Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yunan, de Ameer Fakher Eldin

EL PAISAJE INTERIOR. 

“Nadie llega sólo a ningún lado, mucho menos al exilio… Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura”. 

De “Pedagogía de la esperanza”, de Paulo Freire

La película se abre de una forma contundente y directa ya que vemos al protagonista sometiéndose a unas pruebas médicas. El diagnóstico es claro: no es físico, sus ahogos los provoca su estado emocional. Los primeros minutos nos sitúan en la tristeza de Munir, un escritor árabe exiliado en la fría y fea Hamburgo, que vive aislado, y no puede escribir, además, está preocupado por el bienestar de su familia y su país. Sólo le queda el suicidio y con esa intención viaja a una isla remota del Mar del Norte. En ese lugar de naturaleza salvaje y hostil y un mar a punto de devorarlo todo, conocerá a dos de sus pocos habitantes: Valeska, una octogenaria que es su casera, silenciosa, afable y cercana, y Karl, el hijo de ésta, más gruñón, malcarado y hostil con el forastero. Munir, sumido en su terrible desesperación, y extranjero de todo y todos, vivirá una existencia de mucha introspección y reflexión. 

Segunda película de la trilogía sobre el exilio y el sentido de hogar que se inauguró con The Stranger (2021), del director de origen sirio Ameer Fakher Eldin (Kiev, Ucrania, 1991), situada en los Altos del Golán ocupados y la relación que se establece de un médico rebelde y un soldado sirio herido. En esta ocasión, reflexiona sobre la soledad y la depresión de un escritor sólo en Alemania, y lo hace con una película que recuerda en tono y forma al cine de Angelopoulos y Nuri Bilge Ceylan, que retratan el desarraigo y la desesperación del huido, con un tempo entrelazado con la atmósfera y el paisaje como reflejo del alma triste y solitaria, atrapada en una rutina que se torna insoportable y sin salida. El paisaje de la isla, en mitad de la nada y alejado de todo, simboliza ese estado de expulsado que persigue a Munir, donde sus habitantes tan diferentes y con diferente estado de ánimo, ayudarán al escritor que no escribe a sentirse menos sólo y sobre todo, menos incapaz de sobrellevar su pesada y asfixiante existencia. El director impone un ritmo pausado, muy tranquilo y apacible, donde la trama es invisible, inexistente, porque todo gira en torno a lo que no vemos, a esas locuras internas que nos someten a una vida carente de vida, a una no vida muy oscura y pesada.

La cinematografía pesada y concisa que firma Ronald Plante, con más de 34 películas en su filmografía junto a directores como Winterbottom, Falardeau, y series reconocidas como Heridas abiertas, entre otras. Una luz tenue y apagada, con tonos sombríos, llena de colores apagados y en un estado de grisáceo recurrente ayudan a retratar un lugar y sobre todo, un estado de ánimo. El gran trabajo de sonido del dúo Markus Stemier y Song Kuen-Il recoge con intensidad todo el detallado espacio sonoro de la isla, donde los agentes atmosféricos tienen una relevancia cumbre en el devenir de la trama. La música de Suad Lakisic Bushnaq, con experiencia en el cine, nos sitúa y desgrana con sutileza y sin complacencia el estado emocional de Munir, y lo hace con unas composiciones llenas de agitación y magnífica. El preciso y complejo montaje que firma el propio director nos lleva a los 124 minutos de metraje que se ven sin grandes acontecimientos, quizás, aquellos tan invisibles que, en realidad, son los que nos hace humanos de verdad, esas cotidianidades tan necesarias como comer, beber, contarse o estar en silencio con la compañía adecuada, la que sabe escuchar, sentir y querer sin ataduras.

Un reparto de pocas palabras que se apoya en lo esencial, es decir, la mirada y el gesto, en el que destaca un trío excelente empezando por Georges Khabbaz en la piel de Munir, un actor libanés que conocimos como un profesor de música en Ghadi (2013), de Amin Dora. Después la maravillosa presencia de una gran del cine europeo como Hannah Schygulla, con más de 80 películas en casi 60 años de carrera al lado de Fassbinder, con el que hizo 20 títulos, amén de Godard, Wenders, Scola, Saura, Wajda, Ferreri, casi nada. Y el peculiar trío lo cierra el actor alemán Tom Wlaschiha, visto en series tan exitosas como Juego de tronos y Das Boot, y la pareja que forman el gran actor palestino israelí Ali Suliman, que tiene en su haber nombres tan importantes como Hany Abu-Assad, Eran Riklis, Elia Suleiman, Ziad Doueri y Ridley Scott, y la actriz turco alemana Sibel Kekilli, la inolvidable protagonista de Gegen Die Wand (2004), de Fatih Akin. La extraordinaria Yunan, de Ameer Fakher Eldin nos habla de exilio, de desarraigo, de viajes no deseados, de soledad, de locura, de depresión, y sobre todo, de la pérdida y la oscuridad, pero también, nos habla de la incertidumbre de la existencia que, a veces, puede ser muy mala, y en cambio, en otras, quizás sea nuestra última tabla para encontrar un resquicio de lo que sea, que se convierta en algo inesperado, accidental, como cuando la naturaleza impone su presencia salvaje, libre y bella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Turno de guardia, de Petra Volpe

CUIDAR Y CUIDARSE. 

“El coraje no siempre ruge. A veces el coraje es la voz tranquila al final del día que dice: Lo intentaré de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher 

Hay películas que se sostienen por su historia, que indaga y reflexiona de modo personal y profundo a partir de personajes completos metidos en conflictos de órdago, y también, por sus intérpretes, que componen personajes inolvidables por su carácter, su forma de ser y hacer, en los que el actor/actriz de turno pone mucho de sí mismo, capturando toda el alma de la película. En el caso de Turno de guardia (en el original, “Heldin”, traducido como “Heroína”, de Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970), tenemos a Leonie Benesch, quizás una de las mejores actrices europeas más importantes del momento, porque sus tres últimas interpretaciones son absolutamente demoledoras, de las que dejen huella. A saber, Sala de profesores (2023), de Ilker Çatak, una profesora idealista que se topará con la cruda realidad. en Septiembre 5 (2024), de Tim Fehlbaum, una periodista rodeada de colegas durante el atentado y secuestro en Munich 1972. Y Floria, la enfermera que nos ocupa. 

Volpe ha hilado muy fino en sus dos anteriores películas, construidas a partir de dos voces femeninas. En su debut en el largometraje Traumland (2013), seguía a una prostituta y su relación con otros personajes durante la Nochebuena. En El orden divino (2017), vista por estos lares, el turno era de Nora, una esposa, ama de casa y madre que, ante la prohibición de trabajar de su marido, crea un grupo de mujeres en lucha en un pequeño pueblo de la Suiza de 1971. Floria, su tercera heroína, como indica su título original, es una enfermera a la que sigue en su turno de tarde que, encima, debe hacer frente a la baja de una compañera que origina una gran carga de trabajo y no hacer bien su tarea. Un guion preciso, modélico y nada complaciente, que consigue sumergirnos en la cotidianidad de una enfermera vocacional, trabajadora y que se esfuerza por hacer bien su trabajo. La directora helvética retrata una realidad difícil y cruda que sufren diariamente cientos de miles cuidadoras enfrentadas a la escasez gubernamental de su especialidad, que provoca bajas indefinidas y falta de vocación, obligando a un trabajo estresante, lleno de recortes y con una gran carga emocional, como le sucede a Floria, que la veremos pasar por innumerables altibajos emocionales debidos a las circunstancias de lo mal gestionado que está su oficio por parte de las esferas. 

De la parte técnica sólo podemos elogiar el inmenso trabajo de la película empezando por la natural y transparente cinematografía de Judith Kaufmann, con más de 40 títulos, amén de codirigir junto a Georg Maas, Dos vidas y La grandeza de la vida. Su trabajo construido a través de la mirada, el gesto y el movimiento físico de la enfermera, nos lleva a partir de planos secuencias y una cámara en continua agitación que lo traspasa todo generando esa atmósfera de documento preciso, instante y muy real sin recurrir a los artificios tan vistos en series y películas de hospitales. La música que firma Emilie Levienaise-Farrouch, de la que vimos su excelente trabajo en Desconocidos (2023), de Andrew Haigh, ayuda a puntuar los instantes de aparente paz y concordia entre la enfermera y los enfermos y sus familiares, y otros momentos de tensión y nerviosismo donde asistimos a un cuento de terror de lo cotidiano donde se cruza el miedo y el dolor. El montaje de un grande en la cinematografía alemana como Hansjörg Weissbrich, con más de tres décadas de carrera en las que ha trabajado en más de 60 películas, al lado de grandes como Hans-Christian Schmid, Bille August, Sokurov, Maria Schrader, von Trotta y Serebrennikov, entre otros. Su edición se basa en la sobriedad y el detalle y el corte puro, sin embellecer ni simplón, sino con la idea de verdad que planea en la trama en sus 92 minutos de metraje. 

Ya hemos alabado la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que arrancó su carrera como actriz en la impresionante La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. Su Floria es una interpretación magnífica, de las que las aspirantes a actriz deberían aprender de memoria, porque expresa todo un bagaje emocional frenético desde la mirada, el gesto y un silencio atronador que la deja exhausta y sin fuerzas. Una composición sobre el hecho transformador de cuidar y sobre todo, cuidarse. Le acompañan Sonja Riesen, otra enfermera, Urs Bihler, un enfermo que no tiene noticias, Margherita Schoch, otra enferma perdida, y Jürg Plüss, un impaciente e impertinente paciente. Una película como Turno de guardia, de Petra Volpe, debería ser de visión obligatoria, por sus valores cinematográficos que son muchos y sobrados, por su arrojo de penetrar con la cámara a las oscuridades y pequeñas alegrías que se suceden en los hospitales, y sobre todo, por su gran capacidad para trasladar al cine los conflictos laborales y emocionales que padecen cada día las enfermeras, una profesión muy dura y asfixiante que pone a prueba a sus profesionales continuamente, una profesión capital que cuida a la que pocos o nadie cuida que la película sitúa el foco, pocas veces visto de esta forma tan realista y desde dentro. Por favor, no se la pierdan, seguro que les deja algo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Si pudiera, te daría una patada, de Mary Bronstein

UNA MADRE AL LÍMITE. 

“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”. 

Virginia Woolf

En la magnífica “Una mujer bajo la influencia” (1974), de John Cassavetes nos tropezamos con Mabel, una mujer que se siente sola, perdida e inestable emocionalmente, vive atrapada por las impecables normas sociales, interpretada por una extraordinaria Gena Rowlands. Una película mítica y fundacional en el hecho de mostrar una realidad que sufrían muchas mujeres, una realidad invisible y oculta que retrataba una cotidianidad que se vivía en silencio y muy dolorosa. Linda, la protagonista de Si pudiera, te daría una patada (en el original, “If I Had Legs I’d Kick You”), es una descendiente directa de Mabel, porque, años después, la situación de muchas mujeres continúa igual. Linda es madre de una niña con una enfermedad rara, el marido trabaja fuera y por ende, se enfrenta sola a la incertidumbre e inquietud de no conocer qué le sucede a su hija pequeña. Además, un extraño agujero en su casa, la lleva a vivir en un motel en que su inestabilidad aún se recrudecerá aún mucho más. 

Segunda película de Mary Bronstein (New York, EE. UU., 1979), después de Yeast (2008), protagonizada por una tiránica y emocionalmente inestable que lucha por volver a ser amiga de sus amigos protagonizada por Greta Gerwig y la propia directora. A partir de un guion muy imaginativo en el que se mezclan varios géneros y texturas que van desde del drama íntimo y oscuro, en que lo social ayuda a retratar muchas realidades invisibles, y el fantástico como motor de algo psíquico muy del gusto de Polanski y Lynch, con algunas dosis de humor negro. La película tiene una atmósfera muy conseguida, en la que viajamos por esa otra América, más cotidiana y superficial, donde el traslado al citado motel, envuelve la trama en un cuento de hadas pesadillesco, donde la historia se torna llena de personajes de la noche, que vagan de aquí para allá, donde las adicciones de la protagonista salen a relucir con más fuerza, en ese continuo viaje psicótico por el que se mueve la película, a partir de fuertes contrastes, entre el día y la noche, con esa existencia que deambula, agitadísima y sin consuelo, donde la madre va cayendo a su particular infierno que parece no tener fin, tan sola e incomprendida por todos y por todo. 

La directora neoyorquina se ha rodeado de un excelente equipo empezando por la productora Sara Murphy, responsable de las dos últimas películas de Paul Thomas Anderson, y de otros grandes títulos indies como Nunca, casi nunca, a veces, siempre, y El blues de Dale Street, entre otros. El cinematógrafo Christopher Messina, que ha trabajado mucho en los documentales de Adam Bhala Lough, amén de Fourteen, de Dan Sallitt, impone una luz intensa y corporeal por el día, y atmosférica de noche, que traspasa la pantalla situándonos en el epicentro de la protagonista, que la sentimos hasta muy adentro. El sonido de Filipe Messenger, responsable de títulos como El faro, de Robert Eggers, y la más reciente Weapons, contribuye a dotar a la película de esa fuerza caótica y tremendamente física y asfixiante por la que se mueve. El montaje lo filma Lucian Johnston, que edita las películas del reconocido Ari Aster, y La tragedia de Macbeth, de Joel Coen. Un gran trabajo de edición que nos lleva en volandas por casi las dos horas de metraje, llevándonos a través de los altibajos de una mujer que va en modo zombie por su existencia, intentando mantenerse firme en un descenso a las catatumbas en caída libre que no parece acabarse. 

Si la elección de cualquier intérprete principal es crucial en el caso de Si pudiera, te daría una patada, resulta definitorio para el devenir de la película, porque la elección de Rose Byrne ha resultado ser un extraordinario acierto porque la composición de la actriz australiana es abrumadora, de una sobriedad absoluta en este viaje-diario a la oscuridad más profunda del alma en esta travesía con una Alicia adulta y madre en su particular experiencia por el país de las oscuridades. A la actriz, después de más de sesenta títulos, casi todos mainstream, le llega una oportunidad que ha sabido aprovechar en uno de los trabajos del año premiado en el prestigioso Festival de Berlín. Le acompañan Conan O’brien, uno de esos secundarios efectivos que hemos visto en muchas películas haciendo de un colega muy curioso, y el rapero ASAP Rocky, que sale en la nueva de Spike Lee, siendo un amigo accidental en su nueva vida en el exilio del motel. Nos quedamos con el nombre de Mary Bronstein, porque su película me ha gustado porque indaga en situaciones poco tratadas en el cine, y que ahora, las directoras están reflejando en películas tan interesantes como Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, y Salve Maria, de Mar Coll. Todas películas que usan el género para sumergirnos en la maternidad mala, aquella apegada a una realidad más cruda, difícil y oscura, muy alejada de lo idílico que nos han vendido siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté

LOS ANCIANOS DE GAËLLE. 

“La vejez no es una enfermedad – es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades”.

Maggie Kuhn 

Si rastreamos las películas estrenadas cada año, resulta sorprendente el poco interés que hay en retratar la vejez de un modo directo y frontal, en la mayoría de ocasiones, la vejez es un acompañamiento sin más, un complemento que ensalza a los protagonistas, que suelen ser jóvenes. Por eso, una película como La isla de la Belladona (en el original, “Belladone”), es muy bienvenida, porque sitúa la vejez en el foco, ya que retrata una triste realidad, la de estos tiempos actuales en los que la vejez se aparta como un trasto viejo que ya no produce. El relato nos sitúa en un futuro indeterminado en que la ley obliga a los ancianos a vivir en residencias (una situación parecida proponía en su arranque la reciente película brasileña “El sendero azul”, de Gabriel Mascaró). Aunque como sucedía con Tereza, que se oponía a tal atropello, unos pocos ancianos resisten en una isla alejada de todos y todo bajo el cuidado de Gaëlle, una joven de 30 años que ha heredado la función humana de su madre. 

El conflicto arranca con la llegada de dos visitantes, la doctora Aline y su hermano marinero David, que trastoca para bien la aparente armonía en la que vivían los habitantes de la isla, eso sí, bajo el recelo de la propia Gaëlle, que se muestra incómoda con esta llegada, ya que los ancianos empiezan a morir. La directora es Alanté Kavaïte (Vilna, Lituania, antigua URSS, 1973), de la que conocíamos su brillante ópera prima El verano de Sangaile (2015), una preciosa y naturista love story de dos chicas. La cineasta lituana nos propone una película vista desde la mirada de Gaëlle, la seguimos y la conocemos tanto en su exterior como en su interior, y las diferentes relaciones que tiene con los ancianos y los visitantes. Estamos ante una película muy reposada y cadente, que huye del efectismo y de las piruetas artificiosas, para plantar la cámara y contar sin prisas y con mucha emoción esta pequeña comunidad que ha decidido resistir y vivir en paz los últimos días. La trama se basa en las diferentes actividades lúdicas y muy divertidas que hacen los habitantes, alejada de prejuicios, convencionalismos y demás torpezas sociales que nos limitan y nos autocensuran constantemente. En ese sentido, la película reivindica la vejez no como un espacio de enfermedad y medicaciones, sino que también espacio para la diversión, la alegría y las risas. 

La naturalista y tranquila luz, tal y como sucedía en la citada El verano de Sangaile, que firma el cinematógrafo chileno Manuel Alberto Claro, habitual de grandes cineastas como Lars von Trier, Amat Escalante, Bille August y Thomas Vinterberg, entre otros, consigue atraparnos a base de cercanía e intimidad que traspasa la pantalla. La música del dúo Nicolas Becker (que ha trabajado con Lucile Hadzihalilovic y Athina Rachel Tsangari), y de Quentin Sirjacq (del que hemos visto la comedia Les folies fermières (2022), de Jean-Pierre Améris), consiguen esa suavidad y paz que emana en todas las secuencias de la película, en que la vejez es una fiesta que compartida es mucha más humana y divertida, y menos oscura y pesimista. El montaje lo firma la veterana Joëlle Hache con más del medio centenar de títulos desde 1973 que le ha llevado a ser la compañera de fatigas de nombres tan importantes en la cinematografía francesa como Alain Cavalier y Patrice Leconte, amén de Nikita Mihalkov y Louis Garrel, entre muchos otros. Una edición que agrupa unos 95 minutos que se ven con mínimo sobresaltos, los justos para generar los conflictos necesarios sin ser efectista ni tramposo.

El reparto funciona estupendamente con intérpretes que miran con serenidad y que usan pocos diálogos, como la magnífica protagonista Nadia Tereszkiewicz, una actriz estupenda que ya nos deslumbró en Mi crimen, de Ozon. Le acompañan los visitantes: Daphne Patakia, que la vimos en Benedetta y Los cinco diablos, y Dali Benssalah, visto en La última reina y Las dos caras de la justicia. Mención aparte tienen el grupo de ancianos capitaneados por Patrick Chesnais, Miou-Miou, Féodor Atkine, Jean-Claude Drouot, Alexandra Stewart y Calibre Magnin, todo un grupo excelente que han trabajado en grandes películas al lado de nombres que han pasado a la historia. No dejen pasar una película como La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté, porque les levantará el ánimo y si pensaban que la vejez era muy oscura, aquí proponen otra mirada, menos dramática y sobre todo, muchísimo más vital, porque la vida no se termina en la vejez, y si la sociedad decide que ya no somos útiles, mejor, así tenemos todo el tiempo del mundo para descansar, mirar de nuevo, divertirnos, reírnos y sobre todo, ser nosotros mismos, eso sí, más lento, sin prisas, y con ganas de vivir a pesar de las enfermedades, porque vida sólo hay una y debemos disfrutarla hasta el final. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Querida flor, de Paolo Cognetti

LA VOZ DE LA MONTAÑA. 

“Quien ha escuchado alguna vez la voz de las montañas, nunca la podrá olvidar”. 

Proverbio Tibetano 

A día de hoy permanecen en mi memoria la historia de Piero y Bruno, los dos protagonistas de la bellísima y emocionante Las ocho montañas (2022), de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Un relato sobre la amistad de dos amigos desde la infancia en las que se habla del paso del tiempo, de los diversos caminos emprendidos, la fraternidad, el compañerismo y la libertad y el coraje de ser quién deseas ser. La película se basaba en la novela homónima de Paolo Cognetti (Milán, Italia, 1978), un novelista y cineasta enamorado de la vida y de las montañas de los Alpes, donde tiene una casa en la que se refugia en sus tiempos de soledad, paz y tranquilidad. De su amor a la montaña conocemos sus publicaciones como Il ragazzo selvático (2017) y Sin llegar nunca a la cumbre (2019), entre otras, amén de su participación como guionista y actor en el documental Sogni di Grande Nord (2021), de Dario Acocella, en que viaje de Italia hacia Alaska visitando paisajes que le inspiraron.

Con Fiore Mio (en el original, “Mi flor”), Cognetti se sitúa como guionista, director y protagonista a partir de la premisa de averiguar porque no baja apenas agua a su casa. Para ello, emprende una travesía montaña arriba con su inseparable perro Laki, en un viaje hacia las cotas más altas de Monte Rosa, en los Alpes, en el que realiza las pertinentes paradas: empezando por su vecino/amigo, siguiendo por los tres refugios que se encuentra por el camino, en el que hay tiempo para hablar de tiempos pasados y futuros, de ausentes y presentes, de caminos interiores, de muchas emociones, de interesantes excursiones para conocer el entorno, con unas imágenes espectaculares donde naturaleza y humano se mezclan en un espacio de quietud y silencio, donde lo salvaje de la naturaleza entra en escena. Cognetti plantea un relato donde interior y exterior se abrazan a través de los encuentros con los amigos, en el que cada uno de ellos exponen sus viajes personales, sus cuentas pendientes y por decidir y todo aquello que viven de la montaña y la montaña les da. Escuchamos reflexiones sobre la existencia, sobre nuestra relación con la naturaleza, las montañas y todo lo que nos encontramos. Estamos ante una película que nos invita a recogernos mientras contemplamos la montaña desde lo más arriba, reflexionando sobre nosotros y los otros. 

La película contiene imágenes que sobrecogen, donde la naturaleza y las montañas traspasan la pantalla en que la cámara recoge toda la aventura cotidiana e íntima de Paolo y sus encuentros. Tenemos al cinematógrafo belga Rubens Impens, habitual del citado Felix Van Groeningen, amén de Joël Vanhoebrouck y la directora francesa Julia Ducournau, entre otros. La música del italiano Vasco Brondi, que tiene una breve aparición en la película, con la inclusión de algunos temas musicales de diversos grupos, ayuda a contemplar unas imágenes que podían caer en una belleza superficial, pero que Cognetti no ensalza en ningún momento, sino que continuamente reflexiona y va situando esos momentos de silencio en que la música desaparece o simplemente, baja el volumen para que así la experiencia sea lo más compartida posible. El italiano Mario Marrone, que ya estuvo en la mencionada Sogni di Grande Nord, se encarga del montaje que, siendo una película de estas características, con esa conjunción entre lo humano en relación con la naturaleza, no resultaba una tarea nada fácil. La edición es brillante y nada convencional, apoyada en una narrativa que deja tiempo al espectador para escuchar las distintas voces y sobre todo, la montaña, ese rumor oculto que logramos escuchar durante muchos momentos de la película.

Si están interesados en las historias sobre la naturaleza y no les agradan los documentales al uso, que son meros descriptivos y poco más, y buscan un tipo de películas con el mejor aroma de Werner Herzog, donde exista una confrontación entre aquello filmado y el que filma, explorando los recovecos de la condición humana expuesta a su estado más primario y más emocional cuando se encuentra frente o expuesto a la fuerza y belleza de la montaña, su película es Fiore Mio, de Paolo Cognetti porque nos hace suya en un viaje hacía lo físico trepando y atravesando Monte Rosa, deteniéndose en cada escarpado, camino y ladera, y observando cada instante, con tiempo, con pausa y viendo como el tiempo se detiene y nos coge de la mano. Una película que abraza la amistad, el encuentro y el otro, mirándonos los unos a los otros, intercambiando experiencias, decisiones, alimentos, espiritualidad, y muchas emociones, porque en estos tiempos de febril agitación donde el personal anda corriendo de aquí para allá sin ningún sentido, quizás sería conveniente bajarse del mundo, como decía nuestra querida Mafalda, irse a una montaña y empezar a subirla, poco a poco, con la calma y la paciencia que tiene el que ya ha entendido que vivir es una experiencia efímera, donde cada paso es una aventura y un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nouvelle Vague, de Richard Linklater

ÉRASE UNA VEZ… EL CINE 

“Cuando se trata de filmar, me doy cuenta de que no sé nada. Por eso hago cine”. 

Jean-Luc Godard

Una película que habla sobre cine, cineastas y el deseo de hacer cine no podía arrancar de otra manera que en el interior de un cine en la que observamos a François Truffaut, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard, colegas de la revista “Cahiers du Cinema” desde donde hablan sobre cine y sueñan con hacer cine. Inmediatamente después estamos en una fiesta en la azotea de un edificio en el París de 1959 y unas jóvenes miran detenidamente a los tres mencionados, y se detienen en el citado Godard, el que todavía aún no ha hecho su primera película, pero que les dirá que él es un genio. La película Nouvelle Vague, la 25 de Richard Linklater (Houston, EE. UU., 1960) es un certero, sincero y emocionante homenaje al movimiento francés que puso patas arriba los convencionalismos del cine de entonces para abrir una nueva forma de hacer cine: libre, espontánea, caótica e irreverente en el que se trabajaba pensando en lo inesperado, abrazando la incertidumbre y haciendo películas que no sólo contasen una trama, sino que además, convirtiese el hecho de hacer cine significase algo más que contar una historia y entretener al película, que la propia película fuese una experiencia desbordante. 

Para Linklater la película que mejor recoge aquel espíritu rebelde, político y a contracorriente sea À bout de souffle, de Godard, y de eso va su cinta, a partir de un guion que firman Holly Gent Palmo, Vicent Palmo Jr, dos de sus colaboradores y los franceses Laetitia Masson, Michèle Pétin, y él mismo, en una trama que, como no, tiene muchas capas. Entramos en ella con un Godard ansioso de hacer su primera película, y más, cuando asiste al éxito de Cannes de Los 400 golpes, de Truffaut. Seguimos con el testimonio/diario del rodaje de la citada película, de sus días, idas y venidas por un París, asistiendo a una filmación alejada de todo y todos, donde vemos a un Godard caprichoso y distante, de aquí para allá, con sus eternas gafas oscuras, su libreta en la que apunta de todo, con pocas o ninguna indicación al gran Raoul Coutard que siempre ha de estar listo con la seguidilla de la película: “Motor, Raoul”. Vemos a una Jean Seberg nerviosa y nada cómoda, completamente asombrada por la forma de no rodar de Godard, convencida por su marido. Un Belmondo totalmente entregado al genio de Jean-Luc y dispuesto a todo en un rodaje diferente en el que se está divirtiendo mucho. Y luego, los demás técnicos tan comprometidos como perdidos por el modus operativo de la película, sujeta a los desvanes y volantazos del director. Y aún hay más, las “otras visitas” que hace Godard en los rodajes de Bresson y Melville, dos de sus maestros. El recordado y maravilloso momento de Rossellini en la redacción de Cahiers rodeado de todos: los ya citados, Rivette, Rohmer, Resnais, Rouch, Demy, Varda, etc… Sin olvidar, los impagables momentos con el productor Georges de Beauregard que cada día entiende menos porque está produciendo la película. 

Una excelente cinematografía que firma David Chambile, que conocemos por sus trabajos con Jean-Claude Brisseau, Louis Julien Petit, Bruno Dumont y Stéphane Demoustier, entre otros, con un esplendoroso y crudo blanco y negro, rodado en 35 mm y con unas lentes y cuadro que simulan las imágenes de la época que captan toda la efervescencia y agitación por la que se movía un inquieto y parlanchín Godard y le da esos toques de comedia, drama, aventuras y demás que tiene la película. La música coge de aquí y más allá, con temas de Sacha Distel, Darío Moreno, Jean Constantin, Dalila, entre otros, que ayudan a transportarnos a finales de los cincuenta, con esos cafés donde se fumaban cigarrillos sin parar, a esos cines para ver y luego comentar sin parar y tantas fiestas aquí y allí para ver a unos y a otros, en un contexto donde se respiraba cine, su deseo y sus sueños. El montaje de Catherine Schwartz, que ha desarrollado su actividad en la cinematografía francesa al lado de Gaël Morel, Marc Dugain y Marc Fitoussi firma una edición que tiene ritmo, pausa y está llena de intensidad, movimiento e intimidad, que nos lleva en una agitación constante en que el drama y la comedia se dan la mano de forma natural y eficiente en sus 105 minutos de metraje. 

Otro de los grandes aciertos de una película de estas características en las que se hace un homenaje a todo un grupo de cineastas a través de una película tan significativa y especial es su brillante reparto lleno de rostros desconocidos que ayuda a hacer creíble a personajes del cine tan famosas y con su bagaje histórico detrás. Tenemos a un desatado y magnífico Guillaume Marbeck en la piel de Godard, genio y figura. Un tipo lleno de cine, de pasión, de vida, de arrogancia, de inteligencia, y algo ingenuo. A su lado, una espectacular y magnética Zoey Deutch como la adorable Jean Seberg. Una actriz más vista en películas de Clint Eastwood, y en Todos queremos algo, de Linklater. Aubry Dullin se enfunda el rostro y el cuerpo de un espectacular Belmondo, con sus sonrisas, su pasotismo y su carisma. Bruno Deyfurst hace del citado productor, todo un elegante señor del cine que arropa y discute cada cosa con Godard. Adrien Rouyard y Antonie Besson son Truffaut y Chabrol respectivamente. Benjamin Clery hace de Pierre Rissient es el entregado ayudante de dirección, y por último, Matthieu Penchinat es el incrédulo pero efectivo Raoul Coutard, que hizo unas 17 películas con Godard a lo largo de su carrera. 

Habrá los que no les guste la película de Linklater, y expondrán sus motivos, los mismos que expondremos los que sí nos ha gustado este cercano, sentido y especial homenaje a una forma nueva de hacer cine, o quizás, no lo sea tanto, y sea una forma de volver a los orígenes, a la forma de hacer de los pioneros, donde el cine estaba por hacer, donde se experimentaba, se rompían reglas que la semana pasada eran diferentes y demás quehaceres del cinematógrafo. Nouvelle Vague no es una película sobre un rodaje, que lo es, sino también es mucho más, es una película sobre el deseo de hacer cine, y no sólo cine, sino el cine que uno quiere, donde no hay barreras para la libertad creativa, atentos a lo inesperado y la incertidumbre de lo que no sabemos qué va a suceder, y sobre todo, hacer cine de verdad, que magnetiza al espectador, que vaya más allá del hecho de contar una historia entretenida, que su forma y su narración sea como las de siempre pero diferente. Truffaut hizo La noche americana en 1973 explicando su visión del cine a través de un rodaje, de lo visible e invisible. El propio Linklater hace lo mismo con  bout de souflee e imagina su rodaje, sus actores y su contexto histórico, eso sí, lo hace con humor, mucho humor, con algún que otro drama, y retratando a un Godard todavía muy joven, apenas 29 años de edad, pero ya con sus cosas, y sobre todo, con mucho cine en su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rondallas, de Daniel Sánchez Arévalo

TODOS JUNTOS AHORA. 

“La música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio”. 

Víctor Hugo

El universo cinematográfico de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), se compone a partir de un hecho doloroso que define, no sólo a los personajes que tiran del carro, sino que estructuran a todo un grupo, sin olvidar el humor que ayuda a tragar toda la dura situación. Después de un buen puñado de cortometrajes que lo pusieron en primer plano, debutó con la muy estimable Azul Oscuro Casi Negro (2006), le siguieron Gordos (2009), Primos (2011), y La gran familia española (2013), Diecisiete (2019), que junto a la citada Primos agrupan una especie de díptico sobre los jóvenes parientes en busca de un imposible a través de un viaje por la provincia de Santander (lugar de nacimiento del padre del cineasta que no es otro que José Ramón Sánchez, famoso ilustrador que amenizó en el inolvidable “Sabadabadá” las mañanas ochenteras de muchos de nosotros) que les ayuda a superar dramas pasados. En Las de la última fila (2022), también la travesía ayudaba a unas amigas a enfrentarse a la enfermedad. 

En Rondallas no deja el norte, porque se traslada un poco más a la izquierda, más concretamente, a la ría de Vigo, a uno de sus pueblos y a sus gentes, en el epicentro de la rondalla “Gran Sol” (como la famosa novela de Ignacio Aldecoa, que relata las duras condiciones de los pescadores santanderinos), en la que conocemos a Luis que, junto a Yayo, son los supervivientes de un barco pesquero que naufragó hace 2 años dejando viuda a muchas de las mujeres, entre ellas, a Carmen, que mantiene una relación con el citado Luis, y mantiene una relación difícil con sus dos hijas, la adolescente Noa y la pequeña Noa. En ese estado de duelo y depresión en el que pasan los días duros entre percebes y otros trabajos recordando a los que no están y esperando que aparezca el barco perdido. La “Rondalla” es el viaje en esta película, agrupaciones de música a partir de gaitas, carracas y demás objetos que continúan vivo el folklore y la tradición en un concurso que elige la mejor de la provincia. Una rondalla que revive como terapia para recordar a los ausentes y volver a vivir para los que sí están, enfrentada a las dificultades de unos y otros, donde seremos testigos de los problemas internos con los que lidia cada uno de los personajes.   

La parte técnica de la película brilla con intensidad capturando ese cielo plomizo tan característico del norte, que le viene como anillo al dedo a los atribulados personajes que arrastran su particular tragedia, como evidencia su estupendo prólogo. La cinematografía concisa de Rafa García, del que hemos visto comedias como Mala persona y los dramas Escape, y la reciente de La tregua. La estupenda música que interpreta la rondalla, tan potente y enérgica es compartida con la magnífica soundtrack que ayuda a situarnos en el estado emocional lleno de altibajos por el que pasan los diferentes personajes, que firma el argentino Federico Jusid, con más de 130 trabajos en su filmografía junto a Campanella, León de Aranoa, Larraín, Borensztein, Erice y la reciente serie El eternauta. El montaje corre a cargo de Miguel Sanz, del que hemos visto Canallas, de Daniel Guzmán, en su segunda colaboración con el director después de la mencionada Diecisiete. El montaje es sobrio y nada complaciente, y describe con detalle y precisión las situaciones emocionales y sobre todo, las relaciones que se van generando en sus casi dos horas de metraje. 

Un reparto muy bien escogido y mejor interpretado, como suele ser marca de la casa en el cine del madrileño-cántabro, sino recuerden los ya citados. Aquí tenemos a un tótem como Javier Gutiérrez, un asturiano metido en Vigo, dando vida a Luis, un tipo que debe vivir contra un fantasma que era su mejor amigo y además, es el alma mater de este grupo y de la dichosa rondalla que usa como acicate para levantar muchas cosas. A su lado, están los gallegos empezando por María Vázquez, una actriz que mira muy bien. Su Carmen es una mujer rota que quiere salir del pozo, poco a poco, eso sin miedo. Están los jóvenes Judith Fernández, que la vimos en La casa entre los cactus, y Fer Fraga, visto en la serie Rapa, que tienen sus cosas entre gaitas y egos y secretos. Otra pareja, esta vez de hermanos, que interpretan los fabulosos Tamar Novas, en un personaje que crecerá mucho durante la película, y Xosé A. Tourián, en un rol muy alejado del que hacía en las dos comedias sobre Cuñados. También está Marta Larralde, una actriz que maneja muy bien los registros de sus personajes, y el veterano Carlos Blanco, visto en mil y una, en uno de esos personajes lobo de mar que escenifica mucho el sentimiento de derrota y dignidad de la existencia. 

Los espectadores no deberían acercarse a ver Rondallas como un mero entretenimiento sin más, porque se perderían las estupendas virtudes que atesoran sus imágenes como la fusión entre cine con vocación comercial que cuenta una historia social y de verdad, llena de personajes de carne y hueso y de tramas duras pero no condescendientes. También, encontramos esa mezcla entre el drama cotidiano que se remueve entre las paredes de casa enfrentado a la alegría, la emoción y la vitalidad que desprenden los ensayos de la rondalla, cogiendo el tono y la atmósfera que desprende cierto tipo cine británico como Tocando el viento y Full Monty, entre otras. Una música llena de fuerza y pasión, y la idea de conjuntar una comunidad azotada por la tragedia, en que la música actúa como terapia reveladora para sacar los dramas personajes y exponerlos a través del arte y la forma de transmitir que tiene cada uno. Seguramente estamos ante la película más conseguida de Daniel Sánchez Arévalo y no lo digo porque se acaba de estrenar, sino porque la la energía que desprende cada fotograma contagia de energía, pasión y emoción desbordante en los momentos donde los personajes se difumina y aparece la rondalla, o lo que es lo mismo. la comunidad todos a uno viviendo, danzando y disfrutando la música y todo lo que llevan en el interior sale con fuerza y las cosas se ven menos duras y jodidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA