La gracia de Lucía, de Gianni Zanasi

LA MADONA SE ME APARECE.

“¿Has hablado con los hombres?”

“Oye, yo no hablo con los hombres, ¿no crees que ese es tu negocio?”.

Lucía es una joven treintañera, madre soltera de una hija adolescente muy rebelde, de vida sentimental confusa y vida profesional a tiro de mata (maravilloso su momento pícaro con el que la película presenta al personaje). Su gran oportunidad le viene con la construcción de un gran complejo turístico del ayuntamiento a las afueras de su ciudad de provincias, con el encargo topográfico del terreno. Todo parece sonreírle, aunque las ilusiones comenzarán a lastrarse cuando los planos son inexactos y peligra el ambicioso proyecto. Y no sólo eso, la aparición de una extraña mujer que se presenta como la Virgen María aún desestabiliza la vida personal y profesional de Lucía. Entre la incredulidad y el espanto, la Madona le comunica a una Lucía perpleja en todos los sentidos, que debe detener la obra e instar a los hombres a construir una iglesia. El nuevo trabajo de Gianni Zanasi (Vignola, Emilia-Romagna, 1965) gira en torno a una tragicomedia, una aventura personal y alocada sobre una joven que tiene ante sí un verdadero dilema, contar lo que le sucede con la Virgen y perder su ansiado trabajo, o mantener silencio y seguir como si nada, además de colaborar en un proyecto fraudulento que está saltándose los términos legales debido a la falsedad de los planos.

Lo que empieza como una crónica más o menos social sobre muchas mujeres jóvenes que se ganan la vida como pueden, y además, tienen que tirar su casa e hijos palante, irá desembocando en una comedia a ratos social, reivindicativa, excéntrica, romántica y sobre todo, fantástica, todo ello mezclado con grandes dosis de comedia loca, peor con los pies en el suelo, donde todo se desarrolla desde una mirada personal, que va desde lo absurdo hasta lo ecológico, pasando por los vaivenes emocionales que va sufriendo Lucía, que dentro de su caos vital, aún más se le añade la aparición de la Madona. Una Virgen María que recuerda a las apariciones del universo de Pasolini, muy alejada de la imagen icónica del arte, y más cerca a esa idea humanística, donde lo terrenal y lo místico se cruzan, creando una mujer próxima y muy emocional. Zanasi apoya su película en el rostro de Alba Rohrwacher (que ya habíamos visto como actriz en las películas de su hermana, la directora Alba Rohrwacher, y en otros títulos de nombres importantes como Bellocchio, Garrone o Guadagnino) acompaña de ese cuerpo inquieto y en continuo movimiento, al borde de un ataque de nervios, como diría Almodóvar, que se mueve entre prisas y torpezas, entre creer o no, entre ser una niña o no, entre su deber laboral o su deber espiritual, si es que todavía se acuerda de que lo tiene, o algo que se le parezca.

La cosa se complica aún más, con esa hija adolescente que no lo pone fácil, y para más conflictos, su ex, de nombre Arturo, quiere volver con ella y se le acerca, y encima, trabaja en la construcción. El mensaje ético y existencial de la Madona viene a decirnos que la codicia y la maldad de los hombres tiene que parar, y ella, Lucía, que va desde la incomprensión inicial a tomar partido, a su manera y con el escepticismo que la caracteriza, en el problemón que tiene frente a su vida y su existencia futura. Si la aparición de San Dimas era un cuento para revitalizar el maltrecho balneario en Los jueves, milagro, de Berlanga, la llegada de esta Virgen es para detener una obra corrupta y fraudulenta, y para abrir los ojos a Lucía, la interlocutora contra el más allá divino y la tierra de los hombres. Zanasi construye una tragicomedia, donde hay risas y carreras, y momentos surrealistas y caóticos, muy de aquella comedia clásica donde mujeres muy desorientadas y confusas emprendían aventuras sin pies ni cabeza, algunos a su pesar, como le ocurre a Lucía, con el fin o no, de conseguir algo o a alguien que esperaban les cambiase la vida o algo parecido, como aquel atribulado personaje que hacía la Hepburn en La fiera de mi niña, o el que hizo años después la Streisand en ¿Qué me pasa, doctor?, emulando a la primera.

Lucía sabe que algo tiene que hacer, que seguir con el proyecto y callarse no está bien, que su corazón bulle hacia la verdad, aunque todas estas reflexiones la llevarán a vivir en un tsunami emocional de aquí te espero,  pasando por muchos estados emocionales y vitales durante los 110 minutos de metraje, que mantienen un ritmo excelente y lleno de situaciones a cual más rocambolesca y vergonzosa (como ese desternillante momento de la fiesta del proyecto, cuando Lucía es zarandeada por la Madona, sin que esta se vea, ante las miradas atónitas de los allí presentes) con esa ligereza con contenido, que la hace divertida y también, reflexiva, y no en excesivo, manteniendo ese toque mágico entre la comedia y el drama, entre la vida y Dios, entre el trabajo y el deber místico, entre lo que creemos y lo que debemos creer, entre mantener el espíritu de ese niño que continua en nuestro interior, o dejarse llevar por los deberes adultos, sean o no lícitos, en definitiva, qué somos y hacia dónde vamos, se nos aparezca la Virgen María o no.

Ana y el apocalipsis, de John McPhail

CANTAR AL FIN DEL MUNDO.

Lo primero que llama la atención de Ana y el apocalipsis, es su propuesta, por su desvergüenza y disparate, en apariencia, porque si nos lanzamos a la aventura de descubrirla, nos encontramos con una película realmente interesante y muy divertida, en la que mezclan diversos géneros, peor lo hacen dándoles la vuelta, y sobre todo, atizándolos con fuerza, destrozando tantas costuras se encuentran por el camino, y desempolvando esos estilos cinematográficos que algunos siguen anquilosados en propuestas de antaño, como si el público fuese el mismo que hace medio siglo. La película nace de Zombie Musical, un corto muy galardonado dirigido por Ryan McHenry, que hace labores de guionista junto a Alan McDonald, en un film dirigido por John McPhail, que aquí realiza su segundo largo después de Where do we go from here? (2015) una comedia romántica producida entre amigos y muy pocos medios. El director natural de Glasgow (Escocia) se lanza a una película que en su primera mitad nos sumerge en una comedia adolescente de instituto, donde nos presentan los diversos conflictos de Ana, una chica que sueña con escapar de su “Little Haven” de siempre y explorar nuevos mundos, razones que no contempla un padre demasiado protector, y su entorno, John, su mejor amigo y secretamente enamorado de ella, Steph, que se siente un patito feo, por su forma y pensamiento, Nick, el ex de Ana, que no tiene nada claros sus sentimientos, y finalmente, el Sr. Savage, el ogro de turno y próximo director del instituto.

Mientras nos van contando los pormenores de unos y otros, nos van amenizando con canciones y bailes, en los que sacuden con fuerza a la Navidad, como comedero propicio para vender solidaridad a fuerza de tarjeta de crédito, a las comedias “teenagers”, made in EE.UU., a artistillas de pacotilla envueltos en el aura del merchandising feroz y capitalista, que nos venden hasta en la sopa, y a esos musicales tan “Disneys”, donde todo gira en torno a un romanticismo de pacotilla y descaradamente simplista y bobo, y a tantos estereotipos e ínfulas de ese cine Hollywoodiense que tristemente invade el mundo y produce tantos millones y admiradores por doquier. Nada y nadie se libra de la crítica y la sacudida a base canciones y bailes que se mofan e imitan ciertos géneros de baile de estas películas. McPhail se ríe de todo ello y de tantas películas absurdas y superficiales, dejando claro que sus canciones y números musicales nos informarán sobre sus personajes, su entorno, sus relaciones, y todavía tendrán tiempo para disparar a todo quisqui, y sobre todo, al cine Hollywood.

En la segunda mitad, el director escocés nos mete en faena, los zombies empiezan a aparecer, y la película se convierte en una de terror serie z, completamente desatado y delirante, donde hay tiempo para el drama, la comedia, y el musical, en el que en todo momento se genera ese ambiente festivo y disparatado, como la secuencia que abre este segundo segmento, cuando Ana y John bailan y cantan totalmente despreocupados, cuando a su alrededor se ha desatado el caos y el fin del mundo, con zombies asesinando y alimentándose de sus víctimas. El conflicto es sencillo y nada engorroso, unos personajes han quedado aislados unos de otros, y la película consiste en el ansiado encuentro, ya que unos se encuentran encerrados por miedo y castigo del Sr. Savage sin poder salir a la calle. La cinta se mueve en esos parámetros, llevándonos en volandas por distintas situaciones, con ese sentido cómico y crítico, porque como es sabido, las buenas películas de zombies, esconden una dura reflexión sobre la condición humana y sus hábitos en la sociedad.

En esta, el apocalipsis despierta la parte oscura de algunos de los habitantes de la pequeña localidad, como el Sr. Savage, miserable profesor que trata a sus alumnos como enemigos e inferiores, y otros alumnos que menos precian el peligro real que les acecha, y así, algunos otros, superar miedos o aceptar sus sentimientos,  donde tendrán que aceptar al otro, el compañerismo y la cooperación para salir con vida de semejante entuerto. Un reparto ajustado y sobrio, lleno de brío y fuerza, encabezados por Ella Hunt dando vida a la anti heroína Ana, bien acompañada por Mlacolm Cumming, Sarah Swire y Ben Wiggins, sin olvidar al pérfido Sr. Savage o al padre de Ana, entre otros, para dar vida a este grupo heterogéneo de habitantes que se verán enfrentados entre sí, en algunas ocasiones, y en otras, a ellos mismos, o a especímenes inesperados o esperados, en este enjambre donde la blanca y pura Navidad se ha convertido en zona de zombies, de muertos vivientes, de papa Noel sangrientos y asesinos, donde las luces y el colorido típico de la fiesta, se torna oscuro, demente y sangriento, quizás su verdadero rostro, ese que las grandes compañías utilizan para generar compras y compras porque todo vale para ser mejor persona, y si gastas, aún más.

Con el viento, de Meritxell Colell

MÓNICA Y SU FAMILIA.

La película se abre de forma abstracta y ambigua, en la que vemos a Mónica ensayar una coreografía que la hace ir y venir con movimientos rápidos y bruscos, donde su respiración se mezcla con sus agitaciones corporales. Corte a Mónica caminando de forma agitada por las calles de Buenos Aires con una cámara que se mantiene muy cerca, encima de ella, donde los planos nerviosos y rápidos se amontonan uno tras otro. Sigue a una cena entre amigos distendida. Suena el teléfono, Mónica lo coge, y su hermana Elena le comunica que el padre se está muriendo. Mónica, sin dudarlo un instante, emprende viaje a un pequeño pueblo de Burgos a reunirse con su familia y sus raíces. La puesta de largo de Meritxell Colell (Barcelona, 1983) es una película ambientada en el mundo rural, donde Mónica se reencontrará, no solo con la familia que dejó hace años para convertirse en una bailarina reputada, sino también con sus raíces, aquellos espacios y objetos que formaron parte de su infancia, un tiempo alejado, extraño, como si otro lo hubiese vivido, como si nunca hubiera existido. Mónica es una extraña en ese lugar, alguien que ha perdido el vínculo con esos espacios rurales, con esa casa fría, y con esa forma de vida ancestral que el tiempo está borrando. La muerte del padre y la idea de vender la casa, contribuirán que la relación de Mónica con su familia adquiere elementos diferentes, porque todo ese mundo que le rodea ha comenzado su epílogo, su despedida, casi sin tiempo para volver a relacionarse con la tierra, la casa, su madre y los demás, con ese viento fiel y violento que acompaña  esa atmósfera de silencios y soledad.

La cineasta barcelonesa de raíces burgalesas, hecha la mirada atrás, a su propia infancia, no obstante dedica la película a sus abuelos, para contarnos una herida, una ruptura entre Mónica y su familia, un hilo roto entre el tiempo ausente de Mónica y el tiempo vivido entre esas cuatro paredes cuando Elena, su hermana, y Berta, su sobrina, se hicieron cargo de un padre enfermo. Un tiempo que Mónica, con los días de inviernos que pasa junto a su madre y sus raíces, y las visitas de la hermana y sobrina, tendrá que aproximarse a él desde la quietud, desde lo más profundo de su alma, en silencio, expresando con su cuerpo y su baile, todo aquello que no se puede expresar en palabras, porque no se encuentran o no existen. Colell apoya su relato en el rostro y el cuerpo de Mónica, arrancando con una forma nerviosa y enérgica, de planos cortos y rápidos, una dramaturgia que irá dejando paso a planos secuencia más largos, donde la cámara dejará de ser testigo inmediato para convertirse en observador paciente y certero, convirtiendo este drama femenino de cuatro voces, íntimo y muy personal, en una disección profunda y sobria sobre la condición humana y sobre la (re) construcción de los lazos familiares.

La cinta fusiona de forma natural y magnífica dos mundos, uno vivo y enfrentado, con  las relaciones difíciles y calladas entre las hermanas, en las que existe todo un mundo de separación, y la madre y sobrina, y otro mundo, aquel que de forma antropológica nos retrata esa vida que se extingue, que desaparece, que muere junto al abuelo fallecido y con la venta de la casa familiar, como el toque de campanas a muerto, lavarse el pelo con cazos, recoger patatas, cortar y apilar leña, plantar cebolletas, o toda una serie de objetos que pertenecen a otro tiempo, otro instante que albergó esa casa, como la máquina de hacer chorizos, los arreos propios del trabajo con el trigo o las albarcas, que cómo bien dice la abuela, de poco sirven en la capital. Una relación íntima y personal con unos objetos que ya dejaron de existir, que tuvieron su tiempo, y ahora se encuentran amontonados y llenos de polvo, objetos que las nuevas generaciones como la nieta quiere conservarlos, mientras la abuela quiere desprenderse de ellos, porque sabe que su tiempo de utilidad dejó de tener vida.

Colell ha hecho una película hermosísima y llena de detalles, en la que cimenta este  pequeño y cercano universo de forma natural y concisa, mirándolo de forma honesta e íntima, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, ya desde la ausencia de música extradiegética, sólo algunos temas, pocos, un viejo bolero o algún que otro tema clásico que acompaña a las danzas, una de Pina Bausch y otra, que sólo escucharemos. Los sonidos que escuchamos son aquellos propios de la naturaleza y domésticos, y los pocos diálogos que tiene la película, consiguiendo de esa forma ese entramado emocional de miradas, gestos y detalles por los que camina la película, en un tempo cinematográfico que irá, a medida que avanza el metraje, adquiriendo ese poso reposado, sin prisas, y sin pausa, donde la directora va cociendo a fuego lento la telaraña de relaciones y vínculos familiares que se van tejiendo a poca luz y con paciencia. La magnífica luz que nos atrapa en esa atmósfera sensible y violenta emocionalmente hablando, obra de Julián Elizalde (que también estuvo en Penélope o Las distancias, películas de reencuentros y roturas emocionales entre familia o amigos) y Aurélie Py, consiguen acercarnos de forma sencilla a ese universo de desayunos tranquilos, de partidas a la brisca, o de noches de deseos, donde los habitantes son parcos en palabras y más en gestos.

El extraordinario montaje de Ana Pfaff (imprescindible su mirada en este tipo de relatos íntimos, cargados de profundidad emocional, donde el detalle adquiere una dimensión muy profunda) contribuye a tejer con sensibilidad todo el entramado visual y emocional que arroja la película, construyendo de forma íntima toda la poesía y vida que respira el relato, conmoviéndonos desde lo más profundo, desde aquello que sentimos, donde se tejen con delicadeza los vínculos que nos hacen pertenecer a una tierra, su olor, su viento, su nieve y su aire. Una película que se mira en el neorrealismo en su forma de narrar una vida que desparece y trazar una realidad emocional difícil con múltiples detalles, o el cine de Antonioni en la relación de los personajes con el espacio, o el cine de Saura, en los tejidos familiares y el pasado como forma de entendernos y seguir caminando, donde tendría su más cercana mirada en Elisa, vida mía, donde una hija regresa a la casa del padre envuelta en recuerdos, miedos y relaciones rotas.

El fantástico cuarteto protagonista nos acerca, sin construcciones complejas, a todo ese universo de relaciones difíciles y soterradas que anidan en esa casa y entre las mujeres, empezando por Mónica García, brillante bailarina y coreógrafa,  que debuta en el cine con un personaje complicado, pero que sabe sacar adelante con brillantez, fusionando con matices todo lo que le une y separa con su tierra y los suyos, a su lado, Concha Canal, la maravillosa abuela en su primera incursión en el cine, con su maravillosa naturalidad y belleza que encarna a la tierra y a ese tiempo extinguido, con frases maravillosas como: “El frío nos conserva a todos”, “No te enteras de la fiesta” o “La brisca, mujer. Es más bonito”. A su lado, Elena Martín como esa nieta que no sabe qué hacer con su vida, si quedarse o marcharse fuera, y finalmente, Ana Fernández como Elena, la hermana mayor que ha tenido que hacerse cargo de sus padres con resignación y cariño. Cuatro mujeres, cuatro formas de entender y relacionarse con la tierra y sus raíces, que tejen en silencio y soledad todo aquello que les alegre y entristece, todo aquello que no se ve, todo aquel pasado y presente que vive y respira en esa casa, en esa tierra, en ese frío, y en ese viento.


<p><a href=”https://vimeo.com/290329355″>Trailer CON EL VIENTO (Meritxell Colell, 2018)</a> from <a href=”https://vimeo.com/numax”>NUMAX</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Roberto Álamo

Entrevista a Roberto Álamo, actor de la película “Alegría Tristeza”, de Ibon Cormenzana, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 15 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roberto Álamo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a José Sacristán

Entrevista a José Sacristán, actor de la película “Formentera Lady”, de Pau Durà. El encuentro tuvo lugar el miércoles 20 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Sacristán, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

Nunca estamos solos, de Petr Vaclav

LOS DEMONIOS DE NUESTROS DÍAS.

Jana es una mujer atractiva que ronda los cuarenta, trabaja en el supermercado de un pueblo flanqueado por una carretera, de esos que hay cientos en cualquier ciudad. Jana es infeliz, vive con un marido hipocondríaco en paro, y un par de hijos. Tiene una vida triste y vacía, y sus días se desarrollan sin más. Un día, entra un hombre de etnia romaní a comprar cigarrillos al supermercado, Jana se siente atraída y hará lo imposible para estar junto a él. Pero, este tipo, vigilante de un puticlub de carretera, está enamorado de una de las stripper, pero ésta, a su vez, pierde los vientos por un hombre que cumple condena. Para redondear el cuadro, un nuevo vecino, paranoico (que recuerda y de qué manera al tipo enfermizo con la violencia de Tierra de abundancia, de Wenders) y nostálgico del comunismo, funcionario de prisiones, con la arma siempre en el hombro (que tiene un hijo al que atemoriza, y el chaval intenta rebelarse) se hace íntimo del marido enfermo imaginario. El cineasta Petr Vaclav (Praga, República Checa, 1967) ha desarrollado una filmografía a través de dos vertientes, por un lado la exploración de las desigualdades e injusticias sociales de la cultura romaní, y por el otro, los sinsabores y aburrimiento de la burguesía checa.

En Nunca estamos solos mezcla esos dos caminos, pero desde un aspecto social, los burgueses han dejado paso a unas gentes que viven en la periferia, en las afueras, no solamente físicas, sino también emocionales, unas almas infelices y atormentadas que se mueven entre las brumas de una sociedad injusta e insatisfecha. Václav plantea una película desde el extremo, tanto formal como argumental, porque va del blanco y negro al color y viceversa, según las variaciones emocionales de sus personajes, así como a nivel de diálogos, donde en algunos instantes la verborrea se apodera del relato, combinada con silencios asfixiantes que rasgan el alma. Y qué decir de su trama, en el que tanto adultos como niños se mueven en ese frío y triste bosque urbano donde lo miserable contamina cada espacio y cada sentimiento, donde sus personajes acarrean en la intimidad sus conflictos y demonios que los acechan constantemente, en el que cada uno de ellos se siente mal consigo mismo, y con su entorno, y todo lo que hace para cambiar esa situación, provoca el efecto contrario, sumergiéndolo más si cabe en su pozo de miseria cotidiana.

El cineasta checo construye una película dura y oscura, pero no tremendista, siempre hay un atisbo de esperanza, y los dramas existenciales que cuenta forman parte de muchas ciudades europeas en el que los distintos pensamientos y formas de vida convergen en un tiempo y espacio, y no siempre de una manera humana y respeto al otro, al diferente. Vaclav compone una película compleja y sincera, donde sus criaturas buscan su felicidad a través del amor, y de estar bien con uno mismo, aunque los caminos que trazan para conseguirlo no sean los más afortunados y los lleven a sentirse más tristes y vacíos. La película recuerda al primer cine de Loach, Leigh o los Dardenne, tanto en su apuesta formal, donde la cámara devora a sus personajes, penetrando en su intimidad familiar y en su interior, mostrándolos de manera sencilla, como en parte argumental, donde se detiene a describirnos toda la complejidad del ser humano en su esencia más personal.

El poderoso reparto en el que Vaclav mezcla con sabiduría y energía profesionales de la interpretación con debutantes, como Karel Roden como el antipático hipocondriaco, Lena Vlasáková como Jana, la infeliz enamorada del vigilante gitano (con esa mirada triste que dice tantas cosas sin emitir ninguna palabra) Miroslav Hanus como el pirado que ve monstruos en todas partes, sin darse cuenta que su hijo le tiene miedo y hace lo imposible por huir de él, y los romaníes salidos de un trabajoso casting, que impactan con su naturalidad,  Zdenék Godla como el vigilante amante de Jana y enamorada de un imposible en la figura de Klaudia Dudová, la stripper alcohólica que tiene su amor en prisión, sin olvidarnos de los niños, que consiguen con sus miradas relatarnos toda la complejidad de sus personajes. Vaclav ha conseguido una película durísima, pero humana, en el que el amor se convierte en la única salida a sus vidas solitarias y vacías, aunque sea un amor fou, que ayudar a sus personajes a tirar para adelante, a que sus existencias tengan algo de luz, aunque sea a hostias y sufriendo más de lo debido, porque a veces lo que creemos que es bueno para nosotros, en realidad, no es más que una huida para dejar aquello que nos atemoriza, aquello a lo que no somos capaces de enfrentarnos, y preferimos, porque quizás es más fácil, seguir a lo desconocido, a lo que parece mejor para nosotros, aunque sin saberlo nos adentrarnos en la boca del lobo, en un mundo y perverso y cruel, que si bien al principio nos hará sentir mejor o al menos lo sentimos así, a la larga, volveremos a sentirnos mal y seguiremos igual o peor.


<p><a href=”https://vimeo.com/240981098″>NUNCA ESTAMOS SOLOS (We Are Never Alone) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>