Idrissa, Crónica de una muerte cualquiera, de Xavier Artigas y Xapo Ortega

DESENTERRAR LA DIGNIDAD.

“Con Idrissa, crónica de una muerte cualquiera (2018), el tándem Artigas-Ortega se radicaliza llevando su concepción del cine-acción al extremo: toda la realidad que se relata en el documental ocurre gracias al hecho de que se está haciendo una película. A modo de profecía autocumplida se huye así del llamado cine de denuncia para dar paso al cine de reparación”.

(Textos recogidos en el dossier de prensa)

Xavier Artigas (Sabadell, 1980) y Xapo Ortega (Barcelona, 1972) se conocieron durante las protestas del 15M, donde pertenecieron a la comisión del audiovisual filmando todo lo que allí aconteció. En el 2010 había nacido Metromuster, que se define como una cooperativa independiente dedicada al cine político y social siguiendo los principios de la Cultura Libre. De ahí han surgido trabajos tan interesantes como [NO-RES] vida i mort d’un espai en tres actes  (2011) que recogía los últimos días de la Colònia Castells, una de las pocas colonias fabriles todavía en pie en Barcelona a punto de ser derruida. Su segunda película fue Ciutat Morta (2014) que a través de imágenes de archivo y testimonios directos, se adentraban en un caso que llevó a la cárcel a cinco víctimas de un sistema podrido y deshumanizado, destapando así la corrupción policial de Barcelona.

Su tercera incursión es Idrissa, crónica de una muerte cualquiera, en el que nos sumergen en la vida de Idrissa Diallo, un joven guineano de 21 años que falleció en un centro de detención de extranjeros en Barcelona. Artigas y Ortega y su equipo de colaboradores, entre los que destaca Laia Manresa, en labores de escritura, emprenden una investigación farragosa y kafkiana para esclarecer los hechos que se produjeron aquella noche aciaga donde Idrissa perdió la vida, y localizar su cadáver. A modo de cine directo, y work in progress, seguimos la crónica diaria de una investigación, donde la película se va haciendo a medida que la investigación sigue su curso, en la misma línea que el cine de Hubert Sauper, donde la cámara filma para mostrar, reparar y concienciar, en el que los propios cineastas participan de manera activa y visible en las pesquisas, moviéndose de aquí para allá, desde Guinea, con ese primer plano que alumbra el relato, donde las alambradas, como símbolo triste de un mundo que separa la riqueza de la pobreza, y el siguiente encuadre con el señor blanco en la piscina del hotel y unos niños, al otro lado del muro, jugando en una playa.

En Melilla, Francia o en Barcelona, en una suerte de road movie, enmarcada en un thriller de investigación, para intercambiar información, muy escasa, con abogados, activistas y agentes sociales que al unísono trabajando pro reparar la dignidad enterrada de Idrissa, así como miembros de su familia, amigos o personas que lo conocieron o viajaron con él en la travesía terrorífica desde su Guinea natal hasta el CIE de Barcelona donde encontró la muerte. Las obstaculizaciones de las autoridades les llevan a un callejón sin salida respecto a su muerte, y siguen con su camino localizando el cuerpo de Idrissa enterrado en un nicho anónimo. El equipo de la película logra sacarlo y mediante un crowfunding logran llevarlo al pequeño pueblo de Guinea donde salió en busca de un futuro mejor. Artigas y Ortega construyen una película de una belleza plástica exultante, contándonos sin prisa pero sin pausa su investigación, las movilizaciones sociales que llevan a cabo, en una película vivida, donde el activismo social y político se confunde y se mezcla de forma natural con el cineasta, donde todo es un conjunto.

La película se convierte en una forma de cine reparador, cine de justicia, cine de memoria, cine que devuelve a la vida a Idrissa, aunque sea de forma emocional o espiritual, la biografía de este joven guineano, así como su existencia y circunstancias, como ocurría con Patricia Heras en Ciutat Morta, en que el cine recupera su memoria, reparándola y situándola en el lugar que merece, restituyéndola, con el propósito de rendirle homenaje, que no quede relegada al olvido, como en el caso de Idrissa a un nicho anónimo de Barcelona como pasa con tantos otros, volviendo como en el caso de Ciutat Morta, otro caso de corrupción y racismo del estado, con prácticas deleznables e impropias de una democracia en el que se practica una violencia estructural demencial y modus operandi, con esa terrible y triste mención que escuchamos en la película: “Es sintomático que el estado persiga al inmigrante para expulsarlo cuando está vivo y lo oculte en el país cuando está muerto”.

Un cine político, reivindictivo, justo, necesario y valiente, sin concesiones ni nada por el estilo, cine de primer orden, un cine hecho desde la necesidad de reparación, de devolver la justicia a quién no la tuvo, de recuperar su cuerpo y entregárselo a su familia como sentido humanitario, de utilizar el cine para aquello necesario y humanista que mencionaban cineastas como Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde el objetivo principal de el hecho cinematográfico residía en mirar con detenimiento los problemas de las personas y devolverles su lugar en el mundo y su importante en la sociedad, visibilizar a todos aquellos desfavorecidos, desplazados o anónimos, a “los nadie”, que escribía Galeano. Cine reposado, cine que repara y lo hace desde la belleza de unas imágenes y una planificación formal brillante y soberbia, mostrándonos las diferentes realidades desde el respeto y la mirada del otro, sumergiéndonos en las diferentes formas de ver y sentir las cosas, con imágenes y hechos aterradores pero descritos desde lo más profundo, desde la sencillez y la humildad del cineastas que quiere conocer, aclarar y reivindicar de forma humanista a un chico desconocido que la película lo visibiliza, lo desentierra del olvido institucional, y lo devuelve a su tierra, con ese último plano sobrecogedor donde su pueblo lo acoge en su seno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/297970311″>Trailer IDRISSA – subt&iacute;tulos castellano</a> from <a href=”https://vimeo.com/polarstarfilms”>Polar Star Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

Entrevista a María Antón Cabot

Entrevista a María Antón Cabot, directora de la película “<3”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Antón Cabot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La primera cita, de Jesús Ponce

LAS VIDAS DE ANTES.

“Las enfermedades son como la lluvia. No avisan. Y tienen por costumbre pillarte sin paraguas”.

La película se abre con una fotografía, una fotografía que nos muestra el mar, una fotografía que pertenece a un álbum de fotografías, de recuerdos, de instantes del pasado, de momentos fugaces, instantes de una vida ahora pasada, casi olvidada en el presente, imágenes que iremos viendo mientras se suceden los títulos iniciales, que cuanto estos terminen, volveremos a esa primera imagen, la fotografía de la playa, una imagen que oculta un misterio, algo que desvelar, algo que revelar hundido en la memoria del pasado. La vida vivida, el pasado y la memoria son los ejes en los que se sustenta el quinto trabajo como director de Jesús Ponce (Sevilla, 1971) una carrera que alumbró con 15 días contigo (2005) relato crudo y complejo de las existencias de dos homeless y el cariño y el amor que se tienen, protagonizada por dos de sus actores fetiches, Isabel Ampudia y Sebastián Haro. A esa primera película, le siguieron Skizo (2006) y Déjate caer (2007) dos filmes de género, thriller y comedia, que se alejaban de la mirada intimista y profunda que tenía su debut. Después de años dedicado a las series en televisión, en el año 2015 dirigió Todo saldrá bien, retrato que le devolvía a los elementos de su primera película, en la que nos hablaba de la difícil relación entre dos hermanas mientras esperaban el fallecimiento de su madre enferma, protagonizada por Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos.

Ahora, tres años después de aquella, vuelve a sus caminos transitados con otra película anclada en la enfermedad, en los primeros botes del alzhéimer de Isabel, a la que da vida una extraordinaria Isabel Ampudia, y la reacción de su marido, el teniente prejubilado Haro, magnífico Sebastián Haro, y cómo esos primeros síntomas de la enfermedad van erosionando una pareja de por sí ya resquebrajada por la actitud machista del esposo. Ponce vuelve a contar con sus colaboradores habituales, David Barrio en la cinematografía, con esa luz naturalista y próxima, que evidencia las complejas relaciones del matrimonio, teniendo en cuenta todo aquello que vemos y todo aquello que se ocultan, y la excelente música de Juan Cantón, que imprime al relato ese marco de drama sin ser sentimentalista, sino que mantener esa congoja y desesperación sin ser muy trágica. Ponce nos traslada a una playa de invierno, más concretamente, en Matalascañas, en Huelva, un lugar desierto, vacío, un espacio que en invierno, sin verano ni turistas, se tiene que reinventar, volver a su cotidianidad, un sitio que casa a la perfección con las lagunas de memoria que tiene el personaje de Isabel, un lugar reconocible para ella, pero a la vez extraño, ausente, difícilmente cercano, como en la secuencia que deambula por sus calles intentando buscar el cine Delicias, ahora ya cerrado, pero de su ciudad habitual.

El director sevillano construye una película intimista, de apenas tres personajes, si añadimos a Mercedes, un personaje del pasado en la vida del marido, una prostituta para aliviar el cariño de las pesadas maniobras lejos del hogar, alguien que aparecerá en las vidas de este matrimonio para saldar mentiras y verdades ocultas, para dar luz a tanta oscuridad del esposo, con ese especial momento en la orilla de la playa, donde las mujeres conversan hablando del marido y cliente, respectivamente, conociendo el verdadero carácter de un hombre que invisibilizó a su mujer, ignorándola y tratándola de forma despectiva y cruel, y ahora, con su enfermedad, deberá reinventar su matrimonio, su amor, y empezar de nuevo, mostrándole todo el cariño que antes no le dio, enfrentándose a sus miedos e inseguridades, y sobre todo, a él mismo, al hombre que fue y que ya no puede ser, a rendirse cuentas emocionales.

Un reparto de primer orden con Isabel Ampudia y Sebastián Haro, naturales, convincentes y sinceros, bien acompañados por Mercedes Hoyos como esa prostituta de vueltas de todo, que deja el personaje amargado e infeliz de Todo saldrá bien, para construir un rol muy diferente, donde da vida a una mujer entera, con los años bien llevados, y sobre todo, con esa peculiar destreza para las palabras, para decir verdades e ironías, sin caer en el dramatismo de la ocasión,  tres rostros de vida, maduros y resquebrajados, y Víctor Clavijo y Darío Paso, dos habituales de Ponce, y Bruto Pomeroy, el coronel Rivas, que tiene una secuencia con Haro llena de rabia, violencia y sentido común. Ponce ha construido una película sobre el amor,  honesta y sencilla, que no fácil, llena de memoria, pasado y olvido, o la falta de él, donde sus personajes se enfrentan al mayor reto de sus vidas, a vivir con una enfermedad cruel y despiadada, que les devolverá a todo aquello que hicieron mal, a enfrentarse a ellos mismos, a sentir que la vida se redescubre a cada instante, casi sin tiempo, adaptándose a esos cambios o no, a engancharse a ella, a esas oportunidades que el destino, en ocasiones, brinda, casi sin tiempo a reaccionar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/323667112″>Trailer LA PRIMERA CITA</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Donbass, de Sergei Loznitsa

EL INFIERNO ERA ESTO.

“El arte y la educación son los únicos bastiones de resistencia que permanecen. Si queremos preservar nuestra civilización, si queremos preservar la civilización europea, debemos preservar el arte, promover el arte, estudiar arte y hacer arte. No solo cine, arte en general. El arte es lo único que tenemos para sobrevivir en estos tiempos convulsos”.

Sergei Loznitsa

Buena parte de la carrera cinematográfica de Sergei Loznitsa (Brest, Bielorrusia, 1964) está dedicada al documental, unos trabajos de corte poético en los que rastreaba el mundo rural contemporáneo e histórico, durante el período de la Segunda Guerra mundial, a través de sus gentes, cotidianidades y formas de vida y trabajo, desde su primer trabajo en La vida, el otoño (1998) hasta Bloqueo (2006). En los últimos años, ha compaginado el documento con grandes obras sobre la Segunda Guerra mundial y el holocausto en trabajos como Austerlitz (2016) o Victory Day (2018), y en su particular visión sobre la Ucrania actual y su modus operandi, en títulos como en el documental Maidan (2014) sobre los disturbios acaecidos en el país durante el 2013 y 2014, o en Sobytie (2015) sobre el frustrado intento de golpe de estado en la URSS de Gorbachov, y en obras de ficción como My Joy (2010) donde volvía a ofrecer una visión incisiva sobre el mundo rural,  En la niebla (2012) en la que se trasladaba a la lucha contra el nazismo de unos partisanos bielorrusos o en Krotkaya (2017) donde a través del relato de una mujer buscando a su marido destapa una sociedad corrupta y a la deriva.

En Donbass sigue hablándonos de ese estado en descomposición, podrido y corrupto, situándonos en la guerra de 2014 y 2015 entre el gobierno de Ucrania y los separatistas prorrusos, en el territorio del este del país, a través de 12 episodios, donde con herramientas del documental, nos sumerge en una visión triste y demoledora de la situación de la Ucrania actual. Loznitsa recorre ese universo desde la mirada del cineasta observador, componiendo un caótico calidoscopio de las miserias humanas, en el que observamos con detalle todo esa mugre y terror que se respira en un ambiente opresivo, desordenado y bélico, porque aunque vemos pocos enfrentamientos, los que vemos son terribles, donde nos ofrecen una visión de una guerra sin fin, una guerra que nunca acabará, que invadirá el interior de los personajes, formando de su cotidianidad más tangible.

El cineasta bielorruso se mueve a través de diferentes espacios, desde esos soldados que se retratan orgullosos encima de un carro de combate a esos refugiados que se ocultan en una agujero negro lleno de miseria y podredumbre, o esos otros que caminan entre barro, sangre y nieve sin rumbo ni destino, o esos pasajeros que son humillados y vilipendiados por unos soldados cansados y hambrientos, o los demás allá que insultan y golpean a un soldado ucraniano, ese que le roban el vehículo en pos de las necesidades del estado, aquellos que celebran una boda al más puro estilo esperpéntico y hortera. Un mundo de contrastes, de realidades extrañas y grotescas, de una atmósfera rodeada de corrupción, impunidad y falsedad, donde se cuentan verdades que en realidad son falsas, y al realidad se oculta, se esconde y se manipula, en que la población intenta o se mueve por esa realidad entre un laberinto de desorden y problemas donde todo se antoja vacío e inútil.

Loznitsa imprime una atmósfera de realismo y naturalidad que duele, con una violencia brutal y sádica cotidiana, construyendo un infierno cotidiano en lo más íntimo y cercano, en una poderosa y contundente tragicomedia donde cada cosa que vemos y sucede parece fantasmagórica, como si esos habitantes que van de un lado a otro fueran zombies sin vida ni nada, en una realidad o no crudísima, infernal y malévola, donde el gobierno y los soldados campan a sus anchas y saquean todo aquello en pos de la nación y la libertad. La película observa una realidad, doce realidades fragmentadas, pequeñas historias del sentir de la población ucraniana, en que todo parece a punto de estallar, donde estar a salvo parece un milagro, donde todo puede pasar en cualquier momento, con ese aroma tan característico que rodeaba películas como La escopeta nacional o La vaquilla, de Berlanga, donde el ambiente bélico estallaba en cualquier rincón por pequeño que fuese, entre lo esperpéntico y lo cruel, o la caída de un régimen daba pie a otro con otras caras y nombres, pero a la postre igual de corrupto y miserable. Loznitsa ha construido un fresco actual de la Ucrania de posguerra, un país roto, enfrentado y fatalista, donde nada ni nadie está a salvo, donde unos y otros, aprovechan las circunstancias para saquear al prójimo o simplemente humillarlo en pos de ese país que se construye en el aire a cada instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dobles vidas, de Olivier Assayas

VIDAS REALES, VIDAS DE FICCIÓN.

“Todo debe cambiar para que nada cambie”

(Príncipe Salina en El Gatopardo, de Visconti)

La frase que encabeza el texto mencionada por el Príncipe Salina, que interpretaba Burt Lancaster, al final de la película, tiene mucho que ver con este mundo cambiante, en continua transformación que nos ha tocado vivir, en el que continuamente iluminados de la tecnología vaticinan el fin del producto convencional por lo más nuevo, por la última virguería informática que hará nuestras vidas diferentes, modernísimas y mejores, aunque a la postre nada cambie y todo siga igual, más o menos, como vaticinaba el príncipe Salina. Las nuevas tecnologías en nuestra cotidianidad, las relaciones humanas y demás elementos que conciernen a nuestro tiempo son el marco por el que se guía la nueva película de Olivier Assayas (París, 1955) la decimoséptima de su carrera, que arrancó allá por 1986 con Desorden, en una primera etapa que se extendió hasta El agua fría (1994) en que dedicó cinco películas para hablarnos de la juventud, de sus deseos, ilusiones, infelicidad y vacío existencial, para adentrarse más adelante en terrenos más maduros en los que sus personajes y sus problemas iban haciéndose mayores junto a él, como en Finales de agosto, principios de septiembre (1998) donde exploraría la muerte y la ausencia dejada y cómo afectaba a sus más allegados, elementos que cohabitarán de forma natural y sistemática en su posterior cine con Después de mayo (2012) Las horas del verano (2008) Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016).

Ahora, Assayas vuelve con Dobles vidas, donde se detiene en cinco individuos, cinco almas que se mueven en esta sociedad, donde parece que vivimos varias vidas a la vez, porque todo se hace y se vive demasiado intensamente, a una velocidad de vértigo, como si todo se tuviera que hacer deprisa y corriendo y varias cosas a la vez, sin parar, porque todo se acaba o está a punto de acabarse. Assayas nos cuenta las vidas de este grupo de parisinos en la que se sumerge en sus vidas íntimas y públicas, en las que conoceremos a Alain (Guillaume Canet) un exitoso editor que se contradice constantemente, porque tiene una mujer a la que adora, pero tiene un affaire con Laure (Christa Théret) una compañera que viene a digitalizar todo el modelo económico de la editorial, a Leonard (Vincent Macaigne) un escritor que plasma en sus novelas, que se niega a calificarlas de autoficción, todas sus experiencias vitales y sentimentales, y además, se acuesta con Selene (Juliette Vinoche, tres películas con Assayas) mujer de Alain, y actriz estancada en una serie exitosa de acción, pero que se muestra incapaz de dejar la serie. Valérie (Nora Hamzawi) mujer de Leonard, es una agente de campaña de un político integro y concienciado con los problemas más sensibles.

Y así están las cosas, un grupo de personas que viven su vida, la oficial, en la que todo parece ir bien, y por otra parte, la otra vida, la de ficción, o la que ocultan a sus allegados, o la que forma del autoengaño, a saber, porque ellos mismo ni lo saben. El cineasta francés enmarca su película en una comedia ligera, donde impone un ritmo acelerado, quizás contaminado por el sino de los tiempos actuales, donde sus personajes hablan y hablan, y no dejan de hablar, de muchos temas, por ejemplo, la digitalización de la sociedad actual, del futuro o más bien de la especulación, como apunta Alain en una mesa con amigos, donde todo parece que va a estallar de un momento a otro, pero no lo hace, o si lo hace, se trata de forma muy tímida, casi como un remolino intenso pero que se terminará en poco tiempo, algo así como el remolino interno y emocional que viven los personajes llevando adelante sus vidas, las que todos conocen, y las que ocultan, o las que no cuentan, que quizás son menos ocultas de las que creen.

Assayas atiza con vehemencia a nuestra sociedad, a sus rígidas estructuras económicas y al supremacismo del dinero, a esos gurús de la tecnología que vaticinan la defunción de lo tradicional en pos a una sociedad cibernética e hiperconectada, donde todo se hará por internet, en el que nos movemos por el mundo laboral, en este caso la edición de libros, como ocurría en Demonlover (2002) donde Assayas se sumergía en el espionaje industrial entre empresas y la sensación de los dibujos porno en 3D. Aquí, también hay estrategia industrial, entre otras cosas, como escenifican de forma sencilla y magnífica la relación entre Alain, el editor que apuesta por el libro de toda la vida, y se mantiene expectante a tantos cambios que se proclaman a los cuatro vientos como hace Laure, su nueva compañera de trabajo y cama. Unos tiempos convulsos, en los que todavía hay náufragos resistentes de sus novelas como Leonard, que tiene el mismo problema que tenía Harry con sus ex novias y amigos porque no paraba de hablar de ellos en sus libros en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

El director parisino también nos habla de cine, como hizo en Irma Vep (1996) donde un director fracasaba en el intento de devolver a la actualidad la serie de Las Vampiras, de Feuillade. Ahora, se acuerda de Bergman y su película de Los comulgantes, donde recuerda al sacerdote sin fe que hablaba a una iglesia vacía, como ese mundo convencional en pos del online que muchos vaticinan que llegará pero que no llega, o a Haneke, con un chiste sexual en un cine viendo una del director austriaco. Assayas se muestra crítico con la sociedad, con la política, con las verdades absolutas, y las mentiras de siempre, encontrando a unos personajes infelices y frustrados, que encuentran en la mentira y las dobles vidas, que habla el título, en su razón de existir, aunque muy bien no sepan porque lo hacen y a qué lugar les lleva todo eso, porque al fin y al cabo, todos nos movemos con prisas en esta vorágine absurda y superficial que alguen llamó vida, porque todo se autodefine constantemente, y lo que ayer era el no va más con mucha energía, ahora se niega o se contradice con la misma fuerza. Un mundo cambiante, en constante ebullición, donde todo parece una cosa y al día siguiente, ya es otra. Quizás, como nos quiere contar Assayas, después de todo, nos quedan los amigos, nuestros amores, los reales y los ficticios, una copa de vino, y una buena charla sobre todo o nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA    

Funan, de Denis Do

UNA MADRE FRENTE A LA BARBARIE.

“Durante muchos años he buscado una imagen perdida: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos cuando gobernaban en Camboya. Por supuesto que una imagen por sí sola no puede ser la prueba de un genocidio, pero nos hace pensar, nos fuerza a meditar, a registrar la Historia. La he buscado en vano en archivos, en viejos papeles, en las aldeas de Camboya. Hoy lo sé: esta imagen debe estar perdida. Así que la he creado. Lo que les ofrezco no es la búsqueda de una imagen única si no la imagen de una búsqueda; la búsqueda que permite el cine“.

Rithy Panh

Si hay algún cineasta camboyano ha documentado el genocidio de los Jemeres Rojos ese no es otro que Rithy Panh (Phnom Penh, 1964) que vivió en sus carnes el horror de Pol Pot y los suyos, descargando todos sus recuerdos cuando fue capturado junto a su familia y llevado a los “campos de rehabilitación” alejado de los suyos. Con S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos (2003) llevó a los torturados a los centros donde se practicaban deleznables actividades, en La imagen perdida (2013) ante la imposibilidad de rescatar documentación sobre la cotidianidad en los campos de trabajo forzados, entre otras cosas porque no existen, inventó las imágenes con figuras de arcilla y dioramas, explicando tantas historias que vivió y escuchó de tantos represaliados por el régimen sangriento que asesinó cerca de 2 millones de personas, un tercio de la población camboyana.

Ante esa ausencia de imágenes de archivo, otra manera podría ser la animación, opción por la que ha optado Denis Do (París, 1985) que hace su puesta de largo mirando a sus orígenes camboyanos y explicando los relatos que le contó su madre, en una película que se centra en la vida de Chou, una mujer que vive en Phnom Penh, con su marido e hijo, cuando en abril de 1975 los Jemeres Rojos entran en la capital y después de hacerse con el poder, imponen un régimen de horror que consistió en llevar a las personas a campos agrícolas, donde se cultivaba principalmente arroz, y obligarlas a trabajar hasta la extenuación, separando a las familias y manteniéndolas en barracones insalubres y miserables. Do opta por una animación artesanal, construida a través del dibujo a mano y el 2D, creando un universo bello y horrible a la vez, a través de una forma y estética apabullante, en el que la película mira los pliegues del horror desde la intimidad, desde aquello que no vemos, desde los sentimientos más ocultos de los personajes, en el que seguimos a Chou y su familia y demás parientes, en su miserable periplo en diversos campos de trabajo forzado, la desintegración de la familia y todos los problemas a los deberán enfrentarse, resistiendo cómo pueden los embates del extenuante trabajo, escasísimo alimento y los asesinatos e injusticias morales que se cometían contra ellos.

El cineasta francés de origen camboyano muestra el horror sin mostrarlo, introduciendo el fuera de campo y las elipsis para los momentos horribles que viven los personajes, eso sí, nos muestra el antes y el después de esos acontecimientos horribles, y cómo afectan emocionalmente esas vivencias. El relato abarca los cuatro años que duró el régimen de Pol Pot, que acabó con la invasión de Vietnam en enero de 1979, caminando a buen ritmo y no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales, narrando esa cotidianidad miserable en la que resisten, viendo los cambios en sus cuerpos y sobretodo, en sus miradas, manteniendo algunos ese espíritu indomable que hace fuerte al personaje de la madre, que a pesar de estar separada de su único hijo, mantiene una valentía y una fuerza encomiables. Do mira hacia sus personajes, haciendo hincapié en las diferentes formas de reacción de los diferentes miembros de la familia ante los hechos que presencian, en las continuas posiciones alejadas entre ellos, las dificultades de algunos de supervivencia ante el horror diario, las diferentes formas de moral ante unos y otros que optan por acercarse a los guardianes para sobrevivir en mejores condiciones, o las ideas de fugas de unos pocos, con la idea de huir de ese maldito lugar.

Una película que recuerda a las no menos logradas cintas de animación que también exploran el pasado desde la honestidad y la crudeza de sus acontecimientos como ocurría en Persépolis (2007) de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, donde explicaban en forma de humor y tragedia la situación de una niña y luego mujer bajo el régimen de Homeini en Irán, o Vals con Bashir (2009) de Ari Folman, que narraba los duros acontecimientos de un grupo de soldados israelíes en la primera guerra del Líbano a comienzos de los ochenta, y la más reciente, Un día más con vida, del año pasado, dirigida por Raúl de la Fuente y Damian Nenow, donde seguía la cotidianidad del periodista Ryszard Kapuściński en la guerra de Angola en 1975. Todas ellas reconstrucciones históricas a través de los testimonios directos de las personas que lo vivieron, a partir de lo íntimo y lo personal en su forma de abordar la historia, dejando los grandes momentos en un segundo plano o simplemente como marco histórico.

Do ha construido una admirable y necesaria película sobre el horror, sobre el terrorismo de estado, sobre la barbarie, sobre la condición humana, tanto la más cruel como la más humanista, sobre la capacidad de supervivencia en situaciones límite, en espacios donde el calor abrasa, en que el estómago vacío nos deja sin aliento y vida, en que unos y otros avanzan en estos campos del horror, donde cultivaban los inabarcables campos agrícolas y donde nada de aquello iba para ellos, y sobreviviendo sin fuerzas, sin energía, dejándose llevar por ese horror instalado en el alma, en lo más profundo del ser, un cuerpo cadavérico, un cuerpo sin ilusión ni esperanza, que se mueve sin más, esperando lo inevitable, sobreviviendo un día más o un día menos, llegando al crepúsculo de una jornada sin fin, siguiendo remando en un río sin agua, pero creyendo que algún día habrá agua, volverá la vida, y reiremos después de tantos años que ni recuerdan, como siente la madre, con esa actitud férrea y sincera, como ese aire que le sopla su marido, ese mismo aire que sueña con volver a sentir sin rencor, sin miedo y libre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maya, de Mia Hansen-Love

EL PAISAJE INTERIOR.

El universo cinematográfico de Mia Hansen-Love (París, 1981) está planteado a través de un personaje imbuido en una catarsis emocional de grandes dimensiones, personajes atrapados en una vida que se les escapa, que pasa por encima de ellos, hecha a retazos, incompleta, encaminada a lugares que no desean y que tampoco saben cómo enfrentarse a ellos, perdidos en su realidad, acosados por el entorno, tanto físico como emocional, esperando ser capaces de salir de ese embrollo emocional, aunque les llevará a renunciar a muchas cosas importantes para ellos. Le ocurría a Pamela, de 17 años, que buscaba a un padre en Todo está perdonado (2007) su debut en la dirección, o las vicisitudes emocionales a las que se enfrentaba Gréoire Canvel, el productor de cine en la bancarrota que no sabía enfrentarse a sus problemas y menos explicarlos a su familia en La père de mes enfants (2009) o la Camille de Un amour de jeunesse (2011) que conocía al amor de su vida siendo adolescente, y años después, se lo volvía a reencontrar cuando su vida andaba por otros derroteros emocionales, o el Paul de Eden (2014) que en plena efervescencia del house se debatía entre el romanticismo de la juventud y al cruda realidad, y finalmente, la Nathalie de El porvenir  (2016) una profesora que renuncia al amor después que su marido la deje por otra. Todos ellos personajes, femeninos en su mayoría, que deben lidiar con situaciones graves emocionales, que han puesto patas arriba sus vidas, situaciones inesperadas y complejas que los sume en un letargo vital del que ellos mismos deberán salir.

Ahora, la cineasta francesa se centra en Gabriel, un periodista de 30 años, que vuelve a París después de 4 meses de cautiverio. Gabriel se siente perdido, extraño y sin querer abrir y contar su terrible proceso, así que decide irse a Goa, en la India, donde pasó buena parte de su infancia. Allí, en otro ambiente y actividades se reencontrará con su padrino y Maya, la hija de éste. Entre los dos se iniciará una amistad que derivará en una historia de amor. Hansen-Love filma la India huyendo de lo turístico, de esa postal bienintencionada de la mirada occidental, nos muestra un país diferente, lleno de contrastes, con su ruido, su música, sus gentes, su calor asfixiante, y la vida que parece escaparse a cada instante. La cámara sigue a Gabriel, un tipo independiente, extrovertido, vital, y sin ataduras, genes impuestos de su trabajo como reportero de guerra, una vida sin vida, de un ir y venir para aquí y para allá, sin casa fija ni lugar estable. Así es Gabriel, un joven que, después de su experiencia catastrófica, decide buscar en sus orígenes su identidad, a rearmarse emocionalmente hablando, y continuar su camino, siempre hacia adelante, sin reprocharse nada del pasado. En la India, se reencontrará con su madre, aunque la experiencia no es satisfactoria, y Gabriel decide seguir buscando en solitario y en compañía de Maya, una joven india que tiene la parte más tradicional de la India, pero también, la más moderna, aquella que quiere ver mundo, que estudia en el extranjero y no quiere vivir en la tierra de sus padres. Esa mezcla de ideas, de emociones y libertad individual ayudará en el proceso de renacimiento que necesita Gabriel después de su terrible experiencia.

Hansen-Love coloca su cámara en el interior de Gabriel y Maya, y los sigue desde la cercanía, pero sin agobiarlos, dejándolos que ellos mismos descubran en sus excursiones y salidas ese entorno ancestral y maravilloso que van recorriendo, entre monumentos católicos e hinduistas, entre lo bello de un país y su parte más fea, su pobreza y demás catástrofes, y filmándolos a través de 16mm y la mirada de Hélène Louvert (una auténtica especialista en el formato cine convencional que ha trabajado con cineastas tan importantes como Wenders, Marc Recha, Alice Rohrwacher, Jaime Rosales, etc…) que penetra en el alma de los protagonistas, en sus sentimientos y emociones de manera sencilla y natural, mientras el entorno los lleva de un lugar a otro, en que el paisaje se muestra en nuestro interior, como si pudiéramos tocarlo. Y el exquisito montaje de Marion Monnier, que ha trabajado en todas las películas de Hansen-Love, nos lleva con esa ligereza y ese ritmo donde días y noches se van debatiendo con absoluta armonía y belleza frente a nuestros ojos.

La música también actúa de manera tranquila y pausada para contarnos esta historia de sentimientos escuchando temas de orígenes muy variopintos desde lo clásico “Lied”, de Schubert, que actúa como leit-motiv, escuchándolo en varios instantes de la película, como lo más moderno con el tema pop “Distant Sky”, de Nick Cave, o la música india de “Come Closer”, de Bappi Labiri, ayudan a describir y a sentir todas las emociones (des) encontradas que va teniendo el personaje de Gabriel. La elección de Roman Kolinka como Gabriel, en la tercera película junto con Hansen-Love, imprime esa fuerza interior de un personaje roto y desvalido, que necesita reconstruirse y buscarse para seguir su camino, para volver a lo que era, pero con esa sutilidad que caracteriza el cine de Hansen-Love, y el debut de Aarshi Banerjee, la jovencísima actriz india que aporta ese lado más romántico y sencillo de la historia, el contrapunto que necesita el personaje de Gabriel para resarcirse de su traumática experiencia y volver a su vida.

Hansen-Love ha vuelto a contarnos una película sencilla y honesta, donde todo ocurre con su habitual naturalidad, un espacio emocional que nos lleva casi sin notarlo, hacia esos mundos interiores que tanto le interesan a la directora francesa, con un personaje que se debate entre sus dos grandes pasiones vitales, el amor hacia su trabajo y el amor que siente por Maya, en una narración humanista con ecos de El río, de Jean Renoir. La cineasta francesa sabe imprimir el ritmo adecuado a sus relatos, imprimiendo personalidad tanto a sus paisajes como a sus personajes, en su tercera incursión en el extranjero después de la Viena de su debut, y el New York de Eden, ciudades y lugares vistos por una cineasta que sabe conjugar aquello que cuenta con lo que estás viendo, creando una simbiosis perfecta de emociones que vivimos junto al personaje, creando ese estado emocional que sienten sus individuos, mirándolos desde la cercanía, pero con la distancia apropiada, sin inmiscuirse en sus planes ni juzgarlos, estando junto a ellos, pero dejándolos que vivan su catarsis personal e intransferible, y cómo afecta a los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA