Entrevista a Aritz Moreno

Entrevista a Aritz Moreno, director de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aritz Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Moreno

Entrevista a Pablo Moreno, director de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pastoris, de Pablo Moreno

UN LUGAR AL QUE VOLVER.  

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”

Carl Jung 

En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino. 

El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular,  acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo. 

El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca,  donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje. 

Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno. 

No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Winnipeg, el barco de la esperanza, de Beñat Beitia y Elio Quiroga

UN CUENTO SOBRE EL EXILIO.   

“Una nación que crea hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan”. 

Ángel Ganivet

De un tiempo hasta ahora, el cine de animación se ha abierto poco a poco hacia la memoria, con películas que profundizan en hechos del pasado, sobre tiempos muy oscuros y rescatando la memoria de tantos olvidados. Ahí encontramos 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín y Josep (2020), entre otras. A este grupo se ha añadido Winnipeg, el barco de la esperanza, del tándem Beñat Beitia y Elio Quiroga, basada en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda, de Laura Martel, que coescribe el guion junto a los dos directores. La película rescata la memoria de tantos exiliados que se fueron del país a finales de la guerra en 1939. Su periplo tortuoso y peligroso que les llevó a cruzar por los Pirineos nevados hasta llegar a Francia, donde los encerraron en los campos de Argelès-sur-Mer y demás junto al mar en condiciones paupérrimas, y de allí, con suerte, introducidos en un barco como el que promovió el poeta Neruda y llevarlos en una dura travesía hasta Valparaíso en Chile. 

La historia gira en torno de Víctor, un viudo y sindicalista de Barcelona que vive junto a sus cuñados y su hija pequeña Julia. En enero del 39 con el avance de las tropas franquistas decide irse y emprender una travesía difícil en el que se tropezará con la bondad y la maldad de la condición humana. Beitia ya tenía experiencia en el cine de animación con Dixie y la rebelión zombi (2014), que codirigió junto a Ricardo Román. Elio Quiroga tiene una extensa filmografía que arrancó con la cinta de culto Fotos (1996), con el cine de género de  terror psicológico como punta de lanza, en la que también ha tocado el documental y la animación en el cortometraje Home Delivery: Servicio a domicilio (2015). Estamos ante un dibujo sencillo, intimista y nada artificioso, cuidando el detalle y la precisión para contarnos un relato sobre olvidados en contra del olvido que algunos se empeñan en enterrar o usar como rédito político. En un país como el nuestro, donde la memoria es tan mal usada o reducida a cuatro homenajes y alguna cosa más sin importancia, una cinta como está ayuda a ver ese pasado incómodo y terrorífico en el que tantas personas huyeron del terror franquista, y emprendieron viajes para encontrar un lugar donde no fuesen señalados, perseguidos y asesinados.

La película ha significado un grandísimo esfuerzo de producción que ha contado con grandes profesionales como Arkaitz Alaztuei en la dirección de animación, en el que estaba Bernardita Ojeda, que tiene en su haber la reciente Olivia y el terremoto invisible. La música corre a cargo del experimentado Diego Navarro, el compositor habitual de la directora Mar Targarona, y en el cine de animación con Atrapa la bandera, y la reciente Mariposas negras, de David Baute, gran cine de animación que denunciaba los destrozos del cambio climático. El montaje lo firma Raúl López, con más de 40 títulos en su filmografía, habitual de cineastas vascos como con los Moriarti, es decir, José María Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arriegi, de la que es un habitual, y otros como Asier Altuna, Telmo Esnal y Aritz Moreno, entre otros. Su edición es magnífica con sus 75 minutos breves e intensos, llenos de emoción, de negrura, de tristeza y miedo, pero también de esperanza, sentido de la libertad y pequeños gestos de humanidad dentro del terror en el que sobreviven como pueden. La película huye de la condescendencia y la lágrima fácil, como hacen en producciones de las mismas características, aquí hay sensibilidad y una mirada de verdad a la odisea que vivieron tantos exiliados que salieron del país con rumbo incierto y mucho miedo. 

Ver una película como Winnipeg, el barco de la esperanza ayuda a todos/as aquellos que no sepan la realidad de la retaguardia de la Guerra Civil Española, todo lo que sucedía a las personas de a pie, como explicaba Las bicicletas son para el verano, del gran Fernando Fernán-Gómez, tanto en teatro como en cine, verán un trozo de aquellas vidas, experiencias y terror que sufrieron tantas personas como Víctor y Julia, en un mundo que se desmorona porque unos señores de caqui no aceptaron la voluntad del pueblo, les recuerda algo de la actualidad política del aquí y ahora. En la película vemos nombres que han pasado a la historia por su labor humana como Pablo Neruda, la enfermera Elisabeth Eidenbenz  y un joven ministro Salvador Allende, en las voces de los intérpretes chilenos Paulina García, Luis Gnecco y Alfredo Castro. Acérquese y sepan quiénes fueron los protagonistas de la película dirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, porque seguramente no los conocerán y además, sabrán que fué irse de tu país y emprender un viaje hacia una esperanza que había que hilvanar con muchísimo cuidado después de todo lo que dejaban atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Magallanes, de Lav Diaz

EL VIAJERO INFINITO. 

“Encontraremos algo en ninguna parte”

Fernando de Magallanes 

Si pensamos en el cine comercial actual tan frenético, de ritmo electrizante, argumentos simpatizantes y sobre todo, una estimulación constante para enganchar a los distraídos espectadores. El cine de Lav Diaz (Datu Paglas, Filipinas, 1958) estaría en las antípodas de toda esa estructura de cine mainstream, porque su universo se caracteriza por la profundidad y sensibilidad acercándose a la historia de su país, los traumas, la resiliencia, las injusticias y las continuas luchas en que lo humano está muy presente en sus diferentes formas, complejidades y contradicciones. Sus películas se alejan muchísimo del corte de 90 minutos convencional, ya que sus films alcanzan duraciones de más de tres horas, incluso rebasando las cinco horas. Su narrativa también es diferente, alterna el color con el blanco y negro, apoyándose en fascinantes largos planos secuencia fijos y muy largos, en que la cámara se sitúa en un estado de observador, con un tiempo dilatado en unos encuadres de enorme empaque visual en los que penetra en lo físico y en lo espiritual de forma sencilla y huyendo de artificios, triquiñuelas argumentales y narración epatante, dando tiempo y reflexión a los curiosos e hipnotizados espectadores. 

Con Magallanes se acerca a la mítica figura del inquieto y empedernido viajero Fernando de Magallanes (1480-1521), pero no dibuja a un líder por encima del bien y el mal, recurriendo a la épica para vanagloriar su figura, sino todo lo contrario, le extrae toda la leyenda y el mito que lo rodean, para hacer una película sobre un hombre de carne y hueso, un individuo con sus alegrías y tristezas, con sus aciertos y equivocaciones, alguien ambicioso y también, alguien con miedo. La película nos cuenta su ruptura con la Corona portuguesa y con sus enemigos lusos para convencer al Rey de España de su viaje, de su aventura, de su ambición y su metamorfosis al llegar al archipiélago malayo. La película se asienta en la mirada y el cuerpo de Magallanes, de su amor Beatriz, y de sus relaciones con su tripulación y con los filipinos, porque el relato se centra, en su mayor medida, en sus (des) encuentros con los filipinos que conoce en sus largos y peligrosos viajes. Sus conquistas, sus conversiones católicas, sus devaneos, sus guerras interiores y exteriores, y sus huidas imposibles y demás situaciones que la cinta de Diaz relata de forma cercana y a la vez, observando como un privilegiado testimonio, en un poderoso ejercicio de desmitificación, abstracción y espiritualidad, donde cada instante de sus inquietantes planos nos sitúan en una zona limbo donde es tan importante lo que vemos y lo que se queda fuera de cuadro, en un off que alimenta los sueños. 

El aspecto técnico del universo de Lav Diaz siempre está muy pensado, es meticuloso, nada dejado al azar, en que cada encuadre escenifica un algo y más allá. Una cinematografía que firma el propio director y Artur Tort, el cinematógrafo habitual de Albert Serra, que actúa como coproductor, junto a Montse Triola,  en una composición de planos y encuadres en que el plano general se impone, a través de magníficos tableau vivants, hizponitantes y poderosos, donde el tiempo se va diluyendo, y el ritmo latente y reposado se va imponiendo a lo que ocurre y lo que no, en una especie de limbo inquietante y asfixiante, en el que todo ese poder magnético que va sumergiendo a los espectadores en un estado ambivalentes difíciles de descifrar donde cada secuencia aporta un tiempo no presente, donde pasado se fusiona con un no sé qué. El gran trabajo de sonido del dúo Emmanuel Bonant y Cecil Buban, esencial en una película donde el tiempo es muy físico, en un puzzle infinito de sonidos ambientales y fantasmales. El excelente trabajo de dirección artístico y de vestuario también ayudan a hacer de la historia esa credibilidad de verdad y leyenda, o lo que es lo mismo, ficción, por donde se mueve la película. El montaje también lo firman Tort y Diaz que, en sus 160 minutos de metraje, nos meten de lleno en esa quietud, pérdida y alucinante vida vivida y no vivida del inquieto viajero, en que el tiempo es una parte esencial del metraje, con sus saltos a modo de capítulo. 

La dificultad de poner rostro y cuerpo a Magallanes no ha sido una tarea fácil para Diaz, pero viendo la composición de Gael García Bernal, no solo estamos ante una especie de metamorfosis en que nos creemos la cara del actor mexicano ya como la real del explorador portugués, en una poderosa simbiosis donde en ese espacio intermedio, un limbo de actuación en el que se produce el encuentro entre la piel y la máscara que desaparecen para ver al navegante no cómo creemos que era, sino como es en la piel, el gesto y la mirada de García Bernal. Como sucede en el cine de Diaz, donde tiene la mecánica de mezclar intérpretes profesionales con actores naturales, en Magallanes también encontramos esta premisa con actores como el también mexicano Darío Yazbek Bernal, que hemos visto en películas de Michel Franco, Ángela Azevedo es la hermosa Beatriz, el luso Rafael Morais, habitual del director portugués Joâo Canijo, el también portugués Tomás Alvés, visto en el cine de Bruno Gascón, el conocido en la cinematografía portuguesa Paulo Calatré, el actor filipino Ronnie Lazaro, siete películas con Diaz, amén de Brillante Mendoza, y demás, y los naturales que escenifican todo el entramado físico y espiritual por el que se mueve la cinta, como su magnetizante arranque donde se produce el encuentro de los originarios y occidente, tan extraño como íntimo.

Como hay pueblos que se hermanan, también hay cine que también lo hace, la película de Diaz se podría fraternizar con Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog, ya que el Lope de Aguirre de la historia en la piel de Klaus Kinski, imposible verlo en el rostro de otro intérprete, escenifica la locura, el terror y lo espiritual de su aventura al invierno, en su vía crucis particular por las cosas americanas, con la guía que trazó Conrad en la inolvidable El corazón de las tinieblas, en que Charlie Marlow no sólo se enfrenta al sin escrúpulos Kurtz, sino a todos sus fantasmas, los habidos y por venir, en un viaje sin fin, en una mezcla de aventura, miedo y catástrofe, donde la figura es un tipo como otro, con ternura, con rabia, deseoso de ser, llegar y seguir navegando, enfrentándose a sus yos, y a los otros, y los del más allá, y su conflicto con Lapu-Lapu, misterio, invento o quizás, un fantasma que ejerce contra los invasores, contra los viajeros del tiempo que llegar de otros mundos, como si fueran astronautas. Magallanes, de Lav Diaz es cine en mayúsculas, si entendemos y sentimos el cine como un misterio a revelar o no, en un viaje personal e íntimo en que exploramos a otros investigando a nosotros, o lo que creemos que somos, en una travesía hacia el otro mundo, o lo que queda más allá de la razón, donde habitan los monstruos del espejo y los que no se reflejan en él. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pedro Pinho

Entrevista a Pedro Pinho, director de la película «La risa y la navaja», en el hall del Zumzeig Cinema en Barcelona, el miércoles 23 de abril de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Pinho, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por hacernos el retrato, y a Iñigo Cintas de Nueve Cartas Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La risa y la navaja, de Pedro Pinho

LAS HERIDAS DE LA COLONIZACIÓN. 

“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”. 

Aimé Césaire

Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado. 

La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista. 

La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez. 

Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría. 

A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rita Azevedo Gomes

Entrevista a Rita Azevedo Gomes, directora de la película «Fuck the Polis», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 15 de enero de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Pere Vall de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jana Montllor Blanes

Entrevista a Jana Montllor Blanes, directora de la película «On eres quan hi eres?», en el Espai Delmiro de Caralt de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 17 de diciembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jana Montllor Blanes, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA