El Rey, de Alberto San Juan y Valentín Alvárez

LOS FANTASMAS DE LA CONCIENCIA.

(…) Trataba de mostrarse ingenioso para distraer su propia atención y mitigar el terror que sentía, porque la voz del espectro revolvía hasta la médula de los huesos.

Frase de “Cuento de Navidad”, Charles Dickens

Estamos en junio del 2014. El rey abdica y acto seguido, su hijo, con el nombre de Felipe VI, será proclamado Rey. Juan Carlos I, Rey de todos los españoles durante los últimos 40 años, heredero del franquismo que lo nombró sucesor, se convierte en rey emérito, un hombre destronado del paraíso, un hombre sin más, un hombre encerrado en un sótano oscuro, ilimitado y onírico, donde todos sus fantasmas del pasado volverán a sacudirle su conciencia, a juzgar la historia de su vida, a sacudirle la conciencia, en una noche de junio del 2014, cuando la historia aclama a otro rey, cuando la historia le pasa factura en una noche de insomnio, en una noche de fantasmas, en una noche de monstruos que vuelven a rendirle cuentas sobre su tiempo y su cargo.

El Rey, escrita y dirigida por Alberto San Juan, producida por el Teatro del Barrio, con ese espíritu crítico y combativo como señas de identidad, se ha representado durante dos años por teatros de todo el país, una obra de carácter minimalista y comprometido, que retrata la figura del rey desde la crítica a su reinado, a través de un examen de conciencia personal durante una noche donde se le presentan fantasmas de su pasado, desde Franco, su padre, Adolfo Suárez, Felipe González, Kissinger, periodistas y demás personajes que de una forma u otra estuvieron presentes durante su reinado de cuatro lustros. Ahora, nos llega la película, dirigida por el propio San Juan y Valentín Álvarez (toda la vida vinculado al teatro como iluminador, y cinematógrafo de cineastas tan importantes como Víctor Erice) que debutan como directores de largometraje, en una película que se define como “una definición basada en personas y hechos reales”, enmarcada en ese espíritu crítico de compromiso político con el tiempo y la historia reciente del país, sin perder su herencia teatral, que ya marcaba el tono austero y onírico que recorre toda la película.

Con sólo 83 minutos de metraje, y a través de tres personajes, el Rey, interpretado magistralmente por un actor de fuerza y energía como Luis Bermejo, que hereda su papel del teatro, y luego dos actores de raza y carácter como Alberto San Juan y Guillermo Toledo (con esa identidad de compromiso político y social que ya mantuvieron en los años de Animalario) que componen el resto de personajes, que van desde Franco (inconmensurable la recreación de San Juan, desde esas gafas oscuras, su pose de militar católico orgulloso y esa vocecilla de flauta que tanto caracterizaba al dictador, que recuerda a aquella interpretación de Juan Echanove en Madregilda) Henry Kissinger, Alfonso de Borbón, Adoldo Suárez, Don Juan de Borbón, Puig Antich, Juan Luis Cebrián, Chicho Sánchez Ferlosio y Felipe González, entre otros. Los espectros que visitan y recuerdan de manera amarga y crítica la trayectoria como Rey de Juan Carlos I, haciendo especial hincapié en su relación oscura con su familia, a la que traicionó, con Franco, que se convirtió en su padre político y principal valedor para su sucesión, las partes tenebrosas y comprometidas durante la transición, removiendo y vapuleando su papel durante la intentona de golpe de estado en febrero de 1981, sus relaciones oscuras con el petróleo saudí y sus cuentas, las tensiones con los presidentes Suárez y González (como ese mágico momento en el que compiten a modo de concurso televisivo a ver quién es más culpable de los males del país, que recuerda a aquel de El gran dictador, protagonizado por Hinkel y Napaloni).

San Juan y Álvarez componen una magnífica fábula política, transgresora y brutal sobre la figura del Rey, en una terrible pesadilla, donde se fundirán realidad, sueño e imaginación, en la que se propagaran infinidad de monstruos que le acecharán, convirtiéndolo en un hombre que aprovechó su tiempo y su lugar para erigirse en jefe del estado, con sus claros, y sombras, más sombras eso sí, en este examen de conciencia ficcionado, que revela sus tormentos y monstruos internos que no le dejan en paz, haciendo recuento de sus actos, decisiones y demás situaciones (a modo de Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad, de Dickens, o como le ocurría a Claudio, el Rey de Dinamarca, en Hamlet, de Shakespeare, que había asesinado a su hermano y recibía la visita de su fantasma para rendirle cuentas).La magnífica y fascinante luz oscura y onírica que baña toda la película, que capta todo el espacio escénico de manera sencilla y abrumadora, adoptándola para la narración cinematográfica, en un maravilloso juego de sombras y sueños, en un marco expresionista (en el que hay alguno que otro homenaje al Nosferatu, de Murnau, y a El gabinete del Doctor Caligari, de Wiene).

En un juego de espejos deformantes que le interpelan directamente en los que el Rey y sus fantasmas se funden, se mezclan y se fusionan, creando un juego siniestro de máscaras y falsedades, en un laberinto de espacios dentro de la historia, en el que la quietud de las situaciones aún magnifica esas dosis de tenebrismo y terror inquietante que transita por toda la película, con esos rostros y gestos, encogidos y aterrados, de un monarca desterrado a las fauces del sótano, ante el peso de su historia y sus decisiones, donde le espera pacientemente el monstruo de su conciencia en forma de almas errantes que vienen a ponerle en su sitio, a derribar su mito, su leyenda, a transformarlo con un aspecto siniestro y bufón, a convertirlo en un hombre de carne y hueso más, sin más aura que su alma empequeñecida y triste ante su historia, ante esos setenta años de España que repasa la película, desde el 48 hasta esa noche del 2014, exponiendo los hechos, los personajes implicados y dejando que el respetable público extraiga sus propias conclusiones, porque el espíritu combativo y político de la película no dirige a sus espectadores, deja que ellos tomen sus reflexiones, ideas y pensamientos, exponiendo su visión sobre los hechos históricos, cediendo el mando al espectador, convertido aquí en alguien que observa, piensa y decide.

El desentierro, de Nacho Ruipérez

LAS HERIDAS ABIERTAS.

“Conocer la verdad no cambia nada”

La película se abre con un plano aéreo que recoge la resolución del conflicto, un conflicto que nos llevará primero tres días antes de ese último plano, y luego, nos llevará aún más allá, porque la película pivota entre dos frentes abiertos, el año 1996 y el 2017, en la asistimos a constantes idas y venidas entre los dos tiempos, porque todo lo que sucede en el presente, se verá condicionado a aquellos años, a veinte años atrás. La trama arranca con la llegada de Jordi para asistir al funeral de su tío Félix, político muerto en extrañas circunstancias, donde se reencontrará con Diego, su primo hermano e hijo del político fallecido. Jordi sigue traumatizado por la desaparición de su padre Pau veinte años atrás, y con la ayuda de Diego empieza a investigar posibles cabos sueltos. La aparición en escena de Germán Torres, antiguo socio político de Félix, hace aún más si cabe que la madeja del pasado oscuro que envuelve a esos personajes, se relacione con la desaparición de Pau. La puesta de largo de Nacho Ruipérez (Valencia, 1983) rastrea aquellos años 90 de esplendor discotequero con la famosa “Ruta del bacalao”, la corrupción que campaba sin límites por las tierras levantinas, y los cientos de puticlubs que afloraban en las carreteras nacionales, tiempos que ahora se miran desde la distancia, desde las pesquisas de Jordi y Diego, rastreando los lugares abandonados o en estado ruinoso de aquellos años de falsa magia y chanchullos políticos. Los arrozales y las tierras valencianas se convierten en el escenario perfecto para buscar a los ausentes, para abrir cajas cerradas a cal y canto, y volver a aquellos lugares y aquellos personajes que pululaban por aquel ambiente de dinero negro, putas maltratadas y mentiras.

El director valenciano maneja con astucia y credibilidad los dos tiempos en los que se sustenta la cinta, construyendo una atmósfera sobria y clásica para hablarnos de los años 90, en la que hay dos líneas argumentales, la corrupción política de Félix y su socio, por un lado, y la historia de amor de Pau y Tirana, la prostituta en las redes de la trata. Dos tramas que se verán mezcladas y tendrán tintes dramáticos para algunos de los personajes implicados. En la actualidad, Ruipérez cimenta la trama en un thriller setentero, a lo Pakula o Boorman, áspero y sangriento, donde la cámara se mueve con la misma energía que los acontecimientos, y el descenso a los infiernos a los que van los dos primos irremediablemente, porque hay cajas que es mejor no intentar abrir, y dejarlas cerradas para siempre. El amor y el deseo de saber la verdad conduce la película hasta ese camino sin retorno, hasta lo más oscuro de la condición humana, porque saber es el único camino para Jordi y su primo Pau, que deberán enfrentarse a los suyos y a sus miedos e inseguridades para digerir esa verdad que los cambiará para siempre.

Los lugares vacíos que antaño fueron concurridos y llenos de neones, los inmensos arrozales que ahora parecen desiertos de almas perdidas, esas fábricas abandonadas que fueron prosperas en su tiempo, o seres que vagan sin rumbo, que acarrean pesadas mochilas de mala conciencia o incluso algún que otro cadáver a sus espaldas doloridas y maltrechas, es la inquietante y tenebrosa atmósfera que Ruipérez construye con aplomo y sinceridad, dejando que el espectador vaya descubriendo la luz ante tanta oscuridad, y lo hace a través de un ritmo pausado y honesto, donde no caben las sorpresas sacadas de la manga o personajes de la nada, como suelen ocurrir en muchos thrillers actuales, donde manejan tramas superficiales, donde hay buenos y malos, Ruipérez prescinde de todo eso, y crea uno de los debuts más estimulantes de los últimos años en cine de género, manejando con inteligencia a sus personajes, sus diferentes tramas y esa luz sombría y cegadora que abruma a sus protagonistas, obra del gran Javier Salmones, contribuyendo a ese ritmo infernal y reposado que imprime la maestría de la veterana Teresa Font.

El cineasta valenciano se ha nutrido de un reparto que mezcla juventud con nombres consagrados, dotando a la película de complejidad y ambientes oscuros y llenos de matices y detalles, donde abundan los personajes que mienten, llenos de rabia, donde el miedo y la inseguridad forman parte inquietante que casa con naturalidad con ese paisaje de pasados sombríos,  como los dos primos, Michel Noher y Jan Cornet, que atrapan naturalidad y sinceridad, bien acompañados por Nesrin Cavadzade como Tirana, y Jelena Jovanova como su hija, y el siempre conciso Leonardo Sbaraglia como el desaparecido Pau, y los Jordi Rebellón como Félix, un tirano Francesc Garrido como Germán Torres y Ana Torrent, la esposa seria y oscura de Félix. El desentierro es una thriller con hechuras que pone el foco en la corrupción y esos amores fou que suelen acabar olvidados en espacios oscuros y abandonados, donde las almas inquietas y rotas acaban por encontrar aquello que nunca buscaron, pero en el fondo no podían encontrar otro destino que no fuese fácil y feliz.

Animales sin collar, de Jota Linares

DEUDAS CON EL PASADO.

El espectacular arranque de la película en la que nos sitúan en el interior de un automóvil en plena noche, en el que dos individuos jóvenes, uno, el que conduce, es un manojo de nervios, balbucea y está al borde del colapso, el otro, en cambio, anda moribundo y con un pie en el otro mundo. El coche circula a toda velocidad, todo ocurre muy rápido, sin tiempo de respirar, los planos son cortos y agitados. De repente, pasamos a general y el coche se detiene y deja al moribundo en la entrada de urgencias de un hospital, y sale a toda pastilla. Corte a un parking de discotecas, estamos unos años atrás, el que conducía se encuentra con una mujer, los dos se miran y saben que, a partir de ese momento, sus vidas quedarán ligadas muy a su pesar. De la noche del inicio pasaremos a la luz cálida, en ocasiones abrasadora y asfixiante de esa Andalucía rural, alejada de ruido, tráfico y prisas. La puesta de largo de Jota Linares (Cádiz, 1982) está inspirada libremente en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, la heroína Nora metida en un berenjenal íntimo, social y político de finales del XIX pasa a la Andalucía actual en otro embrollo de la misma naturaleza que mezcla el pasado y el presente, la política y lo íntimo, en el que se respira una atmósfera oscura y agobiante que contrasta con los espacios llenos de luz de la película, y la paz que, presumiblemente tienen esos ambientes.

La película lleva el sello de la productora Beatriz Bodegas, artífice de Tarde para la ira, de hace un par de años, también debut como director del actor Raúl Arévalo, un intenso y brutal thriller urbano en él que también se jugaban cartas con el pasado. Ahora, de la mano de Jota Linares, que ya había llamado la atención con sus cortometrajes como 3,2 (Lo que hacen las novias), Ratas o Rubita, planteando historias oscuras y perversas dentro de la cotidianidad, vuelve a esas premisas para hablarnos de varias cuestiones. Por un lado, tenemos el pasado, en el que Nora, el personaje femenino que hace una extraordinaria Natalia de Molina, será la encargada de llevar el peso de la trama, en el que Linares descansará toda la parte emocional soterrada, aquella que no se ve, pero bulle en su interior como una olla a presión a punto de estallar, en el que sentiremos toda su angustia, dolor y rabia en los acontecimientos que irán surgiendo.

Luego,  tenemos la política, con el personaje de Abel, que interpreta un sobrio y elegante Daniel Grao, uno de esos políticos jóvenes que viene a hacer borrón y cuenta nueva ayudando a los desfavorecidos y los olvidados con un partido que se llama “Pueblo Unido” (si hacen sus cábalas encontrarán su símil en la realidad) un marido tranquilo y sereno que tiene en ese lunes el día más importante de su carrera política, el discurso de investidura como presidente de la Junta de Andalucía. El tercer vértice de la trama encontramos a Víctor, estupendamente interpretado por Ignacio Mateos, en el que sentimos su desesperación y miseria,  un alto cargo manchado de corrupción con padre en la cárcel y madre senil, que remueve el pasado para no perder sus privilegios, chantajeando a Nora y provocando el cisma de la película, uno de esos tipos que ha utilizado la política como moneda de cambio, como espacio para acaudalarse y ahora, se ve perdido y herido como un lobo dando sus zarpazos a diestro y siniestro.

Encontraremos a dos personajes más, a Virginia, con el temple de una fantástica Natalia Mateo, en uno de esas almas a la deriva que pertenece al pasado de todos y de ninguno, que llega a servir de ayuda a una desesperada Nora, y también, conoceremos a Félix, al que da vida un convincente Borja Luna, interpretando un fotógrafo, también del pasado, que será testigo de todo la revolución emocional que está a punto de estallar. El cineasta gaditano nos encaja su película en sólo 3 días, que irá puntualizando como si fuesen capítulos, con esa penterante luz de Junior Díaz , también debutante, que baña la intimidad con suavidad, pero con esa negrura que sólo las almas sin consuelo conocen. Linares dota a su trama de un ritmo pausado, a fuego lento, sin prisas ni aspavientos emocionales ni sentimentales, en un magnífico thriller intenso,  íntimo y social donde todo escuece y nada es lo que parece, en un brutal ejercicio de sobriedad y estilo, donde todo se cuenta desde las entrañas, donde crecen y brotan lo más sucio y miserable de la condición humana, donde los males nos hacen polvo a nosotros y aquellos que queremos, en esos espacios del alma en los que nadie miente, donde la verdad es dolorosa y no deja luz para aliviarla.

La película toca muchos palos, desde el thriller seco y áspero, como el que hacían Fleischer, Fuller, Ray o Boorman, a ese cine rural violento y sangrante de Pascual Duarte o Furtivos, el western, con esos paisajes desérticos, donde antes pasaban carreteras y se podía oler la vida, al estilo de Hellman o Peckinpah, de esos tipos tirados y perdidos con su coche a cuestas como único hogar o final, la política, como juego de bandos y aniquilación del adversario, el pasado como arma arrojadiza del que no puedes despegarte y del que deseas enterrar por siempre jamás, y la mirada femenina, esa mujer que hace lo (im) posible para manejar los problemas y tiene que acarrear un montón de penurias y conflictos internos para que la armonía y esa paz, sólo de apariencia, siga siendo el motor de la vida de su marido, aunque a veces, todo es demasiado hostil y doloroso para seguir manteniéndose fuerte y valiente, porque hay momentos que también uno tiene que mirar por sí mismo y dejar que otros agarren las riendas de su vida y se enfrenten a sus propios conflictos.

El Reino, de Rodrigo Sorogoyen

LAS MISERIAS DE LOS PODEROSOS.

En El Padrino, Coppola y su guionista, Mario Puzo, tuvieron en cuenta un detalle muy importante para su película, un detalle  que consistía en que su minuciosa y magnífica descripción sobre el clan familiar de oscuras actividades y métodos, ningún personaje debía pronunciar nunca dos términos, las palabras mafia y gánster. Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) y su guionista, Isabel Peña, también se propusieron un elemento muy importante para su película, en ningún momento se hablaría del nombre del partido político, ni de su ubicación geográfica, y sobre todo, todos los nombres serían ficticios. Pero al igual que pasaba en la monumental película de Coppola, no hace falta decirlo, porque todos los espectadores sabemos de quién o quienes se está hablando. El cuarto largometraje de Sorogoyen, el tercero en solitario, es un magnífico y punzante thriller político, que sigue la pesadilla de Manuel López Vidal, uno de esos vicesecretarios autonómicos de un gran partido nacional que vive a cuerpo de rey junto a sus “colegas” de formación, una vida de lujo y derroches dentro de una estructura fraudulenta que se basa en el blanqueo de capitales, recalificaciones de terrenos, intercambio de favores a los empresarios de turno y viajecitos a Madrid para seguir maniobrando toda esta trama de mentiras, corrupción y malversación. Aunque, todo este mundo de las maravillas se zanja de pronto, cuando la policía detiene a uno de ellos, a Paco, íntimo amigo de Manuel, todo el grupo se pone nervioso, empiezan las carreras por los pasillos, los sudores fríos, y los tejemanejes entre los diferentes integrantes del partido para manejar el escándalo, llamadas a Madrid, visitas de soslayo a los “colegas”, y demás, movimientos entre unos y otros para salvar el pellejo.

Sorogoyen que ya demostró en su anterior película Que Dios nos perdone (también escrita con Peña, con la que ha elaborado sus tres películas en solitario) su habilidad para describir con gran acierto los momentos de tensión y adrenalina de un par de polis a la caza de un asesino en el Madrid del 15-M lleno de gente y angustioso calor. Ahora, sigue el cogote de Manuel, el chico elegido para suceder al Presidente autonómico, pegando su cámara como su sombra en su espiral de supervivencia política y vital, en el que la música electrónica nos acompaña sacudiéndonos por todas esas calles, pasillos de oficinas y demás espacios, donde el perseguido se mueve sin aliento, sufriendo como nunca, intentando tejer una mano amiga, cuando todos le han dado la espalda, discutiéndose a gritos con aquellos que hasta ayer eran sus amigos del alma en el partido, con todos esos que se han aprovechado de sus negocios oscuros y negros.

Sorogoyen impone un ritmo frenético, no hay tregua ni descanso, la adrenalina de Manuel va a mil por hora, a punto de estallar, en esta pesadilla sobre la soledad de un tipo que quiere salvar el culo cuando todos le han dado la espalda, cuando nadie quiere caer, en ese momento en que los que creías tus “hermanos” dejan de serlo y ni nadie ni el partido te ayudan en salir del atolladero, por imagen, por votos y por soberbia. El retrato de las miserias de los que se creen amos de todo aquello que les rodea es punzante, admirable y enérgico, no se salva ni Dios, todos tienen mucho que callar y aún más que ocultar, a ellos mismos, al partido y la opinión pública. El cineasta madrileño consigue imbuirnos en este torbellino de miseria y corrupción, llevándonos a una velocidad de crucero por todo ese mundillo de mentirosos, de documentos comprometedores, de miradas juzgadoras, de micrófonos ocultos, de desinformación, y sobre todo, de no saber en quién confiar, con momentos que recuerdan al mejor Scorsese de Uno de los nuestros o Casino, en los que sus personajes se mueven en un estado de velocidad malsana, moviéndose a toda mecha de un sitio a otro, y desconfiando de todos, incluso de ellos mismos, en la mejor tradición del thriller americano de los 70, con los Pollack, Pakula y Lumet retratando las miserias de los poderosos, de esos que se creen impunes y benefactores, cuando las cosas van viento en popa y a toda vela, y malvados, muy malvados, cuando las cosas se tuercen y los jefes y los periodistas piden cabezas y las quieren ya.

Aunque muchos otros recordarán otro de los espejos de El Reino,  la serie Crematorio (2011) de Jorge Sánchez-Cabezudo, donde se describía un empresario valenciano, interpretado por Pepe Sancho, y sus sucios tejemanejes para amasar una indecente e ilegal fortuna. El Reino es un una película que se maneja en esos ambientes ocultos, esos lugares donde se esconden los materiales comprometidos (como esa casa de Andorra, no podía ser otro lugar, donde se guardan tantos documentos que hablan de tantos y sin tapujos) esas atmósferas llenas de mierda y basura, donde ya nadie está a salvo, como esa secuencia del balcón, llena de fuerza y brutalidad, donde se ponen las cartas sobre la mesa, donde todo vale y cada uno quiere salvar su pellejo. Sorogoyen cuenta con un guión de órdago, retratando todas esas miserias, de unos y otros, donde nadie se salva, donde todos siguen a los suyo, donde unos caen y otros se salvan y continúan ayudando al país mientras se llenan sus bolsillos.

Mención aparte tiene su buen plantel de intérpretes encabezados por Antonio de la Torre (que ya estuvo en Que Dios nos perdone) ahora perfecto en ese traje en un cambio drástico a lo D. Jekyll y Mr. Hyde, que pasa de ser el chico ideal al apestado del que todos huyen, con su capacidad para tratar ante tamaño asunto, moviéndose con ese estado de nervios a punto de estallar, metiéndose en esa espiral de mierda y violencia que parece no tener fin, a su lado, Mónica López interpretando a su esposa, apoyo incondicional pero que irá teniendo las dudas comprensibles de todo y todos, Josep María Pou como el Presidente autonómico, elefante de la política y sereno, sabiendo que unos caerán y todo seguirá igual, o esa periodista que hace Bárbara Lennie, que ataca sin piedad a los políticos corruptos aún sabiendo que ella sigue siendo parte del sistema podrido, y una buena retahíla de intérpretes como Nacho Fresneda, Ana Wagener como la Presidenta del partido en Madrid (“La Ceballos”, que todos recordarán como aquella que parecía conocerlo todo y se reía de todos) Luis Zahera y Andrés Lima, entre otros, todos asumen su papel en una película llena de entresijos y laberintos sin salida, en el que Sorogoyen se destapa como un grandísimo realizador, en el que todas sus piezas acaban encajando con eficiencia y fuerza, hablándonos de frente sobre muchos métodos que rigen en la política de este país, y que desgraciadamente, continuarán por los restos de los restos, con el beneplácito de unas leyes que más que condenarlos, parecen alabarlos, y dejando que todo siga igual, a pesar de todo, haciéndonos creer que la política funciona de esa manera, como si cumplir la ley y ayudar a las necesidades de los ciudadanos fuese una cosa de la que se habla, pero nunca se hace nada.


<p><a href=”https://vimeo.com/281609209″>TR&Aacute;ILER EL REINO</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Cecilia Bartolomé

Entrevista a la cineasta Cecilia Bartolomé en el marco de la 26a Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de junio de 2018 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cecilia Bartolomé, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo humano que hace posible la Mostra, por su cariño y generosidad, y a Teresa Pascual y Anne Pasek de Good Movies Comunicació, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

La revolución silenciosa, de Lars Kraume

UN GESTO POLÍTICO.

No hay ningún gesto inocente, cualquier gesto, por ínfimo que sea, siempre esconde otra intención, y en algunos casos, una intención mayor, porque ese gesto pretendidamente inocente, tiene dos situaciones completamente diferentes, una, el propio gesto en sí, y el otro, aún mayor, el escenario elegido, el lugar donde se perpetran los hechos, que provoca que ese gesto inocente alcance dimensiones políticas de primer orden, porque el gesto en sí se convierte en un acto de protesta contra algo o alguien, y el contexto histórico del momento, será el que finalmente elija las consecuencias políticas de ese gesto. El nuevo trabajo de Lars Kraume (Chieti, Italia, 1973) se enmarca en un escenario político, como su celebrada película El caso Fritz Bauer (2015) en que el Fiscal General trabajaba en detener criminales nazis en la Alemania de los cincuenta, con especial dedicación a la localización de Adolf Eichmann. El cineasta alemán se inspira en la novela autobiográfica La revolución silenciosa, escrita por Dietrich Garstka (uno de los alumnos protagonista de los hechos reales) para volver a los cincuenta, y más concretamente al 1956, a la Alemania del Este, la conocida RDA, donde un grupo de alumnos de último curso escuchan en una radio clandestina y prohibida, la RIAS (la emisora de la Alemania del Oeste) los terribles acontecimientos de Hungría, cuando la población se levantó contra el invasor soviético, hechos que produjo unas represalias terribles en el que murieron 25000 y provocó el exilio de unos 250000 más. Los alumnos de último curso, ante estos hechos, se comprometen a realizar un minuto de silencio en mitad de una clase, en solidaridad con los húngaros. Este gesto en principio inocente, provoca un cisma político que llega a los dirigentes de la RDA, que emprenden una exhaustiva investigación para aclarar los hechos ocurridos.

Kraume nos sitúa en una atmósfera política de primer orden, en el que nos sumergimos en un país quebrado y dividido, con los acontecimientos cercanos del levantamiento del 53, donde se respira una agitación política entre sus ciudadanos (para muestra el significativo arranque de la película, en el que los dos protagonistas pasan al otro lado para visitar la tumba del abuelo nazi de uno de ellos). Estamos ante una película de corte político, un thriller de grandísima tensión y fuerza, con nervio y objetiva, explorando todos las posiciones que se explican en la película, una de ellas, el poder de la información mediante la propaganda, ahora llamada “fake news”, donde tantos unos como otros, la utilizan para sus propios beneficios, manipulando a sus ciudadanos y agitándolos hacia el lado que más les convenga, y sobre todo, el miedo en el que conviven unos alumnos y sus familias, adeptos al nuevo régimen, y esa mirada inquisidora y oculta del pasado nazi, donde unos y otros, tienen mucha culpa que tapar, como explicaba Borges en su célebre cuento Tema del traidor y héroe, donde daba buena cuenta de las múltiples interpretaciones del pasado, sus protagonistas y los hechos ocurridos.

Kraume ha hecho una película magnífica, brutal y de grandes hechuras, donde sus jóvenes protagonistas, sin quererlo, se enfrentan al aparato del estado, que elimina cualquier atisbo de resistencia, sean del origen y naturaleza que sea, convirtiéndose en enemigos del estado, en aquella Alemania rota, todavía sin muro, que será construido cinco años después de estos hechos, pero en la que podemos alumbrar ese ambiente social y político que se palpaba en cada rincón del país, en el interior de los hogares, en las casas apartadas de aquellos resistentes silenciosos (como el tío de uno de los alumnos, aquel que no se habla con nadie, el apartado, el apestado, el que piensa diferente) o en los pasillos y clases de un instituto, donde seguir las reglas y las obligaciones te convierten en uno de ellos, y no en un enemigo al que hay que eliminar.

Kraume da buena cuenta de todos los puntos de vista de los personajes, sin caer en el maniqueísmo de ciertas películas de índole político, donde hay unos buenos, y otros que son malísimos, aquí, nos cuentan las argucias de unos y otros, y todos salen mal parados, donde la definición de libertad acaba siendo un estado de ánimo, muy personal, muy alejado de lo que proponen los respectivos estados. El director teutón combina un excelente reparto en el que sobresalen los jóvenes protagonistas que dan vida a los alumnos, Tom Gramenz, Leonard Scheicher, Jonas Dassler y Lena Klenk, entre otros, bien mezclados por los intérpretes adultos, Jördis Triebel, Ronald Zehrfeld o Florian Lukas… Kraume nos sumerge en años de oscuridad, años de terror, años de miedo, a través de unos estudiantes valientes y de coraje, que pensaron en la solidaridad y el compañerismo, y en el grupo, como arma contra el estado, sin estudiar sus consecuencias, y sobre todo, el ejemplo de lucha y resistencia política como única arma del ciudadano contra la injusticia ya sea del ideario político del estado, porque sea de donde venga, el ciudadano siempre se verá encadenado a aceptar las reglas de los estados, privándolos de su vida, su tiempo y sus ideas, y claudicando a las reglas impuestas.

Encuentro con Paolo Taviani

Encuentro con el cineasta Paolo Taviani, con motivo de la retrospectiva “Germans Taviani: la utopia com a motor”, que le dedica de su obra la Filmoteca de Cataluña, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca. El encuentro tuvo lugar el jueves 5 de abril de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paolo Taviani, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.