El agente topo, de Maite Alberdi

EL SUPERAGENTE SERGIO.

“En cierto sentido, el trabajo del documentalista se parece al del agente espía: esperar a tener pruebas, esperar a que salgan las escenas. El detective y la documentalista observamos cómo otros viven”.

Maite Alberdi

En los años sesenta, en plena Guerra Fría, y con el auge de las películas de espías, con James Bond a la cabeza, apareció la serie estadounidense Superagente 86, ambientada en una agencia secreta del gobierno, durante cinco años, parodió y ridiculizó todo ese universo de espías, secretos y demás situaciones. El agente topo, el cuarto trabajo de Maite Alberdi (Santiago de Chile, 1983), no sitúa en el interior del Hogar San Francisco para ancianos, donde supuestamente existen malos tratos a una de las residentes. El caso se coloca en manos de Sergio, un octogenario que no tiene experiencia en este tipo de casos, pero con buena voluntad, un carisma arrollador y su discreción, se introducirá en el hogar, como uno más, y comenzarán sus pesquisas.

El universo de Alberdi se mueve entre el documento observacional, la ironía y la crítica hacia una serie de situaciones cotidianas y sociales. En su opera prima, El salvavidas (2011), retrataba a un socorrista que hacía lo imposible para no meterse en el agua, le siguió La once (2014), en la que filmaba a un grupo de señoras de más de sesenta años que mantenían la tradición de tomar el té una vez al mes. En Los niños  (2016), capturaba a un grupo de compañeros con síndrome de down que después de su estancia en el colegio, debían aventurarse a la sociedad y valerse por sí mismos. Ese mismo año, rodó el cortometraje Ya no soy de aquí, ambientado en un hogar de ancianos chileno sobre una mujer vasca que desconoce que se encuentra en Chile, que podría verse como un anticipo de lo que nos encontramos en El agente topo, que con los elementos propios del documental observacional, el film noir de espías, eso sí, muy alejado de la seriedad del género, y mucho más cerca de la comicidad y la parodia al estilo del Inspector Clouseau, la citada Superagente 86 o las tiras cómicas de Mortadelo y Filemón, donde nuestro protagonista Sergio, reclutado en un casting para tal actividad, se infiltró sin que los demás residentes supieran el motivo real.

La cineasta chilena, como demostró en sus anteriores películas, mezcla con acierto y sabiduría el documento propiamente dicho, con esa mirada crítica e íntima al funcionamiento de una residencia de ancianos, a las personas mayores que allí se encuentran, con sus problemas cotidianos, vamos descubriéndolas, como esa señora que recita poemas desde su cama, la otra que está empeñada en salir para ir con su madre, la coqueta enamorada de Sergio, la señora que está perdiendo memoria, y demás internas que van acercándose y entablando amistad con Sergio, que actúa como si fuera la cámara de la película, moviéndose por el espacio y abriéndonos ese mundo que está demasiado olvidado para la mayoría. La parte documental se fusiona a las mil maravillas con el género negro, pero extrayéndole todo la seriedad y pulcritud posible, quitándole todo el glamur impostado de muchas de esas películas, llevándolo a un marco extremadamente cotidiano, muy cercano, capturando la verdad y la comicidad en todo momento, ya que somos testigos de las indagaciones de Sergio, alguien que no conoce el lugar y además, nunca ha sido espía. Y aún, encontramos otra fusión, esta solo conocida por los espectadores, porque conocemos que hace Sergio en la residencia, y cómo interactúa con los demás mayores que se va encontrando.

Una película-documento-noir de estas características tan singulares y sorprendentes, debía tener un protagonista a la altura de lo que se cuenta, y Sergio, el abuelo octogenario, recién viudo, con ese carácter afable, humanista, y simpático, es el protagonista ideal, y aún más, cuando envía los mensajes de voz a Rómulo, su “jefe”, con esa voz agradable, y sus textos llenos de cercanía y astucia. Sergio es el hombre tranquilo de esta fábula de nuestros días, que emerge como una crítica feroz y sobrecogedora del aislamiento que sufren muchos mayores, abandonados en sus residencias por sus descendientes, que inventan otras excusas para huir de la realidad. Unos ancianos faltos de amigos, de verdaderos amigos, llenos de soledad, aislados en un espacio que los deja fuera de la sociedad y sobre todo, de los suyos, porque Alberdi no se desvía nunca de su verdadera intención, hablarnos de la humanidad de los mayores y del abandono al que son sometidos. El agente topo no es solo una película maravillosa y muy divertida, con ese humor negro tan habitual de Berlanga, que servía para hablar de los males de una sociedad deshumanizada y sin rumbo, sino que también es un drama, una tragedia en algunos momentos de cómo las sociedades occidentales tratan a sus mayores, relegándolos al olvido y la soledad, porque la película define con profundidad un mal de nuestro tiempo que desgraciadamente no tiene visos de solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Minari, de Lee Isaac Chung

LA TIERRA PROMETIDA.

“Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr”.

William Faulkner

La palabra coreana “Minari”, se asocia a una planta o hierba de naturaleza muy peculiar y sorprendente, ya que el vegetal muere, para luego, tener una segunda vida en la que renace más fuerte. Una metáfora ideal para definir el devenir y las circunstancias de la familia coreana protagonista de la película. La historia nos sitúa a mediados de los años ochenta, en un pequeño pueblo de Arkansas, en la falda de las montañas de Ozark, cuando una familia coreana con padre y madre a la cabeza, y pre adolescente y niño, con problemas asmáticos, se instalan en una de esas casas con ruedas con la intención de cultivar vegetales coreanos para los comerciantes de la zona. El director Lee Isaac Chung (Denver, EE.UU., 1978), de padres coreanos, construye una película autobiográfica en torno a su infancia, cuando creció en Lincoln (Arkansas), en la que nos habla a partir de un tono lírico y muy cercano, sobre los avatares de esta familia, con un padre obstinado en cumplir un sueño que se antoja difícil porque es la primera vez que trabaja la tierra, tendrá la ayuda de un sesentón muy particular, una especie de outsider del pueblo, pero con gran sabiduría para la tierra, y por otro lado, el granjero tendrá la resistencia de su mujer, que no ve con buenos ojos la compleja empresa que quiere llevar a cabo, y luego, están los niños, que van a descubrir un mundo ajeno, pero la mar de estimulante.

La aparición de la abuela materna, tornará la cotidianidad más dificultosa, a la vez que enseñará a los más pequeños las costumbres y tradiciones coreanas, igual que le ocurrió al director en su niñez. La abuela, que llegará para ayudar a la familia, es una mujer muy independiente, malhablada, pero con un gran corazón. Chung compone una película muy apegada a la tierra, con esa realidad que se muestra fuerte y resistente ante los deseos del cabeza de familia, que deberá luchar a contracorriente y con muchas dificultades, ya sean naturales, económicas y familiares para seguir peleando por su sueño. Aunque, a pesar de esa tremenda realidad con la que continuamente están tropezando, el relato también encuentra su espacio para hablar de emociones, y lo hace desde la honestidad y la sensibilidad, desde lo humano, explicándonos todos los motivos que mueven a cada uno de los personajes, profundizando en esas similitudes y diferencias que hay entre el matrimonio y las diferentes miradas de cada uno de los personajes, nunca quedándose en la superficie de las cosas, sino escarbando con sabiduría para mostrar la complejidad de la condición humana, sin caer en ningún momento en lo burdo ni el sentimentalismo.

Minari es una película dura y sensible, con momentos poéticos y divertidos, en la que seguimos a modo de diario la fuerza y la valentía de un inmigrante que quiere hacerse un hueco en la difícil tierra que hay que trabajar diariamente y dejarse la piel en cada surco, y una infancia creciendo en la tierra y sus circunstancias. Una película que nos retrae inevitablemente a El hombre del sur (1945), de Jean Renoir, donde nos explicaban las dificultades de un hombre por sacar rendimiento a una tierra dura, resistiendo ante las dificultades naturales y económicas, y Días del cielo (1978), de Terrence Malick, en la que profundizaba en los obstáculos cotidianos de un grupo de inmigrantes trabajadores de la tierra. El buen reparto de la película entre los que destacan Steven Yeun (que habíamos visto en Okja, de Bon Joon-ho, entre otras), también coproductor de la cinta, como el padre luchador que persigue su sueño a pesar de todas las dificultades, Yeri Han, que hace el rol de madre, la otra cara, que mira por el bienestar de su familia y se preocupa por los destinos de la economía familiar, Noel Kate Cho, la hija mayor que cuida y ayuda en todo lo que puede, Alan Kim, el niño de la casa, que se sentirá muy cercano a la abuela, Yuh-Jung Youn, la cercana y divertida abuela que pondrá patas arriba el hogar familiar, y finalmente, Will Patton, el amigo y trabajador estadounidense, que ayuda a levantar el cultivo.

Minari está producida bajo el sello A24, la compañía de Brad Pitt, que ha producido a nombres tan ilustres como Egoyan, Sofia Coppola, Villeneuve, Lanthimos o Baumbach, entre muchos otros, ofreciendo un cine muy alejado de los cánones de Hollywood, más personal y humanista, en el que indagan en el trato humano de las historias y la autoría de los creadores, entre los que se encuentran Lee Isaac Chung, con varias películas de ficción y algún que otro documental a sus espaldas, en una película que se erige como una interesante mezcla entre sus dos culturas, la coreana y estadounidense, investigando todo aquello que les une y separa, y la dicotomía de vivir entre dos mundos, dos culturas y sobre todo, dos formas de vivir y hacer las cosas, que con Minari,  su nuevo trabajo hasta la fecha, logra hablar de los grandes temas de la vida y la condición humana, desde lo más íntimo, a través de una familia coreana que debe vencer muchos obstáculos, como la inmigración, las dificultades económicas, los acondicionamientos naturales, y sobre todo, saber llevar a nivel familiar todo aquello que el exterior les pone en contra, con entusiasmo, valentía, y sobre todo, juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Relic, de Natalie Erika James

LA ABUELA HA DESAPARECIDO.

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

Pablo Neruda

En las últimas décadas mucho del cine de terror se ha decantado por el susto fácil, llenos de guiones tramposos, abundantes efectos y personajes demasiado planos, alejándose de aquellos títulos clásicos, que colocaron el género en una posición de privilegio durante muchos años dentro del panorama cinematográfico. Relic (que se podría traducir como “reliquia”), viene a alimentar ese espacio de cine de terror bien filmado, con un guion férreo que habla de temas como el envejecimiento o la angustia de la demencia, y cómo esos cambios afectan a los otros familiares, y todo ese entramado narrativo y formal, lo cuecen con un intenso y agobiante cuento de terror con reminiscencias clásicas, como aquellos que producían en los años treinta en la Universal, los góticos de la Hammer, o las producciones independientes estadounidenses de los setenta, incluso podría ser un memorable capítulo de la mítica serie The Twilight Zone (aquí llamada “La dimensió desconeguda”, cuando TV3 la pasó alrededor de la medianoche a mediados de los ochenta).

La cineasta japonesa-australiana Natalie Erika James debuta en el largometraje, con un guion que firma junto a Christian White, en la que parece seguir muchos de los pasos de la película clásica de terror: la casa encantada perdida en uno de esos pueblos aislados donde vive poca gente, una casa habitada por una señora mayor que vive sola y está perdiendo la cabeza, unos vecinos que huyen de ese lugar, y sobre todo, una familia que se relaciona cero. Todos esos ingredientes son comunes en este tipo de cine, aunque la directora afincada en Melbourne, los usa para contarnos un drama familiar muy actual, la de una hija Kay que hace tiempo que no visita a su madre, y cuando la abuela desaparece, se presenta en el lugar junto a su hija Sam. Madre e hija, con la ayuda de otros vecinos, buscarán incansablemente a la abuela desaparecida. Un día, como por arte de magia, la abuela aparece como si nada, pero se comporta de forma extraña e inquietante, madre e hija descubrirán a que se debe lo que está padeciendo la abuela Edna.

Seguramente, el espectador ávido de ese cine efectista, vacío de contenido, y empecinado en descubrir al asesino, no conectará con una película que utiliza el género de terror para hablarnos de una forma honesta y transparente del envejecimiento vivido en soledad, y de todos los males psicológicos que sufren muchas personas mayores, y como se gestionan todos esos cambios y transformaciones que no tienen vuelta atrás, con la duración de esos 89 minutos en los no sobra ni falta de nada. Con una atmósfera sombría, inquietante y doméstica (que firma el cinematógrafo Charlie Sarroff, que ya había trabajado con la directora en sus cortometrajes), ya que buena parte de la película nos encierran en esa casa antigua y decrépita, que guarda muchos secretos y habitaciones y pasadizos ocultos, en la que asistimos en forma de diario a la transformación de la abuela, y las reacciones de la madre como de la nieta, que lentamente se van introduciendo en el mundo que padece Edna, una mujer que asiste a su deterioro físico o mental irreversible.

Una película de estas características que basa toda su fuerza en el espacio y sobre todo, en el aspecto psicológico de los personajes tenía como premisa una buena labor de interpretación por parte del trío de protagonistas, empezando por una Emily Mortimer que demuestra su buen hacer dando vida a esa hija llena de culpabilidad por desatender a una madre que la necesita y mucho, Robyn Nevin es esa abuela que asiste atónita a su transformación, a su cambio físico y mental, envolviéndose en su espacio y su realidad que está muy alejada de la real, y finalmente, la joven Bella Heathcote interpreta a Sam, la nieta que quiere ayudar, que quiere salvar a su abuela, pero quizás, la forma que usa no es la más adecuada, y deberá buscar otras. Una película sencilla, directa y de frente, que habla de todos nosotros, sobre todo, de los mayores y la vejez, que también habla de la memoria, del olvido, y la angustia de la demencia, y lo hace contado de una forma inteligente, humana y envolviéndolo todo en un cuento de terror con todos sus ingredientes, más cercano al clasicismo y al aspecto psicológico que a los sustos de lata de muchas producciones de la actualidad, reivindicando una forma de hacer cine que a muchos, desgraciadamente, se les ha olvidado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Érase una vez en Venezuela, de Anabel Rodríguez Ríos

LA AGONÍA DE CONGO MIRADOR.

“Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro”.

Albert Einstein

Un país dividido como Venezuela, entre chavistas y opositores, azotado por una fuerte crisis económica, social y cultural, que ha empujado a casi el 9% de su población a la emigración, y ha dejado a los que se han quedado viviendo en malas condiciones y con un futuro muy oscuro y poco prometedor. Encaminándonos al occidente del país, en el estado de Zulia, al sur del lago Maracaibo, donde se extrae y exporta el petróleo famoso en el país, cerca de allí, nos encontramos con el pequeño pueblo de Congo Mirador, un lugar de casas flotantes, un lugar que antaño atraía turistas y sus gentes vivían de la pesca. Ahora, el lugar se ha vuelto decadente, acosado por la corrupción y afectado por la sedimentación, donde la tierra expulsa al agua, situación que ha provocado un éxodo masivo y las familias abandonan el lugar en busca de un futuro mejor.

No es la primera vez que el Congo Mirador era vehículo de representación cinematográfica en el cine de la directora venezolana Anabel Rodríguez Ríos, formada en Londres, porque ya fue protagonista de la película corta El barril (2012), inspirado cuando vio a unos niños jugando con barriles de petróleo en el lago. En el 2013, la realizadora vuelve al pueblo y empieza a filmar Érase una vez en Venezuela, filmación que ha abarcado siete años, en las que a través de dos mujeres, la señora Tamara, representando del partido del pueblo y cacique del lugar, y Natalia, la maestra, que lucha incansablemente por mejorar la escuela y dar una educación digna y libre. Dos formas de ver la vida y la sociedad que, explica con profundidad y transparencia las divisiones del país y los conflictos que se generan continuamente. Conoceremos a más habitantes del lugar, sus precarias formas de vida, sus ansias de abandonarlo todo y marchar, y sobre todo, sus continuas disputas, siempre enfocado a la relación de las respectivas familias y los niños y niñas que pululan por el lugar.

Rodríguez Ríos construye una película magnífica, honesta y profundamente humana, siguiendo con la distancia prudente a unos y otros, sin juzgar ni sobre todo decantarse por ninguno de los dos bandos enfrentados, los muestra en su cotidianidad, en sus relaciones intimas y personales, sus conflictos y tremendas dificultades por salir adelante, soportando el abandono de las autoridades del lugar, intentando seguir con una vida que cada día se pone más cuesta arriba. Pero, la directora sudamericana no solo se detiene en las dificultades y el pesimismo reinante, sino también en la belleza del lugar, en su pasado glorioso que conocemos verbalmente, en los juegos de los niños con el agua y el petróleo que va impregnando sus juegos y sus vidas, y en esos viajes en barca, el único medio de transporte por el pueblo, en esta pequeña Venecia que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una leve llama, aunque cada día que pasa, esa llama sea cada vez más tenue.

Congo Mirador se revela como un pequeño y casi desparecido microcosmos que sirve a la cineasta para definir y mostrar la Venezuela actual, con su rica biodiversidad y la cercanía y naturalidad de sus gentes, y también, la otra cara, la menos amable y más oscura, esa otra Venezuela, la que inunda los informativos de todo el mundo, violentada por la fortísima división política, la grave crisis económica, la falta de futuro de sus habitantes, y sobre todo, las múltiples carencias vitales que sufren los venezolanos. Somos testigos de los acontecimientos que van surgiendo en Congo Mirador durante siete años, los problemas sociales y económicos, la disputa entre la señora del pueblo y la maestra, aquellos que abandonan el lugar, con sus casas sobre barcas y yéndose para siempre, la celebración de las elecciones que, dividieron aún más a la población, y finalmente, los juegos de los niños y adultos que, de tanto en tanto, se dejan llevar por los baños y las aguas que rodean e inundan el lugar. Rodríguez Ríos ha construido un documento de aquí y ahora, mostrando una zona única de Venezuela que, al igual que el país, se va extinguiendo sin que nadie ni nada lo remedie. Érase una vez en Venezuela  tiene el aroma antropológico que desprendía el cine de Rouch y Pasolini, en su forma íntima y sincera de mirar a las personas, su idiosincrasia y sus circunstancias, y sobre todo, generando esa reflexión profunda y honesta, en que el individuo y sus formas de vivir y pensar en sus pequeños lugares de vida, acaban significando y revelando mucho más de un país que los grandes acontecimientos que acaban en los libros de historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wendy, de Benh Zeitlin

LA VALENTÍA DE WENDY.

“No dejes nunca de soñar. Solo quien sueña aprende a volar”.

Desde que el escritor escocés James Matthew Barrie escribiría Peter Pan en 1904 para el teatro, el niño que no quería crecer ha tenido innumerables adaptaciones al cine, teatro, televisión, literatura, etc… Quizás la adaptación más popular es la que realizó Disney en 1953, pero como cualquier obra que se convierte en un fenómeno popular ha tenido adaptaciones muy fieles y otras muy infieles, eso sí, sin dejar de mantener el espíritu de aventura, vitalidad, sueño que tienen los niños perdidos de la original. En Hook (1991), Spielberg, convirtió a los niños en adultos, pero con la misma fuerza y valentía para vivir su propia aventura y combatir con el temido Garfio. Ahora, nos llega una nueva adaptación de la mano de Benh Zeitlin (New York, EE.UU., 1982), del que ya vimos Bestias del sur salvaje (2012), en la que a través de una niña de seis años, nos hablaba del respeto a la naturaleza con simbolismo y humanidad. En Wendy, su segundo trabajo como coguionista y director, coloca el foco en el personaje de la niña que sigue a Peter Pan al país de nunca jamás, acompañada de sus hermanos gemelos.

Wendy es vital, alegre y soñadora, pero con los pies en el suelo, disfruta de ese mundo soñado, de vivir y ser libre, alejada de los adultos, pero no olvida su pasado, lo que ha dejado atrás, a su madre, disfruta de los placeres de su nueva vida y la experimenta como la que más, pero se resiste a dejar todo y olvidar, y más cuando el paraíso muestra su lado oscuro, o simplemente, a aquellos adultos que fueron niños que no querían crecer, y la rivalidad que existe. Es una niña libre, con carácter, que no se deja llevar con facilidad, que le discute a Peter Pan su forma de actuar, y que aboga por un mundo en paz entre niños y adultos. La simbología y el humanismo de su primera película, vuelve con fuerza a Wendy, porque Zeitlin coge el original y lo lleva a un terreno diferente, a un espacio donde vida y crecimiento van de la mano, donde ese mundo de sueños y fantástico, tiene una parte muy oscura, porque el pasado no era tan horrible, ni la nueva vida perfecta, con ese contenido emocional que hará de Wendy una persona diferente, alguien que se cuestiona esa realidad que también tiene el país de nunca jamás, que quiere ser ella sin necesidad de mirar para otro lado, siendo consciente de la realidad que existe.

La armonía y belleza que captura la película, a través de la cinematografía de Sturla Brandth Groulen (que tiene en su filmografía películas tan interesantes como Victoria, Rams, el valle de los carneros o Heartstone, entre otras), cuidando de forma magnífica toda la belleza y esplendor que emana ese universo soñado por los niños, con esa cámara en continuo movimiento, captando todas las acciones y aventuras de los personajes, filmando esa vida febril y apasionante que no tiene respiro alguno, que se mueve constantemente de un lugar a otro, en volandas, sin pausa, a toda prisa. Quizás, la película, más interesada en mostrar ese mundo de fantasía y sueño, se olvida un poco de la historia propiamente dicha, y en algunas partes, el film se reduce a mirar y apabullarnos con su grandísima planificación y preciosismo, pero la parte final, con el encuentro con esos adultos que crecieron a su pesar, todo encaja mejor, y vemos las verdaderas naturalezas de los personajes, cuestionando muchas cosas de la isla, de Peter Pan y esa negación a crecer y convertirse en adulto, los momentos más conmovedores y magníficos de la película, donde Wendy tomará una gran decisión, y sobre todo, entenderá que ese mundo no era tan bonito ni ideal como lo pintaba Peter Pan, y quizás, lo de fuera de ese “paraíso soñado”, se ve con ojos muy diferentes.

Un elemento primordial en Wendy es su excelente reparto, que combina intérpretes profesionales con maravillosos debutantes que dan vida a los niños, encabezados por una maravillosa Wendy, en la piel de la jovencísima actriz Devin France, con sus penetrantes ojos azules, su mirada inquieta, y su gesto valiente, se convierte en el foco de la función, bien acompañada por  Yashua Mack como Peter Pan, y los hermanos gemelos de Wendy, a los que dan vida los gemelos Gage y Gavin Naquin. Zeitlin no solo habla de la infancia como una especie de paraíso perdido, sino como un proceso de crecimiento interior, de darse cuenta de las alegrías y tristezas de la vida, y a pesar de lo malo, la necesidad de seguir descubriendo, de sentir las cosas, y sobre todo, entender que la vida hay que vivirla, con todo lo que eso conlleva, con su felicidad cuando la hay, su amargura cuando llega, y seguir avanzando y sentir que todo se convierte en una oportunidad, que la vida siempre nos quita y nos regala cosas, y en ese sentido el personaje de Wendy lo entiende mejor que nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Volver a empezar (Herself), de Phyllida Lloyd

CONSTRUIRSE UNA NUEVA VIDA.  

“Lo que cuenta no es de dónde vienes, sino adónde vas”.

Ella Fitzgerald

Sandra vive en Dublín, tiene la treintena de años, y dos hijas adorables. Pero, tiene un marido maltratador, y después de una paliza, decide coger a sus pequeñas y largarse. Pero, no le resultará nada fácil. Sandra vive en un hotel que paga el estado, y mantiene dos empleos, uno como camarera, y el otro, cogiendo el legado de su madre, en las tareas de limpiadora y cuidadora de la Dra. Peggy. Además, mantiene la custodia compartida con su ex. Las jornadas maratonianas y las dificultades se amontonan en la vida de Sandra. Ella hace todo lo que puede, pero quizás no es suficiente. La actriz Clare Dunne imaginó la historia de Sandra y se puso a escribir, una tarea a la se unió Malcolm Campbell, para contar el relato de Sandra, de cómo deja un matrimonio negativo, para comenzar de nuevo, y sobre todo, construir un hogar para sus dos hijas y ella.

Phyllida Lloyd (Bristol, Reino Unido, 1957), se ha pasado toda su carrera entre el teatro y la opera, hasta que en 2008 con ¡Mamma Mia!, la adaptación cinematográfica de la famosa obra de los Abba, consiguió un éxito planetario, que le llevó a repetir con Meryl Streep en La dama de hierro (2011), retratando a la política conservadora Margaret Tatcher. Ahora, Lloy vuelve a ponerse tras la cámara para contar el retrato de otra mujer, Sandra, está más terrenal y de ahora, siguiendo sus momentos agridulces en el sombrío y plomizo Dublín, de alguien que no se rinde, que continua batallando para darles un nuevo hogar a sus hijas, y la tarea no le resultará nada fácil. Herself, en su título original, que se traduciría como “Sí misma”, es toda una declaración de principios del personaje principal, en un viaje emocional en el que será ella misma que tenga que dar un paso al frente y comenzar a caminar un periplo nada sencillo, pero necesario para crecer como persona y seguir remando a contracorriente. Volver a empezar sigue la línea de títulos de creadores como Loach o Leigh, en la que nos hablan de los desajustes sociales a través de personas sencillas, con empleos cotidianos, y que diariamente se levantan para seguir en la lucha, mantener su trabajo e intentar mejorar sus vidas.

El tono de Lloyd es duro, pero también, cercano y más ligero, su intención es retratar a una mujer decidida y valiente, pero también, vulnerable y temerosa ante el abismo al que se enfrenta, dejando una vida acomodada pero tremendamente infeliz, para adentrarse en otra vida, más incierta y con muchísimas dificultades. La película es sensible, sin caer en la sensiblería, cuenta  muestra utilizando un marco directo y transparente, si que encontramos esos instantes en que las sombras se convierten en luces, en que los astros ayudan a Sandra, y lo que parece un callejón sin salida, se convierte en un resquicio de luz pro el que adentrarse. Una historia que mantiene un ritmo que no decae en ningún instante, ya que el personaje de Sandra no se detiene, no puede ni debe permitirse ese lujo, porque el reloj corre en su contra, debe mantenerse activa y accionarse para conseguir su objetivo, a pesar de todos los obstáculos con los que se encontrará.

La directora británica logra de una forma sencilla y cercana, contarnos una realidad en la que muchas mujeres occidentales se encuentran, dejar a su marido y lanzarse sin red a una nueva vida, a una nueva esperanza. Una película de estas características debía encontrar a una actriz de mirada intensa y gesto conmovedor para interpretar a un personaje fuerte y vulnerable como Sandra, y se ha encontrado en la figura de la actriz Clare Dunne, la mujer que empezó a escribir un guión, bien acompañada por Harriet Walter como la Dra. Peggy, esa alma benefactora tan bienvenida para Sandra, o Conleth Hill, el obrero que ayuda a Sandra a levantar una nueva vida. Volver a empezar, coloca el acento irlandés en una problemática muy habitual en este mundo donde cada día es más difícil saber lo que uno quiere, saber querer y saber dónde ir, elementos indispensables contados con sabiduría y sobriedad, en una película que llega al alma, porque nos habla de valentía, de no rendirse, de fraternidad, en estos tiempos donde ayudarse es esencial para vivir y salir del pozo, y sobre todo, nos habla de mirar al otro y tenderle la mano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vitalina Varela, de Pedro Costa

MEMORIA EN PENUMBRA.

“Trabajar con historias reales es difícil, pero se puede encontrar la forma. No es fácil para mí, pero es más interesante trabajar así, porque finalmente no son nuestras palabras, es más interesante descubrir un misterio en otra persona. Yo no escribí ni una sola palabra en Vitalina Varela”.

Pedro Costa

El cine de Pedro Costa (Lisboa, Portugal, 1959), busca una verdad a través de un misterio oculto, una verdad que se nos revelará a medida que avancen sus enigmáticas e inquietantes imágenes. Un cine que no solo funciona como catalizador de un espacio por el que se mueven unos pocos personajes, sino que va mucho más allá, un lugar-limbo, que no pertenece a este mundo, ni a ningún otro que conozcamos, sino que es un tiempo-espiritual, donde sus individuos forman parte de ese tiempo imposible de definir, un tiempo donde se funden varios elementos formando uno solo, como el pasado, su propia memoria, todo lo que dejaron, atrás, en su Cabo Verde natal, y el presente, malviviendo en casas ruinosas de barrios periféricos de Lisboa. Personajes casi sin rostro, de nulas palabras, vestidos de negro, cuerpos que apenas se desplazan, despojados de la vida, de su humanidad y dignidad, seres que transitan como espectros alumbrados por mínimos resquicios de luz, es en esa penumbra, que hablan el criollo, una mezcla de su idioma africano y el portugués, donde Costa define su universo, donde el tiempo se detiene, se torna imperceptible, y la noche se convierte en el único aliado de ese espacio invisible y oculto, y los movimientos y desplazamientos de los personajes por ese entorno es lento, casi inamovible, como si cada paso costase la vida, donde todo permanece quieto, sin tiempo, sin lugar, sin vida, sin nada.

Después de un período inicial, en el que Costa configura una filmografía más convencional, en el que ya vislumbra temas que le acompañarán después, como los inmigrantes caboverdianos, filmados a partir de la austeridad, tanto narrativa como formalmente, será a partir de En el cuarto de Vanda (2000), donde recogía la cotidianidad, filmada en digital, de una yonqui del desparecido barrio de Fontainhas, donde encontrará los elementos cinematográficos que tanto andaba buscando, un lugar en descomposición, vacío y en penumbra, donde todas las almas a la deriva y sin esperanza, acaban instalándose, rodeados de precariedad y deshumanización, transmitiendo toda esa verdad y honestidad que la cámara de Costa recoge con paciencia y austeridad, en el que se tropezará con la figura de Ventura, un inmigrante caboverdiano que protagonizará su siguiente película Juventud en marcha (2006), y también, será eje principal de Caballo Dinero (2014), en el que repasaba la memoria de Ventura.

En Vitalina Varela, la mujer que conoció mientras preparaba Caballo Dinero, sigue indagando en la memoria, en la que encierran múltiples vidas, las vividas y las que no, a partir de la figura de Vitalina, una mujer que, después de veinticinco años sin ver a su marido, que emigró a Portugal a finales de los setenta, llega desde Cabo Verde, tres días después que Joaquim, su marido, haya muerto. La película se abre con un sobrecogedor momento con la llegada de Vitalina a Portugal, y desciende del avión, dejando un reguero de agua bajo sus pies descalzos, y topándose con una mujer que le recrimina que debe volverse, porque su marido ya ha muerto, pero la mujer continua caminando, perdiéndose en la oscuridad. Lo que viene después, es el retrato de Vitalina, instalada en casa de Joaquim, rodeada de desconocidos y hostilidad, y sumergida en su memoria, aquella que vivió junto a Joaquim, la que vivió sola en Cabo Verde, y ese presente, donde se desplaza en penumbra por un barrio miserable, otro de esos que se ocultan en la periferia de Lisboa, tanto física como emocionalmente, en la que se topará, no solo con sus recuerdos, sino también, con sus reproches al muerto, como hacía Carmen, la viuda de Mario en la novela “Cinco horas con Mario”, de Delibes, donde hacía recuento de todo lo vivido y experimentado.

En ese tiempo de memoria, de pasar cuentas, las del muerto y las suyas propias, Vitalina conocerá a Ventura, aquí convertido en párroco, un sacerdote que regenta una iglesia sin fieles, un cura que ha perdido la fe, que anda como alma en pena sin consuelo, un hombre de Dios que nos recuerda al joven cura de Diario de un cura rural, de Bresson, o aquel otro, el que protagonizaba Los comulgantes, de Bergman, representantes de Dios, imbuidos en sus faltas de fe, incapaces de gestionar una realidad demasiado fea y violenta para predicar ante Dios. Costa se toma su tiempo para retratarnos a Vitalina, su entorno y su memoria, todo se cuenta desde el alma, desde lo invisible, utilizando la ficción como mero vehículo para modelar su historia, reescribiendo con la cámara todo aquello que conoce de la realidad de la mujer, su tiempo y su memoria. Los actores no profesionales convertidos en personajes-modelos, a la forma bressoniana, interpretan sus vidas, muestran su naturaleza, huyendo de esa idea falsa del necesitado bueno, y yéndose hacia la idea de Buñuel con sus olvidados, que no necesariamente la miseria le hace a uno bondadoso. Costa retrata la complejidad de la condición humana, tanto su lado agradable y bondadoso, como su lado tenebroso y violento.

Costa ha vuelto a construir un relato inmenso, lleno de matices, ejemplar en su ejecución, y brillante en su forma y fondo, con la magnífica luz de Leonardo Simôes, con esos encuadres que recuerdan la pintura de Zurbarán, donde el rostro se iluminaba entre claroscuros, que registra toda esa penumbra convertida en soledad y desesperación, con unos personajes transmutados en fantasmas, ya no solo de sí mismos, sino de un tiempo y una memoria que ya no reconocen, que no sienten suya, porque la inmigración y las penurias devastadoras en sus existencias, los han llevado a una invisibilidad demasiado pesada, densa y borrada, en la que Vitalina Varela, premiada con la mejor interpretación del prestigioso Festival de Locarno, con su rostro poderoso, donde podemos observar todas sus huellas y grietas de su vida, con esa mirada profunda y rasgada por el tiempo, por tantos años sola y de difícil vida, erigiéndose como esa mujer sin consuelo, derrotada, pero también, fuerte y valiente, llena de recuerdos amontonados de unas vidas que se quedaron en el camino, sumergida en todas las huellas y sombras que ha dejado su difunto marido, e inmiscuida en su propio proceso de duelo, en ese tiempo de decir adiós, en el lugar donde vivió y murió el ausente, envuelta en sus objetos y cosas, en ese tiempo sin tiempo, en esa memoria sin fisicidad, en unas figuras humanas convertidas en meras sombras de su frágil, agrietada e incómoda memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Falling, de Viggo Mortensen

MI PADRE.

“No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”.

Friedrich Schiller

Una persona tan inquieta como Viggo Mortensen (Watertown, Nueva York, EE.UU., 1958), que ha tocado la poesía, la fotografía y la pintura, y alberga, desde mediados de los ochenta, una gran carrera como intérprete, a las órdenes de grandes directores como Peter Weir, Jane  Campion,  Peter  Jackson,  David Oelhoffen,  Matt  Ross,  Lisandro Alonso  y David  Cronenberg, entre muchos otros de los más de sesenta títulos que ha interpretado, era cuestión de tiempo que se pusiera a dirigir. Ahora, esa inquebrantable inquietud y curiosidad le ha llevado a ponerse tras las cámaras dirigiendo su opera prima, Falling, en la que parte de recuerdos y experiencias personales, para construir un sólido y durísimo drama familiar, entre un padre Willis y su hijo, John. Dos personas opuestas, de ideologías en las antípodas, y de caracteres tan diferentes que cualquiera diría que son familia. Mortensen nos cuenta el relato en dos tiempos. En uno, asistimos a la infancia y adolescencia de John, junto a su padre y madre, Gwenn, y su hermana pequeña, Sarah, encerrados en el rancho, montando a caballo y yendo de caza. Un tiempo que nos sitúa en esos primeros veinte años de la vida de John. En el segundo tiempo, la película se sitúa en el año 2009, cuando Willis tiene 75 años y John, 50. Willis padece demencia y ya no puede vivir solo en el rancho, e insta a su hijo a que le ayuda a buscar casa en California.

El relato nos lleva por este viaje a las circunstancias y emociones entre un padre y un hijo, en una trama interesante donde iremos de un tiempo a otro, conociendo las vicisitudes familiares y personales que nos han llevado hasta la situación actual. Ahí vemos los primeros contrastes de la película, entre las zonas rurales y cerradas de la costa este, frente al progresismo de la zona del oeste. Entre un padre misógino, racista y malcarado, y un hijo, homosexual, liberal y sensible. Mortensen huye del arquetipo, se centra en las dificultades y tensiones que existen entre padre e hijo, en la complejidad de su relación, y en todo el bagaje emocional que los une, pero también, los aleja, repasando los momentos más cruciales en sus vidas, cuando la madre, cogió a sus hijos y abandona a Willis, las diferencias entre la novia de Willis y la convivencia de la madre, puro amor y bondad, como deja claro en varias secuencias, dotadas de una gran fuerza dramática, como la despedida cuando la madre se lleva a los dos hijos, dejando a Willis solo en la casa, o aquella, ya en la actualidad, en la comida familiar, donde vemos las múltiples diferencias que existen entre Willis, y el resto de la familia.

El director neoyorquino, que también firma el guión, compone una película profunda y bien narrada, llevándonos con interés y armonía por un tempo, que en ningún instante decae su interés y las diferentes tramas que van sumergiendo. La excelente cinematografía firmada por Marcel Zysking (habitual de Michael Winterbottom), hace que las imágenes, tanto actuales como pasadas, llenen de intensidad y majestuosidad la película, con esos tones oscuros y pálidos de la zona de la granja, y la luz brillante de la actualidad en casa de John y su pareja. O el pausado y conmovedor montaje que realiza Ronald Sanders (colaborador de Cronenberg), dotando a la narración de elegancia, fuerza y drama, sin caer en el sentimentalismo ni la exageración, todo el marco se muestra contenido y sobrio, sin alardes visuales ni argumentales, eso sí, la limpieza, inteligencia y fuerza visual está en cada momento, arropando con contundencia todo lo que sienten los personajes.

El veterano Lance Henriksen, que muchos recordarán por sus roles en Terminator y Aliens, da vida al rudo, desagradable y amargado Willis en su otoño particular, ese en el que está peleado con todos, y no es capaz de asumir sus errores y sobre todo, perdonarse y perdonar. Frente a él, un Viggo Mortensen, con su habitual fortaleza en la mirada y en el gesto, un actor capaz de meterse en la piel de esos personajes sensibles y de aspectos duros, aquí, haciendo de un tipo que tiene muchas cuentas pendientes con su padre, con ese hombre que no supo ser feliz, ni serlo con su familia. Laura Linney hace de Sarah de adulta, con una breve aparición, pero igual de contundente y llena de tensión. Sverrir Gudnason es Willis desde los 23 a los 43 años de edad, ese padre al que John admiraba, peor con el tiempo acabo odiando por su carácter egoísta y su actitud malvada, y Hannah Gross es Gwen, la madre, esa mujer que cuidó y amó a sus hijos, e intento darles una paz y armonía que el padre les negaba. Sin olvidarnos, de la breve presencia del director David Cronenberg, que interpreta a un doctor, íntimo amigo del director, desde que filmaron esas maravillas que son Una historia de violencia y Promesas del este. Mortensen se ha destapado como un director de mirada profunda y bella, capaz de conducirnos con fuerza y sobriedad por este drama de altos vuelos, que sigue la relación difícil entre un padre y su hijo, o lo que es lo mismo, entre alguien que no supo ser feliz, y un hijo, que hizo lo imposible para serlo, alejado del padre. JOSÉ ANTONIO PÉREZ GUEVARA

Divino amor, de Gabriel Mascaro

DIOS VELA POR TODOS NOSOTROS.

“Quien ama no traiciona. Quien ama comparte”

Estamos en el Brasil de 2027, un país profundamente conservador y ultra católico, en el que el amor se ha convertido en la fe a Dios y a sus credos. Un país donde conoceremos a Joana, una funcionaria del registro civil que hace lo imposible para no romper los matrimonios cuando se sientan frente a ella para divorciarse. Mientras tanto, en su hogar, Danilo, su pareja dedicado al negocio de las flores, parece reinar una aparente tranquilidad, ya que el matrimonio ansía tener descendencia pero no lo consigue. A su vez, Joana y Danilo forman parte de “Divino amor”, una especie de secta religiosa solo para matrimonios donde consuman su fe a Dios, reanudan los votos del matrimonio y ayudan a las parejas en crisis para encontrar su fe en Dios y seguir amándose con técnicas amatorias como el intercambio de parejas y los ritos religiosos del bien común.

Después de un tiempo abonado al documental, Gabriel Mascaro (Recibe, Pernambuco, Brasil, 1983) debutó con Vientos de agosto (2014) en la que nos hablaba de un relato sobre el Brasil rural a través de una pareja de amantes en un conjunto de sonidos, colores y olores bien filmado, le siguió Boi neon (2015) en la que seguía a un peculiar trío formado por un vaquero, una bailarina exótica y la hija de ésta, en una road movie sobre los cambios políticos, sociales y culturas que estaban transformando Brasil. En su tercer trabajo, Mascaro nos sitúa en una distopía más cercana al presente de Brasil de lo que cabría imaginar, en un relato que piensa el presente a través de un futuro demasiado cercano, en el que nos sumerge en las transformaciones que ha sufrido Brasil en los últimos años, con el auge del conservadurismo del país, donde han emergido el evangelismo, y la ultra derecha, llevando hace apenas un año a Bolsonaro al poder de la nación. El director brasileño analiza todos estos cambios de su país, no desde la parte liberal que lucha contra ese poder fascista, sino todo lo contrario, desde dentro, desde un personaje como Joana que escenifica todos esos valores conservadores, una mujer que ha elevado su fe y ama a Dios por encima de todas las cosas, llevando toda su vida, tanto a nivel profesional como personal, a un amor incondicional a su fe y a Dios.

La película se enmarca en una estética kitsch, sobre todo, en el local de “Divino amor”, con fuerte presencia de colores rosas y azulados neón, como ese maravilloso auto confesionario donde Joana es una asidua total o ese registro civil, que tiene el aroma kafkiano de los edificios excesivamente correctos y pulcros, sin dejar ver las miserias de lo que allí se cuece. Estamos ante una película directa y sin atajos superfluos o tirabuzones en su trama, todo se cuenta a través del personaje de Joana de forma clara y transparente, en el que veremos el trayecto vital y emocional de una mujer que sufrirá en sus carnes una crisis de fe monumental, por un suceso inesperado, algo que ha entrado en la vida de su matrimonio poniéndolo todo patas arriba. Seguiremos las dudas y el derrumbamiento de su vida instalada en su fe y en Dios, enfrentándola a sus propias creencias y a todo ese valor aparente que tanto valoraba en su existencia.

El cineasta brasileño indaga en las circunstancias vitales inesperadas y libres enfrentadas a las creencias más absolutistas de uno mismo, y como todo ese universo creado en el que parece que nada puede ocurrir y Dios siempre velará por nosotros y nos protegerá, se viene abajo irremediablemente, y entonces, se apoderan de nosotros los miedos, las dudas y entramos en un lugar oscuro, sin referentes y sentimos que todo nuestro mundo, trabajado diariamente, deja de tener sentido y todo a nuestro alrededor es una farsa y una mentira despiadada. La película está bien armada argumentalmente, no deja nada al azar. Cuenta su relato íntimo y casi doméstico, de forma precisa y honesta, explorando con sabiduría y paciencia, todos los factores emocionales que sufre la protagonista y su marido, con una  Dira Paes, dando vida a la desdichada Joana, en estado de gracia, interpretando con todo lujo de detalles y miradas una mujer sumergida en la fe que tendrá que rearmarse para seguir creyendo aunque Dios la haya abandonado.

Mascaro construye con paciencia y sensibilidad una historia sobre la condición humana, sobre sus creencias, en este caso religiosas, y sobre sus miedos y actitudes frente al conflicto, conduciéndonos por una interesante muestra sobre el Brasil conservador y ultra católico, que evidencia el  catastrófico auge del fascismo más rancio de los últimos tiempos, apoderándose del poder y estableciendo unas reglas de siglos pasados que recuerdan lo más miserable y terrorífico. Un Brasil no muy alejado del país en el que vivimos. El realizador brasileño vuelve a cuestionarnos con su mirada crítica y honesta sobre las transformaciones sociales, políticas y culturales de su Brasil, hincando el diente en la deriva ultra nacionalista de una gran parte de la población, y sobre todo, en la utilización mercantil y social de la fe en Dios para abanderar todos esos cambios que están llevando a Brasil a una deriva fascista, egoísta y clasista, rememorando los terroríficos años de dictadura que sufrió el país durante dos décadas. Una fábula futurista, pero muy reflejada en la realidad actual del país, pero en un tono cercano y sincero, sumergiéndonos en la fe, su carencia y las reacciones de esa parte de la sociedad que cree más en Dios y en sus privilegios ancestrales que en invertir en sanidad, educación, derechos, en definitiva, en justicia social. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Reina de corazones, de May el-Toukhy

LA MADRIGUERA.

“Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”

Tácito

Hace un lustro que May el-Toukhy (Copenhague, Dinamarca, 1977) debutó en la gran pantalla con Una larga historia corta, en la que se contaba las vicisitudes y conflictos románticos de un grupo de mujeres encabezados por Ellen. Debido al reconocimiento de crítica y público, el-Toukhy ha vuelto a trabajar con el mismo equipo en Reina de corazones, con Caroline Blanco en la producción, Maren Louis Käehne en el guión y Trine Dyrholm en la interpretación. En esta ocasión el relato se desplaza de la coralidad a la intimidad doméstica del hogar, situándonos en el marco de una familia formada por un matrimonio burgués Anne, abogada y Peter, médico, y sus dos preciosas gemelas. La armonía y la felicidad reinan en esta colmena ajena a muchas cosas, con sus leves idas y venidas de una pareja de éxito emocional y profesional, donde la cotidianidad se impone en una familia modélica bien posicionada. Toda esa aparente tranquilidad se resquebraja con la llegada de Gustav, el hijo del primer matrimonio de Peter, un chaval complejo y esquivo que causará varios problemas.

Cuando todo parecía que la relación paterno-filial iba a ser el detonante del conflicto, la película se centra en Anne, que ve en el joven Gustav una especie de liberación personal de un matrimonio demasiado cuadrado y una vida demasiado encajonada. Como ocurría en Teorema, de Pasolini, Gustav se convierte en esa amenaza del exterior, aunque en Reina de corazones, los tiros van por otro lado, porque Gustav si viene a pervertir la armonía burguesa, pero con el beneplácito de una mujer que quiere tener su aventura, una aventura que se le irá yendo de las manos. La directora danesa-egipcia utiliza la casa con su espectacular jardín, para ejercer ese poder que impone Anne, convirtiendo cada uno de esos espacios en aquello que puede mostrar y en lo que no, manteniendo las formas con su entorno burgués y sobre todo, manteniendo alejado de ese mundo a Gustav, situándolo en un lugar ajeno a todo ese universo, un mundo del que podrá expulsarlo cuando las cosas adquieran una amenaza en toda regla como sucederá a lo largo del metraje.

Si bien la película nos habla de una relación extramatrimonial de Anne, a través de un drama doméstico y familiar, la película se irá tornando más oscura, entrando en otros terrenos como el suspense a lo Hitchcock, muchos recordarán alguna de sus inolvidables cintas como Rebeca o Sospecha (donde lo doméstico adquiría todo el suspense necesario con acciones muy cotidianas) en que el tempo de la intriga contaminará toda la película, llevándonos por terrenos muy peligrosos en el que los personajes, sobre todo Anne, mantendrá su posición de dueña de la casa y protegerá a su familia de su desliz y de todo aquello que tenga que ver con Gustav, adoptando un rol de víctima, donde la mentira ejercerá de arma imprescindible para salir de cualquier entuerto. El retrato se convierte en un artefacto moral, donde los espectadores tienen el suficiente espacio y distancia para emitir sus veredictos sobre unos personajes confusos, de muchas piezas, que se ocultan en sus vidas y posesiones materiales como hace Anne, esa especie de mantis religiosa que decide la aventura sexual y también, decidirá cuando terminarla y cómo hacerlo, manteniendo su poder y ejerciéndolo, pase lo que pase y se lleve a quién se lleve, sin titubeos ni dudas.

La fantástica elección del reparto capitaneado por el aplomo y la sobriedad de una grandísima actriz como Trine Dyrholm, una de las mejores actrices de Dinamarca, que ya la habíamos visto en películas tan importantes como Celebración o La comuna, ambas de Thomas Vinterberg, o en otras dirigidas por Susanne Bier, o en la exitosa serie The Legacy, compone una maravillosa Anne, tanto en su parte más noble como en aquella más oscura, convirtiéndose en la auténtica dueña y señora de su vida, su familia y su hogar. Frente a ella, el joven Gustav Lindh, que ejerce al principio ese personaje liberador para Anne, para luego convertirse en un estorbo y en alguien peligroso que hay que reducir y sacar de su mundo. Y luego está Peter al que da vida Magnus Kreeeper, que hace ese marido enamorado y padre entregado, y por otro lado, padre de adolescente torpe y perdido. Una película sobre el poder, de cómo se ejerce sobre las personas, donde emergen sus mejores aliados, la manipulación y la mentira, sin olvidarnos de otros elementos como la hipocresía de la burguesía para seguir manteniendo su posición y privilegios a costa de lo más ruin de la condición humana, ejerciendo su estatus políticamente correcto, escondiendo bajo la alfombra todas las suciedades y maldades de sus existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA