Entrevista a José Sacristán

Entrevista a José Sacristán, actor de la película “Formentera Lady”, de Pau Durà. El encuentro tuvo lugar el miércoles 20 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Sacristán, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Pedro B. Abreu

Entrevista a Pedro B. Abreu, director de la película “Blue Rai”, de Pedro B. Abreu. El encuentro tuvo lugar el jueves 5 de abril de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro B. Abreu, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Jordi Vilches

Entrevista a Jordi Vilches, actor en la película “El club de los buenos infieles” de Lluís Segura. El encuentro tuvo lugar el miércoles 21 de marzo de 2018 en los Cinemes Texas en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Vilches, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El club de los buenos infieles, de Lluís Segura

LA MASCULINIDAD EN PELOTAS.

Las cenas de reencuentros escolares sirven, en la mayoría de casos, para darse cuenta que el tiempo es muy sabio, y nos dice que, con aquellas personas que compartimos casi todo en nuestros años de EGB o Instituto, ya no tenemos nada en común, y se han convertido en verdaderos extraños, y en algunos casos, en unos cretinos de muy padre y señor mío. La película arranca con una cena de esas y claro está, se reencuentran cuatro amigos que formaban una panda. Después de la cena, siguen la marcha y acaban casi de día, colándose en el colegio que los conoció para rendirse cuentas a ellos mismos y mostrarse sinceros con esos desconocidos que hacía la tira que no veían. Cada uno de ellos se sincera de tal manera que evidencia la fatiga del matrimonio, y lo que es más grave, la falta de deseo hacia sus mujeres, que ya no lo hacen por falta de tiempo, sino que no tienen ganas. De esa noche, deciden volverse a verse y salir de marcha para ligar con otras mujeres, “tomatear” lo llaman, aunque como suele ocurrir en estos casos, la teoría anda muy bien aprendida, pero lo que es la práctica, es otro cantar.

La opera prima de Lluís Segura (Barcelona, 1973) después de foguearse en los videoclips, la publicidad, en la Escac como profesor y trabajar como asesor con J. A. Bayona, no es la típica comedia de cuarentones que atraviesan alguna crisis para finalmente solucionarlas al lado de los suyos, no, nada de eso, la película es una comedia, pero no una cualquiera, sino una que contiene una crítica mordaz inteligente sobre el amor, el deseo y la infidelidad en los tiempos actuales. Porque estos cuatro tipos salen una noche de juerga engañando a sus respectivas señoras, pero no mojan, y piden asesoramiento a un experto en seducción, magnífica la composición de Adrián Lastra, cachas y repeinado (algo así como el personaje que hacía Tom Cruise en Magnolia, aunque ahora un rollo youtuber sabelotodo) y se lanzan a la aventura, pero lo que son las cosas, hay más hombres que viven ese conflicto en su matrimonio, y se les adhieren más, como el psiquiatra de uno de ellos, que además les proporciona las pastillas y demás, y el amigo de turno soltero empedernido, y así, nace “El club de los buenos infieles” (algo así como planteaba la película El club de la lucha, pero aquí sin darse hostias, sólo buscando sexo, o al menos intentarlo, que no es poco) unas excursiones a ciudades alejadas donde se dan una fiesta y ligan con otras mujeres, con la firme intención de liberarse de sus matrimonio, y recuperar la lívido, y salvar sus vidas en pareja.

La película está contada como si fuese un fake, los protagonistas se someten a entrevistas donde dan rienda suelta a que era el club, una especie de confesionario donde son capaces de emocionarse, gritar, enfadarse y explicar sus sentimientos, miedos e inseguridades. Segura nos hace reír, reír pero bien, porque estos pobres desgraciados tienen mucho que explicar y desahogarse, y no sólo en el sexo, y lo hace despojando a sus criaturas de lo masculino, de aquello que convencionalmente tienen que ser los hombres, y de cómo actúan cuando están juntos, y de sus secretos y pasiones más ocultas, y haciendo una película sobre hombres y sus problemas, pero que puede ser vista también por las mujeres, porque el director no se detiene en alabar a ellos, sino todo lo contrario, a sumergirse en sus miserias cotidianas y en su vulnerabilidad, dejándolos en pelotas, y profundizando en su patetismo, idiotez e infantilismo, haciéndonos replantear muchas cuestiones sobre el amor, como la fidelidad a uno mismo y la pareja, al amor fiel y duradero para siempre, el sexo en el matrimonio, la pasión y demás conflictos que a más tardar surgen en una convivencia.

Un grupo de intérpretes en estado de gracia ayudan a este juego sobre aquello que sentimos y no decimos, y aquello que queremos hacer y mentimos para llevarlo a cabo, o que aceptamos como real, cuando sabemos que no es así. Cuatro amigos tan diferentes entre sí, pero con el mismo conflicto a cuestas, tenemos a David (Hovik Heuchkerian) que se muestra seguro y uno de los artífices de la broma que acaba siendo casi una multinacional del pecado, Carlos (Raúl Fernández de Pablo) el menos seguro de todo este tinglado y el que más dudas plantea a todo este mejunje de mentirosos y pardillos, Marcos (Fele Martínez) el que finge orgasmos y además, siente que ya no desea ni quiere a su pareja, y por último, Juan (Juanma Cifuentes) el gordito del grupo, que practica sexo telequinético, que mientras lo haces con tu señora piensas en otras, se les sumarán los ya citados anteriormente, el matasanos (Albert Rivalta) y el soltero de siempre (estupendo Jordi Vilches) vaya par también. Segura ha construido una película con mucha gracia, que se ríe de sus criaturas y la manera tan peculiar que tienen de solucionar sus problemas, en una divertidísima sátira sobre esos conflictos propios de años de matrimonio, en una juerga con toda la carretera por delante, birras y a ritmo de La frontera y su himno de principios de los noventa, que decía así: “Te esperaré en el límite del bien y del mal…”, que si bien tiene momentos de comedia alocada y despendolada, no se queda ahí y va mucho más allá, reflexionando sobre el amor, el matrimonio, el sexo y la pasión, desde varios puntos de vista diferentes, en los que cada uno podrá sacar sus propias conclusiones, y sentirse más en la línea de unos u otros, porque como pasa en todo en la vida, las cosas no son nunca lo que parecen, y todo tiene infinitos puntos de vista.

Lady Bird, de Greta Gerwig

CUANDO SE TIENEN 17 AÑOS EN SACRAMENTO.

Decía el poeta que uno ama realmente algo cuando se aleje de él, cuando tiene la distancia adecuada para apreciarlo y encontrar aquello que la cotidianidad le impedía ver. Quizás, el momento que define Lady Bird, la primera película dirigida en solitario por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) sea cuando la joven lejos de su ciudad, contesta que es de San Francisco cuando un chico le pregunta, ese instante de vergüenza de pertenecer a un lugar, de tener una identidad que rechazamos, que no sentimos como propia, es lo que nos llevará a mirar ese mundo al que pertenecimos con otros ojos, de otra manera, como si la distancia nos devolviera a amar aquellas pequeñas cosas y detalles que habíamos olvidado por nuestras ansias de escapar de allí. La cineasta californiana que ha construido una más que interesante carrera como actriz de la mano de autores tan importantes como Noah Baumbach, con el que ha hecho tres filmes, o With Stillman, Woody Allen, Barry Levinson, Todd Solondz o Mia Hansen-Love, entre otros. Gerwig vuelve a ponerse detrás de las cámaras después de la experiencia de Nights and Weekends (2008) codirigida y interpretada junto a Joe Swanberg, que relataba como la distancia hacía estragos en una relación de pareja.

En Lady Bird realiza su primer trabajo en solitario con un relato de auto-ficción, donde mira a su adolescencia, en su querida Sacramento, allá por el año 2002, aunque la directora se desmarca con una historia completamente inventada, pero con un gran arraigo personal, de hogar, infancia, etc… En la que nos presenta a una adolescente que se hace llamar “Lady Bird”. Christine McPherson que es así como es su verdadero nombre, acude a un colegio privado religioso, donde estudia su último año antes de ir a la universidad. Lady Bird con su pelo panocha y uniforme escolar, es una chica inquieta, creativa, y sumamente independiente, se pasa los días entre clases, con su mejor amiga, algún que otro novio donde experimentará su primera vez, y se gana unos dólares para pagarse su universidad, aunque ella sueña con salir de Sacramento, que aunque sea la capital del estado de California, todavía mantiene ese aire de sencillez, humildad y agrario.

Lady Bird quiere escapar de allí como sea, sueña con una universidad de la costa este, y de huir del amparo de una madre cercana y distante a la vez, con la que no cesa de pelear, ante un padre más comprensible y amigo. Gerwig nos describe la cotidianidad de Lady Bird, sin más, su quehaceres diarios componen la película, pero no lo hace desde los grandes acontecimientos que pudiera vivir en ese tiempo, sino todo lo contrario, desde la intimidad de una habitación, de una clase, o de una conversación, a partir de sus experiencias más íntimas y personales, como enamorarse del chico equivocado, querer ser otra cambiando de amistades, o sentirse insegura con la idea de no acabar en la universidad que desea, o la difícil relación con su madre, de caracteres parecidos que chocarán y mucho en los diferentes puntos de vista que tienen las dos, o compartir un espacio, el que ha sido tu infancia, tu hogar, pero del que no te sientes identificada en absoluto, como si tuvieras las sensación que te ahora, que no te deja respirar, que te sientes atrapada, y que sueñas cada día con salir cuanto antes de esa ciudad que sientes triste, apagada y demasiado rural.

Gerwig construye un guión sumamente complejo, en el que cada personaje se convierte en un espejo transformador o no de la protagonista, haciéndole ver aquello que siente y que a veces no logra interpretar, en un cuento de idas y venidas, de tristezas y alegrías, de inseguridad e ilusiones, de querer ser otra persona, como si estuvieras atrapada en un cuerpo, personalidad y lugar que no te correspondieran, como si para ser tu misma tuvieras que irte de allí y renacer de nuevo en otro lugar, sin que nada ni nadie supiese nada de tu vida anterior. El universo de Lady Bird es un mundo en el que todo está para explorar, una especie de aventura cotidiana donde cada experiencia será la primera y única, donde nuestros sueños e ilusiones tienen la capacidad de cambiarnos y llevarnos o no hacía el lugar que queremos estar, aunque no siempre esas experiencias serán satisfactorias, todas ellas tendrán su qué, en el que la directora estadounidense le da la vuelta a todos esos momentos y nos los presenta con un cariz próximo y humano, donde las cosas miradas desde la cercanía siempre se ven de otra forma, quizás con la naturaleza real o por lo menos muy diferente a la que nosotros no la habíamos imaginado.

En ocasiones, Lady Bird se enfrentará a sus sueños e ideas dándose de bruces con esa realidad que la rodea, y en otras, verá que lo que tanto necesita no se encuentra tan lejos como ella cree, ese camino de hacerse mayor o dejar de mirarse tanto el ombligo, alimenta la película y la convierte en una comedia agridulce de esa América profunda que tantos se niegan a ver que existe, porque hay tantos que la odian, que la rechazan solo por el simple hecho que no es una ciudad con luces de neón, centros comerciales de tus marcas favoritas o demás chorradas que tanto venden desde otros ámbitos y ciudades. La maravillosa y emocionante interpretación de Saoirse Ronan, una actriz dotada de una naturalidad profunda e intensa, que comenzó siendo niña a acturar, y con Brooklyn, demostró su magnífica naturaleza como actriz, convirtiéndose en una de las mejores intérpretes de su generación. En Lady Bird  demuestra sus dotes camaleónicas transformándose en una adolescente de la América rural, de esos lugares que nunca salen en las guías turísticas, en la que a veces odiamos y otras queremos sin temor, como la vida misma.

El resto del reparto capitaneado por Laurie Métcalf como esa madre protectora y peleona, Tracy Letts dando vida a ese padre que todas las chicas desean tener, Beanie Feldstein es esa amiga que nunca te abandonará aunque tú te empeñes en lo contrario, y Lucas Hedges y Timothée Chalamet (visto en la reciente Call me by your name) son esos novios tan diferentes y extraños que pasan por el último año en Sacramento de Lady Bird. Greta Gerwig ha realizado una película fantástica y llena de sensibilidad, mostrando a aquella adolescente que fue, ese describiendo un universo peculiar y sincero, en su carta de amor no solo a su adolescencia, sino a su Sacramento, a sus raíces, a quién fue, y donde creció, aunque a veces no apreciemos lo suficiente de dónde venimos, y queramos ser de otro lugar y escapar, irnos y desparecer, para en el fondo darnos cuenta que queríamos ese lugar más de lo que nos gustaría admitir.

Sin rodeos, de Santiago Segura

¡HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO!

A una buena comedia se le pide que ante todo sea divertida, que nos provoque carcajadas en las situaciones más absurdas e hilarantes, también, se le pide, aunque no sea indispensable, que te haga pensar, aunque sea un poco. Sin rodeos es una buena comedia, hace reír y bastante, y también, porque no decirlo, hace pensar, aunque sea un poquito. La película nos habla de Paz, una publicista de unos 40 años que parece que está feliz con su vida, tiene un trabajo que le gusta, tiene una pareja de la que está enamorada, y más o menos tiene una vida que aparentemente le gusta, aunque parece que no, se siente mal, agobiada, ausente y deprimida, y eso no es nada, porque las cosas pueden volverse peor. Un día, su jefe, un cretino de picha floja que ha heredado el negocio familiar del que no tiene ni puta idea, le coloca una estúpida y modernilla niñata “influencer” para que trabaje con ella, después de 15 años en la empresa. Paz, además tiene que aguantar los aires de grandeza de su novio, un argentino artistilla del tres al cuarto que vive de ella, y además, soportar a su hijastro que es un perla de mucho cuidado. Sin salida y sin nadie a quién recurrir, acude a uno de esos gurús de saldo que, después de explicarle sus problemas, le da un botecito que contiene una agua milagrosa. A partir de ese momento, ya nada será igual para Paz ni para todos los que la rodean.

Después de cinco películas dedicadas a Torrente, el policía más casposo, fascista e inútil de la historia, Santiago Segura (Madrid, 1965) cambia de rumbo y realiza el remake de una exitosa comedia chilena para construir una comedia muy divertida y socarrona, con su punto de crítica, protagonizada por una mujer que podría ser la antítesis del sucio y pazguato policía, porque Paz es una mujer inteligente, atractiva y brillante, aunque su mundo hace tiempo que se ha venido abajo, y ella aguanta que te aguanta, hasta que el agüita mágica le hará estallar, romper con todo, o romper con lo que tiene más a mano, y poner en su sitio a todo aquel cretino que se cruza en su vida, como al tontolino que tiene de jefe, o la niñata que cuelga videos en youtube y ya se cree algo, o la estupidez de una hermana que llena su soledad y vacío humanizando un gato, y su novio, que le echa jeta para no darse cuenta que tiene nulo talento para la pintura o lo que haga, o ese ex que se casa con una sargento de mil demonios porque se muestra incapaz de dirigir su vida y encima, olvidar a Paz. Paz se libera, da rienda suelta a sus inquietudes y pensamientos, y además, muestra su lado más sensible y humano.

Segura ha dirigido una comedia feminista, brillante y muy divertida, llena de carcajadas, y con un estupendo ritmo, y acogedora y brillante fotografía de Kiko de la Rica, que además, atiza con fuerza a las moderneces superficiales de estos tiempos absurdos y deshumanizados, como youtubers, influencers, hastags, likes y demás paridas y gilipolleces varias (por los que muchos andan obsesionados) a nuestra adicción a las nuevas tecnologías, o esos yonquis que no sueltan el móvil ni a tiros, y también, hay palos para todos esos que han llevado su amor por los animales hasta la locura e idiotez, con el error de humanizar a los animales. El director madrileño deja su trama a favor de Maribel Verdú, omnipresente en la cinta, una actriz genial, que lleva su personaje con dignidad y valentía, aguantando mecha cuando las cosas están en su contra, y luego, cuando la situación se pone de su parte, poniéndose a tope, desmelenándose y dejándose llevar con sable en mano, y atizando con fuerza a tanto cretino y soplapollas que anda por ahí. Maribel Verdú va muy bien acompañada de algún que otro rostro televisivo, como Cristina Pedroche (que debuta en el cine) o Diego Martín, el ex, estupendo con esa cara de bobalicón, o Toni Acosta, como la hermana animalista, Enrique San Francisco, como ese vecino canalla y pasado con esa fiesta continúa desde el siglo pasado, o las apariciones de Florentino Fernández como técnico de internet, Candela Peña de maleducada al volante o El Gran Wyoming como psiquiatra caradura. Incluso, Segura se reserva un breve papel dando vida al gurú sanador.

Segura no sabemos si ha enterrado a su policía que tantos éxitos le ha proporcionado, pero por ahora, nos ha presentado a Paz, que también daría caña al policía obeso y repugnante, una mujer fuerte y decidida, que da un golpe en la mesa o unos cuántos, para dejar de teledirigir su vida por los demás o por las situaciones que no le gustan, y decide coger las riendas de su existencia, primero, y de su vida, después, dejando atrás tanta mierda moderna, y volviendo a sentirse ella misma, alejada de tanta estupidez y yonquis del móvil, del gimnasio, de los gatitos, y demás gilipolleces que nos han idiotizado y encerrándonos en nuestro pozo sin fondo, convirtiéndonos en obsesivos enfermizos, sin tiempo para los demás, para aquellos que queremos, y lo más grave aún, sin tiempo para nosotros, siempre ocupados y haciendo cosas, y olvidándonos que hay que parar, mirarse al espejo, y no descuidarnos del que tenemos delante, y saber que queremos hacer con nuestras vidas, y cuánto antes hagamos todo esto, nos irá mucho mejor y dejaremos de hacer tantas tonterías que no aportan absolutamente nada y nos aíslan de los demás.

¡Déjate llevar!, de Francesco Amato

MENEO AL PSICOANALISTA.

En La fiera de mi niña, de Howard Hawks, una alocada hija de papá protagonizada por Katherine Hepburn, trastocaba la anodina existencia y  llevaba al traste todos los asuntos de un paleontólogo tímido y despistado al que daba vida Gary Grant. Una de las obras cumbres del “screwball comedy”, un género que vino a criticar inteligentemente a las clases burguesas a golpe de risa y enredos por doquier. En Déjate llevar, tercera película de Francesco Amato (Turín, Italia, 1978) siguen con fidelidad los patrones del universo Hawks, en el que nos presentan a Elia Venezia, un aburrido, ególatra y estúpido psicoanalista (que interpreta con sutileza y nervio el grandísimo Toni Servillo) que pasa sus días entre sus pacientes, a los que parece no hacer caso, y además es vecino de su ex mujer, a la que todavía ama en secreto, pero que le demuestra lo contrario. Para más inri, durante un chequeo, su médico le recomienda a hacer deporte, situación que le llevará a conocer a Claudia, una alocada, enérgica y jovial jovencita que se convertirá en su personal trainer. Todo se enredará y de qué manera, cuando aparezca en la función una especie de novio de Claudia que anda tras un botín que no recuerda donde escondió.

La película tiene momentos divertidos, donde la comedia desternillante, con carreras, situaciones cómicas y demás, lleva a los personajes de aquí para allá, sometiéndolos a momentos de puro histrionismo, donde las bofetadas y los objetos vuelan sin dirección. También, se agradece la labor de los intérpretes, donde Servillo demuestra que vale para un roto como para un descosido, en el que no deja de reírse de su personaje, convirtiéndole en una caricatura de esos señores barbudos y gafas que se muestran soberbios e intransigentes frente a los demás, aunque en su soledad, la de sus cuatro paredes, no son más que unos pobres diablos que odian su soledad y se sienten inseguros. Verónica Echegui defiende su personaje con arrojo y sinceridad, siendo una madre soltera que intenta ganarse la vida como puede, una especie de buscavidas de barrio,  moviéndose de un lado a otro, y metiendo en varea a su cliente, ese psicoanalista muy capaz en su oficio, pero muy endeble con las relaciones personales. Una pareja en las antípodas, que como suele pasar en este tipo de películas, encontrarán más de una complicidad, ya que en el fondo, aparentemente parecen muy diferentes, pero en la cercanía, sienten los mismos miedos e inseguridades.

Tanto el psicoanalista como la personal trainer se verán empujados a una aventura, en el que se enfrentarán al noviete de Claudia, que acaba de salir de la cárcel junto a un cómplice y andará tras ellos ya que necesita de su ayuda para encontrar su botín. Unos secundarios inteligentes y audaces que animan el cotarro como Giovanna, la ex mujer de Elia, que cansada de las impertinencias del doctor, rehará su vida aunque eso alertará a su ex marido. Amato ha hecho una película sencilla y honesta, construyendo una comedia ligera, aquella que hace años en Italia se llamaba “comedias blancas”, donde pasar un rato agradable, y además, y si esto es posible, dejar algún poso en los espectadores, sabiendo que vamos a pasar un rato divertido, en el que nos reiremos de unos personajes que aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con nosotros, en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, y sobre todo, con los demás, en todos las estupideces y gilipolleces que cometemos, ya que estamos muy bien formados para el trabajo, pero no para las relaciones, en las que nos equivocamos demasiado, y cuando queremos solucionarlo, aún lo fastidiamos más, ya que nos dejamos llevar por nuestra soberbia, cabezonería y orgullo de pacotilla.