The Bra, de Veit Helmer

EL FERROVIARIO JUBILADO Y EL AMOR. 

“El amor no es algo que has de encontrar, sino algo que te encuentra a ti”

Loretta Young

Había una vez un ferroviario llamado Nurlan, que vivía bajo las montañas del Cáucaso, en un pequeño pueblo llamado Bakú, en Azerbaiyán, que en su último día como maquinista de carga, su locomotora cazó un sujetador de encaje azul. Así que, arrancó su jubilación trasladándose al pueblo pegado a las vías del tren y empezó su búsqueda, intentando localizar a la dueña de la prenda. Desde que debutase como director de largometrajes, Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), todas sus películas son fábulas atemporales, protagonizadas por personas diferentes, solitarias y muy peculiares, en las que nos sitúa en enclaves perdidos y olvidados, donde confluyen temas y relaciones humanas universales, tales como el amor, la amistad, la fraternidad, etc… valores perdidos y poco usados, que el director alemán reivindica como resistencia a un mundo idiotizado, individualista y sometido al dinero. En The Bra, vuelve a esa sencillez y humanismo que caracteriza su cine, partiendo de una premisa sencilla y directa, encontrar a la dueña del sujetador, cuestión, eso sí, muy delicada y comprometida.

Nurlan, el ferroviario jubilado nos guiará por este microcosmos diferente, extraño y lleno de sorpresas, aunque real, convertido en atemporal por la magia cinematográfica, donde iremos encontrándonos con mujeres que, por una razón u otra, querrán encajar en el famoso sujetador, el revelador macguffin del relato, y harán lo imposible para conseguirlo. Helmer, al igual que hizo en su debut Tuvalu  (1999), prescinde de los diálogos, pero no hace una película muda, sino una obra que se apoya en unas imágenes reveladores y poéticas, acompañadas de un calculado y formidable sonido, que llenan la pantalla, explicándonos muchísimo más si los personajes hablasen. El gesto y el movimiento adquieren una presencia capital, donde todo se explica sin necesidad de recurrir a nada más. Con unos personajes variopintos, solitarios y llenos de humanidad, metidos en situaciones llenas de comicidad, donde el gag adquiere su relevancia. Unos seres como Nurlan, el ferroviario jubilado, silencioso y solitario, una especie de “patito feo” en su pueblo, donde es objeto de burlas, emprende este viaje, tanto físico como emocional, para encontrar a la dueña del sujetador, metiéndose en las vidas y las singularidades de cada mujer que le abre las puertas de su casa con intenciones diversas.

A su lado, el pequeño huérfano Aziz, el niño que duerme en una casa para canes y toca el silbato para advertir de la llegada del tren, que le ayudará en el menester del sujetador. El ferroviario sustituto, enamorado de la música, que vive en un vagón transformado en un laboratorio musical industrial, donde cada maquinaria y objeto es propicio para lograr una melodía. La agente ferroviaria, encargado del cambio de agujas y la señalización del recorrido de los trenes, en su torre de control, mientras bromea con sus compañeros ferroviarios. Y finalmente, las diferentes mujeres que visita Nurlan, donde se tropezará con diversas realidades y soledades, desde la solterona desesperada, la mujer de poco pecho, la esposa triste, la bailarina en busca de un padre para sus tres hijos, la abuela y la nieta que se mofan de él, la viuda llorona, la ama de casa enfadada, y demás mujeres que le abren las puertas amablemente, otras, no, y otras, ni abren.

The Bra recoge la estructura de La cenicienta, de los Hermanos Grimm, aunque aquí cambiamos el zapato de cristal por el sujetador de encaje azul, con ecos del cine de Chaplin o Buster Keaton, donde la torpeza y el gag eran lo que hacía mover la historia, de Tati, y su Monsieur Hulot, desde el tipo de Miki Manojlovic (el actor fetiche de las maravillosas comedias de Kusturica), que da vida a Nurlan, le acompaña su torpeza, su constancia y esa lucha constante contra los elementos, ya sean humanos, físicos u emocionales, un tipo que encajaría perfectamente en los seres solitarios y aburridos, enfrascados en sus tareas laborales, que tanto le gustan a Kaurismäki, incluso algunas de las peripecias sociales de Nurlan podríamos encontrarlas en el imaginario de Azcona con el Rodolfo de El pisito, el Plácido, el José Luis de El Verdugo o el Canivell de La escopeta nacional, pobres diablos detrás de imposibles y sin más suerte que su sombra, sin olvidarnos de cuentos modernos como las magníficas Delicatessen, con la que guarda muchos parecidos, o Amélie, en esa búsqueda incesante de uno mismo y de paso, encontrar a ese ser parejo y deslumbrante que le dé un poco de luz a nuestras oscuras y grises existencias.

Amén de la maravillosa y emocionante composición de un intérprete de la altura de Miki Manojlovic, que resulta imposible no enamorarse de su personaje y sobre todo, de su aventura cotidiana, que resultando muy difícil, no cesará en su empeño, mostrando actitud y una férrea voluntad. También, encontramos a otro actor de una capacidad maravillosa para tipos raros, peculiares y románticos como Denis Lavant, que junto a Chulpan Khamatova, la encargada de la torre de control, ya habían protagonizado Tuvalu, en uno de esos personajes encantadores y locos que tanta falta hacen al mundo, bien acompañados por la maravillosas presencias de Paz Vega, Maia Morgenstern, Irmena Chichikova y Saroya Safarova, un reparto que funciona a las mil maravillas, con esa maravillosa y deliciosa música obra del francés Cyril Morin, en una película que nos habla hacia adentro, a nuestro interior, a aquello que no nos atrevemos a reconocer, en la que hay espacio para la comedia, el romanticismo, la soledad y sobre todo, la búsqueda del amor, que es más agradecido cuando no se busca, y nos tropezamos con esa alma gemela, que no se parece mucho a nosotros, pero esté segura de caminar juntos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Algunas Bestias, de Jorge Riquelme Serrano

LOS DEMONIOS QUE NOS HABITAN.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”

León Tolstói (Principio de Ana Karenina)

El arranque de una película confiere una importante máxima al contenido de la misma, ya que esa primera imagen alertará a los espectadores de los temas que sobrevuelan por el interior de la obra. La primera imagen de Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano (Santiago de Chile, 1981), está capturada desde el cielo, quizás es Dios el que mira a los miembros de la familia que conoceremos más tarde, ahora vistos como puntos minúsculos negros imposibles de distinguir. Una imagen cenital que nos sitúa en el espacio de la acción, esa isla, la isla de Chaullín, situada a cinco millas de la costa de Calbuco, al sur de Chile. Un espacio rodeado de agua, un espacio en el que se alza una casa que en el pasado impuso alguna relevancia, ahora, necesita con urgencia una sustancial reforma, y sobre todo, gentes que la habitan en armonía y deseen habitarla.

A través de un plano estático y cerrado, y una toma larga, observamos a esa familia, sentados alrededor de una mesa, mientras acaban de comer, al matrimonio Alejandro y Ana, que quieren convertir el lugar en reclamo turístico, sus dos hijos adolescentes, Máximo, a punto de ingresar en la universidad, y Consuelo, acompañados de Antonio y Dolores, los padres de ella, contrarios a prestar ayuda al negocio, y con la relación de su hija. Por una serie de circunstancias, los personajes no tienen otra salida que permanecer cuatro días encerrados en la isla, sin poder salir ni llamar a nadie, instante que la película se sumergirá en el interior de los personajes y la presión de aislamiento y soledad, destapará los verdaderos instintos de cada uno de los personajes y las terribles tensiones que existen entre suegros y yerno, y nietos. El cineasta chileno nos habla de la intimidad de una familia en descomposición, y las diferencias que los separan, donde prevalecen los conflictos de cada uno, tocando temas espinosos como el clasismo, los abusos sexuales, la falta de amor, azotados por esa malvada competitividad y poder que desangra las relaciones personales y familiares.

Un relato escrito por Nicolás Diodovich, y el propio director, que ahonda en las miserias ocultas de cada uno de los miembros, en especial, de esa pareja de padres de ella, convertidos en unos clasistas de tomo y lomo y unos depravados de mucho cuidado. Bañada con esa luz tenue y velada obra del cinematógrafo Eduardo Bunster Charme, y el cuidadísimo montaje de Valeria Hernández y de Riquelme Serrano, que ahonda en esas tomas largas, muy a lo Haneke, que evidencia el terror y la tensión que existe entre cada uno de los integrantes de esta peculiar y triste familia, arrastrados por la abundancia de lo material y vacíos de amor y de valores emocionales. La calma tensa que cae como una losa en la película, en un encuentro que tiene de todo menos de agradable y empatía, que, a medida que avancen los días y aumente una espera incierta, se desatarán los demonios particulares y estallará la bestia que anida en cada uno, desatando las pasiones más bajas y turbias. En Camaleón (2016), la opera prima del director chileno, ya había indagado en las relaciones oscuras y el intruso como elemento discordante y violento, situadas en espacios cerrados, donde los personajes ocultan demasiado y sentían menos, como ocurre con las almas que habitan Algunas bestias.

Otra de las grandes bazas es su reparto, formado por intérpretes de primer orden, encabezado por dos animales de la escena como Alfredo Castro y Paulina García, dando vida a Antonio y Dolores, respectivamente, una matrimonio de la vieja escuela, llenos de plata pero tan faltos de amor, que miran con desprecio y acritud a su yerno y a su hija y nietos, como si fuesen cobayas para experimentar con sus vidas, que creen insulsas y perdidas. Frente a ellos, Gastón Salgado, que repite con Riquelme Serrano, interpreta al pobre diablo de Alejandro, el yerno, un tipo sin suerte pero tampoco muy hábil, casado con Ana, a la que da vida Millary Lobos, la hija de Antonio y Dolores, esa hija que ven desorientada y encerrada en un matrimonio infeliz, y los dos hijas de la pareja y nietos, como son Máximo (Andrew Bargsted), de carácter y respondón, y Consuelo (Consuelo Carreño), que encuentra en los brazos de su hermano un refugio para soportar a su familia. El director chileno ha construido una película incómoda, sucia y muy oscura sobre el deterioro de las familias modernas o lo que queda de ella, esos restos del naufragio en el que solo habitan monstruos llenos de rabia y maldad, almas vacías y perdidas, llenas de egoísmo e individualistas, capaces de las bajezas más repugnantes contra su sangre, contra los suyos, en un mundo cada vez más deshumanizado, triste y desolador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Perros de presa, de Martin Panek

MALDITAS BESTIAS.

“Los horrores que es capaz de concebir una mente son siempre mucho peores que la realidad.”

Paula Hawkins

El arranque de la película está cargado de fuerza y concisión narrativa, situándonos en el fondo de la cuestión de forma muy expresiva y cercana, en la que observamos la última noche del campo de concentración de Gross Rosen, donde en planos generales con la cámara en travelling, somos testigos de ejecuciones de presos y entramos en uno de los barracones siguiendo a un par de oficiales nazis que han entrado a inspeccionar el lugar. De repente, un niño al que se sumaron otros, comienzan a tirarse a tierra y levantarse al grito de “Runter” y “Auf” (Abajo/arriba) mientras los nazis se ríen a carcajadas. Corte a la mañana siguiente, en el mismo escenario envueltos en la niebla, unos soldados soviéticos entran en el campo, mientras van encontrándose multitud de cadáveres y se topan con los niños de la noche anterior, quizás de los pocos supervivientes.

El director Martin Panek (Wroclaw, Breslavia, Polonia, 1975) estudiante en las escuelas de Kieslowski y Wajda, debutó en el largometraje con Daas (2011) con la historia de Jakub Frank, un místico del siglo XVIII que tuvo gran fama pero también sembró dudas de su supuesta divinidad. Ahora, nos sitúa en un relato intimista y sencillo, en el que aborda en el convulso verano de 1945, apostando por una mirada diferente y poco transitada por el cine,  el destino de ocho niños liberados de un campo de concentración nazi, que van a parar a un antiguo orfanato abandonado, junto a una adulta también superviviente como ellos. Esa aparente calma se verá sacudida por la escasez de comida y agua, y sobre todo, por la muerte violenta de la adulta por unos perros salvajes del campo que se dedicaban a atacar a los presos. Los ocho niños se ven rodeados por estos perros lobos que deambulan por el bosque y los acechan, además los conflictos internos no tardan en aparecer, en que el enigmático y silencioso Wladek se muestra apartado al resto, situación que violentará a Kraut, más visceral y nervioso, donde Hanka, la mayor del grupo y una especie de hermana de todos, intentará mediar para mantener la paz den el grupo.

Panek se mueve en el relato de iniciación de unos niños que deberán enfrentarse a otro horror, o mejor dicho, seguirán enfrentándose a un horror que parece seguirles irremediablemente, en el que aparte de los perros, existen visitantes igual de salvajes que los canes, o aquellos nazis que se ocultan del ejército rojo. Aunque la película también ahonda en otros marcos, como el thriller psicológico por la situación incómoda que se manifiesta entre Hanka, Kraut y Wladek, una especie de trío que se acerca y aleja, construido a partir de las miradas, sus gestos y acciones, donde las relaciones internas entre unos y otros llevarán su convivencia a pender de un hilo muy fino, y por último, la película también se funde con el cine de terror más puro, donde unos niños se ven atrapados en una casa escondiéndose del terrible enemigo de fuera con la forma de unos perros hambrientos. El director polaco consigue una atmósfera inquietante y oscura, a pesar de que casi toda la película estamos de día, con la sutil y aterradora luz del cinematógrafo Dominik Danilczyk, que sabe atrapar con extremada fuerza todo lo que se cuece en esa casa y en ese bosque, elementos indispensables que nos retrotraen a las fábulas tradicionales.

La parte más importante y fuerte del relato descansa en la interpretación de los ocho niños destacando la sensibilidad y dureza de una magnífica Sonia Mietielica dando vida a Hanka, bien acompañada por el expresivo y callado Wladek, el personaje más oscuro de todos ellos, extraordinario el joven Kamil Polnisiak, Nicolas Przygoda interpreta a Kraut, el alma inquieta y rebelde de este grupo heterogéneo, y los otros niños que con sus camisas y pantalones de rayas, desarrapados y hambrientos, rezuman naturalidad y cercanía, los cuales deberán convivir y sobre todo, enfrentarse a la terrible amenaza de fuera. Panek ha logrado un cuento de hadas terrible y muy oscuro, una especie de Hansel y Gretel, donde el horror no se localiza en el interior de esa casa fantasmal y abandonada, sino en el exterior, con esos perros de la muerte que se convierten en la sombra alargada que no termina de extinguirse de los nazis, en una atmósfera que tiene ese aspecto crudo y fantástico de películas como The Innocents o Picnic en Hanging Rock, donde los niños se ven envueltos en un misterio que nos atrapa y nos envuelve en un aura de terrorífica cotidianidad, donde resulta imposible escabullirse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Letters to Paul Morrissey, de Armand Rovira

QUERIDO MORRISSEY.

“Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener”

Andy Warhol

Entre el otoño del 2011 y el invierno del 2012, el CCCB de Barcelona albergó la exposición Todas las cartas. Correspondencias fílmicas, comisariada por Jordi Balló, en la que cineastas como Erice, Kiarostami, Guerin, Mekas Isaki Lacuesta, Naomi Kawase, entre otros, se enviaban cartas, en formado de cine y video, donde establecían una comunicación personal e intransferible que remitía al cine, sus estructuras y formas, sus películas, sus vidas cotidianas y demás. Armand Rovira (Barcelona, 1979) en su pirmer largometraje, recoge el testigo de aquel experimento fílmico y hace su propia versión a través de cinco voces diferentes entre sí, proponiendo un largometraje que consiste en cinco cartas, cinco correspondencias en las que personas, relacionadas o no con el universo del cineasta Paul Morrissey (Nueva York, EE.UU., 1938) les envían cinco misivas fílmicas que, posiblemente,  jamás le llegarán al cineasta, pero que hablan de su universo, aquel que compartió con Andy Warhol en “La Factory”, y el que desarrolló en aquel cine underground, vanguardista, subversivo, provocador y radicalmente diferente.

Rovira y su coguionista Saida Benzal, también actriz y directora de una de las cartas, recogen el espíritu formal y narrativo del creador estadounidense para sumergirnos en submundos en el que los personajes nos hablan de soledad, del paso del tiempo, de inadaptados y seres perdidos en un tiempo demasiado fútil, superficial y vacío. El relato arranca con una primera carta ambientada entre Berlín y Madrid, donde un hombre con una severa crisis de identidad, que desprecia la sociedad de consumo, realiza un viaje personal para encontrar aquello que le dé sentido a su existencia, acabando en el monasterio del Valle de los Caídos, para encontrarse con la religión y aflorar su fe. Todo contado en un formato de 4/3, en película de 16 mm, y en un blanco y negro apagado y plagado de sombras, y un marco que incluye momentos del cine mudo con sus intertítulos y otros dialogados. La segunda carta protagonizada por Joe Dallesandro, mítico actor de Morrisey, que relata en off su relación con las drogas, mientras observamos a algunos yonquis frecuentando parques de skaters y espacios urbanos deteriorados, en esos espacios que tanto le interesaban a Morrisey.

La tercera carta la protagoniza una actriz de Chelsea Girls venida a menos, que recuerda mucho la sombra que perseguía a Norma Desmond, aquella vieja actriz de Sunset Boulevard, que existía de recuerdos lejanos. Una actriz que sigue soñando con su vuelta a la interpretación mientras se prepara físicamente, oculta sus arrugas con maquillaje, y pasa noches apasionadas con hombres mecánicos, con la misma atmósfera de una ciudad estadounidense evaporada por el polvo y el paso del tiempo, anclada en un pasado ficticio, donde todo brillaba, que parece vivir en el interior de la actriz, recordando lo que fue y probablemente, jamás volverá, haciendo clara alusión al cine de Morrissey, a todos aquellos intérpretes y técnicos que se olvidaron. La cuarta carta, quizás la más transgresora y rompedora por su forma, dirigida por Benzal, no sitúa en un relato mudo y el universo vampírico, donde dos amantes se ven imposibilitados a estar juntos y todo aquello que intentan resulta completamente infructuoso. Y finalmente, la misiva que cierra la película, recupera el cortometraje Hoissuru (2017) que da nombre al extraño sonido que atormenta a la joven japonesa protagonista, que encontrará en el azar en forma de una amiga la resolución de sus problemas, en un relato que nos habla de amor lésbico, en la que dos mujeres necesitan de su amor para ayudarse y resolver sus enfermedades y traumas.

La luz velada y llena de sombras de Eduardo Biurrun, que asombra por su belleza espectral e inquietante, así como el preciso y perverso montaje del propio Rovira, que combina la pausa con el frenesí, acompañado de la música de fantasía y perturbadora obra de The Youth, y el brutal trabajo con el sonido obra de Jesús Llata, capturando todos esos enigmas que esconde la película,  acaban dotando a la película de múltiples capas y formas que nos perturban y conmueven a partes iguales. Rovira ha construido una obra insólita y radicalmente innovadora, diferente y atemporal, en el que homenajea el universo de Paul Morrissey, y por ende, a todos esos creadores vanguardistas, transgresores y radicales que encontraron en el cine y sus infinitas formas de expresión, una forma de reivindicar otro cine y además, protestar contra el stablisment. El director barcelonés hace gala de una mirada escrutadora y brillante, manejando las formas cinematográficas a su antojo, creando mundos y submundos, a través de una mirada muy personal, profunda e íntima, creando cinco relatos, todos muy diferentes entre ellos, pero con nexos comunes en los que nos habla de crisis de identidad, soledades que no encuentran consuelo, de drogas, sexo, amor, de seres diferentes, complejos y pertenecientes a submundos que habitan en este, pero parecen de otros universos, invisibles y ajenos al que conocemos.

La fuerza expresiva y enigmática de Rovira nos sumerge en ese mundo real o no, abstracto y lleno de excentricidades y contradicciones, atreviéndose a introducir elementos de diferente naturaleza pero que acaban fusionándose con sus historias de manera natural y sincera, como las canciones de amor arrebatado de Françoise Hardy, la literatura feminista de Simone de Beauvouir o el universo plagado de sombras y espectros que habitan en la citada Sunset Boulevard, conformando un puzle magnífico e intenso en un relato dividió en cinco piezas, en cinco formas de mirar, acercarse, recuperar y recordar el universo Morrisey, un mundo que fue creado para romper las normas de lo establecido, a crear obras que relatasen unos submundos que el cine convencional ocultaba, creando películas con carácter, libres y alejadas de convencionalismos y prejuicios, y manifestando su brutal rechazo a una sociedad de consumo vacía, estúpida y a la deriva. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA