Un cuento de tres hermanas, de Emin Alper

EN UNA REMOTA ALDEA DE LAS MONTAÑAS…

“La felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz”

Antón Chéjov

El plano subjetivo de un automóvil circulando por una empinada carretera, que lleva a una pequeña aldea encerrada entre montañas en la Anatolia Central, en los años ochenta, se convierte en la secuencia que abre la tercera película de Emin Alper (Ermenek, Karaman, Turquía, 1974), del que conocíamos Beyond the Hill (2012), también ambientada en la zona rural, en la que un granjero y su familia se ven amenazados por la llegada de unos nómadas, en Frenzy (2015), el thriller social era el foco de atención en un apocalíptico Estambul. En Un cuento de tres hermanas, se centra en el fenómeno del “Besleme”, una práctica muy usada entre las gentes necesitadas y señores, consistente en que los hijos son “adoptados”, dejando el pueblo y hacerse un provenir en las ciudades con familias acomodadas, a modo de trabajar a su servicio en el hogar y la familia. El cineasta turco nos habla de tres hermanas que por diferentes circunstancias han sido expulsadas de la ciudad, o sea del “paraíso”, y han vuelto al pueblo junto a su padre, ya que madre falleció. Reyhan, la mayor volvió embarazada, y el padre para remendar el honor, la casa con Veysel, un pobre diablo pastor con deseos de abandonar esa mísera existencia. Havva, la pequeña, vuelve en el coche del principio, ya que ha muerto su “madre” adoptiva, y más tarde, volverá Nurhan, la mediana, ya que el Sr. Necati ya no la quiere.

El relato se mueve entre el cuento de hadas y el realismo social, aunque también hay tiempo, poco, en que las tres hermanas comparten esos sueños de dejar la aldea y labrarse una vida digna en la ciudad, entre las tres jóvenes existe una rivalidad durísima para conseguir ser las elegidas en detrimento de las otras. Alper no ahonda en la terrible miseria en la viven estas gentes, y en concreto, la familia, sino que a través de sus relaciones personales y la frustración que hay en cada uno de sus actos, damos buena cuenta en la opresión y aislamiento, tanto físico como emocional, en el que existen. Y no menos, indicar el aberrante patriarcado que existe en el lugar, donde las cuestiones las deciden los hombres, y las mujeres están para servir, obedecer y callar. Con la llegada del Sr. Necati, que trae de vuelta a Nurhan, la película se desata narrativamente, en la que se destaparán muchas verdades que arrecian en las circunstancias que han obligado a expulsar a las hermanas, dejando clara la tremenda servidumbre de estas personas ante Necati, esa especie de amo y señor de sus vidas.

El director turco se aleja del manido recurso de buenos y malos, en su película no hay nada de eso, solo personas que muestran varios rostros, que se benefician o aceptan una posición que les perjudica o les favorece, según la situación, unos seres humanos y complejos que muestran sensibilidad y vulnerabilidad, solamente seres humanos que viven bajo unas condiciones difíciles y que intentan lo imposible para salir de ella, aunque sea implorar al señor que les pude sacar de esa miseria moral y física. Las relaciones personales de la película son durísimas y ásperas, hay poco aliento para la esperanza o la compasión, si bien vemos alguna, pero la tónica general es la dureza y las miradas rotas y que atacan. La película también funciona como reflejo realista y fiel de unas condiciones de vida rurales llenas de dificultades, ya no solo atmosféricas, como los días helados, o esa incesante nieve que los aísla en invierno, sino las sociales, con las pocas posibilidades de trabajo, o pastoreo o sacar algo de la mina derrumbada, vislumbran un provenir muy oscuro y triste para los habitantes del lugar, como en el revelador instante, cuando Nurhan se detiene en mitad de la noche, y pasan frente a ella, por el camino, unos que vienen apesadumbrados por no sacar nada de la mina.

Alper ha construido una película a fuego lento, ejecutado a través de las miradas, los gestos y los cuerpos de sus tres protagonistas, auténticas almas de esta película sencilla y honesta, pero muy gran en su aparato emocional, tres mujeres a las que dan vida tres actrices dotadas para la interpretación, como son Cemre Ebüzziya como Reyhan, Ece Yüksel como Nurhan y finalmente, Helín Kandemir como Havva, tres seres que evidencian toda el marco opresivo y complejo en el que viven. Un retrato honesto y sensible, con esa carga humanista de los Rossellini o Kiarostami, con un entorno que moldea el carácter interno de sus habitantes, que va del documento social, casi etnográfico, como los que planteaba Rouch, o el universo del Delibes de “Los santos inocentes”, algo del realismo poético, con esos sueños que muestran una vida interior rica que manejan las tres hermanas, y el drama familiar, con ecos del drama de Chéjov, con esas tres hermanas, que después de muchos años sin contacto, se conocerán y entenderán muchas cosas que las separan y sobre todo, las que las unen, víctimas de su condición femenina, por un lado, en un mundo que dirigen los hombres, y sobre todo, de la miseria en la que viven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), de Imanol Rayo

DESENTERRAR LAS HERIDAS.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Leon Tolstoi de su novela Anna Karennina

Con el nuevo siglo, hemos sido testigos de la gran efervescencia de la cinematografía vasca, que ha apostado por un cine de grandísima calidad técnica, artística y narrativa, hablado en euskera, con películas como Loreak (Flores) (2014), del equipo Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi, también responsables de Handia (2017), Amama (2015), de Asier Altuna, y las recientes Akelarre, de Pablo Agüero y Ane, de David Pérez Sañudo. Un cine heterogéneo en el fondo, pero muy parecido en su forma, llena de relatos oscuros, inquietantes y sobrecogedores, que recorren la historia vasca de ayer y hoy. Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), es la nueva propuesta procedente del País Vasco que se suma a esta terna de cine bien ejecutado y sobre todo, cine muy profundo e interesante. El responsable es Imanol Rayo (Pamplona-Iruña, 1984), del que ya habíamos visto Bi Anai (Dos hermanos) (2011), basada en la novela homónima de Bernardo Atxaga, que nos contaba la cruda historia de un joven que debe hacerse cargo de su hermano deficiente.

Ahora, nos llega su segundo largo, que, al igual que su primer trabajo, se basa en una novela, la de 33 ezki de Miren Gorrotxategi, adaptada por el escritor Joanes Urkixo, responsable del guión de Lasa y Zabala, entre otros, en un cuento marcado por el pasado y el odio entre dos hermanos muy diferentes, también ambientado en el rural vasco, y que nuevamente, tiene a dos hermanos en liza, pero aquí la cuestión cambia soberanamente. El cineasta navarro nos convoca a un relato poliédrico, que abarca más tres décadas en el seno de una familia, y más concretamente, en la relación difícil y oscura de dos hermanos enfrentados, Fermín y Estanis, contada en tres tiempos, con los hermanos siendo jóvenes a principios de los setenta, con el conflicto con Karmen, amante de Estanis. Luego, veinte años más tarde, con los hermanos gemelos, Néstor y Aitor, nacidos de Karmen, que se ha casado con Fermín, y la marcha a casa de Estanis del joven Aitor, y finalmente, en el años 2004, en la que la aparición de los restos de una joven desaparecida, hará explotar las viejas heridas y enfrentará a los personajes en litigio familiar y emocional.

Aunque, la parte central de la trama se desarrolla en el año 2004, la película va yendo de un tiempo a otro para conseguir entender el conflicto fraternal y su andadura en el tiempo, y lo ejecuta de forma brillante y sobria, a través de esas miradas y ojos, como en el caso de Karmen, que cortan el aire con unos silencios que hacen mucho ruido, y haciendo un ejemplar uso del fuera de campo, a través de los sonidos que van y vienen durante el metraje. Un drama familiar profundo y terrorífico, contado como un thriller rural y familiar, con sus misterios, sus mentiras, sus silencios y todo lo que cada personaje oculta, individuos que hablan muy poco, callan más, y miran demasiado. La cinematografía de Javier Agirre, un cómplice habitual en todo ese cine vasco, con esa cámara quieta, en la que apenas hay movimiento, enmarcando con inteligencia y tensión cada encuadre y mirada de los personajes, con toda esa dureza y negrura que arrastran los personajes, como ocurría en Trote (2018), de Xacio Baño, otra historia familiar rasgada por lo rural y la opresión.

La excelente composición de Fernando Velázquez, con ese maravilloso coro, que ayuda a catalizar toda la tragedia que va consumiendo a esta familia rota y resquebrajada, llevados por un destino marcado y violento. La ejemplar y cuidadosa  edición de Raúl López, otro habitual en este cine vasco en euskera, convierte la película en un estilizado drama rural, que nos va sumergiendo y destapando un pasado muy oscuro y violento, que desatará toda la violencia en un presente demasiado cargado, lleno de amargura y rabia. El grandísimo plantel que ha reunido Rayo brilla con gran intensidad y resuelven sus roles de manera excepcional, encabezados por Itziar Ituño como Karmen, una composición de las grandes de la temporada, dotada de una mirada que rompe el alma, Eneko Sagardoy en un doble papel, interpretando los hermanos gemelos, vuelve a demostrar la capacidad para desarrollar personajes difíciles y complejos, Yon González como el policía Kortazar, un testigo invitado a esta tragedia sin remedio, y después, las inmensas presencias de Kandido Uranga (que ya estaba en la opera prima de Rayo), toda una institución en la cinematografía vasca, Josean Bengoetxea, Asier Hernández como Estanis, el “otro” hermano, Iñigo Aranburu, el hermano “cobarde”, Dorleta Urretabizkaia como pareja profesional de Kortazar, y las colaboraciones de intérpretes tan buenos como Patricia López Arnaiz (protagonista de Ane), Itsaso Arana y Andrés Gertrudix.

Rayo ha construido un drama familiar con reminiscencias clásicas, con la tragedia griega de fondo, con ese aire de western rural, como los que hacían Peckinpah o Frankenheimer, llenos de cadáveres, miedo, ruido, furia y violencia, una violencia seca, que desconoces cuando se producirá ni por donde aparecerá, como ocurre en la película, con esas campanadas que inevitable anuncian la tragedia inminente. El director pamplonés cocina  a fuego lento y con paciencia, una película elegante, bella y nada manierista, sensible y dura, un drama rural y familiar oscuro y perturbador, lleno de sombras y almas heridas, como un fuerte golpe en el alma, algo que te persigue constantemente, algo que no sabes o puedes quitarte de encima, como un fantasma inquietante que continuamente amenaza tu voluntad y tu rabia, tus deseos de venganza, de acabar con todo, algo que sabes que tarde o temprano estallará, y es una idea que solo espera su momento, un instante en el que nada ni nada podrá parar, un instante que irremediablemente lo cambiará todo, un instante que será único, irremediable, donde todos los personajes se cruzarán y no habrá vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El año que dejamos de jugar, de Caroline Link

EL DIARIO DE ANNA KEMPER.

“Toda la gente famosa lo había pasado fatal. Uno tenía un padre borracho. Otro tartamudeaba. Otro había tenido que lavar centenares de botellas sucias. Todos habían tenido lo que se llama una infancia difícil. Estaba claro que había que tenerla si se quería llegar a ser famoso”

Judith Kerr de su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa.

La niña Ana Frank escribió un diario íntimo durante los dos años y medio que se ocultó de los nazis, junto a su familia en su casa de Ámsterdam. En 1944, cuando contaba con quince años, fue descubierta y enviada a un campo de concentración donde moriría un año más tarde. Su sobrecogedor y valiente testimonio, ya no solo forma parte de la historia de Europa del siglo XX, sino de la historia íntima de cualquier lector que ha conocido su triste realidad. Otra realidad, esta de la escritora Judith Kerr (1923-2019), fue la que plasmó en su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa, donde nos habla de la pequeña Anna Kemper, de apenas 9 años, cuando en los albores de la victoria hitleriana en las elecciones de febrero de 1933, huyó junto a sus padres y su hermano mayor a Suiza, escapando de las represalias nazis a una familia judía.

La directora Caroline Link (Bad Nauheim, Alemania, 1964), poseedora de una excelente trayectoria donde ha trabajado tanto en televisión, documental y ficción, es la encargada de dirigir la adaptación de la novela de Kerr, Cuando Hitler robó el conejo rosa, con un guión firmado por Anna Brüggemann y ella misma, en la que pone en imágenes una novela que nos habla de la perdida de la inocencia de una niña, ojito derecho de su padre, una niña que deja el país de las maravillas que es el Berlín de los años treinta, para iniciar un periplo que arranca en un pequeño pueblo de Suiza, para luego trasladarse a uno de los barrios populares de París. Dos años de idas y venidas, de adaptarse a nuevos cambios, como el idioma, las costumbres, y las dificultades económicas, en una familia encabezada por Arthur Kemper, su padre famoso y reputado crítico teatral en Alemania, pero ahora convertido en un refugiado. Junto a Dorothea, la madre, y Max, su hermano mayor, deambulan por países extranjeros, intentando sobrevivir, empezando de cero, luchando por seguir adelante, mostrándonos una existencia que abarca dos años, desde 1933 a 1935, dos largos años de existencias difíciles con algunos momentos de alegrías.

Link que ya había hablado de la infancia en alguna de sus películas, vuelve al tema del nazismo, como lo hizo en su película más internacional y galardonada, En un lugar de África (2001), también basada en una novela autobiográfica, en esa ocasión de Stefanie Zweig, donde vuelve hablarnos de una huida, la de una mujer y su hija que se reunirán con su marido, un reputado abogado judío, oculto en Kenia, y la difícil adaptación y supervivencia en la nueva tierra. Bella Halben vuelve a colaborar con Link, para construir una brillante cinematografía que contrasta con los diferentes lugares por los que la familia se mueve, la luz acogedora y doméstica de Berlín, como contrapunto a ese aire malsano y frío de la calle, la alegre luz  y natural en la Suiza rural, y la sombría del pequeño piso de París, que choca con la luz cegadora de la calle. Patricia Rommel que ha destacado por su trabajo con el estupendo director Florian Henckel von Donnersmark, conmueve con su elaborada y magnífica edición en una película que abarca dos años de vida.

La realizadora germana ha logrado un relato convencional y sin sobresaltos, pero de una grandísima fuerza y sensibilidad, optando por la mirada de Anna para contarnos la huida, la condición de refugiados, los conflictos que van cayendo debido a las enormes dificultades, y las continuas adaptaciones a los nuevos países y circunstancias. Estamos en esa Europa de los años treinta, todavía viva, libre y despreocupada, sin adivinar la tragedia que la asolaría años después. No obstante, la película muestra cada nuevo país, y sus formas de vida, de forma humana y elegante, sin caer en tópicos ni nada por el estilo, haciéndolo de frente, enseñándonos las peculiaridades y diferentes formas de vida social, laboral y escolar. La película aborda la tragedia de una familia judía que en Alemania vivían acomodados, para adentrarse en otra vida, más difícil y social, sufriendo para sobrevivir, con los problemas que surgen cuando hay que empezar de cero y en un país desconocido, pero entre los cuatro harán lo imposible para reír y no tomarse las cosas de forma trágica ni triste, mostrando una entereza envidiable cuando afrontan los conflictos, tanto internos como externos, como la victoria de los nazis, las pérdidas materiales y emocionales, y la vida alejada de los suyos y el descenso en la escala social, de unos privilegiados a unos más que tratan de sobrevivir con lo mínimo.

La cineasta alemana reúne a un reparto brillante que está natural y cercano, empezando por la pequeña Anna que interpreta Riva Krymalowski, una niña inteligente, que sabe de su condición de refugiada, muy espabilada, y cariñosa, y una excelente ilustradora, bien acompañada por Oliver Masucci como el padre, que sigue firme a sus ideales y a su identidad a pesar de las dificultades, Carla Juri da vida a la madre, protectora, valiente y decidida, que sacrificará su sueño en pos a su familia, Justus von Dóhnanyi es Max, el hermano mayor, un referente para Anna, Marinus Hohmann es el tío Julius, esa figura, encargado de zoo que consigue hacer soñar a Anna, y finalmente la veterana Ursula Werner da vida a Heimpi, la criada y segunda madre de Anna. Link ha construido una película excelente y tierna, que nunca decrece en su idea y ritmo, reivindicando la tragedia de tantas familias judías que huyeron de la Alemania nazi y su recorrido triste y complejo, como ocurre hoy en día con tantas familias que huyen de sus países de origen por la guerra y demás dificultades, moviéndose por esa Europa alegre que pronto dejará de ser, como le ocurre al personaje de Anna, la niña que dejará de ser la inocente y miedosa cuando vivía en Berlín, para ir poco a poco convirtiéndose en una adulta de repente, en alguien que, como toda la familia, deberá empujar y nadar para que todo siga a flote, y no rendirse ante las adversidades, que no serán pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El artista anónimo, de Klaus Härö

EL RETRATO DESCONOCIDO.  

“Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es solo de almas grandes”

Jorge Luis Borges

De una cinematografía como la finesa, estamos acostumbrados a recibir las películas del gran Aki Kaurismäki, rara vez podemos ver otras película de cineastas más desconocidos por estos lares. El director finlandés Klaus Härö (Porvoo, Finlandia, 1971), vuelve a aparecer por nuestras pantallas después de La clase de esgrima (2015), con un relato que se detiene en la Finlandia actual, donde conocemos a Olavi, un veterano comerciante de arte, que quiere dejar el oficio con su último gran negocio, como indica el título original de la película, ese cuadro que su venta le dejará un hermoso retiro. Rebuscando, casi sin pretenderlo, o sí, descubre, en la casa de subastas, a pocos metros de su tienda, un retrato que llama su atención. A partir de ese instante, su vida se centrará en encontrar la autoría del enigmático retrato, ya que aparece como desconocido. Contará con la inestimable ayuda de su nieto, Otto, un chaval de quince años, al que apenas conoce, ya que el viejo Olavi y su única hija, Lea, han tenido una relación muy distante desde que falleció la esposa y madre, respectivamente.

Härö, como hizo con su anterior película, vuelve a dirigir un guión escrito por Anna Heinämaa, edificando una película que habla desde la sencillez de la cotidianidad y lo humano, en una película que se centra en el valor del arte y las dificultades de las relaciones humanas, como queda patente en la magnífica secuencia donde abuelo y nieto se conocen, cuando Olavi le muestra la pintura “Payaso” de Unto Koistinen, a la que el adolescente exclama con desdén, que se parece a la mascota Ronald McDonald. Dos formas de acercarse al arte, a la vida, dos generaciones en polos opuestos, que la búsqueda del autor del famoso retrato, los igualará y sorprendentemente, formarán un equipo bien avenido. El cineasta finés plantea una película directa y transparente, de pocos personajes y aún menos espacios, sobre la cotidianidad de alguien egoísta y maniático, que ha olvidado a su hija y nieto, y se ha encerrado en su trabajo, de alguien que deberá aprender a confiar en los demás, y sobre todo, a pedir perdón.

Toda esa realidad del anciano, se verá trastocada con la aparición del retrato misterioso, entonces, la narración virará hacia el thriller de investigación, con esos claroscuros de la biblioteca y las inquietantes pesquisas que siguen tanto el abuelo como el nieto, para descubrir la autoría de la pintura, la del “Cristo Negro”, de Ilya Repin, que tiene un gran valor económico. Härö construye películas sobre las dificultades de muchos niños y niñas empezando nuevas existencias en lugares ajenos y hostiles, como hizo en Elina (2002) o Adiós, mamá (2005), o personas de pasados oscuros que llegan a nuevos lugares en los que deben aprender a vivir como ocurría en Cartas al padre Jacob (2009), o la citadaLa clase de esgrima (2015), en las que las relaciones humanas son el centro de la acción, como también, ocurre en El artista anónimo, donde se habla mucho de arte, valorando a esos artistas anónimos, y sus trabajos que tienen su lugar en la historia, pero sobre todo, la película habla de segundas oportunidades, a través de relaciones familiares rotas, aquellas que hay que reconstruir, que volver a rehacer, ya que el tiempo, los conflictos y demás, dejaron olvidadas y oxidadas, como la nula relación de Olavi y su hija, Lea, en la que Otto, el nieto, sin proponérselo, hará de puente entre ambos.

No estamos ante una película condescendiente, ni mucho menos, sino que bucea con honestidad y aplomo en las dificultades de esas relaciones inexistentes, conjugando con acierto y verosimilitud, los puntos de vista diferentes entre unos y otros, y acercándose con sobriedad a las torpezas y reproches de los personajes, mostrando la verdad que hay entre todos, y componiendo secuencias de gran mérito y empaque dramático, huyendo del sentimentalismo y sobre todo, exponiendo todos los sentimientos agridulces que sienten. Una película sencilla, sensible e interesante, con un trío protagonista maravilloso y conmovedor, con Heikki Nousiainen como Olavi, Pirjo Lonka como Lea, y finalmente, Amos Brotherus como Otto, que cuenta con un grandísimo trabajo de luz, obra del cinematógrafo Tuomo Hutri, colaborador habitual de Härö, que sabe componer todos los claroscuros físicos, misteriosos y emocionales que encierran las obras de arte que vemos, y las relaciones humanas entre sus personajes, elemento que hace que la película sea visualmente muy conmovedora, sino también, emocionalmente, logrando cuadrar las dos claves esenciales de cualquier relato que contar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

En busca de Summerland, de Jessica Swale

CONFIAR EN LA IMAGINACIÓN.

“Las personas reales están repletas de seres imaginarios”.

Graham Greene

El relato arranca en 1975, cuando Alice, una anciana que parece vivir sola y es criticada en uno de esos pueblos de Sussex, teclea en la máquina de escribir una novela. Inmediatamente, la acción se traslada a la década de los cuarenta, en plena segunda guerra mundial, que con el fin de salvar a los niños de Londres, el pueblo recibe evacuados a los que proteger. A Alice, huraña, solitaria e independiente, le adjudican a Frank, un niño que tiene a su padre luchando en el frente aéreo, y a su madre trabajando para el gobierno. La relación entre Alice y el niño, como era de esperar, resulta distante, llena de tensiones y muy difícil, en un primer instante. Pero poco a poco, encontrarán algo que les une, los dos sienten una imaginación y fantasía extraordinarias, y ambos se lanzan a la aventura de localizar “Summerland”, una especie de paraíso pagano con el que te puedes comunicar, una particular fuerza mágica para todos aquellos que están dispuestos a creer.

Jessica Swale (Berkshire, Reino Unido, 1982), que alberga una gran carrera en el teatro como dramaturga, y directora, escribe y dirige su primera película, un relato muy “british”, donde nos habla de amor, imaginación, relaciones humanas, personajes de carne y hueso, aventura,  en un contexto sumamente complejo y trágico como la Segunda Guerra Mundial, con esa secuencia inserto, magníficamente filmada, cuando Alice, camina por una calle de Londres, que ha sufrido un bombardeo, en un plano secuencia que hiela la sangre. La película nos habla de tres tiempos, en los años cuarenta, donde se desarrolla el grueso de la historia, los años veinte, donde todo parecía posible, donde Alice se enamorará, y los setenta, donde a pesar de lo vivido, siempre había una esperanza. En busca de Summerland, nos cuenta principalmente el tema de las segundas oportunidades, de abrirse a la vida y a las personas, a pesar de todas esas roturas emocionales que hemos vivido, a ser más soñadores, a no rendirse jamás, a estar atento a las circunstancias de aquí y ahora, a sentir más y pensar menos, a dejarnos llevar y olvidarnos de quiénes somos, más a menudo, a ser lo que somos en toda su plenitud, a ser naturales y fieles a nosotros, sin hacer daño a los demás, y a ver más allá, a descubrir y descubrirnos, porque quizá la felicidad acabe tocándonos y nosotros no lleguemos a darnos cuenta.

Alice tiene ese aroma que desprendía el huraño y amargado Ebenezer Scrooge, el anciano que odiaba la Navidad en la inmortal Canción de Navidad, de Dickens, Una alma rota y solitaria, que la película irá descubriendo que oculta, que fue aquello del pasado que tanto la cambió y la hizo como es, una posición que cambiará con la llegada de Frank, un niño imaginativo, inquieto y muy curioso, amante de la aventura y los secretos de otros mundos. Una relación curiosa, maternal, que despertará en Alice antiguas emociones que ella creía olvidadas. La película mantiene ese look de producción británica, todo ambientado de una manera natural y exquisita, como la reciente La sociedad literaria y el pastel de piel de patata (2018), de Mike Newell, también situada durante la Segunda Guerra Mundial y en un pueblo costero, donde una pequeña comunidad se veía extraordinariamente alterada por el contexto bélico, las dos producciones comparten las consecuencias en el presente del pasado, y sobre todo, cómo afrontamos las heridas emocionales en nuestra cotidianidad y en las relaciones personales.

Swale vuelve a contar con Gemma Arterton y Gugu Mbatha-Raw, que ya dirigió en la obra teatral Nell Gwynn, para interpretar a los roles protagonistas. Arterton se muestra natural, intensa y magnífica, dando vida a Alice, la una actriz todoterreno en películas de toda clase que ha trabajado entre otras figuras como las de Neil Jordan o Stephen Frears, dota a su personaje de vitalidad, imaginación y lo va transformando a medida que el pasado se empeña en remover su presente, y Mbatha-Raw como Vera, un personaje relacionado con la vida de Alice, también, tenemos a Lucas Bond, el chaval que interpreta a Frank, ese niño desamparado y despierto que sabrá domar el ímpetu de Alice, y Dixie Egerickx como Edie, la niña curiosa y extraña, que se hace amiga de Frank. Y los magníficos veteranos con Penelope Wilton como Alice en los setenta, Tom Courtenay como Mr Sullivan, el maestro de escuela y organizador de los niños evacuados, y finalmente, Siân Phillips como Margot Corey, abuela de Edie y esa señora, tan amable y tradicional que siempre encontramos en este tipo de películas. La película nos invita a conocer un lugar como “Summerland”, algo que seremos capaces de ver si de verdad tenemos esa necesidad, si somos libres, despojados de prejuicios y demás barreras que nos autoimponemos. Un lugar para soñar, para ver más allá, para ver dentro de nosotros mismos, una especie de tierra para soñadores, y para todos aquellos que quieren ir más lejos, en ese viaje a lo más profundo del alma, a creer en aquello que no podemos ver, ni tocar, ni mirar, solo dejarnos llevar por aquello que estamos sintiendo y sobre todo, descubrir que hay otros universos dentro de este, y sobre todo, estamos muy cerca de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec

RECONSTRUIRSE EN EL VACÍO. 

“Esconde tus ideas para que la gente las encuentre. Lo más importante será lo más oculto”

Robert Bresson

Cuando uno descubre una cineasta como Angela Schanelec (Aalen, Alemania, 1962), inédita en nuestras pantallas, que tuvo como profesor a Harun Farocki, y compañeros de promoción como Christian Petzold o Thomas Arslan, se da cuenta que encuentras múltiples pieles en su aparente cotidianidad, donde nada es lo que parece, que todo tiene un porqué, aunque no resulte evidente. Una filmografía llena de espacios ocultos y elementos que la película irá descifrando o no, donde la experiencia de visionar una de sus películas confiere una relación muy personal e íntima con sus planos, en la que cada uno de los espectadores va ocupando sus espacios y reflexionando a través de sus imágenes, imágenes que no les dejarán indiferentes, imágenes bien urdidas y con una naturaleza propia y personalísima, que funcionan de forma magnífica por sí solas, como espacios independientes, pero a su vez, conforman un bloque sólido. Un cine muy profundo y reflexivo, que huye de la causa y efecto, para adentrarse en otros campos más propios del alma, en esos lugares profundos en los que se cuecen inevitablemente nuestras experiencias, tanto físicas como emocionales, y la respuesta que damos y nos damos.

La búsqueda de la identidad y la condición efímera de la existencia, serían los elementos más importantes por los que se mueve el cine de Schanelec, como su sensible e íntima apertura en Estaba en casa, pero…, cuando en un ambiente rural, en una casa abandonada, se encuentran un asno (quizás haciendo  referencia al burro de Au hasard Balthazar, de Bresson), un perro y el cadáver de un conejo, que hemos visto segundos antes huyendo del perro, quizás los restos de “Los músicos de Bremen”, tres animales mayores, dejados y consumidos en esas cuatro paredes, unas imágenes a las que volveremos a al cierre de la película, donde encontraremos, de nuevo, a los tres animales, igual que al principio, como si el tiempo ya no fuese con ellos. Inmediatamente después, la directora alemana nos sitúa en una ciudad con su característico follaje de un otoño berlinés, donde un niño de 13 años, ausente de su casa durante una semana, vuelve al hogar, un hogar donde ha ocurrido algo, donde no vemos la presencia del padre, que más tarde, descubriremos que ha fallecido, un hogar, donde una madre y sus dos hijos pequeños, deberán lidiar con la ausencia, el duelo, con el vacío que provoca esa pérdida irreparable del que ya no está.

La directora alemana huye de la trama convencional, para sumergirnos en un sinfín de viñetas humanas, pasajes, trozos de vida, donde la forma sobria y asfixiante, acompañada de un elaboradísimo montaje, obra de la propia directora, al igual que el guión, deja paso a escenas cotidianas donde se desatan las emociones de toda índole, en las que presenciamos instantes mundanos, como la compra de una bicicleta por parte de la madre (con su singular humor, que parece una secuencia más propia del absurdo de Jacques Tati), o ese hermosísimo pasaje de la madre acostada en el suelo, mientras oímos Let’s Dance, de Bowie, o el airado reproche de la madre a uno de los profesores de su hijo (que parece más bien una descarga de emociones que de una llamada a la atención), una explosión de ira de la madre al ver que su hija ha ensuciado la cocina (donde sus hijos claman cariño, mientras la madre los rechaza, incluso echándolos de casa), o un baño en la piscina, que parece más bien un instante de desplomo emocional que otra cosa (que tiene ese aroma al universo Haneke, donde parece que algo está a punto de estallar, en que la calma se torna densa, incluso violenta), o las conversaciones, entre cotidianas y surrealistas de la pareja de enamorados profesores, donde ella se niega a tener hijos, mientras él, no logra entender, o ese soberbio paseo por el museo, donde cada pintura se revela con los personajes, o la representación atropellada y espontánea de los jóvenes alumnos de Hamlet, de Shakespeare.

Secuencias despojadas de un todo que es la película, magníficamente filmadas, con unos encuadres bellísimos y naturalistas, extraídos de esa cotidianidad transparente y corpórea, en los que el espacio acaba siendo una losa pesadísima para los personajes, con esa luz natural, inquietante, fría y distante, obra del cinematógrafo Ivan Marković, donde la directora alemana no busca la empatía frontal, instantánea, sino una búsqueda tranquila y escrutadora, que irá apareciendo, sin prisas, dejándose llevar por las emociones que se van despertando en las diferentes secuencias, para llegar a conmovernos con su impecable sutileza y desgarro. La cámara de Schanelec no se mueve, se mantiene quieta, solo hay movimiento como ocurría en el cine clásico, cuando el personaje se desplaza, que ocurre en pocos momentos, o el desplazamiento de vehículos, pero siempre, deslizándose frente a nosotros, para capturar esa naturalidad y sobre todo, la verdad de lo que está sucediendo frente a nosotros, que tanto busca la directora, para de esa manera ahondar en la incertidumbre perpetua en la que están instalados los personajes, en ese alambre existencial, donde su propia vulnerabilidad aflora las emociones más contradictorias y terribles contra ellos y contra los que les rodean, en ese caótico enjambre de emociones enfrentadas y rotas que manejan sus vidas.

La fascinante y reveladora interpretación de la actriz Maren Eggert que da vida a Astrid, una madre perdida, rota y vacía, que debe reconstruirse y reconstruir su familia y sus hijos, volver al amor, sin su hombre y padre de sus hijos, una interpretación sujetada en acciones, con poquísimos diálogos, ya que la incomunicación, o la incapacidad para expresar lo que sentimos, otro de los elementos que jalonan el universo de Schanelec, uno de los grandes males en las sociedades occidentales, como el de la competición psicótica por el tiempo, que ha provocado el efecto contrario, dejándonos sin tiempo para compartir nuestros infiernos con los demás, y extendiendo aún más el individualismo acérrimo, como también reflejaba Antonioni en sus fábulas sobre la frustración, la pérdida y el vacío existencial.  La maternidad, su reconstrucción, su sentido y su necesidad, también es otro de los elementos que marca la película, la querida y la no querida, y cómo se afronta en las diferentes perspectivas que abarca el relato. Estaba en casa, pero… no es una película sencilla, pero tampoco extremadamente compleja, existen sus lugares comunes y reconocibles, pero el espectador debe ser paciente y estar expectante, porque la emoción aparecerá y será reveladora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Temblores, de Jayro Bustamante

REPRIMIR LO DIFERENTE.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley

Del director Jayro Bustamante (Ciudad de Guatemala, 1977), conocíamos Ixcanul (2015), su opera prima, en la que retrataba la vida de María, una joven maya cakchiquel, de 17 años, obligada a casarse en un matrimonio concertado, aunque la modernidad, de la que tanto escapaba, le brindará una solución de compromiso. Ixcanul recibió buena acogida en los prestigiosos festivales de Berlín y San Sebastián, y era la primera película de un tríptico del director, para retratar la desigualdad y el odio en la sociedad guatemalteca, basándose en tres insultos: indio, homosexual y comunista. Temblores es la segunda película de este peculiar e interesante proyecto, en el que nos ponen en liza en la existencia de Pablo, un hombre de 40 años, casado y padre de dos hijos pequeños, y un trabajo envidiado como asesor financiero, que pertenece a una familia tradicional y adinerada.

El mundo conservador y evangélico, que se viene abajo cuando Pablo le comunica a su familia que se ha enamorado de Francisco y se va a vivir con él. Momento que queda magníficamente bien reflejado con la secuencia que abre la película, con esa lluvia torrencial, en el interior de la casa familiar, todos derrumbados, y Pablo, encerrado en su habitación, solo y apesadumbrado, y tanto sus padres, hermanos como cuñados, intentan levantarle el ánimo juzgando su homosexualidad. De repente, el primero de los varios temblores sísmicos que veremos durante la película, metáfora sobre el cisma, muy a pesar de Pablo, que ha originado su decisión en el seno de esas familias tradicionalistas, intolerantes y profundamente religiosas, que no entienden otra vida que la de la sumisión a Dios, y una familia heterosexual. Bustamente encierra a su protagonista, optando por los primeros planos, los movimientos rápidos de cámara, el claroscuro en la iluminación, y esos espacios cerrados y opresivos en los que somete a su protagonista, como el minúsculo apartamento, en comparación con la colosal casona familiar, o los lugares de la terapia de conversión, donde los planos se cierran y vemos partes de un todo, como las partes desmembradas de un conjunto, materialización de la rotura y herida emocional que sufre Pablo, sometido, no solo a la intolerancia y el rechazo de su familia, sino al aislamiento en su trabajo o el alejamiento impuesto para que no se acerque a sus hijos.

El director guatemalteco, como hiciera en su debut, se rodea de su equipo habitual: Luis Armando Arteaga, en la cinematografía, el mexicano Pascual Reyes en la música, y César Díaz en el montaje, director de la reciente Nuestras madres (2019) -profundizando en esa Guatemala en busca de sus desaparecidos-, y la nueva mirada al proyecto con el argentino Santiago Otheguy, que firmaba el inmenso trabajo en Monos, del colombiano Alejandro Landes, y como director de La León (2007), una cinta que también tocaba el tema de la homosexualidad. Todos acompañantes de este viaje al alma humana, a nuestros lugares más profundos, y como nuestros deseos e ilusiones chocan contra la intolerancia y la persecución de una sociedad que, todavía mantiene valores del medievo, donde la religión, ya desde el estado, se ha convertido en el amo y señor de la legislación en materia de relaciones políticas, sociales y personales de la población, una religión que exalta valores y actitudes de corrección moral, basados en la familia tradicional y heterosexual, y en la religión, en este caso evangélica, donde todo está hecho por y para Dios, donde lo diferente y las actitudes modernas, se persiguen y se exterminan.

Bustamante pertenece a una industria todavía muy incipiente, que se está formando y empieza a ver sus frutos en los certámenes internacionales, por eso ha optado por una forma de trabajo muy artesanal con los intérpretes,  contando con un plantel de debutantes, buscando la piel y las emociones, que han trabajo un año y medio con los personajes, entre los que destaca la inmensa labor de Juan Pablo Olyslayer como Pablo, ejerciendo esa opresión y angustia que vive su personaje, encerrado por un entorno intolerante, bien acompañado por Mauricio Armas Zebadúa como Francisco, su amante, el gran trabajo de Diane Bathen como Isa, la esposa despechada que reaccionará como un animal salvaje y herido dispuesta a todo, y finalmente, la impresionante Sabrina de la Hoz como Clara, la mujer del pastor, y maestra de ceremonias en la conversión, una especie de cruce entre lo maléfico y lo íntimo, con ese aire de soberbia y fanatismo. Temblores se erige como un ejemplo de grandísimo cine, social y político, el cine que muestra sin juzgar, hablando de temas candentes que existen en países latinoamericanos, con el aumento de partidos de ultraderecha que quieren imponer un modelo conservador y de persecución contra aquellos que no lo acepten.

La película pone sobre la mesa conflictos que, incluso existen en países occidentales, como pudieran ser España o Francia, donde las practicas radicales religiosas como las terapias para curar la homosexualidad, tratada como una enfermedad, se vienen haciendo con el beneplácito de autoridades, donde las diferentes secuencias que vemos en la película, nos informan de unas prácticas deshumanizadas y salvajes, más propias de regímenes dictatoriales, que atentan directamente contra la libertad individual, y a la anulación sistemática de los deseos personales y la negación de nuestra verdadera identidad, y sobre todo, la perdida de nuestra verdadera personalidad, abocándolo a una existencia de orden establecido, a un matrimonio forzado y a un amor, completamente vacío y triste. Como explica el director, el miedo usado como represión, en una sociedad donde todo está supeditado a la apariencia social y a seguir con la tradición del matrimonio e hijos para continuar con la estirpe tradicionalista, conservadora y heterosexual, y todo aquello que se sale de esos cánones establecidos por la iglesia, se persiguen y se aniquila sin contemplaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, de Arnaud Viard

LOS SUEÑOS NUNCA TERMINAN.

“El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente”

Henry F. Amiel

La película se abre con la celebración del setenta cumpleaños de Aurore, la madre viuda de los cuatro hermanos Armanville: el mayor, Jean-Pierre, los ojitos derechos de su madre, ha asumido el rol del padre fallecido. Juliette, anuncia su embarazo mientras trata de encontrar tiempo en sus clases para escribir su novela. Margaux, la talentosa de la familia, intenta ganarse la vida con la fotografía artística, y finalmente, Mathieu, que quiere seducir a Sarah, una compañera de trabajo. Así, están las cosas en el seno de los hermanos Armanville, cada uno con sus pequeñas tragedias personales y cotidianas, cada uno queriendo ser aquello con lo que soñaron alguna vez cuando eran niños, porque la película se centra en el deseo, en todo aquellos sueños que nos devoraron y algunos quedaron en el camino, y otros, siguen siendo esperanzas pasadas que de tanto en tanto se apoderan de nuestro presente tan lejano.

El relato se centra en Jean-Pierre, alguien apesadumbrado y derrotado, alguien casado y con una hija, con un trabajo exitoso como vendedor, no muy satisfecho con su vida. Un día, recibe la llamada de Héléna, una famosa actriz que le comunica que padece cáncer, un amor de juventud de Jean-Pierre, cuando deseaba convertirse en actor. Ese encuentro remueve demasiadas cosas en él, que le hará tomar unas decisiones que afectarán profundamente al resto de los hermanos. La tercera película como director de Arnaud Viard (Lyon, Francia, 1965), dedicado a la interpretación desde hace más de un cuarto de siglo, que le ha llevado a trabajar con cineastas de la categoría de François Ozon, Eleanor Coppola, Philippe Harel, entre muchos otros. Viard debutó como director con la comedia romántica Clara y yo (2004), donde exploraba la solidez de un amor apasionado con las circunstancias de la vida, con Arnaud hace su segunda película (2015), se adentraba en su propia existencia, a modo de autoficción, en la que se miraba al espejo con una mirada crítica y divertida.

Ahora, basándose en la novela homónima de Anna Gavalda, en la que rescata algunos de sus relatos para construir una película en torno a la familia, a los deseos personales y sobre todo, al repaso de nuestras vidas, a esos pasados que nos tocan a la puerta en los momentos más inesperados, esos pasados que nos vienen a juzgar nuestro recorrido vital, preguntándonos que quedó de aquel joven apasionado que quería ser artista, y en qué se ha convertido, que ha hecho de su vida. Viard compone una película irónica, llena de humor, también de ligereza, esa suavidad que tanto caracteriza ese cine francés comercial capaz de hablar de temas personales y profundos, sin caer en el dramatismo de otras películas, manteniendo esa línea maravillosa y delicada en la que son capaces de afrontar temas como la enfermedad, los problemas mentales y demás situaciones sensibles y complejas. El cineasta francés construye con energía y ritmo las existencias de los cuatro hermanos, tan distintos y parecidos entre ellos, como todas las familias, que mencionaría Chéjov, el cronista por excelencia de los retratos familiares profundos y sinceros.

El retrato de los Armanville tiene momentos tragicómicos, donde sería el melodrama con aires de melancolía el espacio donde se sustenta, teniendo la generosa y capacidad interpretativa en uno de sus elementos más importantes, encabezados por la naturalidad de Jean-Paul Rouve como el atormentado hermano mayor, que ve como su pasado vuelve para rendirle cuentas con su yo joven. Alice Taglioni como la escritora que ve como su vida se estanca y no llega ese libro que tanto desea escribir. Camille Rowe es la fotógrafa que lucha por reivindicar su trabajo y que vaya más allá que un mero disparador de retratos sin más. Y Benjamin Laverne el enamorado que duda entre lo que desea y el fracaso. Y la gran Aurore Clément como la matriarca de este clan bien avenido aparentemente, pero cada uno demasiado oculto de sus verdaderas inquietudes. Viard ha hecho una película sincera y sensible, que toca temas difíciles y nada cómodos, temas que nos devolverán todo lo que fuimos y todo aquello que dejamos por el camino, todos aquellos deseos que no cumplimos, que dejamos que se perdieran, que tarde o temprano vendrán a saldar cuentas, en forma de amor de juventud, fotografía de aquellos años, o canción como la de de New Order, “Dreams never end”, esos sueños que nunca terminan, esos sueños que siguen ahí, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El último arquero, de Dácil Manrique de Lara

RECUPERAR LA MEMORIA.

“No puedo devolverte tus recuerdos, pero sí que puedo contar quién eras para mi”

La memoria familiar ha sido, desde tiempos inmemoriales, objeto de estudio, conocimiento y reflexión para muchos artistas que, se han acercado a explorarla a través de sus medios artísticos. El cine de no ficción ha encontrado en la memoria su razón de ser, investigando el pasado y contextualizando en el presente, películas como El cielo gira (2004), de Mercedes Álvarez, rastreaba las huellas del pasado de su pueblo Aldealseñor (Soria), para construir una memoria familiar, colectiva y personal, en Nadar (2008), de Carla Subirana, era un viaje para formular el pasado familiar, histórico y personal, a partir de las tres mujeres de la familia, incluida la propia directora, y en África 815 (2014), de Pilar Monsell, donde rescataba la biografía paterna y familiar a través de los archivos paternos. Tres formas diferentes y complementarias de acercarse al pasado familiar y personal, a través de los objetos, restos y huellas que dejan los ausentes. El último arquero, opera prima de Dácil Manrique de Lara (Las Palmas de Gran canaria, 1976),  fomentada en la dirección de arte de cine, televisión, publicidad y videoarte, es una película que podría sumarse a las citadas, porque también nos propone un viaje íntimo y muy personal que emprende la directora para acercarse a la memoria familiar a través de las figuras de sus abuelos, el pintor Alberto Manrique (1926-2018) y Yeya Millares, violinista.

A partir de los testimonios de sus abuelos, las imágenes de súper 8, los diarios de la abuela, y la propia narración de la directora, la obra nos sumerge en la isla de Gran Canaria, viajando por un relato que arranca en 1926 y finaliza, o podríamos decir, que continúa en la memoria de los espectadores, descubriéndonos la figura del pintor, un erudito de la acuarela, y dejándonos llevar por sus pinturas imposibles, donde sus objetos no tienen peso, flotan y se deslizan por el dibujo, escenificando imágenes surrealistas, para escapar de esa realidad incomprensible, o mejor dicho, para construir una realidad más acorde a todo lo que emana en nuestro interior, a todo aquello realmente inconexo y extraño que habita en lo más profundo de nuestra alma. Manrique de Lara plantea varias voces y encuentros, los de sus abuelos, que va reconstruyendo a partir de sus testimonios, imágenes y reflexiones de ellos y suyas, fusionándolas con su propia memoria, la madre soltera, el padre ausente, sus abuelos convertidos en sus padres, su intento de asesinato cuando era una niña, su exilio a Madrid, y su vuelta para cerrar el círculo, enfrentándose a sus propios traumas y pesadillas, pero también, a las alegrías y abrazos con sus recuerdos infantiles con sus abuelos.

Los 74 minutos de la película pasan como una suave brisa frente al mar, hay tiempo para hablar de tristeza, de las derrotas que ocasiono la guerra y el franquismo así como el trauma que persigue a la directora, pero también, hay tiempo para la alegría y la reconciliación y el abrazo, reivindicando el arte, no solo como una herramienta personal e íntima de múltiples variantes y experimentaciones, sino como un vehículo primordial para la sanación personal, a través de los sueños y realidades que provoca, y sobre todo, como elemento indispensable para la vida y sus circunstancias, evocando la cita que abre la película: “Sin el arte, la crudeza de la realidad haría que el mundo fuese insoportable”, de George Bernard Shaw. Un guión firmado por la propia directora e Isabelle Dierckx, con la colaboración de Elena Goatelli y Andrés M. Koppel, que seduce desde sus primeras imágenes, sumergiéndonos en la biografía de Manrique y su esposa, y todos aquellos otros artistas que crecieron juntos, imaginando universos imposibles, en un país demasiado oscuro y sin futuro.

El último arquero, en relación al propio Alberto Manrique, como el último superviviente que, en 1950, junto a  los artistas Felo Monzón, Agustín y Manolo Millares, fundaron LADAC (“Los arqueros del arte contemporáneo”), conectándonos con lo humano, esa materia sensible y delicada, donde nos invita a una exploración íntima del pasado, a partir de los restos del naufragio, de sus huellas, volviéndolas a mirar y extrayendo todo aquello que la memoria y el tiempo se empeña en borrar, dejando que los recuerdos fluyan y experimentando todo aquello que la película va rescatando y recordando, en los mismos espacios donde se desarrollaron las situaciones, devolviéndoles la magia de volver al pasado a través de lo conservado. Una película sencilla y honesta, que emociona por sus imágenes, sus recuerdos, y sobre todo, su aproximación al mundo de la pintura, del arte, a partir de las experiencias bellas y dolorosas de la familia, reconstruyendo una memoria que sigue latente, despierta y frágil, que no solo interpela constantemente a Manrique y Yeya, sino también, a la directora, y a todos aquellas personas ausentes que siguen entre nosotros, aunque ya no podamos verlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La familia Samuni, de Stefano Savona

REFUGIADOS EN SU PROPIA TIERRA.

(…) Pensó en la incomprensible secuencia de cambios que componen una vida, en todas las bellezas y horrores y absurdos cuya conjunción crea el esquema, imposible de interpretar, pero divinamente significativo, del destino humano.

Aldous Huxley

Una vez escuché que, no recuerdo al autor, que el cine llega cuando los medios se han marchado, cuando la actualidad deja paso a otra, es entonces cuando el cineasta llega con su cámara y filma lo que ya no es actual, con tiempo para mirar y profundizar en los hechos, de ahora y antes, y escucha a las personas que allí están, personas que deberán seguir viviendo cuando todos se vayan, personas marcadas por la tragedia, personas que arrastrarán su dolor, personas que son escuchadas y filmadas por la cámara del cineasta. La filmografía de Stefano Savona (Palermo, Italia, 1969) ha indagado en los conflictos de oriente medio, en su primera película Notes from a Kurdish Rebel (2006), ponía el foco en una combatiente kurda del PKK, en Cast Lead (2010), entraba en la franja de Gaza en plenos ataques del ejército israelí, en Spezzacatene (2010), mostraba una película sobre la tradición oral de los campesinos sicilianos, parte de un proyecto más extenso, en Palazzo delle Aquile  (2011), registraba la cotidianidad del asalto de un grupo de homeless a un palacio como protesta, y en Tahir: Liberation Square, del mismo año, retrató la protesta de los egipcios para acabar con el régimen autoritario.

El cineasta italiano vuelve a la zona norte de la franja de Gaza, un lugar apartado de todo, y filma a la familia Samuni, una familia de agricultores que jamás ha estado involucrada en política, que vio como en enero de 2009, sufrió unos terribles ataques por parte del ejército israelí que asesinó a 29 de sus miembros y arrasó la comunidad. Después de ese ataque, Savona filma a sus miembros y el barrio arrasado, los escucha detenidamente, captura su cotidianidad y ejerce de retratista después de la tragedia y el horror, profundizando en los que están y los que ya no están, siguiendo un diario de ese horror cotidiano, como hacía Rossellini en Alemania, año cero, justo después de finalizaba la Segunda Guerra Mundial, filmando las calles arrasadas de Berlín, junto a Edmund Kohler, un niño que al igual que la niña que observamos, se mueve entre los escombros y el horror. El director siciliano mira con respecto y silencio a los miembros de la familia, una familia rota, que se han quedado sin familiares y amigos, sin trabajo y sin nada, y empiezan a reconstruir su barrio, poco a poco.

La película se divide en dos partes. En la primera, estamos en la actualidad, después de la tragedia, siguiendo la cotidianidad de los miembros de la familia, escuchándolos y filmándolos. En la segunda parte, la película se traslada al pasado, a ese enero fatídico cuando sufrieron los ataques, mediante la animación, a partir de la técnica del esgrafiado, obra del artista Simone Massi, que, a través de animaciones de 2D y 3D, y en blanco y negro, de forma onírica, realista y precisa, va contándonos los hechos de una forma íntima y dolorosa, utilizando los relatos y testimonios de los supervivientes. Savona ha realizado un trabajo exhaustivo y conmovedor sobre el horror que sufren tantos palestinos, a través de una familia cualquiera, una familia sencilla y humilde, huyendo de lo melodramático para mirar y tejer un retrato sobrio, conciso e intenso sobre las terribles secuelas de una familia después de la tragedia, y como continúa la vida, si es que continúa de algún modo.

La familia Samuni  tendría en Homeland (Irak Año Cero), de Abbas Fahdel, una monumental obra de más de 5 horas, en que el cineasta iraquí filma a su familia antes y después de la guerra, construyendo un poderoso, sensible y magnífico retrato de la existencia de los iraquíes. Savona ha construido una obra inmensa, de gran calado humanista, muy alejada de esa realidad que nos venden los medios, sumergiéndose en una realidad que no parece interesar a nadie, conociendo a unas personas que están obligadas a vivir una realidad terrorífica y deshumanizada, una realidad que el cineasta italiano sabe plasmar con sabiduría y paciencia, captando todas las emociones que desprenden los diferentes habitantes del lugar, un lugar que se ha alzado después de todo, y sigue manteniéndose a pesar del dolor, unas gentes que seguirán levantándose porque desgraciadamente, no les queda otra, y como nos explicaba Kiarostami en su película, después de los dantescos terremotos de Bam, la vida continúa… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA