Érase una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino

RICK DALTON Y SU DOBLE.

“En esta ciudad, todo puede cambiar… tal que así”

En el universo cinematográfico de Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, EE.UU., 1963) abundan los tipos de poca monta, individuos desarraigados, gentes que pululan por las ciudades malviviendo con oficios fuera de la ley o empleos de medio pelo, en su mayoría tuvieron cierta fama, eso sí, efímera, en lo suyo, pero a día de hoy se han convertido en una especie de vaqueros errantes que vagan de un lado para otro, sin más oficio ni beneficio que sus recuerdos amontonados, sus hazañas o no pasadas de moda, fuera de su tiempo y un buen puñado de desilusiones que los acompañan arrastrándose por tugurios de mala muerte, o quizás, algunos, los que todavía albergan algo de esperanza para sus vidas, andan a la caza de una dedicación mejor, aunque más ilusoria que real, peor a la postre, su modus vivendi. Cuatro años después de Los odiosos ocho, llega la novena película de Tarantino, Érase una vez en… Hollywood (en la que homenajea a su querido Leone apropiándose de una parte de sus más célebres títulos) conoceremos a dos tipos muy tarantinianos. Por un lado, tenemos a Rick Dalton, un actor que triunfo en una serie de pistoleros allá por los cincuenta y sesenta en la que era un cazarecompensas implacable. Ahora, todo aquella vida de “éxito y reconocimiento” se esfumó y sólo queda una hermosa casa en las colinas de Hollywood.

En la actualidad, la vida de Dalton se ha convertido en una mancha negra, en un espejismo cutre, en la que se gana la vida participando en capítulos de series donde hace el malo de turno que acaba fiambre, o algún que otro piloto, también de villano (como la recordada Mia Wallace que participó en un piloto Bella fuerza cinco que nunca llegó a convertirse en serie). A su lado, su fiel amigo y escudero, Cliff Booth, su doble de acción, una de esas personas que se han convertido en consejero, guardaespaldas, confidente y tipo para todo para Dalton. El cineasta estadounidense no sitúa en dos tiempos, el 8 y 9 de febrero de 1969, primero, y luego, en el 8 y 9 de agosto del mismo año, en Hollywood, en el meollo de  la “Fábrica de sueños” o pesadillas, según se mire donde conoceremos la ciudad y sobre todo, la industria del cine, o podríamos decir “el otro cine”, porque Tarantino nunca ha sido un cineasta interesado en mostrar la cara más glamurosa y amable del negocio, sino todo lo contrario, él se decanta por el otro lado del espejo, como Alicia, en el reflejo de ese espejo deformador e irreal, un universo peculiar y extremadamente personal, un submundo donde tantas ilusiones se topan contra muros infranqueable, en que la película nos lleva por sets de rodajes de series del oeste de segunda o tercera fila, por sus descansos, mostrándonos a Dalton moverse como una especie de fantasma casi alcohólico, adicto a la coca y derrotado, al que todo ese mundo o inframundo le viene grande o reconoce que jamás podrá aspirar a él, porque el tiempo ha pasado, porque está fuera de él como cantan los Stones en Out of time.

 

Tarantino revisa aquel Hollywood de su infancia, cuando vivía por la zona, los grandes cines como el Cinerama u otros templos de la exhibición, donde Sharon Tate camina con paso firme a la sala donde proyectan una película en la que aparece La mansión de los siete placeres (en una de las más bellas secuencias que jamás haya filmado Tarantino) donde la joven actriz se acomoda estirando sus pies (momento que nos recuerda a la Bridget Fonda de Jackie Brown) donde disfruta viéndose a sí misma, las escenas reales con la Tate auténtica, en una fascinante escena donde realidad y ficción cambian su posición y se transmutan, elemento esencial en la película, y porque no decirlo, en toda la obra del autor estadounidense, en toda una declaración de amor al cine del propio Tarantino, en una celebración al cine, al cine que ama, al cine sesentero, a ese mundo hollywoodiense donde actores ensombrecidos por los nuevos tiempos de transición, en el que tipos actores o aspirantes pululaban por una ciudad alegre y divertida que celebraba el movimiento hippie, donde la vida y el cine se mezclaban, donde el viejo Hollywood agonizaba y el nuevo está a punto de estallar, el año que apareció Easy Rider, que lo cambiará todo.

La película de Tarantino se mueve en ese tiempo de monstruos, entre un tiempo que se va y otro que todavía no ha llegado, entre esa ficción y realidad, en ese limbo de sombras y libertad, en ese crepúsculo de los dioses particular, en una película de corte histórico, la segunda vez en su carrera después de Malditos bastardos, pero una historia revisionada al modo de Tarantino, donde existe una realidad histórica, Sharon Tate y Roman Polanski, y otros personajes reales como Steve McQueen, Bruce Lee, y demás, que vivían en aquel Hollywood del 69, mezclados con otros ficticios como Dalton y Booth, y en el contexto de la fatídica noche del 9 de agosto donde algunos integrantes de la familia Manson asaltaron la casa de Tate y sus amigos. Tarantino revisiona la historia, a sus referentes cinematográficos, que son infinitos, que van desde las series televisivas sesenteras como The B.F.I., Batman, Bonanza, Rawhide (serie que protagonizaban entre otros Clint Eastwood) que a finales de los sesenta tomó el camino de Europa y comenzó a hacer spaghetti western al lado de otras figuras como Lee Van Cleef, Eli Wallach, entre otros, con directores como Corbucci, Sollima o Romero Marchent, a los que la película referencia.

El cine de Tarantino maneja referentes de toda índole, desde el cine más clásico, convencional, de autor, comercial, serie b, z, o trash, todo tiene cabida en los mundos de Tarantino, que con su enorme capacidad narrativa y visual los hace suyos creando su propio universo heterodoxo, personal y profundo, creando secuencias y momentos característicos de su cine, donde hay espacio para el homenaje, la parodia, la comicidad, donde lo dramático se camufla de tensión brutal que se estira de tal manera que acaba convirtiéndose en un instante divertido, como ese momento impagable que protagoniza Booth con la familia Mason, u otros en los que el director mezcla tantos géneros en un mismo instante, como esos insertos donde describe con audacia a sus personajes colocándonos un leve flashback, ya sea verbal o visual, para mofarse con ironía de sus tipos, u otros como el momento Bruce Lee con Booth, donde la realidad y ficción vuelven a mezclarse y confundiéndose, porque por ahí se maneja la película donde la realidad es ficción y dentro de esas ficciones hay múltiples ficciones, donde personajes reales bajo el prisma de Tarantino acaban siendo ficticios y al revés.

La estupenda cinematografía de Robert Richardson, que vuelve a colaborar con Tarantino después del inmenso trabajo que hizo en Los odiosos ocho, capturando toda la luz brillante y sombría que tanto se mezclaban en aquel Hollywood, en aquellos tiempos de finales de los 60, con el montaje cortante y alargado, según convenga, marca de la casa, obra de Fred Raskin, otro cómplice de la factoría Tarantino. Y qué decir de su selección musical con múltiples canciones que sirven tanto para situarnos en la época como para describirnos a algún personaje como Booth, mientras conduce a toda leche por las calles y escucha la emisora KHJ donde pinchan el Hush de los Deep Purple, el Mr. Robinson de Simon & Garfunkel, temas de los Paul Revere & The Riders, que volveremos a escuchar, y otros temas como el Bring a Little Loving de Los Bravos, el Califronia Dreamin  de José Feliciano, y otras canciones y versiones musicales que encajan a las mil maravillas en los submundos propios y ajenos que construye Tarantino en esta idea del cine dentro del cine y viceversa, donde todo es posible, donde cada secuencia es un universo por sí mismo, por donde se mueven sus “tipos” marca de la casa.

Su sensacional cast encabezados por dos intérpretes en estado de gracia, encajados a las mil maravillas en unos roles inolvidables , con la increíble y fantástica pareja protagonista Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, que repiten por segunda vez con el director, y por primera vez juntos en el cine, unos amigos inseparables que no dejarán de cabalgar juntos, de seguir fieles uno al otro, pura química entre ambos intérpretes, con sus momentos, como ese momentazo en el interior de la caravana de Dalton, pura rabia y locura de su instante vital, bien acompañados por Margot Robbie como Sharon Tate, con ese aire mágico, de otro mundo (de una inocencia que tanto se respira en esa ciudad a finales de los sesenta, con la irrupción del hipismo, en una década muy sangrienta a nivel político y social)  maravilloso, angelical, inocente y rubia platino que se mueve como caperucita por una ciudad que brilla con fuerza pero también oculta un lado muy oscuro y terrorífico, porque todos los mundos se mezclan, diferentes estratos sociales conviven en un mismo espacio, y todo puede estallar en cualquier momento, donde las luces brillantes que deslumbran cines, dinners y los shops de Hollywood Boulevard comparten con otros espacios más siniestros como granjas a las afueras y sets donde actores de medio pelo malviven esperando esa estrella que nunca llegará. Y otros intérpretes como el viejo agente enamorado de los spaguetti italianos que da vida Al Pacino, o ese otro jefe de especialistas que interpreta Kurt Russell, o las niñas raras e inquietantes que hacen Margaret Qualley y Dakota Fanning, o apariciones de Bruce Dern o Michael Madsen, entre otros.

Tarantino ha construido una película sobre personajes ensombrecidos, rotos, cansados, incluso derrotados, pero con dignidad, que recuerdan a todos aquellos que retrató en Jackie Brown, en un relato-homenaje-referencial al cine, a todo aquel cine que se resistía a morir,  contextualizado en ese tiempo de fantasmas y recuerdos, mezclado y visto desde otra perspectiva con su visión del verano del amor, del estallido del hipismo, del mismo verano en que se celebrará Woodstock, donde otro tipo de vida más allá de lo tradicional y convencional se abría paso, aunque la familia Manson se encargará de romper y despertar del sueño, y convertirlo en una pesadilla que acabó con tantos sueños e ilusiones. Tarantino ve toda esa época desde su pasión por el cine, a través de sus recuerdos, a través de nuestros sueños y quiera reencontrarse con su historia y  la historia y sus hechos, porque imagina que otros mundos son posibles o eran posibles, aunque sea desde un relato de ficción, desde el campo de la imaginación y los sueños, donde todo es posible, donde todo puede suceder, donde lo onírico algunas veces es real y otras no, donde las pesadillas caminan de nuestro lado aunque nos cueste darnos cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Terry Gilliam

Encuentro con el cineasta Terry Gilliam, junto a Esteve Riambau, con motivo del ciclo “Un visionari quixotesc”, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 12 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Terry Gilliam, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Janine Schouten, por su magnífica labor como intérprete,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Jordi Torrent

Entrevista a Jordi Torrent, productor de la película “The Golden Boat”, de Raúl Ruiz, en el marco de La Americana. Festival de Cine independiente Norteamericano de Barcelona, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Torrent, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Pere Vall, por su generosidad, atención, amabilidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Bobbi Jene, de Elvira Lind

EL DOLOR Y EL PLACER.

“Mi cuerpo es como un recipiente; una cápsula del tiempo donde  guardo todo mi amor, esperanzas, fatigas, tristeza, placer, miedos  y altibajos. Esta  película  es como un cuerpo que todo lo que  guarda se  transforma en un baile.”

Bobbi Jene es una renombrada bailarina americana que se ha pasado los últimos diez años de su vida bailando y creciendo como persona en la prestigiosa compañía Batsheva en Israel. A punto de cumplir los treinta, decide que su tiempo en Israel ha finalizado, y decide volver a su tierra natal y emprender nuevos proyectos, más personales e íntimos. Aunque, su decisión comportará que su novio Or, diez años más joven, y bailarín en la misma compañía, decide quedarse en Israel. La película tiene un primer tercio donde se explica la decisión y la despedida de Bobbi, en la siguiente hora de metraje, veremos a Bobbi empezar su trabajo de cero en Estados Unidos, las dificultades de llevar un amor en la distancia, y los procesos creativos que afronta donde explora su cuerpo, a través del dolor y el placer, creando una pieza en la que se desnuda física y emocionalmente, creando una batalla interior entre aquello que desea y aquello que le produce dolor, sumergiéndonos en los procesos del esfuerzo para alcanzar su propio destino.

La directora Elvia Lind (Copenhaguen, Dinamarca, 1981) después de años dedicada a la producción, debutó en el largometraje con Songs for Alexis (2014) en la que hacía un retrato de un chico músico transgénero y su historia de amor, en una sociedad que rechaza lo diferente. Ahora, vuelve a enfrentarse en otro retrato sobre un artista, Bobbi Jene es una bailarina que lo es todo en Israel, y decide cambiar de rumbo, dejando la zona de confort y los espacios conocidos, para emprender un nuevo viaje en su vida como artista, un nuevo camino que le empuja a abrirse a otros espacios y lugares, a nuevas gentes y nuevas formas de entender su trabajo, su cuerpo y las infinitas posibilidades de su arte. Lind construye un magnífico y honesto documento sobre el arte y sus consecuencias, sobre todo aquello que debemos dejar y renunciar para seguir adelante, y las luchas internas sobre nuestro deseo más íntimo y la búsqueda del propio camino.

La cineasta danesa lo hace desde la más absoluta intimidad, dejando que su mirada y su cámara exploren todos los instantes y momentos de una bailarina todo corazón y fuerza, como ese grandioso momento en el que Bobbie lcuha contra la pared, como si su interior se enfrentará a ese muro inquebrantable, pero con decisión y valentía. Bobbi, tanto con palabra como con su cuerpo se muestra a tumba abierta, desde lo más profundo de su intimidad, bien recogida y filmada por Lind, tanto de los ensayos y el background en Israel, así como esas conversaciones con Ohad, tan cercanas y sinceras, o los instantes domésticos con su novio Or, y esas conversaciones impagables sobre su futuro y las consecuencias que acarrará la inevitable separación, todo aquello que los une y también, lo que les separa. Así, como esos momentos familiares en EE.UU., con su sobrino bebé, las conversaciones íntimas con su madre sobre su anorexia, los nuevos proyectos y las emociones, con ese momento cuando caminan por la calle y a la pregunta de la madre, en la que se refiere al saco de arena que utiliza Bobbi en el espectáculo para darse placer, la bailarina contesta: A veces, tienes que encontrar el placer en aquello que te hunde.

Lind nos introduce en esa intimidad a flor de piel de forma asombrosa y delicada, manteniéndose cerca pero sin caer en el sentimentalismo y cosas por el estilo. Su mirada observa detenidamente la piel, la mirada, los movimientos, la desnudez y todos los procesos creativos de Bobbi, desde la idea primigenia pasando por ensayos extenuantes, conversaciones para mostrar su trabajo, y sobre todo, nos convertimos en testigos privilegiados en la vida de Bobbie, una mujer de carácter, honesta consigo misma, y audaz como pocas, que entiende su trabajo como una búsqueda constante para expresar con su cuerpo y sus movimientos todo aquello que le bulle en el interior, en que las emociones son fundamentales para sentirse libre y fuerte, para encarar todas sus expresiones artísticas y emocionar a su público. Lind plantea una película muy corporal y viva, donde el torrente inagotable de emociones que vive Bobbi nos acompaña desde el primer minuto de metraje, caminando junto a ella, sintiendo junto a ella y sufriendo junto a ella, en un grandísimo retrato sobre el interior del arte, el alma de la bailarina y el diálogo que se establece, complejo y difícil, entre aquello que somos, lo que deseamos, lo que fuimos y lo que seremos.

Tres idénticos desconocidos, de Tim Wardle

LOS HERMANOS REENCONTRADOS.

“La genética nos proporciona una tendencia a movernos en ciertas direcciones y comportarnos de ciertas maneras y es el entorno quien determina la forma en que se expresan esos impulsos biológicos”.

Lawrence Wright

La película arranca allá por el año 1980 durante el primer día de universidad, cuando Robert Shafran es recibido y saludado calurosamente por todos los demás estudiantes, ante su propia estupefacción, ya que se trata de la primera vez que pisa ese campus. Todos lo llaman Eddie. Uno de los jóvenes se percata que no se trata de Eddie, pero que su aspecto es exactamente igual que el citado. Así, que llama al tal Edward Galland y los dos jóvenes se dan cuenta que son gemelos, idénticos uno del otro. La noticia corre como la pólvora y se emite en televisión, y casualidades del destino, David Kellman, desde su casa frente al televisor, descubre que los dos gemelos son idénticos a él, y los gemelos pasan a ser trillizos, y desde ese momento, los tres se convierten en uno, amigos inseparables, convirtiéndose en un gran fenómeno, que los lleva a ser la sensación del momento: apareciendo en los programas televisivos más famosos, en una película con Madonna, siendo las estrellas de las sesiones de la famosa discoteca Studio 54 de New York, incluso irse a vivir juntos a un apartamento en la Gran Manzana, y convirtiéndose en socios cuando abren su restaurante “Trillizos”, que será el local de moda para mucha gente.

El cineasta Tim Wardle (Reino Unido, 1975) dedicado exclusivamente a realizar documentales para televisión, encontró esta historia y después de innumerables carambolas del destino, consiguió levantar este proyecto y contar la odisea de tres bebés nacidos en 1961 y separados al nacer, y posteriormente, adoptados por tres familias diferentes que no se conocían entre sí. Tres hermanos que nacieron sin conocer la existencia de los otros. Y todo tiene un porqué, los tres hermanos, junto con otros gemelos y trillizos, participaban en un experimento científico del equipo del psiquiatra Peter Neubauer, un estudio que exploraba las conductas de la personalidad de una serie de individuos separados al nacer, hijos de padres con problemas mentales, el estudio se basaba en la observación de estos individuos y su conductas, si estas alteraciones emocionales se heredaban o eran proporcionadas por el entorno en cuestión, un entorno, eso sí, que en el caso de los trillizos, eran de diferentes clases sociales.

La película de Wardle se mueve en dos espacios, primero de todo, las imágenes de archivo, donde se reconstruye la vida de los tres mellizos y su reencuentro, así como la reconstrucción de ciertos momentos de ese pasado, y un segundo espacio que sería el presente, donde a través de entrevistas, en las que se recogen de primera mano los testimonios de los hermanos, y también, el relato de algunas de las personas que participaron de manera periférica en el experimento, y el testimonio crucial y esclarecedor del periodista Lawrence Wright, que investigó profundamente el caso hasta donde le dejaron, porque los archivos referentes al experimento siguen estando en custodia, alejados de todos los ojos, con la excusa que algunos participantes del experimento desconocen completamente todo. Wardle se mueve entre varias películas, porque tenemos una alegre, divertida y muy emocionante, cuando los trillizos se reencuentran, sus vidas, su éxito y compañerismo, y por otro lado, la película se adentra en el thriller oscuro y terrorífico, en la conspiración científica, muy propia del cine político de los cincuenta y sesenta, donde se cuestiona la ética y moral del experimento y de ciertas conductas de la ciencia en pos de la verdad, o de la naturaleza de los experimentos, una época donde la Guerra Fría ayudaba a llevar a cabo ciertos estudios que en muchos casos atentaban contra la identidad y las vidas de las personas.

Wardle cuenta de manera eficaz y trepidante todo el relato, centrándose en la parte humanista de los trillizos, que tuvieron que pagar un precio demasiado alto muy a su pesar, a partir de sus testimonios y las imágenes de archivos, dotando a la película de un vaivén de informaciones pero bien estructuradas y organizadas para que el espectador conozca, pero también, se adentre en este documento agridulce sobre la condición humana, donde hay alegrías y risas, pero también, hay tristezas y dolor, donde la película no juzga, sino muestra, explicando todos sus detalles y lugares, llevándonos con firmeza e inteligencia por todos los protagonistas involucrados en el caso, todos aquellos que callaron, porque les convenía, todos aquellos que querían saber, a pesar de todo aquello malo que iban a encontrarse, como los trillizos y otros gemelos que, muy a su pesar, participaron en el estudio secreto, y todos aquellos, como el periodista, que trabajaron para desenterrar todos los detalles del experimento, derribando todos los muros que le dejaron derrocar, porque hay otros, los más profundos, que habrá muchos intereses, tanto humanos como poderosos, que prefieren seguir ocultando.


<p><a href=”https://vimeo.com/310090258″>Trailer TRES ID&Eacute;NTICOS DESCONOCIDOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant

REÍRSE DE UNO MISMO.

John Callahan (1951-2010) era un tipo como otro cualquiera en el Portland post hippie, aunque tenía un serio problema, era alcohólico. Una noche de borrachera,  allá por el verano de 1972, su vida dio un cambio radical, porque en el automóvil que viajaba en plena juerga, se estrelló y acabó parapléjico. A partir de ese instante, Callahan empezó a ir a un centro de rehabilitación y empezó una vida completamente diferente, ya que encontró consuelo y refugio en el humor gráfico, dibujando viñetas en las que se reía de sí mismo, de manera irónica, cínica y a veces, de manera agresiva, de los inválidos habidos y por haber. La última película de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) vuelve a su territorio natural e íntimo, volver a mirar a esos personajes, muchos de ellos homosexuales,  en su mayoría pueblerinos o urbanitas, pero siempre aislados y periféricos que, no encajan en el lugar donde viven, un espacio muy alejado de la idea turística de EE.UU., son sitios cotidianos y aburridos,  sin mucho que hacer, donde el tiempo parece detenido, y en los que sus personajes tiene unas ansias tremendas por salir de allí y conocer otros lugares.

El cine de Van Sant, en su mayoría, y dejando de lado sus películas mainstream, suelen basarse en historias de jóvenes corrientes de esa América profunda, de esa América perdida, sin objetivos y paupérrima, gentes atrapadas en un destino desolador, aunque siempre encontrarán una vía de escape de salir de esa monotonía y desierto emocional, aunque en su mayoría de ocasiones, no se saldrán con la suya y su destino, muy a su pesar, quedará ligado a esos lugares que odian tan profundamente. John Callahan encaja perfectamente en esa idea de cine que tiene Van Sant, un proyecto que ya tuvo en los noventa, después del éxito de El indomable Will Hunting, y de la mano de Robin Williams, que adquirió los derechos de la autobiografía titulada Will the Real John Callahan Please Stand Up?, para hacer una película, aunque entonces el proyecto naufragó, ha sido ahora, y con el protagonismo de Joaquin Phoenix, inmenso, irreverente y cínico, en un personaje que deberá empezar una nueva vida debido a su minusvalía.

Van Sant (que encuentra el título para la película adoptando el que tiene una de las viñetas más famosas de Callahan) se aleja, como era de esperar, del biopic al uso, o mejor dicho, del biopic al uso estilo Mi nombre es Harvey Milk, que dirigió el propio Van Sant, que dirigió con ese tufillo a premios. Aquí, la película arranca unos instantes antes del fatídico accidente de Callahan, y esa adicción al alcohol que lo llevó a esa vida. La película da saltos en el tiempo, va de un lado a otro, manejando la trama a su antojo, construyendo un drama sin sentimentalismos ni discursos, sino a través de la humanidad de su personajes, que en ocasiones se muestra cercano y en otras, odioso e impertinente, un tipo complejo, ambiguo y difícil de manejar. El cineasta estadounidense muestra todo el proceso, desde su vida postrado en la silla, su rehabilitación física, así como la emocional, en el centro de rehabilitación, donde encontramos a un fantástico Jonah Hill (ataviado en un look especie de hippie trasnochado, rubio platino con coleta e iluminado de alguna religión oriental) que juntamente con los otros alcohólicos le ayudara a desdramatizar su situación y encontrar su camino. También, encontramos a la cantante Beth Ditto, en el rol de una gorda feucha, pero muy humana y ese humor negro tan característico para reírse de sí misma y de todos aquellos que quieran mofarse de su aspecto.

La aparición en la vida de Callahan de Annu (fantástica Rooney Mara, aportando sensibilidad y fuerza al personaje de Phoenix) una de sus terapeutas emocionales cuando se curaba, que se convertirá en su novia, también será un acicate más para comprobar que el sexo puede alcanzar estados igualmente placenteros, pero investigando otras naturalezas. Sin olvidarnos de la presencia estupenda de Jac Black  como el amigo borracho Dexter. Y la parte final, cuando Callahan comienza a dibujar sus tiras cómicas y empezar a ser valorado, aunque también vapuleado por algunos sectores más reaccionarios, y convertirse en alguien que a pesar de sus problemas físicos, puede encontrar su camino en el mundo y sentirse aliviado riéndose de sí mismo, y de toda esa vulgaridad que le rodea, y convertir su ciudad en un lugar feo pero cercano, vacío pero interesante, y sobre todo, un universo convertido en materia prima para desarrollar las ideas para sus tiras cómicas.

Van Sant se siente seguro y capacitado para contarnos el relato de uno de sus coetáneos, de alguien que desafió la vida y quiso mofarse de ella, aunque la vida le dio fuerte y le dejó en una silla de ruedas, aunque el cineasta estadounidense quiere contarnos la experiencia vital de Callahan, tanto a través de su reconocimiento, así como el proceso traumático, rompedor y sangrante que vivió antes de darse cuenta que su vida había volcado para ir por otro lado, mostrándonos las luces y sombras de un tipo cualquiera, de alguien que encontró su arte o su manera de desarrollar su capacidad artística a través del dolor, para luego convertirlo en ironía y sarcasmo, extrayendo toda esa rabia, perdonándose a sí mismo, y luego perdonar a su entorno, pero sobre todo, descojonarse de sus impedimentos físicos y emocionales, y volverse a descojonar de los estúpidos y capullos que podemos ser a veces.

Indiana, de Toni Comas

EL LUGAR DONDE NUNCA PASA NADA.

Pueblos pequeños donde todos se conocen o al menos así lo piensan. Lugares rodeados de tierra arenosa, y grandes superficies de cultivo, en las que hay carreteras larguísimas a las que nadie sabe hacía adonde te llevan. Gentes sencillas, gentes dedicadas a sus trabajos, a sus familias, gentes que habitan esos lugares donde se mira el silencio, donde todos los días son o parecen iguales, donde cada cosa que sucede, por mínima que sea, agita el lugar y alerta a todos, aunque lo que suceda sea una cosa sin importancia. En este ambiente rural del medio oeste estadounidense, crocretamente en Indiana, nos sitúa Toni Comas (Barcelona, 1971) un cineasta que lleva años residiendo en Nueva York, pero que para su primer largo de ficción se ha ido a la América profunda, aquella que raras veces se erige como la protagonista. Comas que tiene en su haber el documental Building Stories, sobre Trump y su arquitecto, y el guión de Bag Boy, Lover Boy, se enfrasca en una trama que previamente había arrancado como un documental sobre los fenómenos paranormales en Indiana, aunque la complejidad del asunto, le llevó a construir una película de ficción sobre los “Spirit Doctors”, un par de colegas que altruistamente se dedican a ayudar a las personas que han sufrido presencias paranormales en sus vidas. Hasta aquí podríamos pensar que la película de Comas nos encamina a una especie de “Cazafantasmas” rurales,  pero la cinta se mueve por terrenos completamente antagónicos, alejado del efectismo o sensacionalismo de este tipo de películas o ambientes.

La película de Comas se centra en algunos casos haciendo hincapié en uno de ellos, pero no lo hace desde lo tajante, sino desde la incertidumbre y la complejidad, ya desde sus personajes principales, Michael, uno de los “Spirit”, es un ejecutivo de traje inmaculado, que cuando sale del trabajo viste chándal, además, su mujer le ha abandonado y él sigue sufriendo esa tristeza y ausencias, por su parte, el “otro spirit”, Josh, vive en una de esas caravanas que tanto se ven en el medio rural, está divorciado y comparte la custodia de su hijo preadolescente. La película no se centra en averiguar y responder, sino a formular y formularse preguntas, viajamos con los “Spirit” en ese 4×4, en silencio y en calma, como si fuesen seres de otro planeta, vagando sin rumbo por el espacio, encontrando las respuestas necesarios para entender y entenderse, aunque quizás sea el viaje o la trayectoria lo único sincero y real en la película, no lo sabemos, la película tampoco se decanta, y esto es de muy agradecer, nos movemos con sus protagonistas, descubriendo los diferentes casos y entrando en ese mundo desconocido, cercano y a la vez, muy extraño.

Sin ser una película de terror al uso, o esa película-producto de sustos y argumentos facilones con asesinos invencibles que nos tienen tan acostumbrados el cine convencional, consigue esa atmósfera inquietante y agobiante con mínimos recursos, dejando que la cámara los sigue como una presencia más, sin teledirigir al espectador, dejando el espacio conveniente, al que acompaña esa luz mortecina, donde el sol parece sombrío, como sin fuerza, creada por la cinematografa Anna Franquesa Solano. Comas y su coguionista Charlie Williams, han construido una película muy sobria y contenida, una película de ausencias y presencias, capturando ese espacio incierto, que quizás no sea de este mundo, moviéndose entre lo espectral y lo terrenal, entre lo racional e irracional, entre lo que sabemos o intuimos que sabemos, y aquello que desconocemos, entre nuestros miedos y conflictos interiores, y lo otro, ese espacio extraño, desconocido, invisible pero visible, algo que nos lleva hacía lugares que nunca hemos visto o sensaciones nunca vividas.

Si bien podemos intuir el cine de David Lynch, en la medida de ese terror cotidiano, ese que se cuela en nuestras casas, aquel que vive entre nosotros, el que nos saca fantasmas de nuestro interior, los temores que nos acechan que conviven en nuestro interior, los que no nos dejan dormir y nos atormentan, sin olvidarnos del estado de ánimo que padecían los personajes de Antonioni, que eran incapaces a encontrarse en una isla pequeña, o que deambulaban por las ciudades sintiéndose extraños de sí mismos, o que les abrumaba la desolación en los momentos más inoportunos, seres que parecían moverse entre sombras, entre otras dimensiones, desconectados del mundo, y sobre todo, de todos, y de ellos mismos. Comas consigue un reparto ajustado y estupendo que saben lidiar con unos personajes nada fáciles, consiguiendo embaucar al espectador en este cuento de terror atípico, diferente, y extrañamente inquietante, que atrapa con lo mínimo, conduciendo al público por un laberinto donde hay personajes siniestros, situaciones muy inquietantes, y sobre todo, un paisaje humano donde todo puede ocurrir, aunque sea de esos lugares donde nunca pasa nada.