No odiarás, de Mauro Mancini

LA GESTIÓN DE LA CULPA.

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

Después de leer la noticia del hecho real que ocurrió en 2010 en la ciudad de Paderborn, Alemania, en la que un cirujano de origen judío se negó a operar a un hombre que tenía un tatuaje nazi. El director italiano Mauro Mancini y su coguionista Davide Lisino, encontraron la materia prima para elaborar el guion de No odiarás, una cinta que pone en cuestión las enormes dificultades de alguien que debe gestionar su dolor y sobre todo, su culpa. La premisa es sencilla y muy directa. Una película que nos relata la cotidianidad de Simone Segre, un reconocido cirujano de la ciudad de Trieste, al noroeste de Italia. Un día, mientras realiza sus entrenamientos en piragua, presencia un accidente de tráfico. Cuando mientras socorre a uno de los heridos, descubre una esvástica nazi que lo paraliza por completo y decide pedir ayuda. Pero la cosa no acaba ahí, reconcomido por la culpa, contacta con la hija del fallecido, la joven veinteañera Marica Minervini y la contrata como asistenta. Aunque, la cosa se complicará muchísimo, cuando Luka, el otro hijo del fallecido, un joven nazi fanático, se opondrá con fuerza cuando sabe que el cirujano es hebreo.

El director italiano sitúa su película en una ciudad como Trieste, donde ha aumentado la inmigración, y no solo nos habla de una historia muy actual, sino que remite constantemente al pasado de la Segunda Guerra Mundial, en un ir y venir que deberá procesar el protagonista, ya que su padre, recientemente fallecido, fue deportado como judío y convertido en dentista en los campos de exterminio nazis. No odiarás está construida a través de estos tres personajes, individuos que el destino ha querido mezclarlos, donde deben lidiar con la herencia paterna y gestionar como pueden emociones tan complejas como la culpa, que les hace meterse en berenjenales de difícil solución. La sutileza y la neblina de esa luz que inunda toda la película, que firma el cinematógrafo Mike Stern Sterzynski, consigue dotar a la composición de esa oscuridad que tanto emanan sus protagonistas, con un montaje medido y ajustado de Paola Freddi (a la que conocemos por su labor en Hannah, de Andrea Pallaoro, durísimo drama de una mujer madura que se queda sola después que su marido sea encarcelado, protagonizada por la grandísima Charlotte Rampling).

Mancini, con experiencia en cortometrajes y televisión, elabora con paciencia y reposo un drama íntimo, una cinta sobre el odio al otro, sobre comprender y mirar de frente al diferente, a aprender a convivir con el otro, a lidiar con la oscura herencia familiar, a liberarnos de la culpa para seguir avanzando y entender a los otros, y sobre todo, a nosotros mismos, y todo contado desde la sutileza, desde los impactantes silencios, y desde las emociones de unos personajes atrapados por su pasado que gestionan un presente muy herido, como la relación que tiene el protagonista con el perro de su padre y la evolución que tienen. Un actor con la presencia y el aplomo de Alessandro Gasmann, hijo del carismático intérprete italiano Vittorio Gasmann, con el que debutó en el cine siendo una adolescente (al que hemos visto en películas tan interesantes dirigidas por nombres de renombre como Franco Rossi, Bigas Luna, John Irvin y Ferzan Ozpetek, entre otros), que compone un hombre aparentemente tranquilo, pero que arrastra demasiado dolor, y una carga muy pesada con un padre de difícil carácter, encuentra en los hijos del nazi fallecido, una forma de redención y de liberarse de tanta culpa que lo atormenta. Excelentemente bien acompañado por los jóvenes Sara Serraiocco y Luka Zunic, interpretando a Marica y Marcello Minervini, respectivamente, escenificando las dos formas de gestionar la muerte y el dolor, con ella, volviendo de una vida dura y haciéndose de sus dos hermanos menores, y él, usando el rencor y la violencia para ahuyentar tantas heridas sin cicatrizar.

El director transalpino observa a sus individuos sin entrar en juicios ni nada que se le parezca, huyendo completamente del manierismo de muchas producciones que abordan temas de la misma índole, esa función, si es que resulta adecuada, la deja al espectador. La película está tejida con detalle, sobriedad y tensión en sus estupendos 95 minutos. Un retrato que podría desarrollarse en cualquier ciudad europea donde se generan conflictos de odio que desatan en violencia, ahondando el antisemitismo imperante en muchos países, que devuelven a la actualidad las tragedias del pasado, unas tragedias que solo pueden curarse con educación, comprensión y tomando medidas para que esas exaltaciones de violencia no se produzcan contra nada ni nadie. No odiarás escarba de forma intensa y profunda en la condición humana, todo aquello que nos hace diferentes e iguales a los demás, todo aquello que debemos curar y debemos hacerlo de frente, sin atajos ni buscando culpables, sino siendo sinceros con uno mismo, y sobre todo, mirar sin rencor el pasado, ni a nuestros padres, perdonando y perdonándonos, mirando con amor a las personas que le debemos la vida, para bien o para mal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bruna Cusí

Entrevista a Bruna Cusí, actriz de la película “Mía y Moi”, de Borja de la Vega, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, actor y director de la película “Mía y Moi”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Quo Vadis, Aida?, de Jasmila Zbanic

SREBRENICA, 11 DE JULIO DE 1995.

“Cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor”

Isabel Allende

La guerra de Yugoslavia que se alargo una década, desde el año 1991 al 2001, provocó la desmembración del citado país, cientos de miles de asesinados, muchos más heridos, y sobre todo, unas secuelas físicas y emocionales que todavía resuenan en nuestros días. Muchas películas lo han abordado desde distintos puntos de vista como Underground, de Emir Kusturica, Sueño de una noche de invierno, de Goran Paskaljevic, En tierra de nadie, de Danis Tanovic, entre otras. La directora Jasmila Zbanic (Sarajevo, Bosnia, 1974), le ha dedicado varios trabajos a la guerra también llamada de los Balcanes, con películas como Grbavica (2006), y For those Who Can Tell no Tales (2013), en las que profundiza sobre las huellas de la guerra y las heridas que siguen abiertas. En Quo Vadis, Aida?, se centra en la matanza de Srebrenica, pero no lo hace desde la posición del invasor serbio, sino desde dentro, desde la mirada de Aida, excelentísima la composición de la actriz Jasna Djuricic, una intérprete que trabaja en uno de los campamentos de la ONU, donde cientos de miles de refugiados acuden en auxilio.

La directora bosnia acota su relato a un par de días, pero sobre todo, se centra en el martes 11 de julio de 1995, describiendo minuciosamente, a modo de diario, todos los acontecimientos que se van sucediendo, con la reunión de mandos serbios y militares de la ONU, donde se ven las posturas tan distantes de la situación, pero siempre desde la posición de Aida, que hace lo imposible por salvar a los suyos, su marido y sus dos hijos varones. El caos es absoluto, miles de personas se agolpan en las vallas del campamento de la ONU, que no les deja entrar. La película huye del sentimentalismo y demás argucias emotivas, manteniendo un pulso firme y emocional que nunca se desvía del camino marcado, sosteniendo una película difícil de estructurar y sobre todo, una película muy compleja, donde lo humano trasciende a la situación generada, y la vida pende de un hilo a cada instante. Zbanic sitúa a su personaje en el centro de todo, un personaje que va y viene, que no se está quieto en ningún momento, moviéndose de aquí para allá por ese laberinto que se ha convertido el campamento que se supone que es un refugio y ayuda al necesitado bosnio que huye del invasor serbio.

Como ocurre en el cine de Costa-Gavras, donde la película de Zbanic se mira, y más concretamente, tiene muchas similitudes con Desparecido (1982), donde un padre con la ayuda de su nuera buscan al hijo y pareja, respectivamente, en la dictadura de Chile. Lo humano cuenta lo político y viceversa, lo humano, en medio de una guerra fratricida entre hermanos y amigos, lo humano abriéndose pase entre tanta tragedia y desgarro, entre tanta deshumanización. El manejo excelente de la tensión y el dolor van de la mano, generando esas situaciones dolorosas y potentes que la película describe con astucia y sensibilidad, generando esa coyuntura que se va creando ese fatídico día para tantos habitantes de Srebrenica. La película no esconde la actitud observadora y pasiva de los militares de la ONU, dando vía libre a los serbios y el plan trágico que tenían preparado contra los hombres. Quo Vadis, que viene a traducirse como “¿A dónde vas?, es un título muy esclarecedor a todo lo que aconteció ese maldito día en Srebrenica, y aludiendo a la expulsión de los cristianos por parte de Nerón, como hacen los serbios con los bosnios.

Si una de las funciones del cine es hablar del pasado y las heridas que siguen en el presente, la película de Jasmila Zbanic es un claro ejemplo de toda esa definición, porque no solo nos muestra con inteligencia y dolor lo acontecido en Srebrenica, sino que sabe mostrarlo, dejando los momentos más duros fuera de campo, haciendo una utilización del off de forma magistral y más aterradora, ya que el sonido nos aplasta, nos ensordece, como si el eco de los disparos continuase martilleándonos, y cómo no, a Aida, la protagonista de la historia, como ocurre con su personaje, una persona que debe seguir, que debe seguir caminando a pesar de todo, a pesar de todos, a pesar de sí misma, porque como bien nos muestra la película, las guerras pasan, los vencidos siguen recordando a los suyos, a los que ya no están, y otros, los que vencen, ocupan sus espacios, sus vidas, y su historia, por eso el cine que muestra Quo Vadis, Aida?, no solo sirve para recordar de forma seria y convincente el pasado trágico que nos persigue, sino que también es una forma de terapia para los espectadores, y sobre todo, para todos aquellos supervivientes que aunque siguen hacia delante, también miran al pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jean-Paul Salomé

Entrevista a Jean-Paul Salomé, director de la película “Mamá María”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Majestic en Barcelona, el sábado 17 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Paul Salomé, por su tiempo, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Belén Simarró, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de prensa del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mamá María, de Jean-Paul Salomé

LA REINA DE LA CIUDAD.

“Ser bueno, en el fondo, es sólo una cuestión de temperamento”

Iris Murdoch

Hasta ahora el universo cinematográfico de Jean-Paul Salomé (París, Francia, 1960), se dividía en comedias negras o divertidas, dramas actuales, bélicos como hizo en Espías en la sombra (2008), sobre un grupo de cinco mujeres de la resistencia francesa, alguna que otra película de encargo como Belphegor, el fantasma del Louvre (2001). Con su octavo trabajo, Mamá María (La daronne, en el original), cambia de registro y fusiona los géneros, porque la película arranca como un thriller judicial mezclado con algo de drama intimista, para a mitad de metraje, dar un volantazo y añadir la comedia disparatada, eso sí, llena de inteligencia, humor negro y crítica social. La trama es sencilla, tenemos a Patience Portefeux, una mujer madura que se gana la vida como intérprete francoárabe para la policía que anda detrás de unos narcos magrebíes, pero hete aquí las casualidades, como toda buena comedia que se precie, uno de los árabes implicados resulta que es el hijo de Kadidja, la señora que cuida de Patience en la residencia. En ese instante, la vida de Patience da un giro radical, y después de encontrar la droga perdida, se pone a venderla, convirtiéndose en la nueva reina de la ciudad.

Basada en la novela La madrina, de Hannelore Cayre, segunda vez que Salomé adapta un libro como hiciera en Arsène Lupin (2009), que escribe el guion con el propio director, el relato tiene ritmo, es ágil, habla de esa otra Francia, la multicultural, la que se pierde por las esquinas de los barrios, la que atesta los pisos sociales y aquella que se gana la vida como puede y con lo que puede. En ese universo peculiar, alejado de las noticias, esa parte más real de las ciudades, la que vive en la precariedad y en la invisibilidad porque es fea, en ese universo de narcos, camellos y gentes de la droga, se mueve como una camaleona Patience, que se transmuta en su nueva personalidad, una madame árabe, elegante, misteriosa y audaz, que se pone a reventar el negocio de la droga. Una música magnífica y arrolladora que firma un experto en la material como Bruno Colais, bien planteada y enmarcada con la excelente cinematografía de un especialista como Julien Hirsch (que tiene en su filmografía autores tan relevantes como Godard o Techiné), y un montaje brillante y arrollador obra de Valérie Deseine, que sabe imprimir velocidad y pausa a una historia de estas características.

Estamos frente a una de esas películas-tipo de la cinematografía francesa que tan bien saben hacer. Me refiero a ese cine que mezcla con grandísimo acierto sabiduría y ligereza para hablarnos de temas sociales importantes, bajo el prisma de una película para todos los públicos, manteniendo ese equilibrio perfecto entre el entretenimiento y la crítica, bien marcado por esa profundidad emocional de los personajes, y los temas íntimos y universales que casan y se ejecutan como el mecanismo de un reloj suizo. Si al personalidad de estas películas es ejemplar, qué decir de sus repartos, unos intérpretes tan bien elegidos, entre los consagrados y los que acaban de llegar. En Mamá María, tenemos a Isabelle Huppert, que da vida a la protagonista Patience, sobran las presentaciones y los elogios, convertida hace ya en una de las mejores y más inteligentes actrices de las últimas cuatro décadas, no sólo en la industria francesa, sino en la europea, convertida ya en una institución de la actuación, a la altura de otras grandes del continente como la Loren o la Deneuve, consigue con mucha sutileza y sobriedad, características de sus interpretaciones, que nos creamos esa mujer solitaria, que es toda una madre comprometida con sus hijas, y también, con las demás, echando un cable a quién lo merece, y moviéndose como pez en el agua, entre árabes traficantes, chinos gánsteres y demás personajes del mundo del hampa.

A su lado, un reparto que brilla sin aspavientos ni estridencias, otorgando la naturalidad y el palomo preciso para creernos unos personajes sencillos y cotidianos, como un elegante y siempre elegante Hippolyte Girardot como jefe de policía y algo más de Patience, Farida Ouchani como Kadidja, la otra madre, a la que Patience comprenderá y ayudará todo lo que está en su mano, que es mucha. Y finalmente, Liliane Rovère como la mamá de Patience, caprichosa, enferma y difícil. Y luego, toda una serie de intérpretes en pequeños roles que ayudan a la verosimilitud que siempre tiene la película y como no, a hacernos una idea de esa Francia más invisible, pero real. Salomé ha construido una película estupenda, llena de elementos interesantes, que se mueve y salta entre los géneros de forma inteligente, y sobre todo, nos hace olvidar que la vida a veces, no es que sea completamente incomprensible, sino que hay que vivirla y sobre todo, a atreverse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Kiti Mánver

Entrevista a Kiti Mánver, actriz de la película “El inconveniente”, de Bernabé Rico, en el Gallery Hotel Barcelona, el jueves 17 de diciembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Kiti Mánver, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Katia Casariego, jefa de prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), de Imanol Rayo

DESENTERRAR LAS HERIDAS.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Leon Tolstoi de su novela Anna Karennina

Con el nuevo siglo, hemos sido testigos de la gran efervescencia de la cinematografía vasca, que ha apostado por un cine de grandísima calidad técnica, artística y narrativa, hablado en euskera, con películas como Loreak (Flores) (2014), del equipo Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi, también responsables de Handia (2017), Amama (2015), de Asier Altuna, y las recientes Akelarre, de Pablo Agüero y Ane, de David Pérez Sañudo. Un cine heterogéneo en el fondo, pero muy parecido en su forma, llena de relatos oscuros, inquietantes y sobrecogedores, que recorren la historia vasca de ayer y hoy. Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), es la nueva propuesta procedente del País Vasco que se suma a esta terna de cine bien ejecutado y sobre todo, cine muy profundo e interesante. El responsable es Imanol Rayo (Pamplona-Iruña, 1984), del que ya habíamos visto Bi Anai (Dos hermanos) (2011), basada en la novela homónima de Bernardo Atxaga, que nos contaba la cruda historia de un joven que debe hacerse cargo de su hermano deficiente.

Ahora, nos llega su segundo largo, que, al igual que su primer trabajo, se basa en una novela, la de 33 ezki de Miren Gorrotxategi, adaptada por el escritor Joanes Urkixo, responsable del guión de Lasa y Zabala, entre otros, en un cuento marcado por el pasado y el odio entre dos hermanos muy diferentes, también ambientado en el rural vasco, y que nuevamente, tiene a dos hermanos en liza, pero aquí la cuestión cambia soberanamente. El cineasta navarro nos convoca a un relato poliédrico, que abarca más tres décadas en el seno de una familia, y más concretamente, en la relación difícil y oscura de dos hermanos enfrentados, Fermín y Estanis, contada en tres tiempos, con los hermanos siendo jóvenes a principios de los setenta, con el conflicto con Karmen, amante de Estanis. Luego, veinte años más tarde, con los hermanos gemelos, Néstor y Aitor, nacidos de Karmen, que se ha casado con Fermín, y la marcha a casa de Estanis del joven Aitor, y finalmente, en el años 2004, en la que la aparición de los restos de una joven desaparecida, hará explotar las viejas heridas y enfrentará a los personajes en litigio familiar y emocional.

Aunque, la parte central de la trama se desarrolla en el año 2004, la película va yendo de un tiempo a otro para conseguir entender el conflicto fraternal y su andadura en el tiempo, y lo ejecuta de forma brillante y sobria, a través de esas miradas y ojos, como en el caso de Karmen, que cortan el aire con unos silencios que hacen mucho ruido, y haciendo un ejemplar uso del fuera de campo, a través de los sonidos que van y vienen durante el metraje. Un drama familiar profundo y terrorífico, contado como un thriller rural y familiar, con sus misterios, sus mentiras, sus silencios y todo lo que cada personaje oculta, individuos que hablan muy poco, callan más, y miran demasiado. La cinematografía de Javier Agirre, un cómplice habitual en todo ese cine vasco, con esa cámara quieta, en la que apenas hay movimiento, enmarcando con inteligencia y tensión cada encuadre y mirada de los personajes, con toda esa dureza y negrura que arrastran los personajes, como ocurría en Trote (2018), de Xacio Baño, otra historia familiar rasgada por lo rural y la opresión.

La excelente composición de Fernando Velázquez, con ese maravilloso coro, que ayuda a catalizar toda la tragedia que va consumiendo a esta familia rota y resquebrajada, llevados por un destino marcado y violento. La ejemplar y cuidadosa  edición de Raúl López, otro habitual en este cine vasco en euskera, convierte la película en un estilizado drama rural, que nos va sumergiendo y destapando un pasado muy oscuro y violento, que desatará toda la violencia en un presente demasiado cargado, lleno de amargura y rabia. El grandísimo plantel que ha reunido Rayo brilla con gran intensidad y resuelven sus roles de manera excepcional, encabezados por Itziar Ituño como Karmen, una composición de las grandes de la temporada, dotada de una mirada que rompe el alma, Eneko Sagardoy en un doble papel, interpretando los hermanos gemelos, vuelve a demostrar la capacidad para desarrollar personajes difíciles y complejos, Yon González como el policía Kortazar, un testigo invitado a esta tragedia sin remedio, y después, las inmensas presencias de Kandido Uranga (que ya estaba en la opera prima de Rayo), toda una institución en la cinematografía vasca, Josean Bengoetxea, Asier Hernández como Estanis, el “otro” hermano, Iñigo Aranburu, el hermano “cobarde”, Dorleta Urretabizkaia como pareja profesional de Kortazar, y las colaboraciones de intérpretes tan buenos como Patricia López Arnaiz (protagonista de Ane), Itsaso Arana y Andrés Gertrudix.

Rayo ha construido un drama familiar con reminiscencias clásicas, con la tragedia griega de fondo, con ese aire de western rural, como los que hacían Peckinpah o Frankenheimer, llenos de cadáveres, miedo, ruido, furia y violencia, una violencia seca, que desconoces cuando se producirá ni por donde aparecerá, como ocurre en la película, con esas campanadas que inevitable anuncian la tragedia inminente. El director pamplonés cocina  a fuego lento y con paciencia, una película elegante, bella y nada manierista, sensible y dura, un drama rural y familiar oscuro y perturbador, lleno de sombras y almas heridas, como un fuerte golpe en el alma, algo que te persigue constantemente, algo que no sabes o puedes quitarte de encima, como un fantasma inquietante que continuamente amenaza tu voluntad y tu rabia, tus deseos de venganza, de acabar con todo, algo que sabes que tarde o temprano estallará, y es una idea que solo espera su momento, un instante en el que nada ni nada podrá parar, un instante que irremediablemente lo cambiará todo, un instante que será único, irremediable, donde todos los personajes se cruzarán y no habrá vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sentimental, de Cesc Gay

EL REFLEJO EN LOS OTROS.

“Los cónyuges conviven durante décadas entre el aburrimiento y la resignación, y se odian porque uno de los dos ha recibido una educación más refinada que el otro, porque coge el tenedor y el cuchillo con más gracia”.

Sándor Márai

En la primera del 2015, Cesc Gay (Barcelona, 1967), estrenó en el Teatre Romea de Barcelona, Els veïns de dalt, su debut como dramaturgo y director en las tablas. El gran éxito trasladó la historia a Madrid, y muchos fueron los espectadores que se dejaron llevar por las miserias de un matrimonio que llevan juntos más de quince años, que ni se miran ni se tocan, y han construido una relación basada en los ataques, reproches y una malsana ironía. Pero, los gemidos que vienen del piso de arriba, aún ha hecho más mella en su relación, en todo aquello que no tienen, y que otros sí, en todo lo que ya no son, y otros sí. Ella, Ana, movida por la curiosidad y la envidia, invita a los vecinos para verse en ellos, para comprobar que tan diferentes son, una relación de la otra, y como no podía ser de otra manera, florecerán asuntos que se ocultaban por miedo a romper esa tendencia autodestructiva, que les llevaría a otra situación, la de verse de verdad.

El director catalán lleva más de dos décadas edificando relatos sobre personas laboralmente acomodadas, pero en continua incertidumbre y caos en lo emocional, y sobre todo, en la pareja, convertida en un espacio de inestabilidad, desilusión y lucha constante, más cercano a un infinito combate de egos y soledades, que en una relación equilibrada y cercana, como se supone que debería ser. Los individuos de Gay suelen comportarse torpemente en cuestiones sentimentales, como la mayoría de nosotros, en constante desesperanza con aquello soñado y una triste realidad que los ofusca y los aleja de esa aparentemente felicidad que todos ansiamos, pero que ninguno conoce como encontrarla y mucho menos, como conservarla. Eso sí, ante tantos devaneos emocionales, Gay siempre tiene un as en la manga, algo que nos haga resistir, algo que nos encaje en esta sociedad tan competitiva e individualista, y no es otra cosa, que la amistad, la verdadera, una amistad sincera, comprensiva y fraternal, todo lo contrario a lo que tienen las parejas de su filmografía.

Con Sentimental, el director barcelonés adapta su texto teatral, segunda incursión en la adaptación, después que lo hiciera en el 2009, con V.O.S. (Versión original subtitulada), con la obra de Carol López. La película arranca con un breve prólogo. Es viernes, y mientras Julio vuelve de sus clases de música, Ana, prepara nerviosa el aperitivo que compartirán sus vecinos. Luego, con la llegada a casa de Julio, se mete lleno en el conflicto central de la película, empezarán las idas y venidas entre la pareja, en una especie de “Ahora sí, ahora no”, entre su combate cotidiano, entre aquello y lo de más allá, hasta la llegada de los vecinos de arriba, Salva y Laura, más jóvenes, más abiertos, y sobre todo, todavía enamorados. Ese espejo que son los vecinos para Julio y Ana, afilará más los colmillos entre los dos, llegando a ese punto de no retorno, aún más cuando los vecinos les proponen una orgía. Gay compone una película al estilo de las Screwball Comedy, con unos diálogos inteligentes e irónicos, que van desde lo divertido hasta lo más amargo, manteniéndose en esa finísima línea entre la comedia y el drama.

Sentimental se cimenta en dos elementos que no pueden fallar en una película de estas características. El estupendo y arrollador texto, con temas como la pareja, la convivencia, el amor, el sexo, la libertad y todo aquello que somos o dejamos de ser, y sobre todo, un gran reparto que haga creíble esos diálogos, miradas y gestos, convertido en un magnífico y apabullante tour de forcé entre sus intérpretes, con un Javier Cámara espléndido y arrollador, en su cuarta película con Gay, un tipo frustrado por no alcanzar su sueño de músico, que paga a su mujer aquello que pudo ser y no fue, Griselda Siciliana da vida a Ana, esa mujer cansada y derrotada, que ya nada le ata a una relación rota y dolorosa, y la otra pareja, el reflejo del espejo, con un natural y acogedor Alberto San Juan, segunda colaboración con Gay, el tipo que no se calla nada, incapaz de enfadarse u ofenderse, y a su vera, Belén Cuesta, la psicóloga, ese puente tranquilizador y reparador para Julio y Ana. La cinematografía vuelve a correr a cargo de Andreu Rebés, que ha estado en casi toda la carrera de Gay, y debuta con Gay, como editora Liana Artigal, en un gran trabajo de ritmo narrativo en un relato que depende tanto de los intérpretes y el texto.

Cuatro intérpretes, un espacio, y unos diálogos divertidísimos y amargos, por todo aquello que se ha resquebrajado en una pareja que se amaron, o al menos, así lo sentían, pero que, a día de hoy, solo les ata la tristeza y la amargura, la incapacidad de no saber solucionar sus conflictos escuchándose, y sobre todo, teniendo paciencia para entenderse y entender. Los ochenta y dos minutos del metraje, pasan volando, con energía y mordacidad, sin descanso, en un constante tira y afloja, entre una pareja que se ama y se odia a la vez, y otra, que intenta poner paz y armonía. Gay ha conseguido una película magnífica, cercana y personal, que habla de muchísimas parejas, de ese amor frágil e incierto de estos tiempos convulsos y materialistas, que resulta más sencillo aparentar emociones que sentirlas, que nuestras relaciones, sean del ámbito que sea, y en la pareja aún más, constantemente están siendo analizadas con acritud, relaciones que penden de un hilo, con un presente dificultoso y un futuro, lleno de incertidumbres, quizás es el mal endémico de estas sociedades, donde sus gentes, vacíos y desorientados, más preocupados por llenar sus msierias de forma material y no emocional. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Falling, de Viggo Mortensen

MI PADRE.

“No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”.

Friedrich Schiller

Una persona tan inquieta como Viggo Mortensen (Watertown, Nueva York, EE.UU., 1958), que ha tocado la poesía, la fotografía y la pintura, y alberga, desde mediados de los ochenta, una gran carrera como intérprete, a las órdenes de grandes directores como Peter Weir, Jane  Campion,  Peter  Jackson,  David Oelhoffen,  Matt  Ross,  Lisandro Alonso  y David  Cronenberg, entre muchos otros de los más de sesenta títulos que ha interpretado, era cuestión de tiempo que se pusiera a dirigir. Ahora, esa inquebrantable inquietud y curiosidad le ha llevado a ponerse tras las cámaras dirigiendo su opera prima, Falling, en la que parte de recuerdos y experiencias personales, para construir un sólido y durísimo drama familiar, entre un padre Willis y su hijo, John. Dos personas opuestas, de ideologías en las antípodas, y de caracteres tan diferentes que cualquiera diría que son familia. Mortensen nos cuenta el relato en dos tiempos. En uno, asistimos a la infancia y adolescencia de John, junto a su padre y madre, Gwenn, y su hermana pequeña, Sarah, encerrados en el rancho, montando a caballo y yendo de caza. Un tiempo que nos sitúa en esos primeros veinte años de la vida de John. En el segundo tiempo, la película se sitúa en el año 2009, cuando Willis tiene 75 años y John, 50. Willis padece demencia y ya no puede vivir solo en el rancho, e insta a su hijo a que le ayuda a buscar casa en California.

El relato nos lleva por este viaje a las circunstancias y emociones entre un padre y un hijo, en una trama interesante donde iremos de un tiempo a otro, conociendo las vicisitudes familiares y personales que nos han llevado hasta la situación actual. Ahí vemos los primeros contrastes de la película, entre las zonas rurales y cerradas de la costa este, frente al progresismo de la zona del oeste. Entre un padre misógino, racista y malcarado, y un hijo, homosexual, liberal y sensible. Mortensen huye del arquetipo, se centra en las dificultades y tensiones que existen entre padre e hijo, en la complejidad de su relación, y en todo el bagaje emocional que los une, pero también, los aleja, repasando los momentos más cruciales en sus vidas, cuando la madre, cogió a sus hijos y abandona a Willis, las diferencias entre la novia de Willis y la convivencia de la madre, puro amor y bondad, como deja claro en varias secuencias, dotadas de una gran fuerza dramática, como la despedida cuando la madre se lleva a los dos hijos, dejando a Willis solo en la casa, o aquella, ya en la actualidad, en la comida familiar, donde vemos las múltiples diferencias que existen entre Willis, y el resto de la familia.

El director neoyorquino, que también firma el guión, compone una película profunda y bien narrada, llevándonos con interés y armonía por un tempo, que en ningún instante decae su interés y las diferentes tramas que van sumergiendo. La excelente cinematografía firmada por Marcel Zysking (habitual de Michael Winterbottom), hace que las imágenes, tanto actuales como pasadas, llenen de intensidad y majestuosidad la película, con esos tones oscuros y pálidos de la zona de la granja, y la luz brillante de la actualidad en casa de John y su pareja. O el pausado y conmovedor montaje que realiza Ronald Sanders (colaborador de Cronenberg), dotando a la narración de elegancia, fuerza y drama, sin caer en el sentimentalismo ni la exageración, todo el marco se muestra contenido y sobrio, sin alardes visuales ni argumentales, eso sí, la limpieza, inteligencia y fuerza visual está en cada momento, arropando con contundencia todo lo que sienten los personajes.

El veterano Lance Henriksen, que muchos recordarán por sus roles en Terminator y Aliens, da vida al rudo, desagradable y amargado Willis en su otoño particular, ese en el que está peleado con todos, y no es capaz de asumir sus errores y sobre todo, perdonarse y perdonar. Frente a él, un Viggo Mortensen, con su habitual fortaleza en la mirada y en el gesto, un actor capaz de meterse en la piel de esos personajes sensibles y de aspectos duros, aquí, haciendo de un tipo que tiene muchas cuentas pendientes con su padre, con ese hombre que no supo ser feliz, ni serlo con su familia. Laura Linney hace de Sarah de adulta, con una breve aparición, pero igual de contundente y llena de tensión. Sverrir Gudnason es Willis desde los 23 a los 43 años de edad, ese padre al que John admiraba, peor con el tiempo acabo odiando por su carácter egoísta y su actitud malvada, y Hannah Gross es Gwen, la madre, esa mujer que cuidó y amó a sus hijos, e intento darles una paz y armonía que el padre les negaba. Sin olvidarnos, de la breve presencia del director David Cronenberg, que interpreta a un doctor, íntimo amigo del director, desde que filmaron esas maravillas que son Una historia de violencia y Promesas del este. Mortensen se ha destapado como un director de mirada profunda y bella, capaz de conducirnos con fuerza y sobriedad por este drama de altos vuelos, que sigue la relación difícil entre un padre y su hijo, o lo que es lo mismo, entre alguien que no supo ser feliz, y un hijo, que hizo lo imposible para serlo, alejado del padre. JOSÉ ANTONIO PÉREZ GUEVARA