Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Viaje, de Paz Fábrega

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“Todo es del viento y el viento es aire siempre de viaje”

Octavio Paz

Luciana y Pedro son dos jóvenes que se conocen una noche en una fiesta, después de intercambiar torpes palabras, se besan y deciden irse juntos. Esa noche no ocurre nada, pero tras deambular por ahí, Pedro tiene que marcharse al Rincón de la Vieja, un volcán en una ciudad próxima, donde tiene que hacer su tesis. El miedo de no verse más, ya que Luciana también marcha fuera, empuja a la joven a acompañarle. La nueva película de Paz Fábrega (1979, Costa Rica) nos zambulle de lleno en un relato construido a través del momento, de vivir el instante y dejarse llevar por lo que se está viviendo, sin más, sin pensar en el mañana, y en las consecuencias que traerá. La joven cineasta se plantea en sus trabajos una mirada crítica y constructiva sobre la realidad de la juventud, una edad de instantes y momentos líquidos, como definiría Bauman, un tiempo de sensaciones, de relaciones esporádicas, de disfrutar de todo lo que la vida ofrece, sin mirar más allá, en las que la mirada de Fábrega se interesa por la soledad que conlleva y ese deambular sin rumbo a la espera de una vida diferente a la convencional, pero que no termina por llegar.

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Nos subimos a este viaje acotado que se desarrolla en apenas tres jornadas, un fin de semana, a bordo de dos jóvenes que se acaban de conocer, que apenas recuerdan sus nombres, que no saben nada el uno del otro, pero que se dejan llevar por la aventura, guiados por el viento de cara, por la atracción del instante, por ese espíritu de libertad del momento, nada más. La cámara inquieta de Fábrega captura todos esos instantes, las bellísimas imágenes del volcán y sus alrededores, consumiéndonos con ellos, filmando los cuerpos de sus criaturas con una cercanía absorbente, mezclándose con el paisaje que los rodea. Los vemos jugando entre sábanas embriagados, recorriendo las vías de un tren o siguiendo los caminos salvajes de la jungla, bañándose desnudos en unas aguas, haciendo el amor en mitad de la nada, encaramados a un árbol, suspendidos, deteniendo el instante, en un intento inútil de parar el tiempo, pero dejándose llevar por sus sentidos y lo que están sintiendo en ese momento, disfrutando de la persona que tienen al lado, de ese amor incipiente, de esa pasión devoradora, sin más tiempo y lugar, y circunstancias personales, sólo eso, como si toda su vida fuese ese instante preciso. El estupendo e interesante giro del relato añade complejidad y una mirada profunda y analítica a toda la experiencia que estamos observando.

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Fábrega ha construido una película filmada en blanco y negro, que ayuda a describir y atrapar a sus personajes de forma abstracta, como si estuviésemos dentro de un sueño, de algo irreal, de una situación que se vive en otro mundo, muy física, minimalista (sólo dos personajes, el único personaje que interactúa con ellos está filmado en fuera de campo) y corporal, en la que asistimos a una aventura terrenal y soñada de dos almas libres, que rechazan las ataduras y las convenciones del tiempo moderno, que se mofan de las vidas tan encajonadas de sus conocidos, que se dejan arrastrar por lo que sienten. Una obra de guerrilla y a contracorriente, cine hecho desde la artesanía y el amor por el trabajo humilde y sencillo, que ha pateado innumerables certámenes en busca de financiación, cine cuidado al detalle, con el trabajo de Kattia González (también coproductora de la cinta) y Fernando Bolaños, una pareja protagonista viva, espontánea, que interpretan a sus personajes de manera cercana, transparente y honesta, captando esos momentos ínfimos que enriquecen las situaciones que estamos viviendo. Fábrega también en labores de guionista, codirectora de fotografía y de montaje, ha levantado una película pequeña, que nos llega de Costa Rica, una cinematografía desconocida por estos lares, pero que es capaz de producir obras de esta grandeza, en la que nos sumerge en esa vida propia de la juventud, en el que todo vale, y disfrutar del placer de cada momento, sin importar las consecuencias, es lo único que cuenta, dejarse llevar por la vida y el placer de experimentar esa libertad.


<p><a href=”https://vimeo.com/140967121″>Tr&aacute;iler VIAJE de Paz F&aacute;brega</a> from <a href=”https://vimeo.com/user22786367″>Mosaico Filmes Distribuciones</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Jorge Tur Moltó

Entrevista a Jorge Tur Moltó, director de “Dime quién era Sanchicorrota”. El encuentro tuvo lugar el jueves 17 de marzo de 2016, en una aula de la Casa Convalescència, sede de la UAB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jorge Tur Moltó, por su tiempo, generosidad y cariño, y a la recepcionista de la UAB, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

Dime quién era Sanchicorrota, de Jorge Tur Moltó

dime_quien_era_sanchicorrota-863382472-largeHABITANTES DE UN LUGAR.

“- Pero, las leyendas son bonitas.

– La gente tiende a creerse lo que es mentira, lo cree con mucha más facilidad, las fábulas, eso se lo creen. Les dices la verdad, y la verdad siempre es vea, la realidad no suele tener gracia”.

Este diálogo extraído de la película, resume y da forma al espíritu que recorre este  trabajo de pesquisa histórica de Jorge Tur Moltó (1980, Alcoy, Alicante). El primer largometraje del realizador alcoyano, después de interesantes trabajos como por ejemplo,  De funció (2006), en el que se adentraba en las entrañas de la cotidianidad de una funeraria, siguió con Castillo (2009), aprovechando sus prácticas de licenciado en psicología en un psiquiátrico de Bétera, realizaba una interesante reflexión sobre el funcionamiento de estos centros y el tratamiento a los pacientes, o Si yo fuera tú, me gustaría los Cicatriz  (2010), en el que con la excusa de desenterrar a un grupo de música punk de los 80, profundizaba en los cambios sociales, económicos y culturales de una forma de vida, la de aquellos jóvenes que creyeron vivir de prisa y se toparon con la triste realidad, a través de sus fantasmas y supervivientes.

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En este trabajo, financiado por la iniciativa del Proyecto X Films surgido en el Festival Punto de Vista de Documental, se adentra en la reserva natural de las Bardenas Reales y en sus 42.000 hectáreas, para emprender una nueva búsqueda, un nuevo viaje hacia lo desconocido, en este caso, reencontrarse con la figura de Sanchicorrota, un célebre bandolero del siglo XV. Tur se asemeja a los cineastas pioneros del cine, que solitarios y provistos de su material de registro, se lanzaban a la aventura del conocimiento, a descubrir a cada paso la película que querían contar, a mezclarse con un paisaje ajeno y diferente a ellos, a experimentar y alimentarse del componente humano, eje motriz de su cine,  de unas tierras desérticas y áridas que se extienden por el sureste de la comunidad foral de Navarra. El unvierso del cineasta alicantino se cimenta en varios ejes que sustentan de manera eficaz y contundente todo su ideario cinematográfico, por un lado, tenemos su debilidad por el paisaje que filma, ya sea urbano o rural, desmitificando por completo su aparente significado, dotándolo de una mirada diferente, más cercana, y a la vez, misteriosa, luego, la importancia que le concede a la transmisión del conocimiento popular, el folclore, enmarcándolo en un toque costumbrista, cotidiano y de humor (que en algunos momentos se asemeja al cine berlanguiano), y finalmente, su forma de filmar a los personajes que va encontrando (planos americanos con la cámara estática, trípode en ristre, y a cierta distancia de ellos, que variará en esta obra en su tramo final) capturando a todos aquellos que se prestan a la cuestión planteada, hombre y paisaje en uno sólo, mezclándose, desde pastores, tanto autóctonos como extranjeros, turistas, comerciantes, curiosos, turistas, frailes, vigilantes nocturnos, y hombres de la tierra bardena, que le cuentan lo que saben, o lo que inventan.

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Tur se mueve entre los personajes que filma como un ser inquieto, ávido de sabiduría, que los escucha y habla con ellos, interviniendo de forma activa, como un espectador/personaje más, y que investiga con su cámara la construcción de las leyendas, los mitos y demás cuentos populares. Les pregunta por el célebre bandolero, le da igual que sepan o no, sólo quiere filmarlos mientras le cuentan, sea verdad o mentira, es no es importante, su intención es registrarlos, a unos hombres (la mayoría son hombres de más de 60 años por lo general), de hecho los corrige, quiere preservar esa sabiduría popular, ese misterio que encierran las fábulas que escuchamos, sus diálogos sobre el pasado, el presente y el futuro de la Bardena, todas esas historias que envuelven un lugar inhóspito, habitado por gentes de los alrededores que viven y forman parte de su entorno, que encierra muchas historias en su interior, unas ocultas, otras inventadas que chocan con la triste realidad. Tur huye del plano esperado y bonito, filma el escenario de forma abrupta, sin detenerse en su belleza, capturando todos los agentes atmosféricos (el incesante viento, el ensordecedor ruido de los aviones militares que no paran de sobrevolar el lugar, la oscuridad de la noche), recogiendo el carácter rudo y fiero del lugar, capta las actividades que se desarrollan, tanto la turística, la militar (se utiliza como base de maniobras militares para los cazas de guerra) o la profesional.

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Un montaje ajustado (con la ayuda de la cineasta Virginia García del Pino) que lima cada instante y los desarrolla de forma humana y ensayística (dejando los errores técnicos, que además de ofrecer una película muy física, recoge lo insólito y accidental de sus 21 días de rodaje y experiencia personal y profesional). El cineasta alcoyano nos sumerge en este mundo perdido, otro mundo, suspendido en el tiempo y el espacio, registrando la multiplicidad de relatos y formas narrativas que lo explican y recogen, explorando en su viaje/paisaje las huellas de un mundo en extinción, esa sabiduría popular que pasa de padres a hijos, ese conocimiento que no está escrito, que es oral, que subyace y vive en cada uno de los habitantes de la Bardena, en los misterios que encierra (como el descubrimiento de unos huesos que, destapa las miserias de los horrores de la Guerra Civil). Tur hace un ejercicio breve (63 minutos) pero muy intenso que, descubriéndonos una obra de grandísima altura cinematográfica, siguiendo la estela de otros coetáneos patrios como Elías León Siminiani, Luís Escartín, Eloy Enciso, Lois Patiño… en esa mezcla entre el documental/ensayo/viaje/paisaje que se ha convertido en una de las marcas de identidad del cine documental producido en los últimos años. Tur pertenece a esa estirpe de cineasta explorador que encuentra en el viaje una forma de narratividad cinematográfica en la que todo está por conocer, descubrir y experimentar, en la misma línea de trabajo que Herzog, Ivens o Isaki Lacuesta, por citar algunos, auténticos demiurgos de la obra viajera que indagan y se lanzan a la búsqueda de secretos perdidos, enterrados, falsos o reales, como los relatos que les cuentan los personajes que se van encontrando.


<p><a href=”https://vimeo.com/58832215″>TRAILER Dime qui&eacute;n era Sanchicorrota – Tell me about Sanchicorrota</a> from <a href=”https://vimeo.com/jorgetur”>Jorge Tur Molt&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Crumbs, de Miguel Llansó

CRUMBS_poster_ES_web¿SUEÑAN LOS DESECHOS HUMANOS?.

“No hubo necesidad de prolongar la guerra. Ya fuera por una mutación en la carga genética o un simple cambio en las costumbres, instinto y fe en la conservación de la especie se desvanecieron y la población mundial, que durante siglos se había multiplicado exponencialmente, comenzó a menguar y languidecer, como la llama moribunda de una vela, que no termina de apagarse. Mientras en el interés por la perpetuidad de todo lo humano pasaba a un segundo plano, la guerra dio sus últimos zarpazos. Los viejos perecieron y los jóvenes se hicieron viejos. La noticia del nacimiento esporádico de un niño, concebido por desidia o descuido, arrancaba en la gente una sonrisa altiva igual que se ríen de aquel que luce con orgullo un traje pasado de moda”. Lucius Walter de Mendoza (La historia escrita para nadie)

El arranque de la película resulta a la vez que aterrador, sumamente revelador. Nos encontramos en un paisaje devastado, silencioso, en el que sobresalen los edificios derruidos y abandonados, e infinidad de maquinaria y objetos oxidados e inutilizables, un panorama desolador, sin apenas vida, en un tiempo sin tiempo, sólo ocupado por algunos pocos que sueñan con salir de ahí y empezar en otro lugar. El director Miguel Llansó (1979, Madrid) que debido a un trabajo gubernamental ha residido en Etiopía, donde ha dirigido un par de cortometrajes, nos sumerge en su puesta de largo en la azarosa existencia de Candy (protagonizado por Daniel Tadesse, un actor enano con una malformación física, muy popular en Etiopía, que descubrió Llansó en un montaje de Bodas de sangre, de Lorca, y ya protagonizó uno de sus trabajos Chigger Ale (2013), en el que entraba vestido de Hitler en un taberna, provocando la estupefacción e indignación de la concurrencia. Aquí, da vida a un chatarrero cansado de recoger los deshechos de antiguos habitantes (las migajas -crumbs – a las que hace referencia el título de la película), que sobrevive junto a su amada, una joven talentosa que fabrica bonitas esculturas reciclando la chatarra. Los dos sueñan con abandonar el planeta y empezar en su tierra, con la idea de ser transportados por la nave que se encuentra suspendida frente a ellos, y que parece que ha iniciado algo de actividad en su interior.

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Llansó ha edificado una fábula (con ecos a El mago de Oz) en la que su antihéroe sueña con ser valiente y encontrarse a sí mismo, en la que una joven escucha voces que parecen venir de otro dimensión, y una serie de personajes espectrales como unos soldados sin rumbo que andan perdidos creyéndose en continua guerra, una bruja misteriosa con poderes sobrenaturales, como una especie de oráculo, un anciano codicioso que comercializa con los objetos que unos roban o encuentran, y finalmente, un papá Noel enjuto y cansado con otro significado y apariencia. El director madrileño ha construido un cuento postapocalíptico, ambientado en Etiopía, un mundo en suspenso, que se desplaza lentamente y con extrema dificultad, con grandes toques de surrealismo y esperpento (en los que podemos identificar a Buñuel o Lynch), una aventura en el alma de un territorio inhóspito, con un joven atípico, fuera de lo común, que tiene miedo de ese mundo sin alma, y de sí mismo, que emprende un viaje interior para encontrar su destino (muy del universo de Herzog). Una película breve (apenas 68 minutos), con actores y no actores, de exquisita belleza plástica, en algunos tramos de fuerte y sutil abstracción, filmada con tomas largas, y escasos diálogos, con personajes de fuerte carga emocional.

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Una aventura a pie, en la que se encuentra con otros seres, igual de perdidos, sin identidad ni lugar, que malviven en ese planeta, un paisaje fantasmal, sin vida, en la que los objetos han perdido su significado original y han adquirido nuevos valores de diversa naturaleza y condición: Michael Jordan lo han convertido en una especie de Dios al que se adora con santuario incluido, las Tortugas Ninja y otras figuritas de plástico, ahora son símbolos y emblemas de antiguos guerreros, Carrefour se ha erigido en artista total, las espadas de plástico son ahora armas de lucha, hay nazis de segunda generación que portan máscaras antigás, y los vinilos del rey del pop son reliquias ancestrales. Llansó ha fabricado un artefacto incendiario, cargado de humor negro, y desolador, sobre la fragilidad de la memoria, y el desarraigo, y la necesidad de pertenecer a algo o a alguien, en el que emerge una demoledora crítica al capitalismo, y a lo absurdo de la cultura pop, nacida a través de lo tangible y superficial, construida por los medios con el fin de transformarse en iconos-productos para que las masas sedientas de símbolos y guías, los consuman con extrema rapidez. Crumbs es otra sugerente muestra de la energía valiente y resistente que ya se respiraba en títulos como El futuro (2013), de Luis López Carrasco, Uranes (2013), de Chema García Ibarra y Sueñan los androides (2014), de Ion De Sosa, con las que comparte, no sólo la amistad y el trabajo que une a sus creadores, sino también la circunstancia de ser hijas de la crisis, cine hecho con medios reducidos que reflexionan sobre la coyuntura económica, enlazados por ese espíritu de producir películas que remuevan las raíces del género, en este caso la ciencia-ficción, a través de un cine inteligente, que rastrea fórmulas diferentes, y transita por caminos expresivos y formales de manera provocadora e irreverente, pariendo unas obras de profundo carácter personal y extremadamente sensibles.

 

 

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra

413697EL ALMA DE LA SELVA.

“No me es posible saber en este momento, querido lector, si ya la infinita selva ha iniciado en mí el proceso que ha llevado a tantos otros que hasta aquí se han aventurado, a la locura total e irremediable. Si es ese el caso, sólo me queda disculparme y pedir tu comprensión, ya que el despliegue que presencié durante esas encantadas horas fue tal que me parece imposible describirlo en un lenguaje que haga entender a otros su belleza y esplendor; sólo sé que, como todos para los que se ha descorrido el tupido velo que los cegaba, cuando regresé a mis sentidos, ya me había convertido en otro hombre.”

(Extracto fechado en 1907 del diario de Theodor Koch-Grunberg)

En el momento que el western contó las películas desde el punto de vista del indio, el género completó la parte de la historia desconocida, la que no conocíamos, adquiriendo en ese instante su verdadera dimensión. El arranque de la película describe con minuciosidad y detalle la verdadera naturaleza del relato. El encuentro entre occidente y la naturaleza. Un indígena joven y fuerte de la selva amazónica se detiene en un claro de la selva frente a un río. Ha observado algo en la distancia. Por el río, y dirigiéndose hacía él, se le acerca una barca en la que van Manduca, un joven indígena con ropas occidentales que hace de guía y compañía, y Theo, (que interpreta el actor belga Jan Bijvoet, el ser inquietante y perverso de Borgman) un científico alemán gravemente enfermo. Cuando los tiene delante, el indígena los rechaza y se marcha. De esta manera, tan potente y observacional, arranca la tercera película de Ciro Guerra (1981, Río de Oro, Cesar, Colombia) en la que sigue explorando los límites del ser humano y el entorno que lo rodea. En su primera película, La sombra del caminante (2004) se centraba en las dificultades económicas que encontraban dos desplazados en una sociedad que los ignoraba, en la segunda, Los viajes del viento (2009) la trama giraba en torno en un juglar que viajaba junto a un aprendiz para devolver su acordeón a su anciano maestro.

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En el abrazo de la serpiente, vuelve a contar con su inseparable Cristina Gallego en labores de producción, para levantar una película que ha necesitado de un gran esfuerzo económico y humano en el que han tenido que sortear las dificultades de un rodaje en plena selva amazónica, para conseguir un retrato fiel, humanista y realista de los pueblos indígenas que poblaron durante miles de años esas tierras. La película se centra en el encuentro del hombre blanco con el indígena de la Amazonía colombiana. Basada en los diarios del etnólogo alemán Theodor Koch-Grunberg y del biólogo estadounidense Evan Schultes. La cinta gira en torno a la búsqueda de los explorados-científicos de la yakruna, una planta sagrada que permite soñar. Para ello, necesitarán la sabiduría y la protección de Karamakate, un chamán que es el último sobreviviente de su pueblo. Los tres emprenden un viaje por el río en busca de la preciada planta. Contada a través del punto de vista del indígena, y en dos tiempos, separados por 40 años de distancia, Guerra plantea la misma búsqueda, la condición materialista del blanco frente a la sabiduría de la naturaleza del indígena. El cineasta colombiano nos convoca a una cinta naturalista, metafísica y sobria, filmada en 35mm y en blanco y negro, (una cinematografía basada en las fotografías que hicieron estos explorados en sus viajes en el pasado), donde el viaje se centra en lo espiritual y divino, más que en lo físico y terrenal. Un viaje a lo oculto, a lo misterioso, al descubrimiento de una forma de vida que ya no existe, donde se hablan varios idiomas, desde castellano, portugués, alemán, latín, catalán, y las lenguas indígenas, cubeo, wanano, tikuna y huitoto. El relato nace desde lo interior y viaja a lo divino, a lo que no se ve, a lo intangible, a lo que se escapa de nuestros sentidos.

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El director nos acerca una riqueza cultural, comunitaria y espiritual diferente, ajena y tremendamente humana y generosa. Su trama se mueve en la idea de justicia y reparación de esas comunidades indígenas que han sido exterminadas y olvidadas por la fuerza y la codicia de los hombres occidentales que han invadido esas tierras con la idea de arrebatárselas y robarles los elementos naturales (tema que también explora Patricio Guzmán en su reciente El botón de nácar). Una película visualmente muy potente, en la que abruma su estudiada y brillante forma, que presenta de forma directa y brutal a los personajes y el bellísimo e inabarcable entorno natural que los rodea. Un relato magnético, asombroso y sobrecogedor, que mira con crudeza y realismo el exterminio de esos pueblos a través de un relato en el que se habla de amista, lealtad y traición. Un viaje sin tiempo, sin espacio, sobre el conocimiento de uno mismo y del otro, en el que todo está por descubrir y por conocer. Recoge el testigo de la intensidad y el riesgo de las aventuras clásicas de viajes a lo desconocido y oculto, también, refleja la incertidumbre y el aroma de las novelas de Conrad, donde se relata el encuentro entre occidente y lo natural, entre formas de vivir y pensar diferentes, entre la razón y la locura, entre lo terrenal y lo ancestral, temas que también han tratado cineastas como Murnau y Flaherty en Tabú, o Herzog en sus viajes físicos y psicológicos, en el que sus personajes se enfrentan a su locura interior y exterior en Aguirre, la cólera de Dios o Fitzcarraldo, sin olvidarnos de la aventura apocalíptica y psicótica de Coppola y su viaje salvaje por esa guerra que enloquece a los soldados en Apocalypse Now. Guerra ha parido una película de fuerte contenido social y dramático, donde no hay espacio para la condescendencia ni el manierismo. Sus imágenes contienen una fuerza y un poderío visual que sobrecoge la mirada y mantiene un pulso narrativo de enorme sentido que nos sumerge en un viaje fuera de todo alcance, en el que lo material ha desaparecido, no hay nada conocido, sólo una espiritualidad en consonancia con la naturaleza que no podemos observar ni mirar.

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de “Los exiliados románticos”. El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía, y al equipo del Cine Zumzeig, por acogerme con tanto cariño y simpatía.