Entrevista a Maria Besora

Entrevista a Maria Besora, directora de la película «Animal salvatge», en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el miércoles 8 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Besora, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mil incendios, de Saeed Taji Farouky

LA FAMILIA BIRMANA.

“Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”.

Proverbio oriental

La película se abre de forma magnífica y muy descriptiva. Vemos una zona rural, una tierra que emana fuego, agujereada de pequeños pozos que de forma manual intentan sacar petróleo del subsuelo. El sonido natural ha dejado paso a un intenso ruido mecanizado de las diferentes máquinas y motores rudimentarios para extraer el valioso oro negro. Nos encontramos en Myanmar (Birmania), y conocemos al matrimonio Thein Shwe y Htwe Tin, que han dejado la agricultura y se dedican a la extracción de petróleo manual, un trabajo durísimo, sucio, asfixiante, y sobre todo, muy explotador para el rendimiento que se saca, en un subsuelo cada vez más seco. Zin Ke Aung, el hijo de la pareja, se niega a seguir la tradición familiar y quiere probar suerte con su sueño de futbolista en la ciudad. La familia le apoya, pero también, le entristece perder a su único hijo.

El director palestino y británico Saeed Taji Farouky, ha cimentado una filmografía en el campo documental, adentrándose en una defensa a ultranza por las injusticias de las minorías, componiendo un cine a favor de los derechos humanos, como en The Runner (2013), en el que retrataba la vida de Salah Ameidan, un saharaui occidental que quiere representar como corredor a su país olvidado y no reconocido internacionalmente. En Tell Spring Not to come This Year (2015), película aclamada en el prestigioso Festival de Berlín, en la que se centraba en la intimidad y cotidianidad de dos soldados afganos y hacía todo un profundo recorrido por la historia del país árabe. Con Mil incendios, se ha trasladado a una zona también olvidada, a una zona rural de Birmania, una zona donde malviven muchas familias en el oficio de la extracción de petróleo. La cámara filma y captura esa intimidad familiar, desde el trabajo rutinario, pesado y difícil, las pausas para comer, sobre todo, arroz y algún pescado, y los escasísimos momentos de asueto familiar, donde cada uno sueña con sus cosas, sus ilusiones olvidadas, y sus esperanzas maltrechas.

El extraordinario trabajo de montaje de la experimentada Catherine Rascon, con más de cuarenta títulos en el documental, consigue una película, donde el sonido es capital, porque siempre las máquinas están en funcionamiento, nunca cesas, un ruido que se mezcla con el de la escasa cotidianidad familiar, con esos parones, en los que asisten a ver jugar a fútbol al hijo y lo llevan a la ciudad a las pruebas, o esos otros, que van en moto, con el bidón de petróleo a cuestas, para venderlo en otra aldea más grande, y muchos instantes más. La excelente música de Fátima Dunn, ayuda a relajar tanta desigualdad y miseria, y alegrarnos, porque a pesar de las dificultades, siempre hay tiempo para sonreír y jugar con el recién llegado. Aunque la película retrate unas condiciones de vida y trabajo durísimas y esclavistas, Saeed Taji Farouky no se regodea en esa suciedad y miseria, sino que la filma desde el respeto y la honestidad, huyendo de la “porno miseria”, que mencionaba nuestro añorado Luis Ospina, y dotando de humanismo y sinceridad a todo lo que vemos, a darle valor a esa resistencia de las gentes humildes que, a pesar de tanta negrura, siguen diariamente en sus quehaceres laborales, intentando salir adelante y ayudar a sus hijos.

La película plantea de forma sutil y magnífica las confrontaciones entre padres e hijos o lo que es lo mismo, entre el pasado y el futuro, entre una vida tradicional con trabajos duros y esa otra vida, alejada de la aldea y encaminada a la modernidad, en este caso, el fútbol como vía para huir de tanta explotación. El mismo conflicto del cine del maravilloso e inolvidable Yasujiro Ozu, un cine que hablaba de nosotros, y de cómo el tiempo nos reflejaba en el espejo y nos devolvía otra persona. El cineasta palestino-británico apenas echa mano de los diálogos y construye una película de miradas, gestos, y sobre todo, mucho ruido ensordecedor que inunda toda la pantalla, un ruido mecanizado que no solo expulsa cualquier atisbo de la palabra y por ende, de humanidad, sino que invade todo aquello que vemos en la historia, solo roto por esos escasos momentos ya mencionados, donde la película se transforma en una profunda exploración de sus gentes, sus vidas, sus creencias, sus vidas pasadas, su astrología y todo aquello de donde vienen y hacia donde van. Mil incendios es una película grandiosa, por la sutileza y la honestidad con la que cuenta unas vidas que, en manos de otro, daría a una de esas películas horribles donde el sentimentalismo y la condescendencia se apoderan de todo, y es un desastre. Afortunadamente, Saeed Taji Farouky trata con sumo respeto a todas aquellas personas que filma y lo hace desde la cercanía y la sinceridad del cineasta que observa y no juzga. Una gran película, que no debería perdérsela nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esta lluvia nunca cesará, de Alina Gorlova

ANDRIY SULEIMAN, REFUGIADO KURDO.

“Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”.

“Ante el dolor de los demás” (2002), Susan Sontag

Conocía la existencia del conflicto kurdo, pero fue viendo La espalda del mundo (2000), de Javier Corcuera, que conocí la tremenda gravedad del problema. La película explicaba el caso de Leyla Zana, una parlamentaria encarcelada en Turquía por temas políticos. El capítulo seguía la gris y triste existencia de su familia exiliada en Suecia, después que el marido pasase dieciséis años en la cárcel. Cuatro años después, en Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi, ambientada en un campo de refugiados del Kurdistán iraquí, éramos testigos de las condiciones miserables de un pueblo como el kurdo condenado a la huida constante, intentando encontrar un lugar al que pertenecer. La cineasta Alina Gorlova (Zaporiyia, Ucrania, 1992), de la que conocíamos su trabajo en el campo documental con la película No Obvious Signs (2018), en la que retrataba a una soldada ucraniana en pleno proceso de rehabilitación por estrés postraumático.

En Esta lluvia nunca cesará (significativo y desesperanzador título), el retrato se centra en la vida de Andriy Suleiman, un kurdo sirio que abandonó el país árabe por la guerra de 2012, y se instala en Lysychansk, al este de Ucrania, país de origen de su madre. La cámara de Gorlova sigue la vida del joven, voluntario de la Curz Roja en la guerra del Donbass en 2014, y de su familia, y su periplo por varios países donde se encuentra diseminada su familia y amigos, como Irak, Kurdistán y Alemania, donde quiere empezar de nuevo. La cineasta ucraniana divide en diez partes su película, a modo de capítulos, y usa el blanco y negro para mostrar esas vidas errantes, grises, difíciles y rotas, vidas que son meras sombras debidos a los graves efectos y causas de la guerra, que parece seguirles allá donde van. El retrato es profundamente humano y alejado de sentimentalismos. Todo se cuenta desde la verdad, o mejor dicho, desde lo auténtico de unas vidas que quieren salir adelante y a duras penas lo consiguen, poniendo el foco en todas las personas anónimas que han huido de su país, sus trabajos y su vida, e intentan encontrar ese lugar en el que volver a estar tranquilos y en paz.

Gorlova construye una intimidad que traspasa, que nos seduce con muy pocos elementos, y nos convierte a los espectadores no solo en testigos privilegiados del drama humano de este grupo de kurdos, sino en personas que conocen una verdad que es en realidad la de muchos refugiados en todo el mundo, personas que lo dejan todo por la guerra, personas acogidas en países extranjeros, personas que deben luchar diariamente para no perder su identidad, no en un sentido nacionalista ni patriótico, sino en el concepto humano, de tus orígenes, de tu forma de vivir, de tus tradiciones, de todo lo que significa ser kurdo. Un documento excepcional y cercano, cimentado con la complejidad de las diferentes existencias, como la labor humanitaria del protagonista kurdo frente al desfile de la máquina militar pesada ucraniana que van a la guerra del Donbass, al este del país, una zona de eterno conflicto entre los prorusos y los ucranianos contrarios, un conflicto que retrató de forma magistral el cineasta ucraniano Serguéi Loznitsa en su película homónima de 2018. Las contradicciones de los bailes tradicionales kurdos y ucranianos, así como el desfile de soldados frente a la marcha del orgullo gay en Berlín.

Un mundo lleno de contrastes, de grises automatizados, de perversidad y alegría en la mismo espacio o según en la perspectiva que te encuentres o te toque circunstancialmente. Esta lluvia nunca cesará no es una película apológica ni se decanta por nadie ni por nada, si hay una idea política, porque en cualquier acción humana la hay, es sin lugar a dudas, la del lado de lo humano, de mirar de frente a todos aquellos que huyen por la guerra, a todos aquellos que, lejos de sus tierras, siguen viviendo la guerra diariamente, de los traumas que deja la guerra, el exilio y estar lejos de todo sin saber donde se está, de todos los espacios oscuros que construyen unos poquísimos y afectan a millones de personas alrededor del mundo, de la guerra como mal eterno de la historia de la humanidad que define mucho nuestra forma de vivir, de compartir y de mirar al otro. Andriy Suleiman es uno de tantos refugiados que cada día abandonan su vida para emprender un camino lleno de peligros y de dolor del que desconocen completamente donde les llevará y que será de ellos, y lo más incierto, si algún día podrán regresar a sus vidas y cuántas vidas costará tanto desastre imposible de detener. Aunque la película no solo muestra desgracia y tristeza, porque también hay tiempo para el reencuentro, para seguir adelante a pesar de todo, y sobre todo, hay tiempo para seguir se esté donde se esté. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rock por mil, de Anita Rivaroli

A VECES LOS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD.

“El riesgo es que los guitarristas, por su papel habitual dentro del típico grupo de rock, actúen como unas divas. De todas formas, creo que hemos conseguido enviar un mensaje subliminal: “Hay mil músicos tocando. No hay espacio para el virtuosismo ni para las masturbaciones musicales con el instrumento”. Me interesa Rockin’1000 como experimento “sociomusical”, porque se trata de anular el ego. Es algo muy zen. Yo creo que va a ser muy bueno para los músicos”.

Erase una vez en la localidad de Cesena, al norte de Italia, que un tipo llamado Fabio, biólogo de profesión y rockero de pasión, tenía un sueño. Su sueño era que la banda de rock estadounidense “Foo Fighters” tocará en su ciudad. Y para ello, con la amistad y el trabajo de varios colegas del rock, idearon una aventura de nombre Rockin’1000. La aventura era convocar a mil músicos entre bateristas, guitarristas, bajistas y cantantes para que tocasen el tema del grupo “Learn to Fly” y filmar toda esa experiencia única e irrepetible. Hubo una campaña de crowfunding de donde salieron los gastos presupuestados en más de 40000 euros, un casting vía internet, y llegó el gran día, donde todo fue rodado. Grabaron un video que subieron a youtube que en pocos días alcanzó más de veinte millones de visualizaciones y Dave Grohl, líder de la banda, conoció a Fabio y el grupo y prometieron tocar en Cesena.

La cineasta Anita Rivaroli, natural de Cesena, y graduada en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografia, con experiencia en cortos y videoclips, amén de autora del videoclip de Roking’1000, es la autora de esta película que documenta no solo la aventura de un grupo de rockeros del norte de Italia, sino el trabajo en equipo, de hacer posibles lo imposibles, y sobre todo, a pesar de la individualidad y superficialidades imperantes de esta sociedad consumida por lo material y la impostura, de tanto en tanto, un montón de gente deciden aparcar sus vidas y sus historias y ponerse al servicio común, a la maravillosa idea cooperativista de todos a una, de trabajar e invertir su tiempo para otros, o mejor dicho, para una causa que les va reportar un bienestar emocional, todo un milagro en los tiempos que corren. Rivaroli crea un documento al uso, con sus respetivos testimonios de todos los instigadores del proyecto, tanto creadores como músicos, y de los otros, todos esos músicos anónimos que arribaron a Cesena con la ilusión y las ganas de ser parte de una iniciativa loquísima y llena de amor y alegría.

Las imágenes nos hablan del inicio del proyecto, sus adversidades, sus continuos problemas económicos y de logística, y de su periplo, su enorme éxito, en que el video resultante se convirtió en un fenómeno mundial, el concierto de Cesena y la larga vida de la experiencia Rockin’1000 ya convertida en una banda de rock que llena estadios de todo el mundo. La película no solo nos habla de la pasión de cada uno, sino de los infinitos caminos de la música, con sus múltiples formas, texturas y variantes de entenderla, experimentarla y de vivirla. Un grupo de mil músicos que no entienden la vida sino es tocando sus instrumentos y hacer mucho ruido, tocar los temas de sus grupos de referencia, y porque no, un día, en la medida de sus posibilidades, pertenecer a esos músicos de rock que tocan en estadios llenos y hacen vibrar a una masa entregada y vital. Rock por mil también nos habla de los sueños, de los sueños de cada uno, de todas esas ideas, ilusiones y demás que nos rondan la cabeza.

La película se centra en todo el trabajo que hay detrás de cada sueño y cada aventura, de todos y todas que los hacen realidad, de todas las posibilidades que nos ofrece trabajar en grupo y crear una comunidad, de esa magnífica idea de creer en algo y llevarlo a cabo con la ayuda de tantos entusiastas como tú, porque en un sistema que continuamente aboga por el yo, es una forma de resistencia crear un nosotros, donde no hay nombres, ni egos ni nada que se le parezca, solo un grupo de mil personas que suman talentos para crear algo bueno, bonito y lleno de esperanza, en una especie de rito sagrado, una mirada espiritual, donde el único fin es pasárselo bien y sobre todo, crear en comunidad, todos y todas a una por y para el rock, porque aunque el mundo siga a lo suyo, o sea, a su inevitable autodestrucción con sus ansias de crecer y crecer y explotarlo a todo y todos, en Cesena, una pequeña localidad del norte de Italia, se lanzaron a una aventura que parecía imposible, un sueño que no solo se hizo realidad, sino que construyó mil realidades y mil formas de hacer música y disfrutar de la vida desde otro ángulo imposible y posible. Ya solo nos queda decir: ¡LARGA VIDA A LOS SUEÑOS IMPOSIBLES Y A LAS PERSONAS QUE LOS SUEÑAN!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Arica, de Lars Edman y William Johansson

MALDITOS DESECHOS.

“La economía es un sistema digestivo que devora minerales, ríos, especies y personas y defeca residuos peligrosos que envenenan la tierra, el aire o el agua”.

Yayo Herrero

La función más importante y humana del cine no es entretener al personal, eso tiene su mérito, pero no trasciende. Lo principal del cine, y lo que ha conseguido que siga un medio capaz de mantenerse en el tiempo, no es otro que visibilizar lo oculto y dar voz a los silenciados. En definitiva, mirar todo aquello humano, todo lo que el armatoste económico no convierte en un mero producto que rentabilizar económicamente. Y no solo mostrarlo, sino sacándolo del olvido y profundizar en los hechos, en su pasado, y sobre todo, convertirlo en un película que muestre otras realidades, otras perspectivas, y sobre todo, que nos haga reflexionar. Los cineastas Lars Edman, nacido en Chile y adoptado en Suecia, en la ciudad de Boliden, y William Johansson, sueco de nacimiento, ya trabajaron juntos en Toxic Playground (2010), donde daban a conocer  con los afectados de las consecuencias de los vertidos tóxicos en Arica, una ciudad desértica y empobrecida del norte de Chile, por parte de la citada empresa minera sueca.

Una década más tarde, vuelven a Arica y siguen la investigación de los afectados y sus representantes legales y el transcurso de la demanda contra la empresa sueca. El propio Edman se convierte en el medio en el que nos informa de los hechos del pasado con excelente y cuidadoso material de archivo, que se remonta allá por el año 1984 en plena dictadura chilena, cuando Boliden dejó los residuos tóxicos con el beneplácito de las autoridades. El impacto que sufrieron los miles de niños que jugaban en esas montañas de tierra negra junto a sus casas. Muchos de ellos afectados de malformaciones, canceres y demás problemas graves de salud. La película viaja por el pasado, y se asienta en el presente y sigue minuciosamente el juicio celebrado en Suecia, en el que litigan los afectados ariqueños contra la empresa Boliden. Escuchamos muchos testimonios: los chilenos padres que lloran y cuidan de sus hijos, algunos fallecidos y otros, gravemente enfermos, los abogados y activistas que los ayudan, y la otra parte, la figura de uno de los expertos de Boliden, que participó en la película de Toxic Playground, y su cambiante actitud con el juicio en primera línea, y los abogados de la compañía sueca que intentan con todo su arsenal que la compañía quede libre de cargos.

La película tiene un gran ritmo, es honesta y transparente, con el aroma de los mejores títulos de investigación, sólido y veraz, se esfuerza en hablar con todas las partes y dejar las diferentes posiciones claras, en aportar mucha información, pero no a lo bestia y sin sentido, sino que desde puntos de vista diferentes y argumentadas, tomándose su tiempo y dejando que los espectadores la observemos con detenimiento y de forma reposada. La película se centra en este hecho, pero siempre va a más, porque Boliden no es una empresa más, sino que es una compañía que funciona dentro del engranaje capitalista de usar el mundo y aquellos empobrecidos que lo habitan, para uso y disfrute de los enriquecidos. Porque la película no habla solo de una terrible injusticia que se ha cometido durante quince años con los habitantes olvidados y empobrecidos de Arica, sino que también se centra en un mundo que no ha aprendido nada de su pasado colonizador, miserable y violento, sino que sigue ejerciéndolo bajo otras prácticas igual de devastadoras, pero en este caso, silenciadas por el periodismo de masas, que no solo no informa de lo importante, sino que cuando lo hace, lo ejecuta sabiendo quién paga y manda, y todo acaba convirtiéndose en un mero espectáculo de desinformación y servidor pusilánime del estado.

Arica es una película honesta y sensible, que mira de frente a los habitantes de Arica, que les da un espacio para poder hablar, llorar y sentirse acompañados, y les hace importantes explicando su pasado y su presente. La película provoca dolor, indignación y miedo y desencanto ante el poder de los que mandan y ordenan, aunque como explica el activista que trabaja para el pueblo de Arica, ellos seguirán luchando por la dignidad y memoria de los que ya no están y de los que siguen en la lucha, aunque haya mínimas posibilidades de conseguir nada, porque aunque la lucha no signifique ganar o tener ni siquiera alguna posibilidad de salir victorioso, la lucha es necesaria para seguir levantándose cada día, y seguir manteniéndose en pie a pesar de tanta injusticia, tanta mentira y tanto dolor, porque solo se pierde si se abandona la lucha, y los ariqueños nunca abandonarán porque aparte de las carencias económicas y demás que tienen en sus vidas, su dignidad ni se compra ni se vende, se consigue luchando cada día y haciéndole frente a los problemas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Eek

Entrevista a Miguel Eek, director de la película «La primera mujer», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el miércoles 17 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Eek, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sandra Carnota de Begin Again Films, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La primera mujer, de Miguel Eek

EVA TIENE UNA VIDA NUEVA.

“Estoy más o menos bien. Estoy estable y estar aquí para mí ahora es aturdirme más. Aquí los problemas son con gente que no está bien, que no tiene culpa. (…) Necesito estar con gente normal. Tener amistades, un trabajo o unos estudios para poder trabajar. Tener una casa, pareja. Y nada más. Quiero ser una persona normal”.

Tanto Lilith (1964), de Robert Rossen y Monos como Becky (1999), de Joaquím Jordà, tienen en común que, a partir de premisas entre el documento y la ficción, abordan de manera profunda y sensible todos los conflictos relacionados con las enfermedades mentales. Además, la película de Jordà, junto con En construcción (2001), de José Luis Guerín, abrió nuevos terrenos a la no ficción y sobre todo, acercó a muchísimos jóvenes a estudiar el cine desde otras perspectivas, realidades y posiciones políticas. Seguramente, uno de esos jóvenes inquietos fue Miguel Eek (Madrid, 1982), que creció en Mallorca, y ha dedicado toda su filmografía como productor, guionista y director a temas relacionados con su ciudad. En Vida divina (2015), se acercó a tres religiosas de clausura, en Vida y muerte de un arquitecto (2017), nos explicaba los pormenores del arquitecto Josep Ferragut, en Ciudad de los muertos (2019), la trama giraba en torno a los trabajadores del cementerio de Palma, y en Próximamente últimos días (2020), se adentraba en la gestión cooperativista del Cineciutat.

Un cine muy cercano, intimista, transparente y conmovedor, que abre resquicios de luz en una sociedad que va demasiado deprisa y con un rumbo muy fijado. Ante eso, el cineasta mallorquín abre diferentes ventanas para asomarse a temas y elementos que se evitan y se destierran de la cotidianidad. En La primera mujer, vuelve a tocar uno de esos temas de los que la sociedad huye y oculta, la enfermedad mental vista en primera persona, sin adornos ni nada que se le parezca, a través de una mujer llamada Eva, de pasado muy oscuro que, después de quince años acarrando sus problemas mentales, ahora se encuentra curada, y está a la espera de salir del hospital psiquiátrico de Mallorca, donde se ha pasado los últimos seis años. Eek divide su película en dos partes bien diferencias. En la primera, asistimos codo con codo a la cotidianidad de Eva, en sus talleres de cerámica, sus quehaceres domésticos, sus comidas y la interacción con los otros pacientes. La espera es difícil, pero la mujer no desespera y sigue con buen humor y su voluntad en dejar atrás toda esa vida dura y de toxicómana. En la segunda parte, todo cambia para Eva, le dan su piso tutelado, un trabajo, encuentra una pareja, visita a su madre en la residencia donde vive, y también, espera poder ver a su hijo que no ve desde que la diagnosticaron.

Eek construye una película sensible, íntima y naturalista, todo desprende verdad y autenticidad, acercándose a la enfermedad mental desde el alma y el respeto y honestidad de una enfermedad devastadora, visibilizando a todos los pacientes que la sufren diariamente, revolviendo entre ellos y extrayendo su humanismo, sus secretos, sus conflictos, y sus ilusiones y reflexiones. La primera mujer nos sitúa en el centro de todo, nos convierte en testigos privilegiados para mirar y observar a todos los pacientes, nunca se juzga a nada ni nadie, todo está filmado con muchísimo respeto y esperanza, porque el film huye completamente de la estigmatización, la tristeza y el paternalismo que rodea el universo de la salud mental, convirtiendo a los pacientes en seres como nosotros, y sobre todo, metiéndonos en el meollo de todo, para ver qué sucede y para reflexionar porque uno de ellos podemos ser nosotros en cualquier momento. Un montaje magnífico que resuelve una película que trata un tema muy complejo en solo 76 minutos, que firma Aina Calleja Cortés, que también actúa como guionista, y ya había trabajado con Eek, que cuenta con una filmografía al lado de nombres tan poderosos como Mar Coll, Liliana Torres y Nely Reguera, entre muchos otros. Destacar la cinematografía naturalista y con esa luz que da brillo y empaque a todo lo que se cuenta, que hace Jordi Carrasco, que ha estado en los equipos de Agustí Villaronga, e hizo la misma labor en Próximamente últimos días.

Somos uno más, somos testigos de la experiencia vital de Eva, una mujer que empieza una vida nueva, una vida llena de esperanza y dificultades, pero con la voluntad de olvidar y alejarse de su vida anterior, una película que navega entre la lucidez y la oscuridad, entre lo que hemos sido y somos, que hace especial hincapié en las segundas o terceras oportunidades, y sobre todo, ayuda a desenterrar muchos prejuicios y gilipolleces en torno de la salud mental y todos aquellos que la padecen. Eek no solo ha hecho una película sobre la salud mental, sino también sobre todos nosotros, nuestra posición moral ante una enfermedad de estas características, ante como la juzgamos y la tratamos, siempre de forma injusta y muy alejada de su realidad más cercana, y la película ayuda y no veas como ayuda, a verla con otros ojos, desde otras posiciones, una posición frente a frente, de igual a igual, de ser a ser, y también, de tomar conciencia a no estigmatizarla, a no ocultarla, y a abrir diálogos y debates en torno a ella, porque ya no es ese enemigo que se ocultaba en todos los ámbitos de la sociedad, ahora, es una enfermedad como cualquier otra, quizás muchísimo más salvaje que otra, porque no se ve, pero está ahí, y sus consecuencias pueden ser devastadoras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mothers, de Myriam Bakir

EL ESTIGMA DE SER MADRE SOLTERA EN MARRUECOS.

“Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla”.

Almudena Grandes

En la España franquista, ser madre soltera era una terrible condena. Las mujeres, en muchos casos, menores de edad, eran vilipendiadas por la sociedad y sus familias, y presionadas por todos, optaban por soluciones drásticas: abortos clandestinos, donaciones forzadas sin ningún tipo de protección legal, o abandonadas a su suerte. Las mismas situaciones las viven en la actualidad las madres solteras marroquíes. Mujeres olvidadas e invisibilizadas por una sociedad que vende modernidad, y bajo la alfombra sigue anclada en ideas muy conservadoras y medievales. Aunque para muchas de estas mujeres, existe un resquicio de luz, la Asociación Om El Banine, creada por Mahjouba Edbouche, una señora que con su equipo de trabajadoras sociales, se dedica a escuchar a estas mujeres solas, ofrecerles ayuda, acompañarlas durante el embarazo, a darles un empujón una vez son madres, y también, a trazar puentes entre estas mujeres y sus familias.

La directora Myriam Bakir, nacida y criada en París (Francia), pero de padres marroquíes, ya tocó un tema candente como la prostitución en su primer largo de ficción Agadir-Bombay (2011). Para su primer documental, la directora se centra en otro gravísimo problema para las mujeres que tienen hijos fuera del matrimonio, que como marca la ley, pueden ser causadas de prostitución, un delito muy grave en Marruecos, que las puede llevar a la cárcel. Bakir compone una película breve, de sesenta y dos minutos de metraje, y filma el proceso de seis mujeres: Karima, Bahija, Ilham, Imane, Sarah y Fátima, seis mujeres a las que nunca veremos el rostro, siempre de espaldas o de lado a la cámara, que empiezan explicando su caso a la trabajadora social, en planos cerrados, encajonándolas en esos trances por los que están pasando, casi siempre en interiores, donde las escuchamos y conocemos los pormenores de su embarazo y la nula relación con su familia, que desconoce los hechos. Las veremos en el piso tutelado de la asociación, en sus quehaceres diarios, en sus encuentros con abogados y doctores, con sus preocupaciones, sus ilusiones y sus tristezas, todo contado desde una intimidad que encoge el alma, desde esa posición de frente y directa, en que el relato cuenta, sin juzgar y siempre desde la distancia justa y no intrusiva, sino optando una voz amiga, tendiendo un puente en que retrata y da voz a estar mujeres que la sociedad oculta, estigmatiza y las obliga a tomar decisiones drásticas.

La directora franco-marroquí no embellece ni maquilla su dispositivo, todo desprende una realidad tangible, cercanísima y llena de humanidad, acercándonos una realidad más acogedora y una línea de luz, en la que la asociación consigue algo muy emocionante, una lucha diaria para financiarse, y sobre todo, una herramienta necesaria y vital para todas estas mujeres, una ayuda indispensable para llevar el mal trago de ser madre soltera en Marruecos. Hace tres temporadas, vimos la película Sofia, de Meryem Bemm’Barek, en que tomaba el caso de una menor embarazada y el vía crucis doloroso y traumático en el que se veía sometida por su familia y el estado para regularizar su situación. Una película que encaja perfectamente en la idea que plantea la película de Bakir, mostrar unos hechos deleznables para una sociedad, y también, explicar las acciones de ayuda y humanitarias que se dan desde la asociación para no abandonar a estar mujeres, acompañarlas, asesorarlas y sobre todo, seguirlas decidan lo que decidan, pero siempre desde el respeto y el amor.

Mothers es un brutal puñetazo de realidad, que hiela el alma, y también, resulta reconfortante, porque da un poco de luz. La cinta no se anda con atajos ni condescendencias, sino que lo muestra todo de forma áspera, cruda y honesta, mostrando una realidad terrible, sin concesiones, pero no olvida ese punto de esperanza que da la asociación, ofreciendo ayuda y apoyo, en un camino que no será en absoluto nada fácil, pero sí, muy diferente, un camino que ya no tendrán que hacer solas. La Asociación Oum El Banine y su creadora, la grandísima Mahjouba Edbouche, se convierten en esas personas que demuestran que con mucha voluntad, trabajo y esfuerzo, las pequeñas ideas pueden salvar muchísimas vidas y derribar muros de intolerancia, machismo y dolor y dar mucho de vida, humanidad y sobre todo, esperanza, que siempre es difícil, a veces casi imposible, pero con amor, solidaridad y libertad pueden llegar a cuantas mujeres mejor y ofrecer otra forma de hacer las cosas, y sobre todo, de ayudar, esa palabra que tanto se dice y tan poco se práctica, ayudar y ayudar a los demás, que es la única actitud que nos hace humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Gunda, de Victor Kossakovsky

ANIMALES COMO NOSOTROS.

«No hay ninguna diferencia fundamental entre los humanos y los animales en su capacidad de sentir placer y dolor, felicidad y miseria»

Charles Darwin

El universo cinematográfico de Victor Kossakovsky (Leningrado, URSS, 1961), tiene mucho del cine de los orígenes, el cine que observaba su entorno y lo filmaba con toda su grandeza y miseria, donde la imagen lo era todo, donde la imagen se componía a través del ritmo y la cadencia de lo que filmaba, unas imágenes que filmaban aquello que nunca había sido filmado, creando una forma de mirar a través del cine, o quizás, el cine provocaba esa forma de mirar. El cine de Kossakovsky está estructurado a través del componente de la pausa, de detenerse a mirar, a observar la vida y todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero de manera reposada y en perfecta armonía con lo que nos rodea, mirando cada detalle, cada esencia viva, cada diminuto organismo por invisible que parezca. El cine como documento de incesante búsqueda, de observación de la vida, la visible e invisible, mirando su cotidianidad y su perplejidad, de detenerse en aquello que se nos escapa, aquello que tiene un universo vital, cotidiano y sumamente complejo. Un cine sin voz en off, sin estridencias técnicas, devolviendo a la imagen su idiosincrasia primigenia, cuando las imágenes retrataban el mundo inexplorado por el cine, un mundo que jamás había sido filmado.

Un cine inquieto, político, humanista, reflexivo, muy alejado de modas, corrientes y tendencias. Un cine sobrio, sólido y rompedor, que ha mirado los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron en la Unión Soviética en los noventa con películas como Miércoles, 19-7-1961 (1997), la vida de la calle donde vive en San Petersburgo en ¡Silencio! (2003), el asombro de mirarse a un espejo por primera vez en Svyato (2005), en ¡Vivan las antípodas! (2011), mostraba ocho puntos opuestos del planeta, su belleza, su naturaleza, y su urbanidad, los contrastes de un mundo lleno de poesía y catástrofe, en Demonstration (2013), las imágenes desordenadas y caleidoscópicas de un grupo de alumnos del Máster de documental de creación de la UPF, muestran la calle, sus protestas, sus movilizaciones, su ruido, en Aquarela (2018), se lanza a filmar el agua, en todos sus estados, su belleza, su dureza, su hegemonía en la tierra, su grandeza.

Con Gunda, Kossakovsky va mucho más allá, y se aleja de la película animalista reivindicativa y de denuncia, porque el cineasta ruso nunca mira por mirar, o mira para resolver algún enigma, solo mira para conocer, para contemplar aquello que ha de ser mirado, aquello que nadie mira, y no lo hace desde la compasión o el sentimentalismo Su cine lucha contra eso y lo hace a través de las herramientas del propio cine, sin utilizar voces que nos guíen o nos conmuevan, sino construyendo una película sin diálogos ni voz en off, solo imagen, una imagen portentosa en blanco y negro, lúcida y sobria, que firman Egil Håskjold Larsen y el propio Kossakovsky, y el apabullante sonido, donde escuchamos lo más leve, obra de Alexander Dudarev, un sonido que traspasa la imagen y se anida en nuestro interior, un sonido de carácter como si lo escuchásemos por primera vez. Gunda nos cuenta la cotidianidad de una cerda y sus hijos, en una granja como cualquier otra, ajenos al destino que les espera, pasan los días apartando moscas, rastreando gusanos, jugando entre la hierba y revolcándose en el barro.

El director ruso coloca la cámara a ras de suelo, en que la cámara se convierte en un animal más, en un ser extraño al principio para los animales, pero luego aceptada como una más, donde miramos a Gunda y sus hijos, a su altura, frente a frente, siendo testigos privilegiados de sus existencias cotidianas, de sus ratos en la granja, escuchando sus respiraciones ruidosas, devolviéndoles alguna que otra mirada que nos dedican, la cámara mira y filma, sin barreras ni obstáculos, con una cercanía asombrosa e íntima, como pocas veces habíamos visto en el cine, describiéndonos la vida de una cerda y sus hijos, una existencia que traspasa la pantalla, que nos provoca la risa, y nos conmueve, con esos pasos pesados, y la jauría de cerditos que la sigue esperando a agarrarse a mamar. Si bien la mayor parte de la película se centra en Gunda y sus hijos, también hay tiempo para ver un grupo de pollos saliendo de su jaula y disfrutando del entorno natural, y un espacio más para unas vacas que salen de su corral, movidas por su libertad y la alegría de verse corriendo, saltando y pastando en perfecta armonía con el paisaje.

Gunda ya forma parte de esos animales que traspasan la pantalla, erigiéndose en el reflejo de lo que los humanos hemos perdido, nuestra humanidad, paradojas de la vida, la encontramos en la cotidianidad de unos animales, que al igual que Gunda, convertida en una imagen pura y sensible como Baltasar, el burro, quizás el animal más importante del cine de reflexión. Dos seres vivos de los que hemos de aprender y pensar en que nos hemos convertido, y sobre todo, que hacemos en nuestra cotidianidad para que este mundo sea un poco menos deshumanizado, y permitamos que la industria alimentaria asesine indiscriminadamente millones de animales cada año. Gunda es una experiencia humana asombrosa y maravillosa, una de esas películas que traspasa la pantalla y nos traslada a ser uno más, a mirar desde dentro, no desde fuera, en la misma posición y a la misma altura, por todo su aprendizaje en mirar de otra forma, desde otra posición, agachándonos y observar a esos animales de granja, esos animales que viven para el beneplácito de otros, animales privados de libertad y sobre todo, de vida. Kossakovsky nos obliga a mirarlos con detenimiento, con paciencia, sin acritud, sin benevolencia, sino todo lo contrario, como uno de nuestros semejantes, otro animal, otro ser vivo, que también tiene sentimientos, actitudes y ganas de vivir, ansiosos de tener una existencia cómoda y disfrutar de su vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cómo robar a un país, de Rehad Desai y Mark J. Kaplan

LA CORRUPCIÓN DE LOS PODEROSOS.  

“No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”

Montesquieu

La política debería ser una herramienta eficaz y tenaz para solucionar los problemas del ciudadano de a pie. Su definición y su fundamento deberían ser eso, pero a la práctica, la política se ha convertido en la nueva burguesía, amparada en estados llamados democráticos, los gobernantes de turno hacen y deshacen el capital económico de los países según su conveniencia, completamente alejada de las necesidades del pueblo, y en la mayoría de los casos, buena parte del votante sigue confiando en ellos, ya sea por ignorancia, desidia o simplemente, estupidez. Cómo robar a un país, de los directores sudafricanos Rehad Desai y Mark J. Kaplan, destapa las malas artes políticas del gobierno de Jacob Zuma, que comprende el período del 2009 al 2018, cuando la gestión económica se basaba en contratos millonarios destinados a la familia india adinerada e influyente de los Gupta, que en beneplácito con Duduzane Zuma, hijo del presidente, desviaron dinero público a empresas de medios de comunicación, tecnológicas, además, de negocios muy fraudulentos con países extranjeros, incluso la designación de hombres de paja para cargos importantes del gobierno como el ministro de finanzas.

Los cineastas sudafricanos, expertos en el campo documental, construyen una película poderosa, como si fuese un programa televisivo, pero de los que valen la pena, con un montaje  lo hacen a través del marco del thriller de investigación, amparados en los testimonios de varios periodistas que desentierran tales asuntos. La película tiene un grandísimo ritmo, es ágil, febril, tiene garra y fuerza, contando casi a modo de diario, y usando imágenes de archivo, la cronología exacta del gran desfalco realizado por el gobierno de Zuma, del partido Congreso Nacional Africano, el mismo que llevó a Mandela a presidir el país después del apartheid, y convertir Sudáfrica en un país de fraternidad y perdón. Quizás el país no estaba preparado para tener políticos honestos después de Mandela, o quizás, tantos años de sometimiento e injustica por parte de la gente blanca, los alejó de la verdadera política, aquella que gestiona el dinero público para modernizar y levantar el país siempre en función de las necesidades del pueblo.

La película no solo se queda en la constatación de unos hechos y su resolución, sino que va mucho más allá, intentando construir el relato del pueblo, tanto los seguidores de Zuma, que por supuesto, niega cualquier acusación de corrupción, y los otros, los que luchan incansablemente para tener un gobierno digno y honesto, aunque deberán resistir y sobre todo, conformarse con una justicia benevolente con los casos de corrupción y sobreprotectora con estas actividades, como también clara y transparente explica la película. Una de las funciones del cine debería ser destapar las miserias de los poderosos, y no solo eso, sino construir un espacio de reflexión para que los espectadores-ciudadanos miren la realidad desde puntos de vista diferentes a los mediáticos en manos de oligarquías, porque al igual que los periodistas que destapan la trama corrupta, el cine debe de empujar hacia ese lugar, firme en su propósito, porque si no, la cultura solo será un mero entretenimiento y otra herramienta eficaz del poder para desviar la atención de lo que de verdad importa, aquellas leyes que nos guían la vida y todo lo que hacemos o pensamos.

Cómo robar a un país no solo es una historia que ocurre en Sudáfrica, porque le modus operandi de estos sinvergüenzas que dicen trabajar a favor de los intereses del pueblo, es una cuestión humana y sobre todo, moral, una forma de funcionar y de gestionar el dinero de un país, porque tiene que ver más con la honestidad humana que del cargo que se ocupa, y tristemente ocurre en otros países, sin ir más lejos en nuestro país, donde muchos políticos han creado una red de corrupción, privatizando muchos espacios públicos de primera necesidad, bajo el amparo de un pueblo idiotizado que lo asume, y una justicia, o mejor dicho, una no justicia que los cuida y los protege, dejando impunes sus crímenes políticos. Quizás todo sea producto de una mal vendida democracia, donde le pueblo debería votar en referéndum todos los asuntos importantes que le conciernen, como nuevas leyes sobre empleo, sanidad, educación, vivienda y demás, pero claro, el capitalismo es el sistema económico que rige y es la antítesis de la democracia, y los gobernantes se empeñan una y otra vez en decirnos lo buena que es la democracia, que lo es, pero si se implanta en todo su conjunto, porque si el dinero público acaba en manos privadas, la vida también acaba siendo una mera sombra y una utopía para todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA