vibraciones que ya tenía en el teatro, a través de los diálogos, discusiones, reproches y enfrentamientos entre unos y otros, componiendo una fábula de nuestro tiempo, que nos habla desde la cercanía y la profundidad de temas como la amistad, la ausencia, el duelo, la aceptación, sobre todos esos conflictos internos y externos de los que nunca se habla, de la dificultad de expresar emociones y sobre todo, la de infinitos obstáculos que nos colocamos delante para no crecer, para seguir siendo niños emocionalmente hablando, para no asumir responsabilidades, y encontrar salidas equivocadas y mortales como hace Litus y lanzarse contra un muro y acabar con todo, de ese síndrome de Peter Pan tan habitual en la sociedad actual en la que todo va a velocidad de crucero y hay que demostrar a los demás que somos capaces de aquello y esto y olvidarnos de nuestro interior, de lo que realmente somos y queremos y sobre todo, de hacia dónde queremos llegar para encontrar nuestro lugar y sentirnos mejor con nosotros mismos.

Con ese aroma inconfundible que tenía Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que los amigos recordaban al compañero muerto, para bien y mal, redescubriéndolo y de frente, donde brilla una puesta en escena de gran ritmo y solidez que combina con mucha audacia y equilibrio los vaivenes emocionales que experimentan cada uno de los personajes, así como esos instantes de ligereza con esos toques de humos que suelen venir del personaje de Marcos, el más expresivo y grandilocuente, y un reparto que brilla a gran altura con las presencias tan estimulantes de Quim Gutiérrez como Toni, el portador de las cartas y con más de una sorpresa que dejará boquiabiertos al resto, Álex García, muy sobrio haciendo de Pablo, que vive obsesionado por el orden y la limpieza como vía de escape para controlarlo todo y no decir aquello que no agobia, Adrián Lastra interpreta con soltura a Marcos, el más inmaduro emocionalmente que en cambio, lo expresa todo y es poco delicado, con el síndrome del centro de atención constante, Belén Cuesta da forma a una Laia misteriosa, callada e incapaz de afrontar todo sobre Litus, Miquel Fernández es Pepe, el artista exitoso que habla de Litus con sinceridad y aplomo, dejando ver sus miedos e inseguridades, y finalmente, Marta Nieto, la testigo de todo este berenjenal emocional, que despierta de ese sueño adolescente a Marcos, y viene a calmar un poco los ánimos entre tanto tsunami emocional. Una comedia dramática sobre nuestras emociones, sobre cómo afrontamos el dolor y la pérdida del ausente, y también, de qué hacemos para enfrentar nuestros miedos, torpezas e inseguridades a los demás y a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Buscando la perfección, de Julien Faraut

LA OBSESIÓN DEL GENIO.  

“El cine miente, no el deporte…”

Jean-Luc Godard

La película se abre con una película de Gil de Kermadec titulada Les bases techniques du tennis, filmada en 1966 y en blanco y negro, sobre posiciones y técnicas innovadoras para extraer el máximo rendimiento cuando se practica el tenis. Gil de Kermadec fue un jugador de tenis de primera, más tarde fue Presidente de la Federación de Tenis Francesa durante más de veinte años y también, de la Federación Internacional. Pero, también era un gran director de cine, y cómo otros grandes cineastas del documental como Rouch o Marker buscaron en “lo real” su forma de trasnmitir el detalle y la naturalidad en sus imágenes, como consecuencia de esa búsqueda y como trabajo para la enseñanza del tenis filmó desde 1976 hasta 1985 a un jugador para estudiar su técnica. Las imágenes del tenista John McEnroe (Wiesbaden, Alemania, 1959) son las últimas que Gil de Kermadec filmó, y son la base de la película Buscando la perfección, de Julien Faraut, que ya había trabajado para el INSEP (Instituto Nacional deDeporte) sobre imágenes de archivo a menudo inéditas, sobre los Juegos Olímpicos de París de 1924, el legendario saltador Bob Beamon o sobre el primer largometraje de Chris Marker rodado durante los Juegos Olímpicos de  1952. Recuperando estas filmaciones, más de 20 horas en 16 mm, que estaban almacenadas sin catalogar en una de las estanterías del INSEP.

Faraut les saca el polvo a esas imágenes y recupera una forma de filmar el deporte muy diferente a la que estamos acostumbrados por televisión, donde el resultado es lo primordial. Aquí, estamos ante otra cosa, más íntima, visceral y llena de tensión, donde cada punto del tenis se convierte en una capítulo lleno de suspense, donde todo parece morir en cada punto, y vuelta a empezar. El objetivo sigue como un león enjaulado a John McEnroe durante el Roland Garros de 1984, el año del tenista estadounidense, donde lo había ganado todo, y albergaba el mayor porcentaje de la historia del tenis, que todavía nadie ha podido superar, 82 victorias por solo 3 derrotas. McEnroe llegaba a Roland Garros con el propósito de triunfar en el único Grand Slam que se le resistía. Durante una hora Faraut edita y nos muestra las imágenes de Gil de Kermadec y las eleva a través de un montaje enérgico, vibrante y lleno de espectacularidad, con la compañía de la narración del actor francés Mathieu Amalric, con esa voz cálida y de testimonio omnipresente, que describe con minuciosidad e intimidad el juego del tenista estadounidense, así como sus salidas de tono, marca de su estilo de juego, en el que constantemente discutía airadamente con jueces, cameramans, mostrando una gran hostilidad con el público con el fin de descentrar a sus rivales y llevarse el partido, una mente fría y caliente a la vez, alguien capaz de la diablura técnica más exquisita que se servía de todo tipo de artimañas ajenas al juego para mantener la tensión en el juego y sobre todo, amarillear a sus rivales.

El cineasta francés acompaña la película con música rock, un elemento interesante que retrata la fiera que anida en el interior de McEnroe, con temas de Sonic Youth y Zone Libre, una música alejada también de los partidos convencionales de tenis. Faraut deja para la última media hora de su película, el partido de la gran final de Roland Garros de 1984 que enfrentó a McEnroe con Iván Lendl. En ese instante, la película de planteamiento digresivo, con idas y venidas constantes, convirtiéndose en una especie de caleidoscopio magnífico sobre la forma y concepción cinematográfica y la condición humana, en que deporte y cine se mezclan y funden creando un escenario épico y cercano a la vez, donde el juego del tenis trasciendo a algo más, entre la capacidad de McEnroe de crear su hostilidad marca de la casa, en que todo el mundo lo increpara y se pusiera del lado del contrario como mencionaba el crítico francés Serge Daney: “La hostilidad era su droga, era preciso que todo el mundo estuviera en su contra”.

El partido está en todo su apogeo, cada punto es primordial, se lucha hasta la extenuación para conseguirlo, nada parece suficiente, los golpes se suceden, la tensión aumenta, los tenistas practican su mejor tenis para ganar el duelo fratricida, donde la película va cambiando su tono, más sombrío en una pista bañada por el sol y el calor, envolviéndose en un western fronterizo, muy oscuro y terrorífico, donde los pistoleros más rápidos del lugar se encuentran en mitad de todo, uno a cada lado, se miran, se estudian y se desafían, batiéndose en un duelo sin cuartel, donde habrá gloria para uno y tristeza para otro. Una media hora brutal y llena de tensión, como en una película de Hitchcock, como en Extraños en un tren, con la extraordinaria secuencia del partido de tenis, donde cada juego significa algo mucho mayor, donde la vida y al muerte se suceden casi al instante, donde todo depende de donde bote la pelota, de cómo se devuelva la pelota cuando bota en tu campo, de cómo la tensión y la atmósfera que se ha generado en el partido no nos desconcentre y podamos ganar a nuestro rival.

Centrados en los movimientos y la técnica exquisita de McEnroe, apenas vemos a su contrincante Lendl, vivimos con el tenista norteamericano su rabia, su mal carácter o al menos eso expresaba, sus continuos aspavientos al juez de silla, sus interminables discusiones y sus continuas protestas, y su hostilidad al público, al que siempre colocaba en una posición contraria a él, alguien que a parte de su genio con la raqueta, se desenvolvía como el malo de la película, ese antihéroe con el que el público jamás congenia, una especie de “bad boy” infinito que jamás cambio su forma de ser y jugar en la pista, porque todo su talento extraordinario en el tenis siempre iba junto a esa forma de moverse y discutir en el juego. Faraut ha construido una película bellísima y poética sobre el mundo del deporte y el cine, sobre la capacidad del ser humano de construir la belleza de aquello más insignificante y ajeno a los ojos de los espectadores, porque las preciosistas y esculturales imágenes de Gil de Kermadec se alzan de forma ceremoniosa y nos devuelven a esa magia del cine capaz de todo, de convertir unos movimientos y un juego en toda una lección de humanidad y belleza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA