Gen_, de Gianluca Matarrese

EL DOCTOR HUMANISTA.  

“El buen médico trata la enfermedad, el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”

William Osler

La sanidad es esencial para la salud de la vida de cualquier persona. Así que, la sanidad pública es vital para nuestra supervivencia. Protegerla y cuidarla deberían ser los principios por los que rigiesen nuestras vidas, desgraciadamente, muchos creen que todo está en venta y que el beneficio económico está por encima de las vidas. Por suerte, muchos luchan desde el anonimato para que la cosa no derive bajo esos conceptos superficiales. Uno de ellos es el doctor endocrino Maurizio Bini, especialista en tratamientos hormonales. Por su consulta situada en un hospital público de Milán pasan pacientes en procesos de fertilización y afirmación de género. Pacientes de edades y procedencias diferentes. Una visita que no sólo se basa en tratar el problema de salud, sino en acoger y cuidar al paciente, hacerle sentir en un espacio de confianza, de respeto y amor, a pesar de las autoridades italianas con su deriva fascista que implanta leyes en contra de las personas en las situaciones que el doctor trata a diario.  

El director Gianluca Matarrese (Italia, 1980), trata en sus documentales una diversidad de temas y elementos muy grande en su filmografía tales como la modificación del cuerpo, la afirmación de género, la decadencia económica, los traumas no resueltos, el teatro y el constante juego entre realidad y ficción. En Gen_, su séptimo trabajo tras las cámaras con el acompañamiento de guion junto a Donatella Della Ratta nos sitúa en las cuatro paredes de la consulta del Dr. Bini, si exceptuamos unas breves secuencias en que el propio galeno pasea por el bosque a la caza de sus preciadas setas. Una habitación que es un espacio de libertad donde los pacientes expresan sus miedos, inseguridades y demás preocupaciones, tanto en fertilidad como en temas de transición de género. Bini los escucha atentamente, los comprende y sobre todo, les brinda una ayuda capital para sus existencias, muchos de ellos son las primeras palabras de respeto y acogimiento que escuchan en sus vidas difíciles. Una humanidad que se hace patente en cada palabra, gesto y detalle del vitalista y simpático doctor, que ama su trabaja, ama la sanidad pública y antepone la libertad individual ante las leyes segregadoras y contrarias a un grupo de población diverso. 

Matarrese se hace cargo de la cinematografía y del sonido, con unos encuadres que acortan su distancia y se pegan al doctor y sus pacientes, en unos planos íntimos y transparentes que reivindican lo humano ante la ley, lo vital ante las leyes que no ayudan al pueblo y por el contrario, les hacen sufrir y no avanzar. Unos planos que muestran sin cortapisas, respetando cada voluntad y deseo de los implicados. Un sonido que contribuye a esa intimidad con la que está planteada toda la película, así como el molesto de las interminables obras que ayudan a rebajar la tensión que se vive en la consulta con esos momentos que el doctor habla con los obreros pidiendo el cese de los golpes para poder trabajar con tranquilidad. La música de Cantautoma, cinco películas con el director, actúa como respiro con esos estupendos intervalos para descansar y volver a la consulta, acompañando a unas imágenes de la actividad frenética en la planta de endocrinología. El montaje de Giorgia Vila, cuatro películas junto a Matarrese que, condensa y precisa los 104 minutos de metraje de forma amena, didáctica y humana, en la que asistimos a un viaje de personas de carne y hueso que entran a la consulta con una infinidad de dudas y miedos y se van un poco más relajados y un camino algo menos arduo.

Una película como Gen_, es profundamente humanista y rica en matices y detalles, situando en el foco a todos aquellos que la sociedad más conservadora hunde en la más absoluta invisibilidad. Una cinta revolucionaria porque da voz a los ocultos, y lo hace de una una forma natural, tremendamente revolucionaria y mostrando vidas con honestidad y muchísimo respecto, haciendo valer los valores de la empatía y el conocimiento como herramientas para entender la diversidad de los demás y nuestros prejuicios y valores humanos. Gianluca Matarrese construye una película a favor de la necesidad sanidad pública, ante esos clasistas que quieren privatizarla para generar enormes beneficios, que olvidan que el mayor beneficio es la salud de todos para todos, además la reivindicación de una sanidad como la que desarrolla el doctor Maurizio Bini y su entregado equipo, porque no sólo dignifica el oficio de facultativo sino que ofrece una visión real y humana de cómo debería ser, por el magnífico trato de respeto, cercanía y amor que ofrecen a los pacientes. Quizás uno de los valores del cine que son, sobre todo, mostrar la vida, sus diversidades, sus diferencias y todos esos puentes para acercarnos, conocernos y hablarnos, aunque algunos se empeñen en extraer esos valores y condenarlo a un mero producto audiovisual con el único fin de entretenernos sin más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo no moriré de amor, de Marta Matute

CUIDAR Y CUIDARNOS.  

“Sólo hay cuatro tipos de personas en el mundo: los que han sido cuidadores, los que son cuidadores, los que serán cuidadores y los que necesitarán cuidadores”

Rosalynn Carter

Hay dos elementos que sobresalen en Yo no moriré de amor, la magnífica puesta de largo de Marta Matute (Madrid, 1988). Uno es la familia, el centro neurálgico para bien o mal de nuestras existencias. Un género en sí mismo, abordado desde muchas miradas, clases, condiciones y negruras. El otro elemento es la enfermedad mental, esté menos tratada en el cine, y más concretamente, el de la demencia frontotemporal, más residual. Así que, el primer largometraje de la madrileña no sólo aborda un caso apenas expuesto en una pantalla, sino que lo hace situando el foco en la familia, en ese núcleo que, debido a la enfermedad neurodegenerativa, deberá estar más cerca y ayudarse y sobre todo, cuidarse, porque de eso va la película, de mirar a los otros y echarse una mano, y comprenderse, y no luchar los unos con los otros. La historia se centra en una familia cualquiera, en una familia que podría ser la nuestra. 

La directora, licenciada en Comunicación Audiovisual y diplomada en Arte Dramático, construye una home movie, donde lo doméstico se torna esencial y tremendamente cotidiano, a partir de la mirada de la más benjamín de la familia, Claudia, una joven de 18 años, que se forma para actriz, trabaja de camarera y tiene los sueños y las ilusiones de alguien propio de su edad. Tenemos a Inés, la hermana mayor que vive con su pareja en Barcelona, y el padre, recién jubilado después de una carrera como militar. Una familia que muestra poco cariño, como la mayoría, en la que cada uno hace la suya, se trata lo justo y poco más. La enfermedad de la madre los acerca por el deber que tienen encima, el de cuidar a la enferma, llevándolos a conflictos y luchas entre ellos que van capeando como pueden y siguen a pesar de la soledad, el malestar y el peso de cuidar a una persona que cada día está peor y el conflicto emocional que va supurando en cada uno de ellos. La película muestra todas estas aristas desde la sutileza y contención, alejándose de la pornografía del dolor y temas del estilo. Todo se muestra desde las miradas, los gestos y los silencios que se van apoderando e instalando en ese piso. 

La cineasta de Valdemoro ha cuidado con mucho detalle y precisión la luz mortecina y velada que estructura este espacio y a cada uno de los personajes, en una excelente cinematografía de Sara Gallego, de la que conocemos sus grandes trabajos en El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, Las chicas están bien, de Itsaso Arana, Una ballena, de Pablo Hernando y La buena letra, de Celia Rico, entre otras. Una luz que traspasa cada estancia y cada emoción materializada desde lo más profundo. La música de Simón Franquest, aporta esos momentos, casi en silencio, como si no quisiera molestar, que puntualizan los momentos no dichos y si sentidos de la historia, que se mezclan con los otros temas de bandas que escucha Claudia que generan ese contrapunto en el que viven no sólo la joven sino cada miembro de la familia. El trabajo de edición que firma Carlos Cañas Carreira, preciso y sin alardes que, en sus 94 minutos de metraje, plantea una trama llena de momentos muy duros y secos, pero siempre tratados desde la sensibilidad y el afecto, apuntando esas contradicciones propias que viven en una situación que les sobrepasa y les lleva a lugares muy difíciles de gestionar tanto emocionalmente como los recursos en una sociedad que el cuidado no lo tiene como una de sus prioridades viviendo a espaldas a él, que se lleva desde lo oculto, la soledad y la oscuridad. 

Una película planteada desde la sutileza y aquello invisible, que huye de lo evidente, de lo estridente y de lo esperado, necesitaba un reparto que con muy poco sea convincente y transmita todo el desasosiego y la dificultad de lo que viven. Tenemos a Júlia Mascort, vista en el cortometraje Las chicas, debuta en el largometraje dando vida a una increíble Claudia que, a parte de llevar el peso de la trama, ejecuta con sencillez e inteligencia un personaje lleno de juventud y fuerza que se ve enfrentada a una tesitura dura y compleja. Le acompañan una convincente Laura Weissmahr como Inés, la hermana mayor, mostrando esas aristas que todos tenemos cuando la vida se pone muy difícil. Sonia Almarcha es Julia, la madre enferma, una actriz capaz de cualquier rol como demuestra en la película. Tomás del Estal, visto en una y mil películas como actor de reparto, asume el papel de padre, abrumado por la situación. Guillermo Benet, director de Los inocentes, entre otras, asume el papel de pareja de Inés. Una familia cinematográfica que vive, lucha, sufre, pelea entre ellos y trabaja a partir de una situación muy compleja en la que hacen lo que pueden con las herramientas, tanto físicas como emocionales, que tienen a su alcance.

La película Yo no moriré de amor cosechó grandes elogios por parte de la crítica y el jurado del último Festival de Málaga, en el que recibió los premios más importantes, valorando su destreza en contar la enfermedad mental y cómo la familia se relaciona con ella, en una historia que recuerda a la mirada y sensibilidad del cine de Mike Leigh, Stephen Frears y Ken Loach, ese cine británico de working class que sabe penetrar en lo más cotidiano y en los conflictos que se suceden, desde la contención y enfrentándose a unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos miramos porque les suceden cosas muy parecidas a las de nosotros. Nos quedamos con el nombre de Marta Matute que, siguiendo la buena estela que sigue a muchas cineastas que están renovando el cine español y entrando en él por la puerta grande con historias llenas de verdad, sensibles, íntimas y que miran a la sociedad desde lo más profundo, excavando en lo que somos, cómo sentimos y sobre todo, cómo nos relacionamos, lo bien o mal que lo hacemos, lo que callamos, lo que nos molesta y lo que peleamos. En fin, la vida que nos va pasando y a veces, como ocurre en la película, se muestra tan dura y difícil que hay que resistir o morir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aisha no puede volar, de Morad Mostafa

LAS BATALLAS DE AISHA. 

“El coraje es la voz silenciosa del final del día que dice “mañana lo intentaré de nuevo”. 

Mary Anne Radmacher 

El cine tiene la capacidad de mostrar realidades ocultas e invisibles que, debido al ajetreo, la superficialidad y la competitividad del periodismo actual, quedan relegadas a meras notas de prensa o peor aún, ningún medio se hace eco de realidades muy difíciles que viven diariamente cientos de miles habitantes a lo largo y ancho del planeta. La joven sudanesa Aisha es una de ellas. A sus 26 años ha abandonado su país, sumido en una cruenta guerra que ha dividido el país provocada por los países enriquecidos de turno. La cotidianidad es muy dura para Aisha, trabaja como cuidadora de personas mayores, soportando desprecios y muchas cosas más, y además, vive en uno de los suburbios de la ciudad, concretamente en el barrio Ain Shams, en El Cairo (Egipto). Un lugar dominado por el ganster Zuka, que trapichea con droga y armas, que domina a personas como Aisha, que usa para sonsacar información de las casas donde trabaja. Un panorama terrible al que la joven sobrevive con entereza y dignidad. 

El primer largometraje de Morad Mostafa (El Cairo, Egipto, 1988), y coescrito junto a Sawsan y Youssef y Mohamed Abdelader, se centra en la mirada y cotidianidad de Aisha, huyendo del sentimentalismo y el panfleto, para ahondar en una atmósfera donde la piel y el racismo están a la orden del día, y sobre todo, la opresión y sometimiento que ejercen el que tiene contra el que no tiene. Las luchas son constantes, entre unos y otros, como método de supervivencia entre los de aquí y los de allá. La vida, por decirlo de alguna manera, que tiene Aisha diariamente se desarrolla entre el ruido ensordecedor de la capital, y su continuo movimiento de aquí para allá, moviéndose sin parar, para finalizar cada día frente a un plato de pasta que le brinda su novio egipcio que es cocinero. La historia es muy local, pero universal a la vez, porque lo que cuenta y cómo lo hace podría trasladarse a cualquier ciudad grande donde se explotan unos a otros, en un sinfín donde la humanidad es una sombra esquiva, o simplemente, una utopía en este planeta cada vez más individualista, mercantilizado y psicótico. La historia está planteada desde la verdad, desde lo humano que si tiene una mujer como Aisha, que sigue hacia delante a pesar de las dificultades y la violencia de la que es víctima y a veces, verdugo, con esos toques oníricos donde se introduce la realidad más oscura. 

Una ópera prima que destaca por su asombrosa factura técnica en la que destacamos el gran trabajo de cinematografía de Mostafa El Kashef, que debuta en la gran pantalla, en su tercer trabajo con Mostafa, después de los cortometrajes What We Don’t Know About Maryam (2021) y I Promise You Paradise (2023). Una luz mortecina con una cámara pegada a la protagonista, en la que los exteriores reflejan el marcado contraste con los interiores, sobre todo, en lo que refiere a lo nocturno, un espacio que define las emociones de los personajes. El magnífico trabajo de sonido de Mostafa Shaban, con toda esa gama de ruidos y texturas que traspasan la pantalla. La música de un grande como Amine Borhafa, con más de 70 títulos en su extensa filmografía, entre los que brillan los nombres de Abderrahmame Sissako, Kaouther Ben Hania, Philippe Faucon y Rachid Bouchareb. Una composición suave y detallista que dice mucho de lo que vemos y sienten los protagonistas. El montaje de Mohamed Mamdouh, en una historia en la que se habla muy poco, y abundan las miradas, los gestos y silencios en sus 131 minutos de metraje que se siguen con atención y mucho interés. 

La grandiosa interpretación de Buliana Simon como Aisha, en su primer papel para el cine de la modelo sudanesa, también desplazada como su personaje. Una protagonista de verdad, tan natural como cercana, todo un gran acierto para transmitir la tensa y compleja realidad que muestra la película. A su lado, otro debutante, el actor Ziad Zaza, rapero de éxito que hace de Zuka, el maleante del barrio, un tipo duro y malo que usa a todo el mundo, incluida Aisha, con la que mantendrá una relación que irá cambiando. Completan el reparto Emad Ghoniem como Abdoun, el chico de Aisha, Mamdouh Saleh es Khalil, entre otros. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de realidades duras, pero también llena de ilusiones y con sueños y llenas de esperanza en salir adelante como trabaja incansablemente Aisha, todo un ejemplo del significado de coraje y resistencia, porque a pesar de su crudeza, la joven hace lo imposible, incluso cosas criminales para seguir sin caerse. Nos quedamos con el nombre del cineasta Morad Mostafa qué pasó con su película por la prestigiosa sección “Un Certain Regard” del prestigioso Festival de Cannes que, a pesar de lo pompa y el artificio, también hay buen cine, aunque se ensombrece ante tanto famoseo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Turno de guardia, de Petra Volpe

CUIDAR Y CUIDARSE. 

“El coraje no siempre ruge. A veces el coraje es la voz tranquila al final del día que dice: Lo intentaré de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher 

Hay películas que se sostienen por su historia, que indaga y reflexiona de modo personal y profundo a partir de personajes completos metidos en conflictos de órdago, y también, por sus intérpretes, que componen personajes inolvidables por su carácter, su forma de ser y hacer, en los que el actor/actriz de turno pone mucho de sí mismo, capturando toda el alma de la película. En el caso de Turno de guardia (en el original, “Heldin”, traducido como “Heroína”, de Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970), tenemos a Leonie Benesch, quizás una de las mejores actrices europeas más importantes del momento, porque sus tres últimas interpretaciones son absolutamente demoledoras, de las que dejen huella. A saber, Sala de profesores (2023), de Ilker Çatak, una profesora idealista que se topará con la cruda realidad. en Septiembre 5 (2024), de Tim Fehlbaum, una periodista rodeada de colegas durante el atentado y secuestro en Munich 1972. Y Floria, la enfermera que nos ocupa. 

Volpe ha hilado muy fino en sus dos anteriores películas, construidas a partir de dos voces femeninas. En su debut en el largometraje Traumland (2013), seguía a una prostituta y su relación con otros personajes durante la Nochebuena. En El orden divino (2017), vista por estos lares, el turno era de Nora, una esposa, ama de casa y madre que, ante la prohibición de trabajar de su marido, crea un grupo de mujeres en lucha en un pequeño pueblo de la Suiza de 1971. Floria, su tercera heroína, como indica su título original, es una enfermera a la que sigue en su turno de tarde que, encima, debe hacer frente a la baja de una compañera que origina una gran carga de trabajo y no hacer bien su tarea. Un guion preciso, modélico y nada complaciente, que consigue sumergirnos en la cotidianidad de una enfermera vocacional, trabajadora y que se esfuerza por hacer bien su trabajo. La directora helvética retrata una realidad difícil y cruda que sufren diariamente cientos de miles cuidadoras enfrentadas a la escasez gubernamental de su especialidad, que provoca bajas indefinidas y falta de vocación, obligando a un trabajo estresante, lleno de recortes y con una gran carga emocional, como le sucede a Floria, que la veremos pasar por innumerables altibajos emocionales debidos a las circunstancias de lo mal gestionado que está su oficio por parte de las esferas. 

De la parte técnica sólo podemos elogiar el inmenso trabajo de la película empezando por la natural y transparente cinematografía de Judith Kaufmann, con más de 40 títulos, amén de codirigir junto a Georg Maas, Dos vidas y La grandeza de la vida. Su trabajo construido a través de la mirada, el gesto y el movimiento físico de la enfermera, nos lleva a partir de planos secuencias y una cámara en continua agitación que lo traspasa todo generando esa atmósfera de documento preciso, instante y muy real sin recurrir a los artificios tan vistos en series y películas de hospitales. La música que firma Emilie Levienaise-Farrouch, de la que vimos su excelente trabajo en Desconocidos (2023), de Andrew Haigh, ayuda a puntuar los instantes de aparente paz y concordia entre la enfermera y los enfermos y sus familiares, y otros momentos de tensión y nerviosismo donde asistimos a un cuento de terror de lo cotidiano donde se cruza el miedo y el dolor. El montaje de un grande en la cinematografía alemana como Hansjörg Weissbrich, con más de tres décadas de carrera en las que ha trabajado en más de 60 películas, al lado de grandes como Hans-Christian Schmid, Bille August, Sokurov, Maria Schrader, von Trotta y Serebrennikov, entre otros. Su edición se basa en la sobriedad y el detalle y el corte puro, sin embellecer ni simplón, sino con la idea de verdad que planea en la trama en sus 92 minutos de metraje. 

Ya hemos alabado la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que arrancó su carrera como actriz en la impresionante La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. Su Floria es una interpretación magnífica, de las que las aspirantes a actriz deberían aprender de memoria, porque expresa todo un bagaje emocional frenético desde la mirada, el gesto y un silencio atronador que la deja exhausta y sin fuerzas. Una composición sobre el hecho transformador de cuidar y sobre todo, cuidarse. Le acompañan Sonja Riesen, otra enfermera, Urs Bihler, un enfermo que no tiene noticias, Margherita Schoch, otra enferma perdida, y Jürg Plüss, un impaciente e impertinente paciente. Una película como Turno de guardia, de Petra Volpe, debería ser de visión obligatoria, por sus valores cinematográficos que son muchos y sobrados, por su arrojo de penetrar con la cámara a las oscuridades y pequeñas alegrías que se suceden en los hospitales, y sobre todo, por su gran capacidad para trasladar al cine los conflictos laborales y emocionales que padecen cada día las enfermeras, una profesión muy dura y asfixiante que pone a prueba a sus profesionales continuamente, una profesión capital que cuida a la que pocos o nadie cuida que la película sitúa el foco, pocas veces visto de esta forma tan realista y desde dentro. Por favor, no se la pierdan, seguro que les deja algo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los destellos, de Pilar Palomero

LA TERNURA DEL CORAZÓN.  

“Hay tantas formas de amor como momentos en el tiempo”. 

Jane Austen

En Los destellos, tercer largometraje de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), no dista mucho de sus anteriores largometrajes. Tanto en Las niñas (2020), y en La maternal (2022), la historia se construía a través de la relación íntima, profunda y distante entre una hija y su madre, envueltas en un conflicto exterior que las acerca o aleja según las circunstancias. En la primera, la cosa iba de la educación cristiana de una niña en contraposición a los cambios del país en la España del 92, y en la segunda, el tema rondaba en un embarazo adolescente.  Si bien es cierto que, en esta última, a la relación de madre e hija, se le añade la cercanía de la muerte, a través de la enfermedad del padre y ex, respectivamente. La cineasta, de modo casi natural, ha ido añadiendo años a sus hijas, y ahora, estamos frente a una joven universitaria, manteniendo, eso sí, en las dos primeras, a madres solas, ya no en esta última, donde la madre tiene pareja y vive junta a ella. La historia nace del relato “Un corazón demasiado grande”, de Eider Rodríguez, donde se habla de cómo nos enfrentamos al hecho de la muerte, de su gestión y sobre todo, de ese eterno presente en el que vivimos. 

Como sucedía en sus anteriores trabajos, el relato naturalista y nada efectista cambia lo urbano para adentrarse en nuevo espacio, muy cercano a la directora, ya que es el pueblo de su familia, el Horta de Sant Joan, en Tarragona, en las Terres de l’Ebre y del Matarraña. Un rural que se aleja de lo primario para mostrar un espacio lleno de cotidianidad, de intimidad, con esa atmósfera tan cercana que se puede tocar, donde escuchamos respirar a los personajes, como si pudiéramos escuchar cada uno de sus latidos, cada una de sus emociones, en un equilibrado guion donde todo lo que vemos y escuchamos emana verdad, una verdad tranquila, nada impostada, ligera y reposada como cualquier día, donde la vida va pasando sin sobresaltos, o quizás, sin darnos cuenta, entretenidos a nuestros quehaceres cotidianos y nuestros futuros. Esa aparente tranquilidad se ve trastocada con las visitas de la hija, Madalen, que pasa los findes junto a su madre y visitando a su padre enfermo, Ramón, hasta que, la hija pide a su madre, Isabel, que visite a su padre y ex. Un hecho que reaviva el pasado, después de 15 años separados, donde volverán sentimientos que se creían superados y hará que el presente se convierta en sumamente trascendental. 

La delicada cinematografía de Daniela Cajías, que ya hizo la de Las niñas, y se coronó con la de Alcarràs (2022), de Carla Simón, se instala capturando con extrema sencillez la luz mediterránea, con sus contrastes y sus atardeceres, creando ese ambiente donde la vida y la cercanía de la muerte van creando esa luz viva, que nos deslumbra y también, nos ensombrece un poco, avivando todo ese interior complejo que está gestionando Isabel. La música de Vicente Ortíz Gimeno, del que conocemos sus trabajos en series como El día de mañana y La línea invisible, entre otras, huye de la sensiblería recurrente en este tipo de historias, para adentrarse en otros espacios, el de acompañar sin hostigar, el de estar sin entrometerse, el de estar callado sin interrumpir. El excelente montaje de Sofi Escudé, tercera película con Palomero, donde en sus 101 minutos de metraje se aleja de lo habitual para crear esa atmósfera donde cotidianidad y enfermedad se van dando la mano, como novios tímidos, y poco a poco, sin prisas ni agitaciones, se van acercando, acogiéndose y estando, acompañándose los unos a los otros, compartiendo el presente echando la vista al pasado que vivieron, que estuvieron, pero desde ese instante actual en que la vida parece detenerse e ir muy rápido, entre esas aristas donde se instala la película. 

El reparto de la película, magnífico bien escogido, con una Patricia López Arnaiz en el papel de Isabel, tan contenida como íntima, que traspasa la pantalla a partir de una naturalidad tan emocionante, muy bien acompañada por Antonio de la Torre como Ramón, que lleva con dignidad su enfermedad aunque se muestre distante al principio, también tendrá, como les ocurre a todos los personajes, un proceso que no le resultará fácil, con Julián López como Nacho, la pareja de Isabel, que va dejando sus personajes más cómicos para atreverse con tipos diferentes, más comedidos, en que prevalece la mirada y el gesto a la palabra. Finalmente, tenemos la presentación de Marina Guerola que hace el personaje de Madalen, otro grandísimo acierto de la directora zaragozana, como ya hiciese con Andrea Fandós en Las niñas, y con Carla Quílez en La maternal, otro gran rostro para el cine español, en una interpretación que ha sido todo un gran desafío para la actriz debutante, porque su personaje, que hace de puente entre sus padres, es una de esas composiciones que suponen todo un tránsito entre el pasado y presente, a través de dos seres que no se conocen, que son dos perfectos desconocidos, o quizás no tanto. 

Celebramos y aplaudimos una película como Los destellos, de Pilar Palomero que, además de convocarnos a una historia tan natural como real, nos conmueve con pequeños y leves detalles, sin caer en el manido relato de la compasión y la tristeza, sino en toda una lección de vida, del hecho de vivir, de enfrentarse a lo que somos, a lo que fuimos y lo que, quizás seremos, siempre desde el amor, el cuidado y el de mirarse en el alma del otro, o al menos, comprenderla y estar a su lado, porque en estos tiempo actuales donde las prisas y la acumulación de tareas se ha convertido en el sino de todos y todas, la película reivindica el tiempo detenido, olvidándonos un poco de nuestro ego, de nosotros y acercarnos a los otros. El tiempo para los otros como la mejor herramienta para conocernos y querernos, el hecho de estar, relajados y tranquilos observando un atardecer con una copa de vino o charlando sin más, como las mejores cosas que podemos hacer, olvidándonos de nuestras vidas mercantilizadas, y mirándonos en los demás, en sus cosas, ya sean la enfermedad, los recuerdos, los buenos y no tan buenos, así, sin más, sin nada que hacer, sólo compartiendo, un hecho que ya pocos hacen, sometidos a sus vidas y a sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer dormida, de Laura Alvea

¿QUÉ LE PASÓ A SARA?.

“Todo mal apareja su bien”

Sara Mesa

El arranque de La mujer dormida es modélico, porque se nutre de elementos comunes de los cuentos de terror. Tenemos a una mujer joven que llega a una casa aislada para cuidar a una mujer en coma. La joven compartirá casa con el marido, un hombre del que las mujeres del pueblo más cercano recelan. Aunque la película se aleja del prototipo actual del género, el susto fácil y la estridencia argumental que marea al espectador para crear una atmósfera pausada que no tiene prisa en ir construyendo el relato y sobre todo, la relación compleja entre los dos personajes. Una película que nace a partir del guion de Daniel González, Miguel Ibáñez Monroy y Marta Armengol, vinculados al audiovisual producido en Cataluña, tanto en series como en películas, donde a modo de historia detectivesca, nos iremos adentrando a través del personaje de Ana, no sólo en el presente sino en el pasado, un tiempo donde están las claves de lo que está ocurriendo, con una mujer recién llegada que desconoce lo que ocurrió, al igual que los espectadores. 

La directora Laura Alvea (Sevilla, 1976), lleva dos décadas trabajando en diversos departamentos en el ámbito cinematográfico, amén de haber codirigido junto a José F. Ortuño las interesantes The Extraordinary tale (of the Times Table), en 2013 y Ánimas (2018), otro cuento de terror, entre otras, y también, la serie La chica de la nieve. Con La mujer dormida debuta en solitario en la dirección con una trama psicológica, muy del gusto de Hitchcock, con bastantes reminiscencias a Rebeca y Sospecha, que rodó casi seguidas, porque estamos en ese limbo argumental, en que el pasado de Sara, la mujer dormida, tiene una presencia no sólo física sino también psicológica, y toda la película y las diferentes pesquisas de Ana, la llevan a dudar de la verdadera identidad de Agustín. Premisas del universo hictockiano, que creó una marca de fábrica en los cuarenta con títulos a los que añadiremos La sombra de una duda y Encadenados, entre otras. La directora sevillana se ha rodeado de cómplices que le han acompañado en estos años como el cinematógrafo Fran Fernández-Pardo, que combina con gran brillantez la cotidianidad de la historia, sin sobresaltos, con la parte más emocional y oscura que va sufriendo la protagonista, creando una oscuridad sin recurrir a elementos demasiado trillados en el género.

En el montaje también hay dos compañeras como Fran G. Moyano, habitual del cine de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, y Fátima de los Santos, ésta habitual del realizador Manuel H. Marín, que coincidieron en la serie de La peste, con una edición nada sencilla, en una película de casi dos horas de metraje, y que se cuenta con tranquilidad, saben manejar los tempos y sobre todo, ir masajeando un relato en el que no hay apenas diálogos y sí mucho de silencios, miradas y gestos. La música de Alfred Tapscott, otro compañero de viaje de la directora, del que hemos visto las interesantes La vampira de Barcelona y la más reciente Ruta salvatge, conmueve y genera ese estado de inquietud por el que transita Ana. Otro de los grandes elementos de la película es su ajustado y magnífico reparto encabezado por una gran Almudena Amor, que ya nos maravilló con sus dos estupendos debuts La abuela y El buen patrón, en la piel de Ana, una joven de aspecto frágil, pero con una mente fuerte que se enfrentará a sus alucinaciones que le harán abrir los ojos, o quizás, a darse cuenta que las apariencias nunca son lo que parecen, y en esa casa ocurren cosas que todavía no está lista para ver. 

Acompañan a Almudena Amor, el otro lado del espejo, o mejor dicho, el reflejo que nadie quiere encontrarse, el personaje de Agustín que hace como siempre el efectivo y sereno Javier Rey, ya convertido en un actor capaz de cualquier individuos, porque como le sucede a Almudena, los dos miran tan bien que transmiten todo aquello que no vemos. La tercera en cuestión, la dormida Sara, lo hace Amanda Goldsmith, que la hemos visto en series y en películas como Competencia oficial, en un personaje quieto pero no tanto, porque su presencia y ausencia interceden en el personaje de Ana para que abra los ojos. Y luego una retahíla de breves personajes que ayudan a dar profundidad y complejidad al relato como Pino Montesdeoca que hace de la madre de Sara, Alicia Lobo, Emy Cazorla y Guacimara Correa, entre otras. Otro elemento capital para la película es la casa aislada y esa carretera que la separa del pueblo, creando esa dualidad en la que se mueve en todo momento la historia, a través del personaje de Ana, en mitad de todo, o quizás, en mitad de la nada, porque ella llega nueva y debe descubrir qué ha pasado, o qué debe hacer ella con lo que está pasando. 

Hemos hablado de Hitchcock, aunque también la película bebe y mucho de ese cine de terror de los sesenta y setenta que, con presupuestos modestos, lograban crear inquietantes atmósferas metidos en relatos muy terroríficos, donde el universo de Polanski sería un referente idóneo, con su trilogía del apartamento compuesta por Repulsión, Rosemary’s Baby y El quimérico inquilino. Tres muestras del talento del cineasta polaco para generar tensión y agobio, con historias cotidianas y tremendamente domésticas, que inquietaban en lugares muy comunes como nuestras propias viviendas, en las que sumergía a unos personajes atrapados en universos demasiado pequeños y horribles, que nos vapulearon el aspecto psicológico.  Tiene Almudena Amor esa imagen de mujer frágil pero de carácter fuerte y dispuesta a todo que no está muy lejos de la Deneuve de Repulsión, la Dorléac de Cul-de-sac,  la Farrow de Rosemary’s Baby y la Adjani de El quimérico inquilino. Por estas cosas y muchas más que ustedes descubrirán, no se pierdan una película La mujer dormida, porque sin ser una obra redonda tiene grandes momentos, de esos que no se olvidan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ama Gloria, de Marie Amachoukeli

LOS VERANOS NO DEBERÍAN ACABARSE NUNCA.  

“El primer amor te puede romper, pero también te puede salvar”

Katie Khan

Permítanme que les cuente una historia muy personal. Hace años, una novia que tuve, sentía un amor incondicional hacia su sobrino. Ella lo amaba profundamente, lo cuidaba, jugaba con él, y sentía por aquel niño un amor de verdad. Ella no tenía hijos, pero era una madre dulce y sensible con aquel niño. Con los años, aquel amor me hizo pensar que, el amor materno nada tenía que ver con ser madre, sino con amar y cuidar, y aún más, con saber amar y saber cuidar con atención y cercanía. La relación que cuenta Ama Gloria me ha hecho recordar en el amor de aquella novia hacia su sobrino, porque Cléo de sólo 6 años tiene un vínculo muy de verdad con Gloria, su niñera que lo cuida desde que nació. Me gustaría, y vuelvo a la historia personal, que aquella novia siga amando a su sobrino. No lo sé, han pasado bastantes años que ya no sé de sus vidas. Aunque, quizás, les ha ocurrido lo mismo que a los protagonistas de la película y el amor que sentían ha cambiado y las circunstancias, como siempre tan inoportunas, hacen que el amor se haya transformado en otra cosa. 

El segundo trabajo de Marie Amachoukeli (París, Francia, 1979), después de su paso por la prestigiosa La Fémis, varios cortometrajes, uno de ellos de animación, y la codirección del largometraje junto a Claire Burger y Samuel Theis de Mil noches, una boda (2014), sobre el amor maduro, la vitalidad y la felicidad. Con Àma Gloria, coescrita junto a Pauline Guéna, que ha trabajado en series con el tándem Toledano y Nakache, y en películas junto a Dominik Moll, construyen un delicado cuento de amor que se desarrolla en Francia primero, donde conocemos la cotidianidad y el amor que se profesan las mencionadas Cléo y Gloria, y luego, en una de las islas del archipiélago de Cabo Verde, donde llega la niña cuando su niñera debe dejarla y hacerse cargo de los suyos. No estamos ante una película sensiblera y condescendiente, ni mucho menos, porque lo que cuenta que es duro y complejo, porque estamos ante la deriva de una niña de 6 años que debe comprender que el mundo a veces nos sitúa en tesituras jodidas, y nos aleja de aquello que amamos. Aunque la película mantiene un pulso firme y transparente, en una ficción con un tono documental y sus fusiones y mezclas.  

Estamos ante una historia que enamora, por su sencillez y honestidad, con ese tono de melodrama, la propia directora cita al gran Douglas Sirk, porque mucho tiene su cinta del genio alemán exiliado cinematográficamente a los EE.UU., en su forma de acercarse al amor, al amor imposible, a la lejanía y al reencuentro entre la niña y su cuidadora, ahora en otro entorno, y otra vez, con esa cotidianidad sin alardes ni estridencias, sólo con los quehaceres diarios: los juegos en la playa, la pesca de los lugareños, y los momentos domésticos, con sus dimes y diretes, donde tanto una como la otra, con la interacción de la hija adolescente y recién madre y el chaval de Gloria. La cinematografía Inés Tabarin, luminosa e íntima, ayuda a crear esa atmósfera vitalista y de verdad que tanto emana la historia, sin caer en esa manida luz donde el pasteleo sentimental se hace tan presente, aquí no hay nada de eso, sino sensibilidad en una cinta muy corpórea y táctil en que la cámara está pegada y traspasa a las protagonistas, como si se tratase de una extremidad más. En la misma sintonía trabaja el enriquecedor y sutil montaje de Suzana Pedro, en una película breve de 84 minutos, que ha trabajado mucho en el campo documental, y de la que vimos por aquí la interesante Olga (2021), de Elie Grappe, así como la excelente y cuidada música de Fanny Martin que, sin alardes innecesarios, consigue atraparnos con sutileza, intimidad y dulzura, sin empalagar. Sin olvidar, las maravillosas animaciones, coloristas y artesanales, realizadas por el especialista Pierre-Emmanuel Lyet y la propia directora, que dan la poesía y el onirismo tan necesario en una película que encoge el alma por lo cuenta y cómo lo hace. 

Una película tan pequeña, tan sencilla y tan enorme y fascinante a la hora de mostrar ese primer amor truncado y sus consecuencias, necesitaba a un elenco que transmitiese la verdad con la que está construida. Por un lado, tenemos a Louisé Mauroy-Panzani como Cléo, descubierta en un parque infantil que, no sólo es el personaje, sino que actúa con una sorprendente naturalidad y lo bien que mira, con esa inocencia y madurez a pesar de su corta edad. Junto a ella, Ilça Moreno Zego como la cuidadora caboverdiana, que ya había aparecido en una serie haciéndose de sí misma, y la breve presencia de Arnaud Rebotini como padre de Cléo, que vimos en L’âge atomique (2012), de Héléna Klotz. Una pareja maravillosa e inolvidable que genera todo ese amor que se tienen, esa vida y todos esos sentimientos que existen entre ellas. Un dúo que se quedará en nuestros corazones durante largo tiempo, porque no sólo transmiten desde la humildad y la transparencia, sino que nos regalan muchos momentos impagables, tanto duros como más alegres, que nos hacen vibrar con todo ese que se sienten y que no se puede explicar con palabras. 

No deberían dejar escapar una película como Ama Gloria, porque es una película producida por Bénédicte Couvreur, a través de Lilies Films, que está detrás de los últimos cuatro títulos de una cineasta tan grande como Céline Sciamma, como, por ejemplo, Petite Maman, que no está muy lejos de esta, porque también se hablaba de amor materno y sobre el amor, pero el de verdad, el que se siente muy profundo, el que no necesita palabras, el que está sostenido a través de las miradas, las risas y los silencios, que también los hay. Un amor que nos traspasa, y que en estos tiempos tan líquidos y tan apresurados, es importante detenerse y mirar y sobre todo, mirarnos, y dejarse llevar por los sentidos, por lo que sentimos de verdad, y dejar de lado tantas ocupaciones que sólo parecen importantes, y no olvidemos que la vida, si tiene algún sentido, ese tiene que ver con el amor, con el hecho de amar y ser amados, y trabajar cada día por y para ello, lo demás, créanme, sólo es importante en su cabeza, en su piel las cosas que importan de verdad son otras, amar y amar de verdad, aunque duela algunas veces, porque todo lo que vale la pena en esta vida es así, que le vamos a hacer, sino que le pregunten a Cléo y Gloria, ellas como muchos sabemos de lo que hablamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nely Reguera

Entrevista a Nely Reguera, directora de la película «La voluntaria», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 8 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nely Reguera, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Camiña de Bteam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La voluntaria, de Nely Reguera

¿QUIÉN CUIDA A QUIÉN?

“A medida que crezcas, descubrirás que tienes dos manos; una para ayudarte a ti mismo y otra apara ayudar a los demás”

Audrey Hepburn

En el imaginario cinematográfico de Nely Reguera (Barcelona, 1978), están muy presentes dos elementos inconfundibles: la familia y el cuidado. En su película corta Pablo (2009), una familia debía lidiar con una enfermedad mental. En su opera prima María (y los demás) (2016), una hija había cuidado de su padre y hermanos desde que murió su madre y había llegado el momento de soltar. En La voluntaria, donde vuelven a estar en labores de guion dos estrechos cómplices de la directora como son Eduard Sola y Valentina Viso,  volvemos a toparnos con el cuidado y la familia, en este caso, con Marisa, una doctora jubilada –  a la que sus dos hijos la quieren, pero cada uno hace su vida lejos de ella -, que acaba de llegar a un campo de refugiados de Grecia. La cámara la sigue en su “aventura solidaria”, todo lo vemos a través de su mirada y sus emociones. Un lugar ajeno y diferente a la vida que ha dejado en Barcelona, un lugar donde encontrará a Ahmed, un niño huérfano que no habla, pero que Marisa verá en él al nieto que no tiene y se desvivirá por el niño.

La directora barcelonesa vuelve a componer un sutil y profundo trabajo sobre el cuidado, la solidaridad y el otro, pero, sobre todo, realiza una exhaustiva fábula moral de aquí y ahora, con ese aroma de los Dardenne, en los nos sumerge en un continuo análisis en el que continuamente nos estamos preguntando sobre la bondad o no del personaje principal, donde cuestionamos o no sus acciones y en las que, durante todo el metraje, tenemos una relación ambivalente con Marisa. Como ocurría en sus anteriores trabajos, la factura de la película es impecable, tanto a nivel técnico, donde encontramos a su fiel cinematógrafo Aitor Echevarría, que sabe conducir es luz cálida ante esas hileras de barracones y tiendas de campaña, donde nos vemos entre lo humano y deshumanizado constantemente, como el ágil y denso montaje que aglutina con oficio los noventa y nueve minutos de la película, donde encontramos a Aina Calleja, otra cómplice de Reguera, que firma la edición junto a Juliana Montañés, que ha estado en las películas de Carlos Marques-Marcet, la excelente música de Javier Rodero Villa, que pone esa luz y negrura que tanto navega por la historia, y finalmente, el sonido directo de Amanda Villavieja, sobran las presentaciones de una de las grandes del sonido en este país, que nos introduce en ese campo real, con todo ese crisol de idiomas, llantos, tristezas y risas que pululan por un lugar tan ajeno y cercano a la vez.

El apartado artístico está a la misma altura que el técnico, con ese niño mudo que interpreta con ternura Hammam Aldarweesh Almanawer, bien acompañado por Caro, el personaje de Itsaso Arana, excelente y concisa la actriz navarresa, que sería el otro lado de Marisa, la coordinadora que sigue con orden y rectitud todas las reglas del campamento, y actúa como faro emocional para el personaje de Marisa, porque alberga más experiencia y sabe de los errores que está teniendo y que son complejos de llevar. Marisa es el cuerpo y alma de una Carmen Machi en estado de gracia, consiguiendo transmitir todas las difíciles emociones de su personaje, donde ella misma se cuestionará muchas cosas y en muchos momentos, no sabrá qué hacer y cuando decide algo, no sabe hacia dónde dirigirse. Un personaje complejo y humano, que cuida al niño y se olvida de dónde está y qué hace allí. Toda la fuerza de la mirada de una Carmen Machi portentosa metida en un personaje con la misma intensidad y complejidad que recuerda a las Rosas que hizo en La mujer sin piano (2209), de Javier Rebollo, donde era una mujer casada muy perdida, y la prostituta rota de La puerta abierta (2016), de Marina Seresesky. Tres mujeres, dos Rosas y una Marisa que luchan por estar un poco menos solas, y sobre todo, por encontrar alguien que las ate a la vida y les dé un camino/esperanza.

Reguera ha convencido con La voluntaria, después de todos los buenos augurios que ya se vislumbraban en la magnífica María (y los demás), y no solo eso, porque en su segundo trabajo aún profundiza en las dificultades de la bondad bien intencionada, en la complejidad de ayudar al otro, y sobre todo, en no dejarse llevar por una solidaridad que sirve como vehículo para curarse emocionalmente, olvidándose de las verdaderas necesidades del necesitado y aún más, en todo aquello que se les da y en muchos casos, no es lo que más le ayuda o le sirve dada su precaria situación, tanto física como emocionalmente. La película plantea muchos reflexiones, dudas y pensamientos que continúan rondando en nuestra cabeza muchos días después de haber visto el relato que nos muestran, y eso es el mejor halago que se le puede decir a una película como La voluntaria, porque en estos tiempos de avasallamiento en las carteleras, es una enorme alegría que algunas de esas historias se queden en nuestra memoria, y no solo eso, que nos cuestionan tantas cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Muñoz

Entrevista a Miguel Ángel Muñoz, actor y director de la película «100 días con la Tata», en el Soho House en Barcelona, el jueves 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Muñoz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara Pérez Camiña y Emilia Esteban Guinea de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA