La viajante, de Miguel Mejías

LA HUIDA IMPOSIBLE.

“Percibir la eternidad en el rumor de un insecto”

Paul Éluard

La película se abre con un plano extraño e inquietante, una cámara de cine sobre un trípode, en lo que parece un lugar aislado, un desierto. Pero, la cámara no nos mira, sino que está hacia abajo. Luego, en el interior de un bote tapado, un escarabajo boca abajo se retuerce intentando infructuosamente salir, situación que se repetirá más adelante con una ligera variación, pero el mismo efecto de quietud, vacío y laberinto que siente la protagonista. Dos instantes que tienen mucho entre sí, dos momentos que definen enormemente el proceso emocional en el que se encuentra Ángela, un personaje que lo conoceremos en tres episodios. En el primero, que recibe el título de “La ciudad, La madre”, donde los recuerdos y la memoria juegan un papel importante en la relación de Ángela y su madre. En el segundo, “Tierras sin nombre”, la joven abandona la ciudad a bordo de su automóvil  para adentrarse en zonas aisladas como el desierto, y otras zonas boscosas y aisladas, donde recogerá a Miquel, un hombre cansado y misterioso que vuelve a su casa. El episodio que cierra la película, “Ansia de infinitud”, la relación entre Ángela y el hombre se hace más intensa emocionalmente hablando.

El director Miguel Mejías (Tenerife, 1991), había dado que hablar por sus interesantes cortometrajes como Icelands (2016) y Nocturnos (2017), entre otros, emprende en su opera prima, coescrita junta a Amanda Lobo, una película sumamente singular y seductora, conduciéndonos por una historia intimista, donde apenas hay diálogos, y filmada mediante un intenso y magnífica trabajo de cuadro y cinematografía que firma Pablo G. Gallego, donde imperan las luces mortecinas, neblinas y demás texturas, con otras, más nocturnas, con luces de neón y demás, que recuerda a los universos de Kar-Wai y los de Winding Refn de The Neon Demon, el magnífico trabajo de montaje del propio director, Oscar Santamaría (que había hecho el de Julie, de Alba González Molina), y Sergio Jiménez (editor de gente tan interesante como Luis López Carrasco, Ion de Sosa, y la reciente Karen, de María Pérez Sanz), donde el tiempo se pausa o se alarga según el momento, creando esa idea de fábula entre la realidad y el sueño. El excelso trabajo de sonido de Ángel Fragua y en mezclas, Raúl Capote, para diseñar todo ese mundo que vemos y sobre todo, oímos, convirtiendo el sonido en un espacio orgánico donde todo tiene vida y muestra emociones complejas y de verdad, como la música que firma Eduardo Paynter y Alberto Cobián, que junto a los temas que escuchamos, imprimen a la película esa sensación única y absorbente en el que nunca sabemos dónde estamos ni para qué, en una especie de infinito bucle en que todo el espacio y todo su entorno se mueve entre la realidad abstracta, el sueño y las formas difíciles e indefinibles.

Los insectos que se va encontrando Ángela, esos animales que parecen ser el motivo del viaje de Ángela, acaban siendo reflejo del alma complicada de la protagonista, como el citado escarabajo, la mariposa como símbolo de esa libertad difícil de definir, o ese gusano que se mantiene encima de la frágil rama sin saber su destino. La viajante es una película que quiere volar libre, creando esa imagen y sonidos envolventes, para construir su especial y sugerente universo por el que transita el relato, aunque podríamos acercarla a los anti westerns que tanto le gustaban a Hellman, como El tiroteo o esa cult movie como Carretera asfalta en dos direcciones, donde encontramos individuos como Ángela o Miquel, personas huyendo de algo o alguien, sin rumbo, sin vida, solo viajando, o los personajes propios de Antonioni, vacíos, sin alma, en continuo movimiento físico y sobre todo, emocional, como la Vitti de La aventura y El desierto rojo, y qué decir de aquellos que recorrían el desierto en El reportero, intentando encontrar un destino a sus existencias, y los tipos que caminan sin destino y solitarios que tanto le gusta filmar a Gus Van Sant.

Dos grandiosos intérpretes que dicen mucho hablando tan poco, que ya los pudimos ver compartiendo película en Diamond Flash (2011), de Carlos Vermut. Una Ángela Boix, con esa mirada y aspectos que traspasan la pantalla, convertida en actriz fetiche de Mejías, vuelve al universo del canario, encarnando a esa antiheroína que se quiere escapar de todo y sobre todo, de sí misma, de sus recueros, de su vida vacía, como esos encuentros fugaces del inicio de la película, de un vacío y de un todo que la ahoga. Junto a ella, Miquel Insua, uno de esos actores con un rostro de tiempo y vida, que nos recuerda a uno de esos vaqueros llenos de polvo y alcohólicos que solo querían descansar y nada más, hace de ese profesor cansado y amargado, que nada quiere, nada necesita y regresa a casa sin más. Mejías que filma y nos filma con esa cámara de cine de Súper 8 que filma los diferentes lugares, a ellos, a los insectos, que irá capturando la vida o la vida que se escapa y no volverá jamás, donde el cine, que juega un rol fundamental en la película, como metáfora de ese tiempo que se nos escapa imposible de retener.

Los espectaculares lugares que recorremos, en este viaje emocional y muy físico, encantados con su belleza y fantasmagoría, perdidos en el tiempo, de otros mundos, espacios sin vida, por las mañanas, donde Ángela y Miquel mantienen esas conversaciones sobre de dónde vienen y hacia donde se supone que van, y por las noches, la necesidad de aislamiento y soledad la comparten en bares y clubs de carretera donde el sonido y la música se imponen a los diálogos, porque la idea de el director tinerfeño es hacer su película muy visual y sonora, donde las imágenes y el sonido nos expliquen todo lo que encierran estos dos personajes, que huyen o regresan, al fin y al cabo es lo mismo, olvidarse de todos, y estar con uno mismo, existiendo en soledad, con ese vacío que tanto nos sigue o persigue, imposible de aislarlo, porque cuando todo desaparece, solo quedamos lo que somos, todo ese enjambre de vidas no vividas, recuerdos, personas ausentes, lugares extraños y sobre todo, el sueño de huir de nosotros mismos, aunque en la realidad, o en la realidad que nos vamos creando, eso no sea posible, quizás solo en nuestra imaginación, en aquello que vemos y tenemos la necesidad de filmar, de capturar para la eternidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa

JAPÓN, AÑO CERO.

“Vivir para recordar a los que ya no están”.

La película se abre con un texto que nos informa de las víctimas y desparecidos que ocasionó el terrible tsunami que asoló la costa noreste japonesa en marzo del 2011, y el posterior accidente nuclear de la central de Fukushima. Inmediatamente después, el relato se abre con un plano Ozu, ya que nos sitúa en una cocina, mientras Haru, la adolescente protagonista y su tía preparan el desayuno, y luego, se sentarán a consumirlo. Un plano Ozu porque la cámara se encuentra quieta y a la altura de la mirada de las dos mujeres. Una constante que se repetirá durante los 139 minutos de todo el metraje, en la que Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960), posiciona su mirada y la de su cámara a la altura de sus personajes, para mirarlos con detenimiento y de igual a igual, para profundizar en aquello que sienten y sobre todo, para seguirlos y ser testigos de forma honesta y transparente de su andadura. Seguiremos a Haru, la joven protagonista que ha perdido a toda su familia en la terrible desgracia, y después de que su tía ha enfermado, con la que vive en Hiroshima, emprenderá un viaje, no muy consciente y dejándose llevar, recorriendo los 800 km que separan ambas ciudades. Hiroshima, lugar de nacimiento de Suwa, y junto a Nagasaki, las dos ciudades que los días 6 y 9 de agosto de 1945, fueron terriblemente golpeadas por sendas bombas atómicas.

Suwa construye sus películas a través de los (des) encuentros entre un par de personajes, sus conflictos suelen moverse por espacios reducidos o lugares alejados de todo y todos, en una intimidad que traspasa tanto los espacios como los contextos sociales donde se ubican, donde la naturalidad, los pocos elementos y las miradas se anteponen a cualquier otro elemento, donde el artificio no tiene ningún tipo de cabida, buscando siempre esa forma naturalista y cercana en todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, ya sea en su país natal, como demostró en 2/Dúo (1997), M/Other (1999), H Story (2001), o en sus películas francesas como la extraordinaria Un couple parfait (2005), donde diseccionaba de forma magistral la descomposición del amor, con ecos de Antonioni, la delicada y asombrosa Yukio & Nina (2009), sobre la inocente y mágica amistad entre dos niñas y El león duerme esta noche (2017), su última película, con Jean-Pierre Léaud, donde fusiona de manera magistral su amor al cine, la infancia y el deseo por ser y vivir.

El cineasta japonés nos habla de dolor y tristeza, trazando un puente entre las dos tragedias más terribles de su país, retratando un país, y sobre todo, a sus gentes, en esa herida profunda que deben arrastrar como pueden, con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial al tsunami de 2011, dos instantes que la película recoge en el viaje de Haru, y todas esas personas que se irá encontrando por su camino, como el señor que la lleva a su casa y ahí conocemos a su madre, aquejada de demencia, que ve en ella a la nieta fallecida, o la pareja de hermanos, ella embarazada, esa familia que ahora no tiene la protagonista, y una leve esperanza a un país todavía sumido en la desesperación por la tragedia, o esos chicos que la asaltan, siendo apáticos con la tristeza de ella. Y finalmente, Morio, un hombre que, al igual que Haru, también perdió a su hija en Fukushima, que convivirá con él parte de su viaje, como ese encuentro con los inmigrantes que tienen un familiar, que ayudó durante la tragedia, en custodia policial por ser ilegal.

Suwa filma de forma intensa y sobria todo el trayecto por Fukushima, desde esa familia que ha vuelto a su casa e intentan mantener cierta normalidad, o esos no lugares, todavía devastados y en ruinas de la ciudad o lo que queda de ella, los reencuentros con conocidos que recuerdan a los que ya no están, o ese momento conmovedor y brutal cuando Haru pasea por las ruinas de su casa, lo que queda de ella, y recuerda a los suyos. El director nipón construye con suma sensibilidad y poesía una pieza de cámara sencilla y abrumadora por su humanismo, muy al estilo de Brecht, con un par de personajes, casi en su totalidad, un espacio físico muy cambiante, eso sí, en un relato lleno de movimiento, ya sea físico y emocional, donde unos personajes hundidos por su duelo, rememoran sus vidas pasadas, diez años atrás, en un presente todavía muy pasado, todavía muy depresivo, todavía intentando levantarse y seguir, aunque duela, aunque solo sea para recordar a los que ya no están, como se menciona en la película, en uno de esos momentos que recoge el espíritu que guía la mirada de Suwa, profundizar en un país azotado por dos grandísimas tragedias, y envolviéndonos en un espacio donde conviven vivos y los que recuerdan, y los muertos, todos aquellos que ya no están, donde el mencionado “Teléfono del viento” del título, se convierte en una metáfora esencial en todo aquello que quiere transmitir una película de exultante belleza, de sensibilidad extraordinaria, y de trayecto vital y humanista sorprendentes, en una vida de piel a piel, de cuerpo a cuerpo, y sobre todo, de emocionalidad y toda la complejidad que conlleva.

Suwa echa mano de viejos y amigos intérpretes como Makiko Watanabe, Tomokazu Miura y Hidetoshi Nishijima para los principales protagonistas, actores y actrices a los que hemos visto crecer, tanto personal como profesionalmente hablando, bajo la mirada de Suwa. Para el personaje de Haru, descubierta en un casting, nos encontramos con Serena Motola, la adolescente que no solo logra transmitir con serenidad y naturalidad toda la tristeza, dolor y desamparo que sufre Haru, sino que lo hace casi como si la película fuese un documento real sobre la tragedia, y ella, un personaje real, donde sus movimientos, escasos diálogos, se envuelven ene sa intensa mirada que apabulla por su sinceridad y cercanía. Suwa ha construida una película sobre el alma, sobre como convivir con la tristeza y el dolor cuando pierdes a los que más quieres, la parte más difícil de la existencia humana, seguir viviendo a pesar de las ausencias y el dolor, pero el director japonés no se regodea en la tragedia, sino lo filma de forma humana, sin apenas música, escuchamos un par de temas, como anunciando o finalizando los diferentes episodios que se vislumbran en la película. Suwa consigue una obra intimista, hablada en susurros, desde la más profunda y sincera intimidad, sin argucias argumentales ni piruetas formales, solo humildad a la hora de acercarse a unos temas y elementos tan duros y complicados, donde Haru, al igual que le sucedía a Edmund, el joven protagonista de Alemania, año cero (1947), de Rossellini, se mueve por las ruinas y la tristeza infinita de una nación sumida en el dolor, capturando un estado anímico de toda una población todavía envuelta en las brumas que debe mirar el dolor, acompañarlo, y para seguir caminando, es necesario no olvidar a los que ya no están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nomadland, de Chloé Zhao

LA OTRA AMÉRICA.

“Las fronteras no son el este y el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el ser humano se enfrenta a un hecho”.

Henry David Thoreau

En un país tan vasto e inabarcable como Estados Unidos con una población de más de trescientos millones y una superficie de casi diez millones de km2, una extensión parecida a Europa, encontramos formas de existir muy diferentes, donde sus habitantes tienen muchas formas de vida, tantas como visiones se ven reflejadas en su cine, y no hablo de ese cine comercial que muestra una América basada en lo superficial, la falsedad y en los valores tradicionales y conservadores, que tiene más de operación de marketing que mostrar una realidad contemporánea de las formas de vida y trabajo de sus habitantes. Ese “otro cine”, a las antípodas del comercial, lo podríamos encontrar en cineastas como Kelly Reichardt, Greta Gerwig, Sean Baker, Noah Baumbach, Richard Linklater, Charlie Kaufman, entre otros muchos. Cineastas que reflejan esa “Otra América”, ese otro país, esas otras gentes que viven en zonas grises y tristes como cualquier lugar en el mundo, donde el oropel y las luces de neón son falsas y no dicen nada, esos otros lugares, donde encontramos personas como tú y como yo que cada día se levantan intentando labrarse una vida que no resulta nada fácil.

De Chloé zhao (Pekín, China, 1982), conocíamos su opera prima, Songs My Brothers Taught Me (2015), documento que abordaba la cotidianidad de los indios en las reservas de Dakota del Sur. Su segundo trabajo The Rider, dos años después, abordaba, también en un tono real, la traumática experiencia de un joven indio que, después de un terrible accidente, debe vivir alejado de los rodeos y los caballos. Para su tercera película, se basa en el libro “Nomadland”, de Jessica Bruder, para retratar la vida de Fern, una mujer madura que después de la recesión de 2011, y el cierre de la fábrica que daba trabajo al pueblo de Empire en Nevada, se queda sin marido, que ha muerto, y con su única posesión de su autocaravana, convertida en su hogar, deja su pueblo en busca de nuevas oportunidades, como en la campaña navideña de una gran compañía al sur de California, y de allí, empezará una travesía por la citada California y Arizona, enganchando trabajos de temporada, muy precarios y viviendo en su autocaravana.

Durante su viaje irá conociendo a otros nómadas como ella, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay Deforest, entre otros, nómadas de la vida real, que van mostrando a Fern otra forma de vida, muy alejada de la convencional, donde no hay fronteras ni ciudades, solo carretera y desiertos donde acampar, un camino en el que la mujer va conociendo y relacionándose con otros como ella, que han hecho de su vida una conquista diaria, porque si los ancestros llegaron al oeste, una tierra vasta y por descubrir, estas personas de aquí y ahora, emprenden su propia conquista, no ya de una tierra, sino de sí mismos, en busca de nuevas oportunidades laborales, y sobre todo, dejar el pasado, un pasado que duele, que todavía sangra, y emprender mucha carretera y cómplices en este viaje emocional. Zhao nos envuelve en un relato donde no hay épica ni heroísmo, sino todo lo contrario, centrándose en las personas y su humanidad, rodeados de unos países de exultante belleza y silencio, que contrasta con estas vidas errantes, de existencia difícil y solitaria, donde la soledad no es una enemiga, sino una aliada muy necesaria y agradecida, sin desdeñar a todos los que van cruzando en el camino de Fern y son bienvenidos.

Como en sus anteriores trabajos, la directora chino-estadounidense, una especie de nómada también, ya que ha vivido en varias ciudades, compone un magnífico, honesto y transparente ejercicio entre la ficción y el documento, ya que, por un lado, tenemos al personaje principal de Fern, lo interpreta una actriz como Frances MacDormand, una actriz muy diferente, con un cariz y una mirada muy alejada del estereotipo que tanto vende el cine comercial, tanto en lo físico como en lo emocional, y otro actor, el inmenso David Strathairn, siendo ese contrapunto de la existencia de Fern, quizás una historia de amor, un amigo inseparable, o uno de esos tipos que han dejado huella en el viaje de Fern. Y por el otro, el documento, donde los demás personajes son interpretados por ellos mismos, una mezcla que tiene su origen en el Toni, de Renoir, y después, tuvo su eclosión en el Neorrealismo italiano, donde la ficción y el documental se mezclan, se fusionan, creando un nuevo cine, un cine donde ya no hay fronteras ni géneros, sino diferentes recursos, ya sean extraídos de la realidad o la ficción, para construir el relato hibrido y sincero que se quiere contar, como hizo Rossellini con su extraordinaria Stromboli, con una imponente Ingrid Bergman rodeada de lugareños reales asfixiada en una isla.

Zhao vuelve a hacer gala de una mirada íntima y sobrecogedora a la hora de acercarse al dolor y las heridas de sus criaturas, con esa forma honesta y sensible que requiere una película que aborda temas tan delicados como estos, no hay artificio ni nada que se lo parezca, con la espléndida luz del cinematógrafo Joshua James Richards, en todas las películas de Zhao, y en el rítmico y reposado montaje que firma la propia directora. Seguimos la vida de esta mujer como testigos privilegiados, de un modo de acompañamiento, observando sus acciones, la gente que se va encontrando en el camino, y demás situaciones que va experimentando, desde una posición de silencio, de quietud y sobre todo, sin juzgar nada de lo que hacen, porque la directora no busca nada de eso, sino mostrar una forma de vida, una forma de hacer y deshacer, en ocasiones, con el contrapunto de esa vida más convencional, como el instante maravilloso cuando Fern visita a su hermana, donde la película se abre a las posiciones diferentes a las de la protagonista. La tradición de ese “otro cine” estadounidense, “los desheredados” como Fuller, Ray, Cassavetes o Jarmusch, tienen su voz en cineastas con personalidad y potentes como Chloé Zhao que, bajo el marco de aquellos grandes deudores, también nos habla de los desheredados de la tierra, de aquellos, que ya sean por los motivos que sean, emprenden su “desconquista del oeste”, ya no para encontrar un lugar donde instalarse, sino para encontrar ese lugar interior-exterior donde el dolor y la tristeza duelan menos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Maqueda

Entrevista a Pablo Maqueda, director de la película “Dear Werner (Walking on Cinema)”, en el Room Mate Anna en Barcelona, el lunes 23 de noviembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Maqueda, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El viaje más largo, de Manuel H. Martín

LA CONQUISTA DEL MUNDO.

“Todo  lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.”

Julio Verne

Con la llegada de occidente al “Nuevo Mundo”, cuando las naves de Cristóbal Colón alcanzaron América en 1492, las coronas portuguesas y españolas, las dos más potentes del mundo por aquel entonces, se lanzaron a la conquista por mar del mundo, y con la firma del Tratado de Tordesillas en 1494, se repartían el océano Atlántico como una forma de mantener la paz entre las dos potencias. Colón había encontrado oro en sus viajes, pero no especias, auténtico oro para el comercio internacional, y los españoles no querían bordear África para llegar a Asia, donde estaban las Islas Molucas, las islas de las especies, ubicada en el archipiélago de Indonesia, sino abrir una nueva ruta por América del Sur, donde se creía que había un estrecho por el que cruzar. Idea que vino de la mano de Fernando de Magallanes en 1518. El marino portugués le propuso al rey Carlos I la travesía que abriría un nuevo camino para conseguir especies y así, evitar el conflicto con los portugueses. La expedición zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), el 10 de agosto de 1519, con cinco naos, y 239 hombres. Volvió, más de tres años después, el 6 de septiembre de 1522, con solo 17 supervivientes, capitaneados por Juan Sebastián Elcano, siendo la primera embarcación conocida que dio la vuelta al mundo.

El director Manuel H. Martín (Huelva, 1980), conocido por sus trabajos documentales como 30 años de oscuridad (2011), en el que rescataba la triste historia de Manuel Mijas, que estuvo oculto en su casa durante treinta y años, escondido de los franquistas. Le siguió La vida en llamas (2015), sobre la cotidianidad de tres bomberos en su lucha contra el fuego. Ahora, y con un guión que firman Antonio Fernández-Torres y el propio director, nos llega El viaje más largo, que no solo retrata la odisea de un viaje lleno de peligros, de hambre, muerte, miedo, aventura, de los marinos Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, sino que se centra en la cotidianidad del larguísimo viaje, a través de lo humano, de los más de doscientos hombres que zarparon de Cádiz, y los pocos 17 supervivientes que volvieron tres años después. Y lo hace, siguiendo el mismo patrón que con 30 años de oscuridad, con la ayuda de entrevistas a historiadores, científicos y militares, que nos van explicando los vivencias diarias del viaje, con todo lujo de detalles, contextualizando la época, explorando las diferentes personalidades de los marinos, las disputas entre ellos, los conflictos a los que se enfrentaron por lo desconocido de la travesía y las tremendas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar.

También, hay material de archivo, y nuevamente, se vuelve a recurrir a escenas animadas para mostrar la realidad que vivieron estos hombres de hace 500 años. La película hace una analogía entre aquella expedición pro conquistar el mundo con la conquista del espacio, cuando el hombre llegó a la luna hace medio siglo, mostrándonos el afán del ser humano por abrir nuevos horizontes, derribar fronteras y llegar más lejos si cabe para seguir imaginando, explorando y descubriendo los límites de la tierra y el universo. La película es didáctica, entretenida y magnífica, porque deja el romanticismo de la aventura, para contarnos una odisea por el infierno, donde las tripulaciones tuvieron que soportar cientos de calamidades, hablándonos con profundidad de la psicología humana, del miedo y el peligro al que se enfrentaban, y sobre todo, pone en cuestión, como explica alguna de las personas entrevistadas, si valió la pena tanta muerte y terror para conseguir realizar el viaje.

Un relato en el que se mezclan la aventura hacia lo desconocido, en un tiempo donde la gloria y el honor se ganaban en el mar, en expediciones suicidas que muchas fracasaban, la convivencia, el thriller, la tragedia, en un descenso a los infiernos como retrató Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, donde hombres en busca de aventura y nuevas tierras, se enfrentaron a lo más oscuro y profundo del alma humana, y es ahí donde la película muestra todo su potencial, sumergiéndonos en la tragedia que vivieron estos marinos, nombres desconocidos en su mayoría, que perdieron su vida, por el afán oscuro de muchos que creyeron en su idea y la llevaron a cabo, sin tener en cuenta las terribles consecuencias a las que se enfrentarían. H. Martín vuelve a asombrarnos con un retrato humanista, profundo y esencial, ejecutado con brillantez, en el que hay historia, y una reivindicación a todos aquellos a los que nadie escribe su historia, no solo para conocer la historia de nuestro país, y aquel viaje que cambió la humanidad, sino para mostrarnos la realidad que esconde la gloría y la propia historia, la de tantos hombres y mujeres olvidados por el relato oficial, y yacen ocultos en las marañas del tiempo y el olvido, que también forman parte de ese rostro menos conocido, pero igual de importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/473329934″>EL VIAJE M&Aacute;S LARGO – TRAILER – ES</a> from <a href=”https://vimeo.com/laclaquetapc”>La Claqueta PC</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Sin olvido, de Martin Sulík

LA MEMORIA DE NUESTROS PADRES.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”

John Dewey

Resulta triste las pocas películas que están dedicadas al mundo de la vejez, y aún más, las escasas producciones que tratan las dificultades y tensiones que se generan para lidiar en el presente con la memoria de nuestros padres, y en este caso, la memoria del holocausto nazi. El cineasta Martin Sulík (Zilina, Eslovaquia, 1962), ha construido un relato que pivota bajo esos dos elementos: la vejez y el pasado oscuro de nuestros progenitores, y lo hace a través de una premisa sencilla y directa. Arranca su relato con Ali Ungár, un intérprete eslovaco-judío que busca en Viena (Austria), al antiguo oficial de las SS Graubner, verdugo de sus padres, con la intención de dispararle. Pero, cuando llega a su casa, le abre su hijo, Georg, un profesor jubilado vividor, que le comunica que su padre murió. Picado por la curiosidad, Georg se presenta en Eslovaquia, y emprende, junto a Ali, un viaje por el país en busca de la memoria de sus respectivos padres. Sulík arrancó su carrera en 1991 con la película Tenderness, donde explicaba los primeros años de Eslovaquia, después de la caída del régimen soviético, y siguió con tragicomedias surrealistas como Záhrada (El jardín), u Obis Pictus, o dramas realistas como Gypsy  (2011), alternando con documentales que repasan las trayectorias de figuras eslovacas de la cultura.

El director eslovaco nos convoca a una road movie íntima y sobria, escrita junto a su guionista preferido Marek Lescák, para abordar la resonancia en el presente de las huellas del pasado, de reencontrarse con la memoria de nuestros padres, tanto verdugos como víctimas, en un viaje profundo, intenso, y con toques de humor sutil, que protagonizan dos seres antagónicos, en un primer momento, pero que poco a poco, irán encontrando todas aquellas cosas que los relacionan profundamente, y sentirán que, tanto uno como otro, no se encuentran demasiado alejados de ese pasado tristemente común. Si bien en algunos instantes, la película es una lección de historia y memoria, que reivindica todos esos momentos borrados de los lugares, esos espacios en los que no se recuerda nada de lo que pasó, esos espacios testigos del horror nazi. Sin olvido (“Tlmocnik”, traducido de su título original como “El Intérprete”), también, es una lección de humanismo, de volver a mirar el pasado sin rencores, rabia o culpa, sino asumiendo los hechos de nuestros padres, tanto si son admirados como reprochables, como explicaba Borges en su magnífico cuento Tema del traidor y del héroe, como una forma de desenterrar la memoria y mirarla de frente, para asumir de dónde venimos y quiénes somos, y así de esa manera, mirar a las víctimas y reconciliarnos con su memoria, y la nuestra, que en el fondo es la misma.

Un viaje en el que se tropezarán con otros personajes, de diferentes edades y posiciones sociales, que nos ofrecerán un mosaico de las diversas maneras de pensar, y relacionarse con la memoria y el horror nazi que sufrió la antigua Checoslovaquia, a través de las antagónicas actitudes de los dos protagonistas. Por un lado, Ali Ungár (el jubilado eslovaco-judío tranquilo, callado y ordenado), interpretado por actores que destilan sobriedad, naturalidad y elegancia como Jirí Menzel, fallecido recientemente, el gran director de cine checo de obras como Trenes rigurosamente vigilados, Mi dulce pueblecito u Yo serví al Rey de Inglaterra, entre otras, que ha tenido una interesante carrera paralela con 70 títulos como intérprete con trabajos para nombres como los de Vera Chytilová, Costa-Gavras o Jan Nemec, entre muchos otros, y en el otro extremo, Georg Graubner (interpretado por el prolífico actor austriaco Peter Simonischek, que nos encantó en la divertidísima e interesante Toni Erdmann, de Maren Ade), el hijo del oficial de las SS, que su vida libertina le ha alejado de la memoria terrorífica de su padre, que a raíz de la aparición de Ungár, todo cambiará y se adentrará, a su modo, en esa memoria que hasta entonces ha intentado evitar y borrar.

Dos hombres, dos testigos de aquella memoria, que por los designios caprichosos de la historia, tienen un pasado común, oscuro y terrorífico, un pasado que el presente ve muy lejano y olvidado. Dos almas que empezarán en posiciones muy opuestas y que, a medida que avance el interesante y profundo metraje, se irán acercándose y se mirarán en ese espejo de la memoria que, a su pesar, comparten, uniendo fuerzas para volver a la memoria y reencontrarse con esos espacios y lugares, testigos de tanto horror, porque como viene a decir la película de Sulík, para poder vivir hay que volver a mirar el pasado, rescatar esos lugares de nuestros padres, desenterrar los horrores y errores del pasado y así, volver a quiénes somos, sin rencores, rabias o miedos encontrándonos con esas humanidad necesaria para mirar al pasado sin acritud, y de alguna manera, reconciliándonos con él y con el pasado del otro, en este caso, la memoria de Ali Ungár, con sus padres asesinados por el oficial nazi Graubner, padre de Georg. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Father, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov

ACEPTAR EL DOLOR.

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunciación, la revolución tecnológica y su vida centrada en el triunfo personal”

José Saramago

En el universo berlanguiano pululan hombrecitos, no me refiero a su tamaño, sino a su posición social. Pobres diablos, de anodinas y oscuras existencias, atrapados en la maraña dictatorial y repugnante de un estado corrupto, idiota y sanguinario, que usa la burocracia para proteger a los poderosos y hundir a los necesitados. Unos hombrecitos que esperan ansiosos las migajas de los privilegiados, unas raquíticas ayudas disfrazadas de bondad que, en realidad, son solo una muestra de la injusticia cotidiana que se impone desde los de arriba. Recordaréis a Plácido, el insignificante ciudadano sin casa que, se las veía y deseaba, para pagar la primera letra de su motocarro, su medio de vida, enfrentado a esa clase pudiente y miserable que usa al necesitado para limpiar su doble moral. Muchos de estos elementos y situaciones las podemos encontrar en el cine de Kristina Grozeva (Sofia, Bulgaria, 1976) y Petar Valchanov (Plovdiv, Bulgaria, 1982), que después de conocerse en la universidad de cine, han construido un imaginario revelador y valiente que toma el pulso a una realidad búlgara poscomunista, donde todavía se arrastran errores del pasado y miserias de un presente que sigue marcando unas normas que solo ayudan al privilegiado y atormenta al necesitado.

Un universo particular, cercano e inquietante, donde hay relatos de naturaleza tragicómica, donde se fusiona lo absurdo, lo perturbador y conmovedor, como demostraron en su opera prima, La lección (2014), donde una profesora ingenua tratando de dar una lección a uno de sus alumnos ladrones, se ve envuelta en un oscuro suceso donde debe dinero a unos prestamistas, o su siguiente producción, en Un minuto de gloria ( 2016), primera entrega de una serie de tres cintas que los cineastas llaman “Trilogía de recortes de periódicos”, conocemos a un trabajador del ferrocarril era usado por el ministerio de transportes para lavar su imagen, en los que el humilde empleado se veía inmerso en una maraña burócrata, que lo sumergía en una odisea cotidiana y kafkiana. En The Father, el relato se sostiene a través de la relación difícil y compleja entre un padre y un hijo, que después de perder a su esposa y madre, respectivamente, se enzarzar en una aventura, a medio camino entre la road movie y la comedia de humor negro, que toca temas como el más allá, la mentira como medio de incomunicación, y la creencia de lo imposible como medio para lidiar entre lo trágico de la vida.

Vassil, el padre que huye hacia el abismo, incapaz de aceptar la muerte de su esposa, que irremediablemente también arrastra a Pavel, el hijo, que tampoco freno a ese comportamiento de cobardía y rebelión al vacío, inoperante de contar la realidad a su novia y usar la mentira como método de escapismo. Los dos son almas rotas, desorientas y superadas por los acontecimientos, incapaces de enfrenarse a la realidad y a la suya propia, escapando de las situaciones cotidianas por tangentes imposibles, que aún les hacen hundirse más en su propia miseria emocional. Los cineastas búlgaros nos sumergen en una acumulación de situaciones de toda índole, donde la risa se paraliza y en ocasiones, se congela, en las que pasamos del drama cotidiano a la situación más absurda y surrealista, movidos por un ritmo endiablado en lo que dejan de suceder acontecimientos e inmediatamente, observamos la respuesta de los personajes, huidiza y torpe, que les hunde más en aquella situación de la que, inútilmente, intentan escapar.

Grozeva y Valchanov, vuelven a confiar en Krum Rodríguez, el cinematógrafo que crea esa luz tenue y lúgubre, propia del grisáceo y pálido que abundan en una Bulgaria partida en dos, incapaz de huir de su pasado estalinista y sumida en la corrupción de los nuevos tiempos, y el montaje, lo vuelve a firmar Valchanov, que evidencia el naturalismo y la película que documenta la verdad que se quiere reflejar, a partir de largas secuencias filmadas con cámara en mano, donde el relato se muestra desnudo e íntimo, como si pudiéramos rozarlo y sentirlo. Como ya habían demostrado en sus anteriores trabajos, las naturalistas y verdaderas composiciones de los intérpretes es otro de los elementos que más resalta en la verdad de las películas, como el buen hacer de Ivan Savov (que ya estuvo en Un minuto de gloria), que encarna a ese padre que se lanza a un imposible exterior cuando debería sumirse en su duelo y sobrellevar la culpa con más dignidad, e Ivan Barnev (al que pudimos ver en La lección, y otros lo recordarán como el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra, del recientemente desaparecido Jírî Menzel) que hace de ese hijo, escapista como el padre, con demasiados frentes abiertos, como esas larguísimas conversaciones vía móvil con su pareja, donde se inventa situaciones para no enfrentarse a esa realidad incómoda y compleja, una realidad que es triste y desoladora.

Dos almas tristes, desoladas e incapaces de comunicarse el uno con el otro, perdidos en este par de días, envueltos en un maná de situaciones que los lleva a huir de aquello que son capaces de asumir, ese sentimiento de culpa que los destroza y los acuchilla sin respiro. Grozeva y Valchanov son unos prodigios a la hora de crear una atmósfera que estiran y aflojan según les conviene, capaces de crear una tensión asfixiante, manejando el tempo cinematográfico de manera clara y potentísima, donde las situaciones y los elementos que se van encontrando los personajes resultan muy curiosos, llenos de ingenio y ayudan a la labor de radiografiar y mostrar la realidad social, económica y política de la actual Bulgaria, como ese instante, marca de la casa, cuando Pavel intenta, infructuosamente, poner la denuncia de la desaparición de su padre, y se va complicando de la mal manera. Hablan de la actualidad de un país, pero siendo lo suficientemente hábiles para universalizar los problemas cotidianos a los que se enfrentar sus criaturas, creando una inmensa y magnífica fábula que nos habla de emociones, de (des)encuentros y sobre todo, de barreras emocionales que han de superarse y mostrar la verdad oculta y reconciliarse con uno mismo, y sobre todo, con el otro, en este caso, padre e hijo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Silvia Alonso

Entrevista a Silvia Alonso, actriz de la película “La lista de los deseos”, de Álvaro Díaz Lorenzo, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Alonso, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo, director de la película “La lista de los deseos”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Díaz Lorenzo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La lista de los deseos, de Álvaro Díaz Lorenzo

TODAS LAS COSAS QUE SIEMPRE QUISISTE HACER Y NUNCA TE HAS ATREVIDO.

“ (…) disfruta y saborea cada momento con tus amigas, porque la vida es  eso;  Disfrutar  de  las  cosas  buenas  con  la  gente  que  quieres.  Lo  demás,  es mierda.”

En Francia tienen una comedia dramática y comercial muy interesante, que toca temas profundos desde un prisma cómico, divertido y vital, con títulos de gran éxito comercial como pueden ser Salir del armario (donde se tocaba la homosexualidad), Intocable (que tocaba el tema de la discapacidad y la inmigración), Amor sobre ruedas (sobre los prejuicios de lo diferente a través de la discapacidad), entre muchas otras. Un tipo de película que en España cuesta mucho ver, donde la comedia de ese estilo suele llevarse por otros derroteros más superficiales y verbeneros. La lista de los deseos es ese tipo de película deudora de esa comedia dramática francesa, capaz de tratar un tema tan serio como la enfermedad, en este caso, el cáncer de mama, desde una posición más cómica y divertida, en una cinta sobre la vida, las ganas de vivir el momento, de hacer lo que tenga en gana, olvidando los prejuicios y las responsabilidades, esas ilusiones que dejamos en un cajón olvidadas, porque creemos que la vida es muy larga.

El director Álvaro Díaz Lorenzo (Madrid, 1977) arrancó con Café solo o con ellas (2007) comedia generacional sobre asuntos sentimentales, le siguió La despedida (2014) que tendría algún que otro paralelismo con La lista de los deseos, ya que seguía a tres amigos viajando por Europa con la urna de las cenizas de un amigo. Con Señor dame paciencia (2016) y Los Japón (2018), se introducía en esa comedia comercial, deudora de las series televisivas de éxito, donde prima una comedia de puro cachondeo y diversión, sin más. En La lista de los deseos deja de lado esa comedia-producto para adentrarse en otro terreno, más agradecido para el espectador, en el que se atreve a tocar un tema tan serio y espinoso como la enfermedad desde una mirada alegre y vitalista, donde la comedia loca y gamberra tienen mucho que ver, tocando la tragicomedia con astucia e inteligencia, donde la comedia americana “screwball”, tendría ese espejo donde constantemente se mira el relato que cuenta, con esas dosis equilibradas de drama y comedia, mezclándolos con acierto y sensibilidad, sin caer en el sentimentalismo recurrente.

La película, planteada como una road movie,  cuenta la aventura o no de Carmen, cincuentona de buen ver, que lleva un cuarto de siglo enferma de cáncer de mama, que conoce a Eva, en las sesiones de quimio, treintañera y veterinaria, que deciden tomar las riendas de su vida y llevar a la práctica esos deseos no realizados, antes de saber los resultados de sus tratamientos. Les acompaña Mar, amiga de Eva, recién separada, un torbellino y alocada alma capaz de todo, desde lo más inverosímil a lo más complejo, una especie de Susan Vance, el personaje que interpretaba Katherine Hepburn en la maravillosa La fiera de mi niña (1938), de Hawks. Las tres mujeres, como si estuviesen en su último viaje juntas, con esa idea de no cortarse de nada ni con nadie, a bordo de un auto caravana, , deciden viajar saliendo desde Sevilla hasta Marruecos, en un viaje lleno de aventuras y desventuras, pasando por diferentes mundos y universos, viviendo situaciones muy cómicas y locas, y haciendo todo lo posible para llevar a cabo esos deseos soñados, algunos fáciles y otros, inverosímiles, siendo obedientes en llevar a  cabo la lista de tres deseos de cada una.

Díaz Lorenzo pone toda la carne en el asador confiando en el trío protagonista, las increíbles y estupendas Victoria Abril, la hermana mayor de todas, la voz de la experiencia, de vueltas de todo, y serena a pesar de la enfermedad, María León (que repite con Díaz Lorenzo) la otra enferma, llena de pasión por sus animales e independiente, que desea volver a su padre que la abandonó de niña, y finalmente, Silvia Alonso (que también repite con el director) ese huracán capaz de todo y nada tranquilo, que será ese puente agitador que lleva a las otras dos por lugares nunca transitados y haciendo locuras a doquier. Y como comedia con hechuras, el resto del reparto tiene que lidiar con contundencia y energía con las tres protagonistas, tenemos a Boré Buika (que ya estuvo en Los Japón), como ese profe de surf que conocerá a Eva, Salva Reina, ese gaditano aspirante a chef que se tropezará, y nunca mejor dicho, con el tsunami de Mar. Y por último, un actor del calado de Paco Tous dando vida al padre de Eva, y conociendo la verdad de su separación.

Eva, Carmen y Mar se convertirán en confidentes, en una piña, como unas amigas inseparables o una familia bien avenida, tan distintas pero compartiendo ese viaje único, un viaje que les ayudará a mirar la vida de otro forma, quizás desde una posición diferente, como si la mirasen por primera vez, sacándole todo el juego y convirtiéndose en unas almas libres, felices y sobre todo, capaces de todo, experimentando de forma física y muy emocional el viaje de sus vidas, o al menos, ese viaje que siempre han soñado y nunca se han atrevido a hacer, viviendo y compartiendo experiencias inimaginables y llenas de vida, tristeza, con alegrías y amarguras, con momentos divertidos y otros, no tanto, sintiendo que todo aquello que querían hacer estaba demasiado cerca y solo les impedía llevarlo a cabo, aquello que nunca se han atrevido, esos miedos e inseguridades, o quizás, esa idea de que la vida siempre hay tiempo para todo y un día lo tendremos, pero en ocasiones, ese tiempo se vuelve finito y las cosas son ahora o nunca, porque mañana puede que sea tarde o no llegue. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA