Una veterinaria en la Borgoña, de Julie Manoukian

ENCONTRAR TU LUGAR.

“¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

Confucio

Los más cinéfilos recordarán el personaje del veterinario que interpretaba Javier Cámara, amigo del protagonista, en la maravillosa Ficción, de Cesc Gay. Una profesión que se ha desarrollado muy poco en el cine, un oficio el de curar física y emocionalmente a los animales, y también, a sus propietarios, muy difícil, sin horarios, y muy mal pagado, requiere de mucha voluntad, dedicación, comprensión por los tuyos, y sobre todo, amor a los animales, soportar a sus dueños, y más aún, amor por el entorno rural, tan machacado por el progreso que empuja laboralmente a las personas a las grandes urbes, dejando sin población a los pueblos. Una veterinaria en la Borgoña, la opera prima de Julia Manoukian (Lyon, Francia, 1981), se mete de lleno en el trabajo diario de los veterinarios, situándonos en el corazón de la Borgoña, en la que conoceremos su cotidianidad de la mano de Alexandra, una especialista en virología con su vida y trabajo en París que, por circunstancias emocionales, acaba trabajando de veterinaria en verano en el pueblo donde creció, junto a su tío Michel, después del fallecimiento de su madre.

Una vez allí, conoceremos al socio de Michel, el tal Nico, un hombre en la cuarentena que sufre por conciliar familia y trabajo, y hace lo imposible por continuar con su trabajo. Alexandra no encaja en ese lugar, pero las cosas nunca salen como uno las prevé, y las circunstancias acaban dirigiéndonos. La directora francesa emplea una luz natural y muy intima, obra del cinematógrafo Thierry Pouget, para contarnos una historia que ya hemos visto muchas veces, la del urbanita que regresa al pueblo de su infancia. Pero esta vez, la cosa cambia y mucho, porque nos muestra un oficio casi desconocido, por un lado, además, mezcla con sabiduría y sobriedad la crítica social y la comedia agridulce, donde tenemos a una mujer que recupera mucho de su memoria en el pueblo, y a través de unos personajes, algunos muy excéntricos, las actividades de su trabajo, los animales y sus problemas, y la camaradería y la fraternidad que se vive en el lugar, empezará a mirar el pueblo con otros ojos, y lo que es más interesante, empezará a verse a sí misma como una persona que debe todavía encontrar su sitio, lanzarse a la aventura y no tener miedo de saber quién es y qué es lo que quiere.

El montaje de Marie Silvi es ágil, rítmico y estupendo, porque conjuga las secuencias en movimiento, de pura comicidad, sin olvidarse del entrno y la realidad más inmediata, y también, aquellas que requieren pausa y serenidad, donde conocemos con más profundidad las necesidades, miedos y afectos de los atribulados personajes, en constante tensión por ayudar a los animales, y también, de paso ayudarse a ellos, y a todos aquellos que giran en su entorno.  Otro de los aciertos de la película es el tratamiento con los animales, ya que vemos momentos de alegría con otros de tristeza, donde las vidas de las mascotas a veces dependen mucho del trato de sus dueños que, en ocasiones, no los tratan como los animales que son. Un retrato sobre los veterinarios rurales, y el entorno rural, con su mirada crítica y sensible, necesitaba de intérpretes cercanos y llenos de inteligencia, que fueran capaces de pasar sin estridencias del drama a la comedia y viceversa.

La convincente y tierna interpretación de Noémie Schmidt en la piel de la indecisa y perdida Alexandra, con su carácter e individualismo que, encontrará muchas razones, completamente diferentes a las que traía en un principio. A su lado, Clovis Cornillac, el veterinario honrado y motivado que cree en lo rural que además de sus “animales”, tendrá otro frente abierto con su mujer e hijos. Y luego, un ramillete de secundarios que ayudan a mantener esa armonía y esa naturalidad que respira toda la película. Manoukian, después de años fogueándose como guionista en series de televisión, da el salto al cine como directora con soltura, sensibilidad y sabiendo hacer eso que tan bien le sale a la cinematografía francesa, fusionar con credibilidad y profundidad la película social, con buenos personajes y naturalidad, con ese toque comercial que tanto ayuda a que el cine llegue a un público adulto e interesado por historias que los miren de frente, sin atajos ni argucias, un público atraído por los retratos humanos y cercanos, muy lejos de tanta fantasía idiotizada que no aporta absolutamente nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El palacio ideal, de Nils Tavernier

EL SUEÑO DE UN HOMBRE SENCILLO.

“Hijo de campesino, campesino, quiero vivir y morir para demostrar que en mi categoría también hay hombres de genio y energía. Durante veintinueve años fui cartero rural”

Joseph Ferdinand Cheval

Erase una vez un cartero llamado Cheval, un hombre poco hablador, ensimismado en su mundo, en la naturaleza y los animales que se tropezaba en su andar continuo por los bosques y caminos de la región de Drôme, en el sudeste de Francia, a finales del XIX. Un hombre que rehuía de los humanos y se sentía más cómodo y comunicativo en la naturaleza, donde encontró su inspiración, como los grandes artistas, como ese maravilloso momento que tropieza con una roca, que luego saca de la tierra y se la lleva a su casa, donde la recorre con la palma de la mano, sintiendo la estructura y la forma de la citada roca. La película nos muestra a  alguien golpeado por la vida, que lo dejó viudo y sin su único hijo. Pero, él siguió con su ruta diaria y su amor por el medio ambiente. Un día, conoció a Philomène, una viuda hermosa y se casaron. Nació Alice, que se convirtió en la ternura y el sentimiento de Cheval, que empezó a construir “El Palacio Ideal” para su hija, recogiendo piedras y tomando inspiración en pasajes bíblicos y en palacios hindús. Una obra que, a pesar de las continuas dificultades, logró acabarla después de 33 años.

Nils Tavernier (París, Francia, 1965), hijo del insigne director Bertrand Tavernier, ha construido una carrera como actor en películas de su progenitor como Beatrice o Ley 627, y otros geniales directores como Chabrol y Forman. También ha dirigido documentales de corte social y cultural, junto al guionista Laurent Bertoni. Su debut en la ficción se produce con la cinta Con todas nuestras fuerzas (2013), protagonizada por Jacques Gamblin, que recogía la hazaña de un tetrapléjico, ayudado por su padre, en su cometido de correr la durísima prueba de “Iron Man”, le siguió el thriller con al miniserie En algún lugar del valle, sobre una niña desaparecida. Ahora, llega el turno de la historia real del cartero Joseph Ferdinand Cheval, la  L’incroyable histoire du facteur Cheval, en su título original, contando nuevamente con Bertoni, a la que se une Fanny Desmares, para contarnos un relato romántico, al estilo de El cartero y Pablo Neruda (1994, de Michael Radford, contándonos la pericia de un hombre seco e introvertido, alguien de pocas palabras, alguien en su universo naturalista, que ante los golpes y la dureza de la vida, empieza a crear desde cero un monumento para su hija, un lugar especial como legado para su primogénita.

La acción de la película arranca en 1873 y se desplaza hasta 1924, cuando falleció Cheval, donde conoceremos su entorno, pequeño y rural, en la aldea de Hauterives, donde el cartero alzó su obra, utilizando materiales como piedras, que iba encontrando en su andar como cartero. La película de Tavernier es lineal, ligera y emocionante, sigue un ritmo pausado y romántico, explicándonos los avatares tristes y alegres de la vida de Cheval y su familia, una vida dura y llena de desgracias, que el cartero, con la ayuda de su inseparable Philomène, sigue adelante con su trabajo como cartero y su construcción. La sobria y maravillosa luz obra del cinematógrafo Vincent Gallot, con esos tonos ocres y la intensidad de las velas y la luz del fuego, convierten la cinematografía de la película en uno de sus grandes hallazgos, al igual que la excelente partitura musical que firman los hermanos Baptiste y Pierre Colleu, que saben imprimir el carácter duro y romántico que tiene la existencia del peculiar cartero. Y finalmente, la exquisita edición de la película, de Marion Monestier, que sabe manejar el ritmo y la cadencia en un metraje de los 105 minutos para abordar un relato que abarca más de medio siglo.

Tavernier se rodea de un reparto brillante, en el que destaca la inmensa labor de Jacques Gamblin, con el que repite, en un personaje que le va como anillo al dedo, con una espectacular caracterización, que le llevaba una hora y media cada día antes de empezar a rodar, en uno de esos personajes “Bigger than Life”, al que la sabiduría, el porte y esa forma de caminar y sobre todo, su mirar profundo e inquieto de un grandísimo Gamblin, en uno de sus grandes composiciones, interpretando a un individuo invisible, criticado por las gentes de su pueblo, un ser inadaptado que encontró en su entorno natural, la inspiración ideal para levantar su sueño, un sueño sencillo y humilde, que destapó a uno de los grandes visionarios y creadores del arte naïf, declarada como monumento histórico en 1969 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura. A su lado, Laetitia Casta como Philomène, la mujer, esposa fiel y compañera, firme ante los golpes de la vida, y una compañía esencial en la existencia de Cheval, y la actriz Lily Rose Debos, que habíamos visto en Gracias a Dios, de Ozon, da vida a la pequeña Alice con 12 años, creando esa fusión íntima y muy profunda entre padre e hija, y finalmente, la aportación de Bernard Le Coq, un actor dotado de una gran humanidad y elegancia, convertido en una especie de mentor de Cheval en su trabajo.

El palacio ideal se revela como una película conmovedora y honesta, que no sorprende por su narrativa, que resulta clásica, convencional y sin sorpresas, pero aporta una mirada interesante y llena de patices en la psicología de los personajes, donde si destaca, mostrando el lado íntimo, personal y profundo de una serie de personas que vivían en las zonas rurales de aquella Francia de finales del XIX y principios del XX, gentes del campo, alejados de las ciudades y sus formas de vida, centrándose en la existencia de alguien corriente, de un ser sencillo, de alguien que era uno más, de un tipo que no caía simpático, quizás porque en su interior, anidaban esas ideas tan diferentes y especiales, tan especiales que se alejan de su cotidianidad. Un relato lleno de amor y tragedia que desvela la parte extraordinaria de la gente común, la gente de campo, que aparentemente, no parece guardar esos secretos, pero que, de tanto en tanto, surgen personas como Cheval, llenas de luz, trabajo, entusiasmo y sabiduría que, hacen de su sencillez su mejor virtud, alguien sin preparación como arquitecto, que consiguió, solo con sus manos, un gran puñado de piedras, unas cuantas herramientas, imaginación, tiempo y paciencia, una de las obras más significativas del llamado arte marginal de principios del siglo XX en Francia, admirado por Breton y Picasso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El club de los divorciados, de Michaël Youn

¡VIVA EL DIVORCIO!

“El matrimonio es la principal causa del divorcio”

Groucho Marx

El cine de Michaël Youn (Suresnes, Francia, 1973), se ha caracterizado, en sus tres películas como director, por la comedia alocada y disparatada, llena de personajes excéntricos, metidos en historias rocambolescas y surrealistas, como en su debut con Fatal (2010), en la que un rapero de éxito, con una existencia a tutiplén, se cernía el misterio en torno a sus orígenes. Le siguió Vive la France (2013), en la que dos hermanos procedentes de Taboullistan, un minúsculo país del Asia Central, pretenden destruir la torre Eiffel. En su tercera película, El club de los divorciados, se interna en otro marco, el de la comedia elegante, más sofisticada, eso sí, con sus grandes dosis de disparate y humor absurdo, pero esta vez, centrándose en el divorcio, a partir de Ben, un personaje que cree tenerlo todo: un trabajo como vendedor inmobiliario que le encanta, una vida llena, y sobre todo, una esposa que lo quiere. Pero, un día, en mitad de una presentación, descubre que su mujer se la pega con su jefe, y su vida se va al traste, dejándolo solo, triste y desesperado.

Entonces, aparece el milagro, y ¡Voilà!, llega a su vida Patrick, el antiguo compañero de piso cuando estudiaban, convertido en un excéntrico millonario, también divorciado, y se lo lleva a su mansión, de la “Belle Époque”, estilo rococó, a darse la vida padre mientras olvida a su ex. Otros y otras divorciadas también se instalarán en la casa, llenando sus vidas de fiestas, locura, diversión y sexo libre. El director francés, que esta vez se ha reservado un rol más modesto, el de un tipo que se apunta a las juergas de la casa, a pesar que está casado con una señora de armas tomar, construye una película divertida, en la que su ritmo irá in crescendo, en una primera mitad, donde seguiremos atentos a las fiestas sin fin en la casa, la locura entre sus habitantes, y otros que vienen de visita, entre idas y venidas, donde Ben y Patrick, dos personas antagónicos, ya que los dos tienen formas muy diferentes de tomarse el divorcio, o al menos es lo que aparenta. La vida padre que se pegan estos cuarentones divorciados, con algún que otro conflicto nimio, se trastocará cuando Ben conoce a Marion, y se enamora, y entonces sus mentiras a Patrick irán en aumento y el paraíso de los divorciados pasará a un segundo plano para Ben.

Youn tiene el referente de Blake Edwards muy cercano, con esas fiestas loquísimas, que podríamos encontrar en la magnífica El guateque, o la parte apoteósica de la película, no estaría muy lejos de Cita a ciegas, o el cine de Ozores, atento siempre a los cambios sociales, siempre con mucho humor y disparate. El realizador francés no pretende a hacer cine social, sino divertirnos, y lo consigue en muchos momentos, cuando la película se pierde el respeto y tiende a la exageración y al esperpento, donde varias pequeñas historias se van sucediendo, con esos personajes que no dejan indiferente, como el de Albane, una mujer moderna, liberal, y de sexo desinhibido, o la citada Marion, divorciada, madre de un hijo preadolescente, teniendo muy claro que no quiere volver a repetir los mismos errores que en su matrimonio. Quizás muchos espectadores solo se quedarán con esa imagen más superficial de la película, donde se hace apología del divorcio, y se machaca al matrimonio como una especie de tumba en vida, pero la película va mucho más allá, hablándonos de la soledad, del amor, un amor basado en la sinceridad y humildad, la falta de autoestima, el paso del tiempo, el perdón como vehículo esencial para vivir mejor y sobre todo, ser mejor y crecer como personas, y sobre todo, la amistad, como centro importante para la vida de una persona, con sus claroscuros, pero teniendo en cuenta la importancia de esa mano amiga en los buenos y peores momentos de nuestra vida.

La película tiene un reparto bien conjuntado que viven con energía e intensidad cada personaje,  arrancando con un Arnaud Ducret desatadísimo y divertido dando vida al torpe y perdido Ben, con François-Xavier Demaison como Patrick, el dueño de la casa, y el perfecto anfitrión de toda esa juerga, con una sensible e inteligente Caroline Anglade como Marion, con esa cordura tan necesaria ante tanta locura, y finalmente, Audrey Fleurot como Albane, esa mujer divertida, moderna y fuerte que vive la vida y el sexo sin tapujos ni prejuicios.   Youn ha hecho una comedia divertida y sensata, con sus momentos de auténticas burradas, como esa mansión convertida en una especie de casa de Playboy, donde aparte de conejitas, hay divorciados recuperando el tiempo perdido, cada cual con su locura y su soledad, y un retrato ligero, si, pero interesante sobre las actitudes de ciertas personas cuando a los cuarenta y tantos se separan y comienzan una vida de juergas, risas, sexo y locura, aunque cuando llega la noche, acostados en su cama, solo piensan lo que sentirían, si a su lado, estuviera a alguien a quién amar, peor mientras tanto, vamos a pasarlo bien, aunque eso signifique que ya nada importa y los días de juventud vuelven para quedarse, aunque eso sea solo una ilusión transitoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un acuerdo original, de Romane Bohringer y Philippe Rebbot

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad”.

Emily Dickinson

La ficción ha servido como vehículo o mera excusa para trasladar los conflictos y situaciones de la vida real a la vida imaginaria o ficticia. No podríamos entender el mundo del arte, sin esa maniobra de ficcionar la realidad, o viceversa, porque en ocasiones es tal la fusión o mezcla, que resulta imposible descifrar que partes pertenecen al mundo real o al inventado. Podríamos enumerar miles de artistas que han encontrado en la ficción, ese espejo redentor o no, para mirar con más detenimiento su vida y los aspectos de ella, porque no hay mejor verdad o mirada, que mirarse a uno mismo a través de los espejos de la ficción. La pareja de intérpretes franceses Romane Bohringer (Pont-Sainte-Maxence, 1973) y Philippe Rebbot (Casablanca, Marruecos, 1964), después de diez años de relación y dos hijos pequeños en común, Rose y Raoul, deciden separarse y emprender una nueva vida. Pero, quieren mucho a sus hijos y para paliar esa situación, deciden llevar a cabo una operación insólita. Construirán os viviendas autónomas y separadas, una al lado de la otra, que solo se comunicarán a través de la habitación de sus hijos.

Este hecho real en la vida de los dos intérpretes ha servido de ficción para su primera película juntos, que escriben, dirigen y se interpretan a sí mismos, en un relato que ficciona su realidad, o podríamos decir con más exactitud, una verdad-ficción que tiene mucho de terapia y de comicidad para verse en una pantalla, como fue y es este tipo de situación. Bohringer y Rebbot plantean una comedia disparatada, con múltiples momentos de vodevil, equívocos, con esos divertidísimos intercambias de puertas que se abren y cierran, los continuos movimientos de una vivienda a otra, los diferentes ligues que acaban por no entender nada de lo ocurre, las situaciones paralelas en las que conocemos más a los dos protagonistas, antagónicos y tan diferentes, como la maravillosa secuencia que abre la película, en la que los asisten a terapia y vamos viendo sus diferentes reacciones, o esa otra, de las más divertidas de la película, cuando les comunican a sus respectivas familias la separación, familias que también se interpretan a sí mismos, y vemos las diferentes reacciones de ambas.

Estamos ante una mujer Roman, con los pies en la tierra, el timón de esta ex relación, peor muy apasionada en las relaciones, que busca desesperadamente estar con alguien después de la separación. En cambio, Philippe está en las antípodas de esa actitud, más bohemio, pasota, infantil, que anda desorientado, y sin saber qué hacer con su vida, no busca el amor, sino más ligues, pasarlo bien, y estar con sus hijos. En algunos instantes la película parece una de esas rocambolescas situaciones llenas de situaciones incómodas, que tanto narraban las comedias screwball estadunidenses en los treinta y cuarenta, de esas aventuras de Tati, con sus torpezas y meteduras de pata constantes, en otras, las discusiones de la pareja nos remiten al Woody Allen de los setenta y ochenta, donde dos seres que ya no se aman, pero todavía se quieren, afilan sus diferencias y conflictos, sean o no reales. Un proceso de película que la realidad acaba imponiendo sus secuencias de ficción, donde todo lo que ocurría se convertía en materia de ficción, donde hay secuencias completamente reales, donde hay una cámara para registrar ese instante, como la boda de sus amigos, en las que cualquier detalle real se centrifugaba convertido en materia ficticia, momentos vividos, detalles, gestos y demás.

Bohringer y Rebbot han capturado momentos y situaciones reales y ficticias en una película-documento-ficción que no solo habla de ellos, o aquel otro que les gustaría ser, sino que se ríen y mofan a rienda suelta de quiénes son y cómo actúan, de sus manías, defectos y estupideces, mirándose en ese espejo en el que nada ocultan y se lanzan al abismo que propone la película, dejándose llevar por las situaciones que plantea, desnudándose, tanto física como emocionalmente, mostrando y mostrándose de manera honesta, sencilla y directa, con esa naturalidad que caracteriza una situación que, a priori, podría resultar descabellada e imposible de realizar, pero el humor que destilan, y la capacidad para ser sin ser, o siendo otros para verse mejor, para entenderse, para separarse y juntarse a la vez, para distanciarse y estar muy cerca el uno del otro, para encontrar ese equilibrio emocional que, a veces, resulta que solo es mental, porque en la práctica las cosas se vuelven vulnerables, inciertas, irracionales y sobre todo, vitales y corporales, donde no pensamos tanto y sentimos más, dejándonos llevar por el fluir caprichoso e incomprensible de la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, de Arnaud Viard

LOS SUEÑOS NUNCA TERMINAN.

“El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente”

Henry F. Amiel

La película se abre con la celebración del setenta cumpleaños de Aurore, la madre viuda de los cuatro hermanos Armanville: el mayor, Jean-Pierre, los ojitos derechos de su madre, ha asumido el rol del padre fallecido. Juliette, anuncia su embarazo mientras trata de encontrar tiempo en sus clases para escribir su novela. Margaux, la talentosa de la familia, intenta ganarse la vida con la fotografía artística, y finalmente, Mathieu, que quiere seducir a Sarah, una compañera de trabajo. Así, están las cosas en el seno de los hermanos Armanville, cada uno con sus pequeñas tragedias personales y cotidianas, cada uno queriendo ser aquello con lo que soñaron alguna vez cuando eran niños, porque la película se centra en el deseo, en todo aquellos sueños que nos devoraron y algunos quedaron en el camino, y otros, siguen siendo esperanzas pasadas que de tanto en tanto se apoderan de nuestro presente tan lejano.

El relato se centra en Jean-Pierre, alguien apesadumbrado y derrotado, alguien casado y con una hija, con un trabajo exitoso como vendedor, no muy satisfecho con su vida. Un día, recibe la llamada de Héléna, una famosa actriz que le comunica que padece cáncer, un amor de juventud de Jean-Pierre, cuando deseaba convertirse en actor. Ese encuentro remueve demasiadas cosas en él, que le hará tomar unas decisiones que afectarán profundamente al resto de los hermanos. La tercera película como director de Arnaud Viard (Lyon, Francia, 1965), dedicado a la interpretación desde hace más de un cuarto de siglo, que le ha llevado a trabajar con cineastas de la categoría de François Ozon, Eleanor Coppola, Philippe Harel, entre muchos otros. Viard debutó como director con la comedia romántica Clara y yo (2004), donde exploraba la solidez de un amor apasionado con las circunstancias de la vida, con Arnaud hace su segunda película (2015), se adentraba en su propia existencia, a modo de autoficción, en la que se miraba al espejo con una mirada crítica y divertida.

Ahora, basándose en la novela homónima de Anna Gavalda, en la que rescata algunos de sus relatos para construir una película en torno a la familia, a los deseos personales y sobre todo, al repaso de nuestras vidas, a esos pasados que nos tocan a la puerta en los momentos más inesperados, esos pasados que nos vienen a juzgar nuestro recorrido vital, preguntándonos que quedó de aquel joven apasionado que quería ser artista, y en qué se ha convertido, que ha hecho de su vida. Viard compone una película irónica, llena de humor, también de ligereza, esa suavidad que tanto caracteriza ese cine francés comercial capaz de hablar de temas personales y profundos, sin caer en el dramatismo de otras películas, manteniendo esa línea maravillosa y delicada en la que son capaces de afrontar temas como la enfermedad, los problemas mentales y demás situaciones sensibles y complejas. El cineasta francés construye con energía y ritmo las existencias de los cuatro hermanos, tan distintos y parecidos entre ellos, como todas las familias, que mencionaría Chéjov, el cronista por excelencia de los retratos familiares profundos y sinceros.

El retrato de los Armanville tiene momentos tragicómicos, donde sería el melodrama con aires de melancolía el espacio donde se sustenta, teniendo la generosa y capacidad interpretativa en uno de sus elementos más importantes, encabezados por la naturalidad de Jean-Paul Rouve como el atormentado hermano mayor, que ve como su pasado vuelve para rendirle cuentas con su yo joven. Alice Taglioni como la escritora que ve como su vida se estanca y no llega ese libro que tanto desea escribir. Camille Rowe es la fotógrafa que lucha por reivindicar su trabajo y que vaya más allá que un mero disparador de retratos sin más. Y Benjamin Laverne el enamorado que duda entre lo que desea y el fracaso. Y la gran Aurore Clément como la matriarca de este clan bien avenido aparentemente, pero cada uno demasiado oculto de sus verdaderas inquietudes. Viard ha hecho una película sincera y sensible, que toca temas difíciles y nada cómodos, temas que nos devolverán todo lo que fuimos y todo aquello que dejamos por el camino, todos aquellos deseos que no cumplimos, que dejamos que se perdieran, que tarde o temprano vendrán a saldar cuentas, en forma de amor de juventud, fotografía de aquellos años, o canción como la de de New Order, “Dreams never end”, esos sueños que nunca terminan, esos sueños que siguen ahí, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot

LA JUVENTUD FRANCESA.

“Sí, hará un hermoso día. El sol de la libertad calentará la tierra con más felicidad que la aristocracia de las estrellas. Nacerá una nueva generación engendrada entre abrazos libres, y no entre la servidumbre y el control eclesiástico. Así nacerán también pensamientos y sentimientos libres, que nosotros, esclavos natos, desconocemos. Cuánto nos costará imaginar lo terribles que eran la noche en que vivíamos y la lucha que librábamos contra odiosos espectros, policías estúpidos e hipócritas criminales”.

Heinrich Heine (citada en un fragmento de La salamandra, de Tanner)

En Avanti popolo (2012), de Michael Wharmann, se resituaba la relación del pasado político de los sesenta y setenta con la actualidad de nuestro tiempo, evidenciando la derrota de las ideologías en la sociedad de consumo. Nuestras derrotas, de Jean-Gabriel Périot, es un ejercicio que parte de la misma base, enmarcado en la relación entre el pasado político y reivindicativo, volviendo al cine del Mayo de 1968, y su resonancia en las mentes de un grupo de adolescentes estudiantes de bachillerato, de primer grado de cine del Instituto Romain Rolland de Ivry-sur-Seine, ubicado en el distrito XIII de París.

El cineasta Jean-Gabriel Périot (Bellac, Francia, 1974), lleva casi dos décadas dedicado al cine documental, experimental y ficción, en el que interroga a través de un exhaustivo y preciso montaje para bucear en la historia y la violencia a partir de archivos fílmicos y fotográficos. Ahí están sus extraordinarios filmes como Una juventud alemana (2015), en la que escarbaba en el fenómeno de la lucha política y social de los años sesenta a través de la facción del Ejército Rojo en Alemania, o en Lumières d’eté (2016), en la que a través de un cineasta de ficción, investigaba las consecuencias de la bomba de Hiroshima en Japón. En Nuestras derrotas convoca un dispositivo muy novedoso y acertadísimo, en el que plantea a sus alumnos la reconstrucción de fragmentos de películas políticas de Mayo del 68, unos delante y otros, detrás de la cámara, en las que encontramos la citada La salamandra, La Chinoise, de Godard, Camarades, de Marin Karmitz, À bientôt, j’espère, del gran Chris Marker (el cineasta ensayística por excelencia, que más ha investigado el archivo y sus circunstancias históricas, sociales, políticas y culturales), y Mario Marret, una película del Grupo Medvedkine, y otras piezas sobre protestas, huelgas y reivindicaciones laborales. Remakes filmados en blanco y negro, en la que se han recogido contundentes mensajes políticos.

A partir de las filmaciones, Périot entrevista a los alumnos sobre lo que acabamos de ver, preguntándoles acerca de las imágenes que acaban de protagonizar. La seguridad y la contundencia que denotan en las secuencias, pasa a un desconocimiento absoluto sobre los términos que acaban de defender con claridad en la escena, respondiendo con esa inocencia y espontaneidad que los caracteriza y muy propia de su edad. El cineasta francés repite las secuencias con otros alumnos, y en las entrevistas sigue indagando en la realidad actual de los discursos cincuenta años después, en mundo deshumanizado y capitalista, en que lo colectivo ha dejado paso a una individualización exacerbada de la vida social de las personas. A medida que avanza la película, vamos observando la evolución de las diferentes respuestas y reflexiones de los alumnos, en un proceso que alcanzó los seis meses de duración, en el que va despertando su conciencia social y política, no en un sentido profundo pero si concienciador, en qué términos como solidaridad y fraternidad alcanzan un poso más real e íntimo, y más aún, cuando son testigos de un hecho capital para ese cambio interior, ya que en su colegio unos chavales son duramente castigados por una pintada reivindicativa.

Périot utiliza la materia sensible y humana del cine para ir más allá, sumergiéndonos en un marco, no ya solo de investigación de las imágenes de las películas en litigio, sino de la capacidad del cine como herramienta esencial para el pensamiento, las ideas y al reflexión, a través de estudiantes de bachillerato enfrascados en sus vidas e historias, en su intento maravilloso en despertarles su conciencia política a través de sus sentimientos y sus formas de ser y sobre todo, expresarse, experimentando en otros caminos posibles para acercar la política de un modo más íntimo y personal a personas que en principio la encontrarían aburrida e incomprensible. Un trabajo pedagógico de primer orden y magnífico, que no solo abre distintas posibilidades de acercar la política a aquellos que no la entienden o simplemente, la desconocen por falta de interés, sino que promueve herramientas magníficas y concienciadoras, que tanta falta hacen en un mundo abocado a la superficialidad, el vacío y la robotización. La película de Périot promueve ideas, análisis y profundidad, a través de su vertiente conciliadora y convirtiendo la política en un acto de conocimiento personal, cotidiano y esencial para la resolución de conflictos en nuestro entorno y en nuestras vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Habitación 212, de Christophe Honoré

EL AMOR DESPUÉS DE VEINTE AÑOS.

“Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender”

Françoise Sagan

El amor, y las cuestiones que derivan del sentimiento más complejo y extraño, y la música, son los dos elementos en los que se edifica el universo de Christophe Honoré (Carhaix-Plouguer, Francia, 1970). Un mundo rodeado de un estética pop y romántica, donde sus personajes aman el amor o eso creen, unos personajes, algunos, algo naif, algo inocentes, muy del amor, porque para el cineasta francés el amor, o un parte esencial de él, se basa en la aventura a lo desconocido, a lanzarse a ese abismo que produce inquietud y temor, pero también placer y felicidad, quizás en buscar ese equilibrio, no siempre sencillo, está ese sentimiento que llamamos amor. Su nuevo trabajo nos habla de amor, claro está, pero de ese amor maduro, ese amor después de veinte años, un amor que ya tiene una edad para mirar hacia atrás, para vernos a nosotros mismos, para cuestionarnos si aquellas decisiones que tomamos fueron las acertadas, o no. El relato arranca con Maria Mortemart (una maravillosa Chiara Mastroianni, en su quinta presencial con Honoré) caminando con paso firme y decidido por las calles céntricas de París, coqueteando con la mirada con chicos mucho más jóvenes que ella, mientras escuchamos a Charles Aznavour cantando “Désormais”, una canción que nos remite al desamor, quizás una premonición de lo que está a punto de llegar.

Cuando Maria llega a casa, se encuentra a Richard (Benjamin Biolay) su marido, que por azar, descubre que Maria tiene un amante. Se enfadan y Maria se va de casa, cruza la calle y se aloja en la habitación 212 del hotel de enfrente (el número hace referencia al artículo del matrimonio que indica obligaciones de los cónyuges como respeto y fidelidad). Mientras observa la tristeza de su marido, Maria, al igual que le sucedía a Ebenezer Scrooge (el huraño y enfadado protagonista de la novela Cuento de Navidad, de Dickens) recibirá unas visitas muy inesperadas que la llevarán a su pasado y presente, con continuas idas y venidas por ese tiempo, de naturaleza mágica y crítica, que le ha tocado vivir: al propio Richard, veinte años más joven, cuando se casaron (interpretado con dulzura y sensibilidad por un enorme Vicent Lacoste, que repite con Honoré después de la imperdible Amar despacio, vivir deprisa), a Irène (una cálida Camille Cottin) la que fue primer amor y profesora de música de Richard, que sigue enamorada de él, y  la agradable presencia de la bellísima Carole Bouquet, la voluntad de Maria, en forma de imitador de Aznavour, y una docena de amantes de Maria, veinte años más jóvenes que ella, en estos veinte años de matrimonio.

Durante la noche, tanto la viviendo como el hotel, y la calle, se convertirán en un decorado de una película de la metro, de esas que se rodaban en EE.UU. durante la época dorada del musical, que también adaptó al cine francés, Jacques Demy, con la nieve cayendo, con esas siete salas de cine, que anuncian una de Ozon, por ejemplo, o ese restaurante que recibe el nombre de “Rosebaud” (haciendo referencia al pasado y a aquello de dónde venimos, como en Ciudadano Kane). Visitas que funcionaran como terapia de pareja y sobre todo, del amor para Maria y Richard, que también se incorporará a la noche del amor y de aquello que dejamos o no, un Richard desorientado y diferente. Honoré construye una deliciosa y acogedora comedia dramática, con momentos de musical puro, sobre el amor y todos los asuntos que encierran a la pareja, a sumergirnos en el verdadero significado del amor y todo lo que significa, haciéndonos reflexionar y también, enamorándonos con sus bellas y románticas imágenes, y la música que escuchamos, desde la canción melódica del propio Aznavour y Serrat, música clásica de Vivaldi al piano, un tema sobre aquellos amores que podían haber sido como el “Could it be magic”, de Barry Manilow o el “How Deep is Your Love”, versión de The Rapture, indagando en la verdad de esos sentimientos que tanto clamamos al amado o amada.

Honoré mira con sinceridad e intimidad la naturaleza humana, mirándonos como verdaderamente somos, seres imperfectos que amamos como sabemos o podemos, equivocándonos y cometiendo muchos errores, o simplemente, dejándonos claro que el amor, ese sentimiento capaz de mover montañas y conciencias, y convertirnos en meras sombras de nuestra voluntad, no es un sentimiento perfecto, ni mucho menos, simplemente es una emoción, con todas sus virtudes y defectos que, en algunas ocasiones acertamos y en la mayoría, erramos, quizás la capacidad de perdonar y perdonarnos será el mejor camino para seguir enamorándonos cada día de ese ser que es tan especial para nosotros, porque nadie, absolutamente nadie, será capaz de mirarlo como lo hacemos nosotros, porque como explica Honoré, después de veinte años, ya somos capaces de amar, porque ya conocemos todas sus imperfecciones y a pesar de todo eso, seguimos sintiendo algo profundo y complejo por esas personas, y todo lo demás, no sirve de nada, porque el amor no es ciego, suele ser real y sobre todo, lleno de imperfecciones, pero no solo el nuestro, sino el de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eden, de Dominik Moll

HUMANIZAR AL IMIGRANTE.

“En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para designar al extranjero, son el mismo término: xénos.”

George Steiner

El arranque de la serie resulta muy impactante. En una playa de la costa griega, mientras unos turistas abrazan el asueto y la diversión, una patera atestada de inmigrantes llega a la playa, y delante de todos, salen despavoridos de la barcaza huyendo tierra adentro. Una imagen que ha abierto muchos informativos, sí, una imagen que refleja la tragedia de Europa, mientras unos se divierten, otros, los más desfavorecidos, corren y se ocultan de la persecución que sufren. Eden es una serie que huye de la imagen impactante y se centra en la figura del inmigrante, se sumerge en el reflejo que hay detrás de esas imágenes que abren informativos, centrándose en el inmigrante, su identidad, su relación con el otro, sus ilusiones y esperanzas, su pasado, y futuro, si es que lo tiene. Un laborioso trabajo de guión escrito por Edward Berger, Marianne Wendt, Nele Mueller-Stöfen, Jano Ben Chaabane, Constantin Lieb, Pierre Linhart, Felix Randau, para desarrollar un relato de cinco historias sobre la inmigración que convergen en la Europa actual, coproducida por Alemania, Francia, Grecia y Bélgica.

Por un lado, tenemos a Hélène, una francesa ambiciosa que gestiona un campo de refugiados en la costa de Grecia con capital privado, y sus idas y venidas a Bruselas y las diferentes comisiones para mantener su negocio. Luego, un incidente del mismo campo, y la muerte accidental de uno de los inmigrantes derivará en un conflicto con los guardias de seguridad, la policía y el mantenimiento del campo, tambaleado por una oferta de un grupo inversor. Luego, tenemos al hermano adolescente del inmigrante muerto, que huye del campo y emprende una odisea llena de peligros y miseria para llegar a Inglaterra. Conoceremos a un matrimonio burgués alemán, que habíamos visto en la playa del inicio, que acoge a un adolescente sirio y los problemas que ocasiona con su hijo de la misma edad. Y finalmente, nos topamos con el drama sirio, a través de unos supervivientes que logran llegar a Francia, donde deberán enfrentarse a ese pasado terrible y oscuro que tratan de olvidar. Grecia, Alemania, Bélgica y Francia son los distintos países que sitúan una película poliédrica y sensible con las diferentes cuestiones sobre la inmigración, durante los seis episodios de 45 minutos de duración cada uno.

Dirigida por Dominik Moll (Bühl, Alemania, 1962) que también ha participado en el guión, autor entre otras, de Harry, un amigo que os quiere (2000), Lemming (2005), El monje (2011), Only the Animals (2019) y de la serie The Tunnel (2013), entre otras, enmarcadas generalmente en el thriller con elementos de drama, comedia o fantástico, en las cuales la psicología y la relación de los personajes se convierte en el foco de la acción. En Eden, ya desde su título, haciendo clara alusión a ese paraíso ansiado para tantos inmigrantes que solo consiguen conocer la otra cara, el lado oscuro de ese paraíso inventado, construido y falso. Moll construye con oficio y sensibilidad un gran mosaico de relatos que van y vienen, en una trama in crescendo, donde la complejidad y la interioridad de los personajes se va imponiendo a cualquier atisbo de condescendencia o sentimentalismo de otras producciones.

Eden es una serie muy interesante y magnífica, llevándonos por los distintos conflictos que se van sucediendo en relación a la inmigración, y el diferente tratamiento que hacen unos y otros, desde la ejecutiva que defiende su negocio a costa de lo que sea, en su caso con la inmigración, y la insensibilidad ante la muerte o los problemas de la inmigración, como deja bastante claro en la presentación del personaje, cuando la entrevistan en mitad del campo o ese video corporativo para vender su producto a costa de vidas y personas. O la actitud de los guardias de seguridad, que anteponen su vida y su trabajo en pos a otras vidas, y el deterioro mental que se produce en uno de ellos, incapaz de soportar el daño hecho, o la dificultad de convivencia con el inmigrante sirio en Alemania con esa familia que intenta salvar una vida, o los conflictos generados con los sirios en Francia y la culpa que los atenaza, y no menos, el adolescente nigeriano embarcado en su particular odisea pro una Europa dañina y capitalista, que se aprovecha de la desgracia ajena, un continente nacido en 1951 para acabar con la guerra y proteger a sus pueblos, que se resiste a aceptar la inmigración y la sigue tratando como una mera mercancía con la que hacer dinero.

Un grandísimo reparto que agrupa intérpretes conocidos con otros más locales, componen un atractivo y magnífico elenco que irradian vida y naturalidad, encabezados por Sylvie Testud, Juliane Köhler, Wolfram Koch, Bruno Alexander, Michalis Ikonomou, Adnan Jafar, Diamand Bou Abboud y Joshua Edoze que da vida a Amare, con un aplomo y capacidad que entra de lleno en la remesa de los mejores debuts en pantalla, protagonizando el relato más intenso y dramático, la de miles de menores inmigrantes no acompañados que deambulan por Europa expuestos a cualquier peligro y abuso. Moll ha hecho un trabajo dignísimo y excelente, con un tempo narrativo de primer orden, conduciéndonos con orden, sensibilidad y humanismo por este retrato del inmigrante en Europa, una relidad durísima y dolorosa, que que no se detiene y va más allá de meras cifras y datos, llenos de vidas que huyen de la guerra y la miseria, una historia triste y oscura, que nos debería hacer reflexionar muy profundamente sobre que el significado de la palabra Europa, su idiosincrasia, y sobre todo, su forma de gestionar las vidas de los inmigrantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Los profesores de Saint-Denis, de Gran Corps Malade y Mehdi Idir

EN UN INSTITUTO DE LOS SUBURBIOS…

“La clave de la educación no es enseñar, es despertar”

Ernest Renan

Si hay una cinematografía que más se ha interesado por la educación esa no es otra que la francesa, que desde los inicios del cine despachó la inolvidable Cero en conducta (1933), de Jean Vigo, arrancando así una serie de películas a lo largo de la historia del cine que se han propuesto ahondar en la educación desde múltiples miradas, profundizando en las diferentes herramientas educativas, su contexto social, y sobre todo, su valor humano, social y didáctico. Nos vienen a la memoria excelentes películas como Los 400 golpes (1959) o La piel dura (1976), ambas de Truffaut, y ya despidiendo el siglo XX, la extraordinaria Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, que se sumergía en las dificultades sociales de los jovencísimos estudiantes de una escuela infantil de un barrio suburbial. Partiendo de esa temática, donde se estudiaban las tremendas dificultades de la educación a estudiantes en situaciones de exclusión, y en la adolescencia, surgirían monumentos educativos como La clase (2008), de Laurent Cantet, y las más recientes, A viva voz (2017), de Ladj Ly (director de la imprescindible Los miserables, sobre los problemas suburbiales entre niños y policías) y Stéphane de Freitas, centrada en el concurso sobre el discurso para estudiantes de los barrios más deprimidos, Primeras soledades (2018), de Claire Simon, que exploraba las difíciles relaciones familiares de unos estudiantes de la periferia.

Los profesores de Saint-Denis (basada en la sexperiencias personales de Mehdi Idir) se mueve por los mismos lares de estas últimas, centrada en un curso escolar de uno de los institutos de los suburbios, desde el punto de vista de la nueva inspectora de estudios en relación con Yanis, uno de los estudiantes traviesos con los debe de lidiar en su trabajo. Gran Corps Malade, alias de Fabien Marsaud (Seien-Saint-Denis,Francia, 1977) y Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979) vuelven a trabajar juntos después de Patients (2016) en la abordaban la recuperación física y emocional de un adolescente después de un terrible accidente, basada en las experiencias personales de uno de los directores. En Los profesores de Saint-Denis, esculpen a fuego lento y de forma incisiva la situación actual de la educación en Francia, y más concretamente, en uno barrio deprimido de las afueras de París, sumergiéndonos en los aspectos profesionales y personales tanto de la inspectora, con un novio en la cárcel, y los diferentes problemas cotidianos que van surgiendo en el instituto, centrándose en la figura de Yanis, uno de los estudiantes, de conducta desviada, que debate constantemente en la utilidad de las clases con sus profesores, con padre en prisión y dificultades en casa.

Los directores demuestran un trabajo sensible y bien estructurado en su segundo trabajo, volviendo a los temas humanos y sociales que ya tocaron en su opera prima, imponiendo un ritmo ágil e muy íntimo, acercándose a ese día a día de forma inteligente y audaz, sin ser condescendientes ni nada sentimentalistas, sino colocándose en la misma altura de los diferentes problemas y aspectos entre docentes y alumnos, describiendo de manera sencilla y cercana todo aquello que los une y separa, con la mirada de esa inspectora que acaba de llegar en contraposición con Messaoud, el profe de mates enrollado y respectado por los alumnos, que lleva cinco años trabajando en el instituto, haciendo suya esa reflexión que define el espíritu de la película: El contexto es más fuerte que nosotros, añadiendo la pregunta, ¿Ahora qué hacemos, nos damos por vencidos?, viendo y reflexionando sobre las diferentes posiciones que adoptan unos profesores y otros, como el docente antipático que choca constantemente con la rebeldía de los alumnos.

Grand corps Malade y Mehdi Idir han construido una película de nuestro tiempo, profundizando en los diferentes aspectos educativos, en su cotidianidad, en la relación con los alumnos, tanto en el ámbito académico como el personal y social, donde el instituto como el hogar se intercambian, en que los problemas que se suceden, tanto en un lugar como en otro, transitan por los mismos derroteros, como un reflejo indisociable que se retroalimentan constantemente. Una magnífica e inteligente película con ese aroma de documentar lo que está pasando en el instante, en el aborda la importancia de la educación, sus procesos, su naturaleza, y sobre todo, el aspecto humano y social en relación a los alumnos y sus contextos sociales y económicos. Un brillante reparto encabezado por la inconmensurable Zita Hanrot (que habíamos visto en Éden, de Mia Hansen-Love, o en Fátima, de Philippe Fancon, donde se alzó con el César revelación del 2015) compone el personaje de la inspectora de estudios con sensibilidad y dureza, con esa maravillosa actitud de ayudar a los alumnos y con ese momentazo en la cárcel.

Acompañada por la agradable presencia de Soufiane Guerrab (que ya estuvo en Patients) dando vida a Messaoud, el profe que alimenta el espíritu de los alumnos y conoce todas las dificultades por las que atraviesan, un personaje que actúa como contrapunto experiencial de Samia. Y por último, el ramillete de los alumnos, interpretados por actores no profesionales, en su mayoría habitantes del barrio de Francs-Moisins, donde se rodó la película (instituto donde acudió Mehdi Idir en su época de estudiante) que ofrecen una verosimilitud, intuición y naturalidad maravillosa que casa con el espíritu de la película, en que sobresale la astucia y composición de Liam Pierron dando vida al problemático, peor noble Yanis, la figura en la que asienta una película social, humanista y veraz, que se mueve entre el humor y la gravedad de los asuntos que trata, dotándola de ese sentido cercano, cotidiano y fiero que tanto demanda una película que aborda con inteligencia y sencillez problemas complejos y profundos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA