Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.”

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Okko, el hostal y sus fantasmas, de Kitarô Kôsaka

AFRONTAR LA PÉRDIDA.

Los cinéfilos de pro no cabe duda que conocerán a Nausicaä, Mononoke, Momo, Mima Kirigoe, Makoto o Chihiro, todas ellas adolescentes o jóvenes enfrentadas a tesituras de órdago, a estados emocionales difíciles que las llevarán por caminos complejos de transitar, heroínas cotidianas muy a su pesar, envueltas en problemas que les transportarán en viajes emocionales de primer orden, viajes que les ayudarán a conocerse más, a interiorizar más, a descubrirse y sobre todo, a afrontar las pérdidas que en muchos casos padecen. No debería sorprendernos el indudable interés de la animación japonesa en tratar la complejidad de la pérdida a través de la mirada femenina, ya que están pobladas de mujeres sus películas, protagonizadas por chicas sacudidas por el dolor y con un carácter indomable que les hará enfrentarse a todo aquello que les enquista en su existencia. Okko es una chica que viene a sumarse a las anteriormente citadas, ya que después de perder a sus padres en un accidente de tráfico, su vida cambia de raíz y se traslada a vivir junto a su abuela en la ciudad de la primavera llamada Hananoyu, donde trabajará en el pequeño hostal familiar, un ryokan de aguas termales, una posada tradicional japonesa. Allí, las cosas indudablemente que no serán nada sencillas y deberá lidiar con su nuevo hogar, sus nuevas obligaciones y todo lo que ello conlleva.

El cineasta Kitarô Kôsaka (Prefectura de Kanagawa, 1962) miembro durante muchos años del Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonés que dirigían Hayao Miyazaki y Isaho Takahata, siendo uno de los más destacados en los equipos de producción de películas tan memorables como La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro, entre muchas otras Su puesta de largo fue en el 2003 con Nasu, verano en Andalucía, sobre la historia de Pepe, un ciclista que participa en la Vuelta de España, le siguió cuatros años después una secuela, Nasu, A Migratory with Suitcase. Ahora, después de años dedicados a la producción y a la dirección de equipos de animación, vuelve a ponerse tras las cámaras adaptando las novelas juveniles Wakaokami wa Shogakusey, de Hiroko Reijo, en un guión firmado por Reiko Yoshida, que está detrás de títulos tan importantes como A Silent Voice.

El director japonés envuelve su película de un cuento sensible y sincero sobre las dificultades de adaptación de una adolescente en el medio rural, en otro ambiente y con la carga de haber perdido a sus padres, con el añadido que en su nueva vida recibe la visita de unos seres peculiares, se les presentan fantasmas que tienen que ver y mucho con su nueva existencia, porque se tratan del amigo de la infancia de su abuela, la hermana mayor de la alumna más repipi y extravagante de clase, que resulta que también es la hija de los propietarios del hotel más lujoso de la zona, y finalmente, un diablillo glotón que atrae a personas con problemas emocionales, porque Okko tendrá que atender a personas con su mismo conflicto, vivir después de una perdida, tales como un chaval que acaba de perder a su madre, una joven que ha roto con su amor, o un padre de familia que se recupera de un aparatoso accidente que costó las vidas de algunas personas. Kôsaka nos cuenta una fábula infantil, haciendo un retrato sencillo y a la vez complejo sobre las vicisitudes de Okko y su nueva vida, donde hay momentos divertidos productos de las relaciones con los fantasmas, que solo ve ella, o con los tira y afloja con su compañera de clase, o con las nuevas obligaciones de Okko, que en algunos momentos se les harán cuesta arriba.

La película, como suele ser habitual en el cine de animación japonés, desborda imaginación por los cuatro costados, una factura visual y sensorial sublime, y una capacidad extraordinaria para envolvernos en un relato de caparazón ligero, pero que oculta en su interior toda la complejidad que siente el personaje de Okko, el descubrimiento de un entorno visualmente arrebatador, en la que la niña deberá interactuar con él, descubrir sus secretos más ocultos, y sobre todo, crecer y sentir que la vida a pesar de los embates difíciles que nos toca experimentar, tiene cosas bellas que nos darán herramientas para seguir batallando en nuestra lucha cotidiana. Kôsaka ha construido una lección de humanidad, una alegoría a los pequeños detalles, a los trabajos sencillos, a escuchar atentamente y relacionarse con los demás, empatizar con ellos, olvidándose del éxito individual, de tomar decisiones, adquirir obligaciones, de hacerse responsable de tu vida, el esfuerzo como camino de exploración y crecimiento personal, el significado de ayudar a los demás como acto de generosidad, respeto a ti mismo y a tu trabajo, y el único camino para alcanzar la felicidad y el bienestar íntimo y profundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un hombre fiel, de Louis Garrel

LAS CUESTIONES DEL AMOR.

“El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo y al corazón.”

Voltaire.

La película se abre de manera trágica y horrible para el personaje de Abel, porque Marianne, la mujer con la que convive, le confiesa que se ha enamorado de Paul, su mejor amigo y además, está embarazada de él. Aunque, el relato no continúa con la vida a partir de ahí de Abel o Marianne, sino que se traslada a ocho años después, donde, después de la muerte de Paul, Marianne y Abel se vuelven a encontrar y sienten que todavía se aman y vuelven a vivir juntos, junto a Joseph, el hijo de Marianne y Paul. Aunque hay, no acaba la cosa, Eva, la hermana pequeña de Paul, secretamente enamorada de Abel desde que tiene uso de razón, entra en escena con la firme intención de enamorar a Abel. En el debut como director de largometrajes del afamado actor Louis Garrel (París, 1983)  Les deus amis  (2015) se centraba en la tesitura de un joven actor, el propio Garrel, enamoradísimo de una joven atractiva (Golshiften Farahani) que algo oculto le obligaba a rechazar la propuesta, y era entonces, cuando Garrel le pedía ayuda a su mejor amigo (Vincent Macaigne). Unos personajes que expresan sus sentimientos a flor de piel, lanzados a la aventura de amar y ser amados, de una manera febril, alocada y sin pensar en las consecuencias.

Ahora, Garrel con la ayuda en el guión del gran Jean-Claude Carrière (Colombières-sur-orb, Francia, 1931) cambia de tercio y se sumerge en una historia completamente diferente, si bien vuelve a hablarnos de amor, ahora, lo hace desde una perspectiva diferente, podríamos decir más madura y más próxima a la realidad cotidiana, porque ahora sus personajes no expresan sus sentimientos, se los guardan a sí mismos, y sobre todo, a los demás, y encima, son individuos inseguros en el amor, porque dudan y dudan sobre lo que sienten, llevándoles a situaciones complejas, extrañas, cómicas y en ocasiones, ridículas. Garrel ahonda más en este misterio de idas y venidas en el amor, añadiendo una intriga propia del cine negro, ya que las fantasías o no de Joseph, el hijo de Marianne, un pequeño tirano, que en algunos instantes recuerda a Damien, el niño de La profecía,  que juega al engaño o no con Abel, haciéndole creer situaciones malvadas, con la firme intención de echarle de la vida de su madre.

El cineasta francés acorta su película, ya en sus 75 minutos escasos de metraje, como con su trío protagonista, en el que sentiremos que las dos mujeres juegan y manipulan al personaje de Abel, o quizás es al revés, que él las hace creer que se está dejando manipular, Garrel juega a estos equívocos, a estos laberintos sentimentales de ahora sí, y ahora no, en un retrato contemporáneo, reflexivo y muy lúcido sobre la naturaleza de nuestros sentimientos, tan frágiles, vulnerables y efímeros, en un mundo demasiado rápido, donde hay infinidad de cosas por hacer, y quizás, lo más importante, aquello que nos hace latir más fuerte y veloz el corazón, es lo que menos importante le damos, pensando que ya lo arreglaremos o saldremos del entuerto mucho mejor de lo que imaginamos, creyéndonos y haciendo creer a los demás que todo va bien, que sabemos lo que queremos, yendo por el camino correcto, aunque, en el fondo sabemos que estamos muy perdidos y volvemos constantemente a empezar un nuevo camino porque nos asaltan las dudas, las contradicciones y aquellos sentimientos que creíamos tan fuertes, acaban desvaneciéndose como un pluma ligera.

Un trío de intérpretes seguros y firmes en sus composiciones empezando por el aplomo y la seriedad de Laetitia Casta, mujer moderna, gran profesional, y madre enérgica, con la compañía de ese amor del pasado encarnado por Louis Garrel, quizás el personaje más inmaduro en esto del amor, con esa melancolía propia de los que nunca dejan de amar, como le ocurrirá en su reencuentro con Marianne, donde no hay reproches ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, amor sincero, amor de verdad, y finalmente, Lily-Rose Depp, la veinteañera que ama con valentía, como una exhalación, como un torrente sin control, como un viento fuerte que arrasa con todo, quizás demasiado, sin mesura, como esos amores de novela decimonónica, de aquellas heroínas rotas de dolor, del amor romántico que daña y sobre todo, un amor también demasiado voluble, con demasiada prisa, aunque eso sí, los tres aman, eso lo tienen claro, pero con muchísimas dudas, con demasiados impedimentos emocionales, envueltos en un laberinto de idas y venidas, de sentirse perdidos, a la deriva, agobiados y sobre todo, atados a sentimientos que en ocasiones les abruman, les hacen sentir mal y dados a las estupideces, a las inseguridades que atormentan y tantos besos que se dan arrepentidos o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hospitalarios, las manos de la Virgen, de Jesús García Colomer

CURAR EL ALMA.

“Use siempre hacer muchos actos de amor, porque encienden y enternecen el alma.”

Teresa de Jesús

Desde que en 1858, la niña Bernadette Soubirous afirmó haber presenciado 18 apariciones de la Virgen en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau, en las afueras de la población de Lourdes, la pequeña localidad del sur de Francia, de apenas 15000 habitantes, se ha convertido en lugar de peregrinación para muchos enfermos, religiosos y curiosos de todo el mundo. Desde España se llevan a cabo anualmente peregrinaciones en las que enfermos y ancianos, acompañados de voluntarios/as que los acompañan unos cuantos días, para mostrar sus respetos y devoción a la Virgen de Lourdes. Esta película es un documento excepcional que pone rostros y cuerpos a todas esas personas que participan en la peregrinación, desde la más absoluta de las intimidades, mostrando a la cámara sus deseos e ilusiones, así como sus frustraciones y sus problemas, hablando de todo aquello que les da la peregrinación y todo lo que les enseña, un camino vital para llenar el alma, para agradecerla y sobre todo, una ilusión para seguir remando en la vida, a pesar de sus males y dolor.

Después de varios libros dedicados al aspecto religioso y social, el periodista Jesús García Colomer (Madrid, 1977) debuta en el largometraje con un documento sobre el aspecto humano de Lourdes, y todo lo que eso conlleva. El relato huye de la épica y la espectacularidad del lugar, y de su gran belleza,  para centrarse en lo humano, en todas esas personas que van a la peregrinación, en todos esos rostros de enfermos y ancianos ilusionados y llenos de energía radiantes de emoción cuando rozan con sus manos temblorosas y doloridas la piedra oscura de la famosa gruta de Lourdes, lugar donde se apareció la Virgen, sumergiéndonos en el alma de estas personas con discapacidad o problemas de salud de todo tipo, que los han hacinado a sus sillas de ruedas y la atención y cuidado de los otros, y luego, están los otros, todos esos voluntarios/as, mujeres en su mayoría, ataviadas como las enfermeras de antaño, que miran, cuidan y protegen a los enfermos en su encuentro con Lourdes, hablándonos con sinceridad y desde lo más profundo del alma, todo aquello que no se puede ni contar ni tocar, todo lo que les da la peregrinación a Lourdes.

García Colomer condensa en 84 minutos todas esas pequeñas historias, todas esas lecciones de vida, todo lo que dan los enfermos, su vitalidad y su energía, y todo aquello que reciben los acompañantes, que durante esos días en Lourdes, dejan sus quehaceres cotidianos para centrarse en los otros, en los más necesitados, en cuidar a los otros, y que estos los cuiden a ellos, en compartir todo aquello que les bulle en el alma, todo aquello que anida en su interior, todo aquello que no hay palabras para explicar todo lo que se siente. El director madrileño hace un documental al uso, sin estridencias ni nada por el estilo, austero y conciso, porque lo que importa es su contenido, más que su forma, que una voz en off nos da la bienvenida, la misma que nos despedirá, para ponernos en antecedentes sobre la historia e historias de la peregrinación y todo lo que conlleva de un modo estructural y de compartir.

También escucharemos a los protagonistas con entrevistas a sacerdotes, enfermos, ancianos y sus acompañantes con los momentos en Lourdes que comparten con los enfermos, mirando al pasado, a los comienzos difíciles de las peregrinaciones cuando el trayecto se realizaba en tren y demás. Hospitalarios, las manos de la Virgen es una película con gran ritmo y emotiva, sin caer en el sentimentalismo ni nada por el estilo, sino mirando a los ojos, a sus miradas, tantos de unos como de otros, con sinceridad y aplomo a todas las personas que participan en las peregrinaciones, si bien hay los momentos religiosos donde se nos habla de fe, de la Virgen y el amor a través de la religión que los creyentes procesan, pero que en absoluto aburren a los no creyentes, y mucho menos desmerecen el contenido de la película.

García Colomer nos habla de amor a los demás, de mirarnos más, o solo mirarnos, dedicar más tiempo a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, a salirnos de nuestras vidas unos instantes para sentir el amor al prójimo, sin más, compartiendo sus vidas, sus miradas, sus reflexiones, aprender a sentir desde lo más profundo, curar y curarnos, dejar las barreras prejuiciosas y demás problemas baladís, y empezar a caminar de nuevo, a sentir de nuevo, a escuchar de nuevo, a acompañar y acompañarnos, dejándonos llevar sin más, compartiendo lo más preciado que tenemos en nuestras vidas, el tiempo, y no solo para nuestras cosas, sino dedicándolo a los demás, a aquellos que más lo necesitan, ser las manos y las piernas y la ayuda necesaria que ellos por sí mismos no pueden, sentir que cada instante es único, es maravilloso y sobre todo, sentir que vivir es una ilusión, nada más que eso, y para ello necesitamos tener el alma en paz, en tranquilidad y en armonía con nuestro ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tragedia de Peterloo, de Mike Leigh

EL PUEBLO EN PIE.  

“No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia”.

Montesquieu (1689-1755)

La primera imagen de la película define de forma contundente y ejemplar la deriva de aquellos tiempos convulsos del primer tercio del siglo XIX en Inglaterra, cuando en mitad de un campo de la batalla final de Waterloo, que derrotó a la Francia de Napoleón Bonaparte, que estuvo en guerra en Europa durante 20 años, vemos a un jovencísimo soldado completamente perdido y desorientado, abrumado por todo lo que está viviendo, rodeado de un sinfín de cadáveres y destrucción. Esta imagen dantesca nos llevará a la secuencia que cerrará la película, otra batalla cruel y sinsentido, pero en otras circunstancias completamente diferentes. “La batalla de Peterloo”, que muchos cronistas de la época definieron como “La masacre de Peterloo”, donde las autoridades británicas arremetieron con contundencia y violencia una protesta pacífica de más de 60000 trabajadores que reivindicaban mejores sociales y económicas. El saldo de la violencia es definitorio ya que hubieron 15 muertos y más de 600 heridos, familias enteras, mujeres, hijos, y transeúntes de cada rincón de Manchester se congregaron en St. Peter’s Field para protestar contra la tiranía de un gobierno despiadado y dictatorial.

El nuevo trabajo de Mike Leigh (Welwyn Hatfield, Inglaterra, 1943) aborda aquellos acontecimientos que significaron un antes y después en las políticas inglesas y desembocaron en una serie de mejoras sociales para los trabajadores, y lo hace desde todos los ángulos posibles, tanto de las condiciones de vida de los obreros, que se hacinaban en las fábricas de algodón con interminables jornadas de durísimo trabajo, las casuchas miserables que compartían familias numerosas, y todo el ambiente de tantos barrios donde se acumulaba la miseria, la suciedad y desprendían un aroma turbio y amargo, filmando de manera sincera e íntima aquellas reuniones de los trabajadores y sus líderes para encontrar formas de protesta y organizarse, pero también, observa al gobierno, a los terratenientes y nobleza, sus estrategias y deshumanización, así como ese rey bufonesco y glotón (que recuerda al Rey Herodes de Jesucristo Superstar), peor no realiza una película plana y manierista, sino todo lo contrario, nos explica con detenimiento y actitud crítica las diferentes distensiones y conflictos que subyacen tanto en el mundo de los pobres como los de arriba, las maneras que tanto unos y otros, desde posiciones radicales y más amables, discuten, se pelean y se enemistan en la forma de afrontar su lucha unos, y otros, en su forma de contenerla y proteger sus intereses y privilegios.

La mirada de Leigh es la de un observador astuto y paciente que ha crecido junto a esa clase miserable y esa otra, más pudiente, y los conflictos que han derivado en esa Inglaterra nacida después de la Guerra,  indagando de manera crítica y en ocasiones, esperanzadora, sumergiéndose en los problemas de los citados, a través de la familia como centro de todo eje social, desde aquella primera película Bleak moments (1972) y los más de 20 títulos restantes que abarcan su filmografía, explorando también esa clase media británica surgida después de la Segunda Guerra Mundial, sus miedos e inseguridades dentro del neoliberalismo. Un cine serio y honesto, nada complaciente, que estudia de forma íntima y brutal todas las miserias que flotan en la superficie de una sociedad ensimismada en el individualismo y la competitividad, y alejada del humanismo y la empatía social, ensalzados en una carrera vertiginosa y terrible para ver quién llega primero sin saber porqué motivo, donde brillan de forma ejemplar la elección de sus intérpretes, que desprenden naturalidad y compromiso, y la magnífica dirección de Leigh sabiendo sacar sus miradas, detalles y gestos más profundos.

Son ejemplos de esta idea de retratar a los más desfavorecidos y sus relaciones conflictivas con las clases medias en obras magníficas como Indefenso (1993) donde indagaba en los invisibles de la sociedad, en aquellos que sobrevivían en condiciones miserables, en Secretos y mentiras (1996) se centraba en el reencuentro de  una madre con su hija biológica que dio al nacer, en Todo o nada (2002) se sumergía en uno de esos barrios feos y pobres de cualquier ciudad inglesa para retratar a una familia alejada de sí misma y a la deriva, en El secreto de Vera Drake (2004) se trasladaba a la posguerra británica para hablarnos de una madre que practicaba abortos de forma clandestina y la relación difícil con su familia, en Happy-Go-Lucky (2008) narraba a una mujer optimista que contagiaba hasta los más reticentes, en Another Year (2010) se centraba en un matrimonio sesentón de clase media y su egoísmo en pos de una amiga necesitada, en Mr. Turner (2014) ambientada en el primer tercio del siglo XIX, como La tragedia de Peterloo, seguía al famoso pintor de la luz, en su inconformismo, su soledad y su relación con un mundo lleno de prejuicios y canónico.

El cineasta británico compone un mosaico complejo y brillante, basado en un hecho histórico y mezclando personajes reales con otros inventados, sobre aquellas semanas previas a lo sucedido en aquella mañana del 16 de agosto de 1819 en Peterloo, asistimos a los preparativos de aquel fatídico día, un día que significaba una celebración para los más necesitados, un pueblo demasiado hambriento y apaleado que querían protestar ante tanta inflexibilidad y tiranía de las autoridades, más interesadas en mantener sus privilegios a toda costa, en pos de una población empobrecida y esclavizada. Leigh se ha convertido en un cineasta fiel que ha construido un gran equipo de colaboradores que le acompañan en sus trabajos, como la maestría de Suzie Davis, tercera película juntos, en su concepción del espacio, en el detalle del decorado y el objeto para afianzar aún más la proximidad y la perfección de la película, con ese vestuario obra de Jacqueline Durran (7 trabajos juntos) envejecido y natural, o la caracterización de los personajes obra de Christine Blundell (12 películas junto a Leigh) con esas caras sucias y duras por el trabajo y tantas desilusiones, la excelente partitura de Gary Yershon, otro de sus grandes colaboradores con 8 títulos juntos, que indaga en la idea de mostrar e ilustrar sin perder la dignidad de aquello que se cuenta.

La excelsa edición de Jon Gregory (tres décadas junto al director) en una película de 154 minutos, que nunca apaga su ritmo y mezcla con naturalidad lo duro con lo ilusorio de la reivindicación. Y por último, la luz de Dick Pope (10 películas juntos, un cine de Leigh imposible de admirar sin el trabajo de Pope) sombría y oscura de buena parte de la película, con ese barroquismo de los pudientes, con el color rojo de la casaca del joven soldado retornado, que presagia los malos vientos que arreciarán en el tramo final. La extraordinaria secuencia del final, filmada al detalle, de la intimidad a la épica del momento, sin banderas ni trompetas, sólo personas de todas las edades intentando demostrar a la tiranía su oposición, un caos de violencia que Leigh filma de forma brutal y contundente, en la que asistimos a la mayor barbarie que podemos contemplar, cuando el estado arremete contra los suyos, contra sí mismo, para seguir utilizando las leyes y la justicia contra el más débil, un terrorismo de estado en que la película no duda en mostrar su posición, eso sí, sin realizar un muestrario panfletario de los más débiles contra el poder, sino indagando en las causas, circunstancias y demás intereses tantos de unos y otros, eso sí, en las batallas entre David contra Goliat a lo largo de la historia, raramente existe una piedra milagrosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Vitoria 3 de Marzo, de Víctor Cabaco

EL PUEBLO EN LUCHA.

“A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! ”

(Fragmento de “Galope”, de Rafael Alberti)

Fue a las cinco y diez de la tarde, de un miércoles 3 de marzo de 1976, en la ciudad de Vitoria, cuando unos botes de humos sacaron a los miles de trabajadores que se habían alojado en asamblea en la Iglesia de San Francisco, en el barrio obrero de Zaramaga. En la calle, les recibieron a tiros agentes de la policía armada, utilizando pelotas de goma y fuego real. El saldo fue demoledor, cinco trabajadores asesinados y cientos de heridos. Los hechos nunca se investigaron y nadie fue enjuiciado. Hacía tres meses y medio que el dictador había muerto y el país todavía arrastraba las barbaridades de la dictadura franquista, con sus líderes todavía en el poder como Fraga como Ministro de gobernación o Martín Villa, Ministro de asuntos sindicales. Vitoria 3 de marzo hace un recorrido histórico y humano de aquellos hechos, aquellas personas que se levantaron contra la tiranía de la patronal que los ahogaba con salarios y condiciones laborales precarias.

Una película que arranca un 25 de febrero, cuando los huelguistas ya llevan casi dos meses de protestas y reivindicaciones. La puesta de largo de Víctor Cabaco (Santander, 1967) con experiencia como ayudante de gente como Kepa Sojo o Koldo Serra, y batallado en las series de televisión, es una crónica de aquellos trágicos sucesos de Vitoria del 3 de marzo, pero desde el lado humano de algunas de aquellas personas, ficcionadas para la ocasión, donde conoceremos a Mikel, un joven líder de la huelga y alma mater de los trabajadores rebelados, que conocerá a Begoña, una estudiante que verá en Mikel la voz de la conciencia, tan alejada a su realidad cotidiana, aquella fuerza soñadora y luchadora para hacer un mundo mejor. El padre de Begoña, José Luis, un periodista de una radio local, sigue el transcurso de la huelga e intenta darles la voz que otros medios generalistas y afines al régimen no les proporcionan, su mujer, Ana, hará lo impensable, como sonreír y algo más a Eduardo, un viejo amigo de la familia, que tiene un puesto de responsabilidad en la gobernación.

Cabaco echa mano a la canción “A galopar”, de Paco Ibáñez, que pone música y cante al poema de Alberti, y a un tema de Georges Moustaki, el de “17 ans”, que aparte de reivindicar un tiempo de lucha y arrastrado del mayo del 68, explica aquellos primeros sentimientos de ese amor adolescente puro y romántico, cuando todo está por hacer y todo es posible. El director santanderino aúna con brillantez y naturalidad los hechos ficticios y la intimidad de los trabajadores, con las relaciones que se van construyendo entre unos y otros, explorando sin manierismo los conflictos internos entre ellos y los conflictos entre las altas esferas, esos empresarios cansados de tanta huelga y las presiones de Madrid para que el gobernador ataje con contundencia tanta algarabía obrera. Además, la película se cuenta a través de una familia, la familia de Begoña, con sus formas de ver su adolescencia, su primer amor, su recién nacida conciencia de clase, y las relaciones difíciles de sus padres que luchan entre el compromiso obrero y el miedo por el trabajo y por su hija. La película arranca esos días antes, con esos colores apagados que irán haciéndose más sombríos a medida que van avanzando los hechos y la explosión final.

A pesar de que conocemos los hechos, la película logra sumergirnos en los hechos y las circunstancias que plantea, construyendo con acierto y brillantez todos los pormenores que llevaron a ese día, cociendo a fuego lento todo lo que estallará esa fatídica tarde del 3 de marzo. Un momento cumbre de la película, astutamente bien filmado, en la que echan mano de las imágenes reales que se conservan de los hechos, las imágenes ficticias construidas de la película, y finalmente, las grabaciones reales de la policía armada, los temidos “grises”, todo ello dentro del caos bélico y humano que se desarrolló aquella tarde, con carreras, gritos, tiros, sangre y muerte. Un reparto alejado de las caras conocidas que transmiten humanidad y complejidad a una serie de personajes que se mueven en la lucha por mejorar unas vidas difíciles y perseguidas, bien encabezado por Mikel Iglesias como Mikel, uno de los líderes obreros, a su lado, Amaia Aberasturi como Begoña, y los adultos como Ruth Díaz y Alberto Berzal como los padres de Begoña, y el malcarado José Manuel Seda como Eduardo, el esbirro del estado, y un buen puñado de intérpretes que saben transmitir esa humanidad y conciencia que requiere la película.

Relato tristemente emparentado con los terribles sucesos de 1972 en Derry, Irlanda del Norte, cuando el ejército británico asesinó a 14 personas que protestaban a favor por los derechos civiles, que el grupo irlandés “U2” reivindicó en la canción “Bloody Sunday”, llevados al cine en la película homónima de 2002, dirigida por Paul Greengrass. Cabaco y su equipo han construido una película humanista, política y honesta, que reivindica la memoria de todos aquellos trabajadores y en especial, a los fallecidos, como da buena cuenta los espectaculares títulos de créditos acompañados por las imágenes reales de los entierros mientras suena el “Campanades a morts”, de Lluís Llach. Un tiempo y una memoria que el cine mira con sinceridad y alma, un tiempo y una memoria que necesita recordase para que no vuelva a ocurrir, para acordarse de todos aquellos que lucharon por un mundo mejor, más justo y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quiero comerme tu páncreas, de Shinichiro Ushijima

VIVIR CON LA MUERTE.

Sakura Yamauchi es la chica más popular de la clase de instituto, aunque guarda un secreto, tiene una enfermedad pancreática terminal. Todos sus deseos, ilusiones, tristezas y miedos los escribe en un diario que llama “Vivir con la muerte”. Un día, de casualidad, Haruki, un compañero de clase extremadamente introvertido y solitario, encuentra el diario y conoce a Sakura, casi sin quererlo, entre los dos nacerá una amistad y compartirán muchas confidencias, viajes y momentos. Quiero comerme tu páncreas, la novela de Yoru Sumino, un especialista en la materia, se publicó en el año 2015 online, tres años más tarde en físico, cosechando un grandísimo éxito, que pronto se vio reflejado con la adaptación de 2017 en imagen real dirigida por Sho Tsukikawa. Ahora, nos llega la adaptación en animación, dirigida por Shinichiro Ushijima, un joven talentoso fogueado en varias series de animación, y lo hace desde la relación íntima y profunda de dos amigos a su pesar, dos compañeros de clase de instituto que, en otras circunstancias, quizás no se hubieran mirado ni siquiera relacionado, pero, las cosas son de otra manera.

La casualidad hace que Haruki, al que todos llaman “Yo”, descubra el diario y lea el terrible secreto que oculta celosamente Sakura, y donde podría haber rechazado o antipatía, sucede todo lo contrario, y entre los dos, con las reticencias y extrañeza de los inicios, ya que son dos polos opuestos, tanto en carácter como en la relación con su entorno y los demás. Sakura es extrovertida, jovial, explosiva y llena de entusiasmo y alegría, una celebradora de la vida y el hecho de vivir, en cambio, “Yo” es todo lo contrario, sumido en su interior, asume su realidad en soledad, de carácter muy reservado y ajeno al entorno, y sobre todo, a los demás. Dos formas de mirar y relacionarse con la vida y el mundo, dos formas tan diferentes que acaban por relacionarse en una primavera que les cambiará las vidas para siempre. Ushijima hace gala de un virtuosismo plástico, tanto en el dibujo como en la animación, creando un caleidoscopio de colores, texturas y sensaciones inabarcables e infinitas, en la mejor tradición de la animación japonesa de grandes autores como Miyazaki y Takahata, y todos sus predecesores en el Studio Ghibli, y talentos como Mamoru Hosoda, Makoto Shinkai y Hiromasa Yonebayashi, y jóvenes de la talla de Naoko Yamada, Mari Okada, entre otros, cineastas que han construido una animación asombrosa en su forma y contenido, a través de relatos duros y reales, donde la vida se torna agridulce, difícil y alegre, llena de sinsabores e ilusiones.

Un cine de bellísima factura, donde la gama de colores y sensaciones atraviesan a los espectadores, confirmando el grandioso momento de la animación de antes, ahora y siempre, con narraciones asombrosas donde abarcan cualquier tema, por muy duro o complejo que sea, dotando a sus relatos de fuerza, energía y ritmo. En Quiero comerme tu páncreas, el cineasta japonés nos cuenta los últimos meses de Sakura, ya que arranca la película con su funeral, y a través de un largo flashback, que abarca los 108 minutos de su metraje, nos explicarán la relación diferente e íntima que tienen sus dos protagonistas. Dos seres alejadísimos, diferentes y con vidas opuestas, se encontrarán y se conocerán, y verán que tienen más en común de lo que en un principio pensaban, y compartirán todos esos momentos que Sakura verá por última vez, generando multitud de recelos y antipatías con sus más allegados compañeros de clase, como su ex que no ve con buenos ojos la relación, así como la mejor amiga de Sakura, que la rechaza por completo.

Los dos chicos vivirán su relación, a la que todavía nos aben como llamar, pero la sentirán y aprenderán tanto del uno como del otro, dejándose llevar por esa ciudad llena de centros comerciales, donde vivirán las emociones de compartir una comida al vapor, un helado en la cafetería más cool, un viaje en tren que los llevará a caminar por otros lugares, o compartir la cama en una noche de hotel, etc… experiencias de todo tipo que les llevarán a abrir sus corazones, a desenmarañar las emociones que ocultan en su interior, a sentirse más próximos el uno del otro, viviendo una relación de amistad o algo más, porque ni ellos mismos saben que les está ocurriendo, y si eso será el principio o el final de algo, porque su tiempo se agota, su tiempo es limitado, porque cada momento que pasan uno al lado del otro, pueda ser el último instante que vivan juntos, que compartan.

El director japonés ha construido una película que es un hermosísimo canto a la vida a través de la muerte, una emotiva y sensible relación que huye del sentimentalismo y las estridencias argumentales, dos seres que se quieren, que también se aman, aunque todavía no lo saben o quizás, nos e atreven a admitirlo, que se dejan llevar por la vida y todo aquello que les ofrece, como esos naranjos en flor, que celebran la primavera como si fuera la última que vivirán, ajenos al mundo, llenos de alegrías e ilusiones, porque mientras dure la primavera, ellos seguirán floreciendo, con todo su esplendor y belleza, sintiendo que cada espacio recóndito de su tronco, ramas y flores sirven para dar más luz a un mundo tan necesitado de dejarse llevar por la vida y celebrarla a cada instante, a pesar de los pesares y a pesar del tiempo que nos quede. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA