No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant

REÍRSE DE UNO MISMO.

John Callahan (1951-2010) era un tipo como otro cualquiera en el Portland post hippie, aunque tenía un serio problema, era alcohólico. Una noche de borrachera,  allá por el verano de 1972, su vida dio un cambio radical, porque en el automóvil que viajaba en plena juerga, se estrelló y acabó parapléjico. A partir de ese instante, Callahan empezó a ir a un centro de rehabilitación y empezó una vida completamente diferente, ya que encontró consuelo y refugio en el humor gráfico, dibujando viñetas en las que se reía de sí mismo, de manera irónica, cínica y a veces, de manera agresiva, de los inválidos habidos y por haber. La última película de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) vuelve a su territorio natural e íntimo, volver a mirar a esos personajes, muchos de ellos homosexuales,  en su mayoría pueblerinos o urbanitas, pero siempre aislados y periféricos que, no encajan en el lugar donde viven, un espacio muy alejado de la idea turística de EE.UU., son sitios cotidianos y aburridos,  sin mucho que hacer, donde el tiempo parece detenido, y en los que sus personajes tiene unas ansias tremendas por salir de allí y conocer otros lugares.

El cine de Van Sant, en su mayoría, y dejando de lado sus películas mainstream, suelen basarse en historias de jóvenes corrientes de esa América profunda, de esa América perdida, sin objetivos y paupérrima, gentes atrapadas en un destino desolador, aunque siempre encontrarán una vía de escape de salir de esa monotonía y desierto emocional, aunque en su mayoría de ocasiones, no se saldrán con la suya y su destino, muy a su pesar, quedará ligado a esos lugares que odian tan profundamente. John Callahan encaja perfectamente en esa idea de cine que tiene Van Sant, un proyecto que ya tuvo en los noventa, después del éxito de El indomable Will Hunting, y de la mano de Robin Williams, que adquirió los derechos de la autobiografía titulada Will the Real John Callahan Please Stand Up?, para hacer una película, aunque entonces el proyecto naufragó, ha sido ahora, y con el protagonismo de Joaquin Phoenix, inmenso, irreverente y cínico, en un personaje que deberá empezar una nueva vida debido a su minusvalía.

Van Sant (que encuentra el título para la película adoptando el que tiene una de las viñetas más famosas de Callahan) se aleja, como era de esperar, del biopic al uso, o mejor dicho, del biopic al uso estilo Mi nombre es Harvey Milk, que dirigió el propio Van Sant, que dirigió con ese tufillo a premios. Aquí, la película arranca unos instantes antes del fatídico accidente de Callahan, y esa adicción al alcohol que lo llevó a esa vida. La película da saltos en el tiempo, va de un lado a otro, manejando la trama a su antojo, construyendo un drama sin sentimentalismos ni discursos, sino a través de la humanidad de su personajes, que en ocasiones se muestra cercano y en otras, odioso e impertinente, un tipo complejo, ambiguo y difícil de manejar. El cineasta estadounidense muestra todo el proceso, desde su vida postrado en la silla, su rehabilitación física, así como la emocional, en el centro de rehabilitación, donde encontramos a un fantástico Jonah Hill (ataviado en un look especie de hippie trasnochado, rubio platino con coleta e iluminado de alguna religión oriental) que juntamente con los otros alcohólicos le ayudara a desdramatizar su situación y encontrar su camino. También, encontramos a la cantante Beth Ditto, en el rol de una gorda feucha, pero muy humana y ese humor negro tan característico para reírse de sí misma y de todos aquellos que quieran mofarse de su aspecto.

La aparición en la vida de Callahan de Annu (fantástica Rooney Mara, aportando sensibilidad y fuerza al personaje de Phoenix) una de sus terapeutas emocionales cuando se curaba, que se convertirá en su novia, también será un acicate más para comprobar que el sexo puede alcanzar estados igualmente placenteros, pero investigando otras naturalezas. Sin olvidarnos de la presencia estupenda de Jac Black  como el amigo borracho Dexter. Y la parte final, cuando Callahan comienza a dibujar sus tiras cómicas y empezar a ser valorado, aunque también vapuleado por algunos sectores más reaccionarios, y convertirse en alguien que a pesar de sus problemas físicos, puede encontrar su camino en el mundo y sentirse aliviado riéndose de sí mismo, y de toda esa vulgaridad que le rodea, y convertir su ciudad en un lugar feo pero cercano, vacío pero interesante, y sobre todo, un universo convertido en materia prima para desarrollar las ideas para sus tiras cómicas.

Van Sant se siente seguro y capacitado para contarnos el relato de uno de sus coetáneos, de alguien que desafió la vida y quiso mofarse de ella, aunque la vida le dio fuerte y le dejó en una silla de ruedas, aunque el cineasta estadounidense quiere contarnos la experiencia vital de Callahan, tanto a través de su reconocimiento, así como el proceso traumático, rompedor y sangrante que vivió antes de darse cuenta que su vida había volcado para ir por otro lado, mostrándonos las luces y sombras de un tipo cualquiera, de alguien que encontró su arte o su manera de desarrollar su capacidad artística a través del dolor, para luego convertirlo en ironía y sarcasmo, extrayendo toda esa rabia, perdonándose a sí mismo, y luego perdonar a su entorno, pero sobre todo, descojonarse de sus impedimentos físicos y emocionales, y volverse a descojonar de los estúpidos y capullos que podemos ser a veces.

Indiana, de Toni Comas

EL LUGAR DONDE NUNCA PASA NADA.

Pueblos pequeños donde todos se conocen o al menos así lo piensan. Lugares rodeados de tierra arenosa, y grandes superficies de cultivo, en las que hay carreteras larguísimas a las que nadie sabe hacía adonde te llevan. Gentes sencillas, gentes dedicadas a sus trabajos, a sus familias, gentes que habitan esos lugares donde se mira el silencio, donde todos los días son o parecen iguales, donde cada cosa que sucede, por mínima que sea, agita el lugar y alerta a todos, aunque lo que suceda sea una cosa sin importancia. En este ambiente rural del medio oeste estadounidense, crocretamente en Indiana, nos sitúa Toni Comas (Barcelona, 1971) un cineasta que lleva años residiendo en Nueva York, pero que para su primer largo de ficción se ha ido a la América profunda, aquella que raras veces se erige como la protagonista. Comas que tiene en su haber el documental Building Stories, sobre Trump y su arquitecto, y el guión de Bag Boy, Lover Boy, se enfrasca en una trama que previamente había arrancado como un documental sobre los fenómenos paranormales en Indiana, aunque la complejidad del asunto, le llevó a construir una película de ficción sobre los “Spirit Doctors”, un par de colegas que altruistamente se dedican a ayudar a las personas que han sufrido presencias paranormales en sus vidas. Hasta aquí podríamos pensar que la película de Comas nos encamina a una especie de “Cazafantasmas” rurales,  pero la cinta se mueve por terrenos completamente antagónicos, alejado del efectismo o sensacionalismo de este tipo de películas o ambientes.

La película de Comas se centra en algunos casos haciendo hincapié en uno de ellos, pero no lo hace desde lo tajante, sino desde la incertidumbre y la complejidad, ya desde sus personajes principales, Michael, uno de los “Spirit”, es un ejecutivo de traje inmaculado, que cuando sale del trabajo viste chándal, además, su mujer le ha abandonado y él sigue sufriendo esa tristeza y ausencias, por su parte, el “otro spirit”, Josh, vive en una de esas caravanas que tanto se ven en el medio rural, está divorciado y comparte la custodia de su hijo preadolescente. La película no se centra en averiguar y responder, sino a formular y formularse preguntas, viajamos con los “Spirit” en ese 4×4, en silencio y en calma, como si fuesen seres de otro planeta, vagando sin rumbo por el espacio, encontrando las respuestas necesarios para entender y entenderse, aunque quizás sea el viaje o la trayectoria lo único sincero y real en la película, no lo sabemos, la película tampoco se decanta, y esto es de muy agradecer, nos movemos con sus protagonistas, descubriendo los diferentes casos y entrando en ese mundo desconocido, cercano y a la vez, muy extraño.

Sin ser una película de terror al uso, o esa película-producto de sustos y argumentos facilones con asesinos invencibles que nos tienen tan acostumbrados el cine convencional, consigue esa atmósfera inquietante y agobiante con mínimos recursos, dejando que la cámara los sigue como una presencia más, sin teledirigir al espectador, dejando el espacio conveniente, al que acompaña esa luz mortecina, donde el sol parece sombrío, como sin fuerza, creada por la cinematografa Anna Franquesa Solano. Comas y su coguionista Charlie Williams, han construido una película muy sobria y contenida, una película de ausencias y presencias, capturando ese espacio incierto, que quizás no sea de este mundo, moviéndose entre lo espectral y lo terrenal, entre lo racional e irracional, entre lo que sabemos o intuimos que sabemos, y aquello que desconocemos, entre nuestros miedos y conflictos interiores, y lo otro, ese espacio extraño, desconocido, invisible pero visible, algo que nos lleva hacía lugares que nunca hemos visto o sensaciones nunca vividas.

Si bien podemos intuir el cine de David Lynch, en la medida de ese terror cotidiano, ese que se cuela en nuestras casas, aquel que vive entre nosotros, el que nos saca fantasmas de nuestro interior, los temores que nos acechan que conviven en nuestro interior, los que no nos dejan dormir y nos atormentan, sin olvidarnos del estado de ánimo que padecían los personajes de Antonioni, que eran incapaces a encontrarse en una isla pequeña, o que deambulaban por las ciudades sintiéndose extraños de sí mismos, o que les abrumaba la desolación en los momentos más inoportunos, seres que parecían moverse entre sombras, entre otras dimensiones, desconectados del mundo, y sobre todo, de todos, y de ellos mismos. Comas consigue un reparto ajustado y estupendo que saben lidiar con unos personajes nada fáciles, consiguiendo embaucar al espectador en este cuento de terror atípico, diferente, y extrañamente inquietante, que atrapa con lo mínimo, conduciendo al público por un laberinto donde hay personajes siniestros, situaciones muy inquietantes, y sobre todo, un paisaje humano donde todo puede ocurrir, aunque sea de esos lugares donde nunca pasa nada.

Un lugar tranquilo, de John Krasinski

SI QUIERES VIVIR, NO HAGAS RUIDO.

De todos los géneros el terror es aquel que necesita un arranque más espectacular, algo que inquiete a los espectadores y deje claras sus intenciones de por dónde irán los tiros. Un lugar tranquilo consuma esa premisa, se abre de forma sumamente inquietante y maravillosa, situándonos en los pasillos de un supermercado que parece descuidado o desvalijado, o ambas cosas, tres niños, junto a dos adultos, pululan por el espacio intentando conseguir comida, todos se mueven despacio, descalzos, se dirigen unos a los otros mediante señas o lenguaje de sordomudos, no escuchamos nada, el silencio es total. A continuación, salen del interior y vemos la calle, desierta y con evidentes rasgos de que no hay vida por ningún lado. La comitiva emprende el paso en formación de fila india y en el más absoluto silencio. Dejan la ciudad y se adentran en un bosque, flanqueado por un puente. De repente, el niño más pequeño acciona un juguete que comienza a emitir un ruido ensordecedor, sin tiempo para actuar, un monstruo de condición alienígena que sale de la profundidad del bosque se abalanza sobre él y desaparece de la imagen. Sus padres y hermanos se quedan completamente horrorizados.

El responsable es John Krasinski (Newton, Massachusetts, 1979) al que conocíamos por su carrera de actor de reparto en muchas producciones de toda índole, entre las que destaca su aparición en la serie The Office. De su carrera como director conocíamos dos trabajos anteriores Entrevistas breves con hombres repulsivos (2006) y Los Hollar (2016) ésta última una interesante comedia negra sobre los problemas de un joven que debe abandonar su vida neoyorquina para regresar a su pueblo y ayudar a sus padres, y algunos episodios dirigidos en la mencionada The Office. Ahora, se adentra en otro registro, el terror, y firma la coautoría del guión (ya había firmado junto a Matt Damon el de Tierra prometida de Gus Van Sant) la coproducción, la dirección, y además, se reserva uno de los personajes, Lee, el padre de familia, bien acompañado por Emily Bunt (su mujer en la vida real) que da vida a Evelyn, la madre, y los hijos, Millicent Simmmonds da vida a Regan (que ya nos había encantado en otro trabajo silente en Wonderstruck de Todd Haynes) y el hermano pequeño Marcus que interpreta Noah Jupe (visto en Suburbicón de Clooney).

Krasinski echa mano del terror setentero y la ciencia-ficción de los 50, para sumergirnos en una película de terror clásico, donde las criaturas que apenas se ven en la primera mitad de la película, son la gran amenaza, unas formas de vidas depredadoras y devastadoras, que son ciegas y sólo se mueven a través de los sonidos. La trama nos sitúa en las afueras de una ciudad, entre una gran casa y un maizal a su alrededor, donde la familia se mueve sin hacer ruido, viven o mejor dicho, sobreviven, en esa situación, no nos dan más información, desconocemos si hay otros supervivientes, tampoco la del resto del mundo, y el alcance de la invasión extraterrestre. Krasinski se centra en la supervivencia de la familia, la familia en el centro de la trama (como sucedía en la magnífica 28 semanas después de Fresnadillo) donde unos y otros se ayudan, con el añadido que Regan, la hija mayor, es sorda y el padre trabaja en su taller para hacerle un aparato para que escuche mejor. Los días pasan y todo sigue igual, sobreviviendo en este reino del silencio porque el ruido mata.

El cineasta estadounidense sale airoso con esta trama sencilla, donde seguimos la cotidianidad a partir de unas reglas, sin salirse del patrón establecido, no dándonos información de cómo arrancó esta pesadilla, sólo la situación de los hechos, y la supervivencia familiar, a través de una cuidada puesta en escena que logra sumergirnos en unos grandes momentos de tensión, donde en la segunda mitad de la película, con la aparición en pantalla de más minutos de criaturas, la película consigue un ritmo endiablado, y las secuencias de horror aumentan, donde en cada instante sus personajes se encuentran en peligro constante, en el su sonido un papel fundamental en el relato, llenando todos esos espacios en los que la palabra no tiene lugar, situación que ayuda y de qué manera para contarnos la historia.

Krasinski ha logrado una película extraordinaria, bien narrada y cuidada en sus detalles más íntimos, donde la aventura de sobrevivir se convierte en lo más importante, donde todos los componentes de la familia se ayudan entre ellos, donde todos son uno, en el que además, saca tiempo para contarnos algún que otro conflicto familiar, que convierte esta película en una película que tiene el aroma de aquellas cintas de terror que tanto nos helaban la sangre de niños, y además, lo consigue sin recurrir a las típicas estridencias narrativas que tan populares se han vuelto en las cintas del género de las últimas décadas, Krasinski juega a sobrevivir sin hacer ruido, manteniendo el silencio, aunque a veces resulte la cosa más difícil del mundo, porque esas criaturas de otro mundo parecen indestructibles, y hay que aprender a convivir con ellas adaptándose a sus debilidades o morir.

Yo, Tonya, de Graig Gillespie

AMADA POR TODOS, ODIADA POR TODOS.

La sociedad estadounidense es muy proclive a divinizar sus héroes nacionales, ya sean del ámbito que sean (recordarán aquellos cinco minutos de gloria a los que se refería Warhol) en la que por supuesto no hay medida ninguna, todo adquiere una desmedida desproporcionalidad, en buena medida por los medios de comunicación, que se convierten en bestias insensibles construyendo monstruos y sobre todo, guiando los juicios de la opinión pública. Cuando estos juguetes populares se hallan en la cumbre, todos son buenas palabras y golpes en el pecho, síntomas inequívocos de una sociedad necesitada de figuras exitosas de las que emerger su orgullo patrio, pero cuando las cosas se tuercen, cuando caen estrepitosamente, cuando dejan de ser o simplemente se humanizan, aquellos que los abalaban se convierten en Mr. Hyde y disparan a matar, atizándolos con fuerza, de manera terrorífica, sin medida, despedazándolos y arrancándoles la piel a tiras, en un juego macabro y siniestro donde los medios de comunicación vuelven a dirigir a las masas y matando al monstruo. Yo, Tonya se centra en la figura de Tonya Harding, una patinadora artística que alcanzó su cenit a comienzos de los noventa,  que representaba a esa América que las autoridades esconden, la que ocultan, la que no se rige por la convencionalidad de una sociedad que aparenta moralidad y convenciones conservadoras. Tonya es la hija de LaVona Golden, una de esas madres déspota, insensible y autoritaria que ha tenido media docena de maridos y una hija, a la que trata como si fuese un soldado. Quiere que sea esa patinadora de éxito que arrolle y humille a sus rivales sin compasión. Pero, Tonya es una chica palurda, sin modales y sin un centavo, que trabajará duramente para competir con las mejores, una especie de patito feo que podrá nadar en el estanque dorado, aunque metida en un sinfín de dificultades y problemas de todo tipo.

El origen de la historia se remonta a un documental sobre Tonya que hizo Steven Rogers, guionista de la película, especializado en las comedias románticas populares, que aquí cambia completamente de rumbo y compone un retrato sobre una pueblerina don nadie que llegó a la cima y fue amada por todos,  y luego fue explusado del paraíso sin compasión, convirtiéndose en la villana más odiada del país.Graig Gillespie (Sidney, Australia, 1967) dirige la película, un director que aparte de algunas producciones convencionales, había destacado en Lars y una chica de verdad (2007) protagonizada por un imberbe Ryan Gosling. Aquí, hace su trabajo más asombroso realizando un gran biopic, que huye en todos los sentidos de las biografías al uso que nos llegan desde Hollywood. La película va por otro lado, convirtiéndose en todo un hallazgo desde la forma y su fondo, ya desde su estructura y posición ante la historia que nos van a contar, enmarcada en el dispositivo de entrevistas, como si se tratase de un fake, la trama arranca en el 2015, donde escuchamos los testimonios de los implicados en la historia, la propia Tonya, la mencionada madre, Jeff Gillooly, entonces marido, Shawn Eckhard, sus respectivas entrenadoras, el autoproclamado guardaespaldas de Tonya (pero en realidad una bola de sebo con menos cerebro que una mosca y obsesionado con el espionaje) y finalmente, y por último, pequeñas aportaciones de un bronceadísimo y paleto periodista con ganas de exclusivas amarillistas. Porque la película no cuenta la verdad de Tonya y su desgraciado incidente, sino que desdobla el punto de vista en cuatro verdades, las cuatro personas implicadas nos contarán su versión de los hechos y sobre todo, como interpretaron los hechos ocurridos, en este relato que arranca allá por el 1975, cuando LaVona Golden lleva a su pequeña hija a patinar con sólo 4 años.

A medida que avanza la película, seremos testigos de la adolescencia de Tonya junto a su maléfica madre (una especie de mezcla de la ama de llaves de Rebeca y la mala de 101 dálmatas) y su primer amor que se convertirá en su marido, el tal Jeff (un tonto de tres al cuarto, como lo describe la madre, y violento, con un bigotillo ridículo que, además golpea a Tonya) mientras Tonya sigue su camino al éxito entrenando duramente, compitiendo y soñando con ser una de las grandes y ganar una medalla olímpica. Las continuos idas y venidas de la película, no sólo se convierten en la mejor seña de identidad del filme, sino que imponen un ritmo endiablado por sus dos horas de metraje, magnífico y lleno de tensión (un montaje que hubiera firmado el mismísimo Scorsese de Uno de los nuestros o Casino) en el que las cosas suceden de manera vertiginosa, las relaciones malvadas entre los personajes, en los que Tonya parece recibir todas las hostias (como el maravilloso momento cuando se enamoran unos pipiolos Tonya y Jeff , y seguidamente los vemos casados y golpe va y viene, mientras escuchamos el “Romeo and Juliet” de los Dire Straits) los entrenamientos, las competiciones, con esos giros y piruetas imposibles bien filmadas, que nos introducen en el interior de Tonya (acompañada del “Goodbye Stranger”, de Supertram, como ocurría en otro gran momento en Magnolia)  siguiéndola de forma trepidante por la pista de hielo.

Podríamos decir que es una película en muchas, como si fuese una especie de muñecas rusas, ya que en su interior hay otras tramas, desde el drama familiar entre madre e hija, el amor fou y violentísimo, la rivalidad deportiva, las argucias y los límites de la competitividad, y hasta donde uno está dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos,  las normas fascistas de las competiciones, donde apoyan a la que mejor representa la idiosincrasia yanqui de dinero, buena familia y éxito, en detrimento de lo que representa Tonya, esa otra América sucia, desestructurada y mugrienta, sin olvidar la elaboración del incidente (algo así como una especie de comedia surrealista con tintes de cine negro cutre y muy absurda) que empieza por el envío inocente de unas cartas amenazantes a Nancy Kerrigan (la rival de Tonya) que acaba derivando en un esperpento (con el mejor estilo de los Hermanos Coen) donde unos trogloditas sin seso acaban agrediendo a la patinadora en cuestión con una barra de hierro, y finalmente, el circo mediático donde Tonya pasa a convertirse en el ser más despreciable de la tierra, y su posterior juicio y olvido.

La película describe con gran verosimilitud y fuerza el ambiente de aquellos finales de los ochenta y comienzos de  los noventa, con la ropa hortera, los peinados con tupes imposibles y coletas al viento, que se gasta la buena de Tonya, esa luz mortecina de la América profunda donde hay bares de mala muerte donde se sirve comida grasienta y recalentada, en los que se retrata un estado de ánimo, una sociedad psicotizada por el maldito éxito, empeñada en descubrir y alentar héroes cotidianos y encumbrarlos, para luego, cuando se convierten en terrenales, bajarlos de un sopapo y quemarlos sin piedad. La impresionante y magnífica interpretación de Margot Robbie, que deja de ser aquella femme fatale florero de El lobo de Wall Street, y la mejor actuación de la olvidable Escuadrón suicida, para lanzarse al abismo en todos los sentidos con Yo, Tonya, donde además de producir una cinta de naturaleza independiente rodada en sólo 31 jornadas, se convierte en una Tonya Harding espectacular y eficiente, interpretándola en tres momentos, la adolescencia, la juventud y en la cuarentena, mostrándose endiabladamente creíble y fascinante, una mujer vapuleada por todos, aunque ella también será bastante responsable, como admite en algún momento, sin convertirla en una víctima, sino en un ser de condición humilde, que lucha por ser alguien en el mundo del patinaje, y atrapada en una espiral violenta y casi suicida que la llevó a convertirse, a su pesar, en un ser despreciable que quizás no supo a tiempo parar toda la locura que se hervía a su alrededor.

La espectacular composición de Allison Janney (que dejó buenos detalles de su talento en la serie El ala oeste de la Casa Blanca) dando vida a la madre-bruja no muy eficaz en las relaciones humanas, que quiere lo mejor para su hija, y acaba traspasando todos los límites, con el fin de que su hija sea alguien en la vida, y que no acabe como ella de camarera en un bar de mala muerte, de una ciudad vacía y poco más, una grandísima interpretación llena de matices y detalles, que casi sin decir ni pio, acaba hablando de todo, a su manera adora a su hija, aunque sus métodos sean salvajes y humillantes. El buen hacer de Sebastian Stan como el marido enamorado, pero también maltratador y pardillo, con esa relación de amor-odio que se profesan. Gillespie ha construido una película emocionante, magnífica y diferente, libre en su argumento, y con esa forma que atrapa su negrura, la cutrez de los personajes, y los diferentes ambientes, desde las luces de las competiciones a esas casas de tres al cuarto donde se cuecen todas las barbaridades habidas y por haber.

Encuentro con Alex Ross Perry

Encuentro con el cineasta Alex Ross Perry, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo que le dedica la Filmoteca en colaboración con la Americana Film Fest. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Ross Perry, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  al equipo de la Americana Film Fest, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La última bandera, de Richard Linklater

NI HÉROES NI PATRIAS.

Después de Boyhood, donde a modo de biografía se sumergió en el proceso de la infancia a la edad adulta filmando durante 12 años la vida de una persona, y de Todos queremos algo, su revisión sobre aquellos años ochenta de ambientes universitarios, Richard Linklater (Houston, EE.UU., 1960) desvía su mirada hacia la guerra, o las consecuencias de la guerra, tanto las del pasado como las actuales, y para ello recurre a la novela Last Flag Flying, de Darryl Ponicsan (que sirvió en la Marina en los años 60) también coautor del guión, para relatar un viaje de tres veteranos del Vietnam, que vuelven a reencontrarse, ya que uno de ellos ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y demanda su compañía para afrontar este difícil trance. Linklater afronta su cine desde la mirada y conflictos de sus personajes, el relato lo cuentan ellos, y los acontecimientos exteriores adquieren un profundo análisis por parte de los personajes que se retratan, acumulando sus diferentes puntos de vista y siguiendo las formas de actuar ante los conflictos que la trama va generando, nada camina en una sola dirección, todo se enmaraña, y las discusiones y posiciones enfrentadas arrecian en cada uno de sus filmes, en sus diferentes formas de encarar la vida, los problemas y demás situaciones personales.

Aquí, lo que parece un viaje de duelo en el que aparentemente no aparecerán problemas, una vez que llegan para recoger el cadáver, y tras escuchar la versión oficial de los acontecimientos relacionados con la muerte del soldado, Larry “Doc” Shepherd, el padre del soldado muerto, decide no enterrar a sus hijo en Darlington, el cementerio oficial de los caídos por la patria, y llevárselo a su tierra natal en Portsmouth, New Hampshire. A partir de ese instante, los tres compañeros de la guerra iniciarán una aventura que les llevará por diferentes ciudades y hablarán, dialogaran e incluso discutirán, y en algún momento, se enfadaran. “Doc” es el más reflexivo y callado, militar de profesión hasta que fue expulsado, y ahora intenta llevar una vida tranquila a pesar de los palos de la vida, Sal Nealon, es un alcohólico que regenta un bar en una de esas ciudades tranquilas y solitarias, donde aparte de levantar algún ligue de tanto en tanto, sigue fiel a su estilo de soledad y tertulia de barra, y finalmente, Mueller, que ha dado un giro a su vida radical, y se ha convertido en reverendo, en el que pasa el tiempo como pastor y llevando una vida familiar.

El cineasta texano con su habitual descripción de personajes y con brillantez,  nos habla en profundidad de las consecuencias terribles de la guerra (tanto la de ahora, la de Irak, que se asemeja a la de Vietnam, por sus continuas bajas y calamidades en su nefasta estrategia) en el que nos desvelarán que los tres veteranos soldados acarrean un episodio trágico durante la guerra que no han podido olvidar. La película es un drama agridulce, donde también hay espacio para el humor, recordando los viejos tiempos en la guerra, y las variantes de estupideces que vivieron y sintieron, a través de una road movie interesante y sencilla, donde tres hombres deberán enfrentarse a sus ideas, reflexiones y dudas ante las formas de política que envía a jóvenes estadounidenses a morir en la otra parte del mundo, a países que ni quisiera conocen, y además, son incapaces de mostrar en un mapa. El estupendo trío protagonista de la película (otra de las claves del cine de Linklater) capitaneados por la paz y la tristeza que desprende el personaje de Steve Carrel, como el padre del soldado muerto, acompañado por la irreverencia y golfería de Bryan Cranston, el eterno rebelde, y finalmente, el lado opuesto, el reverendo Mueller, que después de años de inquietud sexual, se ha quitado las botas y ahora, tiene una vida muy alejada de todo aquello, una existencia que por el camino ha abrazado la palabra de Dios.

La habilidad y sinceridad con la que nos cuenta la película Linklater, enmarcando a sus personajes en un estilo naturalista e íntimo (no es casual que la película este ambientada en diciembre del 2003, cuando fue capturado Saddam Hussein) convocando a los viejos amigos a volver en cierta manera, a lo vivido en la guerra, aquella en la que se conocieron, aquella en que les tocó compartir aquel episodio secreto y horrible. Unos personajes muy diferentes entre sí, casi extraños, con posiciones totalmente alejadas, y vidas que nada tienen que ver las unas con las otras, emprenderán no solo un viaje más, porque no lo es, sino que vivirán la experiencia del reencuentro de forma real, como si la vida les diese una nueva oportunidad para enfrentarse a aquello que les dolió, aquello que sigue latiendo en su interior, una forma de compartir el dolor junto a los que lo vivieron. Cada uno de ellos encontrará en este viaje-entierro una manera de reflexionar sobre sus vidas, sus años en la guerra de Vietnam, y sobre todo, el orden de las cosas actuales, sobre las decisiones tomadas y las que se dejaron de tomar, la vida vivida y las vidas que no se vivieron, aunque quizás, hay cosas que desgraciadamente, no cambian, o simplemente, solo transmutan para seguir igual, como las malditas guerras que siguen llevándose vidas inútiles que en el fondo no sirven para nada.

Todos los gobiernos mienten, de Alfred Peabody

TODOS LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE.

“El periodismo es contar la verdad, defender al débil del fuerte, luchar por la justicia, aportar consuelo y perspectiva para soportar los odios y los temores de la humanidad con la esperanza de un día crear un mundo en el que los hombres celebren sus diferencias en lugar de matarse entre ellos en su nombre”

I. F. Stone

“Una mentira contada mil veces, acaba siendo verdad”, frase pronunciada por Joseph Goebbles, ministro de propaganda nazi, que creó un imperio de mentiras para propagar su discurso nacionalsocialista por el mundo. Una estrategia que continúan los medios de comunicación actuales, sometidos a los intereses económicos y poderosos de las grandes corporaciones, se han convertido en meros altavoces de esos gigantescos grupos de comunicación que hacen y deshacen según les conviene en un mundo cada vez más deshumanizado, mercantilista y egoísta. La aparición de otras miradas, otras voces, y otras reflexiones, ayuda a comprender la convulsa y compleja realidad mundial, acercándonos a la veracidad de la información, a entender la materia intrínseca de los sucesos y a tener ese espacio necesario para reflexionar sobre lo ocurrido desde un prisma humanista, claro y tranquilo. Alfred Peabody, periodista y cineasta de oficio y vocación, ha dedicado su carrera profesional a estos menesteres, ya desde su programa de investigación The Fifth Estate para la CBC (Cadena pública canadiense) donde contribuyó a ofrecer un periodismo alejado de los intereses económicos y ejerciendo su arma arrojadiza ante las mentiras de los poderosos.

Ahora, con la producción de dos grandes críticos del poder como Oliver Stone y Jeff Cohen en la producción, realiza este documento de político, de poderosa fuerza y sumergiéndose en las entrañas oscuras de los mecanismos del poder, un trabajo sobre la prensa, y todas aquellas personas que trabajan para ejercer un periodismo de verdad, independiente y libre, apartado de las “verdades” interesadas de los grandes medios de comunicación. A partir de la figura de I. F. Stone ( 1907-1989) pilar indiscutible de la libertad de prensa, que en los años 60 se convirtió en la voz crítica contra los desmanes del poder y las mentiras políticas que arrojaban contra la población estadounidense a través del semanario If Stone’s Weekly, un diario independiente que se convirtió en un emblema para toda una generación de periodistas y sobre todo, un símbolo para una parte de la población ávida de conocer la verdad y harta de las patrañas estatales. Peabody realiza una película con nervio, inteligencia y brutal, con ese ritmo endiablado de los mejores thrillers políticos de los 60 o 70, como El político, El mensajero del miedo, Cuatro días de mayo, Los tres días del cóndor o Todos los hombres del presidente (del que se hace referencia explícita en la película, además de aparecer como testimonio Carl Berntein, uno de los periodistas que destapó el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon).

Escuchamos a periodistas que trabajan en los márgenes, en las zangas de la investigación, lejos del mundanal ruido, con independencia y libertad, siguiendo el inmenso legado de Stone, como Amy Goodman desde su canal de televisión Democrazy Now!, Matt Taibbi en las páginas de Rolling Stone o por Glenn Greenwald y Jeremy Scahill desde The Intercept, periodistas en busca de la verdad, de destapar las vergüenzas de unos poderosos que parecen funcionar al margen de la ley y por encima de todo y todos, sacando a la luz temas espinosos y conflictos enterrados como las revelaciones de la NSA sobre el caso Snowden, las fosas comunes ilegales de inmigrantes mexicanos en la frontera, los asesinatos selectivos con drones militares en oriente Medio, o la falsedad de los motivos que justificaron la invasión de Irak, entre otros temas, con la participación de destacadas figuras de la investigación como Noah Chomsky, Michael Moore, hombres a contracorriente, hombres que conocen sobradamente los hilos invisibles del poder, los que manejan los grandes medios como la CBS o la CNN, porque saben que eso genera hábitos y opiniones en la población. Peabody construye un puzle complejo y siniestro sobre los malos usos de la información de los gobiernos y cómo este grupo de hombres buenos y profesionales (recuerdan la figura que interpretaba Cary Grant en Luna nueva, ese jefe voraz y enérgico, que valiéndose de sus artimañas para no perder a su mejor periodista, y así esclarecer la verdad para salvar a un inocente) se dedican a recabar información y llegar hasta el quid de la cuestión, a través de sus medios digitales, su fuerza narrativa y su mente creadora para esquivar los obstáculos del poder y presentar una información veraz, inteligente y necesaria.