Entrevista a Berta Bahr

Entrevista a Berta Bahr, actriz de la obra de teatro “Angle mort”, de Roc Esquius y Sergi Belbel, en su domicilio en Barcelona, el viernes 13 de agosto de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Berta Bahr, por su tiempo, sabiduría, generosidad, complicidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, autor del retrato que encabeza esta publicación, por su amistad, generosidad y cariño.

Entrevista a Javier Tolentino

Entrevista a Javier Tolentino, director de la película “Un blues para Teherán” en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Tolentino, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La violinista, de Paavo Westerberg

LA MAESTRA Y EL ALUMNO.

“La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”

Leon Tolstoi

Si nos preguntasen nombres de directores finlandeses actuales nos vendría el primero y más importante de todos, el de Aki Kaurismäki, si nos estrujáramos más la cabeza aparecerían los de Mika, hermano del mencionado, y también, Klaus Härö, que ha estrenado sus últimas películas por aquí. A partir de ahí, tendríamos serias dificultades para nombrar alguno más. Por este motivo, el cine producido en Finlandia, exceptuando los citados, es una gran y triste anomalía por estos lares. Por eso cuando se estrena una película del mencionado país, solo podemos dedicarle nuestra mirada y disfrutar de esa anomalía. En este caso, la película en cuestión es La violinista, de Paavo Westerberg (Helsinki, Finlandia, 1973), dedicado a la interpretación, y a los guiones como los de Frozen Land y Frozen City, por los que fue galardonado, se ha embarcado en la dirección con la serie Jälkilämpö (2010), y ahora, repite con un relato intimista, complejo y oscuro sobre la ambición y sus consecuencias.

La historia arranca con Karin Nordström, una auténtica virtuosa y reconocida violinista que, después de la última actuación de su gira, tiene un desafortunado accidente que le hace perder sensibilidad en algunos dedos y le imposibilita seguir tocando. Después de un tiempo intentando aceptar su vida y sobre todo, su cambio de profesión, no tiene otro remedio que dedicarse a la enseñanza. Conocerá a Antti, uno de sus alumnos de violín más ambiciosos, y empezarán una relación íntima y muy secreta, ya que tanto Karin como Antii, tiene parejas, la del joven, Sofía, también alumna de Karin. Todo cambiará cuando Björn Darren, famoso director busca violín solista para su nuevo espectáculo. Westerberg confía su película en la actuación de sus intérpretes y en los cálidos y oscuros interiores donde se desarrollan las diferentes acciones del metraje. El rostro y las miradas se convierten en el centro de todo, bien acompañados por las excelentes piezas clásicas que escuchamos a lo largo del relato.

La película nos habla de música, y las diferentes formas de acercarse e interpretarla, donde los personajes de Karin y Antii tiene una forma directa, individualista y demasiado ambiciosa, donde la música se convierte en una lucha constante contra sí mismos, y contra los otros, donde nada ni nadie tiene cabida. En cambio, el personaje de Sofía entiende la música desde el amor y la colaboración, donde todo es nosotros. El personaje de Björn Darren confía en su querida Karin, aunque se muestra receloso con Antii, ya que le parece que  es demasiado impetuoso y no sabrá estar a la altura de la música y la responsabilidad que conlleva ser solista en una orquesta. A pesar de sus dos horas, la película se ve con gusto, sus composiciones son de gran altura y bien construidas, donde la luz mortecina que sacude toda la película, le va como anillo al dedo a un relato sobre la música, y sus intérpretes, que siempre les pierde su pasión, una excesiva pasión que juega contra ellos. Una trama bien mezclada con lo personal, donde el amor arrebatado se acaba imponiendo en las vidas convencionales de los personajes, acciones que los llevarán a consecuencias con las deberán lidiar.

Matleena Kuusniemi interpreta a Karin, una mujer de carácter, muy ambiciosa, que  después de su fatal accidente, deberá recomponerse y amar la música desde otra posición, pero sin dejar ella misma, y sobre todo, sin dejar que nadie sea más que ella. A su lado, Olavi Uusivirta como Antii, ese alumno que le puede ser el mejor, muy perfeccionista y altivo, con un carácter que jugará en su contra. Kim Bodnia es Björn Darren, el experimentado hombre de música, pero una fiera con la música, que tendrá sus conflictos con las decisiones y métodos de Karin. Misa Lommi es Sofía, la antítesis de Antii, otra forma muy diferente de acercarse a la música, valorando todo su potencial desde el lado más romántico y humano, y finalmente, Samuli Edelmann como Jaako, el marido de Karin, comprensivo y compañero, pero que se sentirá desplazado por la pasión desmedida de una mujer que antepone su vida y todo a la música. El director finlandés ha construido una película bella y sensible, pero también, muy oscura y llena de tinieblas, y reveladora sobre las desmesuras que lleva una pasión demasiado alejada de todo y todos, y las consecuencias en los demás, y lo hace desde la sutileza y la sobriedad, sin sobresaltos ni argucias argumentales, y mucho menos narrativas, solo con un grupo de intérpretes en estado de gracia, que cuentan mucho más desde el silencio y la potencia de sus miradas, y contando una historia que indaga en la emocionalidad de sus personajes, aquello que se oculta, pero que va desvelándose a medida que las diferentes y ambiguas decisiones van en aumento sin remedio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Hurtado

Entrevista a Ana Hurtado, directora de la película “Herencia”, en el Parque Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el viernes 14 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Hurtado, por su tiempo, generosidad y cariño, a Marga de Mallerich Films, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dardara, de Marina Lameiro

LA ÚLTIMA FIESTA.

“He aprendido mucho en este camino, sigo siendo un ignorante. Sorprendido, presionado, amado, sobrevalorado, censurado, satisfecho, vacío, hambriento, libre. Pero esclavo de todo esto. Agradecido y orgulloso por todo lo conseguido. Tan compañero como enemigo. Abrazado por una masa de gente y solo al mismo tiempo. Gritando en silencio. Sigo aquí pero ya me encuentro en otro lugar. Deseando parar. Y con miedo de que todo termine”.

La banda de rock se llama “Berri Txarrak” (en castellano, Malas noticias), se han pasado un cuarto de siglo tocando en euskera, picando piedra no solo en su tierra y el resto del país, sino que se han lanzado a territorios inhóspitos y difíciles como Alemania, Japón, Estados Unidos o México. Después de tantos años en la carretera, que se han traducido en 9 discos de estudio, más un recopilatorio, más de mil cien conciertos, y haber contado con productores que han tenido en su carrera a gente como Nirvana, Pixies, The Cure, etc… El terceto de los “Berri Txarrak” decide parar la travesía y cambiar de camino, para ello, montan una gira de despedida, la “Ikusi Arte Tour”, que girará por medio mundo con 70 directos para finalizar en noviembre de 2019. Una despedida que querían registrarla, documentar su adiós, o llamado de otra forma, la última fiesta con su público, con todos aquellos que los han seguido allí donde iban.

De Marina Lameiro (Pamplona, 1986), conocíamos su opera prima Young & Beautiful, de hace tres años, un documento íntimo y naturalista, que ponía voz a unos amigos y amigas de la directora, que llegados al borde los cuarenta, hacían balance de sus vidas y de ese futuro negro que les espera. Su segundo trabajo, aunque va por otros lares, sigue en la misma línea que su primera película, ya que la directora navarra filma la gira, con sus conciertos, que se mueven entre lo multitudinario de algunos, con las salas más pequeñas, tanto cerrados como en espacios abiertos, donde no solo seguimos y conocemos a los integrantes del grupo, sobre todo, a su líder y voz Gorka Urbizu, con todas esas contradicciones de la persona y músico, de despedir una época brutal de su vida en la cúspide, y las dudas y miedos de empezar una nueva andadura como músico con otros zapatos y en otras cuestiones. Lamiero lo filma en su intimidad, lejos del público, en su hogar, mientras camino, compone o se relaciona con los suyos, rememorando sus inicios, tanto de él como de la banda.

La película, con buen criterio e inteligencia, no solo se queda en la parte del grupo, sus canciones y sus movidas, sino que va mucho más allá, mirando al otro lado, al contraplano tan necesario en un oficio en que el público lo es todo, y captura a todos aquellos de nacionalidades y culturas diferentes que son también parte de este viaje de la banda, una alemana que sigue al grupo allá donde vaya, unos mexicanos que descubren la banda, una joven que se gasta todos sus ahorros para verlos, y una madre y su hija pequeña, auténticas fan de las canciones espirituales, sociales y reivindicativos de un grupo cañero, honesto, y sobre todo, lleno de carisma, que destilan pasión y amor por su música, por su idioma euskera, y por encima de todo, han sido fieles a su pasión y a su público, olvidándose de modas, corrientes y demás mandatos industriales. El febril, fragmentado y magnífico montaje de Diana Toucedo, que vuelve a repetir con Lameiro en su segundo trabajo, parte fundamental en una película que sigue a la banda por medio mundo, con constantes cambios de escenarios, de luz, y de circunstancias, que llevaron a la cineasta navarra y a su equipo por varias ciudades y veintitrés conciertos de los setenta que englobaba la gira.

Dardara (que viene a traducirse como “temblor”), esa pasión e intensidad de hacer y compartir la música, recoge el aroma y la maestría de otros títulos míticos del documento sobre el rock y sus nombres como los Gimme Shelter (1970), de Albert y David Maysles, Joe Strummer: The Future Is Unwritten (2007), de Julien Temple, When You’are Strange (2009), de Tom DiCillo o Searching for Sugar Man (2012), de  Malik Bendjelloul, todos grandes trabajos sobre la música, los que hay detrás y los que hay delante, recogiendo todo el computo que es un grupo de rock, y todo lo que arrastra, recogiendo ese espíritu indomable, firme, y resistente, de aquellos que creen en su pasión, en su fuerza, en su trabajo, y en las ganas y valentía que le ponen en lo que hacen, como lo ha construido Lameiro que vuelve a seducirnos y emocionarnos con un relato desde las entrañas, desde el amor a la música, y sobre los músicos, y el público que siempre está ahí, en una gira de despedida que ya no es solo eso, sino que ha originado una película que es ante todo, una historia de veinticinco años vital contada desde el presente, un presente continuo, intenso, febril, que no se detiene, que sigue y sigue, entre conciertos, reflexiones, pasado, futuro, los rostros del público, y envolviéndonos en una música que ya forma parte de la leyenda de la música en euskera, registrada de manera brillante e intimista por los siglos de los siglos. Larga vida a BERRI TXARRAK y al rock’n’roll!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Crescendo, de Dror Zahavi

MÚSICA CONTRA LA GUERRA.

“La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”

Léon Gieco

La palabra Crescendo, en el universo musical, significa “Fragmento musical que se ejecuta aumentando gradualmente la intensidad del sonido”, toda una declaración de intenciones la del director Dror Zahavi (Tel Aviv, Israel, 1959), a la hora de titular su película, en un relato que habla sobre el poder de la música como vehículo de reconciliación entre israelíes y palestinos. Si bien, quizás, es mucho pedir entre dos pueblos enfrentados de hace más de medio siglo, al menos, la intención está ahí, y el esfuerzo por entenderse  y mirar al otro, también, y que la música ayude, mejor. La película se inspira libremente en la West-Eastern Divan Orchestra, una idea del músico Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999 para reunir a jóvenes músicos árabes e israelíes como camino para reconciliar a los pueblos con el telón de fondo de una conferencia de paz. Zahavi, que lleva más de veinticinco títulos dirigidos, muchos de ellos enclavados en el conflicto israelí-palestino, convoca a un director de orquesta famoso como Eduard Sporck, con la tarea de elegir a un grupo de músicos jóvenes árabes e israelíes, que ensayaran durante tres semanas y ofrecerán un concierto de música clásica.

Como pronto se verá, la empresa no va a resultar nada sencilla, ya que se forman dos grupos rivales, los palestinos por un lado, capitaneados por Layla, violinista, y por el otro, los que comanda Ron, israelí y también, violinista, y entre ellos, Omar, palestino, y Shira, israelí, que entre ensayo y rivalidad, se enamoran, siguiendo los postulados del “Romeo y Julieta”, de Shakespeare. Y en esas andamos, lo que en un principio parecía una idea conciliadora y humanista, acaba convirtiéndose en una forma de trasladar la situación política al devenir de la orquesta. Sporck se erige como la figura reconciliadora que intenta, por todos los medios, llevar a buen puerto el objetivo de armonizar todas las inquietudes enfrentadas y transformarlas en excelentes intérpretes, exponiendo la música como el principal y único elemento capaz de provocarlo. El director israelí consigue una película interesante y sensible, dando voz a todos esos jóvenes maltratados por la situación política de sus países, siendo contaminados por ese odio acérrimo y cruel que se ha instalado desde hace tantos años.

El relato también se detiene en la oposición de los padres árabes de permitir a sus hijos ingresar en la orquesta, y los hijos, intentando hacerles comprender, o las situaciones complejas que se van generando entre la representante del proyecto y Sporck, que intentan dirigir las disputas internas entre los diferentes músicos. Otro elemento esencial de la historia es la idea de la historia como repetición constante de los errores del pasado, ya que el director de orquesta, hijo de nazis (como ya lo había sido en la reciente Sin olvido, de Martin Sulík), explica su testimonio de perseguido por aquellos que le querían hacer pagar los errores de sus padres. La película nos sitúa en Tel Aviv, donde se encuentra la sede de las audiciones, los territorios ocupados de Gaza, donde vemos la cotidianidad de los palestinos, los constantes controles militares, que da una idea de la opresión y asfixia en la que viven tantos árabes, y la apacible y bella villa austriaca donde se llevan a la orquesta para los ensayos. La película se ve bien, tiente hechuras emocionales y capta la idea de la música como motor de esperanza y ayuda a los extremos, en la que somos testigos de el Crescendo del título, donde la tensión emocional que arranca al principio, donde la orquesta es un campo de batalla entre los dos bandos entre israelíes contra palestinos, para ir poco a poco, y lleno de obstáculos, a una especie de reconciliación frágil, pero que ayuda a que las posturas no sean tan extremas.

La grandísima presencia de Peter Simonischek dando vida a Sporck, un intérprete de una audacia y composición apabullantes, que se mueve, mira y habla con una clarividencia y sobriedad absoluta, se erige como el patrón de esta orquesta difícil y compleja, bien acompañado por los jóvenes Sabrina Amali como Layla, la incorregible violinista palestina, Daniel Donskoy como Ron, el apuesto y chulesco violinista judío, y los enamorados, Omar que hace Mehdi Meskar y Eyan Pinkovich, y finalmente, Bibiana Beglau que compone a Karla, la representante del proyecto. Siguiendo la premisa de “El amor nos hace más fuertes, el odio nos debilita”, que lanza la película, habla de todo aquello que nos acerca, como puede ser la música, y el grupo, que se necesitan para tocar todos juntos y hacer un buen concierto, aunque sean diferentes, y piensen de formas muy distintas, y en materia política, sientan que están enfrentados y sean irreconciliables, pero la idea de Zahavi va en contra de todo eso, que seguramente, la música no cambiará la situación que se vive en Israel y Palestina, pero provocará que, por un tiempo, aquellas que se encuentran eternamente enfrentados, se detengan un instante, se miren los unos a los otros, y entiendan que, todos juntos se necesitan para hacer música, y por un momento, cesarán los rencores y los odios y solo hablarán los instrumentos y la música lo detendrá todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Drogas, de Natxo Leuza

EL DROGAS FRENTE A ENRIQUE.

“Hay quien piensa que si vas muy lejos, no podrás volver donde están los demás”.

 Frank Zappa

La película se abre con Enrique Villarreal “El Drogas” (Pamplona, 1959), en la actualidad, acostado en la cama y con la mirada pensativa. Se levanta y sale de la habitación. Una secuencia reveladora de la historia del músico, en una especie de resurrección anímica, en una existencia plagada de grandes éxitos en el mundo del rock, y también, grandes fracasos, como su despido de Barricada, sus relaciones con las drogas, o el Alzheimer de su madre. La cinta de Natxo Leuza, paisano y “colega” del músico, con más de 15 años dedicado al documental como realizador, guionista y montador, dirige su opera prima, repasando la trayectoria de “El Drogas”, a modo de enfrentamiento a sí mismo, a tumba abierta, donde conocemos al hombre que hay detrás de la rockstar, al niño que creció en el barrio obrero de Txantrea, en Pamplona, que vivió las huelgas y oposiciones al régimen franquista, y aquellos años durísimos de la transición, y los primeros ochenta, con la puta mili, sus comienzos en la música, sus colegas de viaje como Mikel Astrain, que fallecido prematuramente, o Boni Hernández, que formaron el exitoso Barricada, y los años de éxitos que alcanzaron casi tres décadas, y luego el ocaso, sus problemas con las drogas, su salida del grupo, su depresión, y su vuelta de los infiernos, iniciando nuevas etapas donde vuelve a tocar hasta la actualidad.

La película también muestra el otro lado, en el que conoceremos y escucharemos a sus compañeros de viaje como Mamen, “Su socia”, la mujer de su vida y madre de sus dos hijos, hablándonos de sus momentos buenos y malos, de sus hijos, de su hermana o cuñada, y de otros músicos, amigos del alma, como Rosendo, Kutxi Romero, Fito Cabrales, Carlos Tarque, Gorka Urbizu, Marino Goñi. Todos recorren la experiencia vital y profesional de Enrique, de “El Drogas”, y de todos los rostros y caminos que ha emprendido el músico, tanto a nivel personal como profesional. Enrique nos habla sin tapujos, face to face, a las bravas, sin dejarse nada de nada, en un documento que está más encaminado al psicoanálisis personal, donde repasa su viaje, lo vivido, su identidad, su trayectoria, sobre todo, aquella que empezaba cuando se apagaban los focos, se encendían las luces y el público entregado volvía a casa.

Una película honesta e íntima, de un tipo de barrio, alguien que debido a un problema en el nervio óptico, debe caminar torcido para ver lo que hay al otro lado, de alguien que si camina recto, ve el mundo torcido, de alguien que creció en la lucha y la resistencia política, bregando ante la injusticia y los opresores, de quién cabalgó junto al diablo, de un músico que vivía por y para la música, de alguien muy comprometido socialmente, que despachó las primeras canciones feministas en aquellos ochenta, donde todo estaba por hacerse, que lanzó discos sobre la memoria histórica cuando más falta hacían, que se enroló en mil y una aventuras para seguir componiendo y tocando su música, y la de otros. También veremos a ese padre de familia que, debido a sus compromisos profesionales, ejerció muy poco, del amor, del amante y esposo de Mamen, del que cuida a su madre enferma, del que sigue en la brecha a pesar de sus 61 tacos, renovándose continuamente, tocando todos los palos que le gustan, y siguiendo en el camino, y sobre todo, saltando como las piedras lanzadas al agua.

Una película vital, emocionante y sensible, llena de momentos muy íntimos, reveladores, donde Enrique nos muestra su sensibilidad y humanidad, mostrando su cotidianidad, los suyos, su “gentuza”, sin dejarse nada fuera, sus caídas al infierno, que algunas hubo, su continuo resurgir de las cenizas, reinventándose siempre, rememorando a aquellos que cayeron, a los que se fueron por cuenta propia, y con los años, volvieron a reconciliarse, a todas esas sombras que caminan con nosotros, acompañándonos por la trayectoria de la vida y nuestras circunstancias. Enrique se muestra desnudo en todos los sentidos, a alguien movido por la pasión, por la música, por la creación, por la innata curiosidad de seguir en este camino, donde hay alegrías y también, tristezas, esos momentos que se te clavan como puñales ardiendo, en los que tu fortaleza, y gracias a toda esa gente que vive y siente a tu alrededor, sales adelante, y con ganas de seguir cantando y haciendo feliz al público. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El último arquero, de Dácil Manrique de Lara

RECUPERAR LA MEMORIA.

“No puedo devolverte tus recuerdos, pero sí que puedo contar quién eras para mi”

La memoria familiar ha sido, desde tiempos inmemoriales, objeto de estudio, conocimiento y reflexión para muchos artistas que, se han acercado a explorarla a través de sus medios artísticos. El cine de no ficción ha encontrado en la memoria su razón de ser, investigando el pasado y contextualizando en el presente, películas como El cielo gira (2004), de Mercedes Álvarez, rastreaba las huellas del pasado de su pueblo Aldealseñor (Soria), para construir una memoria familiar, colectiva y personal, en Nadar (2008), de Carla Subirana, era un viaje para formular el pasado familiar, histórico y personal, a partir de las tres mujeres de la familia, incluida la propia directora, y en África 815 (2014), de Pilar Monsell, donde rescataba la biografía paterna y familiar a través de los archivos paternos. Tres formas diferentes y complementarias de acercarse al pasado familiar y personal, a través de los objetos, restos y huellas que dejan los ausentes. El último arquero, opera prima de Dácil Manrique de Lara (Las Palmas de Gran canaria, 1976),  fomentada en la dirección de arte de cine, televisión, publicidad y videoarte, es una película que podría sumarse a las citadas, porque también nos propone un viaje íntimo y muy personal que emprende la directora para acercarse a la memoria familiar a través de las figuras de sus abuelos, el pintor Alberto Manrique (1926-2018) y Yeya Millares, violinista.

A partir de los testimonios de sus abuelos, las imágenes de súper 8, los diarios de la abuela, y la propia narración de la directora, la obra nos sumerge en la isla de Gran Canaria, viajando por un relato que arranca en 1926 y finaliza, o podríamos decir, que continúa en la memoria de los espectadores, descubriéndonos la figura del pintor, un erudito de la acuarela, y dejándonos llevar por sus pinturas imposibles, donde sus objetos no tienen peso, flotan y se deslizan por el dibujo, escenificando imágenes surrealistas, para escapar de esa realidad incomprensible, o mejor dicho, para construir una realidad más acorde a todo lo que emana en nuestro interior, a todo aquello realmente inconexo y extraño que habita en lo más profundo de nuestra alma. Manrique de Lara plantea varias voces y encuentros, los de sus abuelos, que va reconstruyendo a partir de sus testimonios, imágenes y reflexiones de ellos y suyas, fusionándolas con su propia memoria, la madre soltera, el padre ausente, sus abuelos convertidos en sus padres, su intento de asesinato cuando era una niña, su exilio a Madrid, y su vuelta para cerrar el círculo, enfrentándose a sus propios traumas y pesadillas, pero también, a las alegrías y abrazos con sus recuerdos infantiles con sus abuelos.

Los 74 minutos de la película pasan como una suave brisa frente al mar, hay tiempo para hablar de tristeza, de las derrotas que ocasiono la guerra y el franquismo así como el trauma que persigue a la directora, pero también, hay tiempo para la alegría y la reconciliación y el abrazo, reivindicando el arte, no solo como una herramienta personal e íntima de múltiples variantes y experimentaciones, sino como un vehículo primordial para la sanación personal, a través de los sueños y realidades que provoca, y sobre todo, como elemento indispensable para la vida y sus circunstancias, evocando la cita que abre la película: “Sin el arte, la crudeza de la realidad haría que el mundo fuese insoportable”, de George Bernard Shaw. Un guión firmado por la propia directora e Isabelle Dierckx, con la colaboración de Elena Goatelli y Andrés M. Koppel, que seduce desde sus primeras imágenes, sumergiéndonos en la biografía de Manrique y su esposa, y todos aquellos otros artistas que crecieron juntos, imaginando universos imposibles, en un país demasiado oscuro y sin futuro.

El último arquero, en relación al propio Alberto Manrique, como el último superviviente que, en 1950, junto a  los artistas Felo Monzón, Agustín y Manolo Millares, fundaron LADAC (“Los arqueros del arte contemporáneo”), conectándonos con lo humano, esa materia sensible y delicada, donde nos invita a una exploración íntima del pasado, a partir de los restos del naufragio, de sus huellas, volviéndolas a mirar y extrayendo todo aquello que la memoria y el tiempo se empeña en borrar, dejando que los recuerdos fluyan y experimentando todo aquello que la película va rescatando y recordando, en los mismos espacios donde se desarrollaron las situaciones, devolviéndoles la magia de volver al pasado a través de lo conservado. Una película sencilla y honesta, que emociona por sus imágenes, sus recuerdos, y sobre todo, su aproximación al mundo de la pintura, del arte, a partir de las experiencias bellas y dolorosas de la familia, reconstruyendo una memoria que sigue latente, despierta y frágil, que no solo interpela constantemente a Manrique y Yeya, sino también, a la directora, y a todos aquellas personas ausentes que siguen entre nosotros, aunque ya no podamos verlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA