The Farewell, de Lulu Wang

UNOS DÍAS CON LA FAMILIA.

“Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.”
León Tolstói

La película se abre anunciándonos que se trata de “una mentira real”, una mentira que experimentó la directora Lulu Wang en sus propias carnes, cuando al descubrir que su Nai Nai (abuela en mandarín) tenía una enfermedad terminal y la familia decidió ocultárselo. A partir de esa experiencia familiar, Wang, nacida en Beijing, China y emigrada a los Estados Unidos con 6 años, tuvo la necesidad de contar la historia familiar en forma de audiocomentario que se escuchó en un episodio de This American Life titulado Lo que no sabes. De esa primera incursión en su familia, nació The Farewell, su segunda película después de Posthumous (2013) en la que también explicaba otra mentira, la que oculta un artista que ve como la noticia errónea de su suicidio revaloriza su carrera. En su segundo largo, Lulu Wang aborda un relato anclado en la familia, en una familia muy peculiar ya que los dos hermanos, hijos de Nai Nai, han emigrado de China, uno a Japón y el otro a EE.UU.

La familia instalada en Estados Unidos tiene una hija Billi, convertida en alter ego de la directora e hilo conductor en esta historia que nos habla de aquellos lazos invisibles que unen a las familias, los choques culturales y generacionales, el arraigo de las tradiciones ancestrales y la forma que han ido cambiando según la familia, y sobre todo, nos habla de una despedida, de decir un adiós sin decirlo, de convocar a toda la familia con la excusa inventada de una boda, que esconde un fin aún mayor y más complejo, el de compartir los últimos días con la matriarca familiar. Lulu Wang se mira en el espejo de otro compatriota cineasta como Wayne Wang (Hong Kong, China, 1949) que también ha abordado las relaciones familiares de los chinos-estadounidenses en películas como El club de la buena estrella, La princesa de Nebraska o Mil años de oración, entre otras, y lo hace de manera elegante, sobria y magnífica, llenando su película de intimidad, cercanía y cotidianidad, con una extraordinaria interpretación de Awkwafina que compone una soberbia Billi, la artista que no logra triunfar en la “tierra de las oportunidades” y mantiene una existencia desordenada y perdida, a la que su vida da un vuelco cuando se entera de la fatal noticia de su abuela, con la que mantiene una relación muy estrecha.

La vuelta a China de Billi, una vuelta a sus orígenes, aunque sean tan lejanos y con recuerdos muy distorsionados, con lugares que quedaron en el olvido, se encuentra con una situación diferente a la que esperaba con la decisión familiar de ocultar la enfermedad a la abuela, situación que llevará a Billi a cuestionarse sus propios principios y los de sus familiares, acentuando esa forma tan diferente de aceptar y vivir el conflicto que ha estallado en las ideas de la joven china-estadounidense. Wang no se centra en la tristeza de la familia, sino que lo marca sin profundizar, porque a la directora chino-estadounidense le interesa más las relaciones humanas, los diferentes puntos de vista con el conflicto existente, y sobre todo, el grandísimo choque cultural entre unos y otros, en el que Billi pivota en el medio de todos, perpleja ante la decisión familiar y experimentando ese proceso de aceptación ante algo que considera gravísimo, el hecho de ocultar la enfermedad a alguien que va a morir.

De la mano de Billi, no sólo conoceremos a todos los integrantes de esta peculiar familia, acaso no todas las familias lo son, con sus existencias, dificultades, deseos y conflictos, tan variopintos y diferentes, sino que también haremos un recorrido por esa China tan cambiante y encaminada a un capitalismo feroz y arrasador, donde la joven no verá tantas diferentes con el ambiente capitalista occidental de Estados Unidos, donde si verá el choque más enraizado será en la forma de afrontar la tristeza y los conflictos entre los componentes de su familia donde sí que todos van a una y se parecen demasiado. La directora tiene tiempo para tomarse a sus personajes y el conflicto que plantea de forma ligera y nada traumática, a partir de ese arraigo de las tradiciones que tienen en los países asiáticos, como aseverará el tío de Billi en contraposición a los países occidentales, y también, con un sentido del humor que en ocasiones rayará lo absurdo y lo excéntrico como las mejores comedias de los hermanos Marx o Jerry Lewis.

Lulu Wang ha construido una obra estupenda, sincera y llena de múltiples capas, con resonancias dramáticas a las que planteaba Mar Coll en su estupenda Tres dies amb la familia, que va descubriéndose a partir de las relaciones entre sus personajes, en la mejor tradición del cine de Ozu, donde padres e hijos chocan entre lo tradicional y lo moderno, en la que ha contado con un atractivo y convincente reparto donde podemos encontrar destacadas figuras del cine chino-estadounidense como Tzi Ma, Diana Lin, Zhao Shuzhen, A Mayo, entre otros, que dan vida a una familia llena de diferencias culturales y personalidades, pero que saben formar un conjunto para despedirse de la abuela sin decirlo, montando una verdad que no es verdad, pero que todos la toman como tal, situación que explica con suma delicadeza y detalle la película, interpelando constantemente al espectador, colocándolo en esa tesitura moral y removiendo de forma crítica todas nuestras ideas y creencias respecto a la familia, las tradiciones, la muerte y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La última bandera, de Richard Linklater

NI HÉROES NI PATRIAS.

Después de Boyhood, donde a modo de biografía se sumergió en el proceso de la infancia a la edad adulta filmando durante 12 años la vida de una persona, y de Todos queremos algo, su revisión sobre aquellos años ochenta de ambientes universitarios, Richard Linklater (Houston, EE.UU., 1960) desvía su mirada hacia la guerra, o las consecuencias de la guerra, tanto las del pasado como las actuales, y para ello recurre a la novela Last Flag Flying, de Darryl Ponicsan (que sirvió en la Marina en los años 60) también coautor del guión, para relatar un viaje de tres veteranos del Vietnam, que vuelven a reencontrarse, ya que uno de ellos ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y demanda su compañía para afrontar este difícil trance. Linklater afronta su cine desde la mirada y conflictos de sus personajes, el relato lo cuentan ellos, y los acontecimientos exteriores adquieren un profundo análisis por parte de los personajes que se retratan, acumulando sus diferentes puntos de vista y siguiendo las formas de actuar ante los conflictos que la trama va generando, nada camina en una sola dirección, todo se enmaraña, y las discusiones y posiciones enfrentadas arrecian en cada uno de sus filmes, en sus diferentes formas de encarar la vida, los problemas y demás situaciones personales.

Aquí, lo que parece un viaje de duelo en el que aparentemente no aparecerán problemas, una vez que llegan para recoger el cadáver, y tras escuchar la versión oficial de los acontecimientos relacionados con la muerte del soldado, Larry “Doc” Shepherd, el padre del soldado muerto, decide no enterrar a sus hijo en Darlington, el cementerio oficial de los caídos por la patria, y llevárselo a su tierra natal en Portsmouth, New Hampshire. A partir de ese instante, los tres compañeros de la guerra iniciarán una aventura que les llevará por diferentes ciudades y hablarán, dialogaran e incluso discutirán, y en algún momento, se enfadaran. “Doc” es el más reflexivo y callado, militar de profesión hasta que fue expulsado, y ahora intenta llevar una vida tranquila a pesar de los palos de la vida, Sal Nealon, es un alcohólico que regenta un bar en una de esas ciudades tranquilas y solitarias, donde aparte de levantar algún ligue de tanto en tanto, sigue fiel a su estilo de soledad y tertulia de barra, y finalmente, Mueller, que ha dado un giro a su vida radical, y se ha convertido en reverendo, en el que pasa el tiempo como pastor y llevando una vida familiar.

El cineasta texano con su habitual descripción de personajes y con brillantez,  nos habla en profundidad de las consecuencias terribles de la guerra (tanto la de ahora, la de Irak, que se asemeja a la de Vietnam, por sus continuas bajas y calamidades en su nefasta estrategia) en el que nos desvelarán que los tres veteranos soldados acarrean un episodio trágico durante la guerra que no han podido olvidar. La película es un drama agridulce, donde también hay espacio para el humor, recordando los viejos tiempos en la guerra, y las variantes de estupideces que vivieron y sintieron, a través de una road movie interesante y sencilla, donde tres hombres deberán enfrentarse a sus ideas, reflexiones y dudas ante las formas de política que envía a jóvenes estadounidenses a morir en la otra parte del mundo, a países que ni quisiera conocen, y además, son incapaces de mostrar en un mapa. El estupendo trío protagonista de la película (otra de las claves del cine de Linklater) capitaneados por la paz y la tristeza que desprende el personaje de Steve Carrel, como el padre del soldado muerto, acompañado por la irreverencia y golfería de Bryan Cranston, el eterno rebelde, y finalmente, el lado opuesto, el reverendo Mueller, que después de años de inquietud sexual, se ha quitado las botas y ahora, tiene una vida muy alejada de todo aquello, una existencia que por el camino ha abrazado la palabra de Dios.

La habilidad y sinceridad con la que nos cuenta la película Linklater, enmarcando a sus personajes en un estilo naturalista e íntimo (no es casual que la película este ambientada en diciembre del 2003, cuando fue capturado Saddam Hussein) convocando a los viejos amigos a volver en cierta manera, a lo vivido en la guerra, aquella en la que se conocieron, aquella en que les tocó compartir aquel episodio secreto y horrible. Unos personajes muy diferentes entre sí, casi extraños, con posiciones totalmente alejadas, y vidas que nada tienen que ver las unas con las otras, emprenderán no solo un viaje más, porque no lo es, sino que vivirán la experiencia del reencuentro de forma real, como si la vida les diese una nueva oportunidad para enfrentarse a aquello que les dolió, aquello que sigue latiendo en su interior, una forma de compartir el dolor junto a los que lo vivieron. Cada uno de ellos encontrará en este viaje-entierro una manera de reflexionar sobre sus vidas, sus años en la guerra de Vietnam, y sobre todo, el orden de las cosas actuales, sobre las decisiones tomadas y las que se dejaron de tomar, la vida vivida y las vidas que no se vivieron, aunque quizás, hay cosas que desgraciadamente, no cambian, o simplemente, solo transmutan para seguir igual, como las malditas guerras que siguen llevándose vidas inútiles que en el fondo no sirven para nada.