Entrevista a Zoe Stein, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Stein, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Lluís Homar, intérprete de la película «Forastera», de Lucía Aleñar Iglesias, en la Calle Sancho de Ávila en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Homar, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque, de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
¿Cómo pueden los muertos estar muertos si siguen viviendo en las almas de los que quedaron atrás?
Carson McCullers
Érase una vez… un verano más de la joven Cata en casa de sus abuelos en Mallorca junto al mar. Junto a su hermana pequeña Eva pasan los días con los iaios Tomeu y Catalina, entre las costuras y los guisos de la abuela y las partidas de mus con el abuelo. Todo parece un verano más hasta que la iaia Catalina cae y fallece. A partir de este sorprendente y chocante momento, y con la llegada de Pepa, la mamá de Cata y Eva, e hija de la fallecida, la casa se tornará de otro tono, en el que la joven Cata pasará su duelo particular, tan misterioso como extraño. Forastera, la ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993), se inspira en el cortometraje homónimo que la propia directora dirigió en 2020 y se presentó con mucho reconocimiento en la Semana de la Crítica del prestigioso Festival de Cannes. La premisa es sencilla, envolvente y muy íntima, llena de sensibilidad y de sombras, donde los roles familiares cambiarán y la propia Cata no sólo experimentará situaciones cada vez más ajenas y a la vez, muy cercanas, como revela el primer plano con el que arranca la trama.
Al entrar en una atmósfera propia del género de terror porque se habla de pérdidas, duelo, identidades y fantasmas, muchos espectadores creerán que estamos en un cuento de terror al uso, aunque se van a ver muy decepcionados, porque la directora madrileña y formada en New York, rompe con los cánones establecidos del género y se va hacia otros territorios, los que tienen que ver con las sensaciones y con todo aquello que no vemos, con lo invisible, con los conflictos sobre el alma y cómo percibimos nuestro dolor y cómo lo afrontamos en cuestión a los demás y al propio difunto. La experiencia de Cata, el hilo conductor de este cuento de terror, sí, pero desde una ambivalencia rara y sugerente, en el que, como si fuese una novela de Gabriel García Márquez, la línea que separa la vida de la muerte se desvanecen y entramos en una atmósfera muy cálida, que nos va atrapando en una maraña de situaciones donde Cata va asumiendo un rol que comparte con otros. Aquí no hay sustos ni trucos de pacotilla para hacer saltar de la butaca al respetable. Estamos más cerca de la atmósfera de The innocents (1961), de Jack Clayton, donde los vivos y los muertos intercambian sus roles, sus aspectos y demás, generando una cotidianidad extraña, que reconocemos pero a la vez nos genera inquietud y calma.
La exquisita y elaborada cinematografía de Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto sus trabajos con Laura Ferrés, en Las novias del sur, de Elena López Riera, Siempre es invierno, de David Trueba, y Esmorza amb mi, de Iván Morales, amén de estupendos documentales como Canto cósmico. Niño de Elche y Mientras seas tú, entre otros. Una luz elegante, sin fisuras y sólida, que nos envuelve en una atmósfera hipnotizante dentro de la realidad cotidiana de casa, playa y paseos en bici y pueblo de lo más cotidiano, donde los espejos y sus reflejos, así como los diferentes idiomas adoptan un doble juego de presencias y ausencias. La excelente música del dúo Filip Leyman y Anna von Hausswolff, que ya coincidieron en Coutre, de Alice Winocour, construye un espacio cálido y sobrecogedor donde cada encuadre rezume vida, muerte y esa otra cosa instalada en la casa y en la vida del personaje de Cata en consonancia con su abuelo Tomeu. El montaje lo firma la italiana Paola Feddi, con más de un cuarto de siglo de carrera y más de 40 títulos en su filmografía entre los que destacan cineastas como Piero Messina, Andrea Pallaoro y Krzysztof Zanussi, entre otros. Su edición es reposada, sin prisas y muy sobria, deteniéndose en cada detalle, narrando con suavidad y elegancia cada plano y encuadre que evoca la vida y la muerte en cada instante, en sus contenidos y emocionantes 97 minutos de metraje.
En el plano interpretativo la protagonista recae en la mirada, el gesto y el silencio de una extraordinaria Zoe Stein, que vuelve a enfundarse en la piel y las texturas de Cata, la nieta que pasa un duelo muy particular en el que su abuela fallecida está muy cerca de ella. A su lado, Lluís Homar hace del abuelo Tomeu, que vuelve al cine después de un tiempo dedicado al teatro. El actor catalán se mete en el rostro y piel de un hombre que también pasa un duelo extraño. Núria Prims es la hija y madre, alguien ajeno, quizás demasiado, un visitante extraño que parece que está y no está. Martina García es la hermana pequeña y Marta Angelat es la abuela Catalina. Forastera, de Lucía Aleñar Iglesias es una película atípica dentro del panorama actual, porque se atreve a penetrar mundos poco explorados en el cine que se hace ahora, y nos remite al cine de antes como el de Carlos Saura y concretamente a Cría cuervos… (1976), incluso en muchos aspectos a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y el aroma tan característico de cierto cine independiente estadounidense como A Ghost Story (2017), de David Lowery, sin olvidar la atmósfera y la cercanía que tiene la magnética Estiu 93 (2017), de Carla Simón, en su forma de abordar el duelo y la ausencia y la pérdida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”.
Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare
Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa.
La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película.
La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo.
Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas.
Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Àlex Mañas, director de la película «Hada», en su domicilio en Barcelona, el miércoles 3 de septiembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Àlex Mañas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Maria Sanz y Sara Espías, actrices de la película Hada» de Àlex Mañas, en el domicilio del director en Barcelona, el miércoles 3 de septiembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Sanz y Sara Espías, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall y Àlex Mañas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Belén Funes, directora de la película «Los tortuga», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Funes, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“(…) que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos”.
Fragmento de “Sé todos los cuentos”, de León Felipe
Una de las películas más inolvidables que mejor ha abordado la gestión emocional de la muerte, la pérdida y el duelo durante la infancia es Cría cuervos… (1976), de Carlos Saura. La segunda película de Ana Asensio (Madrid, 1978), La niña de la cabra no está muy lejos del aroma de la cinta de Saura, porque también nos sitúa en Madrid, en un barrio de tantos en 1988 y bajo la atenta mirada de otra niña Elena, una niña que, en un mes hace la primera comunión y tiene un vínculo muy fuerte con su abuela. Al morir ésta, el universo de la niña se tambalea y es cuando aparece en su vida Serezade, una niña gitana que con su familia hace bailar a una cabra. Este encuentro será crucial para Elena que, perdida ante tanta cuestión y desaliento, se refugia en el mundo de Serezade, que ve como diferente y lleno de amor y colores.
Después de la contundente y asfixiante Most Beautiful Island (2017), que Asensio dirigía y protagonizaba, en la que nos sumergía en un extraordinario thriller psicológico en la que una joven se veía abocada a realizar un trabajo de mucho riesgo donde se destapan las verdaderas miserias de New York. Ahora, la directora madrileña vuelve a su infancia, retorna para recuperar muchos recuerdos, sensaciones y emociones para situarnos en la mirada despierta de Elena, con un plano-Ozu, es decir, en que la cámara se sitúa a la altura de la protagonista, y por ende, el punto de vista del relato se vive desde la infancia, ese mundo bello y trágico a la vez, un universo donde somos príncipes y mendigos, llenos de preguntas, aislados del secretismo del mundo adulto, y en contrapartida, de la realidad en la que vivimos. Una etapa que, ante tanto misterio, nos inventamos la existencia, imaginando otros mundos y lugares y sobre todo, aventuramos una forma de relacionarnos con la vida, la muerte, la ausencia y el dolor, creando nuestra propia experiencia de forma libre, sin ataduras y siendo todo lo felices e infelices que conocemos.
La parte técnica brilla en la película con la exquisita, íntima y luminosa luz de David Tudela, que ha trabajado en cortos, series y documentales, en un cercano trabajo con la luz que recuerda a los grandes trabajos de Alcaine, donde se recoge muy bien lo que eran el final de los ochenta, sin caer en el embellecimiento ni en el subrayado, amén de la mención del encuadre a la altura de sus “bajitas” protagonistas, que ayuda a introducirnos en ese universo paralelo que inventan. El sobrio montaje de un grande como Nacho Ruiz Capillas, con más de tres décadas de profesión y más de 120 títulos en su filmografía al lado de los grandes del cine español, compone un sutil retrato donde lo natural y lo “otro”, ya que no quiero desvelar ningún detalle de su trama, se magnetizan de forma enriquecedora. La música es otro de los elementos capital en la película de la realizadora madrileña porque ayuda a crear ese magnetismo que tiene la historia. Tenemos a la pareja de músicos rumanos Marius Leftarache y Ionut Radu que se alimenta con varios temas relacionados con la abuela, con el encuentro con Serezade y un temazo de la época que les sonará y mucho.
Si la parte formal está a la altura de lo que se cuenta, el elenco actoral también se suma a la calidez, sensibilidad y transparencia con la que se interpreta cada personaje y cada situación. Tenemos a las dos niñas debutantes en la piel de Alessandra González como Elena y Juncal Fernández como Serezade que, no están muy lejos tampoco de Frida, que interpretaba Laia Artigas en la magnífica Estiu 93 (2017), de Carla simón, otro gran título sobre la pérdida en la infancia. Las niñas transmiten espontaneidad y calma ayudan a transmitir todos las alegrías y temores de ambos personajes, en su peculiar aventura de la invención y la fábula, en un hermosísimo cuento sobre la muerte en la infancia, en cómo dos niñas se encuentran, se relacionan y viven ese doloroso descubrimiento cuando no lo desconocen completamente. Los adultos, también importantes en la trama, son los padres de Elena, Lorena López y Javier Pereira que, escenifican con naturalidad muchos de los padres de entonces que vivían en un mundo totalmente paralelo a sus hijos, a los que ocultaban todo lo que consideraban oscuro. La abuela la hace una grande como Gloria Muñoz que añade ese vínculo tan cercano que tiene con su nieta. Y finalmente, la presencia de Enrique Villén como cura, con la religión como eje vertebrador de la vida para la pequeña Elena, ejemplificando esa función del bien y el mal, y de lo prohibido y lo que no, que aún confunde mucho más a la niña.
No crean que La niña de la cabra es una película más con niñas y su descubrimiento al mundo de los adultos, con ese aire de azucarillo y blanqueo tan recurrente en el cine comercial estadounidense y de otras latitudes. Porque si piensan eso de esta película estarían desmereciéndola injustamente, ya que el segundo trabajo de Asensio es ante todo, una obra de una sensibilidad magnífica a un tema muy difícil, y tiene la delicadeza de indagar sin prisas y con el aroma de cuento urbano y no tan urbano a través de la atenta mirada de una niña de 8 años que, ante la falta de información conoce a una niña Serezade, tan diferente de ella, que le descubre otro mundo, otra forma de enfrentarse a las cosas y sobre todo, le arropa en una bonita e íntima amistad en que se tropezarán con muchos conflictos que resolverán a su manera, con una increíble imaginación y una naturalidad desbordante, sin importar el futuro, sólo su presente. Aún cambiando de registro, el cine de Asensio vuelve a demostrar que le van las historias mínimas e íntimas, y tiene especial elección en profundizar en esos temas que no queremos ver ni experimentar cómo la desesperación y la oscuridad en su ópera prima, y la muerte, la pérdida, el duelo y la ausencia, y la amistad en su segunda película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La muerte deja un corazón roto que nadie puede sanar, pero el amor deja un recuerdo que nadie puede robar”
(Proverbio irlandés)
En la inolvidable Mi vecino Totoro (1998), de Hayao Miyazaki se profundiza de forma sencilla y honesta, en el proceso emocional de dos hermanas que, entablan amistad con un espíritu del bosque para enfrentarse al dolor de tener a su madre enferma en el hospital. Un cine de animación para todos los públicos. Por los mismos contornos se mueve Mary Superchef (A Greyhound of a Girl), de Enzo D’alò (Nápoles, Italia, 1953), basada en la novela “Como un galgo”, del irlandés Roddy Doyle, del que se han llevado a la gran pantalla excelentes títulos como The Commitments (1991), de Alan Parker, y Café Irlandés (1993), y La camioneta (1996), ambas de Stephen Frears, entre otras. Una cinta muy cercana, de dibujo sencillo y nada enrevesado, aquí lo que cuenta es tratar el tema de la pérdida y el duelo a través de la mirada inquieta de Mary O’Hara, una niña de 11 años que empieza su verano con dos frentes: la enfermedad de su abuela y la despedida de su mejor amiga, amén de prepararse para conseguir una plaza en la escuela de cocina más exquisita de la zona.
Un guion escrito por Dave Ingham, que lleva casi tres décadas imaginando series para el público infantil, y el propio D’Alò, del que conocemos sus excelentes trabajos en el campo de la animación donde se ha convertido en un abanderado gracias a títulos como La flecha azul (1996), Historia de una gaviota (y del gato que le enseñó a volar) (1998), Opopomoz (20023), Pinocchio(2012), y Pipu, Pupu & Rosemary: the Mystery of the Stolen Notes, entre otras, recibiendo grandes elogios de la crítica especializada así como galardones en los festivales más prestigiosos. A partir de una estructura bajo la atenta y valiente actitud de su protagonista Mary que, ante las dificultades, saca su arrojo y su carácter para hacer la suya. Un cuento que se aleja de lo complaciente y lo cómodo para adentrarse en terrenos emocionales complejos y muy oscuros, pero no desde un lado triste y sensiblero, para nada, todo está enfocado desde una mirada sincera y real, o podríamos decir de verdad, donde se explican situaciones muy íntimas y sensibles, donde se sitúa al espectador en varias tesituras donde los personajes se enfrentan a la enfermedad, a las despedidas y sobre todo, a la muerte, a aprender a decir adiós y enfrentarse al duelo.
Una fábula ambientada en las costas irlandesas, en lugares como Cork y Wesford, donde predomina el verde como no podía ser de otra manera, en la que los tremendos paisajes costeros sirven de escenario común a una historia que recorre cuatro generaciones de mujeres de la misma familia que se vuelven a reencontrar para procesar el adiós en compañía y experimentando cada uno todas las emociones que experimentan. Otro elemento fundamental de la película es la composición musical que firma un grande como David Rhodes, guitarra histórico del gran músico británico Peter Grabiel, que con gran sensibilidad y transparencia ayuda a paliar todo el entramado emocional al que se enfrentan los diversos personajes desde perspectivas muy diferentes porque van desde la infancia a través de Mary de 11 años, su madre Scarlett, la abuela Emer y la invitada especial, la bisabuela Tansey, en un relato donde la realidad, la fantasía, la imaginación se dan la mano de forma natural en la que las cuatro generaciones se reúnen para decir adiós donde hay drama y tristeza, pero también mucho humor y una fiesta de la vida, de compartir y una gran celebración de la vida y del amor.
El napolitano Enzo D’Alò es un fiel seguidor de las estructuras y formas de Studio Ghibli, porque desde la sencillez y la honestidad de su dibujo y sus planteamientos formales es capaz de sumergirnos en una excelente y profunda historia sobre la vida y el amor a través de despedirse de los seres que más quieres y más aún, cuando todavía tienes 11 años como le ocurre a la protagonista. Una heroína de verdad, de las que te encuentras, sin saberlo, cada día cuando caminas por la calle. Una joven que juega en los mismos contornos que otras niñas Ghibli como las citadas de Totoro, o aquella que debía enfrentarse a lo inquietante en la maravillosa El viaje de Chihiro (2001). Si deciden ir a ver una película Mary Superchef pueden acompañarse de los más pequeños, si los tienen, porque uno de los grandes logros de la película, y no es nada sencillo lo que ha hecho, es mostrar la pérdida y el duelo de forma cercanísima, nada estridente ni plañidera, sino desde lo humano, desde lo natural, desde la vida, de las cosas que más cuestan afrontar como la muerte, el adiós y sobre todo, enfrentarse a todo eso, y ser capaz de continuar y seguir adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Vincent Pérez, coguionista, actor y director de la película «El profesor de esgrima», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el sábado 20 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vincent Pérez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA