Lady Bird, de Greta Gerwig

CUANDO SE TIENEN 17 AÑOS EN SACRAMENTO.

Decía el poeta que uno ama realmente algo cuando se aleje de él, cuando tiene la distancia adecuada para apreciarlo y encontrar aquello que la cotidianidad le impedía ver. Quizás, el momento que define Lady Bird, la primera película dirigida en solitario por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) sea cuando la joven lejos de su ciudad, contesta que es de San Francisco cuando un chico le pregunta, ese instante de vergüenza de pertenecer a un lugar, de tener una identidad que rechazamos, que no sentimos como propia, es lo que nos llevará a mirar ese mundo al que pertenecimos con otros ojos, de otra manera, como si la distancia nos devolviera a amar aquellas pequeñas cosas y detalles que habíamos olvidado por nuestras ansias de escapar de allí. La cineasta californiana que ha construido una más que interesante carrera como actriz de la mano de autores tan importantes como Noah Baumbach, con el que ha hecho tres filmes, o With Stillman, Woody Allen, Barry Levinson, Todd Solondz o Mia Hansen-Love, entre otros. Gerwig vuelve a ponerse detrás de las cámaras después de la experiencia de Nights and Weekends (2008) codirigida y interpretada junto a Joe Swanberg, que relataba como la distancia hacía estragos en una relación de pareja.

En Lady Bird realiza su primer trabajo en solitario con un relato de auto-ficción, donde mira a su adolescencia, en su querida Sacramento, allá por el año 2002, aunque la directora se desmarca con una historia completamente inventada, pero con un gran arraigo personal, de hogar, infancia, etc… En la que nos presenta a una adolescente que se hace llamar “Lady Bird”. Christine McPherson que es así como es su verdadero nombre, acude a un colegio privado religioso, donde estudia su último año antes de ir a la universidad. Lady Bird con su pelo panocha y uniforme escolar, es una chica inquieta, creativa, y sumamente independiente, se pasa los días entre clases, con su mejor amiga, algún que otro novio donde experimentará su primera vez, y se gana unos dólares para pagarse su universidad, aunque ella sueña con salir de Sacramento, que aunque sea la capital del estado de California, todavía mantiene ese aire de sencillez, humildad y agrario.

Lady Bird quiere escapar de allí como sea, sueña con una universidad de la costa este, y de huir del amparo de una madre cercana y distante a la vez, con la que no cesa de pelear, ante un padre más comprensible y amigo. Gerwig nos describe la cotidianidad de Lady Bird, sin más, su quehaceres diarios componen la película, pero no lo hace desde los grandes acontecimientos que pudiera vivir en ese tiempo, sino todo lo contrario, desde la intimidad de una habitación, de una clase, o de una conversación, a partir de sus experiencias más íntimas y personales, como enamorarse del chico equivocado, querer ser otra cambiando de amistades, o sentirse insegura con la idea de no acabar en la universidad que desea, o la difícil relación con su madre, de caracteres parecidos que chocarán y mucho en los diferentes puntos de vista que tienen las dos, o compartir un espacio, el que ha sido tu infancia, tu hogar, pero del que no te sientes identificada en absoluto, como si tuvieras las sensación que te ahora, que no te deja respirar, que te sientes atrapada, y que sueñas cada día con salir cuanto antes de esa ciudad que sientes triste, apagada y demasiado rural.

Gerwig construye un guión sumamente complejo, en el que cada personaje se convierte en un espejo transformador o no de la protagonista, haciéndole ver aquello que siente y que a veces no logra interpretar, en un cuento de idas y venidas, de tristezas y alegrías, de inseguridad e ilusiones, de querer ser otra persona, como si estuvieras atrapada en un cuerpo, personalidad y lugar que no te correspondieran, como si para ser tu misma tuvieras que irte de allí y renacer de nuevo en otro lugar, sin que nada ni nadie supiese nada de tu vida anterior. El universo de Lady Bird es un mundo en el que todo está para explorar, una especie de aventura cotidiana donde cada experiencia será la primera y única, donde nuestros sueños e ilusiones tienen la capacidad de cambiarnos y llevarnos o no hacía el lugar que queremos estar, aunque no siempre esas experiencias serán satisfactorias, todas ellas tendrán su qué, en el que la directora estadounidense le da la vuelta a todos esos momentos y nos los presenta con un cariz próximo y humano, donde las cosas miradas desde la cercanía siempre se ven de otra forma, quizás con la naturaleza real o por lo menos muy diferente a la que nosotros no la habíamos imaginado.

En ocasiones, Lady Bird se enfrentará a sus sueños e ideas dándose de bruces con esa realidad que la rodea, y en otras, verá que lo que tanto necesita no se encuentra tan lejos como ella cree, ese camino de hacerse mayor o dejar de mirarse tanto el ombligo, alimenta la película y la convierte en una comedia agridulce de esa América profunda que tantos se niegan a ver que existe, porque hay tantos que la odian, que la rechazan solo por el simple hecho que no es una ciudad con luces de neón, centros comerciales de tus marcas favoritas o demás chorradas que tanto venden desde otros ámbitos y ciudades. La maravillosa y emocionante interpretación de Saoirse Ronan, una actriz dotada de una naturalidad profunda e intensa, que comenzó siendo niña a acturar, y con Brooklyn, demostró su magnífica naturaleza como actriz, convirtiéndose en una de las mejores intérpretes de su generación. En Lady Bird  demuestra sus dotes camaleónicas transformándose en una adolescente de la América rural, de esos lugares que nunca salen en las guías turísticas, en la que a veces odiamos y otras queremos sin temor, como la vida misma.

El resto del reparto capitaneado por Laurie Métcalf como esa madre protectora y peleona, Tracy Letts dando vida a ese padre que todas las chicas desean tener, Beanie Feldstein es esa amiga que nunca te abandonará aunque tú te empeñes en lo contrario, y Lucas Hedges y Timothée Chalamet (visto en la reciente Call me by your name) son esos novios tan diferentes y extraños que pasan por el último año en Sacramento de Lady Bird. Greta Gerwig ha realizado una película fantástica y llena de sensibilidad, mostrando a aquella adolescente que fue, ese describiendo un universo peculiar y sincero, en su carta de amor no solo a su adolescencia, sino a su Sacramento, a sus raíces, a quién fue, y donde creció, aunque a veces no apreciemos lo suficiente de dónde venimos, y queramos ser de otro lugar y escapar, irnos y desparecer, para en el fondo darnos cuenta que queríamos ese lugar más de lo que nos gustaría admitir.

El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

 MY SWEET ALMA.

“Convertir el amor en un sueño febril”

Reynolds Woodcock es un hombre maduro, de extraordinario talento para el diseño de vestidos para mujeres, profesión en la que ha volcado su existencia, dónde se muestra metódico, exigente y perfeccionista. “The House of Woodcock”, que lleva junto a su hermana Cyril, se ha convertido en la casa de modas más importantes del Londres de los años 50, por donde desfilan reinas, condesas, herederas, estrellas de cine y grandes damas, que llegan para tener el vestido más elegante y exclusivo de todos. Reynolds lleva su empresa como si se tratase de un regimiento militar, donde hay múltiples reglas que hay que cumplir a rajatabla, normas y más normas de un diseñador que se muestra quisquilloso, egocéntrico e irascible con todos y todo. Aunque todo ese aparente orden se viene abajo con la aparición de Alma, un joven inmigrante venida del este que Reynolds conoce una mañana. Alma entrará a trabajar con él, y sin quererlo, se convertirá en el centro de todas las cosas. El octavo trabajo de Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970) sigue la línea de sus últimos films, si bien es verdad que su cine arrancó con dramas corales como Sydney, Boggie Nights o Magnolia, poco a poco, si exceptuamos su anterior filme Puro Vicio (donde había drama coral salpicado de comedia surrealista) sus otras películas han derivado en retratos íntimos, con pocos personajes, donde la trama pivotaba en uno de ellos, que suelen tratarse de tipos solitarios y a la deriva, que les cuesta encajar en la sociedad, como ocurría en Punch-Druck Love, The Master o en Pozos de ambición, en el que el magnate fascista del petróleo no tenía nunca suficiente a pesar de amasar una desorbitada fortuna. Los personajes de Anderson suelen ser tipos sin fortuna, por lo general, o existosos en su trabajo, pero no en el amor, tipos perdidos, llenos de traumas y dolor, que se mueven por inercia, sin saber dónde ir, en el que les cuesta entender la sociedad y su entorno más íntimo.

Reynolds Woodcock es un hombre que se ha refugiado en su profesión – personaje inspirado en el célebre modisto español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) – y ha construido un reino sin fisuras y brillante, que, en realidad, esconde el trauma de la muerte de su madre (la persona que le hizo quién es y le enseño el oficio) dolor que le ha encerrado en sí mismo, rodeado de criados-empleadas, en un mundo femenino, que le siguen sin rechistar, incluida su hermana, a la que, sin embargo, hay una línea oculta que saben que ninguno de los dos nunca traspasará. La llegada de Alma a su vida cambiará todos sus esquemas, y resquebrajará su reino de cristal, y lo convertirá en alguien humano, un tipo débil y vulnerable, con sus miedos e inseguridades. El cineasta californiano apenas nos deja ver el Londres de posguerra, donde todavía la tragedia de la guerra seguía presente y había pocas distracciones. La película se muestra siguiendo el patrón del modisto, siempre entre cuatro paredes, como el mundo que se construye, en los salones de su casa de trabajo, en la mecanización de sus talleres cosiendo los vestidos, en restaurantes rodeados de gentes y comida, y en su refugio en el campo, donde cómo no, sigue obsesionado con su último diseño. Anderson, que también es el responsable de su fotografía (filmada en 35 mm) construye una luz brillante y esplendorosa en la casa-trabajo de Woodcock, y por el contrario, la ensombrece y la vela en los otros espacios, donde el personaje se muestra diferente, más débil, ataviado con sus gafas, su inseparable cuaderno y lapicero, un tipo que nunca descansa, siempre trabaja y trabaja. La llegada de Alma lo trastocará, lo que en principio parece la caza de una nueva musa, lentamente, se convertirá en algo más, debido al carácter de la joven, una mujer que protesta las continuas órdenes y reglas del modisto, que no quiere ser una más entre todas, que desea convertirse en alguien especial para Woodcock, y no dudará en traspasar todos los límites para desenmascarar al modisto, y convertirlo en alguien real, en alguien cercano y humano.

Anderson filma a sus personajes de manera íntima, en que el escenario lo define, como si pudiéramos tocarlos o caminar entre ellos, a través de una elegante mise en scene, que nos evoca a los grandes dramas victorianos con esas casas señoriales en los que todo sigue el orden previsto, donde la vida y las emociones parecen prediseñadas, como si alguien las hubiera pensado con anterioridad. La película nos hace recordar algunos relatos de Hitchcock, como Rebeca o Vértigo, donde los señores se empeñan en resucitar a los que no están, en un viaje obsesivo y demencial que les conduce a romper la línea temporal y dar vida a aquellos que ya se fueron (como Woodcock en su obsesión de que cada vestido resucite la imagen de su madre muerta) a través de los recién llegados, que se muestran sometidos y encerrados, en la línea de la novela de Frankenstein, aunque la película de Anderson no deriva al terror puro, y si al melodrama romántico, lleno de sofisticación y sobriedad, con el aroma del mejor Wyler con La heredera o a David Lean con sus películas donde sus enamorados se veían en las derivas de dejar lo acomodado para dar rienda suelta a sus emociones, como Breve encuentro, Amigos apasionados o Locuras de verano, por citar algunas, o Doctor Zhivago, con la que guardaría algunas similitudes como la irrupción de una mujer en la vida del protagonista que lo cambiará profundamente, arrastrándolo hasta las profundidades del amor más apasionado.

El formidable elenco de la película ayuda a contar este duro, violento y romántico melodrama, lleno de brillo y oscuridad, donde el amor se muestra obsesivo, fantasmal y competitivo, con unos intérpretes en estado de gracia que componen unos personajes llenos de humanidad y complejidad, como Reynolds Woodcock al que da vida Daniel Day-Lewis, que repite con Anderson, en otro personaje difícil y en ocasiones, muy extremo, en el que el actor británico mantiene su extraordinaria capacidad interpretativa, a través de la contención y las miradas, expresándolo todo a través de lo más íntimo y sencillo, Lesley Manville haciendo de Cyril, esa hermana doliente que sabe cuando callar y cuando replicar, que maneja un personaje que se mueve con rectitud y apoya su personaje en las miradas, y sus breves movimientos (como hacía la enorme Lola Gaos en Tristana) y finalmente, Vicky Krieps, interpretando a Alma, en un brutal y extraordinario tour de force con Day-Lewis, tarea nada fácil que la actriz sabe despachar con increíble fuerza y brillantez. Anderson ha construido un magnífico y elaborado melodrama romántico, donde el amor arrastra a sus personajes, mostrando sus debilidades ocultas y aquello que jamás dejan mostrar, y lo hace a través de una ambientación llena de sutileza y detalles, a través de unos personajes bien definidos y complejos, los cuales nos llevan casi sin quererlo, por un mundo de elegancia, lleno de colores y brillos, en el que aquello que no se puede ver ni tocar, nos hace más vivos y libres.

Perfectos desconocidos, de Álex de la Iglesia

LUNA DE SANGRE.

La ciencia explica que la “Luna roja” o “Luna de sangre” solo se pude ver cuando se produce un eclipse lunar. Un extraordinario fenómeno donde la Luna se coloca justo detrás de la Tierra, quedando oculta del sol. Entonces, la luz solar se proyecta sobre la Tierra, que dispersa la luz azul y verde pero deja pasar la roja por la atmósfera, llegando hasta la Luna, que refleja esa tonalidad. En esa noche, no una cualquiera, en una muy especial, con esa luna omnipresente que dicen que afecta las personas, se van a desencadenar los hechos que nos cuenta la película número 14 de la filmografía de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) en la que adapta, con su habitual guionista Jorge Guerricaechevarría, como hiciera en 1997 con Perdita Durango y en el 2008 con Los crímenes de Oxford, pero en este caso no se trata de una novela, sino de una película, Perfetti soconosciutti (2016, Paolo Genovese) exitosa cinta italiana que nos habla de siete amigos que se reúnen una noche para cenar y juegan a un inocente y perverso juego que traerá consecuencias imprevisibles y dramáticas. Se trata de que todos coloquen sus móviles en media de la mesa y cada vez que reciban una llamada o mensaje, todos lo tienen que leer en voz alta.

Bajo este decorado, De la Iglesia encierra a sus comensales, amigos todos ellos, en una de esos pisos con conserje, de diseño y alto standing, con una amplia terraza que ofrece unas vistas magníficas de la ciudad. El cineasta vasco le interesa escoger a sus personajes e introducirles en un espacio acotado en el que todos ellos deberán relacionarse, no siempre de la manera más humana, y en muchas ocasiones, generando conflictos terribles que los llevan a utilizar la violencia para conseguir sus fines, que no suelen ser poca cosa. Estamos ante una comedia negra, que como suele ocurrir en las de calidad, aparentemente todos son felices y dichosos, pero solo en apariencia, como demostrará la película a medida que avanza. Nos presenta a unos personajes, tres parejas para ser más exactos, los hay que rivalizan entre ellos y se esconden ciertos conflictos, los otros disputan porque la suegra vive con ellos y se ha creado un cisma doméstico, y los últimos, un añito de casados y deseos de ser padres, lo hacen a todas horas y parecen “mega” enamorados. Y por último, el séptimo pasajero, el amigo que presentará a su nueva pareja, y que no tiene trabajo.

Siete almas que dialogan y comen distendidamente hasta que arranca el juego y reciben el primer mensaje, que claro está, no deja contentos a los implicados. La velada transcurre de sobresalto en sobresalto y cada vez las informaciones que van leyendo son más sucias y terribles, desencadenado los conflictos entre las parejas, donde se destapan demasiados secretos. De la Iglesia conduce con maestría la dosis de comedia ligera que va transformándose en comedia negra no, negrísima, en el que las miradas indiscretas y de enfado pasan a la violencia verbal, luego a algunos golpes de frustración, cuchillos clavados en la mesa con rabia, gritos de reproche e inocencia, correrías entre unos y otros,  y desesperación, y sobre todo, las consecuencias terribles de destapar la verdad, cuando el castillo de naipes, impoluto y amable, construido en sus vidas matrimoniales se ve bruscamente caído, porque solo estaba sujeto a los hilos de la comodidad y la rutina. Un buen plantel de intérpretes que se mueve con soltura y gracia en ese macabro juego de identidades, deseos ocultos y frustraciones enquistadas, donde todos desean algo que deben de ocultar por miedo a perder aquello que no les hace sentir bien.

La película provoca la risa, mucha risa, y las situaciones comprometidas, con una trama que busca y consigue esa complicidad con los espectadores cuando conocemos algo que algunos personajes desconocen, y eso nos genera la tensión habitual en estos casos. El realizador vasco ha construido una película para descojonarse de unos pobres diablos que podríamos ser nosotros, cada uno de nosotros, con nuestros móviles donde no sólo nos sirve para comunicarnos, sino para guardar nuestros secretos, y también, nuestras vergüenzas o aquello que no queremos que los demás, ni incluso esa persona que convive con nosotros, sepa de nuestra vida, una vida o miles que se oculta en el móvil, el aparatito de nuestro tiempo, en nuestro baúl de los secretos, de mentiras, y de muchísima más, de algo que se convertido en nuestro fiel aliado, aunque ya sabemos que puede ocurrir si cae en manos ajenas y equivocadas, como nos retrata la película en estos amigos de toda la vida, que acaban convirtiéndose o fingían no darse cuenta, que cada uno de ellos, no solamente interpreta un papel para los demás, sino que, en el fondo, le cuesta saber quién es realmente, sólo el móvil y lo que esconde en él, pude descifrar su vida y todo lo que es, su vida, qué hace, a quién ve.