La suite nupcial, de Carlos Iglesias

EL INFIEL, LA AMANTE Y SU MUJER.

“Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”.

Fidel es un hombre entrado en los sesenta con una vida de lo más normal y anodina junto a su esposa, quizás esa desesperante calma y aburrimiento ha encendido sus alarmas internas, y mira tú por dónde, ha ligado, casi sin quererlo, con una compañera del trabajo, la tal Marisa, atractiva y muy sugerente, y cabeza loca, y como se suele decir, se ha liado la manta a la cabeza y se han montado un fin de semana en Toledo a tutiplén, incluida la Suite Nupcial, pero como les ocurría a los pobres diablos que poblaban aquellas películas cómicas de los sesenta y setenta españolas, las cosas no resultarán según lo previsto, y los conflictos, tanto internos como externos, y visitas inesperadas muy incómodas lo complicarán todo. La suite nupcial arrancó como obra teatral escrita por Carlos Iglesias (Madrid, 1965) y dirigida por Sigfrid Monleón, que tuvo una gran acogida representándose durante 26 fines de semana en Madrid.

Ahora, La suite nupcial da el salto a la gran pantalla incrementando su duración de 50 a 90 minutos, y situándonos casi en su totalidad en la famosa suite donde se hospedan el citado Fidel y Marisa, y cómo sucedía en el camarote de los Marx, también otros invitados de improviso, que para nada se les espera. Fidel quiere y necesita pegarse una canita al aire, pero como les pasa a estos hombres no habituados a tales menesteres, le asaltan las dudas, los miedos y el probable fracaso de no cumplir en la cama, dimes y diretes que le agobian, a más a más, las cosas se van torciendo y tendrá que lidiar con imprevistos que en muchos momentos lo superarán. Carlos Iglesias ha cosechado una carrera muy interesante como actor en el cine, teatro y televisión, donde ha trabajado con nombres tan ilustres como Luís García Berlanga, Mario Camus, Mariano Ozores, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Garci, José Luis García Sánchez, entre muchos otros, convirtiéndose en un intérprete muy popular gracias a su Benito de Manos a la obra.

En el año 2006 debutó como director con Un franco, 14 pesetas, en la que recogía la inmigración de sus padres en Suiza, film con el que cosechó críticas positivas y el favor del público, que tuvo una secuela ocho años después bajo el título 2 francos, 40 pesetas, en la que se centraba en las nuevas generaciones nacidas en Suiza Entre medias, rodó la ambiciosa Ispansi (Españoles) del 2014, donde en mitad de la Segunda Guerra Mundial con los nazis invadiendo la URSS, ocurría un relato íntimo y personal con una mujer huida de España y un comisario comunista. Cinco años después de la segunda entrega de la inmigración Suiza, vuelve a ponerse tras las cámaras en una comedia actual, ligera, atractiva y con algo de mala uva, en la que habla de amor y sus líos, amable pero con amargura también, de esas historias que pretende hacer reír, aunque sea de manera agridulce, sumergiéndonos en las vicisitudes de alguien honrado pero deseando darle un giro a su vida, aunque sea leve, teniendo una aventurilla, como esos tipos trajeados de las películas americanas, pero claro, para eso hay que nacer o quizás, hay que creérselo a pies juntillas, no dudar, no sentirse como un delincuente entrando de madrugada a un chalet para robar, con esa sensación de estar haciendo algo terrible, todo eso sufre el desdichado Fidel.

Fidel tampoco encontrará compañeros de viaje que le faciliten el trago, como esa gobernanta del hotel muy entrometida e impertinente (en la piel de una convincente Eloísa Vargas, compañera y cómplice en el cine de Iglesias) la amante Marisa, en la flor de la vida, del animal sexual y más (con una alocada, atractiva y de carácter interpretada con naturalidad por Ana Arias, conocida por la serie Cuéntame cómo pasó) y parar rizar el rizo, la aparición de la esposa, una sevillana abrumadora y muy salada en la piel de una extraordinaria Ana Fernández, que repite como cónyuge después de la experiencia de Abuelos. Y si la cosa no sabía liado lo suficiente, el pobre Fidel se irá tropezando por Toledo y en el hotel con un amigo común que también conoce a la esposa, con el aspecto de José Mota, con ese aire de no enterarse de nada y metiendo la pata, muy a su pesar, más bien por desconocimiento en este soberano lío que nos propone Iglesias, con las agradables presencias de Santiago Segura, Roberto Álvarez y la veterana María José Alfonso.

Fidel decide coger su último tren sexual, demostrándose a sí mismo que todavía puede resultar atractivo a una joven como Marisa, pero sin quererlo, acabará tomando no un Ave, sino un tren borreguero lleno de inseguridades, miedos e incertidumbre, y acabará deteriorándose muchísimo más, incrementando sus dudas, su nerviosismo, sus mentiras y sobre todo, dejando al descubierto todas las miserias de su existencia, que podría extrapolarse a muchos hombre de esa edad que, en este instante quieren marcarse un finde de hotel en la Suite Nupcial con una jovencita. Iglesias recoge el guante de esas comedias de Mariano Ozores donde hombres casados del estilo de Fidel se lanzaban a la aventura de sentirse deseados por jovencitas suecas u de otro calibre, y se daban de tumbos, porrazos y demás desdichas para acabar como siempre, o quizás más solos y tristes, con esa vida marital de casa al trabajo y los fines de semana al apartamento de la playa o la sierra. También tiene ese look de comedia sofisticada, que funciona mejor cuando el lío se desata y la cosa se torna una jauría de locos y locas simulando y mintiéndose mutuamente, aunque esa apariencia de tipo seguro y gentleman que pretende ser a toda costa Fidel, que raras veces lo acaba consiguiendo, acaba siendo un bluf por tantas dudas y miedos que atenazan a Fidel, un pobre tipo, si, pero como la mayoría de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Solan & Eri, misión a la luna, de Ramus A. Sivertsen

EL ESPACIO Y MÁS ALLÁ. 

Solan y Eri nacieron alrededor de los años cincuenta en el diario Mannskapsavisa de la mano del dibujante y caricaturista Kjell Aukrust (1920-2002). Pronto las historias del pato Solan y el erizo Eri, junto con su humano creativo e inventor, se convirtieron en muy populares entre la audiencia finlandesa, pasando a libros y otro tipo de publicaciones. En 1975 el director Ivo Caprino ya llevó una de sus historias a la gran pantalla con Grand Prix en la montaña de los inventos, que distribuyó Pack Màgic, en la que el peculiar trío se enfrascaban en la construcción de un coche de carreras para participar en una carrera en su pueblo de Flaklypa. En Solan & Eri, misión a la luna, se basa en los personajes creados por Aukrust pero con la variedad que la historia nace de la imaginación de Ramus A. Sivertsen (Inderoy, Noruega, 1972) director y animador que lleva desde el año 2008 haciendo películas de animación cosechando grandes éxitos como la trilogía de Flaklypa, en la que ya experimentó con los personas de Solan y Eri, o las populares El bosque de Haquivaqui o Dos colegas al rescate, estrenadas en España.

En la nueva aventura, recoge el espíritu de Aukrust para llevarnos a un historia en la que el trío protagonista pretende ir a la luna medio siglo después de la primera llegada. Sivertsen mediante técnicas de stop motion y steampunk, dan vida a estos cercanos y excéntricos personajes, encabezados por Solan, un pato intrépido y valiente, junto a él, su fiel amigo y compañero Eri, un erizo demasiado prudente y acobardado, y para cerrar este terna nos encontramos con el humano con el que viven, un señor que vive en lo alto de una montaña en la que aparte de arreglar bicicletas, es un consumado inventor de todo tipo de artilugios motorizados como coches de carreras y cohetes. La película tiene una retahíla de secundarios que se mueven entre lo excéntrico y la crítica social como el recto y parsimonioso representante del gobierno, que propiciará el viaje con la financiación, la aprovechada y egocéntrica alcaldesa, los reporteros que cubren el viaje a la luna, que parecen una pareja de humoristas, el bobo y el pasota, o ese fabricante de quesos que ve en la luna una forma fácil de sacar dinero.

El relato contiene de todo, humor irónico, muy crítico con los poderes, y también, ese humor irreverente, en el que las situaciones que se van generando tienen mucho de slapstick a lo Keaton, Lewis o Sellers, creando situaciones inverosímiles pero tremendamente divertidas, en este extraño y cercano viaje a la luna, con todo ese funcionamiento del cohete, entre lo más artesano y mecánico, en el que el universo de Julio Verne es una de las grandes fuentes de inspiración. La película tiene ritmo y honestidad, no cesan de suceder situaciones que complican aún más si cabe el viaje, como inesperados tripulantes del viaje, o alguna que otra idea del representante gubernamental que tiene otros planes con la luna. La película es divertida, creativa y extraordinariamente imaginativa, conservando el espíritu productivo y creativo de grandes del género como Svankmajer, Trnka o Nick Park, creador de Wallace & Gromit, pero también muy crítica con los tejemanejes del poder y su forma de embaucar a unos aventureros inocentes como Solan, Eri y el inventor, para que ejecuten, sin saberlo, sus planes demoníacos.

En sus ochenta minutos trepidantes encontramos de todo, amistad, fraternidad, compañía, pero también, intereses, egoísmo, afán de protagonismo y una mala praxis de la utilización de los recursos personales y naturales. Un relato que nos interpela directamente a los espectadores, en cuestiones que nos atañen como la utilización de los recursos económicos por parte del gobierno, las malas prácticas de os recursos naturales, y ese afán de protagonismo y de invasión ajena para embolsar las cuentas, ajenos a las necesidades de la población. Una película que hará disfrutar a los más pequeños de la casa, y a sus padres acompañantes, porque hay para todos, donde la comedia disparatada y de tartazos se mezcla con la crítica al poder, pero haciéndolo de forma divertida y cercana, alejándose de la moralina tan añeja o el sentimentalismo de otros filmes, aquí se habla de amistad y compañerismo, de ir todos a una, ayudándose y siendo uno, creando esa empatía necesaria para vencer los obstáculos que se presenten, y sobre todo, entender al que tenemos delante, sin importarnos sus defectos o debilidades, sino abrazando todas sus virtudes y apoyándolos, creyendo en ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Leticia Dolera

Entrevista a Leticia Dolera, actriz y directora de la serie “Vida perfecta”. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leticia Dolera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Dulcinea, de David Hebrero

ALGUIEN QUE NOS QUIERA.

Connor tiene graves problemas emocionales, se ha construido una realidad paralela en la que se engaña a su familia y sobre todo, se miente a sí mismo. Después de una de sus huidas para no enfrentarse a los demás, vuelve y su novia se ha liado con su hermano, pierde su empleo, su madre ha fallecido y su padre no quiero ni verlo. Ante este panorama, Connor recae en sus problemas y opta por el suicidio, pero con la ayuda de su terapeuta Martha se aborta el intento. A partir de ese instante, y con la ayuda de un anillo mágico, la vida de Connor se abrirá a su desidia y huidas constantes, y experimentará una segunda oportunidad para relacionarse con los demás y reencontrarse a sí mismo. El director español David Hebrero de apenas 23 años que debuta en el largometraje, estudió en Madrid y luego se trasladó a Los Ángeles con 18 años, en la que trabaja como cinematógrafo y gaffer, donde conoció al actor Steven Tulumello y juntos escribieron el guión de Dulcinea, un relato en el que hay ingredientes de la famosa novela de El Quijote, de la que su protagonista está obsesionado desde que era un niño,  la ciudad de Madrid, temas como la búsqueda de la felicidad, la insatisfacción personal, y el ideal del amor escenificado en el personaje de Dulcinea, ese amor inventado que el caballero de la triste figura buscaba sin cesar en sus aventuras imaginarias con su fiel escudero Sancho.

Hebrero y Tulumello han levantado una película a golpe de timón y muy independiente, en una historia que se filmó durante un año y medio, en varios países, en la que el propio director hace la cinematografía, y junto a Tulumello coproducen la cinta. El relato es una comedia romántica con toques fantásticos, y se cuenta con agilidad, ritmo y frescura, llevándonos a través del desdichado Connor, aunque buena culpa tiene él mismo de su mala fortuna, por diferentes ciudades, desde L. A., la ciudad donde reside hasta Madrid, la ciudad soñada, la ciudad que su amor por la clásica novela de Cervantes le ha llevado a visitar, esa ciudad donde cree que conocerá al amor de su vida, en esa continua espiral de huida en la que todo acaba siendo imaginado o soñado, alejándose de una realidad en la que todo resulta duro y complejo para Connor. En Madrid, entre la realidad y el sueño, o entre lo inventado o lo vivido, conocerá a Isabella, una joven pintora que se pierde por las calles ilustrando aquello que le fascina. Entre Connor e Isabella nacerá el amor, aunque hay gato encerrado y las cosas nunca son fáciles, porque el anillo mágico que le cedió Martha, la terapeuta tiene algo de trampa, y Connor se verá imposibilitado de iniciar una relación con Isabella.

Ante tantas idas y venidas de Connor, y ese continuo volver a empezar, la idea de evasión del anillo se convierte en todo lo contrario, un laberinto emocional de difícil solución, y sobre todo, más telarañas en la existencia del perdido Connor. La película tiene comicidad, naturalidad, sueño, como esos instantes donde el relato se envuelve en misterio y aventura con la aparición de Alonso, una especie de Quijote de nuestro tiempo que todavía cree en ese amor ideal de Dulcinea, y también, en amor, o podríamos decir, en ese búsqueda incesante en ese amor ideal, que no real, que sufren la mayoría de mortales occidentales de nuestro tiempo, en esa idea confusa e idealizada del amor como tabla de salvación de todos los males habidos y por haber. Una fábula de nuestro tiempo, con ese aroma a películas como Atrapado en el tiempo, Lluvia en los zapatos o la más reciente Amor a segunda vista, donde desafortunados jóvenes entraban en un laberinto de tiempo y amor en el que tenían que volver a empezar cada día para reconciliarse con el amor perdido, como le ocurre a Connor, en esta comedia romántica con la que podríamos darnos de bruces en cualquier esquina de nuestra ciudad, con esa pareja que se acaba de conocer y caminan y ríen por las calles, conociéndose y conociendo una ciudad, en la fabulan sobre su pasado, su presente y quizás, su futuro.

El buen hacer interpretativo de Steven Tulumello dando vida a Connor, un tipo peculiar que hace y deshace su universo soñado según le conviene, que deberá aprender que la vida real es mucho más interesante que la soñada, aunque en ocasiones los sueños nos pueden salvar de una realidad demasiado dura e incómoda, junto a él, la calidez y belleza de Sara Sanz, convertida en Isabella, ese ideal romántico que pretende Connor, llevado en volandas por el sueño quijotesco del amor ideal, o de la abnegación de una realidad tan aburrida y superficial, o Germán Torres que da vida a un peculiar y actual Don Quijote, con su aire de caballerosidad y esperpento, personaje imaginario-real que se tropieza Connor mientras recita en castellano pésimo a Cervantes, y vive con él alguna aventurita que otra mientras los dos se imaginan a caballo reconquistando doncellas de encantadora belleza ya enamoradas o ínsulas perdidas en el subconsciente, o Thelma de Freitas como Martha, la terapeuta que ayuda a Connor, y una especie de hada madrina, como en los cuentos, que abre la puerta de un paraíso perdido a Connor, aunque como todos los universos soñados también tienen su parte oscura y tenebrosa, quizás Connor deberá descubrirlas y vivir con ellas y sabrá que en la mayoría de ocasiones la aventura más extraordinaria de nuestras vidas siempre se vive en nuestro interior y quizás, muy cerca de casa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La virgen de agosto, de Jonás Trueba

CUENTO DE VERANO.

“Hacerse una persona de verdad… ¿Cómo se llega a ser quién uno es realmente…?”

El universo cinematográfico de Jonás Trueba (Madrid, 1981) está plagado de jóvenes a la deriva, enfrascados en conflictos existencialistas, vidas en el limbo, perdidos en continuo conflicto emocional, sin encontrar su espacio o un lugar donde quedarse o donde sentirse bien, individuos que deambulan de un sitio a otro casi por necesidad no por un deseo personal, personas con dificultades laborales y sentimentales, llenas de dudas, de miedos, llenas de todo y de nada a la vez, náufragos sin isla desierta, perdidos en un no lugar y cerrado a la vez, con pocas o nulas perspectivas de futuro, personajes muy reconocibles que podíamos encontrar en nuestros amigos y en nosotros mismos, almas en permanente búsqueda de sí mismos, en medio de la nada, reflejos de estos tiempos actuales tan confusos e impredecibles al igual que sus vidas. Si hacemos un recorrido memorístico por las cuatro películas anteriores del cineasta madrileño, los relatos están apoyados principalmente en los personajes masculinos, dejando la mirada femenina en un segundo plano. Aunque eso sí, los personajes femeninos que abundan en su cine son complejos, llenos de matices y dubitativos, las mismas sensaciones que padecen los masculinos.

Con su anterior película La reconquista (2016) el reencuentro en la juventud de unos antiguos novios de la adolescencia, las tornas se equiparaban, dándole el mismo protagonismo tanto a unos como otros, conociendo los diferentes puntos de vista de la relación pasada y el citado reencuentro. Como si de un espejo deformador se tratase, cualidad que define mucho el cine de Jonás Trueba, en una suerte de compendio íntimo y especial donde sus películas dialogan constantemente unas con otras, creando una especie de infinita sala de espejos en las que se van reflejando, creando pequeños vínculos que continuamente se van abriendo y cerrando. Después de Quién lo impide, su proyecto en marcha asentado en el universo de la adolescencia, volvemos a reencontrarnos con su cine en el personaje de Manuela de La reconquista, o alguien muy parecida a aquella sería Eva, interpretada por la misma actriz Itsaso Arana, también en labores de coguionista junto a Jonás en La virgen de agosto, convertida en el hilo argumental del que tira el director para contarnos un cuento de verano en la ciudad, una fábula-diario de los primeros quince días de agosto, donde la citada Eva (no es casualidad el nombre, ya que tiene resonancias bíblicas) hospedándose en un piso prestado, vivirá los días y las noches vagando por la ciudad de Madrid, (re) encontrándose con personajes del pasado, del presente y quizás de ese futuro que desconocemos en ese momento, algo así como le ocurría al protagonista de Canción de Navidad, de Dickens, donde conversarán, filosofaran y reflexionarán sobre los tiempos actuales, sus deseos, ilusiones, frustraciones, y demás sentimientos.

Eva se reencontrará con amigas que hace mucho que no ve que han sido madres, amigos que van de aquí para allá agobiados de estar en la ciudad en agosto y apáticos con su trabajo, con artistas inquietas que le fascinan, con madrileños inmigrantes nietos de brigadistas que visitan la ciudad con amigos ingleses, nuevas amigas que le ayudarán a sentirse mejor durante la menstruación con la que hablarán de feminismo, o un día de pantano donde dialogar y dejarse llevar, algún que otro reencuentro inesperado en la puerta de un cine, o ese chico extraño que parece diferente a los demás o no, eso sí, (des) encuentros mientras las verbenas de los diferentes barrios se suceden, tiempo para pensar, para conocer, experimentar, soñar, tomar copas o simplemente bailar al ritmo de canciones de Soleá Morente, melodías que interpelan directamente a la situación emocional de Eva, una mujer que mira la ciudad desde la distancia, como si no fuera con ella, una ciudad que Jonás Trueba retrata desde el bullicio y las gentes que como Eva se quedan en la ciudad por diversos motivos, con ese tono entre la ficción y el documento en la que el sonido de Amanda Villavieja (habitual de Isaki Lacuesta o José Luis Guerín)  se convierte en un personaje más, convirtiendo ese entorno en un espejo más que transforman las imágenes de la película.

El cineasta madrileño se rodea de sus cómplices habituales, Santiago Racaj en la cinematografía, con esa luz especial y cálida que baña a la figura de Eva, con ese instante tan profundo durante el baño en el río, o ese otro momento con las lágrimas de San Lorenzo, que retrata la magia de lo cotidiano, ese mirar detenido donde todo puede suceder, donde lo más mínimo adquiere connotaciones espirituales, donde la luz del día como de la noche se tornan únicas, delicadas e íntimas, como si asistiéramos a una fantasía cercana y lejana a la vez, como si no fuese con el personaje de Eva, Marta Velasco en el montaje o Miguel Ángel Rebollo en el Arte, y sus intérpretes habituales que le acompañan en cada viaje-película como la mencionada Itsaso Arana, Vito Sanz, Mike Urroz, Isabelle Stoffel, las breves apariciones de Francesco Carril y del cineasta Sigfrid Monleón, criaturas todas ellas que nos cuentan, nos seducen, también nos interpelan, y sobre todo, nos muestran formas y puntos de vista diferentes.

Jonás Trueba vuelve a mirar a sus maestros y referentes, ya sean literarios como la cita que abre la película: “Cada cual quiere ser cada una; no vaya a ser menos”, obra de Agustín García Calvo, perteneciente al himno de Madrid, o la mención en el bellísimo prólogo del libro de Stanley Cavell sobre la comedia de enredo sentimental en Hollywood en torno a la búsqueda de la felicidad, o citas cinematográficas como la idea de Renoir de la vida como celebración festiva entre amigos, o las dudas existenciales que tanto padecen los personajes de las películas de Rohmer, en la que Delphine, la protagonista de El rayo verde, sería una especia de antítesis de Eva, ya que aquella buscaba acompañante para las vacaciones, y Eva desea quedarse y conocerse en la ciudad,  y Hong Sang-soo, o las miradas a la ciudad de Madrid desde Fernán-Gómez o Patino, donde la ciudad se convierte en el reflejo idóneo de ese estado vital, donde todo parece raro y extraño a la vez.

Unos días de agosto en los cuales Eva se encuentra una ciudad que nace y muere a cada paso, emocionalmente hablando, donde los paseos diurnos o nocturnos adquieren connotaciones místicas, en los que se producen encuentros, desencuentros o reencuentros esperados, inesperados, agradecidos, frustrantes o simplemente, sorpresivos, en que Eva, la protagonista de la película, un actriz que ya no se reconoce en esos espejos vitales, que ni sabe lo que quiere ni se encuentra, que no sabe que hace ni adónde va, alguien que se debate entre los conflictos interiores que tiene, en ese tiempo de transición, en esos 15 días que parece que todo puede suceder, tanto lo bueno como lo menos bueno, donde quizás encuentre un camino diferente al transitado, al que la ha llevado a ese estado, y se tropezará con algo o alguien que la enganche a su vida y a sus sentimientos, quizás no sea definitivo pero al menos será un comienzo, un camino diferente por el que comenzar a caminar, un comienzo de algo que no sabemos a qué lugar la llevará. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amor a segunda vista, de Hugo Gélin

RAPHAËL CONOCE A OLIVIA ¿O NO?.

Raphaël es un joven algo inseguro y tímido estudiante que sueña con convertirse en un escritor de ciencia-ficción. Un día, de casualidad, conoce a Olivia, una joven estudiante como él, más decidida y algo retraída, que sueña con convertirse en pianista. Los dos chicos congenian inmediatamente y se enamoran. El tiempo pasa y su unión se hace más fuerte. Raphaël se ha convertido en un exitoso escritor de ciencia-ficción, mientras Olivia es profesora de piano. Pero, su amor se va distanciando lentamente, y Olivia se siente cada vez más sola, en cambio, Raphaël sigue empeñado en su carrera y olvida a su esposa. Una noche, la pareja discute, y todo parece haber terminado. A la mañana siguiente, Raphaël se despierta solo, y poco a poco se dará cuenta que todo ha cambiado, ya no vive con Olivia, que se ha convertido en una famosa concertista de piano, y no lo conoce. Por el contrario, él ya no es un escritor afamado, sino un profesor de literatura, igual que Félix, su colega del alma y compañero de ping-pong. Además, sale con una compañera del instituto donde trabaja. En ese instante, Raphaël, al igual que le ocurría a Phil, el estúpido hombre del tiempo de Atrapado en el tiempo, con algunas variaciones, ya que el nuevo universo en el que vive Raphaël no se repite diariamente la misma jornada, si no que funciona por sí mismo, en una realidad nueva para su vida ya que el anterior, el que compartía con Olivia ya no existe. Con la inestimable ayuda de Félix, Raphaël solo tiene un camino posible, recuperar el amor de Olivia.

El segundo trabajo del director Hugo Gélin (París, Francia, 1980) después de su convencional debut con la comedia familiar Mañana empieza todo (2016) es una atrevida y audaz comedia romántica de aquí y ahora, brillante y muy ingeniosa, ya que anuda elementos intrínsecos de la comedia romántica con esa comedia disparatada a lo slapstick, las screwball, las desternillantes de Jerry Lewis, o aquellas más sofisticadas y filosóficas como Olvídate de mí, este batiburrillo de géneros dentro de la comedia funciona a las mil maravillas, creando situaciones tensas, paródicas y muy divertidas, donde el protagonista se mete en más de un lío en su afán de recuperar el amor perdido. Sin olvidarnos del elemento fantástico que aún añade más ingenio a la propuesta, en una variante interesante de la que sufría George Bailey, el arruinado y desesperado padre de familia de Bedford Falls que no quería vivir más y se tropezaba con un ángel, que le mostraba la vida del lugar sin él, en la clásica y memorable Qué bello es vivir.

El desdichado Bailey tenía una oportunidad, al igual que el antihéroe Raphaël, aunque en su caso esa nueva oportunidad tendrá que ganársela con más aplomo e inteligencia, en un proceso vital en el que deberá darse cuenta de su verdadera identidad y sobre todo, de sus sentimientos y deseos respecto a su vida, su profesión y el amor que tanto profesa a Olivia. Gélin impone un ritmo trepidante de casi dos horas de metraje, que no se hace pesada o reiterativa en ningún instante, llevándonos en volandas por la peripecia divertidísima del protagonista, que también a ratos es desesperada, llena de torpezas, acumulando despropósitos o inventando cualquiera triquiñuela para tropezarse y compartir con Olivia. Una comedia francesa que da mucho más de la comedia convencional que se sustenta solamente en la recuperación del amor perdido, aquí también hay de eso, pero Amor a segunda vista es mucho más, ofreciendo innumerables variantes de la comedia propiamente dicha, creando todo un universo paralelo muy interesante y lleno de estupendas situaciones donde la mezcla de géneros.

El buenísimo trabajo de los intérpretes de la película encabezados por el natural y fantástico François Civil dando vida a Raphaël, ese antihéroe antipático e idiota que deberá procesarse y reinventarse para volver a ser el agradable y simpático tipo que enamoró a Olivia, interpretada por Joséphine Japy, la meta de Raphaël, que destila sensibilidad, carácter y belleza, la mujer triunfadora, amable, cariñosa y sobre todo, la desenamorada del hombre de su vida, con ese vértice tan importante y sencillo de Félix, al que da vida el siempre efectivo y divertido Benjamin Lavernhe, ese amigo del alma, que vale para todo y siempre estará para escuchar y dar buenos consejos si el susodicho los acepta. Y finalmente, la presencia de Edith Scob, la inolvidable protagonista de la legendaria Los ojos sin rostro, recientemente desaparecida, en una de sus últimas apariciones en el cine, dando vida a esa adorable y olvidadiza abuela de Olivia, que ve y oye más de lo que imaginamos. Una gran comedia, de esas que se recuerdan no solo por lo que cuentan, sino por como lo hacen, mezclando géneros antagónicos, con ingenio y maravillosamente encajando las diferentes piezas y elementos que entran en liza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/346134078″>AMOR A SEGUNDA VISTA (Mon inconnue) – Tr&aacute;iler Subtitulado | HD</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>