Naza, de Yuval Abraham y Rachel Szor

NOCHE Y NIEBLA EN GAZA. 

“La banalidad del mal nos muestra que los peores crímenes pueden ser cometidos por personas normales”.

Hannah Arendt

En Noche y niebla (1956), de Alain Resnais, demoledor documento sobre el horror nazi, en uno de sus grandes momentos de sus breves pero intensos 32 minutos, vemos a un oficial nazi declarando en uno de los juicios que, al ser preguntado por la responsabilidad de sus atroces crímenes, exclama lo siguiente: “Yo no soy responsable. El responsable es otro. Yo solamente cumplía órdenes”. Una respuesta directa, sintética y deshumanizada, en la que deja evidencia del significado del mal en estado puro. La deshumanización hacia el otro, y dejando la responsabilidad en manos de sus superiores, y alejándose de lo emocional, de la sinrazón en pos a una idea y nada más. Una declaración de hacia dónde como especie podemos llegar y rebasar, donde el otro, el “enemigo” no es más que un número que eliminar, un nadie que perjudica aquello que se defiende, aquello que sí tiene sentido. 

Con No Other Land, la pareja de cineastas Yuval Abraham (Beerseba, Israel, 1995) y Rachel Szor (Jerusalén, Israel, 1994), documentaron el testimonio desgarrador y sin tapujos de Basel Ardra junto a Hamdan Ballal, dos activistas palestinos de Masafer Yatta en Cisjordania que, a través de sus filmaciones domésticas registran el acoso, la violencia y los asesinatos que sufren de soldados y colonos israelíes que los expulsan de sus tierras. Siguiendo la misma línea, pero ahora del otro lado, en un acto de girar la cámara, de ver el contraplano de tanta atrocidad y situar el objetivo en aquellos que generan tanto horror y muerte. Porque Naza (término usado por el ejército israelí para describir los “daños colaterales”, las muertes civiles que se producen en los diversos ataques en Palestina), es un documento de los de aquí y ahora, de recoger los testimonios de 24 oficiales del servicio de inteligencia de Israel que participan en los ataques sistemáticos contra Gaza, donde se asesinan deliberadamente población civil. El dispositivo es directo, ensombreciendo los rostros de los mencionados, y situándose de noche en los tejados de Tel Aviv, la capital de Israel, a través de la escucha y las preguntas de Yuval Abraham.  

La cinematografía de Rachel Szor es sencilla y nada complaciente, acompañados por la oscuridad de la noche, entre sombras y tinieblas propias de las horas nocturnas, somos testigos de los testimonios de los mencionados oficiales explicando con detalles todos los pormenores y situaciones vividas en los ataques contra una población indefensa y sin recursos. La palabra de estos soldados se impone sobrecogiendo la pantalla y dejando una información que no deja indiferente a nadie. La cámara está quieta, algún que otro plano de los edificios de enfrente en los que se vislumbra alguna escena cotidiana dentro del hogar, y otros del bullicio y el frenesí de la circulación de abajo repleta de automóviles, luces parpadeantes y demás situaciones de cualquier urbe poblada. El montaje corre a cargo del dúo de cineastas Abraham y Szor, donde abundan los planos secuencias, porque la película no quiere que nos distraigamos y nos concentremos en la escucha, en el horror de lo que escuchamos, en aquello que se explica de forma frontal, directa y sin concesiones en sus 80 minutos de metraje. El sonido no permite ninguna interferencia, todo se genera para que la escucha sea lo más nítida posible, apenas algún rasgo de la capital, tampoco escuchamos música, porque cualquier injerencia podría restar peso a todo aquello que se explica.

Entre los productores encontramos al cineasta Jonathan Glazer, autor de La zona de interés, que también se centraba en el mal a través de la cotidianidad del oficial jefe de Auschwitz, y a su productor James Wilson, productor de En realidad, nunca estuviste aquí y La voz de Hind, otra película-denuncia sobre el horror de Palestina. El cine es un medio fuerte y sólido, aunque no tiene la capacidad de detener guerras y horrores, eso sí, tiene la capacidad de registrar y documentar las guerras y los horrores, ya sea desde la ficción o el documental, sea como sea, Naza no debería existir, eso significa que lo de Palestina no sucede, pero como mencionaba Chris Marker en Sans Soleil (1983): “En otra época supongo que me habría conformado con filmar chicas y gatos. Pero uno no elige su época.”. Esta es la época y ahora mismo sucede el horror de Palestina y los cineastas deben contarlo y hacerlo de formas diferentes y acceder a aquello que no se puede o parece imposible, porque una película como Naza parece un verdadero milagro que los dos cineastas hayan podido filmar estos testimonios tan reveladores y mostrarlos a todos, un contraplano que evidencia que como especie humana estamos a años luz del significado del amor, la paz y la libertad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rita Azevedo Gomes

Entrevista a Rita Azevedo Gomes, directora de la película «Fuck the Polis», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 15 de enero de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Pere Vall de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

San Simón, de Miguel Ángel Delgado

LA MEMORIA SILENCIADA. 

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”.

José Saramago 

Resulta muy paradójico la ausencia en el cine de ficción de nuestro país películas que hayan interesado en plasmar la vida cotidiana de alguno de los más de 300 campos de concentración franquistas que se dedicaron a encerrar, someter y asesinar a los vencidos. Por otro lado, hay una gran cantidad de documentación en forma de libros y cómo no, películas de no ficción como por ejemplo, Aillados (2001), de Antonio Caeiro, que recordaba la colonia penitenciaria de la isla de San Simón, un centro de detención y represión que funcionó durante 7 años desde julio de 1936 hasta el año 1943 por donde pasaron 6000 personas. La primera obra de ficción con tono documental del artista visual y cineasta Miguel Ángel Delgado bajo el título San Simón, recoge la cotidianidad del citado lugar, uno de los islotes de la ría de Vigo, en las Rías Baixas, un lugar de una sobrecogedora belleza que tristemente, albergó la impunidad, la venganza y el terror hacía aquellos republicanos que defendieron la libertad, la democracia y el futuro de una diferente forma de vivir, sentir y pensar. 

El cineasta manchego afincado en Galicia, autor, entre otras, de Alberto García-Alix. La línea de sombra (2017), trabajó durante cuatro años recopilando información sobre el siniestro lugar, y ha levantado una película que huye de lo convencional y lo estridente para construir un relato muy austero, sobrio y conciso que a través de uno de los presos, el que nos va introduciendo con su voz en off en los diferentes instantes en los que vemos el horror de la cotidianidad, esos momentos donde forman cabizbajos en silencio, van apuntando los nombres de los recién llegados, y se van mirando fijamente los dos hombres encargados a tal desagradable asunto, u otros del hacinamiento de sus habitaciones, y los diferentes quehaceres como descargar comida desde los muelles y las tareas duras de trabajo físico. Todo se cuenta desde el que observa en silencio, el que mira sin intervenir, retratando un espacio, una mirada y sobre todo, un estado de ánimo en el que prima la derrota, la resistencia pasiva y un presente continuo donde nada parece tener sentido, en que el tiempo se ha detenido, no avanza ni hacia ningún lugar, porque se ha parado como una metáfora de la derrota, de la violencia y de la muerte. Un horror que existe pero que no vemos, porque la película quiere centrarse en los rostros de aquellos que sufrieron prisión, miedo, dolor y muerte y la ausencia de los que ya no están. 

Una película que ha contado con un gran equipo de técnicos como Andrea Vázquez, coproductora de O que arde y Sica, que contiene una cinematografía de primer nivel con ese primoroso y crudo blanco y negro que traspasa la mirada y se te mete dentro como un peso que se arrastra que firma Lucía C. Pan, que conocemos por sus trabajos con Xacio Baño, Álvaro Gago, Andrés Goteira, Liliana Torres y Andrea Méndez, por citar algunos de sus reconocidos trabajos. La música de Fernando Buide ayuda a reflejar toda esa tensión constante y doméstica que condensa una atmósfera triste, irreal y dolorosa. El brillante montaje de Marcos Flórez que, en sus 108 minutos de metraje, construye un tiempo reposado en el que cada mirada, gesto y detalle tiene presencia, carácter y adquiere una importancia capital. El gran trabajo de sonido, donde cada paso y movimiento resuena en nuestro interior obra del dúo portugués Elsa Ferreira y Pedro Góis, dos brillantes técnicos con más de veinticinco años de carrera en las que han participado en más de 100 títulos. Y otros excelentes técnicos como Aleix Castellón y Analía G. Alonso como directores de producción, Inés Rodríguez en dirección de arte y Uxia Vaello como diseñadora de vestuario, entre otros. 

Un magnífico reparto que, al igual que el equipo técnico tiene descendientes de algunos de los presos de San Simón, encabezado por un impresionante Flako Estévez, al que hemos visto en películas tan importantes como Eles transportan a morte, Matria y O corno, entre muchas otras, es el guía, la voz y la desesperanza del relato. Un actor de pocas palabras que lo dice y siente todo. Le acompañan Javier Varela y Tatán con experiencia profesional, y otros como Alexandro Bouzó, Guillermo Queiro, Ana Fontenia, Mª del Carmen Jorge, Manuel F. Landeiro, y muchos más que conforman un álbum de la derrota, la desilusión y el no futuro. No dejen de ver una película como San Simón, de Miguel Ángel Delgado, por su mirada, audacia, inteligencia y por rescatar la memoria silenciada de tantos y tantas que sufrieron el terror del franquismo. Además, lo hace con la conciencia política, la concisión y la sobriedad de grandes obras como La pasajera (1963), de Munk, quizás la ficción que mejor ha retrato la realidad de un campo de exterminio, y otras como Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de Bresson, Le Trou (1960), de Becker, y Fuga de Alcatraz (1979), de Siegel, entre otras, donde la vida penitenciaria se crea a través de una terrible cotidianidad, en que las miradas se fijan en la memoria, y donde cada detalle y movimiento reflexionan en silencio en el que prima la violencia y un horror en off pero que inunda todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Never Alone (Nunca más), de Klaus Härö

UN CIUDADANO ANTE LA INJUSTICIA. 

“La injusticia, allí donde se halle, es una amenaza para la justicia en su conjunto”. 

Martin Luther King

La Alemania nazi estuvo doce años en el poder imponiendo el terror y la violencia como jamás se había implantado. Un período funesto imposible de olvidar. Eso ha provocado una infinitud de material escarbando todo lo que significó en la historia de la humanidad. El cine, cómo no podía ser menos, encontramos tal cantidad de películas relacionadas que se podría categorizar el nazismo como un género en sí mismo. Hay muchas historias contadas y otras que todavía esperan su oportunidad. El relato que cuenta Never Alone (Nunca más), de Klaus Härö (Porvoo, Finlandia, 1971), es una historia real y olvidada de tantas que todavía quedan por contar. Se sitúa en el Helsinki de 1942, en un contexto muy peculiar, cuando el gobierno finés se alió con los nazis, hecho que provoca que judíos que llegaron al país huyendo del horror se topan nuevamente con los mismos conflictos. Ahí aparece la figura de Abraham Stiller, un comerciante que ante tamaña injusticia, alzará no sólo su voz sino que hará lo imposible para que no sean deportados.

El director finlandés, autor de obras sencillas y honestas, protagonizadas por personajes cotidianos en las que prevalece un retrato muy profundo sobre la condición humana, en el que queda reflejada su complejidad, sus miedos y demás aspectos que suelen quedar ocultos en el cine más popular. La historia se centra en Stiller, los más cinéfilos recordarán el apellido del gran cineasta sueco Mauritz, del que era hermano. El mencionado hombre se enfrenta ante la polícia política que, hermanada con la Gestapo, quiere sacar del país a los judíos. La película no adorna ni se muestra condescendiente con lo que cuenta, sino que aborda de forma ejemplar todas las oscuridades de nuestras decisiones, si son correctas o no lo son. Una deriva que Stiller debe lidiar constantemente, alguien que, a pesar del miedo, se muestra firme ante el horror y hace lo imposible para ayudar a los más necesitados. Un personaje que guarda alguna similitud con Albert Lory, el profesor de escuela que interpreta Charles Laughton en la excelente Esta tierra es mía (1943), de Jean Renoir que, en un gran acto de miedo y valentía, se enfrenta a los nazis. 

El director de películas tan valiosas como Mother of Mine, se ha rodeado de grandes técnicos con los que ya había trabajado a lo largo de sus nueve películas como el coguionista Jimmy Carlsson, con el que ha escrito cinco de sus títulos, el cinematógrafo Robert Nordstrom, con tres cintas juntos, que consigue una luz etérea que describe con exactitud, no sólo la época difícil que vivieron los diferentes personajes, sino que construye ese tono, ni sobrepasado ni demasiado academicista que ayuda a bucear por el complejo interior de Stiller y todo lo que ha de vivir. La música de Mattie Bye, que arrancó su carrera con un el telefilme El último suspiro (1991), dirigido por el gran Ingmar Bergman, y ha trabajado también en tres películas con Härö, impregna las imágenes con una composición que nos acerca la convulsa historia y además, lo hace desde un fono humano e íntimo. El editor Tambet Taylor, con el que hizo la magnífica La clase de esgrima, impone un ritmo reposado con los altibajos correspondientes, en una edición convencional pero no exenta de sorpresas en sus intensos 85 minutos de metraje, con memorables secuencias donde la película se transforma en un espías de suspense al mejor estilo de Hitchcock.  

En una película donde la historia es mínima y en la que el valor se le concede a los intérpretes era de recibo que Abraham Stiller fuera interpretado por un actor de corte poderoso con una mirada que atraviesa la pantalla como Ville Virtanen, cara conocida en el país escandinavo con más de 40 títulos. Su Stiller es de esos personajes que calan en el alma, por su coraje, por su humanidad y sobre todo, por su deseo de justicia cuando no la había. Le acompañan el antagonista, el recto/nazi jefe de la policía política finesa que hace Kari Hietalahti, también popular en su país. El tercero en discordia es uno de los judíos que es Rony Herman, que lo hemos visto con Winterbottom y hace poco en Septiembre 5, Nina Hukkinen es Vera Stiller, la esposa de Abraham, que tranquiliza los aires de ira del citado protagonista. Muchos pensarán que ahora mismo, con el genocidio en Gaza, no es el mejor momento de ver una película como Never Alone (Nunca más), de Klaus Härö, donde un judío se planta ante el horror, pero en este momento hay muchas voces críticas y con poder en Israel que critican lo que está sucediendo. Eso hace la película muy oportuna, porque ante la barbarie siempre hay que protestar y hacer, aunque nos equivoquemos y tengamos que arrastrar la culpa de no poder haberlo hecho mejor, porque de lo contrario, si no hacemos nada si que nos dolerá eternamente, porque eso significa haber sido cómplice ante la barbarie, y eso, no se puede tolerar ahora ni nunca. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tardes de soledad, de Albert Serra

LA BELLEZA Y EL HORROR. 

“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda”.

José Ortega y Gasset

Los primeros instantes de Tardes de soledad, de Albert Serra (Banyoles, 1975), son realmente sobrecogedores, y lo son de una forma sencilla y nada complaciente, porque vemos a un toro que nos observa, en mitad de la oscuridad acompañado de un silencio sepulcral, sólo roto por su agitada respiración, que nos acompañará durante todo el metraje. La cámara lo filma y el toro se mueve y nos mira, sin nada más. Inmediatamente después vemos al torero Andrés Roca Rey, después de una corrida, cansado y exhausto. Ese hilo invisible o quizás, puente imaginario, en el que toro y torero comprenden una suerte de comunión que se escenifica en la plaza. Un encuentro lleno de desencuentros son los que filma la película que deja al público en off, fuera de campo, al que sólo escucharemos entre voces, gritos y demás. La cámara baja al ruedo y nunca mejor dicho, se posa junto al burladero, una cámara-Ozu, o lo que es lo mismo, un cuadro a la altura de lo que filma, donde nadie es más que nadie, donde la vida y la muerte penden de un hilo casi invisible. 

Las imágenes de la película con su extrema cercanía no habían sido hasta ahora, nadie las había filmado de esa forma, y eso hace la obra de Serra, desde un ámbito cinematográfico como audaz, brillante y diferente. Estamos ante una cinta que se ejecuta a través de lo esencial: las corridas de toros y el antes y después de las mismas, casi en silencio, dejando que las cosas sucedan, eso sí, pero que sean filmadas de la mejor forma posible, sin perder esa conexión entre toro y torero, donde ellos son lo principal, son lo único, donde las imágenes trascienden hacia otra cosa, hacía algo en mitad de la belleza, el compromiso, la fe, el trabajo, el compañerismo, el miedo, el horror, la sangre y la muerte. Una película de pliegues, de retazos, de planos, de imágenes poderosas que se van juntando unas a otras en una ceremonia donde lo cotidiano y lo salvaje se confunden, se mezclan de una forma natural, sin estridencias ni artificios. Todo lo que vemos está ocurriendo en ese instante, sin trampa ni cartón, y el arte cinematográfico lo capta con la técnica más depurada e íntima para captar todo ese universo que existe entre toro y torero que la película capta en muchos instantes, donde el tiempo y contexto no existen, sólo las mutuas respiraciones y agitaciones de los dos mundos. 

Una película de estas características tiene en la técnica un trabajo extraordinario donde cada elemento y detalle deben estar a la altura de todo aquello que se quiere capturar. El director de Banyoles vuelve a rodearse de grandes técnicos que llevan acompañándolo en su filmografía. Tenemos a Jordi Ribas en sonido, esencial en esta película, porque logra captar todos las respiraciones y sonidos de toro y torero, donde no hay apenas diálogos, si exceptuamos los pocos que escuchamos en el interior del automóvil que traslada a Andrés Roca Rey y su cuadrilla antes y después de las corridas, donde hay seriedad, mucha tensión y algo de humor. La cinematografía vuelve a correr de la mano de Artur Tort, acompañado de otros operadores como Christophe Farnarier, que hizo la fotografía de Honor de cavalleria (2006), e Ion de Sosa, director de Sueñan los androides (2014) y Mamántula (2023), entre otras, en un excelente trabajo donde se filma lo invisible, lo que no vemos y todo lo que vemos construyendo una traspasante intimidad que nos deja alucinados, en el que cada detalle está ahí, cada gesto y cada mirada, rodeados de una tensión brutal y donde la sangre tiñe cada encuadre y cada plano. La exquisita música de Marc Verdaguer, que logra fusionar lo real con lo imaginario y la belleza con el horror. El montaje que firman el citado Tort y el propio director nos sitúa en el centro de todo, entre toro y torero, siendo testigos de esta experiencia, con esos encuadres en los hoteles donde se viste y el magnífico encuadre fijo en el interior del coche que se va repitiendo en sus demoledores 126 minutos de duración. 

La generosidad del torero Andrés Roca Rey y su cuadrilla han sido vitales para la producción de la película, porque abren su vida y su toreo al servicio del cine, abriendo su alma y dejándonos entrar en ese coto tan cerrado y atávico que es el mundo de los toros, construyendo unas imágenes antes imaginadas y nunca vistas y mucho menos como las que muestra la película. Una experiencia que estaría cerca de aquella otra, más de medio siglo atrás, de Lejos de los árboles (1972), de Jacinto Esteva, en otro contexto y circunstancia, claro está, pero filmando de una forma donde lo importante es traspasar la pantalla y compartir con los espectadores esa experiencia salvaje y diferente de una forma clara, sincera y directa. La película quiere llegar al alma de las corridas de toros, todo lo que se genera a su alrededor y todo lo que transita por ese universo, pero no haciéndolo como se había hecho hasta ahora, sino yendo muchísimo más allá, desde las entrañas, desde el interior tanto de toro como de torero, donde las dos almas nos traspasan y muestren su interior, o al menos, parte de él, para que podamos sentir esa extraña ceremonia entre la verdad, la fuerza, la tragedia y el horror que se produce en una corrida de toros. 

Otro de los grandes elementos de Tardes de soledad, es su no posicionamiento a las corridas de toros, desconocemos la posición de la película ante lo que filma, y sinceramente, es de donde se puede filmar algo así, porque a día de hoy, el mundo de los toros, antaño el mayor espectáculo de masas del país, ahora en vías de extinción, o al menos, con mucho menos aceptación del público y seguidores, y lleno de controversia y polémicas y críticas, no se podía filmar de la forma que está hecha si la película se convirtiese en un alegato a favor o en contra de los toros. Nada de eso ahí, y la película consigue algo extraordinario, porque el que suscribe nunca ha estado en una corrida de toros y tampoco le gustan y he vivido una experiencia brutal con la película, porque el cine se rinde a lo que tiene delante y se enriquece de toda su técnica para filmar lo que está viendo, de un modo descarnado, de frente y nada complaciente, en una película que muestra toda la verdad y el horror que se produce en una viaje íntimo y abismal del cine de Serra donde la desmitificación es su eje vertebrador como ya hiciese en su memorable Història de la meva mort (2013), con la que Tardes de soledad tiene muchas conexiones, en la que también confluyen la vida y la muerte y la comunión entre la razón y la barbarie, entre lo invisible y lo trágico, entre el todo y la nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Brutalist, de Brady Corbet

LA OSCURIDAD DEL SUEÑO AMERICANO. 

“El Brutalismo puede ser austero, pero también es un estilo monumental; crea extraños objetos de amor y desprecio a partes iguales y que lleva un tiempo desplegar en el imaginario colectivo, porque la gente no es capaz de asimilarlos en el momento. Esto, para mí, es un reflejo de la experiencia inmigrante, y el Brutalismo es un estilo arquitectónico principalmente creado por inmigrantes. Tanto en alcance como en escala, los edificios brutalistas piden visibilidad, pero a quienes los diseñan o construyen les toca luchar por su derecho a existir”.

Brady Corbet 

El prólogo que abre The Brutalist, de Brady Corbet (Scottsdale, Arizona, EE. UU., 1988), nos sitúa en un encuadre muy oscuro acompañado de ruidos y movimiento. De repente, vemos a su protagonista László Tóth, expulsado al exterior entre la multitud que intenta sobrevivir al horror de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio. Después, un barco y la llegada a los Estados Unidos donde la primera imagen es la estatua de la libertad pero al revés. Una imagen muy sintomática que deja entrever el tortuoso y oscuro camino que le espera al personaje en cuestión.  

A Corbet lo habíamos visto como actor en películas notables junto a directores de la talla de Araki, Haneke, von Trier, Baumbach, Östlund, Assayas y Hansen-Love, entre otros, y conocíamos sus dos largos como director en La infancia de un líder (2015), que podéis ver en la imperdible Filmin, y Vox Lux, tres años después. Dos cintas que ya vislumbraron los elementos que interesan al director estadounidense como los orígenes de la maldad, en la primera, y el precio de la fama, en la segunda. Elementos que continúan en The Brutalist, donde su personaje principal que viene de haber sido reconocido como arquitecto en su Hungría natal, ahora debe empezar de cero o más bien, convencer de su arte y su forma de trabajar con la arquitectura brutalista donde expone todo su trauma emocional. El concepto arquitectónico tiene varias lecturas: el brutalismo de la historia que cuenta. Un hombre que se topa con un país donde todo es demasiado enorme. Todo está en venta y no existe la moral ni la ética, sólo el dinero y la ambición y la codicia desmedida. En la conservadora Pensilvania, László encontrará a su mecenas Harrison Lee Van Buren, un hombre que define perfectamente el “Sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo que ha levantado todo un imperio de poder y riqueza, que ahora vislumbra un edificio en honor a su esposa fallecida. Tóth será el encargado de llevar a cabo esta monumental obra. 

Estamos ante una película que cruza con eficacia arrolladora películas como El manantial (1949), de King Vidor, y There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson. Una película sobre un arquitecto que lucha por las ideas de su trabajo en pos a un mercado que antepone la riqueza, y la otra, sobre un petrolero codicioso y sin escrúpulos que no detendrá en agrandar su poder. Podríamos ver los dos personajes como inspiraciones a los dos protagonistas de The Brutalist, en el guion que firman la noruega y cineasta Mona Fastvold, y el propio director, que recoge 30 años en la vida de László Tóth, su mujer Erzsébet, y la relación de ambos con Van  Buren, su mastodóntica construcción ambientados en el Estados Unidos blanco y fascista de la década de los cincuenta, sobre todo. Es una película de grandes dimensiones que recoge el rostro más oscuro y violento del citado “Sueño americano”, hermana con otras joyas que transitaron por las travesías oscuras de los inmigrantes en el país de las oportunidades como América, América (1963), de Kazan, las dos partes El Padrino (1972/1974), de Coppola, y Érase una vez en América (1984), de Leone, por citar tres películas muy paradigmáticas que rastrean tres formas de “adaptarse” al nuevo mundo o lo que queda de él.  

La solidez técnica que desprende la película es abrumadora tanto en su formato de VistaVision rodado en 70mm, hacía seis décadas que no se usaba el invento de la Paramount que proporcionaba los grandes angulares para recoger los planos generales donde vemos los personajes en un primer término y sobre la colina la construcción, por ejemplo, y en los planos cercanos consigue esa intimidad que traspasa. Un gran trabajo de cinematografía del británico Lol Crawley, del que hemos visto 45 años, de Andrew Haigh y Ruido de fondo, de Noah Baumbach, en su tercer trabajo con Corbet, en su película más compleja del que sale muy airoso porque la película refleja todo esa complejidad de la intimidad emocional de unos personajes y la grandiosa edificación en la que están sometidos, a más de las difíciles y oscuras relaciones que mantienen entre ellos. La excelente música de Daniel Blumberg, que ya trabajó en El mundo que viene, de la coguionista Mona Fastvold, crea esa parte más invisible que escenifica el intrincado emocional del protagonista que se refleja en sus edificios, y en su férrea cabezonería en el trabajo y en los materiales utilizados. El montaje del húngaro Dávid Jancsó, habitual del cineasta Kornél Mundruczó, tenía la complicada tarea de dar cohesión y unidad a una película de 215 minutos, incluido sus 15 minutos de intermedio, y la cosa respira cine, y sobre todo, con su clasicismo y su cercanía construye una historia que nos sumerge en un mundo donde todo es posible, aunque deberíamos pensar si todos los sueños valen la pena por el elevadísimo precio que cuestan, y las heridas que dejan en el alma. 

Del apartado artístico destaca su impecable y natural trío protagonista. Empezando por un inconmensurable Adrien Brody, al que no habíamos visto en un personaje “Bigger than Life” como el pianista judío polaco Wladyslaw Szpilman, protagonista de El pianista (2002), de Polanski. Su arquitecto judío húngaro László Tóth es uno de esos tipos tan fuertes como arquitecto como vulnerable con sus adicciones, tan férreo en sus ideas y convicciones como frágil y complejo en sus relaciones. Un diamante que Brody lo humaniza y lo desmonta con cada mirada, cada gesto y ese acento que lo convierte en uno de esos personajes difíciles de olvidar. Le acompaña un brutal Guy Pearce dando vida a Van Buren, escenificando esos hombres de negocio acaparadores, conservadores y clasistas que “Make America Great Again”, pisoteando a todos sus adversarios, sin moral ni ideales, sólo ambicionan dinero y poder, y sobre todo, nunca desfallecen, siempre tienen un arma cargada para seguir explotando a todos los que puedan. Felicity Jones encarna a Erzsébet, la esposa de László, una mujer que ha sufrido mucho en la guerra pero que no se deja engatusar por los ideales de ese nuevo país lleno de dinero y violencia y horror, y la siempre interesante presencia de Stacey Martin como hija de Van Buren, que ya estuvo en las dos películas anteriores de Corbet. 

Una película como The Brutalist no es sólo es el retrato de un personaje que huye del horror nazi para encontrar una nueva vida en Estados Unidos, sino también, es el retrato de un tiempo, de la construcción de un país y del capitalismo y la codicia por lo material, también es un retrato sobrio y profundo sobre la oscuridad de lo seres humanos. Un viaje donde emergerá lo más horrible de la condición humana, todo lo que nos ha llevado a construir sociedades mal llamadas liberales, porque, en realidad, están controladas por grandes corporaciones que deciden qué se compra y vende, y lo peor de todo, lo venden como si eso fuese la libertad, un sin Dios. Brady Corbet se ha elevado a los grandes nombres del cine con su película, por su arrojo, su forma clásica de narrar que le empareja con los cineastas que hicieron grande el cine, y lo hace con un relato aparentemente sencillo, pero sumamente complejo, porque indaga en los abismos del alma humana, en esas zonas invisibles, en esos lugares que no reconocemos, de los que huimos siempre, pero que forman parte de nosotros, de lo que somos. Una película como esta no dejará indiferente al espectador que se atreva a verla, y no lo digo por su duración que, seguro será un hándicap para muchos espectadores, pero vencido ese prejuicio actual, la película te agarra desde el primer instante, te lleva por el viaje que propone siguiendo la travesía de László Tóth, donde nos encontraremos de todo: Un país que vende libertad y no a cualquier precio. Un sueño convertido en pesadilla. Un trauma que se erige como una edificación mastodóntica donde el hormigón y la frialdad del gris escenifica todo lo emocional y sobre todo, el alma que debe seguir a pesar del horror que vivió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Giacomo Abbruzzese

Entrevista a Giacomo Abbruzzese, director de la película «Disco Boy», en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 11 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Giacomo Abbruzzese, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento, a Luca Di Leonardo y a Violeta Cussac de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El vientre del mar, de Agustí Villaronga

LA BALSA DEL HORROR.

“Quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable”

El cine de Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953), siempre se ha movido, o mejor podríamos decir, que se ha adentrado en todo aquello que no queremos ver, en todos aquellos universos sórdidos y horribles del alma humana. Mundos cotidianos, pero mundos oscuros, donde lo más miserable y terrible de la condición humana hace acto de presencia, con unos personajes a la deriva, condicionados por un entorno durísimo, áspero y sobre todo, unos individuos atrapados en una realidad que ahoga, que no te suelta, y te convierte en un monstruo sin consuelo. Después de unas cuantas películas de presupuesto generoso, como Incierta gloria (2017), y aún más, Nacido rey (2019), la intención del cineasta mallorquín era levantar una obra teatral basándose en un episodio de la novela “Oceano mare”, de Alessandro Baricco, que relata el naufragio de la fragata francesa Alliance en junio de 1816. La pandemia obligó a cambiar los planes, y del teatro pasó al cine. Villaronga vuelve a adaptar un texto ajeno, seis de sus once trabajos lo son, como ya hiciera con Simenon, Blai Bonet y Joan Sales, entre otros,  y nos sitúa en un relato que cuenta lo que sucedió, desde el presente, aunque la estructura viajará indistintamente por diferentes tiempos, creando ese caleidoscopio irreal y de miedo, adentrándose en el alma de los náufragos.

Dos de los nueve supervivientes explican a las autoridades lo sucedido, con esos rostros, mirándose y desafiándose, situados frente al estrado, frente al juicio, frente a los que escuchan. Por un lado, tenemos al oficial médico Savigny, implacable y malvado, y por el otro, Thomas, un marinero raso, que es la otra cara de Savigny, o mejor dicho, la cara más humana de toda la experiencia vivida. La película juega con todos los espacios, el físico y natural, con el mar asfixiando la balsa y sus maltrechos tripulantes, en la que también incluye imágenes de In the Same Boat, de Francesco Zizola, y de la pintura “la balsa de la medusa”, de Théodore Géricault, que evoca el terrible naufragio, y el mental y onírico, situado en una antigua fábrica vitícola, en un trabajo exquisito de Susy Gómez, donde todo acaba convirtiéndose en un único espacio, mezclado entre lo físico y lo psíquico, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo soñado, entre lo humano y lo animal, donde las raíces originarias del proyecto teatral quedan muy presentes, y las del cine primitivo igual, con esas transparencias, donde es tan importante lo que vemos, como aquello que imaginamos, o creemos ver, o vemos sin ver., en una magnífica idea que recuerda los grandes títulos del terror y fantástico, cuando la fuerza era sugerir más que mostrar.

La excelente cinematografía, firmada por Josep M. Civit, cinco trabajos con Villaronga, y Blai Tomàs, que firma su primera codirección, después de algunas películas en el equipo de cámara, ayuda a sumergirnos en todos los mundos que nos presenta la película, con esos juegos de espejos entre el blanco y negro y el color, eso sí, un color apagado, triste y oscuro. El reposado y penetrante montaje de Bernat Aragonés, que condensa con inteligencia los breves pero intensísimos setenta y seis minutos de metraje, que firma su primer trabajo con Villaronga, en una filmografía en la que encontramos trabajos con Isabel Coixet y Belén Funes. Y finalmente, la música de Marcus J.G.R., tercer trabajo con el cineasta mallorquín, captando a la perfección todas las texturas, pieles, cuerpos y sangres que coexisten en una historia que desde el pasado nos habla del presente, de todos los males humanos y no humanos, como la lucha de clases, las continuas inmigraciones, y los más bajos instintos salvajes y animales del ser humano o lo que quede de él, desde la avaricia, la violencia, el egoísmo, el miedo, la desesperación, la locura, la falta de piedad y empatía, entre muchas otras.

Todas esas oscuras emociones que aparecen en una situación donde la vida y la muerte se confunden, donde cada día vivo es un día menos para sobrevivir o morir. Villaronga confía plenamente en sus dos intérpretes principales: vuelve a contar con grandísimo Roger Casamajor, probablemente el mejor actor de toda su generación, en su cuarto trabajo con el director, con el que debutó en el año 2000 con El mar, con su excelente y crápula Ramallo, inolvidable. Ahora se mete, con su peculiar sutileza y profundidad, un actor tan físico y expresivo, en la piel de Savigny, una especie de Coronel Kurtz, completamente ido y lleno de ira y violento, un dictador de la balsa, imponiendo su ley y su voluntad, alzándose en el inquisidor de la travesía, que ya amenaza grandes dificultades externas, por su frágil estructura y los contratiempos del mar, y a más, la balsa convertida en una embarcación, si se le puede llamar así, donde sobrevivir es un milagro, donde cada día se convierte en una odisea, por la falta de todo: compañerismo, hermandad, comida, agua, y esperanza, sobre todo, esperanza.

Frente a Casamajor, la excelente interpretación de Òscar Kapoya, debutante en la gran pantalla, después de trabajar en varias series de TV3, con el que protagoniza un grandioso duelo interpretativo, encarnando las dos formas de ver, sentir y vivir la experiencia del naufragio, que va desde lo humano a lo más alejado, entre todo lo que somos y en que nos convertimos, entre las múltiples facetas que hay entre el bien y el mal, entre lo que queda de nosotros, y en todo aquello en que nos podemos convertir, entre los diferentes tonalidades de lo oscuro y la maldad. Villaronga ha construido una película pequeña y humilde, pero de resultados grandiosos y profundos, donde a partir de un hecho histórico, construye toda una parábola de aquel mundo y de todos los que lo han precedido, porque tristemente los males del hombre nunca terminar, y continúan persistiendo, donde la idea de fraternidad y cooperación ha muerto, y seguimos comiéndonos unos a otros, sea como sea, y donde sea, porque si hay una cosa clara que explica acertadamente El vientre del mar, que no es una cosa de colores, formas y demás diferencias, sino que ante la desesperación y la muerte, todo conocimiento y humanidad desaparecen, y no somos nada, solo animales hambrientos sedientos de sangre y horror. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA