¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, de Alexandre Koberidze

EL AMOR, LA CIUDAD, EL VERANO Y EL FÚTBOL.  

“La vida es una película mal montada”

Fernando Trueba

Los amantes del cine solo conocíamos el cine georgiano a través de Otar Iosseliani, magnífico cineasta de películas como Adiós tierra firme (1999),  Lundi matin (2002), y Jardines en otoño (2006), entre muchas otras. Un cine sobre el peso de la cotidianidad, la falta de alegría y el deseo de huir y sentirse vivo, siempre a través de comedias absurdas, donde hay mucho humor negro y una idea de la vida más emocional, excéntrica y despreocupada. Unas películas deliciosas, con la elegante música de Nicholas Zourabichvili, y la fascinante cinematografía del gran William Lubtchansky, toda una eminencia en el cine francés, ya que ha trabajado con tótems como Godard, Rivette, Straug &Huillet, Truffaut y Garrel, entre otros. El año pasado, el Festival de Cine de San Sebastián alumbró otro nombre del cine georgiano, el de Dea Kulumbegashvilli con su sorprendente opera prima Beginning, un intenso drama sobre la religión y los abusos sexuales, bajo un tono muy oscuro y denso. Y, en poco tiempo, volvemos a toparnos con otro gran valor de la cinematografía georgiana, ya que otro festival internacional, como la prestigiosa Berlinale, concedió el Fipresci de este año a Alexandre Koberidze (Tbilisi, Gerogia, 1984), por su segunda película ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?.

El director georgiano estudió cine en Berlín, y habíamos visto Let the Summer Never Come Again (2017), en la que relataba las vicisitudes de un joven de pueblo en la gran ciudad para ser bailarín, a través de un sólido drama sobre el amor y sus desilusiones. Con su segundo trabajo, nos sitúa en las calles de la ciudad de Kutaisi, la tercera ciudad más poblada de Georgia, antigua capital del país, en la que un día, por casualidad, Lisa, una joven investigadora y Giorgi, un joven futbolista, se tropiezan fortuitamente y se enamoran y quedan en una cafetería bajo el puente. Pero, un encantamiento se ceba con ellos, y Lisa, olvida quién es, y Giorgi, cambia su aspecto físico, y coinciden en la citada cafetería como trabajadores sin reconocerse. A partir de ese cruce de comedia sentimental y fantástico, la película, ya desde su onírico título, porque el director no se centra en lo que vemos en el cielo, sino en todo lo contrario, lo que hay a ras del suelo, como su maravillosa construcción en la secuencia que abre la película, la del encontronazo entre los dos jóvenes desconocidos, filmada desde el suelo, en la que solo vemos sus piernas y escuchamos en off su diálogo.

La cotidianidad del verano de Kutaisi, y más concretamente, la que recoge el período del Mundial de fútbol, un campeonato del que sabemos que se desea que conquiste la Argentina de Messi. Otro elemento fantástico de la película, porque los instantes que recoge la película se asemejan al Mundial 90 celebrado en Italia, que si bien Argentina jugó la final, no la ganó y además, el estandarte era el gran Maradona. De hecho en una estupenda secuencia de unos niños jugando al fútbol en un parque, vista de manera ralentizada, se escucha “Un’ estate Italiana”, himno oficial del citado mundial. A partir de un tono ligero, transparente y enormemente cotidiano, un narrador, el propio director, nos va describiendo la ciudad, y sobre todo, a sus habitantes, todo aquello que no se ve, y todo aquello que se escapa a las imágenes, esa otra historia que va sucediendo sin que nos vayamos percatando. También, nos habla de sus tradiciones de siempre, esos locales donde van a ver los partidos del mundial, así como, ese irreverente sentido del humor que recorre toda la película, como esos perros callejeros aficionados al fútbol.

La fragilidad y fugacidad de la vida se dan cita en esta película especialísima, con esa sensible y naturalista cinematografía que firma Faraz Fesharaki, que nos recuerda mucho al cine francés de los Rohmer y Truffaut, y a los trabajos del citado Lubtchansky y Néstor Almendros, donde la vida, el documento, y la magia se van apoderando de cada plano, cada encuadre y cada rincón de la ciudad, con su luz, su puente, y su realidad transformada, esa que solo el cine puede ver y mirar, aquella que la vida real no consigue ver ni capturar. El cine de Koberidze no está muy lejos del marco trágico, melancólico y cómico que tanto les gusta a cineastas como Tati, Kaurismäki y Roy Andersson, en esa forma tan desesperanzada y la vez, tan ilusoria de mirar la vida. Su cotidianidad, sus personajes, y las situaciones y circunstancias a las que se ven inmersos. Y qué decir de todos esos personajes que pululan por la película, a cual más extraño, excéntrico e inolvidable, como el señor mayor y dueño de la cafetería bajo el puente, un lugar al que no va nadie, un lugar en el  que parece que todo se ha detenido, o los niños que van de aquí para allá, hipnotizados por la fiebre del fútbol con el mundial en marcha, los que juegan en el parque, los otros que van a por helado a la cafetería que no va nadie, o los que desafían el juego de aguantar en la barra que lleva Giorgi, un invento del dueño para atraer clientes a la cafetería que no va nadie.

Otros personajes llamativos son los empleados de la pastelería, en esa maravillosa secuencia donde su coreografía nos invita a un musical de los que hacía Demy, que resulta muy novedosa y cercana. La música ligera, romántica y romántica de Giorgi Koberidze, que recuerda mucho a la de grandes como Georges Delerue y Jean-Louis Valero. Sus ciento cincuenta minutos de metraje podrían parecer excesivos de entrada, pero a medida que va avanzando la película, nos parecen pocos, porque todo se cuenta desde la emoción, desde la tragedia del par de enamorados protagonistas, con esa inquietud que nos abruma, donde parece que no puede hacerse nada para romper el hechizo. Koberidze ha construido una película magnífica, arrolladora y llena de sensibilidad, con ese verano en Kutaisi que no es un verano más, es un verano con mundial, un verano donde nace el amor, aunque no se reconozcan, un verano lleno de cosas, acciones, cotidianidades, circunstancias, y sobre todo, un verano que cambiará las vidas de Lisa y Girogi, porque aunque no lo sepan, el amor está muy cerca de ellos, o mejor podríamos decir, que ellos están cerca del amor, que no es lo mismo, porque para enamorarse hay que creer que es posible, y este verano de Kutaisi, quizás es el mejor lugar para enamorarse, o al menos, para esta cerca del amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Libertad, de Clara Roquet

EL ÚLTIMO VERANO.

“Uno no puede ser uno mismo de manera absoluta cuando se está en público, porque estar en público ya te obliga a cierta autodefensa”

John Lennon

Para hablar de Libertad, opera prima de Clara Roquet (Malla, Barcelona, 1988), nos tenemos que ir a sus primeros trabajos, El adiós (2015), una película de quince minutos, en la que nos hablaba de forma muy íntima y profunda de la muerte, a través de la cuidadora sudamericana y de una niña bien. En su segundo trabajo, Les bones nenes (2016), de 17 minutos, retrataba las consecuencias de los actos a través de una niña y su hermana adolescente en un entorno rural. Para su debut en el largometraje, la directora barcelonesa nos envuelve en un verano, el último de la infancia de Nora, una adolescente de 14 años, con su familia, una familia tradicional y conservadora que representa su madre Teresa, y su abuela Ángela, cuidada por Rosana, una colombiana que recibirá la visita de su hija Libertad, a la que no ve hace años. La recién llegada trastocará por completo la existencia de Nora, porque lo que parecía un verano más, aburrida y solitaria por los juegos demasiado infantiles de los pequeños, y las conversaciones ajenas de los adultos, se convertirá en otra cosa, porque Libertad, un año más que ella, le mostrará otra forma de vivir, de relacionarse con los chicos, y una especie de libertad que hasta ahora, era una quimera para Nora, siempre vigilada y caminando por una senda trazada de antemano.

Roquet se ayuda de parte del equipo que le ha acompañado en sus anteriores trabajos como la productora Lastor Media, el músico Paul Tyan, que le da ese toque sutil y triste de los conflictos que atraviesa la protagonista, y la cinematógrafa Gris Jordana, con una luz cegadora en el exterior, e íntima y densa en los interiores, que recoge con precisión los diferentes tipos de luz que había en los cortometrajes citados, y el delicioso y acogedor montaje de la siempre estupenda Ana Pfaff. Libertad no subraya en absoluto las situaciones que se van produciendo, todo está contado desde el interior y la mirada de Nora, que a modo de fábula, nos va conduciendo por esa transición en la que está inmersa. Por un lado, no encaja en esa vida llena de convenciones, de la que se siente muy alejada, una desconocida para ellos, luego, a más está las decisiones de su madre que no entiende, por la hipocresía y falsedad en la que se mueve, luego, su abuela, ensimismada en sus recuerdos y su demencia, en la que entrada de Libertad en la casa y en ese verano que pinta tedioso, dará un vuelco en el todo cambiara. La visitante le mostrará otra forma de ver la vida, más acorde a lo que Nora siente, sus juegos, sus escapadas, sus baños a la luz de la luna, y sobre todo, una vida de idas y venidas, todo lo contrario a la vivida por Nora.

Nos rondan en la cabeza algunas películas que tienen mucho que ver con lo que cuenta Roquet, esa mirada libre, extraordinaria y sensible de acercarse a esos universos familiares, de verano y llenos de oscuridades, como por ejemplo, La ciénaga, de Lucrecia Martel, Tres días con la familia, de Mar Coll,  Las horas del verano, de Olivier Assayas y Una segunda madre, de Anna Muylaert, donde el verano, la familia, las cuidadoras e hijos/as de éstas, juegan un papel fundamental en ese choque de clases, en ese espejo deformador entre los privilegios de unos y las carencias de otros, en esa especie de paraísos invertidos porque lo que materialmente les sobra a unos, emocionalmente les falta. La directora catalana que ha coescrito películas tan interesantes como 10000 km y Los días que vendrán, de Carlos Marqués-Marcet, y Petra, de Jaime Rosales, conoce estos universos burgueses y sus grietas, ya que creció en una familia de estas características, y sabe atrapar de forma sutil y extraordinaria, sus intimidades, sus zonas oscuras y todas sus apariencias y mentiras, y los muestra de forma detalla, intensa y nada invasiva, como deja patente en el cuadro que abre la película, con esas cortinas mecidas levemente por el viento, y de repente, Rosana, las abre y empieza a destapar los muebles ante la inminente llegada de Nora y su familia.

Todo se cuenta sin sobresaltos ni piruetas argumentales, todo encaja de forma maravillosa y llena de sutilezas, el guion escrito por la propia directora, se acoge a un relato lineal, un relato de iniciación, o podríamos decir, un relato de despedida, de ese tiempo de la infancia que Nora está dejando, y entrando en la vida de los adultos, donde todo está bajo la alfombra, donde todo se oculta, donde todo está impregnado de la tristeza y la mentira, de ese mundo que Nora va a huir porque no es el suyo, y sobre todo, porque está provisto de la verdad y la libertad de ser y ejercer de uno mismo, eso que da tanto miedo a los adultos, y por eso siguen el plan establecido desde generaciones. Cada detalle, cada plano y cada movimiento de cámara está supeditado al estado de ánimo de la protagonista, como ocurre con las dos canciones que suenan durante la película: “Pena, penita pena”, de Lola Flores, relacionada con ese mundo de la abuela que se está extinguiendo, y el otro tema que escuchamos, “Si supieras”, de Gloria, que alude completamente a las emociones de Nora, a esa cárcel y esos impedimentos de su madre hacia la joven.

Amén de las interpretaciones brillantes de Nora Navas que es Teresa, la madre de Nora, esa mujer acomodada, que sigue una tradición que ya ni cree ni siente, Vicky Peña como la abuela Ángela, en su mundo, con su enfermedad y ausente y cercana, Carol Hurtado como Rosana, la cuidadora, servil y una más, aunque en la práctica, una menos, y las dos niñas, Nicolle García es Libertad, y María Morera como Nora, que ya nos encantó en La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou, se erigen no solo como la pareja protagonista de la película, sino como el contrapunto perfecto a todo el entramado de la historias, con esas dos formas de mirar, de sentir, de esos dos mundos opuestos, tan diferentes, pero que en la práctica, las dos adolescentes tan distintas entre sí, encontrarán ese punto que las une, las acerca, a pesar de sus diferencias, que son muchas, encontrarán aquello que las hace iguales, las ansias por ser ellas mismas, por descubrir el mundo de fuera, sintiéndose que están haciendo algo por ellas, sin nadie que las dirija, que les diga y dejándolas sentir todo eso que andaban tanto tiempo buscando o queriendo encontrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Al abordaje!, de Guillaume Brac

LAS CUESTIONES SENTIMENTALES DE LOS JÓVENES FRANCESES.

“Un reposo claro y allí nuestros besos, lunares sonoros del eco, se abrirían muy lejos. Y tu corazón caliente, nada más”.

Federico García Lorca

Todo relato empieza con un encuentro. El de esta película no es otro que un encuentro que se produce una noche parisina mientras Félix baila salsa con la desconocida Alma. Después de pasar la noche durmiendo en un parque, los jóvenes se despiden. Pero, Félix se ha enamorado y decide viajar al sur de Francia a volver a encontrarse con Alma. Convence a Cérif, su mejor amigo y comparten vehículo con Édouard. Las cosas se tuercen y deben compartir una semana con el desconocido acompañante en un camping junto a un río a los pies de una montaña. Las cuatro películas de Guillaume Brac (París, Francia, 1977), nacen a partir del encuentro y desencuentro de los parisinos con la periferia y la provincia, de los habitantes de la ciudad y los pueblos, de unas clases sociales y otras. Y también, muchos de esos (des) encuentros tienen en común las relaciones personales y las cuestiones sobre el amor, y suelen situarse durante las vacaciones de verano.

El universo de Brac nace de la pasión de rodar con los intérpretes Vincent Macaigne, Julien Lucas o Laure Calamy, todos graduados en el CNSAD (Conservatoire National Supérior d’Art Dramatique), protagonistas de sus primeras películas. Del mismo centro también surgió la película Contes de Juillet (2017), a partir de un taller con actores y actrices. ¡Al abordaje!, también ha nacido de un encargo del CNSAD con la premisa de crear una película para una docena de jóvenes intérpretes. El cuento coescrito junto a Catherine Paillé, que ya colaboró en Tonnerre (2013), se compone de un conflicto sencillo y directo, Félix quiere volver a ver a la mujer de la que se ha prendado. Pero, Alma, la joven en cuestión no parece convencida, y allí están, en mitad de la nada, en un lugar que parecía de paso, y se convierte en su lugar durante tres días. Tres personajes, muy distintos entre sí, vivirán circunstancias bien diferentes. Félix, como alma en pena, va de aquí para allá, intentando enamorar a Alma. Chérif comparte ratos con Hélena, una joven mamá que se ha quedado sola, y finalmente, Édouard, que pretendía estar en otro lugar, aprende a relacionarse y a destaparse mucho más.

El director parisino desarrolla su película en un marco donde se impone una naturalidad y frescura sorprendentes y cercanísima, al estilo del cine de Rohmer y sus cuentos, especialmente el de verano, donde Los juncos salvajes, de Techiné, no estaría muy alejada de esa posición de esa luz cálida que acoge la película, un gran trabajo de cinematografía de Alain Guichaoua, que ya había trabajado con Brac, al igual que el sonidista Emmanuel Bonnat y la editora Héloise Pelloquet, esenciales en una historia en continuo movimiento, ya sea físico, con esos paseos por el pueblo, los baños en el río, las subidas en bicicleta, los deportes de riesgo por el río, o esos momentazos en el karaoke, oro puro, y los movimientos emocionales, esos besos fortuitos, y los diferentes estados del amor, el loco, el que no ve ni oye, solo impulsado por la pasión y el deseo sin rumbo, el amor que va creciendo, el que nos sorprende por inesperado, el que no se busca, el que aparece, el que nos conquista sin oposición, y el amor de amistad, el que nos destapa, nos descubre, nos succiona, y sobre todo, nos ayuda a ser mejores, y algunos amores más, quizás menos visibles, menos expuestos, pero igual de intensos y felices.

Unos intérpretes en estado de gracia, todos en el último año del CNSAD, que componen unos personajes de carne y hueso, de esos que puedes tocar, con los que ríes y lloras, tan cercanos como uno mismo, con Eric Nantchouang como el atribulado e impulsivo Félix, Salif Cissé como el reposado y paciente Chérif, Édouard Paillé como el despistado y patoso Édouard, Asma Messaoudene como la infantil y creída Asma, Ana Blajojevic como la solitaria e íntima Hélena, Lucie Gallo como la hermana mayor de Ama y responsable Lucie, Martin Meisner como el ligón y narcisista Martin, y finalmente, Nicolas Pietri como el escudero y currante del camping Nicolas. Brac ha construido una película deliciosa y magnífica, de esas que se quedan en la memoria, una comedia romántica como las de antes, pero con la actualidad de aquí y ahora, atemporal como son las películas con vida y alma, con unas vacaciones en un camping junto a un río, como nos recuerda a La ardilla roja, de Medem, ese verano, esa mujer, esos árboles, esa historia, esa pasión, y el misterio, ese misterio del amor, ese virus desconocido, esa serpiente que por mucho que estemos atentos nos acaba absorbiendo y convirtiéndonos en unas almas sin descanso, alegrándonos y sufriendo por ese amor loco, templado, que nos parte y nos hace vibrar, que nos envuelve y nos abandona, que nos da la muerte pero también la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El horizonte, de Delphine Lehericey

EL VERANO DEL 76.

“Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”.

Anatole France

“Era el mes de junio de 1976. Tenía trece años. Era el comienzo de las vacaciones de verano. Era el año de la sequía.” Así comienza la novela “El centro del horizonte”, de Roland Buti. Un relato que nos cuenta Gus, un chaval de trece años que vive en el campo suizo. Su familia se dedica a trabajar la tierra, una tierra seca debido a la intensa sequía que lo está cambiando todo. Una falta de agua que está llevando a las familias dedicadas a trabajar el campo, unido al desmoronamiento de su familia, cuando Nicole, su madre se enamora de Céline, además, Gus se encuentra en pleno proceso de cambio, dejando la infancia y convirtiéndose en un adulto, con el consabido despertar sexual. Varios elementos se conjugan en esta historia libre, naturalista y muy íntima, que explora un verano que será el último de muchos, porque el siguiente, el que vendrá el año siguiente, ya será otro, completamente distinto, porque el verano del 76 acabará con muchas cosas, trayendo otras formas de hacer, una actitud diferente ante la vida.

La cineasta Delphine Lehericey (Lausana, Suiza, 1975), ha trabajado en el teatro como actriz y directora, en televisión haciendo series y documentales y había dirigido debutado con la película Puppylove (2013), en la que exploraba el mundo del despertar sexual de un adolescente de forma clara y directa. Para su segundo largometraje, se adentra en el universo de la novela de Buti, en un guión que firma Joanne Giger, en la que Lehericey colabora, para contarnos una película ambientada a mediados de los setenta completamente actual, ya que nos habla de las consecuencias del cambio climático, el cambio de paradigma en el rol femenino, que provoca un gran sisma en el modelo tradicional de familia, la agricultura como industria, y el despertar sexual de un adolescente, que mira ese mundo de los adultos desde su desilusión y amargura, sin entender nada de lo que sucede, y completamente perdido ante las circunstancias, hechos que le provocarán sentirse aislado y con ganas de huir.

A partir de un tratamiento naturalista y cercano, con la película en 35 mm, que firma el cinematógrafo Christopher Beaucarne (que ha trabajado con nombres tan ilustres de la cinematografía francesa como Lelouch, Amalric, Gondry o Doillon, entre muchos otros), dotando a la película de esa textura táctil que hace que tanto los personajes como aquello que se cuenta, tengan un aroma más natural, libre y poderoso, como el acertado y equilibrado trabajo de montaje de Emilie Morier (que estuvo en la Escapada, de Sarah Hirtt, otra película con una atmósfera rural parecida), para llevarnos de un lugar a otro, y en los diferentes espacios en los que se desarrolla la trama, con los momentos de trabajo y los lugares abiertos. La directora suiza mira a sus personajes de forma honesta y tranquila, no hace nunca juicios sobre ellos, sino que muestra los diferentes puntos de vista en relación a los hechos que se van produciendo, creando esa tensión y la atmósfera claustrofóbica que se incrusta en toda la película, con unos seres humanos perdidos y aislados en ellos mismos, intentando encontrar una salida a sus problemas y su dura realidad, buscando una paz y tranquilidad que parece haber pasado de largo para ellos.

El personaje de Gus, epicentro de la acción emocional y psicológica, interpretado con maravillosa naturalidad y sinceridad por el debutante Luc Bruchez, redefine todo lo que ocurre, bajo su atenta mirada que actúa como testigo de este enjambre de cambios que está sufriendo su vida, y sobre todo, la de su familia, en un verano que todos recordarán como el último de muchos, y el comienzo de otros que nada tendrán que ver con los pasados. Nicole, a la que da vida una formidable Laetitia Casta, aupada por la brisa y la fuerza  que impone Cécile bajo la piel de una magnífica Clémence Poésy, es el contrapunto de la película, a parte del caprichoso y vilipendiado clima que está hundiendo el trabajo familiar y el de los otros granjeros, porque escenifica a todas aquellas mujeres aburridas y amas de casa y madres, que encuentran en una desconocida otra vida, una inesperada, una que jamás ni siquiera soñaron, una vida que les llena, les atrapa, y deben abrazarla sin contemplaciones. La película no juzga en ningún momento, solo filma la vida, el amor y el sexo, con sus momentos agridulces y trágicos, como la brutal metáfora de ese caballo que quiere terminar sus días bajo la sombra del árbol que lo vio crecer, terrible y a la vez, real como la vida, contribuyendo a la despedida de de ese último verano escenificado en la partida del caballo. El resto del reparto brilla a la altura de los mencionados, creando ese grupo que inevitablemente se está resquebrajando sin remedio, porque la vida al igual que la muerte, y todas las cosas que hay en el medio, tienen su forma de funcionar propia e irreversible, y nada ni nadie podrá detenerlas, lo único que podrá hacer es contemplarlas, aceptar sus cambios y seguir el camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las mil y una, de Clarisa Navas

UN VERANO, EL AMOR.

“No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia”.

Stefan Zweig

En Hoy partido a las tres (2017), su interesante y significativa opera prima, que reivindicaba el fútbol femenino a través de un grupo de mujeres valientes y resistentes, la directora Clarisa Navas (Corrientes, Argentina, 1989), vuelve a su ciudad, y al barrio de las Mil, para volver a capturar un verano, la vida, la impaciencia, la realidad, y sobre todo, el amor, el primero, el que más toca y también, el que más duele. En Las mil y una, Navas nos seduce con la mirada y la belleza de Iris, amante del baloncesto, reservada y callada, que se fija en Renata, una joven de su misma edad, pero tan diferente a ella, de la que se cuenta en el barrio muchas cosas malas, con una vida pasada difícil y llena de horror. Pero, Iris, con el mismo ímpetu que tenían las heroínas barriales de su primera película, no se aminara y decide hacer oídos sordos de las habladurías y chismorreos que pululan en el barrio, y da el paso de conocer a la interesante Renata, y las dos adolescentes se enamoran, viviendo un amor oculto, alejado de las miradas prejuiciosas del resto de la vecindad.

La directora argentina, captura la vida y la realidad del barrio periférico, grandísimo trabajo del cinematógrafo Armin Marchesini, que ya estaba en Hoy partido a las tres, mediante estimulantes planos secuencia, en unos encuadres muy cercanos e inquietos, que siguen sin cesar el movimiento de sus personajes, mostrando una realidad que ocultan sus plazas sin asfaltar, sus callejuelas y pasillos, sus viviendas sociales y pequeñas, llenas de objetos amontonados, con esa sensación constante de observación que sienten sus personajes, recogiendo sin estridencias las vidas y las acciones de sus criaturas, con ese ritmo del aquí y ahora, donde el soberbio trabajo de montaje de Florencia Gómez García, ayuda a imponer esa realidad huidiza que recorre todo el relato. Navas nos habla de amor, pero también, de deseos, de pasiones, de amantes en las sombras, como la magnífica secuencia del juego del escondite, cuando la cámara va registrando los actos sexuales entre los jóvenes, entre sombras y ocultos de miradas inquisitorias, o aquella otra secuencia en la discoteca, donde la pasión se desata sin miramientos de ningún tipo.

Las mil y una no es una película nada complaciente ni sentimentalista, habla de cosas importantes, y lo hace con decisión, aplomo, delicadeza y verdad, esa verdad que la emparenta con el cine documental, porque nos habla de personas, de emociones, de amor queer, de amor gay, de esas inquietudes pasionales de la primera vez, de ese amor de verano, de su descubrimiento, de todo aquello que nos sucede, tanto emocional como físicamente, de la vida, de ese primer amor, tan inquieto, tan incierto, y sobre todo, tan novedoso en nuestras vidas, en que el barrio periférico, donde la vida y la realidad tienen otro funcionamiento, otro tedio, otra sensación del lugar donde nunca pasa nada, o nada que tenga que ver con nosotros, en ese lugar, nace el amor, el amor entre Iris y Renata, sujeto al resto, a los prejuicios, a las malas miradas, un amor que resiste, que se reivindica, que tiene que ocultarse y esconderse, como esa maravillosa secuencia en el tejado, cuando las dos chicas se esconden, solo las escuchamos, y la cámara quieta muestra en plano general la quietud del barrio de noche.

La magnífica elección del reparto, lleno de caras desconocidas, empezando por el dúo protagonista, Sofía Cabrera y Ana Carolina García, las Iris y Renta, respectivamente, que no solo defienden con transparencia y brillantez sus roles, sino que saben transmitir esa sensación constante de miedo e inseguridad de sus personajes, siempre escondiéndose y alejados del resto, viviendo su amor queer como si fuese un delito, resistiendo en un espacio difícil de resistir en todos los niveles. Bien acompañadas por otros jóvenes entre los que destacan Mauricio Vila dando vida al nervioso y artista Darío, empeñado en encontrar el amor que haga de su verano un lugar menos aburrido, y Luis Molina, en el rol de Ale, todo lo contrario a Darío, reservado y callado. Clarisa Navas brilla con su segunda película, volviendo a capturar con claridad y precisión la vida de dos adolescentes en su barrio, con sus idas y venidas, sus madres sin marido, intentando sacar adelante la vida que casi siempre se pone muy cuesta arriba en esos lugares, con la fiebre y la inquietud de la primera juventud, con sus amores, sus amistades, sus confidencias, sus deseos, sus pasiones, y esas emociones que siempre andan inquietas, agitadas y llenas de vida y también, de tristeza y desesperación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La inocencia, de Lucía Alemany

EL ÚLTIMO VERANO DE LIS.

“No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”

Mario Benedetti

La inagotable cantera cinematográfica de la escuela de cine Escac sigue dando sus inmejorables frutos y alumbra una nueva mirada que se llama Lucía Alemany (Traiguera, Castellón, 1985) que ya habíamos conocido hace cuatro años cuando presentó su cortometraje 14 años y un día, en el que plasmaba las disputas de Arantxa, una niña de 14 años que se enfrentaba a la tiranía paterna, íntegramente filmado en su pueblo natal. Para su puesta de largo ha vuelto a su pueblo para filmar a otra niña, en este caso Lis, quinceañera, en mitad de otra tesitura emocional que también la llevará a enfrentarse a sus padres, por su deseo de ser artista de circo, a su pueblo y su particular pelea por su vida. Alemany escribe junto a Laia Soler Aragonès, compañera de la Escac, un guión que arranca con el final de las fiestas patronales del pueblo, con las verbenas de pasodobles, “bous al carrer”, procesiones y los fuegos artificiales como fin de fiesta, o lo que es lo mismo, el final del verano, el final de ese espacio y estado emocional de despreocupación, libertad, amigas y fiesta.

Empieza el otoño y también, las clases y las obligaciones, pero Lis, que encuentra en Néstor, un novio de verano, una forma de huida ante la opresión del ambiente de pueblo cerrado y crítico con cualquier actitud diferente, pero lo que parece una tabla de salvación derivará a un embarazo no deseado, y unas responsabilidades que suponen una hecatombe en la vida de Lis, que perdida y temerosa por la respuesta paterna, encontrará refugio en la complicidad de su inseparable amiga Sara, y la madre de esta, Remedios, dedicada a la sanación emocional y espiritual, que la escucharán y sobre todo, le ofrecerán una mirada amiga y protectora. Alemany coloca su cámara a la altura de la mirada de su protagonista, con la que a través de ella, nos mostrará ese pueblo anclado en lo arcaico y la tradición, un lugar poco tolerante con las ideas diferentes, encerrado en sí mismo y sus quehaceres cotidianos, como veremos con la actitud paterna, la de sus amigos o vecinas del lugar, más interesadas en las vidas ajenas que en las propias.

Lis es alguien ajeno a la dinámica del pueblo, metida en su mundo, muy suya,  alejada de las actitudes de sus amistades y crítica con lo que se cuece ahí. Un espíritu libre y valiente, alguien que ya en el arranque de la película deja clara quién es y a qué se enfrenta, cuando se lanza a la piscina y mientras va buceando, tiene que ir sorteando a otras personas y obstáculos para seguir avanzando, la secuencia que mejor define el espíritu que recorre la propuesta de Alemany, la de esa inocencia interrumpida de golpe,  de volverse mayor de un día para otro, de ese verano que ya no volverá, que será el último de muchos, del final de la infancia y el comienzo de algo que empieza a vislumbrar sus garras, ese mundo de los adultos donde los actos y actitudes devienen responsabilidades que hay que enfrentar y asumir como propias. La directora castellonense construye una película ligera e íntima, colocando a Lis en el centro del conflicto dramático del relato, convirtiéndose en el origen y final de todo lo que sucede en la película, ese cambio de niña a mujer, o lo que es lo mismo, ese tránsito en empezar a ser quién quiere ser y pelear con todas sus fuerzas para conseguir la mujer con la que sueña, acarreando los conflictos que se vayan presentando.

Alemany reúne en este viaje a compañeros de escuela como la citada Soler Aragonès y Joan Bordera en la cinematografía, con esa luz mediterránea y cálida para atraparnos con sutileza en el cisma emocional que sufre Lis, y al preciso y sobrio montaje de Juliana Montañés, fraguada en la Ecam, editora de Carlos Marques-Marcet, consiguen una forma brillante y luminosa donde el pueblo de Traiguera se convierte en un personaje más, por su atmósfera abierta y cercana y a la vez, cerrada y maldiciente. La magnífica terna de intérpretes experimentados como Laia Marull, haciendo de esa madre protectora, pero también, sumisa con la autoridad paterna, Sergi López, como padre trabajador y señor de la casa, mostrándose muy intolerante con su hija a la que todavía trata como una niña desamparada, y Sonia Almarcha, la madre de Sara, la mejor amiga de Lis, interpreta a esa mujer diferente, el contrapunto de la actitud de los padres de Lis, la “bruja” según los habitantes del pueblo, alguien especial y con ideas muy abiertas sobre el amor, el sexo y la vida.

Y los intérpretes jóvenes, debutantes muchos de ellos, casan a la perfección junto a los adultos, con una magnífica y apabullante Carmen Arrufat que da vida a Lis, una niña-adolescente rebelde, libre y con deseos de volar y salir del pueblo para enfrentarse a su vida y a su sueño, con Joel Bosqued como Néstor, el típico chulito de pueblo, que pasa droga y se siente el rey del mambo, dando réplica a Lis, que empieza siendo la válvula de escape que necesita la chica para luego ser un problema en su vida, con Estelle Orient, que ya estuvo en 14 años y un día, interpretando a Sara, la íntima amiga de Lis, algo así como un espejo en el que se refleja Lis, un apoyo incondicional por su rareza y su falta de encaje en el sentir del pueblo, y las otras amigas, Laura Fernández y Rocío Moreno, que son Rocío y la Patri, con las que tropiezan las anteriores por sus diferencias de actitud y deseos. Alemany ha creado una película muy cercana y libre, sin ataduras, en la que basándose en experiencias reales sitúa a una niña que se enfrenta al final del verano más difícil de su corta existencia, en el que deberá enfrentarse a todo aquello que quiere ser, tanto por ese embarazo inesperado, a sus sentimientos, a su vida y a su sueño, pase lo que pase, y peleando por todo aquello que siente y quiere. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Itsaso Arana

Entrevista a Jonás Trueba y Itsaso Arana, director y actriz de la película «La virgen de agosto», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 3 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Itsaso Arana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La virgen de agosto, de Jonás Trueba

CUENTO DE VERANO.

“Hacerse una persona de verdad… ¿Cómo se llega a ser quién uno es realmente…?”

El universo cinematográfico de Jonás Trueba (Madrid, 1981) está plagado de jóvenes a la deriva, enfrascados en conflictos existencialistas, vidas en el limbo, perdidos en continuo conflicto emocional, sin encontrar su espacio o un lugar donde quedarse o donde sentirse bien, individuos que deambulan de un sitio a otro casi por necesidad no por un deseo personal, personas con dificultades laborales y sentimentales, llenas de dudas, de miedos, llenas de todo y de nada a la vez, náufragos sin isla desierta, perdidos en un no lugar y cerrado a la vez, con pocas o nulas perspectivas de futuro, personajes muy reconocibles que podíamos encontrar en nuestros amigos y en nosotros mismos, almas en permanente búsqueda de sí mismos, en medio de la nada, reflejos de estos tiempos actuales tan confusos e impredecibles al igual que sus vidas. Si hacemos un recorrido memorístico por las cuatro películas anteriores del cineasta madrileño, los relatos están apoyados principalmente en los personajes masculinos, dejando la mirada femenina en un segundo plano. Aunque eso sí, los personajes femeninos que abundan en su cine son complejos, llenos de matices y dubitativos, las mismas sensaciones que padecen los masculinos.

Con su anterior película La reconquista (2016) el reencuentro en la juventud de unos antiguos novios de la adolescencia, las tornas se equiparaban, dándole el mismo protagonismo tanto a unos como otros, conociendo los diferentes puntos de vista de la relación pasada y el citado reencuentro. Como si de un espejo deformador se tratase, cualidad que define mucho el cine de Jonás Trueba, en una suerte de compendio íntimo y especial donde sus películas dialogan constantemente unas con otras, creando una especie de infinita sala de espejos en las que se van reflejando, creando pequeños vínculos que continuamente se van abriendo y cerrando. Después de Quién lo impide, su proyecto en marcha asentado en el universo de la adolescencia, volvemos a reencontrarnos con su cine en el personaje de Manuela de La reconquista, o alguien muy parecida a aquella sería Eva, interpretada por la misma actriz Itsaso Arana, también en labores de coguionista junto a Jonás en La virgen de agosto, convertida en el hilo argumental del que tira el director para contarnos un cuento de verano en la ciudad, una fábula-diario de los primeros quince días de agosto, donde la citada Eva (no es casualidad el nombre, ya que tiene resonancias bíblicas) hospedándose en un piso prestado, vivirá los días y las noches vagando por la ciudad de Madrid, (re) encontrándose con personajes del pasado, del presente y quizás de ese futuro que desconocemos en ese momento, algo así como le ocurría al protagonista de Canción de Navidad, de Dickens, donde conversarán, filosofaran y reflexionarán sobre los tiempos actuales, sus deseos, ilusiones, frustraciones, y demás sentimientos.

Eva se reencontrará con amigas que hace mucho que no ve que han sido madres, amigos que van de aquí para allá agobiados de estar en la ciudad en agosto y apáticos con su trabajo, con artistas inquietas que le fascinan, con madrileños inmigrantes nietos de brigadistas que visitan la ciudad con amigos ingleses, nuevas amigas que le ayudarán a sentirse mejor durante la menstruación con la que hablarán de feminismo, o un día de pantano donde dialogar y dejarse llevar, algún que otro reencuentro inesperado en la puerta de un cine, o ese chico extraño que parece diferente a los demás o no, eso sí, (des) encuentros mientras las verbenas de los diferentes barrios se suceden, tiempo para pensar, para conocer, experimentar, soñar, tomar copas o simplemente bailar al ritmo de canciones de Soleá Morente, melodías que interpelan directamente a la situación emocional de Eva, una mujer que mira la ciudad desde la distancia, como si no fuera con ella, una ciudad que Jonás Trueba retrata desde el bullicio y las gentes que como Eva se quedan en la ciudad por diversos motivos, con ese tono entre la ficción y el documento en la que el sonido de Amanda Villavieja (habitual de Isaki Lacuesta o José Luis Guerín)  se convierte en un personaje más, convirtiendo ese entorno en un espejo más que transforman las imágenes de la película.

El cineasta madrileño se rodea de sus cómplices habituales, Santiago Racaj en la cinematografía, con esa luz especial y cálida que baña a la figura de Eva, con ese instante tan profundo durante el baño en el río, o ese otro momento con las lágrimas de San Lorenzo, que retrata la magia de lo cotidiano, ese mirar detenido donde todo puede suceder, donde lo más mínimo adquiere connotaciones espirituales, donde la luz del día como de la noche se tornan únicas, delicadas e íntimas, como si asistiéramos a una fantasía cercana y lejana a la vez, como si no fuese con el personaje de Eva, Marta Velasco en el montaje o Miguel Ángel Rebollo en el Arte, y sus intérpretes habituales que le acompañan en cada viaje-película como la mencionada Itsaso Arana, Vito Sanz, Mike Urroz, Isabelle Stoffel, las breves apariciones de Francesco Carril y del cineasta Sigfrid Monleón, criaturas todas ellas que nos cuentan, nos seducen, también nos interpelan, y sobre todo, nos muestran formas y puntos de vista diferentes.

Jonás Trueba vuelve a mirar a sus maestros y referentes, ya sean literarios como la cita que abre la película: “Cada cual quiere ser cada una; no vaya a ser menos”, obra de Agustín García Calvo, perteneciente al himno de Madrid, o la mención en el bellísimo prólogo del libro de Stanley Cavell sobre la comedia de enredo sentimental en Hollywood en torno a la búsqueda de la felicidad, o citas cinematográficas como la idea de Renoir de la vida como celebración festiva entre amigos, o las dudas existenciales que tanto padecen los personajes de las películas de Rohmer, en la que Delphine, la protagonista de El rayo verde, sería una especia de antítesis de Eva, ya que aquella buscaba acompañante para las vacaciones, y Eva desea quedarse y conocerse en la ciudad,  y Hong Sang-soo, o las miradas a la ciudad de Madrid desde Fernán-Gómez o Patino, donde la ciudad se convierte en el reflejo idóneo de ese estado vital, donde todo parece raro y extraño a la vez.

Unos días de agosto en los cuales Eva se encuentra una ciudad que nace y muere a cada paso, emocionalmente hablando, donde los paseos diurnos o nocturnos adquieren connotaciones místicas, en los que se producen encuentros, desencuentros o reencuentros esperados, inesperados, agradecidos, frustrantes o simplemente, sorpresivos, en que Eva, la protagonista de la película, un actriz que ya no se reconoce en esos espejos vitales, que ni sabe lo que quiere ni se encuentra, que no sabe que hace ni adónde va, alguien que se debate entre los conflictos interiores que tiene, en ese tiempo de transición, en esos 15 días que parece que todo puede suceder, tanto lo bueno como lo menos bueno, donde quizás encuentre un camino diferente al transitado, al que la ha llevado a ese estado, y se tropezará con algo o alguien que la enganche a su vida y a sus sentimientos, quizás no sea definitivo pero al menos será un comienzo, un camino diferente por el que comenzar a caminar, un comienzo de algo que no sabemos a qué lugar la llevará. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA