Escapada, de Sarah Hirtt

LA UTOPÍA (IM) POSIBLE.

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.

La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.

Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.

La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur,  como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.

Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada

Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada, directores de la película “Miriam miente”, en el Soho House en Barcelona, el viernes 16 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Natalia Cabral y Oriol Estrada, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, y Sandra Comas de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Dede, de Mariam Khatchvani

UN ESPÍRITU INDOMABLE.

En un instante de la película, donde asistimos a una carrera de caballos, Dina, la protagonista, cabalga a lomos de un corcel negro, su determinación y sus maneras guiando al caballo, nos devuelven ese aire de libertad y determinación que tienen ciertas personas, desvelándonos algo que ruge en su interior, mostrándonos ese espíritu indomable y rebelde que demostrará a lo largo del metraje, un alma inquieta y fuerte que no se arrodillará frente a nadie ni nada que se le interponga en su camino. La puesta de largo en la ficción de Mariam Khatchvani (Ushguli, Georgia, 1986) después de un período dedicada al documental y al cortometraje, donde ha sido reconocida internacionalmente, es una película inspirada en la vida de su abuela, donde la directora pone el foco en una mujer, la joven Dina, que vive en una de esas aldeas, en la región de Svanetia, entre las montañas del Cáucaso, en Georgia. La directora nos sitúa en los albores de 1992, después del amparo soviético, los georgianos se enfrentaban a una guerra interna y a sus propios conflictos territoriales.

Aunque, Khatchvani nos habla de otra guerra, la que sufre Dina, que obligada por la familia a casarse con David, que vuelve de la guerra, aunque la joven está enamorada de Gegi, compañero de armas de David. Dina no es de esas mujeres obedientes y que se dejan amilanar, su carácter le hará enfrentarse a su familia y su futuro esposo, negándose a seguir la tradición y dispuesta a romper las normas y decidir su propia vida. La directora georgiana construye una ficción, pero que la hermana con el documental en muchos aspectos, y a las formas cinematográficas de Rossellini (por ejemplo en Stromboli, terra di Dio, cuando encerraba en esa isla-cárcel a Ingrid Bergman, extraña de sí misma y extraña para los lugareños) desde la elección del reparto, en el que sólo hay un actor profesional, George Babluani que da vida a Gegi (al que vimos en 13 Tzameti) el resto del elenco lo componen habitantes de la región donde se filmó la película, también, donde pasó la directora su infancia,  y otro dato significativo, la película se rodó en georgiano y en svano, un dialecto hablado por unas 30000 personas muy propio de la zona.

La película obedece a la tragedia clásica, donde alguien que sigue su propio instinto, se enfrenta al poder, aquí el sistema patriarcal atávico que impone su poder al de las mujeres, meros seres obedientes, esposas a su pesar (cuando no acceden son secuestradas, práctica deleznable que sigue vigente en las zonas rurales de otras repúblicas próximas como la de Kirguistán, como explicaba el documental Grab and Run, de Roser Corella) y sobre todo, madres bondadosas al servicio de su esposo y la familia de éste. Dina rompe esas reglas y lucha incansablemente para vivir su propia vida, aunque las cosas no serán nada fáciles y deberá estar alerta en todo momento. La cineasta georgiana compone un retrato fiel y sincero sobre la mujer rural georgiana de finales del siglo XX, sin caer en ningún discurso panfletario o condescendiente, la trama es dura y compleja, y crea una atmósfera inquietante y cruel, ya que mezcla la belleza de sus paisajes tanto primaverales como hibernales, mezclado con la execrable tradición machista que sigue vigente en las diferentes aldeas.

Dina, bellísima y magnífica la interpretación contenida de la debutante Natia Vibliani, que lo expresa todo de manera sobria, nos conduce por su historia, por encontrar su lugar en el mundo, a través de su perseverancia, sus conflictos interiores, y ese entorno conservador, tradicionalista y violento, una mujer vital, llena de energía, de amor y de vida, que no cejará en su empeño, a pesar de todos los reveses y palos que va encontrando en su existencia. Khatchvani construye una película que puede verse como una experiencia antropológica, retratando las formas y costumbres de vida de los habitantes de la zona, en la que hace gala de un gusto exquisito en su forma, combinando excelentemente los colores y el paisaje que rodea los pueblos, desde esos colores apagados y oscuros de las ropas rurales, a ese vestido rojo, que alberga todo el significado de libertad que desprende la protagonista, o esos planos, en sus mayoría fijos, que nos remiten a la prisión en vida que sufren las mujeres del relato, donde la cabeza más visible sería Dina, ya que ella ha decidido enfrentarse a lo inamovible para ser ella misma, tomar sus propias decisiones y mantenerse en pie, cueste lo que cuesto, y a pesar de quién sea, de su familia, su pueblo y sus malditas tradiciones.

Entrevista a Lluís Galter

Entrevista a Lluís Galter, director de “La substància”. El encuentro tuvo lugar el viernes 9 de diciembre de 2016 en la sede de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Galter, por su tiempo, generosidad y cariño, a Sergi Moreno de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a Marta Cruañas de la ACC, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza esta publicación.

La substància, de Lluís Galter

documentallasubstanciaAL OTRO LADO DEL ESPEJO.

En la pequeña población de Torroelles de Llobregat, se alza “Catalunya en miniatura”, el parque temático más grande del mundo, en el que en sus 25000 metros cuadrados se exponen más de 100 maquetas de réplicas de monumentos de Cataluña. La segunda película de Lluís Galter (Figueres, 1983) navega entre el original y la réplica, entre la realidad y la mentira, entre el Cadaqués de Girona y el Cadaqués chino, llamado Kadakaisi. Galter que ya demostró sus credenciales como director con su primera película Caracremada que, a través de una forma entre la ficción y el documental, indagaba en los últimos días de uno de los maquis más emblemáticos de los pirineos. Aquí, Galter vuelve a las preocupaciones que ya se vislumbraban en aquella película, el hombre contra su entorno, el individuo en lucha fratricida sobreviviendo en un paisaje hostil que lo anula convirtiéndolo en invisible.

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Galter nos habla de los dos universos, y lo hace centrándose en el componente humano, en Cadaqués, conocemos su entorno a través de la palabra y los recuerdos de Joan Manuel Tajadura, un habitante de la zona que nos habla de su memoria, de lo que fue el pueblo y en lo que se ha convertido, un lugar turístico amenazado por la masificación de visitantes. Y después, Galter nos filma su contrapunto, el reflejo del espejo, la réplica china, y nos la muestra siguiendo los pasos de Tingting, una joven china de Xiamen, situada al sudeste de China, que tiene comprada una casa en Kadadaisi (el Cadaqués chino). A través de esos dos universos, esos dos ambientes, esos dos estados de ánimo, Galter muy hábilmente, traza su mirada, convirtiendo su película en un tercer estado imposible, y sólo posible en su obra, en un viaje parecido como el que hacía Alicia cuando cruzaba el espejo y se adentraba en un mundo en el que ya nada era como lo había visto, aunque seguía manteniendo ese espíritu del otro lado, un mundo que mantiene a los dos Cadaqués, en una forma cambiante y de ensoñación, en un universo paralelo donde convergen los dos espacios, creando un nuevo ambiente en el que todo se mezcla, se confunde y ya nada parece tener sentido, o quizás, mantiene todo el sentido posible, y sólo una mezcla de los dos, una especie de simbiosis que crea un nuevo paisaje que convive con los otros dos.

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Galter nos hace reflexionar sobre temas como la memoria, la identidad, la realidad o el tiempo, sobre la ferocísima explotación capitalista de los entornos, y como van cambiando de forma vertiginosa transformándose en otras cosas, artificiales e inhumanas, que acaban convirtiéndose en copia de la copia y así, sucesivamente, algo así como ciudades temáticas en las que todas se parecen demasiado, como si siempre fuesen la misma. En el que al final, personas como Tajadura (que recuerda al señor de los encantes que también almacenaba objetos en la excelente película Mercado de futuros, de Mercedes Álvarez) almacenan un archivo de imágenes y objetos, en el que en un futuro compondrán una valiosísima memoria para conocer la identidad de los lugares que desgraciadamente el progreso ha borrado y ya no recordamos cómo eran.

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Una película que nos habla sobre nosotros, de dónde venimos y quiénes somos, en el que nuestras ciudades acabarán siendo como muestran en The World, de Jia ZhangKe, un mundo de miniaturas frío y desierto, en el que sólo somos un pálido reflejo de nosotros mismos, en el que ya no nos identificamos con nada y menos con nuestro espacio, nuestro paisaje, tan cambiante y deformante que ya no reconocemos, ni nosotros nos reconoceremos en él. Quizás la substancia de la que nos habla Galter (que nacía de una reflexión del escritor Josep Pla sobre tres cosas – el viento, la cocina de pescado y las fiestas- que formaban la identidad de su país) habrá que redescubrirla nuevamente, profundizar no ya en el paisaje que ha perdido su identidad y lo que era, sino en nuestro interior, en nuestra memoria, como hace Tajadura, que aunque sea una misión suicida e imposible, que parece inútil, ahora, ya veremos en el futuro, igual que la misión de Caracremada intentando derribar las torres de alta tensión, la función de alimentar el archivo se convierte en ese paisaje interior que nos sigue relacionándonos con nuestro entorno, aunque sea un puñado de tierra, una fotografía amarillenta, o la única cabaña vieja de pescadores que todavía sigue en pie, manteniendo su espíritu indomable, como Tajadura, Caracremada y otros.