Vitalina Varela, de Pedro Costa

MEMORIA EN PENUMBRA.

“Trabajar con historias reales es difícil, pero se puede encontrar la forma. No es fácil para mí, pero es más interesante trabajar así, porque finalmente no son nuestras palabras, es más interesante descubrir un misterio en otra persona. Yo no escribí ni una sola palabra en Vitalina Varela”.

Pedro Costa

El cine de Pedro Costa (Lisboa, Portugal, 1959), busca una verdad a través de un misterio oculto, una verdad que se nos revelará a medida que avancen sus enigmáticas e inquietantes imágenes. Un cine que no solo funciona como catalizador de un espacio por el que se mueven unos pocos personajes, sino que va mucho más allá, un lugar-limbo, que no pertenece a este mundo, ni a ningún otro que conozcamos, sino que es un tiempo-espiritual, donde sus individuos forman parte de ese tiempo imposible de definir, un tiempo donde se funden varios elementos formando uno solo, como el pasado, su propia memoria, todo lo que dejaron, atrás, en su Cabo Verde natal, y el presente, malviviendo en casas ruinosas de barrios periféricos de Lisboa. Personajes casi sin rostro, de nulas palabras, vestidos de negro, cuerpos que apenas se desplazan, despojados de la vida, de su humanidad y dignidad, seres que transitan como espectros alumbrados por mínimos resquicios de luz, es en esa penumbra, que hablan el criollo, una mezcla de su idioma africano y el portugués, donde Costa define su universo, donde el tiempo se detiene, se torna imperceptible, y la noche se convierte en el único aliado de ese espacio invisible y oculto, y los movimientos y desplazamientos de los personajes por ese entorno es lento, casi inamovible, como si cada paso costase la vida, donde todo permanece quieto, sin tiempo, sin lugar, sin vida, sin nada.

Después de un período inicial, en el que Costa configura una filmografía más convencional, en el que ya vislumbra temas que le acompañarán después, como los inmigrantes caboverdianos, filmados a partir de la austeridad, tanto narrativa como formalmente, será a partir de En el cuarto de Vanda (2000), donde recogía la cotidianidad, filmada en digital, de una yonqui del desparecido barrio de Fontainhas, donde encontrará los elementos cinematográficos que tanto andaba buscando, un lugar en descomposición, vacío y en penumbra, donde todas las almas a la deriva y sin esperanza, acaban instalándose, rodeados de precariedad y deshumanización, transmitiendo toda esa verdad y honestidad que la cámara de Costa recoge con paciencia y austeridad, en el que se tropezará con la figura de Ventura, un inmigrante caboverdiano que protagonizará su siguiente película Juventud en marcha (2006), y también, será eje principal de Caballo Dinero (2014), en el que repasaba la memoria de Ventura.

En Vitalina Varela, la mujer que conoció mientras preparaba Caballo Dinero, sigue indagando en la memoria, en la que encierran múltiples vidas, las vividas y las que no, a partir de la figura de Vitalina, una mujer que, después de veinticinco años sin ver a su marido, que emigró a Portugal a finales de los setenta, llega desde Cabo Verde, tres días después que Joaquim, su marido, haya muerto. La película se abre con un sobrecogedor momento con la llegada de Vitalina a Portugal, y desciende del avión, dejando un reguero de agua bajo sus pies descalzos, y topándose con una mujer que le recrimina que debe volverse, porque su marido ya ha muerto, pero la mujer continua caminando, perdiéndose en la oscuridad. Lo que viene después, es el retrato de Vitalina, instalada en casa de Joaquim, rodeada de desconocidos y hostilidad, y sumergida en su memoria, aquella que vivió junto a Joaquim, la que vivió sola en Cabo Verde, y ese presente, donde se desplaza en penumbra por un barrio miserable, otro de esos que se ocultan en la periferia de Lisboa, tanto física como emocionalmente, en la que se topará, no solo con sus recuerdos, sino también, con sus reproches al muerto, como hacía Carmen, la viuda de Mario en la novela “Cinco horas con Mario”, de Delibes, donde hacía recuento de todo lo vivido y experimentado.

En ese tiempo de memoria, de pasar cuentas, las del muerto y las suyas propias, Vitalina conocerá a Ventura, aquí convertido en párroco, un sacerdote que regenta una iglesia sin fieles, un cura que ha perdido la fe, que anda como alma en pena sin consuelo, un hombre de Dios que nos recuerda al joven cura de Diario de un cura rural, de Bresson, o aquel otro, el que protagonizaba Los comulgantes, de Bergman, representantes de Dios, imbuidos en sus faltas de fe, incapaces de gestionar una realidad demasiado fea y violenta para predicar ante Dios. Costa se toma su tiempo para retratarnos a Vitalina, su entorno y su memoria, todo se cuenta desde el alma, desde lo invisible, utilizando la ficción como mero vehículo para modelar su historia, reescribiendo con la cámara todo aquello que conoce de la realidad de la mujer, su tiempo y su memoria. Los actores no profesionales convertidos en personajes-modelos, a la forma bressoniana, interpretan sus vidas, muestran su naturaleza, huyendo de esa idea falsa del necesitado bueno, y yéndose hacia la idea de Buñuel con sus olvidados, que no necesariamente la miseria le hace a uno bondadoso. Costa retrata la complejidad de la condición humana, tanto su lado agradable y bondadoso, como su lado tenebroso y violento.

Costa ha vuelto a construir un relato inmenso, lleno de matices, ejemplar en su ejecución, y brillante en su forma y fondo, con la magnífica luz de Leonardo Simôes, con esos encuadres que recuerdan la pintura de Zurbarán, donde el rostro se iluminaba entre claroscuros, que registra toda esa penumbra convertida en soledad y desesperación, con unos personajes transmutados en fantasmas, ya no solo de sí mismos, sino de un tiempo y una memoria que ya no reconocen, que no sienten suya, porque la inmigración y las penurias devastadoras en sus existencias, los han llevado a una invisibilidad demasiado pesada, densa y borrada, en la que Vitalina Varela, premiada con la mejor interpretación del prestigioso Festival de Locarno, con su rostro poderoso, donde podemos observar todas sus huellas y grietas de su vida, con esa mirada profunda y rasgada por el tiempo, por tantos años sola y de difícil vida, erigiéndose como esa mujer sin consuelo, derrotada, pero también, fuerte y valiente, llena de recuerdos amontonados de unas vidas que se quedaron en el camino, sumergida en todas las huellas y sombras que ha dejado su difunto marido, e inmiscuida en su propio proceso de duelo, en ese tiempo de decir adiós, en el lugar donde vivió y murió el ausente, envuelta en sus objetos y cosas, en ese tiempo sin tiempo, en esa memoria sin fisicidad, en unas figuras humanas convertidas en meras sombras de su frágil, agrietada e incómoda memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A Land Imagined, de Yeo Siew Hua

LOS QUE NUNCA DUERMEN, LOS QUE NUNCA SUEÑAN.

“¿Acaso el sueño no es el testimonio del ser perdido, de un ser que se pierde, de un ser que huye de nuestro ser, incluso si podemos repetirlo, volver a encontrarlo en su extraña transformación?”

Gastón Bachelard

A principios del verano del año pasado, leía una noticia escalofriante, una noticia que hablaba del elevadísimo índice de mortalidad de obreros en las construcciones del Mundial de Fútbol de Qatar 2022. Más de 1400 fallecidos de países como Nepal, India y Bangladesh. Víctimas invisibles y olvidadas, producidas por las condiciones miserables de trabajo, necesitados y explotados por la codicia y avaricia humana por construir y generar cantidades ingentes de dinero. Vidas casi espectrales, vidas sin vida, vidas ensombrecidas, esas vidas son las que pululan por la segunda película de Yeo Siew Hua (Singapur, 1985), después de su experimental In the House of Straw (2009), en la que el cineasta viste de thriller de investigación, drama realista social y realismo mágico, un relato nocturno, repleto de almas en suspenso, lleno de heridas emocionales, en un espacio singular y fascinante, una de las áreas industriales de Singapur, donde la realidad o lo tangible ha desaparecido, dando dado paso al espejismo, a lo artificial, con acciones surrealistas como traer tierra de países colindantes como Malasia, Laos o Vietnam, para seguir ganando terreno al mar, y construir en esos islotes falsos, donde la línea de la playa es asquerosamente recta, edificios mastodónticos donde albergar ejecutivos o turistas.

Un espacio artificial por donde inmigrantes chinos, bangladenses o de otras regiones necesitadas, se mueven trabajando en condiciones infrahumanas de sol a sol, explotados hasta la extenuación, descansando en cuchitriles que más se parecen a zulos, donde se hacinan trabajadores, o más bien esclavos, que no consiguen dormir y deambulan por las noches sin fin, de aquí para allá, o como hace el protagonista, inventarse identidades falsas mientras chatea en un cibercafé, quizás lo más real y auténtico que tengan sus existencias. Yeo Siew Hua se mueve en un relato marcadamente noir, hipnótico, con esa atmósfera inquietante y cotidiana, casi de ciencia-ficción, con esa luz asfixiante y bellísima obra del cinematógrafo japonés Hideo Urata, construyendo una trama con saltos en el tiempo y onírica, en un misterio que nos va encerrando, con ese policía veterano, que también padece insomnio, como el desaparecido que busca, que se desplaza entre lo real y onírico, como si nada, en un ejercicio absolutamente brillante de clarividencia narrativa, y asombroso domino de la narración, como del entramado visual, con esos neones convertidos en un elemento esencial de este tipo de películas asiáticas, creando esos espacios reales, pero a la vez irreales, en el que sueñan los protagonistas, o sería mejor decir, en el que intentan soñar, o mantienen pesadillas, porque esa realidad mugrosa y sucia en la que viven se lo impide.

Los días son ruidosos, dentro de ese aparato industrial de tierra, máquinas ensordecedoras y empleados de aquí para allá (un espacio que recuerda al filmado en El desierto rojo, de Antonioni, donde la industria y la máquina, acababan absorbiendo al humano), pero en cambio, las noches son otro cantar, las noches es tiempo de lo posible, de soñar con otra identidad en el mundo virtual tecleando compulsivamente un ordenador, bañarse en las aguas con una mujer inteligente, o simplemente, tumbarse en una arena, de vete tú a saber de dónde viene, mirando las estrellas, imaginándose con esa vida-espejismo que nunca tendrás, pero en los sueños, sí. El cineasta singapurense juega a la doble mirada, el día y la noche, lo real y virtual, el trabajo y los sueños, incluso, con los hechos, en los que abre un inquietante acertijo en el que desconocemos si algunos de los hechos que nos cuentan han sucedido realmente o no, en ese especie de limbo donde habitan y se pierden los personajes.

Una trama policial excelentemente narrada, como lo hacían los Carné, Renoir, Hawks o Huston, y tantos maestros del noir, de ese género esencial para hablar de los males de las sociedades, con sus alegrías y tristezas, sus injusticias y pocas verdades, con esos tipos perdidos, a la deriva, sin nada y sin nadie, torpedeados por la vida y por un futuro demasiado incierto, que todavía no ha llegado, almas sin sombra, que siempre buscan a alguien, o quizás, ese alguien que buscan sea una mera excusa para seguir adelante, o tal vez, al que busca, tiene demasiados cosas en común con él, y lo busca, no para localizarlo, sino para verse en él, para compartir algunas cosas en las que se parecen, para encontrar un espejo que soporte una realidad demasiado negra. El excelente reparto encabezado por el veterano actor singapurense Peter Yu, dando vida al poli o lo que queda de él, bien acompañado por una fascinante Luna Kwok, la actriz china que da vida a la enigmática empleada del cibercafé, y Xiaoyi Liu, intérprete chino que hace de Wang, y Ishtiaque Zico, el inmigrante de Bangladesh desaparecido.

A Land Imagined tiene el aroma de esa luz cálida, colorida, penetrante, asfixiante e inquieta que escenifican muchas de las películas chinas de la última hornada, como las de Bi Gan, Hu Bo, Diao Yinan, Jia Zhangke o Wang Xiaoshuai, cine de aquí y ahora, que nos habla de las consecuencias personales, cotidianas e íntimas de las transformaciones estructurales, económicas, sociales y políticas de China y alrededores, donde lo humano ha desaparecido para dejar paso a una economía devastadora, opulenta y catastrófica, de pura explotación, que nunca tiene suficiente, siempre sigue (re)inventando las ciudades en pos de cambiarlas, transformarlas en centros de producción económica, que genere dinero y trabajo, eso sí, trabajo precario, esclavo y explotado, que realizarán inmigrantes, gentes invisibles que no tienen derecho, que les sustraen el pasaporte, chantajeados con la repatriación, desaparecidos si la ocasión se tercia, anulados como personas, y vapuleados en pos de un progreso que más tiene que ver con la autodestrucción de la humanidad que con otra cosa, donde el humano se ha sustituido por la máquina, por el beneficio económico, en que el mundo va de cabeza a la extinción, a la nada absoluta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Eloy Enciso

Entrevista a Eloy Enciso, director de la película “Longa noite”, en el Soho House en Barcelona, el lunes 2 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Enciso, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaria y Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Longa Noite, de Eloy Enciso

LA LARGA NOCHE FRANQUISTA.

“Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”.

Jean-Marie Straub

En la obra teatral Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinistierra, que a su vez hacía referencia a Terror y miseria en el Tercer Reich, de Bertolt Brecht, se hacía un retrato cotidiano de los años de la posguerra, a través de nueve piezas, en el que nos adentrábamos en las existencias difíciles y durísimas de los vencidos y aquellos que apoyaban el régimen, todo contado con una crudeza e intimidad que helaba la sangre. El cineasta galego Eloy Enciso (Lugo, 1975) ya había dejado síntomas de su talento narrativo y formal en películas como Pic-nic (2007) en el describía con acierto y crítica el llamado “tiempo libre” de unas personas en una playa en pleno mes de agosto. Con Arraianos (2012) nos situaba en un pequeño pueblo perdido en las montañas de la frontera entre Galicia y Portugal, para describirnos un mundo mágico, sincero y cotidiano, entre la verdad y el sueño, protagonizado por los mismos habitantes.

Ahora, y siguiendo el marco que proponía en su obra Sanchis Siniestierra, se adentra en aquel primer franquismo, aquel que abarca del año 1939 al 1953, para contarnos la vuelta de un represaliado de nombre Anxo a su pueblo en la montaña, a través de tres capítulos o partes, en un camino con el que se cruzará a diferentes personajes en su cotidianidad, unos vencidos y otros vencedores,  como un hombre y una mujer pobres que piden en la puerta de una iglesia, una viuda que no quiere recordar, un comerciante que emigra, un prisionero republicano que describe su calvario, un comerciante con ideas liberales, o una señora en una estación con un discurso de derrota, o el alcalde populista y demás historias de exilio, miedo y represión de aquella España rota y desangrada. Todo articulado a través de diálogos basados en textos de autores como Rodolfo Fogwill, Max Aub, Alfonso Sastre, José Mª Aroca, Luis Seoane, Ramón De Valenzuela, Marinhas del Valle, Ángeles Malonda, divididos en los tres bloques anunciados. El exilio sería el primero, el segundo abarcaría aquellos que se quedaron, los que sufrieron la venganza y la represión franquista, y finalmente, en el tercer tramo, escucharemos las cartas de prisioneros y prisioneras que envían a sus familias y amigos desde la cárcel.

Enciso realiza un bellísimo y aterrador viaje hacia las profundidades del franquismo, a través de la figura de Anxo, que lentamente se irá convirtiendo en ese fantasma envuelto entre la bruma y la espesor del bosque de los espectros, de aquellos olvidados, de los que ya no tienen voz, de los desaparecidos, de todos los que perecieron ante la crueldad franquista. Una película poética, sincera e íntima que evoca aquellos años para entender los actuales, para analizar desde el prisma cotidiano de tantas personas ejecutadas y perseguidas, lanzando una mirada llena de amargura y soledad de cómo se construyeron los cimientos del estado actual, a partir de tantos olvidos, desaparecidos y crueldad. La exquisita y hermosísima luz de Mauro Herce, cinematógrafo indispensable en el cine gallego actual más crítico y audaz, nos envuelve de ese aroma cotidiano del aquí y ahora, a través de la sinceridad y la dureza de unos rostros perdidos y rotos, y unos espacios que van desde la más absoluta cotidianidad urbana, con esa luz apagada y cruda, para lentamente adentrarnos en la naturaleza y en ese bosque perdido, con esa luz más artificial y espectral, con ecos a la luz que hizo Teo Escamilla para Feroz, de Gutiérrez Aragón, donde parecen encontrarse todas las almas torturadas y olvidadas.

El penetrante y suave montaje de Patricia Saramago (habitual del cine de Rita Azevedo Gomes o Pedro Costa) que sabe captar esa armonía que tanto necesita una película que no solo muestra rostros y cuerpos sino que abre la puerta para que nos adentramos en las almas y conciencias de sus personajes, y sobre todo, en todo aquello que han perdido y jamás volverá. Y qué decir de la conmovedora y sensibilidad de las interpretaciones de este grupo humano que encarnan a los personajes, reclutados entre los grupos de teatro aficionados gallegos, de gran tradición en Galicia, que construyen unas miradas, rostros y diálogos desde la verdad, desde lo más profundo, y desde lo poético. Enciso recoge el aroma de las películas del este como el cine de Klimov o Tarkovski, como ese viaje por el río donde nos adentramos en otro mundo, en otra dimensión, cruzando esa frontera, tanto física como emocional, donde el agua y el sueño se confunden para crear un espacio espectral y poético, con aquel aroma de viaje-pasado-sueño que podemos ver en el Carlos Saura de La prima Angélica, en el cine de Theo Angelopoulos de La mirada de Ulises, el de Pedro Costa de Cavalo dinheiro (2014) el de Apichatpong Weresethakul de Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) o el de Bi Gan en Largo viaje hacia la noche (2018) con resonancias evidentes con la película de Enciso, en la que sus personajes volvían de manera física y emocional a aquellos momentos de su memoria que siguen vivos en su interior.

Enciso vuelve no solo a la memoria de unas gentes sino a toda la memoria de un país, evocando aquellos años de oscuridad, con una película evocadora, de rescate, de mirar al pasado, a nuestro pasado, siguiendo a Anxo, a alguien que no habla, que no emite palabras, porque quizás ya no quedan, que entrega una carta, convertido en testigo de todo, en una voz y cuerpo de tantos otros que ya no están. El cineasta galego ha construido una obra de gran calado cinematográfico, envolviéndonos en aquellos años de terror y miseria del franquismo, evocando aquellos fantasmas olvidados, aquellos fantasmas tan presentes en la actualidad, aquellos muertos sin dignidad, tantos y tantos que murieron en el olvido, abocados a la fosa del olvido, que siguen violentando un presente demasiado ensimismado en sí mismo, aterido de frío, incapaz de mirar al pasado y rendir cuentas de todo aquello, a mirarse en aquel espejo de violencia y muerte y no sentirse cobarde y ciego ante tanta injusticia cometida, donde la película de Enciso se erige en una película de recuperación y memoria, sobre la dignidad de tantos, sobre lo que fuimos y somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ray & Liz, de Richard Billingham

HOGAR, AMARGO HOGAR.

Richard Billingham (Birmingham, Reino Unido, 1970) creció en la periferia de Birmingham, en la zona industrial de los Midlands occidentales, denominado  Black Country, en aquellos años de férrea y miserable política del thatcherismo, donde muchas familias obreras sucumbieron al desánimo y la austeridad como forma de vida, a la fuerza ahorcan. Con 18 años el joven Richard cogió una cámara de fotos y empezó a documentar todo aquello que vivía en su casa, con un padre alcohólico y una madre adicta a los puzzles y al tabaco, en medio de una miseria desbordantes, sin ninguna perspectiva de mejora, sino todo lo contrario. Unas fotografías que además de valerle al joven Richard una vía de escape, lo llevaron a ser reconocido y una carrera dedicada a la fotografía, muy bien acompañada de material audiovisual en forma de cortos y mediometrajes donde sigue retratando a su familia, los zoológicos de todo el mundo y el paisaje británico. Ray & Liz es su primer largo de ficción, basado en dos episodios de su infancia y adolescencia. Billingham estructura su película autobiográfica en tres tiempos. En uno vemos a un maduro, enfermo y hecho pedazos Ray, que pasa su tiempo alcoholizándose y tirado en la cama. En el segundo, a comienzos de los ochenta, vemos a Richard con 10 años, su hermano pequeño 2 años, y el incidente con su tío Laurence. En el segundo, Richard tiene 16 años y Jason 8 años.

El cineasta británico compone un relato austero, ya desde el formato de la imagen con ese 16mm, llenando el encuadre cuadrado de 4:3 de las miradas y los cuerpos de sus protagonistas, en un primer tercio donde el hogar parece indicar que las cosas funcionan aunque no del todo, ya en el segundo período el deterioro físico y moral es evidente, con unos padres a la deriva total, inmersos en su cotidianidad miserable y anodina, consumiendo alcohol, perdiendo el tiempo con menudencias, descuidando a sus dos hijos, sobre todo al pequeño Jason, que se siente desamparado y muy perdido, encerrados en el pequeño pido, auto encarcelados y arrastrándose por una existencia muy mísera y pobreza, rodeados de suciedad, animales y objetos mugrientos, con ese aspecto de hedor insoportable y basura por doquier. Billingham apenas nos muestra el exterior, y cuando lo hace, nos enseña un barrio como otro cualquiera, casi siempre nublado, donde la vida y sobre todo, la felicidad han decidido pasar de largo, donde todo se mueve por inercia, sin nada que hacer y soportando los días como una losa aplastante.

A pesar de tanta miseria moral y física, la película tiene algún resquicio de poesía o luz, de la mano de Jason, que encuentra un amigo salvador, una mano tendida que le dé algo de aire dentro de ese pozo oscuro y aterrador que es la vivienda con sus padres, aunque esos momentos son nimios, porque estas dos almas han sido despojadas de una vida acorde con sus edades, una vida cálida y compañía, una vida muy alejada de la que viven diariamente, en la que han sido abandonados como náufragos a su suerte, perdidos en esa maraña y desierto que es la relación con sus padres, con esos seres desconocidos en los que se han convertido, tan alejados de ellos como dos espectros que se desplazan sin más por ese hogar amargo y siniestro, mendigando unas pocas libras para seguir ahogándose en su incapacidad y miseria moral y física, porque la verdadera tragedia de Richard y Jason es que quieren huir de su casa para ser no vivir con dignidad, sino para ser ellos mismos, alejados de unos padres ausentes, ahogados en su miseria y perdidos en sus adicciones.

Billingham construye su relato imponente y magnífico a través de los silencios, de un minimalismo brutal, con unos encuadres brillantes que saben captar todo ese desaliento irrespirable en esas cuatro paredes, donde los planos detalle abundan y describen con minuciosidad los gestos y rostros ajados, rotos y agrietados de los padres, esos Ray y Liz envueltos en su miseria que arrastran a sus dos hijos, lanzando gritos de horror para seguir manteniendo una existencia sucia, durísima y agujereada. Las imágenes crudas y naturalistas de la película nos retroceden a las primeras películas de Loach o Frears, o esos ambientes “working class” de muchas obras de Mike Leigh, y sobre todo, a las películas de Terence Davies como Voces distantes (1988) con una estructura similar, donde dese el presente se recuerda ese pasado doloroso, sombrío y con algo de felicidad, aunque solo sea mínima, porque la mayoría de recuerdos sean tan duros y amargos, en los que destaca la enorme capacidad interpretativa del reparto, desde su físico, su ropa, sus gestos, miradas y su manera de desplazarse, incluso dormir, deviene todo ese ambiente de miseria en el que vivían o simplemente existían.

Un retrato familiar sin concesiones y malabarismos dramáticos, muy acorde con el trabajo fotográfico, un retrato que hace Billingham sin dejarse nada fuera, describiendo su extrema crudeza, tan real, tan cercana, sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, con esa cámara escrutadora, testimonial y observadora que refleja la realidad diaria, la descomposición y la falta de aire, y lo hace desde la sinceridad y la honestidad del que retrata aquello que conoce, aquello que ha vivido, aquello que ha respirado muy a su pesar, pero no lo hace desde la venganza, desde el reproche, sino desde la distancia prudente, sin caer en el panfleto o la condescendencia, desde la altura de un chico de 10 y 16 años, desde alguien que conoció ese mundo irreal, doloroso y pobre, desde la perspectiva del que quiere huir como sea de ese hogar, por llamarlo de laguna forma, de ese espacio mugroso y miserable que le había tocado en suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Placer femenino, de Barbara Miller

ROMPER LAS CADENAS.

“No conocemos ninguna religión que no discrimine (…) En ninguna de ellas a la mujer se le ha reconocido su libertad individual”.

Amelia Valcárcel

Deborah Feldman es una estadounidense que creció en el seno de una comunicada judía ortodoxa, obligada a casarse, cuando nació su hijo, rompió con su familia y su religión, y huyó para ser libre y ayudar a otras mujeres oprimidas. Vithika Yadav es una india que nació en el seno del hinduismo, aunque ella pudo casarse por amor, y ahora lucha para concienciar a las mujeres, a no permitir matrimonios forzados, y a los hombres, para que respeten a las mujeres. Leyla Hussein es una somalí criada en una familia musulmana a la que practicaron ablación, ahora, su activismo le ha llevado a ser una voz contra esas prácticas salvajes que mutilan sexualmente a las mujeres. Rokudenashiko es una artista japonesa nacida en una familia sintoísta-budista, aunque ella vive en libertad y protesta con su trabajo a una sociedad que mercantiliza el cuerpo de la mujer y la juzgó por obscena por hacer expresiones artísticas sobre su vagina. Y finalmente, Doris Wagner que creció en una familia protestante-católica de Baviera, ingresó como monja, sufrió abusos sexuales por parte de su superior, y ahora, lucha contra esos abusos e insta a otras a denunciarlos.

Cinco mujeres, cinco relatos, cinco maneras de luchar contra lo establecido, cinco miradas contra la opresión, cinco mujeres contra las formas arcaicas y patriarcales de las diferentes religiones del mundo, cinco dogmas que oprimen y encadenan a las mujeres, a someterlas en pos de Dios. La directora Barbara Miller (Zurich, 1970) dirigió en el 2012 Voces prohibidas, en la que documentaba a tres mujeres que utilizaban internet para denunciar la falta de libertad de expresión en sus países. Ahora, se sumerge en estas cinco mujeres activistas, liberadas y libres que han roto con su pasado, su familia y su religión y han empezado una nueva vida, una vida en la que continúan alzando su voz contra el machismo religioso, contra aquellos que oprimen y someten a las mujeres utilizando la religión como mecanismo. La película sigue su historia, de dónde vienen y hacia adonde van, y lo hace desde su intimidad, desde lo más profundo de su ser, desde sus emociones, y documentando su cotidianidad de lucha, de protesta y de activismo libre y decidido, realizando diferentes acciones, ya sean desde su trabajo o su compromiso social por y para las mujeres, y cómo no, concienciando también a los hombres, y a los más jóvenes, creando con muchísimo esfuerzo caminos diferentes a los establecidos, mirando de formas diferentes y sobre todo, provocando acciones de respeto hacia las mujeres, hacia sus cuerpos, hacia su sexualidad.

Miller explica con honestidad y veracidad la realidad de estas cinco mujeres, registrando los innumerables muros de intransigencia y fascismo que se encuentran diariamente, y todos sus procesos de liberalización que las ha llevado a sufrir amenazas, insultos, y violencia por parte de familiares, amigos y demás afines a la religión que criticaban con dureza, aunque, esos procesos no las han amilanado, las ha hecho más fuertes, más firmes en su decisión y su actividad, dotándola de más importancia y necesidad para alimentar y liberar conciencias encadenadas en la radicalidad y los convencionalismos religiosos, sociales y culturales. La cineasta suiza no construye ningún ejercicio manierista y mucho menos panfletario del problema de la sexualidad femenina en el mundo, sino que nos habla desde la intimidad y la profundidad de estas cinco mujeres que un día dijeron basta y alzaron su voz contra la injusticia religiosa, contra los hombres malvados y contra tantas leyes religiosas patriarcales, que un día se pusieron a caminar en otra dirección, a pensar y sentir para ellas y no para los demás.

Un documento sencillo, veraz y admirable, construido desde la sencillez, desde el alma, desde estas cinco voces femeninas que se pusieron de pie, que reivindican su sexualidad, su libertad y el respeto hacia los demás, que se sigue con intensidad e interés, sin trampa ni cartón, que logra hacernos reír, conmovernos y sobre todo, concienciarnos, haciéndonos reflexionar sobre las estructuras religiosas y su funcionamiento, y cómo no, nos hace mirar a las mujeres de formas muy distintas a las establecidas, mirándolas a sus rostros, a sus cuerpos, a su sexualidad, y su liberalización, tanto como personas como mujeres, sumergiéndonos en sus reivindicaciones, en su continua lucha y en sus armas poderosas, alzados contra todos y todo, contra viento y marea, haciendo de su sexualidad y sus cuerpos una forma de lucha para igualarlos con los de los hombres, reivindicando el mismo trato, las mismas miradas, guiándonos sobre todo a una sociedad justa, solidaria y humanista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/322816511″>#PLACER FEMENINO Trailer Subtitulado al espa&ntilde;ol</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA.

En el universo creado por el cineasta Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, Colombia, 1981) se mueven personajes doloridos, seres en tránsito, almas a la deriva que buscan un objeto o un lugar, algo que les proporcione algo de ilusión a una vida errante, descorazonada y fallida. Recordamos a Mañe, el desempleado que ha perdido una pierna y entabla un viaje y una amistad con el sillero que lo transporta en La sombra del caminante (2004). Ignacio, el juglar que emprende un último viaje por el norte del país para devolver el acordeón a su mentor en Los viajes del viento (2009). El karamakate último superviviente de su estirpe que entabla amistad y comparte viaje con Evan, el etnobotánico alemán que busca una planta que ayuda a soñar por el Amazonas del primer tercio del siglo XX. En su cuarto trabajo, en la codirección con Cristina Gallego (Bogotá, Colombia, 1978) su productora en sus tres primeros filmes, que debuta como directora, emprenden un viaje por la Guajira, por los territorios y desiertos del extremo norte de Colombia, en un relato que se inicia en el año 1968 y abarca hasta el 1980, una narración que dividen en cinco cantos, cinco episodios en lo que nos cuentan la peripecia de Rapayet y su familia, que dejan de ser ganaderos para convertirse en narcotraficantes de marihuana, son los años hippies y los “gringos” jóvenes norteamericanos buscan nuevas sensaciones.

La película arranca de un modo antropológico, casi como una película de Rouch, narrando al joven Rapayet enamorado de la bella Zaida y la búsqueda de la dote para desposar a la joven, con ese poético y enérgico baile donde Zaida se presenta en sociedad a los suyos, los indígenas Wayuu. Después de ese intenso prólogo, Rapayet se asocia con su amigo Moisés y emprenden un viaje para negociar con Moisés, primo de Rapayet y dueño de un gran territorio de cultivo de marihuana. Así, con transacciones pequeñas que irán rápidamente en aumento, comenzará su negocio de narcotráfico. Amparado y guiado por su familia y su suegra, la impertérrita Úrsula, y su tío, el palabrero wayúu Peregrino, amasan una gran cantidad de dinero y van creando un imperio entre las dos familias, el productor de marihuana, y Rapayet y los suyos, los tratantes con los estadounidenses. Aunque, las cosas se tuercen y el tiempo irá recolocando a cada uno en su sitio, porque el negocio del narcotráfico no conoce amigos eternos ni tampoco confianzas profundas.

Gallego y Guerra han construido una película bella y dolorosa, una cinta sobre la familia, la amistad, la codicia y el vil metal, que llamaba Galdós al dinero, ese objeto que revienta la conciencia más pura y noble, que se convierte en la bestia que acaba llevándose a todos por delante sin remedio. Los cineastas colombianos filman el paisaje de manera brillante y poética, espacios de la Guajira en el que los personajes se mueven entre las costumbres y tradiciones de los ancestros, donde las palabras, los gestos y las formas definen sus orígenes y caracteres, y su nueva forma de ganarse la vida, la marihuana como centro de todos los bienes y males de sus vidas, en el que todos los miembros de la familia parece no moverse al mismo son, o podríamos decir en el mismo canto, cinco cantos que repasan la crónica de la ascensión y caída de una familia colombiana dedicada al narcotráfico, una narración clásica, como viene siendo costumbre en el cine de Ciro Guerra, en el que nos sumergen en los orígenes del narcotráfico en un país condicionado por esa circunstancia, un país abocado a una violencia sin sentido por culpa del narco, de la avaricia de tantos por conseguir ser otros, alcanzar la cima en una montaña de cadáveres.

La película no oculta sus referencias cinematográficas, sino que las acoge de manera sencilla y natural, huyendo de la simple copia para adentrarse en el espejo donde mirarse,  como una sombra que planea por sus espacios y emociones como El padrino, muy hermanada con la ella, en que el negocio negro es llevado por una gran familia, o Érase una vez en América, en el que unos jovenzuelos sin oficio ni beneficio logran convertirse en los gánsteres del alcohol durante la prohibición, y cómo ese poder y dinero los lleva hacia lugares muy oscuros, o Uno de los nuestros, en los que las terribles distensiones entre unos y otros provoca una serie de guerras internas y externas que llevan el negocio al traste, todas ellas mitos del cine gansteril. El formato de 35mm donde el cinematógrafo David Gallego, que repite después de El abrazo de la serpiente, logra capturar las dimensiones del paisaje, y la cercanía de todo lo malsano que recorre el alma de los personajes, y el estupendo montaje de Miguel Schverdfinguer (colaborador de Lucrecia Martel) que nos lleva por un ritmo in cerscendo, en que todo arranca con risas e irá torciéndose en lágrimas. Un buen reparto que mezcla actrices emergentes de la televisión colombiana como Natalia Reyes dando vida a Zaida, o nuevas figuras como José Acosta como Rapayet, la grandísima interpretación de Carmiña Martínez, gran dama del teatro colombiano, como la pérfida Úrsula, con actores naturales como José Vicente Cotes dando vida al tío palabrero.

Gallego y Guerra se manejan con naturalidad y aplomo en una película que nos habla de tradiciones y costumbres heredadas desde la noche de los tiempos, y cómo los negocios que parecen inofensivos en sus inicios acaban derivando en funestas derivas que nada ni nadie puede parar, como la violencia innata en cada uno de los personajes hará acto de presencia y provocará un gran estadillo de salvajismo y sangre. Los 125 minutos de la película vuelan con gran precisión y aplomo de la narración, donde los directores colombianos logran sumergirnos en un viaje emocional y muy físico por el paisaje de la Guajira sin embellecernos la mirada, ni tampoco sentimentalizar sus momentos, ni mucho menos una cinta arquetípica de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, sino una película magnífica, brutal y humana sobre la familia, el capitalismo salvaje y la animalidad que anida en cada uno de nosotros, en la que algunos no tienen suficiente y les llena de rabia y maldad su codicia sin fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maria Mauti

Entrevista a Maria Mauti, directora de la película “L’Amatore”, en su vivienda en Barcelona, el jueves 22 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Mauti, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Aymar del Amo de Zucre Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia, y a Ciro Frank Schiappa (Cinematógrafo de la película) por la imagen que encabeza esta publicación.

Entrevista a Xacio Baño

Entrevista a Xacio Baño, director de la película “Trote”, en el marco de L’Alternativa 25. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del CCCB en Barcelona, el miércoles 14 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xacio Baño, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de La Costa Comunicació, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Guillaume Senez

Entrevista a Guillaume Senez, director de “9 meses”. El encuentro tuvo lugar el martes 7 de marzo de 2017 en la sala de cine del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillaume Senez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño.