Entrevista a Amanda Sans Pantling, directora de la película «Miss Jobson», en la sede de Damautor en Barcelona, el miércoles 14 de octubre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amanda Sans Pantling, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!
Santa Catalina de Siena
En Una canta, la otra no (1977), de Agnès Varda (1928-2019), unas de las primeras películas que abordó de forma frontal y directa el tema del aborto a través de dos amigas, en la que una ayudaba a la otra a abortar de forma clandestina. La directora francesa siempre puso el foco en la libertad de la mujer, en sus derechos, sus problemas y su lugar en la sociedad. En Les culpables, la directora debutante Marta Duran Lozano (Cardedeu, 1997), también pone su luz en las adolescentes que abortan, y lo hace usando un dispositivo nada convencional y extraordinariamente efectivo, sin caer en amarillismos ni condescendencias, a partir de 6 jóvenes que ponen voz, cuerpo e interpretación a las vidas y experiencias de más de 100 adolescentes anónimas que abortaron, y lo hace a través de la palabra, la escenificación y demás artificios cinematográficos donde arma una película sobre el aborto y también, una película de cómo ahcer una película sobre el aborto.
La película surgida del prestigioso Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona nace con la voluntad de romper el silencio de cientos de miles de mujeres jóvenes que tuvieron que vivir o sobrevivir a la experiencia de quedarse embarazadas siendo adolescentes, transmitiendo la culpa, la soledad, la rabia y la señalización de su familia y sociedad y la de ellas mismas, atrapadas en un bucle de sentirse señaladas y sometidas a la moral de la sociedad de turno que les tocó en suerte. Son muchas historias que recorren contextos y momentos muy diferentes, desde la España de finales de los setenta cuando viajaban a Londres, la que podía, o la que, a principios de los ochenta, tomaba la decisión de hacerlo en una clínica clandestina lúgubre y oscura, y así, las seis jóvenes nos van contando las intimidades y las circunstancias de todas las que pasaron por ese trance en edad tan temprana. La directora catalana construye una cinta que maneja con habilidad las diferentes ficciones construidas como apartados, escarbando los momentos vividos, así como la intrahistoria de la propia película, donde se discute, se dialoga y se habla, y se comparte ideas y experiencias, la herramienta esencial por el que aboga el tema de la película.
Un equipo técnico que brilla en cada instante de Les culpables como el extraordinario trabajo de cinematografía de Caterina Barjau, en un reto nada sencillo, ya que pasa por muchas texturas y grosores, en una cinta rodada en estudio, como la películas de antes, construyendo y simulando habitaciones, salas de espera de centros médicos, clínicas clandestinas, salones setenteros, interior de avión y demás espacios. La excelente música de Lina Bautista, acompañada de algunos temas musicales de bandas, que ayudan a transmitirnos cada pedazo de vida de las participantes anónimas, sus miedos, soledades y demás emociones, sin caer en el sentimentalismo ni demás inventos para seducir al espectador, siempre se busca la verdad, la ficción y el documento desde el rostro, el cuerpo y la emoción sincera. El montaje corre a cargo de Nila Núñez, también coautora del guion junto a la directora, que la conocimos por su debut como directora con el documental Lo que dirán (2017), ahora dedicada a labores de edición en La bona escola, Muyeres, Saturno y Dios lo ve, entre otras. Un trabajo exquisito, directo y nada pretencioso, todo emana una verdad muy directa y honesta, captando la sensibilidad, el cuerpo y el alma de cada una de las presentes y ausentes.
No podemos olvidar la producción de Boogaloo Films con Miguel Ángel Blanca a la cabeza, siempre inquieto con el buen cine documental y los jóvenes valores, y Montse Pujol Solà con Guspira Films, las dos compañías que han hecho posible una película interesante que invita a la reflexión con la participación de las 6 jóvenes: Laura Gaja, Aina Minguell, Lara Oliete, Ava Portolés, Ravina Raventós y Martina Subirats que ponen la voz e interpretan las vidas de los más de 100 testimonios anónimos que experimentaron vivir un aborto en su adolescencia. Una película como Les culpables expone muchas verdades, tantas verdades silenciadas y culpabilizadas que la película verbaliza y nos cuenta para que seamos conscientes de ello y sobre todo, nos lanza muchas reflexiones para que nos detengamos y escuchemos, y aprendamos de sus historias, empaticemos con ellas y sus casos, tantos y tantos que aquí se explican de forma natural, sin medias verdades y sin máscaras. Una película tan cercana como íntima que traspasa la pantalla por su singularidad y arrojo, sumergiéndonos en un viaje al pasado lleno de silencio, soledad y amargura. Si el cine sirve para algo es para que nos muestre aquello que nos incómoda, que juzgamos y sobre todo, que nos muestre nuestra vulnerabilidad y miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La cámara puede ser un arma de colonización cultural o una herramienta de liberación. Todo depende si filmas al otro o filmas con el otro”
Rithy Panh
El cine es una herramienta de conocimiento, experimentación y de verdad, en que el propio acto de filmar implica muchas cuestiones. ¿Por qué filmamos?. ¿Qué o quiénes filmamos?. Y sobre todo, la gran pregunta sería: ¿Qué hacemos con las filmaciones?. Situaciones éticas que cualquier cineasta que se precie debería hacerse, porque replantearse el trabajo es muy necesario para ser honesto con lo que se filma y cómo se muestra lo filmado. La película Amazomania, de Nathan Grossman (Suecia, 1990), es una interesantísima reflexión sobre lo humano, y por lo tanto política, sobre el acto de filmar, porque profundiza en todos estos aspectos, y lo hace de forma muy eficaz y de frente. El cineasta sueco no recurre a subrayados ni la recurrente voz en off explicativa y orientativa, sino que recupera unas imágenes de archivo y las enfrenta a las del presente, generando un debate sobre la ética de filmar que va muchísimo más allá, porque incurren muchos aspectos el hecho de filmar se convierte en un acto ético de consecuencias impredecibles.
Las imágenes rescatadas pertenecen a 1996 cuando el cineasta y fotógrafo sueco Erling Söderström se adentra con una expedición en la Amazonia brasileña y entra en contacto con los Korubo, una tribu indígena aislada y sin contacto con el exterior, en las que vemos la aventura de adentrarse en el espesor de la jungla amazónica, asistiendo a la cotidianidad de sus peligros: el sofocante calor, el traslado del equipo tanto a pie como con barca, las conversaciones entre los expedicionarios y con los autóctonos de los diferentes pueblos, y sobre todo, el problema que se presenta entre la avaricia de la producción en masa que choca frontalmente con las tierras de los indígenas que están desapareciendo al igual que su población. El otro segmento de la película, casi 30 años después, el citado Söderström vuelve a encontrarse con los Korubo, encontrándose a una comunidad muy cambiada, en la que el hombre blanco ya ha hecho presencia y los ha domesticado y sometido a su mercantilización, y es donde, se confronta el conflicto, los indígenas quieren su parte por haber sido filmados, y reclaman la autoría de esas grabaciones. Un antes y después donde surgen los dilemas éticos de filmar, y las consecuencias que tiene ese hecho.
Grossman conocido por un cine documental interesado en plantear interesantes reflexiones sobre el cambio climático, sostenibilidad y justicia social que le ha reportado numerosos reconocimientos a nivel internacional como hizo en Greta (2020), sobre la entonces quinceañera sueca Greta Thunberg y su lucha contra el mencionado cambio climático. En Amazomania plantea una película con dos mitades bien diferenciadas: en la primera, asistimos a la fiebre occidental de conocimiento, investigación y exploración sobre lo desconocido, sobre el extraño y sobre lo aislado. En la segunda, vemos las consecuencias éticas de todo esa psicosis por conocer por filmar, y se encuentra con unos problemas con el otro, que reclama su parte, la mercantilización de las imágenes, los derechos como persona por haber sido filmado sin su consentimiento, y demás. Una película que rastrea la propia experiencia del cine y el hecho ondisonante de filmar que implica al otro, a su forma de vivir, de ser y estar en el planeta. Grossman contrapone dos tiempos, dos filmaciones e incide en la cuestión de forma clara y transparente, sin andarse con rodeos, situándonos en el centro del problema, en la cuestión ética de raíz, muy compleja y nada fácil de encarar.
La película, ya desde su revelador título, nos sitúa en el centro mismo del significado de exposición y las consecuencias que genera todo eso. En Amazomania, pasamos de la evidencia científica propia de nuestra especie mercantilizada, a esa otra evidencia de poseer al otro y corromperlo mostrándolo al mundo, sacando su vida del anonimato a la mirada occidental del mundo. Resulta significativa la diferencia entre el indígena del primer contacto al del segundo, casi 30 años después, de dónde ha quedado aquel y donde está este de ahora. Todos los problemas en los que se ha visto y sus propias reivindicaciones al hombre blando que lo filmó. La película de Grossman es de una honestidad abrumadora, filma y filma el conflicto, los testimonios de Söderström y de los indígenas y sus conversaciones y los planteamos de unos y otros. No es responsabilidad del film de encontrar soluciones, sino de mostrar una verdad, y la verdad de indígenas y la verdad del cineasta sueco que los filmó, y que nosotros los espectadores seamos testigos de la experiencia de filmar al/con otro como explica el citado Rithy Panh que encabeza este texto. Una frase para reflexionar sobre el cine y lo que entra en cuadro y porqué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El buen médico trata la enfermedad, el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”
William Osler
La sanidad es esencial para la salud de la vida de cualquier persona. Así que, la sanidad pública es vital para nuestra supervivencia. Protegerla y cuidarla deberían ser los principios por los que rigiesen nuestras vidas, desgraciadamente, muchos creen que todo está en venta y que el beneficio económico está por encima de las vidas. Por suerte, muchos luchan desde el anonimato para que la cosa no derive bajo esos conceptos superficiales. Uno de ellos es el doctor endocrino Maurizio Bini, especialista en tratamientos hormonales. Por su consulta situada en un hospital público de Milán pasan pacientes en procesos de fertilización y afirmación de género. Pacientes de edades y procedencias diferentes. Una visita que no sólo se basa en tratar el problema de salud, sino en acoger y cuidar al paciente, hacerle sentir en un espacio de confianza, de respeto y amor, a pesar de las autoridades italianas con su deriva fascista que implanta leyes en contra de las personas en las situaciones que el doctor trata a diario.
El director Gianluca Matarrese (Italia, 1980), trata en sus documentales una diversidad de temas y elementos muy grande en su filmografía tales como la modificación del cuerpo, la afirmación de género, la decadencia económica, los traumas no resueltos, el teatro y el constante juego entre realidad y ficción. En Gen_, su séptimo trabajo tras las cámaras con el acompañamiento de guion junto a Donatella Della Ratta nos sitúa en las cuatro paredes de la consulta del Dr. Bini, si exceptuamos unas breves secuencias en que el propio galeno pasea por el bosque a la caza de sus preciadas setas. Una habitación que es un espacio de libertad donde los pacientes expresan sus miedos, inseguridades y demás preocupaciones, tanto en fertilidad como en temas de transición de género. Bini los escucha atentamente, los comprende y sobre todo, les brinda una ayuda capital para sus existencias, muchos de ellos son las primeras palabras de respeto y acogimiento que escuchan en sus vidas difíciles. Una humanidad que se hace patente en cada palabra, gesto y detalle del vitalista y simpático doctor, que ama su trabaja, ama la sanidad pública y antepone la libertad individual ante las leyes segregadoras y contrarias a un grupo de población diverso.
Matarrese se hace cargo de la cinematografía y del sonido, con unos encuadres que acortan su distancia y se pegan al doctor y sus pacientes, en unos planos íntimos y transparentes que reivindican lo humano ante la ley, lo vital ante las leyes que no ayudan al pueblo y por el contrario, les hacen sufrir y no avanzar. Unos planos que muestran sin cortapisas, respetando cada voluntad y deseo de los implicados. Un sonido que contribuye a esa intimidad con la que está planteada toda la película, así como el molesto de las interminables obras que ayudan a rebajar la tensión que se vive en la consulta con esos momentos que el doctor habla con los obreros pidiendo el cese de los golpes para poder trabajar con tranquilidad. La música de Cantautoma, cinco películas con el director, actúa como respiro con esos estupendos intervalos para descansar y volver a la consulta, acompañando a unas imágenes de la actividad frenética en la planta de endocrinología. El montaje de Giorgia Vila, cuatro películas junto a Matarrese que, condensa y precisa los 104 minutos de metraje de forma amena, didáctica y humana, en la que asistimos a un viaje de personas de carne y hueso que entran a la consulta con una infinidad de dudas y miedos y se van un poco más relajados y un camino algo menos arduo.
Una película como Gen_, es profundamente humanista y rica en matices y detalles, situando en el foco a todos aquellos que la sociedad más conservadora hunde en la más absoluta invisibilidad. Una cinta revolucionaria porque da voz a los ocultos, y lo hace de una una forma natural, tremendamente revolucionaria y mostrando vidas con honestidad y muchísimo respecto, haciendo valer los valores de la empatía y el conocimiento como herramientas para entender la diversidad de los demás y nuestros prejuicios y valores humanos. Gianluca Matarrese construye una película a favor de la necesidad sanidad pública, ante esos clasistas que quieren privatizarla para generar enormes beneficios, que olvidan que el mayor beneficio es la salud de todos para todos, además la reivindicación de una sanidad como la que desarrolla el doctor Maurizio Bini y su entregado equipo, porque no sólo dignifica el oficio de facultativo sino que ofrece una visión real y humana de cómo debería ser, por el magnífico trato de respeto, cercanía y amor que ofrecen a los pacientes. Quizás uno de los valores del cine que son, sobre todo, mostrar la vida, sus diversidades, sus diferencias y todos esos puentes para acercarnos, conocernos y hablarnos, aunque algunos se empeñen en extraer esos valores y condenarlo a un mero producto audiovisual con el único fin de entretenernos sin más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Lucía Selva, directora de la película «Quién vio los templos caer», en el marco del DocsBarcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el miércoles 13 de mayo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucía Selva, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Amparo Vega de Comunicación de la película, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Desde esta ventana siempre he reivindicado el cine como herramienta y medio para viajar al pasado y, lanzarse a una búsqueda incesante para encontrar y recuperar el archivo, la huella de ese pasado en el que queremos profundizar. Quizás el cine, y más el documental, sirva para eso, para dejar memoria, para mirar el pasado y devolverlo al presente. Un cine que reflexione sobre propias herramientas y cuestione su capacidad. Cómo hizo Henri Langlois buscando, recuperando y guardando películas en la Cinémathèque Française, que confundó en 1936, una actividad incesante para que generaciones venideras pudieran descubrir el cine del pasado. El director paraguayo Juanjo Pereira ha cimentado su ópera prima a partir del mismo trabajo de Langlois y se ha lanzado a una titánica aventura en rescatar todo el archivo fílmico, fotográfico y documental que se produjo durante la dictadura de Alfredo Stroessner que asoló Paraguay durante 35 años (1954-1989), la más longeva del continente americano.
La compleja búsqueda de Pereira y su equipo le han llevado a las catacumbas de su propio país, y de otros como Alemania, Japón, Taiwan, Argentina, Brasil y Francia, donde han encontrado 120 horas de archivo sobre la dictadura de Stroessner, convertidas en los 90 minutos de metraje, en las que vemos un cine de propaganda en la que ensalza la figura del líder, los momentos patrióticos de su partido “los coloraos”, las múltiples visitas de mandatarios como el presidente de EE. UU., el dictador Videla de Argentina, las relaciones con el criminal nazi Joseph Mengele, sus viajes por todo el mundo, y la construcción de la presa Itaipu, la célebre infraestructura imagen de la nación, y demás imágenes que pasan por delante de nuestros ojos. Un hábil, riguroso y magnífico montaje de Manuel Embalse que mezcla con inteligencia y reflexión discursos patrióticos, actos militares y celebraciones diversas donde se glorifica la patria, la democracia y sus gentes mezcladas con reportajes de países extranjeros donde aparece el “otro” Paraguay, campesinos, sindicalistas y opositores políticos que dan testimonio del terror del gobierno, las detenciones, desapariciones y demás tropelías sacando a la luz esa otra realidad invisibilizada por el régimen autoritario.
La excelente música firmada Julián Galay y Andrés Montero Bustamante, que componen unas melodías que contextualizan cada imagen, otorgando una verdad que encoge el alma, y evidencia la fuerza del cine para enfrentarnos a las imágenes pasadas que mezcladas en un contexto diferente sabiendo la realidad más cruda y escondida, bien combinada por los efectos de imagen y demás singularidades en el que la información del pasado queda sometida a la verdad de los hechos, generando la reflexión fundamental y necesaria para el espectador. El fascinante trabajo de sonido que consigue atrapar los sonidos originales a partir de infinitas fuentes, que ayuda a sumergirnos en un universo de realidades paralelas. La multiculturalidad de lenguas que escuchamos: castellano, guaraní, francés, alemán, inglés y portugués enmarcan en el torbellino de realidades que se ven en la película, convocando ese universo de miradas, actos y gestos que evidencian las innumerables realidades, la oficial y las no oficiales, que convivieron durante el período terrorífico que vivió la República del Paraguay. Pereira huye del panfleto y se aleja de la voz en off, de los bustos parlantes y demás estrategias que hubiesen delimitado el poder de las imágenes y su audaz y excelente montaje que tiene fuerza, valentía y mucha reflexión.
Un título metafórico y contundente como el de Bajo las banderas, el sol, y ese formidable prólogo, con mucha ironía incluida, ubicando el pequeño país de Paraguay, entre medio de grandes potencias como Argentina y Brasil, potenciando esa idea de invisible al igual que las imágenes olvidadas, como sucede con cierta habitación cerrada a cal y canto, en que los funcionarios han olvidado convenientemente, en la que se almacenan documentación de tantas detenciones y desapariciones. La película del cineasta paraguayo se mira y muy bien con el cine de Pino Solanas y sus monumentos a la memoria y contra el olvido como son La hora de los hornos (1968), en el que trata de forma exhaustiva la dependencia económica de Argentina, y más reciente La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente Secco, sobre la famosa ley agraria de finales de los sesenta del Perú. El cine como principal personaje de la memoria, rescatando archivos perdidos y olvidados y organizándolo en películas que hablen de dónde venimos y las causas pertinentes que nos han hecho estar aquí y ahora y sus circunstancias. Estaremos muy atentos a los próximos proyectos de Juanjo Pereira, porque su primera película nos ha fascinado por su arrojo, su fuerza, su gran capacidad para rastrear y editar el archivo y sobre todo, por su verdad sobre Paraguay. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Es imposible imaginar una mujer de los tiempos modernos que, como principio básico de individualidad, no aspire a la libertad”.
Clara Campoamor
Hace un lustro, y también distribuida por DocsBarcelona, bajo la iniciativa de El Documental del Mes, vimos Querida Sara (2021), de Patricia Franquesa, que recogía la vida y lucha política de Sara Bahai, la primera mujer taxista de Afganistán, amén de una activista por los derechos y la libertad de las mujeres afganas. Las circunstancias han decidido que otra Sara, esta vez Sara Shahverdi sea la protagonista de Nuevos horizontes (en el original, Cutting Throug Rocks), dirigida por la pareja iraní Mohammadreza Eyni y Sara Khaki, que retrata la vida y la lucha política de una mujer iraní que vive en una remota aldea del noroeste del país, y lo hacen desde la más absoluta sencillez y naturalidad, donde repasan el presente convulso al que se enfrenta diariamente una mujer que rompe las reglas en un país patriarcal que usa a las mujeres y no les concede la más mínima libertad. No obstante, estamos ante un dúo de cineastas comprometidos con las causas invisibles que protagonizan muchas personas que intentan mejorar las vidas de los oprimidos.
La película repasa la peculiar y diferente existencia de Sara Shaverdi, con un pasado donde su padre le enseñó a conducir, a ser independiente y sobre todo, a no amilanarse ante nadie ni ante cualquier conflicto a los que se enfrentará. En el revelador prólogo al que vemos a la citada mujer siendo la decidida y valiente de nueve hermanos que lidia ante los hombres-hermanos que anteponen su poder frente a las otras hermanas, situación que Sara no permitirá y batalla contra las injusticias que quieren aprovecharse sus hermanos varones. Después vemos a una mujer que vive sola, una mujer que fue comadrona, que estuvo casada, que conduce automóviles y motocicletas, y que se presenta como concejal de su aldea, donde es la más votada y entra en un consejo donde se convierte en la primera concejala en una institución donde hay cuatro hombres y ella. La cámara se sitúa junto a ella y dentro de ella, y somos testigos de sus realidades como política: la mejoría del abastecimiento de agua, la construcción de plazas y la oposición a las formas fraudulentas de los otros hombres políticos. Amén de su profundo activismo a favor de los derechos de las esposas, y la ayuda a niñas para que no terminen casadas tan jóvenes y conozcan otras posibilidades de vida.
Una mujer que, debido a su profunda convicción política como eje vertebrador para mejorar la vida de los aldeanos y sobre todo, la de las mujeres que son pisoteadas, se verá envuelta en profundas críticas y una oposición feroz que la quiere arrinconar inventado supuestas actitudes y enfermedades varias. Ante todo eso, Sara sigue en su camino, en su lucha, no dejándose amedrentar por los machistas y poderosos de turno. La cinematografía la firma el propio Mohammadreza Eyni construyendo una película-diario-travesía en continuo movimiento siguiendo a una mujer de aquí para allá, con una actitud a fuerza de bombas, mostrando una entereza fuera de lo común, con continuas muestras de protesta y rechazo por parte de los hombres que ven su poder limitado y totalmente cuestionado. La excelente música que firma Karim Sebastian Elias, con más de 90 títulos en su extensa filmografía, como los de Faruk y El espía honesto, que hemos visto por estos lares, ayuda a seguir con sensibilidad y fuerza la vida de alguien que lucha por un mundo mejor, por una aldea mejor, y por unas mujeres que sepan quiénes son y cómo conseguirlo. El montaje que firman el dúo de directores, condensa con maestría y energía sus 95 minutos que dejan bien claro que retratando a Sara están en el lado de la vida, sin edulcorantes ni nada que se le parezca.
Los espectadores ávidos de historias sobre luchas y protestas encontrarán en Nuevos horizontes una película realmente emocionante en ese sentido, porque no habla de una persona cualquiera, sino de alguien que se ha visto en infinidad de tesituras para vivir como ella quería a pesar de la oposición y la crítica de su propia familia, la ala masculina. Una mujer que cree en la vida y los derechos como vía para desarrollarse y ser la persona que desea, con su trabajo, sus deseos, sus ilusiones y su peculiar forma de vivir que debe reafirmarse en su cometido diariamente, frente a un patriarcado que ve amenazado su status frente a la vida tan diferente de Sara. Un retrato emocionante que no habla de buenos y malos, sino de libertades y restricciones, de una mujer sin miedo y unos hombres muertos de miedo, porque no quieren que las mujeres tengan sus derechos y privilegios. La pareja de directores Mohammadreza Eyni y Sara Khavi han construido una película desde la verdad, desde ese espacio donde la vida, la dignidad y la humanidad toman partido cueste lo que cueste y tengan que enfrentarse a quién sea. Es evidente que estamos ante una obra sensible, profunda y reivindicativa, pero que reflexiona y no va heroínas ni gestas, sino de cotidianidad, naturalidad y esperanza ante un mundo menos injusto y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los derechos de la democracia no están reservados para un selecto grupo dentro de la sociedad, son los derechos de todas las personas”
Olof Palme
Es de bien sabido que Suecia es uno de los países más avanzados del planeta. Un país preocupado por sus ciudadanos, por su bienestar, derechos y demás protecciones para hacer unas vidas dignas, respetuosas y humanas. Una sociedad muy moderna en el sentido democrático, defendiendo el derecho a la libertad de expresión y a la manifestación pacífica y demás. La sociedad sueca es un espejo donde mirarse y sobre todo, aprender. En el año 2001, durante una cumbre de la Unión Europea, los duros enfrentamientos entre manifestantes y policía provocaron que el gobierno crease la “Policía del diálogo”, un grupo de agentes que usaran el diálogo como medio para evitar enfrentamientos y proteger los derechos de cada uno de los ciudadanos, aunque, a priori, puedan parecer contradictorios. La película retrata a este grupo de policías variopinto durante un año ejerciendo una profesión muy difícil y llena de tensiones en la que están expuestos constantemente a diversos conflictos.
La directora Susanna Edwards (Suecia, 1963), lleva más de tres décadas dirigiendo ficciones como Keillers Park (1996), y documentales como Sunshadow (2000) sobre la torera española Cristina Sánchez, Respect! (2000), en el que se centra en cuatro adolescentes de Fasta, a las afueras de Estocolmo, y Golden Girl (2016), en la que seguía a la famosa boxeadora sueca Frida Wallberg, entre otras. Con Policía del diálogo, ejerce de productora, cinematógrafa y directora en una película que sigue sin descanso a los siete componentes de esta unidad en la ciudad de Estocolmo. Son 365 días en los cuáles vemos su trabajo, en mitad de multitudes protestas contra la pandemia y las vacunas, a favor de una sociedad más justa y un planeta más limpio, mítines políticos, y las provocaciones contra los inmigrantes del líder ultraderechista danés Rasmus Paludan. La película está contada como un thriller en la calle como los que hacía Lumet, un policíaco con alma, verdad y nada de complacencia, explicando y sumergiéndose en los temas reales y cotidianos con los que tienen que lidiar diariamente los citados agentes que se muestran tranquilos, conciliadores y con buen humor.
Una película de estas características, de cinéma vérité total en toda regla, que tiene el mejor aroma del cine del gran Frederick Wiseman, al que volveremos al cierre de este texto, ha necesitado de 9 cinematógrafos para captar todas las situaciones vividas por los policías, que se muestran de forma simultánea e instantáneas, a saber: Iván Blanco, Ellinor Hallin, Markus Jordö, Sara Montoya Sepúlveda, Siri Pâruv, Martin von Krog y la propia directora que realizan un trabajo de guerrilla, tan apabullante como abrumador que no deja indiferente por todo lo que cuenta y cómo lo hace, con energía, solidez y nada de manierismo. El estupendo trabajo musical que firma un grande como Holfdan E, que tiene en su haber la extraordinaria serie Borgen, un hito para los amantes del cine político de verdad. El extraordinario trabajo de montaje que firman el dúo Magnus Svensson y Stefan Sundlöf, que ha trabajado en muchos documentales, entre los cuales encontramos La visita (2015), de Michael Madsen, que se pudo ver en El Documental del Mes. Una edición llena de intensidad, de planos cortos y breves, con el añadido de la diversidad de idiomas: inglés, sueco, persa y turco se oyen, que ayudan para transmitir toda la dureza y peligro al que se ven expuestos los agentes.
Como les había avanzado más arriba volvemos a Wiseman y su magnífica Law and Order (1969), donde retrata la cotidianidad de un grupo de policías estadounidenses, y sus métodos agresivos y violentos. El director americano no juzgaba, dejaba que las imágenes filmadas y editadas lo explicaran, dejando la reflexión: “La policía como mal necesario”. En otro contexto, y diferentes circunstancias, la Policía del diálogo que existe en Suecia y es explicada por Susanna Edwards se erige como un grupo necesario pero evidentemente, con sus males y la protección de las leyes, aunque sean injustas, como les espeta una de las manifestantes. Los agentes dejan claro que protegen la ley sueca, y se reservan sus opiniones personales. Seguramente, en una sociedad más justa, democrática y de verdad, no hacen falta policías del diálogo, pero está bien que existan como medio para evitar enfrentamientos y violencia. Volvemos a la reflexión del inicio de este texto, Suecia es un gran ejemplo, lástima que otros países no implanten estos métodos, que sin ser la panacea, ayudan que buena falta hace en una sociedad con leyes injustas y clasistas que protegen a las grandes fortunas y dejan sin nada al de abajo, la misma música de siempre, o quizás, podríamos decir, la misma mierda que no dejamos atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Quien ha escuchado alguna vez la voz de las montañas, nunca la podrá olvidar”.
Proverbio Tibetano
A día de hoy permanecen en mi memoria la historia de Piero y Bruno, los dos protagonistas de la bellísima y emocionante Las ocho montañas (2022), de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Un relato sobre la amistad de dos amigos desde la infancia en las que se habla del paso del tiempo, de los diversos caminos emprendidos, la fraternidad, el compañerismo y la libertad y el coraje de ser quién deseas ser. La película se basaba en la novela homónima de Paolo Cognetti (Milán, Italia, 1978), un novelista y cineasta enamorado de la vida y de las montañas de los Alpes, donde tiene una casa en la que se refugia en sus tiempos de soledad, paz y tranquilidad. De su amor a la montaña conocemos sus publicaciones como Il ragazzo selvático (2017) y Sin llegar nunca a la cumbre (2019), entre otras, amén de su participación como guionista y actor en el documental Sogni di Grande Nord (2021), de Dario Acocella, en que viaje de Italia hacia Alaska visitando paisajes que le inspiraron.
Con Fiore Mio (en el original, “Mi flor”), Cognetti se sitúa como guionista, director y protagonista a partir de la premisa de averiguar porque no baja apenas agua a su casa. Para ello, emprende una travesía montaña arriba con su inseparable perro Laki, en un viaje hacia las cotas más altas de Monte Rosa, en los Alpes, en el que realiza las pertinentes paradas: empezando por su vecino/amigo, siguiendo por los tres refugios que se encuentra por el camino, en el que hay tiempo para hablar de tiempos pasados y futuros, de ausentes y presentes, de caminos interiores, de muchas emociones, de interesantes excursiones para conocer el entorno, con unas imágenes espectaculares donde naturaleza y humano se mezclan en un espacio de quietud y silencio, donde lo salvaje de la naturaleza entra en escena. Cognetti plantea un relato donde interior y exterior se abrazan a través de los encuentros con los amigos, en el que cada uno de ellos exponen sus viajes personales, sus cuentas pendientes y por decidir y todo aquello que viven de la montaña y la montaña les da. Escuchamos reflexiones sobre la existencia, sobre nuestra relación con la naturaleza, las montañas y todo lo que nos encontramos. Estamos ante una película que nos invita a recogernos mientras contemplamos la montaña desde lo más arriba, reflexionando sobre nosotros y los otros.
La película contiene imágenes que sobrecogen, donde la naturaleza y las montañas traspasan la pantalla en que la cámara recoge toda la aventura cotidiana e íntima de Paolo y sus encuentros. Tenemos al cinematógrafo belga Rubens Impens, habitual del citado Felix Van Groeningen, amén de Joël Vanhoebrouck y la directora francesa Julia Ducournau, entre otros. La música del italiano Vasco Brondi, que tiene una breve aparición en la película, con la inclusión de algunos temas musicales de diversos grupos, ayuda a contemplar unas imágenes que podían caer en una belleza superficial, pero que Cognetti no ensalza en ningún momento, sino que continuamente reflexiona y va situando esos momentos de silencio en que la música desaparece o simplemente, baja el volumen para que así la experiencia sea lo más compartida posible. El italiano Mario Marrone, que ya estuvo en la mencionada Sogni di Grande Nord, se encarga del montaje que, siendo una película de estas características, con esa conjunción entre lo humano en relación con la naturaleza, no resultaba una tarea nada fácil. La edición es brillante y nada convencional, apoyada en una narrativa que deja tiempo al espectador para escuchar las distintas voces y sobre todo, la montaña, ese rumor oculto que logramos escuchar durante muchos momentos de la película.
Si están interesados en las historias sobre la naturaleza y no les agradan los documentales al uso, que son meros descriptivos y poco más, y buscan un tipo de películas con el mejor aroma de Werner Herzog, donde exista una confrontación entre aquello filmado y el que filma, explorando los recovecos de la condición humana expuesta a su estado más primario y más emocional cuando se encuentra frente o expuesto a la fuerza y belleza de la montaña, su película es Fiore Mio, de Paolo Cognetti porque nos hace suya en un viaje hacía lo físico trepando y atravesando Monte Rosa, deteniéndose en cada escarpado, camino y ladera, y observando cada instante, con tiempo, con pausa y viendo como el tiempo se detiene y nos coge de la mano. Una película que abraza la amistad, el encuentro y el otro, mirándonos los unos a los otros, intercambiando experiencias, decisiones, alimentos, espiritualidad, y muchas emociones, porque en estos tiempos de febril agitación donde el personal anda corriendo de aquí para allá sin ningún sentido, quizás sería conveniente bajarse del mundo, como decía nuestra querida Mafalda, irse a una montaña y empezar a subirla, poco a poco, con la calma y la paciencia que tiene el que ya ha entendido que vivir es una experiencia efímera, donde cada paso es una aventura y un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me temo que ya no daré más clases, no sé cuánto tiempo me queda aún. Como la lección de hoy será muy breve, he querido elegir un buen libro. Uno que me prestó el profesor Sorel. Todo lo que vais a oír ahora es algo que escribieron grandes hombres. Fue escrito en una noche de entusiasmo hace mucho tiempo, 150 años. Eran hombres de diferente condición (…) y no entraron en polémica. Se pusieron de acuerdo aquella noche maravillosa. Otros hombres querrán destruir este libro. Es posible que acabe en el fuego pero no lo borrarán de la memoria. Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia”.
Albert Lory interpretado por Charles Laughton en “Esa tierra es mía” (1943), de Jean Renoir
La valentía, quizás, sea el acto más profundo y resistente que puede adoptar alguien. Porque la valentía requiere sacar fuerzas a pesar del miedo que se tiene. Ante un enemigo superior y más fuerte, las personas valientes, en un acto de inconsciencia absoluta y sin más salidas que esa, deciden enfrentarse al enemigo con sus fuerzas que, aunque sean pocas, son importantes y pueden hacer algo ante tamaña amenaza.
Un tipo valiente es Pavel “Pasha” Talankin, un joven maestro de primaria de la escuela de Karabash, pequeña población rusa a la falda de los montes Urales, conocida por sus contaminantes minas de cobre. El docente es el encargado de organizar los eventos del colegio y filmar todo lo que allí sucede. Esa armonía, cotidianidad y felicidad se termina abruptamente cuando Rusia invade Ucrania y la escuela recibe las nuevas directrices patrióticas de adoctrinamiento y militarización del centro. A partir de ese instante, “Pasha” emprende una revolución silenciosa y efectiva que lucha ante esa invasión para frenar el reclutamiento voluntario que hacen sus ex alumnos. Todas esas imágenes y actos resistentes del joven maestro son recopilados y reflexionados en Mr Nobody contra Putin, codirigida junto a David Borenstein, cineasta estadounidense afincado en Copenhague (Dinamarca), siguiendo la línea de sus anteriores trabajos como Love Factory (2021), Dream empire (2016), y Can’t Feel Nothing (2024), en los que crítica las artimañas del poder, la propaganda ideológica y los efectos nocivos de las nuevas tecnologías en las emociones.
El apartado técnico de la película es magnífico porque la gran cantidad de horas grabadas por Pavel Talankin debían resumirse y generar el discurso de todas las experiencias y circunstancias vividas por el maestro. La voz en off acaba resultando esencial para contar todo lo sucedido, sin caer en la tristeza, sino relatando la facilidad en que una escuela se va convirtiendo en un centro patriótico que apoya la guerra sin rechistar como moldeados funcionarios que bajan la cabeza y siguen la manada que dicta el poder. La música del dúo Michal Rataj y Jonas Struck, que estuvo en la citada Can’t Feel Nothing, crea ese espacio para ir acentuando los conflictos que va experimentando el maestro, dividido entre lo que se espera de él y su conciencia humana que lo lleva a hacer esos pequeños gestos disidentes. El montaje resultaba extremadamente difícil ya que el material debía seguir la cronología de los hechos, y sigue esa idea de desmoronamiento donde hay inteligencia, profundidad y sensibilidad, sin caer en esa idea simplista de buenos contra malos, sino de la relación que tenemos entre nuestro trabajo, nuestras ideas políticas y ese instinto de supervivencia que choca contra nuestro ideales. La pareja danesa Rebekka Lonqvist y Nikolaj Monberg hacen un trabajo de edición conciso y lleno de detalles en sus agitados 90 minutos de metraje que, ayuda a profundizar en lo fácil que es crear el miedo y la obediencia en personas como nosotras.
He empezado por Albert Lory, el maestro que se enfrentó a los nazis con sus armas, y debemos terminar este texto con él, y con todos los docentes como Pavel “Pasha” Talankin, y tantos otros y otras que, con sus pequeños gestos y herramientas que tienen a su alcance, en el caso de este último, las grabaciones que hace en su colegio, no miran hacia otro lado y deciden enfrentarse al poder dictatorial que adoctrina a jóvenes ignorantes que la patria los necesita para morir en otra guerra estúpida e inútil. Es evidente que tanta civilización y modernización no ha servido para que gobernantes idiotas y ególatras sigan con las guerras y llevando al matadero a tanta gente que cree en la patria como un bien superior y no en una comunidad en la que todos y todas vivamos lo mejor posible. Un mundo como éste en el que sobran tantas banderas, patrias y demás estupideces y falta tanta humanidad, empatía y bondad ante aquellos que sólo piensan en destruir vidas. Por eso, la actitud de Pavel “Pasha” Talankin debería ser el ejemplo que todos deberíamos adoptar ante los malvados que rompen la paz y la tranquilidad que necesitamos para seguir creciendo como personas críticas ante el horror y la deshumanización y no como meros objetos para trabajar, obedecer, gastar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA