Mug, de Malgorzata Szumowska

CUANDO ERES DIFERENTE.

Uno de mis críticos de referencia y guía cinematográfico cuando era un chaval, el desaparecido Ángel Fernández-Santos, defendía con audacia que los primeros minutos de una película eran cruciales para su posterior desarrollo. Pues bien, siguiendo la tesis del reputado cronista, Mug, la séptima película de Malgorzata Szumowska (Cracovia, Polonia, 1973) arranca de una forma peculiar y corrosiva, un inicio que no nos dejará indiferentes, en el que observamos un grupo de personas ateridas de frío mientras esperan delante de un hipermercado. Cuando se abren las puertas, se quitan su ropa y se quedan en ropa interior, y acto seguido, se lanzan como animales enrabietados a la caza del último modelo de televisión, enzarzándose en peleas, empujones y demás gestos violentos para arrebatar a su “contrincante” tan preciado objeto. Entre todo ese barullo, una mujer extremadamente delgada y poco agraciada, se pasea entre ellos, como si aquello no fuese con ella, observando el tumulto, siendo testigo invisible, ya que nadie se ha percatado de su presencia, como un ser sin existencia, alguien que no encaja ante esa maraña de posesos, desatados y salvajes. Esos primeros datos que nos da Szumowska resultan precisos y llenos de profundidad para guiarnos entre las diferentes tensiones emocionales que describe la película.

La cineasta polaca se ha erigido en sus trabajos como una observadora profunda y crítica con las relaciones humanas, retratando personas o grupos encerrados, que tienen poco o nada de contacto con el exterior o con los demás, seres que construyen relaciones muy complejas y difíciles con el resto, mostrándose hieráticos e introvertidos, donde una distensión emocional los cambiará emocionalmente y los trasladará por lugares en los que deberán redefinirse hacia los demás, y sobre todo, a sí mismos. En Mug, nos sitúa en una zona rural del sur de Polonia, donde las tradiciones ancestrales se mantienen como si el tiempo se hubiese congelado, donde la familia, la religión y el clan tienen una importancia capital entre los distintos individuos, en que humano, animales y naturaleza conviven a partir de extremos, donde la belleza y el horror se fusionan, se mezclan, y son el pan de cada día. Conoceremos a Jacek, un veinteañero que trabaja en la granja de su familia, ayuda a construir la estatua de Cristo más grande el mundo, y le encanta amar a su novia Dagmara, pasear con su perro y escuchar música heavy a todo trapo.

Jacek sueña con dejar el pueblo e inmigrar, escapar de allí, reencontrarse a sí mismo, y experimentar otros lugares, personas y demás. Todo, empezando por su familia miran a Jacek como el bicho raro, como la oveja descarriada, el diferente del pueblo. La vida de Jacek y su entorno más íntimo cambiará cuando tiene un accidente en la obra y despertará con el rostro desfigurado. La rareza del principio, ahora se convertirá en el rechazo por su nueva imagen, por ese rostro diferente, tanto de su familia como de los habitantes del pueblo, que lo ven como un pecador, alguien que rechaza los postulados de Dios y vive con otra identidad. La única persona que lo aceptará será su hermana mayor. Szumowska nos cuenta una fábula moderna, un cuento sobre la diferencia, tanto física como emocional, un retrato profundo y crítico sobre la Polonia rural, sobre sus prejuicios, tradiciones, contradicciones, ambientes y espacios, un mundo indómito, bello y cruel, un lugar frío y complejo que puede ser muy acogedor, y a la vez, muy aterrador, donde lo diferente y extraño se rechaza, lo que no encaja se aísla, como si fuese la peste, donde los que hacen y piensan diferente son aquellos que no son aceptados, que se ven de otra manera.

Jacek sufre todas esas miradas de rechazo, incomprensión e inquisidoras, empezando por su novia, presionada por su familia, que no quieren a Jacek, o su propia familia, que lo ven diferente, como si su nuevo rostro, también hubiese cambiado su personalidad, como si lo físico fuese lo más importante, lo que prevalece en la personalidad de alguien. La directora polaca crea una atmósfera inquietante y muy íntima, siguiendo la tragedia social que vive Jacek, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendía, sino mirando a cada uno de sus personajes y sus posiciones a la altura de los ojos, donde contribuye la forma que filma la película, a partir de enfocar una parte del plano y dejando desenfocado el resto, obra de su cinematógrafo habitual Michal Englert, coguionista de la cinta, en una idea de extrañeza y rareza que ayuda a sumergirnos en el alma de Jacek y cómo va respondiendo emocionalmente a todo aquello que bulle en el exterior.

Jacek se siente rechazado, le hacen sentir diferente, un extraño en su familia y en su pueblo, un fantasma, un invisible, como aquella mujer en el hipermercado en los primeros minutos, siendo rebautizado como un ser maligno, una especie de monstruo, como dejará evidente la secuencia del exorcismo, que empieza de modo terrorífico para acabar de forma cómica y mordaz. Szumowska ha construida una cinta muy personal y compleja sobre la Polonia rural, tan encerrada en sí misma, tan anclada en el pasado, en sus tradiciones y costumbres, en liza con esa otra Polonia diferente, que encarna el persona de Jacek, una nueva mirada que quiere romper con el pasado y emprender un futuro alejado de todo aquello, siguiendo las necesidades emocionales que hierven en el interior, y dejándose llevar por todo aquello que sienten, experimentando nuevas gentes, mundos y sensaciones.

La favorita, de Yorgos Lanthimos

CON LAS ARMAS AFILADAS.

“Cuando ruedas una película ambientada en otra época, siempre es interesante ver cómo se relaciona con la nuestra. Te das cuenta de cuán pocas cosas han cambiado aparte del vestuario y el hecho de que ahora tenemos electricidad o internet. Hay muchas similitudes aún vigentes en el comportamiento humano, la sociedad y el poder”.

Yorgos Lanthimos

El universo cinematográfico de Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) es sumamente peculiar y extraño, sus películas nos sumergen en mundos diferentes y ajenos, a la vez que cercanos, siguiendo a un grupo reducido de seres, preferiblemente una familia, donde sus personajes se muestran misteriosos, ocultos y perversos, donde hacen uso de la maldad para conseguir sus propósitos, unos deseos muy oscuros, frustrados e inquietantes, que sacarán a la luz, guerreando contra todos aquellos que pretendan impedir llevarlos a buen término, donde Lanthimos somete a los espectadores a cuentos morales que radiografían lo más bello y aterrador de la sociedad contemporánea, todos esos instantes donde cada uno se mueve entre las sombras, dejando al descubierto sus más bajos instintos, sean de la naturaleza que sean, transformándose en un salvaje desatado y muy peligroso.

La favorita  es su tercera película rodada en inglés, después de tres primeras cintas filmadas en griego, y su primera película histórica, donde se aleja de lo contemporáneo para llevarnos hasta principios del siglo XVIII durante el reinado de Ana de Inglaterra, en las cuatro paredes de su gran palacio, alejado de todos y todo. Allí, nos presenta a la reina, una mujer oronda, feucha y con terribles ataques de gota, que la mantenía postrada a la cama o moviéndose en silla de ruedas. A su lado, Lady Sarah, amiga de la infancia, convertida en su dama de compañía, asesora política y amante. La armonía de palacio sigue su curso, entre la guerra contra Francia, las distensiones políticas entre lores para conquistar el poder, y las fiestas y demás entresijos de palacio. Todo esa cotidianidad, se verá duramente interrumpida con la llegada de Abigail Masham, prima de Lady Sarah, venida a menos por las malas prácticas de su padre, y ahora, convertida en criada, que es donde empieza en palacio. Con el tiempo, y su sabiduría en el arte de las hierbas, que beneficiarán la gota de la reina, irá escalando posiciones y convertida en alguien cercano a la soberana, desplazando la posición de Lady Sarah, aún más, cuando ésta se ausenta debido a un accidente con su caballo.

Lanthimos es un consumado trabajador en crear atmósferas perversas, frías y terroríficas, provocándonos constantemente, sometiéndonos a ese mundo de intrigas, mentiras y violencia, tanto física como emocional, que se instala alrededor de la reina, ajena a todas las acciones de la trepa Abigail, que con esa carita de buena, hará lo imposible para recuperar su posición social, cueste lo que cueste, y se lleva por delante a quién sea, un personaje que recuerda a Eve Harrington en Eva al desnudo, la mosquita muerta que pretende el puesto de la otra, o el Barry Lyndon, el arribista sin escrúpulos que hará todo lo que esté en su mano para conseguir poder, posición social y dinero, en el siglo XVIII. La película de Kubrick es una clara referencia al universo que construye el director griego, aprovechando al máximo la luz natural como hacía John Alcott en la película del británico, creando esos contrastes y desenfoques en una película que transcurre casi en su totalidad en los interiores del palacio, con la luz de las velas como rasgo significativo durante todo el metraje, utilizando una lente angular para filmar los diferentes espacios, obra del cinematógrafo Robbie Ryan (colaborador de Ken Loach, Stefen Frears, Andrea Arnold, Sally Potter, entre otros) tomando como referente los trabajos de Tilman Büttner en El arca rusa o el de Bruno Delbonnel en Fausto, ambas de Aleksandr Sokurov, donde se evidencia esa imagen ovalada en la que la cámara prioriza los elementos más cercanos, creando una ilusión casi fantasmagórica en todo el espacio, y dotando a los rostros y movimientos de los personajes una extrañeza fantástica y aterradora, sin olvidarnos de los movimientos bruscos de la cámara, de un lado a otro, mediante barridos que imponen un sentido enérgico a todo lo que se nos cuenta.

Lanthimos ha tejido con mimo y sensibilidad una película femenina, donde el trío protagonista, sin quererlo, se sumerge en un ménage à trois intermitente y discontinuo, que va cambiando la amante según el caso, donde Lady Sarah verá que su poder y su mundo se verán seriamente amenazados por la irrupción de Abigail, aquí disfrazada de ese intruso destructor que arriba a poner patas arriba todo, un mundo de mujeres, donde los hombres, soldados, políticos y bellos amantes, parecen sacados del histrionismo más exacerbado, con esos grotescos maquillajes, pelucones ridículos, ropas extravagantes y artes infantiloides. Muy diferentes a la imagen de ellas, más comedidas y sencillas, en todos los sentidos, dejando a Lady Sarah, el rol masculino, con esa ropa de pantalones, levitas y sombreros de soldado, a Abigail, convertida en la hermanastra perversa, con maquillaje y ropa elegante pero sin llamar la atención, y la reina, igual, con la altiveza de su posición, pero una señora amargada y triste, que llegó a sufrir la pérdida de 17 hijos, y eternamente enferma y horonda, que tiene el consuelo de “su dama”.

Un vestuario imponente y lleno de detalles y muy oscuro, obra de la reputada Sandy Powell, de larguísima trayectoria en la que ha trabajado con Haynes, Scorsese o Jordan. Y el detallista y poderoso montaje de Yorgos Pavpropsaridis, responsable en esta tarea en todas las películas de Lanthimos. Qué decir del fantástico trío protagonista encabezado por Rachel Weisz, dando vida a Lady Sarah, llena de pasión, energía e inteligente, Emma Stone, la perversa Abigail, llena de vileza y maldad y con sus armas afiladas, y Olivia Colman, una reina rota, alicaída, con poca ilusión y comilona, con pocos afectos, como una intrusa con ínfimas alegrías. Lanthimos ha vuelto a salirse airoso en otra muestra de su exploración sobre lo más oscuro del alma humana, sin concesiones y saltando al vacío, tejiendo con astucia y “su maldad” correspondiente, como es habitual en su cine, una película de trepas, de intrigas, misterios y violencia, donde se mata a cuchillo, sin miramientos, sin delicadeza, con trampas y maldad infinita, donde todo vale, y todo se ha dispuesto, con los medios más oscuros al alcance, con el fin de conseguir tesoro tan preciado, que no es poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Old Man and the Gun, de David Lowery

EL CABALLERO ANDANTE.  

“No se trata de ganarse la vida, se trata de vivir”

La película arranca de forma ejemplar y emocionante, cuando vemos a Forrest Tucker, un señor que pasa de los 60 años, de impecable traje, gabardina, sombrero y bigote, entrar en una sucursal bancaria, con toda la tranquilidad y parsimonia del mundo, se acerca a la cajera y le pide amablemente que le dé todo el dinero, mostrándole un revólver que tiene en el cinto. La cajera, entre la estupefacción y el asombro por los modales del atracador, comienza, sin levantar sospechas, a darle una gran cantidad de dinero. Cuando Tucker considera que es suficiente, se despide de la cajera con respecto y se va del banco con la misma tranquilidad y parsimonia con la que había entrado. Estamos a principios de los años 80, en un mundo con ese regusto del tiempo, de cuando las cosas se saboreaban y se sentían de forma especial, en un mundo donde todavía la tecnología no había llegado, en un mundo donde todavía deambulaban viejos atracadores con un historial delictivo a sus espaldas, con unas 18 fugas de prisión, con una vida dedicada al hurto, y con idas y venidas a la prisión.

Forrest Tucker es un personaje quijotesco, uno de esos tipos que parece salido de las películas clásicas de robos, algo así como uno de esos viejos pistoleros a los que los nuevos tiempos ha condenado a una existencia de ostracismo e inadaptación a una sociedad que le es ajena, porque ellos siguen siendo fieles a sí mismos, viviendo al margen de la ley para bien o para mal, porque en realidad, nunca han hecho otra cosa, desde la adolescencia han sido así y ahora ya es tarde para cambiar, si de verdad pretendieran cambiar. The Old Man & the Gun, es la última película en la que actúa Robert Redford, después de una larga trayectoria que abarca casi 6 décadas, en las que ha trabajado con grandes autores como Pollack, Pakula, Penn, Roy Hill, Mulligan, etc… Además, de dirigir 7 títulos como director, y haber cosechado un gran reconocimiento del público y la crítica. Redford dice adiós, y lo hace con una película que resume mucho su filmografía, dando vida a un tipo que ha hecho lo que le ha gustado, que ha sido fiel a su espíritu rebelde y libre, un outsider en toda regla, uno de esos antihéroes que debido a sus condición de delincuente, ha tenido que dejar tantas cosas de su vida, lugares queridos, personas amadas y encuentros inolvidables.

David Lowery (Milwauekee, Wisconsin, EE.UU., 1980) es el encargado de dirigir la película, en su segunda colaboración con Redford después de Peter y el dragón (2016), y de haber dirigido dos interesantes películas como En un lugar sin ley (2013) que retrataba la huida de un fugitivo para reunirse con su esposa en el Texas de los años 70, y A Ghost Story  (2017) donde un músico fallecido volvía como un fantasma a casa con su mujer, dos cintas protagonizadas por la misma pareja, Rooney Mara y Casey Affleck. Este último vuelve a trabajar con Lowery dando vida a John Hunt, el detective que va tras la pista de Tucker, un padrazo y buen tipo, que muy a pesar suyo, admira y respecta a su enemigo, un hombre dado a su condición, aunque esta sea la de delinquir. Lowery construye un relato clásico, escrito junto a David Grann (autor del artículo sobre Tucker publicado en el The New Yorker) una película que no es un vehículo más de la estrella, sino que se esfuerza en contarnos una película que hace un retrato sincero y humanista de un hombre de carne y hueso, uno de esos antihéroes que tanto han inundado las páginas de sucesos de los diarios, un tipo que no sólo vemos atracando en solitario y junto a sus dos compinches ancestrales, que se hacen llamar “Los carrozas”, que no son otros que Danny Glover y Tom Waits, y la breve aparición de Keith Carradine.

También, lo vemos enamorándose de Jewel, una mujer madura e inteligente que interpreta Sissy Spacek, de manera sencilla, sensual y natural como nos tiene acostumbrados, haciendo muy fácil un personaje difícil y nada condescendiente, que lo ama aceptando su peculiar oficio y sin juzgarlo. La película también deja espacio para conocer la trayectoria delictiva y las incontables fugas de prisión de Tucker, haciendo referencia a títulos protagonizados por Redford como Propiedad condenada, La jauría humana o Dos hombres y un destino, en una película-homenaje a la carrera de un gran actor, pero no sólo se queda ahí, va más allá, teje con acierto y habilidad las diferentes capas de la película, preocupándose de su ritmo y las características emocionales de cada personaje, desde el propio Tucker, con su complejidad y soledad, el policía y su familia, en este juego sencillo y humanista del gato y el ratón, para contarnos y rendir homenaje a todos esos outsiders que vivieron diferente en un tiempo que era diferente, donde las cosas tenían otro ritmo y las personas guardaban tiempo para mirar un atardecer sentados en el porche en compañía con una cerveza, ese tiempo pre tecnología que hablan las películas de Lowery, cuando la vida, a pesar de sus altibajos, todavía se parecía a vivir.

Redford se despide del cine a lo grande, con una película a su medida, que huye de la nostalgia, para sumergirnos en una cinta con acierto e inteligente, en la que interpreta a un caballero que siguió atracando hasta los 80 años, resguardado en su amabilidad y respeto, manteniendo un oficio que adoraba y fue su modus vivendi, una forma de no aceptar las reglas del juego, de vivir su vida, de vivir al margen de la ley. La película tiene un corte clásico, con ese carácter crepuscular de las películas de Peckinpah o Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, que también interpretaba Gregory Peck, un personaje que tiene mucho en común con el que hace Redford, algo así como una balada agridulce que podría cantar Dylan, o como esa canción de los Kinks donde hace referencia a esa “Lola”, a la mujer que todos amamos, algo así como mirar el tiempo recorrido desde la perspectiva de haber sido fiel a uno mismo, sin miedo a lo que vendrá, que será diferente y sobre todo, más apacible, donde podremos volver a sentarnos en el porche, o levantarnos temprano para ir a pescar en la mejor de las compañías.

Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

Caso Murer, el carnicero de Vilnius, de Christian Frosch

VÍCTIMAS Y CULPABLES.

“Pero tal vez el aspecto más llamativo y aterrador es el vicio de tratar los hechos como si fuesen meras opiniones. Por ejemplo, a la pregunta de quien empezó la última guerra (sin que sea un asunto de debate) es contestada con una variedad de sorprendentes opiniones.”

Hannah Arendt

No deja lugar a dudas, que cuando nos hablan de juicios contra los nazis, a todos nos viene a la memoria el celebrado en Núremberg entre noviembre de 1945 a octubre de 1946, proceso que se realizó contra la plana mayor de la jerarquía nazi, nombres como los de Göring, Hess, Ribbentrop, Keitel, Dönitz, Raeder, Schirach y Sauckel fueron llevados delante de un juez internacional para responder por sus crímenes contra la humanidad. Hubieron muchos más, a lo largo y ancho del mundo, donde los nazis, algunos camuflados entre la sociedad, eran descubiertos y puestos a disposición judicial. Aunque, quizás uno de los casos más flagrantes fue el protagonizado por Franz Murer, uno de los oficiales de las SS, jefe del gueto de Vilnius, en Lituania, por entonces, convertido en el centro espiritual de la cultura judía en la Europa del Este, lugar que se caracterizó por su extrema crueldad, ya que de las 80000 personas que vivían en el, solo sobrevivieron unas 600. Murer cumplió condena en la Unión Soviética, aunque muchos años menos de los que fue condenado. A su vuelta a su Austria natal en 1955, se refugió en un pueblo como uno más, como si nada hubiera pasado, aunque Simon Wiesenthal, el afamado cazador de nazis, lo descubrió por casualidad, y debido a la presión internacional, por fin pudo ser llevado a juicio en 1963, en la ciudad austriaca de Graz.

El director Christian Frosch (Waidhofen an der Thaya, Estado de Baja Austria, 1966) construye una ficción con apariencia de documento, en el que retrata no sólo aquel juicio contra Murer, que duró 10 días, sino todo aquello que lo envolvió, en un fascinante thriller político, donde no deja títere con cabeza, y reflexiona sobre la necesidad de verdad y justicia enfrentada a los intereses politizados de los gobiernos de turno, en que la actitud roñosa e injusta del gobierno austriaco, más preocupado de la imagen contraria del juicio y de pasar página a la que quizás ha sido la parte más negra de su historia, olvida a las víctimas, y no solo eso, sino que las desaprueba, y las deja desamparadas, convirtiendo el proceso judicial en una farsa, una pantomima donde el aparato estatal funciona para limpiar su imagen histórica catastrófica en pos a los nazis, y dejarlos sin el debido castigo por tantos horrores cometidos. Frosch emplaza su larga película, 137 minutos, a la sala de juicio, donde somos testigos de todo lo que allí sucede, pero no se queda ahí, también, coge su cámara para filmar las triquiñuelas e intereses del poder para desviar la atención del proceso y evidenciar la idea de romper con el pasado, haciendo injusticia y falsedad.

Aunque la película va más allá, dejándonos conocer la estrategia judía, donde Wiesenthal contacta con dos periodistas judíos que seguirán de cerca todo el juicio. También, veremos la intimidad de Murer, con su abogado y su mujer y familia, y las diferentes estrategias que siguen para salir indemnes del proceso, así como los trabajos del abogado defensor, y el fiscal y la relación con su mujer, y los diferentes puntos de vista de todos los personajes, que alimentan la complejidad y el contexto histórico de la película, convirtiéndola no sólo en un documento histórico sobre el caso más injusto de la historia de Austria, sino que también, nos habla de nuestro presente, donde las abominaciones cometidas por los nazis se cuestionan y se faltan a la verdad, intentando reescribir los hechos históricos, y alimentando a la opinión pública sobre la culpabilidad colectiva de los crímenes nazis, queriendo disipar a sus culpables, no individualizando sus casos, poniéndoles nombres y apellidos.

Frosch se ha acompañado de un reparto magnífico, donde destacan las miradas, la sinceridad y naturalidad con la que expresan los diálgos y se mueven en la sala judicial y los demás espacios de la cinta. Destacando la estupenda forma elegida, en la que filma el juicio desde la cercanía, sin tomar partido, sino que los diferentes testigos, y las reacciones del resto, hablen por sí solas, haciendo que los espectadores tomemos partido por lo que estamos escuchando, tomando la distancia justa de los acontecimientos sin dejarse llevar por demasiado emocionalidad, planteando una forma caracterizada por los largos planos secuencias, algunos de 40 minutos, y los cambios constantes de perspectiva, creando una imagen que recuerda a los documentales sobre juicios que tantas veces hemos visto, huyendo eso sí, del efectismo habitual de las producciones de Hollywood, aquí todo se cuenta con extrema frialdad, donde los testigos cuentan las barbaridades cometidas por Murer y los suyos, desgarrándose y reviviendo todo aquel horror que padecieron, hechos que el jerarca nazi se muestra impasible, reaccionando con extrema frialdad a todos esos testimonios, y sobre todo, negándolo todo. A pesar de las evidencias, el gobierno austriaco no permitió que Murer fuese condenado y volvió a su apacible vida en Austria como un granjero más. Aunque la historia, sí que lo condenó, hecho que para las víctimas, las verdaderas, es nulo consuelo.

Atardecer, de László Nemes

LA DECADENCIA DE UN IMPERIO.

Han pasado tres años desde que apareciera de forma deslumbrante y magnífica la película El hijo de Saúl, de László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) una cinta que recogía con las formas del documental, una minuciosa reconstrucción de la aventura de un kapo en el infierno de Auschwitz, a través del fuera de campo, con largos planos secuencia, donde el sonido adquiría una fuerza descomunal, convirtiéndose en una experiencia única, en el que la vida y el horror se mezclaban, sumergiéndonos en ese  lugar maldito de muerte. En su segunda película, Nemes continúa apegado a su forma narrativa, en la que vuelve a coser su cámara a su personaje, si en la anterior seguíamos la cotidianidad de alguien espectral, vacío y deshumanizado. Ahora, el cineasta húngaro nos envuelve en Írisz, una joven de 20 años, que ha pasado toda su infancia y adolescencia recluida en un orfanato, y aparece en el Budapest del 1913, con la intención de ser escogida para trabajar en la sombrereria más importante de la ciudad, “Leiter”, que perteneció a sus padres fallecidos en un incendio. La película captura las desventuras de esta joven en una ciudad que, con Viena, eran en el momento las capitales del mundo, y también, los centros neurálgicos del Imperio Austrohúngaro, una vastísima región que englobaba 12 países, diferentes culturas, idiomas y costumbres, que había sido el corazón y el símbolo del siglo XIX.

Írisz se topa en una sociedad de grandes extremos, en los albores de principios de siglo, el mundo se debate entre las costumbres arrastradas del XIX, donde el vestir y las apariencias lo eran todo, con la aparición de nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono o el cine, los grandes avances científicos y demás. Todo mezclado con un malestar general, una tensión que se palpa en cada rincón de esa ciudad ruidosa y amontonada de gente, donde la debilitación del Imperio, propiciaba, que fuerzas ocultas a la espera de su oportunidad, esperaran su momento de romper ese mundo de luces y sombras, de belleza y terror, de elegancia y pobreza, materialista y profundo. Nemes sigue de forma íntima y personal a Írisz, que después de ser rechazada, descubre, casi por azar, la existencia de un hermano que no conocía, y cómo ocurría en El hijo de Saúl, la joven ingenua e inocente, en un entorno devastador y bello, se lanza a su búsqueda, casi como lo hacía Alicia en ese país de las maravillas, donde nada era lo que parecía, y las cosas se envolvían en una infinita gama de matices y grises, en el que emergerán las múltiples capas ocultas en sus calles y lugares.

La joven huérfana, que tiene que empezar de nuevo, vivir su propia vida, en ese limbo oscuro y decadente por el que se mueve esta Alicia del Budapest del 1913, bien interpretada por la actriz Juli Jakab, que su dulzura y sensiblidad contrasta con el carácter abrupto e impacable de Oszkár Brill (el nuevo propietario de la sombrereria) interpretado por Vlad Ivanov. Írisz se sumerge en un laberinto lleno de espacios cálidos y oscuros, de gentes malvadas con dinero y sin él, donde todo es posible, en el que las cosas ya no se adaptan a un orden social y convencional, sino todo lo contrario, en un mundo decadente, caótico, donde el estallido de la Gran Guerra está a punto de explotar, donde el mundo de trajes y sombreros, y largos paseos a la orilla del río, dejarán paso a la devastación, oscuridad, y muerte. El realizador húngaro vuelve a hacer gala de su exquisitez en su entramado cinematográfico, combinando esa luz apacible y luminosa con aquella negruzca y casi fantasmal, obra de Mátyás Erdély, que ya estuvo en El hijo de Saúl, al igual que el montador Matthieu Taponier, en un ejercicio ejemplar en el corte, cuando se trata de una película donde abundan largos planos secuencias, estupendamente bien coreografiados, una forma que recuerda a Jancso o Tarr (con el que Nemes trabajó como asistente en El hombre de Londres) los nombres más reputados de la cinematografía magiar, y en el Visconti de El Gatopardo o La caída de los dioses, y el Altman de Los vividores, en la precisión y el detalle del retrato de las lentas descomposiciones y agonías de esos reinos desgastados y podridos.

Nemes nos enseña ese mundo a través de los ojos de Írisz, desde su inocencia e ingenuidad, con el sentimiento de alguien que no encuentra su vida ni sus deseos, a la espera de algo que la ate a ese desorden físico y emocional que está asistiendo, un testigo de esos acontecimientos bárbaros, desde el espanto y la sensibilidad, desde todo aquello que se aprecia, y lo que no, lo que se visibiliza y lo oculto, en que el fuera de campo se convierte en todo ese mundo oculto, paranoico y caótico que envuelve a la joven dama, sólo visible por su envolvente y catártico sonido, en el que Nemes logra mostrarnos ese mundo invisible, ese off, donde todo se mueve entre sombras, apariencias y secretos, donde reina el caos, donde la guerra está aporreando la puerta de una civilización enferma, una sociedad en declive, un imperio agonizante, envuelto en su soberbia y su altivez, perdido en unos acontecimientos que ya no tienen freno, que ya están completamente desatados.

La película despliga una gran trabajo de producción, desde su ambientación, vestuario y demás detalles, que recogen con sabiduría y sensiblidad la grandeza y la miseria de todo el ambiente reinante, todo al servicio de este cuento de terror oscuro y bello, donde seguimos a una joven que necesita saber dentro de ese reino del caos, que vuelve a sus orígenes para darse cuenta que todo ha cambiado, que ya no reconoce ese entorno, y ese espacio se ha vuelto demasiado irreconocible, ya queda lejos percepción de las cosas, un ser que no entiende, que no sabe, que se siente perdida, desamparada, donde todo lo que conocía parece evaporado en la indecencia, en la deshumanización de un imperio mugriento y podrido, una forma de vida decadente, aburrida, falsa y completamente imbuida en su mundo, alejada de todo y de todas las injusticias sociales que se manifiestan a su alrededor, en una ciudad llena de espectros sin tiempo, sin alma, llenos de avaricia y codicia, sumergidos en ese mundo de apariencia y vomitivo.

El cineasta magiar envuelve a los espectadores en una película difícil, reposada, que se toma su tiempo, 144 minutos, para contarnos ese ambiente infernal que padece la ciudad y sus habitantes, con firmeza y seguridad, en el que el relato también estallará sometiéndonos en a un drama romántico y oscuro lleno de furia y terror, un relato lleno de vileza y amargura, que tiene su espejo en los tiempos actuales, donde la tecnología avanza a velocidad de crucero, mientras los ideas totalitarias están asumiendo el poder en muchos territorios de la Unión Europea, como ocurre en Hungría o Austria, antiguas sedes del Imperio Austrohúngaro, donde los acontecimientos de la película, que dieron lugar a la Gran Guerra, hasta entonces la contienda más sangrienta de la historia, vuelven a decirnos en la idea de la ciclicidad de la historia, en el que todo vuelve, en el que hay que seguir muy atentos a los avances totalitarias de la política, y los cambios sociales que se van produciendo, ya sean visibles o no.

Silvana, de Mika Gustafson, Olivia Kastebring y Christina Tsiobanelis

FEMINISMO A RITMO DE RAP.

“Siempre me decían que algo fallaba en mí, pero yo sabía que no era cierto”.

La película se abre de una forma clara y sencilla, cuando vemos a Silvana Imam (una cantante de rap feminista y homosexual, que canta contra toda forma de opresión) en su vuelta a la tierra de su infancia, Lituania, y accede al interior de una iglesia ortodoxa, y mantiene una leve conversación con uno de sus sacerdotes, que escucharemos en off, charla que dejará presente la diferencia y el conflicto existentes entre lo que canta Silvana y la postura de la iglesia en cuestión. Dos mundos diferentes, uno, el de Silvana que ama y canta a favor de lo diferente y el humanismo, y en cambio, el otro, el de la iglesia, que oprime, que habla de amor, cuando divide y mantiene las fronteras entre los que ellos aceptan, y los que no. Después de este breve prólogo, las tres directoras Mika Gustafson (1988) Olivia Kastebrin (1987) y Christina Tsiobanelis (1987) que debutan en el largo con Silvana, donde retratan durante un par de años, a modo de diario personal, a una joven de padre sirio y madre lituana, que a mediados de los 90, aterrizaron en Suecia, y su trayectoria desde el anonimato del arte underground a convertirse en un icono contemporáneo, a través de las letras inconformistas, políticas y de lucha contra toda forma de opresión contra aquello diferente o que simplemente, no encaja en el modelo de sociedad convencional.

Silvana que siempre ha tenido que esconder su condición sexual, y se ha trabajado todo lo que es, trabajando cada día desde lo más profundo, no es alguien que se calle ante las injusticias, alguien que sigue firme ante lo convencional, el fascismo y aquello ancestral que no respeta al otro por ser diferente. Una mujer de pie y con el puño en alto, que se define como lesbiana, feminista y antirracista, y utiliza su música rapera para protestar contra lo establecido, contra lo que oprime, contra todo estado, grupo o persona que atenta contra colectivos que luchan porque se respete su condición sexual o su manera de vivir, por muy diferente que sea con lo estándar. Las tres cineastas construyen una película de aquí y ahora, recogiendo de forma natural y honesta todo lo que pasa por su cámara, en un documental que nos abre una ventana dignísima y veraz, recogiendo con ojo avizor todo aquello que ocurre en la juventud sueca, en sus referentes musicales, y en esa protesta política e inconformista de muchos jóvenes de los países escandinavos, cada día acusados y maleados por ser como son.

Además, la crónica de estos dos años, recoge y filma con absoluta libertad y naturalidad, diversos aspectos de la vida de Silvana, desde sus reflexiones más íntimas, que tienen que ver con su condición y carácter, sus orígenes familiares, a través de la relación de sus padres y de videos caseros filmados cuando la cantante apenas tenía 7 años de edad, sus momentos de composición musical, sus conciertos, en las que incluye performances espectaculares y llenas de fuerza y valentía, la relación sentimental con otro ídolo de masas como Beatrice Eli, cantante de pop feminista y lesbiana. Una relación de amor que huye de todos los estereotipos sociales y convenciones para mostrar un amor de respeto, libre y muy vivo. Finalmente, la película explora otro aspecto muy importante en la vida de Silvana, su relación con el éxito fulgurante, en el que la exposición de su vida pública y sobre todo, la Silvana convertida en referente ensombreciendo su personalidad, todos aspectos que también una joven tiene que lidiar para no morir de éxito, y dejar de luchar por todo aquello en lo que había creído y peleado.

Gustafson, Kastebring y Tsiobanelis han creado una película llena de fuerza, y con un ritmo trepidante y vapuleador, como una canción de rap que canta Silvana, en que la película vive y respira al son de la artista, siguiéndola y entrando en su vida y en su alma, desde la espontaneidad y la honestidad hacia todo aquello que está filmando, y el respecto a una mujer libre y de carácter, que lanza al mundo, a través de las letras de sus canciones, proclamas que claman a favor de la igualdad, el respecto y la diferencia, como único camino hacia un mundo más justo, más igualitario y lleno de amor. Silvana Imam es una persona liberadora de estereotipos, que ha derribado convenciones sociales, que sigue en la carrera, sin dejar de correr, yendo de aquí para allá, convertida en una referencia para muchas jóvenes de países escandinavos, que la siguen, que la escuchan, que la aman, que grita con alegría y viveza proclamas reivindicativas y llenas de energía como: “Gracias a Dios, soy homosexual”. Una mujer segura, luchadora y reivindicativa, que sabe que hay mucho trabajo por hacer, y muchos más muros de ignorancia y fascismo que derribar, pero ella, mientras siga viva, seguirá en la brecha, sin descanso, llena de sinceridad y amor.