Entrevista a Cristina Rosselló

Entrevista a Cristina Rosselló, directora de la película «Érem una gran família», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el domingo 22 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Rosselló, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Eimi Imanishi y Nadhira Mohamed

Entrevista a Eimi Imanishi y Nadhira Mohamed, directora y actriz de «Sombra nómada», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eimi Imanishi y Nadhira Mohamed, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El nido, de Hugo Stuven

EL MAL ESTÁ AFUERA. 

“El bien y el mal no tienen nada que ver con los dioses. Tiene que ver con nosotros”

Matthew Woodring Stover

El cine de género de los últimos años se ha decantado por un público joven y distraído, olvidándose de lo psicológico y sobre todo, de sugerir, generando atmósferas que atrapen al espectador de forma sutil y construyendo tensiones sorprendentes. Ahora, el cine de género se ha instalado en una comodidad trillada, porque todo se muestra demasiado y el susto facilón se ha convertido en el sello de muchas producciones, recurriendo a tramas en muchos casos inverosímiles y con poca profundidad. Por eso una película como El nido, de Hugo Stuven (Madrid, 1978), coescrita por Santiago Lallana y César de Nicolás (cómplices en los anteriores trabajos de Stuven) y el propio director, es una excepción, porque basa toda su trama en todo aquello que no vemos, y nos construye una asfixiante atmósfera psicológica, tan cotidiana como sorprendente, con pocos personajes, donde todo se sugiere, y sobre todo, en un concepto simple pero muy atractivo: el bien y el mal, dos espejos y dos espacios: interior y exterior. Un interior que es una casa perdida en mitad de una arboleda en la que moran Marta, una mujer acosada por el fatídico mal, su pequeño hijo Óscar, y su madre Elena, que tiene encadenada.   

De Stuven conocemos sus películas Anomalous (2016), Solo (2018) y su serie Dime tu nombre  (2015), amén de sus documentales sobre ETA y figuras deportivas como Ángel Nieto y Severiano Ballesteros. En sus ficciones se ha decantado por el terror, un terror psicológico, exceptuando Solo, que gira sobre la supervivencia de un hombre accidentado. Un cine de género que huye de lo fácil y lo evidente para rastrear espacios atrayentes y crear atmósferas peculiares como lo que hace en El nido, en un escenario que recuerda a las películas de estudio que se hacían en el Hollywood clásico en los treinta y cuarenta, y las producciones míticas de la Hammer inglesa, porque la casa, donde se desarrolla la trama, sin olvidar su exterior, porque en la película es tan importante lo que se ve como lo que no, y también el citado concepto de dentro y fuera, del mal como personaje o ente que sacude la vida y las circunstancias de todos los personajes, sobre todo, el de Marta, un ser que vive atemorizada por todo ese mal que viene del exterior, y hace y deshace en relación a eso que no sabemos qué es. Lo iremos descubriendo a medida que avanza la trama, sin prisas y con detalle, siendo la sombra del personaje de Marta. 

El gran trabajo técnico de la película ayuda a crear las tensiones que se van produciendo, desde la cinematografía de Ángel Iguácel, otro colaborador estrecho del director madrileño, con una luz mortecina que evidencia la atemporalidad del relato, y ayuda a crear ese universo tan íntimo y a la vez, tan siniestro, donde lo cotidiano opta por formas muy oscuras sin perder ningún atisbo de realidad doméstica. La magnífica música de Vanessa Garde, con más de 39 títulos al lado de cineastas como Raúl Arévalo, Jota Linares y Claudia Pinto, entre otros. Una composición que atrapa desde el primer minuto potenciando el entramado psicológico que se cierne sobre la historia. Destacar el arte de una grande como Ana Alvargonzalez y el vestuario de Olga Rodal e Irantzu Ortiz, elementos fundamentales en el terror para definir la ambigüedad de la temporalidad. El montaje de un grande de nuestro cine como Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 películas en su filmografía que le ha llevado a trabajar con Amenábar, Bollaín, Léon de Aranoa y muchos más. Una edición que se ve con reposo, sin aceleraciones, dosificando la información con temple y detalle, en sus 109 minutos de metraje que se ven con tensión y ese mal rollo instalado. 

La presencia de Michelle Jenner como Marta es todo un acierto, porque la actriz catalana hace uno de sus mejores papeles, porque se aparta de todo lo que había hecho hasta la fecha, en un rol de una mujer obsesionado con el mal de afuera, con su pasado, sus culpas y arrastrando un dolor que le impide estar bien con los demás y consigo misma. Le acompañan Luisa Gavasa como su madre, y el niño Dylan Radley como su hijo Óscar, y hasta aquí puedo leer para no desvelar más de lo necesario. Si tuviésemos que poner algún pero a El nido, sería algún barullo de guion por la acumulación de información, aunque solo es un leve detalle que no desmerece en absoluto el conjunto de la películas, porque nos devuelve el cine de género como se hacía antes, con esas películas que nos sujetaban a la butaca del cine o del sofá de nuestra casa, sin parpadear y sin mover un músculo, ya que las imágenes que veíamos nos paralizaban. Estamos ante un cuento de terror con aroma de Shyamalan y Eggers, que se ve con mucho interés, y no recurre a las trampas de muchas películas, y eso ya es mucho, porque Hugo Stuven quiere que los espectadores disfruten de su película, es decir, que lo pasemos mal durante un rato, en esa casa y con esos personajes y el pasado y las heridas que arrastran que no son pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lluís Homar

Entrevista a Lluís Homar, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Homar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El olor a leche quemada, de Justine Bauer

LAS MUJERES DE LA GRANJA. 

“Desde luego, era incapaz de imaginarse a sí mismo en un lugar que no fuera la granja; conocía cada uno de sus árboles”

De “Canta la hierba” (1950), de Doris Lessing

La sorprendente y reveladora apertura de El olor a leche quemada (en el original, “Milch ins feuer”, traducido como “Leche en el fuego”), de Justine Bauer (Alemania, 1990), ya nos sitúa en un contexto muy especial: vemos una cámara que se mueve hacia nosotros siguiendo el devenir de un lago, mientras una voz en off nos va explicando la vida de Katinka, una joven que vive en una granja junto a su madre y hermanas y su abuela. Todo es apacible, tranquilo y muy reposado, como si la vida se hubiese detenido, como si las cosas pertenecieran a un estado de letargo, de descanso, donde el verano ha impuesto su ritmo, su mirada y su belleza, y donde cada instante se vive en su plenitud, dejando que las cosas vayan pasando, sin más, disfrutando del instante, de una naturaleza desbordante, y de un verano que quizás es el último de sus vidas, de una vida que se apaga, la vida de una granja que resiste como puede ante los embates de una industria que la arrincona, que la deja atrás, donde su protagonista Katinka, en su ferviente deseo de seguir, se convierte en la última ilusión ante la realidad. 

La directora alemana, que creció en una granja de avestruces en Alemania, ha rodado en el dialecto de Franconia, y nos traslada a Hohenlohe, el sur rural de Alemania, en la que se centra en tres generaciones, la abuela Emma, ya retirada y testigo de un tiempo lejano que ya no volverá. La madre Marlies, que sigue al frente de la granja de vacas y unas cuántas alpacas, sigue ordeñando, ya de una forma automática, y resistiendo como puede y viendo su alrededor en declive, con más granjas abandonadas. Y finalmente, la citada katinka, con sus dos hermanas pequeñas, y su amiga Anna, pasan los días de estío entre vacas, entre el tractor haciendo rectángulos de heno, dando amor al semental, escuchando la memoria de la abuela, y bañándose y riendo mientras la vida va desapareciendo como el ocaso del día. Bauer en un tono muy documental, nos regala una película muy intimista, cercana, cotidiana y vital, donde no hay discursos ni reproches, sólo la vida, la que queda y cómo estas mujeres resisten como pueden. No hay subrayados ni algarabías, sólo cine humanista que observa y que filma la realidad diaria y cotidiana de lo que sucede. Recuerda a ese cine que rescata lo rural, es decir, que filma con honestidad y detalle la vida en el campo, en una granja, con la belleza de naturaleza y el contacto de los animales, y también, el sometimiento a las leyes de un mercado que arrasa con lo artesanal para dar cabida a una industrialización en masa. 

El grandísimo trabajo de cinematografía de Pedro Carnicer, con ese carácter documental de registrar una vida que se va, acompañado del formato que ayuda a ir captando con suavidad y cercanía el entorno natural, y de paso la vida diaria en la granja con sus quehaceres, y además, insufla vida y conflictos a unas jóvenes que deben enfrentarse a una forma de vida que se va apagando. La música de Cris Derksen ayuda a construir ese imaginario de paraíso que oculta las grietas y los conflictos de la supervivencia como granja, captando la sutileza de cada momento de la granja, de sus vacas ordeñándose y esos juegos en el agua, y esa cámara captando cada mirada, cada gesto y cada silencio. El montaje lo firman la propia directora y Semih Korhan Güner que, en sus magníficos 78 minutos de metraje, consiguen llevarnos a esa atmósfera rural, con sus días y sus noches, hipnotizados con su ritmo pausado, sin prisas, donde cada día es una experiencia que no olvidarás, y donde la vida va pasando con sus trabajos, sus ilusiones y derrotas, como cuenta la abuela Emma, que nos remite a aquellos mayores de las películas del oeste que relatan una vida pasada tan diferente al presente en el que están. 

El magnífico reparto de intérpretes naturales encabezado por la extraordinaria Karolin Nothacker haciendo de Katinka, y sus hermanos Sara Nothacker es Emilie, Anne Nothacker es Emma y Johannes Nothacker es Adrian, Pauline Bullinger es Anna, Johanna Wokalek es la madre y Lore Bauer, la abuela de la directora hace de la abuela de la familia. Un elenco que transmite con muchísima naturalidad y precisión cada detalle y conflicto de sus respectivos personajes. Ver una película como El olor a leche quemada, de Justine Bauer es una experiencia abrumadora y muy especial, porque sabe mezclar la sabiduría y grandeza de lo que significa crecer y vivir en una granja, con sus animales, y el contacto con la naturaleza, y por supuesto, el otro lado, con la dureza y el sacrificio del trabajo, los problemas diarios de cuadrar las cuentas y vivir pendiente del precio de la leche y las malditas leyes del mercado que hacen y deshacen granjas, o lo que es lo mismo, la vida rural y la supervivencia de una forma de vida. La película emana mucha verdad, de la verdad tan difícil de encontrar a día de hoy, ya no sólo en el cine, sino en nuestras relaciones personales, porque cada uno se ha subido a la velocidad de crucero de lo que dictan las “normas” de esta sociedad consumista y estúpida. Deberíamos mirar más al campo, pero no como “escapadas”, sino a observar la naturaleza con tranquilidad y nada más. Una quimera en estos tiempos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marielle lo sabe todo, de Frédéric Hambalek

LAS GRIETAS QUE NO SE VEN.  

“Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”

Alfred Adler 

Érase una vez… la vida tranquila y aburrida de Julia y Tobias, que forman un matrimonio alemán y modélico que vive en una de esas ciudades mercantilizadas con empleos bien remunerados, y tienen una de esas casas de diseño, en lo que todo parece estar en su sitio como si obedeciera un orden marcado en la que todos los espacios domésticos deben ser de colores neutros y grises. Son padres de Marielle, una niña como otra cualquiera, que un día viene del colegio explicando que ha recibido una bofetada de su mejor amiga. La cosa es que la niña dice que, después de la mencionada hostia, tiene poderes telepáticos en los que es capaz de ver y oír las conversaciones de sus padres. La cosa queda ahí, entre el escepticismo, la preocupación y el pasotismo de unos padres que creen que son cosas de la edad. Todavía no lo saben, pero a partir de ese preciso instante, las vidas aparentemente normales y sin más de Julia y Tobias se encaminan hacia otro tipo de territorios y texturas.   

El director Frédéric Hambalek (Karlsruhe, Alemania, 1986), después de su puesta de largo con Modell Olimpia (2020), en la que también exploraba las relaciones paterno-filiales con una madre que trazaba un plan poco convencional para cambiar las perturbadoras obsesiones de su hijo. Con Marielle lo sabe todo (en el original, Was Marielle weib, traducido como “Lo que Marielle sabe”), se adentra en una especie de cuento de terror doméstico e incómodo, muy al estilo de Haneke y Östlund, en que las cosas parecen una cosa y una alteración, o dicho de otra manera, un “Teorema” a lo Pasolini, perturba la cotidianidad hasta límites insospechados que perturban y de qué manera la actitud y carácter de los diferentes personajes. En todas las relaciones cuecen habas y nunca mejor dicho, porque el relato plantea los diferentes rostros que tenemos, el que hacemos visible y el que ocultamos a los demás. En ese pliegue, tan invisible como inquietante, se mueve la película del director alemán, en esos espacios intermedios, en esos lugares que guardamos para nosotros por miedo, por no enfrentar la verdad oscura y secreta, en la que usamos la vil mentira para seguir fantaseando con otra vida, quizás por aburrimiento, por desgana o simplemente por tener esa pequeña libertad diaria. 

La cinematografía de Alexander Griesser, que ya estuvo en la citada Modell Olimpia, crea con pocos elementos y sin artificio, una luz tenue, cálida y fría, a partir de los espacios claroscuros de la casa, optando por una atmósfera de película de terror, donde lo perturbador es tan íntimo y tangible, tan doméstico que da más miedo y produce más desasosiego. El magnífico uso de composiciones clásicas de Beethoven, Schubert y Brahms, que recuerda al cine de Kubrick, crea un ambiente en que las existencias de los personajes se hacen y deshacen continuamente, emocionalmente hablando, moviéndose entre mentiras y su privacidad al descubierto que da poder para manipular a cierto personaje, en un juego perverso de verdad que no quiere ver la luz. El fascinante montaje de la gran Anne Fabini, con más de 24 títulos en su filmografía desde que debutara con Berlin is in Germany (2001), que le ha llevado a trabajar con directores interesantes del cine de su país como Hannes Stöhr, Emily Atef, y documentales de prestigio con Talal Derki, y Alis, entre otras. Una edición con unos hipnóticos 86 minutos de metraje en la que cada plano y secuencia se queda en nuestra retina, marcando un tempo condensado e inquietante, donde todo está sostenido por un equilibrio muy frágil.  

Un excelente trío protagonista encabezado por Julia Jentsch como Julia, que descubrimos en Los edukadores, El hundimiento, y demás, que le ha llevado a trabajar con Jirí Menzel, Malgorzata Szumowska, Margarethe von Trotta, y demás. El marido lo hace Felix Kramer, que aparece en películas como Algún día nos lo contaremos todo, La caja de cristal y The Bastard. El personaje de Marielle lo interpreta la enigmática Laeni Geiseler, que ya nos enamoró en la fascinante El sonido de la caída. Estamos ante una película-espejo que consigue un reflejo muy poderoso para los espectadores, porque los personajes de la película son personas como nosotros, seres frágiles y vulnerables que tienen sus secretos y por miedo, callan, para no romper esa aparente felicidad que han construido y ya no se creen, o mucho peor, ya no sienten suya y cada vez están más lejos de lo que imaginaban. El cineasta Frédéric Hambalek ha construido con Marielle lo sabe todo un espejo para mirar nuestras miserias, para vernos reflejado como seres que mienten, engañan y ocultan a las personas con las que convivimos y nos ata un lazo de amor, compañía y confianza. Más lejos de la realidad, porque lo que sentimos y lo que hacemos casi siempre está muy alejado lo uno del otro. Quizás no sabemos hacerlo mejor, quizás somos incapaces de ser libres o simplemente somos más animales irracionales de lo que creemos o imaginamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una película de miedo, de Sergio Oksman

UN PADRE, UN HIJO Y UN HOTEL ABANDONADO. 

“Nuestros secretos familiares son como fantasmas que nos persiguen, siempre presentes aunque intentemos ignorarlos”. 

Anónimo 

El cineasta Sergio Oksman (Sâo Paulo, Brasil, 1970) ha construido un universo de documentales que, en una primera etapa, su mirada iba dirigida al otro, ahí están: A esteticista (2005), Goodbye America (2007), Notes on the Other (2009), y A Story for the Moldins (2012). Películas sobre vidas ajenas, basadas en el archivo y la reflexión de lo que fueron y lo que han dejado. Con O Futebol (2015), película realizada en su ciudad natal, donde después de 20 años, el propio director vuelve a reencontrarse con su padre Simâo, en una cinta que fusiona con habilidad lo real con lo ficticio, y con el Mundial de Fútbol del 2014 celebrado en Brasil como telón de fondo. Una sentido, profundo y sensible retrato sobre las difíciles y oscuras relaciones paternofiliales cimentada desde la observación, la honestidad y sin caer en estridencias y artificios, sino en una mirada auténtica sobre lo que somos y cómo nos relacionamos y todo lo que construimos o no entre padres e hijos.

En Una película de miedo, que podría verse como el contraplano de O Futebol, ya que aquí Sergio pasa de hijo a padre de Nuno de 12 años, con el que viaja a Lisboa, a Portugal, a pasar unos días de vacaciones en un hotel abandonado y vacío que, tiempo atrás fue el no va más donde se realizaban grandes fiestas y esconde algunos secretos, sobre todo, en la habitación 103. Con la excusa de experimentar in situ los espacios y las atmósferas de las películas de terror que tanto le encantan al joven Nuno, el padre-director Oksman nos envuelve en una mirada observadora y alejada de la postal y lo superficial sumergiéndonos en un tiempo no tiempo, transitando por los espacios oscuros de la ciudad como el viaducto desde el cual asesinaba a mediados del XIX el famoso Diogo Alves, recorriendo los mismos lugares, por esos túneles infinitos y demás, así como las películas mudas del famoso serial killer. El hotel, con su carga histórica y criminal, ya que se cometió un crimen sin resolver que sumió a su dueño en una profunda oscuridad. Recorremos las habitaciones y demás estancias descubriendo, aburridos y agitados, y las conversaciones y juegos entre padre e hijo en unos ambientes relajados y de tensión mientras se conocen y reconocen en una especie de juego para saber más del otro. 

La música de Amy Fajardo, de la que conocemos sus trabajos para los cortometrajes como Sexo a los 70 y Claudia, y el documental Ramón y Cajal: dibujos en la retina, entre otros, ayuda a crear esos ambientes entre lo cotidiano, lo misterioso y lo desconocido. La cinematografía la firman la pareja Francisco Marise y Jorge Rojas, que ya coincidieron en el documental Mitología del barrio, tiene sus momentos donde se capta lo real y doméstico, con otras donde los ambientes propios de terror, con sus clichés y demás, en los que la película utiliza para configurar el género manido para introducir su realidad familiar, la de antes, la de ahora y la de todos los secretos dichos u ocultos que siguen ahí, como esperando su momento. El magnífico trabajo de montaje firmado por la grande Ana Pfaff, Moncho Fernández y el propio director, con sus 72 minutos breves e interesantes de metraje, en el que el ritmo pausado nos va encerrando en las cuatro paredes del hotel y por ende, en los secretos familiares. El estupendo trabajo de sonido que firman el dúo compuesto por Irene Arboleda junto a un nombre muy reconocido en la cinematografía portuguesa como Nuno Carvalho, con más de 85 títulos al lado de Joâo Pedro Rodrigues, Teresa Villaverde, Paulo Rocha y Pedro Costa, entre otros. 

A Sergio y su inquieto hijo Nuno les acompañan Daniel Blaufuks, interpretando a un inquietante y cercano guarda que explica sus cosas y las otras, las que no se ven del esplendor de antaño del hotel, Ana Moreira interpreta a una empleada de la Cinemateca Portuguesa, una actriz fetiche de Teresa Villaverde, que vimos en Tabú, de Miguel Gomes, y en películas de Eugène Green, y la breve presencia del actor y cineasta Manuel Mozos, toda una institución que ha trabajado con los grandes de la cinematografía lusa. La experiencia de ver Una película de miedo es un viaje a Lisboa, con su parte criminal, y un hotel que podría ser el de El resplandor, donde podrían aparecer fantasmas, espectros que todos arrastramos en nuestras familias que nos observan, que nos siguen y sobre todo, nos condicionan, aunque también forman parte de nosotros, de todo lo que heredamos de nuestros antepasados, de sus oscuridades, sus miedos y demás aspectos que nos condicionan en nuestro presente, y si, todos tenemos una habitación que seguramente no será la 103, tendrá otro número, pero seguramente ahí yacen fantasmas que se levantan y están a nuestro lado, aunque no los veamos, pero sabemos de seguro que están presentes, en ocasiones, demasiado presentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tres mujeres, de Leyla Bouzid

SEIS DÍAS CON LA FAMILIA. 

“No es la carne y la sangre, si no el corazón lo que nos hace padres e hijos”. 

Friedrich Von Schiller

Las dos primeras películas de Leyla Bouzid (Túnez, 1984), nos hablan de jóvenes rebeldes, jóvenes que se enfrentan a su familia y a sus deseos para conseguir aquello que les bulle, aquello que los hace vivir. Farah, la protagonista de As I Open My Eyes (2015), sueña con dedicarse a la música pese a la oposición de su padre en el convulso Túnez a escasos meses de la Revolución de 2010. Ahmed, el protagonista de Una historia de amor y deseo (2021) conoce a Farah y experimenta la pasión y el deseo que domina nuestras cabezas y cuerpos. La Lilia de Tres mujeres (en el original, À voix basse, traducido como “En voz baja”), también es una rebelde, con algunos años más que los citados, porque ella vive en Francia, lejos de la familia donde vive con su novia, y vuelve a su país natal por la muerte de su tío. Un lugar de otro tiempo, de un tiempo ya superado, dónde emergerán continuas tensiones, en el que deberá fingir su vida porque las cosas no han cambiado y siguen conservando el olor de antes, así como la mentalidad conservadora que es reacia a los cambios y las diferencias. 

La película se centra en Lilia, en un íntimo drama habitado en las cuatro paredes de la casa familiar, situada en la ciudad de Sousse, a 160 km al sur de la capital, donde todo gira en torno a la abuela, Mamie Néfissa, y sus dos hijas, Wahida y Hayet, la mamá y la tía de Lilia, respectivamente, y el fallecido, el tío Daly, homosexual que se escondió toda su vida y ha muerto en extrañas circunstancias. La trama tiene su epicentro en la familia, en sus secretos, en todo aquello que no se ha dicho y todo lo callado, en unos paredes que han dejado de mirar donde había que mirar, y sobre todo, han vivido a espaldas de una realidad que ahora les estalla con la desaparición de Daly. Hay una pequeña parte de la historia que se envuelve en el policíaco con las pocas pesquisas de la propia protagonista Lilia, que necesita investigar lo ocurrido como una especie de espejo donde la vida ausente de su tío es un mero reflejo donde pasado y presente se entrelazan con la homosexualidad como frente compartido. La película huye del discurso fácil y del mensajito entre unas partes y otras. No hay nada de eso, solamente unos personajes que actúan, piensan y sienten como les enseñaron, unos han roto con los valores del pasado como Lilia y otras, como las mujeres de Túnez, más sumisas y calladas, siguiendo la estela reaccionaria de un país y de su familia.

La cineasta Lilya Bouzid ha vuelto a acompañarse de sus dos grandes cómplices en sus tres películas. Tiene al cinematógrafo Sebastien Goepfert, que ha trabajado con Alice Douard y en la reciente María Montessori (2023), de Téa Todorov. Una imagen que se instala en el claroscuro, en la luz velada, en la que concierne a lo íntimo, a lo oscuro y a lo secreto otorgando a la cinta un cuadro lleno de misterio y enigmas, como ese momento cuando llega Lilia a la casa. El editor Lilian Corbeille, la tercera junto a la directora, habitual de Thomas Lilti y Alice Winocour, no tenía tarea sencilla en una historia que se va casi a las dos horas de metraje, y en la que suceden muchas cosas que alteran a los personajes, en una fábula donde se abren de par en par la caja de los truenos. La música del artista Yom, afamado artista en fusionar músicas de diferentes estilos, con su clarinete como eje central desde donde cimentar las distintas relaciones de los personajes, tan complejos y contradictorios, que se debaten entre la tradición seguida sin cuestionamientos contra las vidas tan diferentes del tío Daly y la aparición de formas de relacionarse como la que trae la pequeña Lilia, convertida en toda una mujer, que vive fuera en Francia y además, vive muy alejada de esa idea tradicional de su familia.

El fantástico grupo de mujeres que interpretan la película es otro de los elementos cruciales para la veracidad de lo que cuenta la historia. Encabezadas por la interesante Eya Bouteraa, en su segundo protagonista después de Les enfants rouges. Su Lilia transmite verdad, incomodidad y rebeldía. Le acompañan la gran Hiam Abbass, todo un referente en las cinematografías árabes, es la madre de Lilia, con sus matices, su dolor y su rabia, y amor. Marion Barbeau, a la que hemos visto en películas de Cédric Klapisch y Yann Gozlan, entre otras. Su Alice es un personaje que deberá enfrentar una situación nada agradable pero lo hará con entereza y arrojo. Feriel Chamari es la tía Hayet, y finalmente, la presencia de la veterana Salma Baccar, todo un referente en la cinematografía tunecina ya que fue la primera mujer en dirigir una película, además de ser una activa luchadora por los derechos de la mujer. Acérquense a ver una película como Tres mujeres, de Leyla Bouzid, que tuvo una excelente acogida en la Berlinale, porque cuenta el pasado y el presente de la sociedad tunecina, a través de una mujer como Lilia, una imagen moderna y rebelde que cuestiona las tradiciones y conservadurismos de un país que, en muchos aspectos, se ha quedado anclado en una forma de hacer y deshacer que va en contra con las libertades de los tiempos actuales, y además muestra todo esos elementos desde la verdad, la honestidad y la excelencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo no moriré de amor, de Marta Matute

CUIDAR Y CUIDARNOS.  

“Sólo hay cuatro tipos de personas en el mundo: los que han sido cuidadores, los que son cuidadores, los que serán cuidadores y los que necesitarán cuidadores”

Rosalynn Carter

Hay dos elementos que sobresalen en Yo no moriré de amor, la magnífica puesta de largo de Marta Matute (Madrid, 1988). Uno es la familia, el centro neurálgico para bien o mal de nuestras existencias. Un género en sí mismo, abordado desde muchas miradas, clases, condiciones y negruras. El otro elemento es la enfermedad mental, esté menos tratada en el cine, y más concretamente, el de la demencia frontotemporal, más residual. Así que, el primer largometraje de la madrileña no sólo aborda un caso apenas expuesto en una pantalla, sino que lo hace situando el foco en la familia, en ese núcleo que, debido a la enfermedad neurodegenerativa, deberá estar más cerca y ayudarse y sobre todo, cuidarse, porque de eso va la película, de mirar a los otros y echarse una mano, y comprenderse, y no luchar los unos con los otros. La historia se centra en una familia cualquiera, en una familia que podría ser la nuestra. 

La directora, licenciada en Comunicación Audiovisual y diplomada en Arte Dramático, construye una home movie, donde lo doméstico se torna esencial y tremendamente cotidiano, a partir de la mirada de la más benjamín de la familia, Claudia, una joven de 18 años, que se forma para actriz, trabaja de camarera y tiene los sueños y las ilusiones de alguien propio de su edad. Tenemos a Inés, la hermana mayor que vive con su pareja en Barcelona, y el padre, recién jubilado después de una carrera como militar. Una familia que muestra poco cariño, como la mayoría, en la que cada uno hace la suya, se trata lo justo y poco más. La enfermedad de la madre los acerca por el deber que tienen encima, el de cuidar a la enferma, llevándolos a conflictos y luchas entre ellos que van capeando como pueden y siguen a pesar de la soledad, el malestar y el peso de cuidar a una persona que cada día está peor y el conflicto emocional que va supurando en cada uno de ellos. La película muestra todas estas aristas desde la sutileza y contención, alejándose de la pornografía del dolor y temas del estilo. Todo se muestra desde las miradas, los gestos y los silencios que se van apoderando e instalando en ese piso. 

La cineasta de Valdemoro ha cuidado con mucho detalle y precisión la luz mortecina y velada que estructura este espacio y a cada uno de los personajes, en una excelente cinematografía de Sara Gallego, de la que conocemos sus grandes trabajos en El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, Las chicas están bien, de Itsaso Arana, Una ballena, de Pablo Hernando y La buena letra, de Celia Rico, entre otras. Una luz que traspasa cada estancia y cada emoción materializada desde lo más profundo. La música de Simón Franquest, aporta esos momentos, casi en silencio, como si no quisiera molestar, que puntualizan los momentos no dichos y si sentidos de la historia, que se mezclan con los otros temas de bandas que escucha Claudia que generan ese contrapunto en el que viven no sólo la joven sino cada miembro de la familia. El trabajo de edición que firma Carlos Cañas Carreira, preciso y sin alardes que, en sus 94 minutos de metraje, plantea una trama llena de momentos muy duros y secos, pero siempre tratados desde la sensibilidad y el afecto, apuntando esas contradicciones propias que viven en una situación que les sobrepasa y les lleva a lugares muy difíciles de gestionar tanto emocionalmente como los recursos en una sociedad que el cuidado no lo tiene como una de sus prioridades viviendo a espaldas a él, que se lleva desde lo oculto, la soledad y la oscuridad. 

Una película planteada desde la sutileza y aquello invisible, que huye de lo evidente, de lo estridente y de lo esperado, necesitaba un reparto que con muy poco sea convincente y transmita todo el desasosiego y la dificultad de lo que viven. Tenemos a Júlia Mascort, vista en el cortometraje Las chicas, debuta en el largometraje dando vida a una increíble Claudia que, a parte de llevar el peso de la trama, ejecuta con sencillez e inteligencia un personaje lleno de juventud y fuerza que se ve enfrentada a una tesitura dura y compleja. Le acompañan una convincente Laura Weissmahr como Inés, la hermana mayor, mostrando esas aristas que todos tenemos cuando la vida se pone muy difícil. Sonia Almarcha es Julia, la madre enferma, una actriz capaz de cualquier rol como demuestra en la película. Tomás del Estal, visto en una y mil películas como actor de reparto, asume el papel de padre, abrumado por la situación. Guillermo Benet, director de Los inocentes, entre otras, asume el papel de pareja de Inés. Una familia cinematográfica que vive, lucha, sufre, pelea entre ellos y trabaja a partir de una situación muy compleja en la que hacen lo que pueden con las herramientas, tanto físicas como emocionales, que tienen a su alcance.

La película Yo no moriré de amor cosechó grandes elogios por parte de la crítica y el jurado del último Festival de Málaga, en el que recibió los premios más importantes, valorando su destreza en contar la enfermedad mental y cómo la familia se relaciona con ella, en una historia que recuerda a la mirada y sensibilidad del cine de Mike Leigh, Stephen Frears y Ken Loach, ese cine británico de working class que sabe penetrar en lo más cotidiano y en los conflictos que se suceden, desde la contención y enfrentándose a unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos miramos porque les suceden cosas muy parecidas a las de nosotros. Nos quedamos con el nombre de Marta Matute que, siguiendo la buena estela que sigue a muchas cineastas que están renovando el cine español y entrando en él por la puerta grande con historias llenas de verdad, sensibles, íntimas y que miran a la sociedad desde lo más profundo, excavando en lo que somos, cómo sentimos y sobre todo, cómo nos relacionamos, lo bien o mal que lo hacemos, lo que callamos, lo que nos molesta y lo que peleamos. En fin, la vida que nos va pasando y a veces, como ocurre en la película, se muestra tan dura y difícil que hay que resistir o morir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Robin Campillo

Entrevista a Robin Campillo, director de la película «Enzo», en unas escaleras en el recinto del Hotel Barceló Sants en Barcelona, el lunes 4 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Robin Campillo, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Sylvie Leray de Reverso Films, por su excelente traducción y por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA