En un muelle de Normandía, de Emmanuel Carrèrre

LA PRECARIEDAD DE PRIMERA MANO.

“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”

Michal Kalecki

En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).

Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.

Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película.  La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.

La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro,  mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.

Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación,  donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El caso Villa Caprice, de Bernard Stora

LAS MISERIAS DEL PODER.

“La arrogancia de los poderosos se basa en talentos reales, pero su ceguera es tan sorprendente como su supuesta previsión. La mayor parte de sus esfuerzos se dedican a consolidar su propio poder. Perderlo, aunque sea un poco, les resulta intolerable. Convencidos de que son invencibles, no están preparados para afrontar la derrota, que les sume en una debilidad extrema”.

Bernard Stora

El poderoso empresario Gilles Fontaine ha sido citado por el juez por una caso que investiga la forma ilícita en la que fue adquirida su lujosa mansión de la costa “Villa Caprice”, en la que aparece un político de la zona. Agobiado, asustado y sin salida, el hombre de negocios pone el caso en manos de Luc Germon, un veterano abogado considerado el mejor de París. Lo que empieza como un trato profesional entre un abogado y su cliente, todo irá derivando a una relación muy oscura, donde nunca sabremos quién manipula a quién, y sobre todo, que hay detrás de todo ese mejunje de poderes, algunos claros, otros extraños, y la mayoría muy desconocidos.

El director Bernard Stora, Marsella, Francia, 1942), empezó como ayudante de nombres tan prestigiosos como los de Clouzot, Eustache, Melville, Verneuil, Rappeneau y Frankenheimer, y luego dirigir desde el año 1983, sobre todo, en el campo de la televisión, y paralelamente, desarrollar una interesante filmografía en el cine con títulos como Les amants de mogador (2002), y El sueño de Califa (2019), entre otras. Con El caso Villa Caprice, sexto título cinematográfico, se basa en un caso real para construir una ficción junto a Pascale Robert-Diard, con la que repite después de Le dernière champagne, y Sonia Moyersen, en un interesante y profundo ejercicio de thriller, donde el lujo y al miseria tienen muchas caras y demasiados abismos. Dos individuos muy parecidos entre sí. Dos tipos como un abogado que se mueve entre los hilos del poder, defendiendo a personas muy poderosas, relacionándose en un ambiente ajeno y cotidiano para él. Un tipo solitario, que cuida de su padre anciano enfermo, alguien sin vida social y personal, alguien que solo trabaja. Frente a él, un empresario poderoso y muy famoso, alguien que solo trabaja, que todo es de su propiedad, como su mujer, que todo se mueve y cambia si él lo decide. Dos formas de entender el poder y la riqueza, o simplemente, dos formas de ver lo mismo, aunque en realidad, el poder que ejercen sea muy diferente.

Stora construye muy hábilmente y con gran eficacia una película de pocos personajes, casi un único escenario, la espectacular y espectral Villa Caprice, que no está muy lejos de la mansión junto al mar de Rebeca, de Hitchcock, rodeado de mar, un mar que define mucho a los personajes en cuestión. Una cinta con mucho diálogo, y también, con muchos silencios, porque en estos lugares es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Una excelente cinematografía de Thomas Hardmeier, que ayuda a crear esa atmósfera cálida y fría a la vez, donde todo es turbio y nada es lo que parece, como el gran trabajo de montaje de Margot Meynier (que ha trabajado con Polanski), para condensar los ciento tres minutos de metraje, donde en ningún instante baja el interés y sobre todo, el cuidadísimo entramado que encierra esta peculiar y oscura relación. Y finalmente, la magnífica música de Vincent Stora, que desde el primer instante nos atrapa, con esa fascinación que irradia la espectacular y vacía mansión, con todos esos personajes que pululan por este universo paralelo de señores con dinero, pero sin escrúpulos y llenos de maldad.

Una película que juega tanto a las apariencias, a todo lo que se ve, y más importante, lo que significan esas imágenes y todo lo que encierran, necesitaba imperiosamente un grandísimo trabajo de intérpretes como los estupendos trabajos de un grande como Niels Arestrup, que tiene en su haber gente tan ilustre como Aderman, Ferreri, Szabó, Audiard, Schnabel, Tavernier o Schlöndorff, da vida al abogado, al que defiende a estos malvados con dinero y poder, alguien destrozado por la vida, una especie de esos pistoleros cansados y envejecidos que siguen en la brecha solo por dinero, pero cansados de todos y todo. Patric Bruel, que ha desarrollado una carrera como cantante y actor, con trabajos a las órdenes de Miller, Chabrol, Pollack, Varda y Lelocuh, por citar solo algunos, es el empresario que todo lo quiere y todo tiene un precio, un tipo despreciable que siempre se sale con la suya, ya sea por las buenas o por las malas, uno de esos que ha escalado pisoteando a todos los que se ponían en su camino, y que hay tantos en ese mundo de las finanzas.

Mención aparte tiene el tercer vértice de este simulado triángulo, que no es otra que la fascinante y poderosísima Irène Jacob, la inolvidable protagonista de ese monumento cinematográfico que es La doble vida de Verónica (1990), del gran Késlowski, con el que volvió a trabajar en Rojo (1994). La Jacob da vida a Nancy, la esposa del empresario, una mujer misteriosa, pero tremendamente aburrida, sola y cansada de ser tratada como un objeto más por su esposo, alguien que tiene tanto que contar, pero seguramente, se mantendrá en su sitio, aunque eso le obligue a enfrentarse a todo lo que una vez creyó amar. El caso Villa Caprice es un fascinante y brutal ejercicio de intriga, poder, suspense y demás recovecos que encierran una película que atrapa y no te suelta, con el mejor aroma del ya citado Hitchcock, el Mankiewicz de La huella, y demás policiacos clásicos del gran Hollywood. Una cinta que tiene todos los ingredientes necesarios, muy bien mezclados y llenos de sabor, en el que vemos todos los rostros del poder, sus miserias, sus toxicidades, y sobre todo, todos sus personajes, los que tiene el poder, los lameculos que lo ansían, y aquellos otros, que relacionándose con él, simplemente lo acariciarán y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Madeleine Collins, de Antoine Barraud

LAS VIDAS DE JUDITH.

“A veces tengo la impresión de no saber exactamente lo que soy, sé quién soy, pero no lo que soy, no sé si me explico”

José Saramago en “El hombre duplicado”

A estas alturas del invento cinematográfico sería estúpido pensar que alguna película pueda pretender o definirse como original. El hecho de contar historias no debería centrarse en la presumible original que pueda o no encontrar el espectador, sino en la forma en que esa historia se nos cuenta, alejándose de lo novedoso y centrándose en la parte estructural, porque ahí radica su importancia, en el orden en que nos llega la información y cómo se nos da. El cineasta Antoine Barraud (Francia, 1972), ha dirigido Les gouffres (2012), protagonizada por Mathieu Amalric, un cruce entre drama y ciencia-ficción, y Les dos rouge (2014), una interesante propuesta de meta cine, con un tour de forcé memorable con Jeanne Balibar y Bertrand Bonello. Con su tercera película, Madeleine Collins, se adentra en el drama personal, a través de un intenso thriller, con esa Madeleine del título, que nos recuerda inevitablemente a otra “Madeleine”, la rubia misteriosa de Vértigo, de Hitchcock.

El cineasta francés nos sitúa en la vida, o podríamos decir, las vidas de Judith, que en Francia es Judtih Fauvet, casada con un director de orquesta y madre de dos hijos, uno de ellos, adolescente, con su cabello recogido y su burguesía, y en Suiza, Margot Soriano, que vive con Abdel, y al hija de ambos, la pequeña Ninon, con el cabello suelto y su pequeño apartamento. Unas vidas que la mujer lleva entre continuas idas y venidas de unas vidas a otras, con la excusa de su trabajo como intérprete alrededor de Europa. Madeleine Collins tiene el aroma de los clásicos de cine negro de Hollywood, como los del citado Hitchcock, a los que podríamos añadir otros como Laura, de Premiger, A través del espejo, de Siodmak, Secreto tras la puerta, de Lang, El merodeador, de Losey, entre muchas otras. Películas cargadas de gran tensión psicológica, basadas en los conflictos internos de los personajes, con pocos diálogos, y sobre todo, con imágenes inquietantes que sucedían en espacios muy cotidianos. La parte técnica del relato funciona con detalle y profundidad, casi siempre en espacios cerrados y del día a día, con una gran cinematografía de Gordon Spooner, que ya trabajó con Barraud en Les gouffres, y el rítmico y estupendo montaje de Anita Roth (que ha trabajo con gente tan extraordinaria como el citado Bertran Bonello en su fabulosa Zombie Child) en el que se condensan de forma ágil y sólida los 106 minutos del metraje.

La película tiene dos partes bien diferenciadas, en la primera parte de la película podríamos enmarcarla en un drama romántico, donde entrarían un relato sobre infidelidades, mentiras y traiciones. En el segundo tramo, la película vira hacía el espacio más del thriller psicológico, cuando la menciona Judith entra en una espiral sin retorno, donde ya nada de lo que ocurría deja de tener sentido, y su parte interior empieza a resquebrajarse ante el aluvión de acontecimientos. Un reparto bien ejecutado y mejor conseguido, entre los que destacan la veterana Jacqueline Bisset, toda una institución en el país vecino, Bruno Solomone, como el marido francés de Judith, tan crédulo como centrado únicamente en su labor profesional, Quim Gutiérrez, un actor que empezó siendo un chaval, consolidándose en el universo europeo,  dando vida a un tipo con muchísimas dudas respecto a la relación con Judith. La actriz y directora Valérie Donzelli (responsable de grandes películas como Declaración de guerra), interpreta a una soprano amiga de la familia.

La alma mater de la película, y en la que recae el mayor peso emocional es Virginie Efira, con un grandísimo trabajo de composición. Un actriz dotada de temple y elegancia con ese aire de las actrices clásicas que no solo sabían mirar, y decir su diálogo sin pestañear, sino que lo hacían desde la más absoluta ambigüedad de unos personajes muy bien escritos y sumamente complejos. Una intérprete colosal que hace poco la vimos protagonizar Benedetta, de Verhoeven, en un personaje que no estaría muy lejos del que hizo en El reflejo de Sibyl), en esta Judith/Margot, una mujer con dos vidas, con dos identidades, rodeada de mentiras, falsificaciones, traiciones y sobre todo, una no identidad de la que ya no es capaz de reconocerse y mucho menos ubicarse en ninguna de sus vidas ni en su vida, si todavía sabe donde la puede encontrar, o quizás, ya es demasiado tarde. Barraud ha construido una película laberíntica, con giros en el guion muy bien estructurados y mejor definidos, en una cinta que te mantiene pegado a la butaca, imprevisible en su ejecución como mandan los cánones de lo psicológico, metiéndonos en una espiral de locura y huida hacia no se sabe adónde ni qué rumbo tomar, si es que hay una idea de camino para llegar a algún lugar, quizás ni la propia Judith o lo que queda de ella, lo sepa a ciencia cierta. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

 

La crónica francesa, de Wes Anderson

LOS HECHOS Y LOS PERIODISTAS.

“Cualquier escritor, supongo, siente que el mundo en que nació es nada menos que una conspiración contra el cultivo de su talento. No es posible que alguien sepa lo que va a pasar: está sucediendo, cada vez, por primera vez, por única vez”.

James Baldwin

El universo cinematográfico de Wes Anderson (Houston, Estados Unidos, 1969), está dividido en dos mitades. A saber. En la primera, la que comprendería de 1996 con Bottle Rocket, su opera prima, pasando por Academia Rushmore (1998), The Royal Tenenbaums (2001), Life Aquatic (2004), y Viaje a Darjeeling (2007). Todas ellas comedias sobre personajes excéntricos, cualidad que le acompañará en todas sus películas, localizadas en pequeños grupos, más bien familias, ya sean padres e hijos y hermanos, y sobre todo, desarrolladas en ciudades de la América profunda, con esa mirada crítica, ácida, burlona y grotesca del sentir y mediocridades estadounidenses. Con Fantastic Mr. Fox (2009), cinta de animación, comienza una segunda etapa, en que su cine se abre a otras posibilidades estéticas y arriesgadas, eso sí, sin perder un ápice de esos mundos oníricos, extravagantes y fabulosos, llenos de individuos cotidianos, pero llenos de rarezas, estupideces y locuras, donde la estética adquiere un elemento de suma importancia, y el dolorido aumentan, y su historias se hacen mucho más abiertas, y aumentan considerablemente los personajes y los lugares de pequeñas ciudades, pasan a lugares más exóticos y extraños. Moonrise Kingdom (2012), Gran Hotel Budapest (204), su vuelta a la animación con Isla de perros (2018).

La décima película del director tejano que tiene el título de La crónica francesa (Del Liberty, Kansas Evening Sun), sigue la línea de sus últimas películas, y elabora con ingenio y brillantez, una especial carta de amor a la revista que leía en su juventud “The New Yorker” Magazine, inventándose su sección francesa, ubicada en la ciudad de Ennui-sur-Blasé, y lo hace desde el amor a la crónica periodística, a esas personas que bolígrafo en mano relataban los sucesos más extraños y fantásticos que se sucedían a lo largo y ancho del siglo XX. La trama de Anderson escrita por él mismo a partir de una historia ingeniada por él, y cómplices que están casi desde las primeras películas como Roman Coppola, Hugo Guinness y el actor Jason Schwartzman, que se reserva una aparición en la película. La acción arranca con el fallecimiento del querido director Arthur Howitzer Jr., el personal se reúne para escribir su obituario y recuerdan sus “casos”, sumergiéndonos en cuatro historias: un reportero ciclista nos propone un diario de viajes por la ciudad a través de sus zonas más oscuras, sórdidas y deprimentes.

En la segunda de las fábulas, “La obra maestra del cemento”, sobre un demente pintor condenado por homicidio, su carcelera convertida en su musa y amante, y el marchante fascinado por su obra, y enloquecido por todo el dinero que ganará. En “Revisiones de un manifiesto”, es un relato de amor y muerte, sobre el levantamiento de unos jóvenes estudiantes contra la tiranía y el poder, y se cierra con “El comedor privado del comisario de policía”, una historia negra que desprende una trama de drogas, secuestros y exquisitez. No es la primera vez que el cine de Anderson mira a Francia, y a su cine y cultura, ya lo hizo en la mencionada Life Aquatic¸ una especie de retrato muy particular y cotidiano del gran Jacques Cousteau, y Moonrise Kingdom, donde desplegaba todo el abanico de amor al cine de Truffaut y Rohmer, en una tierna y real love story protagonizado por dos jóvenes adolescentes en su primera vez. En La crónica francesa, el amor a lo francés invade cada plano y encuadre de la película, con esos tableau vivants, marca de la casa, que estructuran toda la película, y el blanco y negro de los relatos que contrasta con ese color pop y detallista de la vida en la redacción de la revista.

El sincero y maravilloso homenaje al cine primitivo en la primera historia, al genio de los Lumière y sobre todo, Mélies, en la segunda, podríamos reconocer al cine de entreguerras, al de los Carné, Renoir, Prevert, etc…, con ese blanco y negro sucio y lleno de desesperanza, en una historia tremendamente fatalista, donde cada uno de los personajes está sujeto a la desdicha, a sea personal como social, con su amor fou, donde el amor, el destino y el contexto social dirimen completamente la existencia de los personajes. En la tercera, la sombra de Godard y su película La chinoise es más que evidente, con todos esos estudiantes, sus cigarros Gauloises, sus cafeterías de tertulia política y existencialista con los Camus y Perec, y toda esa discusión sobre todo de la vida, la lucha, el amor, la libertad, etc…, con ese periodista negro que homenajea al gran James Baldwin. Y por último, nos encontramos con el relato de género negro más puro, con polis, gánsteres, putas y gentes de mal vivir, con ese aroma de los Melville, Clouzot, Becker, Vernuill, y otros, del cine francés noir de los cincuenta y sesenta.

Anderson se nutre de sus colaboradores más cómplices y estrechos, empezando por Robert Yeoman en la cinematografía, seis películas juntos, Andrew Weisblum en el montaje, cuatro trabajos juntos, al igual que Adam Stockhausen en el arte, Milena Canonero en el vestuario, y la excelente música de todo un experto como Alexandre Desplat, que repite con el director después de Isla de perros. El reparto, otro tanto de cómplices y amigos, con Bill Murray a la cabeza, como el director de la película, Owen Wilson, que ya estaba en su primera película, como reportero ciclista, Elisabeth Moss como inquietante secretaria, Tilda Swinton como narradora-oradora que explica la segunda de la historias, con un animal y genio Benicio del Toro, como ese pintor mitad loco-mitad animal, con Léa Seydoux, como la musa que le arrebata todo, y Adrien Brody, el marchante enloquecido por su arte. Frances McDormand es la periodista que relata las revueltas estudiantiles de la tercera historia, con un grandioso Timothée Chalamet, un interesante cruce entre Jean-Pierre Léaud y el poeta Georges Perec, bien acompañado por una dulce y fuerte Lyna Khoudri. Jeffrey Wright es el homenaje al gran Baldwin en el relato que cierra la película, con un comisario Mathieu Amalric, que ayudado por su hijo, intenta descifrar el enigma, en la que vemos a Saoirse Ronan como prostituta, y otras apariciones de la película son las de Edward Norton, Anjelica Huston y Willem Dafoe, entre otros.

El cineasta estadounidense ha construido una película maravillosa y asombrosa, convertida en una cinta de culto al instante, como suele pasar con los últimos títulos del cineasta de Houston, llena de ritmo, ágil, laberíntica y caleidoscópica, con esa estructura de muñecas rusas, donde las historias van y vienen por el presente y el pasado, y donde cada personaje, sombra, detalle y objeto adquieren una importancia atroz, en un viaje hipnótico y fascinante por la cultura francesa y esos hombres de prensa, aquellos que ya no quedan, con sus relatos, sus miradas y esa forma de implicarse en lo que contaban, cuando los diarios eran no solo un objeto para informarse, sino una fuente magnífica de conocimiento, entretenimiento, y sobre todo, vitalista. Y este homenaje a su revista y por ende, a su juventud, Anderson lo hace a través de miles de referencias cinematográficas, literarias, teatrales, circenses, desde el teatro del Grand Guignol, esas pequeñas localidades francesas, con su suele adoquinado, que en la realidad es la ciudad de Angoulême, esos bares, esas putas, esa vida bohemia de gentes de vida oscura, escritores sin trabajo, marineros en busca de diversión, mujeres solitarias, amantes sin amor, vidas sin destino, y sobre todo, muchas historias y relatos que se perdían cada día, a cada hora y cada momento, porque todo lo que nos cuenta La crónica francesa solo es una pequeña porción de todas las vidas y existencias que se cocían en esas calles y tugurios, donde todo pendía de un hilo demasiado fino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Jean-Paul Salomé

Entrevista a Jean-Paul Salomé, director de la película «Mamá María», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Majestic en Barcelona, el sábado 17 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Paul Salomé, por su tiempo, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Belén Simarró, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de prensa del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mamá María, de Jean-Paul Salomé

LA REINA DE LA CIUDAD.

“Ser bueno, en el fondo, es sólo una cuestión de temperamento”

Iris Murdoch

Hasta ahora el universo cinematográfico de Jean-Paul Salomé (París, Francia, 1960), se dividía en comedias negras o divertidas, dramas actuales, bélicos como hizo en Espías en la sombra (2008), sobre un grupo de cinco mujeres de la resistencia francesa, alguna que otra película de encargo como Belphegor, el fantasma del Louvre (2001). Con su octavo trabajo, Mamá María (La daronne, en el original), cambia de registro y fusiona los géneros, porque la película arranca como un thriller judicial mezclado con algo de drama intimista, para a mitad de metraje, dar un volantazo y añadir la comedia disparatada, eso sí, llena de inteligencia, humor negro y crítica social. La trama es sencilla, tenemos a Patience Portefeux, una mujer madura que se gana la vida como intérprete francoárabe para la policía que anda detrás de unos narcos magrebíes, pero hete aquí las casualidades, como toda buena comedia que se precie, uno de los árabes implicados resulta que es el hijo de Kadidja, la señora que cuida de Patience en la residencia. En ese instante, la vida de Patience da un giro radical, y después de encontrar la droga perdida, se pone a venderla, convirtiéndose en la nueva reina de la ciudad.

Basada en la novela La madrina, de Hannelore Cayre, segunda vez que Salomé adapta un libro como hiciera en Arsène Lupin (2009), que escribe el guion con el propio director, el relato tiene ritmo, es ágil, habla de esa otra Francia, la multicultural, la que se pierde por las esquinas de los barrios, la que atesta los pisos sociales y aquella que se gana la vida como puede y con lo que puede. En ese universo peculiar, alejado de las noticias, esa parte más real de las ciudades, la que vive en la precariedad y en la invisibilidad porque es fea, en ese universo de narcos, camellos y gentes de la droga, se mueve como una camaleona Patience, que se transmuta en su nueva personalidad, una madame árabe, elegante, misteriosa y audaz, que se pone a reventar el negocio de la droga. Una música magnífica y arrolladora que firma un experto en la material como Bruno Colais, bien planteada y enmarcada con la excelente cinematografía de un especialista como Julien Hirsch (que tiene en su filmografía autores tan relevantes como Godard o Techiné), y un montaje brillante y arrollador obra de Valérie Deseine, que sabe imprimir velocidad y pausa a una historia de estas características.

Estamos frente a una de esas películas-tipo de la cinematografía francesa que tan bien saben hacer. Me refiero a ese cine que mezcla con grandísimo acierto sabiduría y ligereza para hablarnos de temas sociales importantes, bajo el prisma de una película para todos los públicos, manteniendo ese equilibrio perfecto entre el entretenimiento y la crítica, bien marcado por esa profundidad emocional de los personajes, y los temas íntimos y universales que casan y se ejecutan como el mecanismo de un reloj suizo. Si al personalidad de estas películas es ejemplar, qué decir de sus repartos, unos intérpretes tan bien elegidos, entre los consagrados y los que acaban de llegar. En Mamá María, tenemos a Isabelle Huppert, que da vida a la protagonista Patience, sobran las presentaciones y los elogios, convertida hace ya en una de las mejores y más inteligentes actrices de las últimas cuatro décadas, no sólo en la industria francesa, sino en la europea, convertida ya en una institución de la actuación, a la altura de otras grandes del continente como la Loren o la Deneuve, consigue con mucha sutileza y sobriedad, características de sus interpretaciones, que nos creamos esa mujer solitaria, que es toda una madre comprometida con sus hijas, y también, con las demás, echando un cable a quién lo merece, y moviéndose como pez en el agua, entre árabes traficantes, chinos gánsteres y demás personajes del mundo del hampa.

A su lado, un reparto que brilla sin aspavientos ni estridencias, otorgando la naturalidad y el palomo preciso para creernos unos personajes sencillos y cotidianos, como un elegante y siempre elegante Hippolyte Girardot como jefe de policía y algo más de Patience, Farida Ouchani como Kadidja, la otra madre, a la que Patience comprenderá y ayudará todo lo que está en su mano, que es mucha. Y finalmente, Liliane Rovère como la mamá de Patience, caprichosa, enferma y difícil. Y luego, toda una serie de intérpretes en pequeños roles que ayudan a la verosimilitud que siempre tiene la película y como no, a hacernos una idea de esa Francia más invisible, pero real. Salomé ha construido una película estupenda, llena de elementos interesantes, que se mueve y salta entre los géneros de forma inteligente, y sobre todo, nos hace olvidar que la vida a veces, no es que sea completamente incomprensible, sino que hay que vivirla y sobre todo, a atreverse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una veterinaria en la Borgoña, de Julie Manoukian

ENCONTRAR TU LUGAR.

“¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

Confucio

Los más cinéfilos recordarán el personaje del veterinario que interpretaba Javier Cámara, amigo del protagonista, en la maravillosa Ficción, de Cesc Gay. Una profesión que se ha desarrollado muy poco en el cine, un oficio el de curar física y emocionalmente a los animales, y también, a sus propietarios, muy difícil, sin horarios, y muy mal pagado, requiere de mucha voluntad, dedicación, comprensión por los tuyos, y sobre todo, amor a los animales, soportar a sus dueños, y más aún, amor por el entorno rural, tan machacado por el progreso que empuja laboralmente a las personas a las grandes urbes, dejando sin población a los pueblos. Una veterinaria en la Borgoña, la opera prima de Julia Manoukian (Lyon, Francia, 1981), se mete de lleno en el trabajo diario de los veterinarios, situándonos en el corazón de la Borgoña, en la que conoceremos su cotidianidad de la mano de Alexandra, una especialista en virología con su vida y trabajo en París que, por circunstancias emocionales, acaba trabajando de veterinaria en verano en el pueblo donde creció, junto a su tío Michel, después del fallecimiento de su madre.

Una vez allí, conoceremos al socio de Michel, el tal Nico, un hombre en la cuarentena que sufre por conciliar familia y trabajo, y hace lo imposible por continuar con su trabajo. Alexandra no encaja en ese lugar, pero las cosas nunca salen como uno las prevé, y las circunstancias acaban dirigiéndonos. La directora francesa emplea una luz natural y muy intima, obra del cinematógrafo Thierry Pouget, para contarnos una historia que ya hemos visto muchas veces, la del urbanita que regresa al pueblo de su infancia. Pero esta vez, la cosa cambia y mucho, porque nos muestra un oficio casi desconocido, por un lado, además, mezcla con sabiduría y sobriedad la crítica social y la comedia agridulce, donde tenemos a una mujer que recupera mucho de su memoria en el pueblo, y a través de unos personajes, algunos muy excéntricos, las actividades de su trabajo, los animales y sus problemas, y la camaradería y la fraternidad que se vive en el lugar, empezará a mirar el pueblo con otros ojos, y lo que es más interesante, empezará a verse a sí misma como una persona que debe todavía encontrar su sitio, lanzarse a la aventura y no tener miedo de saber quién es y qué es lo que quiere.

El montaje de Marie Silvi es ágil, rítmico y estupendo, porque conjuga las secuencias en movimiento, de pura comicidad, sin olvidarse del entrno y la realidad más inmediata, y también, aquellas que requieren pausa y serenidad, donde conocemos con más profundidad las necesidades, miedos y afectos de los atribulados personajes, en constante tensión por ayudar a los animales, y también, de paso ayudarse a ellos, y a todos aquellos que giran en su entorno.  Otro de los aciertos de la película es el tratamiento con los animales, ya que vemos momentos de alegría con otros de tristeza, donde las vidas de las mascotas a veces dependen mucho del trato de sus dueños que, en ocasiones, no los tratan como los animales que son. Un retrato sobre los veterinarios rurales, y el entorno rural, con su mirada crítica y sensible, necesitaba de intérpretes cercanos y llenos de inteligencia, que fueran capaces de pasar sin estridencias del drama a la comedia y viceversa.

La convincente y tierna interpretación de Noémie Schmidt en la piel de la indecisa y perdida Alexandra, con su carácter e individualismo que, encontrará muchas razones, completamente diferentes a las que traía en un principio. A su lado, Clovis Cornillac, el veterinario honrado y motivado que cree en lo rural que además de sus “animales”, tendrá otro frente abierto con su mujer e hijos. Y luego, un ramillete de secundarios que ayudan a mantener esa armonía y esa naturalidad que respira toda la película. Manoukian, después de años fogueándose como guionista en series de televisión, da el salto al cine como directora con soltura, sensibilidad y sabiendo hacer eso que tan bien le sale a la cinematografía francesa, fusionar con credibilidad y profundidad la película social, con buenos personajes y naturalidad, con ese toque comercial que tanto ayuda a que el cine llegue a un público adulto e interesado por historias que los miren de frente, sin atajos ni argucias, un público atraído por los retratos humanos y cercanos, muy lejos de tanta fantasía idiotizada que no aporta absolutamente nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El palacio ideal, de Nils Tavernier

EL SUEÑO DE UN HOMBRE SENCILLO.

“Hijo de campesino, campesino, quiero vivir y morir para demostrar que en mi categoría también hay hombres de genio y energía. Durante veintinueve años fui cartero rural»

Joseph Ferdinand Cheval

Erase una vez un cartero llamado Cheval, un hombre poco hablador, ensimismado en su mundo, en la naturaleza y los animales que se tropezaba en su andar continuo por los bosques y caminos de la región de Drôme, en el sudeste de Francia, a finales del XIX. Un hombre que rehuía de los humanos y se sentía más cómodo y comunicativo en la naturaleza, donde encontró su inspiración, como los grandes artistas, como ese maravilloso momento que tropieza con una roca, que luego saca de la tierra y se la lleva a su casa, donde la recorre con la palma de la mano, sintiendo la estructura y la forma de la citada roca. La película nos muestra a  alguien golpeado por la vida, que lo dejó viudo y sin su único hijo. Pero, él siguió con su ruta diaria y su amor por el medio ambiente. Un día, conoció a Philomène, una viuda hermosa y se casaron. Nació Alice, que se convirtió en la ternura y el sentimiento de Cheval, que empezó a construir “El Palacio Ideal” para su hija, recogiendo piedras y tomando inspiración en pasajes bíblicos y en palacios hindús. Una obra que, a pesar de las continuas dificultades, logró acabarla después de 33 años.

Nils Tavernier (París, Francia, 1965), hijo del insigne director Bertrand Tavernier, ha construido una carrera como actor en películas de su progenitor como Beatrice o Ley 627, y otros geniales directores como Chabrol y Forman. También ha dirigido documentales de corte social y cultural, junto al guionista Laurent Bertoni. Su debut en la ficción se produce con la cinta Con todas nuestras fuerzas (2013), protagonizada por Jacques Gamblin, que recogía la hazaña de un tetrapléjico, ayudado por su padre, en su cometido de correr la durísima prueba de “Iron Man”, le siguió el thriller con al miniserie En algún lugar del valle, sobre una niña desaparecida. Ahora, llega el turno de la historia real del cartero Joseph Ferdinand Cheval, la  L’incroyable histoire du facteur Cheval, en su título original, contando nuevamente con Bertoni, a la que se une Fanny Desmares, para contarnos un relato romántico, al estilo de El cartero y Pablo Neruda (1994, de Michael Radford, contándonos la pericia de un hombre seco e introvertido, alguien de pocas palabras, alguien en su universo naturalista, que ante los golpes y la dureza de la vida, empieza a crear desde cero un monumento para su hija, un lugar especial como legado para su primogénita.

La acción de la película arranca en 1873 y se desplaza hasta 1924, cuando falleció Cheval, donde conoceremos su entorno, pequeño y rural, en la aldea de Hauterives, donde el cartero alzó su obra, utilizando materiales como piedras, que iba encontrando en su andar como cartero. La película de Tavernier es lineal, ligera y emocionante, sigue un ritmo pausado y romántico, explicándonos los avatares tristes y alegres de la vida de Cheval y su familia, una vida dura y llena de desgracias, que el cartero, con la ayuda de su inseparable Philomène, sigue adelante con su trabajo como cartero y su construcción. La sobria y maravillosa luz obra del cinematógrafo Vincent Gallot, con esos tonos ocres y la intensidad de las velas y la luz del fuego, convierten la cinematografía de la película en uno de sus grandes hallazgos, al igual que la excelente partitura musical que firman los hermanos Baptiste y Pierre Colleu, que saben imprimir el carácter duro y romántico que tiene la existencia del peculiar cartero. Y finalmente, la exquisita edición de la película, de Marion Monestier, que sabe manejar el ritmo y la cadencia en un metraje de los 105 minutos para abordar un relato que abarca más de medio siglo.

Tavernier se rodea de un reparto brillante, en el que destaca la inmensa labor de Jacques Gamblin, con el que repite, en un personaje que le va como anillo al dedo, con una espectacular caracterización, que le llevaba una hora y media cada día antes de empezar a rodar, en uno de esos personajes “Bigger than Life”, al que la sabiduría, el porte y esa forma de caminar y sobre todo, su mirar profundo e inquieto de un grandísimo Gamblin, en uno de sus grandes composiciones, interpretando a un individuo invisible, criticado por las gentes de su pueblo, un ser inadaptado que encontró en su entorno natural, la inspiración ideal para levantar su sueño, un sueño sencillo y humilde, que destapó a uno de los grandes visionarios y creadores del arte naïf, declarada como monumento histórico en 1969 por André Malraux, entonces Ministro de Cultura. A su lado, Laetitia Casta como Philomène, la mujer, esposa fiel y compañera, firme ante los golpes de la vida, y una compañía esencial en la existencia de Cheval, y la actriz Lily Rose Debos, que habíamos visto en Gracias a Dios, de Ozon, da vida a la pequeña Alice con 12 años, creando esa fusión íntima y muy profunda entre padre e hija, y finalmente, la aportación de Bernard Le Coq, un actor dotado de una gran humanidad y elegancia, convertido en una especie de mentor de Cheval en su trabajo.

El palacio ideal se revela como una película conmovedora y honesta, que no sorprende por su narrativa, que resulta clásica, convencional y sin sorpresas, pero aporta una mirada interesante y llena de patices en la psicología de los personajes, donde si destaca, mostrando el lado íntimo, personal y profundo de una serie de personas que vivían en las zonas rurales de aquella Francia de finales del XIX y principios del XX, gentes del campo, alejados de las ciudades y sus formas de vida, centrándose en la existencia de alguien corriente, de un ser sencillo, de alguien que era uno más, de un tipo que no caía simpático, quizás porque en su interior, anidaban esas ideas tan diferentes y especiales, tan especiales que se alejan de su cotidianidad. Un relato lleno de amor y tragedia que desvela la parte extraordinaria de la gente común, la gente de campo, que aparentemente, no parece guardar esos secretos, pero que, de tanto en tanto, surgen personas como Cheval, llenas de luz, trabajo, entusiasmo y sabiduría que, hacen de su sencillez su mejor virtud, alguien sin preparación como arquitecto, que consiguió, solo con sus manos, un gran puñado de piedras, unas cuantas herramientas, imaginación, tiempo y paciencia, una de las obras más significativas del llamado arte marginal de principios del siglo XX en Francia, admirado por Breton y Picasso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El club de los divorciados, de Michaël Youn

¡VIVA EL DIVORCIO!

“El matrimonio es la principal causa del divorcio”

Groucho Marx

El cine de Michaël Youn (Suresnes, Francia, 1973), se ha caracterizado, en sus tres películas como director, por la comedia alocada y disparatada, llena de personajes excéntricos, metidos en historias rocambolescas y surrealistas, como en su debut con Fatal (2010), en la que un rapero de éxito, con una existencia a tutiplén, se cernía el misterio en torno a sus orígenes. Le siguió Vive la France (2013), en la que dos hermanos procedentes de Taboullistan, un minúsculo país del Asia Central, pretenden destruir la torre Eiffel. En su tercera película, El club de los divorciados, se interna en otro marco, el de la comedia elegante, más sofisticada, eso sí, con sus grandes dosis de disparate y humor absurdo, pero esta vez, centrándose en el divorcio, a partir de Ben, un personaje que cree tenerlo todo: un trabajo como vendedor inmobiliario que le encanta, una vida llena, y sobre todo, una esposa que lo quiere. Pero, un día, en mitad de una presentación, descubre que su mujer se la pega con su jefe, y su vida se va al traste, dejándolo solo, triste y desesperado.

Entonces, aparece el milagro, y ¡Voilà!, llega a su vida Patrick, el antiguo compañero de piso cuando estudiaban, convertido en un excéntrico millonario, también divorciado, y se lo lleva a su mansión, de la “Belle Époque”, estilo rococó, a darse la vida padre mientras olvida a su ex. Otros y otras divorciadas también se instalarán en la casa, llenando sus vidas de fiestas, locura, diversión y sexo libre. El director francés, que esta vez se ha reservado un rol más modesto, el de un tipo que se apunta a las juergas de la casa, a pesar que está casado con una señora de armas tomar, construye una película divertida, en la que su ritmo irá in crescendo, en una primera mitad, donde seguiremos atentos a las fiestas sin fin en la casa, la locura entre sus habitantes, y otros que vienen de visita, entre idas y venidas, donde Ben y Patrick, dos personas antagónicos, ya que los dos tienen formas muy diferentes de tomarse el divorcio, o al menos es lo que aparenta. La vida padre que se pegan estos cuarentones divorciados, con algún que otro conflicto nimio, se trastocará cuando Ben conoce a Marion, y se enamora, y entonces sus mentiras a Patrick irán en aumento y el paraíso de los divorciados pasará a un segundo plano para Ben.

Youn tiene el referente de Blake Edwards muy cercano, con esas fiestas loquísimas, que podríamos encontrar en la magnífica El guateque, o la parte apoteósica de la película, no estaría muy lejos de Cita a ciegas, o el cine de Ozores, atento siempre a los cambios sociales, siempre con mucho humor y disparate. El realizador francés no pretende a hacer cine social, sino divertirnos, y lo consigue en muchos momentos, cuando la película se pierde el respeto y tiende a la exageración y al esperpento, donde varias pequeñas historias se van sucediendo, con esos personajes que no dejan indiferente, como el de Albane, una mujer moderna, liberal, y de sexo desinhibido, o la citada Marion, divorciada, madre de un hijo preadolescente, teniendo muy claro que no quiere volver a repetir los mismos errores que en su matrimonio. Quizás muchos espectadores solo se quedarán con esa imagen más superficial de la película, donde se hace apología del divorcio, y se machaca al matrimonio como una especie de tumba en vida, pero la película va mucho más allá, hablándonos de la soledad, del amor, un amor basado en la sinceridad y humildad, la falta de autoestima, el paso del tiempo, el perdón como vehículo esencial para vivir mejor y sobre todo, ser mejor y crecer como personas, y sobre todo, la amistad, como centro importante para la vida de una persona, con sus claroscuros, pero teniendo en cuenta la importancia de esa mano amiga en los buenos y peores momentos de nuestra vida.

La película tiene un reparto bien conjuntado que viven con energía e intensidad cada personaje,  arrancando con un Arnaud Ducret desatadísimo y divertido dando vida al torpe y perdido Ben, con François-Xavier Demaison como Patrick, el dueño de la casa, y el perfecto anfitrión de toda esa juerga, con una sensible e inteligente Caroline Anglade como Marion, con esa cordura tan necesaria ante tanta locura, y finalmente, Audrey Fleurot como Albane, esa mujer divertida, moderna y fuerte que vive la vida y el sexo sin tapujos ni prejuicios.   Youn ha hecho una comedia divertida y sensata, con sus momentos de auténticas burradas, como esa mansión convertida en una especie de casa de Playboy, donde aparte de conejitas, hay divorciados recuperando el tiempo perdido, cada cual con su locura y su soledad, y un retrato ligero, si, pero interesante sobre las actitudes de ciertas personas cuando a los cuarenta y tantos se separan y comienzan una vida de juergas, risas, sexo y locura, aunque cuando llega la noche, acostados en su cama, solo piensan lo que sentirían, si a su lado, estuviera a alguien a quién amar, peor mientras tanto, vamos a pasarlo bien, aunque eso signifique que ya nada importa y los días de juventud vuelven para quedarse, aunque eso sea solo una ilusión transitoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un acuerdo original, de Romane Bohringer y Philippe Rebbot

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad”.

Emily Dickinson

La ficción ha servido como vehículo o mera excusa para trasladar los conflictos y situaciones de la vida real a la vida imaginaria o ficticia. No podríamos entender el mundo del arte, sin esa maniobra de ficcionar la realidad, o viceversa, porque en ocasiones es tal la fusión o mezcla, que resulta imposible descifrar que partes pertenecen al mundo real o al inventado. Podríamos enumerar miles de artistas que han encontrado en la ficción, ese espejo redentor o no, para mirar con más detenimiento su vida y los aspectos de ella, porque no hay mejor verdad o mirada, que mirarse a uno mismo a través de los espejos de la ficción. La pareja de intérpretes franceses Romane Bohringer (Pont-Sainte-Maxence, 1973) y Philippe Rebbot (Casablanca, Marruecos, 1964), después de diez años de relación y dos hijos pequeños en común, Rose y Raoul, deciden separarse y emprender una nueva vida. Pero, quieren mucho a sus hijos y para paliar esa situación, deciden llevar a cabo una operación insólita. Construirán os viviendas autónomas y separadas, una al lado de la otra, que solo se comunicarán a través de la habitación de sus hijos.

Este hecho real en la vida de los dos intérpretes ha servido de ficción para su primera película juntos, que escriben, dirigen y se interpretan a sí mismos, en un relato que ficciona su realidad, o podríamos decir con más exactitud, una verdad-ficción que tiene mucho de terapia y de comicidad para verse en una pantalla, como fue y es este tipo de situación. Bohringer y Rebbot plantean una comedia disparatada, con múltiples momentos de vodevil, equívocos, con esos divertidísimos intercambias de puertas que se abren y cierran, los continuos movimientos de una vivienda a otra, los diferentes ligues que acaban por no entender nada de lo ocurre, las situaciones paralelas en las que conocemos más a los dos protagonistas, antagónicos y tan diferentes, como la maravillosa secuencia que abre la película, en la que los asisten a terapia y vamos viendo sus diferentes reacciones, o esa otra, de las más divertidas de la película, cuando les comunican a sus respectivas familias la separación, familias que también se interpretan a sí mismos, y vemos las diferentes reacciones de ambas.

Estamos ante una mujer Roman, con los pies en la tierra, el timón de esta ex relación, peor muy apasionada en las relaciones, que busca desesperadamente estar con alguien después de la separación. En cambio, Philippe está en las antípodas de esa actitud, más bohemio, pasota, infantil, que anda desorientado, y sin saber qué hacer con su vida, no busca el amor, sino más ligues, pasarlo bien, y estar con sus hijos. En algunos instantes la película parece una de esas rocambolescas situaciones llenas de situaciones incómodas, que tanto narraban las comedias screwball estadunidenses en los treinta y cuarenta, de esas aventuras de Tati, con sus torpezas y meteduras de pata constantes, en otras, las discusiones de la pareja nos remiten al Woody Allen de los setenta y ochenta, donde dos seres que ya no se aman, pero todavía se quieren, afilan sus diferencias y conflictos, sean o no reales. Un proceso de película que la realidad acaba imponiendo sus secuencias de ficción, donde todo lo que ocurría se convertía en materia de ficción, donde hay secuencias completamente reales, donde hay una cámara para registrar ese instante, como la boda de sus amigos, en las que cualquier detalle real se centrifugaba convertido en materia ficticia, momentos vividos, detalles, gestos y demás.

Bohringer y Rebbot han capturado momentos y situaciones reales y ficticias en una película-documento-ficción que no solo habla de ellos, o aquel otro que les gustaría ser, sino que se ríen y mofan a rienda suelta de quiénes son y cómo actúan, de sus manías, defectos y estupideces, mirándose en ese espejo en el que nada ocultan y se lanzan al abismo que propone la película, dejándose llevar por las situaciones que plantea, desnudándose, tanto física como emocionalmente, mostrando y mostrándose de manera honesta, sencilla y directa, con esa naturalidad que caracteriza una situación que, a priori, podría resultar descabellada e imposible de realizar, pero el humor que destilan, y la capacidad para ser sin ser, o siendo otros para verse mejor, para entenderse, para separarse y juntarse a la vez, para distanciarse y estar muy cerca el uno del otro, para encontrar ese equilibrio emocional que, a veces, resulta que solo es mental, porque en la práctica las cosas se vuelven vulnerables, inciertas, irracionales y sobre todo, vitales y corporales, donde no pensamos tanto y sentimos más, dejándonos llevar por el fluir caprichoso e incomprensible de la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA