Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel

Entrevista a Juan Tomás Ávila Laurel, escritor y protagonista de la película “El escritor de un país sin librerías”, de Marc Serena, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Tomás Ávila Laurel, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Carla Gómez de Comunicación de la película, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El escritor de un país sin librerías, de Marc Serena

LA GUINEA SILENCIADA.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”.

Mario Benedetti

Guinea Ecuatorial ha sufrido dos siglos de dominación colonial por parte de Portugal y España. En 1968 con la recién inaugurada independencia y un camino por delante de ilusión y reparación, recuperó una libertad que le fue arrebata en 1979 con el golpe de estado de Teodoro Obiang, que instauró una dictadura que se ha convertido con cuatro décadas en el poder es la más longeva del mundo. Un país que sigue sufriendo, aunque eso no haya sido impedimento para que unos cuántos sigan reclamando derechos y democracia, y sigan creyendo que hay un futuro mejor para su Guinea Ecuatorial. Entre aquellos que siguen en la lucha encontramos a Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966) nacido en plena colonia española, de infancia difícil, pero ahora convertido en escritor reconocido internacionalmente, que vive exiliado en España desde 2011 debido a su manifestante condena al régimen autoritario de Obiang que le llevó a una huelga de hambre. Ahora, volvemos a Guinea de la mano de Juan Tomás Ávila, a través de su experiencia y a través de sus amigos, de aquellos activistas que siguen en la brecha intentando ofrecer ventanas de resistencia, aunque mínimas, mediante la política, la cultura y el activismo social.

El director Marc Serena (Manresa, 1983) autor del largo Tchindas (2015) que ponía el foco en Tchinda Andrade, un transexual de una pequeña isla de Cabo Verde, también codirigió junto a Biel Mauri el documental sobre autismo Peces de agua dulce (en agua salada) y ha escrito varios libros entre ellos ¡Esto no es africano!, un recorrido sobre amores prohibidos en el continente africano. Ahora vuelve a África para presentarnos El escritor de un país sin librerías, significativo título que pone de manifiesto las dificultades que anidan en un país sin libertad, derechos ni cultura. Un viaje de Barcelona a Guinea que hacemos a través de la mirada y la voz de Juan Tomás Ávila, en el cual conoceremos el pasado colonial español, su independencia y la llegada al poder de Obiang, la dictadura y sobre todo, el activismo de conocidos y amigos de Juan Tomás Ávila, que frente a la cámara explican sus actividades, entre las que destaca la función teatral que habla del pasado y presente de Guinea, y escucharemos a ex presos políticos que explican sus experiencias en la política y en la cárcel.

Haremos un repaso por la historia de Juan Tomás Ávila, un niño de una pequeña isla que creció y se convirtió en escritor, su literatura muy crítica contra Obiang y a su familia, a través de imaginativas y coloridas animaciones que dibujan su vida, acompañadas de música autóctona con artistas como Concha Buika o Negro Bey, entre otros. Serena nos cuenta de manera sencilla y honesta la realidad triste y silenciada de Guinea, a través de la mirada de Juan Tomás Ávila, un escritor humilde y reposado que se mueve por Guinea como alguien que sabe que su país ha quedado lejos de su vida, que está sin estar, como le espeta uno de sus amigos, alguien que conoce una realidad amarga y desesperanzadora de su tierra, que la mira con orgullo y pasión, pero se siente triste por la situación que atraviesa, que no tiene signos de mejoría, debido principalmente del apoyo que recibe Obiang de países como España y compañía. El director manresano se centra en las personas, en la actividad resistente de seres humanos que a pesar de la situación política de Guinea, siguen empecinados de mostrar otras realidades más humanitarias que viven, aunque sea medio en la sombra y ocultas en la realidad imperante de un país silenciado y vacío, que rinde culto y pleitesía a su dictador como si fuese una especie de mesías redentor.

La película muestra un activismo real y cercano, lleno de entusiasmo y humanista, y las personas que lo practican, haciéndose eco de una realidad que no llega a los medios internacionales, por falta de veracidad y atada a intereses económicos, recorriendo un país donde la gente vive a pesar de las restricciones, de los conflictos sociales y demás problemas que atraviesa el país. Un obra necesaria y valiente que ayuda a enseñar una realidad silenciada, una realidad oculta, una realidad que existe, que se mueve y sigue luchando, ofreciendo una vida diferente y ajena a la realidad de oropel para unos cuantos privilegiados que vende el régimen autoritario de Obiang, como los fastos pro su cumpleaños o las ristras de hoteles y residencias de la élite del país, una realidad falsa, vacía y superficial que dista mucho de la realidad de la mayoría de ciudadanos que se levantan cada día trabajando por un poco y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/365060331″>Tr&aacute;iler &quot;El escritor de un pa&iacute;s sin librer&iacute;as&quot;</a> from <a href=”https://vimeo.com/foradequadre”>Fora de Quadre</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo

LA LUCHA CONTINÚA.  

El arranque de la película es sumamente descriptivo y eficaz, lanzándonos de lleno a la cuestión que plantea su discurso. Unos jóvenes escuchan atentamente a un activista del Act-Up París que les explica la idiosincrasia de la asociación de LGTB que lucha contra el sistema para visibilizar los enfermos de VIH positivo y que se inviertan todos los recursos disponibles para luchar contra la enfermedad de forma más eficaz que hasta la fecha, además, les menciona el modus operandi de sus acciones de protesta y el funcionamiento de las asambleas donde de forma democrática se debate, se escucha y se llegan a acuerdos en la forma de aplicar las teorías. Estamos a principios de los 90, cuando el estado demonizaba al colectivo LGTB, y por supuesto, no veía con malos ojos la enfermedad del SIDA, que ya se había convertido en una epidemia mundial que haría estragos en la comunidad citada, y en otras, como los toxicómanos y demás. La tercera película de Robin Campillo (Mohammédia, Marruecos, 1962) vuelve a explorar temas que ya estaban en sus anteriores dos trabajos, aquellos ocultos a la sociedad, pero que sobreviven en las sombras, en esa periferia de la sociedad que la gran mayoría se niega a ver, en Les revenants (2004) nos contaba una trama con trasfondo social y político, pero a través de unos muertos vivientes, en su siguiente trabajo, Eastern boys (2013) se detenía en las miserables peripecias de los menores venidos del este que subsistían prostituyéndose en Francia.

En su nuevo trabajo, vuelve a introducirnos en un relato social y político, de lucha y activismo, en el que unos jóvenes seropositivos se enfrentan a lo establecido, a las farmacéuticas amparadas por el gobierno de turno que se niega a visibilizar la enfermedad del SIDA y a combatirla con todos los medios a su alcance. Campillo que ha desarrollado toda su carrera como coguionista y editor al lado del cineasta Laurent Cantet, nos sumerge aquí en un estado de excepción constante, en una lucha incansable y decidida por convencer a aquellos que no quieren convencerse. Una lucha diaria, llena de energía y fuerza, a través del combate en primera línea, saboteando eventos (como la secuencia que abre la película) visitando las empresas y haciendo visible sus protestas con esa sangre de mentira que visibiliza la sangre contaminada que recorre sus cuerpos, irrumpiendo en aulas para explicar los efectos devastadores del VIH, mientras reparten condones, o manifestándose y montando campañas publicitarias con mucho ingenio y brillantez. Todo lo que este a su alcance para combatir esa enfermedad invisible que el establishment se niega a ver un gran problema cuando muchos de sus amigos perecen irremediablemente.

Campillo compone una película de arrollador ritmo y atmósfera, que sus 144 minutos se nos pasan volando, convirtiéndonos en uno más de las asambleas, en las que se debate agitadamente las diferentes posturas que allí se manifiestan (que nos recuerda a los mismos debates que tenían el profesor con sus alumnos en La clase) en la que todos hablan y exponen sus reflexiones y diferentes posturas que a veces, deben debatirse para llegar a consensos y de esa manera materializar con más fuerza sus acciones reivindicativas. Campillo no solo nos habla de  la actividad política, sino también, de aquello menos visible, los sentimientos que experimentan sus componentes, sus amores (como el que articula la película) o las secuelas terribles que tienen debido a los tratamientos ineficaces contra la enfermedad, y cómo van llevando sus problemas de salud, su declive y sus últimos días. El cineasta francés nos lleva en volandas por una película que recoge a los primeros activistas que se alzaron contra los poderosos, y lucharon incansablemente, hasta sus últimos días, para cambiar el destino de sus enfermedades, y por ende, sus vidas.

Una película de arrolladora energía, que levanta hasta el más apático, envolviéndole en ese colectivo de lucha política activa, aquellos que ejercen una fuerza contra los de arriba, contra esos que se hacen llamar representantes de la democracia, una democracia o cómo se llame, sujeta y completamente abducida a las leyes de un mercado capitalista, que en nombre de la libertad y la justicia, acapara grandes fortunas y deja sin recursos sociales a los que más sufren. El brillante y rico plantel de actores jóvenes, capitaneados por Nahuel Pérez Biscayart, Arnaud Valois o Adèle Haenel (que algunos recordarán como La chica desconocida, de los Dardenne) nos seducen con su fuerza, su agitación, sus miradas y sus gestos de rabia, con esa energía envidiable que se lanza a las calles a protestar y gritar mientras bailan moviendo unos pompones rosas, luces y colores, y también, oscuridades y sufrimiento, en una película necesaria y valiente, que recoge con una gran fuerza a todos aquellos que se levantaron contra el establishment, esos burócratas canallas que  corrompen un sistema del que se sirven en favor de sus intereses personales y el de sus colegas, aunque siempre tendrán la oposición de aquellos que no se callan las injusticias.

Cómo cambiar el mundo, de Jerry Rothwell

CZzif1TXEAAGNQ5TODO EMPEZÓ EN VANCOUVER EN 1971.

“Me di cuenta que había olvidado una cosa que había aprendido en los años 60, que mi existencia aislada es un espejismo, que la ecología es una corriente de la cual tú y yo formamos parte. Todo lo que hacemos afecta a esta corriente y lo que hace la corriente nos afecta a nosotros”.

Bob Hunter

La película arranca en 1971, en Vancouver, en plena época del hipismo, donde un grupo de jóvenes activistas y ecologistas liderados por Bob Hunter (periodista e ideólogo del movimiento), Paul Watson, Rex Weyler, David “Walsrus” Garrick y Carlie Truman, se lanzan en un pesquero de 25 metros y armados con cámaras de 16mm para filmarlo todo, con el fin de detener el ensayo nuclear en la pequeña isla de Amchitka, en Alaska, por parte del Gobierno de EE.UU. presidido por Nixon. Debido a problemas con la policía aduanera, la aventura no llegó a buen puerto, pero estos jóvenes amantes de la naturaleza y de la vida, volvieron a la carga. Su nuevo objetivo era salvar a las ballenas que eran exterminadas cruelmente. El reconocido documentalista inglés Jerry Rothwell, interesado en las personas a contracorriente y apasionadas, como ya testimonió en su anterior película, Deep wáter (2006), codirgida con Louise Osmond, donde relataba la odisea de un joven marinero inexperto que, a finales de los 60, desafió a la naturaleza con una travesía alrededor del mundo.

Ahora, documenta, a través de material de archivo y valiéndose de los testimonios de los implicados, los orígenes, auge y evolución del movimiento ecologista Greenpeace. Aquellos jóvenes canadienses que pensaban que era más fácil cambiar el mundo con una cámara que con una arma, se lanzaron con todo en contra para parar la catástrofe natural que infringían las naciones contra nuestra naturaleza y los animales. La segunda campaña que les dio gran relevancia internacional se llevó a cabo en las frías aguas del norte con el objetivo de parar con la caza indiscriminada de ballenas, se enfrentan a un potente ballenero soviético, y aunque no consiguen su objetivo, si que filman el arpón que pasa por encima de ellos. Una imagen que les valió la repercusión internacional que buscaban, y el grupo comienza a crecer y estallan los primeros conflictos internos. La siguiente campaña los divide, ahora la actividad se desarrolla en un pequeño pueblo de Terranova donde se asesina ferozmente a las crías de focas para conseguir su piel blanca. Las negociaciones con los pescadores de la zona que se muestran en contra de la protesta del grupo.

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Estallan las opiniones contrarias dentro del grupo, las distensiones amenazan la unidad, y también, el desgaste personal y emocional que implica constantemente tomar decisiones, recaudar dinero para financiar las campañas, y las múltiples ideas que florecen a la hora de afrontar los diferentes proyectos. La película de Rothwell recoge fielmente las aventuras y avatares en las que se involucran las personas del grupo, mediante los diarios de Hunter, donde se documentan todas las acciones, los conflictos de la actividad, y los personales, y cómo se desarrollan las acciones. Una cinta que cuestiona la idea de cómo se organiza una revolución, los sacrificios que eso implica, y de qué manera se gestionan los egos y los conflictos internos de sus integrantes, y cómo afecta al desarrollo de las actividades. Un documento que testimonia la idea y ejecución de unas personas que se lanzaron al vacío por la naturaleza y sus animales, que arriesgaron sus vidas por lo que creían y soñaban, un grupo de amantes de la vida y su entorno que hizo estallar la conciencia internacional de seguir luchando y peleando por un mundo mejor y más humano, creando uno de los movimientos globales más potentes de la historia. Porque como argumenta Hunter: “Si tenemos que esperar a los pacientes para heredar la Tierra, no nos va a quedar nada por heredar”. Una frase que advierte que siempre hay que estar alerta y seguir incomodando y protestando contra aquellos poderes que se sienten amos del mundo.