Encuentro con Nobuhiro Suwa

Encuentro con el cineasta Nobuhiro Suwa, con motivo de la retrospectiva que le dedica de su obra el D’A Film Festival, en colaboración con la Filmoteca de Cataluña, junto a Octavi Martí, subdirector de la Filmoteca. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 abril de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nobuhiro Suwa, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad y generosidad, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE.

 “La muerte es el encuentro, lo importante es verla llegar”

Jean-Pierre Léaud

Hemos tenido que esperar casi una década para ver el nuevo trabajo de Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960) uno de los autores contemporáneos más interesantes y diferentes que surgió a mediados de los noventa con la película 2/Dúo (1997) en la que a través de una pareja analizaba los sinsabores de la convivencia, le siguió M/Other (1999) a partir de las difíciles relaciones entre una mujer y el hijo de su pareja, en el 2001 abordó la película H Story, en la que un director japonés (el propio Suwa) rodaba un remake de Hiroshima mon amour, donde hacía una estupendo análisis del valor actual de las imágenes de la cinta de Resnais y la memoria colectiva de un país. Luego, se trasladó a Francia donde dirigió Una pareja perfecta (2005) en la que diseccionaba con delicadeza e intimidad la separación de una pareja. Cuatro años más tarde filmaba Yuki & Nina, donde se sumergía en el universo de la infancia a través de la amistad de dos niñas que por circunstancias ajenas tenían que separarse.

En El león duerme esta noche, título nacido de una canción infantil que habla de la muerte de un león pero en un tono alegre y festivo, Suwa, al igual que la melodía, juega a esa dicotomía, a la mezcla de la vida y la muerte, de las alegrías y las tristezas, a las ilusiones y las desesperanzas, a vivir y a morir, pero, a partir de la realidad y la ficción, uno de sus elementos preferidos, a investigar la validez de las imágenes pasadas, presentes y futuras, a través de un fascinante y enigmático juego de espejos donde nos sumergimos en un emocionante y maravilloso cuento en el que nos encontraremos con un actor veterano que rueda una película (especial el arranque de la película, con el rostro de Jean- Pierre Lèaud inundando el cuadro) que en de sus parones, se tropezará con un caserón vació en el sur de Francia, un espacio donde se reencontrará con Juliette, el fantasma de un amor de juventud que jamás pudo olvidar, y también, con un grupo de niños que pretenden hacer una película con él, el viejo caserón y fantasmas.

Suwa a través de una sutil y sobria delicadeza, nos sumerge en ese mundo donde todo es posible, en el que se mezclan tiempos, fantasmas e infancia, en el que la vida y la muerte viven y se alimentan de una forma natural, como un mecanismo certero y cotidiano, pero todo lo hace con una sensibilidad apabullante, en el que la belleza cotidiana de las cosas toma el mando narrativo, capturando esa luz mediterránea (obra del cinematógrafo Tom Harari) que invade de naturalidad cada espacio de la película, azotándolo con esa luz brillante y luminosa los rostros, tanto de Léaud como de Juliette (la maravillosa naturalidad de Pauline Etienne, vista en Edén de Mia Hansen-Love) como de esos niños (reclutados en Grasse en un taller de cine) que se convierten junto a Léaud, en los auténticos protagonistas de la cinta, con esas magníficas secuencias donde comparten espacio, naturalidad, imrovisación y espontaneidad con el veterano actor.

El cineasta japonés evoca la vida y la muerte en un mismo espacio, con dulzura y sensibilidad, escuchando esas canciones que nos devuelven a la infancia perdida, a aquello que fuimos, a todo lo que dejamos, pero no es una película triste o nostálgica, sino todo lo contrario, habla de la vida, de su esplendor, de nuestro interior, de la alegría de vivir, de lo magnífico que es estar vivo y hacer cine, compartir momentos y sentir que las cosas, aunque hayan momentos duros y tristes, siempre hay un motivo para cantar, reír y perseguir y (re) encontrarse fantasmas. Suwa crea un inmensa y onírica fábula donde todo obedece a una armonía singular, extraña y esplendorosa, en la que sigue explorando sus temas favoritos: el amor, el tiempo, la vida, la infancia, las inmensas e infinitas posibilidades del lenguaje cinematográfico, la metaficción y la realidad vivida o soñada, y sobre todo, las relaciones humanas entre unos y otros, sus orígenes y su pervivencia, la incertidumbre y la maravillosa existencia que puede provocarnos un cisma sorprendente o una crisis existencial, en que el tiempo constantemente juega con nosotros y nos retorna de manera mágica y oscura  a aquel tiempo en el que nos enamoramos y no pudimos olvidar.

Suwa nos lo cuenta con la presencia de Jean-Pierre Léaud, que entró por la puerta grande del cine cuando a los 14 años protagonizó Los 400 golpes, y ha trabajado con los grandes del cine de antes, y de ahora, en un fascinante caleidoscopio de espejos donde ficción y realidad se mezclan creando un nuevo espacio onírico y fascinante (como ya ocurrió en What Time Is It Over There?, de Tasi Ming-Liang, en el que un apasionado de la película de Truffaut se encontraba con Léaud) en una película que es casi en un diario filmado de su propia vida, donde nos habla de la muerte, de sus sueños, sus amores y su oficio de actor (como la canción escrita por su padre, que interpreta junto a Etienne)  excelentemente acompañado de Pauline Etienne, que emana dulzura, carácter y naturalidad, y esos niños fantásticos y soñadores (que recuerdan a esa infancia de Truffaut o Eustache) que nos devuelven a esa pasión primigenia, inocente y mágica de hacer cine, de amar el cine y convertirse en otros, aunque sean sólo por unos instantes.

Entrevista a Xavier Legrand

Entrevista a Xavier Legrand, director de la película “Custodia compartida”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de abril de 2018 en los Cines Boliche en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Legrand, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de los Cines Boliche, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Custodia compartida, de Xavier Legrand

NO QUIERO ESTAR CON PAPÁ.

“No sé cuál de los dos miente más”

En Antes de perderlo todo, filmado en el año 2012, Xavier Legrand (Melun, Francia, 1979) contaba la huida de una mujer Miriam y sus dos hijos de manos de su marido maltratador. Una pieza de 29 minutos que le valió innumerables reconocimientos internacionales, entre los que destacan un premio en el prestigioso certamen de Clermont-Ferrand, César al mejor corto del año y la nominación en los Oscar, entre otros muchos. Seis años después, retoma aquellos personajes años después, cuando una vez separados, tienen que lidiar en la custodia de su hijo menor Julien. Desde su arranque, Legrand (que ha trabajado con autores tan influyentes como Philippe Garrel, Laurent Jaoui, Benoit Cohen…) deja claras sus intenciones y el tono sobrio que marcará su puesta de largo. Nos sitúa en la frialdad y burócrata sala de conciliación, donde madre y madre con sus respectivos letrados testifican sus intenciones de cara a la custodia de Julien, la jueza se pronunciará tiempo después, en el admite la custodia compartida.

El cineasta francés nos sumerge en un tema candente, en las consecuencias de las separaciones con hijos, y las sentencias judiciales que obligan a compartir a los hijos, cuando alguna de las dos partes se niega a acatarlas, abriendo el debate sobre la necesidad de estudiar más profundamente ese tipo de sentencias, porque quizás la cuestión es mucho más compleja y difícil de decidir. Legrand no lo hace desde el enjuiciamiento, decantándose por alguna de las partes, que nos llevaría a una película superficial y condescendiente, no hay nada de eso en su propuesta, sino todo lo contrario, realizando una cinta doméstica, enclavada en un thriller muy denso y complejo, donde la cotidianidad nos asalta desde el interior de un piso o en ese automóvil, con ese ruido ensordecedor que nos impone una realidad absorbente y dolorosa. Legrand ha sabido construir una película sencilla y honesta, con pocos personajes, apenas el matrimonio, el hijo, secundados por los padres de él, la hija adolescente, y el entorno de ella, contando con actores desconocidos como la pareja protagonista, que ya protagonizaron el corto, Denis Ménochet y Léa Drucker, con la incorporación de Thomas Gioria como Julien, descubierto en un arduo casting.

Quizás el gran acierto de Legrand es contar su relato, desde todos los puntos de vista, desde la realidad de cada uno de los personajes, explorando sus razones, justificaciones y deseos, aunque no sean compartidos por los espectadores, en la que construye una fascinante y absorbente fábula moral, un conflicto real de nuestros días, palpable, que llena todos los medios diariamente, en la que los hijos menores son los más vulnerables en este tipo de conflictos domésticos. Sus 93 minutos de metraje, urdidos con seriedad y tremendo in crescendo, nos sumerge en la cotidianidad de esta familia rota, este grupo ahora convertido en posiciones extremas, en las que aunque todo parezca obedecer a un orden natural, poco a poco, nos irá envolviendo en su verdadera naturaleza, en el orden cotidiano que rigen sus circunstancias, donde el amor de unos y otros se irá desvelando hacia otros derroteros que nacen en la más intensa oscuridad.

Aquí, lo social y cotidiano devienen en el thriller más rompedor y espeluznante, donde todo adquiere ese tono natural e íntimo, que hasta hace daño de lo cerca que puede estar de todos nosotros, donde parece que las cosas penden de un hilo, arropados por esa incertidumbre agobiante y molesta, que parece quepueda estallar en cualquier momento de la manera más horrible y estremecedora. Un drama doméstico, de nuestros días, contado desde el alma de sus personajes, que en alguno de ellos, ocultan varias capas ansiosas de tener su protagonismo, interpretados por unos actores magníficos, que saben manejar las distintas situaciones complejas que provoca la película, y lo hacen desde esa naturalidad, de tan cercana, que duele y ahoga, como si nos traspasará el ánimo, tanto por lo que cuentan como la manera de contarlo, donde no se deja nada al azar, todo sigue un ritmo que a veces consigue dejarnos sin aliento y sumergirnos en esa atmósfera malsana que recorre toda la trama, situándonos en el interior del conflicto, en el centro de la disputa, de la manera que lo hacían Leig, Loach o los Dardenne, donde la miseria de cada uno de nosotros se acaba convirtiendo en nuestro mayor enemigo, y los nuestros, que un tiempo atrás eran nuestros amores, ahora se han convertido en nuestras amenazas que no nos dejarán en paz hasta conseguir sus objetivos más perversos y oscuros.

Alma Mater, de Philippe Van Leeuw

LA GUERRA COTIDIANA.

“Me gusta pensar que los momentos más importantes de la historia no tienen lugar en los campos de batalla o en los palacios, sino en las cocinas, los dormitorios o las habitaciones de los niños”

David Grossman

La película se abre y se cierra de la misma forma, con un amanecer, la cámara se apoya en el rostro de un abuelo encendiéndose un cigarrillo y mirando a través de la ventana, no vemos el exterior, sólo su mirada perdida y expirando el humo, así sin más. La cotidianidad se define frágil e incierta, como si el cigarro que se va consumiendo fuese una metáfora de ese tiempo que se vive sin vivir, que se está sin estar. El cineasta Philippe Van Leeuw (Bruselas, Bélgica, 1954) ha desempeñado toda su carrera en la cinematografía con autores tan prestigiosos como Bruno Dumont, Laurent Achard o Claire Simon, entre otros. Fue en el año 2009 cuando debutaba en la dirección con El día en el que Dios se fue de viaje, en la que filmaba el retrato íntimo y humanista de un niño en mitad del genocidio de Ruanda.

Casi una década después, vuelve a ponerse tras las cámaras con otra historia rasgada por la tragedia, situándonos en el interior de un piso en mitad de una ciudad cualquiera en Siria, y acotándonos el relato a una solo jornada. Un solo día, donde viviremos con una familia siriana, que acoge a una pareja de vecinos con su bebé, su cotidianidad, sus miedos, sus esperanzas y (des) ilusiones. La señora de la casa, Oum Yazan, una espectacular y maravillosa Hiam Abbass, capitanea y dirige a los suyos y a los acogidos, está alerta de cualquier situación o ruido extraño que se produzca en las cercanías, y mantiene el aliento cuando este decae y el espíritu combativo entre la pequeña comunidad que resiste a pesar de todo y todos. Oum se convierte en la guardiana y protectora de esta familia de circunstancias, una familia de supervivientes en el caos de la guerra, vemos sus rostros, que se mueven entre la incertidumbre y el miedo, en un retrato que el fuera de campo se convierte en esencial para la trama, ya que el exterior se convierte en un desierto desafiante y peligroso, sólo vemos lo que proporciona alguna ventana.

Así que, el piso, con sus habitaciones y sus moradores, se convierten en el rostro humano que vive o mejor dicho, malvive en esa maldita guerra. Van Leeuw propone un retrato femenino, ya que los hombres se hallan fuera por diversos motivos. El marido de Oum está fuera, intentando ayudar en lo que sea fuera, a los que más lo necesitan, y el marido de Halima (los vecinos del bebé) ha tenido que salir y no vuelve, y ella se angustia porque no sabe nada de él. Una película estructurada a través de dos mujeres, la señora que mantiene el orden del hogar, o lo que queda de él, en mitad del caos, en una especie de matrona resistente en la que sacrificará lo que haga falta para mantener su hogar como especificará en algún momento: “Nací sin hogar. Nadie me sacará de aquí”, por otro lado, Halima (estupenda Diamand Abou Abboud dando la réplica a Hiam Abbas) ha planeado su fuga con su marido y bebé, ya que no resiste más en ese espacio y en mitad de tanto peligro. Dos formas de enfrentarse a la guerra, a la supervivencia, a soportar el miedo y a sacar fuerzas de donde haga falta para seguir hacia delante.

El cineasta belga se centra en el retrato humano, en la dignidad humana, y no lo hace desde la condescendencia o el sentimentalismo, nada de eso, su posición es la del humanismo y el retrato serio y sincero de unas almas enjauladas expuestas a todo tipo de peligros en los que su vida se mantiene de un hilo muy frágil que puede romperse en cualquier momento. Van Leeuw compone una trama en el que el terror y el drama íntimo se mezclan de manera realista y sorprendente, en una película que nos sobrecoge, y nos mantiene en todo momento compungidos y aterrorizados por todo lo que sucede a sus personajes, aunque todo hay que decirlo, y eso es mérito de la dirección y la puesta en escena, Leeuw no trata en ningún momento de lanzar ningún discurso paternalista ni nada por el estilo, al contrario, mira esos rostros y les concede su protagonismo, devolviéndoles la garra y fuerza de esos rostros humanos que los medios invisibilizan de manera escandalosa, centrándose en los datos y demás aspectos que deshumanizan el horror cotidiano que sufren las personas anónimas en mitad de una guerra. Van Leeuw no sólo ha construido una película humanista, como las que hacía Rossellini sobre la guerra, sino también pone rostros a todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán una guerra, centrándose en su cotidianidad, en sus miedos, inseguridades, peligros y sobre todo, en su humanidad, aunque sea tan difícil de mantener en ese tipo de situaciones.

 

Una razón brillante, de Yvan Attal

EL DISCURSO DE LA RAZÓN.

“La dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente — por fas y nefas

Arthur Schopenhauer

Neïla Salah, de origen argelina, ha vivido toda su vida en el extrarradio parisino, pero siempre ha querido ser abogada, y de esa manera, romper con lo establecido y llevar una vida diferente a la que dice su condición humilde. Su primer día de clase, en la prestigiosa Facultad de Derecho Assas de París, llega cinco minutos tarde, y entonces su profesor, Pierre Mazard, con formas arrogantes y provocativas, la humilla delante de cientos de alumnos, hecho que derivará en las oportunas sanciones administrativas para el profesor, pero obligado por el decano puede detener si prepara a Neïla para un concurso estatal de oratoria. El profesor no tiene más remedio que aceptar si quiere mantener su cabeza, y la joven hará lo mismo si quiere salvar el curso. El director Yvan Attal (Tel Aviv, Israel, 1965) ha desarrollado una interesante carrera como intérprete dirigido por nombres tan ilustres como Kassovitz, Doillon, Winterbottom, Lelouch o Rappeneau… pero, a su vez, también se ha pasado detrás de las cámaras en tramas de índole social y personal, donde sus personajes se ven inmersos en situaciones graves que les harán tambalear todo su mundo, siempre en un tono cómico.

Ahora, siguiendo ese tono de explorar temas serios pero con momentos divertidos, nos presenta a un solitario profesor, magníficamente interpretado por Daniel Auteuil, cínico como el que más, egocéntrico, y algo mezquino, que micrófono en mano, provoca a su audiencia para levantarlos de sus cómodos asientos de estudiantes y guiarles por otros caminos, a través del conocimiento, la cultura y el lenguaje. En la otra esquina tendrá que batallar con su antítesis, la joven alumna de primero, interpretada por Camélia Jordana, en las antípodas de lo que espera el profesor de su alumna, aunque el trabajo que les ha unido, lentamente les apartará de sus posiciones antagónicas y les llevará hasta ese punto en que sorprendentemente, no somos tan diferentes los unos a los otros. A través del libro “El arte de tener razón”, de Arthur Schopenhauer (1788-1860) Mazard prepara y provoca a Neïla para que argumente sus razones, convenza a su rival, y sobre todo, se convenza ella misma de su potencial, y su discurso, porque es más importante los argumentos y la forma de expresarlos que tener razón, porque no se trata de buscar la verdad, sino convencer al que tenemos delante, y ya que estamos en un concurso de oratoria, dejar claro al jurado que nosotros expusimos nuestro argumento con más claridad y nervio.

El profesor conoce el potencial de su alumna y lo explota hasta sus últimas consecuencias, adoptando métodos que tienen poco de ortodoxos, que seguramente serían rechazados por la comunidad educativa, pero consiguen sus objetivos, despertar a sus alumnos, y provocarles ese pensamiento crítico, que les llevará a replantearse muchísimas cosas y a emprender caminos diferentes, espacios que hasta ahora nunca habían explorados. Attal construye una especie de revisión de Pygmalion, de George Bernard Shaw, moderno y ágil, en el que el burgués se ha convertido en profesor, y la florista ahora es una estudiante, y el objetivo de convertir a una humilde joven en una dama de clase alta y distinguida, pasa a ser en una magnífica concursante de oratoria, seduciéndonos en un emocionante combate dialéctico de primera línea, en un tour de force con dos actores que rayan a una grandísima altura, en largas secuencias donde la palabra se apodera de los encuadres y  de nuestros sentidos, en una película de fuerte ritmo, donde constantemente nos hacemos preguntas.

Del profesor poco sabemos, su soledad es evidente y su forma de protegerse ante ella (resulta muy cómico y relevante el incidente con la señora y el perro por la calle) y sus maneras de profesores, rechazadas por casi todos, aunque sus alumnos lo recuerden como gran provocador de ideas y reflexiones. De la alumna, conocemos que vive a las afueras, donde parece que la vida y la libertad pasan de largo, en esa Francia que aboga por convivencia y fraternidad, pero que separa por clases, aunque Naïla trabaja para salir de ahí, para construirse una vida diferente, como hace con su novio, para que trabaje por su vida, aunque cueste mucho. Attal presenta unos suburbios que huyen de lo convencional y el dramatismo de otras películas, la película va por otro sitio, se plantea los diferentes prejuicios que todavía debemos vencer para liberarnos de nuestras maletas emocionales, y quizás la educación, el conocimiento, y el amor hacía la lengua y la cultura, sea francesa o de cualquier lugar, puede ser el mejor vehículo para crecer como persona y dejar de mirarnos a nosotros constantemente, y empezar a mirar al otro, y no sólo mirarlo, sino también a escucharlo, y a entenderlo, acercarnos más a los otros, y dejarnos esos estúpidos prejuicios convencionales y sociales que arrastramos y nos alejan mucho más de esas personas que también tienen mucho que mostrarnos y amarnos.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película “Una casa junto al mar” en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.