Así llegó la noche, de Ángel Santos Touza

LAS ISLAS DEL PAISAJE. 

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”. 

José Saramago 

El universo cinematográfico de Ángel Santos Touza (Pontevedra, 1976), se mueve por los no lugares. Paisajes olvidados que en un pasado fueron algo. Espacios sin vida que, en su día, significaron alguna cosa que, ahora en el presente, adquieren un nuevo significado, una nueva identidad, muy diferente. Rastros de una memoria que el tiempo y el olvido ha devorado lentamente. Sucedía en su segundo largometraje Las altas presiones (2014), y en Alicia fai cousas (2023), y en su último trabajo Así llegó la noche, que ya tuvo un precedente en el cortometraje Así vendrá la noche (2021), breve síntesis del reencuentro de los dos amantes. La película relata una historia de aislamiento querido, el de un escultor que trabaja en la península de O grove, al noroeste de Galicia. Lleva una vida en silencio, muy tranquila, en un almacén aislado donde trabaja en una exposición, mientras pasea por los lugares que un día fueron y ya no son. Vestigios de una época que la erosión y la desmemoria han abandonado. 

A partir de un guion coescrito por Pablo García Canga y el propio director, la trama se divide en dos partes. En la primera, seguimos a Pablo, en su trabajo y su existencia frugal, en un estado pausado, en una especie de limbo sin principio ni final. Apenas conocemos su pasado, y nada de su futuro, sólo su presente continuo, sin variaciones, en un estado de soledad, reflexión y vacío. En la segunda mitad, aparece el personaje de Andrea, antigua amante de Pablo. La colaboración de García Canga y Santos Touza ya dejó grandes impresiones en Las tierras del cielo (2023), en la que la palabra se imponía en una historia sobre cinco personajes. Aquí podríamos decir que el silencio y la palabra se adueña del relato en sus dos partes diferenciadas, en una historia que habla de los lugares cuando dejan de ser lo que fueron, de la búsqueda de la identidad, de donde quedaron tanta promesa y sueño, de lo que somos y lo que nos gustaría ser y sobre todo, de la materia anímica de nuestras existencias, nuestros objetivos y lo que arrastramos del pasado y lo que nos deparará ese no futuro que proyectamos. Es una historia de fantasmas, de sombras, de luces a lo lejos, de recogimiento, de pensamientos profundos, de mezcla de géneros, donde predomina el western y el noir, pero no el que está regido por un rompecabezas, aquí el misterio es continuo y proviene del alma. 

La cinematografía de Iván Castiñeiras, del que conocemos sus trabajos para Diana Toucedo y Sergi Cameron, que ya estuvo en el mencionado Así vendrá la noche, es muy asiática, donde tanto el día como la noche buscan la vacuidad de los lugares, como si fueran de otro tiempo, como ese bar de carretera, o ese no lugar como un camping sin campistas, o un almacén que ahora sirve para muchas cosas pero no para lo que fue concebido. Las pocas y alejadas luces, como esos destellos que provocan las motos en continuo movimiento, que choca con la quietud de la vida de Pablo, y esa historia que, aparentemente, no sucede nada, pero que está sucediendo un universo. La música que firma Alba Fernández, que ha destacado en sus composiciones para series como Hierro, Auga Seca, y Rapa, entre otra, que sólo escuchamos como apertura y cierre, adquiere un significado profundo en todo lo que se cuenta y en los silencios que deja para acercarse a todo lo que dicen y callan los personajes. El magnífico trabajo de montaje de Marcos Florez, que firmó el de la citada Alicia fai cousas, amén de haber trabajado con Miñarro, Apellaniz, y las recientes películas La marsellesa de los borrachos y San Simón, construye un relato potente, sin aristas, que nos sujeta desde el primer instante, buceando entre las grietas del alma, entre los entresueños de un territorio y una forma de habitarlo, en sus conseguidos 122 minutos de metraje. 

Un trío protagonista de altura, que acoge a unos personajes aislados, con muchos secretos, que hablan poco y piensan mucho, que se mueven de aquí para allá, casi como sonámbulos. Tenemos a Denis Gómez, que hemos visto en muchas series ambientadas en Galicia como Vivir sin permiso, Néboa, Rapa y Clanes, hace de Pablo, ese vaquero y aventurero cansado, reflexivo, silencioso, un tipo que no está muy lejos del que hacía Delon en Le samurai, de Melville. Andrea es Violeta Gil, que ya nos encandiló en la citada Las tierras del cielo, una mujer que llega para hablar con su amigo Pablo, quizás huyendo de algún lugar o simplemente, de sí misma que, deambula por el lugar, sin rumbo, sin saber porqué, intentando reconocerse. Y para cerrar este trío inolvidable nos encontramos con el gran Miquel Insúa, fallecido el año pasado, un actor con más de 35 títulos al lado de Juan Pinzás, Carlos Vermut y Julián Génisson, y la más reciente Rondallas, haciendo de uno de esos pistoleros marcados por la vida muy del estilo de Peckinpah, y con sus agudas reflexiones sobre la existencia y la condición humana siendo un vigilante de camping en invierno cuando está vacío. 

Si deciden ver una película como Así llegó la noche se encontrarán con una propuesta que les obliga a parar, a detenerse a mirar el paisaje, con su viento, sus sonidos y sus accidentes, tanto de día como de noche, adentrarse en un espacio alejado de todos y todo, y sobre todo, a mirarse hacia adentro, a dejar de preocuparse por estar ocupado, en constante movimiento, a desaparecer y a aparecer como ustedes sientan, porque la película propone en silencio y soledad, a descansar, a tener tiempo para caminar, para observar y dejarse llevar por la naturaleza y la quietud del entorno. La sensibilidad y profundidad de un cineasta como Ángel Santos Touza queda reflejada en una película muy revolucionaria en estos tiempos de consumismo exacerbado e hiperconectividad que nos está aislando muchísimos y estamos cada vez menos vivos y más muertos. La película es muy radical en ese sentido y se erige como respuesta a tanta estupidez y ocupación hiperbólica, y nos devuelve a ese cine de mirar, de sentir y de explorar, sin prisas y capturando cada mirada, detalle y gesto de unos personajes que están tan cerca de nosotros que podríamos ser uno de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bajo las banderas, el sol, de Juanjo Pereira

CINE CONTRA EL OLVIDO. 

“En mis películas hice memoria contra el olvido”. 

Fernando “Pino” Solanas

Desde esta ventana siempre he reivindicado el cine como herramienta y medio para viajar al pasado y, lanzarse a una búsqueda incesante para encontrar y recuperar el archivo, la huella de ese pasado en el que queremos profundizar. Quizás el cine, y más el documental, sirva para eso, para dejar memoria, para mirar el pasado y devolverlo al presente. Un cine que reflexione sobre propias herramientas y cuestione su capacidad. Cómo hizo Henri Langlois buscando, recuperando y guardando películas en la Cinémathèque Française, que confundó en 1936, una actividad incesante para que generaciones venideras pudieran descubrir el cine del pasado. El director paraguayo Juanjo Pereira ha cimentado su ópera prima a partir del mismo trabajo de Langlois y se ha lanzado a una titánica aventura en rescatar todo el archivo fílmico, fotográfico y documental que se produjo durante la dictadura de Alfredo Stroessner que asoló Paraguay durante 35 años (1954-1989), la más longeva del continente americano. 

La compleja búsqueda de Pereira y su equipo le han llevado a las catacumbas de su propio país, y de otros como Alemania, Japón, Taiwan, Argentina, Brasil y Francia, donde han encontrado 120 horas de archivo sobre la dictadura de Stroessner, convertidas en los 90 minutos de metraje, en las que vemos un cine de propaganda en la que ensalza la figura del líder, los momentos patrióticos de su partido “los coloraos”, las múltiples visitas de mandatarios como el presidente de EE. UU., el dictador Videla de Argentina, las relaciones con el criminal nazi Joseph Mengele, sus viajes por todo el mundo, y la construcción de la presa Itaipu, la célebre infraestructura imagen de la nación, y demás imágenes que pasan por delante de nuestros ojos. Un hábil, riguroso y magnífico montaje de Manuel Embalse que mezcla con inteligencia y reflexión discursos patrióticos, actos militares y celebraciones diversas donde se glorifica la patria, la democracia y sus gentes mezcladas con reportajes de países extranjeros donde aparece el “otro” Paraguay, campesinos, sindicalistas y opositores políticos que dan testimonio del terror del gobierno, las detenciones, desapariciones y demás tropelías sacando a la luz esa otra realidad  invisibilizada por el régimen autoritario.

La excelente música firmada Julián Galay y Andrés Montero Bustamante, que componen unas melodías que contextualizan cada imagen, otorgando una verdad que encoge el alma, y evidencia la fuerza del cine para enfrentarnos a las imágenes pasadas que mezcladas en un contexto diferente sabiendo la realidad más cruda y escondida, bien combinada por los efectos de imagen y demás singularidades en el que la información del pasado queda sometida a la verdad de los hechos, generando la reflexión fundamental y necesaria para el espectador. El fascinante trabajo de sonido que consigue atrapar los sonidos originales a partir de infinitas fuentes, que ayuda a sumergirnos en un universo de realidades paralelas. La multiculturalidad de lenguas que escuchamos: castellano, guaraní, francés, alemán, inglés y portugués enmarcan en el torbellino de realidades que se ven en la película, convocando ese universo de miradas, actos y gestos que evidencian las innumerables realidades, la oficial y las no oficiales, que convivieron durante el período terrorífico que vivió la República del Paraguay. Pereira huye del panfleto y se aleja de la voz en off, de los bustos parlantes y demás estrategias que hubiesen delimitado el poder de las imágenes y su audaz y excelente montaje que tiene fuerza, valentía y mucha reflexión. 

Un título metafórico y contundente como el de Bajo las banderas, el sol, y ese formidable prólogo, con mucha ironía incluida, ubicando el pequeño país de Paraguay, entre medio de grandes potencias como Argentina y Brasil, potenciando esa idea de invisible al igual que las imágenes olvidadas, como sucede con cierta habitación cerrada a cal y canto, en que los funcionarios han olvidado convenientemente, en la que se almacenan documentación de tantas detenciones y desapariciones. La película del cineasta paraguayo se mira y muy bien con el cine de Pino Solanas y sus monumentos a la memoria y contra el olvido como son La hora de los hornos (1968), en el que trata de forma exhaustiva la dependencia económica de Argentina, y más reciente La revolución y la tierra (2019), de Gonzalo Benavente Secco, sobre la famosa ley agraria de finales de los sesenta del Perú. El cine como principal personaje de la memoria, rescatando archivos perdidos y olvidados y organizándolo en películas que hablen de dónde venimos y las causas pertinentes que nos han hecho estar aquí y ahora y sus circunstancias. Estaremos muy atentos a los próximos proyectos de Juanjo Pereira, porque su primera película nos ha fascinado por su arrojo, su fuerza, su gran capacidad para rastrear y editar el archivo y sobre todo, por su verdad sobre Paraguay. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Historias del buen valle, de José Luis Guerin

LOS QUE HABITAN LA PERIFERIA. 

“Mis películas son una celebración de la realidad, de la vida, de mis amigos, de la vida cotidiana que pasa y mañana desaparece y no le prestamos atención cuando sucede”. 

Jonas Mekas

Ha pasado un cuarto de siglo desde que vimos En construcción, en la que José Luis Guerin (Barcelona, 1960), situaba su mirada-cámara en las entrañas del barrio Raval de Barcelona mientras sufría su mayor cambio urbanístico de su historia. A través de las historias más mínimas y cotidianas de sus gentes descubrimos el espacio humano más invisible, el que se instala en los márgenes, y sobre todo, el olvidado. Su película no sólo hablaba de una urbe en constante psicosis de construcción y cambio, sino en una forma de hacer y deshacer donde los ciudadanos importan poco o nada. A partir de un encargo del Macba bajo el título de “Una ciudad escondida bajo la niebla”, el cineasta barcelonés despachó una pieza en blanco y negro y muda, con música, filmada en super 8 sobre otro barrio, el de Vallbona, en el distrito de Nou Barris, seguramente el barrio más aislado, periférico y olvidado de la ciudad. Algunas imágenes de la pieza y varios testimonios nos dan la bienvenida a la película del título fordiano Historias del buen valle, donde el cineasta menciona su “Work in Progress”, una película en continuo movimiento, tanto físico como emocional. 

El cine es un arte de la subjetividad y la fragmentación, y Guerin sigue esas premisas desde el más absoluto respeto de aquello que tiene delante y primero, lo mira, más tarde, habla con sus habitantes, y posteriormente, lo filma desde la lejanía, acercándose desde el cuidado, desde la honestidad y sobre todo, sin pretender que olvidemos la mirada del cineasta, el forastero que llega para retratar un lugar y sobre todo, retratarse a sí mismo. A partir de la cinematografía de Alicia Almiñana construye una fragmentación totalmente cuidadosa y muy trabajada, en la que cada encuadre y plano obedece a una extensión del que observa, del que mira, de una curiosidad infinita, donde lo que importa no es lo que sucede, sino la carga de memoria que hay en cada mirada, gesto y palabra. Vemos un barrio a trozos, como una especie de caleidoscopio en que lo más local y cotidiano se confunde con aquello más complejo e inherente en cada uno de los habitantes que nos vamos encontrando. Una película que sabe recoger con paciencia y sin prisas, situándonos a los espectadores en una especie de tempo donde todo va mucho más tranquilo, un espacio apartado de todo y todos, rodeado de “enemigos” como las infinitas estructuras del mal llamado progreso que no cesa en su psicosis de construir carreteras y vías férreas que van consumiendo el espacio del barrio y aislando aún más, amén del canal-río que lo vertebra. 

Guerin sabe que el foco nunca está en la primera vista, sino que hay que observar con más profundidad para que aquello más oculto y difícil se revele, porque el tiempo presente del cine escarbe lo que sucede y cómo, ahí aparecen los más ancianos del lugar testimoniando el barrio de antes, sus costumbres y sus historias, venidos del sur del país, y los de ahora, venidos de muchos países como India, Marruecos, Ecuador, Portugal, Ucrania y demás, recogiendo su historia de inmigración, de refugio, de vida y de conflictos. Los habitantes-personajes hablan de frente, de todas las edades y procedencias, como le hablasen a un amigo, como atestiguan los tres años de proceso de filmación, y lo hacen emocionados amontonando recuerdos, vivencias y demás. La película capta con mucha naturalidad y transparencia todas las escenas que se van produciendo: las diferentes reuniones a la vera del bar mientras hablan de lo suyo, mientras cantan los gitanos y portugueses las rumbas y melodías que describen sus existencias, amores, sus frustraciones y tristezas. Las reuniones en el canal usado como baño municipal, donde la música, la alegría y las risas forman parte, así como las realidades de cada uno. Una arquitectura que se mueve entre lo urbano y lo rural, fragmentos de vida y verdad que se van intercalando con diferentes espacios del barrio y sus alrededores, con el omnipresente sonido del tren que lo circunda, y la excelente y concisa música de Anahit Simonian, que nos remite a lo más puro de la imagen.  

Una película que, entre otras muchas más cosas, viene a documentar un barrio que jamás había sido filmado, reflejo de su olvido por su condición de espacio para desheredados. Guerin rompe esa condición maldita a la que el barrio y sus habitantes han sido relegados, y cómo sucede en su cine, su cámara está para escucharlos y filmarlos para dejar su testimonio y dar validez y sobre todo, dotar la importancia que se merece como individuo en que el cine le devuelve la dignidad y la humanidad arrebatada. Uno de los personajes mayores del lugar, le menciona al cineasta: “Que la película sobre Vallbona podría ser un western”. Si que hay de eso en la cinta, y mucho más, porque la imágenes filmadas viajan por muchos lugares: la ficción, el documento, lo social, y lo humanista, donde los diferentes humanos y sociales van emergiendo de forma natural, sin pretender ni ajustar nada, tomándose el tiempo necesario para que los rostros y sus testimonios se sientan importantes y se expresen con transparencia a través de la cámara que los filma. La acumulación de personas, historias y vidas de antes y ahora están sumamente cuidadas y respetadas y funcionan con ese tempo cinematográfico donde la mirada y la palabra escenifican lo universal del relato, porque cada retrato es mucho más de lo que vemos, atrapando su esencia más profunda y sensible.  

Guerin construye un relato que se alimenta del cine en su más pura esencia y ornamento, en que el cine mudo, ya presente en su fantástico prólogo, va apareciendo remitiéndose a aquellos maestros como Flaherty, Renoir, Murnau y Grierson, y cómo no, sus anteriores trabajos, como esas fantasmagorías que construyen a los ausentes en relación con los presentes que ya estaba en la mítica Tren de sombras (1997), y esos encuadres que van delimitando las diferentes personas, espacios y edificios que ya vimos en Inisfree (1999) y Guest (2010) y sus celebradas piezas como Le Saphir de Saint-Louis (2015) y De una isla (2019), entre otros. Un prodigio y conciso montaje del propio Guerin, muy trabajado y elegante, que nada está al azar, como ese tramo final, donde el cine se eleva a cotas que muy pocos cineastas pueden conseguir, que nos hace viajar por cualquier tiempo, espacio, memoria, presente y demás, y cómo no, todos los presentes y fantasmas que habitan en cada espacio y en nuestro interior en los 122 minutos de metraje que nos devuelven el cine de verdad, aquel que mira, que observa, que filma y sobre todo, que cuenta y se cuenta con lo más mínimo, la materia física y sobre todo, invisible que está llena de emoción y de vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ramón Lluís Bande

Entrevista a Ramón Lluís Bande, director de la película «Retaguardia», en el marco del BCN Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Plaza en Barcelona, el miércoles 2 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y al equipo del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Catalina Villar

Entrevista a Catalina Villar, directora de la película «Ana Rosa», en el marco del Brain Film Festival, en un espacio habilitado en el Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 14 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Catalina Villar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto amor, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

DÍA EN FAMILIA EN LA TIERRA. 

“Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”. 

Robert Bresson 

De las 16 películas y media que componen la filmografía de Jim Jarmusch (Cuyahoga Falls, Ohio, EE. UU., 1953), encontramos algunas estructuradas en forma episódica: Mystery Train (1989), breves historias que suceden en Memphis, Noche en la Tierra (1991), pequeñas tramas a bordo de un taxi por medio mundo, y Coffe and Cigarettes (2003), conversaciones alrededor del café y el tabaco. Su última película Father Mother Sister Brother se une a lo episódico a través de tres fragmentos que tiene en común la familia, en la que tres visitas serán el epicentro de las situaciones. En la primera, que ocurre en uno de esos pueblos de montaña en New Yersey, un par de hermanos visitan a su padre. En la segunda, nos trasladamos a Dublín, en la que una madre espera la llegada de sus dos hijas, tan diferentes como distantes. Y en la última, la visita se desarrolla en París, en la que dos hermanos acuden, por última vez, al piso que compartieron con sus padres fallecidos. 

Después de una extensa y brillante filmografía como la del cineasta estadounidense sería inapropiado recordar sus grandes virtudes como narrador de la condición humana, aunque sí que podemos detenernos en su forma de representarlas, ya que, en ese sentido resulta uno de los mayores cineastas vivos en detenerse, observar y penetrar en esa oscuridad insondable que somos cada uno de nosotros. A partir de situaciones que se van a ir repitiendo en las tres historias como el agua y sus sabores, o un rolex falso, unos skeaters y los colores de los muebles y objetos, el director traza unas conversaciones a cerca de la familia, la memoria, los recuerdos, y sobre todo, en un leit motiv que se repite en todas sus películas, la relación de los presentes y los ausentes. La representación en el cine del norteamericano se basa en el vaciado, en aquello que Schrader mencionó en su magnífica obra “El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer.”, donde lo importante es aquello que no se ve, lo tangible y lo más cotidiano como forma de relación entre los personajes, la repetición de los diferentes planos y encuadres, y de las diferentes situaciones para indagar en la forma más pura y honesta de representación y sus múltiples variaciones. 

Como es costumbre Jarmusch se rodea de grandes técnicos como los cinematógrafos Frederick Elmes, con más de 60 películas al lado de Lunch, Cassavetes, Ang Lee y Todd Solondz, que ha estado en 6 títulos del director desde que hicieron juntos la citada Noche en la Tierra. El otro director de fotografía es Yorick Le Saux, con más de 40 películas, junto a Ozon, Assayas, Zonca, Guadagnino y Denis, y dos films con “Jimmy”. Los concisos y sobrios encuadres y planos en mitad de un quietud que traspasa, con esos planos cenitales tan hermosos como inquietantes, llena de tonos sombríos y tenues, y la idea de reposo absoluto donde los personajes miran y se mueven al son de una marcha silenciosa y muy cauta. La música la firman el propio director y Anika, artista de música electrónica y psicodelia, abraza ese tono realista y no acción que se impone en el tempo de la película. El montaje de Affonso Gonçalves, 5 películas con Jarmusch, amén de obras con Ira Sachs, Todd Williams y Todd Haynes, consigue esa idea de lo físico con lo metafísico en sus reposadas casi dos horas de metraje, en la que cada personaje asume un rol donde lo que hace y no dice tiene que ver con aquello que quiere expresar, pero no de un modo directo sino a partir de subterfugios inherentes que van emergiendo en las triviales y superficiales encuentros. 

Los repartos de las películas desde el lejano debut con Permanent Vacation (1980) siempre han estado poblados de su “rebaño”, es decir, sus amigos músicos y demás artistas de su espacio neoyorquino. El padre no podría ser otro que Tom Waits, desde los inicios en el universo de Jarmusch,. Un actor tan peculiar como los diferentes personajes que ha hecho en las pelis del director afincado en New York. Sus hijos son Adam Driver, que fue el silencioso conductor de autobuses de Paterson (2016), y Mayim Bialik, que muchos recordamos como la brillante Blossom. Charlotte Rampling es la madre dublinesa, y sus hijas son la preferida Cate Blanchett y la rarita Vicky Krieps. Luka Sabbat y Indya Moore son la pareja de hermanos parisinos, amén de la presencia de Françoise Lebrun, la inolvidable amante de La mamá y la puta (1973), de Eustache. Unos intérpretes que se apoyan en los silencios y en la “no actuación” para encarnar a unos personajes que ejercitan la inacción, a través de miradas, gestos y demás acciones invisibles en las que construyen unos personajes que hablan muy poco o lo justo, o quizás, no les hace falta verbalizar lo que ya sus acciones explican. 

El largo título de Father Mother Sister Brother no sólo ejemplifica esa idea de análisis certero y directo sobre el significado ya no sólo de la familia, de esos seres extraños que se confunden en la maraña de las relaciones y (des) encuentros, sino de algo mucho más profundo que encontramos en toda la filmografía y brillante de Jarmusch, y no es otra que esa idea de que los pequeños e insignificantes de la vida son la vida, es decir, que lo demás, la mayoría de cosas que hacemos en nuestra existencia, son cosas que sirven para lo que sirven, pero que las otras cosas, las que apenas apreciamos por nuestras estúpidas prisas y demás, son las que hacen la vida un lugar que vale la pena estar, no en un sentido de ociosidad y fervor alucinatorio donde las actividades físicas y experiencias de otra índole nos llenan la vida, pero la alejan del verdadero no significado de la vida, y que no es otro, que la de sentarse frente a un ventanal, con un té en la mano, y mirar detenidamente el agua azul del lago, el caer del día y los diferentes destellos de luz. Quizás de tanto buscar la vida nos olvidamos que la tenemos tan presente que no la miramos, y nos dedicamos a atiborrarla de cosas y más cosas, y nos perdemos la invisibilidad, lo que no vemos, y lo que sentimos en la cotidianidad de la quietud, del silencio y de lo espectral, rodeado de tantos fantasmas que nos acompañan como les sucede a los personajes de Jarmusch, rodeados de lo que no se ve y de los que no se ven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Palacios

Entrevista a Juan Palacios, directora de la película «Meseta», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Parc de les Aigües en Barcelona, el viernes 29 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Palacios, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por su retratarnos de forma tan maravillosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jana Montllor Blanes

Entrevista a Jana Montllor Blanes, directora de la película «On eres quan hi eres?», en el Espai Delmiro de Caralt de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 17 de diciembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jana Montllor Blanes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

On eres quan hi eres?, de Jana Montllor Blanes

LA IMAGEN PERDIDA. 

“Et busco. Busco fotos de tots dos. Em bloquejo quan em fan parlar de nosaltres. Intento possar paraules del que em passa, però no las trobo. O pitjor encara, no las sé afrontar. ¿Què li ha passat a la meva memòria?. Em barallo amb les respostes. No sé si tinc pocs records perquè era una nena. O perquè vam viure poques coses junts. No sé si em veies. Tampoc sé si volies que et veies. M’encantaria poder parlar amb tu. Tinc moltes preguntes”. 

El cine puede ser muchas cosas aunque, si en algo es muy poderoso, es mirar el pasado desde el presente, o lo que es lo mismo, su invocación a los fantasmas, porque su propia materia genera la posibilidad de compartir la ausencia, eso sí, la misma materia que lo hace posible, también lo hace imposible. Quizás las películas se quedan en ese limbo entre una cosa y la otra, entre los vivos y los muertos. A los cineastas se les abre una infinidad de conflictos cuando se acercan al ausente, al que no está, y la memoria que deja, ya sea de documentos y la más íntima, la que comparte con sus allegados. Acercarse a ese espacio es, ante todo, un desafío porque debes encontrar imágenes propias para tu película donde no hay imágenes propias o simplemente no existen. 

La cineasta Jana Montllor Blanes (Barcelona, 1979), ha dirigido películas como Ciutat abandonada (2007), Aquí viu gent (2008) y Disonar (2022), amén de ser una de las socias fundadoras de La Selva. Ecosistema Creatiu donde producen cine y crean proyectos comunitarios. La directora barcelonesa, segunda hija del músico, actor y poeta Oivid Montllor (1942-1995), se acerca a la figura de su padre con On eres quan hi eres? (sobresaliente título que encierra el macguffin de la película), no desde un ámbito público, si no de la intimidad compartida, y lo hace a través de rebuscando su archivo más íntimo, a través de sus fragmentos de películas, de canciones, fotografías y documentación y demás. Toda película, y más el documental, va de una búsqueda, de un encuentro, ya sea real o inventado a través de las imágenes, de construir una narrativa donde las imágenes, sonidos y sensaciones se parezcan a esa memoria frágil, vulnerable, lejana y en muchos casos, ficcionada, porque a través de la inventiva nos acerquemos a aquello imposible que deseamos. La película es un viaje de una hija que tiene la necesidad de hablar con su padre fallecido, de sus recuerdos, de poner en cuestión su memoria confrontada con la de él, en ese espacio tan íntimo entre un padre y una hija, entre todo aquello que se aleja del foco y lo público. 

A partir de un guion coescrito por Liliana Díaz Castillo, Lucía Dapena González y la propia directora, socias de La Selva, junto a Marc Vila Bosc, tejen una asombrosa y sensible historia donde los pliegues de la memoria se escenifican a través del agua, elemento que los espectadores descubrirán su importancia, las imágenes borrosas, encuentros con los amigos más íntimos de su padre como el gran guitarrista Toti Soler y el pintor Toni Miró, así como Montse Blanes, la madre de Jana. Una cinematografía que firma Maria Grazia Goya, de la vimos recientemente El rugir de las llamas, en la que prima lo experimental y lo formal como base en la que se buscan las imágenes, los testimonios, los documentos y demás archivo, siempre desde lo íntimo y lo invisible para acercarse y capturar la imagen que revele lo que la memoria no acaba de concretar. El gran trabajo de sonido en que encontramos el conciso y magnífico trabajo de diseño sonoro por parte de la gran Eva Valiño, y mezclado por Alejandro Castillo, construyen un espacio sonoro envuelto en brumas, en una especie de laberinto en el que los sonidos nos van guiando por el mar revuelto de la memoria. El montaje de Pepa Roig Camarasa, que ha trabajado en las interesantes Un bany propi y la reciente Dios lo ve, consigue un relato lleno de interés y muy profundo donde sus 74 minutos de metraje contribuyen a esa incesante búsqueda de quizás un imposible o algo que sirva para recordar y recordarnos. 

La película On eres quan hi eres?, de Jana Montllor estaría en el mismo tono de otras excelentes películas que han abordado la memoria íntima como Stories We Tell (2012), de Sarah Polley, La metamorfosis de los pájaros (2020), de Catarina Vasconcelos, desde la ficción Aftersun (2022), de Charlotte Wells, Soc filla de ma mare (2023), de Laura García Pérez, y la actual Flores para Antonio, de Isaki Lacuesta y Elena Molina, entre muchas otras. Tres formas de acercarse a la memoria familiar, ya sea del padre o madre, donde se construye un relato que indague en el pasado más íntimo, en una materia muy profunda y sensible, en el que se acercan desde lo más honesto y transparente, en que el cine nos devuelve su trazo más fuerte y sólido, porque las imágenes resultantes edifican eso que llamamos memoria y la intimidad que se busca, en un ejercicio de catarsis personal donde lo imposible se mezcla con lo posible, generando ese limbo del que hablaba más arriba, de ese espacio donde todo es posible, donde la memoria deviene una materia orgánica a la que se puede mirar de frente, con sus contradicciones y complejidades, pero de forma sincera y nada complaciente, porque todo viaje al pasado, y por ende, a la memoria, siempre deja heridas y curas, de conocernos más y saber de dónde venimos y las cosas que vivimos y lo que recordamos en un constante viaje de idas y vueltas, de tiempos e imágenes perdidas, de vivos y muertos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA