El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

 MY SWEET ALMA.

“Convertir el amor en un sueño febril”

Reynolds Woodcock es un hombre maduro, de extraordinario talento para el diseño de vestidos para mujeres, profesión en la que ha volcado su existencia, dónde se muestra metódico, exigente y perfeccionista. “The House of Woodcock”, que lleva junto a su hermana Cyril, se ha convertido en la casa de modas más importantes del Londres de los años 50, por donde desfilan reinas, condesas, herederas, estrellas de cine y grandes damas, que llegan para tener el vestido más elegante y exclusivo de todos. Reynolds lleva su empresa como si se tratase de un regimiento militar, donde hay múltiples reglas que hay que cumplir a rajatabla, normas y más normas de un diseñador que se muestra quisquilloso, egocéntrico e irascible con todos y todo. Aunque todo ese aparente orden se viene abajo con la aparición de Alma, un joven inmigrante venida del este que Reynolds conoce una mañana. Alma entrará a trabajar con él, y sin quererlo, se convertirá en el centro de todas las cosas. El octavo trabajo de Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970) sigue la línea de sus últimos films, si bien es verdad que su cine arrancó con dramas corales como Sydney, Boggie Nights o Magnolia, poco a poco, si exceptuamos su anterior filme Puro Vicio (donde había drama coral salpicado de comedia surrealista) sus otras películas han derivado en retratos íntimos, con pocos personajes, donde la trama pivotaba en uno de ellos, que suelen tratarse de tipos solitarios y a la deriva, que les cuesta encajar en la sociedad, como ocurría en Punch-Druck Love, The Master o en Pozos de ambición, en el que el magnate fascista del petróleo no tenía nunca suficiente a pesar de amasar una desorbitada fortuna. Los personajes de Anderson suelen ser tipos sin fortuna, por lo general, o existosos en su trabajo, pero no en el amor, tipos perdidos, llenos de traumas y dolor, que se mueven por inercia, sin saber dónde ir, en el que les cuesta entender la sociedad y su entorno más íntimo.

Reynolds Woodcock es un hombre que se ha refugiado en su profesión – personaje inspirado en el célebre modisto español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) – y ha construido un reino sin fisuras y brillante, que, en realidad, esconde el trauma de la muerte de su madre (la persona que le hizo quién es y le enseño el oficio) dolor que le ha encerrado en sí mismo, rodeado de criados-empleadas, en un mundo femenino, que le siguen sin rechistar, incluida su hermana, a la que, sin embargo, hay una línea oculta que saben que ninguno de los dos nunca traspasará. La llegada de Alma a su vida cambiará todos sus esquemas, y resquebrajará su reino de cristal, y lo convertirá en alguien humano, un tipo débil y vulnerable, con sus miedos e inseguridades. El cineasta californiano apenas nos deja ver el Londres de posguerra, donde todavía la tragedia de la guerra seguía presente y había pocas distracciones. La película se muestra siguiendo el patrón del modisto, siempre entre cuatro paredes, como el mundo que se construye, en los salones de su casa de trabajo, en la mecanización de sus talleres cosiendo los vestidos, en restaurantes rodeados de gentes y comida, y en su refugio en el campo, donde cómo no, sigue obsesionado con su último diseño. Anderson, que también es el responsable de su fotografía (filmada en 35 mm) construye una luz brillante y esplendorosa en la casa-trabajo de Woodcock, y por el contrario, la ensombrece y la vela en los otros espacios, donde el personaje se muestra diferente, más débil, ataviado con sus gafas, su inseparable cuaderno y lapicero, un tipo que nunca descansa, siempre trabaja y trabaja. La llegada de Alma lo trastocará, lo que en principio parece la caza de una nueva musa, lentamente, se convertirá en algo más, debido al carácter de la joven, una mujer que protesta las continuas órdenes y reglas del modisto, que no quiere ser una más entre todas, que desea convertirse en alguien especial para Woodcock, y no dudará en traspasar todos los límites para desenmascarar al modisto, y convertirlo en alguien real, en alguien cercano y humano.

Anderson filma a sus personajes de manera íntima, en que el escenario lo define, como si pudiéramos tocarlos o caminar entre ellos, a través de una elegante mise en scene, que nos evoca a los grandes dramas victorianos con esas casas señoriales en los que todo sigue el orden previsto, donde la vida y las emociones parecen prediseñadas, como si alguien las hubiera pensado con anterioridad. La película nos hace recordar algunos relatos de Hitchcock, como Rebeca o Vértigo, donde los señores se empeñan en resucitar a los que no están, en un viaje obsesivo y demencial que les conduce a romper la línea temporal y dar vida a aquellos que ya se fueron (como Woodcock en su obsesión de que cada vestido resucite la imagen de su madre muerta) a través de los recién llegados, que se muestran sometidos y encerrados, en la línea de la novela de Frankenstein, aunque la película de Anderson no deriva al terror puro, y si al melodrama romántico, lleno de sofisticación y sobriedad, con el aroma del mejor Wyler con La heredera o a David Lean con sus películas donde sus enamorados se veían en las derivas de dejar lo acomodado para dar rienda suelta a sus emociones, como Breve encuentro, Amigos apasionados o Locuras de verano, por citar algunas, o Doctor Zhivago, con la que guardaría algunas similitudes como la irrupción de una mujer en la vida del protagonista que lo cambiará profundamente, arrastrándolo hasta las profundidades del amor más apasionado.

El formidable elenco de la película ayuda a contar este duro, violento y romántico melodrama, lleno de brillo y oscuridad, donde el amor se muestra obsesivo, fantasmal y competitivo, con unos intérpretes en estado de gracia que componen unos personajes llenos de humanidad y complejidad, como Reynolds Woodcock al que da vida Daniel Day-Lewis, que repite con Anderson, en otro personaje difícil y en ocasiones, muy extremo, en el que el actor británico mantiene su extraordinaria capacidad interpretativa, a través de la contención y las miradas, expresándolo todo a través de lo más íntimo y sencillo, Lesley Manville haciendo de Cyril, esa hermana doliente que sabe cuando callar y cuando replicar, que maneja un personaje que se mueve con rectitud y apoya su personaje en las miradas, y sus breves movimientos (como hacía la enorme Lola Gaos en Tristana) y finalmente, Vicky Krieps, interpretando a Alma, en un brutal y extraordinario tour de force con Day-Lewis, tarea nada fácil que la actriz sabe despachar con increíble fuerza y brillantez. Anderson ha construido un magnífico y elaborado melodrama romántico, donde el amor arrastra a sus personajes, mostrando sus debilidades ocultas y aquello que jamás dejan mostrar, y lo hace a través de una ambientación llena de sutileza y detalles, a través de unos personajes bien definidos y complejos, los cuales nos llevan casi sin quererlo, por un mundo de elegancia, lleno de colores y brillos, en el que aquello que no se puede ver ni tocar, nos hace más vivos y libres.

Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Cuando dejes de quererme, de Igor Legarreta

LA VERDAD SOLO TIENE UN ROSTRO.

“La tierra manda, el lugar condiciona”

El pasado, por mucho que se intente enterrar, siempre vuelve, y vuelve para saldar cuentas, para enfrentarnos a aquello que pretendíamos olvidar cierto día. La aparición del cadáver de Félix Careaga devolverá a su única hija Laura, a aquellos días convulsos de finales de los sesenta, cuando el país vivía sometido a las injurias políticas y sociales de un tiempo de silencio y horror. Igor Legarreta (Bilbao, 1973) con experiencia en el guión de Regreso a Moira, de Mateo Gil, y también, en la escritura de Autómata, de Gabe Ibáñez, en la que también dirigió al segunda unidad, misma labor que realizó en Zipi y Zape, hace su puesta de largo en una película donde se mezcla el drama familiar con el thriller de investigación (con los orígenes de ETA de por medio) en el que Laura, una joven nacida en Durango pero ahora instalada en Buenos Aires, regresa para descubrir la verdad de su padre, al que apenas recuerda. Le acompañará Fredo, su padre adoptivo, y les ayudará en las pesquisas Javier, un joven agente de seguros que se sentirá atraído por la joven.

La película nos habla de dos tiempos, el año 2002 y el lejano, y a la vez tan próximo, 1968, y de dos lugares, Durango y Buenos Aires, distanciados en 10000 kilómetros, pero que en la trama se encontrarán en cierto lugar, sin tiempo ni espacio. Legarreta arropa a su trama la elegancia y la luz sombría del norte, para encerrarnos en un misterio en el que todos los implicados con el suceso parecen guardar silencio, a veces por miedo, y otras por conveniencia. La luz apagada y fantasmal del norte, obra del cinematógrafo debutante Imanol Nabea, esa luz mortecina de Durango, atraviesa la película dotándola de fuerza, aportando el ambiente inquietante y ese juego laberíntico por el que transita la cinta. Un montaje clásico obra del experimentado Alejandro Lázaro (habitual colaborador de Alex de la Iglesia) que ayuda a espaciar los acontecimientos y a viajar de un tiempo a otro, casi sin darnos cuenta, a medida que avanzan las investigaciones. La especial y penetrante score del reputado Lucio Godoy (con más de dos lustros de carrera con obras como Tarde para la ira o la serie Crematorio) crea esa atmósfera de fantasmas y sombras que se han instalado en la vida de Félix Careaga.

La película avanza a ritmo pausado y cadente, todo se nos cuenta de forma clara y precisa, apoyándose en un relato lleno de preguntas sin responder y personajes que callan más de lo saben, en un viaje emocional de Laura (bien interpretada por la actriz argentina Flor Torrente) una joven que se enfrenta a su identidad y orígenes, una joven que quiere saber, quiere darle dignidad a aquel padre del que poco sabe, aquel padre que todos dicen que se fue y jamás volvió, que abandonó a su madre y a ella, que descubrirá también sus sombras, pero que al fin y al cabo, era su padre, y en este camino, descubrirá más cosas de las que imaginaba, y quizás se descubra a sí misma a través de sus sentimientos. El personaje de Fredo (magnífico la composición de Eduardo Blanco) que además de aportar ese faro vigilante emocional a Laura, introduce las dosis de humor para relajar el ambiente oscuro de la película. Miki Esparbé realiza un buen trabajo, interpretando al enamoradizo de Laura que le ayuda poniendo en peligro su trabajo. Y el gran acierto de la película son los magníficos actores y actores de reparto que pueblan la cinta como el padre asesinado Eneko Sagardoy, el oscuro y silencioso Joaquín Climent, la mano amiga de Mario Pardo, el rudo y serio Kandido Uranga, el antipático y profesional Josean Bengoetxea, y la aparición estelar de Antonio Dechent como picoleto fascista.

Una película que navega con delicadeza y  sensibilidad por las diferentes capas y tiempos que la conforman, sumergiéndonos en aquellos tiempos de la dictadura franquista donde a veces la vida valía poco o nada, donde en un pequeño pueblo se sabía todo de todos, donde no había salida posible, en el que todos los que sabían se callaban, por miedo a hablar, o por las continuas represalias que allí se cocían, en el su intensa atmósfera y puesta en escena nos recuerda al aroma del gran policíaco de los ochenta, donde con audacia y nervio se mezclaba el drama familiar o social con el ambiente político áspero y tenebroso en el que películas como El arreglo, La muerte de Mikel, El pico, Ander y Yul, entre muchas otras. Cine valiente y contundente, cine que además nos explicaba las inquietudes e ilusiones de un país que arrastraba los fantasmas del pasado y andaba dando tumbos sin poder enfrentarse a su pasado más reciente. Legarreta aprueba con nota su debut, explorando el thriller psicológico con el drama más intimo y personal donde las cosas nunca son lo que parecen, y es necesario desenterrar a nuestros muertos y darles una memoria digna, porque aunque el tiempo haya pasado, hay heridas que jamás se curan.


<p><a href=”https://vimeo.com/249368623″>TRAILER OFICIAL CUANDO DEJES DE QUERERME (HD)</a> from <a href=”https://vimeo.com/centuriafilms”>Centuria Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Tres anuncios en las afueras, de Martin McDonagh

UNA MADRE ENFURECIDA, UN POLICÍA VIOLENTO Y UN ASESINATO SIN REVOLVER.

“¿Qué dice la ley sobre qué se puede poner o no en una valla?”

En Ebbing, Misuri, un pueblo del medio oeste de Estados Unidos casi nunca pasa nada, es uno de esos lugares de la América profunda donde todo parece pasar de largo, los forasteros no lo conocen ni por casualidad. En ese lugar todos se conocen, la vida o algo parecido a ella, sigue su curso cotidiano y anodino, donde parece que las cosas le pasan a otro, y la mayoría simplemente se entera por casualidad. Aunque, hace unos meses, la aparente tranquilidad del lugar ha quedado ensombrecida, porque una adolescente Angela Hayes fue encontrada violada y asesinada, y la policía no tiene ningún sospechoso y además, parece muy perdida. Cosa que Mildred Hayes, la madre de Angela, no puede soportar, y debido a la inexactitud policial, decide tomar cartas en el asunto, y contrata tres vallas publicitarias en desuso evidenciando la incompetencia de la policía. Hecho que la pondrá en contra de la policía y algunos habitantes. El tercer trabajo en la filmografía de Martin McDonagh (Camberwell, Londres, 1970) es un sobrio y enérgico retrato del aroma del sur estadounidense, en el que mezcla diversas texturas como el drama y la comedia negra, muy en la línea de sus anteriores películas, como la fantástica Escondidos en Brujas (2008), que significó su debut cinematográfico (después de una larga trayectoria en las tablas donde cosechó grandes éxitos de crítica y público) donde seguía los problemas existenciales de dos asesinos a suelo, y su siguiente trabajo Siete psicópatas (2012) en el que un guionista en crisis encontraba inspiración en el descabellado plan de dos amigos con secuestro peligroso de por medio. Retratos violentos y grotescos, azotados de una violencia dura y áspera, donde la existencia de sus personajes se ve envuelta en situaciones tragicómicas, dentro de su aparentemente cotidianidad, encerrándoles en situaciones de difícil encaje y no menos solución.

En Tres anuncios en las afueras se centra en tres personajes y el enfrentamiento que se produce entre ellos, un entuerto en el que conoceremos a Mildred Hayes (divorciada, mujer de armas tomar, madre de un hijo adolescente, que hará lo indecible para conseguir capturar al asesino de su hija) el jefe de policía Willoughby (dialogante y comprensivo, padre de familia y querido en el pueblo, que oculta un galopante cáncer terminal) y el tercero en discordia, el oficial Dixon (racista y violento que vive al amparo de una madre alcohólica). El cineasta anglo irlandés construye una retrato complejo y de ritmo sobrio, donde los personajes se mueven casi por instintos, dejándose llevar por la situaciones que experimentan, con ese aroma tan sureño, ese olor putrefacto donde las cosas no se resuelven con buenas palabras, sino a pistoletazo limpio, como los antiguos pobladores, en el que todos luchan incansablemente por defender su lugar en la comunidad, pese quién pese, y según las circunstancias que se produzcan. Un retrato contundente y demoledor sobre una madre enfurecida, una madre que debe levantarse cada día y trabajar como empleada en la tienda de souvenirs a pesar de lo sucedido, sin poder dormir, acarreando el dolor de una madre que ha perdido a su hija y no ha pasado nada, nadie ha pagado por ello, y además, parece que la policía no hace nada para resolver el crimen.

McDonagh ha construido una película donde su argumento tiene nervio y fuerza, dónde sus personajes, complejos y vivos, podrían tener cada uno de ellos su propia película, unos individuos que se mueven con decisión, que se muestran contundentes y violentos si la ocasión lo merece, defendiendo lo que es suyo y lo que creen justo, aunque, en ocasiones, pierdan los estribos y la cosa se líe demasiado. El director británico impregna su cinta del sello de los westerns de los setenta, en los que el crepúsculo absorbía todas las vidas que no encontraban su lugar, donde sus maduros pistoleros se movían sin saber hacia dónde, casi en bucle, añorando viejos tiempos, y queriendo inútilmente seguir el ritmo de los acontecimientos, y percatarse que la modernidad los había desplazado para siempre. Esos títulos como Yo vigilo el camino, El fuera de la ley, Missouri, Los vividores, La balada de Cable Hodge o El último pistolero, donde los Frankenheimer, Eastwood, Penn, Altman, Peckinpah o Siegel (testigo que han heredado los hermanos Coen con inteligencia y aplomo) no retrataban las heroicidades de los pistoleros legendarios, sino todo lo contrario, lo más íntimo de unos tipos cansados, viejos y sin lugar, con demasiado polvo en las botas, camisas roídas, pistolas oxidadas y canas, hombres que en su día fueron alguien a base de tiros, y ahora, simplemente son objetos oxidados que el tiempo va borrando de un plomazo. Mildred Hayes podría ser uno de estos individuos, pasados de vueltas, a los que la vida ha zurrado de lo lindo, que tienen que aguantar como su ex marido maltratador y pusilánime la ha dejado por una niña de 18 años, y encima viene a darle lecciones de moralidad y demás, o las difíciles relaciones con su hijo, y para colmo de males, soportar con dignidad la inoperancia policial y demás miradas inquisidoras del maldito poblacho.

McDonagh ha construido un relato inmenso, de gran elegancia formal y argumento poderoso, con esa fotografía de Ben Davis, que captura el aroma setentero de luces apagadas y lugares sombríos (con esos espacios tan característicos como los bares nocturnos grasientos, las casas con porche en las que se divisa el pueblo, o los días en familia con el lago como testigo) la excelente score de Carter Burwell, que nos atrapa y nos describe el ritmo ausente y lúgubre de esos pueblos tan perdidos y cercanos a la vez, en un guión brillante que firma en solitario el propio McDonagh, donde prima la fuerza y el interior de sus incómodos personajes, a cuál más complejo y enrevesado, donde el trío protagonista raya a una altura impresionante, como la sublime y cautivadora Frances McDormand, que compone esas miradas duras, ausentes y ásperas, o Woody Harrelson y Sam Rockwell (segunda colaboración de ambos con el director) que son los personajes antagónicos, dos polis frente a frente, en las antípodas de cómo llevar su trabajo, muy diferentes en modos y ejecuciones, sin olvidarnos de los maravillosos secundarios, como suele pasar en este tipo de películas, com el hijo de Mildred, la esposa maternal y abnegada de Willoughby, el ex marido de Mildred interpretado por el correcto John Hawkes o Peter Dinklage como ese amigo de Mildred que le echa mas de un capote.

McDonagh se afianza en esta película como un gran director, un cineasta que necesita de muy poco para sumergirnos en un ambiente tranquilo y hostil, en una atmósfera cadente y putrefacta, donde los personajes no siempre se muestran obedientes y sumisos, sino que asumen la realidad injusta y la conducen a su terreno, haciendo lo posible para cambiarla, aunque para ello deban enfrentarse a ellos mismos y a un entorno muy hostil, miserable, hipócrita y violento. La película nos azota e incómoda, y nos sumerge en el sur, el maldito sur, lleno de enfrentamientos y heridas sin revolver,  en el que nos impregnamos del espíritu de los westerns desmitificadores del American New Wave, donde las heroicidades y patriotismo dejó espacio a uan realidad viva y diferente, un tiempo de personas comunes, sencillas y solitarias, que pueblan lugares vacíos y tranquilos, con el único entretenimiento que fumarse un cigarro en el porche mientras la carretera se muestra cada vez más extraña, personas que la vida con demasiada frecuencia les violenta con demasiada fuerza y brutalidad, aunque son gentes de corazón inquieto y carácter rudo que seguirán, aunque duela mucho, derribando todos los muros que se les pongan por delante.

 

The Florida Project, de Sean Baker

SOÑANDO EN LA PERIFERIA.

Moone, de 6 años, y sus dos amigos, Jancey y Scottie, pasan el verano soportando el infernal calor como pueden, y metiéndose en mil líos, travesuras propias de la edad o tal vez no, como escupir en el capo de los coches, pedirles dinero a la gente para comprar helados, espiar a una madura mientras hace topless en la piscina del motel donde viven, dejar sin luz a la comunidad, y demás fechorías, que hacen enfadar a Bobby, el paciente gerente y casi padre adoptivo de estos niños de madres solteras sin apenas recursos o con pocas posibilidades de salir hacia delante. La película nos sitúa en el estado de Florida, pero no en su epicentro, sino al otro lado, en esas hileras de minúsculos apartamentos que hace años servían a los turistas que venían a ver Disneyworld, y ahora, se han convertido en los únicos hogares para muchos que no tienen adónde ir, los desplazados e invisibles de un sistema inapelable y destructivo con los más vulnerables. Sean Baker (Summit, New Yersey, 1971) continúa en su sexto trabajo con las mismas directrices que bullían en sus anteriores películas, colocando el centro de atención en la periferia, en todas aquellas personas que transitan por los márgenes, sus personajes retratados son inmigrantes ilegales que no tienen dinero o malviven vendiendo ropa ilegal en los lugares más oscuros de la Gran Manzana, o jóvenes confundidas que establecen lazos con abuelas solitarias, o como oscurría en Tangerine (2015) filmada con un iPhone, donde seguía a una prostituta transgénero ex convicta que ayudaba a sus amiga con sus sentimientos.

Ahora, sigue las (des) aventuras de Moone y sus amiguitos, por esos lugares que no se ven, o no queremos ver, donde los turistas nunca irían, ni siquiera por equivocación, espacios donde las cosas funcionan y se sienten de manera diferente, donde unos niños, con todo el verano por delante y nada que hacer, se mueven de un lugar a otro, intentando divertirse, aunque en ocasiones, su diversión sea irritar a los adultos. Unos niños casi siempre solos, en una situación de casi abandono, sin un adulto a su cuidado, que sobreviven sin ningún control, que van y vienen por lugares expuestos a peligros y conflictos. Baker describe tanto los ambientes como sus personajes de forma sobria y colorista, alejándose de cualquier atisbo de miserabilismo o condescendencia, su mirada es diferente, es una mirada cercana, muy próxima, en el que la intimidad que presenciamos se muestra utilizando luz y colores, sin ahondar más en la suciedad física y moral que vemos, sino en retratar unos personajes que se mueven en ambientes difíciles y complejos, siempre desde el marco del respeto y la prudencia, sin aleccionar o transmitir esa pobreza complaciente que desgraciadamente hacen gala tantos, donde se insiste en un retrato superficial, dejando de lado las complejidades y problemas a los que se enfrentan.

Baker construye este reino de la periferia, con sus príncipes y sus aventuras infantiles, que algunas se pasan de la raya, pero lo hace desde la proximidad, dejando su cámara a la altura de las miradas de estos niños, y sobre todo, focalizando la trama y sus consecuencias a través de sus miradas, si exceptuamos las interacciones con Bobby. Una película sencilla y honesta, que filma sin tapujos y de forma naturalista, muchas realidades que conforman el universo de la periferia, de esos no lugares, donde muchas personas malviven con lo poco que tienen, personas que provienen de cientos de poblaciones, a los que las circunstancias les han llevado a transitar por la cara oscura y amarga del mal llamado sueño americano, ese slogan de las barras y estrellas enblema de los parques temáticos de fantasía y sueños, esos lugares del capitalismo que nos venden, alejados de la realidad más cercana, los que no salen en las guías turistas, que el turista con sus móviles de última generación nunca conoce, y además, no quiere conocer, creyéndose que su realidad ociosa llena de oropel y falsedades, se relaciona más con ese viaje turístico que se ha inventado con selfies junto a Mickey Mouse.

Baker se ha convertido en uno de los mejores cronistas de esa América oscura, desconocida y pobre, y lo ha hecho a través de cuentos donde no hay buenos ni malos, solo individuos intentando sobrevivir en la miseria, en esos ambientes donde pululan los que malviven, esos que andan perdidos, sin saber donde se encuentran, ni que hacer, y mucho menos dónde ir. El cineasta estadounidense ha fabricado un hermoso y duro poema sobre los invisibles, a través de la mirada de una niña y sus amigos, pero no sólo se fija en estos niños capitaneados por la rebelde e inquieta Moone, sino que también deja espacio para los adultos, esas madres solteras, llenas de tatuajes que sobreviven de mil maneras, las hay que viven de camareras en restaurantes de fast food donde sirven comida grasienta y la amabilidad pasa de largo, algunas ilegales y otras no tanto, y las que hacen algunas cosas “outlaw” y otras no tanto, como Halley, madre de Moone, que revende bisutería y lo que pilla, a pudientes idiotas del hotel de lujo de al lado, o se prostituye, mientras consume su existencia, a base de marihuana y polvos en cualquier rincón oscuro, y los sueños que le quedan, si es que le queda alguno a pesar de su edad, y mantiene una despreocupación por el devenir y la integridad de su única hija, del que no sabemos nada de su padre.

Baker compone un reparto de caras desconocidas, con la excepción de la sutilidad y aplomo de un pedazo de intérprete como Willem Dafoe, curtido en mil batallas, que ofrece un gerente, que se las sabe todas, y mantiene una actitud de ogro bueno con respecto a los niños. Bria Vinaite da vida a Halley, la madre de Moone, con sinceridad y descaro, aunque la alma mater de la película no es otra que Brooklyn Kimberley Prince, dando vida a la pequeña Moone (como ocurría con Laia Artigas y su Frida en la reciente Estiu 1993). Niñas que llevan el peso de la película, de manera sorprendente, destilando personalidad, con una enorme naturalidad, y dotadas de una mirada que divierte y sobrecoge, dando un intensísimo recial de gestos y detalles que nos atrapan, convirtiéndose en las reinas de la función.  El director americano nos propone una fábula moderna, donde hay princesas y ogros buenos, donde hay madres que parecen la bruja mala, en la que nos habla de manera brillante, intensa y conmovedora de la dificultad de ser niño en ambientes hostiles, de la responsabilidad de los padres, de las familias desestructuras, y de lo difícil que es vivir cuando se tiene tan poco o nada, en una película que nos hace emocionarnos ahondando  de manera precisa y seria, en todo aquello que no se ve, pero que ahí está.

Ganar al viento, de Anne-Dauphine Julliand

LOS DÍAS VIVIDOS.  

“Estar enfermos no nos impide ser felices”

Tugdual es un niño de ocho años que ha sufrido dos tumores a pesar de su corta edad. El niño habla a la cámara con aplastante naturalidad y una madurez impropia para su edad, en la que explica con detalles el tamaño de su tumor y sus reflexiones acerca de su enfermedad, y su existencia de tratamientos, medicinas y hospitales. También, conoceremos las existencias de cuatro niños más, niños enfermos, niños que atraviesan dolencias graves y complejas, como Camille, que desde muy pequeño ha tenido que vivir con un cáncer, una dolencia que no le ha quitado una sonrisa y su pasión por jugar al fútbol. Ambre, una niña de nueve años, que lleva a sus espaldas su inseparable mochila de campanilla, en la que guarda una bomba conectada a su débil corazón que le ayuda a respirar, aunque ese gran problema de salud nunca le ha impedido seguir haciendo deporte. Imad tiene seis años y padece de una insuficiencia renal, de su diálisis y la esperanza de un donante que le ayude a vivir mejor, aunque siga siendo ese niño inteligente, apasionado por todo y amante de su familia y su Argelia natal. Y finalmente, Charles, que a pesar de su infancia enclaustrada en el ambiente hospitalario, debido a su grave enfermedad, necesita cuidados constantemente para paliar los dolores que le producen las llagas que pueblan todo su pequeño cuerpo, pero aún así, le encanta estar con Jason, un amigo también enfermo, y recorrer los pasillos del centro hospitalario.

La primera película de Anne-Dauphine Julliand (París, 1973) nace después de una experiencia personal y traumática como la enfermedad de su hija, experiencia que le llevó a conocer los ambientes de hospitales, tratamientos y operaciones, que recogió en dos libros, en “Llenaré tus días de vida”, que explicaba la cotidianidad de su hija enferma y su familia, que se convirtió en un gran éxito en Francia y traducido a más de 20 idiomas, y “Une journée particulière”, en la que se centraba en su familia cuatro años después de la experiencia con la enfermedad de su hija. Un tiempo que Julliand quería dejar constancia a través de una película, para de esta manera acercar la cotidianidad de estos niños enfermos. La directora francesa se deja de sentimentalismos y condescendencias, y filma un documento que atrapa la vida, en su estado más puro e insignificante, mirando a nuestra esencia vital, a partir de sus fragmentos fugaces, aquellos que no se ven, que no podemos guardar en una caja, pero si sentirlos con plenitud, llenándonos de la capacidad de vivir con lo mínimo, con aquello que somos y hacemos, sin mirar más allá, sólo ese momento que vivimos y disfrutamos sin más mañana que el ahora.

Julliand construye una película magnífica sobre el valor de la vida, de vivir intensamente cada segundo e instante de nuestras vidas, cuando esa vida se vive cada momento, porque no hay seguridad de que haya más momentos, y lo hace desde la sencillez y la naturalidad, capturando las existencias de cuatro niños y una niña que padecen graves enfermedades, en la que asistimos a sus intimidades, a sus quehaceres cotidianos como estar en el hospital, ir al colegio, visitar al médico, sus juegos, sus tratamientos, operaciones y demás, siempre junto a su entorno familiar y el equipo de médicos que los atiende. La cámara de Julliand se convierte en un personaje más de la historia, filmando esos momentos fugaces e intensos que viven estos niños, su desbordante alegría y apasionamiento por cada cosa que hacen, y su implacable sinceridad en el momento que nos hablan de su enfermedad y las posibilidades de tratamientos y curación, en la que su humanidad traspasa la pantalla fílmica, y nos acerca a un estado diferente, en el que los quehaceres cotidianos dejan de tener sentido, y escuchamos a estos pequeños que aman la vida en todo su esplendor y tristeza, y aún así no dejan que los convierta en esclavos de su vida, sino todo lo contrario, lo aceptan y siguen hacia delante, con alegría y sin olvidarse que a pesar de estar enfermos, siempre hay motivos para sonreír, jugar, cantar, gritar, y seguir siendo los niños que son.

Unos cuerpos frágiles e inocentes, que todavía no se han desarrollado en su plenitud, que siguen creciendo y aumentando, que viven diariamente con esa enfermedad que les impide llevar una vida como los demás, pero que a pesar de los pesares, y pese a sus inconvenientes, no dejan de desear, soñar, reír y amar la vida y su entorno, a pesar de sus enfermedades, dejándonos grandes lecciones sobre la existencia vital, sobre el valor de nuestras existencias, de aquello que verdaderamente es importante, mostrándonos una humanidad honesta y transparente, que más de uno la quisiera para él, donde no hay trampa ni cartón, sino sinceridad de primera, de vidas vividas, sobre la importancia y el valor de la vida, como único tesoro que tenemos, y tanto olvidamos por nuestras estupideces cotidianas. La vida, no como un todo, y una serie de objetivos personales, sino a través de sus momentos e instantes fugaces que nos hacen sentirnos vivos y bien con nosotros mismos, porque lo demás, lo que creemos que necesitamos no es más que un propósito, algo en el aire, algo todavía lejano, y seguramente, inútil para nosotros ahora mismo, en este momento e instante en el que todo está sucediendo y quizás nos perdamos eso tan valioso que tenemos como el aquí y el ahora, aprovechar cada instante porque quizás puede ser el único, y hacerlo desde un sentido humano, sin nada más material a nuestro alrededor, sólo nosotros y los que nos rodean.


<p><a href=”https://vimeo.com/233554348″>TRAILER GANAR AL VIENTO – V.O.S.E.</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Oculto el sol, de Fabricio D’Alessandro

SIETE INSTANTES.

La palabra “Eclipse”, término que proviene del griego, de la etimología  “ekleipsis”, quiere decir desaparición o abandono. Este extraño fenómeno, y más concretamente, el eclipse solar, es el que viven los personajes de Oculto el sol. Unos individuos que viven pequeñas historias alrededor de un día que la luz desaparece y deja espacio a lo que no se ve, a lo que no somos capaces de ver de nosotros mismos, a todo aquello que nos angustia y nos atormenta, a aquello que ocultamos a los demás. Siete momentos protagonizados por Lorenzo, un músico que trabaja en su nueva obra, se entera que sus padres biológicos no lo son. Laura decide que no tiene claro casarse el día de su boda.  Juana es hechizada por su amante que quiere estar de nuevo junto a ella. Gustavo, un bailarín de clásico, ya no le apetece volver a salir al escenario. Clara tiene la necesidad de comunicarse con su hermano con él que se ha distanciado. Gena siente extrañas presencias en su casa que comparte junto a su amor que casi siempre está ausente por el trabajo. Y finalmente, Ana y Mora, son dos mujeres que entran a escondidas en el domicilio vacío de una famosa actriz. Siete instantes, siete situaciones, siete momentos que sin tener nada que ver los unos con los otros, comparten un día diferente, en una ciudad cualquiera, una ciudad sometida a los caprichos de un eclipse solar que ocultará la luz y los encerrará en ellos mismos, en sus intimidades, deseos, ilusiones, miedos, frustraciones y demás sentimientos.

La puesta de largo de Fabricio D’Alessandro, argentino de nacimiento y afincado en Barcelona (que firma el guión, la edición y la coproducción de la cinta, junto a la escuela de cine FX Animation 3D, que se lanza con esta película a la aventura de producir)  se sitúa en un escenario singular, en un paisaje urbano donde parece evocar a un tiempo detenido, a un tiempo donde todo es posible, en el que los protagonistas de estas siete ventanas se sumirán en un espacio atemporal, en unos microcosmos domésticos e íntimos, en los que ya nada volverá a ser igual después de ese día, un día en el que se verán inmersos en ellos mismos, en una especie de búsqueda emocional que les hará preguntarse quiénes son, y qué quieren de ellos mismos, algo así como una especie de catarsis emocional debido al accidente meteorológico. D’Alessandro encierra a sus criaturas en pequeños espacios cotidianos, donde los sacude emocionalmente, dejando ver todo aquello que se oculta, aquello que no dejamos ver, que sentimos y no pueden ver los demás, y menos aquellas personas que forman parte de nuestro entorno, y lo hace mostrando una inusitada sencillez y honestidad, donde filma de manera desestructurada su relato, compuesto por breves e intensas secuencias que nos irán informando del devenir emocional de estas almas implicadas, en los que toca temas que van desde la identidad, nuestra intimidad, la soledad, el deber social y profesional, y sobre todo, el amor y sus devaneos sentimentales.

El director argentino construye una mezcla lúcida y cautivadora sobre nuestras emociones, nuestros miedos e inseguridades, sobre todo aquello que nos hace feliz o lo que nos duele, de aquello que nos hace sentir vivos o infelices, en un mundo más vertiginoso, mecanizado, y menos humano, donde todo va a velocidad de crucero, y ya no sólo no tenemos tiempo para los demás, sino que tampoco tenemos tiempo para nosotros mismos, en los que para protegernos nos encerramos en nuestros pequeños universos donde ocultamos nuestras miserias humanas, en una sociedad que parece renegar de lo que sentimos realmente y nada hace para aliviarlo, aunque solo sea por unos instantes. D’Alessandro se apoya en una fotografía de Gustavo Guevara y Martín Turnes, a partir de lo natural, en la que capta todos los detalles y miradas de los personajes, así como las atmósferas que la ausencia de luz va generando en los espacios, salpicada de claroscuros y detallista, donde los cuerpos y los rostros penetran en nuestra miradas, que parece como si pudiésemos tocarlos y sentirlos, moviéndose por espacios reducidos, en los que la cámara captura esos instantes en los que pueden abrirse a todo aquello enterrado y oscuro. El buen plantel de intérpretes capitaneados por Florencia de Maio (que además interviene en la producción y es la responsable de la dirección de actores) nos conmueven a través de leves miradas y gestos, en unas composiciones sinceras e íntimas, donde el tiempo se detiene para sus emociones, convocándoles en ese breve lapsus donde el eclipse hace que lo imposible sea posible, y donde la oscuridad provocada por el eclipse, deviene una apertura de sus sentimientos más profundos, que los acerca a los demás, y sobre todo, a ellos mismos.

D’Alessandro ha construido una película que rezuma independencia y vida por todos sus poros, valiente en su espíritu, y en su peculiar e incisiva maraña argumental, episódica, que sigue la estela de grandes obras como El placer, de Öphuls, El fantasma de la libertad de Buñuel o Roma, de Fellini… o los más prolíficos en estos lares, Robert Altman y Jim Jarmusch que en muchos de sus filmes daban buena cuenta de esta forma coral de presentar los conflictos de sus personajes, creando universos particulares, interesantes y extraordinariamente cercanos y vivos, aunque como suele ocurrir en este tipo de estructuras corales, hay algunos episodios que nos resultan más interesantes que otros, ya sea por su naturaleza o su manera de contárnoslo, pero tanto el montaje como la propuesta formal de D’Alessandro logra manejar sus tiempos y emociones de manera sincera, sin olvidarse de su planteamiento argumental, penetrando con libertad en su intimidad, creando el ambiente propicio que irá in crescendo donde la catarsis emocional renacerá de sus pequeños infiernos, y todo aquello que nos hace vivir irá lentamente saliendo a la superficie, casi sin darnos cuenta, apoderándose de los personajes y sus sentimientos, abriendo esa luz que tanto nos hace falta, una luz que, al fin y al cabo, es la que nos hace seguir respirando y emocionándonos, sentirnos vivos.


<p><a href=”https://vimeo.com/151858148″>&quot;Oculto el Sol&quot; de Fabricio D&acute;Alessandro – TRAILER OFICIAL -</a> from <a href=”https://vimeo.com/fabriciodalessandro”>FABRICIO L. D&acute;ALESSANDRO</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>