Entrevista a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero

Entrevista a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, intérpretes de la película «Eixam», de Óscar Bernàcer, en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta

Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, director y coguionista de la película «Eixam», en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eixam, de Óscar Bernàcer

BIENVENIDOS A MALPÀS. 

“Fuera de la sociedad, el hombre es una bestia o un dios”

Aristóteles

Esta es la historia de Lluc, un tipo que no ha sabido amar ni ser un buen padre, y como consecuencia, lo pierde todo. Un día, lo rescata Alba, antigua compañera de centro de menores, y lo lleva a su comunidad perdida entre las montañas. Un lugar independiente, alejado de la sociedad, y autogestionado, en el que un grupo de personas viven ayudándose los unos a los otros y viendo en un entorno natural y tranquilo. Con esta premisa, el director Óscar Bernàcer (Palma, 1978), y afincado profesionalmente en Valencia, debuta en la ficción con el largometraje Eixam (Enjambre), después de unos cuantos documentales críticos con la fiebre turística valenciana.  El relato escrito por el tándem Joana M. Ortueta (coguionista en La casa y la serie Heridas) y Jorge Juan Martínez, que compartieron la serie Servir y proteger, no sigue los códigos del thriller al uso, porque se aparta de lo esperado y nos envuelve de un lugar bello e inquietante a la vez, en el que entramos a través de la figura del protagonista y cómo se va enfrentando a ese entorno que tiene muchas capas, y sobre todo, cómo va descubriendo a cada uno de sus habitantes y lo que allí se cuece. 

La fortaleza de la propuesta se capitaliza a partir del interesante y cuidado guion y un grupo de intérpretes que transmiten verdad, cada uno en su rol y su tarea dentro de la comunidad, sin olvidarnos del citado entorno, un escenario tan tranquilo y cotidiano, y su otro lado, que irá emergiendo, en que la historia dosifica con orden y paciencia la información que va conociendo el espectador. Una película sin prisas, con pausa y siendo muy concisa en hablarnos de las relaciones reales, ficticias, calladas e invisibles que existen en ese lugar tan apartado y a la vez, tan reconocible. Hay muchas capas en Eixam, quizás tantas como la condición humana, porque de eso va la película, de lo que somos como personas, lo que nos define como humanos, y todo aquello que ocultados a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, de las leyes no escritas por las que nos regimos para continuar con la idea comunitaria, lo que aceptamos y lo que no, y lo que elegimos o no. El director, valenciano de adopción profesional, no juega al misterio y a llevar de aquí para allá al espectador, sumergiéndonos en un extraordinario suspense psicológico, dejando ese espacio tan importante donde el respetable ejercerá o no de juez implacable con lo que ve y sucede en la citada comunidad. 

Para el equipo técnico, Bernàcer se ha acompañado de antiguos cómplices como el cinematógrafo Víctor Entrecanales, con el que ha trabajado en diversos cortos y en los documentales, El hombre que embotelló el sol (2016) y Here comes the Sun, pequeñas reflexiones sobre turismo de sol y playa (2021), amén de películas como La banda y L’àvia i el foraster. Su luz se acoge muy bien en el entorno, cuidando cada encuadre y generando esa atmósfera tan real como misteriosa, sin acudir a las trilladas técnicas del género. El montador Vicente Navarro, que hizo con el director el cortometraje El deseado (2020), y haber trabajado con Avelina Prat y Claudia Pinto, construye una edición que huye de lo convencional, que cae en el rostro del protagonista, en un relato reposado y misterioso, en sus 100 minutos de metraje que se ve con mucho interés. Para la música tenemos a la compositora Raquel Sánchez, que ha trabajado en películas como Escanyapobres y Mario, y series como Delta, consigue una banda sonora que se contagia con la naturaleza y el carácter de los personajes, y sobre todo, esa atmósfera tan cercana y tan oscura instalada en la comunidad. 

En el apartado interpretativo me van a permitir que nombre a todo su elenco, empezando por el dúo protagonista Pablo Molinero y Cristina Fernández Pintado, y siguiendo con el resto de la comunidad de Malpàs: Pablo Derqui, María Maroto, Gloria March, Jordi Aguilar, Marta Belenguer, Àngel Fígols, Abdelatif Hwidar, con las breves presencias de Sergio Caballero y Neus Asensi. Un grupo que está brillantísimo y que irradia luz y oscuridad. Si tuviésemos que destacar los padres cinematográficos estarían en Perros de paja, de Peckinpah, Defensa, de Boorman, y Furtivos, de Borau, entre otras, films claves y capitales de cómo mostrar las oscuridades de la condición humana enfrentada a sus propios miedos, al otro y a un entorno que puede ser mágico, misterioso y atrayente, y también, oscuro, inquietante y muy hostil. Eixam, de Óscar Bernàcer se suma a esta pequeña pero interesante ola de cine valenciano sólido y magnífico y en valenciano, que está saliendo en los últimos años, las ya citadas en este texto a las que añado La invasió dels bàrbars. Buen cine a pesar de la deriva política de sus gobernantes. Salut y llarga vida al cinema valencià!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rondallas, de Daniel Sánchez Arévalo

TODOS JUNTOS AHORA. 

“La música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio”. 

Víctor Hugo

El universo cinematográfico de Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970), se compone a partir de un hecho doloroso que define, no sólo a los personajes que tiran del carro, sino que estructuran a todo un grupo, sin olvidar el humor que ayuda a tragar toda la dura situación. Después de un buen puñado de cortometrajes que lo pusieron en primer plano, debutó con la muy estimable Azul Oscuro Casi Negro (2006), le siguieron Gordos (2009), Primos (2011), y La gran familia española (2013), Diecisiete (2019), que junto a la citada Primos agrupan una especie de díptico sobre los jóvenes parientes en busca de un imposible a través de un viaje por la provincia de Santander (lugar de nacimiento del padre del cineasta que no es otro que José Ramón Sánchez, famoso ilustrador que amenizó en el inolvidable “Sabadabadá” las mañanas ochenteras de muchos de nosotros) que les ayuda a superar dramas pasados. En Las de la última fila (2022), también la travesía ayudaba a unas amigas a enfrentarse a la enfermedad. 

En Rondallas no deja el norte, porque se traslada un poco más a la izquierda, más concretamente, a la ría de Vigo, a uno de sus pueblos y a sus gentes, en el epicentro de la rondalla “Gran Sol” (como la famosa novela de Ignacio Aldecoa, que relata las duras condiciones de los pescadores santanderinos), en la que conocemos a Luis que, junto a Yayo, son los supervivientes de un barco pesquero que naufragó hace 2 años dejando viuda a muchas de las mujeres, entre ellas, a Carmen, que mantiene una relación con el citado Luis, y mantiene una relación difícil con sus dos hijas, la adolescente Noa y la pequeña Noa. En ese estado de duelo y depresión en el que pasan los días duros entre percebes y otros trabajos recordando a los que no están y esperando que aparezca el barco perdido. La “Rondalla” es el viaje en esta película, agrupaciones de música a partir de gaitas, carracas y demás objetos que continúan vivo el folklore y la tradición en un concurso que elige la mejor de la provincia. Una rondalla que revive como terapia para recordar a los ausentes y volver a vivir para los que sí están, enfrentada a las dificultades de unos y otros, donde seremos testigos de los problemas internos con los que lidia cada uno de los personajes.   

La parte técnica de la película brilla con intensidad capturando ese cielo plomizo tan característico del norte, que le viene como anillo al dedo a los atribulados personajes que arrastran su particular tragedia, como evidencia su estupendo prólogo. La cinematografía concisa de Rafa García, del que hemos visto comedias como Mala persona y los dramas Escape, y la reciente de La tregua. La estupenda música que interpreta la rondalla, tan potente y enérgica es compartida con la magnífica soundtrack que ayuda a situarnos en el estado emocional lleno de altibajos por el que pasan los diferentes personajes, que firma el argentino Federico Jusid, con más de 130 trabajos en su filmografía junto a Campanella, León de Aranoa, Larraín, Borensztein, Erice y la reciente serie El eternauta. El montaje corre a cargo de Miguel Sanz, del que hemos visto Canallas, de Daniel Guzmán, en su segunda colaboración con el director después de la mencionada Diecisiete. El montaje es sobrio y nada complaciente, y describe con detalle y precisión las situaciones emocionales y sobre todo, las relaciones que se van generando en sus casi dos horas de metraje. 

Un reparto muy bien escogido y mejor interpretado, como suele ser marca de la casa en el cine del madrileño-cántabro, sino recuerden los ya citados. Aquí tenemos a un tótem como Javier Gutiérrez, un asturiano metido en Vigo, dando vida a Luis, un tipo que debe vivir contra un fantasma que era su mejor amigo y además, es el alma mater de este grupo y de la dichosa rondalla que usa como acicate para levantar muchas cosas. A su lado, están los gallegos empezando por María Vázquez, una actriz que mira muy bien. Su Carmen es una mujer rota que quiere salir del pozo, poco a poco, eso sin miedo. Están los jóvenes Judith Fernández, que la vimos en La casa entre los cactus, y Fer Fraga, visto en la serie Rapa, que tienen sus cosas entre gaitas y egos y secretos. Otra pareja, esta vez de hermanos, que interpretan los fabulosos Tamar Novas, en un personaje que crecerá mucho durante la película, y Xosé A. Tourián, en un rol muy alejado del que hacía en las dos comedias sobre Cuñados. También está Marta Larralde, una actriz que maneja muy bien los registros de sus personajes, y el veterano Carlos Blanco, visto en mil y una, en uno de esos personajes lobo de mar que escenifica mucho el sentimiento de derrota y dignidad de la existencia. 

Los espectadores no deberían acercarse a ver Rondallas como un mero entretenimiento sin más, porque se perderían las estupendas virtudes que atesoran sus imágenes como la fusión entre cine con vocación comercial que cuenta una historia social y de verdad, llena de personajes de carne y hueso y de tramas duras pero no condescendientes. También, encontramos esa mezcla entre el drama cotidiano que se remueve entre las paredes de casa enfrentado a la alegría, la emoción y la vitalidad que desprenden los ensayos de la rondalla, cogiendo el tono y la atmósfera que desprende cierto tipo cine británico como Tocando el viento y Full Monty, entre otras. Una música llena de fuerza y pasión, y la idea de conjuntar una comunidad azotada por la tragedia, en que la música actúa como terapia reveladora para sacar los dramas personajes y exponerlos a través del arte y la forma de transmitir que tiene cada uno. Seguramente estamos ante la película más conseguida de Daniel Sánchez Arévalo y no lo digo porque se acaba de estrenar, sino porque la la energía que desprende cada fotograma contagia de energía, pasión y emoción desbordante en los momentos donde los personajes se difumina y aparece la rondalla, o lo que es lo mismo. la comunidad todos a uno viviendo, danzando y disfrutando la música y todo lo que llevan en el interior sale con fuerza y las cosas se ven menos duras y jodidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aro Berria, de Irati Gorostidi Agirretxe

SER LA REVOLUCIÓN. 

“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Solo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ninguna parte”. 

Ursula K. Le Guin

Algunos cineastas emprenden una búsqueda de su forma de mirar y narrar a través de las huellas del pasado tanto físico como emocional. El caso de Irati Gorostidi Agirretxe (Eguesibar, Navarra, 1988), es paradigmático en este sentido, porque en sus películas siempre ha observado su pasado y la relación que tenía con él de un modo reflexivo, crítico y nada complaciente, donde lo obrero, lo humano y lo político han sido el centro de la cuestión.  Ahí tenemos el mediometraje Pasaia Bitartean (2016), que recorre el citado puerto y sus cambios del esplendor obrero de los setenta hasta nuestros días. En sus cortometrajes como Unicornio (2020), una joven huía hacía una casa aislada en ruinas y tiene un compañero muy especial, con el aroma de Sin techo ni ley (1985), de Agnès Varda. Con San Simón 62 (2023), codirigido con Mirari Echávarri, volvían a los valles de Navarro donde se ubicó la comunidad Arco Iris, recorrieron los pasos de sus respectivas madres y su experiencia, y en Contadores (2024), reflexionaba del movimiento obrero de San Sebastián de 1978 en la fábrica de contadores. 

Para su primer largometraje, Aro Berria (en el original, “Nueva Era”), la directora navarresa continúa lo que ya expusó en el citado Contadores, y en su primer tercio asistimos a la actividad asamblearia y política de los mencionados trabajadores/as y su desencanto en aquella España de finales de los setenta en la que, después de meses de huelga y movilizaciones no acaban de conseguir sus objetivos como clase obrera. Algunos de aquellos deciden huir del mundanal ruido y convertirse en un miembro más de la comunidad “Arco Iris”, en Lizaso, en el valle de Ultzama, en Navarra, y vivir en una comunidad alejada de lo material y centrada en lo espiritual, siguiendo los preceptos del Tantra, explorando la sexualidad, la respiración, el yoga y la meditación para estar conectados con el alma y tener una conciencia profunda. La película es una ficción, aunque está filmada como si fuese un documental del momento, a partir de la llegada de dos amigas, seguimos la actividad diaria del centro, las continuas performances, ejercicios y movimientos de sus participantes, los continuos diálogos entre unos y otros, y sobre todo, las continuas discusiones entre lo que significa la política, la revolución, lo sexual, la igualdad y distintos términos tan cuestionados en aquellos momentos y en cualquier momento. 

La textura y la intimidad que da el 16mm contribuye a que los espectadores seamos uno más de la comunidad, en una cámara muy corpórea e invisible que se mueve entre ellos y ellas, en una cinematografía poderosa y llena de matices que firma Ion de Sosa, que ya estuvo en las citadas Unicornio y Contadores, también filmadas en 16mm. La música es otra cuestión a resaltar de la película, porque consigue ese estado espiritual y sexual que emana toda la trama, en la que el movimiento del cuerpo y todos sus fluidos son esenciales para entender lo que significa la actitud de cada personaje y su forma de gestionarlo. Las melodías de Beatriz Vaca (Narcoleptica), y la música adicional de Xabier Erkizia (que ha trabajado en interesantes films como Meseta, Dardara, Samsara y Negu Hurbilak), hacen que la película entre en una especie de hipnotismo catártico en que las almas bailan, cantan y se mueven al son de una idea y de un sentimiento en espectaculares akelarres alrededor de la piedra y el fuego. El montaje de una grande como Ariadna Ribas ayuda a implicarnos en la cotidianidad y la intimidad que se vive y respira en la comunidad, con esa fusión entre movimiento y palabra que potencia el ideario de vivir de forma diferente en aquellos tiempos, en sus intensos 100 minutos de metraje. 

Una película tan a contracorriente, que busca verdad en cada una de sus imágenes, en la que cada secuencia deviene una experiencia catártica, sumergidos en un trance donde cuerpos y almas danzan al son de sus impulsos sin ataduras y alejados de convencionalismos, el que cada uno de los personajes experimenta su propio camino era preciso tener unos rostros y cuerpos que expresan todas esas emociones descubiertas que hay que gestionar. Tenemos un grupo de intérpretes lleno de caras desconocidas que dan ese toque de verosimilitud y “verdad” que tanto tiene Aro Berria. Empezamos por la artista Maite Muguerza Ronse, que fue una de las actrices de Contadores que da vida a Eme, una de las recién llegadas, Edurne Azkarate coprotagonista de Irati, de Paul Urkijo Alijo, como una de las activistas políticas. Los hombres  Óscar Pascual Pérez, Aimar Uribesalgo Urzlai y Jon Ander Urresti Ugalde. Y los cameos que amplían la nómina de la cinta con un Jan Cornet desatado y guía de las actividades, Javier Barandiaran como sindicalista, que hemos visto en series como La línea invisible y Cristóbal Balenciaga y películas como La infiltrada y la reciente Karmele, y el cineasta Oliver Laxe como una especie de gurú de lo tántrico.  

Si llegados a este punto del texto, todavía están diciendo en sí ven una película como Aro Berria, quizás piensen que la cosa de una comunidad espiritual perdida en Navarra allá por finales de los setenta no va mucho en estos tiempos, permítanme decirles que se equivocan, porque aquella experiencia en comunidad sigue tan vigente como entonces, ya que aquellos jóvenes después de cuatro décadas de dictad, oscuridad y violencia, y desencantados con la política y la imposibilidad de vivir dignamente de su trabajo, decidieron abrir una nueva vida y poner en práctica todos los ideales de libertad, de contracultura y experimentación ya vividos en otros países. Temas que siguen tan vigentes como entonces, la idea de una sociedad diferente, más humana, más vital y más interior. La película coge un vuelo alucinante cuando la idea de comunidad y libertad sexual choca con las contradicciones de esos mismos elementos y las diferentes experiencias de hombres y mujeres y sobre todo, la llegada de los hijos a un lugar idealizado donde no pensaban en niños y niñas. Me gustaron mucho los anteriores trabajos de Irati Gorostidi Agirretxe y me ha encantado Aro Berria, por su libertad, lo salvaje de sus situaciones e ideas, y su experiencia alucinante de cada uno de sus imágenes listas para hacer reflexionar, preguntarse y sobre todo, cuestionar una sociedad cada vez más simple, superficial, de tanta experiencia materialista y muy alejada de lo interior y el espíritu. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro

COVAS DO BARROSO NO SE RINDE.   

“La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada ser humano, pero no la de su codicia”. 

Mahatma Gandhi 

Si pensamos en cine portugués nos viene rápidamente la película Trás-Os-Montes (1976), de Margarita Cordeiro y António Reis, uno de los grandes monumentos no sólo de nuestro país vecino, sino del cine de los setenta porque, a través de una excelente docuficción observaban de manera profunda y reflexiva las tradiciones de esta parte situada al noreste del país, en un asombroso retrato de lo antiguo y lo moderno centrada en sus ritos religiosos. La película La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro (Lisboa, Portugal, 1990), se mira en la citada película para construir también una docuficción para retratar también el norte, no muy lejos de la mencionada, y más concretamente el pueblo Covas do Barroso, que vive amenazado por la llegada de la Savannah Resources, una compañía británica que quiere instaurar la minería del litio en sus montañas. Ante ese peligro, la población se reúne y lucha contra la industrialización del territorio que perjudica enormemente su agricultura y ganadería y el desastroso impacto en el paisaje. 

Carneiro ha cimentado una interesante filmografía, siempre en el campo documental y sus derivaciones como hizo en Bostofrio (2018), su debut en el que recorría las huellas de su abuelo a través de su pueblo, en Périphérique Nord (2022), hablo de los inmigrantes portugueses en Suiza a partir de su pasión por los automóviles. En la película que nos ocupa vuelve a lo rural, y a través de un magnífico híbrido entre el documental observacional, en el que construye una mirada tranquila y sobria en el que muestra la cotidianidad de sus habitantes, sus formas de trabajo, convivencia y amistad siempre con el entorno natural como guía espiritual de todos. Y luego, está la recreación que usa para contarnos el litigio entre el pueblo contra la compañía, y lo hace a partir de los propios habitantes que se interpretan a sí mismos y al “enemigo”, donde se abre una forma de cine dentro del cine, y lo mejor de todo, en que los propios afectados pueden reflexionar su vivencias, su presente y su futuro, con una atmósfera de western donde hay momentos cómicos. A través de un guion que firman el uruguayo Álex Piperno, director, entre otras, de Chico ventana también quisiera tener un submarino (2020), y el propio director, construido inteligentemente pasando por las estaciones de casi un año porque arranca en otoño, pasa por el invierno para terminar en primavera, en el que lo etnográfico, a lo Rouch y Depardon, con sus días, tradiciones e idiosincrasia se mezcla con la “invasión” de la empresa que altera la comunidad y los pone en guardia y lucha. 

Una película que recoge unas gentes y su territorio particular, tan natural como salvaje, y una forma de industria invasiva que destruye para romper las leyes ancestrales de la naturaleza no impone reglas, sólo que reivindica nuestra historia y nuestro futuro. Las reivindicativas y conmovedoras canciones de Carlos Libo estructuran la película, convirtiendo cada tema en un himno y clamor del pueblo unido que se reúne y actúa ante la industrialización masiva que no piensa en lo natural y mucho menos, en la vida. Escuchar temas como “Hora de lutar”, “A voz do povo” y “Brigada da foice”, entre otros generan ese sentimiento de unidad, pertinencia y ancestral, de los que están y los ausentes. La música diegética y sensible de Diego Placeres que trabajó en la mencionada Périphérique Nord, acompañan las brillantes imágenes en 35 mm que traspasan cada detalle, cada mirada y cada gesto, que firman el trío Rafael Pais, Duarte Domingos y Francisco Lobo, del que conocemos por su trabajo en El bosque de las almas perdidas (2017), de José Pedro Lopes. El montaje de unos inolvidables 77 minutos de metraje es certero y sensible firmado por el propio director, el citado Álex Piperno y la uruguaya Magdalena Schinca, que tiene en su filmografía compatriotas como Sergio de León y Marcos Vanina, entre otros. 

Una película de estas características necesita la ayuda y la complicidad de los habitantes de Covas do Barroso que han sido unos intérpretes por partida doble, siendo ellos mismos y mostrando sus vidas, trabajos y demás, y además, interpretando a “los otros”, el enemigo que amenazaba su tierra. Tenemos al mencionado músico Carlos Libo y Paulo Sanches, Daniel Loureiro, Aida Fernandes, Maria Loureiro, Lúcia Esteves, Nelson Gomes, Benjamin Goncalve. Todos ellos muestran una naturalidad y transparencia que hace del retrato una ensayo ficción de una forma de vida y hacer casi en extinción en muchos lugares de este planeta. No deberían dejar pasar La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro, porque además de descubrir unas vidas muy diferentes a las nuestras, tan sometidas a lo urbano, la industrialización en cadena y el vacío existencial, seguimos atentos a la unidad de una comunidad y su lucha en contraposición a unas ciudades donde el yo y el individualismo ha ganado la partida a la asociación y al otro, donde nos miramos a nosotros. La película es también un gran toque de atención para dejar de vernos tanto y mirar a nuestro alrededor, a lo que somos, a los otros y sobre todo, pararnos para no perder la identidad y nuestro camino, y miremos la actitud y la voluntad de los lugareños de Covas do Barroso, todo un lección de vida y humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La caja de cristal, de Asli Özge

TODOS CONTRA TODOS. 

“Quizás todos tienen miedo de los demás en este condenado mundo”

John Steinbeck

Cuando todos estábamos sumidos en la pandemia, y por ende, sometidos a un miedo irracional, un miedo en el que todo y todos nos inspiraban desconfianza, el exterior se convirtió en un campo de minas en la que nadie quería tropezar con el virus. El miedo se apoderó de todos nosotros, un miedo que controló nuestras vidas y lo que es peor, nuestra forma de pensar. La amenaza exterior estaba ahí, aunque quizás, no era tan temible como parecía. La historia que cuenta La caja de cristal (“Black Box”, en el original), tiene mucho que ver con aquellos tiempos de pandemia, porque el relato nos encierra en una comunidad de vecinos de un edificio céntrico berlinés, y más concretamente, en su patio interior, donde los inquilinos van y vienen porque fuera existe una amenaza desconocida, y la policía ha acordonado la zona sin dejar salir a nadie. Y todavía hay más, la inmobiliaria, propietaria del edificio, acosa a los vecinos para quedarse con sus viviendas, remodelarlas por su estado viejuno, y hacerlas de lujo para vecinos ricos. 

Detrás de las cámaras de la película está la directora turco-alemana Asli Özge (Estambul, Turquía, 1975), de la que conocemos Men on the Bridge (2009), y Para toda la vida (2013), ambas filmadas en Turquía, de corte social y la otra, la descomposición de una pareja, y All of a sudden (2016), ya en Alemania, sobre una pequeña comunidad y la violencia que se cierne entre ellos. Muchos elementos de esta última, que tiene como coproductores a Jean-Pierre y Luc Dardenne, los podemos reconocer en su último trabajo, porque volvemos a enfrentarnos a un pequeño grupo de personas, ya tensionados por el mobbing de la inmobiliaria y ahora, con esa amenaza exterior, los irá enfrentando unos a otros, en el que emergerá viejas rencillas no resueltas, con ese magnífico comienzo con los operarios introduciendo la famoso caja negra del título colocada a un lado del patio, una especie de oficina de control, el Big Brother del lugar, que todo lo ve y lo juzga. La directora impone una certera e interesante película muy de nuestro tiempo, y desgraciadamente, de cualquier tiempo, porque la tensión que se va generando, provocada por el miedo que se va instalando en cada uno de los personajes, que podríamos ser nosotros mismos, los va aislando y creando esos grupos maliciosos donde se va tomando partido más por las entrañas que de forma racional, enfrentándose todos contra todos, en una historia in crescendo de puro ritmo y tensión que nos va asfixiando sin tregua. 

Estamos ante una película social, pero es que muchas cosas más, tiene ese corte de thriller agobiante a contra reloj, donde la atmósfera se va enturbiando sin necesidad de efectismos propios del cine de terror, aquí todo pasa de día, a plena luz del día, pero el terror se siente y se padece, a partir de espacios cotidianos, y otros, también naturales, que irán descubriéndose y teniendo su importancia, como el ático y el subterráneo, que irán quitando las máscaras y destapando las verdaderas intenciones de la inmobiliaria, y los demás vecinos. La cinematografía de Emre Erkmen, que ha trabajado en todas las películas de Özge, del que vimos por aquí la excelente Un cuento de tres hermanas (2019), Ermin Alper, impone esos planos secuencia muy cortantes, donde se priman los rostros y hace hincapié en las diferentes reacciones de los diferentes individuos a medida que van conociendo los planes, o mejor dicho, todas las hipótesis que salen a relucir en una situación que los traspasa sin piedad. Al igual que el fantástico y medido montaje de Patricia Rommel, una veterana en la cinematografía germánica con más de 40 años de trabajo en películas como La vida en obras, de Wolfgang Becker, La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, y sus películas con las directoras Caroline Link y Angelina Jolie, entre otras, en un gran ejercicio de dosificación de información y tensión sin florituras, sino a través de los rostros y los (des) encuentros de los personajes, en una película nada fácil con un metraje de un par de horas.  

El gran trabajo del reparto es otro de los elementos indiscutibles de la cinta con una magnífica Luise Heyer, que ha trabajado con Petzold, en la serie Dark, y ya estaba en All of a Sudden, en el rol de Henrike Koch, una actriz que llena la pantalla con su rostro e hilo conductor de la película, agobiada por la falta de trabajo y la imposibilidad de salir del edificio para una importante entrevista, cosa que le hará discutirse con su marido, Felix Kramer es el antipático administrador Johannes Horn, al que hemos visto recientemente en Algún día nos lo contaremos todo y Bastarden, el fascinante Christian Berkel, con más de medio siglo de trayectoria como actor con nombres como los de Tavernier, Hirschbiegel, Verhoeven, Tarantino, y más, siendo el tipo que se enfrenta al administrador recogiendo firmas entre los vecinos, y otros intérpretes igual de estimulantes y cercanos como Timur Magomedgadzhiev, Manal Issa, André Szymanski, Sacha Alexander Gersak, Anne Ratte-Polle y Jonathan Berlin y otro gran veterano como Hans Zichler, viejo conocido de la directora. No se pierdan una película como La caja de cristal porque tiene mucho que ver con nuestros mundos consumistas sin piedad que, anhelan riqueza a costa de todo y todos, y se relacionarán con el término de gentrificación, seguro que ya saben su significado, porque muchos de ustedes lo han sufrido o lo sufrirán, no le den más vueltas, la cosa es así, siempre ha sido así, pero no desesperen, si nos juntamos, unas con otras, podremos hacer algo, no piensen que es imposible, porque el sistema les va a hacer pensar que es así, que no tiene solución, no lo crean, sino ya estarán muertos, y sigan en la lucha, en la lucha de vivir mejor y sobre todo, de forma humana, que se nos olvida constantemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Arantxa Echevarría

Entrevista a Arantxa Echevarría, directora de la película «Chinas», en el Cafe Salambó en Barcelona, el miércoles 4 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arantxa Echevarría, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Leonor Watling

Entrevista a Leonor Watling, actriz de la película «Chinas», de Arantxa Echevarría, en el Cafe Salambó en Barcelona, el miércoles 4 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leonor Watling, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Corpus Christi, de Jan Komasa

FE PARA SANAR.

“No  finjas  que  no  estás enfadado,  que  algo  no  te  fue  quitado.  No  finjas  que  lo  entiendes”

Daniel tiene 20 años y está recluido en un reformatorio por una muerte que arrastra. Cuando es enviado a un aserradero para trabajar, destino que no le convence, y aprovecha para hacerse pasar por sacerdote en una pequeña comunidad dividida por un accidente trágico. La forma moderna y desinhibida que tiene Daniel de acercarse a Dios, cambiará a los habitantes del pueblo y les conducirá por caminos diferentes y sanadores. Partiendo de una historia real, y con el guión de Mateusz Paciewicz, el director Jan Komasa (Poznan, Polonia, 1981), construye un relato intenso y asfixiante sobre las divisiones y clases sociales de un pueblo azotado por una tragedia, y como la llegada de una nueva mirada, exenta de prejuicios y dogmas, agitará las emociones y las percepciones sobre la vida, la muerte y como afrontamos el dolor. Komasa vuelve a centrarse en un joven inadaptado, en alguien que cumple condena por un error cuando era demasiado joven para entender las terribles consecuencias de su acción, de alguien que lo ha perdido todo, que no tiene nada a que agarrarse, y encuentra en la religión y sobre todo, en la fe, su forma de redimir sus pecados, y accidentalmente, ve la forma de ayudar a los demás, de unir a esa comunidad inmiscuida en su dolor y sus heridas, que les han llevado a dividir el pueblo, que les ha llevado a un dolor aún más profundo, sin posibilidad de redención.

La luz lúgubre y sombría de la película, obra del cinematógrafo Piotr Sobocinski, Jr, ayuda a entrar en ese pequeño universo lleno de miradas acusadoras, silencios demasiado incómodos, en el que los personas viven su soledad aislados, sin compartir, temerosos y hundidos en su propio dolor, un dolor en el que regocijan y lo asumen como una especie de vía crucis sin posibilidad de sanación, un mundo asfixiante, lleno de cercas, y divisiones estúpidas y absurdas, bien acompañado por ese montaje, obra de Przemystaw Chruscielewski, que profundiza aún más en esa rabia y heridas sin cerrar, con esos encuadres asfixiantes, que cortan el aliento, unos interiores reducidos, donde se muestran los marcos de las ventanas y puertas, lo que hace aún más evidenciar esa asfixia en la que viven y sobre todo, sienten todos los personajes, unas almas a la deriva, rotas por el dolor, llenas de envidias y rencor. Personajes complejos y torpes emocionalmente, personajes todos, absolutamente todos, tienen demasiados cosas que ocultar y callar, deambulan con ese miedo de ser incapaces de afrontar una verdad necesaria para la sanación, y para seguir viviendo con honestidad, y no como una especie de muertos vivientes, llenos de inseguridad y tristeza.

Komasa le interesan los pequeños universos, donde sus personajes son azotados por el entorno, un entorno que los arrincona y los persigue, que hace lo imposible para debilitarlos emocionalmente, en el que sus individuos deberán luchar contra todo y todos, para escapar de esas circunstancias tan adversas y funestas. Sus temas rondan la identidad sexual en Suicide Room (2011), el amor entre dos jóvenes en pleno alzamiento contra los nazis en Varsovia 1944 (2014), jóvenes, erigidos héroes en unas circunstancias en los que deberán seguir peleando para salvar y sobre todo, salvarse. Un reparto que brilla en sus personajes callados y temerosos como Lidia, a la que da vida Aleksandra Konieczna, esa madre que ha encontrado en la fe, su forma de golpear y enjuiciar a su enemigo, el conductor que chocó contra el automóvil de su hijo y sus amigos, y Eliza, la hija de Lidia, que interpreta Elisa Rycembel, una joven que conoce la verdad de lo sucedido, y que calla por su madre, peor ayudará a Daniel, el nuevo “sacerdote” a entablar los puentes necesarios con la viuda del conductor, al que la comunidad acusa como principal responsable.

Y finalmente, la grandísima composición de Bartosz Bielenia, intérprete curtido en el teatro Shakesperiano, da vida a Daniel, al joven derrotado, solitario y perdido, que encuentra en la suplantación de sacerdote, su forma de redimirse ayudando a los demás, rompiendo las barreras mentales y físicas instaladas en la pequeña comunidad, utilizando métodos nada convencionales y acercándose a los conflictos de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, encarando los problemas desde el alma, desde lo más profundo del corazón, desde la mano amiga, de compartir, de derribar el aislamiento y mirarlos de cara, asumiendo la tristeza, y abrazando el dolor, para conseguir sanarse y olvidar la culpa y la rabia. Komasa ha parido una película magnífica y llena de grandes momentos, cargados de tensión y profundidad, un cuento moral sobre quiénes somos, como actuamos y que se cuece en nuestro interior, con ese aroma que tienen las películas de los Dardenne, sumergiéndonos en los conflictos a través de la emoción contenida, aquella que nos hace reflexionar sobre temas que nos afectan en nuestra cotidianidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA