Érase una vez en Venezuela, de Anabel Rodríguez Ríos

LA AGONÍA DE CONGO MIRADOR.

“Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro”.

Albert Einstein

Un país dividido como Venezuela, entre chavistas y opositores, azotado por una fuerte crisis económica, social y cultural, que ha empujado a casi el 9% de su población a la emigración, y ha dejado a los que se han quedado viviendo en malas condiciones y con un futuro muy oscuro y poco prometedor. Encaminándonos al occidente del país, en el estado de Zulia, al sur del lago Maracaibo, donde se extrae y exporta el petróleo famoso en el país, cerca de allí, nos encontramos con el pequeño pueblo de Congo Mirador, un lugar de casas flotantes, un lugar que antaño atraía turistas y sus gentes vivían de la pesca. Ahora, el lugar se ha vuelto decadente, acosado por la corrupción y afectado por la sedimentación, donde la tierra expulsa al agua, situación que ha provocado un éxodo masivo y las familias abandonan el lugar en busca de un futuro mejor.

No es la primera vez que el Congo Mirador era vehículo de representación cinematográfica en el cine de la directora venezolana Anabel Rodríguez Ríos, formada en Londres, porque ya fue protagonista de la película corta El barril (2012), inspirado cuando vio a unos niños jugando con barriles de petróleo en el lago. En el 2013, la realizadora vuelve al pueblo y empieza a filmar Érase una vez en Venezuela, filmación que ha abarcado siete años, en las que a través de dos mujeres, la señora Tamara, representando del partido del pueblo y cacique del lugar, y Natalia, la maestra, que lucha incansablemente por mejorar la escuela y dar una educación digna y libre. Dos formas de ver la vida y la sociedad que, explica con profundidad y transparencia las divisiones del país y los conflictos que se generan continuamente. Conoceremos a más habitantes del lugar, sus precarias formas de vida, sus ansias de abandonarlo todo y marchar, y sobre todo, sus continuas disputas, siempre enfocado a la relación de las respectivas familias y los niños y niñas que pululan por el lugar.

Rodríguez Ríos construye una película magnífica, honesta y profundamente humana, siguiendo con la distancia prudente a unos y otros, sin juzgar ni sobre todo decantarse por ninguno de los dos bandos enfrentados, los muestra en su cotidianidad, en sus relaciones intimas y personales, sus conflictos y tremendas dificultades por salir adelante, soportando el abandono de las autoridades del lugar, intentando seguir con una vida que cada día se pone más cuesta arriba. Pero, la directora sudamericana no solo se detiene en las dificultades y el pesimismo reinante, sino también en la belleza del lugar, en su pasado glorioso que conocemos verbalmente, en los juegos de los niños con el agua y el petróleo que va impregnando sus juegos y sus vidas, y en esos viajes en barca, el único medio de transporte por el pueblo, en esta pequeña Venecia que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una leve llama, aunque cada día que pasa, esa llama sea cada vez más tenue.

Congo Mirador se revela como un pequeño y casi desparecido microcosmos que sirve a la cineasta para definir y mostrar la Venezuela actual, con su rica biodiversidad y la cercanía y naturalidad de sus gentes, y también, la otra cara, la menos amable y más oscura, esa otra Venezuela, la que inunda los informativos de todo el mundo, violentada por la fortísima división política, la grave crisis económica, la falta de futuro de sus habitantes, y sobre todo, las múltiples carencias vitales que sufren los venezolanos. Somos testigos de los acontecimientos que van surgiendo en Congo Mirador durante siete años, los problemas sociales y económicos, la disputa entre la señora del pueblo y la maestra, aquellos que abandonan el lugar, con sus casas sobre barcas y yéndose para siempre, la celebración de las elecciones que, dividieron aún más a la población, y finalmente, los juegos de los niños y adultos que, de tanto en tanto, se dejan llevar por los baños y las aguas que rodean e inundan el lugar. Rodríguez Ríos ha construido un documento de aquí y ahora, mostrando una zona única de Venezuela que, al igual que el país, se va extinguiendo sin que nadie ni nada lo remedie. Érase una vez en Venezuela  tiene el aroma antropológico que desprendía el cine de Rouch y Pasolini, en su forma íntima y sincera de mirar a las personas, su idiosincrasia y sus circunstancias, y sobre todo, generando esa reflexión profunda y honesta, en que el individuo y sus formas de vivir y pensar en sus pequeños lugares de vida, acaban significando y revelando mucho más de un país que los grandes acontecimientos que acaban en los libros de historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Libreros de Nueva York, de D. W. Young

LIBROS Y LIBREROS DE TODA LA VIDA. 

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”

Jorge Luis Borges

En la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, de Jean-Jacques Annaud, basada en la novela anónima de Umberto Eco, Fray Guillermo de Baskerville, el sabio y maduro franciscano, se apresuraba a salvar cuántos libros pudiese bajo las llamas que devoraban la laberíntica biblioteca. Muchas de las personas que aparecen en la película Libreros de Nueva York, del director estadounidense D. W. Young, harían lo mismo si hubieran estado en la situación del clérigo, porque The Booksellers, en su título original, nos hace un grandioso y exhaustivo recorrido por el apasionante mundo de los libros impresos y las personas que los aman, y lo hace de una forma directa, pulcra y elegante, paseándose por un sinfín de librerías, algunas a través del archivo fotográfico, ya que dejaron de existir, y otras, las pocas supervivientes, que todavía levantan su persiana para mostrar su amor por los libros y esperando clientes deseoso de adquirir alguna primera edición de su autor favorito.

El relato también se detiene para escuchar testimonios de la mano de la escritora Fran Lebowitz, y un buen nutrido grupo de libreros entre los que destacan Susan Orlean, Kevin Young and Gay Talese, entre otros, en los que cada uno nos enseña orgulloso las características de su trabajo, con esas ferias del libro de la ciudad en el corazón de Manhattan, donde se reúnen antiguos y nuevos conocidos amantes de los libros, o sus extensas colecciones de libros, las circunstancias que rodearon la adquisición de este o aquel ejemplar, nos enseñan esos lugares atestados de estanterías donde se almacenan los libros, convertidos en tesoros, esperando comprador o simplemente, ocupando un espacio en el corazón de sus orgullosos propietarios. La película también nos muestra el libro convertido en un mero negocio, en un producto de mercado, no a la altura de las obras de arte como la pintura, pero si como objeto que algunos coleccionistas llegan a pagar sumas desorbitadas por adquirir ese ejemplar que consideran único, si exceptuamos el “Códice Leicester”, de Da Vinci, 32 diarios que datan de más de 500 años de antigüedad, por los que Bill Gates pagó una suma cercana a los 50 millones de dólares.

Young construye un documento al uso, de narrativa convencional y  siguiendo un orden más o menos cronológico, eso sí, permitiéndose algunos saltos temporales, debidos principalmente a la idiosincrasia de este mundo de los libreros y sus libros, poniendo cara y ojos a todos los responsables que siguen al pie del cañón en este mundo, el de los libros de segunda mano, que tanto ha cambiado a lo largo de los años, debido a internet y a los hábitos poco lectores de los ciudadanos. Pero, aunque la película habla de una durísima y triste realidad, en ningún caso, se regodea de los nuevos y difíciles tiempos, los expone con claridad y transparencia, pero se centra en los que quedan, ese puñado de náufragos que sigue quedando a lo largo y ancho de la ciudad de los rascacielos, que explican sus interesantes trayectorias, sus tesoros más preciados, esos libros únicos para ellos, recuerdan a aquellos libreros apasionados que ya no están, pero sí que dejaron un legado y una memoria irrepetible, que han ayudado que otros entusiastas y buscadores de libros sigan creyendo en un negocio que va mucho más allá de una forma de ganarse la vida, sino que se manifiesta como una forma de vida espiritual y muy personal y profunda de la manera de entender un oficio de amar y compartir su amor por los libros con sus colegas y clientes.

Libreros de Nueva York tiene algunos momentos magníficos, como los de ese librero que busca incansablemente libros en las casas de los que ya no están, un instante que recuerda a ciertos momentos de Mercados de futuros, de Mercedes Álvarez, cuando todo ese material iba a parar a mercados de segunda mano, y ese alguien no quería desprenderse de ellos. La cinta se sigue con entusiasmo, pasión y mucho interés, porque acerca a todos esos libreros que siguen creyendo en los libros impresos, en el material convertido en objeto de coleccionismo, de compartir y amar esas piezas, algunas convertidas en piezas muy valiosas, no solo materialmente, sino emocionalmente, que han vencido el tiempo y siguen entre nosotros. Una historia para ver y sobre todo, escuchar, porque la película no es solo una película sobre libros y libreros, sino que es también, una película sobre los sueños y el trabajo de hacerlos realidad, motor indispensable para dar un sentido de verdad a la vida, materializar unas ideas, convertidas en realidades que continúen el amor por los libros, valorando su tiempo y la memoria que almacenan, siguiendo los pasos de tantos que un día creyeron que la única forma de entender el presente es mirando y preservando el pasado, esos lugares lejanos de dónde venimos, que en el fondo nos definen como seres humanos, y sobre todo, nos guían para seguir haciendo nuestro camino, y dejando nuestra huella a aquellos otros que vendrán a sustituirnos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola, directoras de la película “Descubriendo a José Padilla”, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 4 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Figueras y Susana Guardiola, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Advocate, de Rachel Leah Jones y Philippe Bellaiche

UNA MUJER HUMANISTA.

“El derecho a tener derechos o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad debería ser garantizado por la misma humanidad”

Hannah Arendt

Una de las partes más importantes del cine es la de descubrirnos historias, y sobre todo, dar a conocer a las personas que hay detrás de esos relatos. Personas anónimas, personas que, la vorágine periodística narcotizada por la actualidad más gritona, suele olvidar con demasiada facilidad o no darle el protagonismo que merece su inmensa labor humanitaria. Lea Tsemel (Haifa, Israel, 1945), es una de esas personas, una persona que es israelí, pero está en contra de la política de su gobierno contra los palestinos. Tsemel se ha forjado un carácter indomable y férreo, además de convertirse en una ferviente luchadora de los derechos humanos en Israel, pero no lo hace contra los palestinos, sino a favor de ellos, porque esta letrada combativa y resistente, lleva más de medio siglo luchando contra la opresión y ocupación ilegal de Israel en Palestina, defendiendo a personas acusadas de actos muy violentos contra la seguridad de Israel. Una mujer que ejerce su profesión de abogado con entusiasmo y amor, a pesar de ser siempre derrotada por los tribunales penales de Israel, que, aún así, sigue creyendo en la justicia y mantiene la esperanza de salvar de la prisión a sus defendidos.

Rachel Leah Jones (EE.UU., 1970), se ha pasado toda su carrera cinematográfica planteando historias sobre el eterno conflicto entre palestinos e israelíes, pero en Advocate, que codirige con Philipe Bellaiche (Francia, 1967), uno de sus cinematógrafos, se pone en el otro lado del espejo, construyendo una película directa y en presente, aunque tenga algunos flashbacks, en los que se pone en relieve el inmenso trabajo que Lea Tsemel lleva desde hace más de cincuenta años, haciendo especial énfasis a su conversión que la llevo a una defensora de Israel a poner en duda sus políticas opresivas y de exterminio contra el pueblo palestino, pasando por sus casos más importantes, en los que se incluyen los cargos contra su marido, su ajetreada vida personal, su figura en un país que rechaza profundamente a los israelíes que defienden a los palestinos, y demás datos relevantes, que no ensalzan la figura de Tsemel, sino que sirven para investigar más profundamente a nivel personal y profesional, una mujer que cree en la justicia, y en la defensa de sus clientes, y trabaja incansablemente para conseguir su libertad.

La película, con esa estructura y transparencia propia del cine de Frederick Wiseman, en la que se muestra todo lo que lo dejan mostrar, y las personas que habitan esos lugares, espacios fríos y burocráticos, que ensombrecen la humanidad o simplemente, la inutilizan. Advocate se centra en la cotidianidad de la abogada, y más concretamente, en dos casos en cuestión: el de Ahmad, un niño de 13 años acusado de varios intentos de homicidio, y el de Israa Jaabis, una mujer acusada de intento frustrado de atentado suicida. La cámara se convierte en la sombra de Lea Tsemel, filmando su oficina, sus investigaciones, los kafkianos procedimientos en los tribunales, los encuentros con los acusados y familiares, componiendo una intimidad y sensibilidad admirables, manteniéndose en la distancia correcta para hablarnos de todo, sin caer en el sentimentalismo o en el mero documento superficial, aquí se muestra todo, todo lo que dejan, porque algunas partes, como el rostro de los acusados y algunos funcionarios, quedan ensombrecidos mediante la novedosa técnica de la ilustración partiendo la pantalla.

Jones y Bellaiche no solo han hecho un retrato concienzudo, sobrio y brillante de alguien ejemplar, tanto a nivel humano como profesional, una mujer que cree en la culpabilidad de sus acusados, pero con matices, yendo al problema importante del conflicto, la brutal opresión ejercida por el gobierno de Israel al pueblo de Palestina durante más de medio siglo, en la que una guerra abierta entre unos y otros, acaba por llevar al oprimido a hacer actos que son salvajemente condenados por el opresor. Cine humanista, cine que habla de las personas y sus circunstancias, de las personas más sencillas y humildes, las que se levantan cada día para hacer de este mundo un lugar mejor, aunque tan difícil resulte, y eso acaba generando la mirada y la forma que ejercen los cineastas (“La búsqueda de la humildad es lo más importante, especialmente si quieres edificar una ética, si quieres alcanzar una cierta moral”, en palabras de Rossellini. Porque al fin y al cabo, la película va más allá del mero retrato de alguien que es asombroso, sino que lo estudia y lo investiga para construir el relato más transparente, político, social y humanista que sea posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Borrell

Entrevista a Marta Borrell, protagonista de la película “Una luz en la oscuridad”, de José M. Borrell, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Ignacio Acconcia

Entrevista a Ignacio Acconcia, director de la película “El niño de fuego”, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ignacio Acconcia, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a José M. Borrell

Entrevista a José M. Borrell, director de la película “Una luz en la oscuridad”, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José M. Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Una luz en la oscuridad, de José M. Borrell

MIRAR AL OTRO. 

“Educar es formar personas aptar para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros”

Herbert Spencer

Todo empieza con un viaje de fin de curso a Marruecos, en el que Marta Borrell, una niña de 15 años del Colegio Aljarafe de Sevilla, es testigo de la triste realidad de las escuelas del país. El siguiente verano, acompañada de su familia, visita Mozambique, uno de los países africanos más pobres, donde visitará diversas escuelas rurales, donde vuelve a comprobar la difícil situación de su educación. Con toda esa información, Marta acude a entrevistarse con políticos, expertos y especialistas en el tema de la educación para preguntar porque es inexistente la educación en países africanos. El director José M. Borrell, que se ha pasado casi un lustro haciendo documentales sobre cambio climático, mujeres y demás temas sociales, para diversas organizaciones en África, América Latina y Asia, se lanza a una aventura extraordinaria, junto a su hija Marta, y Sara Fijo, su mujer, en la producción, para contarnos la inquietud y el compromiso de una niña que se hace preguntas, que quiere conocer la realidad educativa de África, y luego, exponer la situación a los dirigentes, expertos y demás elementos en la materia.

Una luz en la oscuridad no pretende hacer una radiografía exhaustiva de la educación en los países subdesarrollados del mundo, sino que, en su modestia y cercanía consigue algo más profundo, mostrar una realidad que puede ser la de muchos lugares, y lo hace con la mayor sencillez y sensibilidad, sin demagogia ni sentimentalismos, sino acercándose con respeto y honestidad a los problemas educativos de Mozambique, y escuchando a los que allí viven, que nos explican los diversos conflictos que originan la falta de escuelas y maestros apropiados. La película, quedándose en ese ámbito, el de mostrar el problema, ya sería muy interesante, pero no solo no se queda ahí, sino que va al otro lado, es decir, a hablar con los responsables educativos como los representantes de la Unesco, asesores de gobiernos occidentales, responsables de fundaciones que trabajan en la zona, y demás especialistas que, de una forma u otra, conocen de primera mano el destino de los recursos humanos y económicos y como se gestionan y distribuyen.

Marta que, en muchas ocasiones, la acompaña su amiga Berta, muestra la sinceridad y el compromiso de unos jóvenes que han crecido con internet, que conocen el mundo a través del audiovisual, al igual que los habitantes de Mozambique y otros lugares con carencias educativos, tanto a nivel físico como emocional, hecho muy significativo que los hace diferentes a otras generaciones, ahora la lucha y la reivindicación se hace y se trabaja de diferentes maneras, con la voz de Marta, que como otras muchas adolescentes en el mundo, reivindican la justicia social como arma para avanzar y crecer como planeta. José M. Borrell consigue en sus 75 minutos una película extraordinaria, ya no solo sobre la educación, sino también, sobre las herramientas que tenemos hoy en día para seguir en la lucha y en el trabajo para conseguir más igualdad en el planeta, para rebajar la distancia entre el mundo occidental y los países necesitados, exponiendo las fracasadas ideas de occidente en África, y abriendo nuevas vías resolutivas que están en África, dándoles los mecanismos, pero no diciéndoles como usarlos, reivindicando la mejor y única arma que tenemos los seres humanos para seguir avanzando que no es otra que la educación, el conocimiento, su transmisión, y sobre todo, la capacitación.

La película no muestra la resolución de los problemas, abre el debate e insta a la reflexión, convirtiéndose en un medio para la exposición y el trabajo necesario, siguiendo el mismo camino que otros trabajos que también reivindican la educación como el único medio para ayudar y ayudarse, tales como Ser y tener o Camino a la escuela, que mostraban las dificultades en la educación rural, la gran olvidada de los grandes planes económicos de los países, como muestra la película. Por una educación grande y humana que no nos haga unos meros transmisores de conocimientos, que vaya mucho más allá, y sea un vehículo maravilloso para crear personas que piensen por sí mismos, que sean críticos y respetuosos con su entorno y los demás, que tengan valores emocionales, que sientan fraternidad por los otros, que no se olviden de sí mismos, y sobre todo, que sean dignos con su condición humana. Quizás para todos estas cualidades humanas que deberían ser las de cualquier ser humano, todavía falta mucho, pero mientras llegan, si es que llegan, sigamos manteniendo el espíritu de la lucha y el trabajo por mejorar las cosas, aunque sea un leve resquicio, como esa luz en la oscuridad que sabia y honestamente reivindica la película, manteniendo esa esperanza por un mundo mejor, más humano, más justo y más cercano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/426695141″>Una Luz en la Oscuridad TRAILER</a> from <a href=”https://vimeo.com/gondolafilms”>Gondola Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Lo que no te mata…, de Alexe Poukine

TODAS LAS MUJERES VIOLADAS.

“Me llevó años romper estas sensaciones. El peor efecto secundario fue el odio”

Ada Leiris

La película se abre de una manera feroz, inquietante y veraz, con un primer plano de una mujer alrededor de los treinta años, que mira detenidamente la cámara. El encuadre es cerrado y quieto, no hay sonido ni nada que nos distraiga, solo un rostro que nos mira o esconde la mirada, haciendo un esfuerzo titánico para encontrar las palabras que tanto cuesta pronunciar. La mujer empieza a hablar, pero se detiene, le cuesta un mundo explicar su relato, explicar que con 19 años fue violada por un amigo tres veces en una semana. La directora belga Alexe Poukine, que debutó con Dormir, dormir dans les pierres (2013), en la que contaba la tragedia de su tío que vivió y murió en la calle, firma su segundo trabajo que recibe el título original de Sans Frapper (traducido como “Sin llamar”), adentrándose en las violaciones que se producen en el entorno cercano, la mayoría de los casos, a través del relato real de Ada Leiris, pero contado y analizado por una docena de mujeres que también han sido víctimas de violaciones, y también, la aportación de dos hombres.

Poukine despoja su película de cualquier elemento distorsionador, no hay música ni efectos de sonido, solo el testimonio de cada una de las mujeres, el de Ada y el suyo propio, y analizando exhaustivamente todo el proceso que vivieron, desde todos los ámbitos y ángulos posibles, acentuando la desvictimación  de las mujeres violados, y encarando de frente y en primera persona todas las emociones que han sufrido, desde la vergüenza, el sentimiento de culpa, el dolor y cada sentimiento vivido después de ser víctimas de una violación. La directora belga sigue un itinerario lineal, desde la violación de Ada, y luego, todo su proceso vital, capturando las emociones que se van generando en las personas que nos explican el relato de Ada, el suyo propio, y el análisis de las terribles consecuencias que sufrieron. Un relato ejemplar, impactante, terrorífico, y muy transparente, en que la directora aparece muy poco solo formulando alguna cuestión, casi siempre escuchamos el relato y su relato, en una película-confesión que consigue hablarnos de forma audaz y sincera de un tema desgraciadamente demasiado común, como explicaba la magnífica película corta Suc de síndria (2019), de Irene Moray, que se adentraba en las consecuencias emocionales y sexuales de una mujer víctima de una violación.

Poukine escucha y captura todos los relatos de las mujeres violadas, confeccionando un potente y doloroso retrato sobre las violaciones a mujeres, en entornos domésticos perpetrados por hombres conocidos y amigos, y lo hace desde la sencillez y honestidad de su dispositivo cinematográfico, que no puede ser más auténtico e íntimo, sin sentimentalismos ni vericuetos narrativos. Un solo plano, fijo y cercano, que consigue visibilizar con sencillez un problema demasiado habitual, mirando cara a cara a las víctimas y a los agresores, colocando a cada uno en su lugar, sin condescendencias ni nada que se le parezca, escuchando a todos, y proponiendo un brutal ejercicio de sinceridad, que saque todo aquello que se ha guardado y ocultado, mirándonos de frente, contándonos su terrible experiencia y abriéndonos su alma de la manera más descarnada y veraz. Escuchamos todas las confesiones de las mujeres violadas, sus procesos y sus emociones, su dolor y su estado actual, para generar ese tipo de reflexiones tan necesarias en el mundo veloz y estúpido que vivimos, dejándonos tiempo y espacio para mirar con honestidad a estas mujeres que se abren en canal, y escuchando sus testimonios.

La directora belga se apodera del testimonio de Ada Leiris, y nos lo cuenta a través de estas docena de mujeres, y dos hombres, ampliando el relato y filmando con increíble y potentísima credibilidad todos los demás testimonios y procesos vividos, en una película que no solo habla de la violación, sino de todos las consecuencias que han experimentado y experimentan estas mujeres, porque aquel suceso vivido ha marcado sus vidas, tanto sus futuras relaciones y todo lo que han tenido que trabajar emocionalmente para abandonar todo lo que arrastraban interiormente. Si una de las funciones del cine es explicar relatos de personas, Lo que no te mata…, es un ejemplo extraordinario, porque no solo nos explica relatos estremecedores, sino que lo hace desde el rostro y la palabra del que lo ha sufrido, abriéndonos una ventana potente sobre las violaciones silenciadas, sobre todos esos sucesos terribles que ocurrieron cuando todo hacía pensar en lo contrario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Nuria Giménez Lorang

Entrevista a Nuria Giménez Lorang, directora de la película “My Mexican Bretzel”, en la Plaza de la Vila de Gràcia en Barcelona, el jueves 10 de diciembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nuria Giménez Lorang, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia y cariño.