Winnipeg, el barco de la esperanza, de Beñat Beitia y Elio Quiroga

UN CUENTO SOBRE EL EXILIO.   

“Una nación que crea hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan”. 

Ángel Ganivet

De un tiempo hasta ahora, el cine de animación se ha abierto poco a poco hacia la memoria, con películas que profundizan en hechos del pasado, sobre tiempos muy oscuros y rescatando la memoria de tantos olvidados. Ahí encontramos 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín y Josep (2020), entre otras. A este grupo se ha añadido Winnipeg, el barco de la esperanza, del tándem Beñat Beitia y Elio Quiroga, basada en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda, de Laura Martel, que coescribe el guion junto a los dos directores. La película rescata la memoria de tantos exiliados que se fueron del país a finales de la guerra en 1939. Su periplo tortuoso y peligroso que les llevó a cruzar por los Pirineos nevados hasta llegar a Francia, donde los encerraron en los campos de Argelès-sur-Mer y demás junto al mar en condiciones paupérrimas, y de allí, con suerte, introducidos en un barco como el que promovió el poeta Neruda y llevarlos en una dura travesía hasta Valparaíso en Chile. 

La historia gira en torno de Víctor, un viudo y sindicalista de Barcelona que vive junto a sus cuñados y su hija pequeña Julia. En enero del 39 con el avance de las tropas franquistas decide irse y emprender una travesía difícil en el que se tropezará con la bondad y la maldad de la condición humana. Beitia ya tenía experiencia en el cine de animación con Dixie y la rebelión zombi (2014), que codirigió junto a Ricardo Román. Elio Quiroga tiene una extensa filmografía que arrancó con la cinta de culto Fotos (1996), con el cine de género de  terror psicológico como punta de lanza, en la que también ha tocado el documental y la animación en el cortometraje Home Delivery: Servicio a domicilio (2015). Estamos ante un dibujo sencillo, intimista y nada artificioso, cuidando el detalle y la precisión para contarnos un relato sobre olvidados en contra del olvido que algunos se empeñan en enterrar o usar como rédito político. En un país como el nuestro, donde la memoria es tan mal usada o reducida a cuatro homenajes y alguna cosa más sin importancia, una cinta como está ayuda a ver ese pasado incómodo y terrorífico en el que tantas personas huyeron del terror franquista, y emprendieron viajes para encontrar un lugar donde no fuesen señalados, perseguidos y asesinados.

La película ha significado un grandísimo esfuerzo de producción que ha contado con grandes profesionales como Arkaitz Alaztuei en la dirección de animación, en el que estaba Bernardita Ojeda, que tiene en su haber la reciente Olivia y el terremoto invisible. La música corre a cargo del experimentado Diego Navarro, el compositor habitual de la directora Mar Targarona, y en el cine de animación con Atrapa la bandera, y la reciente Mariposas negras, de David Baute, gran cine de animación que denunciaba los destrozos del cambio climático. El montaje lo firma Raúl López, con más de 40 títulos en su filmografía, habitual de cineastas vascos como con los Moriarti, es decir, José María Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arriegi, de la que es un habitual, y otros como Asier Altuna, Telmo Esnal y Aritz Moreno, entre otros. Su edición es magnífica con sus 75 minutos breves e intensos, llenos de emoción, de negrura, de tristeza y miedo, pero también de esperanza, sentido de la libertad y pequeños gestos de humanidad dentro del terror en el que sobreviven como pueden. La película huye de la condescendencia y la lágrima fácil, como hacen en producciones de las mismas características, aquí hay sensibilidad y una mirada de verdad a la odisea que vivieron tantos exiliados que salieron del país con rumbo incierto y mucho miedo. 

Ver una película como Winnipeg, el barco de la esperanza ayuda a todos/as aquellos que no sepan la realidad de la retaguardia de la Guerra Civil Española, todo lo que sucedía a las personas de a pie, como explicaba Las bicicletas son para el verano, del gran Fernando Fernán-Gómez, tanto en teatro como en cine, verán un trozo de aquellas vidas, experiencias y terror que sufrieron tantas personas como Víctor y Julia, en un mundo que se desmorona porque unos señores de caqui no aceptaron la voluntad del pueblo, les recuerda algo de la actualidad política del aquí y ahora. En la película vemos nombres que han pasado a la historia por su labor humana como Pablo Neruda, la enfermera Elisabeth Eidenbenz  y un joven ministro Salvador Allende, en las voces de los intérpretes chilenos Paulina García, Luis Gnecco y Alfredo Castro. Acérquese y sepan quiénes fueron los protagonistas de la película dirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, porque seguramente no los conocerán y además, sabrán que fué irse de tu país y emprender un viaje hacia una esperanza que había que hilvanar con muchísimo cuidado después de todo lo que dejaban atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Magallanes, de Lav Diaz

EL VIAJERO INFINITO. 

“Encontraremos algo en ninguna parte”

Fernando de Magallanes 

Si pensamos en el cine comercial actual tan frenético, de ritmo electrizante, argumentos simpatizantes y sobre todo, una estimulación constante para enganchar a los distraídos espectadores. El cine de Lav Diaz (Datu Paglas, Filipinas, 1958) estaría en las antípodas de toda esa estructura de cine mainstream, porque su universo se caracteriza por la profundidad y sensibilidad acercándose a la historia de su país, los traumas, la resiliencia, las injusticias y las continuas luchas en que lo humano está muy presente en sus diferentes formas, complejidades y contradicciones. Sus películas se alejan muchísimo del corte de 90 minutos convencional, ya que sus films alcanzan duraciones de más de tres horas, incluso rebasando las cinco horas. Su narrativa también es diferente, alterna el color con el blanco y negro, apoyándose en fascinantes largos planos secuencia fijos y muy largos, en que la cámara se sitúa en un estado de observador, con un tiempo dilatado en unos encuadres de enorme empaque visual en los que penetra en lo físico y en lo espiritual de forma sencilla y huyendo de artificios, triquiñuelas argumentales y narración epatante, dando tiempo y reflexión a los curiosos e hipnotizados espectadores. 

Con Magallanes se acerca a la mítica figura del inquieto y empedernido viajero Fernando de Magallanes (1480-1521), pero no dibuja a un líder por encima del bien y el mal, recurriendo a la épica para vanagloriar su figura, sino todo lo contrario, le extrae toda la leyenda y el mito que lo rodean, para hacer una película sobre un hombre de carne y hueso, un individuo con sus alegrías y tristezas, con sus aciertos y equivocaciones, alguien ambicioso y también, alguien con miedo. La película nos cuenta su ruptura con la Corona portuguesa y con sus enemigos lusos para convencer al Rey de España de su viaje, de su aventura, de su ambición y su metamorfosis al llegar al archipiélago malayo. La película se asienta en la mirada y el cuerpo de Magallanes, de su amor Beatriz, y de sus relaciones con su tripulación y con los filipinos, porque el relato se centra, en su mayor medida, en sus (des) encuentros con los filipinos que conoce en sus largos y peligrosos viajes. Sus conquistas, sus conversiones católicas, sus devaneos, sus guerras interiores y exteriores, y sus huidas imposibles y demás situaciones que la cinta de Diaz relata de forma cercana y a la vez, observando como un privilegiado testimonio, en un poderoso ejercicio de desmitificación, abstracción y espiritualidad, donde cada instante de sus inquietantes planos nos sitúan en una zona limbo donde es tan importante lo que vemos y lo que se queda fuera de cuadro, en un off que alimenta los sueños. 

El aspecto técnico del universo de Lav Diaz siempre está muy pensado, es meticuloso, nada dejado al azar, en que cada encuadre escenifica un algo y más allá. Una cinematografía que firma el propio director y Artur Tort, el cinematógrafo habitual de Albert Serra, que actúa como coproductor, junto a Montse Triola,  en una composición de planos y encuadres en que el plano general se impone, a través de magníficos tableau vivants, hizponitantes y poderosos, donde el tiempo se va diluyendo, y el ritmo latente y reposado se va imponiendo a lo que ocurre y lo que no, en una especie de limbo inquietante y asfixiante, en el que todo ese poder magnético que va sumergiendo a los espectadores en un estado ambivalentes difíciles de descifrar donde cada secuencia aporta un tiempo no presente, donde pasado se fusiona con un no sé qué. El gran trabajo de sonido del dúo Emmanuel Bonant y Cecil Buban, esencial en una película donde el tiempo es muy físico, en un puzzle infinito de sonidos ambientales y fantasmales. El excelente trabajo de dirección artístico y de vestuario también ayudan a hacer de la historia esa credibilidad de verdad y leyenda, o lo que es lo mismo, ficción, por donde se mueve la película. El montaje también lo firman Tort y Diaz que, en sus 160 minutos de metraje, nos meten de lleno en esa quietud, pérdida y alucinante vida vivida y no vivida del inquieto viajero, en que el tiempo es una parte esencial del metraje, con sus saltos a modo de capítulo. 

La dificultad de poner rostro y cuerpo a Magallanes no ha sido una tarea fácil para Diaz, pero viendo la composición de Gael García Bernal, no solo estamos ante una especie de metamorfosis en que nos creemos la cara del actor mexicano ya como la real del explorador portugués, en una poderosa simbiosis donde en ese espacio intermedio, un limbo de actuación en el que se produce el encuentro entre la piel y la máscara que desaparecen para ver al navegante no cómo creemos que era, sino como es en la piel, el gesto y la mirada de García Bernal. Como sucede en el cine de Diaz, donde tiene la mecánica de mezclar intérpretes profesionales con actores naturales, en Magallanes también encontramos esta premisa con actores como el también mexicano Darío Yazbek Bernal, que hemos visto en películas de Michel Franco, Ángela Azevedo es la hermosa Beatriz, el luso Rafael Morais, habitual del director portugués Joâo Canijo, el también portugués Tomás Alvés, visto en el cine de Bruno Gascón, el conocido en la cinematografía portuguesa Paulo Calatré, el actor filipino Ronnie Lazaro, siete películas con Diaz, amén de Brillante Mendoza, y demás, y los naturales que escenifican todo el entramado físico y espiritual por el que se mueve la cinta, como su magnetizante arranque donde se produce el encuentro de los originarios y occidente, tan extraño como íntimo.

Como hay pueblos que se hermanan, también hay cine que también lo hace, la película de Diaz se podría fraternizar con Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog, ya que el Lope de Aguirre de la historia en la piel de Klaus Kinski, imposible verlo en el rostro de otro intérprete, escenifica la locura, el terror y lo espiritual de su aventura al invierno, en su vía crucis particular por las cosas americanas, con la guía que trazó Conrad en la inolvidable El corazón de las tinieblas, en que Charlie Marlow no sólo se enfrenta al sin escrúpulos Kurtz, sino a todos sus fantasmas, los habidos y por venir, en un viaje sin fin, en una mezcla de aventura, miedo y catástrofe, donde la figura es un tipo como otro, con ternura, con rabia, deseoso de ser, llegar y seguir navegando, enfrentándose a sus yos, y a los otros, y los del más allá, y su conflicto con Lapu-Lapu, misterio, invento o quizás, un fantasma que ejerce contra los invasores, contra los viajeros del tiempo que llegar de otros mundos, como si fueran astronautas. Magallanes, de Lav Diaz es cine en mayúsculas, si entendemos y sentimos el cine como un misterio a revelar o no, en un viaje personal e íntimo en que exploramos a otros investigando a nosotros, o lo que creemos que somos, en una travesía hacia el otro mundo, o lo que queda más allá de la razón, donde habitan los monstruos del espejo y los que no se reflejan en él. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pedro Pinho

Entrevista a Pedro Pinho, director de la película «La risa y la navaja», en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Pinho, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La risa y la navaja, de Pedro Pinho

LAS HERIDAS DE LA COLONIZACIÓN. 

“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”. 

Aimé Césaire

Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado. 

La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista. 

La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez. 

Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría. 

A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rita Azevedo Gomes

Entrevista a Rita Azevedo Gomes, directora de la película «Fuck the Polis», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 15 de enero de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Pere Vall de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jana Montllor Blanes

Entrevista a Jana Montllor Blanes, directora de la película «On eres quan hi eres?», en el Espai Delmiro de Caralt de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 17 de diciembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jana Montllor Blanes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El sendero azul, de Gabriel Mascaro

EL SUEÑO DE TEREZA. 

“Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o soñar un nuevo sueño”.

C. S. Lewis

Hay muy pocas películas sobre la vejez, y las que hay, salvo contados excepciones, pertenecen a su ocaso, centradas en la nostalgia, los recuerdos y la falta de futuro. Por eso, celebramos con gran entusiasmo el estreno de una película como El sendero azul (en el original, “O último azul”), porque su protagonista Tereza de 77 años, que trabaja en un centro industrial de carne de caimán, se enfrenta a que el estado la jubila y la envía a una colonia para personas de su edad, y así dejar espacio para los más jóvenes. Ante ese panorama, la mujer hace lo imposible para escabullirse de la decisión del gobierno, y decide emprender una huida por el río Amazonas en busca de su sueño, que no es otro que volar. Una decisión que la llevará a embarcarse, y nunca mejor dicho, en una gran aventura llena de descubrimientos tanto físicos como emocionales, en los que crecerá como persona y, sobre todo, la sumergirá en la vida por primera vez, en vivir en libertad, en vivir plenamente, y en vivir como ella quiera frente a la ley que nos obliga a producir y no ser. 

El director Gabriel Mascaro (Recife, Brasil, 1983), que arrancó su filmografía dirigiendo documentales como  Avenida Brasilia Formosa (2010) y Doméstica (2012), entre otros, y ficciones vistas por estos lares como Vientos de agosto (2014), Boi neon (2015) y Divino amor (2019), en las que miraba con sentido y crítica lo rural en las dos primeras, y la evangelización de su país con la llega del conservador Bolsonaro al poder. Con El sendero azul, coescrita por Tiberio Azul y el propio director, mezcla muchas cosas diferentes: tenemos el género fantástico, con el líquido azul de un caracol que hace ver cosas futuras, la crítica social, con una sociedad obsesionada con la productividad, el viaje íntimo y personal, con una abuela que se niega a ser un florero y quiere luchar por convertir sus sueños en realidad, y por último, la realidad y contradicciones del río Amazonas, en relación a esa imagen romanizada del foráneo. Y todo, eso en una estructura que bebe mucho del viaje, o cómo la llaman los estadounidense, las road movies, esas historias donde lo importante es el viaje, como el Ulises de Homero, el origen de todo, el héroe, en este caso, la heroína Tereza que quiere seguir soñando en pos a una sociedad estúpida y enloquecida en lo físico y vacía en lo emocional. 

El apartado técnico de la película está concebido como las aventuras de antes, con la Panavision como encuadre y el formato de 1.33 y 4/3 que ayuda a penetrar con más naturalidad e intimidad en las relaciones de los diferentes personajes en cuestión, en una cinematografía llena de luminosidad asfixiante y llena de neones durante la noche que firma el mexicano Guillermo Garza, habitual del director Humberto Hinojosa Ozcáriz. La música del mexicano Memo Guerra llena de melodías que mezclan lo misterioso con lo cotidiano se fusiona con gran habilidad con la atmósfera del Amazonas, un personaje más y tan lleno de misterio, tan industrial, tan denso y tan cosmopolita. El montaje que firman la pareja el mexicano Omar Gúzman, habitual de la directora Lila Avilés y el documentalista Javier Toscano, y el chileno Sebastián Sepúlveda, con una gran carrera al lado de cineastas tan reconocidos como Sebastián Leilo, Marialy Rivas y Pablo Larraín, ejecutan una edición concisa, libre y llena de detalles, que consiguen que sus 86 minutos de metraje se vean con interés, en una trama que aborda el género para introducir elementos cercanos y ajenos en una fábula protagonizada por abuelas llenas de vida, entusiasmo y amor por el ser y la vida que ya lo quisiéramos la mayoría. 

Para el apartado interpretativo, Mascaro se ha rodeado de un grupo que transmite una naturalidad y sensibilidad en sus respectivos personajes que hacen que la película vuele muy alto. Tenemos a la protagonista Tereza que hace una fascinante y poderosa Denise Weinberg, con más de un cuarto de siglo de carrera al lado de nombres como René Guerra, Sergio Machado, Sergio Rezende, entre otros. Su Tereza es un personaje inolvidable, una mujer de 77 tacos con una vitalidad, fuerza y resistencia que construye una rebeldía que la hace decir NO, y seguir, a pesar del gobierno, de su hija y de una sociedad con miedo a protestar. Su lucha pequeña e invisible es uno de los actos de amor a la vida y al ser humano tan emocionantes y tan poco habituales en la gran pantalla. El actor brasileño Rodrigo Santoro, con más de tres décadas de carrera al lado de grandes directores como Walter Salles, Héctor Babenco, David Mamet, Pablo Trapero, Steven Soderbergh, Fernando Meirelles, entre otros. Su Cadu es una especie de Robinson Crusoe del río, tan lunático como terrenal, uno de esos vaqueros de Peckinpah, tan gastado como humano. La actriz cubana Miriam Socarrás es Roberta, la otra abuela, la compañera de fatigas de Tereza, otra resistente, rebelde y amante de la vida y del río, y por supuesto, de su barco, que es todo su mundo y su vida. Sólo me queda decirles, que no lo piensen más, y se descubran El sendero azul, de Gabriel Mascaro, cine de calidad, cine humanista, cine sobre la vejez, cine sobre los sueños por hacer y cine de verdad del que habla de lo que nos sucede en nuestro interior de un modo tranquilo, sensible y lleno de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flores para Antonio, de Isaki Lacuesta y Elena Molina

ALBA ENCUENTRA A SU PADRE. 

“Una espina se clavó en la cima de mi montaña y, una nube se posó sobre mi tela de araña. Sabe Dios lo que pasó y, está escrito en mis entrañas, la zarpa que desgarró mi túnica de pasión. Tú sabes cual es mi dolor, por favor dame calor”. 

“Una espina” (1994), de Antonio Flores 

Muchas obras nacen de una necesidad vital, de un deseo de encarar la mochila, el dolor, la pérdida y el vacío. El cine actúa como mediador a todos esos conflictos interiores que son invisibles, difíciles de compartir y son los que más duelen. En ese sentido, el cine documental es la travesía más idónea para adentrarse en las profundidades del alma e interrogarse, primero con uno y luego, con el entorno. La actriz Alba Flores (1986, Madrid), perdió a su padre a los 8 años. Su padre era Antonio Flores (1961-1994), un compositor y músico extraordinario que, siempre vivió a contracorriente, libre, a su manera en un mundo demasiado complejo y duro para las almas sensibles como la de él. En Flores para Antonio la citada Alba, coproductora de la cinta junto a su madre Ana Villa, emprende su propio viaje personal y profundo para encontrarse con su padre a través, y cómo reza la frase que abre la película: “Una película de conversaciones pendientes, documentos, canciones, una búsqueda y una catarsis”

La pareja de directores son Isaki Lacuesta (Girona, 1975) y Elena Molina (Madrid, 1986), que se convierten en los demiurgos de la propia Alba, en una historia en la que su protagonista se abre y se atreve a todo aquello que necesitaba hacer y nunca había hecho hasta ahora. A hacer las preguntas sobre su padre. Y lo hace acompañada de su familia: su madre, sus tías Lolita y Rosario, su prima Elena y demás, y los innumerables archivos familiares en formato de vídeo doméstico en los que aparecen los presentes, y ausentes como sus abuelos Lola Flores y Antonio Gonzalez “El Pescaílla”, y su propio padre. Y muchos más como amigos de la vida y el rock como Ariel Roth, Sabina, Juan El Golosina, Antonio Carmona y demás testigos y compadres de la existencia de Antonio. La cosa se amplía y de qué manera, con una gran cantidad de material de archivo: documentación, fragmentos de programas de televisión, letras de canciones, dibujos y demás objetos de un artista muy activo que no cesaba quieto en ningún instante. Un viaje hacia nuestros fantasmas, al legado de los que ya no están, al cine como línea que une esta vida con la otra, mediante sus huellas, su memoria y sobre todo, el recuerdo que dejan en los vivos. Una película-viaje que ayuda a sanar, a comprender y a hablar, que tan necesario es. 

Una película con gran contenido emocional y, también, con un gran equipo técnico que ha manejado con gran cuidado todo el material sensible que manejaba. Tenemos a Juana Jiménez en la cinematografía, que conocemos por sus trabajos en el campo documental en cintas como Las paredes hablan, de Carlos Saura, y Marisol, llamadme Pepa, entre otras, en una cinta-collage que se ve muy bien e invita a la reflexión y a bucear nuestro interior. El diseño sonoro lo firma un grande como Alejandro Castillo que, no tenía tarea sencilla con tanto ambiente sonoro de diferentes procedencias y la infinidad de canciones que escuchamos del artista. La música la firma la propia Alba y Sílvia Pérez Cruz.  El montaje que firman el dúo Mamen Díaz, de la que hemos visto las interesantes Violeta no coge el ascensor, Alumbramiento, la serie La mano en el fuego, que dirigió la citada Elena Molina, y Alicia González Sahagún, con mucha experiencia en el terreno de series como El incidente y Cien años de soledad, entre otras. Un gran trabajo de concisión y detalle para poder retratar a un artista muy inquieto, que navegó por todos los lados: los de la vida, los de las drogas, los de la pasión, el amor y todo aquello que no se ve, y los encuentros con él que experimenta su hija, en sus emocionantes 98 minutos de metraje. 

Una película como Flores para Antonio tiene la gran capacidad de hacer un recorrido muy personal y profundo de una hija a través del legado y los que conocieron a su padre, y lo hace con toda la alegría y tristeza, con la melancolía de aquella que le hubiera gustado haber estado más con su padre, y lo hace desnudándose en todos los sentidos, mostrando sus duras internas con todos y todo, sobre todo, con él mismo, sus felicidades y tristezas, sus ganas de vivir y de hacer música, su música, sus partes más oscuras de rebeldía, de revolucionario a su manera, de sus adicciones, y de todo su esplendor y oscuridad. En ese sentido, la película es honesta y muy íntima, coge de la mano al espectador, acompañando al viaje de Alba, y nos lleva por esos ochenta llenos de vida y muerte, de risas y penas, del despertar a una nueva vida después de 40 años de terror y oscurantismo. Isaki y Elena demuestran que, a partir de un material ajeno a priori, saben encauzar a sus imágenes: la música y el duelo están muy presentes en el cine del director gerundense, y en Remember my Name (2023), de Molina, se hacía eco de un grupo de jóvenes de danza que se agrupan para vencer sus difíciles vidas. La película trasciende el cine y se convierte en una catarsis, como se anuncia al inicio, y para los espectadores un viaje muy emocionante que abre todo eso que está ahí esperando a ser escuchado y en el que se recupera la memoria de un músico excepcional como Antonio Flores y todo lo que significó y significa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monsieur Aznavour, de Mehdi Idir y Grand Corps Malade

EL INMIGRANTE QUE SE CONVIRTIÓ EN AZNAVOUR. 

“Je vous parle d’un temps. Que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître. Montmarte, en ce temps-là accrochait ses lilas jusque sous nos fenètres. Et si l’humble garni, qui nous servait de nid, ne payait pas de mine. C’est là qu’on s’est connu, moi qui criais famine et toi qui posais nue. La bohème. La bohème. Ça voulait dire. On est heureux… 

Fragmento de “La bohème”, de Charles Aznavour. 

Hay muchas formas de encarar una película que hable de una figura real, abundan las que optan por una línea convencional donde priman los hechos más relevantes, atendiendo a una clara idea de regodearse en los éxitos y pasar por alto los fracasos y obviamente, las partes más oscuras e incómodas que puedan asustar al respetable. Monsieur Aznavour, que cuenta parte de la historia del gran cantante de la “chanson”, Charles Aznavour (1924-2018), retratando buena parte de su camino para convertirse en un referente de la canción francesa durante muchos años. Hay, como no, una parte dedicada a sus éxitos, sus amores y demás sucesos, aunque la película opta por contarnos sus comienzos y sus intentos de ser cantante que no fueron nada sencillos. 

La pareja de directores Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979), y Grand Corps Malade, pseudónimo de Fabien Marsaud (Le Blanc-Mesnil, Francia, 1977), encargada de llevar el ascenso de Aznavour, ya conocida por haber codirigido un par de películas más modestas de índole social y humanista como Patients (2016), basada también en un hecho real de Corps Malade cuando tuvo un accidente y pasó por una extensa y ardua rehabilitación, y Los profesores de Saint-Denis (2019), sobre un grupo de docentes en un instituto difícil. Con Monsieur Aznavour entran en la gran industria, con una cinta que ha sido un gran éxito de público en Francia con un relato planteado a partir de cinco episodios que son el título de tantas canciones, que ahonda en la intimidad y sencillez de un hombre común hijo de refugiados armenios que soñaba con cantar y al que seguimos sus peripecias como aspirante a cantante. Pasando por dos grandes encuentros en su vida: Pierre Roche, con el que componía y cantaba en varios pequeños clubes por París y sus provincias y demás, su estancia en Canadá, y luego, con Édith Piaf, con la que durante 8 años se convirtió en su chófer, secretario, músico y cantante telonero y mucho aprendizaje. Conocemos lo que hay detrás del cantante, del hombre menudo que luchó y creyó en su talento, a pesar de todos los inconvenientes: menudo, feo, voz rota e hijo de extranjeros. 

Una película con un gran despliegue técnico en su arte, vestuario y demás elementos que hacen que la vida del magnífico músico se convierta en una gran experiencia cinematográfica y sea un retrato íntimo de una época ya desaparecida e importante para la cultura mundial. Destacamos la excelente labor del cinematógrafo Brecht Goyvaerts, que tiene en su filmografía los nombres de Lukas Dhont y Julien Leclercq, entre otros, adaptándose a una película de múltiples lugares, espacios y el consiguiente recorrido de años, donde prevalece una luz tenue y cercana, como el estupendo arranque con Aznavour sentado de espaldas a nosotros mientras habla por teléfono. El montaje de una grande como Laure Gardette con más de 30 títulos en su tercera película con los mencionados directores, amén de tener una carrera muy interesante al lado de François Ozon, con el que ha trabajo en 11 películas, Maïwenn, Nadine Labaki y Cédric Jimenez, con un trabajo nada fácil para almacenar tantas secuencias con sentido y ritmo en sus 133 minutos de metraje.  Y cómo no podía ser de otra manera, las grandes canciones de Aznavour, como la citada “La bohème”, “Les deux guitares”, “Les comédiens”, “Comme ils disent”, “Tout s’en va”, “Emmenez-moi”, “For me formidable” y muchas más, y algún que otro tema de Trenet, la Piaf, y otros grandes temas de aquella época, de aquella bohème… 

Mención aparte tiene la grandiosa composición de Tahar Rahim con una formidable carrera como actor con grandes cimas como Malik El Djebena que hizo en Un profeta (2009), de Audiard, que lo lanzó a la fama, El pasado (2013), de Farhadi, El padre (2014), de Akin que, curiosamente, interpretaba a otro armenio que huía del genocidio en 1915, como sucedió con la familia de Aznavour, y demás películas que lo han llevado a ser uno de los actores más cotizados de Francia. Su Aznavour es una interpretación alucinante, convirtiéndose en el cantante con sus gestos, su mirada, su forma de moverse y sobre todo, esa mirada que hacía lo imposible por dejar su pasado, y seguir cantando, sin detenerse, porque ahí venían los temores. Le acompañan Bastien Bouillon como Pierre Roche, su compañero de fatigas de la canción durante un tiempo, al que hemos visto en películas como 2 otoños, 3 inviernos, Sólo las bestias y La noche del 12, Marie-Julie Buap es una grandiosa Édith Piaf, con su cosas, su excentricidad y su enorme talento, que hemos visto en Algo celosa, Las buenas intenciones y Delicioso, y otros intérpretes como Camille Moutawakil, Hovnatan Avedikian, Luc Antoni y Ella Pellegrini, entre otros.

Una película como Monsieur Aznavour tiene lugares conocidos en toda biografía que se precie, pero tiene muchos añadidos que la hacen, no diferente a las demás, sino algo peculiar, ya que nos relata mucho del difícil periplo del cantante que todavía no era cantante, del joven que quería cantar y se ganaba a pulso cada oportunidad, con su timidez, su “poca cosa”, pero llevado por una gran ambición y convicción de mostrar sus canciones, su voz rota y apagada, pero con ganas, solidez y empatía que se ganó con trabajo y constancia el oído de los franceses y el resto del planeta. Una película que no engrandece a su protagonista, sino que lo humaniza y lo tiene siempre frente a nuestra altura y frente a nosotros, siendo un tipo más que con su talento, sus melodías y letras reivindicó y cantó a los olvidados, a los invisibles, a todos/as aquellos derrotados y apaleados por la vida y la sociedad que, un día quisieron romper con lo que la sociedad tenía para ellos y se pusieron a derribar puertas, muros y lo que fuese por seguir su sueño. Estaremos atentos a la pareja profesional Mehdi Idir y Grand Corps Malade porque con las ilusiones y derrotas de Aznavour nos han convencido a base de cercanía, transparencia e inteligencia. Chapeau por ellos!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA