Nora, de Lara Izagirre

REENCONTRÁNDOSE EN EL CAMINO.

“A veces, hay que hacer lo que hay que hacer”.

De la cineasta Lara Izagirre (Amorebieta-Echano, Vizcaya, 1985), conocíamos su interesante y audaz opera prima Un otoño sin Berlín (2015), protagonizada por unos excelentes Irene Escolar y Tamar Novas que daban vida a los desdichados June y Diego. Una película íntima, muy de interior, encerrados en un piso de la ciudad, con pocos personajes, que nos hablaba de las dificultades de encontrar nuestro lugar y reencontrarnos con aquellos que creíamos olvidados. A través de su productora Gariza Films ha ayudado a levantar películas tan interesantes y de diversos géneros y tonos como Errementari (2017), Vitoria, 3 de marzo (2018), y Una ventana al mar (2020), entre otros. Con Nora vuelve a ponerse tras las cámaras, pero virando hacia un nuevo lugar y tiempo. Vuelve a centrarse en una mujer, la Nora del título, y con más o menos la edad que tenía June, y en un estado vital parecido, pero las circunstancias han cambiado. Nora vive con su abuelo “aitite” Nicolás en Bilbao, un abuelo entrañable que está delicado de salud. Cuando este muere, Nora necesita cambiar, irse y perderse unos días. Así que, coge el viejo Citroën Dyan 6 azul del abuelo, y se lanza a la carretera sin saber adónde ir, solo hacer kilómetros y dibujar lo que ve y sobre todo, lo que siente.

La directora vizcaína cimenta toda su película a través de su personaje, un personaje que siente más que habla, que se busca más que busca, y que anda rastreando las huellas de su abuelo. Un relato humanista y sencillo que nos habla susurrándonos a la oreja, hablándonos de conflictos emocionales que ya padecían sus anteriores protagonistas de Un otoño sin Berlín, pero con otro tono, más vitalista, menos pesado, más ligero, a través de un verano por el norte, saliendo de Bilbao y va perdiéndose por esos pueblos de mar, llenos de encanto, tranquilos, donde todo sucede a un menor ritmo que la ciudad que ha dejado Nora. La joven necesita eso, paz, soledad, dibujar y olvidarse de quién era para descubrirse, reconocerse y encontrar su camino en continuo movimiento. Tiene la película de Izagirre ese tono y ese marco de las películas de Rohmer, con el dos caballos, esos pueblos de la costa francesa, y esas amistades y relaciones que van y vienen sin un punto al que agarrarse. Nora  no estaría muy lejos de la Eva de La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, pero en vez de perderse por la ciudad, perderse por los caminos de la costa.

Tiene el aspecto de una road movie, aunque una anti-road movie, más cerca del marco que propone la estadounidense Kelly Reichardt, donde los personajes van acumulando kilómetros sin saber muy bien que hacen ni a qué lugar se dirigen, eso sí, cruzándose con otras personas, descubriéndolas y descubriéndose a través de ellas, en un choque constante con ese reflejo que nos va empujando constantemente, en que el viaje físico es simplemente un adorno para adentrarse en el interior más complejo y en constante ebullición del personaje de Nora. Una película donde la parte técnica resulta brillante y acogedora, ya desde esa limpieza y naturalidad visual en un enorme trabajo de cinematografía de Gaizka Bourgeaud, y la exquisita y rítmica edición de Ibai Elortza, que ambos repiten después de la experiencia de Un otoño sin Berlín. El estupendo trabajo de sonido que firma uno de los grandes como Alejandro Castillo, y la excelente música que nos va sumergiendo y guiándonos de forma natural y sin ataduras, que han compuesto la joven Paula Olaz y un grande como Pascal Gaigne.

La brillantísima interpretación de Ane Pikaza, que habíamos visto en pequeños papeles en Vitoria, 3 de marzo  y Ane, autora también de las maravillosas ilustraciones que le van acompañando en su viaje, en un personaje que le va como anillo al dedo, con esa mezcla de dulzura, enfado consigo misma, y ganas de todo y de nada, con el contraste de ir perdida y a la vez, tener claro que al sitio que más quiere ir es cualquier lugar para estar consigo misma, y mirarse al espejo para saber quién es y quitarse gilipolleces de encima. Le acompaña un monstruo de la interpretación como el veterano Héctor Alterio como el abuelo Nicolás, y otros grandes intérpretes vascos como Ramón Barea y Klara Badiola que hacen de sus padres y una breve, pero intensa intervención de una formidable Itziar Ituño. Nora es una película vitalista, ligera y libre, que habla de ese momento que no sabemos qué hacer con nuestra vida, que debemos recuperarnos por una pérdida, en este caso la del abuelo, y que nos vamos a ir encontrando con otras personas por el camino, unas que nos enseñarán y mostrarán sus vidas, y otras, a las que seremos nosotros que ayudaremos.

Izagirre construye un relato sobre la vida, sobre las emociones, plasmando una mirada sensible e intimista, capturando la vida y las pequeñas cosas que suceden en ella, casi imperceptibles si no nos detenemos y miramos a nuestro alrededor, siguiendo esa idea de la vida como un camino donde hay obstáculos, pero también alegrías, eso sí, más breves, pero muy intensas, porque al igual que le sucede emocionalmente a Nora, todos en algún lugar de nuestras vidas nos hemos sentido así, como Robinson Crusoe perdidos no en una isla, sino perdidos del todo, aunque también sabemos que todo eso pasará, y que mientras tanto, tenemos la obligación de no detenernos, de continuar en movimiento, ya sea en un viejo Citroën, haciendo carretera aunque no sepamos muy bien conducir, conociendo personas que nos agradarán, otras no, y sobre todo, sabiendo que la vida es y será una experiencia, una experiencia que tiene mucho  más que ver con lo que nos pasa por dentro que por fuera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dantza, de Telmo Esnal

BAILAR, BAILAR Y BAILAR.

“Dantza hau amaitu lehen utzi gaituzuenoi”

La película se abre de manera sencilla y a la vez, espectacular, en la que su obertura nos remonta a la propia génesis de la tierra, de la naturaleza, en la que de forma brillante nos sitúa en las Bardenas Reales, desierto de tierra y roca plana y seca, en que un hombre vestido de forma tradicional y con la azada al hombre se dirige con paso firme hacia un lugar. Se detiene en una planicie, donde se puede divisar parte del lugar, comienza a surcar la tierra seca y bañada por el sol radiante, lo hace como si se tratara de un ritmo musical, casi sin darnos cuenta, un grupo de más de una decena de hombres llegan a su encuentro y comienzan a seguirle el ritmo. En un instante, el hombre se detiene y comienza a bailar de forma tradicional, unos cuantos lo siguen, luego los demás, y así sucesivamente. La tierra, la naturaleza, la vida, el movimiento casan de forma mágica, como si todo perteneciera a ese todo que danza en hermandad con el universo. Después de presenciar este baile, desde la tierra seca, a la que caerá lluvia, emergerá una planta y luego un árbol, del cual nacerán unas figuras que vestidas de colores vivos y radiantes, danzando a ritmo pausado y ceremonioso en torno al árbol, sujetadas a través de siete lianas, en una explosión brutal e incesante de vida, naturaleza y danza.

El tercer largometraje de Telmo Esnal (Zarautz, Gipuzkoa, 1967) se sumerge en las danzas tradicionales vascas para contarnos un relato cíclico, donde arrancamos con el nacimiento de la naturaleza, con sus elementos de tierra, agua, fuego y aire, para seguir con los hombres y mujeres que sembrarán esa tierra y luego recogerán sus frutos. El director vasco nos sumerge en las diferentes danzas, a modo de “Tableau Vivant” en movimiento, en el que se van sucediendo las diferentes coreografías (obra del afamado Juan Antonio Urbeltz, que se reserva una breve presencia en el instante donde un grupo numeroso baila al son de la música en un pueblo) en la que cada uno representa las diferentes costumbres ancestrales, cuando hombres y mujeres vivían en consonancia con la naturaleza y sus diferentes ritmos, donde los cuerpos se dejan llevar por el ritmo de las diferentes músicas (obras de los historiadores musicólogos Marian Arregi y su hijo Mikel Urbeltz, arregladas por Pascal Gaigne, autor entre otras de Loreak, Handia o el cine de Bollaín) ataviados por diferentes trajes tradicionales que van escenificando los diferentes motivos y costumbres de antaño.

La película nos lleva por diferentes espacios, como en la citada Bardena con el sol como compañía, en una cueva, sobre el agua, sobre la piedra a la luz de la luna, dejándose llevar por las calles y la plaza del pueblo, guiados por la fiesta, todos al unísono, celebrando la cosecha, donde el amor despertará, y también, en el interior de talleres y casas, o en monumentos en mitad del bosque, en una explosión de cuerpos, movimientos, colores y bellísimas imágenes que van acompañando las diferentes danzas, con ese vestuario de infinitos colores y heterogéneo, que va desde la ropa sencilla medieval hasta lo más extraño e inquietante (obra de Arantxa Ezquerro, que ya había hecho el de La novia)  en que la luz va dibujando con maestría y belleza los movimientos de los bailes (obra de Javier Agirre, colaborador del propio Esnal, Altuna y los creadores de Loreak, y Handia), donde la película recuerda a los musicales atípicos y visuales de Carlos Saura sobre el flamenco, y en otros instantes, parece absorver la magia del Rohmer de El romance de Astrea y Celadón o el Maravilloso Boccaccio de los Taviani.

La película irradia vida y alegría, donde lo tradicional deviene modernidad, donde cada instante se convierte en esencial, a través de su inmensa factura visual, donde todo es posible, donde todo casa de forma extraordinaria, convirtiendo lo más cotidiano en universal, y viceversa, donde la belleza lo impregna todo, hasta el movimiento más imperceptible, en el que todo parece moverse en un orden universal, y a la vez, caótico, en el que lo tradicional y las formas de vida ancestrales se convierten en el epicentro de la película, en el que los bailes nos van guiando, sin necesidad de diálogos, donde la danza y la música, nos explican todos los pormenores y diferentes relaciones personales y con la naturaleza que se van sucediendo al ritmo brutal y espectacular de los bailes., en que el extraordinario montaje firmado por Laurent Dufreche (responsable entre otras de El cielo gira, Amama o Handia) capta de forma extraordinaria y activa, captando con detalle y precisión de cirujano todos los movimientos veloces y bellos de los diferentes bailarines y bailarinas.

Esnal ha construido un maravilloso y espectacular poema visual, que nos invita a viajar sobre las danzas y costumbres ancestrales, sumergiéndonos en un película hipnótica e inabarcable, llena de luz, de amor, de pasión, de belleza, de poesía, donde todo empieza y finaliza de forma espectacular, en el que las danzas nos hipnotizan y nos dejamos llevar por ese universo donde lo tradicional y lo antiguo toma nuestras vidas, y nos atrapa convirtiéndonos en espectadores activos y fascinados por esas danzas, esos movimientos, donde todo tiene vida, tiene amor, tiene libertad, en que tantos hombres y mujeres dialogan a través de sus pasos, sus ritmos y sus acrobacias imposibles, en qué todo el cuerpo nos explica emociones a raudales, donde el verbo desaparece para dejar paso al cuerpo y sus movimientos, donde la danza nos explica todo el mundo, toda la vida y todo lo que nos rodea, incluso aquello que no vemos, pero podemos sentir. Una película de una belleza inusitada, acaparadora para todos nuestros sentidos, que se mueve desde lo más mundano e íntimo hasta aquello más universal e inalcanzable, porque todo este mundo y todo aquello que podemos ver, y lo que no, no tiene porqué tener explicación, sólo hace falta sentirlo, dejarse llevar por las emociones, simplemente bailar, bailar y bailar.