Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát

LA DOBLE VIDA DE MARTA.

“El Big Bang, el universo, todos nosotros aceptamos estas cosas como un inmenso y excepcional misterio que nos rodea. En realidad, todos formamos parte de este misterio, pero desde dentro del microcosmos de nuestra propia consciencia”.

En el 2017, la película húngara En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi, distribuida también por Karma films, capturaba de forma delicada y sobria un imaginativo relato romántico con dos seres grises y anodinos que compartían el mismo sueño en el que eran dos ciervos macho y hembra. Su elegante composición formal y el excelente trabajo de sus dos intérpretes, la hizo convertirse en uno de los títulos sorpresa de la temporada. Ahora nos llega otra película del país magiar, de título larguísimo, Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát (Budapest, Hungría, 1982), una directora que ya hizo una primera película con East of the West (2015), la historia de una joven pareja que vive en la periferia y lucha para recuperar la custodia de la hija.

Con su nuevo trabajo nos sumerge en un sofisticado y apasionante misterio que protagoniza Marta Vizy, una prestigiosa neurocirujana de 40 años, que después de un encuentro con Janós Drexler, otro neurocirujano, en New Yersey, EE.UU., del que se enamora perdidamente, lo deja todo y vuelve a Budapest en su búsqueda. La directora húngara nos sitúa en la existencia y psique de Marta, y sobre todo, en su enigmática mirada, en su mundo, un universo que fusiona realidad e imaginación, en una película que conjuga de forma sencilla y brillante lo romántico con el thriller, siguiendo la estela de películas como Vértigo, de Hitchcock, y La doble vida de Verónica, de Kieslowski, incluso con Repulsión, de Polanski, en algunos aspectos de narrativa y composición, donde todo lo que vemos, vivimos e intuimos, lo hacemos a través de sus protagonistas con esa sombra de duda que constantemente nos sobrevuela, si las situaciones que siente y cree haber vivido la protagonista han sucedido o no.

Tenemos varios misterios e incógnitas, el que cuenta la propia película, y otro, el nuestro propio, pero Horvát no solo se centra en desvelar el misterio, aun más, solo lo usa para mover a sus personajes, como una especie de macguffin, porque también su interés reside en la dualidad psicológica que presenta el personaje de Marta. Una película construida a partir de dos miradas. Por un lado, tenemos el universo laboral de Marta, donde es una eminencia en el campo de la neurocirugía, y por el otro, tenemos su aspecto psíquico, en el que constantemente está al borde del precipicio, a punto de caer, generando todas esas situaciones inverosímiles y muy extrañas, surrealistas, con una vida atada a un hombre al que apenas conoce, un hombre que se ha convertido en su destino, en su obsesión, pero también en su condena. Localizada en un Budapest grisáceo, siempre nublado o nocturno, con esos espacios cerrados del hospital o la vivienda de Marta, casi vacía, todo muy inquietante, pero extremadamente cotidiano.

Un grandísimo trabajo de cinematografía de Róbert Maly, que trabaja con Horvát desde la Universidad, filmado en 35 mm, componiendo una textura y una imperfección que ayuda a introducirse en el mundo psicológico de la protagonista, creando ese doble, enigmático y asfixiante, con el que está construido toda la película, donde los reflejos, el otro, y las miradas juegan un papel fundamental para dejarse llevar y cautivarse por esta película que se mueve entre la extrañeza, lo cotidiano y lo misterioso. Una película que se apoya tanto en la imagen, en todo lo que vemos y lo que no, y sobre todo, en sus inquietantes silencios y miradas, debía tener un plantel que funcionará sin apenas decir nada. Natasa Stork que da vida a Marta, recrea no solo una mujer que se mueve entre el amor fou, y la imaginación, siempre en el límite de la cordura y la locura, con esa forma de mirar, porque su mirada lo es todo, ahondando más en ese misterio que la rodea, entre la realidad y el sueño, esa existencia turbia y condenada por un enamoramiento que no sabemos si es real o no, o quizás la necesidad de ese amor la ha llevado a volver a empezar por un sueño que debe construir.

A Marta le acompañan dos hombres, muy diferentes entre sí. Tenemos a  Viktor Bodó, que interpreta a János Drexler, el hombre que ha enamorado a Marta, sin saberlo, con esa primera frase, pilar en el que está edificada la película, que dice no conocerla, cuando la citada le explica su encuentro en EE.UU. Y finalmente, Benett Vilmányi, que pone la piel de Alex, un estudiante de medicina que se enamora de Marta y la intenta seducir. Lili Horvát compone una película sencilla, con una grandísima sensibilidad a la hora de adentrarse en el complejo mundo de los sentimientos, todos aquellos que parecen reales, los que no lo parecen, y sobre todo, la película puede verse como un extraordinario estudio psicológico del funcionamiento de nuestra psique cuando nos enamoramos o creemos estarlo, de toda esa fabulación o no que nos somete a nosotros mismos, en ese estado de atontamiento, lleno de incertidumbre, donde dejamos de ser quiénes somos para convertirnos en otros, quizás nuestros peores enemigos o por el contrario, los únicos que nos pueden ayudar para salir del atolladero que nuestras emociones nos han metido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de fuera que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2020 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- EL LAGO DEL GANSO SALVAJE, de Diao Yinan

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2.- EMA, de Pablo Larraín

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3.- EL FARO, de Robert Eggers

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4.- SOBRE LO INFINITO, de Roy Andersson

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5.- LAS GOLONDRINAS DE KABUL, de Zabout Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

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6.- VIDA OCULTA, de Terrence Malick

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7.- LA FLOR, de Mariano Llinás

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8.- MI VIDA CON AMANDA, de Mikhaël Hers

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9.- ONE WERE BROTHERS: ROBBIE ROBERTSON AND THE BAND, de Daniel Roher

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10.. LITTLE JOE, de Jessica Hausner

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11.- ALGUNAS BESTIAS, de Jorge Riquelme Serrano

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12.- EL GLORIOSO CAOS DE LA VIDA, de Shannon Murphy

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13.- UNDER THE SKIN, de Johnathan Glazer

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14.- AYKA, de Sergey Dvortsevoy

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15.- NUESTRAS DERROTAS, de Jean-Gabriel Périot

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16.- ZOMBIE CHILD, de Bertrand Bonello

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17.- A LAND IMAGINED, de Yeo Siew Hua

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18.- NO CREAS QUE VOY A GRITAR, de Frank Beauvais

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19.- CORPUS CHRISTI, de Jan Komasa

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20.- SOLE, de Carlo Sironi

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21.- VERANO DEL 85, de François Ozon

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22.- VITALINA VARELA, de Pedro Costa

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23.- ADAM, de Maryam Touzani

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24.- BEGINNING, de Dea Kulumbegashvili

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25.- OVERSEAS, de Sung-A Yoon

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26.- MARTIN EDEN, de Pietro Marcello

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Damas de hierro, de Pamela Tola

NUNCA ES TARDE PARA VIVIR.

 “La vejez no es una enfermedad: es fortaleza y supervivencia, triunfo sobre todo tipo de vicisitudes y desilusiones, pruebas y enfermedades”.

Maggie Kuhn

La vejez ha sido tratada en el cine de forma tímida y sin profundizar. Son contadas las películas en las que el protagonista sea una persona anciana. Algunas son excelentes como Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu, Umberto D., de Vittorio de Sica, Saraband, de Ingmar Bergman, y la reciente Nebraska, de Alexander Payne, entre otras. Así que, resulta francamente extraordinario toparse con una película como Damas de hierro, el segundo trabajo como directora de la actriz Pamela Tola (Ruotsinpyhtäa, Finlandia, 1981), después de Swingers (2018), una comedia donde nos hablaba sobre cuatro parejas enfrentadas a sus miedos en un distinto fin de semana. Ahora, nos llega otra comedia, una historia protagonizada por Inkeri, una mujer de 75 años que mata a su marido de un sartenazo. Abrumada por el hecho, pide ayuda a sus dos hermanas octogenarias, Sylvi, despistada y olvidadiza, y a Raili, abogada retirada, fría, racional y sexual. Las tres hermanas cogerán carretera y manta y se lanzarán a una aventura en la que habrá de todo para todas.

Inkeri volverá, en cierta medida, a reencontrarse con su pasado, con la mujer que fue, y con aquellas decisiones que la llevaron hasta el momento actual. Visitará su antigua universidad, y se topara con aquella feminista que quería ser escritora, también irá a la iglesia donde se casó, y sobre todo, volverá habitar y transitar por el hogar de su infancia, se perderá con su primer amor, y verá su vida desde otra perspectiva, más serena, más sincera, y más de verdad, encontrándose a sí misma y sabiendo el rumbo que debe arrancar en su vida. Entre medias habrá tiempo para compartir con sus hermanas tan diferentes, de bailar, de beber, de desinhibirse, de vivir aunque sea después de muchos años o tal vez, vivir por primera vez. Tola coescribe un guión con Aleksi Vardy, donde imprime el carácter de road movie, una película de carretera muy alejada de las convencionales, aquí no hay que llegar algún lugar, ni conseguir un propósito ya sea físico u emocional, porque el viaje que emprenden las tres hermanas tiene más que ver con esa búsqueda interior, con ese propósito de vivir, de sentir, de ser ellas mismas aunque sea por un rato.

La directora finesa tiene espacio para romper barreras, convencionalismos y prejuicios sobre la vejez, las mujeres, el feminismo, y demás temas actuales edificados bajo el amparo de lo convencional, y no de lo humano, porque las tres mujeres mayores que retrata la película son demasiado diferentes entre ellas, tanto a nivel de carácter como todo lo demás, las tres funcionan de formas muy distintas a pesar de ser de la misma sangre, porque la película huye de ese estereotipo que parece haberse impuesto en muchas películas donde la vez se retrata desde la enfermedad, o a través de los hijos o los nietos, dejando en segundo término los verdaderos conflictos de los mayores, que albergan una diversidad enorme como demuestran películas como esta. La sutil e inteligente mezcla de drama con la comedia más negra ayuda a encarar todos los problemas que van apareciendo a medida que empezamos a viajar. Nunca es una carcajada usando algunas secuencias divertidas, sino que la risa siempre sale de forma suave, porque Tola quiere y busca la reflexión en cada uno de sus planos y encuadres, acercando al espectador a las vidas, deseos, ilusiones y esperanzas de tres mujeres que, siendo ancianas, tienen muchas ganas de seguir no solo existiendo, sino de vivir de verdad, quizás como jamás lo habían sentido.

Posiblemente, una película de estas características nos ería lo que es sin el magnífico y magnetizador reparto encabezado por las tres ancianas. Tenemos a Leena Uotila que da vida a Inkeri, que a partir de un hecho trágico empezará a olvidarse del exterior  a bucear en su alma, para volver a reencontrarse con ella misma, y tropezarse con lo que fue y quiere ser. A su lado, Saara Pakkasvirta como Sylvi, con su alocamiento, su poca memoria, y sobre todo, su ímpetu a la hora de lanzarse a la piscina, olvidándose un poco de lo que ha sido, y sintiéndose como nunca. Y finalmente, Seela Sella como Raili, la racional, vivida e inteligente del grupo, la mujer que siempre se ha lanzado y experimentado con muchos hombres, matrimonios y aventuras por doquier, pero quizás le faltaba una de verdad junto a sus hermanas para reflejarse en ellas y ver que lo que sienten las una y las otras no es tan diferente como pensaban. Damas de hierro es una película sencilla, directa e íntima, que sin meterse en furibundos demasiado complejos e intelectuales, tiene la capacidad para hablar de la vejez, de mujeres, de vida, de sentimientos y de personas sin edad de forma tragicómica, honesta y de verdad, esa cualidad que parece tan sencilla de hacer pero en la práctica resulta muy difícil de plantear y transmitir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mandíbulas, de Quentin Dupieux

LA MOSCA GIGANTE.

“¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia. Da igual”.

Buster Keaton

Erase una vez dos amigos, Manu y Jean-Gab, dos amigos no muy espabilados que sueñan o mejor dicho, pierden el tiempo creyendo que algún día de sus penosas existencias se tropezarán con algo que les cambiará la vida por completo, ellos creen que para mejor, pero, esas cosas nunca se saben. Un día, encuentran algo, en el interior del maletero de un coche que han robado, encuentran una mosca gigante, y como es natural, no se asustan, y creen que adiestrando al desproporcionado insecto se harán ricos. Pero, claro está, las cosas nunca les salen como esperan, o quizás, esta vez sí. La carrera artística de Quentin Dupieux (París, Francia, 1974), es sumamente peculiar, porque arrancó como músico de electro house bajo el pseudónimo “Mr. Oizo”, convirtiéndose en un referente del panorama internacional. A la faceta de músico se le ha unido la de cineasta a partir del siglo XXI, más concretamente en el año 2001 con Nonfilm, a la que siguieron otras, en las que construye comedias muy absurdas, esperpénticas y tremendamente singulares, donde consigue crear situaciones surrealistas y fuera de lo común dentro de una atmósfera cotidiana y muy de verdad, generando esa idea de que según como se mire la situación nos revelará un drama o una comedia.

De los siete títulos anteriores del cineasta francés, amén del citado, destacamos Rubber (2010), donde era un neumático el objeto diferenciador, en Bajo arresto (2018), un interrogatorio derivaba en una compleja historia de muerte y metalenguaje, y en  La chaqueta de piel de ciervo (2019), una chaqueta de ante era el detonante de la aventura sangrienta del protagonista. En general, su cine tiene a la muerte como elemento importante en la pobre y triste realidad de sus excéntricos protagonistas. En Mandíbulas, la muerte ha dejado paso a la amistad, porque todo gira en torno a dos tipos muy tontos, o quizás solo son peculiares en su forma de ver y hacer las cosas. Dupieux vuelve a esos lugares alejados de todo y todos, a esos ambientes rurales que tanto le gustan, y consigue una mezcla electrizante de diversos géneros y elementos que en un principio pueden parecer imposibles de fusionar, porque en su cine podemos encontrar referencias muy evidentes de la serie B con monstruo de goma que llenó las salas en los cincuenta y más allá, ese tipo de comedia rural en que sus criaturas parecen salidas de otro tiempo o viviendo en otro planeta, y sobre todo, el elemento policíaco que acaba creando un relato donde a veces la realidad se distorsiona, generando una especie de universos imaginarios pero muy reales, y dentro de este, pero que podrían ser de otro mundo.

Unos personajes que van construyendo su realidad o locura bajo una fuerte obsesión y que siempre logran involucrar a otros en sus empresas inútiles, egocéntricas e imposibles. Dupieux sabe escuchar a los grandes del absurdo como los Keaton, Chaplin, hermanos Marx, y demás maestros del humor más irreverente y real, sumergiéndonos en una historia inverosímil, por la introducción de la mosca gigante, más cercana al género fantástico, en una especie de fábula donde todo va liando y entorpeciendo siguiendo una lógica narrativa bastante pegada a la realidad, donde lo extraño y estrambótico acaban formando un todo bien aceptado en el conjunto. Si tenemos a dos tipos como Manu y Jean-Gab, excelentes las interpretaciones de Grégoire Ludig (que hacía de interrogado en Bajo arresto), y David Marsais, una especie de pareja de payasos donde uno parece ser más listo, a los que se añaden otros personajes, con vidas muy diferentes a las de la pareja protagonista, como los que se encuentran e invitan a su casa con piscina, entre los que destaca Coralie Russier (que era la huésped vecina de Jean Dujardin en La chaqueta de piel de ciervo), si exceptuamos el que hace Adèle Exarchopoulos, extraordinaria en su rol de Agnes, muy diferente a lo que habíamos visto de ella hasta la fecha, una mujer que debido a un accidente esquiando, ahora habla a gritos, que creará las situaciones más raras de la película.

Dupieux firma la cinematografía y el montaje de sus películas, aparte de escribirlas y dirigirlas, un auténtico hombre orquesta de la creación, en relatos más bien breves que apenas se mueven por los 75 minutos, marcándose la pauta que la brevedad es un buen estímulo para crear y sobre todo, ser vistas sus películas. Mandíbulas confirma a Dupieux como un creador extraordinario que maneja con soltura sus cotidianas y estrambóticas historias, dotado de una grandísima naturalidad en la fusión de géneros y elementos de difícil encaje, y una narrativa sencilla, muy elaborada en la construcción de personajes, y sobre todo, en las situaciones que se van derivando entre ellos, construyendo gags que encajan a la perfección en los relatos, donde todo emana inteligencia y vitalidad, creyéndonos a pies juntillas todos los hechos, dentro de la veracidad que cimenta, y siguiendo las andaduras de unos individuos muy raros, sí, pero llenos de ternura y que acaban por tener ese punto de simpatía, aunque todo lo que hagan no tenga ni pies ni cabeza, y en el fondo, sean unos pobres idiotas en un mundo más idiota todavía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Gaza Mon Amour, de Tarzan y Arab Nasser

UN AMOR EN UNA TIERRA DIFÍCIL.

“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?”

Jacinto Benavente

Cada vez que llega a nuestras pantallas una película sobre Palestina, cosa que sucede en raras ocasiones, vemos una historia donde el conflicto árabe-israelí tiene una fuerte presencia, como no podría ser de otra manera. Con Gaza Mon Amour, de los hermanos gemelos Tarzan y Arab Nasser (Palestina, 1988), estamos ante una película diferente, una película que tiene el conflicto como telón de fondo, pero su foco de atención se mueve en la ciudad de Gaza, en unos pocos habitantes y en sus existencias cotidianas. El relato narra la vida sencilla y humilde de Issa, un pescador de sesenta años, que tiene una escasa área de kilómetros para pescar, y se relaciona con una hermana que quiere casarle. Issa está enamorado secretamente de Siham, una mujer de su edad que trabaja como modista en un mercado de la zona, que lidia con una hija divorciada demasiado moderna para ella. La vida de Issa dará un cambio radical, cuando por casualidad, saca del fondo del mar una estatua de Apolo que guarda celosamente en su casa. La policía la descubre y el pescador sesentón se verá envuelto en conflictos con la ley.

Los directores palestinos afrontan su segundo trabajo, después de su opera prima Dégradé (2015), construyendo un tono de fábula, de cuento tradicional pero de aquí y ahora, en que los personajes se ven envueltos en la difícil ocupación al que son sometidos, los continuos cortes de luz, y las carencias de una vida que parece anclada en el pasado y en las dificultades continuas. A pesar de eso, el personaje de Issa mantiene una actitud de resistencia, de humanidad, llena de vitalismo, enamorado de las cosas sencillas, como ese “momentazo” en la cocina cuando baila al son  de “Que no se rompa la noche”, de Julio Iglesias. La película mantiene todo el marco de una tragicomedia, donde hay tiempo para el dolor, para la comedia negra, donde los vaivenes de la vida se toman de forma agridulce, donde en mitad de ese caos vital y social que es Gaza, también hay tiempo para la esperanza, para el amor, y la película no lo hace desde el victimismo o la condescendencia, sino desde el otro lado, desde el humanismo rosselliniano, y del tándem Berlanga-Azcona, donde a través de una singular realidad social, donde hay mucho humor, se habla del contexto, con la ocupación y todo aquello que produce dolor a los palestinos.

La luz mortecina y acogedora de la película se convierte en otro elemento indispensable para contar este retrato de gentes sencillas y humildes que a pesar de todo, se levantan cada día para vivir y porque no, también para vivir una historia de amor, porque el amor, sea lo que sea, no tiene tiempo ni edad, sino voluntad y paciencia, y puede ocurrir a cualquier edad, solo se ha de estar vivo e ilusionado para sentirlo, y sobre todo, disfrutarlo, ya sea con veinte, cuarenta o sesenta años. La excelente pareja protagonista formada por Salim Daw, un experimentado actor israelí, que da vida a Issa, el hombre sencillo, humano, valiente, y solitario, frente a él, Hiam Abass, una de las grandes actrices árabes más internacionales, compone una mujer de verdad, con sus inquietudes y complejos. Los dos forman una pareja madura, sensible, que conmueve y nos hace vibrar de vida y amor, que recuerda a aquella otra pareja de la película Solas (1999), de Benito Zambrano, la que formaban María Galiana y Carlos Álvarez-Novoa, una historia de amor madura, construida a base de miradas, gestos y sensibilidades, en la que una mujer que tiene a su marido machista en el hospital, encontraba en un viudo de la escalera donde vivía su hija, el consuelo y el amor que nunca había tenido.

Tarzan y Arab Nasser han hecho una película sencilla y muy íntima, de esas historias en las que no pasa nada y pasa todo, que va creciendo lentamente, sin estridencias ni piruetas narrativas ni formales, solo la vida, y mirada desde el respeto y la honestidad, generando esa verdad en cada detalle, cada objeto, y cada movimiento y mirada, en la que dejan la ocupación como telón de fondo, y se sumergen en las vidas de las personas que viven en Gaza, en su existencia y cotidianidad mientras el mundo se desmorona cada día, y su entorno se convierte en una zona llena de tensión y muerte, donde a pesar de tantas hostilidades, la vida continúa y las personas siguen con sus quehaceres laborales, y también, sentimentales, porque como nos decían Rick e Ilsa en Casablanca: “Nosotros nos enamoramos mientras el mundos e cae en pedazos”, porque cuando llega el amor, o lo que creemos que es amor, el mundo da igual, el entorno más próximo da igual, todo se detiene, y la persona que tienes delante se convierte en todo tu mundo y tu ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre nosotras, de Filippo Meneghetti

EL AMOR OCULTO.

“El amor es el difícil descubrimiento de que hay algo más allá de uno mismo que es real”

Iris Murdoch

Nina y Madeleine son vecinas, viven una frente a la otra, pero hay algo que las une desde hace mucho tiempo, ellas están profundamente enamoradas, aunque su amor está oculto, porque nunca lo han hecho público. Nina y Madeleine viven su amor en la clandestinidad, convertido en un secreto que quizás, ha llegado el momento de desvelar, de hacerlo visible. Pero, azares del destino, el paso se queda en suspenso, ya que Madeleine ha sufrido un problema de salud y todo sigue oculto, pero la vida continúa. A partir de esta premisa tan personal e íntima, Filippo Meneghetti (Padua, Italia, 1980), debuta en el largometraje con un relato que se mueve constantemente a través de una fina línea entre lo cálido y o perturbador, ya que, desde la primera y extraordinaria secuencia que abre la película, cuando vemos, a través de un espejo a las dos mujeres reflejadas mientras bailan, todo parece indicar armonía y belleza, pero de pronto, desparecen del reflejo y de nuestros ojos, síntoma inequívoco de ese amor que ocultan al resto.

Meneghetti y Malysone Bovorasmy escriben un guion (que tiene como asesora a la gran directora Marion Vernoux), que no solo aborda el amor maduro entre dos mujeres, sino que ocurre con él cuando las circunstancias vitales lo ponen todo patas arriba, y los planes de la vida quedan en suspenso. Nina se convierte en la vecina amiga de Madeleine, ante los ojos de Anne, la hija de Madeleine, en una existencia en la que hará lo imposible para estar cerca de su amor, de su vida, que la llevará a situaciones muy complejas de llevar. La historia de Entre nosotras (“Deux”, en el original, que viene a decir “De ellas”), arranca como una drama romántico entre dos mujeres que se aman en secreto, y están a punto de dar el paso para hacer su amor público y vivir sin barreras su amor, pero la película se moverá por el thriller, el pasado, las complejas relaciones familiares, y sobre todo, un amor a prueba de todo y todos. El formato scope de la película ayuda a engrandecer la pantalla colocando a las dos mujeres rodeadas de todo aquello que perturba su amor, una luz romántica y sombría a la vez, obra del cinematógrafo Aurélien Marra, que revela mucho de una película que utiliza el off como una de sus señas de identidad, en un relato doméstico donde el silencio se impone, y el sonido llena o vacía todo lo que se cuenta.

Una estudiadísima y bien ejecutada mise en scène que reproduce en el espacio sus espejos y sobre todo, sus reflejos, como los dos apartamentos, uno de ellos, lleno de cosas y recuerdos, y el otro, vacío, sin vida, como si estuviera abandonado. Meneghetti construye un campo cinematográfico que revela mucho más que sus personajes, donde el sutil y conciso montaje de Ronan Tronchot ayuda a imponer ese espacio donde nada es lo que parece y todo tiene un porqué, aunque algún personaje todavía lo desconozca. Si hay algún elemento imprescindible en una película de estas características es su magnífico y ajustado reparto, que no solo brilla con gran intensidad, sino que revela mucho más de los personajes con lo mínimo, en unas interpretaciones apoyadas en sus miradas, donde revelan todo lo callan, todo lo que sienten, y sobre todo, todo lo que se aman. Por un lado, tenemos a Barbara Sukowa, con una filmografía llena de nombres tan ilustres como Fassbinder, Von Trotta, Cimino, Von Trier o Cronenberg, entre muchos otros, que hace una Nina espectacular, llena de amor, miedo, angustia e inseguridad, que vive sin vivir por su amor, como esos instantes de desesperación cuando espera angustiada fumando junto a la puerta, y cualquier mínimo ruido, la hace mirar por la mirilla, intentando encontrar alguna esperanza, algo a lo que agarrarse en esa eterna espera.

En la puerta de enfrente, cruzando el pasillo, nos encontramos a Martine Chevallier, una actriz vinculada al teatro durante toda su carrera, interpreta a Madeleine, la madre y esposa que ha ocultado su amor, esa verdad que la hacía feliz y la ayudaba a soportar un matrimonio roto y vacío, y finalmente, esta terna la cierra Léa Drucker que da vida a Anne, la hija de Madeleine, personaje vital para la historia, ya que escenifica la persona que no sabe nada de su madre y deberá acercarse más a su madre y dejar atrás rencores y mentiras. Meneghetti ha hecho una película bellísima y arrebatadora, sobre el amor y sobre el hecho de estar enamorado, sobre dos mujeres maduras que aman y sienten como nunca lo han hecho, de sentirse atrapado por un amor que nos hace mejores o no, pero si nos hace sentir como nunca habíamos sentido, llenos de todo y de nada, a la vez, una película sencilla, sensible y conmovedora, que se emparenta y recoge el aroma que desprendía Carol (2015), de Todd Haynes, también un amor oculto, intenso y escondido, que indagaba en el puritanismo de la sociedad estadounidense de los cincuenta, que se refleja en Entre nosotras, donde aquel puritanismo ahora se revela en la falsa moral de algunos, y sobre todo, en el miedo a revelar quiénes somos realmente a aquellos que más amamos, al miedo a ser nosotros, en definitiva, el miedo a ser felices. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adam, de Maryam Touzani

DOS MUJERES MARROQUÍES.

“La muerte no pertenece a las mujeres. A las mujeres pocas cosas nos pertenecen.”

Samia es una mujer marroquí, joven, sola y embarazada, en un país donde se castiga el embarazo fuera del matrimonio, como explicaba Sofia (2018), de Meryem Benm’Barek, en la veíamos las dificultades que tenía una joven embarazada en el rígida sociedad religiosa marroquí. Samia deambula por las calles de Casablanca, intentando encontrar trabajo y cobijo. En la Medina, rodeada de calles laberínticas y populares, donde se cruzan tradición y modernidad (como revelará ese magnífico instante, cuando delante de nuestros ojos, pasan tres mujeres jóvenes, dos llevan hiyab, y la otra, el cabello suelto), un espacio donde se puede apreciar su belleza y su suciedad, Samia se tropezará con Alba, una mujer más madura, viuda y madre de Warda, de 8 años,  que regenta una humilde tienda de repostería tradicional marroquí. La niña se encariña con la recién llegada, y la madre acepta acogerla unos días. Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ha destacado como directora de documental con títulos como Sous Ma Vieille Peau (2014), donde indagaba en la prostitución en su país, y en Aya va a la playa (2015), en la que investigaba la explotación de los niños en el trabajo doméstico. Ha coescrito Much Loved (2015), sobre la prostitución en Marruecos, y Razzia (2017), que protagonizó, centrada en el integrismo religioso, ambas dirigidas por su esposo Nabil Ayouch (París, 1969), destacado realizador centrado en los problemas sociales de las mujeres y niños marroquíes, que actúa como productor en Adam.

Touzani debuta en el largometraje de ficción con un relato intimo y doméstico, centrado en la relación de tres mujeres, dos adultas y una niña, mujeres proscritas por la tradicional y conservadora sociedad marroquí, que encuentran en el interior de la casa, el espacio ideal para limar asperezas y acercarse emocionalmente, y la directora nos muestra ese recorrido interior, a través de un elemento fundamental, la cocina, en este caso, la elaboración de los postres tradicionales, arrancando con el “Rziza”, un postre extremadamente laborioso, realizado artesanalmente, que encandila a los clientes de Alba, y así sucesivamente, como ocurría en Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, y en Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee, donde, entre postre y postre, iremos conociendo a estas dos mujeres, su pasado, sus heridas y todo aquello que las separa, y las une. Una historia anclada en el espacio personal y doméstico, que no olvida los ecos de esa sociedad conservadora y durísima contra las mujeres, que las obliga a ocultarse y sobre todo, a convertirse en meros espectros que no pertenecen al devenir de unas leyes machistas.

La narración se toma su tiempo y su pausa para elaborar con pulcritud y sobriedad todo lo que cuenta, tanto en su fondo como en su forma, partiendo de dos niveles. En uno, vemos el detallismo y cuidado de las dos mujeres en la elaboración de los productos que, más tarde, se venderán en la tienda, su confidencias y complicidades, y luego, en el entorno íntimo de la casa, en el calor de las habitaciones, durante los quehaceres cotidianos de la casa, como lavar y tender la ropa, y en las sutilezas y detalles que la película va mostrando con reposo y elegancia. Una luz, que firman Virginie Surdej y Abil Ayouch, que nos recuerda a los pasajes bíblicos, con esa calidez y humanidad que van desprendiendo las relaciones de estas dos mujeres heridas, ávidas de comprensión y cariño, y la sutileza y sencillez de la edición, obra de Julie Nass, que sabe marcar un ritmo que encoge o alarga según la evolución del acercamiento emocional entre las dos protagonistas.

Un excelente reparto encabezado por dos almas generosas y solitarias como son Alba y Samia, y la pequeña Warda, con una Lubna Azabal en la piel de Alba, demostrando nuevamente la riqueza y la brillantez de una interpretación admirable, cuanto se puede decir sin abrir la boca, cuanto se pude transmitir con un leve gesto o mirada, junto a ella, Nisrin Erradi como la Samia sola y abatida, que encuentra amparo y consuelo en el lugar al que, sin saberlo, debía llegar, irradiando fortaleza y fragilidad al mismo tiempo, escenificando una realidad que viven tantas embarazadas solteras en un país como Marruecos, que las persigue y castiga. Y finalmente, la pequeña Douae Belkhaouda, que da vida a Warda, el puente que provocará el encuentro y la relación. La directora marroquí titula su película como Adam, y no es por una razón estética, sino por su significado, ya que en árabe moderno, para decir “ser humano” se dice “Beni Adam”, es decir “hijo de Adán”. Un niño, que anida en el vientre de Samia, que ella rechaza, y quiere donarlo en adopción, para de esa manera volver a su casa y ser aceptada por su familia.

Touzani debuta a lo grande en el campo del largometraje de ficción, con un relato sencillo y humilde, que no explica más de lo necesario, sino que se centra en las dos mujeres y su cotidianidad, tanto social, a través de la tienda y los clientes, y lo íntimo, con sus conflictos domésticos, a través de un retrato político, cultural y social sobre Marruecos y sus leyes, construyendo una historia humanista, que explica sin juzgar, que muestra sin banalizar, y que filma sin caer en tópicos ni sentimentalismos. Una película magnífica y sólida para hablarnos de relaciones humanas, de maternidad, del rechazo de la sociedad, de la libertad, y sobre todo, de amor, pero en el sentido amplio de la palabra, y más bien, la falta de amor en una sociedad demasiado sumisa y cobarde, que reivindica el amor como único medio para la comprensión y fraternidad entre seres humanos, y sobre todo, el nuestro propio, que seamos capaces de perdonar y perdonarnos, de aceptar nuestras fisuras y tristezas emocionales, y acarrear con ellas, sin miedo y con decisión, compartirlas y vivir con ellas, firmes y valientes, para mirar sin acritud el pasado y afrontar el presente con humildad y valentía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La diosa fortuna, de Ferzan Ozpetek

LA DEFINICIÓN DEL AMOR.  

“La Diosa Fortuna tiene un secreto, un truco mágico. ¿Cómo haces para que la persona a la que quieres se quede contigo para siempre? Tienes que mirarla fijamente, robar su imagen y cerrar fuerte los ojos. De esta forma va directa a tu corazón y desde ese momento, siempre permanecerá contigo”.

Arturo y Alessandro son el sol y la luna, el agua y el aceite, pero llevan 15 años juntos. Arturo se gana la vida como traductor y sueña con ser escritor, un sueño que se alarga demasiado. Es un obsesivo del orden y lleva la casa. En cambio, Alessandro es fontanero, rudo y directo, desordenado y todo lo contrario a Arturo. La pareja lleva un tiempo distanciada, el sexo y la pasión han desaparecido y se plantean dejarlo. Pero, su suerte cambia, cuando Annamaria, una amiga de la pareja, se planta en su casa, y les pide que cuiden de sus dos hijos pequeños, Martina y Sandro, mientras ella se hace unas pruebas médicas. Toda su situación deja de ser importante, y se convierten en “padres” por unos días o más.

El universo de Ferzan Ozpetek (Estambul, Turquía, 1959), está lleno de personas que aman, amores de toda índole, estructuras y texturas. Sus películas describen los comienzos del amor o cuando estalla la pasión, donde un grupo de personas se ven envueltos en relatos sobre las emociones, donde prevalecen nuestras contradicciones, miedos e inseguridades. Muchos recordarán su opera prima, Hamam: el baño turco (1997), El hada ignorante (2001), La ventana de enfrente (2003), No basta una vida (2007), o Tengo algo que deciros (2010), entre otras. De la mano de su guionista predilecto, Gianni Romoli, Ozpetek nos sitúa en una relación a punto de romperse, o mejor dicho, una relación a la que solo se falta ponerle una fecha para finiquitarla. Pero, a veces, cuando todo parece acabarse, la suerte o el destino llega a nuestra existencia para ponerlo todo patas arriba, la llamada “Diosa de la fortuna”, que hace referencia el título, y replantearnos muchas verdades o mentiras que creíamos a pies juntillas, reflexión que provocan la llegada de los hijos de Annamaria, que se convierten, por unos días, en los hijos de Arturo y Alessandro, y sin proponérselo, deberán lidiar con la nueva situación.

El director turco, que lleva desde 1976 viviendo en Roma, parte de una situación real, para construir un relato naturalista y cercano, donde nos habla de redefinir el amor, y también, la paternidad, y lo hace de una manera sencilla y directa, sin sentimentalismos ni vericuetos argumentales, todo se cuenta de forma honesta y sensible, manejando el ritmo y el tempo cinematográfico con astucia y sinceridad, mostrando una diversidad de tono y marco en el que se desarrolla la película, en la que vamos de la risa al llanto en la misma secuencia, como el espectacular arranque, con la boda de los amigos (unos amigos que serán parte de esta historia, con esas secuencias corales llenas de vida, comicidad y fraternales), recorriendo las miradas, gestos y testimonios de cada invitado, para finalmente, llegar a los protagonistas, y darnos cuenta de todo lo que ocurre, cuando el silencio y la tensión se apodera de ellos. O ese otro instante mágico de los protagonistas junto a los niños, en el santuario de Fortuna Primigenia, donde trabaja Annamaria, en el recinto sagrado dedicado a la Diosa Fortuna en la ciudad de Palestrina, donde la pareja es invadida por recuerdos que quizás no esperaban recordar, donde memoria e historia se cruzan en la realidad que viven los protagonistas.

Ozpetek nos habla de fragilidad, de corazones frágiles, de emociones, de inseguridad, de sentimientos que no sabemos interpretar, de gestionar nuestras emociones cuando todo es incierto, de esa montaña rusa, a velocidad de crucero, de la dificultad de amar y desamar, de no escuchar tanto a nuestra cabeza y dejar libre a lo que sentimos, de tomar decisiones, de aceptarnos y aceptar la vida con sus alegrías y tristezas, o ese tiempo que parece que no pasa nada y en realidad pasa mucho. Stefano Accorsi, un intérprete que ha trabajado en varias ocasiones con Ozpetek, vuelve a su universo para encarnar a Arturo, Edoardo Leo es Alessandro, al que hemos visto en películas de Monicelli y Moretti, y Jasmine Trinca es Annamaria, un torbellino de vida, alocada e impetuosa, una actriz que vimos con los Taviani o Moretti. En su decimotercer trabajo, Ozpetek habla de la vida, del amor, de la buena fortuna, y de también, que hacemos con las cosas que ocurren, con esos contratiempos y estallidos que vienen sin avisar, como gestionamos lo inesperado, que hacemos con aquello que no habíamos pensado, ni siquiera imaginado, si somos capaces de amoldarnos a los accidentes de la vida, que vienen para enseñarnos alguna cosa o simplemente, vienen porque los estábamos pidiendo, aunque no de una manera consciente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, de Arnaud Viard

LOS SUEÑOS NUNCA TERMINAN.

“El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente”

Henry F. Amiel

La película se abre con la celebración del setenta cumpleaños de Aurore, la madre viuda de los cuatro hermanos Armanville: el mayor, Jean-Pierre, los ojitos derechos de su madre, ha asumido el rol del padre fallecido. Juliette, anuncia su embarazo mientras trata de encontrar tiempo en sus clases para escribir su novela. Margaux, la talentosa de la familia, intenta ganarse la vida con la fotografía artística, y finalmente, Mathieu, que quiere seducir a Sarah, una compañera de trabajo. Así, están las cosas en el seno de los hermanos Armanville, cada uno con sus pequeñas tragedias personales y cotidianas, cada uno queriendo ser aquello con lo que soñaron alguna vez cuando eran niños, porque la película se centra en el deseo, en todo aquellos sueños que nos devoraron y algunos quedaron en el camino, y otros, siguen siendo esperanzas pasadas que de tanto en tanto se apoderan de nuestro presente tan lejano.

El relato se centra en Jean-Pierre, alguien apesadumbrado y derrotado, alguien casado y con una hija, con un trabajo exitoso como vendedor, no muy satisfecho con su vida. Un día, recibe la llamada de Héléna, una famosa actriz que le comunica que padece cáncer, un amor de juventud de Jean-Pierre, cuando deseaba convertirse en actor. Ese encuentro remueve demasiadas cosas en él, que le hará tomar unas decisiones que afectarán profundamente al resto de los hermanos. La tercera película como director de Arnaud Viard (Lyon, Francia, 1965), dedicado a la interpretación desde hace más de un cuarto de siglo, que le ha llevado a trabajar con cineastas de la categoría de François Ozon, Eleanor Coppola, Philippe Harel, entre muchos otros. Viard debutó como director con la comedia romántica Clara y yo (2004), donde exploraba la solidez de un amor apasionado con las circunstancias de la vida, con Arnaud hace su segunda película (2015), se adentraba en su propia existencia, a modo de autoficción, en la que se miraba al espejo con una mirada crítica y divertida.

Ahora, basándose en la novela homónima de Anna Gavalda, en la que rescata algunos de sus relatos para construir una película en torno a la familia, a los deseos personales y sobre todo, al repaso de nuestras vidas, a esos pasados que nos tocan a la puerta en los momentos más inesperados, esos pasados que nos vienen a juzgar nuestro recorrido vital, preguntándonos que quedó de aquel joven apasionado que quería ser artista, y en qué se ha convertido, que ha hecho de su vida. Viard compone una película irónica, llena de humor, también de ligereza, esa suavidad que tanto caracteriza ese cine francés comercial capaz de hablar de temas personales y profundos, sin caer en el dramatismo de otras películas, manteniendo esa línea maravillosa y delicada en la que son capaces de afrontar temas como la enfermedad, los problemas mentales y demás situaciones sensibles y complejas. El cineasta francés construye con energía y ritmo las existencias de los cuatro hermanos, tan distintos y parecidos entre ellos, como todas las familias, que mencionaría Chéjov, el cronista por excelencia de los retratos familiares profundos y sinceros.

El retrato de los Armanville tiene momentos tragicómicos, donde sería el melodrama con aires de melancolía el espacio donde se sustenta, teniendo la generosa y capacidad interpretativa en uno de sus elementos más importantes, encabezados por la naturalidad de Jean-Paul Rouve como el atormentado hermano mayor, que ve como su pasado vuelve para rendirle cuentas con su yo joven. Alice Taglioni como la escritora que ve como su vida se estanca y no llega ese libro que tanto desea escribir. Camille Rowe es la fotógrafa que lucha por reivindicar su trabajo y que vaya más allá que un mero disparador de retratos sin más. Y Benjamin Laverne el enamorado que duda entre lo que desea y el fracaso. Y la gran Aurore Clément como la matriarca de este clan bien avenido aparentemente, pero cada uno demasiado oculto de sus verdaderas inquietudes. Viard ha hecho una película sincera y sensible, que toca temas difíciles y nada cómodos, temas que nos devolverán todo lo que fuimos y todo aquello que dejamos por el camino, todos aquellos deseos que no cumplimos, que dejamos que se perdieran, que tarde o temprano vendrán a saldar cuentas, en forma de amor de juventud, fotografía de aquellos años, o canción como la de de New Order, “Dreams never end”, esos sueños que nunca terminan, esos sueños que siguen ahí, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Oro blanco, de Grímur Hákonarson

UNA MUJER VALIENTE.

“Gobernar a base de miedo es eficacísimo. Si usted amenaza a la gente con que los va a degollar, luego no los degüella, pero los explota, los engancha a un carro… Ellos pensaran; bueno, al menos no nos ha degollado”.

José Luis Sampedro

Con Rams (El valle de los carneros), película de 2015, el nombre del cineasta Grímur Hákonarson (Islandia, 1977), saltó al reconocimiento internacional con la consecución de la mejor película en la sección “Un Certain Regard”, del prestigioso Festival de Cannes. La historia de dos hermanos granjeros enemistados, que tienen que unir fuerzas para salvar a sus carneros, se convirtió en uno de los “Sleeper” del año. Un relato situado en las zonas rurales y remotas de Islandia, en la relación de humanos y animales, y con ese aspecto social interesante y profundo, en el eterno conflicto entre lo rural contra el neoliberalismo, entre los viejos valores islandeses frente al capitalismo y la sociedad moderna. En su nuevo trabajo Oro blanco, el cineasta islandés vuelve a hablarnos de lo rural, situándonos en el noroeste del país, en una zona llamada Skagafjörour, donde los hermanos han dejado paso a Inga y Reynir, un matrimonio de mediana edad de granjeros lecheros, agobiado por las deudas contraídas con la cooperativa, dueña del pueblo y sus vidas.

La muerte de Reynir, hace despertar a Inga, que descubre las artimañas de la sociedad y las continuas amenazas y coacciones a personas como Reynir, atadas de pies y manos ante la cooperativa, que aumentando el miedo frente a las grandes cadenas empresariales de Reykjavik, ellos han creado en el pueblo un monopolio que más parece una sociedad mafiosa que un grupo de cooperación para ayudarse entre los granjeros. A partir de una cuidadísima planificación en la que abundan las tomas largas y los planos abiertos y estáticos, seguimos la peripecia de Inga, que da un paso al frente y comienza a denunciar el chantaje y las malas artes de la cooperativa, enfrentándose cara a cara a sus responsables. La película huye de los estereotipos tan habituales en este tipo de cine, donde se enfrentan buenos buenísimos y malos de cajón, aquí las cosas se encaminan por otros derroteros, donde conocemos a mujer que, después de perder a su marido, a aquello que la ataba a un negocio asfixiantes y sin futuro, decide dar un golpe en la mesa y lanzarse contra los males de su existencia, sin miedo a nada que perder, porque seguramente ya ha perdido aquello que daba sentido a su existencia.

Hákonarson filma con detenimiento y pausa a su heroína de carne y hueso, en una película reivindicadora de la figura de la mujer enfrentada a una oligarquía devastadora contra los granjeros lecheros, a una mujer, con paso firme y decidido, sola y armada de su empuje y fuerza, inquebrantables y serias, caminando en un universo hostil y oscuro, dominado por hombres, por hombres que harán lo imposible para que nada cambie y todo siga igual, o sea, donde unos explotan y otros son explotados, pero tendrán que lidiar una lucha encarnizada contra alguien que no se va detener para defenderse de la injustica y sobre todo, de alguien que está decidida a cambiar las cosas, si el resto de granjeros, atados de pies y manos igual que ella, por las deudas contraídas con la cooperativa, deciden, como ella, levantarse y luchar por unas condiciones justas y humanas, porque de lo que habla la película es de humanismo, de ese aspecto humano que, desgraciadamente, está en vías de extinción como las cooperativas y las granjas tradicionales lecheras, frente a ese capitalismo feroz y salvaje que unifica y arrasa con todo.

Una película de estas características, en las que el protagonismo descansa en un personaje, solo podía tener de protagonista a alguien como Arndís Hrönn Egilsdóttir, la actriz imponente y arrolladora que da vida a Inga, una mujer valiente, que ha perdido el miedo, que se ha levantado y jamás se volverá a agachar para recoger las migajas de la suciedad de la cooperativa, alguien con carácter y serenidad para enfrentarse a lo establecido, a mirar de frente a aquellos que utilizan el miedo como forma de sostener sus privilegios ante esa amenaza de la capital, ficticia o no, pero oscura para los granjeros que, a duras penas sobreviven de su trabajo por los precios abusivos que impone la cooperativa. Inga encontrará aliados como Griogeir, bien interpretado por Sveinn Ólafur Gunnarsson, que tendrán enfrente al dueño de la cooperativa, Eyjólfur, al que da vida Sigurdur Sigurjónssen, que muchos recordarán como uno de los hermanos de Rams (El valle de los carneros). Hákonarson ha construido una película magnífica y honesta, que nos habla de una realidad social que se vive constantemente en esa Islandia, que debido a las peculiaridades físicas de su espacio, viven aislados y en lugares remotos, y solo la cooperación entre unos y otros, pero la cooperación real y justa, les ayudará a seguir manteniendo sus empleos y sus formas tradicionales de fabricar leche, frente a todos aquellos que los quieren condenar al olvido y transformar sus casas en retiros de fin de semana para los urbanitas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA