The Guilty, de Gustav Möller

SERVICIO DE EMERGENCIAS, DÍGAME.

Los amantes del cine recordarán a Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, en Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. Un western magnífico que narraba con firmeza la espera de Gary Cooper ante la inminente llegada en tren del criminal fugado de la cárcel que el mismo envió a prisión. Asistíamos con temor a 80 minutos agobiantes donde Kane esperaba sin remedio el fatal desencuentro, sin que nadie del lugar le ayudase. Algo parecido le sucede a otro representante de la ley, el agente Asger Holm en The Guilty, en el que recibe una llamada al servicio de emergencias y deberá lidiar un caso de secuestro, donde hay implicados una mujer que se hace llamar Iben, y su secuestrador, su ex, Michael. El director Gustav Möller (Gotemburgo, Suecia, 1988) que debuta con esta película, enmarca su película en las cuatro paredes del servicio de emergencias, donde a través del teléfono y las conversaciones veremos todo lo que sucede en off, escuchando atentamente todo lo que acontece al otro lado del aparato. La premisa es sencilla y muy efectiva, por un lado, tenemos a Asger Holm, el agente sancionado por un caso de homicidio imprudente, y degradado por sus superiores, y metido a atender llamadas en una sala fría durante la noche.

Avanzada la noche, recibimos la llamada aterrorizada de Iben, una mujer joven que explica su caso, su secuestro y su terror. Entonces, a partir de ese instante, las llamadas irán a velocidad de crucero de un lado a otro, a comisarias, a patrullas, al hogar familiar de los implicados, que han dejado solos a sus dos hijos menores, y a Rashid, un confidente y colaborador de Asger. La película no tiene un minuto de descanso, va de un lugar a otro sin salir de esa habitación a media luz, donde las voces y los sonidos ambientales se van cruzando entre unos y otros, siguiendo una estudiada tensión psicológica que va in crescendo, guiándonos por caminos trillados y nada claros, donde Asger deberá descifrar las claves que se hallan en el suceso, sin más ayuda que su instinto, su inteligencia y su capacidad para dirimir situaciones de peligro. Möller se ha rodeado de un equipo muy joven y profesional, para contarnos en tiempo real (como ocurría en el western de Zinnemann) la peripecia de Asger, contándonos la película a través de planos detalle del rostro y el cuerpo del policía, mezclándolo con planos más abiertos, siempre sin salir al exterior y casi sin diálogos con los otros compañeros de Asger, centrándose solo en las diferentes conversaciones del teléfono, en que el peligro inminente siempre está al acecho.

Möller construye una cinta de fuerte carga psicológica, con ese estilo depurado e inquietante de Hitchcock, en el que todos los personajes tienen algo que esconder, donde nada es lo que parece, y sobre todo, hay que estar muy atentos a todo lo que escuchamos a través del teléfono, siguiendo la montaña rusa de emociones que sienten los personajes, donde Asger pasa por casi todos los estados emocionales existentes durante los 80 minutos que dura la película, sometido a una presión brutal, y ejecutando sus propias órdenes, dejándose llevar por su instinto policial, e intentando sacar adelante semejante entuerto. La película tiene ese aroma que ya impregnaban otros títulos donde el teléfono se convertía en el foco de atención como Buried, de Rodrigo Cortés, donde un enterrado vivo tenía un móvil como único medio para salir de semejante situación, en Locke, de Steven Knight, un tipo con vida aparentemente feliz era manipulado en su coche a través del móvil. Cintas de gran tensión dramática, que manejan las emociones de los espectadores, llevándolos por ese laberinto emocional en el que todo ocurre fuera de ese espacio, pero tiene su raíz en ese ataúd, en ese coche, o en esa habitación de emergencias.

Quizás, otro de los elementos indispensables para los cimientos de la película sea la  soberbia interpretación de Jakob Cedergren (que ya cosechó muchas menciones con su trabajo en Submarino, de Thomas Vinterberg) creando un agente de policía solitario, de mal carácter y aislado, que construye una grandísima composición de sobriedad y detalles con su voz y sobre todo, en su rostro, que en la película se convierte en ese espejo de emociones en el que se reflejan todas las situaciones con las que tiene que lidiar a lo largo y ancho de esta trama peliaguda, oscura y terrorífica. Möller ha cimentado una película de grandes hechuras, sencilla y contenida en su forma, y muy creativa en su fondo, donde ese off acaba contaminando toda la habitación, y donde acabamos viendo aterrorizados todas esas acciones y personajes que solo escuchamos, que ocurren en off, manteniendo con gran habilidad y soltura esa tensión áspera y brutal que tiene toda la película, condensando con eficacia la transmisión de información de todo lo que va ocurriendo y sobre todo, cómo se nos irá desvelando toda esa información que permanece oculta.

Entrevista a Laura Ferrés

Entrevista a Laura Ferrés, directora de la película “Los desheredados”. El encuentro tuvo lugar el martes 27 de marzo de 2018, en los Jardins Teatre Grec en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Ferrés, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Montse Pedrós de Inicia Films, por su simpatía, generosidad, paciencia y cariño, y a mi buen amigo Óscar Fernández Orengo, por su fantástica fotografía, su cariño, amistad y generosidad.

Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero

Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, directores de “Psiconautas. Los niños olvidados”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 15 de febrero de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Alejandro Muñoz de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño, que además tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Psiconautas, los niños olvidados, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

cartel_a4_rgb_es_goyaLOS MONSTRUOS QUE NOS ACECHAN.

Erase una vez una isla que sufrió un terrible accidente industrial que la convirtió en un enjambre de sombras y dolorosos recuerdos. Los adultos transmutaron en un férreo control religioso a sus hijos, que éstos, agobiados y con nulas expectativas laborales o sociales, sucumbían sus días entre drogas, aislamiento y grandes deseos de abandonar la isla y emigrar a la ciudad. Alberto Vázquez (A Coruña, 1980) y Pedro Rivero (Bilbao, 1969) son los artífices de esta película de animación fantástica, pero cargada de crítica a la sociedad actual, una cinta que nació como novela gráfica del primero, y luego fue un cortometraje Birdboy (2010) en el que se apuntaban ciertos rasgos de la película. Los directores nos conducen hasta un lugar en el que el tiempo se ha parado, sus personajes remiten al pasado, a ese espacio en el que las cosas funcionaban de otra manera, y nos presentan un no mundo lleno de horrores, tanto físicos como emocionales, unos padres dementes que tratan a sus hijos como reos, unos perros policía que matan para mantener un orden fascista, los niños sin esperanza que sucumben a todo tipo de drogas, y luego está el vertedero, donde se almacenan montañas de basura y suciedad, en el que las ratas sobreviven buscando cobre y comiendo desperdicios.

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La historia gira en torno a Birdboy, un chico-pájaro angustiado por la pérdida de su padre y la incapacidad que tiene para abandonar la isla, y Dinki, una chica-ratón, con la que mantiene un romance, y los amigos de Dinki, Sandra, la chica-conejo, y Zorrito, tres amigos que emprenden un viaje para abandonar la isla e irse a la ciudad, y finalmente, el chico-cerdo, que tiene que cuidar de su madre enferma y se ha convertido en el traficante de la zona. Vázquez y Rivero (que ya debutó en la animación con La crisis carnívora, en el 2008) han realizado una cinta de indudable factura técnica, en el que abundan los contrastes, colores vivos con claroscuros, muy expresionistas, y en el que exploran, a través de una fábula fantástica, muchos de los problemas que acechan a la sociedad en la que vivimos: falta de expectativas laborales, control familiar y social, en el que se dispara a todo aquel diferente que se sale de lo establecido, el consumo de drogas entre los más jóvenes, una contaminación brutal, las enfermedades emocionales, y un sistema clasista que hunde a los más necesitados, y favorece a los que no les falta de nada.

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La película conserva cierto aroma de la ilustración y el tono de Maus, el fabuloso cómic de Art Spiegelman, sobre el holocausto judío, en el que los gatos eran nazis y los ratones, judíos, así como del expresionismo, en los que las formas y los colores explicaban el mundo interior de los personajes, y con títulos de la animación para adultos, como El planeta salvaje, La tumba de las luciérnagas, Persépolis, Cuando el viento sopla… todos ellos trabajos oscuros y terribles que, no sólo manifestaban la buenísima salud de un género con infinitas posibilidades artísticas, sino que también eran vehículos para criticar con dureza todos aquellos conflictos a los que las personas nos enfrentamos diariamente. Vázquez y Rivero han construido una película magnífica, bellísima en su armazón, pero dolorosa en su argumento, que nos habla sobre la amistad, el amor y la esperanza, en el que sus personajes siguen en pie y en el camino a pesar de todo lo terrible que se encuentran, con unos admirables personajes secundarios con las voces de Ramón Barea o Enrique San Francisco, entre otros, que hablan de una película minuciosa en los detalles, no sólo con la historia que cuenta, sino también, con todo el mundo interior de los personajes, esos monstruos que anidan en cada uno de nosotros, y nos obligan a tener que lidiar con ellos, para de esa manera, seguir hacía delante, aunque duela.