Las chicas de Amanecer Dorado, de Havard Bustnes

SECCIÓN FEMENINA.

El cine en general, y el documental en particular, es un medio eficaz y asombroso para plantearse preguntas, nunca para resolver enigmas, el creador emprende un viaje de búsqueda en los que aparecerán esos conflictos que tanto le interesan y para los que no encuentra respuesta, la película será ese vehículo propicio para adentrarse en esos enigmas, actuando de guía para adentrarse en campos de difícil acceso a los que sin ese medio sería imposible acceder. Las chicas de Amanecer Dorado nace con una pregunta: ¿Qué ha pasado en Grecia? ¿Qué ha ocurrido en un país, para que la tercera fuerza política del país sea un partido de extrema derecha? Havard Bustnes, documentalista de amplia experiencia en el documental en Noruega viajó hasta Grecia adentrándose en las entrañas de Amanecer Dorado para estudiar las raíces de una realidad triste y amarga. La película, a partir de un dispositivo naturalista y sencillo, accede a la sede del partido, las viviendas de sus seguidores y locales donde organizan sus mítines, y lo hace a través de tres mujeres, Ourania Michaloliakos (hija del fundador y líder del partido Nikolaus Michaloliakos) la madre y la esposa de otros cabecillas, en un momento donde la sección femenina ha de tomar las riendas del partido ya que su cúpula (padre, hijo y esposo) han sido encarcelada por presunta vinculación con el crimen de un rapero, a manos de algunos seguidores del partido.

Las tres mujeres emprenden la campaña electoral de 2013 y consiguen un gran respaldo en las elecciones. La cámara las filma en su intimidad, sus conversaciones y su estrategia política, todo sigue un orden pensado y establecido, aunque el cineasta le pregunta por sus vinculaciones con el nazismo y al violencia, ellas se desmarcan y siguen su guión, dentro de una inteligencia marcada, en la que cada una de ellas conoce la naturaleza y su orden en el partido. Bustnes ofrece un retrato de un partido fascista, que clama por su patria y quiere expulsar a los inmigrantes, un partido que nació en los 80 como asociación nazi y luego en los 90 se erigió como partido político que concurría a las elecciones, aunque su presencia era anecdótica, fue a partir de la devastadora crisis económica de principios del nuevo siglo, que Amanecer Dorado ha conseguido lo que es, un partido con gran respaldo por la población, una población vapuleada por el fuerte impacto del paro y demás problemas económicos que ha llevado al país a la ruina, caldo de cultivo esencial para que los partidos fascistas vendan humo y se sirvan de la desilusión de las gentes para prometerles un dorado a partir de viejas consignas nacionalistas ondeando banderas y símbolos ancestrales para devolverles ese espíritu de orgullo patrio a su favor.

Amanecer Dorado lanza a los cuatro vientos un discurso popular y democrático, para convencer a sus votantes más ingenuos, ya que acumula un sinfín de altercados violentos con la policía, los periodistas y detractores. El cineasta noruego escarba y filma todo lo que le dejan, e intenta extraerles información y que respondan a sus múltiples contradicciones, aunque no lo consigue por el propio testimonio de las implicadas, si lo consigue con su película, planteando un retrato que desde las tripas del partido, junto a material de archivo que nos ayudan a completar sus orígenes y las diferentes situaciones que han protagonizado, dejando ver su verdadera ideología racista, xenófoba y nacionalista a ultranza. Esta Sección Femenina (que recuerda a aquella de Falange que moralizó y reprimió a las mujeres durante cuarenta años de franquismo) defienden a muerte su discurso basado en el miedo del otro, en un estado falsamente democrático (que permite partidos como el suyo, por cierto) y en unas ideas políticas que han llevado al país a la ruina y a una Unión Europea basada en las leyes fascistas de mercado que empobrecen a la mayoría por el bien de unos pocos.

A través de ese discurso, populista que arenga a la parte de la población más machacada por la crisis, consiguen convencer y devolverles la ilusión perdida, aunque sea de una manera facilona e hipócrita, en el que lanzan muchas verdades (aunque esas mismas situaciones se viven o se continúan viviendo en otros países del mediterráneo como España, por ejemplo) esconden un trasfondo de odio, violencia y extremismo que ayuda a crear una división irreversible en la sociedad griega. Bustnes ha construido una película sobre la política, sus desmanes y corrupción, que en algunos instantes recuerda al cine de Ulrich Seidl y partes de su documental En el sótano, pero también, sobre el miedo de una sociedad que ya no cree en la democracia, que ha sido y sigue siendo mutilada y falseada, y esa misma sociedad, se dispone a lanzarse al abismo siguiendo las banderas de una Grecia imperial que si bien les hará sonreír y ayudar para adoctrinarlos, poco a poco, sin darse cuenta, se estarán metiendo en la boca del lobo, del que desgraciadamente, no podrán salir indemnes.

Entrevista a Julia Dahr

Entrevista a Julia Dahr, directora de “Gracias por la lluvia”. El encuentro tuvo lugar el jueves 1 de marzo de 2018 en la Plaza Gutenberg del Campus UPF en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Julia Dahr, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè, la traductora, por su amabilidad, generosidad y trabajo,  y a Ot Burgaya y Laia Aubia de El Documental del Mes, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Gracias por la lluvia, de Julia Dahr

EL GRANJERO CONCIENCIADO.

“Durante el resto de vuestra vida,  tenéis  que comprometeros  a que, antes de morir, dejareis un legado en forma de árboles”

Julia Dahr, una joven cineasta noruega viajó a África para hacer su primera película con el objetivo de filmar las consecuencias del cambio climático a través de los agricultores que lo sufren. Allí, y más concretamente en Kenia, se encontró con Kisilu, un granjero que trabaja la tierra, convirtiéndola en su medio de subsistencia para sus 7 hijos, su esposa y para él. Aunque, lo que hace realmente maravilloso a este hombre es que su conciencia le ha llevado a combatir el cambio climático desde la base, creando una comunidad de granjeros que trabajan entre sí, a través del cooperativismo, en acciones de conciencia que consisten en plantar árboles para favorecer la aparición de lluvias, y de esa manera parar los problemas que acarrean por estos cambios meteorológicos. Dahr enfoca su película a modo de diario apoyándose en la cotidianidad de Kisilu y su lucha diaria en la tierra, con su familia, capturando la cercanía de todo lo que ocurre, y además, sus continuos viajes para trabajar con los otros granjeros. Además, Kisilu tiene una cámara con la que registra su cotidianidad, donde escuchamos sus más íntimas reflexiones y análisis de todo este cambio.

La película filma desde la intimidad familiar y personal, todo lo que el cambio climático provoca en las entrañas de África, de los más afectados, desde las terribles sequías, o las incesantes lluvias, que provocan grandes inundaciones, desbordamientos y abnegación de las tierras echando a perder las cosechas, o más aún, el destrozo de techos, objetos  y enseres de los granjeros. Pero, Kisilu no es hombre de amilanarse, y seguirá en pie de guerra contra estos cambios devastadores, continuando con su objetivo, y hablando con los demás granjeros a que sigan en la lucha, y no abandonen su tierra y emigren a la ciudad a un mejor porvenir como han hecho tantos otros. La cineasta noruega pone el dedo en la llaga en las terribles consecuencias medioambientales que tienen las empresas poderosas sobre los más débiles, aquellos que viven de la tierra. Kisilu no solo trabaja para concienciar su entorno con nuevas formulas y estrategias para luchar contra el cambio climático, sino que, y gracias a Julia Dahr, acude como invitado a la convención internacional sobre el cambio climático que se celebra en París, para explicar su posición y su forma de lucha, aunque allí, se enfrenta a la oposición de las grandes empresas que no ceden y quieren continuar con su producción contaminante para seguir ganando indecentes cantidades de dinero.

Kisilu no lo tiene nada fácil, ya que se enfrenta al conflicto eterno, a la lucha histórica entre norte y sur, desde que el hombre es hombre, la guerra entre David y Goliat, entre aquellos capitalistas que utilizan los recursos naturales para enriquecerse, en contra de los granjeros como Kisilu que viven en consonancia con la naturaleza y los medios que va encontrando, sin dañar al medio ambiente. Dos formas, no solo de entender el trabajo, sino la vida y la posición vital de unos y otros, aunque Kisilu a pesar de los problemas, tanto del tiempo como de la avaricia del norte, y como no es hombre de ceder, consigue combatir la terrible oposición de las grandes empresas que contaminan y provocan con su producción las devastadores consecuencias del cambio climático, optando por continuar desde la base, convocando reuniones informativas, trabajando juntamente con sus colegas, y continuando con alegría, fe y compromiso, en la necesidad de plantar árboles, y trabajar juntos, no solo para su futuro trabajo que ayude a su familia a salir adelante, sino también para los otros granjeros, y su entorno.

Dahr construye una película humanista y política, un relato que filma lo más íntimo y cotidiano, que acaba adquiriendo connotaciones universales, hablándonos de la dignidad y la fuerza de los trabajadores de la tierra, de aquellos que las cifras y estadísticas nunca mencionan, pero están ahí, abriendo zanjas, plantando árboles y mirando de cara al cambio climático, y sobre todo, encontrado herramientas a su alcance para combatirlo, a pesar de la oposición del norte. Una cinta sobre la cara invisible de aquellos que sufren la avaricia y la codicia de los de siempre, de aquellos que ven en el trabajo un medio para enriquecerse aunque cueste la vida y el trabajo de otros, porque la cinta de Dahr no solo nos abre un diálogo sobre el cambio climático y cómo afecta a los granjeros de la otra parte del mundo, sino de la pérdida de conciencia social, de la fraternidad entre las personas, y la falsedad de una sociedad que permite que unos estén por encima económicamente de otros, como mencionaba Rousseau a finales del XVIII, cuando los más poderosos anteponían sus privilegios a costa de la vida miserable de los trabajadores, que solo demandaban unas condiciones dignas de trabajo y en consecuencia, de vida.

La hora de los deberes, de Ludovic Vieuille

MAL DE ESCUELA.

“Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”
Albert Einstein

Hay películas que se descubren revelándonos más de lo nos imaginamos, no por su aparentemente sencillez en su forma, sino en su atrevido y complejo contenido, porque van más allá de los problemas que pretenden exponer, escarbando en el centro del problema, y explorando los múltiples recovecos que aparecen en el fondo de la cuestión. La hora de los deberes es una de ellas, y lo es porque todo en ella es una bandera de la sencillez y extremadamente cotidiana, porque nos sumerge en esa hora en el que un padre, Ludovic, y su hijo Angelo, realizan los deberes conjuntamente. Una hora que a veces se eterniza, y en otras, deviene en la más poderosa frustración, ya que Angelo no logra entender los conceptos, y se pierde en una infinidad de enunciados, tareas diversas y un léxico que, en ocasiones, es profundamente inentendible. Ludovic Vieuille es un cineasta francés, con una filmografía que abarca la decena de largometrajes y un buen puñado de cortometrajes, que fabrica una película doméstica, íntima y profundamente aleccionadora que ataca con dureza un sistema educativo caduco, tradicionalista e ineficaz, ya que pretende encajar a todos los alumnos por igual, anulando a todos aquellos que por su naturaleza no siguen el ritmo impuesto por sus estudios.

Vieuille utiliza un dispositivo extraordinariamente elemental, coloca una cámara fija que filmará a padre e hijo en sus 60 minutos de deberes, minutos que deberían ser educativos, pero acaban siendo todo lo contrario. Una película filmada durante cuatro años, donde los avances no se presentan, y el camino recorrido es de una inutilidad exasperante, en el que Angelo tiene que encajar en ese sistema educativo, eliminando de esta manera su imaginación e inventiva, esforzándose para ser uno más, eliminando de esta manera sus capacidades diversas, y su diferente manera de desarrollarse en su mundo y en su entorno. Vieuille se acerca a los maestros del cinema verité, para captar todas las emociones que se van presentando frente a nosotros, a través de las miradas y gestos de frustración e inoperancia de padre e hijo, con algunos instantes de cine de animáción y humor, con los múltiples fantasmas que afloran en sus mentes, como los suspensos, las notas de los profesores que engrandecen los errores y debilidades de Angelo, y sobre todo, los miedos de repetir curso.

Una convivencia entre padre e hijo, en la que uno mira al otro, preocupados y frustrados, se abrazan o se rinden agotados por no entender los ejercicios y perderse en una hora que acaba siendo muy triste y vacía. El padre recuerda sus años de alumno, en el que tuvo que pasar por los mismos métodos caducos educativos y su desesperación por no poder asimilar las distintas materias y seguir la normalidad del curso, una normalidad que excluye, no acepta la diversidad. Vieuille rescata el libro Mal de escuela, de Daniel Pennac, reconocido profesor y pedagógico francés, en el que no nos habla sobre la institución académica y sus males, sino en un alumno, el propio Pennac, y su zoquetería, sus múltiples problemas para encajar en el mundo de la escuela, y sus incapacidades para afrontar los trabajos que les asignaban, y el proceso triste que tuvo que vivir en sus años estudiantiles, y la frustración que le llevó a cambiar constantemente de colegio para encontrar aquel que mejor se adecuaba a sus necesidades e idiosincrasia. Un ensayo magnífico que explora la insatisfacción que provoca unos métodos académicos que no funcionan igual para todos, sino para unos cuántos, dejando fuera a todos aquellos alumnos que son diferentes, con necesidades completamente diversas.

Vieuille, a través de su pequeña película, no sólo nos habla de la relación de un padre y su hijo, sino también, y siguiendo con la maravillosa tradición de la cinematografía francesa, que ha explorado desde tiempos inmemoriales la educación y sus métodos (con nombres tan importantes como Vigo, Truffaut, Pialat, Philibert o Cantet, por citar algunos) ha construido una película sobre los males educativos en Francia, que podrían extrapolarse a muchos países occidentales, en los que el sistema falla estrepitosamente en aquellos que son diferentes, y no les concede la oportunidad de seguir otro tipo de educación, dejándolos marginados, y con la idea que son unos inútiles y no pueden pertenecer a este sistema excluyente y fascista, en un sistema educativo que no construye personas, ni mucho menos las forma para enfrentarse a la vida y a una sociedad salvaje y depredadora, sino trabajadores para un sistema capitalista en el que hay que esforzarse por ser los mejores profesionales, donde uno estudia para ganar dinero, no para ser persona, donde la humanidad y la bondad quedan completamente al margen, quedando completamente anulada y aislada en los centros de trabajo donde se fabrican números y ganancias, donde todos somos números y poco más.

Machines, de Rahul Jain

MALDITO TRABAJO.

“La pobreza es tormento, señor”

A mediados del siglo XIX, con la Revolución Industrial se acababa un gran período de transformaciones sociales, económicas y culturales que, en principio, se terminaba con las condiciones precarias de vida de los ciudadanos, para de esta manera entrar en una nueva era de mejores condiciones de vida donde las máquinas ayudarían a que la cotidianidad de los habitantes. Más lejos de todo aquello, a día de hoy, la máquina se ha impuesto al ser humano, y le ha condicionado, tanto su vida personal como laboral, imponiéndole unos ritmos de vida muy alejados de aquella lejana idea del XIX, donde la máquina venía a realizar todo lo contrario, y que no era otra cosa que mejorar las condiciones de vida. El director indio Rahul Jain (Nueva Delhi, India, 1991) nos introduce en las mazmorras de una fábrica textil en Surat,  una ciudad industrial situada al noroeste de la Índia, donde elaboran toda clase de tejidos, y nos muestra la terrible cotidianidad de unos trabajadores que son explotados en durísimas jornadas laborales de 12 horas diarias a razón de 210 rupias (unos 3 euros), muchos de ellos viajan miles de kilómetros para vivir lejos de sus familias para de esta manera sobrevivir en condiciones miserables, y subsistir, en trabajos de por vida donde nunca podrán ahorrar.

La cámara se mueve entre los trabajadores, entre los larguísimos pasillos, donde vemos cientos de telas amontonadas y preparadas para su ejecución, en una producción que nunca cesa, donde los trabajos y máquinas, conviven y comparten un espacio oscuro, sin ventilación y más propio de una prisión que de un ambiente laboral. Jain toma como referencia el documental británico del primer tercio del siglo XX, que mostró al mundo los ambientes laborales como Drifters, de John Grierson, Industrial Britain, de Robert J. Flaherty, Basil Wright y Arthur Elton, o Night Mail, de B. Wright y Harry Watt, entre otros muchos,  o el más reciente Workingman’s death, de Michael Glawogger, documento del 2005. Películas que documentaban las durísimas condiciones laborales de un mundo cada vez más desigual e injusto, y que el tiempo no ha ayudado a que esas situaciones mejorase, sino todo lo contrario, las ha acrecentado, creando un sistema capitalista feroz y salvaje que solo mira los rendimientos productivos y económicos, creando todavía más desigualdades si cabe, contribuyendo a crear un sistema de esclavitud moderno, donde las grandes empresas, con la ayuda de gobiernos corruptos y de inexistentes derechos laborales, explotan hasta la saciedad los trabajadores de esos países, una nueva manera de colonialismo, o mejor dicho, una continuación del colonialismo, donde unos siguen ganando cantidades enormes de dinero, a costa de las penosas y terribles condiciones laborales de aquellos a los que explotan por el bien del progreso y la modernidad.

Jain construye una película breve, de apenas 72 minutos, donde se introduce de un modo natural y tranquilo en todos los espacios existentes en ese paisaje de desolación y no vida, en el que hombres y máquinas se mezclan con el ruido incesante del movimiento continuo y mecánico de la frenética elaboración de los tejidos, donde las telas se fabrican a destajo, como si el mundo se terminase, donde los colores vivos parecen apagados, o los trabajadores los ven así, donde los rostros, imperturbables y silenciosos de los que allí trabajan mirando con recelo y miedo a la cámara, como a un invitado extraño que viene a documentar su manera de no ganarse la vida. El cineasta indio filma en primera persona a los trabajadores, ofreciéndoles su cámara para que expliquen sus vidas, reflexiones y el funcionamiento de este infierno al que llaman trabajo. Unas personas que explican sus orígenes, y porque se mantienen esas condiciones miserables de trabajo, ya que la nula comunicación entre los trabajadores hace imposible la organización sindical que ayude a mejorar sus trabajos.

Unos seres que se mueven como fantasmas, donde la vida y sus almas se quedan en la puerta, como explica uno de ellos, que más de un día piensa en no entrar, en dar media vuelta, porque sabe el infierno que irremediablemente le espera. La fábrica, como si se tratase de una mina, se encuentra en los sótanos, donde apenas hay luz natural, donde los trabajadores son expuestos y hacinados durante horas interminables y agotadoras, donde la máquina manda su ritmo de producción. Un paisaje inhumano, donde trabajan al ritmo de las malditas máquinas, doblando turnos de 12 horas para así ganar más dinero, en una no vida donde siempre andan exhaustos, agotados y sin alma. Rahul Jain debuta en el largometraje con un documento fascinante a nivel formal, y demoledor y terrorífico en su contenido, denunciando unas condiciones laborales de explotación, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, sin caer en el panfleto, ni mucho menos en la proclama revolucionaria, sino mirando esos rostros con dignidad y extrayendo la humanidad que albergan, porque tras esas personas ensombrecidas por las máquinas y el maldito trabajo, existen personas como nosotros, que lo único que necesitan es vivir dignamente con un trabajo que los mire como seres humanos y no como máquinas.

Renta básica, de Christian Tod.

PENSAR LA UTOPÍA.

“Creo que la democracia hoy en día se ha convertido, en buena medida, en consentimiento manipulado, no forzado, sino manipulado, cada vez más manipulado, con la ayuda de la publicidad”

Erich Fromm (1900-1980)

La crisis mundial de hace menos de una década ha destapado las entrañas de una sociedad basada en un modelo económico insostenible, donde el 1% posee la misma riqueza que el 99% restante, y en el que la globalización, y la incorporación al mercado laboral de la automatización, elementos que vienen a cambiar completamente las estructuras de las finanzas económicas mundiales, con las graves consecuencias como la desaparición de puestos de trabajo, y un sistema que no podrá asimilar la gran mano de obra laboral que no tendrá disponibilidad de acceder a ningún trabajo. Problemas acuciantes para un sistema económico que deberá reiniciarse y encontrar otro modelo sostenible, en el que todas las personas del mundo encuentren su espacio y puedan vivir dignamente.

La película de Christian Tod (Linz, Austria, 1977) reputado economista que ha hecho de la renta básica su objeto de estudio, aborda de manera didáctica y profunda todos los aspectos de las causas nefastas del actual modelo económico y las posibles ideas para frenar este caos vital como la aplicación de una renta básica garantizada en el que las personas puedan cobrar del estado una retribución mensual para llevar a cabo su vida. El cineasta austriaco habla con empresarios, economistas, sociólogos, psicólogos, trabajadores, políticos, activistas y otros expertos en el tema para dialogar sobre la aplicación de esta renta, evaluando concienzudamente sus pros y contras, a partir de las experiencias ya realizadas en los años setenta y ochenta en pequeñas comunidades de Canadá y EE.UU., y los más recientes experimentos en una comunidad muy pobre en Namibia, estudiando sus resultados a nivel económico y sociológico en la población que participó en estas pruebas sobre la renta básica.

La película-documento hace un recorrido exhaustivo y profundo sobre las personas que a través de asociaciones reivindican la aplicación de una renta básica, desde Suiza, Alemania, Namibia o EE.UU., donde expertos en la materia nos explican un modelo económico que redistribuiría la riqueza y ayudaría a acabar con las gravísimas desigualdades económicas actuales. También, se expone, de un modo sencillo y claro, la idea de trabajar por dinero, y las consecuencias, positivas y negativas, que resultarían de trabajar sin tener que depender del sueldo, de terminar con ese poder indigno de aquellos que ofrecen el trabajo, y los otros, que dependen de él para sobrevivir. Un abanico de personas que alrededor del mundo defienden la renta básica y otros, por el contrario, se muestran completamente contrarios a su aplicación, esgrimiendo sus argumentos, basados en la pérdida de un modelo económico que, por otra parte, ya ha dado graves síntomas de su ineficacia y de pedir a gritos un cambio o la tecnología lo cambiará porque se será más factible económicamente hablando.

Tod construye una película que ayuda a reflexionar y a acercarse al tema de la renta básica desde múltiples puntos de vista y su necesidad en este mundo más desigual, y lo hace recurriendo a todos los elementos habidos y por haber, como los dibujos animados, o la saga de Star Trek (tanto la serie clásica como las películas, posiblemente la obra audiovisual que mejor ha plasmado los cambios y avances tecnológicos que nos depararan en el futuro) que abre y cierra la película, y a través de una voz en off, en un futuro remoto de 300 años después, donde las necesidades materiales han desaparecido y los seres humanos no tienen la necesidad de trabajar para ganar dinero, sino el trabajo se ha convertido en una realización personal y un espacio para descubrirnos. Interesante paradoja la que exponen en la película, un universo donde lo humano prevalece ante el materialismo, y en el que los seres humanos disponen de su vida para ellos, sin la necesidad de cambiar vida por dinero.

El maravilloso reino de Papa Alaev, de Tal Barda y Noam Pinchas

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO.

“Lo más importante en la familia es la familia. Sin la familia unida no hay orquesta.”

The times they are a-Changin’ (Los tiempos están cambiando) cantaba Bob Dylan en aquellos convulsos años sesenta, canción que no sólo describía una época de tiempos revolucionarios, sino que también, dejaba constancia del espíritu que recorría en unos jóvenes airados que soñaban con una sociedad diferente, más humana y mejor. Aunque hayan pasado más de medio siglo, la canción-himno de Dylan, sigue tan vigente como en sus orígenes, como un grito de rebeldía contra lo establecido, lo conservador y el poder. Algo parecido ocurre con Allo “Papa” Alaev, el virtuoso músico de Tayikistán (antigua república soviética), y su entorno familiar. El patriarca octogenario, aunque ya retirado, sigue practicando el “ordeno y mando”, dictatorial e instransigente, con esa mano firme general rechoncho, cargado de medallas, en la que ordena cualquier circunstancia que tenga que ver en su casa, donde viven todos juntos, como que se come y cuando, y quién toca y que instrumento, eliminando de raíz cualquier idea o cambio. Unas ordenes que su hijo Ariel ha seguido a rajatabla desde que tiene uso de razón, pero que su hija, Ada, se rebeló en su momento, saliendo del clan familiar, y trabajando por su cuenta, decisión que el padre jamás le perdonó y le prohíbe ser una más de la orquesta familiar. Aunque el reino del patriarca se verá amenazado cuando los nietos quieren ganarse su espacio en el seno del grupo musical, aportando sus ideas y con la necesidad de cambiar ciertos aspectos de las actuaciones y su repertorio. Aunque “Papa” Alaev se niega, creyendo inamovible la familia unida, aunque quizás ha llegado el momento de cambiar, como los tiempos, que nos advertía Dylan, o sucumbir a esa ráfaga de juventud que viene con fuerza y energía para cambiar las cosas y hacerlas a su manera.

El tándem de directores israelís Tal Barda (1983) autora de A heartbeat away (2015) en la que exploraba la terrible experiencia de un cardiólogo y pediatra en mitad de Tanzania, y Noam Pinchas (1974), co-productor de The good son (2013), de Shirley Berkovitz, donde podríamos encontrar un germen del conflicto de esta película, ya que hablaban de un joven que, con el objetivo de conseguir su sueño, debía enfrentarse al conservadurismo familiar. Barda y Pinchas sitúan su película en la actualidad, y en Tel Aviv (Israel) donde la familia emigró a mediados de los noventa después de la caída de la URSS. También, mediante material de archivo, nos informan del éxito y legado musical de “Papa” Alaev y la construcción de su clan familiar a través de la música, como durante tantos taños han sido “nosotros”, como tanto le gusta remarcar al anciano músico, y lo hacen de manera sencilla, mediante fotografías e imágenes de vídeo, donde vemos la educación patriarcal y conservadora de aquellos hijos y nietos por el bien de la música y la familia unida. La película se mueve a través de las luces y las sombras que se han instalado en la familia de un tiempo hasta aquí, en la que vemos, por un lado, la alegría y diversión de la familia mientras toca frente a miles de personas, donde los ritmos bukhareses, desbordan la fiesta y el movimiento en una música festiva, alegre, vital y pasional.

Y después, nos muestran el otro lado del espejo, cuando filman a Ada y a los nietos, en las que expresan sus ideas que chocan contra el mandato patriarcal (ideas que les llevan, unos a volver a tocar el instrumento que el padre le negó, otros, la religión, o a formar un grupo alejdo de la familia) también escuchamos a las mujeres de la casa, relegadas a las tareas domésticas, y anuladas, en las que además, se les prohíbe la participación en las giras del grupo. Un hervidero difícil de mantener, porque los tiempos ya son otros, los tiempos piden nuevas miradas, nuevos retos, y más comprensión e igualdad, entre unos y otros, sin ningún tipo de discriminación, eso sí, agradeciendo el legado musical del viejo patriarca, pero desarrollándolas en otros ámbitos, muy distintos a las ideas del abuelo. Una película sobre la música tradicional, sobre la pasión de un sueño, sobre la familia unida, pero no a cualquier precio, porque la película, de un modo honesto y profundo, nos habla de las diferentes posiciones que coexisten en el seno familiar, que distan mucho de la aparente normalidad que pretende conseguir el patriarca, porque los tiempos como bien describía Dylan siugen su curso y ya son otros: Vamos, madres y padres de toda la tierra, y no critiquéis lo que no podéis entender. Vuestros hijos e hijas están más allá de vuestro dominio. Vuestro viejo camino está envejeciendo rápidamente. Por favor, salid del nuevo si no podéis echar una mano, porque los tiempos están cambiando.