Las chicas de Amanecer Dorado, de Havard Bustnes

SECCIÓN FEMENINA.

El cine en general, y el documental en particular, es un medio eficaz y asombroso para plantearse preguntas, nunca para resolver enigmas, el creador emprende un viaje de búsqueda en los que aparecerán esos conflictos que tanto le interesan y para los que no encuentra respuesta, la película será ese vehículo propicio para adentrarse en esos enigmas, actuando de guía para adentrarse en campos de difícil acceso a los que sin ese medio sería imposible acceder. Las chicas de Amanecer Dorado nace con una pregunta: ¿Qué ha pasado en Grecia? ¿Qué ha ocurrido en un país, para que la tercera fuerza política del país sea un partido de extrema derecha? Havard Bustnes, documentalista de amplia experiencia en el documental en Noruega viajó hasta Grecia adentrándose en las entrañas de Amanecer Dorado para estudiar las raíces de una realidad triste y amarga. La película, a partir de un dispositivo naturalista y sencillo, accede a la sede del partido, las viviendas de sus seguidores y locales donde organizan sus mítines, y lo hace a través de tres mujeres, Ourania Michaloliakos (hija del fundador y líder del partido Nikolaus Michaloliakos) la madre y la esposa de otros cabecillas, en un momento donde la sección femenina ha de tomar las riendas del partido ya que su cúpula (padre, hijo y esposo) han sido encarcelada por presunta vinculación con el crimen de un rapero, a manos de algunos seguidores del partido.

Las tres mujeres emprenden la campaña electoral de 2013 y consiguen un gran respaldo en las elecciones. La cámara las filma en su intimidad, sus conversaciones y su estrategia política, todo sigue un orden pensado y establecido, aunque el cineasta le pregunta por sus vinculaciones con el nazismo y al violencia, ellas se desmarcan y siguen su guión, dentro de una inteligencia marcada, en la que cada una de ellas conoce la naturaleza y su orden en el partido. Bustnes ofrece un retrato de un partido fascista, que clama por su patria y quiere expulsar a los inmigrantes, un partido que nació en los 80 como asociación nazi y luego en los 90 se erigió como partido político que concurría a las elecciones, aunque su presencia era anecdótica, fue a partir de la devastadora crisis económica de principios del nuevo siglo, que Amanecer Dorado ha conseguido lo que es, un partido con gran respaldo por la población, una población vapuleada por el fuerte impacto del paro y demás problemas económicos que ha llevado al país a la ruina, caldo de cultivo esencial para que los partidos fascistas vendan humo y se sirvan de la desilusión de las gentes para prometerles un dorado a partir de viejas consignas nacionalistas ondeando banderas y símbolos ancestrales para devolverles ese espíritu de orgullo patrio a su favor.

Amanecer Dorado lanza a los cuatro vientos un discurso popular y democrático, para convencer a sus votantes más ingenuos, ya que acumula un sinfín de altercados violentos con la policía, los periodistas y detractores. El cineasta noruego escarba y filma todo lo que le dejan, e intenta extraerles información y que respondan a sus múltiples contradicciones, aunque no lo consigue por el propio testimonio de las implicadas, si lo consigue con su película, planteando un retrato que desde las tripas del partido, junto a material de archivo que nos ayudan a completar sus orígenes y las diferentes situaciones que han protagonizado, dejando ver su verdadera ideología racista, xenófoba y nacionalista a ultranza. Esta Sección Femenina (que recuerda a aquella de Falange que moralizó y reprimió a las mujeres durante cuarenta años de franquismo) defienden a muerte su discurso basado en el miedo del otro, en un estado falsamente democrático (que permite partidos como el suyo, por cierto) y en unas ideas políticas que han llevado al país a la ruina y a una Unión Europea basada en las leyes fascistas de mercado que empobrecen a la mayoría por el bien de unos pocos.

A través de ese discurso, populista que arenga a la parte de la población más machacada por la crisis, consiguen convencer y devolverles la ilusión perdida, aunque sea de una manera facilona e hipócrita, en el que lanzan muchas verdades (aunque esas mismas situaciones se viven o se continúan viviendo en otros países del mediterráneo como España, por ejemplo) esconden un trasfondo de odio, violencia y extremismo que ayuda a crear una división irreversible en la sociedad griega. Bustnes ha construido una película sobre la política, sus desmanes y corrupción, que en algunos instantes recuerda al cine de Ulrich Seidl y partes de su documental En el sótano, pero también, sobre el miedo de una sociedad que ya no cree en la democracia, que ha sido y sigue siendo mutilada y falseada, y esa misma sociedad, se dispone a lanzarse al abismo siguiendo las banderas de una Grecia imperial que si bien les hará sonreír y ayudar para adoctrinarlos, poco a poco, sin darse cuenta, se estarán metiendo en la boca del lobo, del que desgraciadamente, no podrán salir indemnes.

Machines, de Rahul Jain

MALDITO TRABAJO.

“La pobreza es tormento, señor”

A mediados del siglo XIX, con la Revolución Industrial se acababa un gran período de transformaciones sociales, económicas y culturales que, en principio, se terminaba con las condiciones precarias de vida de los ciudadanos, para de esta manera entrar en una nueva era de mejores condiciones de vida donde las máquinas ayudarían a que la cotidianidad de los habitantes. Más lejos de todo aquello, a día de hoy, la máquina se ha impuesto al ser humano, y le ha condicionado, tanto su vida personal como laboral, imponiéndole unos ritmos de vida muy alejados de aquella lejana idea del XIX, donde la máquina venía a realizar todo lo contrario, y que no era otra cosa que mejorar las condiciones de vida. El director indio Rahul Jain (Nueva Delhi, India, 1991) nos introduce en las mazmorras de una fábrica textil en Surat,  una ciudad industrial situada al noroeste de la Índia, donde elaboran toda clase de tejidos, y nos muestra la terrible cotidianidad de unos trabajadores que son explotados en durísimas jornadas laborales de 12 horas diarias a razón de 210 rupias (unos 3 euros), muchos de ellos viajan miles de kilómetros para vivir lejos de sus familias para de esta manera sobrevivir en condiciones miserables, y subsistir, en trabajos de por vida donde nunca podrán ahorrar.

La cámara se mueve entre los trabajadores, entre los larguísimos pasillos, donde vemos cientos de telas amontonadas y preparadas para su ejecución, en una producción que nunca cesa, donde los trabajos y máquinas, conviven y comparten un espacio oscuro, sin ventilación y más propio de una prisión que de un ambiente laboral. Jain toma como referencia el documental británico del primer tercio del siglo XX, que mostró al mundo los ambientes laborales como Drifters, de John Grierson, Industrial Britain, de Robert J. Flaherty, Basil Wright y Arthur Elton, o Night Mail, de B. Wright y Harry Watt, entre otros muchos,  o el más reciente Workingman’s death, de Michael Glawogger, documento del 2005. Películas que documentaban las durísimas condiciones laborales de un mundo cada vez más desigual e injusto, y que el tiempo no ha ayudado a que esas situaciones mejorase, sino todo lo contrario, las ha acrecentado, creando un sistema capitalista feroz y salvaje que solo mira los rendimientos productivos y económicos, creando todavía más desigualdades si cabe, contribuyendo a crear un sistema de esclavitud moderno, donde las grandes empresas, con la ayuda de gobiernos corruptos y de inexistentes derechos laborales, explotan hasta la saciedad los trabajadores de esos países, una nueva manera de colonialismo, o mejor dicho, una continuación del colonialismo, donde unos siguen ganando cantidades enormes de dinero, a costa de las penosas y terribles condiciones laborales de aquellos a los que explotan por el bien del progreso y la modernidad.

Jain construye una película breve, de apenas 72 minutos, donde se introduce de un modo natural y tranquilo en todos los espacios existentes en ese paisaje de desolación y no vida, en el que hombres y máquinas se mezclan con el ruido incesante del movimiento continuo y mecánico de la frenética elaboración de los tejidos, donde las telas se fabrican a destajo, como si el mundo se terminase, donde los colores vivos parecen apagados, o los trabajadores los ven así, donde los rostros, imperturbables y silenciosos de los que allí trabajan mirando con recelo y miedo a la cámara, como a un invitado extraño que viene a documentar su manera de no ganarse la vida. El cineasta indio filma en primera persona a los trabajadores, ofreciéndoles su cámara para que expliquen sus vidas, reflexiones y el funcionamiento de este infierno al que llaman trabajo. Unas personas que explican sus orígenes, y porque se mantienen esas condiciones miserables de trabajo, ya que la nula comunicación entre los trabajadores hace imposible la organización sindical que ayude a mejorar sus trabajos.

Unos seres que se mueven como fantasmas, donde la vida y sus almas se quedan en la puerta, como explica uno de ellos, que más de un día piensa en no entrar, en dar media vuelta, porque sabe el infierno que irremediablemente le espera. La fábrica, como si se tratase de una mina, se encuentra en los sótanos, donde apenas hay luz natural, donde los trabajadores son expuestos y hacinados durante horas interminables y agotadoras, donde la máquina manda su ritmo de producción. Un paisaje inhumano, donde trabajan al ritmo de las malditas máquinas, doblando turnos de 12 horas para así ganar más dinero, en una no vida donde siempre andan exhaustos, agotados y sin alma. Rahul Jain debuta en el largometraje con un documento fascinante a nivel formal, y demoledor y terrorífico en su contenido, denunciando unas condiciones laborales de explotación, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, sin caer en el panfleto, ni mucho menos en la proclama revolucionaria, sino mirando esos rostros con dignidad y extrayendo la humanidad que albergan, porque tras esas personas ensombrecidas por las máquinas y el maldito trabajo, existen personas como nosotros, que lo único que necesitan es vivir dignamente con un trabajo que los mire como seres humanos y no como máquinas.

Entrevista a Marcela Zamora Chamorro

Entrevista a Marcela Zamora Chamorro, directora de “Los ofendidos”, en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de mayo de 2017 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcela Zamora Chamorro, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño.

Entrevista a Ángeles Huerta

Entrevista a Ángeles Huerta, directora de “Esquece Monelos”. El encuentro tuvo lugar el domingo 12 de noviembre de 2017 en los Jardines de Sant Pau del Camp en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángeles Huerta,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Eiriz y Gaspar Broullón de DangaDanga Audiovisuais, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Encuentro con La Chana y Lucija Stojevic

Encuentro con Antonia Santiago Amador “La Chana”, y Lucija Stojevic, directora de “La Chana”, junto a Deirdre Towers (coproductora) y Beatriz del Pozo (musicóloga y colaboradora de la película). El acto tuvo lugar el jueves 2 de noviembre de 2017 en la Sala Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonia Santiago Amador “La Chana”, Lucija Stojevic, Deirdre Towers y Beatriz del Pozo, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, al Festival DocsBarcelona, por su tiempo, y dar vivisibilidad a la película, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

La Chana, de Lucija Stojevic

EL ALMA DE LA BAILAORA.

“Nací para bailar. Por las noches me quedaba despierta con la cabeza debajo de la almohada, repitiendo los ritmos en mi cabeza hasta que se convirtieran en una parte de mí. ”

TACA, TACA, TACA, TACA, TACATACATACATACATA, TACATA. La Chana baila sobre el escenario, se encuentra en éxtasis, poseída por el compás, en perfecta comunión entre su alma y los movimientos que ejecuta, llevados por un ritmo vertiginoso, a una velocidad endiablada, un ritmo que impone la bailaora que les cuesta seguir a los guitarristas. Sus pies se mueven con una profunda agitación, van de un lado a otro sin pausa, ejecutando todos los movimientos a velocidad de crucero, no sigue ningún guión, tampoco ningún ensayo previo, todo se sustenta en la improvisación y en su arte, una pasión nacida desde las entrañas, en trance entre alma y cuerpo, realizando perfectas combinaciones rítmicas alejadas de lo tradicional, dando un golpe a la mesa a lo inamovible a  través de la innovación, la expresión y la fuerza que la acompañan. La Chana hechiza al respetable público, todos hipnotizados con sus movimientos, en una alianza que traspasa el alma, entre la bailaora, el flamenco y el público que guarda un silencio sepulcral en la sala, sólo escuchamos el intenso zapateado y taconeo de la llamada emperatriz del flamenco.

La puesta de largo de Lucija Stojevic, que cuenta con un gran trabajo de montaje de Domi Parra (habitual de Isa Campo e Isaki Lacuesta) nos cuenta la vida, obra, milagros y soledades de Antonia Santiago Amador, de nombre artístico “La Chana”, una de las más grandes bailaoras del flamenco, y lo hace desde el aquí, en plena actualidad, cuando la bailaora con 67 años, se prepara para volver a bailar en un teatro. Encontramos a una artista veterana, que la artritis y los dolores de espalda han limitado su cuerpo, pero que debido a esa fuerza innata de incansable luchadora, sigue zapateando, aunque ahora sentada, pero con la misma fuerza que la encumbró en los 60, 70 y 80, cuando todos eran testigos de su arte, incluso el mismísimo actor Peter Sellers, con el que trabajó en la película The Bobo (1967) y quiso llevársela a Hollywood, pero la Chana no fue, la Chana era la reina del escenario, la artista inigualable que destrozaba conceptos arcaicos y se lanzaba a un endiablado movimiento a gran velocidad que rompía convenciones y tabús de los más puristas del baile, aunque detrás de la artista, se encontraba la ama de casa, la mujer maltratada por su marido, que la acompañaba a la guitarra, una violencia que se mantuvo durante 18 años, en la sociedad patriarcal de la época, y además, su condición de mujer y gitana.

Stojevic penetra en su hogar, en sus trajes, en sus zapatos, mostrándonos su interior y exterior, sus recuerdos y objetos, traspasando la intimidad del personaje público para desnudarnos a la persona, a esa mujer de infancia difícil que, encontró en el baile la mejor manera de expresarse ante el mundo y sobre todo, de rebelarse ante el ambiente machista de su entorno. Una carrera intermitente debido a estos problemas no consiguieron amilanar la fuerza de su alma ni tampoco la extraordinaria creatividad que poseía, convenciendo a los más tradicionalistas con su maravilloso baile, que escapa de cualquier convencionalismo y etiqueta en el mundo del flamenco. Una gran innovadora, una revolucionaria del flamenco, autodidacta, que memorizaba casi sin querer los movimientos que escuchaba por la radio cuando era una niña, una grande o incluso la más grande como la han llamado aquellos que más saben.

La directora nacida en Zagreb, filma a Antonia mientras recuerda a la Chana, donde la persona pública e íntima traspasa la imagen para condensarse en una sólo, de la que escuchamos un testimonio sincero, amable, que nace desde lo más profundo de su corazón, hablándonos casi en susurros de su arte, su baile, su improvisación, de la importancia del compás, de sus cierres después de un torbellino de zapateo, de todo lo que la hizo convertirse en la más grande, en aquellos tiempos negros de la España franquista, pero también, hay tiempo para el dolor, los años oscuros de maltrato, las ausencias en contra de su voluntad de los escenarios, las penas, el aislamiento, y las soledades que tantos años le acompañaron, y nos lo cuenta sin máscaras, a tumba abierta, sin adornos ni edulcorante, cómo ocurrió y cómo lo recuerda, con alegría y tristeza, con dolor y rabia, pero también, con humildad y honestidad, de cara, sin esconderse, echando pa’lante con una hija y sin nada.

Stojevic no sólo ha creado un viaje íntimo de una artista que baila con el alma, sino que ha construido una película que va más allá del documento, penetra en sus profundidades, revelándonos su vida y testimonio, en un encuentro emocionante sólo posible en el cine, en el alma de la película, cuando la artista y la mujer, o lo que es lo mismo, La Chana y Antonia Santiago Amador se encuentran y dialogan una con la otra, sin rencores, sin reproches, sólo con una mirada intensa y catártica, en la que se crea un lazo irrompible, convirtiéndolas en la mujer que era su dueña en el escenario, donde todos la seguían (como una especie de flautista de hamelín del baile) y aquella que sufría la violencia doméstica, y tuvo que mantenerse en pie, a pesar de todas las cornás que le dio la vida, porque su poderosa fuerza que la hizo triunfar en el escenario con su arte, también le ayudó para vencer esos frentes que aparecieron en su vida, plantándose con casi setenta años y con ganas de seguir zapateando.


<p><a href=”https://vimeo.com/237379069″>TRAILER LA CHANA ESP 2017</a> from <a href=”https://vimeo.com/user1287458″>Noon Films SL</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Amazona, de Clare Weiskopf

(RE)ENCUENTROS ENTRE MADRE E HIJA.

“Alguna vez te has preguntado sobre aquellas decisiones que definen el rumbo de tu vida para siempre. Un día me llamó mi mamá y me dijo que tenía que conocer a Nico, un chico que estaba viajando en bicicleta y se había quedado unos días en su casa. Eso fue hace siete años. Me dijo que era perfecto para mí. Eso me produjo mucha curiosidad. Lo conocí. Y sí, hubo una atracción inmediata entre los dos. Una vez más, mi mamá había cambiado el rumbo de mi vida.

La directora colombiana de origen británico Clare Weiskopf siempre quiso hacer una película sobre su madre, pero no encontraba la manera de acercarse a ella, y tampoco, el relato idóneo que describiría quien era su madre, Valerie Meikle, Val, de buena familia irlandesa, viajó con 23 años junto a su novio colombiano a vivir en Armero, un pequeño pueblo donde nacieron sus hijas. Luego regresó a Inglaterra y conoció a Jimmy, un hippie con ganas de aventura con el que vivió como unos nómadas y con el que tuvo dos hijos, Clare y Diego. Finalmente volvieron a Colombia, se separaron, y en 1985, cuando un volcán devastó la zona de Armero llevándose la vida de su hija mayor, Valerie dejó a sus hijos en la ciudad y se lanzó a una búsqueda personal que la llevó a viajar al interior de la selva amazónica colombiana.

Ahora, Clare va a ser mamá, y regresa a casa de su madre, en plena selva colombiana, a reencontrarse con ella, a platicar sobre su relación, su pasado, de la maternidad de una, y la que está en ciernes, de las obligaciones como madre y sobre todo, a comprender a su madre y no juzgarla. Weiskopf rescata imágenes de archivo de su familia para reconstruir la peculiar y aventurera vida de su madre Valerie, una mujer inquieta, de espíritu libre e indomable, que ha hecho de su vida un canto de amor a la naturaleza, a los animales y a las sabidurías espirituales, y sobre todo, a encontrar y encontrarse siempre en su propio camino, alejada de los convencionalismos sociales y el patriarcado imperante de un país, en una constante camino personal en el que una vida estable y normalizada no entran en sus planes. Una vida errante, siempre en el camino, y de pueblo en pueblo, y de feria en feria, vendiendo artículos artesanales para subsistir, en una vida de itinerario en compañía de su amor e hijos, sin más nada que su aventura y contradictoria, temor a lo desconocido, pero a la vez, una necesidad imperiosa de continuo descubrimiento por la vida, la armonía con la naturaleza y las necesidades vitales de uno mismo. Imágenes del pasado y de ahora que, reconstruyen la vida de su madre y la suya misma, los vacíos por las ausencias maternas y la falta de estabilidad de aquellos años de vagabundeo y de continuo viaje.

La directora colombiana en su puesta de largo, filma la intimidad de su madre y la suya, en una película sencilla, construida por la directora y su pareja y colaborador Nicolas Van Hemelryck, en el que captan el paisaje natural en mitad de la selva de Val, una mujer que antepuso su vida y sus necesidades a las obligaciones como madre, a alguien que optó por vivir a su manera, alejada de sus hijos y de todo. Weiskopf cimenta la película en las relaciones amor y odio que ha experimentado con su madre, ahora que ella va a experimentar el camino de la maternidad, encuentra el sentido de la película que quería hacer sobre su madre, y nos ofrece una profunda reflexión sobre el significado de la maternidad, de aquellas obligaciones y sacrificios que hacemos al ser padres, de todo aquello que hacemos o no, y la naturaleza del amor materno, y lo hace desde la sinceridad, a través de conversaciones con su madre, preguntándole todo aquello que mantenía guardado, que nunca se atrevió a preguntar,  todos aquellos sentimientos y emociones que tuvo y tiene a raíz de la actitud tan libre de su madre.

El encuentro entre madre e hija resulta aleccionador y muy gratificante emocionalmente hablando, donde cada una de ellas escenifica sus posiciones ante la maternidad, y el verdadero sentido de la vida, y el hecho de traer hijos al mundo, e indagando en los distintos aspectos que contribuyen no sólo a la felicidad de uno mismo, sino a la felicidad y el bienestar de los hijos. Una cinta intensa y peliaguda emocionalmente, pero que sabe captar los sentimientos contradictorios de madre e hija, sin caer en ningún momento en el manierismo de las posiciones, sin prevalecer ninguna de ellas, exponiendo de manera íntima y conmovedora los encuentros de madre e hija, escuchándose y dialogando sobre todo aquello que vivieron, sintieron y en realidad, son, aquellas decisiones que nos hacen tomar un rumbo u otro en nuestra vida, que nos hacen avanzar hacía los lugares o espacios que tenemos que encontrarnos en este camino vital que nos trazamos cada día.