Entrevista a Max Lemcke

Entrevista a Max Lemcke, director de la película “Billy”, en su domicilio en Hospitalet de Llobregat, el viernes 17 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Lemcke, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Billy, de Max Lemcke

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

La película arranca bajo dos líneas narrativas en las que se va a sustentar todo su entramado. Por un lado, vemos imágenes de la película El hombre que mató a Billy el niño (1967), de Julio Buchs, uno de los tantos spaghetti western que durante los sesenta y setenta se filmaron en España. Nos muestran una persecución, la misma que emprendió la película Billy, con la labor fundamental de desenterrar la figura de Antonio González Pacheco, alías “Billy el niño” (1946-2020), un policía metido a matón a sueldo del franquismo a través de la temida Brigada Político Social. La segunda línea tiene que ver con el personaje en cuestión, que murió durante la filmación de la película. Dos elementos paradigmáticos y muy reveladores de cómo el sistema democrático de España ha gestionado la memoria, la falta de implicación en recuperar la memoria histórica del franquismo, llevar al banquillo a sus torturadores y asesinos, y sobre todo, y lo más deleznable, alargar los procesos judiciales para que las víctimas vayan desapareciendo y así, reconstruir ese período funesto de la historia del país a través de un siniestro pacto de silencio, donde todo cambie para seguir como siempre.

El cuarto trabajo como director de Max Lemcke (Madrid, 1966), sigue escarbando en los grandes problemas de la sociedad. En Mundo fantástico (2004), nos puso en la piel de dos aspirantes a actrices con una existencia difícil, muy activa, que recogían ínfimos frutos. Con Casual Day (2007), se metió de lleno en el mundo laboral y esas estrategias para fomentar la competitividad y la individualidad entre los empleados, y en 5 metros cuadrados (2011), la compra de una vivienda por parte de una joven pareja se eternizaba y se llenaba de múltiples trabas y conflictos. Con Billy se mete de lleno en el franquismo, ese periodo oscuro que la democracia de este país se ha empecinado en borrarlo y llenarlo de sombras. El cineasta madrileño compone una película que se sustenta a través de variados e interesantes elementos y marcos. Por un lado, tenemos el documental testimonial, donde varias víctimas de “Billy”, en los lugares de infausto recuerdo (como lo hacía Rithy Panh en S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos), explican sus orígenes de activismo político en la década de los setenta, sus detenciones y sus torturas a manos del susodicho. A esas imágenes se le van entrelazando material de archivo, en un trabajo my serio de found footage, con otros momentos musicales con canciones de protesta de la época en las que escuchamos a nombres tan importantes como Serrat y María del Mar Bonet, entre otros, y finalmente, imágenes de películas de ficción, la citada sobre el famoso pistolero, Siete días de enero, (1979), de Juan Antonio Bardem, sobre los asesinatos de los abogados de la calle Atocha, donde un personaje estaba basado en “Billy el niño”.

Todo ese compendio de imágenes propias y ajenas, ayuda a reconstruir o podríamos decir, a desenterrar la figura del célebre torturador, del que vemos algunas imágenes de archivo con el aspecto de entonces y el actual, pasando por incógnito por Madrid, situación que cambió cuando la justicia Argentina quiso extraditarlo, pero la Audiencia Nacional desestimó la demanda en abril del 2014. Billy ayuda a conocer a este siniestro personaje, y solo por eso, ya merece un lugar importante en el documental de este país, aunque no solo se queda ahí, va mucho más allá, porque nos habla de las cloacas oscuras del tardofranquismo y la transición, desmontando toda esa estructura que se empeña en entronizar un período sangriento y extremadamente convulso, descabalgando todos sus no héroes y desmitificándolo todo, en que un tipo como Antonio González Pacheco, se convierte en un personaje completamente revelador de las chapuzas y malas gestiones de la democracia con el franquismo.

El extraordinario trabajo de montaje de la película que firman Clara Martínez Malagelada y Julie Trillo, consiguen ritmo, contenido, sensibilidad, tensión y convierten su relato y su narración breve, de tan solo 70 minutos, en un caleidoscopio imaginativo, profundo, absorbente, valiente y magnífico en el trato al material encontrado, a los testimonios y la conjunción de todos esos elementos y miradas y texturas para construir un documento que destapa a verdugos y sistemas podridos, pero lo hace con intensidad, naturalidad y sobriedad. Billy  tiene mucho de cine de guerrilla, porque no ha recibido ninguna ayuda estatal, y su financiación se ha conseguido gracias al micro mecenazgo de personas que han contribuido a su producción, otro síntoma triste y sintomático de la relación del poder con ese pasado franquista, en una inútil tarea de meter la mierda bajo la alfombra y esperar la desaparición de testigos y olvido de todos. Billy, al igual que otras películas que siguen escarbando como El silencio de otros y Lesa Humanitat, por citar algunas de las más recientes, que no solo demuestran la ineficacia del estado mal llamado democrático, sino que ayudan a seguir esclareciendo y nombrando a todos los que asesinaron, a todos los desaparecidos, y a los que siguen hablando de lo que vivieron, aunque en este deshonroso país no hagan nada el poder que debe, por humanidad, hacerlo. Habrá que seguir haciendo películas, escribiendo libros, cantando canciones, investigando y trabajando incansablemente para que nada de todo eso quede en el olvido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Traidores, de Jon Viar

MI PADRE ERA UN TRAIDOR.

“(…) Supongo que el cine me ayudaba a escapar de lo real. La vida cotidiana en aquellos años no era fácil para mí, en el País Vasco. MI padre era psiquiatra y psicoanalista lacaniano. Me animaba a ver películas y realizar mis guiones delirantes. Siempre fue un hombre recto y muy bueno, pero tenía un pasado… muy oscuro. Un pasado que siempre le persiguió. Un pasado del que nunca logró escapar. Lo que más me sorprendía ya entonces, es que para muchas personas mi padre era un traidor”.

El documental, por su estructura e idiosincrasia, es un espacio muy dado para hablar sobre la familia, desde un ámbito íntimo y profundamente personal,un ejercicio de investigación para rebuscar en el archivo doméstico para hurgar en el pasado de los padres y abuelos. Muchos relatos, historias y fábulas enterrados en el olvido que la película ayudará a que tengan esa luz que las circunstancias le han negado, y sobre todo, ayudan a entender mejor los avatares del pasado y sin lugar a dudas, a entender y las razones de los padres. Documentales como Nadar, de Carla Subirana, África 815, de Pilar Monsell, Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández y Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón, entre otros, son algunas muestras de este proceso de búsqueda de los hijos con el pasado familiar.

Traidores, opera prima de Jon Viar (Bilbao, 1985), se centra en el pasado familiar de su padre Iñaki, y su pertenencia a ETA en aquellos años de mediados de los sesenta, su frustrado intento de bomba en la bolsa de Bilbao, su posterior detención, el proceso de Burgos, su condena a ocho años de prisión, su intento de fuga y demás relatos de aquella España franquista. Y no solo se queda ahí, el recorrido de la película abarca hasta nuestros días, con el abandono de ETA de Iñaki y su posición contraria a los asesinatos de la banda en tiempo de democracia. Viar hijo estructura su película mediante tres pilares básicos, el archivo familiar y el televisivo, su voz en off para, desde una posición íntima como todo lo que ocurría afectaba de forma personal a su familia y a él, con su toma de conciencia a medida que iba creciendo, y la filmación de los testimonios de antiguos camaradas de su padre en ETA y su posterior rechazo a la banda como Mikel Azurmendi, Jon Juaristi, Teo Uriarte, Ander Landaburu, Javier Elorrieta, Lucas Gortazar.

Los testimonios nos ayudan a entender cómo empezó ETA, como continuó, su posición ideológica, y sobre todo, el clima y la atmósfera tan dividida que se vivió casi medio siglo en el País Vasco. Traidores tiene el aroma de “El cuento del traidor y el héroe”, de Borges, donde el insigne escritor argentino recogía la delgadísima línea entre la ideología, las circunstancias personales, y la construcción del pasado. Porque la película de Viar quiere y consigue, de forma directa e íntima, hacer un recorrido exhaustivo desde lo personal, de todos los años desde que se formó ETA, con su antifranquismo, y después, con su lucha por la independencia vasca a punta de pistola, capturando unos testimonios esenciales que estuvieron al principio de todo, y después, su cambio ideológico y su postura ante los asesinatos de la banda. Traidores no es una película de inocentes y culpables, sino que se trata de un documento sincero y transparente de unos hombres que se creían nacionalistas y patriotas, y el tiempo, la cárcel y las actividades de ETA, les hicieron tomar posturas muy diferentes a las que creyeron en la juventud.

La película explica toda aquella atmósfera que durante tantos años se instaló en el País Vasco, donde la cotidianidad se veía muy alterada por las continuas amenazas de muerte a aquellos que criticaban las actuaciones de ETA, los escoltas, los asesinatos de conocidos o amigos, las bombas que explotaban cerca de casa, y demás tensiones, angustia y miedo. Traidores se suma a toda esa filmografía que, desde una perspectiva documental y profunda, recoge la complejidad del conflicto vasco con grandes títulos como Asesinato en febrero, de Eterio Ortega, La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, El infierno vasco, de Iñaki Arteta, el citado Mudar la piel, sobre uno de los negociadores entre el gobierno español y ETA, y el más reciente, Non Dago Mikel?, de Miguel Ángel Llamas y Amaia Merino, que rescata la desaparición de Mikel Zabalza confundido con un etarra, entre otros. Solo son una muestra de las diferentes perspectivas y posiciones que los cineastas han asumido para abordar el tema, siempre desde una posición desde lo personal e íntimo, profundizando en los males del pasado y en todas las heridas provocadas y difíciles de cerrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Olea… ¡Más alto!, de Pablo Malo

PEDRO OLEA, DE OFICIO CINEASTA.

“Con la edad uno tiene una visión cariñosa del pasado”.

Pedro Olea

El maravilloso plano que cierra Tormento, con ese rostro rígido y lleno de odio de Concha Velasco, con una de esas miradas que cortan el viento, viendo marcharse el tren, donde viajan todas sus ilusiones y deseos marchitados, y de repente, de su boca salen las palabras: “Puta, puta, puta…”. Una mirada que ya forma parte de la historia de nuestro cine, a la que le sucederán otras, de tantas películas de la carrera de Pedro Olea (Bilbao, 1938), y de esa manera, tan elocuente y especial, se abre la película Olea… ¡Más alto!, sincero y rendido homenaje a uno de los cineastas más comprometidos y audaces del cine español, cuando ser comprometido y audaz podía costar muy caro. Si echamos la vista atrás, nos encontramos con el magnífico documental A propósito de Buñuel (1999), de José Luis López-Linares y Javier Rioyo, autores de Asaltar los cielos (1996) o Extranjeros de sí mismos (2001), entre otros, sobre la extraordinaria figura de Luis Buñuel, para encontrarnos con películas-homenaje sobre los que hacen el cine. Será con el nuevo siglo, que jóvenes talentos miran a sus maestros, a las figuras que tanto admiran y que tanto han aprendido, como el caso de Virginia García del Pino que hizo Basilio Martín Patino. La décima carta  (2014), y Félix Viscarret hizo lo propio en Saura(s) en el 2017. Aproximaciones personales e interesantes que recorren no solo la vida profesional, sino aquella más desconocida, la personal, en un viaje que habla de quizás, la parte más importante de la cinematografía española.

El director Pablo Malo (San Sebastián, 1965), al que conocemos por películas tan estimables como Frío sol de invierno (2004), La sombra de nadie (2006) o Lasa y Zabala (2014), entre otras, se pone detrás de las cámaras, y de la mano del propio Olea, nos conduce por su vida y milagros, arrancando con sus años de infante estudiando en los Maristas de Bilbao, donde un sacerdote le insto a alzar la voz, instante que le despertó la vocación de cineasta, ya que quería ser como el cura y mandar, pero en el cine, de ahí el título de la película, su traslado a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Cine, los cortos de género que hizo en la escuela, su admiración con profesores ilustres como Luis García berlanga o Carlos Saura, su debut con Días de viejo color (1967), sus películas con José Luis López Vázquez de protagonista, El bosque del lobo (1970) y No es bueno que el hombre esté solo (1973), las que hizo con Concha Velasco, la citada Tormento (1974), Pim, pam, pum… ¡Fuego! (1975) y Más allá del jardín (1996), el pelotazo de Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), las que produjo él y no fueron lo deseosamente bien, como Akelarre (1984), Bandera negra (1986), o Morirás en Chafarinas (1995), y las que sí, como El maestro de esgrima (1992), sus recordados y admirados trabajos para televisión, su incursión en el universo de Isabel Pantoja con El día que nací yo (1991), el melodrama Tiempo de tormenta (2003), y su película La conspiración (2012), vetada por el PP.

Recorreremos algunos de los lugares de rodaje de la mano de Olea, como esas maravillosas localizaciones de El bosque del lobo, viendo su estado actual, algún diálogo con sus habitantes, y su contraplano, como aparecían en la película, en uno de esos momentos maravillosos entre la vida y el cine, entre la realidad y la ficción, y el paso del tiempo, en que Olea no solo vuelve al lugar de los hechos, sino que lo hace desde la honestidad y el amor por un tiempo y su trabajo. Como no podía ser de otra manera, tendremos la oportunidad de ver el otro lado del espejo, compañeros y colegas de profesión hablando de Olea, así que escucharemos a algunos cómplices de su travesía como José Sacristán, el inolvidable protagonista de Un hombre llamado Flor de Otoño, Víctor Manuel, José Frade, productor de sus primeras películas, Jorge Sanz, José Luis Garci, Maribel Martín, Imanol Uribe, los desaparecidos Diego Galán y Arturo Fernández, y muchos otros, y ese especialísimo encuentro con Concha Velasco, donde recuerdan sus trabajos juntos, tanto en cine como en teatro. La película, no solo se queda en los momentos de amistad, fraternidad y cine, sino que también, nos habla de esos momentos complicados entre el director, con los intérpretes, productores y autores, que no siempre caminaban de la mano, y los entresijos y pozos oscuros del oficio del cine.

El director donostiarra imprime ritmo y pausa cuando la película lo requiere, en que la locuacidad y carácter de Olea lo convierten en el anfitrión perfecto, no solo para hablar de su cine, y sus cosas, sino para mirar atrás con amabilidad y crítica, según la ocasión lo estime, de la dificultad de hacer cine por su elevado coste, las relaciones amables y sinceras con algunos intérpretes, los roces con otros, la maldita censura franquista, el recuerdo de los que ya no están, el estado actual de las películas, las deseadas, las que no lo fueron tanto, en fin, todo el amor y el desamor de toda una vida dedicada al cine, un tramo importante que abarca más de medio siglo en la vida de Pedro Olea, uno de esos directores, que aquí tiene su momento, para explicarnos, para escucharlo, para remirar sus planos y encuadres, y sobre todo, para disfrutar de su cine, de su mirada, de su inquebrantable amor hacia el oficio de dirigir y producir películas, con sus sabores y sin sabores, su  compromiso profesional, personal y político, de su lucha, contra viento y marea, para levantar sus películas, de un tiempo que describe tanto de qué pie cojeaba la sociedad española de entonces, y la de ahora, porque entre unos y otros, y más cambios, la verdadera idiosincrasia sigue siendo la misma, o quizás, haya cambiado, pero no tanto como algunos piensan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los europeos, de Víctor García León

¡QUÉ LEJOS QUEDA EUROPA!.

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”.

Rafael Azcona

El final de El verdugo (1963), de Berlanga (si permítanme hablar del final, a estas alturas ya deberían conocerla), en la Rafael Azcona era coautor del guión, asistimos a un hecho insólito, cuando el protagonista, después de llevar a cabo su oficio de verdugo, se sube al barco que le llevará de vuelta a Madrid, y la cámara se desplaza un poco hacia la izquierda, y nos tropezamos con un grupo de turistas extranjeros, a bordo de un yate a punto de zarpar, disfrutando del sol y la vida de Mallorca. El mensaje de Berlanga-Azcona no dejaba lugar a dudas, mientras, unos, los españoles, padecían la losa del franquismo, otros, los europeos, disfrutaban de la vida, y por ende, de la libertad. Seis décadas después de su publicación, Los europeos, la novela de Azcona por fin ve la luz. Y lo hace en una adaptación escrita por Bernardo Sánchez, vinculado en muchas ocasiones al universo Azconiano en el teatro, ya que adaptó El verdugo, o en el cine, como coguionista de Los muertos no se tocan, nene (2011), que dirigió José Luis García Sánchez, y la guionista Marta Libertad Castillo, con trayectoria televisiva.

El director escogido ha sido Víctor García León (Madrid, 1976), del que habíamos visto las interesantes Más pena que gloria (2001), que nos contaba las vicisitudes de un adolescente romántico, y Vete de mí (2006), en la que un padre actor recibía la visita inesperada de su hijo inmaduro, ambas coescritas con Jonás Trueba. Años después volvimos a reencontrarnos con su cine con Selfie (2017), donde a través de un fake seguía las andanzas de un hijo de político corrupto. La acción arranca a finales de los cincuenta, cuando Antonio, el hijo del patrón, resultón, vividor y pícaro, con ese bigotito, se lleva unas semanas a Miguel, delineante y empleado de su padre, apático, bobalicón y temeroso, a descubrir Ibiza, por aquel entonces una especie de paraíso terrenal, un espejismo de la liberación, donde los españolitos de a pie, jugaban a ser otros, a sentirse diferentes, a ver la vida de otro color, olvidándose, aunque fuera por un breve período de tiempo, de esa vida anodina, triste, represiva, nacional católica y en blanco y negro. Los dos treintañeros tienen un objetivo claro, playa, sol, juergas nocturnas y sobre todo, ligar con extranjeras.

Todo parece ir sobre ruedas, las fiestas se suceden, hay algún que otro escarceo amoroso, Antonio, con sus extranjeras, como no, y Miguel, con alguna que otra valenciana, pero nada del otro jueves, hasta que aparece Odette, una bellísima y liberal francesa, que lo cambiará todo para el apagado delineante. Si bien, la película se divide en dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos a la liberación de los dos jóvenes, o podríamos decir más exactamente, a ese oasis de isla perdida, apartada del mundo, donde todo parece posible, incluso lo imposible, donde ellos, por un instante, se sienten europeos, como esa tribu de colores y pieles claras, con las que se tropiezan y confraternizan por las noches. Pero, en la segunda mitad de la película, el tono cambia, y la fiesta, da lugar primero al amor, a un romanticismo ataviado de verano, de días sin fin, noches locas y tiempo detenido, como si fuese a ser así para siempre, como ocurría en Un verano con Mónica, de Bergman, y de repente, estalla la realidad, como también sucedía en la película del genio sueco, y el sol se esconde en el horizonte, el fresco empieza a asomar, la gente empieza a vaciar las playas, y el verano toca a su fin, y hay que volver a casa. En la película, esa vuelta a la realidad se torna en embarazo no deseado y hay todo cambia. En la España de los cincuenta, un embarazo no deseado complicaba mucho las cosas, y además fruto de un amor de verano, tan fugaz como los días de vacaciones, aunque hay está Antonio que mueve sus hilos y genera una situación para las partes condenadas.

García León vuelve a contar con colaboradores conocidos, en la cinematografía a Eva Díaz, que ya estuvo en Selfie, y con Buster Franco, el montador que trabajó con él en las dos temporadas de Vota Juan, bien acompañado de esa música que inunda Ibiza, los temas modernos, que decían en Viridiana, de Buñuel, bailando toda la noche junto al mar, soñando con un mundo distópico, un universo irreal y tan diferente a esa realidad sucia, oscura y represiva que existía en la España franquista. El genio y el corrosivo humor de Azcona baña toda el relato, mostrando la España negra y franquista, a través de las acciones de dos ejemplares característicos, con su costumbrismo que arrastran, comportándose como lo que son, dos almas en pena, más tristes que la figura de Don Quijote, bajo la mirada inteligente de Acona, con esa innegable capacidad de tratar los elementos más cotidianos, a través de ese humor negro, de ser capaz de reírse de todos, y sobre todo, de uno mismo, de la inteligencia de pasar de la comedia al drama en una sola frase, con diálogos maravilloso que, no solo explican las emociones de los personajes, sino ese pesar y vacío, aunque estén en ese paraíso real y soñado a la vez, transmitiendo con sabiduría ese sentir tan nuestro que, por aquel entonces, nos convertíamos en una especie de extraterrestre cuando salíamos del país tradicionalista que nos había tocado vivir, pasmados y asombrados por las reliquias extranjeras, envidioso de unas vidas tan modernas y sobre todo, que a nuestros ojos, parecían tan libres.

Juan Diego Botto (que ya estuvo en Vete de mí), es Antonio, el hijo de papá, el perfecto anfitrión y maestro de ceremonias de estos “Días de viejo color”, como la película de Olea. A su lado, Raúl Arévalo, que borda el papel de Miguel, ese chico de provincias, que vive en una miserable habitación, y que hunde sus sueños en un trabajito y una vida apocada, encuentra en Odette, fantástica la actriz Stéphane Caillard, dando el contrapunto de vida, amor y libertad, que tanto ansían los españolitos protagonistas, y luego, un grupito de secundarios que dan ese toque profundo a las diferentes existencias que pululan por esa Ibiza, como Boris Ruiz, ese taxista juerguista, que después nos sorprende en el segundo tramo del relato, o Carolina Lapausa como Vicen, esa valenciana, perdida e infeliz, que otro verano más deambula por la felicidad sin saber distinguirla. Los europeos es una película inteligente, audaz y rítmica, un grandioso homenaje a la pluma y el universo de Azcona, porque para muchas cosas, seguimos siendo los Antonio y Miguel de la película, atrapados en un complejo de inferioridad frente a Europa, a la que seguimos viendo como otra cosa, tan diferente a nosotros y a lo que vivimos, como si no nos creyéramos lo que somos verdaderamente, y todavía, estuviésemos buscándonos en islas perdidas en la que soñar un poquito con bellas sirenas de nombres impronunciables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Eloy Enciso

Entrevista a Eloy Enciso, director de la película “Longa noite”, en el Soho House en Barcelona, el lunes 2 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Enciso, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaria y Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Longa Noite, de Eloy Enciso

LA LARGA NOCHE FRANQUISTA.

“Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”.

Jean-Marie Straub

En la obra teatral Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinistierra, que a su vez hacía referencia a Terror y miseria en el Tercer Reich, de Bertolt Brecht, se hacía un retrato cotidiano de los años de la posguerra, a través de nueve piezas, en el que nos adentrábamos en las existencias difíciles y durísimas de los vencidos y aquellos que apoyaban el régimen, todo contado con una crudeza e intimidad que helaba la sangre. El cineasta galego Eloy Enciso (Lugo, 1975) ya había dejado síntomas de su talento narrativo y formal en películas como Pic-nic (2007) en el describía con acierto y crítica el llamado “tiempo libre” de unas personas en una playa en pleno mes de agosto. Con Arraianos (2012) nos situaba en un pequeño pueblo perdido en las montañas de la frontera entre Galicia y Portugal, para describirnos un mundo mágico, sincero y cotidiano, entre la verdad y el sueño, protagonizado por los mismos habitantes.

Ahora, y siguiendo el marco que proponía en su obra Sanchis Siniestierra, se adentra en aquel primer franquismo, aquel que abarca del año 1939 al 1953, para contarnos la vuelta de un represaliado de nombre Anxo a su pueblo en la montaña, a través de tres capítulos o partes, en un camino con el que se cruzará a diferentes personajes en su cotidianidad, unos vencidos y otros vencedores,  como un hombre y una mujer pobres que piden en la puerta de una iglesia, una viuda que no quiere recordar, un comerciante que emigra, un prisionero republicano que describe su calvario, un comerciante con ideas liberales, o una señora en una estación con un discurso de derrota, o el alcalde populista y demás historias de exilio, miedo y represión de aquella España rota y desangrada. Todo articulado a través de diálogos basados en textos de autores como Rodolfo Fogwill, Max Aub, Alfonso Sastre, José Mª Aroca, Luis Seoane, Ramón De Valenzuela, Marinhas del Valle, Ángeles Malonda, divididos en los tres bloques anunciados. El exilio sería el primero, el segundo abarcaría aquellos que se quedaron, los que sufrieron la venganza y la represión franquista, y finalmente, en el tercer tramo, escucharemos las cartas de prisioneros y prisioneras que envían a sus familias y amigos desde la cárcel.

Enciso realiza un bellísimo y aterrador viaje hacia las profundidades del franquismo, a través de la figura de Anxo, que lentamente se irá convirtiendo en ese fantasma envuelto entre la bruma y la espesor del bosque de los espectros, de aquellos olvidados, de los que ya no tienen voz, de los desaparecidos, de todos los que perecieron ante la crueldad franquista. Una película poética, sincera e íntima que evoca aquellos años para entender los actuales, para analizar desde el prisma cotidiano de tantas personas ejecutadas y perseguidas, lanzando una mirada llena de amargura y soledad de cómo se construyeron los cimientos del estado actual, a partir de tantos olvidos, desaparecidos y crueldad. La exquisita y hermosísima luz de Mauro Herce, cinematógrafo indispensable en el cine gallego actual más crítico y audaz, nos envuelve de ese aroma cotidiano del aquí y ahora, a través de la sinceridad y la dureza de unos rostros perdidos y rotos, y unos espacios que van desde la más absoluta cotidianidad urbana, con esa luz apagada y cruda, para lentamente adentrarnos en la naturaleza y en ese bosque perdido, con esa luz más artificial y espectral, con ecos a la luz que hizo Teo Escamilla para Feroz, de Gutiérrez Aragón, donde parecen encontrarse todas las almas torturadas y olvidadas.

El penetrante y suave montaje de Patricia Saramago (habitual del cine de Rita Azevedo Gomes o Pedro Costa) que sabe captar esa armonía que tanto necesita una película que no solo muestra rostros y cuerpos sino que abre la puerta para que nos adentramos en las almas y conciencias de sus personajes, y sobre todo, en todo aquello que han perdido y jamás volverá. Y qué decir de la conmovedora y sensibilidad de las interpretaciones de este grupo humano que encarnan a los personajes, reclutados entre los grupos de teatro aficionados gallegos, de gran tradición en Galicia, que construyen unas miradas, rostros y diálogos desde la verdad, desde lo más profundo, y desde lo poético. Enciso recoge el aroma de las películas del este como el cine de Klimov o Tarkovski, como ese viaje por el río donde nos adentramos en otro mundo, en otra dimensión, cruzando esa frontera, tanto física como emocional, donde el agua y el sueño se confunden para crear un espacio espectral y poético, con aquel aroma de viaje-pasado-sueño que podemos ver en el Carlos Saura de La prima Angélica, en el cine de Theo Angelopoulos de La mirada de Ulises, el de Pedro Costa de Cavalo dinheiro (2014) el de Apichatpong Weresethakul de Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) o el de Bi Gan en Largo viaje hacia la noche (2018) con resonancias evidentes con la película de Enciso, en la que sus personajes volvían de manera física y emocional a aquellos momentos de su memoria que siguen vivos en su interior.

Enciso vuelve no solo a la memoria de unas gentes sino a toda la memoria de un país, evocando aquellos años de oscuridad, con una película evocadora, de rescate, de mirar al pasado, a nuestro pasado, siguiendo a Anxo, a alguien que no habla, que no emite palabras, porque quizás ya no quedan, que entrega una carta, convertido en testigo de todo, en una voz y cuerpo de tantos otros que ya no están. El cineasta galego ha construido una obra de gran calado cinematográfico, envolviéndonos en aquellos años de terror y miseria del franquismo, evocando aquellos fantasmas olvidados, aquellos fantasmas tan presentes en la actualidad, aquellos muertos sin dignidad, tantos y tantos que murieron en el olvido, abocados a la fosa del olvido, que siguen violentando un presente demasiado ensimismado en sí mismo, aterido de frío, incapaz de mirar al pasado y rendir cuentas de todo aquello, a mirarse en aquel espejo de violencia y muerte y no sentirse cobarde y ciego ante tanta injusticia cometida, donde la película de Enciso se erige en una película de recuperación y memoria, sobre la dignidad de tantos, sobre lo que fuimos y somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paloma Zapata

Entrevista a Paloma Zapata, directora de la película “Peret, yo soy la rumba”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paloma Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Guillermo Toledo

Entrevista a Guillermo Toledo, actor de la película “El Rey”, de Alberto San Juan y Valentín Álvarez, en el Hotel Expo en Barcelona, el miércoles 5 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo Toledo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja e Irene Ballesteros de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Alberto San Juan

Entrevista a Alberto San Juan, actor y codirector de la película “El Rey”, en el Hotel Expo en Barcelona, el miércoles 5 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto San Juan, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja e Irene Ballesteros de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.