Bienvenidas a Brasil, de Patrick Mille

UNA PARA TODAS.

Los primeros veinte minutos de la película pasan por delante de nosotros a velocidad de crucero. El ritmo es trepidante, brutal y sin descanso. La cámara al hombro se mueve de forma vertiginosa, siguiendo a sus criaturas allá donde estas vayan. Agathe, su hermana pequeña Lily, y Cloé, viven juntas y hace un año que no saben nada de Katia, que las dejó tiradas. Un día, reciben noticias suyas, informándoles que se casa en Brasil con un rico heredero, y además, está embarazada. Las tres viajan al país tropical y se van a una fiesta pija y alocada. Allí, después de varias copas, algunas rayas, y algún polvo fast en el lavabo, una de ellas, Lily, violenta y de carácter, mata accidentalmente a un tipo que pretende violarla. Después de este hecho, las tres mujeres quieren huir del país, aun más cuando se enteran que el muerto es el prometido de Katia. La segunda película de Patrick Mille (Lisboa, Portugal, 1970) es un cambio de rumbo con respecto a su opera prima, Mauvaise fille (2012) un drama donde una joven se quedaba embarazada casi al mismo tiempo que le informaban que su madre padecía una grave enfermedad.

Ahora, Mille (actor con una amplia carrera en Francia donde lleva más de un cuarto de siglo trabajando) nos sumerge en una aventura en toda regla, llevándonos por ese Brasil rural, alejadísimo de la postal, para adentrarnos en una comedia feminista, disparatada y muy gamberra,  mezclada con intriga policial, ya que las mujeres deberán huir del padre del muerto, Augusto, quizás el personaje más cómic de la película, es el gran empresario, en este caso de la carne, metido a político, lleno de corruptela y malísimas artes para conseguir capturar al asesino de su hijo. La caza ha empezado, el Sr. Augusto y sus secuaces harán todo lo imposible para cazar a las mujeres, que tendrán la ayuda de un agente consular excéntrico y muy oscuro. Mille quiere divertirnos, pasar un rato agradable y disfrutar con la película, mostrándonos a unas mujeres que pasarán por todos los estados de ánimo habidos y por haber, que deberán superar sus conflictos internos para ir todas a una para seguir con vida con la que tienen encima, en esta road movie que no da tregua, que pasa de la risa al llanto en cuestión de segundos, en un relato sobre la amistad, el compañerismo y sobre todo, el cooperativismo, como la mejor arma para hacer frente a las adversidades de la existencia.

Mille nos lleva en mil y un sitios diferentes, desde las discotecas chic a cinco minutos de la pobreza, las playas de Ipanema o Copacabana asestadas de turistas, mansiones lujosas con adornos horteras o naif, las laberínticas y peligrosas callejuelas de las favelas, arsenales clandestinos de armas, bares de pueblo donde se odian a los políticos, y demás lugares, tan sorprendentes como miserables, a través de la pesadilla que vivirán las cuatro amigas huyendo del malvado Augusto, una escapada en la que se toparán con individuos de naturaleza peculiar y extravagante, como policías corruptos, trabajadores ambiguos, amazonas armadas hasta los dientes, y sobre todo, mucha corrupción, en un país lleno de contrastes, desde la belleza de sus playas y lugares, mezclado con la miseria más absoluta, de ricos terratenientes a pobres diablos, que tienen la violencia como recurso para sobrevivir en una sociedad alocada, donde prima la fiesta a la vida.

Bienvenidas a Brasil recoge con fuerza y energía ese tipo de comedia disparatadísima, alocada y extravagante, que también tiene tiempo para darnos alguna hostia que otra, esa comedia al uso de Lío en Río, la última obra dirigida por Stanley Donen, en la que dos maduros se enrollaban con sus respectivas hijas, y el embrollo estaba servido, pero ninguna quería mencionarlo, donde las casualidades, las mentiras y los miedos salían a relucir para que todo continuara igual, por miedo a enemistarse con los amigos queridos, sí, pero engañados, en otro tono más bestia, tendríamos a Airbag, de Juanma Bajo Ulloa, en la que seguía a tres palurdos en busca del anillo de prometido que se había olvidado en el trasero de una prostituta, en un viaje lleno de puticlubs, mafiosos y amor, o Very Bad Things, de Peter Berg, que hacía una versión oscurísima de aquella otra Despedida de soltero, nos adentraba en unos colegas en las que una despedida les acababa saliendo demasiada cara y altamente peligrosa.

Mille que, se reserva el personaje excéntrico y clown del agente consular francés, compone un reparto interesante con sus cuatro actrices, jóvenes y muy talentosas, en una pesadilla que pasan del miedo a la valentía, tenemos a Alison Wheeler que es Agatha, la profesora recta y teledirigida que se desmelenará un poco bastante, y se relacionará de forma compleja con Lily, que interpreta Philippine Stindel,  esa hermana pequeña difícil y malcarada, en plena guerra consigo misma, la tercera en discordia, la enamoradiza Chloé, que da vida Margot Bancilhon, dejada por enésima vez, que acabará por demostrar que bajo esa capa de superficialidad, se esconde una mujer fuerte, y finalmente, Katia que interpreta Vanessa Guide, la embarazada que tendrá que hacer frente a como ese mundo de fantasía y falso que se había montado, se cae de bruces con la realidad más inmediata. Y Chico Díaz, actor brasileño de gran prestigio como el Sr. Augusto, el malo de la función. Mille nos divierte y apabulla con su retrato del Brasil lujoso y pobre, en el que seguiremos a cuatro mujeres jóvenes, que a a medida que avanza la película, nos van recordando ese tipo de hembras propias del cine de Tarantino, en las que sus vacaciones maravillosas de desfase en Brasil, se convertirán en otro tipo de aventura, mucho más adrenalínica y peligrosa, en ocasiones triste o violenta, o ambas cosas, pero también, en un viaje hacia sí mismas, a conocerse, y sobre todo, a cuidarse y ayudarse entre ellas, y reencontrarse en medio de la nada.


<p><a href=”https://vimeo.com/241166912″>Bienvenidas a Brasil – Tr&aacute;iler Oficial HQ (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La número uno, de Tonie Marshall

EN UN MUNDO DE HOMBRES.

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres.”

Simone de Beauvoir

Emmanuelle Blachey es una brillante ingeniera que, gracias a su capacidad de trabajo e inteligencia, se ha encaramado a la cima de las grandes empresas, convirtiéndose en parte del consejo de administración de la empresa energética más importante de Francia, amén de encontrarse felizmente casada y madre de dos hijos. Un día, una poderosa e influyente red de mujeres le propone ser presidenta importante. Para ello, deberá enfrentarse a un mundo de hombres despiadado, machista y poderoso que, como será de esperar, utilizarán todas las artimañas sucias y rastreras para desbancarla de la carrera por tan codiciado puesto. La directora Tonie Marshall (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1951) que después de protagonizar algunas películas de Jacques Demy, optó por la dirección, tarea que lleva casi tres décadas, en las que se ha especializado en retratos íntimos y poderosos de mujeres, en las que reivindica el derecho a compaginar profesión y amor, desde una perspectiva sencilla y honesta, explorando todos los puntos de vista, a través de tramas complejas e inteligentes.

En La número uno, se adentra en el terreno de las altas finanzas y los ejecutivos de trajes caros y cocktails por la noche, pero lo hace posando su cámara en la mirada de Emmanuelle Blachey, una mujer fuerte, pero con debilidades como todos, su heroína es humana, y no viene a salvar el mundo, nada de eso, sino que se enfrenta a una estrategia por mejorar en su trabajo, y hacerse un hueco en un mundo de las grandes empresas dominado por hombres, empresa que no le resultará nada fácil en todos los niveles, tanto a nivel profesional como personal, en el que deberá lidiar con sus conflictos internos, problemas con el pasado familiar, la relación con su marido (que encima está pasando por un período de crisis profesional) y soportar los tremendos golpes de su rival profesional, que opta al mismo que ella, que hará todo lo posible, a niveles rastreros y repugnantes, sacando a relucir las miserias de cada uno, tanto de ella, como de su equipo femenino que le ayuda en este trabajo, arduo, difícil y polémico.

Marshall huye de la caricatura, y se evade completamente de ese cine superficial de buenos y malos, aquí, cada uno utiliza sus herramientas a su alcance, no intentando trabajar para ser mejor que su rival en el puesto, sino utilizando la cara oscura, desprestigiando a su adversario, para sacarlo de la disputa profesional, y también, para dejarlo fuera de circulación, para que así en un futuro no vuelva a encontrárselo en otro camino. La directora francesa-estadounidense nos sitúa en mitad de esos edificios interminables poblados de oficinas y departamentos donde se cuecen las altas finanzas, llenos de pasillos y habitaciones enmoquetadas, donde los trajes y conjuntos de diseño se mueven buscando su oportunidad, un universo aparentemente cuidadoso y formal en su estructura, pero rodeado de negritud y miseria en su fondo, donde las buenas palabras y los gestos siempre esconden algo turbio e interesado. Estamos ante un combate de boxeo en toda regla, aunque no se disputa en un ring rodeado de espectadores emocionados, sino en espacios de diseño, cuidadas hasta el más mínimo detalle: oficinas, teatros, restaurantes, congresos, etc… donde se reúnen, unos y otros, para acordar su estrategia y seguirla hasta el final.

Marshall compone una honesta y detallista película sobre mujeres que trabajan incansablemente para cambiar las reglas del juego, para romper con la hegemonía masculina en este territorio de las altas esferas financieras, pero no desde el choque entre unos y otros, posicionándose con las mujeres, porque nos cuenta el relato a través de ellas, pero presentándonos mujeres complejas, humanas y ambiguas, que también tienen partes oscuras, al igual que los hombres, dejando que los espectadores tomemos o no partido por el bando que más nos seduzca. La directora no juzga a ninguno de ellos, los filma desde todas las perspectivas posibles, en la intimidad y en sociedad, sumergiéndose en sus formas de actuar, de hablar y de sentir, capturando cada sentimiento, benigno o maligno, que desarrollarán a lo largo del metraje. Un reparto interesante, convincente y espectacular bien medido y cuidado, que encabeza una fantástica Emannuelle Devos, con esa mirada fría y triste, con sus deudas e ilusiones, moviéndose en estas arenas movedizas, donde cada acción puede cambiar el escenario en cualquier instante, bien acompañada por Richard Berry como su adversario, Benjamin Biolay como escudero del contrincante, John Lynch como marido y compañero leal (sumamente importante en estos casos) y Suzanne Clement, una de sus aliadas feministas. Tonie Marshall ha construido una película de aquí y ahora, sobre ese mundo de altos ejecutivos que algunas mujeres luchan incansablemente para cambiar, para que tome otro rumbo, para que se convierta en un universo igualitario, equitativo y sobre todo, humanista, en el que hombres como mujeres, por igual, tengan las mismas oportunidades.

 

Entrevista a Valérie Massadian

Entrevista a Valérie Massadian, directora de la película “Milla”, en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de noviembre de 2017 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valérie Massadian, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de l’Alternativa, y al equipo de La Costa Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Las guardianas, de Xavier Beauvois

LAS MUJERES RESISTENTES. 

Hortense es la matriarca de una granja en la Francia de 1915, cuando la mayoría de los hombres válidos se dejaban la vida en los campos de batalla. Hortense, debido al volumen de trabajo, que comparte junto a su hija Solange, decide rescatar a Francine, una huérfana que se convierte en una fiel y entregada empleada. La guerra sucede lejos, fuera de su alcance, aunque de tanto en tanto, los hombres de la casa, los hijos de Hortense, vuelven unos días de permiso. En una de esas visitas, Constante, el menor de los hijos, se enamora de Francine. El nuevo trabajo de Xavier Beauvois (Auchel, Francia, 1967) basada en la novela homónima de Ernest Perochon, nos cuenta la retaguardia de la guerra, lo que queda después que los hombres vayan a la guerra, la vida cotidiana en una granja a través de las mujeres. Unas mujeres trabajadoras, valientes, tenaces y decididas, que se emplean a fondo para sacar todo el trabajo, en ausencia de la mano masculina. Si bien la película mantiene las ideas y reflexiones que ya estaban en el cine de Beauvois, como la comunidad, el tema social, la complejidad de los personajes, y un tema central, que suele ser externo, que contextualiza los hechos y provoca las dificultades en las que se sumergen sus personajes, como por ejemplo, ocurría en uno de sus títulos más celebrados, De dioses y hombres (2010) en el que explicaba el devenir de unos monjes cistercienses, que instalados en un monasterio en las montañas del Magreb, se veían envueltos en una ola de violencia, pero decidían quedarse y resistir.

Ahora, se centra en estas tres mujeres, en la que podemos primero de todo, ver la película como una experiencia antropológica, donde vemos las formas de vida de primeros de siglo en la Francia rural, así como los diferentes trabajos y las formas de convivencia en una granja. Por otro lado, las diferentes relaciones que se desarrollan en un contexto dificultoso como ese, en el que la ausencia de noticias de la guerra y el devenir de los suyos, somete la voluntad y el ánimo de las mujeres. Beauvois nos habla también de esperanza, de cooperativismo y de resistencia, en el que la primer parte del filme, pivota entre estas ideas, donde parece que, a pesar de la guerra y sus desastres, la vida y el amor pueden crecer y mantener la ilusión por unos tiempos futuros mejores, aunque algo lejanos. La segunda mitad del relato, la película se ensombrece, y las circunstancias del momento, convierten a los personajes en víctimas de su propio destino, donde unos toman posiciones demasiado intransigentes para favorecer a unos en detrimento de otros, quizás aquellos más desafortunados o débiles.

El cineasta francés agiliza una trama de 135 minutos, en el que no cesan de suceder situaciones de todo tipo, en que las cosas ocurren de manera sencilla y honesta, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo o la crueldad excesiva, hay dureza, pero entendible, dejando ver con claridad cada circunstancia que motivan las decisiones de los personajes. La formidable y pictórica luz de la película, obra de la cinematógrafa Caroline Champetier (una experta en la materia que ya estuvo en De dioses y hombres, y otras obras de gran calidad como Holy Motors, Las inocentes o Hannah Arendt, entre otras) recuerda a la pintura de Millet, Coubert o Renoir, en sus trabajos sobre el campo francés (y esa luz que también bañaba las imágenes de la reciente La mujer que sabía leer) y la magnífica música del veterano Michel Legrand (auténtica eminencia con más de 60 años de carrera) se acoplan perfectamente al aroma que recorría aquella Francia rural de los convulsos y terroríficos años de la Gran Guerra.

Beauvois estructura su trama a través de una historia de amor, sencilla y conmovedora, llena de sensibilidad (como las películas campestres de Renoir) en la que no faltará de nada, porque ya lo dicen que en el amor y en la guerra, todo vale, y las argucias más miserables están a la que saltan, anteponiendo la apariencia ante cualquier eventualidad. El magnífico trío protagonista encabezada por la siempre eficaz y sublime Nathalie Baye (en su tercer trabajo con el director, después de Según Mattieu y El pequeño teniente) en un personaje de armas tomar, que irá cambiando a medida que las noticias de la guerra vayan cayendo como una losa, en una matriarca de las de antes, aquellas a las que no se les escapaba nada, aquellas siempre atentas, dirigiendo el rebaño, y atajando cualquier rebelión en su contra o contra los suyos, le acompaña Laura Smet (que algunos recordarán como La dama de honor, uno de los últimos títulos de Chabrol) dando vida a Solange, la hija de la patrona (también hija en la vida real) encarnando a esas mujeres con sus hombres en la guerra, que quedaban al amparo de cualquier forastero, y también, de sus ganas de cama, reflejando esas mujeres abiertas a los cambios y las modernidades propias de la época.

Finalmente, la auténtica revelación de la película, la debutante Iris Bry, con ese rostro angelical y a pesar de su juventud, lleno de dureza emocional, que vaga con la esperanza de encontrar trabajo, acomodo y un hogar en su existencia. Bry compone a la desamparada Francine, una mujer joven, pero vivaz y sencilla, que llega a la granja para quedarse, demostrando trabajo, lealtad y sinceridad, convirtiéndose, a su pesar y a pesar de todos sus esfuerzos, en una víctima más de la guerra, como hubieron tantas, en una de esas mujeres que todo lo tienen que luchar y pelear, porque no tienen otra, porque no tienen a nadie, y deben seguir remando por su vida y por su destino. Beauvois ha construido una película excelente y bellísima, tanto en su imagen como en su contenido, un hermosísimo canto a la mujer, a la femineidad, a su cuerpo, a su fisicidad, a su trabajo, y a sus sentimientos, a todo aquello que sienten, a quién aman y su lugar en el mundo, porque aunque la guerra siga en el frente, hay otras guerras donde nos e disparan tiros, son esas otras guerras a las que hay que enfrentarse en el día a día, con entusiasmo, garra y valentía.

Corporate, de Nicolas Silhol

LAS MISERIAS DEL SISTEMA.

“Esta película es una obra de ficción, pero está basada en métodos administrativos reales”

Entre los años 2008 y 2009, la empresa de telecomunicaciones francesa France Télécom se convirtió en el ojo del huracán, porque 35 de sus empleados se quitaron la vida. La empresa salió en su defensa aludiendo que acabaría con el mal que le acechaba. Aunque, detrás de todos estos casos de suicidio se ocultaban métodos deshumanizados de la empresa para aniquilar psicológicamente a sus empleados y que ellos mismos optaran por la baja voluntaria. A partir de este caso real, el director francés Nicolas Silhol se ha inspirado para dirigir su puesta de largo adentrándose de forma seria y rigurosa en esta parte oscura de los trabajos sucios que emplean grandes empresas contra sus empleados, a través de un personaje, Emilie, la directora de RRHH contratada para llevar a cabo tal misión, todo parece indicar que la operación marcha bien, hasta que uno de los empleados se lanza al vacío. A partir de ese instante, el ambiente se turbará en las oficinas, y ya nada volverá a ser igual, y la aparición de una inspectora de trabajo que comenzará una investigación para averiguar las causas ocultas del suceso. Silhol nos somete a una trama que casi ocurre en su totalidad en las habitaciones de la empresa, entre pasillos y salones blancos, todo de diseño, pero que esconden las miserias más terribles, donde se suceden las reuniones, los (des) encuentros y la desconfianza que se instala en Esen, el nombre ficticio de la empresa en cuestión.

La película nos habla de la responsabilidad de nuestros actos, y de la naturaleza de nuestro trabajo, de la toma de decisiones personales, y cómo nos afectan a nosotros mismos, de los límites a los que estamos dispuestos a sobrepasar con tal de cumplir con nuestro trabajo, y las consecuencias de obedecer órdenes de los jefes que consideramos injustas y que atentan contra la dignidad de los empleados. Silhol presenta una película de corte negro, donde la investigación de las autoridades lentamente irá sacando lo peor de cada uno, y de su verdadera identidad, primero a un nivel personal, y luego a un nivel colectivo. Todo se nos cuenta a través de una frialdad que espanta, desde un punto de vista ético, donde no hay amigos, donde las cosas funcionan porque es lo mejor para la empresa, en el que el trabajo sucio se hace sin más, como si fuésemos robots, donde no hay espacio para las emociones, en el que vamos eliminando compañeros de trabajo como si fuesen piezas de ajedrez, sin asumir las terribles consecuencias para ellos.

Un sistema podrido, deshumanizado y salvaje, donde el trabajo se ha convertido en una mera excusa para acumular beneficios sin fin, donde tu trabajo y sobre todo, tu dignidad como ser humano, quedan fuera de la empresa, y dejas de ser quién eres para convertirte en un esbirro de la empresa, cumpliendo a rajatabla sus órdenes, y siempre dispuesto a asumir y sin protestar, cualquier deseo de los jefes. Corporate viene a incorporarse a este tipo de películas donde la deshumanización del trabajo convierte a sus empleados en auténticos depredadores que no tendrán ningún problema en eliminar a su adversario de  la mesa de al lado, como explicaban en Glengarry Glen Ross o en Smoking Room, en las que la aparente tranquilidad y compañerismo sólo eran una fachada de la cena de navidad, el resto del tiempo era una jungla laboral, donde se intentaba ser más que el otro, utilizando todos los métodos habidos y por haber. Silhol ha construido una película humanista, de nuestros comportamientos siniestros en el trabajo, y cómo afecta a nuestro entorno, tanto profesional como personal, en el que la investigación del suicidio, se mezcla de manera natural e inteligente en la trama y los acontecimientos del relato, siguiendo la actitud de Emilie, una mujer con carácter que deberá mirar su trabajo y sus emociones con más detalle, y asumiendo su responsabilidad en los actos horribles que ha cometido en nombre de la empresa.

Céline Sallette interpreta a Emilie, dotándola de esa frialdad que suavemente se va despojando de toda ese caparazón de indiferencia, bien acompañada por Lambert Wilson dando vida a ese jefe sin escrúpulos que todo lo hace porque la empresa lo necesita, donde sus decisiones son dolorosas pero necesarias, puro cinismo, y Violaine Fumeau, que compone a la inspectora de trabajo con esa función de ogro del relato, que deja bien claro las deficiencias del sistema para finalizar con los abusos de las empresas, y que se muestra como una mujer decidida y dispuesta a encontrar la verdad. Silhol ha hecho una película valiente, rigurosa y seria, en la que nos habla del ambiente laboral o lo que queda de él, como si estuviésemos delante de un thriller de investigación llena de oscuridad y terror,  para abrirnos los ojos de los métodos brutales y horribles de tantas empresas que campan a sus anchas, o podríamos decir de un sistema laboral que deshumaniza a sus empleados y los convierte en meros entes sin emociones y sin vida que pueden ser despedidos cuando sea necesario.

La mujer que sabía leer, de Marine Francen

VIOLETTE SE HA ENAMORADO.

Nos encontramos en la Francia de mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III eliminó cualquier atisbo de revolución deteniendo y eliminando sistemáticamente a todos aquellos que se opusieron a su dictadura. Semejante represión la sufrieron muchos pueblos y lugares de todo el país, como el puelbo del que nos habla la película, un pequeño pueblo entre montañas, que un día, a primeras horas de la mañana, los soldados irrumpieron en el lugar y detuvieron a todos los hombres, llevándoselos a la fuerza, dejando a las mujeres huérfanas de esposos, hijos y hermanos. Después de este arranque desgarrador y siniestro, la película se sitúa en la mirada de las mujeres, de aquellas que esperan, de aquellas que tienen esperanza que sus hombres vuelvan, aquellas que deberán vivir sin ellos, ocupadas en sus quehaceres cotidianos, y en su propia resistencia, en seguir trabajando por su pueblo, y por sus vidas. La directora francesa Marine Francen que tiene en su experiencia haber trabajado como ayudante de dirección para autores tan importantes como Haneke o Assayas, encontró la inspiración para su primera película en un cuento L’homme semence, donde Violette Ailhaud explica su propia experiencia de cómo una serie de acontecimientos afectaba a sus aldeanos.

Francen ha cambiado su título en la original, bautizando su película como Le semeur (que se podría traducir como El sembador, adquiriendo el doble sentido con el que juega la película). Aunque estamos ante una película que podríamos decir coral, la directora francesa adopta la mirada de Violette, en un momento crucial en su vida, ya que en edad de casarse, los hombres no están en el pueblo, pero pasado un tiempo, un hombre, Jean, aparecerá pro el pueblo, pide trabajo y alojamiento. La llegada del forastero hará renacer la vida y la existencia de las mujeres más jóvenes, que ante la espera sin hombres, alcanzaron un acuerdo que consistía en que todas ellas compartirían el hombre si apareciera alguno. Francen convierte esa historia intimista y femenina en una película bellísima en todos los sentidos, empezando por su exquisita y delicada forma, en la que se emplea el formato de 35 mm panavisión y el formato 4:3, para dotar a la película del cuadro y la luz de la época, obra de Alain Duplantier (autor entre otras de Reencontrar el amor) inspirada en las pinturas de “Las espigadoras”, de Millet, y otras obras de Renoir, Pissarro o Breton, obras esenciales del impresionismo en el que captaban la luz quemada por el sol de los trigales o la sombría del invierno de las zonas rurales, cuando retrataban las vidas cotidianas de los aldeanos.

Violette es esa doncella todavía virgen que descubre el amor con el recién llegado, que se hace llamar Jean, en el que Francen adopta el descubrimiento a la vida y al amor de forma sencilla y extremada sensible, sin nunca caer en lo sensiblero, captando con gran naturalidad y honestidad los encuentros sexuales de los dos protagonistas. Aunque el conflicto estalla, cuando las demás reclaman su parte, y la película que hasta ese momento nos estaba contando una hermosísima historia de amor de descubrimiento y placeres íntimos (que nace mediante la lectura donde Balzac adquiere un gran protagonismo) se adentra en un relato sombrío donde unas y otras luchan por su espacio, y en el que las necesidades personales, los conflictos internos y la sexualidad como liberación de emociones rasgan y posicionan al grupo de jóvenes amigas. Francen mueve con detalle y paciencia a sus mujeres, sus cuerpos y filma con gran belleza su cotidianidad, desde los duros trabajos en el campo, y el cooperativismo que han construido para hacer frente a los imprevistos y desarrollar los diferentes trabajos, en una comunidad femenina de gran fuerza y energía, quizás la aparición del extranjero les vuelca el alma y empiezan realmente los conflictos entre ellas.

La mirada y la carnalidad que desprende Violette encarnada por la actriz Pauline Burlet es uno de los momentos del relato, bien acompañada por Géraldine Pailhas como esa madre demasiado protectora e inflexible, y las otras jóvenes como Joséphine que interpreta Anamaria Vartolemi y Rose que compone Iliana Zabeth, y por último, Jean, que hace Alban Lenoir, todos ellos personajes que hablan poco, trabajan mucho y se muestran reticentes en mostrar sus emociones frente a los otros. Francen ha construido una película magnífica y de enorme sensibilidad, especialmente sobria y contenida, en una mise en scene casi sin movimientos de cámara, que en algunos momentos tiene ese marco que tanto gustaba a Renoir o a Rohmer (en la que nos hablaban casi en susurros de los conflictos sentimentales de sus protagonistas, situándolos en entornos bucólicos y sombríos a la vez) en la que nos habla de mujeres, de amor, de sexo, de trabajo en común, de emociones soterradas, de vidas en conflicto, y sobre todo, de amor en todas sus facetas, en esa fuerza poderosa y compleja para descubrir a los otros y descubrirnos a nosotros mismos.

Encuentro con Nobuhiro Suwa

Encuentro con el cineasta Nobuhiro Suwa, con motivo de la retrospectiva que le dedica de su obra el D’A Film Festival, en colaboración con la Filmoteca de Cataluña, junto a Octavi Martí, subdirector de la Filmoteca. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 abril de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nobuhiro Suwa, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad y generosidad, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.