Enzo, de Robin Campillo

CUANDO TIENES 16 AÑOS. 

“¡Ah!. El egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡Qué lleno de flores estaba aquel verano del mundo!”

Arthur Rimbaud 

Esto es un cuento de verano. Un cuento que sucede al sur de Francia, en una casa lujosa con piscina en la que vive Enzo. Porque este cuento que ocurre en verano es también su historia. Un chaval de 16 años que, desmotivado por los estudios, decide trabajar como aprendiz de albañilería, ante la oposición de sus padres, ingenieros de profesión y acomodados. Situación que llevará a tantos unos y otros, sobre todo, el padre, más reacio a la postura del hijo, a situaciones muy tensas que los alejarán, como la descriptiva secuencia en unos vacaciones, cuando los padres observan a su primogénito y se muestran muy preocupados ante la deriva de su hijo, junto a otros padres amigos, mientras el susodicho nada despreocupado a lo lejos como si la cosa no fuera con él. También es la historia del descubrimiento y despertar a la vida del citado Enzo, enfrentado al amor, al deseo, al trabajo, y a lo que significa querer ser quién quieres ser a pesar de tu padre y tu entorno.

El quinto trabajo de Robin Campillo (Mohammedia, Marruecos, 1962), está coescrito por él mismo, y el desaparecido Laurent Cantet (1961-2024), que iba a dirigir la película, con el que Campillo coescribió 4 películas y editó 7, y con Guilles Marchand, que a parte de director ha sido guionista para directores como Dominik Moll, Cédric Khan y Valérie Donzelli, y los propios Cantet que hicieron Recursos Humanos (1999), y Campillo en La isla roja (2023). El tono es muy íntimo y naturalista, vamos del trabajo de albañil, y los desencuentros entre Enzo con su padre y su hermano mayor, un espejo completamente acorde a su padre. Mientras el adolescente se relaciona con sus compañeros de trabajo como Vlad, un inmigrante ucraniano, al que ve como refugio y escapatoria. La película se aleja de convencionalismos de otras producciones en las que se lanzan los discursos y la condescendencia, aquí no hay nada de eso, porque se observa y profundiza la complejidad de las situaciones que se van generando en que cada personaje expone sus argumentos y posición, sin caer nunca en la intencionalidad, sino en generar muchas respuestas ante la dificultad que se desarrolla ante un padre con miedo que su hijo decida un futuro muy alejado a su idea. 

El director de Les Revenants (2004), se ha juntado con una gran cinematógrafa como Jeanne Laporier, con más de 65 títulos en su filmografía, junto al lado de grandes cineastas como Téchiné, Ozon, Bruni Tedeschi, Corsini y Verhoeven, entre muchos otros, y una cómplice excepcional para Campillo porque han hecho las cinco películas del director. A partir de un tono cercano y natural, la trama sutil y de verdad, acogiendo esa luz veraniega, tanto de día como de noche, se mueve entre pocos escenarios, unos espacios que no sólo explican lo que sucede sino que genera una información vital de los roles y las diferentes perspectivas que tiene cada personaje, con esa piscina como eje central de discusión. El director de Chicos del Este (2013), sobre las dificultades y oscuridades de los jóvenes del Este recién llegados a Francia, también coge el mando del montaje, donde prevalece la transparencia y lo anticonvencional, es decir, aquí la historia se cuenta desde todas sus miradas y vertientes, alejándose de lo estridente y la virguería argumental, aquí todo emana verdad, tanto en el diálogo como en el silencio, y nada está por estar, porque un personaje como Enzo, tan diferente y tan difícil de encajar en su propio entorno, del que quiere huir sea como sea, en una historia que se ve con mucho interés en sus 102 minutos de metraje. Destacar la presencia en la producción de grandes cineastas como los hermanos Dardenne y Jacques Audiard. 

El cineasta que nos maravilló con su espectacular 120 pulsaciones por minuto (2017) ha sabido acompañarse de unos intérpretes fenomenales como ya hiciese en sus anteriores películas. En esta tenemos la presencia del debutante Eloy Pohu como Enzo, un actor que transmite esa inseguridad en poder dialogar con su padre, en relacionarse con su compañero Vlad y en ese jodido limbo de los 16 años, cuando todavía no eres adulto legalmente y te mueves bajo las sombras de lo que todavía no es pero quieres que sea ya. Están los padres, dos grandes intérpretes como Elodie Bouchez, una mirada y profundidad tan natural como interesante, en un rol más comprensiva y cercana a su hijo rebelde y el actor italiano Pierfrancesco Favino, que transmite también la inseguridad del progenitor que desea una vida diferente para su hijo. Otro debutante es Maksym Slivinskyi, que hace el personaje de Vlad, ese hermano-amigo mayor que es una huida del joven. Si ven una película como Enzo, de Robin Campillo, seguramente les recordará muchos momentos al adolescente que fueron, o quizás, les recuerda a sus padres, al cariño o no que les manifestaron. En cualquier caso, van a ver una historia sobre el deseo de ser uno mismo, aunque nos equivoquemos, porque la verdadera libertad, independientemente la edad que se tenga, es poder decidir tu presente, digan lo que digan los demás, porque es tu vida, tu error o acierto, es en el fondo, tu forma de ser, de experimentar, de descubrir, de relacionarte con el mundo y contigo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo te creo, de Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys

ALICE Y SUS HIJOS.

“Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad”. 

Platón 

Desde esta ventana es muy habitual que haga mucho hincapié en la importancia de los primeros minutos de las películas. El arranque, siempre envuelto en dudas, suele capturar el estado de ánimo de la película y sobre todo, del asunto que trata. En un encuadre cerradisimo, en que el off resulta capital, observamos una madre nerviosa y a punto de explotar, y su hijo que se niega a subir al tranvía que pierden. La madre deja de luchar y se derrumba, la hija adolescente aparece y se lleva al pequeño. Así arranca Yo te creo (en el original, On vous croit), la ópera prima del dúo franco-belga Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, que nos recogen, y nunca mejor dicho, en una sala de audiencias de un juzgado de familia que puede ser de cualquier ciudad europea, a la que asisten Alice, la madre que acabamos de conocer, y el padre, que litigan por la custodia de sus hijos. Un único escenario, si exceptuamos el prólogo, y algunos breves momentos en la sala de espera. 

El guion que, también firman la pareja de cineastas citada, resulta de una meticulosidad y concisión asombrosas, sustentado por la palabra, el verbo se impone en el relato, acompañado de unos detallados encuadres que sobrecogen por su fuerza y sobriedad, generando una tensión abrumadora, en la que los espectadores nos sentimos unos personajes más en esa pequeña sala en la que apenas hay seis personas. Una trama real y directa, contada en tiempo real, en que se citan los pormenores que nos han llevado hasta ese momento. La aparente sencillez y cercanía que se transmite en cada encuadre resulta de una gran fuerza, nada está dejado al azar, ese intercambio de planos, donde la mirada agitada y sobrepasada de Alice, el hilo conductor de este drama disfrazado de thriller, pero de los que ponen los pelos de punta por su veracidad, intimidad y sobre todo, su retrato quirúrgico sobre comportamientos y actitudes de las personas, de aquello que no vemos, pero ahí está, de la parte más oscura y falsa, de todo aquello que queremos que no nos vean. Es también una cinta que habla sobre la verdad, sobre la verdad de cada uno de nosotros y la verdad de unos hechos que cortan el alma. 

La gran labor de los técnicos de la película, cómplices del director Arnaud Dufeys, que ya trabajaron con él en sus cortometrajes Atomes (2012) y Invincible Summer (2024), empezando por la magnífica cinematografía de Pépin Struye, del que conocemos su trabajo en All the Time (2024), de Amélie Derlon Cordina, con el formato cuadrado que intensifica la asfixiante atmósfera, con esa planificación agobiante, llena de bustos parlantes, que crea ese espacio asfixiante y demoledor en el que se asienta la trama, donde la tensión in crescendo queda patente en cada mirada, gesto y silencio. La música de Lolita Del Pino, es incisa, reveladora y nada gratuita, porque sabe manejarse entre tanta confesión, situándose en un espacio en cada palabra y silencio se aborda desde lo inquietante, desde lo más profundo, revelando todo lo que subyace en cada plano. El montaje de Nicolas Bier, del que conocemos sus grandes trabajos al lado del gran Bruno Dumont en France (2021), en la serie Pandora, y en Even Lovers Get the Blues (2016), de Laurent Micheli, en un excelente trabajo, que se acopla de forma ideal a la película, a todos los altibajos emocionales y a toda esa tensión abrumadora que se respira en esas cuatro paredes, con esa atmósfera irrespirable como sucedía en aquel monumento al cine que fue Doce hombres sin piedad 81957), de Sidney Lumet. 

Si recuerdan la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa, el personaje de Miren, que interpretaba magistralmente Nagore Aranburu, se erigía como la parte fundamental de lo que se contaba, que también tenía su brutal instante en una sala de juzgado como sucede en Yo te creo. Lo mismo ocurre con el personaje de Alice, que interpreta Myriem Akheddiou, una estupenda actriz que hemos visto en películas de los hermanos Dardenne, Julia Ducournau y Philippe Lioret, entre otros. Su Alice es un personaje roto pero con fuerzas para seguir batallando por sus hijos y contar la verdad. Una mujer sobrepasada pero con aliento para enfrentarse al dolor y al miedo. Le acompañan “el otro”, el ex marido que hace Laurent Capelluto, visto con Desplechin, Corsini, Haneke, Koreeda, y demás. La jueza es Natali Broods, con más de 20 títulos en la cinematografía belga. No se pierdan una película como Yo te creo, de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, por su forma de contar hechos de forma tan de verdad y sin concesiones, exponiendo verdades y mentiras que, desgraciadamente, son demasiado cotidianas. La película lo relata de forma magnífica, que te llega al alma y también, te hace reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos , con tantas aristas, verdades que son mentira y falsas apariencias, y unos niños que sufren la oscuridad de los que deberían dar amor y velar por su seguridad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Águilas de El Cairo, de Tarik Saleh

EL ACTOR Y EL ESTADO. 

“Todo poder es una conspiración permanente”. 

Honoré de Balzac

Si quitamos la película El contratista (2022), vehículo de productor que encarga a director de autor reconocido, las tres últimas películas de Tarik Saleh (Högalid församling, Estocolmo, Suecia, 1972), pivotan en torno a varios elementos en común: la conspiración, la ciudad de El Cairo (Egipto), y el intérprete fetiche del director Fares Fares. En la primera, El Cairo confidencial (en el original, The Nile Hilton Incident, 2017), la cosa va de Noureddine, un poli corrupto que tomará buena cuenta de los hilos corruptos del poder en la sombra. En la segunda, Conspiración en El Cairo (en el original, Boy from Heaven, 2022), Adam, un joven humilde estudiante de una universidad de prestigio se verá envuelto en el poder religioso y político. Ahora, nos llega la tercera película que cierra esta especie de trilogía sobre los tres elementos mencionados. en Águilas en El Cairo (en el original, Eagles of the Republic), volvemos a tropezarnos con un tipo, en este caso se trata de George Fahmy, la estrella del cine egipcia. Un hombre de gran carisma en la pantalla, pero muy disoluto en sus relaciones íntimas. El conflicto arranca cuando el gobierno le “pide” que protagonice una película-propaganda para ensalzar la mala figura del presidente. 

Saleh construye una estructura que maneja con soltura y acierto una adecuada atmósfera noir, en que la película avanza sigilosamente por el rodaje de la citada película, y mientras se van sucediendo los (des) encuentros, en forma de cenas extrañas, noches de pasión con quién no se debe, y un comisario político que supervisa las escenas del rodaje. Además, las difíciles relaciones del propio actor van y vienen de forma complicada. La película huye de los lugares comunes del género y abraza esa otra especie de calma tensa muy propias del policíaco, en la que el cineasta de origen egipcio ha querido ir mucho más allá, y meterse de lleno en las estructuras más oscuras y corruptas del terrorismo de estado, mostrando un gobierno lleno de conspiradores, en que cada gesto, cada mirada y cada palabra acentúa los inevitables juegos en la sombra que aniquilan a todo aquel que se interpone en los intereses del país o de unos pocos que pertenecen a una élite que funciona como una organización mafiosa. En esta también sucede que el protagonista se ve envuelto en unos intereses que van mucho más allá de su existencia, y no puede evitar tomar partido, salvando el pellejo y enfrentándose a sus miedos, inseguridades y en todo aquello que creía controlable, con el mejor aroma del cine policíaco estadounidense setentero que explico muy acertadamente los estercoleros de los gobiernos. 

Como ocurría en las anteriores películas citadas, la parte técnica brilla con intensidad porque está compuesta por un grupo de grandes artistas que vuelven a colaborar con Saleh como el cinematógrafo Pierre Aïm, con más de 67 películas a sus espaldas, cuatro con el director sueco, entre las que destacan las que hizo junto a directores de prestigio como Mathieu Kassovitz, Fati Akin y Maïwenn, entre otros. La luz de sus encuadres sabe componer esa luz más natural y concisa del día con esa otra más oscura donde la noche, como no podía ser de otra manera, resulta incisiva en todos las oscuridades invisibles que rodean la trama. El editor Theis Schmidt, cinco películas con Saleh, amén de las más de 28 que componen su carrera con realizadores como Daniel Espinosa y Phie Ambo, entre otros, construye un ritmo pausado y muy alejado de la estridencia y la espectacularidad, en sus intensos y asfixiantes in crescendo 127 minutos de metraje que van pasando delante de nosotros como si fuesen un fuego cada vez más fuerte y grande. El debutante en el universo de Tarik Saleh es una leyenda en la música como Alexandre Desplat, con más de 166 bandas sonoras desde 1985 al lado de míticos como Polanski, Audiard, Guédiguian, con el que debutó, Fincher y Wes Anderson, con el que colabora más recientemente. Su música es a base de baladas que nos van atrapando en la maraña de miradas juiciosas, silencios incómodos y salidas sin ser vistos que pululan por ese Cairo tan reconocible como espectral. 

En el apartado interpretativo volvemos a tropezarnos con Fares Fares, el “actor” de Saleh, ahora metido en la estrella del cine egipcio que se verá envuelto en una trama conspirativa que no sólo pone en situación de riesgo y peligro su vida sino también la de su hijo, ex mujer, y demás íntimos. Un actor de raza, de mirada penetrante, una especie de Belmondo en los sesenta y setenta, cuando podía envolver cualquier cosa. Le acompañan Lyna Khoudri, que encarna a su novia, aspirante a actriz, con esa inocencia y verdad que da la actriz francesa en cada personaje que interpreta. La marroquí-gala Zineb Triki, que vimos en Arthur Rambo, del desaparecido Cantet, es una mujer entre dos mundos, o quizás podríamos decir, una mujer que sabe lo que quiere y se arriesga sin pestañear. Encontramos al egipcio Amr Waked, que hace nada vimos en Urchin, y en otras como la serie El Cid, o Los constructores de la Alhambra, entre otras. Y otros como Cherien Dabis, Sherwan Haji, el protagonista de El otro lado de la esperanza, de Kaurismaki, y demás intérpretes que aportan una gran veracidad y transparencia en sus diferentes personajes. 

Sí apreciaron las otras películas sobre conspiraciones del director sueco de origen egipcio, en ese caso no duden de acercarse a los cines a partir de hoy para ver Águilas de El Cairo y no sólo verán el rodaje de una película de propaganda, como las que hacían los regímenes fascistas del siglo XX, como El triunfo de la voluntad (1935) en la Alemania nazi, o Raza (1941), en la España franquista, en que la ficción es usada para tapar las miserias y el terrorismo de un estado represor, criminal y elitista, y en medio de toda esa vorágine violento, aparece un actor que intenta mantenerse al margen, pero entiende que hay situaciones en la vida que uno no puede elegir y bajar la cabeza y ser un esbirro más, o quizás, un títere más que sólo sirve para entretener al personal, mientras el estado hace y deshace como desea, según los intereses de los cuatro mangantes que controlan la economía del país de turno. En estos tiempos bélicos en el sudeste asiático es un momento esencial en acercarse a una película como está, y no porque vaya a aclararnos las entrañas de la guerra, sino porque nos dejará claro que toda la mierda que se genera, siempre empieza en las entrañas y las oscuridades de cada gobierno, muy alejadas del ciudadano al que representan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Turno de guardia, de Petra Volpe

CUIDAR Y CUIDARSE. 

“El coraje no siempre ruge. A veces el coraje es la voz tranquila al final del día que dice: Lo intentaré de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher 

Hay películas que se sostienen por su historia, que indaga y reflexiona de modo personal y profundo a partir de personajes completos metidos en conflictos de órdago, y también, por sus intérpretes, que componen personajes inolvidables por su carácter, su forma de ser y hacer, en los que el actor/actriz de turno pone mucho de sí mismo, capturando toda el alma de la película. En el caso de Turno de guardia (en el original, “Heldin”, traducido como “Heroína”, de Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970), tenemos a Leonie Benesch, quizás una de las mejores actrices europeas más importantes del momento, porque sus tres últimas interpretaciones son absolutamente demoledoras, de las que dejen huella. A saber, Sala de profesores (2023), de Ilker Çatak, una profesora idealista que se topará con la cruda realidad. en Septiembre 5 (2024), de Tim Fehlbaum, una periodista rodeada de colegas durante el atentado y secuestro en Munich 1972. Y Floria, la enfermera que nos ocupa. 

Volpe ha hilado muy fino en sus dos anteriores películas, construidas a partir de dos voces femeninas. En su debut en el largometraje Traumland (2013), seguía a una prostituta y su relación con otros personajes durante la Nochebuena. En El orden divino (2017), vista por estos lares, el turno era de Nora, una esposa, ama de casa y madre que, ante la prohibición de trabajar de su marido, crea un grupo de mujeres en lucha en un pequeño pueblo de la Suiza de 1971. Floria, su tercera heroína, como indica su título original, es una enfermera a la que sigue en su turno de tarde que, encima, debe hacer frente a la baja de una compañera que origina una gran carga de trabajo y no hacer bien su tarea. Un guion preciso, modélico y nada complaciente, que consigue sumergirnos en la cotidianidad de una enfermera vocacional, trabajadora y que se esfuerza por hacer bien su trabajo. La directora helvética retrata una realidad difícil y cruda que sufren diariamente cientos de miles cuidadoras enfrentadas a la escasez gubernamental de su especialidad, que provoca bajas indefinidas y falta de vocación, obligando a un trabajo estresante, lleno de recortes y con una gran carga emocional, como le sucede a Floria, que la veremos pasar por innumerables altibajos emocionales debidos a las circunstancias de lo mal gestionado que está su oficio por parte de las esferas. 

De la parte técnica sólo podemos elogiar el inmenso trabajo de la película empezando por la natural y transparente cinematografía de Judith Kaufmann, con más de 40 títulos, amén de codirigir junto a Georg Maas, Dos vidas y La grandeza de la vida. Su trabajo construido a través de la mirada, el gesto y el movimiento físico de la enfermera, nos lleva a partir de planos secuencias y una cámara en continua agitación que lo traspasa todo generando esa atmósfera de documento preciso, instante y muy real sin recurrir a los artificios tan vistos en series y películas de hospitales. La música que firma Emilie Levienaise-Farrouch, de la que vimos su excelente trabajo en Desconocidos (2023), de Andrew Haigh, ayuda a puntuar los instantes de aparente paz y concordia entre la enfermera y los enfermos y sus familiares, y otros momentos de tensión y nerviosismo donde asistimos a un cuento de terror de lo cotidiano donde se cruza el miedo y el dolor. El montaje de un grande en la cinematografía alemana como Hansjörg Weissbrich, con más de tres décadas de carrera en las que ha trabajado en más de 60 películas, al lado de grandes como Hans-Christian Schmid, Bille August, Sokurov, Maria Schrader, von Trotta y Serebrennikov, entre otros. Su edición se basa en la sobriedad y el detalle y el corte puro, sin embellecer ni simplón, sino con la idea de verdad que planea en la trama en sus 92 minutos de metraje. 

Ya hemos alabado la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que arrancó su carrera como actriz en la impresionante La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. Su Floria es una interpretación magnífica, de las que las aspirantes a actriz deberían aprender de memoria, porque expresa todo un bagaje emocional frenético desde la mirada, el gesto y un silencio atronador que la deja exhausta y sin fuerzas. Una composición sobre el hecho transformador de cuidar y sobre todo, cuidarse. Le acompañan Sonja Riesen, otra enfermera, Urs Bihler, un enfermo que no tiene noticias, Margherita Schoch, otra enferma perdida, y Jürg Plüss, un impaciente e impertinente paciente. Una película como Turno de guardia, de Petra Volpe, debería ser de visión obligatoria, por sus valores cinematográficos que son muchos y sobrados, por su arrojo de penetrar con la cámara a las oscuridades y pequeñas alegrías que se suceden en los hospitales, y sobre todo, por su gran capacidad para trasladar al cine los conflictos laborales y emocionales que padecen cada día las enfermeras, una profesión muy dura y asfixiante que pone a prueba a sus profesionales continuamente, una profesión capital que cuida a la que pocos o nadie cuida que la película sitúa el foco, pocas veces visto de esta forma tan realista y desde dentro. Por favor, no se la pierdan, seguro que les deja algo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rondallas, de Daniel Sánchez Arévalo

TODOS JUNTOS AHORA. 

“La música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio”. 

Víctor Hugo

El universo cinematográfico de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), se compone a partir de un hecho doloroso que define, no sólo a los personajes que tiran del carro, sino que estructuran a todo un grupo, sin olvidar el humor que ayuda a tragar toda la dura situación. Después de un buen puñado de cortometrajes que lo pusieron en primer plano, debutó con la muy estimable Azul Oscuro Casi Negro (2006), le siguieron Gordos (2009), Primos (2011), y La gran familia española (2013), Diecisiete (2019), que junto a la citada Primos agrupan una especie de díptico sobre los jóvenes parientes en busca de un imposible a través de un viaje por la provincia de Santander (lugar de nacimiento del padre del cineasta que no es otro que José Ramón Sánchez, famoso ilustrador que amenizó en el inolvidable “Sabadabadá” las mañanas ochenteras de muchos de nosotros) que les ayuda a superar dramas pasados. En Las de la última fila (2022), también la travesía ayudaba a unas amigas a enfrentarse a la enfermedad. 

En Rondallas no deja el norte, porque se traslada un poco más a la izquierda, más concretamente, a la ría de Vigo, a uno de sus pueblos y a sus gentes, en el epicentro de la rondalla “Gran Sol” (como la famosa novela de Ignacio Aldecoa, que relata las duras condiciones de los pescadores santanderinos), en la que conocemos a Luis que, junto a Yayo, son los supervivientes de un barco pesquero que naufragó hace 2 años dejando viuda a muchas de las mujeres, entre ellas, a Carmen, que mantiene una relación con el citado Luis, y mantiene una relación difícil con sus dos hijas, la adolescente Noa y la pequeña Noa. En ese estado de duelo y depresión en el que pasan los días duros entre percebes y otros trabajos recordando a los que no están y esperando que aparezca el barco perdido. La “Rondalla” es el viaje en esta película, agrupaciones de música a partir de gaitas, carracas y demás objetos que continúan vivo el folklore y la tradición en un concurso que elige la mejor de la provincia. Una rondalla que revive como terapia para recordar a los ausentes y volver a vivir para los que sí están, enfrentada a las dificultades de unos y otros, donde seremos testigos de los problemas internos con los que lidia cada uno de los personajes.   

La parte técnica de la película brilla con intensidad capturando ese cielo plomizo tan característico del norte, que le viene como anillo al dedo a los atribulados personajes que arrastran su particular tragedia, como evidencia su estupendo prólogo. La cinematografía concisa de Rafa García, del que hemos visto comedias como Mala persona y los dramas Escape, y la reciente de La tregua. La estupenda música que interpreta la rondalla, tan potente y enérgica es compartida con la magnífica soundtrack que ayuda a situarnos en el estado emocional lleno de altibajos por el que pasan los diferentes personajes, que firma el argentino Federico Jusid, con más de 130 trabajos en su filmografía junto a Campanella, León de Aranoa, Larraín, Borensztein, Erice y la reciente serie El eternauta. El montaje corre a cargo de Miguel Sanz, del que hemos visto Canallas, de Daniel Guzmán, en su segunda colaboración con el director después de la mencionada Diecisiete. El montaje es sobrio y nada complaciente, y describe con detalle y precisión las situaciones emocionales y sobre todo, las relaciones que se van generando en sus casi dos horas de metraje. 

Un reparto muy bien escogido y mejor interpretado, como suele ser marca de la casa en el cine del madrileño-cántabro, sino recuerden los ya citados. Aquí tenemos a un tótem como Javier Gutiérrez, un asturiano metido en Vigo, dando vida a Luis, un tipo que debe vivir contra un fantasma que era su mejor amigo y además, es el alma mater de este grupo y de la dichosa rondalla que usa como acicate para levantar muchas cosas. A su lado, están los gallegos empezando por María Vázquez, una actriz que mira muy bien. Su Carmen es una mujer rota que quiere salir del pozo, poco a poco, eso sin miedo. Están los jóvenes Judith Fernández, que la vimos en La casa entre los cactus, y Fer Fraga, visto en la serie Rapa, que tienen sus cosas entre gaitas y egos y secretos. Otra pareja, esta vez de hermanos, que interpretan los fabulosos Tamar Novas, en un personaje que crecerá mucho durante la película, y Xosé A. Tourián, en un rol muy alejado del que hacía en las dos comedias sobre Cuñados. También está Marta Larralde, una actriz que maneja muy bien los registros de sus personajes, y el veterano Carlos Blanco, visto en mil y una, en uno de esos personajes lobo de mar que escenifica mucho el sentimiento de derrota y dignidad de la existencia. 

Los espectadores no deberían acercarse a ver Rondallas como un mero entretenimiento sin más, porque se perderían las estupendas virtudes que atesoran sus imágenes como la fusión entre cine con vocación comercial que cuenta una historia social y de verdad, llena de personajes de carne y hueso y de tramas duras pero no condescendientes. También, encontramos esa mezcla entre el drama cotidiano que se remueve entre las paredes de casa enfrentado a la alegría, la emoción y la vitalidad que desprenden los ensayos de la rondalla, cogiendo el tono y la atmósfera que desprende cierto tipo cine británico como Tocando el viento y Full Monty, entre otras. Una música llena de fuerza y pasión, y la idea de conjuntar una comunidad azotada por la tragedia, en que la música actúa como terapia reveladora para sacar los dramas personajes y exponerlos a través del arte y la forma de transmitir que tiene cada uno. Seguramente estamos ante la película más conseguida de Daniel Sánchez Arévalo y no lo digo porque se acaba de estrenar, sino porque la la energía que desprende cada fotograma contagia de energía, pasión y emoción desbordante en los momentos donde los personajes se difumina y aparece la rondalla, o lo que es lo mismo. la comunidad todos a uno viviendo, danzando y disfrutando la música y todo lo que llevan en el interior sale con fuerza y las cosas se ven menos duras y jodidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bella, de Manuel H. Martín y Amparo Martínez Barco

NUNCA FUIMOS DOS. 

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”. 

Simone de Beauvoir 

Esta es la historia de Bella, una mujer que ha crecido con un padre que no la quería y una madre que los abandonó. También, desgraciadamente, es la historia de muchas mujeres. Mujeres como ella que conocen a alguien que las ama, o eso parece, y las despoja de su vida y las convierte en su mujer, en su esclava, en su criada, en su amor y su odio, y su frustración. La semana que se conmemora el día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer el pasado 25 de noviembre nos llega Bella, de Manuel H. Martín (Huelva, 1980) y Amparo Martínez Barco (Sevilla, 1981), una película de animación de gran factura visual y directa que quiere llegar a todos los públicos, sobre todo, al más joven, para concienciar de la mayor lacra de nuestro tiempo. Inspirada libremente en la vida de Ana Bella Estévez, víctima de malos tratos, creó la Fundación Ana Bella y la Red de Mujeres supervivientes en España. 

La pareja de directores al frente de Bella la componen el director de algunas de las obras de animación más importantes de este país como 30 años de oscuridad (2011) sobre Manuel Cortés, el alcalde Mijas escondido en su casa durante el franquismo con la voz del gran Juan Diego, y El viaje más largo (2020), en el que indaga sobre la primera vuelta al mundo que protagonizaron Magallanes y Elcano, y el documental La vida en llamas (2015), donde exploró la cotidianidad de tres bomberos forestales de élite en Andalucía. Martínez Barco lleva trabajando en el departamento de efectos visuales en más de 25 películas y series como Secaderos, de Rocío Mesa y Los tortuga, de Belén Funes, y muchos títulos de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo. Con Bella debuta en el largometraje como directora, a partir de un guion del propio H. Martín y Carmen Jiménez, que la conocemos por haber trabajado en Adiós, de Paco Cabezas y series como La novia gitana y La Mesías, y haber dirigido el largo Hoy es todavía (2024). A través de un estilo sencillo y muy directo, y de una gran economía de tiempo, la película es muy breve, apenas 63 minutos, donde la trama avanza sin ataduras donde prevalece lo esencial. 

El director de animación es Lisandro Bauk y el cinematógrafo Hilario Abad, que dirigió Parasceve, retrato de una Semana Santa (2021), y el montaje del propio Mauel H. Martín es sumamente clara y transparente, para así mantener la atención frontal del espectador, sobre todo, el de los jóvenes, que están sobreestimulados con tanta tecnología y los stories infinitos y fugaces que contaminan las redes sociales. Por eso, es clara la idea de la película, sin rodeos ni atajos, centrándose en el tema y con un desarrollo muy de frente que traspasa la pantalla, con un lenguaje sencillo y nada farragoso, que cualquier espectador lo pille a la primera. En ese sentido, juega un papel fundamental la banda sonora de la película que firma Beatriz López Nogales, que la conocemos por haber trabajado en las películas y series como Alardea (2020), Los últimos románticos (2024) y Detective Touré (2024), todas dirigidas por David P. Sañudo, amén del temazo “Nunca fuimos 2”, que encabeza este texto, y que deja clara la dirección de la película y los temas tan sensibles que toca, la vida y el horror que vive Bella, como tantas mujeres en tantos países. No se busca la denuncia así sin más, sino que nos sitúan en la mente y el cuerpo de una mujer que no ve su realidad y está metida en un horror que le parece normal para así que el público tome conciencia. 

La elección de dos magníficos intérpretes como Michelle Jenner y Víctor Clavijo que ponen sus voces a los protagonistas, la mencionada Bella y Ponce, la pareja de Bella que se va convirtiendo en un monstruo cotidiano. También escuchamos las voces de Juan Carlos Villanueva y Gema Abad en otros personajes del entorno de Bella. Una película que mezcla con inteligencia la cotidianidad con el terror de Lovecraft y esos monstruos con tentáculos que van ahogando a la protagonista genera una idea directa y clara sobre el dolor y sufrimiento de Bella. Me ha encantado la propuesta de Bella, de Manuel H. Martín y Amparo Martínez Barco, porque va a ayudar a que espectadores más jóvenes se acercan a ella y conozcan la horrible experiencia de una mujer maltratada por su marido, y la dificultad que tienen para sobrevivir y poder huir de esa no vida que a muchas las mata y a otras, las deja traumatizadas, y muchas más, lo pueden contar como la verdadera Bella. Bella es una película muy dura, pero vital para que muchos y muchas abramos los ojos y nos concienciemos del horror que viven muchas mujeres que, por desgracia, son muchas. Me encantaría que la película abriera mentes y cambiemos esta situación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Antonio Cuadri

Entrevista a Antonio Cuadri, director de la película «Te protegerán mis alas», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 4 de noviembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Cuadri, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por todo su colaboración y apoyo incondicional, y a Tony Andújar, por sus gestiones, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El volcán, de Damian Kocur

LA FAMILIA KOVALENKO. 

“La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción”. 

“Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”, de Yukio Mishima 

Cuenta la historia de la familia Kovalenko, procedente de Ucrania, lleva unos días en Tenerife disfrutando de unas merecidas vacaciones. Son Roman, sus hijos Sofía y Fedir, y Nastia, la nueva mujer. Los días pasan sin más, entre excursiones, momentos de playa y compartiendo comidas en el hotel y la habitación. Todo cambiará para ellos cuando el jueves 24 de febrero de 2022 Rusia invade Ucrania. La vuelta ya no es posible, con las maletas a cuestas, deben volver al hotel y esperar, o quizás resignarse a una situación llena de incertidumbre, miedo, rabia y angustia ante su situación y la de los suyos. La segunda película de Damian Kocur (Katowice, Polonia, 1976), toca de forma sincera y muy íntima las emociones que estallan en el seno de esta familia, que la cámara sigue muy de cerca, a modo de espejo, confrontando el conflicto bélico y las diferencias que se crean debido a la terrible noticia. Todo se cuenta de forma sutil, sin hacer algarabías ni estridencias argumentales, porque se busca naturalidad y honestidad, donde el paraíso se torna un espacio extraño mientras en su país de origen las cosas se han puesto horribles. 

La primera película del director Bread and salt (2022), cuando el joven Tymek volvía a su pueblo natal y asistía al conflicto entre árabes trabajadores de un kebab y los chavales del barrio. Dos obras que hablan de las diferencias y tensiones que se producen entre unos y otros que, en El Volcán (en el original, “Pod wulkanem”, traducido como “Bajo el volcán”), se generan en el interior de la familia, creando ese efecto espejo con la realidad entre Rusia y Ucrania, en un guion coescrito por Marta Konarzewska y el propio director, centrado en Sofía, la adolescente de la familia, con esas llamadas de puro terror con su amiga de Kiev, y su encuentro con el africano que reside ilegal en Tenerife huyendo de la guerra de su país. Contrastes y cercanías que se van produciendo en un Tenerife muy alejado de la típica estampa turista que nos venden. El supuesto paraíso se torna un lugar lleno de extrañeza, artificial y lejano, porque la elección se torna una prisión en la que deben permanecer cuando desearían estar en su país. El relato se convierte en un diario de esas primeras semanas, de la incertidumbre y el dolor y el miedo instalado en los Kovalenko y las tensiones y conflictos que se generan entre ellos debido a la situación compleja en la que están inmersos.

Kocur se acompaña de un equipo brillante arrancando con la cinematografía de Mykyta Kuzmenko, con esa cámara que sigue sin descanso a los diferentes integrantes de la familia en dos velocidades: la del grupo familiar que hacen cosas juntos como ir de excursión, la del Teide tiene su miga y hace saltar muchas cosa que todavía no habían saltado, y la otra velocidad, la de Sofía, que la cámara la sigue en sus encuentros con el citado africano, y su deambular por una ciudad nocturna cada vez más rara y diferente, ya que su estado de ánimo y por ende, el de toda la familia, ha cambiado y de qué manera. La música de Pawel Juzkuw también sabe crear esa atmósfera de película de terror, de cotidianidad cercana e inquietante a la vez, donde cada mirada y gesto aluden a una situación que se parece a la de antes y está totalmente alterada, generando esa sensación en los diferentes espacios y en la relación entre los cuatro personajes protagonistas. El montaje de Alan Zejer construye un ritmo pausado y de quietud de mucha tensión y terror, donde las cosas parecen que no han sido alteradas, pero los personajes saben que si, y con ese tempo, se consigue introducirnos en ese miedo constante de no saber qué hacer y con esa espera llena de pavor en sus implacables y tranquilos 105 minutos de metraje. 

El cineasta polaco ha reclutado un enorme reparto que ayuda a mostrar todas los miedos en la montaña rusa emocional que viven la familia, que tienen los mismos nombres que sus personajes empezando por la joven Sofía Berezovska, siendo la adolescente enfadada con la “nueva” mujer de papá, y con la situación en Ucrania, Roman Lutskiy es el padre, empeñado en alistarse en volver y coger las armas, Anastasiya Karpenko es la nueva mujer de Roman, que intenta mantener una calma tensa que cuesta mucho, y finalmente, el pequeño Fedir Pugachov, ajeno a todo. De la guerra de Ucrania habíamos visto muchos documentales que retratan los efectos de la guerra y la población civil, pero no habíamos visto una de ficción, y una como esta, que hablase de la retaguardia en el extranjero, como le sucede a la familia Kovalenko, donde la guerra en su país tiene su espejo en los conflictos interiores que se producen en esta familia que estaban en el paraíso disfrutando y  deben permanecer en él, siendo conscientes y con miedo en un lugar que se torna ajeno y extraño donde lo que antes parecía bonito, ahora se ha vuelto una prisión muy a su pesar, sin ánimo de disfrutar el espacio y sobre todo, con la mente en su país, en una tierra de nadie tanto física como emocionalmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Alexandros Avranas

Entrevista a Alexandros Avranas, director de la película «Vida en pausa», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 28 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alexandros Avranas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Anna Suades, por su gran labor como intérprete, y a Alexandra Hernández de LAZONA Cine, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA