Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Ad Astra, de James Gray

LAS TINIEBLAS DEL ESPACIO.

“Es imposible transmitir la impresión que la vida produce en una época determinada de la propia existencia; lo que constituye su verdad, su significado, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.”

Joseph Conrad

Lo primero que nos llama poderosamente la atención cuando uno se acerca a revisar la filmografía de James Gray (New York, EE.UU., 1969) es su peculiar mirada al relato humano que hace de sus personajes, siempre revestido por el policial, directa o indirectamente, situado emocionalmente en la familia, seno principal de los conflictos más profundos y complejos. En ese marco, el cine de Gray nos seduce con una exquisitez tanto narrativa como formal, echando mano de pocos personajes, eso sí de múltiples capas y puntos de vista, contado como si fuese un relato romántico, de aquellos bien contados, con un fascinante aspecto respecto a localidades y lugares envueltos en la bruma y en lo sombrío. Unos encuadres estudiados minuciosamente y llenos de detalles a nivel pictórico, en la que sus historias, íntimas y personales, nos sacuden emocionalmente, llevándonos por marcos llenos de desesperanza y sordidez, guiados por unas almas en continua batalla consigo mismas, y sobre todo, seres a la deriva, a la espera de un destino que les tienda una mano muy necesitada.

De los siete títulos que ha dirigido Gray nos centramos en sus dos últimos antes de centrarnos en Ad Astra, que son El sueño de Ellis y Z, la ciudad perdida. Dos trabajos que nos hablan de dos viajes íntimos y personales protagonizados por una Ewa, una inmigrante polaca que debe empezar a vivir en la desconocida Nueva York de 1921, y Percy Fawcett, un explorador británico enfrentado a lo desconocido de la selva amazónica. Sendas aventuras llenas de peligro e inquietud en el que tanto Ewa como Percy saborearan lo amable y lo amargo, donde sus respectivos periplos les servirán para conocerse mejor y sobre todo, conocer todo aquello que les rodea. Igual odisea vive el astronauta Roy McBride que es convocado por la Spacecom (una de esas empresas que utiliza la ciencia para enriquecerse) para una difícil misión, viajar hasta lo más lejano de la Tierra para reencontrarse a su padre Clifford, el astronauta más laureada de la historia, una especie oráculo espacial que ha visto cosas que no creeríais, que lleva más de tres décadas perdido más allá de las estrellas, a un lugar donde jamás nadie ha conseguido llegar. Roy es un tipo tranquilo, introvertido, con un autocontrol que lo hace excepcional, solitario, y alejado del único amor que ha tenido en su vida, y emprende un viaje para encontrar a un padre que hace décadas que no ve y con el que tuvo una relación fría y distante.

Gray nos muestra los preparativos científicos del viaje, en un futuro cercano, donde los viajes a la luna son habituales, donde la luna se ha convertido en una especie de espejo terrestre, donde unos la estudian y otros, sobreviven como en la Tierra, en el que el veterano coronel Pruitt estupendo Donald Sutherland (antiguo compañero de batallas de Clifford, quizás un guiño a Space Cowboys, de Eastwood) advertirá a Roy sobre el carácter rudo y reservado de su padre, un brillante Tommy Lee Jones. También, viajaremos a Neptuno, donde la base científica explora el planeta y saca sus conclusiones en el más estricto secreto, en la que la responsable, convincente Ruth Negga, tiene sus propios métodos muy alejados de la oficialidad de la misión.  A partir de ese instante, continuaremos solos con Roy, siguiendo su deambular diario por la nave, escuchando sus reflexiones e impresiones sobre aquello que está viviendo, sobre aquello que ha dejado atrás y también, sobre aquello que se encontrará, ese padre espectral envuelto en el más absoluto de los misterios, y lo que ha dejado, esa mujer que le sigue robando sus pensamientos.

El cineasta neoyorquino nos muestra un espacio descomunal, vacío, infinito, misterioso y fantasmal, con esa preciosista y bella cinematografía de Hoyte Van Hoytema (responsable de Interstellar, otro de esos monumentos que ha dado la ciencia-ficción en los últimos años)  siguiendo las odiseas protagonizadas por los astronautas de 2001: Una odisea en el espacio, el naturalista valiente de Naves misteriosas o el científico perdido de Solaris. Todos ellos hombres solos ante la inmensidad del espacio, de lo desconocido, de aquello que nadie había visto antes como mencionaba Nexus 6 en Bladde Runner. Ad Astra, que recoge el nombre de la denominación planetaria de la mitología griega, nos sumerge en un viaje hacia lo infinito, o quizás podríamos decir hasta lo conocido, siguiendo la misma estructura narrativa que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en la que Roy va en busca de su padre, emulando a aquellos antecesores como Juan enviado por el partido para terminar con la vida de “Andarín” en plena posguerra española en El corazón del bosque, o el capitán Willard en su viaje para terminar con el Coronel Kurtz en plena guerra del Vietnam en Apocalypse Now, tres objetivos de hombres condecorados y envidiados que en algún instante han perdido el rumbo y han hecho la guerra o la misión, según el caso, suyas, creyéndose por encima de ellos mismos, unas especies de semidios con la razón y la aventura de su lado.

Los hipnotizantes movimientos de las naves, los lugares que atravesamos y todo ese entorno salvaje y lúgubre que envuelve a la película, juntamente con esos fascinantes primeros planos de un Brad Pitt inmenso y magnífico, convierten a la película de gray en un clásico instantáneo, un poderoso y espectacular viaje de ciencia-ficción que engrosa ya los títulos más esciales del género, con su esencia humanista y su detalle preciso de todo aquello que muestra y lo que no, convertido en un relato grandioso sobre lo humano enfrentado al espacio o mejor dicho, a sí mismo, a su capacidad científica y tecnológica en pos a la colonización del universo o todo lo que alcance, a un viaje al cosmos, a las tinieblas de un espacio incómodo y vasto, donde el ser humano se vuelve pequeño, indefenso y perdido, donde la ansiedad de aventura puede acabar con cualquiera, quizás por mucho que lo neguemos, existen límites en el que por mucho que nos empecinemos nos devolverán a nuestra realidad, a lo que realmente somos, con nuestras capacidades, torpezas, avances, miedos e inseguridades, al fin y al cabo, a nuestro ser y a nuestra soledad como individuos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sauvage, de Camille Vidal-Naquet

TE MERECES QUE TE QUIERAN.

“No había ningún lugar a donde ir excepto a todas partes”

Jack Kerouac

Léo tiene 22 años, un cuerpo deseado y es adicto a las drogas, y se gana la vida de chapero gay, es uno de esos tipos jóvenes y atléticos que desean y aman por unos cuantos billetes a tantos solitarios de la ciudad. Aunque, en el caso de Léo, las cosas son diferentes, no sabemos nada de su pasado, y mucho menos como ha acabado ejerciendo la prostitución masculina, eso sí, lo único que sabemos de su vida, o más bien podríamos decir de su existencia es que está enamorado de Ahd, un chapero como él, que lo trata con cariño pero nada más, pero si en el caso de Léo es una búsqueda desesperada por amar y ser amado, para Ahd es sólo trabajo, un trabajo bien pagado para un día poder cambiar de vida. Léo es uno de esos tipos de gran corazón, necesitado de amor, que deambula a la deriva por su vida, como si fuese otro, como si la vida le pasase por encima cada noche, como si la derrota le consumiera un poco más cada día, en el que descansa sus maltrechos huesos como puede en cualquier callejón oscuro de la ciudad, siempre solo, cansado de ir para aquí y para allá, a la espera de ese amor que parece resistirse, que no siente como él, y mucho menos vive como él, alguien que ama sin barreras, alguien que se lanza al abismo sin más, porque cada noche puede acabarse todo sin más.

La puesta de largo de Camille Vidal-Naquet (Nevers, Francia, 1972) es un retrato durísimo y trágico sobre el alma de un chapero, sobre la sordidez y la deshumanización de un universo donde todo se mueve en el filo, a punto de cortarse y caerse, y el director francés lo retrata de una manera profunda, muy orgánica, muy próxima, penetrando en el interior de este tipo, de este ángel herido caído en este mundo de idas y venidas, de polvos apresurados, de placer carnal instantáneo, de cariño por horas, de almas vagabundas de amor, de seres que se esconden para dar rienda suelta a sus más bajos instintos sexuales, de clientes mayores cansados de todo que solo buscan cariño y compañía o discapacitados deseosos de satisfacer su cuerpo maltrecho. Vidal-Naquet sigue a su criatura por este mundo, por sus calles, por su ruido, por sus actos sexuales, por sus cuerpos tatuados y jóvenes, hincándole la cámara a su espalda o a su vera, como si capturase cada poro y cada pliegue de su piel, de su alma, de esa vida en continuo movimiento, de aquí para allá, en un constante movimiento veloz, sin descanso, sin tiempo para pensar, solo para sentir, gozar y copular.

Léo se parece mucho a la inocencia y la bondad que destilaba Franz en La ley del más fuerte, de Fassbinder, el joven homosexual interpretado por el propio director, una forma de ser recurrente en el universo del cineasta alemán, individuos que daban todo lo que tenían, incluso más, en pos del amor o al menos eso creía él, una especie de bondad a contracorriente frente a un mundo violento, lleno de mentiras, hipócrita y falso. La vida de Léo, ese ir y venir, sin casa, sin dinero y sin dueño, podría recordarnos a Mona, la joven vagabunda de Sin techo ni ley, de Agnès Varda, a ese espíritu indomable y libre que se movía de un lugar a otro, en el que vivía y se relacionaba con personas de toda índole, siendo capaz de romper con lo establecido y viviendo a su manera, sin barreras y ataduras, caminando por la naturaleza sintiéndose libre y viva, como le sucede a Léo cuando se mueve por el mismo entorno, aunque en el caso de este tipo de existencia, quizás conlleve un precio muy alto que pagar. Vidal-Naquet no juzga a su personaje, lo filma y captura una vida al día, una vida que puede cerrarse en cualquier instante, una vida desenfrenada en muchos aspectos, una vida joven y en riesgo, una vida donde las noches pasan fugazmente y los días parecen eternos, una especie de vampiros modernos, donde por las noches son los reyes y por el día son meros zombies cansados y resacosos.

La magnífica y profunda interpretación de Félix Maritaud, que ya nos había enamorado en 120 pulsaciones por minuto, se convierte en el mejor aliado para componer un personaje como Léo, dándole ese aspecto entre vagabundo y atractivo con su vida visceral en el filo de la navaja, unas emociones a flor de piel y esa mirada triste y desesperada por ese amor inconcluso, que no acaba de atrapar, que lo tiene intranquilo, intenso y desesperado, una mezcla explosiva de sentimientos, bien acompañado por Eric Bernard dando vida a Ahd, que escenifica el lado contrario de Léo, más contenido, más reposado y sobre todo, con otras ideas sobre su vida de chapero gay. Una película sobre el amor, sobre nuestro lado salvaje, como cantaba Lou Reed, aunque en ocasiones ese lado tan salvaje nos puede llevar por zonas demasiado oscuras de nuestra existencia, pero eso quizás es lo que necesitamos o simplemente, somos incapaces de vivir de otra manera y cómo le ocurría al can de Jack London, siempre acabamos rompiendo nuestras cadenas y largándonos a ese lugar que nos hace sentir tan bien y al cual pertenecemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La portuguesa, de Rita Azevedo Gomes

LA MUJER LIBRE.

“La grandeza humana tiene raíces en lo irracional”.

Robert Musil

En un tiempo indeterminado, junto a las ruinas que antaño fuera un palacio lujoso, vemos a una mujer de avanzada edad reposando. Un rato después, se levanta y mientras camina comienza a cantar un poema. Ella es una visitante que vaga por el relato, sin destino, con un pie aquí y otro en otro tiempo, alguien sin tiempo ni raíces, alguien que nos irá anunciando los diferentes tramos de la película. Después de este brevísimo prólogo, la película se posa en la Edad Media, tiempos de guerra, convulsos e inestables, en algún lugar de un viaje con rumbo al Norte de Italia, donde Lord Von Ketten disputa el Episcopado al obispo de Trento. Conoceremos a “La portuguesa”, la bella esposa, casi una niña, de Von Ketten, que ha vivido un año de luna de miel junto a su esposo y acaba de dar a luz a su primer hijo. Una vez llegado al destino, un esplendoroso palacio que se alza con siglos de historia familiar, el señor de la casa partirá a la guerra, una guerra que durará once larguísimos años, mientras, “La portuguesa” esperará rodeada de su séquito, y abriéndose a la vida y sus diferentes placeres y emociones.

El nuevo trabajo de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952) vuelve a recoger su materia prima en un relato del escritor austríaco Robert Musil (1880-1942) incluido en su libro Tres mujeres (escritor que ya había ha sido adaptado al cine de la mano de Volker Schlöndorff en El joven Törless en 1966) como ya había sucedido en sus anteriores películas, donde había adaptado a André Gide, Stefan Zweig en A Colecção Invisível (2009) o a Barbey D’Aurevilly en La venganza de una mujer (2012). Después de Correspondencias, de hace tres años, donde a medio camino entre el ensayo documental y la ficción, seguía el doloroso exilio del poeta portugués Jorge de Sena, Gomes vuelve a sus atmósferas asfixiantes y tediosas, a sus relatos protagonizados por mujeres solitarias, despechadas y tristes, a esos espacios donde la vida se detiene, en que las cosas adquieren otra naturaleza, como si significado cambiará y ahora fuesen de otra forma, invisible para los ojos e imperceptible para los sentidos.

La directora portuguesa nos sumerge en la mirada de “La portuguesa”, donde al comienzo la vemos esplendorosa, bella y exultante de alegría, erotismo y amor, peor la iremos viendo, casi al minuto, su descomposición, su tristeza y su soledad, debido a esa guerra que ausenta su marido, si bien su primer retorno, todo parece volver, la sensualidad olvidada renace y los dos amantes practican el juego del amor y el erotismo propio de los enamorados. Pero, después de su marcha, el tedio vuelve a contaminar el espíritu de la joven esposa, los años pasan y nada cambia, aunque la mujer experimenta cambios, nuevas sensaciones, y la vida cambia adquiriendo nuevos sentidos y oportunidades, nuevas maneras de vivir, de reír, de cantar, de nadar, de sentir, y de rehacerse a cada instante, acostumbrándose a la ausencia del esposo, que cuando vuelve, se convierte en un ser espectral, alguien extraño en un palacio casi en ruinas, debido a tanta gasto ocasionado por la guerra, una lucha eterna que mantenía el orden establecido provocado pro años de guerras sin fin. Ahora, con la paz, todo parece haberse roto, una paz que provoca corrupción y miedo, un tiempo olvidado y fantasmal, donde todo parece encogerse lleno de incertidumbre y vacío, donde las cosas atienden a otras formas más frágiles e inquietas.

Gomes opta por una forma quieta y bella, donde sus “Tableaux Vivants”, naturalistas y cotidianos, con el aroma de Vermeer o Zurbarán, con esa profundidad de campo, en que cada figura humana, objeto y colores, donde predominan el azul claro y los oscuros, consiguen sumergirnos en la vida y el alma de “La portuguesa”, una extraña entre todos, y sobre todo, de ella misma, en unos encuadres estáticos obra de Acácio de Almeida, que ha filmado casi todos los trabajos de la directora. Los 136 minutos de metraje nos llevan por ese mundo sin hombres, o sin el señor de la casa, esa ausencia que parece el fin en un primer momento, después, para su joven esposa se convierte en una seña de liberación, de experimentación a la vida y a todas las cosas y objetos que la forman, de arrancarse el corsé, soltarse la melena y llevar ropas sueltas y convertirse en un espíritu libre, brillante y de una fuerza irrompible y llena de vida.

La brillante adaptación obra de la escritora Agustina Bessa-Luís (Amaranto, Portugal, 1928) que ya había trabajado con Gomes en A conquista de Faro (2005) y con Oliveira en dos de sus celebrados dramas como El principio de la incertidumbre (2002) o El valle de Abraham (1993) compone a través de la literatura, la poesía, el teatro y la ópera, una obra compuesta en tres tiempos, en un primer tramo, conoceremos a Von Ketten y a su joven esposa, y el amor que se profesan y el reencuentro después de la guerra. En un segundo tramo, el más extenso de la película, “La portuguesa” experimenta la tristeza y la soledad de sentirse alejada del ser amado, para después experimentar un cambio profundo que la hará liberarse de ella misma y dar rienda suelta a sus emociones, conociendo todas aquellas cosas que antes no era capaz de ver ni de sentir, como nadar desnuda en un río lleno de hojas, cantar a la vida y la luz, llevar ropas holgadas y soltarse el cabello y correr libre por el bosque, moldear con el barro figuras en forma de animal, o incluso, jugar y coquetear con su primo lejano de Portugal, un tiempo en que la añoranza a su marido y tierra desparecen y dejan paso a la vida y la libertad de estar consigo misma sin tener que dar explicaciones a nadie.

Gomes recoge e inserta de forma brillante y natural el aroma que imprimía las imágenes de Manoel de Oliveira, el Bresson de Lancelot du Lac, o el Rohmer de La marquesa de O, o los Taviani de Maravilloso Bocccaccio, entre otros, con la poesía y literatura románticas, en la que jóvenes heroínas solitarias y perdidas en inmensos palacios, aguardan la llegada de maridos en la guerra que parece que nunca regresarán, con la brillante interpretación de la casi debutante Clara Riedenstein, con esa melena rojiza y esa tez pálida, convertida en una extraña y extranjera en su propia casa, por su físico y su forma de enfrentar la ausencia, Marcello Urgeghe, como su esposo, esplendoroso al principio y poco a poco, derrumbándose y convirtiéndose en una especie de fantasma errante sin vida, sin mujer y sin nada, Rita Durão (actriz fetiche de Gomes, protagonista en A conquista de Faro, A Colecção Invisível y La venganza de una mujer) componiendo un personaje de criada enigmático y silencioso) y finalmente, la gran Ingrid Caven como la visitante que vaga por la película anunciando en forma de poema cantado los avatares y circunstancias de la joven protagonista. Una película una grandiosa factura visual y formal, que nos sumerge en un tiempo lejano muy parecido al nuestro, con los mismos conflictos sociales e internos, aquellos en los que el alma sufre y padece, en un camino espiritual en que una joven despertará de su letargo y su condición de tedio y soledad para abrazar a la vida, al entorno natural que la rodea y a sus sentidos más profundos y bellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A la vuelta de la esquina, de Thomas Stuber

CHRISTIAN SE ENAMORA DE MARION EN EL TRABAJO.

“Cuando salíamos del hipermercado al acabar el turno, afuera todo era diferente. Cuando cada uno volvía a su vida. Era como si todos cayéramos en un profundo sueño y regresáramos a casa el día siguiente”.

Sam y Jonathan, los dos vendedores de artículos de broma que pululaban por Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Andersson, o los Santa, Jose, Reina o Amador de Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también, Marcel Marx, el artista sin suerte de La vida de bohemia y más tarde el limpiabotas humilde de Le Havre, a los que podríamos añadir Ilona y Lauri, los desafortunados enamorados de Nubes pasajeras, o incluso a Koistinen, el guardián nocturno apocado de Luces al atardecer, todas de Aki Kaurismäki, pertenecen a ese nutrido grupo de individuos solitarios, invisibles, ausentes de sí mismo, tipos que se mueven entre los márgenes, solitarios y cabizbajos, empeñados en la mala suerte, escapando de turbios pasados, y sobre todo, muy silenciosos, con vidas rutinarias, empleos tediosos y aspiraciones ausentes, pero eso sí, cuando hablan se vuelven personas coherentes, sinceras, reflexivas y acogedoras, como Christian, el protagonista de la película A la vuelta de la esquina.

Christian es alguien que huye de su pasado oscuro, de los que todavía conserva un sinfín de tatuajes que adornan su torso y brazos, alguien que empieza de nuevo, alguien que empieza en su nuevo trabajo en un hipermercado mayorista en el turno de noche como reponedor de bebidas junto a Bruno. Una maraña de interminables estanterías, llenos de pasillos, donde se amontonan palés de bebidas en su caso, pero llenas de productos diversos para los clientes. Las jornadas nocturnas se desenvuelven en su rutina particular, conociendo el producto, los espacios y demás compañeros, como Marion, una atractiva rubia al que todos llaman “la chica de los dulces”,  que llama la atención del callado Christian, mientras toma un café frente a la máquina. A partir de ese momento, las jornadas cambiarán de tono y aspecto, y los encuentros fortuitos y no tanto, con la adorada Marion se irán sucediendo en los meses.

Thomas Stuber (Leipzig, Alemania del Este, 1981) se enfrenta a su cuarto largometraje como director basándose en un cuento del libro Todas las luces, de Clemens Meyer, coautor junto a Stuber del guión, donde Christina se convierte en el hilo conductor de la narración, ya que junto a él, conoceremos ese mundo laboral nocturno, donde el bullicio y el trasiego del día en el hipermercado desaparece para adentrarse en un mundo silencioso, roto por algún ruido mecánico, muy espacioso, donde los trabajadores son casi meras sombras que se mueven mecánicamente en su quehacer nocturno, llevando palés a su ubicación y vuelta a empezar, parando para echar un cigarrillo en los lavabos, atrapar a hurtadillas un bocado del producto que se tira, o compartir alguna que otra broma con los compañeros de los demás pasillos. Stuber abre la película con el “Danubio Azul”, de Johan Strauss, creando esa atmósfera peculiar y extraña, casi de película de terror,  donde reina una oscuridad y  silencio sepulcrales que se genera en el hipermercado durante el turno de noche, solo roto por el ruido de las carretillas manuales y elevadoras, instrumentos que se convertirán en un aprendizaje y adaptación para Christian, en el que su manejo ocultará algo mágico para el devenir de la historia.

El cineasta que creció en la RDA, tiene un hermoso homenaje al trabajo en el país extinto a través del personaje de Bruno, alguien que guarda celosamente su vida, o podríamos decir aquello que hace cuando no trabaja. Una película que encierra una hermosa y profunda historia de amor entre dos solitarios, entre dos personas que una, Christina huye de su pasado, de quién fue, y otra, Marion, con un matrimonio infeliz, clama en silencio por un poco de paz y tranquilidad, dos seres sensibles y espectrales en el trabajo, que encuentran el amor en el lugar más insospechado, entre pasillos, cajas y productos que otros compraran. El cineasta alemán acota su película en las cuatro paredes del hipermercado, a excepción de alguna que otra secuencia en el exterior, sumergiéndonos en la idea de belleza y profundidad en un lugar donde la mecanización se apodera de los movimientos de las personas, donde todo está previsto, en que la humanidad se abre camino entre tanta máquina y cotidianidad laboral, donde estos seres sencillos, de vidas rutinarias y emociones dormidas, despertarán a la belleza de los sentidos, a la pequeña alegría de tomar un café en compañía, a escuchar al compañero y sus problemas, a la ayuda de alguien que lo necesita, a ese consejo que solo la madurez sabe dar, o a esos pequeños momentos, casi sin relevancia, que cada día se suceden mientras trabajamos.

Una pareja protagonista magnífica que destila sensibilidad y humanismo a unos personas corrientes, de esos que nos cruzamos a diario, de los que se suben al autobús después de una larga y dura jornada laboral nocturna, o que se toman una cerveza entre amigos, excepcionalmente interpretados por Franz Rogowski (que hemos visto en la última de Haneke, o en filmes de Malick o Petzold) como Christian y Sandra Hüller como Marion (que estaba extraordinaria en Toni Erdmann, de Maren Ade, una de las últimas revelaciones del cine alemán) bien secundados por Peter Kürth que da vida al noble y honesto Bruno, y actores de gran reputación como Henning Peker o Matthias Brenner, entre otros. Una película sencilla y honesta, que ahonda de manera sincera y brillante en el trabajo y todo aquello que rodea una parte esencial en la vida de las personas en el mundo, con todas sus peculiaridades, con todos esos mundos únicos y extraños que se generan, las soledades compartidas o las relaciones profundas y no tanto que se van generando entre unos y otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

Amanda T, de Àlex Mañas. TNC

LA NIÑA HERIDA.

Una tarde gélida del pasado domingo me acercó a la Sala Tallers del TNC para ver el montaje Amanda T, escrito y dirigido por Àlex Mañas (Barcelona, 1974). Cuando accedo a la sala, los dos actores ya están en el escenario, apoyados en una mesa, mientras charlan entre ellos y observan como los espectadores vamos acomodándonos en nuestras butacas. Se avecina una tarde intensa de teatro, la sala está llena. Los dos intérpretes abandonan el escenario. Después de unos minutos, las luces de la platea se apagan, e inmediatamente, se iluminan las del escenario. La primera escena o corte, nos muestra el domicilio de un afamado productor musical (descripción del lugar que irán apareciendo en la pantalla, así como diferentes vídeos)  en el que Amanda y el productor, que se han conocido por la red, se han citado y ahora charlan, entre un tono amable e inquietante. La chica quiere ser cantante, sube videos bailando e imitando a sus iconos de la música. El productor parece más interesado en la chica que en su talento musical. Mañas ya escribió y dirigió este mismo montaje en la Sala Atrium en otoño del 2016, con Xavi Sáez y Greta Fernández, él repite, pero ella, no. Ahora el papel lo interpreta Laia Manzanares.

Amanda T nos habla del caso real de la joven Amanda Todd que sufrió un ciberacoso después de mostrar sus pechos, una imagen que se hizo viral y llegó a todas las casas de sus allegados y entorno, un acoso opresivo que tuvo sus cómplices, e hicieron de la vida de la joven un horror, con problemas depresivos que la llevó a suicidarse con 15 años en el 2012,  después de publicar un video de 9 minutos explicando, mediante textos escritos en folios, la pesadilla de su historia y los motivos de su trágico final. Un video que la obra reproducirá íntegramente, interpretado por Laia Manzanares, que veremos mediante cortes, para abrir cada escena. Mañas no ha querido solo hablar del caso de Amanda Todd, sino mediante su caso, hablarnos de otros casos de acoso por las redes, en el que hace un viaje de afuera hacia adentro, describiéndonos a una adolescente que soñaba con ser cantante, una chica totalmente normal e integrada, alguien con esa energía propia de su edad, que con 13 años enseñó sus pechos y a partir de ese momento, su vida se convirtió en la peor de sus pesadillas, y no pudo volver a tener esa vida tranquila y alegre que la caracterizaba.

Mañas construye una obra donde la luz marca y enmarca con sombras, casi expresionista, la triste realidad de Amanda y aquellos acosados, planteando una obra minimalista, apenas vemos una mesa, una silla y un banco pequeño, y algunos objetos, con la originalidad de la papiroflexia que añade un plus de novedad y magia. Eso sí, la pantalla gigante de video se convierte en ese “Big Brother” maligno y pesadillesco, que es una arma de doble filo, una herramienta fantástica para darse a conocer y lo que haces, compartiendo y rompiendo barreras de comunicación con el mundo, pero también, en una bestia sin escrúpulos donde delincuentes y malvados se ocultan para acosar y delinquir. El dramaturgo y director nos envuelve en una especie de laberinto emocional donde los dos actores escenifican el relato de Amanda, desde su familia, el acoso en los diferentes institutos, la relación por las redes con su acosador, y también, con un amigo, y la destrucción emocional de la adolescente, su depresión, ansiedad, su soledad, y su descenso a los infiernos, donde cuando no pudo más, y se sintió muy sola, acabó con su vida.

Mañas nos habla de muchas cosas, pero lo hace desde el alma de Amanda, radiografiando la crónica de alguien desde los 13 a los 15 años, para hablarnos no solo del mundo de la red, sino también, de los cómplices que los ciberacosadores encuentran en la vida pública, todos los supuestos amigos y compañeros de clase e instituto que machacaron a Amanda y contribuyeron a su trágico final, haciendo hincapié a la mirada de un mundo cada vez más individualista, nada empático y excesivamente cruel, con aquellos a los que se considera más débiles, más sensibles y sobre todo, a esas personas que consideran inferiores porque han mostrado sus pechos a quién consideraban respetuosos con su intimidad. La obra es directa, impactante y fría, como un cuento de terror donde el ogro acaba asesinando a la joven inocente, en el que Mañas imprime a cada una de sus escenas varios planteamientos, que van desde el terror puro, pasando por la fábula, incluso a través de lo cómico, como ese reality show donde debaten sobre las causas de Amanda y la sociedad enferma y deshumanizada en la que vivimos.

La pareja protagonista se van sumergiendo en sus diferentes roles de manera sencilla, inteligente y muy natural, en que los espectadores entramos en ese juego fascinante y enriquecedor, con Xavi Saéz (al que vi en verano en la obra Esmorzar amb mi en la Beckett) resulta convincente y cercano, bien en su papel de acompañante de Amanda, y cumpliendo con su cometido. Laia Manzanares encarna a Amanda Todd, y lo hace a través de una naturalidad aplastante, porque Laia tiene esa mirada convincente y penetrante que enamora, con ese cuerpo menudo y frágil que puede interpretar con calidez y naturalidad esos roles femeninos adolescentes y jóvenes, ese tipo de actrices muy jóvenes que muestran una fuerza y sensualidad para interpretar personajes duros y difíciles, como lo hacen Saorsie Ronan o Elle Fanning, actrices que han venido para quedarse y agarrar personajes complejos y libres.

Laia Manzanares demuestra en cada personaje, por mínimo que sea, que su talento es extraordinario, porque se lanza al abismo en cada momento,  como demuestra en la secuencia más impactante de El reino, de Sorogoyen, en su breve pero extraordinaria presencia en la serie Matar al padre, de Mar Coll, o el rol que hacía en la serie Merlí) aunque el que escribe la reconoció y aplaudió como una de las actrices más brutales de su edad en la obra Temps salvatge, de Josep Maria Miró, dirigida por Xavier Albertí, vista durante la temporada pasada en la sala gran del TNC, encarnando de manera sencilla y espectacular a la adolescente triste y perdida rodeada de lobos y amargura en esas casas uniformes llenas de soledad y falsedad. Ahora, vuelve a interpretar a un personaje difícil y complejo, a una niña herida, a alguien triste y perdido, que atraviesa una situación de mierda, con tantos monstruos al acecho, sin fuerzas para responderles, una niña desterrada del paraíso por enseñar sus pechos, por mostrarse sincera e ingenua en ese mundo de lobos hambrientos y gentuza de la peor calaña, que aprovechan la debilidad de los seres más sensibles para sacar sus garras y alimentarse de su miseria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA