Entrevista a Myriam Mézières

Entrevista a la actriz Myriam Mézières, con motivo de la publicación de su libro “El sol tiene una cita con la luna”, en su domicilio en Barcelona, el jueves 20 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Myriam Mézières, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pilar Caballero y Joan Marcet de la Editorial Chapiteau 2.3, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El amor y la muerte, de Arantxa Aguirre

GRANADOS Y SU TIEMPO.

“¿Qué es lo que ha interpretado usted, don Enrique? No podría explicarlo…: ese jardín, esas flores, su aroma, el perfume de los naranjos, la paz de los jazmines, el cielo de tonalidades rojizas, el momento… ¡Eso toco!”

Un mar en calma con su sonido apacible y emocionante nos recibe en los primeros minutos del arranque de la película, un mar parecido nos despedirá, un mar que engulló una fatídica tarde de un 24 de marzo de 1916 al pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916). El nuevo trabajo de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) vuelve a tener la música como su motor principal, centrándose en la figura de uno de los compositores más importantes de la historia de la música, siguiendo cronológicamente su vida desde su nacimiento en Lleida hasta aquel trágico día en el Canal de la Mancha. El universo de Aguirre tiene mucho que ver con la música y la danza, como dejaba patente en su anterior trabajo Dancing Beethoven (2016) en el que planteaba una película que recogía los ensayos de la Compañía Maurice Béjart (que ya había retratado en El esfuerzo y el ánimo) con la novena sinfonía de Beethoven, así como las relaciones personales y humanas de sus componentes.

Ahora, y recogiendo el testigo que supuso el trabajo de Una Rosa para Soler (2009) donde recuperaban la biografía y el legado de un músico clérigo del siglo XVIII, y con la compañía nuevamente de la pianista Rosa Torres-Pardo (en labores de producción y pianista) nos invitan a un viaje a aquel siglo XIX para seguir las andanzas y desventuras de Enrique Granados, de sus años mozos pasando penurias económicas que lo llevaron a tocar en un café, o aquel viaje a París de veinteañero que le hizo conocer la bohemia, su amor con Amparo y sus seis hijos, o esos tiempos en Madrid de desconsuelo y tristeza, o la vuelta a Barcelona y los años de prestigio después de “Las Goyescas” (1911) y el viaje a Nueva York y estrenar en el Metropolitan y conseguir un gran éxito, amén de sus amistades fieles y entregadas con Albéniz, Falla, Casals, Apel.les Mestres, con el que trabajó en diversas operetas, y su profesor Felip Pedrell, y sus años de reconocimiento y la apertura de su Academia musical.

Toda su vida y los hechos más significativos son narrados con especial sensibilidad y delicadeza por Aguirre, haciendo un magnífico trabajo de archivo en el que nos muestran fotografías, y nos van leyendo las cartas y textos en voz de intérpretes como Jordi Mollà que ofrece la voz a Granados, o Emma Suárez que hace lo propio con Amparo, la mujer del compositor, o las pinturas de Goya, Rusiñol, Casas, Fortuny o Monet, entre otros, junto a las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, con animación, del mar o el humo, y los sonidos ambientales, para contrarrestar la falta de imágenes que se conservan del músico, en el que escucharemos constantemente su música, sus delicadas y absorbentes composiciones como las “Danzas españolas” o los valses, o las citadas “Goyescas”, interpretadas por la pianista Rosa Torres-Pardo en solitario, o con un quinteto, o con el cantaor Árcangel, y otros pianistas con el acompañamiento de la cantaora Rocío Márquez, o el arte de Juan Manuel Cañizares en la guitarra, , incluso veremos el ballet de Maurice Béjart a ritmo de la “Danza oriental”, o la bailaora Patricia Guerrero al compás de la “Danza de los ojos verdes”, y muchos más, que interpretarán el maravilloso legado musical de Granados, devolviéndolo a la vida a través de su arte, de sus composiciones y su existencia.

Aguirre ha creado una pieza de cámara maravillosa, una fantasía romántica, contribuyendo a ese aire poético y trágico que tuvo la vida, la música y la muerte de Granados, en un trabajo primoroso de una cineasta que crea magia y fantasía con lo cotidiano y cercano, envolviéndonos en esa proximidad hacia el músico, penetrando en su vida, y sobre todo, en su alma, en aquello más profundo y oscuro de su condición humana, narrándonos con suma delicadeza todas las alegrías y tristezas que conmovieron al músico, sus penurias, frustraciones, decepciones o su amor Amparo y sus hijos, todas las huellas alejadas y próximas que siguen latiendo del músico, construyendo una figura brillante pero humana, con sus reflexiones y dudas, sus abatimientos y risas, con sus miedos y tristezas, y narrando con maestría aquel tiempo modernista de finales del XIX y los nuevos tiempos que parecían venir con el nuevo siglo XX, que truncó estrepitosamente la 1ª Guerra Mundial, y fatalmente, se llevó la vida de uno de los grandes compositores de la historia, porque aquellos miedos que explicaba en vida acerca de los viajes pro mar, acabaron siendo ciertos, ya que fue el mar el que finalmente se llevó a él y su querida esposa, ese mar que le tenía preparado ese trágico final. Aunque, como cuenta la película, a modo de cuento, su legado continúa muy vigente en nuestro tiempo, un tiempo que para Granados y su música, siempre seguirá latiendo y muy vivo.

 

Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

Casi 40, de David Trueba

LAS CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

El viaje, tanto como experiencia geográfica, pero más como descubrimiento interior, una búsqueda de lo que se cuece en nuestra alma, de ponernos frente a ese espejo emocional, de investigarnos y de caminar hacía ese lugar, del que en cierto momento de nuestro vida, tuvimos que huir por miedo, por no seguir nuestras ilusiones, por seguir nuestro instinto, dejándonos llevar por la vida, por materializar nuestros sueños e inquietudes, por ser quiénes deseábamos ser. En los trabajos de David Trueba (Madrid, 1969) tanto en literatura como cine, cohabitan muchos viajes interiores, quizás muchas de sus películas o libros, están estructurados a través de ese caminar interior, ese aspecto del alma que nos convulsiona, nos guía y a veces, nos da de bofetadas o nos alegra. Aunque, en algunas ocasiones, ese viaje interior se mezcla con otro físico, como sucedía en la novela Cuatro amigos (1999) donde un tipo, junto con tres amigos, emprendía un viaje a Santander para impedir la boda de su ex novia a la que todavía amaba, o en la película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) donde un maestro de inglés cogía su coche con la intención de conocer a John Lennon en la España gris y triste de los 60, y más recientemente, en su último libro, Tierra de campos, donde a modo de Azcona, un hombre viajaba en un coche fúnebre, junto al cadáver de su padre, por la España interior.

En Casi 40, vuelve a la road movie, o más bien podríamos decir, a la película de carretera, donde cuenta con dos intérpretes (como sucedía en Madrid, 1987, aquella que ocurría en un lavabo donde quedaban encerrados un cascarrabias periodista y una estudiante entusiasta) pero no dos cualquiera, sino los protagonistas de su primera película La buena vida (1996) los Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, la prima Lucía y Tristán, el chaval de 15 años que perdía su espacio de protección y descubría la tristeza, el dolor y el amor. Ahora, recupera aquellos personajes casi en la cuarentena,  reencontrándose con ellos, y los funde con la vida personal de los propios intérpretes, para invitarnos a un viaje que recorre muchos de los espacios que ya encontrábamos en Tierra de campos, a los que podríamos añadir Burgos, Segovia o Salamanca, ciudades de esa España interior, muy alejada del cine actual, pero que en su época, protagonizaron películas del calibre como Nueve cartas a Berta, de Patino o Nunca pasa nada, de Bardem.

Trueba presenta a Lucía (que aquí la conoceremos como Ella) una cantante de guitarra al hombro, que vive junto a su marido e hijos, y retirada de la música, y Fernando (que recibirá el nombre de Él) dedicado a la venta de cosméticos, y viajaremos con ellos en una gira íntima que se desarrollará en pequeños bares y librerías. Los acompañaremos haciendo muchos kilómetros, escuchando conversaciones, y sobre todo, escuchando canciones, canciones que explican tanto de las vidas de su protagonistas y de sus estados de ánimo, en una obra íntima, sencilla y honesta, donde la música estructura su peculiar y sincero entramado narrativo. Trueba nos habla al oído, de gentes humildes, de dos almas inquietas y curiosas, de la vida y la existencia, de conocer y conocerse a sí mismo, y lo hace con ese humor tan característico que practica, entre la ironía y la amargura, entre la crítica y la calidez, entre la reflexión y el sarcasmo, entre la carcajada y la tristeza, ese intermedio, como si cuando antaño las películas hacían descanso, nos quedáramos viendo esas imágenes que no se ven, pero siguen ahí, latiendo en nuestro interior, esas imágenes que sólo los más pacientes y calmados logran ver.

La película se mira bien, con encanto y lucidez, sus 87 minutos pasan sin darnos cuenta, siguiendo las reflexiones y los pensamientos de unas personas que son conscientes del pasado, de su peso, de su memoria, aquella que tenía tantas cosas que contar y tantas canciones que escuchar, aquella que parece alejada, desvanecida, y ha dado paso a un tiempo actual lleno de incertidumbre, de espacios líquidos (como nos explicaba Bauman) de lugares conocidos que ya no nos pertenecen, de canciones que ya no reconocemos, de un tiempo que parecíamos felices, de todas esas cosas que se quedaron por hacer, de un tiempo que ya no vendrá, porque parece tan lejano o más aún, parece que no existió. Trueba nos habla sin melancolía y sin sentimentalismos, nos habla de frente, de cara, explorando nuestras emociones, dejándolas salir sin empujarlas, casi sin querer, hablándonos como si escucháramos una canción a media tarde en la habitación de una pensión de una ciudad cualquiera, de esas donde el turismo pasa de largo, sí, en aquella ciudad donde una vez nos conocimos y nos lo pasamos tan bien.

Trueba se lanza a la carretera desde la sencillez e intimidad, despojándose de cualquier artificio narrativo o cinematográfico, a través de una estructura muy sencilla y cercana, como aquellas películas ochenteras al estilo de Opera prima, La mano negra, Corridas de alegría, o más recientes como Los exiliados románticos o Isla bonita, cine entre amigos, sin discursos ambivalentes ni grandes ambiciones, sino enmarcadas en la tranquilidad, en la experiencia del cine, en la mirada, como si fuera una vuelta a su esencia más primigenia, a su sutilidad, a lo más puro, dejando convencionalismos ni moderneces al uso, sino con personajes de verdad, de esos que nos cruzamos por la calle cualquier momento, o podríamos ser nosotros mismos, escuchando sus miedos, (des) ilusiones, y (des) encuentros, descubriendo que lo que nos ocurre a nosotros no está muy lejos de otros. La película nos habla de vida, de amor, del primer amor, del recuerdo que nos deja, de aquellos sentimientos puros e inocentes, de todo lo que aprendimos de él, y de todo el legado que nos dejó, de los otros amores que vinieron después, de todo lo que vino después, ni mejor ni peor, diferente, y sobre todo, menos feliz e inocente.

Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa

EL ALMA FEMENINA DE LAS PEQUEÑAS COSAS.

“Nada por perder, nada por ganar, todo para dar”

Mathieu Richard

La semilla de esta película se inició como homenaje a Ruth Mesa (1925-2008) escritora y poetisa de Jericó, un pequeño pueblo a 100 km de Medellín (Colombia) que se alza a 2500 metros de altura, en la cordillera occidental de Los Andes, en el sureste del departamento de Antioquia. Sus historias, sabiduría e inquebrantable espíritu enamoraron a una de sus nietas, la directora Catalina Mesa, que años después, volvió con su cámara y su equipo, para levantar su primera película enla tierra de su tía abuela para filmar sus calles, sus casas coloridas, sus vientos, su luz y sobre todo, recoger el testimonio de 8 mujeres de diferentes vidas, clase social, amores, dolores, creencias, etc… pero todas compartiendo el mismo espíritu férreo y vitalista de esas pequeñas cosas que conforman unas existencias en las que ha habido de todo, desde lo más bonito hasta lo más duro, pero que nunca, a pesar de todo lo que les tocó vivir, no han desfallecido en su forma de ser y en su maravillosa actitud ante la vida y sus cosas.

La directora colombiana construye su película a través del testimonio y la mirada de estas 8 mujeres, mujeres que pasan de la setentena, en un viaje poético e íntimo a sus vidas, sus recuerdos y todo aquello que ha rodeado sus existencias, en el que la ausencia masculina, por diferentes motivos, llena sus testimonios, y Mesa, no lo hace con bustos parlantes, sino que lo plantea a través de diferentes diálogos-encuentros que van manteniendo las mujeres con su entorno, en el que las vamos conociendo, escuchando y reflexionando sobre sus vidas, sus viajes, su trabajo, y esa relación tan íntima con su paisaje a través del llamativo colorido de sus casas, sus comidas y todos los objetos que decoran sus casas, y tienen un especial significativo en el transcurso de sus vidas. Mesa, a través de una exquisita forma, en la que prevalece la explosión de colores, debido a su peculiar arquitectura, y un finísimo detalle en la filmación de los objetos, muebles y espacios en los que viven estas mujeres, y no sólo se quedándose en el elogio de esas vidas vividas.

La película, también, nos descubre el dolor y la fortaleza que han tenido que sacar de sus entrañas para sobrevivir ante los avatares de sus vidas, sus pérdidas, las ausencias, algunos elegidas y otras, no, y el apoyo en lo religioso, herencia de la cultura europea, como motor espiritual en sus vidas. Una película que también puede verse también como un homenaje, no sólo a estas mujeres fuertes y dulces, sino también a la vida rural colombiana, y su cultura popular, en las que escuchamos su sabiduría de la tierra que las ha visto crecer y convertirse en mujeres, con sus itinerarios de vida, en que hay espacio para escuchar la poesía de Jericó, y la música que ha acompañado a estas mujeres, como la pianista Teresita Gómez, Eydie Gorme y Los Panchos, o Dr. Alfonso Ortiz y Juan Arvizu, donde escuchamos tangos, boleros, cumbias y unas melodías que nos transportan a los recuerdos de estas mujeres, a aquella juventud de viajes, de rezos, de amores, de amistades, de males, alegrías y tristezas, vidas en las que el recuerdo está muy presente, pero siempre desde un punto de vista lleno de humor, porque estas 8 mujeres pasan del llanto a la risa en un abrir y cerrar de ojos, aceptando el dolor y la alegría como elementos indisolubles de vivir y seguir hacia delante.

Un relato bellísimo y conmovedor, que tiene en el cine de Depardon y sus películas del mundo rural francés, su fuente de inspiración, en el que filma con honestidad y espíritu de observacional, alejándose de la postal embellecedora tan manida de otros. La película contiene un trabajo antropológico y valioso de dejar testimonio del pueblo y su historia, y de sus habitantes, en este caso de un puñado de sus mujeres, de reflexionar y mostrar ese espíritu inquebrantable femenino que sigue en pie, con sus recuerdos amontonados, sus fotografías que nos muestran esas vidas de trabajo duro y felicidad, pero que no cejaron en vivir sus propias vidas, siendo autónomas, y sobre todo, trabajar con energía e ilusión para ser las mujeres que querían ser, a pesar de las dificultades de una sociedad anclada en el patriarcado imperante, pero que ellas, seguras de sí mismas y haciendo frente a los problema logrando ser unos espíritus libres, alegres y combativos.


<p><a href=”https://vimeo.com/209874521″>TRAILER JERICO</a> from <a href=”https://vimeo.com/compacto”>COMPACTO.coop</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El maravilloso reino de Papa Alaev, de Tal Barda y Noam Pinchas

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO.

“Lo más importante en la familia es la familia. Sin la familia unida no hay orquesta.”

The times they are a-Changin’ (Los tiempos están cambiando) cantaba Bob Dylan en aquellos convulsos años sesenta, canción que no sólo describía una época de tiempos revolucionarios, sino que también, dejaba constancia del espíritu que recorría en unos jóvenes airados que soñaban con una sociedad diferente, más humana y mejor. Aunque hayan pasado más de medio siglo, la canción-himno de Dylan, sigue tan vigente como en sus orígenes, como un grito de rebeldía contra lo establecido, lo conservador y el poder. Algo parecido ocurre con Allo “Papa” Alaev, el virtuoso músico de Tayikistán (antigua república soviética), y su entorno familiar. El patriarca octogenario, aunque ya retirado, sigue practicando el “ordeno y mando”, dictatorial e instransigente, con esa mano firme general rechoncho, cargado de medallas, en la que ordena cualquier circunstancia que tenga que ver en su casa, donde viven todos juntos, como que se come y cuando, y quién toca y que instrumento, eliminando de raíz cualquier idea o cambio. Unas ordenes que su hijo Ariel ha seguido a rajatabla desde que tiene uso de razón, pero que su hija, Ada, se rebeló en su momento, saliendo del clan familiar, y trabajando por su cuenta, decisión que el padre jamás le perdonó y le prohíbe ser una más de la orquesta familiar. Aunque el reino del patriarca se verá amenazado cuando los nietos quieren ganarse su espacio en el seno del grupo musical, aportando sus ideas y con la necesidad de cambiar ciertos aspectos de las actuaciones y su repertorio. Aunque “Papa” Alaev se niega, creyendo inamovible la familia unida, aunque quizás ha llegado el momento de cambiar, como los tiempos, que nos advertía Dylan, o sucumbir a esa ráfaga de juventud que viene con fuerza y energía para cambiar las cosas y hacerlas a su manera.

El tándem de directores israelís Tal Barda (1983) autora de A heartbeat away (2015) en la que exploraba la terrible experiencia de un cardiólogo y pediatra en mitad de Tanzania, y Noam Pinchas (1974), co-productor de The good son (2013), de Shirley Berkovitz, donde podríamos encontrar un germen del conflicto de esta película, ya que hablaban de un joven que, con el objetivo de conseguir su sueño, debía enfrentarse al conservadurismo familiar. Barda y Pinchas sitúan su película en la actualidad, y en Tel Aviv (Israel) donde la familia emigró a mediados de los noventa después de la caída de la URSS. También, mediante material de archivo, nos informan del éxito y legado musical de “Papa” Alaev y la construcción de su clan familiar a través de la música, como durante tantos taños han sido “nosotros”, como tanto le gusta remarcar al anciano músico, y lo hacen de manera sencilla, mediante fotografías e imágenes de vídeo, donde vemos la educación patriarcal y conservadora de aquellos hijos y nietos por el bien de la música y la familia unida. La película se mueve a través de las luces y las sombras que se han instalado en la familia de un tiempo hasta aquí, en la que vemos, por un lado, la alegría y diversión de la familia mientras toca frente a miles de personas, donde los ritmos bukhareses, desbordan la fiesta y el movimiento en una música festiva, alegre, vital y pasional.

Y después, nos muestran el otro lado del espejo, cuando filman a Ada y a los nietos, en las que expresan sus ideas que chocan contra el mandato patriarcal (ideas que les llevan, unos a volver a tocar el instrumento que el padre le negó, otros, la religión, o a formar un grupo alejdo de la familia) también escuchamos a las mujeres de la casa, relegadas a las tareas domésticas, y anuladas, en las que además, se les prohíbe la participación en las giras del grupo. Un hervidero difícil de mantener, porque los tiempos ya son otros, los tiempos piden nuevas miradas, nuevos retos, y más comprensión e igualdad, entre unos y otros, sin ningún tipo de discriminación, eso sí, agradeciendo el legado musical del viejo patriarca, pero desarrollándolas en otros ámbitos, muy distintos a las ideas del abuelo. Una película sobre la música tradicional, sobre la pasión de un sueño, sobre la familia unida, pero no a cualquier precio, porque la película, de un modo honesto y profundo, nos habla de las diferentes posiciones que coexisten en el seno familiar, que distan mucho de la aparente normalidad que pretende conseguir el patriarca, porque los tiempos como bien describía Dylan siugen su curso y ya son otros: Vamos, madres y padres de toda la tierra, y no critiquéis lo que no podéis entender. Vuestros hijos e hijas están más allá de vuestro dominio. Vuestro viejo camino está envejeciendo rápidamente. Por favor, salid del nuevo si no podéis echar una mano, porque los tiempos están cambiando.

El profesor de violín, de Sérgio Machado

epdv_cartel_online_af_8794ESPERANZA EN LA MISERIA.

La cinematografía brasileña nos llega a nuestras pantallas de forma limitada e inconstante, parece que el verano es la estación elegida por los distribuidores para acercarnos este cine. Tenemos varios ejemplos como Estación Central de Brasil, Ciudad de Dios, Carandiru, Tropa de élite, y los más recientes El lobo detrás de la puerta o Una segunda mujer, entre otros, cine de indiscutible calidad y un fuerte compromiso con su realidad social, económica y cultural de un vasto país sacudido por los cambios políticos de la última década. Siguiendo esta misma estela, nos llega la última película de Sérgio Machado (1968, Salvador de Bahía, Brasil) cineasta curtido en obras como la citada Estación Central de Brasil, en la que hacía labores de ayudante de dirección, o en Madame Satá, en la que aparecía como coguionista. El cine de Machado se instala en lo social, penetrando en esos mundos invisibles y alejados para la inmensa mayoría, en los que se mueven seres desahuciados y a la deriva que sueñan con salir de las situaciones miserables en las que se encuentran, dotados de una humanidad sincera y honesta.

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Ahora, se ha centrado en la historia real del maestro brasileño Silvio Baccarelli, que inspira a su vez la obra “Arcade Brasil”, de Antonio Ermírio de Moraes, centrándose en el drama de Laerte, un violinista de gran talento que se encuentra en plena crisis emocional, es incapaz de extraer una nota de su instrumento, motivo por el que no logra pasar la audición para convertirse en el solista de la orquesta sinfónica de Sâo Paulo, escenario donde se desarrolla la película, en los años 90, incrementado a sus problemas económicos, no tiene más salida que aceptar un trabajo como profesor de música en el Heliópolis, una de las favelas más deprimentes y peligrosas de la ciudad. En ese lugar, perdido y sin futuro, Laerte encuentra los síntomas necesarios para salir de su situación, rodeado de adolescentes en situaciones durísimas de vida: malos tratos, tanto psicológicos como físicos, delincuencia, pobreza y en graves situaciones de vida. Machado huye del sentimentalismo y la condescendencia, su relato se enmarca en un retrato social de gran altura, más cercano a obras como Diario de un maestro o  La clase, películas de excelente factura que se sumergían en el trabajo docente a través de una mirada valiente, honesta y didáctica, cine necesario y humanista, que atrapa desde la sencillez de una historia cercana y emotiva, que explica un terrible drama, pero sin caer en ese dramatismo exacerbado que suele aparecer en muchas producciones que tratan los mimos temas.

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La película se favorece de la impresionante composición de Lázaro Ramos, que ya había estado en Cidade baixa, uno de los grandes éxitos de Machado, y la participación de los niños que forman la orquesta de Heliópolis. Machado nos habla desde el alma, en la que explora situaciones difíciles y terroríficas, pero desde un lado optimista y mirando al futuro de forma positiva, a pesar de los temas tan terroríficos que jalonan su película, niños en riesgo de exclusión social, atrapados por la delincuencia y la muerte, desgraciadamente caldo de cultivo cotidiano en estos lugares. Machado no solamente ha realizado una obra contundente y llena de energía, seduciéndonos con sus momentos íntimos, en los que nos sumerge en una película sobre la educación, la necesidad de encontrar un espacio de libertad y humanista, a través de la música (que actúa como instrumento de grandísimo valor, tanto educativo como espacio artístico de esa libertad individual y colectiva de la que carecen, de la capacidad de supervivencia de los seres humanos en entornos hostiles, y en ser ellos mismos, y en el trabajo cooperativista, el compañerismo y la enorme actitud frente a los avatares que nos azota la vida.