Pearl, de Elsa Amiel

LA SOLEDAD DE LA CULTURISTA.   

“La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma”.

George Sand

La película se abre a través de un plano secuencia donde la cámara sigue a Al (un personaje sesentón que lo fue todo en el mundo del culturismo, y ahora, se dedica a trabajar con jóvenes valores como Léa Pearl). Un plano largo que observa e inspecciona en el lugar, por el que vamos accediendo a los diferentes espacios donde se desarrollará la película, en los que vemos a diferentes culturistas preparándose para el campeonato que se celebrará en el hotel donde nos encontramos en 48 horas. Esas imágenes se nos van intercalando con las partes del cuerpo de Léa Pearl, fragmentadas y cortantes, mientras escuchamos la estruendosa y pegadiza música que acompaña a Al, y la agitada respiración de Pearl mientras trabaja su cuerpo. Un inicio brutal y atmosférico, que seguirá en toda la película, donde nos encontraremos muchas sombras, habitaciones oscuras, paseos por el espacio del hotel, cuerpos esculturales en bañador, y el ruido de música eléctrica, acompasadas por las respiraciones de los culturistas.

La directora Elsa Amiel (París, Francia, 1979), había dirigido un par de cortometrajes sobre un boxeador olvidado y el amor intenso de una pareja, y posee una larga trayectoria como asistente de cineastas tan nombrados como Raoul Ruiz, Mathieu Amalric, Bertrand Bonello y Julia Bertucelli, entre muchos otros. Con Pearl, Amiel construye una ópera prima insólita y audaz, llena de sensibilidad y crudeza, escrita en colaboración con Laurent Larivière, donde sobresale una planificación formal absorbente y ejemplar,  muy fragmentada en una primera mitad, y luego, planos más abiertos en su segunda parte, donde la tensión, las máquinas y el ruido van dejando espacio más a las miradas, a las personas y los gestos. Un grandísimo trabajo del cinematógrafo Colin Lévêque, del que habíamos visto su estupendo trabajo en blanco y negro en Fortuna, de Germinal Roux, donde impera una atmósfera densa e intensa, donde todo brilla alrededor de la protagonista, acentuado por la soledad y el aislamiento en la que vive la protagonista. Como su cortante y abrumador montaje de Sylvie Lager & Carolina Detournay, el portentoso trabajo de sonido de Marc Von Stürler, y la música de Fred Avril, que ayudan a integrase en la piel, el cuerpo y el alma de una mujer isla.

Pearl es una historia que habla de muchas cosas: el universo desconocido del culturismo y el de las mujeres que se dedican a esta disciplina, la identidad femenina, que huye completamente de lo normativo, y descubre formas de ser, sentir y estar que nada tienen que ver con esa idea de la mujer que nos han impuesto desde la sociedad capitalista, también, nos habla de toda la soledad y las sombras que suelen ir de la mano del éxito, de los tremendos sacrificios corporales y mentales del culturista, de la adicción a la perfección de un cuerpo que constantemente se trabaja, se machaca y se consume para lograr el éxito cueste lo que cueste, y sobre todo, la película nos habla de quiénes somos, de todo ese pasado del que constantemente huimos, y del abismo al que nos enfrentamos diariamente por no enfrentarnos a los demás y a nosotros mismos, por ser quiénes queremos ser. Amiel construye una película llena de neón, de ruido y de espectáculo, pero mostrando el backstage de toda esa fiesta, que nada tiene que ver con todos los aplausos, la pasta y el reconocimiento.

Una película de aquí y ahora, que se encuadra en esas 48 horas límite, con un personaje como Léa Pearl, que arranca siendo un cuerpo para ir convirtiéndose en una mujer, a raíz de la inesperada visita de su ex novio Ben, un tirado impulsivo que rechaza toda esa vida de apariencia en la que vive Pearl, y aparece con Joseph, el hijo de ambos, de seis años, que la mujer lleva cuatro años sin ver. El pasado llega y tensiona a Pearl, la desconcentra, la aparta de su vida, del campeonato, de Al, y la devuelve de golpe a ese pasado que nadie conoce, un pasado que le hará replantearse toda su existencia, porque el cuerpo, su herramienta de vida pasa a un segundo plano y florece la mujer y luego, la madre. La cineasta parisina cimenta su película de 82 minutos en su protagonista, en su interior, nunca se detiene en los porqués de la situación, sino que mueve a sus personajes a medida que se va generando el conflicto, porque el relato va construyéndose, sin saber muy bien adónde nos llevará todo, tampoco se detiene en mostrar el motivo de los personajes, solo los vemos actuar, ir de aquí para allá, centrándose eso sí en Pearl, que antes era Julia, donde lo cotidiano a veces toca el fantástico, en que el drama es sutil, casi imperceptible, con unos personajes varados, tanto Al, que lo fue todo, y ahora, tullido, se arrastra por un mundo, su mundo al que le queda poco, al igual que el personaje de Serena, una antigua amante y protegida de Al, a la que los años de éxitos y sonrisas le han pasado por encima relegándola a una sombra.

Un relato tan de piel, de cuerpos, de miradas rotas, y vidas en tránsito no se sabe donde, debía tener un reparto capaz de interpretar unos personajes de los que sabemos muy poco, como sucede en los westerns, con algunas pinceladas del pasado y poco más, como Al, magistralmente interpretado por un inconmensurable Peter Mullan, que nunca está mal, un actor con múltiples registros y visto en mil batallas, Arieh Worthalter como Ben, el ex novio, un tirado de tomo y lomo, que hemos visto como actor de reparto en una treinta de títulos, la citada Serena a la que da vida una gran Agata Buzek, una actriz con muchos registros con más de medio centenar de películas en su filmografía, y por último, la gran revelación de la película, una Julia Föry que es Pearl, culturista amateur que debuta en el cine con un impresionante rol, una mujer que debe buscar su sitio, descubrir su verdadera identidad, lidiar con ese pasado convulso que ha tocado a su vida, y sobre todo, debe buscar en su interior, que mujer es ahora, y la que va a ser de aquí en adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

La mujer que escapó, de Hong Sangsoo

TIEMPO EN SOLEDAD, TIEMPO PARA COMPARTIR.

“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”.

Carmen Martín Gaite

Erase una vez una mujer llamada Gamhee, casada desde hace cinco años. Por primera vez, se han separado porque su marido se ha ido de viaje. Circunstancia que la mujer ha aprovechado para visitar a tres amigas, tres amigas que hace mucho tiempo que no ve. La primera, Young-Soon, cuida de su jardín y vive tranquilamente, después de un durísimo divorcio. La segunda, Suyong, profesora de pilates, se gana muy bien la vida, vive sola en un estupendo apartamento. La tercera, totalmente inesperada, es Woojin, antigua compañera de clase, que se encuentra en un pequeño cine. Durante las tres visitas se habla mucho, se comparte comida, bebida, e intimidades, se habla de la vida, del tiempo, de la memoria, de comida, de alcohol, de sueños no realizados, de amor, de frustraciones, de errores, de amantes, de soledad, y sobre todo, se habla de todo aquello que nunca decimos, ni a los demás ni a nosotros. Un diálogo sincero y honesto, una conversación dirigida a uno mismo que se comparte con la persona que tenemos delante.

Desde 1996, Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960), sigue al ritmo de una película por año. Sus veintitrés títulos tendrían su reflejo en Las variaciones Goldberg, de Bach, donde un tema único tiene hasta treinta variaciones distintas, donde la música es otra sin dejar de ser la misma. Una filmografía con innumerables espacios y elementos en común, desde Kim Minhee, su inseparable actriz, siete películas juntos. La cálida y sensible forma de filmar, con planos secuencias medios que mediante un zoom inesperado, encuadra a sus personajes, donde el movimiento se impone si el personaje se mueve, y la música aparece para resignificar algún detalle o dar paso a la próxima secuencia. Sus relatos hablan de sí mismo, como sucedía en el cine de Bergman, donde la realidad y al ficción siempre van de la mano, como si cada película fuese una sesión de psicoanálisis donde el propio Hangsoo y sus personajes de ficción trasladan sus vivencias a la pantalla, donde sus conflictos giran en torno al trabajo, la comedia, la bebida, el amor, los encuentros y desencuentros de sus personajes, unos individuos a la deriva, vacíos, que se sienten solos, incapaces de encontrar la felicidad y sobre todo, un amor real, un amor que los llene y los haga mejores.

Cine de ahora, de nuestros males como sociedad, y las continuas torpezas con nuestros sentimientos y nuestro lugar en el mundo, viviendo en esa permanente insatisfacción e impotentes para conocernos mejor, tomar mejores decisiones y amarnos más. En La mujer que escapó se habla muchísimo, como ocurre en el cine del cineasta coreano, pero nada se dice por decir, todo va encajando y todo tiene un sentido, son películas para escucharse, y para ver las reacciones y las pausas de los personajes cuando miran, escuchan y hablan. Cine para mirar con pausa, sin prisas, concentrados, sintiendo unos diálogos que nos dicen mucho más de lo que aparentan, sumergiéndonos en el interior de los personajes, sus sentimientos y en qué momento emocional se encuentran. En esta ocasión Sangsoo también firma el montaje, amén de la música, un cineasta demiurgo total, mira sus relatos a través de los personajes, una forma cada vez más depurada e intimista, donde cada vez hay más personaje y diálogo, llegando a esa forma de cine primitivo, donde la interpretación lo era todo, con esos conflictos que son mucho pero en la película se cuentan sin estridencias argumentales ni sobresaltos formales, todo mediante una comida, una bebida, un cigarrillo, un paseo, una película, y nada más.

Conversaciones que se verán interrumpidas por la aparición de hombres esperados e inesperados que nos llevarán a entender aún más si cabe la situación sentimental de estas mujeres, porque ante todo, el cine de Sangsoo es un cine de mujeres, de la femineidad, pero para todos los públicos, porque el director coreano habla desde el alma, nos habla desde lo más profundo, y esos conflictos que padecen esas mujeres los padecemos todos, eso sí, sintiéndolos de otras maneras. La citada Kim Minhee vuelve a asombrarnos con su suave y cercana interpretación de una mujer que escucha mucho y habla poco de ella que, por primera vez en cinco años, tiene tiempo para ella y sobre todo, para pensar en su matrimonio y en su existencia, Las Seo Younghwa y Song Seonmi, ya vistas en otras películas del director surcoreano, siguen esa estela de mujeres todavía rotas y en encrucijadas sentimentales de difícil solución, y Kim Saebyuk, nueva incorporación al universo peculiar y rohmeriano del cineasta, siendo esa mujer del pasado que tampoco le han ido las cosas como creía. Sangsoo vuelve a enamorarnos con su cine naturalista y especial, porque todo artificio que a otros le funciona o al menos así lo creen, al director coreano le sobra, porque como ocurre en muchas películas del citado Bergman o Woody Allen, es un cine de puertas entre abiertas, entradas que nos permiten escuchar a los personajes y conocerlos en su intimidad y en su profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La viajante, de Miguel Mejías

LA HUIDA IMPOSIBLE.

“Percibir la eternidad en el rumor de un insecto”

Paul Éluard

La película se abre con un plano extraño e inquietante, una cámara de cine sobre un trípode, en lo que parece un lugar aislado, un desierto. Pero, la cámara no nos mira, sino que está hacia abajo. Luego, en el interior de un bote tapado, un escarabajo boca abajo se retuerce intentando infructuosamente salir, situación que se repetirá más adelante con una ligera variación, pero el mismo efecto de quietud, vacío y laberinto que siente la protagonista. Dos instantes que tienen mucho entre sí, dos momentos que definen enormemente el proceso emocional en el que se encuentra Ángela, un personaje que lo conoceremos en tres episodios. En el primero, que recibe el título de “La ciudad, La madre”, donde los recuerdos y la memoria juegan un papel importante en la relación de Ángela y su madre. En el segundo, “Tierras sin nombre”, la joven abandona la ciudad a bordo de su automóvil  para adentrarse en zonas aisladas como el desierto, y otras zonas boscosas y aisladas, donde recogerá a Miquel, un hombre cansado y misterioso que vuelve a su casa. El episodio que cierra la película, “Ansia de infinitud”, la relación entre Ángela y el hombre se hace más intensa emocionalmente hablando.

El director Miguel Mejías (Tenerife, 1991), había dado que hablar por sus interesantes cortometrajes como Icelands (2016) y Nocturnos (2017), entre otros, emprende en su opera prima, coescrita junta a Amanda Lobo, una película sumamente singular y seductora, conduciéndonos por una historia intimista, donde apenas hay diálogos, y filmada mediante un intenso y magnífica trabajo de cuadro y cinematografía que firma Pablo G. Gallego, donde imperan las luces mortecinas, neblinas y demás texturas, con otras, más nocturnas, con luces de neón y demás, que recuerda a los universos de Kar-Wai y los de Winding Refn de The Neon Demon, el magnífico trabajo de montaje del propio director, Oscar Santamaría (que había hecho el de Julie, de Alba González Molina), y Sergio Jiménez (editor de gente tan interesante como Luis López Carrasco, Ion de Sosa, y la reciente Karen, de María Pérez Sanz), donde el tiempo se pausa o se alarga según el momento, creando esa idea de fábula entre la realidad y el sueño. El excelso trabajo de sonido de Ángel Fragua y en mezclas, Raúl Capote, para diseñar todo ese mundo que vemos y sobre todo, oímos, convirtiendo el sonido en un espacio orgánico donde todo tiene vida y muestra emociones complejas y de verdad, como la música que firma Eduardo Paynter y Alberto Cobián, que junto a los temas que escuchamos, imprimen a la película esa sensación única y absorbente en el que nunca sabemos dónde estamos ni para qué, en una especie de infinito bucle en que todo el espacio y todo su entorno se mueve entre la realidad abstracta, el sueño y las formas difíciles e indefinibles.

Los insectos que se va encontrando Ángela, esos animales que parecen ser el motivo del viaje de Ángela, acaban siendo reflejo del alma complicada de la protagonista, como el citado escarabajo, la mariposa como símbolo de esa libertad difícil de definir, o ese gusano que se mantiene encima de la frágil rama sin saber su destino. La viajante es una película que quiere volar libre, creando esa imagen y sonidos envolventes, para construir su especial y sugerente universo por el que transita el relato, aunque podríamos acercarla a los anti westerns que tanto le gustaban a Hellman, como El tiroteo o esa cult movie como Carretera asfalta en dos direcciones, donde encontramos individuos como Ángela o Miquel, personas huyendo de algo o alguien, sin rumbo, sin vida, solo viajando, o los personajes propios de Antonioni, vacíos, sin alma, en continuo movimiento físico y sobre todo, emocional, como la Vitti de La aventura y El desierto rojo, y qué decir de aquellos que recorrían el desierto en El reportero, intentando encontrar un destino a sus existencias, y los tipos que caminan sin destino y solitarios que tanto le gusta filmar a Gus Van Sant.

Dos grandiosos intérpretes que dicen mucho hablando tan poco, que ya los pudimos ver compartiendo película en Diamond Flash (2011), de Carlos Vermut. Una Ángela Boix, con esa mirada y aspectos que traspasan la pantalla, convertida en actriz fetiche de Mejías, vuelve al universo del canario, encarnando a esa antiheroína que se quiere escapar de todo y sobre todo, de sí misma, de sus recueros, de su vida vacía, como esos encuentros fugaces del inicio de la película, de un vacío y de un todo que la ahoga. Junto a ella, Miquel Insua, uno de esos actores con un rostro de tiempo y vida, que nos recuerda a uno de esos vaqueros llenos de polvo y alcohólicos que solo querían descansar y nada más, hace de ese profesor cansado y amargado, que nada quiere, nada necesita y regresa a casa sin más. Mejías que filma y nos filma con esa cámara de cine de Súper 8 que filma los diferentes lugares, a ellos, a los insectos, que irá capturando la vida o la vida que se escapa y no volverá jamás, donde el cine, que juega un rol fundamental en la película, como metáfora de ese tiempo que se nos escapa imposible de retener.

Los espectaculares lugares que recorremos, en este viaje emocional y muy físico, encantados con su belleza y fantasmagoría, perdidos en el tiempo, de otros mundos, espacios sin vida, por las mañanas, donde Ángela y Miquel mantienen esas conversaciones sobre de dónde vienen y hacia donde se supone que van, y por las noches, la necesidad de aislamiento y soledad la comparten en bares y clubs de carretera donde el sonido y la música se imponen a los diálogos, porque la idea de el director tinerfeño es hacer su película muy visual y sonora, donde las imágenes y el sonido nos expliquen todo lo que encierran estos dos personajes, que huyen o regresan, al fin y al cabo es lo mismo, olvidarse de todos, y estar con uno mismo, existiendo en soledad, con ese vacío que tanto nos sigue o persigue, imposible de aislarlo, porque cuando todo desaparece, solo quedamos lo que somos, todo ese enjambre de vidas no vividas, recuerdos, personas ausentes, lugares extraños y sobre todo, el sueño de huir de nosotros mismos, aunque en la realidad, o en la realidad que nos vamos creando, eso no sea posible, quizás solo en nuestra imaginación, en aquello que vemos y tenemos la necesidad de filmar, de capturar para la eternidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaume Sucarrats

Entrevista a Jaume Sucarrats, director de la película “Fantasía de juventud”, en la Escuela Sunion en Barcelona, el viernes 26 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume Sucarrats, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de Cinemes Girona, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

El agente topo, de Maite Alberdi

EL SUPERAGENTE SERGIO.

“En cierto sentido, el trabajo del documentalista se parece al del agente espía: esperar a tener pruebas, esperar a que salgan las escenas. El detective y la documentalista observamos cómo otros viven”.

Maite Alberdi

En los años sesenta, en plena Guerra Fría, y con el auge de las películas de espías, con James Bond a la cabeza, apareció la serie estadounidense Superagente 86, ambientada en una agencia secreta del gobierno, durante cinco años, parodió y ridiculizó todo ese universo de espías, secretos y demás situaciones. El agente topo, el cuarto trabajo de Maite Alberdi (Santiago de Chile, 1983), no sitúa en el interior del Hogar San Francisco para ancianos, donde supuestamente existen malos tratos a una de las residentes. El caso se coloca en manos de Sergio, un octogenario que no tiene experiencia en este tipo de casos, pero con buena voluntad, un carisma arrollador y su discreción, se introducirá en el hogar, como uno más, y comenzarán sus pesquisas.

El universo de Alberdi se mueve entre el documento observacional, la ironía y la crítica hacia una serie de situaciones cotidianas y sociales. En su opera prima, El salvavidas (2011), retrataba a un socorrista que hacía lo imposible para no meterse en el agua, le siguió La once (2014), en la que filmaba a un grupo de señoras de más de sesenta años que mantenían la tradición de tomar el té una vez al mes. En Los niños  (2016), capturaba a un grupo de compañeros con síndrome de down que después de su estancia en el colegio, debían aventurarse a la sociedad y valerse por sí mismos. Ese mismo año, rodó el cortometraje Ya no soy de aquí, ambientado en un hogar de ancianos chileno sobre una mujer vasca que desconoce que se encuentra en Chile, que podría verse como un anticipo de lo que nos encontramos en El agente topo, que con los elementos propios del documental observacional, el film noir de espías, eso sí, muy alejado de la seriedad del género, y mucho más cerca de la comicidad y la parodia al estilo del Inspector Clouseau, la citada Superagente 86 o las tiras cómicas de Mortadelo y Filemón, donde nuestro protagonista Sergio, reclutado en un casting para tal actividad, se infiltró sin que los demás residentes supieran el motivo real.

La cineasta chilena, como demostró en sus anteriores películas, mezcla con acierto y sabiduría el documento propiamente dicho, con esa mirada crítica e íntima al funcionamiento de una residencia de ancianos, a las personas mayores que allí se encuentran, con sus problemas cotidianos, vamos descubriéndolas, como esa señora que recita poemas desde su cama, la otra que está empeñada en salir para ir con su madre, la coqueta enamorada de Sergio, la señora que está perdiendo memoria, y demás internas que van acercándose y entablando amistad con Sergio, que actúa como si fuera la cámara de la película, moviéndose por el espacio y abriéndonos ese mundo que está demasiado olvidado para la mayoría. La parte documental se fusiona a las mil maravillas con el género negro, pero extrayéndole todo la seriedad y pulcritud posible, quitándole todo el glamur impostado de muchas de esas películas, llevándolo a un marco extremadamente cotidiano, muy cercano, capturando la verdad y la comicidad en todo momento, ya que somos testigos de las indagaciones de Sergio, alguien que no conoce el lugar y además, nunca ha sido espía. Y aún, encontramos otra fusión, esta solo conocida por los espectadores, porque conocemos que hace Sergio en la residencia, y cómo interactúa con los demás mayores que se va encontrando.

Una película-documento-noir de estas características tan singulares y sorprendentes, debía tener un protagonista a la altura de lo que se cuenta, y Sergio, el abuelo octogenario, recién viudo, con ese carácter afable, humanista, y simpático, es el protagonista ideal, y aún más, cuando envía los mensajes de voz a Rómulo, su “jefe”, con esa voz agradable, y sus textos llenos de cercanía y astucia. Sergio es el hombre tranquilo de esta fábula de nuestros días, que emerge como una crítica feroz y sobrecogedora del aislamiento que sufren muchos mayores, abandonados en sus residencias por sus descendientes, que inventan otras excusas para huir de la realidad. Unos ancianos faltos de amigos, de verdaderos amigos, llenos de soledad, aislados en un espacio que los deja fuera de la sociedad y sobre todo, de los suyos, porque Alberdi no se desvía nunca de su verdadera intención, hablarnos de la humanidad de los mayores y del abandono al que son sometidos. El agente topo no es solo una película maravillosa y muy divertida, con ese humor negro tan habitual de Berlanga, que servía para hablar de los males de una sociedad deshumanizada y sin rumbo, sino que también es un drama, una tragedia en algunos momentos de cómo las sociedades occidentales tratan a sus mayores, relegándolos al olvido y la soledad, porque la película define con profundidad un mal de nuestro tiempo que desgraciadamente no tiene visos de solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nieva en Benidorm, de Isabel Coixet

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO.

“Una extraña mezcolanza de pobreza, limpia y llena de colorido, y hoteles color pastel, todo aparentemente como si lo acabasen de construir… Novísimo, con los más modernos estilos amalgamados a la sencilla arquitectura del lugar”

Sylvia Plath sobre Benidorm en 1956

En el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960), transitan muchas almas solitarias, no por elección o necesidad, sino por la sociedad, una sociedad que antepone lo material, la apariencia, y la conveniencia como sus formas de relación, frente a unos personajes que, ante ese conservadurismo, eligen no pertenecer a él, eligen ser ellos mismos, y no rendirse jamás ante el acoso social impuesto. Unas almas de carácter, que no se arrugan ante nada, valientes y decididas, y sobre todo, humanas, en esos mundos donde todo se mercantiliza, donde los sentimientos y ser uno mismo, se persigue, se juzga y se encarcela. La directora barcelonesa lleva más de tres décadas haciendo cine, donde ha acumulado una impresionante filmografía en la que podemos encontrar ficción, documental y televisión, trabajos que no solo la han convertido en una cineasta de primer nivel, sino en una creadora que, al igual que sus personajes femeninos, no se detiene ante nada, sigue empecinada en ir tejiendo poco a poco, sin prisas, una carrera que la ha convertido en una cineasta internacional, que filma indistintamente en inglés o español, según el contexto que la historia requiere.

Desde la Librería (2017), una de sus películas más celebradas, Coixet ha dirigido una serie, Foodie Love, y el largometraje Elisa y Marcela, hasta llegar a Nieva en Benidorm, donde conocemos a Peter Riordan, uno de esos tipos tristes y solitarios, con esas existencias anodinas y con poco que hacer, que malgastan su vida en trabajos insulsos, en este caso, como empleado en un banco en la gris Manchester. Aunque no todos son males para Peter, porque un día lo prejubilan y decide ir a Benidorm, donde vive su hermano Daniel. Una vez allí, se instala en la vivienda de su hermano, el ático más alto de la ciudad, y emprende una búsqueda para encontrarlo, ya que ha desaparecido sin dejar rastro. Peter, como un alma a la deriva, extraño en una ciudad tan diferente y compleja como Benidorm, irá introduciéndose en el universo de Daniel, conociendo a su entorno, como Alex, una bailarina de mediana edad de su Club Burlesque, Marta, una extraña policía y admiradora de Sylvia Plath, que recuerda la estancia de la poeta en Benidorm allá por los años 50, Lucy, una mujer de la limpieza enigmática, y un carnicero con muy malas pulgas, socio de Daniel en un pelotazo inmobiliario.

Unos personajes, muy diferentes entre sí, como si hubiesen naufragado de un barco sin rumbo, que solo se pueden encontrar en una ciudad como Benidorm, donde coexisten múltiples contradicciones, que va de lo bello a lo monstruoso, como una especie de decorado artificial y natural a la vez, un espacio por el que pululan turistas desenfrenados, rascacielos apabullantes, muchos cochecitos eléctricos, residencias abandonadas por falta de liquidez, un coro cantando en la playa, una luz y una brisa dulces, y sobre todo, una sensación de un lugar que podría haber sido un espacio de felicidad pura y natural, y en realidad, se ha convertido en un estado de ánimo de felicidad artificial, en el que todo está en venta, incluso las relaciones. Tanto Peter como Alex son dos antihéroes, dos extraños, dos desconocidos, completamente fuera de lugar, en una ciudad irreconocible, extraña y demasiado perfecta en su tristeza y vacío (desde Sueñan los androides, de Ion de Sosa, no veíamos Benidorm como ese escaparate falso e íntimo a la vez), dos de esas almas que tanto le gusta a Coixet retratar, en sus idas y venidas, en sus conversaciones, en sus miradas y gestos, como ese momentazo cuando ella besa el cristal que los separa y Peter la observa detenidamente, escenificando todo aquello que los une y los separa. El elemento noir que utiliza la directora catalana para mover a sus personajes, recuerda a la forma y arquitectura emocional de David Lynch y a sus universos enfermizos y oscuros, o la más reciente, Lo que esconde Silver Lake, de David Robert Mitchell, donde la parte más invisible de Los Ángeles, se convertía en el escenario ideal donde abundaban las pesadillas, solo un mero pretexto para hablarnos de personajes solitarios, de vueltas de todo, o no, que ya no esperan nada de la vida, y menos de ellos mismos, anclados a una existencia demasiado cotidiana, sin nada que hacer, ni adónde ir, esperando la muerte.

Pero, Coixet, que sabe mucho de indagar en esas soledades, retratando sus texturas y sensibilidades emocionales, nos lleva de la mano, mostrándonos una relación sencilla y muy especial, entre sus personajes, en que la ciudad, se muestra con su brillo y mugre, como esos capítulos que nos van abriendo cada segmento de la trama, relativa a los fenómenos meteorológicos, afición de Peter. Coixet vuelve a acompañarse de cómplices muy estrechos, como la sensible y estupenda música de Alfonso de Vilallonga, la apacible y sobria edición de Jordi Azategui, y la brillante y oscura luz del cinematógrafo Jean-Claude Larrieu. El reparto de la película, heterogéneo y sorprendente, brilla con excelencia y aplomo, en el que sobresalen los impresionantes Timothy Spall, un intérprete que todo lo que se diga de su excelencia y elegancia es poco, con una partenaire maravillosa como Sarita Choudhury (que repite con Coixet después de Aprendiendo a conducir), una Carmen Machi, como una policía amante de la poesía de Plath, que no está muy lejos de la Frances McDormand de Fargo, versión Benidorm, Ana Torrent como una mujer de la limpieza, un rostro y una mirada con mucha historia detrás, y finalmente, Pedro Casablanc poniendo la nota inquietante con su cuchilla y su delantal ensangrentado.

Nieva en Benidorm tiene ese aire de western crepuscular, de personajes cansados y sin nada, moviéndose como almas en pena, desorientados, en un entorno que no es el suyo, que van conociéndose e intimando, en una historia de amor delicada y humanista, elegante y conmovedora, que no ñoña, huyendo de tanto sentimentalismo oportunista de otras producciones, como hacía tiempo que no se veía en la gran pantalla, con todos los matices y peculiaridades de la mirada de Coixet, que no solo nos va conmoviendo con sus sutilezas y calidez, sino que nos sumerge en un entorno limbo, donde la ciudad de Benidorm y sus personajes, adquieren esa aura de misterio, magnetismo y humanidad, en un mundo cada vez más pequeño, vulgar y vacío, que ya no solo ha oscurecido las relaciones humanas en pos al mercantilismo, sino que además, nos ha convertido en meros consumidores que todo lo compramos y lo fundimos, como si no hubiera un mañana, resultan relevantes las secuencia nocturnas con toda esa fiesta descontrolada de despedidas de solteras y gentes que lo venden todo, mientras Peter, con rostro acontecido y deambulando como alguien que le cuesta creerse esa idea de paraíso terrenal, pero que todo lo que ve, y esa idea de paraíso, le resulta triste y desoladora. Quizás, Peter y Alex, no solo tienen una oportunidad, sin esperarla, y mucho menos pedirla, sino que han encontrado a alguien, a alguien a quién mirarse sin acritud, un reflejo que no sabían que existía, y mucho menos en una ciudad como Benidorm. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sole, de Carlo Sironi

LENA Y ERMANNO.

“Cada pensamiento podría ser el comienzo de la nueva red enmarañada que estás tejiendo, cualquiera podría ser un nuevo amor”.

Brand New Love de Sebadoh

Había una vez un joven veinteañero llamado Ermanno, que vivía en algún lugar olvidado de la periferia, y mataba el tiempo jugando a las tragaperras y con pequeños hurtos. Un día, aparece Lena, una joven de 22 años, polaca, sola y embarazada, que se aviene a vender a su criatura a los tíos de Ermanno, ya que no pueden tener hijos. Ermanno, que después entregará el recién nacido a sus parientes, a cambio de dinero, se convierte en una especie de carcelero de Lena, con la que vive en uno de esos apartamentos de tantos barrios alejados del centro, en el que solo llegan los que viven allí. Carlo Sironi (Roma, 1983), ya había llamado la atención dentro del panorama cinematográfico internacional, con sus tres cortometrajes. En Sofia (2008), explicaba la relación íntima de dos hermanas a través de los objetos, en Cargo (2010), nos hablaba de la relación entre Alina, una prostituta ucraniana, y Jani, su protector rumano, en la periferia romana. Y en Valparaíso (2016), el conflicto de una joven embarazada despedida de su trabajo.

Con Sole, debuta en el largometraje, con un relato nuevamente periférico, centrándose en las existencias y conflictos de unas almas que no tienen a nadie en el mundo, quebrados emocionalmente, que intentan tirar hacia adelante en situaciones muy adversas. Lena y Ermanno pertenecen a esa juventud europea desarraigada, mutilada y sin rumbo, una juventud desorientada que anda de aquí para allá, presa de otros, con más poder y dinero, como el tío de Ermanno, que acaban dirigiendo sus vidas. Sironi construye una película muy estilizada y directa, con el formato 1:33.1, con ese formato cuadrado, que se ciñe a sus personajes, y en esa especie de cueva-cárcel en la que viven, con esa tonalidad de azul que presiden los encuadres, obra del cinematógrafo húngaro Gergely Pohárnok, con esa luz etérea, sin vida, sin alma, con esa cámara casi quieta, que apenas se mueve, con unos personajes que apenas hablan entre sí, solo se miran y se explican casi todo a través de ese lenguaje, porque no saben que decirse, como tratarse, y mucho menos, explicarse lo que sienten, creando ese espacio emocional donde cada movimiento y gesto adquiere una intimidad esencial.

El director italiano nos cuenta una fábula moderna, de aquí y ahora, aunque su forma de capturarla no obedece a ningún tiempo ni a ningún lugar, queriendo transmitir esa sensación de atemporalidad y no lugar que transmite la narración y el conflicto que trata. Una edición sobria y de corte puro, que firma Andrea Maguolo, que ya había estado en los cortometrajes de Sironi, ayuda a sumergirnos en el alma de esas dos vidas desesperadas y desencajadas, como son Lena y Ermanno, dos víctimas más de una Europa que ha olvidado a las personas, y vive hipnotizada por la economía, tratando a muchos de sus habitantes como ciudadanos de segunda, que serían los dos jóvenes, frente a los tíos de Ermanno, que sería toda esa otra Europa, la que somete a los más débiles y necesitados, como planteaba treinta años atrás, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, donde unos trabajadores polacos eran encarcelados en una vivienda mientras hacían su remodelación. Personas ocultas, silenciadas, olvidadas, que solo valen si se les puede sacar algún provecho económico o de otra índole, como sucede en Sole, título revelador que alude a toda esa desolación que recorre las tristes existencias de los protagonistas, que cuidan de un embarazo y una niña que será para otros.

Sironi nos conduce por la miseria de su película, a través de una de las más tiernas y conmovedoras historias de amor que se han visto en el cine en los últimos tiempos, en la que dos desesperados y sin futuro, como son Ermanno y Lena, conocen y sienten, por primera vez, eso que llaman amor, o algo que se le parece mucho, y dentro de ese mejunje de realidad durísima, empiezan a plantearse una vida que antes no tenía nada más allá que lo que estaban viviendo. Una pareja protagonista que se convierten en las mejores pieles y aliados para contar un cuento duro y sensible a la vez, con el debutante Claudio Segaluscio, uno de esos personajes que parecen salidos de una película de Pasolini, o de Gomorra, uno de esos que andaban con Accattone, con ese rostro impasible, sin mostrar ni intuir nada, que se desplaza inclinado, con toda esa máscara de dureza que oculta a alguien de gran corazón. A su lado, la actriz Sandra Drzymalska dando vida a Lena, otra joven desamparada, que sueña con llegar a Alemania y empezar de nuevo, y accede a entregar a su bebé para cobrar un dinero vital para ella, con esa mezcla de sensibilidad y dureza, con esa cara de niña que ya ha vivido demasiados golpes. Una pareja que no estaría muy alejada de los Sonia y Bruno de El niño, de los Dardenne.

Sironi mira con profundidad e intensidad a sus personajes y el conflicto que los encierra, como demuestra con su minimalismo, tanto formal como emocional, en el que lo explica todo, de forma sencilla y catalizadora, consiguiendo atraparnos con lo mínimo, en una película admirable y poderosa, ejecutada con detalle e inteligencia, magnífica en su intimidad y reveladora en su composición, que nos habla de frente y con una frialdad que encoge el alma, tratando un tema complejo como la gestación subrogada que está prohibida por ley en muchos países, y haciéndolo con sabiduría y potencia, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, mostrando una realidad que los gobernantes se niegan a ver, pero la necesidad de unos y otros, hace que se siga practicando, y también, nos habla del hecho de convertirse en padres, que significa y que provoca en la vida de dos personas que se tropiezan porque otros lo han decidido, siendo unas víctimas de tanta desigualdad, de tanta violencia, y sobre todo, de tanta falta de amor en las sociedades que vivimos y construimos diariamente, que más nos valdría mirarnos más los unos a los otros, que andar como pollo sin cabeza, ensimismados en nuestra existencia y en nuestros objetivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Human Voice, de Pedro Almodóvar

SOLA ANTE EL ABISMO.

“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.

Henry Miller

El deseo es, probablemente, la única emoción real y auténtica de nuestras vidas, la única capaz de hacernos vibrar, volar y vivir, pero también, la única capaz de destruirnos, de acabar con nosotros, porque el deseo no obedece a ningún aspecto racional, es la aventura, el riesgo, la incertidumbre, es lanzarse al abismo de lo desconocido, de lo que atrae y lo que temes, de un viaje a lo más profundo de tu alma, un viaje que nos desvelará quiénes somos, y quizás, tamaño descubrimiento, se convierta en algo agradable o insoportable. El deseo es la emoción que siempre ha empujado a Pedro Almodóvar (Calzada de  Calatrava, Ciudad Real, 1949), a construir su imaginario audiovisual, a dar vida a sus mujeres, unas mujeres dolientes, rotas por el amor, en ese particular descenso a los infiernos, arrastradas por el desamor, por la ausencia, la falta, el vacío que provoca el amor cuando se acaba, arropadas por su desgarro, su tristeza y su dolor.

El monólogo de Jean Cocteau, escrito en 1930, es la germen de buena parte de las historias del manchego, aunque ya estuvo de forma evidente en La ley del deseo (1987), cuando el director de cine Pablo Quintero convertía a su hermana Tina en la criatura de Cocteau en una representación teatral, donde encontramos el elemento de el hacha, que el director vuelve a recoger en The Human Voice. En su siguiente película, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), volvía a Cocteau, a través del personaje de Pepa Marcos, la mujer abandonada por su amor, aunque el relato derivaría a una comedia coral y disparatada, y la llamada del ex amante no llegaba a producirse. Ahora, sí, Almodóvar ha encontrado el momento perfecto, y la duración adecuada, 30 minutos que dura el monólogo, para adaptarlo, pero conociendo la imaginación del director, y sus adaptaciones, como hizo con Rendell en Carne Trémula, y con Munro en Julieta, la película se despoja de su original para camuflarse en el universo almodovariano, por eso advierte que la adaptación está libremente inspirada.

The Human Voice no es solo el nuevo trabajo del prolífico director, veintidós títulos como director, es un experimento en toda regla dentro de su filmografía, ya que el director se atreve con muchas cosas que parecían resistírsele, en un trabajo que significa muchas cosas en la carrera del director español, es la primera vez que rueda en inglés, vuelve al cortometraje, que ya estaban en sus inicios con obras como Muerte en la carretera (1976), o Salomé (1978), para volver nuevamente con Trailer para amantes de lo prohibido (1985), que hizo para televisión, estrenado en el mítico programa “La edad de oro”, y volvió otra vez, en La concejala antropófaga (2009), como añadido de Los abrazos rotos, con una desatada y estupenda Carmen Machi, donde Almodóvar rememoraba sus tiempos ochenteros. La palabra toma el pulso narrativo, donde escucharemos siempre a ella, la voz de él desparece. Otro elemento destacado es que el director vuelve a auto referenciarse, capturando elementos, objetos, músicas, y demás características de su filmografía, erigiéndose una piedra angular en su carrera, donde las múltiples miradas al cine, a su oficio, sus pasiones y a sus relatos es constante.

La obra de Cocteau ya tuvo una adaptación cinematográfica en 1948 de la mano de Rossellini y la piel de la Magnani, donde el maestro italiano seguía fiel a la sumisión de la mujer que planteaba el monólogo del francés. Almodóvar, por su parte, rompe ese esquema, conduciendo el relato a otra mujer, una mujer contemporánea, más moderna, de aquí y ahora, una mujer que no es sumisa, que sufre, se siente sola y anda como “vaca sin cencerro”, como diría la madre de Amanda Gris, pero que tiene carácter, es valiente y está dispuesta a no rendirse, a seguir amando cuando se recupere, que lleva tres días esperando inútilmente una llamada del que ha sido su amor durante los últimos cuatro años, que se mueve como un pantera enjaulada por su piso, y sale de él, caminando por ese estudio, en que Almodóvar, nos muestra la trampa, el artificio, rompiendo la “cuarta pared” que se dice en teatro, evidenciando la soledad y la oscuridad que desprende el personaje, del que desconocemos su nombre, vagando por ese espacio cinematográfico lleno de objetos y obras de arte, que explican lo que le está sucediendo a la mujer, como la pintura que preside su cama, “Venus y Cupido”, de Artemisa Gentileschi, u otra de Man Ray, o de Alberto Vargas, fotografías, cartas y notas, que se van apoderando de un lugar que ya no es, un espacio que fue y ahora está muerto, ausente, vacío, como ese traje del hombre que no está tendido en la cama, o el perro, también abducido por el dolor y el vacío, que echa de menos a su dueño, al que huele por cada rincón.

Los elementos técnicos vuelven a lucir, como suele ocurrir en el cine de Almodóvar, su detallismo, intimidad y capacidad para sumergirnos en su imaginario es maravillosa. La luz vuelve a ser brillante, saturada de color y predominio del rojo, obra de José Luis Alcaine, ocho películas con el manchego, y la edición de Teresa Font, que después de la experiencia de Dolor y gloria, vuelve a trabajar en una de Almodóvar, en un ejercicio magnífico, dotando al relato de energía y sensibilidad en la construcción del tempo y el ritmo de la película, la música de Alberto Iglesias recurre a variaciones y líneas propias de películas como Hable con ella, La mala educación, Los abrazos rotos o Los amantes pasajeros, y el imponente trabajo de vestuario de Sonia Grande, con esos vestidos rojo o negro, que explican con todo lujo de detalles el estado de ánimo de un personaje que va caminando, o mejor dicho, desplazándose por su abismo sin voluntad ni conciencia, y finalmente, Gatti, compone unos títulos de crédito y un cartel, marca de la casa, donde se van explicando todos los detalles que veremos en la película.

Almodóvar ha podido ofrecer su visión del texto de Cocteau, a su manera, siendo infiel, capturando su esencia, transmitiendo el dolor, el vacío, la oscuridad y la desolación que experimenta el personaje, en la piel de una extraordinaria Tilda Swinton, como se evidencia en su presentación en la ferretería (una secuencia que vale su peso en oro, que escenifica ese desgarro y la mujer convertida casi en una especie de extraterrestre recién llegada a la tierra), convertida en un modelo-piel de la factoría almodovariana, siguiendo el camino que emprendieron otras como Carmen Maura, Julieta Serrano, Victoria Abril o Marisa Paredes, llenando de vida, pasión y alma esas historias de amor, de desamor, de sentimientos a flor de piel, de mucho pop, kitsch, desgarro, carnes de boleros, objetos en forma de corazón, espejos que nos duplican y deforman el interior, vestidos que parecen de otro tiempo y que reflejan lo que sentimos, instantes que fueron muy intensos, llenos de deseo, pasión y amor,  pero que ya han dejado de ser, realidades y sueños que pertenecen a otro momento, a aquel que fuimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Plan de salida, de Jonas Alexander Arnby

SER O NO SER.

“Me llamo Max Isaksen. Hoy es diez de enero de 2019. Cuando veas esto, ya estaré muerto”.

Debido principalmente al éxito editorial, muchas de las películas que nos vienen de los países nórdicos llegan con la etiqueta de “thriller nórdico”. Plan de salida (el título original Suicide Tourist, alude a ese tipo de turistas, muchos enfermos terminales, que han viajado a países donde el suicidio asistido es legal para terminar con sus vidas), se aleja de la etiqueta conduciendo la película a otros lares, aquí no hay un asesino que descubrir, sino otros menesteres. Desde su agobiante atmósfera, compuesta por esa luz tenue y velada,  un tempo pausado, sin sobresaltos ni aspavientos, unos personajes callados, de pocas palabras, ausentes, y un conflicto interior duro y rasgado, que no provoca la empatía del espectador, ni tampoco la busca, sino que busca otros caminos, el de la pausa y la reflexión sobre el tema del suicido, quizás el tema tabú por excelencia del mundo occidental.

El director Jonas Alexander Arnby (Copenhague, Dinamarca, 1974), ya había despertado el interés con Cuando despierta la bestia  (2014), su opera prima, un desgarrador y terrorífico cuento sobre la transformación de una chica en mujer lobo. Una cinta donde ya había ese ambiente aislado, de comunidad pequeña, pocos personajes, y donde trabajaba mucho la tensión psicológica de los personajes, con un guión de Rasmus Birch, la rasgada música de Mikkel Hess y la inquietante y oscura cinematografía de Niels Thastum, una terna que vuelve a ponerse a las órdenes del director danés, a los que se añade el armonioso y ejemplar trabajo del montaje de Yorgos Mavropsaridis (el estrecho editor de Yorgos Lanthimos), para contarnos la vida de Max, un agente de seguros al que le diagnostican un tumor cerebral que no tiene cura. Temeroso y perdido, Max oculta a Laerke, su mujer, la terrible noticia, y después, intenta quitarse la vida sin demasiado éxito, instantes de pura comedia negra, que recuerdan a Contraté a un asesino a sueldo, de Kaurismäki, con un Jean-Pierre Léaud, que trata de suicidarse con un asesino profesional porque él es incapaz.

Max, por medio de un caso profesional, conoce a Aurora, una empresa que se dedica a ayudar a aquellos suicidas a llevar a cabo su propósito, para ello los trasladan a un hotel aislado, entre montañas rocosas y nevadas. Arnby enmarca su obra en esos días previos al suicidio asistido de Max, aunque los días allí, en ese lugar inhóspito, donde se encuentra a otros como él, que están esperando para quitarse la vida, y los empleados de la empresa, que ayudan a crear esas fantasías de los clientes, se va dando cuenta que sus problemas existenciales van en aumento y comienza a cuestionarse su propia realidad y sobre todo, la decisión que ha tomado. Quizás la solitud del protagonista, un excelente Nikolaj Coster-Waldau, creando todos la sutileza y matices de un personaje silencioso y poco expresivo, y la falta de giros argumentales que cambien radicalmente la propuesta de la película, puedan asustar a algunos espectadores, pero más lejos de la realidad, la película es un interesantísimo ejercicio de thriller existencialista, donde se habla de forma profunda y brillante sobre la vida, la muerte y todo aquello que vemos y sentimos, todo aquello que nos rodea y forma parte de lo que llamamos nuestra realidad, esa realidad en la que algunas veces nos sentimos alejada de ella, y en otras ocasiones, sentimos que formamos parte de ella, pero de una manera compleja y extraña.

Max conocerá el backstage de Aurora, de sus entrañas, de la verdad que hay detrás de una empresa que aparentemente propone facilidades y generosidad, pero detrás de la cortina oculta algo siniestro, y muy terrorífico. El cineasta nórdico huye de los golpes de efecto y sentimentalismos, todo lo cuece a fuego lento, a través de ideas y huellas que va dejando por el camino, invocando a un espectador atento y que vea más allá de las imágenes, que bucee en su inconsciente y se replanteé cosas parecidas a las del protagonista, porque estamos a un personaje Max, que parece estar sumido en un caos mental muy parecido al que sufría Jack Torrance en la inolvidable El Resplandor, donde nada era como parecía y estos hombres están sometidos a las hipérboles de su mente, y de todo aquello que creen ver, experimentar o sentir. Otra de las claves de la cinta es la brutal y excelente interpretación de Nikolaj Coster-Waldau, convirtiéndose en el vehículo esencial de la película, seguramente sin la capacidad de un actor de su calado, el relato adolecería de una parte fundamental, bien acompañado por Tuva Novotny como Laerke, Robert Aramayo como Ari, un joven desquiciado que, al igual que Max, espera su turno, y finalmente, Jan Bijvoet (que ya conocimos como el siniestro intruso de Borgman), como jefe de operaciones en Aurora, esa compañía que facilita el suicido, pero quizás se cobra un precio demasiado alto, porque como suele ocurrir detrás de esa imagen pulcra, agradable y generosa, en ocasiones, existen otras cosas demasiado horribles como para soportarlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Parking, de Tudor Giurgiu

LOS PAISAJES SOLITARIOS.

“Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”

Pablo Neruda

Adrían es rumano e inmigrante, y soñador, escribe para que algún día su poesía pueda llegar a los demás. Mientras, pasa sus días en el sur de España, guardando un concesionario en horas bajas y malviviendo en una caravana a la espera de una oportunidad o de quién sabe. Un día, conoce a María, una joven que toca el bajo en un grupo de música de segunda fila, y se enamoran. Quizás ese amor, inesperado y descontrolado, como son todos los amores, sea la causa de que su existencia cambiará de rumbo. El cuarto trabajo de Tudor Giurgiu (Cluj-Napoca, Rumania, 1972) es una fábula sobre las decisiones y circunstancias vitales que debemos afrontar en nuestras vidas, una película que en cierta medida, sigue la línea de sus anteriores trabajos. En su opera prima, Love Sick (2006) un trío amoroso ponía al límite a sus participantes, en De caracoles y hombres (2012) el cierre de una empresa coloca a sus empleados en la tesitura de aceptar una solución rocambolesca por parte del sindicalista, y en Why Me? (2015) un abogado se veía en el dilema de trabajar por la verdad o mentir favoreciendo a intereses particulares.

Giurgiu coloca a sus personajes en el abismo, en esa circunstancia donde han de elegir, de tomar decisiones, de dejar de posponer su vida y agarrarla con fuerza y energía, sin saber en absoluto hacia donde acabaran. Su mirada nunca viene desde una posición altiva y condescendiente, sino que lo mira desde a la misma altura, frente a frente, conduciendo al personaje a esa tesitura moral y vital, en la que el propio espectador deberá también decidir si la decisión tomada es la correcta o no. Parking se basa en la novela Apropierea (Cercanías), de Marin Mâlaicu-Hondrari, que también firma el guión junto a Giurgiu, en la que plasma las desventuras de un rumano en España, acabando en un parking de automóviles sin compradores, regentado por Rafael, uno de esos tipos buscavidas, en pleno proceso de divorcio, y además, con una relación complicada con Mercedes. La aparición de María en la vida de Adrián, lo complicará todo y pondrá al joven rumano en la difícil tarea de elegir y tomar las riendas de su vida. Giurgiu nos habla de personas solitarias, gentes sin rumbo, a la deriva, como si el parking de las afueras, olvidado y en descomposición, fuese un barco sin mando ni timón, a expensas de un golpe de suerte que parece que no acaba de llegar. Personas, que muy a su pesar, encontrarán esa cercanía que sus existencias les niega, y la encontrarán en el lugar más insospechado que puedan imaginar.

Parking también nos habla de relaciones entre personas que vagan solitariamente, de amor de verdad, o al menos de otra manera, del que no pide nada a cambio y lo da todo por el otro. De ese amor que vive al límite y que necesita de respeto y cariño, como el que viven Adrián y María. La fría y acogedora luz del cinematógrafo Marius Panduru (colaborador entre otros de Corneliu Poromboiu) que vuelve a trabajar con Giurgiu después de Why Me?, resulta esencial para transmitir esa atmósfera de soledad y aislamiento que padecen todos los personajes, y en especial, Adrián. Giurgiu, también productor de gente tan importante como Peter Strickland o Manuel Martín Cuenca, convoca un reparto encabezado por el rumano Mihai Smarandache como Adrián, el inmigrante soñador en busca de un lugar en el que sentirse mejor. A su lado, Belén Cuesta como María, con su peculiar naturalidad conduce a esa mujer de aquí para allá, que lo deja todo por su amor rumano, que también busca ese lugar diferente y acogedor, Rafael al que da vida un siempre convincente Luis Bermejo, un tipo al borde todo, buscando desesperadamente ese golpe de suerte que quizás solo existe en su imaginación, y Mercedes a la que da vida una estupenda Ariadna Gil, esa mujer práctica que se ve arrastrada por Rafael por amor.

El cineasta rumano ha construido una película de almas solitarias, de náufragos sin barco ni isla, y sobre todo, sin horizonte, ni futuro ni nada, en muchos momentos de su vida aislados y temerosos por su existencia, que siempre han huido o lo siguen haciendo, en continua carrera y sin lugar donde quedarse, gentes que deberán trabarse su vida y su camino, a pesar de las terribles dificultades en las que se encuentran, pero con esa lucha incondicional que tienen y esa resistencia que les hará enfrentarse a sus miedos, inseguridades e incertidumbre, que quizás tengan una oportunidad, por pequeña que sea, para salir de su atolladero particular. Un relato sincero y honesto sobre la cercanía de las personas, sobre derribar los obstáculos que nos separan y unir fuerzas para tirar hacia delante, aunque sea con una vida alquilada y un coche prestado, pero con todas las ilusiones que da el amor y sobre todo, con todas las ilusiones que da el sentirse diferente y libre por primera vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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