No te quiero, de Lena Lanskih

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”

Erich Fromm

Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.

Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.

El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta  (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.

La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.

No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Steven Bernstein

Entrevista a Steven Bernstein, director de la película «Last Call», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Seventy en Barcelona, el miércoles 21 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Steven Bernstein, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del BCN Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ariaferma, de Leonardo Di Costanzo

GUARDIAS Y RECLUSOS.

“Todos somos reclusos de alguna prisión, pero algunos estamos en celdas con ventanas, y otros no”.

“Arena y espuma” (1926), de Gibran Jalil Gibran.

Nos encontramos en algún indeterminado de Italia, que nunca será desvelado, en el interior de una cárcel del XIX, una prisión que se cierra y todo ha sido trasladado. Los problemas burocráticos impiden su cierre total, y tienen que custodiar doce presos a la espera de su traslado definitivo. Tanto guardias como reclusos deberán compartir las cuatro paredes de un espacio, un lugar en el que nadie quiere estar, y donde la convivencia no será nada fácil, en un extraordinario guion que firman Bruno Oliviero (que ya estuvo en L’intrusa), Valeria Santella, que ha trabajado con Moretti y Bellocchio), y el propio director. Tercer trabajo en la ficción del reputado director Leonardo Di Costanzo (Ischia, Napoli, Italia, 1958), reputado en el campo documental con títulos como A scuola (2000), un forma de trabajo, desde la realidad y para la realidad, porque en sus ficciones están llenas de elementos propios de ese campo, porque la verosimilitud del espacio, al que le da mucha importancia, porque no está construido, sino que son reales las localizaciones, les da un aspecto de realismo cinematográfico donde la realidad se mezcla de forma inteligente con la ficción.

El director italiano vuelve a un espacio aislado y cerrado en el que vuelve a profundizar en los roles de prisionero y carcelero, a partir de personas de diferentes índole deben compartir, y sigue indagando en las relaciones complejas de esa situación incómoda y difícil, como ya hizo en L’intervallo (2012), en la que dos niñas comparten une edificio abandonado de la periferia, y en L’intrusa (2017), donde una maestra de una escuela para niños desfavorecidos, debe ayudar a una mujer de un mafioso y sus dos hijos en plena huida. En Ariaferma, construye su relato a partir de dos hombres, dos personalidades aparentemente opuestas que tienen más en común de los que se imaginan. Por un lado, tenemos a Gaetano Gargiolo, el guardia y jefe de la prisión, y por el otro, nos topamos con Carmine Lagiola, un famoso preso, que podemos imaginar que se trata de la camorra italiana. Entre los dos, sin quererlo y sin buscarlo, se irá creando una relación más íntima y humana en el que sus roles iniciales irán dejando paso a otros más cercanos y profundos, como la puesta en escena con esos barrotes que encuadran a unos como otros, y ese patio central donde se difuminan guardias y reclusos.

Exceptuando un breve prólogo de los guardias en el exterior y alrededor de un fuego, una especie de celebración de despedida de la cárcel, siempre estaremos en el interior de las cuatro paredes de la prisión, donde escucharemos de forma realista y detallada todos los sonidos de puertas que se abren y cierran, en un grandioso trabajo de Xavier Lavorel, un habitual del cine de Alice Rohrwacher, un sonido que recuerda a las películas de Bresson y más concretamente a Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de la que Ariaferma bebe mucho. Una cinematografía que nos envuelve en los claroscuros de un espacio que a veces está ensombrecido y velado, en un preciosista trabajo de Luca Bigazzi, uno de los grandes nombres de la cinematografía italiana con películas de Gianni Amelio y Paolo Sorrentino en su haber. El soberbio trabajo de montaje de Carlotta Cristiani, una cómplice habitual de la filmografía de Di Costanzo, que consigue con lo mínimo lo máximo, encerrándonos en esa prisión para todos, y condensando con inteligencia una película que se va casi a las dos horas de metraje, y todo se desenvuelve con agilidad y ritmo.

Finalmente, nos encontramos con la magnífica e intensa música de Pasquale Scialo, debutante en la ficción después de un recorrido por el documental y las series televisivas, otro elemento que destaca sobremanera, con esos estupendos ritmos de fusión con percusión que usa para crear esa atmósfera inquietante que preside la película y su suavización. Mención aparte tiene el ajustadísimo y magnífico reparto de la película con un grupo de experimentados intérpretes italianos que dan vida a los guardianes y reclusos como los Fabrizio Ferracane, Salvatore Striano, Roberto De Francesco y Pietro Giuliano, entre otros, que atravesados por la contención y aplomo que respira toda la película, componen unos individuos que dan esa verosimilitud tan necesaria en una película de estas características, donde la mayor parte de la trama se apoya en la composición de los personajes y sus relaciones. Después tenemos a dos tótems de la actuación italiana como son Toni Servillo en el rol de guardián, un actor con todas sus letras que nos ha dejado excelentes e inolvidables tipos siempre de la mano de Sorrentino como el apesadumbrado y silencioso Titta di Girolamo en Las consecuencias del amor, el siniestro e inquietante Giulio Andreotti en Il divo, y el caradura y decadente Jep Gambardella en Le Grande Bellezza.

Frente a Servillo, más conocido por estos lares, tenemos a otro titán como Silvio Orlando que, es como el otro lado del espejo de Servillo, con el que tiene muchas diferencias y muchas más similitudes, un actor de clase, elegancia y temple como su oponente, al que hemos visto brillar en películas de Daniele Luchetti y Nanni Moretti, y con Sorrentino también, en la serie The Young Pope y su segunda temporada. Resulta curioso que tanto el director como Servillo y Orlando, comparten Napoli como la región de nacimiento, y sus años que van de 1957, 58 y 59, respectivamente, en su primer trabajo juntos. Di Costanzo ha construido una película soberbia y detallista, concisa y profundamente humana, que indaga con sabiduría y aplomo las ambiguas relaciones que se van produciendo entre guardias y reclusos cuando las estrictas y escrupulosas normas carcelarias van dejando paso a los diferentes caracteres y a ir más allá, dándose la oportunidad de conocer al otro, independientemente de las razones que lo han llevado a esa situación, porque en la mayoría de los casos, siempre conocemos su apariencia a través de prejuicios adquiridos y no nos atrevemos a quitarnos las máscaras y tantas leyes y normas que nos sitúan en roles que nada tienen que ver con lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Flee, de Jonas Poher Rasmussen

LA ODISEA DEL REFUGIADO.

“El exilio sigue siendo exilio aun en la ciudad más bella del mundo”.

“Muerte en la Fenice”, de Donna Leon

En los últimos años muchos cineastas han encontrado en la animación el vehículo perfecto para contar el pasado, a partir de relatos personales y un dispositivo de documental, la animación ha servido para construir los recuerdos y sobre todo, analizarlos desde el presente. Nos acordamos de grandes trabajos como los de Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, 30 años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín, El pan de la guerra (2017), de Nora Twomey, El estado contra Mandela y los otros (2018), de Nicolas Champeaux y Gilles Porte, La casa lobo (2018), de Joaquín Cociña y Cristóbal León, Chris el suizo (2018), de Anja Kofmel, entre muchos otros. A este género, que muchos catalogan como “documental animado”, podríamos incluir la película Flee, de Jonas Poher Rasmussen (Kalundborg, Dinamarca, 1981). El director danés-francés ha trabajado en varios medios como la televisión, la radio y el cine en el campo del documental, con títulos tan recordados como los de Searching for Bill (2012), y What He Did (2015), donde se mezcla ficción y documento, igual que hace en Flee, en la que nos cuenta la historia de Amin, un refugiado afgano que nos cuenta su pasado, toda su terrible odisea de vivir en Afganistán y salir del país, vía Rusia, hasta llegar a Dinamarca.

Rasmussen opta por una película sencilla y magistral, donde brilla con fuerza una animación realista y poética, que recuerda a su estilo y forma a la de Josep (2020), de Aurel, en la que nos traslada al país afgano de principios de los ochenta, con Amin, siendo un niño, que se vestía con la ropa de su hermana y escuchaba el “Take on me”, de los A-ha en plena calle, y luego, de forma descarna y crudísima todos los avatares para huir del país hasta llegar a Europa, separarse de su familia, y vivir de forma invisible su condición de homosexual. El cineasta danés sigue el periplo de Amin y los suyos, contándonos ese pasado que tiene indudablemente resonancias en el presente, porque Amin revela a su actual pareja todo lo vivido, todo lo sufrido y los trauman que todavía permanecen en él. Flee no solo nos habla de la dificultad de salir de tu país y llegar a otro, la tragedia de todos los refugiados del ayer, del hoy y del futuro, sino que profundiza en muchos más temas, como el terrible conflicto de construir tu propia identidad cuando todo está en tu contra, la construcción de un hogar lejos del tuyo, y sobre todo, de compartir el dolor y las heridas con la persona que amas para de esa forma cimentar un futuro mejor y lleno de esperanza.

Si tuviéramos que pensar en una película que contase una experiencia personal sobre lo que significa ser un refugiado o exiliado esa no sería otra que América, América (1963), de Elia Kazan, donde el director nacido en Turquía, de padres griegos, relataba de forma realista y humana, todo el proceso doloroso y kafkiano de emprender la tragedia de aventurarse al objetivo de llegar al otro país, y empezar de cero, si eso es posible. Los ochenta y seis minutos de la película nos hablan de alguien que se llama Amin, de alguien que oculta su nombre, de alguien que cuenta su propia historia, que podría ser la historia de tantos otros que han emigrado y emigrarán huyendo de guerras, de hambre, de ideas políticas, de quienes huyen del terror y quieren, como cualquier otro ser humano, vivir en paz independientemente de su condición, sea cual sea. Flee nos habla de libertad, de humanidad, de todo aquello que necesitamos para ser personas, de todo lo que nos construye, y sobre todo, de todo lo que somos, y cómo nos relacionamos con el otro, por muy diferente que sea de nosotros.

Rasmussen nos hace una película sensiblera ni anda que se le parezca, sino una película llena de dolor y terror, sin caer nunca en el tremendismo ni en el adorno ni la condescendencia del drama, porque lo que pretende y consigue el director danés-francés es contarnos una experiencia triste y difícil, pero acercándose a la emoción, a todo lo que se cuece dentro, pero son sensibilidad, dolor y poesía, fusionando de forma sencilla y llena de fuerza tanto la animación, el extraordinario y brillante dibujo, y sobre todo, una película estupendamente bien contada, con un extraordinario guion de Amin y el propio director, que nos convoca a un viaje sin tiempo, a una travesía sobre la memoria y la esperanza, a pesar de todos los males que se cuentan, y un exquisito y ágil montaje de Janus Billeskov Jansen, uno de los grandes editores de la cinematografía danés que tiene en su haber a nombres tan ilustres como los de Bille August y Thomas Vinterberg, con los que ha trabajado muchas veces. Flee es una película que consigue conmovernos y hacernos reflexionar, y lo hace desde la sinceridad, desde la magnífica composición visual de su maravillosa ilustración y animación, y desde el alma, porque nos cuenta la experiencia de Amin, de tantos Amin que le precedieron y tantos que le sucederán en ese itinerario de dejar tu tierra y emprender la incertidumbre de llegar a otro lugar donde se pueda ser persona. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pájaros enjaulados, Oliver Rihs

HASTA QUE ESTEMOS MUERTOS O LIBRES.

“Decir la verdad es siempre revolucionario”

Antonio Gramsci

Resulta muy curioso que, las tres últimas películas provenientes de Suiza que se han estrenado entre nosotros están basadas en hechos reales, y todas tiene al estado represor como protagonista. La primera, El orden divino (2017, Petra Biondina Volpe), sobre un grupo de mujeres que se alzan contra la prohibición de votar en el país en 1971. La segunda, Mis funciones secretas (2020, Micha Lewinsky), centrada en el escándalo que supuso que en 1989, el estado espiará a un grupo de teatro de izquierdas). Y ahora, nos llega el caso de Barbara Hug, una afamada abogada de izquierdas, y su relación con Walter Strüm, el apodado “rey de las fugas”, durante la década de los ochenta. Las dos son personas que arrastran el peso traumático de familias que no los quisieron, y luchan contra esos demonios rebelándose contra un estado que oprime y violenta a todos aquellos que se levantan ante las injusticias, como deja clara la secuencia de apertura de la película, con esa manifestación de protesta y la policía atentando y deteniendo violentamente a muchos de los manifestantes, y mientras, Strüm aprovecha el desorden para escapar.

El director Oliver Rihs (Männedorf, Suiza, 1971), lleva más de dos décadas produciendo y dirigiendo películas. Con Pájaros enjaulados (que tiene el subtítulo: “Hasta que estemos muertos o libres”), séptimo título de su filmografía, construye una película edificada en aquella Suiza que pretendía ser moderna, y seguía manteniendo cárceles siniestras donde se torturaba indiscriminadamente a los presos, amén de una represión contra todo aquel que protestaba ante los abusos de poder. La película, muy bien ambientada y llena de detalles históricos, nos sitúa en un despacho de abogados idealistas que defienden a todos los activistas de izquierdas, en el que sobresale la figura de Barbara Hug, “Babs”, como la llaman sus camaradas, una mujer de salud delicada por sus problemas renales, que necesita de diálisis y una muleta para caminar, se erige como una sólida y luchadora nata contra el estado y la misión de acabar con el sistema penitenciario de la edad media, y encuentra, por azares del destino, la figura de Walter Strüm, encantador y atractivo, además de un célebre preso, con el récord de fugas y atracos a bancos de la historia de Suiza. Un tipo que le servirá para luchar mejor contra ese sistema represor.

La cinta consigue una atmósfera acogedora y muy íntima, describiendo con naturalidad y detalle todo el activismo político de izquierdas en aquella Suiza ochentera, con las continuas idas y venidas a la vecina Alemania, con la presencia de la RAF, la facción del Ejército Rojo, las casas comunas del partido y demás componentes, un gran grupo de idealistas que a su manera creyeron que las cosas podían ser de otra manera. Pájaros enjaulados es una película muy física, siempre está en continuo movimiento, los personajes envueltos en una energía desbordante, van de aquí para allá, movidos por sus inquietudes y su fuerza de lucha incansable. La película nos habla del concepto de libertad, de esa idea compleja de ser o sentirse libres, y lo hace bajo dos formas muy diferentes pero que en cierta manera, se atraen, personalizadas en las figuras de Hug y Strüm, dos personas que ven la libertad desde conceptos muy alejados, que se pasaron su vida luchando para conseguirla, aunque como suele ocurrir, una se siente más libre cuando trabaja para algo que cuando finalmente se consigue.

Otro de los elementos que más brilla en la película, y más en una película de estas características es la interpretación de todos los personajes, unos individuos de carne y hueso, alejándose al máximo de esa idea romántica de los ideales políticos y demás, con sus relaciones, discusiones y conflictos. Destacan las composiciones de Jella Haase, como una joven idealista, Philippe Graber, al que ya vimos protagonizando la citada Mis funciones secretas, como un compañero abogado de Hug, Anatole Taubman como uno de esos fiscales fascistas del estado, Bibiana Beglau, como una líder del activismo de izquierdas alemán, Pascal Ulli, otro de los compañeros abogados de Hug. Una gran pareja protagonista. Por un lado, se encuentra Joel Basman, que le hemos visto en películas de Andreas Dresen, y en Vida oculta, de Malick, se mete en la piel del escurridizo y encantador delincuente Strüm, un tipo complejo, machacado emocionalmente por su pasado y su difícil relación con su padre, es un hombre independiente, un culo inquieto, y alguien que entendía la libertad como una forma de ser, individual y egoísta.

Frente a Basman, tenemos a Marie Leuenberger, la actriz berlinesa que ya nos encantó como protagonista en la mencionada El orden divino,  metida en la piel y el rostro de la fascinante Barbara Hug, con ese cuerpo herido, y esa mente inquieta e inteligente, atrevida y compleja, que no decae en ningún instante, con su fortaleza y su vulnerabilidad, atraída por completo con la figura de Strüm, independiente y cercana, una de esas mujeres anónimas que cambiaron muchas cosas y la historia no las reivindica como se merecen. Rihs ha construido una estupenda película, porque no embellece y heroiza a sus protagonistas, sino que los presenta con sus virtudes y defectos, con todo lo que son y sobre todo, su humanidad, no los acerca y los mira de frente, a su altura,  que nos acerca a dos figuras que no conocíamos, y además, nos hace reflexionar sobre todas aquellas personas que antes que nosotros se preguntaron que es la libertad, y no solo eso, se activaron con luchas, reivindicaciones y su férreo activismo para si no alcanzarla, acercarse a ella lo máximo posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Armugán, el último acabador, de Jo Sol

EL ÚLTIMO VIAJE.

“Dicen los más ancianos que en esta tierra nadie muere solo. Aquí existe la tradición de acompañar a quien emprende su último viaje. No es una labor fácil. Hay que estar siempre disponible para la imprevisible llamada. Es preciso conocer el camino y saber qué hacer con quien se resiste a lo inevitable. Por eso, vine a estas montañas, a aprender el secreto oficio de la muerte. Aprenderlo de ti, Armugán, el último acabador”.

La película se abre con una imagen sólida y muy intensa, de esas imágenes que se convertirán en icónicas en el transcurso de la acción, y seguramente, en el recuerdo de la película. Una imagen en la que vemos a un hombre Anchel, que carga a su espalda a otro, Armugán, tullido y bajito. Se encuentran caminando en lo alto de algún lugar del Pirineo. Escuchamos la respiración agitada del que carga y la mirada impasible del cargado, acompañados de una música que se mezcla con la respiración, creando casi el ruido de un animal sin aliento. Una imagen que nos remite a La balada de Narayama (1983), de Shôhei Imamura, y a Madre e hijo (1997), de Aleksandr Sokúrov, en las que también, al igual que ocurre en Armugán, el último acabador, el relato gira en torno a la muerte y a ese último viaje o tránsito, en el que todos nos veremos en algún momento.

El trabajo de Jo Sol (Barcelona, 1968), se ha movido por derroteros poco convencionales, sus propuestas siempre han virado hacia aquello que la sociedad tilda de incómodo e invisible, proponiendo películas que en un tono híbrido entre el documento y el retrato, con algunas pinceladas de ficción, ha construido miradas sobre personas de diversidades humanas muy diferentes, con dolencias graves y limitaciones físicas, adentrándose en sus almas, sus reflexiones y demás aspectos, centrándose en elementos como el género, la sexualidad, las enfermedades mentales, etc… Un cine que le ha servido para reflexionar a través de sus heterogéneos personajes, de las diferentes posiciones morales respecto a temas todavía tabú como el sexo, la identidad y todo aquello que se sale de la norma establecida y construida. En Argumán, el último acabador, aunque parezca que en la forma si que el cine de Jo Sol ha girado 180 grados, con la introducción del blanco y negro, una luz tenue, sombría, sobria y espectacular, obra de Daniel Vergara, que además de coproductor de la cinta, debuta en el largometraje de ficción, después de despuntar en películas como Marcelino, el mejor payaso del mundo, y el cortometraje Vera, entre otros trabajos, consigue esa luz mortecina, que recuerda a la de Honor de caballería y El cant dels ocells, ambas dirigidas por Albert Serra, donde la atmósfera se torna pesada, reposada y llena de tensión.

Tanto el sonido de Leo Dolgan (con trabajos interesantes en Mi querida cofradía o el cortometraje Panteres), también coproductor, como la música de Juanjo Javierre, un habitual del cine de Nacho G. Velilla, se fusionan con acierto creando ese cuerpo físico y psíquico que ayuda a comprender y ver aquello que no se cuenta, en una película de escasísimos diálogos, donde la imagen y la labor del reparto lo es todo, como una vuelta a los orígenes del cine, y el excelente montaje, obra de Afra Rigamonti, una habitual del cine de Jo Sol, como en la cinematografía como en la edición, en un trabajo serio y audaz en una historia de largos planos y muchos planos fragmentados. El director barcelonés nos habla de la muerte, del último viaje que separa la vida de la muerte, donde Armugán, un término que nos remite a leyendas nórdicas, ayuda a morir, no provocándolo, como surgirá ese conflicto entre el maestro y Anchel, ayuda al moribundo a que ese paso sea lo más tranquilo posible, a través de una especie de rito con las manos de Armugán.

Jo Sol plantea una película vitalista y sobre todo, humanista, con el aroma del mejor Rossellini, en un relato atemporal, si bien nos lo ubica en las montañas reconocibles, pero los dos principales protagonistas viven alejados del mundo, en una vida humilde y sencilla, en perfecta consonancia con los animales, ese rebaño de corderos que actúa como guardianes y vigías de la casa, y sobre todo, la naturaleza, con esas plantas que manipula Armugán como si fuesen una especie de tesoro o reliquia. La película se construye a través de la intimidad de estos dos hombres, que parecen el reflejo más cotidiano de Quijote y Sancho, pero dándole la vuelta, porque aquí el sano es el escudero, y el limitado físicamente es el sabio, o quizás no. Unos hombres que se miran desde la admiración, el respeto y la enseñanza, sintiéndose muy cerca y ayudándose uno al otro, aunque la película los enfrentará con un caso peculiar que se plantea en la película y divide a los dos hombres en su posición moral, rasgo del cine de Jo Sol, pero haciéndolo con inteligencia y alejado de dogmatismos.

Armugán, el último acabador  es una película transparente y bien planteada, su conflicto o conflictos no son enrevesados ni tramposos. Todo gira en torno a la muerte, desde el vitalismo, aceptándola como algo natural, desde la sencillez de una forma de vida en extinción, que podríamos ver su reflejo en todas esas vidas rurales y sencillas que van desapareciendo ante un progreso devastador que aniquila el humanismo. La película recorre temas como el existencialismo, peor con calma, sabiduría y sin panfleto, sino con todo lo contrario, desde la humildad y las diferentes posiciones. El excelente dúo protagonista formado por Iñigo Martínez Sagastizábal como Armugán, viejo conocido de Jo Sol, y Gonzalo Cunill como Anchel, un intérprete fabuloso que encarna esa fisicidad y aplomo como nadie, en un personaje con cierto aroma del que hacía en la reciente Occidente. Y las estimulantes presencias de Núria Lloansi y Núria Prims. Armugán, el último acabador es una magnífica, sensible y poética cinta sobre la muerte y todo lo que la rodea, con ese aroma del cine del este, con nombres como los de Tarkovsky, Béla Tarr y demás, que han logrado películas que abordan desde el humanismo y la filosofía el tema de la muerte y ese último tránsito a la otra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ojalá te mueras, de Mihály Schwechtje

REALIDADES ARTIFICIALES.

“Las redes sociales son más sobre sociología y psicología que sobre tecnología”

Brian Solis

Las redes sociales se han convertido en un espejo de una realidad distorsionada, una realidad falsa y de pura apariencia, en la cual todas las experiencias reales, ya sean satisfactorias o no, inmediatamente, se convierten en experiencias maravillosas, un espacio donde no existe el filtro, donde muchísimas personas pueden ver esa “realidad artificial” y criticarla a gusto, disfrazada de realidad, la red social se convierte en un espejo martirizador para aquel o aquella que es objeto de burla, escarnio o alguna cosa peor. Ojalá te mueras, la opera prima de MIhály Schwechtje (Budapest, Hungría, 1978), después de dirigir múltiples cortometrajes, se centra en un grupo de adolescentes en un instituto más de cualquier ciudad del mundo, y más concretamente, en la figura de Eszter, una chica de 16 años secretamente enamorada de su profesor de inglés que anuncia que deja el trabajo para trasladarse a Londres. Esa misma noche, recibe un mensaje del profesor y entre los dos nace una relación íntima totalmente secreta.

El director húngaro plantea una película asombrosa y muy interesante, indagando en el inmenso poder de las redes sociales y la utilización enfermiza de los adolescentes de hoy en día, siempre conectados y sobre todo, reinterpretando la realidad, y su propia realidad, a través de ella, como deja patente la maravillosa y triste secuencia cuando las dos niñas comen con la madre de una de ellas, y están obsesionados con coger el móvil y mirar que se está cociendo. El relato huye de lo lineal para proponernos una estructura elegante en que primero seguiremos, a modo de diario, el affaire on line entre Eszter y el profesor, donde seremos testigos de su evolución, sus momentos “sexting”, su distanciamiento y demás, instante que pasaremos a conocer, también con la utilización de diario la vida de Peter, un compañero  hazmerreír de los demás, que ama secretamente a Eszter. Y finalmente, veremos las consecuencias de todos los actos, y sobre todo, los destinos de los personajes implicados.

Otro elemento muy destacado de la película, es la forma de presentar el relato, con ese cuadro 4/3, completamente cuadrado, que utiliza los bordes para colocar las líneas de conversación de chat, un trabajo exhaustivo y magnífico del cinematógrafo Máté Herbai (responsable de la maravillosa luz de la estupenda película En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi). La cinta se apropia completamente de la estética “teen”, tanto de su forma como contenido, adaptándose al universo de los adolescentes de la película, como el look de la protagonista, amante de las heroínas mangas, con ese cabello azul-lila, y las faldas cortas. Schwechtje apuesta por una película contada a fuego lento con 103 minutos de metraje, donde expone esas dos vidas que tienen sus adolescentes, la real, más aburrida y cotidiana, donde las clases son el centro, y la otra, la artificial, la más atrayente, la que más se mueve, y la que se impone como la única realidad para ellos, un espacio donde hablan, discuten, critican y sobre todo, un lugar donde hay vía libre para todo, para transgredir, para todo lo prohibido y para hundir a cualquiera, donde no hay filtro, donde todo está permitido.

El trabajado y extraordinario reparto joven de la película, entre los que destacan Kristóf Vajda en el rol de Peter, ese chaval apocado, gris y acosado, que quiere ser uno más, pero siempre es rechazado y maltratado por los demás chicos, y sobre todo, la gran interpretación de Szilvia Herr, debutante en el cine, dando vida a Eszter, la protagonista de este enredo on line de consecuencias muy inesperadas. Mihály Schwechtje debuta con nota altísima en su debut, no solo haciendo una radiografía profunda y sobria sobre la adolescencia y su mal uso de las redes sociales, sino construyendo una película llena de ritmo e inteligencia, impregnada en su totalidad del universo teenager, con su estética, colores y pensamientos, y sobre todo, tejiendo con soltura y sabiduría un retrato intenso y nada complaciente de las relaciones de los adolescentes, de su alegría y tristeza, de su fraternidad y crueldad, de la falta de consideración frente al otro, de la monstruosidad de las redes sociales y lo que resulta más grave de todo, la superficialidad de sus relaciones íntimas y afectivas, donde todo vale y todo se permite, eso sí, por el filtro de la red social, exponiendo esa vida a la que todos aspiran, aunque sea mentira, y que se hable de ellos, ya sea bien o mal, para sentirse con vidas plenas, aunque sea la que no quieran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Binti, de Frederike Migom

MIRARSE EN EL OTRO.

“Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!”

Ernesto Sábato

Binti tiene 12 años, y sueña con ser famosa a través de su canal de youtube. Binti vive en Bélgica, junto a su padre Jovial, ocultos de la policía en una casa ocupada, porque ellos son del Congo y están sin papeles. Durante una redada policial, Binti y su padre, huyen y se ocultan en un bosque. Allí, conocen a Elias, en su cabaña, que también es sede del club salvar a los okapis. Todos acaban en casa de Elias, que comparte junto a su madre, Christine, una divorciada que se dedica a diseñar moda infantil. Así, empieza una película que nos habla de temas como la diversidad y la diferencia, de la necesidad del otro, y sobre todo, de los sueños imposibles de un par de niños que desean romper las barreras, y hacer aquello que desean. Binti, aunque no existe, legalmente hablando, tienen mil seguidores en su canal, donde explica su vida en forma de diario audiovisual. Elias, que todavía sufre la separación de sus padres, quiere ayudar a que los okapis no se extingan. Dos sueños difíciles, pero no imposibles. Dos miradas que entenderán que deben ayudarse el uno al otro para llevar a cabo tales sueños.

Frederike Migom (Amberes, Bélgica, 1985), estuvo estudiando y trabajando como actriz en Nueva York, para luego trasladarse a Paris para hacer cinematografía. Su incipiente carrera la conforman un puñado de cortometrajes y Binti, con la que debuta en el largometraje, en la que nos muestra una realidad social, a través de un drama cotidiano entre dos niños y sus respectivos padres, personas que, a priori, parecen demasiado diferentes, pero, el tiempo, y sus circunstancias, demostrarán lo contrario, y los acercará más de lo que ellos preveían en un primer momento. La directora belga viste este drama social, con mucha ligereza y cotidianidad, imprimiendo a los conflictos sociales de alegría, buen humor y diversión, mirando las situaciones con la suficiente distancia, huyendo del dramatismo y ejerciendo una labor más humanista y sensible, sumergiéndonos en una realidad demasiado cercana, pero entrando en la parte doméstica, aquella que no vemos, para así retratar con más honestidad y sinceridad, todo aquello que ocurre de puertas para adentro.

Migom habla de temas de primera línea, la inmigración, sentirse invisible, y a la vez, perseguido, las relaciones de las diferentes culturas, todo aquello que nos separa y sobre todo, lo que nos une, y finalmente, los sueños de dos niños, dos almas que no entienden de piel y diferencia, sino de todo aquello que necesitan del otro, también, la película nos habla de la necesidad que tenemos del otro, de dejar todo aquello que nos separa, para encontrarnos y reencontrarnos en el otro, en todo aquello que nos une y podemos compartir. Una película libre y humanista, de relaciones humanas, de apoyarse y compartir con los demás, de dejarse llevar, de mirarnos los unos a los otros, y sentirnos que podemos cooperar, ayudarnos y caminar en la misma dirección. Un retrato sobre esa Europa que se define multicultural y diversa, pero en cambio, no cesa de poner obstáculos a aquellos que quieren entrar y convertirse en europeos. Migom habla de todas aquellas personas que se necesitan y se ayudan, de todo aquello que podemos aprender y conocer del desconocido, rompiendo esas barreras que tanto se imponen, dejar abrirse al otro y abrazarnos, conocernos y mirar juntos.

Los noventa minutos de la película pasan volando, centrándose en la preparación y celebración de una fiesta con el propósito de recaudar fondos para ayudar a los okapis, originarios del mismo lugar que Binti y su padre, creando esa relación espejo entre las dificultades sociales de los congoleños, y de los animales, los dos perseguidos y en vías de extinción, en el marco de un drama social con niños, que huye del convencionalismo y el buenrollismo de producciones del estilo, retratando con verdad y cercanía, los problemas de unos y otros. Un reparto auténtico que transmite veracidad y una intensa naturalidad encabezada por la sorprendente Bebel Tshiani Baloji como Binti, bien acomapañda por Mo Bakker como Elias, y los adultos Joke Devynck y Baloji, como lso respectivos padres.  Migom celebra la vida, la diversidad, la multiculturalidad y también, y lo más importante, la diferencia y al otro, pero de forma libre y humana, sin barreras ni anda que se le parezca, abriéndose a conocer, a experimentar y sentir, movidos como seres humanos de esa necesidad de mirarse en el otro, reconocerse y sobre todo, compartir, abriendo los puentes necesarios para acercarse y confraternizar, porque de esa manera, todos nos daremos cuenta que el otro se parece más a nosotros de lo que imaginamos, y se convierte en un espejo al que mirarnos y comprendernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Bra, de Veit Helmer

EL FERROVIARIO JUBILADO Y EL AMOR. 

“El amor no es algo que has de encontrar, sino algo que te encuentra a ti”

Loretta Young

Había una vez un ferroviario llamado Nurlan, que vivía bajo las montañas del Cáucaso, en un pequeño pueblo llamado Bakú, en Azerbaiyán, que en su último día como maquinista de carga, su locomotora cazó un sujetador de encaje azul. Así que, arrancó su jubilación trasladándose al pueblo pegado a las vías del tren y empezó su búsqueda, intentando localizar a la dueña de la prenda. Desde que debutase como director de largometrajes, Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), todas sus películas son fábulas atemporales, protagonizadas por personas diferentes, solitarias y muy peculiares, en las que nos sitúa en enclaves perdidos y olvidados, donde confluyen temas y relaciones humanas universales, tales como el amor, la amistad, la fraternidad, etc… valores perdidos y poco usados, que el director alemán reivindica como resistencia a un mundo idiotizado, individualista y sometido al dinero. En The Bra, vuelve a esa sencillez y humanismo que caracteriza su cine, partiendo de una premisa sencilla y directa, encontrar a la dueña del sujetador, cuestión, eso sí, muy delicada y comprometida.

Nurlan, el ferroviario jubilado nos guiará por este microcosmos diferente, extraño y lleno de sorpresas, aunque real, convertido en atemporal por la magia cinematográfica, donde iremos encontrándonos con mujeres que, por una razón u otra, querrán encajar en el famoso sujetador, el revelador macguffin del relato, y harán lo imposible para conseguirlo. Helmer, al igual que hizo en su debut Tuvalu  (1999), prescinde de los diálogos, pero no hace una película muda, sino una obra que se apoya en unas imágenes reveladores y poéticas, acompañadas de un calculado y formidable sonido, que llenan la pantalla, explicándonos muchísimo más si los personajes hablasen. El gesto y el movimiento adquieren una presencia capital, donde todo se explica sin necesidad de recurrir a nada más. Con unos personajes variopintos, solitarios y llenos de humanidad, metidos en situaciones llenas de comicidad, donde el gag adquiere su relevancia. Unos seres como Nurlan, el ferroviario jubilado, silencioso y solitario, una especie de “patito feo” en su pueblo, donde es objeto de burlas, emprende este viaje, tanto físico como emocional, para encontrar a la dueña del sujetador, metiéndose en las vidas y las singularidades de cada mujer que le abre las puertas de su casa con intenciones diversas.

A su lado, el pequeño huérfano Aziz, el niño que duerme en una casa para canes y toca el silbato para advertir de la llegada del tren, que le ayudará en el menester del sujetador. El ferroviario sustituto, enamorado de la música, que vive en un vagón transformado en un laboratorio musical industrial, donde cada maquinaria y objeto es propicio para lograr una melodía. La agente ferroviaria, encargado del cambio de agujas y la señalización del recorrido de los trenes, en su torre de control, mientras bromea con sus compañeros ferroviarios. Y finalmente, las diferentes mujeres que visita Nurlan, donde se tropezará con diversas realidades y soledades, desde la solterona desesperada, la mujer de poco pecho, la esposa triste, la bailarina en busca de un padre para sus tres hijos, la abuela y la nieta que se mofan de él, la viuda llorona, la ama de casa enfadada, y demás mujeres que le abren las puertas amablemente, otras, no, y otras, ni abren.

The Bra recoge la estructura de La cenicienta, de los Hermanos Grimm, aunque aquí cambiamos el zapato de cristal por el sujetador de encaje azul, con ecos del cine de Chaplin o Buster Keaton, donde la torpeza y el gag eran lo que hacía mover la historia, de Tati, y su Monsieur Hulot, desde el tipo de Miki Manojlovic (el actor fetiche de las maravillosas comedias de Kusturica), que da vida a Nurlan, le acompaña su torpeza, su constancia y esa lucha constante contra los elementos, ya sean humanos, físicos u emocionales, un tipo que encajaría perfectamente en los seres solitarios y aburridos, enfrascados en sus tareas laborales, que tanto le gustan a Kaurismäki, incluso algunas de las peripecias sociales de Nurlan podríamos encontrarlas en el imaginario de Azcona con el Rodolfo de El pisito, el Plácido, el José Luis de El Verdugo o el Canivell de La escopeta nacional, pobres diablos detrás de imposibles y sin más suerte que su sombra, sin olvidarnos de cuentos modernos como las magníficas Delicatessen, con la que guarda muchos parecidos, o Amélie, en esa búsqueda incesante de uno mismo y de paso, encontrar a ese ser parejo y deslumbrante que le dé un poco de luz a nuestras oscuras y grises existencias.

Amén de la maravillosa y emocionante composición de un intérprete de la altura de Miki Manojlovic, que resulta imposible no enamorarse de su personaje y sobre todo, de su aventura cotidiana, que resultando muy difícil, no cesará en su empeño, mostrando actitud y una férrea voluntad. También, encontramos a otro actor de una capacidad maravillosa para tipos raros, peculiares y románticos como Denis Lavant, que junto a Chulpan Khamatova, la encargada de la torre de control, ya habían protagonizado Tuvalu, en uno de esos personajes encantadores y locos que tanta falta hacen al mundo, bien acompañados por la maravillosas presencias de Paz Vega, Maia Morgenstern, Irmena Chichikova y Saroya Safarova, un reparto que funciona a las mil maravillas, con esa maravillosa y deliciosa música obra del francés Cyril Morin, en una película que nos habla hacia adentro, a nuestro interior, a aquello que no nos atrevemos a reconocer, en la que hay espacio para la comedia, el romanticismo, la soledad y sobre todo, la búsqueda del amor, que es más agradecido cuando no se busca, y nos tropezamos con esa alma gemela, que no se parece mucho a nosotros, pero esté segura de caminar juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Algunas Bestias, de Jorge Riquelme Serrano

LOS DEMONIOS QUE NOS HABITAN.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”

León Tolstói (Principio de Ana Karenina)

El arranque de una película confiere una importante máxima al contenido de la misma, ya que esa primera imagen alertará a los espectadores de los temas que sobrevuelan por el interior de la obra. La primera imagen de Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano (Santiago de Chile, 1981), está capturada desde el cielo, quizás es Dios el que mira a los miembros de la familia que conoceremos más tarde, ahora vistos como puntos minúsculos negros imposibles de distinguir. Una imagen cenital que nos sitúa en el espacio de la acción, esa isla, la isla de Chaullín, situada a cinco millas de la costa de Calbuco, al sur de Chile. Un espacio rodeado de agua, un espacio en el que se alza una casa que en el pasado impuso alguna relevancia, ahora, necesita con urgencia una sustancial reforma, y sobre todo, gentes que la habitan en armonía y deseen habitarla.

A través de un plano estático y cerrado, y una toma larga, observamos a esa familia, sentados alrededor de una mesa, mientras acaban de comer, al matrimonio Alejandro y Ana, que quieren convertir el lugar en reclamo turístico, sus dos hijos adolescentes, Máximo, a punto de ingresar en la universidad, y Consuelo, acompañados de Antonio y Dolores, los padres de ella, contrarios a prestar ayuda al negocio, y con la relación de su hija. Por una serie de circunstancias, los personajes no tienen otra salida que permanecer cuatro días encerrados en la isla, sin poder salir ni llamar a nadie, instante que la película se sumergirá en el interior de los personajes y la presión de aislamiento y soledad, destapará los verdaderos instintos de cada uno de los personajes y las terribles tensiones que existen entre suegros y yerno, y nietos. El cineasta chileno nos habla de la intimidad de una familia en descomposición, y las diferencias que los separan, donde prevalecen los conflictos de cada uno, tocando temas espinosos como el clasismo, los abusos sexuales, la falta de amor, azotados por esa malvada competitividad y poder que desangra las relaciones personales y familiares.

Un relato escrito por Nicolás Diodovich, y el propio director, que ahonda en las miserias ocultas de cada uno de los miembros, en especial, de esa pareja de padres de ella, convertidos en unos clasistas de tomo y lomo y unos depravados de mucho cuidado. Bañada con esa luz tenue y velada obra del cinematógrafo Eduardo Bunster Charme, y el cuidadísimo montaje de Valeria Hernández y de Riquelme Serrano, que ahonda en esas tomas largas, muy a lo Haneke, que evidencia el terror y la tensión que existe entre cada uno de los integrantes de esta peculiar y triste familia, arrastrados por la abundancia de lo material y vacíos de amor y de valores emocionales. La calma tensa que cae como una losa en la película, en un encuentro que tiene de todo menos de agradable y empatía, que, a medida que avancen los días y aumente una espera incierta, se desatarán los demonios particulares y estallará la bestia que anida en cada uno, desatando las pasiones más bajas y turbias. En Camaleón (2016), la opera prima del director chileno, ya había indagado en las relaciones oscuras y el intruso como elemento discordante y violento, situadas en espacios cerrados, donde los personajes ocultan demasiado y sentían menos, como ocurre con las almas que habitan Algunas bestias.

Otra de las grandes bazas es su reparto, formado por intérpretes de primer orden, encabezado por dos animales de la escena como Alfredo Castro y Paulina García, dando vida a Antonio y Dolores, respectivamente, una matrimonio de la vieja escuela, llenos de plata pero tan faltos de amor, que miran con desprecio y acritud a su yerno y a su hija y nietos, como si fuesen cobayas para experimentar con sus vidas, que creen insulsas y perdidas. Frente a ellos, Gastón Salgado, que repite con Riquelme Serrano, interpreta al pobre diablo de Alejandro, el yerno, un tipo sin suerte pero tampoco muy hábil, casado con Ana, a la que da vida Millary Lobos, la hija de Antonio y Dolores, esa hija que ven desorientada y encerrada en un matrimonio infeliz, y los dos hijas de la pareja y nietos, como son Máximo (Andrew Bargsted), de carácter y respondón, y Consuelo (Consuelo Carreño), que encuentra en los brazos de su hermano un refugio para soportar a su familia. El director chileno ha construido una película incómoda, sucia y muy oscura sobre el deterioro de las familias modernas o lo que queda de ella, esos restos del naufragio en el que solo habitan monstruos llenos de rabia y maldad, almas vacías y perdidas, llenas de egoísmo e individualistas, capaces de las bajezas más repugnantes contra su sangre, contra los suyos, en un mundo cada vez más deshumanizado, triste y desolador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA