Amanda T, de Àlex Mañas. TNC

LA NIÑA HERIDA.

Una tarde gélida del pasado domingo me acercó a la Sala Tallers del TNC para ver el montaje Amanda T, escrito y dirigido por Àlex Mañas (Barcelona, 1974). Cuando accedo a la sala, los dos actores ya están en el escenario, apoyados en una mesa, mientras charlan entre ellos y observan como los espectadores vamos acomodándonos en nuestras butacas. Se avecina una tarde intensa de teatro, la sala está llena. Los dos intérpretes abandonan el escenario. Después de unos minutos, las luces de la platea se apagan, e inmediatamente, se iluminan las del escenario. La primera escena o corte, nos muestra el domicilio de un afamado productor musical (descripción del lugar que irán apareciendo en la pantalla, así como diferentes vídeos)  en el que Amanda y el productor, que se han conocido por la red, se han citado y ahora charlan, entre un tono amable e inquietante. La chica quiere ser cantante, sube videos bailando e imitando a sus iconos de la música. El productor parece más interesado en la chica que en su talento musical. Mañas ya escribió y dirigió este mismo montaje en la Sala Atrium en otoño del 2016, con Xavi Sáez y Greta Fernández, él repite, pero ella, no. Ahora el papel lo interpreta Laia Manzanares.

Amanda T nos habla del caso real de la joven Amanda Todd que sufrió un ciberacoso después de mostrar sus pechos, una imagen que se hizo viral y llegó a todas las casas de sus allegados y entorno, un acoso opresivo que tuvo sus cómplices, e hicieron de la vida de la joven un horror, con problemas depresivos que la llevó a suicidarse con 15 años en el 2012,  después de publicar un video de 9 minutos explicando, mediante textos escritos en folios, la pesadilla de su historia y los motivos de su trágico final. Un video que la obra reproducirá íntegramente, interpretado por Laia Manzanares, que veremos mediante cortes, para abrir cada escena. Mañas no ha querido solo hablar del caso de Amanda Todd, sino mediante su caso, hablarnos de otros casos de acoso por las redes, en el que hace un viaje de afuera hacia adentro, describiéndonos a una adolescente que soñaba con ser cantante, una chica totalmente normal e integrada, alguien con esa energía propia de su edad, que con 13 años enseñó sus pechos y a partir de ese momento, su vida se convirtió en la peor de sus pesadillas, y no pudo volver a tener esa vida tranquila y alegre que la caracterizaba.

Mañas construye una obra donde la luz marca y enmarca con sombras, casi expresionista, la triste realidad de Amanda y aquellos acosados, planteando una obra minimalista, apenas vemos una mesa, una silla y un banco pequeño, y algunos objetos, con la originalidad de la papiroflexia que añade un plus de novedad y magia. Eso sí, la pantalla gigante de video se convierte en ese “Big Brother” maligno y pesadillesco, que es una arma de doble filo, una herramienta fantástica para darse a conocer y lo que haces, compartiendo y rompiendo barreras de comunicación con el mundo, pero también, en una bestia sin escrúpulos donde delincuentes y malvados se ocultan para acosar y delinquir. El dramaturgo y director nos envuelve en una especie de laberinto emocional donde los dos actores escenifican el relato de Amanda, desde su familia, el acoso en los diferentes institutos, la relación por las redes con su acosador, y también, con un amigo, y la destrucción emocional de la adolescente, su depresión, ansiedad, su soledad, y su descenso a los infiernos, donde cuando no pudo más, y se sintió muy sola, acabó con su vida.

Mañas nos habla de muchas cosas, pero lo hace desde el alma de Amanda, radiografiando la crónica de alguien desde los 13 a los 15 años, para hablarnos no solo del mundo de la red, sino también, de los cómplices que los ciberacosadores encuentran en la vida pública, todos los supuestos amigos y compañeros de clase e instituto que machacaron a Amanda y contribuyeron a su trágico final, haciendo hincapié a la mirada de un mundo cada vez más individualista, nada empático y excesivamente cruel, con aquellos a los que se considera más débiles, más sensibles y sobre todo, a esas personas que consideran inferiores porque han mostrado sus pechos a quién consideraban respetuosos con su intimidad. La obra es directa, impactante y fría, como un cuento de terror donde el ogro acaba asesinando a la joven inocente, en el que Mañas imprime a cada una de sus escenas varios planteamientos, que van desde el terror puro, pasando por la fábula, incluso a través de lo cómico, como ese reality show donde debaten sobre las causas de Amanda y la sociedad enferma y deshumanizada en la que vivimos.

La pareja protagonista se van sumergiendo en sus diferentes roles de manera sencilla, inteligente y muy natural, en que los espectadores entramos en ese juego fascinante y enriquecedor, con Xavi Saéz (al que vi en verano en la obra Esmorzar amb mi en la Beckett) resulta convincente y cercano, bien en su papel de acompañante de Amanda, y cumpliendo con su cometido. Laia Manzanares encarna a Amanda Todd, y lo hace a través de una naturalidad aplastante, porque Laia tiene esa mirada convincente y penetrante que enamora, con ese cuerpo menudo y frágil que puede interpretar con calidez y naturalidad esos roles femeninos adolescentes y jóvenes, ese tipo de actrices muy jóvenes que muestran una fuerza y sensualidad para interpretar personajes duros y difíciles, como lo hacen Saorsie Ronan o Elle Fanning, actrices que han venido para quedarse y agarrar personajes complejos y libres.

Laia Manzanares demuestra en cada personaje, por mínimo que sea, que su talento es extraordinario, porque se lanza al abismo en cada momento,  como demuestra en la secuencia más impactante de El reino, de Sorogoyen, en su breve pero extraordinaria presencia en la serie Matar al padre, de Mar Coll, o el rol que hacía en la serie Merlí) aunque el que escribe la reconoció y aplaudió como una de las actrices más brutales de su edad en la obra Temps salvatge, de Josep Maria Miró, dirigida por Xavier Albertí, vista durante la temporada pasada en la sala gran del TNC, encarnando de manera sencilla y espectacular a la adolescente triste y perdida rodeada de lobos y amargura en esas casas uniformes llenas de soledad y falsedad. Ahora, vuelve a interpretar a un personaje difícil y complejo, a una niña herida, a alguien triste y perdido, que atraviesa una situación de mierda, con tantos monstruos al acecho, sin fuerzas para responderles, una niña desterrada del paraíso por enseñar sus pechos, por mostrarse sincera e ingenua en ese mundo de lobos hambrientos y gentuza de la peor calaña, que aprovechan la debilidad de los seres más sensibles para sacar sus garras y alimentarse de su miseria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La novia del desierto, de Cecilia Atán y Valeria Pivato

LAS PIEDRAS EN EL CAMINO.

“Solo nos encontraremos a nosotros mismos cruzando el desierto”.

Erase una vez una mujer que atendía al nombre de Teresa Godoy, que pasaba del medio siglo. Un día, en la casa donde servía hacía más de 30 años, le comunicaron que la vendían y su destino sería otra casa, a más de 1000 kilómetros. Teresa, muy a pesar suyo, cogió el autobús y se dirigió a su nuevo hogar. En un lugar del camino, el transporte se averió, y tuvo que pararse en un pueblito, conocido como el de la tierra de la milagrosa “Santa Correa”, donde según se cuenta una señora pereció cruzando el desierto y su bebé se alimentó del pecho de la fallecida. En ese lugar, donde tantos acuden a pedirle a la santa, Teresa se olvida su bolsa de equipaje, sus únicas pertenencias, más concretamente en la camioneta de un vendedor ambulante al que todos conocen por “El Gringo”. Y ahí, justo en ese instante, donde Teresa, sola y desamparada, comienza su verdadero viaje, un viaje con destino a sí misma, un viaje que la llevará a conocer lo más profundo de su ser.

La puesta de largo de Cecilia Atán (Buenos Aires, Argentina, 1978) y Valeria Pivato (Buenos Aires, 1973) fogueadas en equipos de dirección de cineastas de tanto prestigio como Pablo Trapero, Juan José Campanella, Christopher Hampton o Juan Solanas, entre otros, donde aprendieron el oficio de contar historias y a resolver mil y un problemas. Las cineastas argentinas nos cuentan su película a través de saltos en el tiempo, en concreto, dos tiempos, el presente, donde Teresa se ve parada en el pueblito de la Santa, y luego, los últimos días en la casa de los señores, dos lugares donde se describe el interior de Teresa, la casa de Buenos Aires, donde Teresa domina cada espacio, donde ha hecho su vida y donde se siente una más, su espacio de seguridad, en cambio, el desierto y ese pueblito, se convierten en ese espacio de incertidumbre, de soledad, de perdida, de no saber qué ocurrirá, de sentirse sola y sin saber adónde ir. El olvido de su bolso, que la llevará a conocer al Gringo, ese vendedor ambulante curtido en mil guerras, simpático y bonachón, que le despertará de su letargo vital y de sus miedos, y la llevará a un autoconocimiento inesperado, como algo caído del cielo, algo bienvenido que le abrirá puertas que jamás hubiera conocido de haber continuado en la casa de Buenos Aires.

Atán y Pivato nos cuentan esta fábula de seres solitarios a fuego lento, describiendo cada detalle, sin prisas, saboreando cada haz de luz, cada espacio, por mínimo y sencillo que sea, recuperando el sabor del western, con sus pueblos apartados, sus gentes sencillas, donde una puesta de sol o un atardecer se convierten en instantes sin tiempo ni lugar, donde dos almas solitarias se encuentran en mitad de la nada, por casualidad, sin haberlo previsto ni preparado, como suceden las mejores cosas de la vida, sin nada y sin tiempo, sólo con la actitud de caminar y dejarse llevar por sus pasos. Contemplar el horizonte subidos a una pequeña colina, departir con unos amigos mientras se cena entre risas y recuerdos en mitad de un cielo estrellado, deambular en el auto caravana por carreteras sin más compañía que ellos mismos, o dejarse caer por casas sencillas donde habitan algún amigo que nos muestra la vida corrida o aquellos instantes donde éramos otros.

La magnífica luz de Sergio Armstrong (habitual del cine de Pablo Larraín) que baña con colores cálidos e íntimos esta pequeña odisea de Teresa y su compañero accidental Gringo, dos almas en mitad del camino, dos seres en la madurez a vueltas de todo, dos criaturas con su batalla de por medio, dos caminantes en un camino por descubrir, por emprender, por transitar, porque cualquier día puede ser ese día, ese momento donde todo empieza a ser diferentes sin saber porqué motivo, donde las cosas cotidianas adquieren un nuevo empuje, una nueva utilidad, donde parece que todo aquello que alcanza tu mirada, que ayer era un lugar más, hoy día se convierte en un lugar maravilloso, lleno de todo aquello que tanto ansiabas sin saberlo, de todo tu mundo a tu alcance, deteniéndose en las cosas más sencillas y humildes, capturando lo más insignificante, donde una mirada te cambia la vida, donde un beso, y no un beso cualquiera, te lleva a esos lugares imposibles de describir, donde sólo hay espacio para sentir y dejarse llevar por el camino.

Las dos cineastas bonaerenses han construido una película maravillosa, sutil y cautivadora, llena de imágenes y momentos cotidianos convertidos en pura magia, en puro amor, donde nos invitan a descubrir dos seres de acá y allá, intensamente interpretados por Paulina García (la inolvidable Gloria, de Sebastián Lelio, una mujer que rompía con todo y empezaba a respirar) con esa composición a través de sus silencios y su movimiento corporal, algo así como una oruga que lentamente se irá convirtiendo en mariposa, y a su lado, “El Gringo”, interpretado por Claudio Rissi (con una extensa carrera de más de 30 títulos con directores del talento de Aristarain, Piñeyro o el desaparecido Bielinsky, entre otros) como ese vendedor sin patria y lugar, entrañable, sincero y parlanchín. Dos almas sin destino, con todo por caminar, porque nunca es tarde para empezar a hacerlo, en esta intimista y fascinante primera película, que en sus 78 minutos, las cineastas Atán y Pivato nos envuelven en sus paisajes desérticos, bonitos y duros, en un viaje hacia el interior, en un entorno de místico, de santas y milagros, envueltos en una delicada y suave historia de amor en la madurez, porque como dice el poeta: “Todo está por verse, todo está por caminar y todo por sentir”.

Nadie nos mira, de Julia Solomonoff

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

En una de las primeras secuencias de la película, vemos a su protagonista, Nico, 30 años, argentino y actor, cuidando de un bebé, junto a otras mujeres de origen latino que hacen lo propio, en un parque céntrico de Nueva York. De repente, ocurre algo, y una estadounidense avisa a la policía, y como si fuese un efecto rebote, casi todas las mujeres con sus respectivos bebés, huyen a escape del lugar. Un instante que marcará todo el estado de ánimo de la película, un lugar de oportunidades, sí, pero también, un lugar oscuro, donde si no eres legal, te conviertes en un perseguido, en un clandestino, en alguien en perpetua huida, situación, que vivirá constantemente el protagonista de la cinta. El tercer trabajo como directora de Julia Solomonoff (Rosario, Argentina, 1968) nos habla de soledad, desarraigo, huida y pérdida, temas que ya estaban en sus dos primeras películas, en Hermanas (2005) exploraba los años de la dictadura argentina a través del (des) encuentro de dos hermanas después de años de desaparición, y en El último verano de la Boyita (2009) se centraba en una niña en ese tránsito de la infancia a la adultez, a través del descubrimiento de la vida en un ambiente rural, ambas películas ambientadas en los ochenta.

En Nadie nos mira, la trama que pivota en el aquí y ahora, gira en torno a Nico, un tipo que se gana la vida cuidando un bebé de una paisana, y como camarero, instalado en Nueva York, huyendo de la fama de actor de telenovelas en Argentina, y también, dejando una relación tóxica. Su vida en la Gran Manzana no es la esperada, se mueve como si estuviese en un laberinto, de aquí para allá, con esa incertidumbre del que todo es temporal, de su sitio no está en ese lugar, porque simplemente está de paso no sabe hacia adonde. Nico sueña con encontrar la oportunidad de demostrar su valía como actor, en un país difícil y complejo, donde las oportunidades escasean y además, deberá enfrentarse a la durísima competitividad, y a los prejuicios propios del estadounidense medio. Un argentino rubio y de piel clara, no es el prototipo de latino que las barras y estrellas consideran como tal.

Solomonoff no juzga a su personaje, no emite ninguna posición ni emocional ni ideológica, lo filma desde todos los puntos posibles, y lo relaciona con personas de diferentes clases sociales, desde la argentina que se ha casado con el yanqui y se ha convertido en uno de ellos, de aquellos estadounidenses más liberales, pero que en el fondo sus ansías de posición económica los lleva a sentirse de una manera, pero actuar de otra, muy convencional, o el actor argentino, amigo de Nico, que viene de visita y se queda maravillado por el lugar, desde la perspectiva del turista, que no conoce los verdaderos cimientos en los que se sustentan toda esa maquinaria de luces y neones, o la propia perplejidad y contradicciones de Nico, que no sabe muy bien que hace en una ciudad que da poco y exige tanto, en un estado de extrañeza constante y pérdida de sí mismo, de desconocerse cada día un poco más, y de náufrago a la deriva en esa inmensa isla, donde tampoco las relaciones íntimas le ofrecen estabilidad emocional, porque todavía arrastra ese pasado que le agobia y le ha llevado a esta huida sin fin y traumática.

La fantástica y contenida interpretación de Guillermo Pfening dando vida a Nico, consigue traspasar su mirada y descubrir su interior, todo aquello que hierve en esa alma rota e inquieta, en ese cuerpo que se mueve de un lugar a otro, ya sea en bici o en metro, ya sea con un bebé que no es suyo, pero que lo quiere como tal, o a la espera de que ocurra algo, aunque a veces haya perdido toda fe en eso, o lo que es más grave, haya perdido la fe en sí mismo, porque no desconoce qué hacer, y sobre todo, hacia adónde ir. Y no sólo la composición de Pfening, sino cada uno de los intérpretes que aparece en la película transmite verdad y naturalidad, componiendo un caleidoscopio interesante y diferente de una ciudad cosmopolita, interesante, atractiva, pero también salvaje, despiadada y que en ocasiones, puede resultar muy hostil y oscura para los recién llegados o aquellos a los que les cuesta adaptarse a sus costumbres y reglas, y a su ritmo endiablado.

 Solomonoff es una gran todoterreno en esto del cine, ya que ha sido asistente de gente como Puenzo o Salles, ha producido a Celina Murga o Julia Murat, entre otros/as, y lleva años dando clases en EE.UU., y en Nadie nos mira, parece explicarnos su experiencia como extranjera en ese país de acogida, sus sentimientos y percepciones como diferente, como latina, aunque sea como su protagonista, rubia y de piel clara, rompiendo los estereotipos de ese ciudadano medio yanqui, en un relato que nos muestra como un diario del inmigrante que llega a esa ciudad querida y soñada, peor que se dará de bruces con la realidad del lugar, y sobre todo su propia realidad, porque como bien reflexionaba Muñoz Molina: “Uno cuando viaja, no deja sus problemas en casa, sino que los lleva consigo mismo”, y el bueno de Nico, tiene todavía muchas cuentas pendientes no con Argentina o Nueva York, sino consigo mismo, con sus emociones y sentimientos, con el hombre al que amó o todavía ama, y su destino como actor, y en un espacio ajeno y extraño, en una huida constante, no de nada ni nadie, sino de sí mismo.


<p><a href=”https://vimeo.com/265529148″>Trailer Nadie nos mira</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

Entrevista a Julien Rappeneau

Entrevista a Julien Rappeneau, director de “Rosalie Blum”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 5 de abril de 2017 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julien Rappeneau,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.

La teoría sueca del amor, de Erik Gandini

aaff_novembre_2016_castLOS CIUDADANOS INFELICES.

“No es verdad que la felicidad signifique una vida libre de problemas. Una vida feliz implica tener que superar problemas, lidiar con ellos, solucionar dificultades y retos. Haces frente a los retos, lo intentas y te esfuerzas. Y entonces llegar al momento de felicidad cuando ves que has podido controlar los retos del destino. Y es precisamente esto: la felicidad de haber superado las dificultades, de luchar contra los problemas, de afrontarlos y superarlos… Esto es lo que se pierde cuando crecen las comodidades”

Zygmunt bauman

La película arranca con un prólogo en el que unas imágenes de archivo que pertenecen a los tiempos de gobierno de Olof Palme, en Suecia, cuando en 1972 puso en práctica el manifiesto titulado “La familia del futuro: una política socialista  para  la  familia”, con el fin de romper la estructura que hasta entonces sustentaba el concepto tradicional de familia, para modernizarlo, y fomentar a nivel estatal que toda relación humana verdadera se tiene que asentar en las bases del principio de independencia entre las personas. Seguidamente, la película se instala en el 2015 y nos informan de los resultados devastadoras de aquel sueño: la mitad de los suecos vive solo, y un 25% muere en soledad.

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La película de Erik Gandini (Bérgamo, Italia, 1967) indaga e investiga profundamente sobre la sociedad sueca y se centra en su forma de vida y en sus relaciones, construyendo un interesante documento sociológico y psicológico sobre no solo las formas de vida y relaciones de los ciudadanos suecos, sino del modo occidental demente y su miserable individualidad y perfeccionismo, tan arraigados en la sociedad, y cómo provoca estas conductas tan nocivas, provocan unos seres aislados y tremendamente individualistas. Gandini que alcanzo un merecido prestigio con la película Sacrificio. Quién traicionó al Che Guevara (2001), en el que investigaba la verdad sobre la captura y asesinato del célebre revolucionario,  vuelve a uno de sus temas que más le interesan: las sociedades occidentales y sus relaciones. Preocupaciones que ya recogía en Surplus. Terrorismo de consumo (2003) sobre las formas de compra y consumo en la sociedad sueca, abocadas al gasto innecesario y a la acumulación sin medida, al que siguió Videocracia (2009) en el que retrató a Berlusconi y como había construido su impero de popularidad gracias al control de la televisión.

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Gandini se centra en la cotidianidad de la vida de los suecos, y en sus actividades diarias, retratando diversos aspectos para analizar que ha llevado a sus ciudadanos a vivir tan aislados de los demás y seguir las directrices de las sociedades capitalistas occidentales, basadas en el trabajo, bienestar y la autonomía personal. Observamos a una joven que quiere ser madre soltera, y contrata a una empresa de Dinamarca que ofrece los servicios de autoinseminación artificial a domicilio, también, vemos a unos funcionarios que buscan los familiares de los fallecidos que mueren solos, las actividades grupales de los suecos como forma de actividad compartida, grupos de personas, cansados de la rutina infeliz a la que están sometidos, han dejado las ciudades y se han refugiado en los bosques, llevando una vida basada en lo físico, el contacto personal con los otros y las relaciones profundas entre los seres humanos, y los inmigrantes que llegan a Suecia y su acomodo en la vida cotidiana. Y finalmente, Gandini, abandona Suecia y se traslada hasta Etiopía, que según el mapa de valores sociales que nos enseñan, se encuentra en el otro extremo de Suecia. Allí, conocemos al Dr. Erichssen, un extravagante y peculiar doctor que en mitad de la nada, y habituado a unas carencias terribles, ejerce su profesión a favor de los más débiles, utilizando materiales precarios y reutilizables, derrochando una imaginación sin límites, y ejerciendo una desbordante alegría y felicidad, para cerrar su propuesta, con la aportación de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco nos habla de la felicidad, sus causas y conflictos, y nos invita a experimentar con nosotros mismos y a mirar al otro, en su interior, profundidad y complejidad.

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Gandini ha huido del documental al uso, no quiere manipularnos ni hablarnos de las ventajas y desventajas de optar por una vida u otra, abre el debate para que los espectadores tomemos partido y saquemos las oportunas refelxiones. el realizador sueco simplemente investiga, y recorre las vidas que reflejan el problema existente de soledad e infelicidad que contamina el país con mejor bienestar personal del mundo, tampoco quiere sentar cátedra, ni mucho menos, aborda el problema desde varias perspectivas, de diferentes miradas, a través de la quietud del ritmo y personalidad sueco, reposando cada historia y cada encuadre, contado con mucha ironía y sarcasmo, en el que la sociedad automatizada, repleta de ciudadanos zombies, que se desplazan de un lugar a otro, demasiado ensimismados en su realidad y sus objetivos personales y económicos.

Transeúntes, de Luis Aller

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Luis Aller (1961, Toral de los Vados, León) es un cineasta en el sentido más amplio de la palabra, como lo fueron los Godard, Truffaut, Rohmer, entre otros, que desde las páginas de la mítica Cahiers du Cinema revindicaban esa condición. Personajes de todo terreno, que se empapan de cine en todos sus ámbitos: como espectadores, atiborrándose de sesiones en la Filmoteca, ejerciendo la crítica y la docencia, materializando sus teorías en el campo del cortometraje y haciendo películas. Aller arrancó en el largometraje con Barcelona lament, filmada en 1991, un film noir de aquella Barcelona preolímpica muy influenciado por el cine de Godard. Hemos tenido que esperar más de veinte años para ver su nuevo trabajo. Transeúntes es una película que comenzó a filmarse en 1993, después de las Olimpiadas y en plena crisis económica, y ha estado en perpetua construcción durante dos décadas. Filmada inicialmente en 35 mm, ha ido trabajando en diferentes soportes cinematográficos, formatos y texturas para desarrollar el concepto personal sobre la concepción y el montaje del universo cinematográfico de Aller.

Asistimos a una película-experiencia, donde pasan delante de nuestros ojos la friolera de 7000 planos (según fuentes de la productora), donde observamos múltiples ventanas que se abren y se cierran, retratos de gentes anónimas que van de un lugar a otro, película fragmentada y en constante evolución, envuelta en el caos reinante de la cotidianidad de una ciudad como Barcelona, asfixiada por la crisis y el deambular de unos y otros. Aller viaja por varios géneros y temáticas, desde el cine ensayo, la ficción y el documental, la sinfonía urbana o la lucha de clases, filmando la ciudad que ama y vive, fabricando un relato multidisciplinar, un retrato demoledor y contundente de esa Barcelona alejada de los focos, de ese extrarradio en descomposición, de la desnudez urbana, de seres que se mueven con sus problemas de siempre, amores frustrados, trabajos precarios, y vidas errantes e insatisfechas que permanecen anquilosadas y vacías. El cineasta, barcelonés de adopción, edifica su película en una mutación sin fin, filmando los pliegues y las costuras de una urbe sumida en el caos, deshumanizado y triste. Nos sumerge en una hecatombe de imágenes algunas inconexas y otras unidas por las vidas cruzadas que se dirigen de un lugar a otro, tanto a nivel físico como emocional.

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Una película que habla de la crisis de antes, de ahora y de siempre, que parece un tiempo anclado, que no evoluciona, o si lo hace, es para siempre seguir igual, oxidado y sin cambios. Una zambullida violenta a la falta de humanidad y amor que parece guiar nuestras vidas. Vidas incompletas, perdidas y totalmente desorientas. Vidas que sufren y no logran ser felices, que parece que están y no están, que siguen con su inercia cotidiana que parece conducirles a la nada o simplemente a no sentir lo que les gustaría. Vidas dañadas y despedazadas que vagan sin rumbo por el caos urbano lidiando los continuos conflictos de la existencia, la falta de trabajo, la ausencia de amor o los problemas emocionales. Aller nos zambulle violentamente en un maremágnum de imágenes que viajan por nuestras retinas a velocidad de crucero, deteniéndose y desplazando nuestra mirada en función de una necesidad de revelarnos ante nosotros la brutalidad y transgresión de nuestra propia cotidianidad. Una película que nos remitiría a aquellas experiencias de Vertov, en su concepto de cine-ojo, o Ruttmann, o las ideas múltiples de pantallas sin fin del cine ensayística o experimental, sin olvidarnos del cine de Godard, en su búsqueda constante de la representación de las imágenes y el valor de la narración cinematográfica. Aller ha parido una película revolucionaria, una épica de lo cotidiano, de mirar esas vidas donde los males de este mundo siguen siendo los de siempre, la soledad e incomunicación de los individuos que se mueven como autómatas en un espacio carente de sentido e inadecuado a sus necesidades vitales. Aller nos invita a reflexionar sobre el torbellino de imágenes y ventanas sin fin que se abren ante nosotros, a sentirnos parte de su entramado cinematográfico, a participar en un viaje experiencia en conitnuo movimiento que, quizás no sea nada más que el principio de algo que acaba y empieza constantemente.


<p><a href=”https://vimeo.com/75385442″>Trailer TRANSE&Uacute;NTES</a> from <a href=”https://vimeo.com/eldedoenelojo”>El Dedo en el Ojo SL</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>