Carmen y Lola, de Arantxa Echevarría

UN AMOR PROHIBIDO.

“Ser mujer sigue siendo una tarea difícil. Ser mujer y gitana, lleva acompañado toda una cultura de siglos de patriarcado y machismo. Ser mujer, gitana y lesbiana, es directamente no existen”

Arantxa Echevarría

Nos encontramos en el extrarradio de Madrid, aunque podría tratarse de cualquier ciudad del mundo, en uno de esos barrios de la periferia, en los que se acumulan los más desfavorecidos, donde conoceremos a Lola, una gitana adolescente diferente a las demás, Lola va al instituto, sueña con ir a la universidad, pinta grafitis de pájaros, y además, a Lola le gustan las chicas. Un día, en esos días de mercadillo, donde su familia vende frutas y verduras, se tropieza con Carmen, una gitana guapísima de su misma edad, el enamoramiento de Lola es instantáneo, como si un rayo la atravesara, esa primera mirada, esas hormigas revoloteando en el estómago, ese primer amor. Aunque, la cosa no va a ser nada fácil, porque Carmen está pedida y prepara su boda con un primo de Lola.

La directora Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) lleva más de un cuarto de siglo en esto del cine, trabajando en los equipos de producción y realización para otros directores, en el año 2010 se lanzó a dirigir cortos cosechando grandes éxitos, y ahora se ha decidido a debutar en el largometraje coproduciendo, escribiendo y dirigiendo una tierna y sensible love story protagonizada por dos gitanas en un contexto hostil y cerrado como la comunidad gitana, un entorno establecido en el que rigen unas tradiciones sociales y culturas ancestrales, donde las mujeres están destinadas a casarse y ser madres. Echevarría se adentra en el mundo gitano desde el respeto y sus contradicciones, sin juzgar a sus protagonistas ni a sus familias, dejando que el espectador tome partido, explicándonos su cuento urbano y febril de manera sencilla y honesta, sin caer en estereotipos ni prejuicios, contándonos el primer amor, esa primera vez que descubrimos el amor, con la circunstancia que se trata de dos chicas gitanas, y protagonizarán un amor prohibido, clandestino, lejos de miradas inquisitivas y reprobadoras.

La cineasta bilbaína nos cuenta su película a través de la mirada de Lola, la chica diferente, la que quiere otra vida para ella, la que se mete en chats de lesbianas y pinta grafitis de pájaros que vuelan libres, sin rumbo ni destino, y todo lo hace a escondidas, lejos de los suyos, que censuran su vida y su forma de ser, Lola ve en Carmen ese pájaro enjaulado como ella, y se siente fuertemente atraído por ella, aunque las circunstancias se encaminen hacia otro lugar, pero el caprichoso destino las irá empujando hacia lo inevitable y vivirán esa historia de amor pequeña y oculta. La luz luminosa y cercana de la película, obra de Pilar Sánchez Díaz (también coproductora de la cinta) con ese aroma brillante, que contrasta con la oscuridad emocional que sienten y viven las protagonistas, recuerda a los trabajos de Teo Escamilla para Saura o los de José Luis Alcaine para Almodóvar, una luz luminosa que baña cada rincón de ese barrio y sus espacios, donde a veces escuchamos música flamenca que acompaña en las celebraciones de los gitanos (en el culto religioso, en la fiesta de pedida o el cumpleaños del novio) motivo de alegría para la comunidad, contrarrestada por los momentos de silencio cuando las dos chicas se dejan llevar por sus sentimientos y sus miedos.

La película emana ese cine social que hizo grande al cine británico de finales de los 50 y comienzos de los 60, que han heredado cineastas como Saura o Armendaríz, a través de la urbanidad y la suciedad de los desplazados del centro de la urbe, como vimos en películas de la calidad de Deprisa, Deprisa o 27 horas, y más recientemente, el cine de los Dardenne, tan interesado en las penurias de los invisibles de las urbes, o los chavales aburridos sin nada que hacer de Barrio, de León de Aranoa, chicos y chicas que van de un lado a otro, en esa edad difícil donde están de paso, donde cada experiencia es un descubrimiento que marcará sus destinos, en ese estado de transición que todavía no se ha definido hacia ningún lugar o destino. El extraordinario reparto de la película, todos ante su primera experiencia cinematográfica, con el maravilloso dúo protagonista, Zaira Romero y Rosy Rodríguez, las Lola y Carmen, bellas, espontáneas y sinceras, bien secundadas por Carolina Yuste como Paqui, esa gitana que ha roto una lanza a favor de encaminar a los gitanos a otro futuro, y Moreno Borja y Rafaela León, padres de Lola, y un grupo de casi 150 gitanos que dan vida a los personajes de la película.

Echevarría ha construido una película sensible, íntima y deslumbrante, tanto por su contenido, complejo y difícil, como su forma, desde esa distancia en la que explica su historia de manera libre y sin complejos, acercándose a la comunidad gitana desde su diversidad, complejidad y singularidad, sin caer en la superficialidad, ni crear un cuento de buenos y malos, sino de seres diferentes y complejos, seres que aman, que sufren, que viven según su cultura, sus tradiciones, educación y experiencias, en una magnífica película con encanto y detallista, en la que todo ocurre desde una mirada libre y desacomplejada, una mirada convertida en los precios que tenemos que pagar por ser libres, y sobre todo, por amar en libertad, sin coacciones de ningún tipo, siendo las personas que queremos ser, trabajando para vivir y amar como sentimos.

Los perros, de Marcela Said

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“No quiero recibir más órdenes”

Una de las primeras imágenes que nos asaltan de la película que, a la postre, se convertirá en epicentro del relato, una reseña metafórica del devenir de los hechos que veremos a continuación. A saber, un vecino, visiblemente enfadado, que lleva un perro común en brazos, llega frente a Mariana, una de las protagonistas, y le advierte que, es la última vez que su perro entra en su propiedad. Los dos se enzarzan en una discusión que no pasa a mayores. Quizás, lo que en primera instancia parece un altercado más entre vecinos, es algo más, algo que tiene que ver con la relación de los personajes, y aún podríamos decir más, algo que tiene que ver entre el pasado reciente del país, entre esa impunidad inmerecida con la que se jacta la clase dirigente. Aquí, el can viene a ser ese animal indefenso y dócil que utilizan los de arriba en su propio beneficio. El segundo largometraje de Marcela Said (Santiago de Chile, Chile, 1972) después de un buen puñado de documentales, donde hablaba de forma realista y contundente sobre los males de la dictadura, y arrancar con su debut en la ficción con El verano de los peces voladores (2013) en el que a través de los ojos de Manea, una adolescente curiosa, construía una metáfora sobre las artimañas de los poderosos para solucionar sus conflictos.

En Los perros, nos encontramos con Mariana, una mujer de clase acomodada que pasa su tiempo entre su trabajo en una galería de arte y sus clases de equitación, se mueve en ese ambiente de la burguesía chilena, con un padre anciano y déspota, un marido abogado engreído, y más adelante, aparecerán un policía ilegal, y Juan, su profesor de equitación, con un pasado oscuro, siendo uno de los responsables de un centro de detención durante la dictadura. La directora chilena nos somete a un paisaje burgués, donde nos paseamos por ambientes sofisticados y elitistas, grandes casas en las afueras, donde no falta ningún detalle, clubs de hípica, en el que los niños y niñas ricas se la pasan montando a caballito, y empresas y comidas donde se reparten el dinero y el mundo los más pudientes. Un paisaje que entra en contradicción constantemente, porque el ambiente materialista y de buenas costumbres, esconde un pasado lleno de argucias y violencia de estado, donde todos los que pudieron, y cada uno de ellos, aprovechó la dictadura de Pinochet, para enriquecerse y convertir el país en una economía neoliberal donde unos pocos, elegidos, siguen amasando fortunas y el resto, la gran mayoría, sigue sufriendo esos desmanes sociales y económicos.

La película coloca el foco en los herederos, los hijos de la burguesía, que se han construido un espacio de bienestar, sin importar la procedencia de esas sumas de dinero ganadas ilícitamente. Said convierte su relato en una atmósfera agobiante y muy asfixiante, donde la tensión camina junto a sus personajes, seres contradictorios, complejos, y difíciles de entender, que son capaces de las acciones más viles y canallas, pero también, llenos de dulzura y amor. El paisaje perturbador y lleno de silencios incómodos y pasados enterrados, lleva a Mariana a enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades, en un camino lleno de conflictos interiores que, metida en la fascinación y la repulsa que le da el pasado de su profesor, se adentra en un espacio asfixiante, en el que desafiará sus propios límites y los del resto de su familia, en un intento devastador y amargo por conocer la verdad, y a la vez sentirse fuertemente atraída por el autor de ese mal.

La extraordinaria interpretación de la actriz Antonia Zegers (vista en muchas películas de Pablo Larraín y de Matías Bize) convertida en el auténtico motor de la película, que sufre ese ambiente machista y gallito, con ese caminar espectral, reflejo del alma perturbada e inquieta de su existencia (acompañada de esa luz naturalista obra de George Lechaptois, con esa cámara en mano, inquieta y nerviosa, que la sigue como incrustada en su alma) donde su vida y familia tienen muchas cosas que contar y también, que esconder, por ocultar la verdad, y las acciones durante los tiempos de la dictadura que los podrían llevar a la cárcel indefinidamente. Bien acompañado por otro astro de la interpretación en Chile como Alfredo Castro dando vida a Juan, profesor ahora, y Coronel de la DINA (policía secreta militar) en tiempos de Pinochet, componiendo un personaje muy oscuro y perturbador, que calla más que habla, porque en según qué cuestiones le conviene y mucho, pero también, alguien cercano, humano y amable. En esas contradicciones y espejos transformantes, se mueve la película de Said, donde en algunos momentos parece que estemos en una aventura burguesa de Antonioni, y en otros, en uno de esos thrillers negrísimos de Lynch.

Una película que invita a reflexionar, a adentrarse en una anti heroína, que resulta compleja, frágil y obsesionada por un hombre que la trata diferente, que la escucha y la entiende, muy lejos de lo que tiene en su casa, aunque ese hombre sea alguien con la conciencia manchada de sangre, en una cinta interesante e imprevisible, convertida en una suerte de thriller político íntimo y familiar, en el que las causas y los efectos de la trama hay que encontrarlos en las personas que te rodean, en esas personas que se suponen que te quieren, aunque, siempre ocurre que todos y cada uno de nosotros, tiene algo que esconder, algo turbio y monstruoso que dejó atrás, porque le convino y además, le llevó a estar a donde está, a disfrutar de todas las comodidades que tiene en su vida, en una película que nos habla del peso del pasado, de la violencia de estado, de hacer justicia de los males de las dictaduras, de los estados que nacen y, desgraciadamente, arrastran los males antiguos, de la herencia de tus padres, y las relaciones con los más allegados cuando sabes que tú, también formas parte de la infamia, la violencia y la sangre derramada por tantos inocentes.

Los desheredados, de Laura Ferrés

LA DIGNIDAD DEL QUE LO HA PERDIDO TODO.

En un momento de la película, Perre Ferrés (que debido a la crisis económica, se dedica a las despedidas de soltero para mantener a flote, a duras penas, su negocio familiar de autocares) mientras realiza un servicio, a primeras horas de la mañana, cuando ha recogido a un grupo de jóvenes en avanzado estado de embriaguez, que le insultan y le obligan a detener el vehículo para orinar, Pere enciende el motor y se va del lugar dejando tirados a sus desagradables clientes. Un instante que resume tanto los sentimientos de Pere Ferrés como el espíritu de la película, que captura esos momentos en que después de perderlo todo, lo que nunca podemos perder es nuestra dignidad, seguir hacia delante para sentirnos dignos de nosotros mismos y de nuestro trabajo, o lo que quede de él. El segundo trabajo de Laura Ferrés (Barcelona, 1989) vuelve a enmarcarse en lo social, en las dificultades para salir adelante, y en lo familiar, como ya lo hacía su primera película, A perro flaco (2014) en el que seguía los pasos de Leo (magníficamente interpretada por Mar del Hoyo) durante un fin de semana, cuando intentaba mantener su vida-dignidad ocultando a su madre sus dificultades emocionales y económicas. Si A perro flaco se movía en terrenos puramente de la ficción para describirnos una realidad cotidiana y próxima. Ahora, Ferrés se mueve dentro de esa visagra narrativa entre lo real y lo ficticio para hablarnos de su familia, y del final del camino, laboralmente hablando, de su padre, Pere Ferres de 53 años, que la crisis ha azotado con dureza y somos testigos de los últimos días de su negocio familiar de autocares.

Ferrés, en apenas 18 minutos, se mete en la piel de su progenitor capturando, mediante planos fijos, apenas diálogos, y sin luz artificial, los quehaceres de una realidad dura y amarga, donde asistimos a los últimos coletazos de un trabajo que fue pero que ya no es, y ya no será. Ferrés sitúa su película en El Prat, a las afueras de Barcelona, en la periferia tanto física como emocional, uno de esos lugares donde la crisis ha hecho más mella y ha dejado a tantas familias y tantas personas como Pere Ferrés sin su trabajo y sin una vida (como cuenta el propio Pere en uno de esos planos de frente que lo recoge a él y a su madre, mientras miran la televisión, cuando menciona que sin trabajo no tiene nada ya que las demás cosas de su vida, incluyendo las mujeres no le han ido bien). Una película que nos habla desde la cercanía de un hombre que sigue en pie a pesar de todo lo que ha perdido, que mantiene la esperanza y la dignidad para mirar más allá, para no perder lo que es y seguir creyendo en sí mismo, aunque la vida les pase por encima y cueste muchísimo seguir confiando en uno mismo y en que las cosas tengan otro rumbo y mejoren.

En algunos instantes parece que estamos ante un western crepuscular cuando la cámara testigo observa y sigue los pasos de Pere Ferrés, como un espectro vagando sin rumbo, por esos espacios del no lugar, esos caminos que se pierden hacia ningún lugar, donde se encuentra con ese pasado cuando era feliz trabajando en su autocar, o en el hangar, en el que cada vez quedan menos autocares y cada vez está más vacío, o en esa oficina donde suenan llamadas que ya nos e contestarán o la máquina de triturar papeles que se encarga de desaparecer aquellos documentos que dejaron de tener sentido. Ferrés ha construido un canto a la dignidad, desde la honestidad, la naturalidad y la sinceridad, a través de un tema que conoce en profundidad y nos regala una magnífica película que hace reflexionar y sentir que siempre hay algo de luz en los restos del naufragio, con una película de ahora, que penetra en el interior de muchos que lo han perdido todo, que ya no tienen trabajo, de aquellos invisibles que no tienen voz, de aquellos que ven con amargura y tristeza la desaparición no ya de su empleo, sino de su vida, de todos aquellos sueños que han quedado en algún lugar que ya no existe.

Pere Ferrés se erige como figura de todos esos hombres y mujeres de su generación, quizás la más perjudicada por la crisis, personas de mediana edad que tienen que empezar de nuevo y se ven con extremas dificultades para reciclarse y seguir caminando. La directora barcelonesa atrapa esa tristeza a través de las miradas y gestos de su padre, en esos espacios de no vida, que poco a poco van quedándose vacios y dejando de ser lo que eran, despojándose de su actividad para simplemente ser no lugares que ya no sabemos para que utilizar, y sobre todo, que hacer en ellos. Un equipo de grandes profesionales entre los que destaca la producción de Valérie Delpierre (productora de la maravillosa Estiu 1993, de Carla simón) la exquisita y brillante fotografía de Agnès Piqué Corbera, el sonido de Alejandro Castillo (habitual de Recha, Rosales, Isaki Lacuesta, Miñarro, entre otros) el montaje de Diana Toucedo (colaboradora de Isaki Lacuesta, entre otros) y la brillante composición de Pere Ferrés que se interpreta a sí mismo y a todos aquellos Pere Ferres que se quedaron en el camino y ahora son una mera sombra que camina, y se mantiene en pie, porque es lo único que puede hacer para resistir y seguir creyendo en sí mismo, aunque cueste la vida en ello.


<p><a href=”https://vimeo.com/216030553″>LOS DESHEREDADOS &ndash; THE DISINHERITED TRAILER</a> from <a href=”https://vimeo.com/lauraferres”>Laura Ferr&eacute;s</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos

LA SANGRE DE LOS TUYOS.

Una ciudad como otra cualquiera en un país occidental, y una de esas familias burguesas, formada por Steven Murphy, reputado cirujano cardiológico, y su esposa, Anna, oftalmóloga de prestigio, y sus dos hijos, Kim, de 14 años y el pequeño, Bob de 12. Forman ese tipo de familias tradicionales, de grandes casas residenciales con jardín y piscina, donde el orden y la tolerancia reinan en su hogar y sobre todo, en sus vidas, muy planificadas, correctas y perfectas. Aunque todo ese orden aparente e inmaculado, se verá afectado por la entrada en ese hogar de Martin, un adolescente de 16 años que ha entablado amistad con el doctor. Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) vuelve a la carga con uno de esos relatos donde todo parece funcionar con armonía y amor, pero más lejos de las apariencias, todo ese mundo oculta otro, como sucedía en “Al otro lado del espejo”, de Carroll, donde Alicia descubría un reverso de su vida que la interpelaba completamente. Lanthimos arrancó su filmografía con Kinetta (2005) donde relataba un thriller plagada de asesinatos, pero será con su segundo trabajo Canino (2009) en el que construía un drama doméstico en el que un padre educada a sus hijas alejándolas del exterior, dentro de un paisaje perverso y desgarrador. Continuó con Alps (2011) con una trama siniestra en el que un departamento de un hospital disponía de personas que ocupaban el lugar de los fallecidos, y siguió con Langosta (2015) con Colin Farrell, en el que en un mundo distópico los individuos sin pareja debían encontrarla en un plazo acotado en un centro disponible para ello.

Universos perversos, situaciones incómodas y personajes que ocultan esas experiencias vitales que les romperían tanto su propia armonía como la de su entorno. Lanthimos con su habitual equipo, Efthimis Filippou en la escritura, Thimios Bakatakis en la fotografía y Yorgos Mavropsaridis en el montaje, logra un thriller psicológico de grandísima altura, en el que nos atrapa con una sencillez extraña, en unos planos secuencias larguísimos y filmadas con gran angular, que consigue producirnos esa extrañez rara, que se agarra a nuestras entrañas, en las que logra situaciones de una perversidad, tanto psíquica como física, sumergiéndonos en ese otro lado del espejo, donde nos convertimos en almas sucias, terroríficas y despiadadas, donde sacaremos nuestros más bajos instintos macabros, sexuales y sociales, convertidos en entes que se mueven sin más, donde nuestras vidas racionalmente construidas se destrozan con la fragilidad de un castillo de naipes.

Lanthimos despedaza este mundo de materialismo y falsedad, y juega con nosotros a un extraño y terrorífico juego en el que la culpa, la mentira y la hipocresía dominan a sus personajes, despojándolos de toda esa apariencia, y convirtiéndolos en seres que se mueven por instintos, miedos e inseguridades. Lo que empieza como la llegada amable y simpática de Martin a ese hogar de limpieza y armonía, se convertirá en una pesadilla que parece no tener fin, y destapará la suciedad que se esconde bajo la alfombra, en un thriller de una gran factura visual, y rompedor en su trama, sometiéndonos en un degradante laberinto que sacará lo peor de cada uno de los personajes, en este malévolo descenso a los infiernos, donde Lanthimos, apoyado en su peculiar destreza argumental, nos sumergirá por el thriller psicológico, el drama íntimo y familiar, y lo sobrenatural, en un extraño y doloroso virus que primero atacará físicamente a los personajes, para luego arrastrarlos por inexplicables dolores emocionales que no tienen fin ni parangón. El director heleno construye una fascinante home movie en el seno de una familia que esconde una tragedia del pasado, un suceso que volverá a sus vidas en la figura de Martin, un chico aparentemente reservado y tímido que, buscará venganza, un marido para su madre y un padre, aquel que murió en la sala de operaciones del Dr. Murphy.

En el cine de Lanthimos hasta la situación más cotidiana se presenta como una especie de pesadilla, que hace daño y nos ataca a nuestros prejuicios y convenciones, en un viaje emocional que ataca allí donde más duele, a donde somos más vulnerables, a nuestras entrañas, en un cine que podríamos encontrar sus más directos referentes en el cine de Buñuel, Lynch, en el cine de terror, por sólo citar algunas de las inspiraciones del cineasta griego. Un cine que a través de la sencillez formal, nos atrapa con lo más mínimo, seduciéndonos suavemente, como si una serpiente nos subiera por las piernas, y cuando quisiéramos darnos cuenta ya la tenemos estrangulándonos lentamente el cuello hasta morir. Un reparto encabezado por Colin Farrell, que repite después de Langosta, interpretando a ese padre que intenta inútilmente escapar de su responsabilidad y deberá tomar una decisión que afectará a su familia, Nicole Kidman como la madre y esposa protectora que no conseguirá alejar a ese maligno que ataca y destroza su hogar y a los suyos, y la terna de interpretes jóvenes empezando con Barry Keoghan que compone un Martin siniestro y perverso que no cejará en su idea aunque le vaya a costar mucho más de lo que creía, y finalmente, los dos hijos de los Murphy, víctimas propicias elegidas del mal que los azota y no parará hasta que se consuma su objetivo.

Sieranevada, de Cristi Puiu

LA FICCIÓN DE NUESTRA MEMORIA.

El arranque de la película situado en mitad de una calle céntrica de Bucarest, define de manera brillante lo que serán sus características, a saber, primero, percatamos una cierta distancia con aquello que se nos está contando, la cámara filma desde la otra acera de donde se están llevando a cabo los hechos, una madre y su hija esperan supuestamente al automóvil del padre que ha dado la vuelta, no sabemos a ciencia cierta que está ocurriendo, pero el tiempo transcurre y la espera también, y ese tiempo se va dilatando, con esa sensación que las cosas parecen no tener fin, y finalmente, la utilización del sonido, a veces ambiental, y otras, silencioso. Aparece el coche del padre, se suben el matrimonio, después de dejar a la niña y se dirigen a la casa de los padres de él para celebrar un homenaje al padre muerto 40 días después de su fallecimiento. Cristi Puiu (Bucarest, 1967) uno de los grandes nombres de los cineastas surgidos en Rumanía en el nuevo milenio que, a través de propuestas sencillas y cotidianas, pasan revista a los acontecimientos históricos del país desde la época comunista, la caída de Ceaucescu, el gobierno de Iliescu, y los nuevos tiempos, con el capitalismo feroz, y la escasez laboral y económica.

Puiu nos encierra en el piso familiar, donde se ha reunido todo el clan para conmemorar al ausente, ellos son los últimos en llegar, Lary, y su esposa, que se ausentará ya que le urge comprar una serie de cosas. Lary, doctor de profesión, pero obligado por la precariedad a vender máquinas para hospitales, y así sucesivamente, iremos conociendo a todos los miembros allí reunidos. Todo contado a partir de esas dos premisas que comentábamos al inicio, la distancia de la cámara, que filma y capta al detalle todo lo que va aconteciendo, y el tiempo, aquí contado en tiempo real, un metraje que llegará casi a las 3 horas, a través de las planos secuencia interminables, donde la comida se va posponiendo, y no acaba de producirse, primero, por la tardanza en la llegada del cura ortodoxo que presidirá la ceremonia, y luego, por otra aparición, esta inesperada, la del tío, presumiblemente adultero, que viene a reclamar su lugar como jefe del clan,  ahora que el muerto no está. Puiu sigue en las coordenadas dramáticas que le han encumbrado como uno de los nombres indiscutibles del panorama cinematográfico internacional, en La muerte del Señor Lazarescu (2005) nos contaba la odisea de un señor mayor que pasaba de hospital en hospital sin que ninguno pudiese localizar su dolencia, en Aurora, un asesino muy común (2010), filmaba en deambular de un tipo perdido angustiado por el abandono de su mujer, películas que le servían para indagar en la historia reciente de su país, el terrible pasado comunista, la dura transición al nuevo sistema económico, y los restos de aquello que desapareció y lo nuevo que no acaba de ser aquello que tanto deseaban, el desencanto instalado en un país en tierra de nadie, que es europeo, pero parece anclado en fantasmas del pasado y en diferencias irreconciliables entre sus habitantes.

Puiu pone sobre la mesa varios temas, desde el atentado de las torres gemelas, donde algunos opinan sobre la conspiración, también conocemos a una vieja comunista que alardea de ese pasado, enfrentado a otros, más jóvenes que critican su actitud, y demás cuestiones sobre la memoria del país que acaba siendo la memoria de uno mismo, sobre la historia que conocemos, la oficial, y la que hemos leído, sobre la manipulación de la memoria, y todo aquello que desconocemos de los sucesos, y lo mucho que debemos inventar para rellenar esos huecos, tanto históricos como personales, de nuestras vidas, unas vidas expuestas a una historia cambiante, oscura y difícil de conocer en su verdad. Puiu expone todos estos elementos, dentro de ese microcosmos, en la que cada habitación parece un espacio diferente, iluminado de diferentes maneras, espacios a los que es difícil acceder, con esas puertas que constantemente se abren y se cierran, como si estuviésemos viendo una comedia clásica de Lubitsch o Hawks, donde la coreografía de puertas y personas se mueves al compás de unos movimientos que parecen dominarles contra su voluntad.

El cineasta rumano no deja ningún tema sin tratar, aquí hay tiempo para hablar de historia, política, religión, trabajo, familia, dinero y demás cuestiones que, no sólo trazan un marco de los diferentes integrantes de la familia, sino que despieza la reciente historia de Rumania y los diferente hechos internacionales que se han vivido en los últimos años. De lo individual o íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo oficial, los diversos contrastes de la película y sobre todo, de todas las relaciones humanas que se van viviendo en la jornada del sábado, un sábado como otro cualquiera, donde cada uno de los componentes de la familia deberá enfrentarse a su verdad y exponerla o no a los otros, desnudarse emocionalmente para ser juzgado. Aunque Puiu parece instalado en situaciones que podríamos llamar de comedia, también hay drama, un conflicto emocional de cada uno de los integrantes que vemos pulular por ese piso. Una comedia amarga, aquella que afloró en los cuarenta o cincuenta en Europa que servía para esconder las miserias de una población derruida por la guerra, o la que ayudó a Berlanga en sus magistrales Plácido o La escopeta nacional, para retratar las miserias del franquismo con su doble moral y una rectitud y buenas formas de pacotilla que aparentaban un país mísero arruinado por el fascismo y el terror. Puiu habla de mucho con muy poco, convocando a un grupo heterogéneo familiar que vive o sobrevive en la Rumanía actual que después de la caída del comunismo creían que los nuevos tiempos les traerían nuevas oportunidades, pero estas, para su desgracia, todavía están por llegar.

Entrevista a Robert Guédiguian

Entrevista a Robert Guédiguian, director de “Una historia de locos”. El encuentro tuvo lugar el lunes 20 de febrero en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Robert Guédiguian, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lorea Elso de Golem, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Una historia de locos, de Robert Guédiguian

VÍCTIMAS DE LAS INJUSTICIAS.

“Me gusta pensar que los momentos más importantes de la Historia no tienen lugar en los campos de batalla o en los palacios, sino en las cocinas, los dormitorios o las habitaciones de los niños”

David Grossman

La película arranca de forma magistral y concisa, situándonos en el Berlín de 1921, bajo una luz prodigiosa filmada en blanco y negro, y una sobria ambientación, asistimos al asesinato de Talat Pashá, uno de los autores del genocidio armenio de 1915 a manos de Turquía, llevado a cabo por el  ciudadano armenio Soghomon Tehlirian, y su posterior juicio. El acusado que, se declara culpable, es absuelto. De esta apertura, pasamos a principios de los ochenta en la ciudad de Marsella, en la que conocemos a la comunidad armenia refugiada, y más concretamente a una de sus familias, la cual será el núcleo de la trama que se nos contará.

Robert Guédiguian (Marsella, Francia, 1953) se ha caracterizado por construir un cine contemporáneo, situado en su Marsella, y a partir de comedias con apariencia ligeras y cercanas, ha realizado películas de índole social, en las que habla de temas candentes de los ciudadanos de ahora, como el desempleo, la inmigración, las carencias sociales, todo ello, a través de personajes próximos, cálidos y humanistas, interpretados por los habituales Ariane Ascaride, Gérard Meyland y Jean-Pierre Darroussin. En su 19 película de su filmografía, vuelve a sus orígenes, al pueblo de sus antecesores, a Armenia, su padre era armenio, y se embarca en una reconstrucción histórica, como ya hiciera en el 2006 con Le voyage en Arménie, en la que nos contaba la vuelta de un exiliado y como se encuentra la tierra de su infancia, ahora, Guédiguian ha ido mucho más lejos, y se ha planteado una película compleja y difícil, tanto por lo que cuenta como por los temas que trata.

Guédiguian ha tomado una noticia real, la sucedida en Madrid en 1981, cuando el periodista José Antonio Gurriarán quedó paralítico a consecuencia de un atentando perpetrado por el ASALA (Ejército secreto Armenio para la liberación de Armenia), suceso que llevó a Gurriarán a investigar sobre el tema, y a conocer a sus verdugos, de la que salió la novela “La bomba”. El director marsellés nos cuenta la historia de Aram, uno de aquellos jóvenes armenios/franceses que, instigado por la madre, acaba enrolándose al ASALA, y en una de sus acciones, una bomba que hace volar el coche del embajador de Turquía en París, hiere, dejando paralítico, a Guilles Tessier, un ciclista que casualmente pasaba por allí. Guédiguian realizado una película primorosa, cuidando todos los detalles, filmando en los lugares donde se desarrollaron los hechos y centrándose en la complejidad de sus personjes, hablándonos de varias cosas, por un lado, tenemos a Aram y su lucha armada, con sede en Beirut, en el que asistimos a los conflictos, tanto internos como externos del joven, la cotidianidad en la vida clandestina y su lucha por que su pueblo sea reconocido. Y por el otro, a Guilles, el joven francés que, después de su ardua recuperación, quiere conocer a su verdugo, después que Anouch, madre de Aram, lo visitará en el hospital para expresarle sus condolencias.

El cineasta francés nos habla sobre la culpa y el perdón, en un relato político, que investiga la memoria y la identidad no solamente de un pueblo, sino también la de cada uno, sin olvidarnos, del tema más complejo que aborda la película, el posicionamiento sobre la legitimación de la violencia para defender una cusa justa. Guédiguian no toma partido, nos cuenta su película mostrándonos todas las razones que justifican sus personajes, sin decantarse por ninguno de ellos, no estamos ante un panfleto político, no hay nada de eso, y celebramos enormemente la decisión de Guédiguian, que logra mantenernos en vilo, consiguiéndolo a través de lo más mínimo, centrándose en las historias humanas, que jalonan su filmografía, unos seres que luchan por tirar hacia adelante, a pesar de las dificultades con las que se encuentran, gentes humildes, con dudas y miedos, que se equivocan mucho y pocas veces aciertan, esta vez, el realizador marsellés se ha adentrado en un freso histórico que recorre un siglo del pueblo armenio, que arrastra la desidia y lucha contra el olvido de muchas naciones que no reconocen su triste pasado.

Una película reflexiva, contundente y apasionante, que se va contando con pausa, sin prisas, que consigue apoderarse de cada uno de los espectadores de forma sutil, sin aspavientos ni desmesura, mostrándonos que a veces los ideales que defendemos obedecen más al miedo que a un pensamiento reflexivo, y en ocasiones, el único camino que nos queda es la lucha armada, aunque eso nos obligue a tomar decisiones que vayan en contra a nuestros principios morales. Guédiguian con su habitual Ariane Ascaride y un trío de jóvenes intérpretes, que ofrecen vitalidad y naturalidad a sus personajes, cimenta una historia donde no existen inocentes y culpables, sobre la necesidad de entender primero antes de juzgar, sobre las injusticias cometidas, aquellas que nadie responde, aquellas que se quedaron en el olvido, que hacen daño, pero que el pueblo armenio se niega a ese destino y sigue en pie, valiente y decidido, luchando por ser reconocido.