Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias

Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, directora y actriz de la película «Qué buena broma, Bromelia», en una cafetería del Borne en Barcelona, el viernes 2 de diciembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

El fred que crema, de Santi Trullenque

INVIERNO DE 1943, EN LA FRONTERA.

“Toda bondad y heroísmo surgen de nuevo, para luego ser destruidos y volver a resurgir. El mal nunca triunfará, pero tampoco morirá”.

John Steinbeck

Erase una vez… Durante el invierno de 1943, en Andorra, en uno de esos pueblos fronterizos, nos encontramos con Sara y Antoni que esperan su primer hijo y apenas tienen algo que echarse a la boca. Toda su triste realidad cambiará cuando deben acoger a una familia judía huida con los nazis al acecho. Un suceso que, además, destapará tensiones familiares que vienen del pasado. El fred que crema, la opera prima de Santi Trullenque (Barcelona, 1974), tiene una estructura de cuento de toda la vida, con la misma apariencia que le gustaban a Manuel Gutiérrez Aragón, sino recuerden El corazón del bosque, mezclado con el aroma del western fronterizo muy propias de Hawks, y también, la amargura y la tristeza que acompañan a los individuos que pululaban por esos relatos sucios y amargos como en McCabe and Mrs. Miller (1971), de Robert Altman, en Perros de paja (1971), de Sam Pekinpah, y en El gran silencio (1968), de Sergio Corbucci, y esos ecos de las tradiciones de los pueblos, con sus canciones, sus bailes, y sus conflictos, y aún más, salidos de una durísima Guerra Civil.

El relato, que parte de la obra teatral Fred, de Agustí Franch que coescribe el guion con el propio Trullenque, está construido a través de sus personajes, de aquello que saben, que ocultan, y de  aquello otro que temen. Unos personajes que se ven envueltos en un conflicto complejo, debatiéndose entre lo que les dicta la razón y por otro lado, la emoción, en una tensión in crescendo que la asemeja a un cuento de terror clásico donde la amenaza y la muerte se ciernen sobre los habitantes del pueblo. Con un magnífico trabajo técnico donde todos los apartados van a una, consiguiendo esa conjunción que funciona con fuerzo y brío, con una luz que firma Àlex Sans, que debuta en el largometraje de ficción, llena de contrastes y sólida que marca con sabiduría todos los conflictos que se van sucediendo, donde el color rojo sobresale en ese paisaje blanco y muy gélido, con unos estupendos interiores iluminados con luz natural y cálida. La fantástica composición del música Fancesc Gener, que ha trabajado con Laura Mañá, Miguel Courtois y la reciente Chavalas, con una banda sonora que explica todo aquello que sienten los personajes sin caer en el subrayado.

El grandioso trabajo de sonido del tándem Èric Arajol Burgués y Sisco Peret, que han trabajado en películas de Mar Coll, Claudio Zulián, entre otras, y el estupendo montaje de Marc Vendrell, debutante en el largometraje, con un sobrio ejercicio que llena de ritmo y tensión las casi dos horas de metraje. El equipo artístico brilla a la misma altura que la parte técnica, porque tenemos a una maravillosa Greta Fernández en la piel y la fuerza de Sara, una mujer en su sitio que sabe que le conviene y pondrá su familia por delante ante este asunto que cada vez está más negro, y su marido, el Antoni en el rostro de Roger Casamajor, un actor de pura sobriedad y un tipo que a pesar de todo en contra hará lo imposible para salvar a la familia judía, el gran Pedro Casablanc en uno de esos personajes que arrastran mucho pasado, Adrià Collado en la piel del “otro” del pueblo, acérrimo enemigo de Antoni, y el cacique del pueblo, y finalmente, el lobo de la historia, el oficial nazi Lars, al que todos temen y rehúyen, interpretado magníficamente por el actor Daniel Horvath.

Trullenque ha construido una película de personajes, sumergidos en una tensión psicológica agobiante, como en las películas de antaño, donde seguimos a unos individuos metidos en tesituras morales difíciles de lidiar, porque en El fred que crema todo pende de un hilo, y en muchas ocasiones, todos vigilan y todos son vigilados, porque nada pasa porque si, porque tanto los que se ocultan tiene  la necesidad de sobrevivir para seguir en la pelea y los otros, los invasores, tienen ojos en todos los sitios y lo escuchan todo, y tarde o temprano darán con el agujero y ya nada será igual. También, podemos ver la película como un análisis profundo y certero sobre la naturaleza del mal, sobre los hechos y las conductas que nos hacen tomar aquella u otra decisión que tendrá una repercusión trascendental en nuestras vidas, y cómo afectan esas decisiones a los que viven con nosotros o dependen emocional o económicamente de nosotros. Difícil gestión de unos hechos que nos sobrepasan, del que estamos condenados, que nos defendemos como podemos, con nuestros miedos, desesperanzas y hambre.

Trullenque no lo tenía nada fácil en su primer película para la gran pantalla, pero se ha lanzado con una buena historia, una forma que atrapa y unos intérpretes que transmiten humanismo y cercanía, y ha conseguido salir bien parado del envite que no era nada fácil, porque ya vendrán los de siempre diciendo que otra película sobre la guerra y los nazis, y no sé que más, porque al que suscribe le pasa todo lo contrario, que le faltan más películas sobre la guerra y sobre nazis, y sobre todo, porque los humanos o si nos queda algo de humanos, seguimos optando por la guerra, por el terror y por matar a los demás por el bien de nuestros objetivos o lo que sea, nuca lo entenderé y mejor así, porque me ocurriría como a los personajes de El fred que crema que sin comerlo ni beberlo anteponen la vida a la suya propia, y defienden la humanidad ante el terror de los otros, esos que solo desean destruir, y ante eso, la vida, la alegría, cantar las canciones junto al fuego y esas cosas en las que estamos pensando… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Laura Castro

Entrevista a Laura Castro, actriz de la película «El alma quiere volar», de Diana Montenegro, en el marco del LATCinema Fest en los Cinemes Girona en Barcelona, el domingo 3 abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Castro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los pasajeros de la noche, de Mikhaël Hers

UNAS VIDAS DURANTE LOS OCHENTA.

“Quedará lo que fuimos para otros. Trocitos, fragmentos de nosotros que quizá creyeron entrever. Habrá sueños de nosotros que ellos nutrieron. Y nosotros no éramos nunca los mismos. Cada vez éramos esos magníficos desconocidos, esos pasajeros de la noche que ellos se inventaron, como sombras frágiles, en viejos espejos olvidados en el fondo de las habitaciones”.

El universo del cineasta Mikhaël Hers (París, Francia, 1975), pivota sobre la idea de la ausencia, la que sufrían Lawrence y Zoé, novio y hermana de la fallecida Sasha en Ce sentiment de l’eté (2015), y David, que perdía a su hermana mayor y debía hacerse cargo de la hija de esta, Amanda en Mi vida con Amanda (2018). El mismo vacío que padece Élisabeth, una mujer a la que su marido acaba de dejar para irse a vivir con su novia en el lejano 1984. Un guion de libro, bien detallado que firman Maud Ameline, que vuelve a trabajar con el director después de Mi vida con Amanda, Mariette Désert y el propio director, que recoge el ambiente de aquellos años con sutileza, con momentos felices, tristes y agridulces.

La película arranca con unas imágenes reales, las de aquel 10 de mayo de 1981, el día que Mitterrand ganaba las elecciones francesas y se abría una etapa de euforia y felicidad. Inmediatamente después, nos sitúan en 1984, en el interior de las vidas de la citada Élisabeth y sus dos hijos, Judith, una revolucionaria de izquierdas en la universidad, y Matthias, un adolescente de 14 años, pasota y perdido. La llegada de Talulah, una chica de 18 años, que vive sin lugar fijo y frecuenta mucho la noche, cambiará muchas cosas en el seno de la familia, y sobre todo, los hará posicionarse en lugares que jamás habían imaginado. La mirada del director, que en la época que se sitúa su película era un niño, es una crónica de los hechos de verdad, muy humana y cercanísima, alejándose de esa idea de mirar el pasado de forma edulcorada y sentimentalista, aquí no hay nada de eso, sino todo lo contrario, en los que nos cuentan la idea de empezar de cero por parte de Élisabeth, una mujer que debe trabajar y tirar hacia adelante su familia, con la inestimable ayuda de un padre comprensivo y cercano.

La historia recoge de forma extraordinaria la atmósfera de libertad y de cambio que se vivía en el país vecino, con momentos llenos de calidez y sensibilidad, como esos momento en el cine con los tres jóvenes que van a ver Las noches de luna llena, de Éric Rohmer, protagonizada por la mítica actriz Pascal Ogier, desaparecida en 1984, una referencia para Talulah, con la que tiene muchos elementos en común, el momento del baile que da la bienvenida a 1988, y qué decir de todos los instantes en la radio con el programa que da título a la película, “Los pasajeros de la noche”, para todos aquellos que trabajan de noche, y todos aquellos otros que no pueden dormir, y necesitan hablar y sentirse más acompañados. A través de dos tiempos, en 1984 y 1988, y de dos miradas, las de madre e hijo, la película nos habla de muchas cosas de la vida, cotidianas como el despertar del amor en diferentes edades, la soledad, la tristeza, la felicidad, la compañía, aceptar los cambios de la vida, aunque estos no nos gusten, y demás aspectos de la vida, y todo lo hace con una sencillez maravillosa, sin subrayar nada, sin dramatizar en exceso los acontecimientos que viven los protagonistas.

Como ya descubrimos en Mi vida con Amanda, que se desarrollaba en la actualidad, Hers trabaja con detalle y precisión todos los aspectos técnicos, donde mezcla fuerza con naturalidad como la formidable luz que recuerda a aquella ochentera, densa y luminosa, que firma un grande como Sébastien Buchman, con más de 70 títulos a sus espaldas, un exquisito y detallista montaje de otra grande como Marion Monnier, habitual en el cine de Mia Hansen-Love y Olivier Assayas, que dota de ritmo y ligereza a una película que abarca siete años en la vida de estas cuatro personas que se va casi a las dos horas. Un reparto bien conjuntado que emana una naturalidad desbordante y una intimidad que entra de forma asombrosa con un excelente Didier Sandre como el padre y el abuelo, ayuda y timón, que en sus más de 70 títulos tiene Cuento de otoño, de Rohmer, Megan Northam es Judith, la hija rebelde que quiere hacer su vida, la breve pero intensa presencia de Emmanuelle Béart haciendo de locutora de radio, solitaria y algo amargada.

 Mención aparte tiene el gran trío que sostiene de forma admirable la película como Quito Rayon-Richter haciendo de Matthias, que encuentra en la escritura y en Talulah su forma de centrarse con el mundo y con el mismo, con esos viajes en motocicleta, que recuerdan a aquellos otros de Verano del 85, de Ozon, llenos de vida, de juventud y todo por hacer, una fascinante Noée Abita, que nos encanta y hemos visto en películas como GénesisSlalom y la reciente Los cinco diablos, entre otras, interpretando a Talulah, que encarna a esa juventud que no sabe qué hacer, y deambula sin rumbo, sola y sin nada, que conocerá el infierno y encontrará en esta familia un nido donde salir adelante, y finalmente, una deslumbrante Charlotte Gainsbourg, si hace falta decir que esta actriz es toda dulzura y sencillez, como llora, como disfruta, ese nerviosismo, esa isla que se siente a veces, como mira por el ventanal, con ese cigarrillo y esa música, que la transporta a otros tiempos, ni mejores ni peores, y ese corazón tan grande, que nos enamora irremediablemente. Nos hemos a emocionar con el mundo que nos propone Mikhaël Hers, que esperemos que siga por este camino, el camino de mirar a las personas, y describiendo con tanta sutileza y sensibilidad la vida, y sus cosas, esas que nos hacen reír, llorar y no saber lo que a uno o una les pasa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa entre los cactus, de Carlota González-Adrio

LA FAMILIA FELIZ. 

“La familia está rodeada de dolor”

Ernesto Sábato

Las imágenes que abren una película deberían ser unas imágenes que fueran acorde con la historia que se pretende contar. En La casa entre los cactus siguen esta premisa con eficacia e inteligencia, porque las imágenes que nos introducen al relato son muy potentes e inquietantes, que nos recuerdan al comienzo de El resplandor, de Kubrick, con esas montañas y la cámara avanzando entre ellas, llevándonos hacia esa casa, una casa anclada en un hueco, alejada de todos y todo, rodeada de abundante vegetación y los imponentes cactus, toda una metáfora de ese lugar, un lugar bello, aparentemente demasiado tranquilo y sobre todo, que encierra un secreto. La ópera prima de Carlota González-Adrio (Barcelona, 1996), que ya despuntó con su interesante cortometraje Solsticio de verano (2019), que también daba vueltas en el entorno familiar y un secreto que se nos revelaría poniendo patas arriba el aparentemente orden.

Con su primera película, no abandona el núcleo familiar ni tampoco ese artificioso espacio de felicidad, porque nos sitúa en algún rural de las Islas Canarias, en la década de los setenta, maravilloso el trabajo de arte de Soledad Seseña, que la hemos visto en películas de Fernando León de Aranoa, Fernando Colomo y Joaquín Oristrell, entre otros, con esa ropa ajustada y volantín, ese mercadillo que abre y cierra la película, y esos coches con el mítico Renault 4 mítico y demás. El guion obra de Paul Pen, basado en su novela homónima, similar proceso que hizo con El aviso (2018), que llevó al cine Daniel Calparsoro, es un cuento de terror, pero a la forma clásica, donde destaca el aspecto psicológico y todo lo que se calla y se silencia, dejando de lado el susto fácil y el subidón de sonido, tan de modo en los tiempos actuales. Aquí, seguimos la cotidianidad de esta familia, en pleno verano caluroso y agobiante, una familia formada por el matrimonio pasados los cuarenta, y las cinco hijas: la mayor, Lis, que perderá la vida trágicamente, después Iris, la joven devoradora de Jane Austen y deseosa de ver, descubrir y enamorarse, luego encontramos a Melissa, la adolescente apasionada del dibujo, observadora e inteligente, y finalmente, Lila y Dalia, las dos gemelas que, algunas veces, optan la personalidad de Margarita.

Una historia bien construida, dosificando la información de forma excelente, como mandan los cánones, con sus estupendos ochenta y ocho minutos que dan para mucho, explicando y callando todo aquello necesario, creando esa atmósfera malsana y perturbadora con el aroma de los mejores relatos de terror de la época victoriana. Todo ese ambiente raruno y frío cambiará con la llegada del intruso, de un visitante inesperado que no pasa de largo sino que se queda, y ese no es otro que Rafa, un tipo que parece perdido o eso al menos dice. La poca experiencia de la directora se nutre como hacía Querejeta en sus películas, con un buen puñado de grandes profesionales como Zeltia Montes en la música, que ha trabajado en thrillers como Adiós, El silencio del pantano y comedias negras como El buen patrón, entre otras, el montaje de Sofi Escudé, que ha estado en trabajos de Mar Coll, en series como Todos mienten y Hache, y en películas tan estimulantes como Las niñas (2020), de Pilar Palomero, y un fenómeno de la luz cálida y transparente como el cinematógrafo Kiko de la Rica, un crack que tiene una filmografía con nombres tan ilustres como los de Medem, Calparsoro, De la Iglesia, Verger y David Serrano, entre otros.

El reparto está muy bien escogido, porque son intérpretes de sobrada calidad y experiencia como Ariadna Gil, sobran los elogios para una de las grandes de nuestro cine, en el rol de una madre protectora y llena de vida, que esconde algo, no sabemos qué, al igual que el padre, un Daniel Grao, que sabe interpretar todo lo que le echen, en la piel de un progenitor que manda y controla a sus hijas. Y luego, están las hijas: Aina Picarolo como Iris, que se ha fogueado en varias series, Zoe Arnao, que la recordamos como Brisa, una de las maravillosas protagonistas de Las niñas, y las dos gemelas debutantes Anna y Carla Ruiz. Amén del visitante, ese recién llegado hostil, alguien que hay que expulsar del paraíso creado por Emilio y Rosa, esos padres junto a sus hijas, que no es otro que Ricardo Gómez, con otro interesante papel como los que ha hecho en El sustituto y en Mía y Moi, generando ese ser del que no se sabe nada y parece querer algo, alguien que aparece de la nada y que viene a desmontarlo todo, una especie de Terence Stamp en Teorema, de Pasolini, pero en otro aspecto del misterio que se cierne sobre esa familia. 

La casa entre los cactus bebe mucho, tanto de la literatura de los cincuenta como del cine setentero, que posaron su mirada en el realismo social, en la violencia de lo rural, en lo atávico y en lo más intrínseco de la condición humana de las gentes de este país, con títulos tan recordados como La familia de Pascual Duarte, de Cela, El Jarama, de Ferlosio y Con el viento solano, de Aldecoa, en los libros, y Furtivos, de Borau, y las adaptaciones de las novelas citadas dirigidas por Ricardo Franco y Mario Camus, respectivamente. Carlota González-Adrio ha tejido una primera película con hechuras, valiente y sobria, alejándose de modas y corrientes de la actualidad, yéndose a los grandes temas de la literatura y el cine, construyendo una interesantísima y profunda reflexión sobre el hecho de ser padres, del significado de construir una familia y sobre todo, las consecuencias de las decisiones por cumplir unos deseos que, quizás, debían haberse quedado en un lugar cerrado, en una de las películas más oscuras y terroríficas sobre los aspectos más profundos e inquietantes de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Labordeta, un hombre sin más, de Paula Labordeta y Gaizka Urresti

EL POETA DEL PUEBLO.

“Recuérdame como un árbol batido; como un pájaro herido; como un hombre sin más. Recuérdame como un verano ido; como un lobo cansino; como un hombre sin más”

De la canción Ya ves, de José Antonio Labordeta

Cuando todavía era niño no entendía el activismo de mi padre, aunque siempre que mi madre me dejaba, lo acompañaba. Él siempre estuvo afiliado a partidos de izquierda, incluso llegó a ser candidato a la alcaldía de Sabadell. Era feliz acompañándolo a enganchadas de carteles, reuniones y diferentes actos políticos y manifestaciones. Lo que más recuerdo de aquellos años, años de agitación política que raro era el día que no se escuchaban muchas canciones protesta, entre ellas, como no, “Canto a la Libertad”, de José Antonio Labordeta (1935-2010), que nació un año antes que mi padre. De adulto, conocí a Labordeta , tanto al poeta como al hombre, y no era solo aquel tipo de “Un país en la mochila” de TVE, sino un hombre del pueblo, alguien que siempre defendió al reprimido, al perseguido, al huido, a aquel que siempre se enfrentó al capital, como se decía antes. Un hombre que escribió, cantó y habló sobre los derechos de los olvidados, de los que nadie hacía caso, de los que no paran de trabajar y apenas tienen algo. Perteneció a la generación de mis padres, aquellos que crecieron en dictadura, aquellos que no se dejaron domar, como decía el gran Marcelino Camacho, aquellos que trajeron la libertad y la democracia a este país, con sus luchas, protestas, política y humanidad.

La película Labordeta. Un hombre sin más, de Paula Labordeta, su hija menor, que ha estado toda la vida realizando televisión, junto a Gaizka Urresti, cineasta de larga trayectoria que ha producido a gente tan importante como Agustí Villaronga, Carlos Saura y Santiago Tabernero, entre otros, y dirigido películas sobre Buñuel o Luis Eduardo Aute, entre otros. La película con guion de Miguel Mena, Ana Labordeta y los propios directores, no es un homenaje al uso, porque profundiza en su lado más íntimo y personal, y lo hace a través de los suyos, su viuda Juana de Andrés, sus tres hijas, Ana, Ángela y Paula, y sus nietas, amén de amigos como el dramaturgo Sanchis Sinistierra y algunos más, e indagando en el hombre desde dentro, del humano, del que dudaba, del que sentía miedo, del que se frustraba, pero también reía, se ilusionaba, y a pesar de los pesares, como diría el poeta, seguía en la lucha, aunque bien sabía que había mucho que hacer para conseguir tan poco, cosas de este país tan oscuro y tan triste, donde siempre acaba mal, como mencionaba Gil de Biedma.

La cinta repasa su vida, sus publicaciones, su poesía, su etapa como político, su vida familiar, y sus tantas vidas de alguien inquieto, muy curioso, y alguien que miraba el mundo desde otras perspectivas, desde otra forma, y hacía música para reivindicar a lo pequeño, a lo sencillo, a todo aquello que se les negaba a sus gentes sin más de Aragón. Como buen retrato, no hay espacio para el edulcoramiento y demás falsedades narrativas, porque el propósito de la película es abordar todo aquello del hombre que menos se conoce, porque vemos momentos célebres de su vida, y otros, menos cómodos, donde le asaltaban las dudas, la desilusión y la tristeza. La película ayudará a recordar a uno de los grandes tipos que vivió, cantó y luchó en buena parte de la dictadura y su final, y aquellos años de euforia de la democracia recién nacida y su posterior asentamiento, aquellos años de miedo y oscuridad que muchos intentan contar de otra manera, y también, ayudará a todos aquellos que todavía no conocen su vida y quieran conocerlo, peor conocerlo de verdad, a través de sus hazañas, como contaba aquel tebeo mítico, y sus tristezas, que también las hubo, y las pasó como se pasan, con mucha ayuda y casi siempre en soledad.

El mayor logro de Labordeta. Un hombre sin más, de los muchos que tiene, es su sencillez, su transparencia y su humildad, porque hablar de un hombre como Labordeta que era todo humanidad e intimidad, requería una película así, una película construida como un homenaje de verdad, de los que ya apenas se hacen, con cara y ojos y cuerpo y alma, para hablar de alguien que era uno más, pero a pesar de su existencia sin más, logró destacar y convertirse en un referente, que en este pobre mundo tanta falta hacen, porque ahora parece que cualquier mojigato de tres al cuarto cree hacer algo y mucho más, qué equivocados andan, porque seguramente no conocen a tipos como Labordeta, que era mucho más de lo que fue, sin pretenderlo, y mucho menos sin buscarlo. Y también, es un sincero y profundo homenaje no solo a Labordeta sino a todos aquellos que le acompañaron, tanto conocidos como desconocidos, todos aquellos que lucharon por un mundo mejor y por un trozo de libertad. Para despedir este texto no puedo hacerlo de otras manera que cediendo la palabra y la música al poeta: “Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad… Vivan todos aquellos que soñaron con la libertad, y a José Antonio Labordeta, único, irrepetible y sobre todo, un tipo sin más, que hizo mucho, que en este país es toda una proeza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maria Chapdelaine, de Sébastien Pilote

LA TIERRA Y EL AMOR.

“No heredamos la Tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos”

Antoine de Saint-Exupery

El trabajo es el tema principal en las tres películas que ha filmado como director Sébastien Pilote (Chicoutimi, Saguenay, Canadá, 1973). En Le vendeur (2011), el cierre de una planta afecta a los trabajadores de un humilde pueblo. En Le démantèlement (2013), un granjero de sesenta años debe vender sus propiedades para ayudar a una hija, y finalmente, en La disparition des lucioles (2018), el entorno industrial asfixia a una adolescente que no encuentra la forma de encontrar su lugar. Podríamos decir que Maria Chapdelaine es su película más ambiciosa por varios factores. Se basa en una novela de éxito publicada en 1914 por Louis Hémon, que nos traslada a la década del diez del siglo pasado, al seno de la familia Chapdelaine, que viven a orillas del río Péribonka, al norte del lago Saint-Jean en Canadá. Una familia alejada de todos y todo, que trabaja la difícil tierra, en la que hay que talar los árboles en verano y cosechar para tener alimento para el durísimo invierno.

Los Chapdelaine tienen una vida muy dura, donde siempre hay algo que hacer, una vida que obliga a los hombres a pasar el invierno en las madererías para labrarse un futuro. El director canadiense construye su cuarta película a través de dos pilares fundamentales. En uno, la cinta funciona como una suerte de film antropológico, en el que asistimos a una forma de vida ya desaparecida, con el trabajo físico de la tierra, la madera y el ganado, el hogar familiar y las relaciones entre sus individuos, y por último, las visitas de amigos  al hogar de los Chapdelaine. En el otro, que alberga la última hora de la película, la trama se instala más profundamente en la mirada de la joven protagonista, la Maria del título, con sus diecisiete años, que está dejando de ser una niña para convertirse en una mujer, una etapa en la vida que conlleva elegir esposa para formar su propia familia. Así aparecen los pretendientes, muy diferentes entre sí, con François Paradis, el amor desde la infancia, pero con una vida de trampero, aventurero y guía, luego está Lorenzo Suprenant, el de la ciudad, que le ofrece una vida urbana muy alejada de su familia y su tierra, y por último, Eutrope Cagnon, el vecino, que le da una vida en el bosque, como ahora, trabajando duro la tierra y un porvenir futuro.

Uno de los grandes aciertos de una película inmovilista, en la que siempre estamos en el mismo espacio, es esa idea de dentro y fuera, lo emocional con lo físico, con la interesante reflexión que hace no solo de su entorno, sino también, de los ciclos de la naturaleza y por ende de la vida, y la maravillosa construcción de las miradas y los silencios de la acción, donde se sustenta todo su entramado emocional, en el que sobresalen esos momentos impagables de los encuentros con las visitas, donde se cuentan relatos de tiempos pasados, donde asistimos a la evolución de la vida y las formas de hacer, y esos otros de puro romanticismo, como el paseo de Maria y François buscando arándanos en el día de Santa Ana como manda la tradición, y qué decir de esos otros, donde madre e hija miran desde el porche a lo lejos a los hombres trabajar la madera, un silencio solo roto por los sonidos de desbroce. La película está filmada con detalle, belleza y sensibilidad, como esa apertura en el interior de la iglesia con esa mirada, y luego, el camino de vuelta a casa con la nieve cubriéndolo todo.

La exquisita y poderosa cinematografía de Michel la Veaux, en su cuarta colaboración con Pilote, teje con acierto y visualidad un espacio que podría caer en la postal, pero la película se aleja de esa idea, para conmovernos con sus poderosísimas imágenes tanto exteriores con la fuerza y la quietud de la naturaleza, y unos maravillosos interiores con los colores cálidos y terrosos, donde los quicios de las puertas y las ventanas actúan como lugares para mirar hacia afuera, creando esa idea de interior-exterior que nos remite, completamente, al western y a los relatos fordianos, y más concretamente aquella maravilla de ¡Qué verde era mi valle! (1941). La grandiosa labor de montaje de Richard Comeau, del que hemos visto Polytechnique (2009), de Denis Villeneuve y sus trabajos para Louise Archambault, entre otros, en un estupendo trabajo de concisión y ritmo para una película larga que supera las dos horas y media. La música de Philippe Brault, tercera película con el director canadiense, consiguiendo una elaboradísima composición que nos introduce con naturalidad a los avatares alegres y sobre todo, tristes de la película, sin caer en el preciosismo ni nada que se le parezca.

Un reparto bien conjuntado que emana vida, trabajo e intimidad, con la debutante Sara Montpetit en la piel de la anti heroína de este conmovedor y durísimo retrato. Le acompañan sus “padres” Sébastien Ricard y Hélène Florent, que muchos recordarán como una de las protagonistas de Café fe Flore (2011), de Jean.Marc Vallée, los “pretendientes” Émile Scheneider como François, Robert Naylor como Lorenzo y Antoine Olivier Pilon como Eutrope, que vimos como protagonista en Mommy (2014), de Xavier Dolan, algunos de los “visitantes” como Martin Dubreuil, un trabajador incansable y muy divertido, Danny Gilmore como el cura, Gabriel Arcand como el doctor y Gilbert Sicotte como Éphrem, amén de los otros hermanos de Maria. Pilote ha construido una película excelente, que se cuece a fuego lento, sin prisas y con mucha pausa, elaborando con mimo y sabiduría cada encuadre y cada plano, cada encuentro y cada desencuentro, generando esa agradable sensación en la que el espectador va conociendo los sucesos agridulces de la vida al mismo tiempo que los espectadores, en un retrato sobre la tierra con el mejor aroma de los que hacía Renoir, como por ejemplo El hombre del sur (1945), y otros como El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, donde familia, tierra y una forma de vivir adquirían toda la fuerza y también, toda la dureza de esas vidas ya desaparecidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre dos amaneceres, de Selman Nacar

KADIR Y SU FAMILIA.

“La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”.

Bertrand Russell

El ruido ensordecedor de unas máquinas fabricando tejidos abre la película, inundando toda la pantalla. El movimiento y la agitación es frenético, tanto de máquinas como de empleados, todo es un continuo torbellino de idas y venidas. Entre todo ese caos, emergen las figuras de los patronos. Dos hermanos: Serpil, el heredero y el mano dura de la empresa, y Kadir, siempre en la sombra, más apartado. Y es en esa última figura, en que la película se posara para contarnos el conflicto. Porque todo se tuerce y de qué manera, cuando uno de los trabajadores se introduce en una máquina para limpiar y un chorro de vapor descontrolado lo quema y es trasladado al hospital. A partir de ahí, la película seguirá a Kadir que, instado por su padre, hermano mayor y abogado de la empresa, tendrá la dura misión de convencer a la familia del accidentado de firmar y así eximir a la empresa de cualquier responsabilidad. Además, ese jornada que sirve de marco y emplazamiento para la película, también, es un día muy importante para el devenir del protagonista, ya que irá a cenar con su novia Esma y los padres de ésta.

La primera película de Selman Nacar (Uçak, Turquía, 1990), cuenta un conflicto moral, pero lo hace como si de un thriller se tratara, muy al estilo de Asghar Farhadi, en el que las veinticuatro horas que dura toda la trama, sirven para ahogar al protagonista literalmente, en una especie de día a contrarreloj en que todo se vuelve del revés y la solución parece imposible. El director turco se acompaña de una cinematografía espectacular, donde priman los planos cortos y medios en sitios cerrados, que aún remarca el aislamiento en el que se ve sometido Kadir. Un gran trabajo del cinematógrafo Tudor Valdimir Panduru, que tiene en su haber películas tan importantes como Los exámenes, de Christian Mungiu y Malmkrog, de Cristi Puiu, entre otras. El detallado y rítmico montaje que firman Bugra Dedeoglu, Melik Kuru y el propio director, acentúa esa carrera de velocidad en el que está envuelto el protagonista, en una especie de laberinto kafkiano donde todo se vuelve en su contra, donde cada vez está más solo y desesperado.

Entre dos amaneceres nos habla muy profundamente de las escalas de poder en la sociedad y en la propia familia, donde los poderosos hacen lo que sea por mantener su estatus y su posición, aún transgrediendo la ley y sobre todo, la moral, que la usan según su conveniencia e intereses personales y económicos. Kadir, un tipo noble e integro que se verá entre la espada y la pared de las artimañas de su familia y de la clase social a la que pertenece, un antihéroe a su pesar, que se verá arrastrado por las miserias de los suyos. Nacar se aleja completamente de los subrayados narrativos y formales, creando un entramado cinematográfico donde prima la sutileza y el detalle, en que las interpretaciones de su poderoso reparto ayuda a manejar el conflicto y desarrollarlo con inteligencia y audacia. Un reparto entre los que destaca Mucahit Kocack que se mete en la piel del desdichado Kadir, un individuo preso de su familia y las circunstancias, alguien que creía que pertenecía a otro mundo y estaba rodeado de otras personas. A su lado, le acompañan Nezaket Erden como Serpil, el hermano, o dicho de otro modo, el otro lado del espejo, el heredero sin escrúpulos capaz de todo para seguir manteniendo su estatus de poder, y finalmente, Burcu Göldegar como Esma, la novia de Kadir, que lo ama y que está a su lado.

Nacar ha construido una ópera prima que brilla en cada plano y encuadre, y sobre todo, en su peculiar descripción de las múltiples oscuridades de la condición humana, alejándose en todos los sentidos de la peliculita moralista de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, aquí hay intereses, poder y circunstancias y víctimas, ninguna se lo merece, ninguna ha hecho nada, solo existir y sobre todo, entorpecer, muy a su pesar, los caminos del poder, y sus ansias de riqueza y miseria. Porque lo que cuenta Entre dos amaneceres no es desgraciadamente, algo aislado, sino piedra común en estas sociedades occidentales en las que vivimos o simplemente, sobrevivimos, en las que los poderosos cada vez tienen más poder, y los trabajadores cada vez tienen menos visibilidad, tanta que poco a poco están desapareciendo sus derechos y sus libertades, si es que alguna vez las hubo completamente plenas y de verdad, aunque eso sería otro cantar, y el personaje de Kadir tendría mucho que hablar de su identidad, de cuál es su camino y sobre todo, porque se merece todo eso que le está pasando, sin él ser responsable directo, pero como decía aquel, hay cosas que nunca cambiarán y si lo hacen, siempre será para peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mil incendios, de Saeed Taji Farouky

LA FAMILIA BIRMANA.

“Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”.

Proverbio oriental

La película se abre de forma magnífica y muy descriptiva. Vemos una zona rural, una tierra que emana fuego, agujereada de pequeños pozos que de forma manual intentan sacar petróleo del subsuelo. El sonido natural ha dejado paso a un intenso ruido mecanizado de las diferentes máquinas y motores rudimentarios para extraer el valioso oro negro. Nos encontramos en Myanmar (Birmania), y conocemos al matrimonio Thein Shwe y Htwe Tin, que han dejado la agricultura y se dedican a la extracción de petróleo manual, un trabajo durísimo, sucio, asfixiante, y sobre todo, muy explotador para el rendimiento que se saca, en un subsuelo cada vez más seco. Zin Ke Aung, el hijo de la pareja, se niega a seguir la tradición familiar y quiere probar suerte con su sueño de futbolista en la ciudad. La familia le apoya, pero también, le entristece perder a su único hijo.

El director palestino y británico Saeed Taji Farouky, ha cimentado una filmografía en el campo documental, adentrándose en una defensa a ultranza por las injusticias de las minorías, componiendo un cine a favor de los derechos humanos, como en The Runner (2013), en el que retrataba la vida de Salah Ameidan, un saharaui occidental que quiere representar como corredor a su país olvidado y no reconocido internacionalmente. En Tell Spring Not to come This Year (2015), película aclamada en el prestigioso Festival de Berlín, en la que se centraba en la intimidad y cotidianidad de dos soldados afganos y hacía todo un profundo recorrido por la historia del país árabe. Con Mil incendios, se ha trasladado a una zona también olvidada, a una zona rural de Birmania, una zona donde malviven muchas familias en el oficio de la extracción de petróleo. La cámara filma y captura esa intimidad familiar, desde el trabajo rutinario, pesado y difícil, las pausas para comer, sobre todo, arroz y algún pescado, y los escasísimos momentos de asueto familiar, donde cada uno sueña con sus cosas, sus ilusiones olvidadas, y sus esperanzas maltrechas.

El extraordinario trabajo de montaje de la experimentada Catherine Rascon, con más de cuarenta títulos en el documental, consigue una película, donde el sonido es capital, porque siempre las máquinas están en funcionamiento, nunca cesas, un ruido que se mezcla con el de la escasa cotidianidad familiar, con esos parones, en los que asisten a ver jugar a fútbol al hijo y lo llevan a la ciudad a las pruebas, o esos otros, que van en moto, con el bidón de petróleo a cuestas, para venderlo en otra aldea más grande, y muchos instantes más. La excelente música de Fátima Dunn, ayuda a relajar tanta desigualdad y miseria, y alegrarnos, porque a pesar de las dificultades, siempre hay tiempo para sonreír y jugar con el recién llegado. Aunque la película retrate unas condiciones de vida y trabajo durísimas y esclavistas, Saeed Taji Farouky no se regodea en esa suciedad y miseria, sino que la filma desde el respeto y la honestidad, huyendo de la “porno miseria”, que mencionaba nuestro añorado Luis Ospina, y dotando de humanismo y sinceridad a todo lo que vemos, a darle valor a esa resistencia de las gentes humildes que, a pesar de tanta negrura, siguen diariamente en sus quehaceres laborales, intentando salir adelante y ayudar a sus hijos.

La película plantea de forma sutil y magnífica las confrontaciones entre padres e hijos o lo que es lo mismo, entre el pasado y el futuro, entre una vida tradicional con trabajos duros y esa otra vida, alejada de la aldea y encaminada a la modernidad, en este caso, el fútbol como vía para huir de tanta explotación. El mismo conflicto del cine del maravilloso e inolvidable Yasujiro Ozu, un cine que hablaba de nosotros, y de cómo el tiempo nos reflejaba en el espejo y nos devolvía otra persona. El cineasta palestino-británico apenas echa mano de los diálogos y construye una película de miradas, gestos, y sobre todo, mucho ruido ensordecedor que inunda toda la pantalla, un ruido mecanizado que no solo expulsa cualquier atisbo de la palabra y por ende, de humanidad, sino que invade todo aquello que vemos en la historia, solo roto por esos escasos momentos ya mencionados, donde la película se transforma en una profunda exploración de sus gentes, sus vidas, sus creencias, sus vidas pasadas, su astrología y todo aquello de donde vienen y hacia donde van. Mil incendios es una película grandiosa, por la sutileza y la honestidad con la que cuenta unas vidas que, en manos de otro, daría a una de esas películas horribles donde el sentimentalismo y la condescendencia se apoderan de todo, y es un desastre. Afortunadamente, Saeed Taji Farouky trata con sumo respeto a todas aquellas personas que filma y lo hace desde la cercanía y la sinceridad del cineasta que observa y no juzga. Una gran película, que no debería perdérsela nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA