Time Trial, de Finlay Pretsell

LA CARRERA DEL ADIÓS.

“El tópico de que sientes como si volaras y la libertad. Creo que para los profesionales se acaba convirtiendo en una carga. Tienes que liberarte. Es el orden natural, ¿no? Al final eres eliminado”.

David Millar.

Un breve prólogo nos informa de la incipiente y exitosa carrera del ciclista británico David Millar, ganador de varias etapas del Tour, del Giro o la vuelta, incluso campeón del mundo en contrarreloj en 2003. Poco tiempo después, estalló su dopaje y fue expulsado del ciclismo un par de años. David volvió a competir, incluso se preparó para participar en el decimotercer Tour de Francia, su gran sueño y la causa por la que se convirtió en ciclista, correr la ronda francesa. El cineasta Finlay Pretsell, que fue ciclista, y ha desarrollado una carrera como productor y director en la que habla de ciclismo, recorre con su cámara la intimidad de David Millar mientras compite en las diferentes carreras para poder competir en su ansiado último Tour. Millar es un corredor de 37 años, cansado y con sus últimos cartuchos, alguien que lo fue todo, que cayó en el abismo y ahora ha vuelto para retirarse con su carrera preferida, pero para eso tiene que entrenar duro y demostrar que es válido para competir a alto nivel.

Pretsell sigue a su ciclista en plena carrera, mostrando el terrible sufrimiento que padece, las dificultades en carreras difíciles, con grandes subidas en altos de montaña, luchar contra la lluvia en la célebre carrera Milán-San Remo, y los descansos en el hotel, donde Millar y su colega de dormitorio, reflexionan sobre la dureza de su deporte, los sinsabores y la cara oscura de dedicarse al ciclismo, una competición que se basa en el duro entrenamiento para seguir competiendo y sobre todo, seguir sufriendo cientos de kilómetros en cada carrera para participar y acabarla, que en muchos casos, es el verdadero objetivo. La película muestra a un deportista en su final, en el ocaso de su carrera, luchando contra el tiempo, contra aquel que fue, dando pasos de ciego para cumplir un último sueño, una última oportunidad de participar en su carrera soñada, el último caramelo que le permite su despedida del circuito profesional, despedirse con dignidad.

Un canto a todos aquellos que el ciclismo ha dado y quitado, a todos aquellos que se redimen después de tocar fondo, de convertirse en un apestado, en alguien que engaño para conquistar títulos y carreras, una última carrera para demostrar a todos, profesionales y aficionados, y sobre todo, a él mismo, que puede limpiar su imagen, creer en sí mismo y sentirse como deportista de élite una vez más, un instante más, sintiendo el sudor recorriendo su cuerpo, sintiendo el esfuerzo máximo para conseguir llegar a esa cima, batallar contra la lluvia y las imperfecciones del trazado, sentir todos esos deseos e ilusiones, esa pasión primeriza cuanto todo estaba por venir y hacer, que recorría la mente y las piernas y lo dejaban a uno sin aliento, sin fuerzas y completamente exhausto, sin poder moverse después del tremendo, y luego, unas horas de descanso y sueño, y al día siguiente vuelta a empezar y enfrentarse con todos los elementos y con uno mismo otra vez, y así todos los días.

La película se estructura a través de esas carreras en las que tiene que competir David Millar para que confíen en su valía para participar en su último Tour de Francia, su despedida y carrera por excelencia, su diario reflexivo y sincero nos sigue mientras lo vemos en plena carretera luchando contra todo y todos, y con él mismo. El camino redentor que explica la película nos filma a alguien arrepentido, alguien también cansado de hablar del tema del dopaje, alguien casi ausente ya del universo del ciclismo, alguien que necesita descansar, alguien que lo fue todo y ahora, simplemente, es uno más, un ciclista más que trabaja para acabar la carrera, sin más, cueste lo que cueste, porque a veces lo más importante para alguien que ha vivido en el fango cuando lo ha sido todo, es acabar la última carrera, colgar la bicicleta, despedirse de todos, los allegados, los íntimos, y los enemigos deportivos y sentarse a mirar la vida, sin más, sin más sueño e ilusión que descansar y recordar, tanto lo bueno como lo malo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ouaga Girls, de Theresa Traore Dahlberg

ÁFRICA CON NOMBRE DE MUJER.

“Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”

Provervio Chino

La  ciudad  de  Uagadugú,  la  capital  de  Burkina  Faso (literalmente,  “tierra  de  hombres  íntegros”) es un lugar donde ser mujer se convierte en un problema, ya que el futuro se encamina a ser madre y esposa, y estar al cuidado del hombre. Aunque, eso no siempre es así, porque un grupo de mujeres ha roto esa cadena y tiene claro que su futuro no pasa por ser una más junto a su hombre, sino todo lo contrario, poder vivir con su trabajo y ser independiente, hacerse una vida con trabajo y esfuerzo, por eso van cada día a CFIAM, un centro educativo para la iniciación  y  el  aprendizaje  de  oficios  a  mujeres, y aprenden mecánica del automóvil. Bintou, Cantale, Mouniratou, Catherine, Dina, Marthe, Rose, Adissa y Nathalie son nueve mujeres jóvenes que estudian para construirse una vida, nueve mujeres que seguiremos en su cotidianidad más íntima y personal, mientras estudian, se divierten y le cuentan a la psicóloga quiénes son, de dónde vienen, sus dificultades personales de ayer y hoy, y los problemas ante sus parejas para reivindicar su identidad como mujer y dar rienda suelta a sus ilusiones y sueños.

La cineasta Theresa Traore Dahlberg, nacida en 1983 y criada entre la isla sueca de Öland y Burkina Faso, nos cuenta una película directa y cotidiana, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, sino en construir una marco sincero y honesto, donde sus inquietas y valientes heroínas han tomado un camino muy diferente en un país azotado por un paro juvenil del 52%, aunque también hay que decirlo, un país en movimiento y lucha que en 2014 consiguió derrocar el régimen autoritario de Blaise Camparé, en el poder desde el año 1987, después de fuertes movilizaciones sociales de una población desencantada y hambrienta. Seguimos a estas mujeres durante los cuatros años que duran sus estudios de mecánica, desde sus clases, tanto teóricas como prácticas, sus momentos de diversión y asueto, sus bromas y conversaciones sobre sus relaciones, su trabajo, su futuro laboral, sus prácticas en empresas, sus salidas nocturnas, y demás.

Unas vidas que la película observa sin juzgar, muy cerca de ellas peor sin agobiarlas, en esa distancia justa en que el relato nos emociona desde lo más mínimo, sin pretenderlo, ni tampoco construyendo la emotividad, sino filmando a estas mujeres desde su cotidianidad, desde su interior, escuchándolas y mirándolas con detenimiento, mostrando sus vidas, sus sueños e ilusiones, en la que la narración nos hace una descripción íntima y compleja no sólo de la situación de cada una de ellas, sino también de la situación social, política, económica y cultural de Burkina Faso, en las que las existencias de estas nueve mujeres ejemplifican de manera sincera y brutal todo lo que bulle en un país que está sufriendo los cambios sociales más importantes en sus últimos treinta años de historia desde la independencia. Traore Dahlberg va mucho más allá con su retrato a estas nueve mujeres, porque con una serie de detalles significativos de sus vidas, traza un magnífico y emocionante retrato de las vidas de esas mujeres que representan el futuro de Burkina Faso, y los nuevos tiempos que se avecinan en un país demasiado azotado por la pobreza y la falta de oportunidades, donde estas nueve mujeres, a pesar de los prejuicios y el machismo existente, han decidido cambiar las reglas del juego, al menos poner las primeras piedras y labrarse su futuro laboral entrando en un empleo, casi exclusivamente destinado para hombres, aunque ellas saben que si las cosas tienen que cambiar para mejor, ellas, las mujeres tienen mucho que decidir y hacer por esos cambios.

La directora mitad sueca y mitad burkinense imprime a su película muchos elementos, desde la cotidianidad de la escuela, donde las nueve mujeres aprenden y socializan entre ellas, creando una hermandad fantástica y sensible, donde la película se convierte en un retrato social humanista y personal, donde ellas hablan con sinceridad sobre su futuro laboral, sus amores, sus hijos, hasta las partes de ocio, donde la diversión y la alegría invade a cada una de ellas, una alegría y compañerismo que nunca las abandona, un grupo que se convierte en una sola mujer, una sola voz, una mirada y un cuerpo lleno de energía, tenacidad, resistencia y compromiso con ellas mismas, con la compañera que tiene al lado, y con trabajarse un futuro que las lleve a vivir una vida alejada del patriarcado existente en su sociedad, una vida elegida, propia y sobre todo, una vida diferente y sincera con ellas mismas, una existencia que las lleve a cumplir sus sueños e ilusiones.

Entrevista a Pablo Aparo

Entrevista a Pablo Aparo, codirector de la película “El espanto”, en el marco del DocsBarcelona, en la Librería Altair en Barcelona, el lunes 28 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Aparo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Silvana, de Mika Gustafson, Olivia Kastebring y Christina Tsiobanelis

FEMINISMO A RITMO DE RAP.

“Siempre me decían que algo fallaba en mí, pero yo sabía que no era cierto”.

La película se abre de una forma clara y sencilla, cuando vemos a Silvana Imam (una cantante de rap feminista y homosexual, que canta contra toda forma de opresión) en su vuelta a la tierra de su infancia, Lituania, y accede al interior de una iglesia ortodoxa, y mantiene una leve conversación con uno de sus sacerdotes, que escucharemos en off, charla que dejará presente la diferencia y el conflicto existentes entre lo que canta Silvana y la postura de la iglesia en cuestión. Dos mundos diferentes, uno, el de Silvana que ama y canta a favor de lo diferente y el humanismo, y en cambio, el otro, el de la iglesia, que oprime, que habla de amor, cuando divide y mantiene las fronteras entre los que ellos aceptan, y los que no. Después de este breve prólogo, las tres directoras Mika Gustafson (1988) Olivia Kastebrin (1987) y Christina Tsiobanelis (1987) que debutan en el largo con Silvana, donde retratan durante un par de años, a modo de diario personal, a una joven de padre sirio y madre lituana, que a mediados de los 90, aterrizaron en Suecia, y su trayectoria desde el anonimato del arte underground a convertirse en un icono contemporáneo, a través de las letras inconformistas, políticas y de lucha contra toda forma de opresión contra aquello diferente o que simplemente, no encaja en el modelo de sociedad convencional.

Silvana que siempre ha tenido que esconder su condición sexual, y se ha trabajado todo lo que es, trabajando cada día desde lo más profundo, no es alguien que se calle ante las injusticias, alguien que sigue firme ante lo convencional, el fascismo y aquello ancestral que no respeta al otro por ser diferente. Una mujer de pie y con el puño en alto, que se define como lesbiana, feminista y antirracista, y utiliza su música rapera para protestar contra lo establecido, contra lo que oprime, contra todo estado, grupo o persona que atenta contra colectivos que luchan porque se respete su condición sexual o su manera de vivir, por muy diferente que sea con lo estándar. Las tres cineastas construyen una película de aquí y ahora, recogiendo de forma natural y honesta todo lo que pasa por su cámara, en un documental que nos abre una ventana dignísima y veraz, recogiendo con ojo avizor todo aquello que ocurre en la juventud sueca, en sus referentes musicales, y en esa protesta política e inconformista de muchos jóvenes de los países escandinavos, cada día acusados y maleados por ser como son.

Además, la crónica de estos dos años, recoge y filma con absoluta libertad y naturalidad, diversos aspectos de la vida de Silvana, desde sus reflexiones más íntimas, que tienen que ver con su condición y carácter, sus orígenes familiares, a través de la relación de sus padres y de videos caseros filmados cuando la cantante apenas tenía 7 años de edad, sus momentos de composición musical, sus conciertos, en las que incluye performances espectaculares y llenas de fuerza y valentía, la relación sentimental con otro ídolo de masas como Beatrice Eli, cantante de pop feminista y lesbiana. Una relación de amor que huye de todos los estereotipos sociales y convenciones para mostrar un amor de respeto, libre y muy vivo. Finalmente, la película explora otro aspecto muy importante en la vida de Silvana, su relación con el éxito fulgurante, en el que la exposición de su vida pública y sobre todo, la Silvana convertida en referente ensombreciendo su personalidad, todos aspectos que también una joven tiene que lidiar para no morir de éxito, y dejar de luchar por todo aquello en lo que había creído y peleado.

Gustafson, Kastebring y Tsiobanelis han creado una película llena de fuerza, y con un ritmo trepidante y vapuleador, como una canción de rap que canta Silvana, en que la película vive y respira al son de la artista, siguiéndola y entrando en su vida y en su alma, desde la espontaneidad y la honestidad hacia todo aquello que está filmando, y el respecto a una mujer libre y de carácter, que lanza al mundo, a través de las letras de sus canciones, proclamas que claman a favor de la igualdad, el respecto y la diferencia, como único camino hacia un mundo más justo, más igualitario y lleno de amor. Silvana Imam es una persona liberadora de estereotipos, que ha derribado convenciones sociales, que sigue en la carrera, sin dejar de correr, yendo de aquí para allá, convertida en una referencia para muchas jóvenes de países escandinavos, que la siguen, que la escuchan, que la aman, que grita con alegría y viveza proclamas reivindicativas y llenas de energía como: “Gracias a Dios, soy homosexual”. Una mujer segura, luchadora y reivindicativa, que sabe que hay mucho trabajo por hacer, y muchos más muros de ignorancia y fascismo que derribar, pero ella, mientras siga viva, seguirá en la brecha, sin descanso, llena de sinceridad y amor.

Last Days in Shibati, de Hendrick Dusollier

MEMORIA Y NO FUTURO DE UN BARRIO. 

“Es cierto que el barrio está un poco en mal estado, pero aquí vivimos todos juntos. En las torres estaremos solos frente al televisor”

Un plano general nos da la bienvenida a la película, un plano parecido nos despedirá al final de su metraje. Un plano general y cenital, en el que observamos edificios blancos y muy modernos, que dan paso a un barrio subterráneo, oscuro y lleno de inmundicia, anclado en un agujero gigantesco, último reducto de lo que fue la ciudad. Un plano que evidencia y se erige como la mejor definición de lo que la película quiere contar, y además, supone todo un gesto político y humanista ante la industrialización deshumanizada de la China contemporánea, un país sumido en la vorágine de construcción desorbitada, con el único objetivo de eliminar lo pasado y viejo para abrir innumerables ventanas a aquello nuevo, blanco y bello. Una decisión para convertirse en la corriente postmodernista de esta era que vive por y para la mercantilización y capitalización de todo, absolutamente todo, sin ningún mínimo de conciencia social hacia el pasado, hacia lo artesanal y lo popular, sólo quieren edificios uniformes y estáticos para habitar a la población, y centros comerciales, donde esa población se gaste su dinero, y vuelta a empezar. Para hablar de estos cambios profundos y veloces de la arquitectura y la economía china, el cineasta francés Hendrick Dusollier, siempre comprometido en documentar los cambios económicos de los países a través de los cambios en sus barrios populares, encontró en Shibati, un barrio en descomposición en la ciudad de Chongqing (unas de las ciudades que mayor densidad de población está sufriendo en los últimos años) el mejor ejemplo para hablarnos de estos cambios en la política china de construcción y desarrollo.

Dusollier, en apenas una hora de película, camina por las calles sucias y desiertas de un barrio al que hay que acceder bajando unas escaleras (indudable metáfora para comprender que todo lo antiguo se está sepultando bajo tierra en la China actual) en el que observamos un espacio ruinoso, un lugar con pocos habitantes, un lugar que antaño fue uno de los barrios más populares de la ciudad, donde se concentraban innumerables comerciantes y la vida crecía a raudales por sus calles, casas y vegetación. La película se mueve por sus estrechas callejuelas, parándose a hablar con unos y otros, hasta que da con algunos personajes, como el barbero que vive con su madre, que nos habla del esplendor comercial de antaño del barrio entre la melancolía y la resignación por los nuevos tiempos, aunque serán dos personajes, Zhou Hong, un niño de 9 años que ayuda a su madre a vender, sus padres esperan la asignación de la nueva vivienda para abandonar el barrio, y además, el niño se siente fascinado por “Luz de Luna”, el nuevo centro comercial blanco y luminoso, todo un reflejo del nuevo orden económico.

El otro personajes es Xue Lian, una anciana recolectora de toda clase de objetos, cachivaches y demás artilugios que se va encontrando (que guarda cierto recuerdo al señor de los encantes de Barcelona que retrató Mercedes Álvarez en Mercado de futuros) la mujer nos enseña sus objetos como obras únicas, amontonadas y desperdigadas por su casa, un espacio laberíntico y desordenado, donde la vida se cuela por cada rincón, la señora nos cuenta el origen de cada objeto y muestra resignación sabiendo que tendrá que dejarlos ya que en el piso moderno de su hijo no tendrán sitio. Dusollier desarrolla su película a lo largo de un año, en tres instantes separados en seis meses, viendo los cambios que se van produciendo, en el que retrata el barrio a través de sus últimos moradores, que nos muestran los recovecos y espacios ocultos del lugar. El director francés muestra este singular y único espacio desde el que observa, el que mira las cosas a través de aquellos que más las conocen, cediendo la palabra a estos dos personajes, tan peculiares y significativos de la memoria del barrio, completamente extrapolable al devenir de China. Memoria y futuro condensados en dos miradas, dos formas de ser y vivir. El niño, fascinado por los nuevos edificios y los colores de la modernización, y en cambio, la abuela, que ha vivido toda la vida en el barrio, tiene que aceptar el dolor de dejar el espacio que ha sido su vida desde niña, conociendo los años en que el barrio era el centro de la ciudad, y ahora, arrinconado y en vías de desaparición por la vorágine psicótica de construir y construir.

La anciana sabe lo que pierde y es consciente que ese nuevo mundo es cambiante, es un mundo en el que ella se siente extraña, diferente, extranjera, y sobre todo, un mundo no mundo, completamente deshumanizado, en el que las viviendas son idénticas, donde la vida nunca entra en esas cuatro paredes, donde no hay vida en sus calles modernas, si no es para entrar en esos centros comerciales y gastar. Un mundo bello en apariencia, muy moderno, pero vacío y sin alma, en el que todo vale si es para producir dinero, donde los más desfavorecidos y los invisibles, aquellos que viven en los márgenes, ocultos, ya no tienen cabida, y se les desplaza de sus hogares populares de toda la vida, arrebatándoles los barrios de toda su vida, y ubicándolos en nuevos espacios, espacios siniestros, donde los niños no juegan en la calle, donde las tiendas de toda la vida del barrio han dejado paso a cajeros automáticos o establecimientos especializados sin vida, donde el trato íntimo y personal con el cliente ha desaparecido, donde ya nada atiende a lo humano.

Of Fathers and Sons, de Talal Derki

EL LEGADO DE LA YIHAD.

“Cuando era pequeño, mi padre me enseño a escribir mis pesadillas para impedir que volviesen. Me fui muy lejos para escapar de la injusticia y de la muerte. Desde que empezamos a construir nuevos hogares en el exilio, el yihadismo salafista ha vivido una era dorada en el hogar que dejamos. La guerra sembró semillas de odio entre vecinos y hermanos, y ahora el yihadismo salafista está recogiendo los frutos. Intentando ocultar mi inmenso miedo, me despedí de mi mujer y de mi hijo y partí hacia la tierra de los hombres que anhelan la guerra. Al norte de Siria, a la provincia de Idlib, controlada por al Qaeda, también llamada Frente al Nusra. Me presenté como fotógrafo de guerra”.

Talal Derki.

De todas las imágenes terribles de la Guerra Civil Española hay una que me aterroriza entre todas, la de unos niños jugando en una colina simulando un fusilamiento, un juego que se convierte en el fiel reflejo del contexto en el que viven, un contexto de guerra, muerte y destrucción. Aunque hayan pasado más de 80 años de esa imagen, esas imágenes se siguen produciendo, niños que viven el horror de la guerra, el horror de la muerte, que crecen en realidades horribles, donde asesinar es lo cotidiano, donde sus juegos infantiles acaban siendo un reflejo de esa realidad miserable que viven diariamente.

El arranque de la película resulta demoledor y bestial, donde observamos a unos niños jugando al fútbol en mitad de la desolación y la destrucción del paisaje, en el que ese incio nos viene a decir que hasta en los lugares más crueles de la tierra, la vida se abrirá camino y siempre habrá unos inocentes que jugarán. Talal Derki (Damasco, Siria, 1977) ha trabajado para la televisión árabe y para agencias de información tan importantes como la CNN, y ha vivido la desmembración de su tierra desde la proximidad, unos hechos que empezaron con la movilización social para acabar con el régimen de Bashar Al Asad, que después originó la guerra que todavía continúa, hechos que ya plasmó en su documental Return to Homs (2013) donde seguía durante tres años a un futbolista que era activista de todos estos movimientos políticos y sociales. Ahora, en su nueva película va más allá, y se mete en la cotidianidad del otro, de los que están en la otra línea de fuego, en la vida de Abu Osama, miembro del grupo Al-Nusra, la rama de Al-Qaeda en Siria, que lucha contra las tropas del gobierno del Al Asad, y la compañía de sus ocho hijos, cruzando el difícil frente del Norte del país, para convivir durante dos años y medio en este ambiente familiar y de guerra.

Derki se convierte en un testimonio único y brutal en el que muestra con su cámara esa cotidianidad que duele y horroriza, porque los momentos tiernos y sensibles del padre a sus hijos, se mezclan con los disparos, las incursiones bélicas y la desactivación de minas y bombas, tarea en la que el padre es un especialista. Esa cotidianidad que vemos sin artificios ni efectos, es una cotidianidad asumida dentro del ambiente de guerra, en el que los niños siguen con sus juegos a pesar de todo, juegos bélicos, juegos donde se pelean, fabrican artefactos caseros y se mueven entre las ruinas de un país que lleva más de 7 años de guerra y destrucción. El cineasta sirio filma desde la más absoluta cercanía y proximidad, sin trampa ni cartón, desde esa realidad miserable, donde la vida y la guerra se mezclan y se funden, con dos partes divididas: en la primera, somos testigos de las incursiones bélicas del padre y sus compañeros combatientes, mientras los hijos quedan más al margen, unos hijos que adoran a su padre, que se muestra tierno y sensible con ellos. En la segunda mitad, los niños cogen más protagonismo, sobre todo, dos de ellos, Osama, el mayor de 12 años, y Ayman, el que sigue, el mayor quiere seguir los pasos del padre y le vemos asistir a los entrenamientos para convertirse en un futuro soldado de la yihad (son escalofriantes el adoctrinamiento por parte de los adultos y todas las pruebas que les hacen pasar) en cambio, Ayman, desea volver a la escuela cuando la guerra se lo permita.

Derki nos habla de guerra, violencia, deshumanización y educación, sobre un padre que cree profundamente en una sociedad que vive bajo las leyes de la sharía, y educa a sus hijos bajo esa doctrina religiosa, donde su fe y sus armas son las únicas y válidas herramientas contra los infieles y enemigos que luchan contra ellos, en una guerra cruenta, compleja y demoledora, que está acabando con el país y sus habitantes. Derki ha construido una película necesaria y valiente, una cinta terrible sobre la intimidad de los radicales, sobre la guerra desde lo más profundo, y sobre todo, una película sobre la educación, ese adoctrinamiento de los padres a los hijos, al terrible legado que les dejarán en sus vidas, esas semillas de odio a los demás, a esos supuestos enemigos, pesadas huellas violentas que deberán arrastrar durante todas sus vidas, unas existencias condenadas por un destino atroz y salvaje, en el que tendrán que convivir con la muerte diariamente, en unos niños que no han conocido otra cosa que no sea la muerte, la destrucción y las armas como compañeras de juegos, unos inocentes que han crecido a través de la ignominia y el odio hacia el otro, convirtiéndose en seres abyectos y miserables donde matar es lo normal, donde matar forma parte de sus vidas, como comer, jugar o amar.

Entrevista a Marta Prus

Entrevista a Marta Prus, directora de la película “Over The Limit”. El encuentro tuvo lugar el viernes 7 de septiembre de 2018 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Prus, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ot Burgaya y Salima Jirari de El Documental del Mes, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.