¡Déjate llevar!, de Francesco Amato

MENEO AL PSICOANALISTA.

En La fiera de mi niña, de Howard Hawks, una alocada hija de papá protagonizada por Katherine Hepburn, trastocaba la anodina existencia y  llevaba al traste todos los asuntos de un paleontólogo tímido y despistado al que daba vida Gary Grant. Una de las obras cumbres del “screwball comedy”, un género que vino a criticar inteligentemente a las clases burguesas a golpe de risa y enredos por doquier. En Déjate llevar, tercera película de Francesco Amato (Turín, Italia, 1978) siguen con fidelidad los patrones del universo Hawks, en el que nos presentan a Elia Venezia, un aburrido, ególatra y estúpido psicoanalista (que interpreta con sutileza y nervio el grandísimo Toni Servillo) que pasa sus días entre sus pacientes, a los que parece no hacer caso, y además es vecino de su ex mujer, a la que todavía ama en secreto, pero que le demuestra lo contrario. Para más inri, durante un chequeo, su médico le recomienda a hacer deporte, situación que le llevará a conocer a Claudia, una alocada, enérgica y jovial jovencita que se convertirá en su personal trainer. Todo se enredará y de qué manera, cuando aparezca en la función una especie de novio de Claudia que anda tras un botín que no recuerda donde escondió.

La película tiene momentos divertidos, donde la comedia desternillante, con carreras, situaciones cómicas y demás, lleva a los personajes de aquí para allá, sometiéndolos a momentos de puro histrionismo, donde las bofetadas y los objetos vuelan sin dirección. También, se agradece la labor de los intérpretes, donde Servillo demuestra que vale para un roto como para un descosido, en el que no deja de reírse de su personaje, convirtiéndole en una caricatura de esos señores barbudos y gafas que se muestran soberbios e intransigentes frente a los demás, aunque en su soledad, la de sus cuatro paredes, no son más que unos pobres diablos que odian su soledad y se sienten inseguros. Verónica Echegui defiende su personaje con arrojo y sinceridad, siendo una madre soltera que intenta ganarse la vida como puede, una especie de buscavidas de barrio,  moviéndose de un lado a otro, y metiendo en varea a su cliente, ese psicoanalista muy capaz en su oficio, pero muy endeble con las relaciones personales. Una pareja en las antípodas, que como suele pasar en este tipo de películas, encontrarán más de una complicidad, ya que en el fondo, aparentemente parecen muy diferentes, pero en la cercanía, sienten los mismos miedos e inseguridades.

Tanto el psicoanalista como la personal trainer se verán empujados a una aventura, en el que se enfrentarán al noviete de Claudia, que acaba de salir de la cárcel junto a un cómplice y andará tras ellos ya que necesita de su ayuda para encontrar su botín. Unos secundarios inteligentes y audaces que animan el cotarro como Giovanna, la ex mujer de Elia, que cansada de las impertinencias del doctor, rehará su vida aunque eso alertará a su ex marido. Amato ha hecho una película sencilla y honesta, construyendo una comedia ligera, aquella que hace años en Italia se llamaba “comedias blancas”, donde pasar un rato agradable, y además, y si esto es posible, dejar algún poso en los espectadores, sabiendo que vamos a pasar un rato divertido, en el que nos reiremos de unos personajes que aunque no lo parezca, tienen mucho que ver con nosotros, en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, y sobre todo, con los demás, en todos las estupideces y gilipolleces que cometemos, ya que estamos muy bien formados para el trabajo, pero no para las relaciones, en las que nos equivocamos demasiado, y cuando queremos solucionarlo, aún lo fastidiamos más, ya que nos dejamos llevar por nuestra soberbia, cabezonería y orgullo de pacotilla.

Wonder Wheel, de Woody Allen

LA RUEDA DEL AMOR.

“Con mi primer marido conocí lo que es amor, con mi segundo marido he conocido lo que no es”

Si tuviésemos que elegir el argumento modelo que estructura el cine de Woody Allen (Brooklyn, New York, 1935) sería el de una mujer adulta que ha pasado la juventud, y ahora, se encuentra en un matrimonio o relación que no le satisface y sueña con aquellos años donde sí conoció el amor. Aunque, circunstancias de la vida, conoce a alguien que la devolverá a aquellos años y la ilusionará como no esperaba, pero la cosa se complicará, y lo que para ella era amor, para la otra persona era una tabla de salvación o un entretenimiento. Finalmente, la mujer volverá a su matrimonio infeliz, del que nunca pudo despegarse, a su rutina, y a seguir soñando con aquellos años donde si conoció el amor. Desde que debutase en el cine con Toma el dinero y corre hace ya casi medio siglo, la filmografía de Woody Allen, con casi 50 títulos, que sigue fiel a su cita anual, se ha movido por distintos y complejos caminos, donde podríamos acercarnos a ella de innumerables formas y maneras, quizás su momento más álgido sería en las décadas de los 70 y 80 con títulos de enorme calidad como Annie Hall (1977) Interiores (1978) Manhattan (1979) Zelig (1983) La rosa púrpura del Cairo (1985) Hannah y sus hermanas (1986) películas que han llevado a Allen a considerarlo uno de los grandes de la cinematografía mundial, en las que a través de comedias agridulces o melodramas arrebatados y sobrios, ha explorado con detalle y sutileza la tragedia y el drama de la condición humana, planteando relatos donde el amor y la traición son su caldo de cultivo.

En su nueva aventura, nos transporta a la costa de New York (el paisaje de su cine) y más concretamente al Coney Island de los años 50 (¿Recuerdan la casa “vibrante” debajo de la noria donde pasó su infancia Alvyn Singer?) el famoso parque de atracciones que ahora sólo es una sombra de aquellos años dorados donde su luz brillaba con intensidad y la gente abarrotaba sus atracciones y disfrutaba con sus juegos y pasatiempos. Este Coney Island, lleno de fantasmas en forma de promesas incumplidas, arranca con Carolina, un joven que huye de su marido gánster ya que lo ha delatado al FBI, la chica llega a esconderse junto a su padre Humpty (el dueño del tiovivo que apenas tiene clientes) al que hace mil años que no ve. Humpty ya no bebe y quiere construir un futuro para su “nueva” hija. También, conoceremos a Ginny (la esposa de Humpty) y al hijo de ésta Richie (un chaval pirómano que la traerá de cabeza). Ginny trabaja de camarera sirviendo pescado, y dejó atrás una carrera como actriz de teatro y un matrimonio feliz que ella misma se encargó de fastidiar, y ahora, frustrada e inestable emocional, se debate en unos días rutinarios y un matrimonio de conveniencia que la ayudó a sobrevivir, tanto a él como a ella. Y para postre, conoceremos a Mickey (que nos contará el relato) un aspirante a dramaturgo que se gana la vida como socorrista en la playa 7.

Todo parece como siempre, los días pasan en el diminuto piso rodeado del bullicio de las atracciones y con la noria como escenario omnipresente en el drama doméstico que vamos a presenciar. Carolina encuentra trabajo en el restaurante con Ginny, ésta empieza una relación con Mickey y Humpty parece interesado en el futuro de su hija, y a parte de pasar las horas en el tiovivo, va a pescar con sus amigotes más que nunca. Todo parece en su sitio, o al menos, todo parece avanzar hacia un lugar del que todavía no conocemos su destino, pero como suele ocurrir en el cine de Allen, el destino nos tendrá reservado un giro inesperado, Mickey empieza a sentirse fuertemente atraído de Carolina, y el supuesto futuro con Ginny parece esfumarse, mientras Ginny acaba viendo en la intrusa hija de su marido una rival difícil de ganar. Y así se suceden las cosas. Un grandísimo reparto encabezado por una brillante Kate Winslet (que recoge el testigo de otras heroínas infelices de Allen como Diane Keaton, Mia Farrow o Cate Blanchett) en un personaje frustrado, con una vida ensombrecida por el fracaso personal de su matrimonio anterior, y que ve en Mickey más que una tabla de salvación para su vida, se enfrasca en esa infidelidad como una última oportunidad para volver a enamorarse y volver a la interpretación.

Jim Belushi da vida a Humpty, un tipo gordinflón y bonachón, y aparentemente feliz en su vida, ya no bebe y sale a pescar con sus amigos, y la aparición de su hija le lleva a una nueva ilusión, protegerla y ahorrar para que estudie. Juno Temple, con su belleza y candidez es Carolina después de un matrimonio fracasado siendo demasiado joven, intenta rehacer su vida al lado de Mickey, aunque los matones de su ex la siguen para acabar con ella. Y finalmente, Mickey, el apuesto aspirante a escritor (que recuerda al David Shayne de Balas sobre Broadway o al Bobby Dorfman de Café Society) que enamora tanto a Ginny como a su hijastra, emtiéndose en un lío de mil demonios a él, y a las mujeres. Allen baña su película con esa luz poética y evocadora, de multiplicidad de colores, no exenta de realismo, obra del prestigioso camarógrafo Vittorio Storaro (segunda colaboración después de Café Society). Woody Allen vuelve a encandilarnos con su sutileza y belleza, en una película que recuerda a la brillantez de Match Point o Blue Jasmine, sumergiéndonos en un paisaje que nos devuelve a aquellos años del American way of life, o podríamos afirmar que aquí estamos ante el reverso del espejo, donde encontramos un parque en horas bajas, gentes que se mueven entre infelices matrimonios, sueños frustrados, y amores de salvación que solo los conducen no a ver la luz, sino a sumergirse más en las tinieblas, a seguir por los caminos transitados que no llevan a ninguna parte, o quizás solo llevan a esos lugares a los que nadie quiere ir, porque como ocurría en las obras de Tennessee Williams, los tranvías pasan cuando menos te los esperas y a veces, aunque logres alcanzarlos, rara vez te llevan a esos lugares donde fuiste feliz o esperas serlo.

Olvídate de Nick, de Margarethe von Trotta

LA EXTRAÑA PAREJA.

Una alocada chica de la alta sociedad estadounidense participa en un estúpido juego que consiste en recoger deshechos de la ciudad. En la periferia encuentra a Godfrey, un vagabundo irónico e inteligente que acaba convirtiéndose en el mayordomo de la casa familiar, el elemento ajeno que destapará las miserias, prejuicios e hipocresía instalada en el hogar burgués. Este argumento pertenece a la película Al servicio de las damas, de Gregory La Cava, producida en 1936. Aunque, parte de él, podría ser la trama de la nueva película de Margarethe von Trotta (Berlín, Alemania, 1942) con la que comparte ese elemento ajena que se introducirá en el hogar para trastocarlo todo, ya que  por circunstancias ajenas que escapan del incierto destino, dos mujeres, muy diferentes entre sí, que tienen en común el mismo ex, deberán compartir un ático lujoso del centro de New York. El título número 17 en la filmografía de von Trotta vuelve a reunirla junto a una de sus guionistas habituales Pamela Katz y la productora Bettina Brokemper, que después de Hannah Arendt (2012) se conjugaron para volver a trabajar pero alejadas del drama, yéndose al otro extremo, a la comedia sofisticada, pero como suele ocurrir en el cine de la berlinesa, en el que sus personajes femeninos, complejos y de carácter, se ven enfrentados a situaciones ajenas que las llevan a posicionarse en lugares que ni imaginaban, donde existe una vinculación entre los hechos del presente con el pasado.

Ahora, nos muestra dos mundos opuestos, el de Jade, que acaba de ser abandonada por Nick por una modelo muchísimo más joven (exmodelo, independiente y profesional, vestida de blanco y negro, que vive rodeada de lujos, y ha abrazado el estilo de vida estadounidense a pesar de ser extranjera) y de Maria, la primera mujer de Nick y madre de su hija (la antítesis de Jade, liberal, madre divorciada, sencilla, que viste de colores, y que no ha perdido sus raíces germánicas aunque viva en EE.UU.). Y el tercero en cuestión será Nick (adinerado y Don Juan) que aunque no físicamente, estará presente durante todo el metraje. Después de El mundo abandonado (2015) en el que la directora alemana seguía las evoluciones del reencuentro de dos hermanas separadas en la infancia, se ha fundido el traje de faena y ha cambiado radicalmente de registro, proponiéndonos una comedia neoyorquina, con el aroma de aquellos clásicos maravillosos, la “screwball comedy”, en el que los Capra, Hawks, Lubitsch, McCarey , Wellman… nos seducían con películas estupendas de sencillos argumentos, donde convivían formas de pensar y actuar radicales, que provocaba situaciones genial y sumamente divertidas, o las comedias sesenteras como La extraña pareja, y porque no decirlo, von Trotta, también recoge el espíritu del cine de Woody Allen, con esos mundos sofisticados, llenos de lujos, de fiestas donde todo está perfecto, y la gente aparentemente es educada y alegre, aunque suelen esconderse en amores infelices que intentan sobrellevar con amantes imperfectos, inocentes o trastornados.

El conflicto que nos propone von Trotta es muy sencillo, Jade después del sobresalto, sigue con su vida, recuperar a Nick y presentar su nueva colección como diseñadora, aunque para eso le hará falta dinero, y por eso, intenta convencer a Maria en vender el ático, en cambio, esta última, no siente ningún deseo de vender, y ahí estamos. Las tiranteces comenzarán con el estilo de vida, tan antagónico, desde el diseño y la colocación de los objetos, la alimentación, y los horarios incompatibles, luego, pasaremos a las diferentes posiciones respecto a Nick, y más tarde, con la llegada de la hija y nieto de Maria, que provocará otro cisma entre las dos mujeres. Una alta comedia bien contada, llena de ritmo, con situaciones divertidas y surrealistas, generando ese espíritu de ligereza que lejos de convertirse en una trama superficial, se erige como un relato sofisticado, y lleno de inventiva que no solo es agradable de ver y seguir, sino que se sumerge en el carácter de las dos mujeres, y convirtiendo en una situación caótica y problemática, en un aprendizaje emocional y vital que les servirá para descubrirse a ellas mismas, y encarar el futuro con más alegría y expectativas humanas.

Otro de los grandes aciertos de la película es la mise en scene de la directora berlinesa que a través de ese ático casi desnudo y oscuro, consigue dejar clar los dos mundo en colisión y los espacios que van creando como propios este combate a “muerte”, sin olvidarnos de la maravillosa elección de las dos intérpretes y la brillante dirección de actores de von Trotta, a través de la estupenda pareja de intérpretes que consigue enamorarnos a través de las miradas y las sutilezas de sus personajes,  inmenso el  trabajo de ambas, con Katja Riemann que da vida a Maria (habitual en el cine de von Trotta, con la que ganó la prestigiosa Copa Volpi del Festival de Venecia con la película La calle de las rosas, que recuperaba una serie de protestas contra el nazismo) y la incorporación en la filmografía de von Trotta de la actriz noruega Ingrid Bolso Berdal, y el tercero en discordia, Nick que interpreta el actor turco Kaluk Bilginer (colaborador de Ozpetek o Bilge Ceylan). Dos mujeres llenas de vitalidad y carácter, cada una a su manera, que comparten el abandono de Nick, y a pesar de ellas y las circunstancias que viven, deberán reinventarse y mirar hacia delante de forma constructiva, audaz e independencia, preguntándose cómo quieren vivir sus vidas.

Una vida a lo grande, de Alexander Payne

LA VIDA DESDE OTRO PRISMA.

“Nos vemos al otro lado”

Habíamos visto películas donde se empequeñecían a los seres humanos en contra de su voluntad y las tremendas dificultades que generaban en sus vidas semejante tamaño reducido, siempre bajo un prisma de terror y supervivencia, como ocurría en la terrorífica Dr. Cyclops (1940) de Ernest B. Schoedsack, en la maravillosa serie B de El increíble hombre menguante (1957) de Jack Arnold, o la simpática aventura Disney de Cariño, he encogido a los niños (1989). De la mano de Alexander Payne (Omaha, Nebraska, EE.UU., 1961) descubrimos otra variante del tema, quizás más siniestra, como la reducción del tamaño como medida contra la sobreexplotación humana del planeta y así generar menos basura y sociedad, en un mundo donde unos científicos noruegos han logrado lo imposible y reducir el tamaño de los humanos a los 12 centímetros y medio, y construir sociedades a su medida en la que con sus recursos podrán vivir holgadamente y ayudar a la preservación del planeta. Payne se detiene en la vida corriente de Paul Safranek (estupendo Matt Damon) un ergoterapeuta casado con Audrey y bastante agobiado por las deudas, situación que les llevará a tomar la decisión de reducirse para empezar una nueva vida.

El cineasta estadounidense construye sus tragicomedias a partir de un viaje, tanto físico como emocional, donde sus personajes, habitantes de la América profunda, tienen vidas normales que rara vez les satisface, en comedias tristes alimentadas por una mezcla de alegría y melancolía, en el que sus individuos andan dando tumbos y buscándose constantemente a sí mismos, en las que Payne utiliza para satirizar el modelo de sociedad estadounidense, esa sociedad donde se mueven personajes como Jim McAllister, el profesor de instituto de Election (1999) que utiliza su excesivo trabajo para esconder sus frustraciones, o Warren Schmidt, el jubilado solitario y perdido de A propósito de Schmidt (2002) o el par de amigotes, el pesimista y el seductor, tan diferentes pero igual de fracasados en sus existencias de Entre copas (2004) o la Carol tan solitaria y amargada del magnífico segmento 14e arrondissement de la película colectiva París Je T’aime (2006) o la hipócrita vida de Matt King, el marido engañado de Los descendientes (2011) o el jubilado senil de Nebraska (2013).

Criaturas del universo Payne a los que hay que unir a Paul Safranek, que deseoso de cambiar de vida para huir de los agobios económicos, se ve envuelto en una situación irreversible que le lleva a sentirse vacío y solo, en un mundo no tan brillante y fantástico como creía, y deberá empezar casi de cero a mirar más hacia dentro y dejándose de sentir compasión por sí mismo. Payne junto a su habitual guionista Jim Taylor, y sus más fervientes colaboradores como Phedon Papamichael en la fotografía y Kevin Tent en el montaje, consigue construir relatos de personajes bien definidos, llenos de matices y complejidades, que interpelan directamente a los espectadores, en su acompañamiento a sus criaturas por este nuevo mundo, que desgraciadamente, acaba repitiendo los mismos errores de injusticia e insolidaridad, y en esa visagra física y emocional, se verá empujado la vida de Safranek en su nueva vida y tamaño, buscando allá donde desconocía su lugar en el mundo, y rehaciendo su existencia.

Sefranek que emprende su aventura junto a su mujer, que en el último instante se apeará de su decisión, deberá descubrirse a sí mismo y luego, conocer la realidad social de su mundo miniaturizado. En este camino de introspección le ayudará su vecino Dusan (brillante Christoph Waltz) un jeta simpático que ha generado una especie de contrabando internacional de productos de lujo, junto a su socio Konrad (interpretado por el sobrio Udo Kier) y también, se tropezara con la dura realidad con Ngoc Lan (cálida y sensible Hong Chau) una refugiada política, reducida por su gobierno como castigo y luego huida, que le enseñará la durísima realidad de los pequeños que no tienen dinero y viven de forma inhumana en un edificio junto al muro que acota este mundo de fantasía para unos, y pobreza y enfermedad para otros. Payne indaga como nadie en la naturaleza humana, en su complejidad y contradicciones, sumergiéndonos en las emociones de sus personajes, en su periplo existencial, sin olvidarse de su implacable sentido del humor, generando situaciones cálidas, divertidas y tristes.

Sefranek es uno de estos tipos del montón, que cree emprender la verdadera búsqueda de su vida al reducirse de tamaño, pero se inmiscuirá en un viaje que le hará conocerse y conocer su entorno, también los orígenes del proyecto de reducción, encontrándose con todo aquello que aparentemente ha buscado y ha querido encontrar, aunque, a veces, no siempre lo que se busca es aquello que nos hace estar felices, y sobre todo, no con aquellos que deseamos estar, resultan que son siempre la mejor compañía. Payne sumerge a sus personajes en situaciones incómodas para ellos, y para los demás que lo rodean, extrayendo lo más profundo de sus emociones, en películas que podríamos enmarcar en viajes emocionales donde hay tiempo para el drama y la comedia, y la estupenda mezcla de ambas, en un espacio fílmico  de una cotidianidad que los enfrenta a sus necesidades más personales e íntimas, en el que la magia del cine de Payne se manifiesta en lo humano, dotando sus películas-retratos-aventuras en exploraciones precisas y honestas del deambular del alma humana.

 

 

Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de “Tierra firme”. El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de diciembre de 2017 en la terraza del Catalina Café en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

La higuera de los bastardos, de Ana Murugarren

TESTIGO DE LA INFAMIA.

Rogelio y sus colegas falangistas han llegado a Getxo con la misión de purgar en la nueva España. Nos encontramos en plena guerra civil, en un lugar donde no hay guerra, pero si va haber vencedores y vencidos. Roge es uno de esos exaltados facciosos que, a punta de gatillo y con la ayuda de otros infames,  asaltaba las casas y se llevaba a los hombres para ejecutarlos en  la oscuridad del bosque. Pero, una noche de lluvia (magistral arranque de la película) Rogelio se ve ajusticiado por la mirada de Gabino, un niño de 10 años que lo mira atónito mientras se llevan a su padre y hermano. Rogelio no puede quitarse de encima esa mirada, y más cuando descubre que el niño ha enterrado a los ejecutados él solo. A partir de ese instante, y asustado por las represalias que pueda tomar el niño al hacerse mayor, cree que su única salida es cuidar de la tumba y de un hijuelo de higuera que ha plantado encima el niño.

La segunda película de Ana Murugarren (Marcilla, Navarra, 1961) después de Tres mentiras (2014) donde abordaba los niños desaparecidos del franquismo, se basa en una obra de Ramiro Pinilla (1923-2014) insigne autor que abordó una literatura anclada en la vida de los que emigraban al norte para trabajar en la industria y sus duras condiciones laborales, en La higuera, Pinilla mezcla con astucia los años oscuros de la guerra y lo esperpéntico, en la que Murugarren, con la producción de Joaquín Trincado (descubridor de Urbizu, Berger o De la Iglesia, y principal motor del cine vasco de finales de los ochenta) construye una extraña y conmovedora metáfora sobre las huellas de nuestros males, de la construcción de la memoria y la conciencia de cada uno. Rogelio es un tipo convencido de su causa, un falangista de sentimiento, pero que poco a poco, se dará cuenta de sus fechorías, pero no para exculpar sus pecados, sino para cuidar a aquel que puede vengarse, para mantener en paz los deseos de terror de aquel niño que se convertirá en adulto.

Pero están los demás, sus antiguos amigos de muerte, aquellos que sus asesinatos les han servido para posicionarse socialmente, que no entienden su postura, temen que aquello, ese árbol que alberga la tumba, se vuelva en su contra pasados los años. Aunque también, están los otros, los que apoyan a Roge, como Cipriana (genial Pepa Aniorte) mujer del alcalde pusilánime de turno, que ve en la misión de Rogelio una obra de caridad y penitencia, y convierte los alrededores de la tumba en una especie de santo santorum donde Roge ese un eremita que fabrica milagros. Y también encontramos a Ermo, el típico envidioso, chivato y codicioso, que piensa que debajo de todo esto, en la tumba, se esconde un tesoro que quiere a toda costa. La realizadora navarra, junto a la estupenda y luminosa cinematografía de Jon Inchaustegui (colaborador de De la Iglesia, Amenábar, Calparsoro y Dani de la Torre, entre muchos otros) construye una comedia negra, delirante y crítica, y con algún que otro momento fantástico, a lo Berlanga-Azcona, donde todo es posible o no, en que el relato se construye desde los vencedores, el que recuerda y los otros que se niegan a recordar, tipos que se mueven por ideales, corrupción y alguna bondad, sólo en apariencia, en el que también encontramos resonancias al universo Felliniano, Buñuel de Simón del desierto, aquel subido en la torre que penitenciaba los males del mundo ajeno a cualquier atisbo de deseo, como la niñita que encarnaba Silvia Pinal. Aquí, también encontramos ese espejo en el inolvidable momento que la antigua novia de Rogelio, Loreto (maravillosa Ylenia Baglitetto)ahora en la sección femenina que, ha venido expresamente, intenta seducirle mostrándole sus atributos sexuales mientras baile sensualmente.

El magnífico trabajo de Karra Elejalde como el solitario y sencillo eremita falangista que, consigue conmovernos con muy pocos elementos, una cabaña maltrecha, una barba larga, un bastón y su mirada impertérrita hacia esa higuera que crece y custodia con tanto ahínco, protegiéndola de intrusos con malas intenciones, y sus antagonistas, un fantástico Carlos Areces como Ermo, irreconocible y desagradable que, parece el hermano mal del jorobado de Notre Dame, el amigo de fechorías (intenso Andrés Herrera) y el formidable Mikel Losada como el capo sin escrúpulos falangista. La atmósfera oscura, fría y lluviosa del norte, con alguna que otro atisbo de luz, en una trama sencilla, con un solo escenario, y pocos personajes, consigue emocionarnos y replantearnos nuestra propia memoria, sobre donde van a parar los muertos que olvidamos, o de que naturaleza están hechos nuestros montes y bosques, y aquello que ocultan, a mirar nuestro pasado sin acritud, pero recordando lo que sucedió, en un proceso de autocrítica, porque todo sigue ahí, aunque hagamos todo lo posible por mirar a otro lado o incluso construir edificios encima.

The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.