Bajo el sol, de Dalibor Matanic

EL AMOR EN TIEMPOS DE ODIO.

“La historia es una pesadilla de la que estamos tratando de despertar”

James Joyce

Es uno de esos días de verano a mediodía, brilla el sol y el calor empieza a ser sofocante. Una pareja de jóvenes retoza y juega al amor a orillas de un lago. Ríen y disfrutan, mientras imaginan que les deparará el futuro fuera del pueblo al que han decidido abandonar y vivir su amor fuera de miradas hostiles. De repente, un ruido llama su atención, suben una pequeña colina y frente a ellos, por el camino, desfila un convoy de vehículos militares que rompe la armonía del instante y parece que de repento todo se ha nublado (como ocurría en Desaparecido, de Costa-Gavras, cuando los jóvenes idealistas americanos se despertaban al ruido de los helicópteros y vehículos militares en la soleada Viña del Mar). El arranque de la película deja clara las intenciones de su historia, la guerra, la maldita guerra se interpondrá en el camino de los jóvenes enamorados, alrededor de la veintena,  que protagonizarán las tres historias, diferentes entre sí, pero que sucederán en el mismo espacio, un pueblo dividido entre serbios y croatas, y a lo largo de dos décadas, y con la estación estival como escenario. Una película que pone el dedo en la llaga en la guerra de los Balcanes (Los Balcanes y su eterna disputa que fue el motor de la cinematografía de Angelopoulos) zona de perpetuo conflicto por el odio entre etnias, la intolerancia y la dificultad intrínseca de que puedan vivir en paz unos con otros.

Dalibor Matanic (Zagreb, Croacia, 1975) es un cineasta que ha dedicado su filmografía a explorar y reflexionar sobre los temas candentes que sacuden su tierra, una tierra preciosa, llena de buenas gentes, pero que la diferencia religiosa, social y política los ha conducido a una guerra abierta e interior de difícil solución. La primera de la historias la protagonizan Jelena e Ivan, ella, serbia, y él, croata, situada en 1991, cuando ya se observan los primeros escarceos militares en los que ya se adivinan que la situación insostenible entre unos y otros, iba a desembocar en una guerra cruenta y devastadora que se alargó 4 años. La segunda, nos lleva diez años después, cuando dos mujeres, madre e hija, vuelven a su pueblo y tienen la necesidad de regresar y empezar de nuevo, a reconstruir sus vidas tras la guerra. Natasa, serbia, y Ante, croata, son los personajes que nos conducirán por ese segundo segmento, en el que las heridas de la guerra y el odio, más aún si cabe, se ha apoderado de cada uno de ellos. Y finalmente, el relato que cierra la película, el director nos lo sitúa en el 2011, un tiempo actual, en el que Luka, croata, vuelve a su pueblo, tras unos años estudiando en la ciudad, y se reencuentra con Marija, serbia, con la que en el pasado tuvo una relación y algo más. Las inevitables heridas y el dolor siguen presentes en los personajes, unos seres que intentan levantar sus vidas a pesar de todo lo que ha sucedido, y todo lo que han perdido.

El director croata nos muestra una mise en scène diferente en las tres historias, si bien en la primera el pueblo y sus diferentes escenarios toman protagonismo, a través de tomas largas y muy cercanas (aunque el tono intimismta nos acompañará durante toda la película) en las que vemos el caldo de cultivo de odio entre las etnias que se respira en el ambiente, donde ese primer amor se vive con intensidad y quizás, con esa inocencia de que todos sus sentimientos podrán vencer el odio, la indiferencia y la guerra que se avecina. En la segunda, la película se recoge en las cuatro paredes de la casa, donde los personajes en cuestión, primero se evitan y lentamente van acercándose, aunque con la rabia contenida y la maldad como bandera, un segmento agobiante y asfixiante, en el que la reconstrucción de la casa escenifica el ánimo de muchos que quisieron comenzar de nuevo venciendo el dolor que sentían. En el último, Matanic, nos habla de los jóvenes que no sufrieron las desgracias de la guerra, aunque son arrastrados por el odio imperante y arcaico de su pueblo y sus familias. Luka, al regresar a su tierra, le vuelven todo lo perdido y lo dejado, e intenta reconciliarse primero consigo mismo y luego con su familia, y con la mujer que amó. Aquí la cinta se apodera de la noche, la oscuridad y las luces inundan los encuadres, en el que reinan los contrastes de la fiesta loca nocturna, en el que la música psicótica martillea al protagonista, con la casa de ella, en la que la soledad y la tristeza supuran cada rincón del hogar.

La poderosa y magnética pareja de actores, otro de los grandes aciertos de la película, que además de originar una estupenda química, a los que vemos crecer, con simples pero estudiados matices, a lo largo de las tres historias. Él, Goran Markovic, que interpreta a los hombres de la película, varonil, de poderosa fuerza y aplomo, y ella, Tihana Lazovic, la mujer serbia, que emana vida, lucidez y una enorme expresividad y sensualidad, conviertiéndola en una de las agradables sorpresas que contienen la película, representando esa mujer herida, pero enamorada, esa mujer que va capturando los pequeños matices que ayudan a profundizar en sus diferentes roles. Una película de luz bellísima, que consigue transmitirnos la belleza del verano, con sus colores, su brisa y sus alegrías, en contraposición con la guerra y todos los odios, y traumas que genera en la población. Una tierra de eterna belleza sacudida inexorablemente por la tragedia de la guerra, en la que la película de Matanic se erige como un canto a la vida, a la intolerancia, al respeto, y sobre todo, al amor, superando de esta manera los odios, las diferencias, sean cuales sean, y vengan de donde vengan.

Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Cuidado con lo que ves… puede cambiar tu manera de mirar”

La película arranca de manera brillante, con esa atmósfera oscura e inquietante, que no nos abandonará el resto del metraje, en un breve prólogo que deja claro las intenciones del protagonista como de la película que acabamos de empezar a ver. En una noche, en un tren, un director de cine que, viaja acompañado de su novia, duerme. Se despierta y observa a una mujer mayor que comienza a grabar con el móvil, la mujer se levanta molesta y se va. Inmediatamente después, un periodista lo entrevista y le pregunta sobre cuando perdió su inocencia, y Oliver, que es como se llama el cineasta, le explica una historia de niño cuando murió accidentalmente su mascota. A partir de ese instante, y después de visionar un video sexual explícito de Aurora, su hermanastra pequeña, siente la necesidad de viajar a su encuentro en Madrid. La tercera película de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1977) explora los límites del deseo, las perversiones oscuras y demoledoras que nos atrapan y nos arrastran hasta lugares oscuros y profundos, también remite a nuestra forma de mirar y relacionarnos con las imágenes, en un mundo contaminado y devastado de vídeos que muestran con vehemencia la intimidad de cualquiera, donde nuestra vida y nuestros cuerpos están expuestos a lo público, observados por múltiples miradas desconocidas.

Aguilera ya había dado cuenta de su talento con La influencia (2007) donde seguía los pasos de una madre perdida, sin nada que intentaba salir adelante con la ayuda de sus hijos, le siguió Naufragio (2010) en la que se adentraba en la dura existencia de Robinson, un sin papeles que se buscaba la vida en una España vacía y sin sentimientos. El cineasta donostiarra sigue acercándonos a personajes a la deriva, náufragos de nuestro tiempo, personas buscándose a sí mismas, sin rumbo fijo, de pasados turbulentos y terribles, que hacen todo lo posible por relacionarse de manera sana con los demás, aunque muy raras veces lo llegan a conseguir. Oliver es un tipo que se presenta en Madrid, después de muchos años de ausencia y casi sin saber nada de su familia, dice que anda buscando la inspiración para su próxima película, o anda buscándose a sí mismo, o quizás ambas cosas a la vez, quién sabe. Fascinado por la belleza e inocencia de Aurora comienza a espiarla a través de una cámara que filma su habitación. Oliver mira las imágenes que descubren la intimidad de Aurora, en un provocador y perverso juego de voyeur, en el que no puede dejar de mirar e inquietarse con aquello que ve.

La inocencia imperturbable de Aurora se ve amenazada por el deseo animal y visceral de Oliver que lentamente va traspasando los límites del simple voyeur para traspasar la pantalla y adentrarse en ese mundo prohibido, inmoral y siniestro que representa Aurora. La forma en la que miramos las imágenes, nuestro imaginario, y la fantasía que nos provocan estas imágenes son la parte estructural de la película de Aguilera, una cinta que juega a los contrastes, desde su peculiar formato, el 1:33, y esa imagen, más propia del cine setentero o principios de los ochenta, donde los colores vivos se mezclan con la oscuridad de la noche, donde parecen suceder todas las perversiones que no pueden controlar sus personajes. El director nos encierra casi en las cuatro paredes de esa casa acomodada de las afueras, de familia con pasado turbio, con un padre en común, que se mueve entre lo afable y lo siniestro, y unas vidas en tránsito, donde nada es lo que parece y los más bajos instintos se ocultan bajo el amparo de la comodidad de la intimidad.

Una película que nos devuelve el cine que transita por nuestros más bajos instintos sexuales y depredadores de la condición humana, remitiéndonos a títulos como Peeping Tom (donde los rostros femeninos asesinados provocaban el placer del individuo) o la atmósfera terrorífica de juegos eróticos de las películas de Hitchchock como Vértigo (donde el protagonista se sentía fascinado por resucitar a una muerte)  Psicosis (en el que el torturado Norman Bates era un mirón que acababa con las vidas de las mujeres que despertaban su deseo) e incluso La sombra de una duda (donde la amenaza de un tío dejaba a su sobrina a su merced), o el deseo sexual reprimido del cine de Buñuel como Belle de jour, Susana (Demonio y Carne) o Ese oscuro objeto del deseo (que curiosamente también arrancaba en un tren), o los viajes psicóticos de Arrebato, de Zulueta, donde el cine transformaba a sus espectadores llevándolos a traspasar la imagen y formar parte de ella, o el cine español de los sesenta, y sobre todo de los setenta, en sus relatos de tipos amargados reprimidos sexualmente, sin olvidarnos de cierto cine underground, donde el sexo es un motor de desinhibición y escapismo ante las frustraciones vitales,  o las películas más oscuras y tenebrosas de Almodóvar como La ley del deseo o Los abrazos rotos (con el cine como motor de oscuras perversiones) o La piel que habito (en el que un ser atormentado emprendía una venganza siniestra).

Una pareja protagonista de altos vuelos interpretados por los estupendos Julio Perillán (con ese aspecto varonil, animal y misterioso, de lobo hambriento, que se adentra en el bosque para seducir lo prohibido) e Ivana Baquero (la lolita frustrada en una relación monótona con un novio pavo que descubre junto a su hermanastro cineasta las perversiones sexuales más oscuras). Aguilera nos invita a un cuento erótico, a cine dentro del cine, una fábula de cazadores, de pasiones desatadas, y deseos que se buscan irremediablemente, que destila una sensualidad desbordante, de calor sofocante, de cuerpos calientes, y sentidos a flor de piel, en un inquietante juego sexual en el que desconoces quién atrapa a quién y quién busca a quién, donde todo se mezcla y los dos hermanastros se sumergen a un perverso descenso a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, en este viaje endiablado hacia el interior, en el que no existen fronteras ni límites, en el que tampoco hay luz, sólo oscuridad y tinieblas,

Venus, de Lea Glob y Mette Carla Albrechtsen

DESNUDANDO EL SEXO FEMENINO.

“No sé hasta qué punto Jens, amigo mío de la infancia, y yo, conocíamos nuestras intenciones cuando, por las tardes, nos metíamos en la alcoba de mi madre. En cualquier caso, aprendimos dónde tocarnos y, claramente, allí sentí mi primer estremecimiento de deseo. Desde aquel momento, supe que lo que sucedía en aquella alcoba acabaría jugando un papel importante en mi vida. Como cuando tienes un nuevo hobby, que no puedes parar de pensar en él”.

 ¿Cada cuanto tiempo piensas en sexo? ¿Qué es lo que más disfrutas en la cama? ¿Has tenido alguna vez algún orgasmo? ¿Con cuántas personas has tenido sexo? Estas series de preguntas, y algunas más, a mujeres entre 18 y 25 años relacionadas con la sexualidad femenina fue el primer punto de partida en la que las directoras danesas Lea Glob, curtida en el medio televisivo, y Mette Carla Albrechtsen, del campo publicitario, se enfrascaron como trabajo de documentación para una película sobre la sexualidad de las mujeres. Aunque después de estudiar la respuesta de las protagonistas, desistieron de la película inicial, y pusieron en marcha una película sobre la sexualidad femenina contada por ellas mismas. El dispositivo es sencillo, convocaron un castin al que se presentaron una serie de mujeres y a través de una entrevista van contestando preguntas relacionas con su sexualidad, en el que hablan abiertamente sobre su sexo, su cuerpo, las relaciones mantenidas, como lo descubrieron, y demás cuestiones.

Observamos a mujeres de distinta sexualidad y diversas maneras de relacionarse con el sexo, desde lo más banal hasta las partes más perversas y oscuras. Una película que muestra el sexo sin discursos ni dogmas, aquí todo vale, todo es escuchado atentamente por las directoras, un salto al vacío en el que se cuentan los secretos más íntimos, las fantasías más ocultas, y sobre todo, cada una de ellas habla a la cámara sin pudor ni timidez, explicando todo aquello que les pone y lo que no, todos los diversos caminos del sexo que les han llevado a conocer mejor sus deseos y sobre todo, a conocerse mejor ellas mismas. La intimidad sexual y el propio cuerpo inundan cada toma, convirtiéndose en los protagonistas absolutos de la película, testimonios directos sobre experiencias vividas, imaginadas o fantaseadas, todo cabe en su declaración-sexual, un testimonio intimo y cercano en el que todas ellas desnudan su sexualidad frente a la cámara, ofreciendo una visión completamente distinta a la que la banalización del sexo, por parte de la moda, la publicidad y de los medios oficialistas, han construido en el imaginario de la población, optando por una falsa masculinidad donde la mujer parte como mero objeto sexual y sumisa.

Una película sobre mujeres, sobre su sexualidad y sus intimidades y secretos, para todos los públicos, para todos aquellos que quieran profundizar en un tema tabú en nuestras sociedades occidentales y bien pensantes, a las que les falta más comprensión, respeto y tolerancia con las mujeres y descubrir sus deseos más íntimos. Glob y Albrechtsen han construido un ensayo fílmico de grandes hechuras, colocando el foco en el interior de la sexualidad de cada mujer que nos habla, que nos cuenta, que nos explica, desnudándose delante de nosotros, en todos los sentidos, descubriéndose a sí misma, hablando de sus momentos de felicidad sexuales, y cómo no, de sus frustraciones, que también las hay, como todo en la vida. Un dispositivo cinematográfico sencillo y directo, en el que, a través del primer plano, y una exquisita sensiblidad y delicadeza, nos hacen participe de un mundo íntimo, en el que nos hacen cómplices, a nosotros los espectadores, que asistimos atentos a escuchar las experiencias sexuales de estas mujeres, en un camino vital de continuo aprendizaje sobre nuestros ser y las partes más profundas de nuestro interior.

Maravilloso Boccaccio, de Paolo y Vittorio Taviani

LAS MUJERES, EL AMOR Y LA VIDA.

“He amado, y si en verdad he amado, seguiré amando de igual modo en la muerte”

“El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio (1313-1375) escrita entre 1351 y 1353, es una de las obras más importantes de la prosa italiana, en la que se relatan un centenar de cuentos con el amor, la inteligencia humana y la fortuna como ejes principales, además, de su innegable documento histórico de la época, está construida a través de una primorosa calidad poética para narrarnos la exaltación de la vida a través de la pasión, el erotismo y el sexo como forma de resistencia ante la tragedia de la vida. En 1971, Pasolini hizo una versión personal con su maravillosa poética fílmica, en la que exploraba los mecanismos de la condición humana convirtiendo la obra de Boccaccio en un raudal de pasiones, en una comunión en la que se celebraba la carne y el erotismo. Vittorio y Paolo Taviani (nacidos en 1929 y 1931, respectivamente, en San Miniato, la provincia de Pisa, en la Toscana) acogen el espíritu de Pasolini y dan rienda suelta a su imaginación, convocando la sabiduría de Boccaccio y sumergiéndonos en una fábula clásica, de formas poéticas, en el que el amor mueve las pasiones de hombres y mujeres, convirtiéndose en un indudable espejo con la sociedad actual, en el que el amor se ha convertido en algo parecido a un producto de usar y tirar.

Los Taviani que arrancaron su filmografía hace más de medio siglo, allá por 1960, con L’Italia no è paese povero, junto a Orsini, con el continuaran colaborando, y Joris Ivens, para relatar la miseria de la clase obrera, temas sociales y políticos que los acompañaran a lo largo de una carrera que sobrepasa la veintena de títulos, películas que exploran los temas políticos a través del humanismo, con sus complejidades y contradicciones, con el maestro Rossellini como inspiración constante. En Allonsanfan (1973), con Mastroianni, nos hablaban de como el compromiso político hacia fracasar las aspiraciones personales, en Padre Padrone (1977), nos presentaban las duras condiciones de vida de un niño junto a su padre autoritario en las montañas, en La noche de San Lorenzo (1982), nos rescataban una historia real de la evacuación de un pueblo por miedo a los ataques alemanes, en Las afinidades electivas (1996) se pusieron en la manos de Goethe para narrar un melodrama sobrio sobre la naturaleza caprichosa del amor, y en su penúltimo título hasta la fecha, César debe morir (2012) presentaban un híbrido de documental y ficción en el que un grupo de teatro de presos escenificaba la tragedia de Shakespeare, con un primoroso blanco y negro, acompañada de una naturalidad e intimidad sorprendentes.

No es la primera vez que los Taviani recurren a la literatura como fuente inspiradora de su cine, a Tolstói lo han adaptado en tres ocasiones, a Pirandello en dos, y los ya mencionados anteriormente, aunque los legendarios autores italianos recuperan las fábulas de Boccaccio, situándonos en la Florencia de 1348, arrasada por la peste, en la que siete mujeres y tres hombres, deciden huir a una casa de las afueras para salvar sus vidas, y mientras esperan, viviendo como si fueran una congregación franciscana, cuentan historias en las que el amor se convierte en fuente de riqueza, alegría, tristeza y tragedia. Cinco cuentos, cinco miradas, cinco maneras de ver la vida y el amor, en los que nos hablan del amor después de la muerte, en otro, un bobalicón que hacen creer invisible acaba a testarazos contra su mujer, en el tercero, un padre tiránico se niega al amor de su hija con uno de sus criados, en el cuarto, en un convento de monjas se desata la pasión de la carne a pesar de su amor por Dios, y en el último, nos introducen en los errores cometidos por amor. Los Taviani componen con maestría su poética, con unos exteriores fascinantes localizados en la Toscana y la Lazio, en la que la naturaleza impone su ley natural, en la que el amor, la ingenuidad y la poesía, forman los cimientos de la adaptación.

Los Taviani construyen una película femenina, en la que las mujeres llevan la voz cantante, nos cuentan con especial delicadeza y sencillez las diferentes historias, en las que prevalece una mise en scène naturalista, cercana a la teatralización, en la que las tomas largas y secuenciales, dejan paso a las narraciones orales que nos van contando los diferentes relatos donde el amor emerge como protagonista, a partir de unos valores humanistas y sencillos que, parecen defender la pureza de la vida, un gesto de resistencia de los autores octogenarios en contraposición a la superficialidad y fugacidad del amor en nuestros días. La viveza de los colores y las formas de la película ayuda a adentrarse en ese mundo onírico y fantástico, en ocasiones, que nos envuelve en esa materia profunda y delicada que hay en cada uno de nosotros, que forma parte de nuestra manera de ser y como nos relacionamos con nosotros mismos, y con los demás. Los Taviani han construido una película viva, armoniosa, que destila humanidad, y nos devuelve la prosa fílmica de antaño, como ese momento maravilloso en el que las mujeres se introducen en el agua, ataviadas de sus camisolas blancas, una secuencia iluminado por una luz cegadora y brillante que nos remite al romanticismo o el cine de Renoir, sin olvidar las aproximaciones románticas del cine de Rohmer o Fassbinder. Una brillante adaptación que es un canto no sólo de amor a la prosa romántica de los clásicos, sino a la capacidad del cine, primero, y del ser humano, después, de la literatura y la fábula como arma enriquecedora contra las tragedias de la vida.

Pasaje al amanecer, de Andreu Castro

LOS INTERIORES FAMILIARES.

La familia, ese núcleo humano peculiar, necesario, a veces, y en otras, prescindible, del cual, para bien o mal, formamos parte, muy a nuestro pesar, se erige como el pilar que cimenta la primera película de Andreu Castro, actor de oficio, donde se ha labrado una carrera en el teatro, cine y televisión, también, director de vocación, donde ha dirigido tres cortos que han cosechado buenas críticas y premios. Ahora, se enfrenta a su puesta de largo y ha elegido la familia, por un lado, y el día de Navidad, por el otro. Lo que parece una celebración más, sin más sobresaltos que los habituales y previsibles, se va a transformar en un antes y un después en el ámbito familiar. Después de un brillante y breve prólogo, en el que las miradas inundan la ausencia de palabras, Javier, fotoperiodista de profesión y benjamín de la familia, llega a la casa acomodada de la sierra para celebrar la Navidad con los suyos. Allí, les esperan sus padres, su hermana, su cuñado, su sobrina, y la abuela. En plena comida, Javier lanza su bomba, viajará a la guerra de Irak a trabajar. Como es de suponer, semejante noticia no sentará nada bien a los que le rodean, pero en cierta medida, todos deberán enfrentarse, primero, a ellos mismos, y luego, a la drástica decisión que acaba de tomar el pequeño de la familia.

Castro ha construido una película sencilla, situada en el 2004, cuando la guerra de Irak estaba en su fase más cruenta y sangrante, en la que hay solo una localización, y en la que la trama apenas se desarrolla durante un día, un día en el que ya nada volverá a ser igual, en el que todo, aparentemente ordenado, como si el orden pudiese objetivarse, comenzará a resquebrajarse, donde las rencillas, secretos y demás palabras no dichas, emergerán del olvido y sacarán a relucir las diferencias, vacíos y tristezas de cada uno. Castro plantea su película desde los (des)encuentros familiares entre unos y otros y las pertinentes conversaciones que deberán mantener, para así reconciliarse o no, sacar lo que tantos años han guardado por miedo, inseguridad, por no lastimar a alguien o simplemente, porque las cosas parecen más tranquilas si no se habla de ciertos conflictos, pero sólo lo parece, en el fondo, más tarde o más pronto, nos enfrentamos a eso que intentamos inútilmente esconder y no mostrar. La película tiene ese regusto de drama familiar doméstico, como lo tenían aquellos clásicos de Hollywood de los cuarenta, aquellos en los que los conflictos familiares se desataban con virulencia enfrentando a los diferentes personajes, a cual más lleno de dolor e insatisfacción, aunque podríamos emparentarla, más por su contenido, con Celebración, de Winterberg, donde el testimonio de uno de los hijos, desataba un cisma familiar de órdago, de esos que remueven las aguas más tranquilas, dejando de vuelta y media esa apariencia familiar que sólo beneficia a aquellos que más daño han hecho.

Castro cimenta su película a través de un grandísimo plantel de intérpretes entre los que destacan Elvira Mínguez (que después de su Mata Hari en El elegido, vuelve a una madre dura, sufrida y de armas tomar) Lola Herrera (la abuela de la función, que intenta mediar entre madre e hijo, sacando a la luz algo de su pasado) Ruth Díaz (la hermana en plena crisis matrimonial que intenta situarse en su vida) Carles Francino (el cuñado que estalla explicando su ahogo y su falta de cariño) Antonio Valero (el padre comprensible y colaborador) y Nicolás Coronado (el hijo que decide dejarlo todo por su profesión, por la necesidad vital y humana de explicar al mundo el horror y la codicia humana sin límites). Castro hace de su sencillez su mayor virtud, utilizando una luz fría y suave, propia del ambiente familiar que se instala en la casa después de la decisión del joven de la familia. Todos, tantos unos como otros, se remueven en su interior, aceptan o no el camino que ha decidido Javier, aunque todos saben que ese hecho les afecta más de lo que desearían, llevándolos a lugares que no imaginaban que iban a llegar, y sobre todo, sacando a la luz todo aquello que no se atrevían ni siquiera a sentir.

La mano invisible, de David Macián

LAS MISERIAS DEL TRABAJO.

“Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más”

Simone Weil

¿Qué es el trabajo? ¿Para qué sirve? ¿Cómo el individuo se relaciona en ese ambiente? ¿En qué circunstancias trabajamos? ¿El trabajo dignifica a la persona o en cambio lo denigra? Esta serie de cuestiones y muchas más nos plantea una película que radiografía el sistema de trabajo de nuestros días. Una cinta que interpela directamente a los espectadores, a nuestra forma de ganarnos la vida en esta sociedad, y lo hace desde la sobriedad y la sencillez, sin discursos moralizantes ni algarabías disonantes, con un planteamiento desnudo, en el que su análisis sobre el trabajo y las miserias que lo estructuran resulta de una clarividencia brutal, en el que expone el sentido del trabajo en sí mismo, las relaciones laborales, y sobre todo, la oscuridad que encierra el ambiente laboral y su naturaleza, con ese patrón invisible (al que inevitablemente alude el título de la película) ese “Gran hermano” al que no vemos pero que todo lo ve.

La puesta de largo de David Macián (Cartagena, 1980) curtido cortometrajista que ha ganado premios tanto aquí como fuera, toma su inspiración en la novela homónima de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) escritor arraigado en la convulsa realidad que disecciona con maestría explorando los años oscuros del franquismo, la transición y los tiempos actuales en títulos como El vano ayer, que tuvo su continuación en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (llevada al cine por Francisco Espada) o La habitación oscura, obras que nos remiten al estado emocional de un país que derrocha apariencia y buenos modales, pero que en el fondo está asumido en un letargo de miedo, incertidumbre y desilusión sobre sí mismo y todo lo que le rodea. Macián que ha levantado el proyecto a base de crowfunding y en régimen cooperativista, plantea una película muy Brechtiana, es decir, desnuda, tanto en forma como contenido, en el que asistimos, como mencionan en la publicidad de la película, al “Espectáculo del trabajo”, es decir, 10 trabajadores realizan su actividad en un espacio escénico (de una gran nave industrial) mientras un público los observa, un personal que participará en la obra, primero abucheando o vitoreando, según le plazca, y más adelante, de una forma más activa.

Un lugar que recuerda al planteado por Lars Von Trier en Dogville, donde la ausencia de paredes y techos, convertían al espectador en un voyeur de todo lo que sucedía. Aquí, sucede algo parecido, observamos a los trabajadores desempeñar su labor, un trabajo que consiste en repetir hasta la saciedad (en este caso lo que dura la jornada laboral) su actividad: el albañil levanta una pared de ladrillos para luego derribarla, y vuelta a empezar, el carnicero despieza los animales y luego los lanza a la basura, la costurera hace piezas que vuelve a deshilachar, la operario de montaje igual, el mozo de almacén traslada constantemente las mismas cajas de un lugar a otro, la teleoperadora llama a futuros clientes, el mecánico desmonta el automóvil para luego volver a montarlo, la limpiadora limpia lo que todo el mundo ensucia, y el camarero sirve al público asistente, y finalmente, el informático teclea sin parar datos y más datos. Sin olvidarnos, del segurata que mantiene el orden establecido por los jefes. Macián nos cuenta su película despacio, primero, observamos, en el que todos y todo parece construir una especie de armonía tranquila, pero poco a poco, cuando los días van pasando (que nos van anunciando y de paso, nos presentan a cada uno de los empleados) se van resquebrajando las relaciones entre ellos, cuando la empresa va aumentando los ritmos de producción y poniendo a prueba la resistencia, tanto moral como física, de cada uno de los implicados, perdón, de los trabajadores.

Una película demoledora, incisiva y catártica, que no sólo representa la sociedad del trabajo, sino a todos nosotros, de la inutilidad de la mayoría de trabajos, y de la falta de humanidad en los centros de trabajo, en el que la competitividad, el individualismo y lo egocentrismo se han apoderado de todos nosotros, con el único fin de rendir al máximo y tener al jefe contento, no vaya a ser que me despida y deje de ganar la miseria que me paga, que por otra parte, no me ayuda a vivir con dignidad. El ajustado y magnífico reparto ayudan a que el conjunto respire tensión, emociones, y sobre todo, que entre ellos nazcan las inevitables disferencias y disputas (como también quedan escenificadas en las reuniones que tienen en las que descubrimos los intereses y posiciones de cada uno de ellos). Macián y su equipo exploran las costuras miserables del capitalismo, un orden establecido aparente que si escarbas descubres lo oscuro y la perversidad que encierra una estructura laboral construida sólo para el beneficio económico, aunque el trabajo y quién lo desempeñe, no sirvan de gran utilidad, si da dinero, ya vale, sólo eso, y nosotros, en medio de todo esto, creyéndonos el cuento, una fábula de que trabajando prosperaremos y todo eso, sin caer en la cuenta que valemos menos de un real y que nuestra vida se va en un trabajo vacío, que nos amilana como personas y nos convierte en seres deshumanizados que matamos por un trozo de pan o menos.

Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre

LAS FORMAS DE LA MÚSICA.

“Oh Providencia! Haz aparecer una sola vez ante mis ojos un día de alegría”.

Ludwig Van Beethoven

En un momento de la película, cuando la narradora e hilo conductor Mayla Roman habla con Zubin Mehta, el director de la orquesta, reflexiona sobre si el espectáculo de danza sobre la novena sinfonía de Beethoven podrían ser las formas de la música, aquellas que el genio podría haber imaginado, ya que cuando compuso la obra estaba completamente sordo. Mehta le responde que no lo había pensado, pero que podría ser. La cineasta Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) fogueada en equipos de dirección de nombres tan importantes como Berlanga, Patino, Saura, Almodóvar o Camus, y directora de una filmografía dedicada a las artes, entre las que destacan películas sobre el teatro, la música, el cine, y la danza, disciplina esta última que, después de un cortometraje, arrancó con El esfuerzo y el ánimo (2009) en la que reflexionaba sobre el legado de Maurice Béjart (1927 – 2007) sobre su compañía, unos meses después de su muerte, colaboración que se extendió a varios proyectos hasta finalmente la película Dancing Beethoven.

La película abarca todo el proceso creativo de un proyecto inmenso que aglutina dos grandes compañías, la compañía de Maurice Béjart y la compañía de Ballet de Tokyo, acompañados por la Orquesta Filarmoníca de Israel dirigidos por el prestigioso director Zubin Mehta, y la participación de un gran número de extras africanos, un espectáculo sobre la alegría, la esperanza y la fraternidad entre los pueblos, en el que encontramos la esencia y el espíritu de Béjart, bailarín y coreógrafo de gran prestigio, convirtiéndose en un auténtico revolucionario de la danza en el siglo XX, en el que resaltaban propuestas eclécticas, vanguardistas y la utilización de música contemporánea, creando una de las compañías de danza más prestigiosas del mundo compuesta por bailarines de múltiples razas en las que todos convergían en proyectos heterogéneos llenos de diversidad, humanismo y espectacularidad.

Aguirre utiliza un narrador en la figura de la actriz Mayla Roman (que es a la vez testigo desde fuera, y también, desde dentro, ya que sus padres fueron bailarines para Béjart, y ahora coreógrafos en su compañía) para mostrarnos todos los entresijos del espectáculo y sus procesos creativos desde la intimidad, a flor de piel, dejándonos llevar por los cuerpos en movimiento y la música que  acaparan el protagonismo de su película, aunque no se queda sólo ahí, el filme va más allá, y rebusca e interioriza en el alma de cada uno de sus principales participantes, manteniendo diálogos con ellos, en los que se reflexiona sobre la música de Beethoven, sobre su poder, alegría y belleza, y también sobre las ideas de humanidad y fraternidad del trabajo de Béjart,  sobre la capacidad del arte para combatir un mundo siniestro, vacío y horrible, y las vidas personales de sus integrantes, como influyen en su trabajo y en los conflictos interiores a los que tienen que enfrentarse en un trabajo tan exigente, pero tan gratificante a nivel humano.

Una película de estructura circular, como la propia idiosincrasia del espectáculo (arrancando en invierno en Lausana, sede de la Compañía de Béjart, siguiendo en primavera en Tokio y así sucesivamente hasta completar el ciclo estacional y vital, finalizando con su estreno)  que se suma a otras propuestas vivas y espectaculares, que también nos invitaron a viajar por los entresijos de los procesos creativos de la danza como La danza, de Frederick Wiseman, sobre el Ballet de la Ópera de París, o Pina, de Wim Wenders, en la que a través de un espectáculo (filmado en 3D) se reflexionaba sobre el legado de la gran Pina Bausch, entre otras. Aguirre ha construido una película sobria y contenida, de exquisita fotografía y encuadres llenos de pasión y belleza, que emana creatividad y esfuerzo, que es un canto, no sólo a la danza y a la música, sino también a la vida, a la energía de los seres humanos para vivir y superarse, a la fuerza de cada uno de nosotros para vivir la vida con todas sus alegría y tristezas, a aquello profundo de nuestra alma, a la inmensa capacidad de creación de todos nosotros, a la energía desbordante que tenemos, y sobre todo, a la inmensa alegría por la vida, el arte y las pequeñas cosas que nos hacen desear seguir hacia adelante a pesar del mundo en el que nos ha tocado vivir.


<p><a href=”https://vimeo.com/201832687″>DANCING BEETHOVEN Trailer Espa&ntilde;ol</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>