Natura Bizia, de Lexeia Larrañaga

EL ALMA DE LA NATURALEZA.  

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”.

Henry David Throeau

La serie “El hombre y la tierra”, del grandísimo Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), emitida en Televisión Española desde 1974 a 1981, ayudó a cientos de miles de generaciones de este país, a experimentar la naturaleza y su biodiversidad con otra mirada, descubriéndonos mundos ocultos, y nos educó a admirar y respetar nuestro entorno natural y animal. Un legado impresionante que todavía perdura a día de hoy. A partir del siglo XXI, y a partir de la instauración de Wanda Natura, productora dedicada al documental sobre naturaleza, han aparecido películas que recogen el legado del enorme divulgador y defensor de la naturaleza Rodríguez de la Fuente, como los Joaquín Gutiérrez Acha que ha dirigido los interesantísimos Guadalquivir (2013), Cantábrico (2017), y Dehesa, el bosque del lince ibérico (2020), o Arturo Menor con su aplaudidísimo Barbacana, la huella del lobo (2018), películas que vienen a alimentar y renovar nuestra mirada a la naturaleza, y todo aquello que nos rodea.

A este grupo de cineastas, ha llegado Lexeia Larrañaga (Oñati, Guipuzkoa, 1985), que junto a Alex Gutiérrez han creado Avis Producciones para desarrollar películas documentales sobre naturaleza. Su primer trabajo es Natura Bizia (que podríamos traducir como “Naturaleza Viva”), una película que se sitúa en Eusakdi y Navarra, y nos hace un recorrido extenso, profundo, detallado y magnífico por su biodiversidad, arrancando en las profundidades del Mar Cantábrico, desde el microorganismo más invisible y oculto, pasando por los cetáceos más enormes de todas las profundidades del mar, deteniéndose en las aves marinas, y adentrándose en tierra firme, para seguir con las aves y sus dificultades para tener descendencia y los peligros a los que se enfrentan. Luego, descubriéndonos la vida en las altas cumbres empinadas y las cabras que habitan en lugares tan hostiles, y nos adentramos en los bosques, con sus ríos, sus plantas, sus animales, su supervivencia, y también, en las montañas calizas y erosionadas por el viento y el agua, y en su peculiar estructuras y formas, creando imposibles dibujos e ilustraciones.

La película nos invita a un viaje infinito, de una belleza sobrecogedora, arrancando durante lo más crudo del invierno y llegamos hasta el esplendor de la primavera, bien acompañados por una voz en off de José María del Río, que no solo detalla de manera admirable y concisa, sino que escarba en su memoria e historia, haciéndonos todo un proceso vital entre lo que fue y lo que es, dejándonos llevar por sus admirables y maravillosos 81 minutos de metraje, que saben a muy poco, porque la película nos habla de naturaleza salvaje y sobre todo, vital, de una vida que se nos escapa, que no llegamos a admirar, y sobre todo, que sobrevive a pesar de nosotros, en toda su belleza, en todo su esplendor, y crudeza, deteniéndose en transformaciones como la radiante metamorfosis de un gusano hasta llegar a la exultante belleza de la mariposa, el hábitat de los visones, en peligro de extinción, la berrea de los ciervos, los quebrantahuesos esperando carroña, o los pequeños animalillos que sirven de comida a las aves y demás depredadores.

El grandioso trabajo de cinematografía y montaje que firma Alex Gutiérrez, ayuda a mirar con detalle y armonía tanto descubrimiento y huecos inaccesibles, con el tiempo necesario para descubrir, para mirar y absorberse por la inmensidad de la naturaleza viva, como indica su ejemplar título, o la excelente composición de Julio Veiga, una música que se nos clava en el alma que posibilita que todo aquello que vemos, lo miremos con atención y asombro constante, dejándonos llevar por la belleza y el esplendor de la vida y la muerte. Natura Bizia entra con carácter, solidez e inteligencia a ese grupo de películas citadas anteriormente, que no solo muestran nuestra naturaleza en toda su biodiversidad y complejidad, sino que se convierten en muestras documentales únicas de un grandísimo interés divulgativo y científico, y no solo eso, sino en magníficas películas que van más allá de la documentación de un tiempo y una historia sobre la naturaleza y todos los seres vivos que la habitan, porque se convierten en estupendos retratos de una naturaleza que sigue sobreviviendo a pesar de todos los enemigos que la acechan que no son pocos, porque nuestra vida, la única que tenemos, depende única y exclusivamente de nuestro trato a la naturaleza y todo lo que no llegamos a ver ni comprender. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La última primavera, de Isabel Lamberti

UN TIEMPO, UNA VIDA.

“Estos son los hechos; si uno los comprende, si toma conciencia de ellos, por fuerza surgen emociones artísticas eficaces y capaces de sensibilizar a la gente sobre estos grandes problemas”.

Roberto Rossellini

A las afueras de Madrid, se encuentra la Cañada Real, un barrio de chavolas donde familias gitanas llevan viviendo toda la vida. Aunque, ese hogar que ellos han construido para vivir con sus familias tiene los días contados, ya que los terrenos han sido vendidos, y los Gabarre-Mendoza, una familia formada por el matrimonio, cinco hijos, nuera y nieto, deberán abandonar una casa en la que han vivido cerca de veinte años y alojarse en una vivienda que les será asignada. La directora Isabel Lamberti (Bühl, Alemania, 1987), que ha trabajado en televisión y en el campo documental en sus cortometrajes, debuta en el largometraje con La última primavera, que viene a documentar esa última estación en que los Gabarre-Mendoza vivirán en la que ha sido su hogar hasta la fecha, y lo hace desde una mirada muy íntima y humanista, generando esa empatía con el espectador desde la distancia, sin caer en ninguna pirueta argumental o estridencias técnicas, sino despojando al relato de cualquier artificio, y generando esa posición de testigo privilegiado para conocer de una forma muy personal y profunda a cada uno de los integrantes del clan familiar.

No obstante, el arranque con el festejo del cumpleaños del nieto, el integrante más joven de la familia, ya deja clara la piña que son y las relaciones intrafamiliares que tienen. La directora alemana mezcla con ingenio y honestidad el documento propiamente dicho, capturando la cotidianidad de una familia y sus circunstancias, peor desde el prisma de la ficción, porque a poco que empieza la película, nos olvidamos de las raíces reales de sus protagonistas, y se va construyendo un planteamiento desde la ficción, en los que vamos conociendo las diferentes realidades del clan, empezando por el padre, entre idas y venidas con el problema de la luz, que siempre salta por su precaria instalación, y las diferentes reuniones con los agentes sociales para el realojo en una vivienda, la madre, preocupada por todos y alejada de sí misma, como dirá en un momento, el hijo mayor, alejado de la vida pendenciera, ahora, marido y padre de familia, y recogiendo chatarra junto a su padre, una de las hijas, a punto de parir, el otro hijo varón se debate entre su curso de peluquero y la vida delictiva, una hija preocupada por su imagen, y el más pequeño de los hijos, entre juegos con su “colega” del alma y luego, echándolo de menos, y por último, la nuera, en su nueva condición de madre, y las tensiones con su madre que le recrimina la vida en una chabola que lleva.

Lamberti sigue con su cámara la vida de esta familia, mostrando sus interioridades, sus relaciones que, a veces no resultan fáciles, con sus dimes y diretes, contando las posiciones y actividades de cada uno, con un naturalidad y aplomo que sorprenden de una debutante, porque la película respira vida, amor, intimidad y fraternidad, y sobre todo, humanismo, no del que hay que provocarlo, sino el que nace y muere cada día, el que la cámara de Lamberti recoge con su exquisita cercanía y transparencia. La directora no oculta sus referentes y además, los acoge de manera directa y muy personal, porque en La última primavera, encontramos la sabiduría y la mirada profunda del Renoir de Toni, el Rossellini y sus retratos de la vida y la sociedad italiana con Ingrid Bergman, o los arrabales y sus gentes que tanto le interesaban a Pasolini, o lo social en el cine de Eloy de la Iglesia y Carlos Saura, adentrándose en ese otro mundo, en ese universo donde familias enteras viven al margen de todo y todos, creando esa comunidad que vemos en la película, donde todos se ayudan y todos son uno, aunque sean con las continuas necesidades a las que tienen que hacer frente diariamente.

La película conmueve desde la sencillez y la humildad, muestra una realidad, unas vidas, con ese tiempo que se finiquita, para empezar otro del que todavía no sabemos qué ocurrirá, pero en el que asistimos como espectadores privilegiados, vemos el final de un camino, los últimos días viviendo de un hogar que dejará de ser para ser otra cosa, con la partida de esta familia, como vemos la despedida de otra familia, emparentada con la protagonista, y luego, con la visita a la nueva vivienda, con sus mejoras y sus tristezas, porque como menciona una de las agentes sociales, todo no son ventajas, la libertad que disfrutan en la Cañada Real, con sus campos abiertos, como quedará demostrado con los juegos de los chavales, y después su contraplano en la ciudad, cuando aburridos, miran a su alrededor lleno de ladrillo y poco terreno para correr. Lamberti ha construido una película sincera y magnífica, que traspasa por su mirada íntima y honesta sobre una de las tantas familias de un barrio que ha sido, y ahora, se está despidiendo para siempre, con el traslado de sus familias, que empezarán otra vida, y otro tiempo, en uno de los tantos barrios que se edifican en la ciudad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Herrero Garvín

Entrevista a Laura Herrero Garvín, directora de la película “La Mami”, en su domicilio en Barcelona, el miércoles 24 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Herrero Garvín, por su tiempo, generosidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, por su generosidad al retratar el encuentro.

Entrevista a Margarita Ledo Andión

Entrevista a Margarita Ledo Andión, directora de la película “Nación”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 17 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Margarita Ledo Andión, por su tiempo, generosidad y cariño, a Julia Sánchez Álvarez de Dinamita Comunicación, y a Diana Santamaría de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Nación, de Margarita Ledo Andión

TODAS LAS MUJERES TRABAJADORAS.

Nación es cine de búsqueda, es lo real expresado a través de una propuesta autoral, es el cuerpo que respira con la película; es la restitución a la esfera pública de la mujer forzada a encerrarse, de nuevo, en un espacio velado. Es rastrear esas señales que están en la intimidad de la Historia”.

Margarita Ledo Andión

Los primeros instantes de Nación, dejan muy claros los caminos por donde transitará, porque vemos una plano fijo y actual, en la que filma frontalmente a Nieves P. Lusquiños, una mujer libre e independiente, sabia en sus reflexiones, y tranquila en su actitud, que pasa de los sesenta, una de las cinco mujeres que trabajaron en Pontesa a las que la película rescata, filma y escucha. También, veremos una filmación doméstica de un partido de fútbol femenino, allá por los primeros de los ochenta, y habrá espacio para escuchar el poema “Se Vivo”, recitado por su autora, Eva Veiga. Esa mezcla de imágenes, entre el documento testimonial, la imagen de archivo doméstico, y la poesía, fusionan de manera ejemplar en la película, dotando al conjunto de un caleidoscopio lleno de tiempo, memoria, mujeres, trabajo y sobre todo, visibilidad.

La cineasta Margarita Ledo Andión (Castro de Rei, Lugo, 1951), ha hecho un largo camino vital y profesional, desde la lucha antifranquista hasta las reivindicaciones feministas, ya sea desde su oficio como periodista, profesora, escritora y desde el siglo XXI a través del cine, con títulos como Santa Liberdade (2004), Liste, pronunciado Líster (2007), un díptico que rescataba hechos sobre la Guerra Civil que estaban ocultos, con A cicatriz branca (2012), película de ficción sobre la inmigración de mujeres gallegas a América a principios del siglo XX. Con Nación va mucho más allá que sus anteriores trabajos, porque toca muchos palos, con la intención de construir un relato sobre las mujeres trabajadores de loza Pontesa, en la ría de Vigo, sobre la libertad y la independencia que les dio el trabajo, recorriendo las cuatro décadas que permaneció abierta la factoría, con sus años de trabajo, de compañerismo y fraternidad, pasando por los últimos años de lucha obrera y sindical, intentando infructuosamente mantener su trabajo.

El relato se apoya en tres vértices fundamentales. El primero sería el propiamente documental, rescatando y visibilizando a cinco de estas mujeres trabajadores, con la citada Nieves a la cabeza, acompaña de Esther García Lorenzo, Manuela Nóvoa Pérez, Carmen Portela Lusquiños y Carmen Álvarez Seoane, que en planos frontales y en espacios públicos, que nos hablan a nosotros, los espectadores, de sus años en la fábrica y sus reivindicaciones laborales. El segundo sería el material de archivo con imágenes domésticas y comunales, en las que vemos los años de trabajo en la fábrica, con sus cambios políticos, sociales y culturales, hasta los años de hierro, con las huelgas, las trifulcas con la policía, los encierros en la empresa y demás luchas por mantener el trabajo. El tercer y último pilar de la película se sustenta en la poesía de la citada Veiga y Rafa Lobelle, citadas por la propia Veiga, y tres actrices, que escenifican el trabajo arrancando con los años duros del franquismo y la represión que sufrieron muchas mujeres, luego, el trabajo precario femenino, y para cerrar, el fin de la fábrica, y la necesidad de seguir en el camino, en la de seguir luchando y resistiendo los avatares de la vida.

Ledo Andión construye una forma quieta, donde la cámara apenas se desplaza en alguna secuencia, como hacía Agnès Varda en su díptico de Los espigadores y la espigadora, recupera y reivindica el espacio y la intimidad femenina, con esas señas de identidad del cine poderoso y transparente de Chantal Akerman, explorando y profundizando en el ámbito personal e interior de lo femenino que tanto investigó Marguerite Duras en su literatura y cine, con esa posición política y personal del cine de Joaquim Jordà, con su monumental díptico Numax presenta… y Veinte años no es nada, memoria sobre el trabajo y su lucha. Referentes e inspiraciones que le sirven a la cineasta galega para  crear una película muy personal y social, con una mirada única y singular en el panorama nacional, y devolviendo al cine esa mirada personal y política que tanto ha perdido, y devolviendo al cine su condición de testigo y humanista filmando a obreras y el trabajo, y su lucha, que coincide con El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, otra película hermana, que también recoge la destrucción del tejido industrial de principios de los noventa en la región de Murcia, cuando el país se empeñaba en mirar a otro lado en tono festivo.

Margarita Ledo Andión, después de ocho años sin dirigir, vuelve al cine por la puerta grande, construyendo una película inmensa y magnífica película, llena de grandes instantes, recuperando una memoria que muchos ocultan o se niegan a reivindicar, filmando a un grupo de mujeres que son muchas mujeres, mujeres que trabajaron en la industria de la comida y el vestido, que con su trabajo ayudaron a modernizar el país oscuro y arcaico del franquismo, y que la ansiada democracia no les devolvió su trabajo y lucha, y las volvió a ensombrecer, aunque ya había un espacio para seguir luchando y dejar de ser invisibles. La película adopta y acoge de forma natural y sin artificios, una multiplasticidad de formatos, texturas, miradas y posiciones,  que va desde lo íntimo e invisible a lo público y lo visible, recuperando a la mujer trabajadora, pasando por la memoria, lo real, lo imaginario y lo simbólico, entre el documento, el archivo, la ficción, el ensayo, la poesía, cogiendo de aquí y de allá, construyendo una película honesta y sobre todo, humanista, mirándose al espejo de grandes nombres como los ya citados, a los que podríamos incluir cineastas sobre lo humano como los Renoir, Rossellini, Angelopoulos, Tarr, Kaurismaki, entre otros, que investigan y profundizan en el ser humano, sus circunstancias y su forma de vivir y trabajar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/455005270″>Trailer ‘Naci&oacute;n’ (Margarita Ledo Andi&oacute;n) VO Galego</a> from <a href=”https://vimeo.com/user10957901″>N&oacute;scinema</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Traidores, de Jon Viar

MI PADRE ERA UN TRAIDOR.

“(…) Supongo que el cine me ayudaba a escapar de lo real. La vida cotidiana en aquellos años no era fácil para mí, en el País Vasco. MI padre era psiquiatra y psicoanalista lacaniano. Me animaba a ver películas y realizar mis guiones delirantes. Siempre fue un hombre recto y muy bueno, pero tenía un pasado… muy oscuro. Un pasado que siempre le persiguió. Un pasado del que nunca logró escapar. Lo que más me sorprendía ya entonces, es que para muchas personas mi padre era un traidor”.

El documental, por su estructura e idiosincrasia, es un espacio muy dado para hablar sobre la familia, desde un ámbito íntimo y profundamente personal,un ejercicio de investigación para rebuscar en el archivo doméstico para hurgar en el pasado de los padres y abuelos. Muchos relatos, historias y fábulas enterrados en el olvido que la película ayudará a que tengan esa luz que las circunstancias le han negado, y sobre todo, ayudan a entender mejor los avatares del pasado y sin lugar a dudas, a entender y las razones de los padres. Documentales como Nadar, de Carla Subirana, África 815, de Pilar Monsell, Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández y Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón, entre otros, son algunas muestras de este proceso de búsqueda de los hijos con el pasado familiar.

Traidores, opera prima de Jon Viar (Bilbao, 1985), se centra en el pasado familiar de su padre Iñaki, y su pertenencia a ETA en aquellos años de mediados de los sesenta, su frustrado intento de bomba en la bolsa de Bilbao, su posterior detención, el proceso de Burgos, su condena a ocho años de prisión, su intento de fuga y demás relatos de aquella España franquista. Y no solo se queda ahí, el recorrido de la película abarca hasta nuestros días, con el abandono de ETA de Iñaki y su posición contraria a los asesinatos de la banda en tiempo de democracia. Viar hijo estructura su película mediante tres pilares básicos, el archivo familiar y el televisivo, su voz en off para, desde una posición íntima como todo lo que ocurría afectaba de forma personal a su familia y a él, con su toma de conciencia a medida que iba creciendo, y la filmación de los testimonios de antiguos camaradas de su padre en ETA y su posterior rechazo a la banda como Mikel Azurmendi, Jon Juaristi, Teo Uriarte, Ander Landaburu, Javier Elorrieta, Lucas Gortazar.

Los testimonios nos ayudan a entender cómo empezó ETA, como continuó, su posición ideológica, y sobre todo, el clima y la atmósfera tan dividida que se vivió casi medio siglo en el País Vasco. Traidores tiene el aroma de “El cuento del traidor y el héroe”, de Borges, donde el insigne escritor argentino recogía la delgadísima línea entre la ideología, las circunstancias personales, y la construcción del pasado. Porque la película de Viar quiere y consigue, de forma directa e íntima, hacer un recorrido exhaustivo desde lo personal, de todos los años desde que se formó ETA, con su antifranquismo, y después, con su lucha por la independencia vasca a punta de pistola, capturando unos testimonios esenciales que estuvieron al principio de todo, y después, su cambio ideológico y su postura ante los asesinatos de la banda. Traidores no es una película de inocentes y culpables, sino que se trata de un documento sincero y transparente de unos hombres que se creían nacionalistas y patriotas, y el tiempo, la cárcel y las actividades de ETA, les hicieron tomar posturas muy diferentes a las que creyeron en la juventud.

La película explica toda aquella atmósfera que durante tantos años se instaló en el País Vasco, donde la cotidianidad se veía muy alterada por las continuas amenazas de muerte a aquellos que criticaban las actuaciones de ETA, los escoltas, los asesinatos de conocidos o amigos, las bombas que explotaban cerca de casa, y demás tensiones, angustia y miedo. Traidores se suma a toda esa filmografía que, desde una perspectiva documental y profunda, recoge la complejidad del conflicto vasco con grandes títulos como Asesinato en febrero, de Eterio Ortega, La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, El infierno vasco, de Iñaki Arteta, el citado Mudar la piel, sobre uno de los negociadores entre el gobierno español y ETA, y el más reciente, Non Dago Mikel?, de Miguel Ángel Llamas y Amaia Merino, que rescata la desaparición de Mikel Zabalza confundido con un etarra, entre otros. Solo son una muestra de las diferentes perspectivas y posiciones que los cineastas han asumido para abordar el tema, siempre desde una posición desde lo personal e íntimo, profundizando en los males del pasado y en todas las heridas provocadas y difíciles de cerrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Visión Nocturna, de Carolina Moscoso Briceño

¿CUÁNDO TERMINA UNA VIOLACIÓN?

Visión Nocturna contiene tres tipos de luces: una que encandila, una oscura que no deja ver y otra en penumbra”.

El cine, al igual que otra expresión artística, puede convertirse en una arma poderosa y profunda para mirar el dolor desde múltiples ángulos y puntos de vista, erigiéndose una herramienta capaz de penetrar en esa herida y reflexionar sobre ella, desde la propia vida del cineasta, la social y la íntima, la que se ve y la que se oculta, una forma de catarsis para entender o de alguna forma adentrarse en esa rotura emocional que sigue abierta, sigue palpitando en el interior. Siendo estudiante de cine, Carolina Moscoso Briceño (Santiago de Chile, 1986), fue a pasar unos días en una playa cercana a Santiago. Una noche, un desconocido de nombre Gary, la violó. Ocho años después, el recuerdo de esa noche fatídica, sigue estando muy presente en la vida de la joven cineasta, y muestra todo ese dolor y las heridas que todavía siguen abiertas, a través del cine, formando un diario íntimo y muy personal sobre los hechos de aquella noche y como perduran en su cotidianidad, que las imágenes sustituyan a unas palabras que no se pueden articular.

Moscoso Briceño que filma desde los 15 años, capturando su vida, y la de todos aquellos que la rodean, y acostumbrada a filmar de noche, mantiene la opción Night Shot/Visión Nocturna, para filmar por el día, creando esa imagen borrosa, difuminada y quemada, donde los personajes se confunden con el paisaje, y el contraste adquiere una revelación muy importante. Los hechos de la violación, ocultos bajo un silencio difícil de romper, los muestra mediante textos, así como los hechos que derivaron en un proceso judicial que finalmente no se abrió porque el violador era menor y el caso había prescrito. Visión Nocturna es un retrato caleidoscópico, de múltiples imágenes fragmentadas, sin un rumbo o senda aparente, en el que vemos la vida de la directora, sus experiencias, sus amistades, y todo un sinfín de imágenes que muestran el caos y la incertidumbre de una vida que ha de vivir después de sufrir un hecho tan trágico y demoledor como una violación.

La película tiene ese aroma del cine íntimo y doméstico de Chantal Akerman, Agnès Varda y Naomi Kawase, donde el cine explora y se introduce en las vidas personales de unas cineastas que se muestran y muestran sus propias vidas y sus reflexiones a través de unas imágenes que van más allá de todo aquello que filman, capturando el interior y las emociones de unas mujeres que rompen tabúes con sus películas, desnudando aquellos temas impenetrables para una sociedad que prefiere ocultar aquello que duele. Un cine que se manifiesta con todas sus armas, entrando y reflexionando en los temas que hay que entrar y mostrar, aunque sea de forma caótica y compleja, quizás esas imágenes y como las estructura la cineasta chilena, a través de un montaje que firma Juan Eduardo Murillo, son absolutamente un reflejo de todas esas emociones difíciles de entender, asimilar y mostrar. La incesante borrachera de imágenes, texturas, músicas, cuerpos, voces y demás elementos que transitan sin descanso por Visión Nocturna sirven para constatar el maná de emociones, dolores y heridas de la directora, que continuamente revive la violación cuando el proceso judicial se abre o al menos, se intenta.

Una película magnífica, rompedora y terapéutica, no solo por su extremada sencillez y complejidad, a la vez, y la desnudez directa y sucia de la que está formada, sino porque consigue engancharnos a sus imágenes que no tienen inicio ni final, sino que lo conforman un caleidoscopio en bucle donde todas las imágenes van creando ese diario íntimo lleno de caos, rabia, dolor, incertidumbre y sobre todo, extremadamente personal, sincero y a tumba abierta, lanzándonos al abismo sin red ni nada que amortigüé semejante salto al vacío, porque la película de Moscoso Briceño no es una película cómoda, sino todo lo contrario, nos invita a penetrar en el interior, en esa parte oscura y terrible desde la que nos habla la película, abriéndose en carne viva, intentando capturar todo eso que sigue torturándola en lo más profundo de su alma, y compartiéndolo con todos los espectadores que quieren asomarse a todo aquello que ocurre después de sufrir una violación, todo lo que sigue rompiéndonos y sobre todo, lo difícil que resulta explicar y compartir una experiencia de esa índole. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dardara, de Marina Lameiro

LA ÚLTIMA FIESTA.

“He aprendido mucho en este camino, sigo siendo un ignorante. Sorprendido, presionado, amado, sobrevalorado, censurado, satisfecho, vacío, hambriento, libre. Pero esclavo de todo esto. Agradecido y orgulloso por todo lo conseguido. Tan compañero como enemigo. Abrazado por una masa de gente y solo al mismo tiempo. Gritando en silencio. Sigo aquí pero ya me encuentro en otro lugar. Deseando parar. Y con miedo de que todo termine”.

La banda de rock se llama “Berri Txarrak” (en castellano, Malas noticias), se han pasado un cuarto de siglo tocando en euskera, picando piedra no solo en su tierra y el resto del país, sino que se han lanzado a territorios inhóspitos y difíciles como Alemania, Japón, Estados Unidos o México. Después de tantos años en la carretera, que se han traducido en 9 discos de estudio, más un recopilatorio, más de mil cien conciertos, y haber contado con productores que han tenido en su carrera a gente como Nirvana, Pixies, The Cure, etc… El terceto de los “Berri Txarrak” decide parar la travesía y cambiar de camino, para ello, montan una gira de despedida, la “Ikusi Arte Tour”, que girará por medio mundo con 70 directos para finalizar en noviembre de 2019. Una despedida que querían registrarla, documentar su adiós, o llamado de otra forma, la última fiesta con su público, con todos aquellos que los han seguido allí donde iban.

De Marina Lameiro (Pamplona, 1986), conocíamos su opera prima Young & Beautiful, de hace tres años, un documento íntimo y naturalista, que ponía voz a unos amigos y amigas de la directora, que llegados al borde los cuarenta, hacían balance de sus vidas y de ese futuro negro que les espera. Su segundo trabajo, aunque va por otros lares, sigue en la misma línea que su primera película, ya que la directora navarra filma la gira, con sus conciertos, que se mueven entre lo multitudinario de algunos, con las salas más pequeñas, tanto cerrados como en espacios abiertos, donde no solo seguimos y conocemos a los integrantes del grupo, sobre todo, a su líder y voz Gorka Urbizu, con todas esas contradicciones de la persona y músico, de despedir una época brutal de su vida en la cúspide, y las dudas y miedos de empezar una nueva andadura como músico con otros zapatos y en otras cuestiones. Lamiero lo filma en su intimidad, lejos del público, en su hogar, mientras camino, compone o se relaciona con los suyos, rememorando sus inicios, tanto de él como de la banda.

La película, con buen criterio e inteligencia, no solo se queda en la parte del grupo, sus canciones y sus movidas, sino que va mucho más allá, mirando al otro lado, al contraplano tan necesario en un oficio en que el público lo es todo, y captura a todos aquellos de nacionalidades y culturas diferentes que son también parte de este viaje de la banda, una alemana que sigue al grupo allá donde vaya, unos mexicanos que descubren la banda, una joven que se gasta todos sus ahorros para verlos, y una madre y su hija pequeña, auténticas fan de las canciones espirituales, sociales y reivindicativos de un grupo cañero, honesto, y sobre todo, lleno de carisma, que destilan pasión y amor por su música, por su idioma euskera, y por encima de todo, han sido fieles a su pasión y a su público, olvidándose de modas, corrientes y demás mandatos industriales. El febril, fragmentado y magnífico montaje de Diana Toucedo, que vuelve a repetir con Lameiro en su segundo trabajo, parte fundamental en una película que sigue a la banda por medio mundo, con constantes cambios de escenarios, de luz, y de circunstancias, que llevaron a la cineasta navarra y a su equipo por varias ciudades y veintitrés conciertos de los setenta que englobaba la gira.

Dardara (que viene a traducirse como “temblor”), esa pasión e intensidad de hacer y compartir la música, recoge el aroma y la maestría de otros títulos míticos del documento sobre el rock y sus nombres como los Gimme Shelter (1970), de Albert y David Maysles, Joe Strummer: The Future Is Unwritten (2007), de Julien Temple, When You’are Strange (2009), de Tom DiCillo o Searching for Sugar Man (2012), de  Malik Bendjelloul, todos grandes trabajos sobre la música, los que hay detrás y los que hay delante, recogiendo todo el computo que es un grupo de rock, y todo lo que arrastra, recogiendo ese espíritu indomable, firme, y resistente, de aquellos que creen en su pasión, en su fuerza, en su trabajo, y en las ganas y valentía que le ponen en lo que hacen, como lo ha construido Lameiro que vuelve a seducirnos y emocionarnos con un relato desde las entrañas, desde el amor a la música, y sobre los músicos, y el público que siempre está ahí, en una gira de despedida que ya no es solo eso, sino que ha originado una película que es ante todo, una historia de veinticinco años vital contada desde el presente, un presente continuo, intenso, febril, que no se detiene, que sigue y sigue, entre conciertos, reflexiones, pasado, futuro, los rostros del público, y envolviéndonos en una música que ya forma parte de la leyenda de la música en euskera, registrada de manera brillante e intimista por los siglos de los siglos. Larga vida a BERRI TXARRAK y al rock’n’roll!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La Mami, de Laura Herrero Garvín

LAS MUJERES QUE TRABAJAN DE NOCHE EN EL BARBA AZUL.

“Para empezar no es ni la palabra. Porque te voy a decir una cosa. Aquí hay chicas trabajando. Pero para nosotras no son putas. Para nosotras son trabajadoras sociales. ¿Sí? O damas de compañía. Damas de compañía porque tienen que estar soportándolas. Y estar aguantando muchas cosas. Trabajadoras sociales porque aguantan desde la persona más fina, más decente, más educada, hasta el más patán”.

La película se abre con Doña Olga, una mujer que trabajó casi medio siglo en el cabaret y ahora, retirada, se encarga de los baños, y el guardarropía del “Barba Azul”, un famoso cabaret de la colonia obrera de Ciudad de México. Doña Olga, a la que todas llaman “La Mami”, está limpiando de energías el lugar  mediante un ritual de purificación. Inmediatamente después, llegan las chicas que entre maquillaje y plática se preparan para otra noche más de trabajo, rodeadas de clientes para bailar y tomar. Esa noche llega Priscila, es su primer día, necesita dinero porque su hijo tiene cáncer y el tratamiento es muy elevado. La Mami la tranquiliza y le anima, como una madre protectora que ayuda a sus “niñas”. Priscila se arma de valor y baja las escaleras en dirección al local, la cámara se queda con ella, la música en directo suena y algunas chicas salen a bailar.

La cineasta y fotógrafa Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985), formada en el Máster en Documental de Creación en la UPF en Barcelona, y con una veintena de cortometrajes a sus espaldas, ha vivido en México durante ocho años, país en el que debutó en el largometraje con El remolino (2016), filmada en una pequeña comunidad rural de Chiapas, en la que conocemos a dos hermanos, a Pedro que defiende su identidad, y a Esther, que trabaja incansablemente por una vida mejor de su hija, dos hermanos que luchan contra los elementos sociales y naturales. La Mami es su segundo trabajo, y se sitúa en la relación de esta mujer-madre para todas las chicas del cabaret, La Mami las escucha, las cuida, las reza, las ayuda, las mira, las aconseja, y las centra, lo mismo hará con Priscila, la recién llegada. Herrero Garvín centra su mirada y su cámara en La Mami, a través de ella descubriremos a las demás y al lugar, centrándose en los baños, en ese ir y venir de cada noche, entre maquillaje, confidencias, intimidades, y demás.

Nunca salimos al exterior, a la calle, si exceptuamos un plano de Priscila apurando un pitillo, todo ocurre en el interior, apenas alguna que otra secuencia en el local, y sobre todo, en el territorio de La Mami, una mujer que solo viendo como dobla el papel higiénico, se trata de una persona cercana, que abraza a sus chicas, que las entiende y la defiende, como ese magistral momento en que explica su trabajo a una clienta metiche, que recuerda a aquella inmensa secuencia de Vivir su vida, de Godard, en la que relatan las funciones de la prostitución que ejercía la protagonista. El sonido de las chicas mientras se preparan como artistas antes de “actuar”, con ese nombre cambiado, y sus conversaciones, con el rumor del sonido de la música, que viene de abajo, contrasta con esos dos mundo dentro del “Barba Azul”, abajo donde actúan y son otras, las que trabajan de noche para ayudar a su familia, y arriba, con La Mami, donde pueden ser ellas mismas, con sus verdades e intimidades. La cámara de Herrero Garvín, que se encarga de la cinematografía, escruta y se mueve entre las mujeres y sus miradas, cogiendo de aquí y allá, entre retazos y partes de un todo, que nunca veremos en su totalidad, creando esa sensación de troceado que tiene el lugar y las propias mujeres, en un juego de apariencias, mentiras y ocultaciones.

El exquisito y preciso montaje que firman el mexicano Lorenzo Mora Salazar, habitual en el documental que ya firmó la edición de El remolino, y Ana Pfaff (editora de nombres tan importantes como los de Carla Simón, Meritxell Colell, Carolina Astudillo, Adrián Orr, entre otros), capturan el ritmo que se vive y se palpa en el lugar, creando ese espacio doméstico, fragmentado y sonoro siempre desde la mirada callada, observadora y expectante de La Mami. La directora toledana ha construido una película intensa, vibrante y emocionante, desvelando la vida de las mujeres de la noche que, por necesidad acaban trabajando para entretener a hombres que apenas veremos, porque la idea de La Mami es mirar hacia dentro, hacia lo más profundo de todas estas mujeres, a sus vidas, a sus pasados, y sus presentes inmediatos, los que cada noche abren y cierran en el “Barba Azul”, huyendo de cualquier atisbo de sordidez o sentimentalismo, porque la película sabe muy bien hacia dónde va y que quiere contarnos, acogiéndonos en el universo de La Mami, es ese espacio de los baños y el guardarropía, ese lugar que nunca vemos, que apenas nos percatamos, esos lugares donde la vida, el pasado, y todo lo que somos, confluyen en cuatro paredes encerradas en pocos metros cuadrados, donde la existencia y nuestras intimidades y sombras pueden encontrar un poso de paz, de intimidad y sobre todo, de puentes, de acercamientos, y así de paso,  para que nos sintamos un poco menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Letter, de Maia Lekow y Christopher King

MAMA KAMANGO Y KARISA.

“Me entristece el corazón, yo ayudé a criarlos y mira cómo lo agradecen. ¿Cómo pueden decir que los he hechizado?”

La película nos sitúa en el pequeño pueblo de Kaloleni, en el condado de Kilifi, a 50 kilómetros de Mombasa, la segunda ciudad mayor de Kenia, detrás de la capital Nairobi. En ese lugar, donde la mayoría de sus habitantes vive de la agricultura y poco ganado, reza una frase terrorífica que en los últimos años se ha impuesto en el pueblo: “Donde los familiares asesinan a sus mayores”. Hace un tiempo se producen en el lugar unos acontecimientos espeluznantes, ya que los hijos acusan a sus padres de hechiceros, de brujería, por su mala suerte, hecho que lleva a un grupo de matones a terminar salvajemente con la vida de los abuelos. Ante este panorama horrible, que oculta una razón más evidente, que no es otra de arrebatar las tierras a los mayores después del deceso de estos. Karisa es un joven que se crió en Kaloneni junto a su abuela Margaret de 94 años, la “Mama Kamango”, y viaja desde Mombasa, donde vive como animador infantil, para saber qué ocurre con su familia, y sobre todo, con la acusación de brujería de su tío Furaha a su abuela.

La cineasta y música keniata Maia Lekow y el director australiano Christopher King, afincado en el país africano hace 13 años, codirigen un documento-investigación que se encierra en un marco de thriller rural, en que seguiremos al joven Karisa en sus pesquisas familiares para esclarecer las acusaciones contra su abuelo. Karisa hablará con sus tíos y tías, incluso irá a un centro donde se acogen a todos los mayores acusados de brujería, también charlará con sus amigos del pueblo, y mantendrá largas conversaciones con su abuela, donde hablarán de pasado, memoria, presente y demás cuestiones tanto vitales como laborales. Un ritmo pausado y ligero, muy cotidiano e íntimo, donde la cámara de Christopher King, que asume los roles de cinematógrafo, coguionista junto a Lekow y Ricardo Acosta, con el que también firma la edición, se mantiene como un testigo observador que penetra en la intimidad de los humildes hogares y se mantiene despierta en las charlas familiares y captura con transparencia los diferentes puntos de vista ante tan grave hecho.

The Letter hace referencia a las cartas anónimas que reciben los mayores con graves advertencias y amenazas sino acaban con su brujería que está arruinando las vidas y los trabajos de los habitantes. Lekow y King han construido una película honesta y magnífica que indaga con profundidad y sensibilidad en un país dominado por el colonialismo británico, que ha dejado la religión y el lenguaje, un país que mucha parte de su población cree en la brujería y en su poder, una tierra sometida a las tradiciones, supersticiones y demás creencias que siguen tan vigentes y sobre todo, siguen llevándose vidas por delante. Los Kamango se erigen como un testimonio firme y serio y se revela como una metáfora de esos sucesos que ocurren en Kenia, donde las familias se dividen y encienden una chispa de consecuencias terribles en muchos casos. Karisa es el ángel salvador del relato, porque tiene la capacidad de escuchar, de contraponer opiniones y de entender las posturas de sus tíos y todo ese entorno difícil para vivir donde es más fácil acusar al mayor frágil y delicado, que asumir los errores y las circunstancias tan poco favorables de un lugar complejo para existir y tener un futuro.

Margaret es una mujer sencilla, trabajadora y diferente a la mayoría, quizás ese sea su problema, porque el resto la ve como algo extraño dentro de la comunidad, una especie de enemigo que perjudica con sus hechizos la vida al resto, olvidando la gran sabiduría energía y valentía de una mujer de más de noventa años que luchó contra el Imperio Británico, que crío a muchos niños, y trabajó incansablemente para seguir viviendo, trabajando y dando una vida a todos esos niños, que ahora adultos se oponen y luchan contra ella como si fuese una enemiga a la que hay que abatir cuanto antes mejor. The Letter no solo rescata unos hechos horribles que el mundo ni siquiera conoce, y ahonda en el pasado, la religión, las supersticiones y una forma de vivir y creer más allá de la sabiduría y la valentía de una mujer que apenas habla, que solo trabaja la tierra, y se levanta diariamente, a pesar de su avanzada edad, para seguir haciendo lo que ha hecho durante toda su vida, ayudar a los suyos para que se convirtiesen en personas de provecho y adultos inteligentes, hecho que alguno en concreto deberá trabajar y honrar a esa persona que le dio la vida y lo que es, alguien que debe olvidar tantas creencias inútiles que solo buscan apropiarse de la tierra, único medio de vida en un lugar de difícil existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA