Leto, de Kirill Serebrennikov

ROCK’N’ROLL TOVARISHCH.

Suena el tema “(You’re A) Scum” tocado por los Zoopark, cantado por su líder, el carismático Mike Naumenko. Estamos en el “Rock Club”, en la ciudad de Leningrado, en la URSS, a principios de los 80. La sala está abarrotada, el público se agita pero sin moverse de su asiento. Los controladores del gobierno están muy atentos a cualquier acto de rebeldía y agitación descontrolada. Asistimos a una actuación de una de las bandas de rock underground más exitosas. El público vibra y disfruta del espectáculo. Entre los asistentes, vemos a Viktor Tsoï, que ha empezado a tocar con sus colegas y desea conocer a Mike y aprender de él. Luego, pasaremos a un día de playa, entre alcohol, risas y amigos, en que escucharemos el tema “Leto” (Verano) que da título a la película. Donde, por fin, Viktor conocerá a su ídolo y empezará a escribirse la historia del rock soviético. El cineasta Kirill Serebrennikov (Rostov del Don, Unión Soviética, 1969) ha despuntado en prestigiosos festivales internacionales con películas en las que aborda temáticas políticas, religiosas y sociales actuales de Rusia, como la infidelidad conyugal que destapa un oscuro drama de obsesiones, emociones y pensamientos ocultos en la extraordinario Betrayal (2012) o el despertar ultrareligioso radical de un estudiante ruso en El estudiante (2016).

Ahora, en su nuevo trabajo echa la vista atrás y nos sitúa en los convulsos años de la URSS, antes de la “Perestroika” de Gorvachov, que reformará la economía del país hasta su disolución en el año 1991. El cineasta ruso nos habla de aquellos jóvenes que cambiaron su triste y oscura realidad política y social a través del rock y componiendo canciones que remitían a la música rock-punk que entonces comenzaba a despuntar en occidente. El prodigioso blanco y negro, que enmarca ese gris oscuro y sin color que era aquel inmenso país, con algunos interludios en color que escenifican falsas películas caseras, y las sorprendentes y divertidas animaciones que interactúan con los personajes y las situaciones cuando tocan las canciones. Serebrennikov basa su película en las memorias de Natalia Naumenko, la mujer de Mike que explica aquellos de efervescencia rockera, centrándose en varios elementos como la creación musical, las difíciles relaciones con los funcionarios soviéticos, y sobre todo, en el amor y la amistad entre Mike, su mujer Natalia, y Viktor, líder de la carismática banda de rock “Kino”.

Escuchamos temas de las dos bandas soviéticas, los “Zoopark” y los citados “Kino”, que se mezclan con temas de T-Rex, Blondie o David Bowie, y estupendas versiones como el “Psycho Killer”, de los Talking Heads, el “Passenger”, de Iggy Pop o el “Perfect Day”, de Lou Reed, entre otras, una gran selección musical producida por German Osipov y Roma Zver, que interpreta a Mike, y además, de tocar los temas de “Zoopark”, es el líder de la banda de rock “Zveri (The Beasts)”. La película se acoge al ritmo de las canciones y la vida agitada de los personajes, en el que cualquier momento es genial para ponerse a cantar, a reír y a beber, a vivir una vida a pesar de donde viven, a pesar de la falta de oportunidades reales, a pesar de ese entorno oscuro, gris y siniestro por el que se mueven. El director ruso no ha construido un biopic al uso, nada más lejos de la realidad, sino que se ha centrado en ese trío sentimental, con sus virtudes y defectos, en esa relación entre el músico consagrado y el que acaba de llegar, entre el cruce y las relaciones, no siempre cómodas y agradables,  entre ellos, entre aquello que sienten por la vida, el amor, Natalia, y la música rock. Entre las formas que tienen de verlo, contando todo aquello que los une y los separa.

La película reconstruye momentos e instantes que vivieron los citados músicos, aunque en esencial, el trabajo de Serebrennikov acoge y hace suya aquella atmósfera viva, joven y enérgica que tienen estos jóvenes rebeldes, contestatarios e insumisos que encontraron en la música rock una manera de protestar, de vivir, de sentir, y sobre todo, de ser ellos mismos, en tiempos en que había que ser uno más, siguiendo las órdenes del estado y sentir orgullo del país en el que vivías. Los 126 minutos del metraje pasan volando, llevándonos de un lugar a otro, desde los conciertos en el “Rock Club”, las interminables fiestas en casas de unos y otros, los momentos místicos y poéticos, en que la película se envuelve en sí misma y nos explica más allá de lo que aparente vemos de estos músicos y su entorno, aquello que ocultan, sus deseos, ilusiones y pensamientos, aquellos otros donde el relato asume su rol de referencias en que los propios actores o figuración interpreta versiones de los temas citados, creando esa idea de magia en que la realidad se convierte en otro mundo, un universo real donde todos los sueños son posibles, y la vida no resulta tan opresiva, donde el director logra mezclar con sabiduría realidad y sueño, explicando los sentimientos internos de cada uno de los personajes, como ese narrador omnipresente, al modo de las obras de Shakespeare, que nos va guiando y explicando todo aquello que las canciones no muestran o que a nosotros se nos escapa.

Y por último, la extraordinaria mezcla de aventura personal y cotidiana de los músicos de rock con el contexto histórico, dos elementos que se fusionan de forma natural y precisa, explicándonos de manera sencilla y honesta tanto uno como otro, sin caer en la condescendencia o el sentimentalismo más superficial, donde sobresale con acierto y grandes dosis de emoción la historia de amor intensa y brutal que cuenta la película, desde ese amor puro y brutal a la música rock, a ese otro amor, más irracional y animal, que sienten los personajes, el amor conyugal de Mike y Natalia, o el otro, más emocional que manifiestan Natalia y Viktor. Amor, rock y amistad son los elementos que transitan por esta historia que nos lleva a otros tiempos que algunos les resultarán lejanos, aunque a otros, no tanto, porque las estructuras de los gobiernos se basan en la alineación, el conformismo y la obediencia, y todo eso es de lo que habla Serebrennikov, con detalle, pasión y amor, y sobre todo, larga vida al rock and roll. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Namrud, de Fernando Romero Forsthuber

LA CANCIÓN PROTESTA.

“Huele algo, no es un buen olor. /Huele como a gato muerto. /Lo he buscado, pero no he podido encontrarlo. /No puedo vivir con este olor. /Tienen un plan para mí que tengo que descifrar. Antes de que caven un hoyo y  me tiren dentro”.

Jowan Fafadi es un músico palestino-israelí que tiene como nombre artístico Namrud, término  que  hace  alusión  al  personaje  bíblico  que  construyó  la  Torre  de Babel  donde,  según  el  Génesis,  convivía  en  paz  toda  la  humanidad  antes  de  esparcirse  por  el  mundo cuando  aparecieron  los  idiomas  y  las  etnias. Namrud es un artista que hace música protesta junto a su banda “Fish Samak”, letras de crítica social que aluden directamente a la ocupación y el hostigamiento del gobierno israelí contra el pueblo palestino. Una música que le ha llevado a estar varias veces arrestado y juzgado, pero Namrud  no se amínala y sigue en sus trece, hablando de política y de todo aquello que le sacude de su alrededor con el fin de hacer una tierra mejor para él y los suyos, cantando a sus ancestros, las contradicciones y el no futuro que se respira en la zona, que desde 1948, cuando se declaró el estado de Israel,  y posteriormente en 1967, vive una situación de ocupación por parte del Estado de Israel en su afán de expulsar a todos aquellos diferentes de raza o religión.

La película de Fernando Romero Forsthuber (Sevilla, 1983) que ha crecido en Viena y se ha formado como cineasta en Austria, se estructura en forma de diario íntimo y cotidiano del músico al que seguimos incansablemente en su vida diaria, junto a su hijo adolescente Don. La cámara de Romero no juzga lo que ve, solo filma esa proximidad desde todos los ángulos posibles, sin entrar en ningún momento en el modus viviendi, tanto artístico como personal del músico, si hay respeto y admiración hacia alguien que utiliza la música como protesta y crítica contra el sistema establecido, como vía de comunicación política y social para acceder al pensamiento de la población, para arma de conciencia en una sociedad demasiado acostumbrada al conflicto y la confrontación, unas gentes que viven azotadas diariamente por el invasor israelí, y también, a todos aquellos que aplauden y apoyan esa política de aplastamiento y desaparición contra el pueblo palestino.

Quizás la frase que mejor define el espíritu de este músico underground, y muy famoso en las redes sociales, de actitud rebelde, libre e incomprendido sea la que escuchamos en un momento en la película: “Cuando la mentira es mainstream, la verdad resulta provocativa”. Jowan Safadi, alias Namrud, es un hombre-músico que vive y respira en una tierra ocupada, que años atrás, muchos más, quizás demasiado, vivió otra realidad, como se cuenta en boca de algún familiar mayor del músico, una tierra llena de sangre y muchas heridas, cercada incomprensiblemente, como demuestra el arranque de la película cuando Namrud señala, en los lugares fronterizos, las divisiones creadas y la importancia de nacer en un lado u otro, una circunstancia que modifica toda la existencia de alguien. Safadi habla en sus canciones de cualquier tema político, desde una situación e libertad y generosidad hacia aquellos que sufren o aquellos que no tienen voz, explica realidades cercanas como las políticas sangrientas y fascistas del gobierno israelí, los árabes que fueron entonces y ahora se sienten israelíes y claman a favor de las expulsiones, dispara sin piedad a todos aquellos que defienden las fronteras, divisiones y demás hostilidades de la zona, y a los que olvidaron para sentirse más israelíes y otros que se defienden de los suyos para sentirse más cercanos a los israelíes, actitudes falsas, hipócritas y viles, explicando un pasado que nunca existió y ayudando al invasor.

Safadi tiene que lidiar con un hijo rebelde y vago, un chaval que le ayuda con sus canciones, a escucharlas y opinar sobre ellas, que lo admira, pero también, quiere vivir su propia vida a pesar de su corta edad, con su boxeo y su carácter, además de todo eso, el músico hace música, toca en conciertos, ve a su familia y amigos, rueda videoclips, asiste a manifestaciones de protesta y se implica en su sociedad a todos los niveles, moviéndose bajo unos ideales en los que cree, sentimientos humanistas, un músico que cree en lo que hace y piensa en la música como herramienta necesaria y fundamental para derribar fronteras, tender puentes, aniquilar nacionalidades y construir verdades acercando a los seres humanos, a unos y otros, mirándolos en su interior, sintiéndose cercano a todos ellos, y creyendo que la música puede ser un vehículo admirable y brutal para acabar con tantas diferencias estúpidas y falsas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ballad from Tibet, de Zhang Wei

DERRIBANDO BARRERAS.

El sistema en su afán de categorizar y etiquetar a todos impone una sociedad clasista, injusta y llena de diferencias y obstáculos, a los que las personas más vulnerables, ya sea en el aspecto económico, social, cultural, físico o emocional son las que padecen esa sociedad de primeros y terceros mundos, una sociedad que se rige por la superficialidad, la insolidaridad y atenta contra todo aquello que etiqueta de diferente, extraño o enfermo. Cuatro niños son los protagonistas de esta historia, cuatro niños diferentes al resto, empezando por Thumpten, que ve de manera disfuncional por uno de sus ojos, con el otro no ve nada, sus tres amigos completamente ciegos son Droma, una adolescente guapísima que se niega a ser tejedora y una más en su casa, y persigue su sueño de cantar a pesar de las imposiciones familiares, también está Sonam, un masajista bien valorado pero ama tocar su instrumento ancestral y cantar como sus antepasados, y finalmente, Kalsang, el más pequeño de la terna, que sueña con tocar su flauta artesanal. Los cuatro viven en las montañas del Tibet, y los cuatro sueñan con ir al programa “Deseo cantar”, de la televisión de Shenzhen, que da una oportunidad a todos aquellos que sueñan con cantar, aunque del Tibet a Shenzhen hay una distancia enorme, pero los cuatro amigos, ocultándoselo a todos, incluso su profesor, deciden lanzarse a la aventura y viajar hasta Zhenzhen e ir a cumplir su sueño, a pesar que no será una tarea ni mucho menos fácil.

El director Zhan Wei (Hunan, China, 1965) ha construido una filmografía en la que mira hacia las clases más marginales de su país, sumergiéndose en sus vidas más cotidianas y en los problemas que los acechan, visibilizando sus reivindicaciones y denunciando sus condiciones desfavorables de vida. En su quinto trabajo mira hacia los niños invidentes, basándose en un caso real cuando un grupo de niños ciegos cantaron en el “China’s Got Talent”, cosechando un gran éxito. Wei nos sumerge en una película humanista y sincera, en un relato honesto sin estridencias argumentales ni nada por el estilo, huyendo del sentimentalismo y la compasión, experimentando con el viaje de estos chavales enfrentándose a los múltiples obstáculos que se encontrarán en su particular odisea, en el que cada barrera de la naturaleza se convierte en un reto para ellos, y para la relación que se torna difícil, entendiendo que se necesitan unos a otros si quieren arribar a buen puerto con su dificultosa empresa.

Wei nos habla de solidaridad, fraternidad, amor y libertad, de valores que parece que muchos han olvidado o los entienden a su manera, que resulta muy alejada de la realidad social que muchos viven en su cotidianidad. La narración tiene ritmo y pausa, tiene ese aroma de road movie, del camino como descubrimiento, crecimiento y reto personal, en el que nos encontraremos personajes solidarios y profundos, donde también habrá sus diferencias y formas de ver el problema de los niños. La sinceridad y autenticidad que emana la interpretación de los cuatro adolescentes invidentes consigue sumergirnos con naturalidad e intimidad en su odisea, mostrándonos sus miedos e ilusiones, en todo aquello que los hace ser como son, en el que los cuatro amigos seguirán firmes en su idea, caminando sin detenerse, y encontrándose a unos y otros que les ayudarán como un pastor que los alimenta y los guía, o la flota de moteros que los transporta un rato o el joven productor de televisión que se solidariza con su causa, llevándolos al programa y enfrentándose a su jefa para ayudarles, y sin olvidarnos de su profesor que también va en su búsqueda.

La película rinde tributo a lo diferente, a los que viven de forma alejada al resto, a mirar de frente la adversidad, la enfermedad y las herramientas que manejan los ciegos para tener una vida plena y dichosa como cualquier ser humano, venciendo sus barreras personales y sociales, quizás estas últimas son las más terribles, ya que los confinan a una vida solitaria y vacía, muy alejada de sus sueños, de sus formas de ser y su manera de entender su discapacidad y saber que solo ellos tendrán que vencer a unos y otros para así ser quiénes sueñan con ser. La película se ve bien, con buen ritmo y personajes atrayentes y sutiles como los niños, acompañando los majestuosos paisajes del Tibet, y confrontando la realidad rural con la urbana, y sobre todo, la necesidad de confiar unos de otros, alejándose de todo aquello que nos diferencia, y siendo capaces de disfrutar de la vida y reírse de ella sin tener que compadecerse de uno mismo. Una película bella y honesta, profunda e íntima, que nos habla de valores que tristemente han sido relegados a otros, a aquellos invisibles por tener una discapacidad, esta película nos habla de ellos, de sus ilusiones, sus sueños y todo aquello que bulle en el interior de cualquier adolescente que sueña con cantar y expresar todo su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paloma Zapata

Entrevista a Paloma Zapata, directora de la película “Peret, yo soy la rumba”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paloma Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Peret, yo soy la rumba, de Paloma Zapata

EL HOMBRE Y EL ARTISTA.

Fue a finales de los sesenta, más concretamente en 1968, cuando una canción arrasaba en cada sitio que se escuchaba, convirtiéndose en un éxito sin precedentes, la canción era “Borriquito”, y la cantaba y tocaba a la guitarra un tal Peret (1935-2014) acompañado de dos palmeros, su inconfundible estilo de guitarreo a ritmo del ventilador, el repiqueo de las palmas y una música nueva y diferente, nacida del rock de los cincuenta de Elvis Presley o Chuck Berry, los ritmos caribeños y el flamenco o música gitana, iba a convertirse en la década de los setenta la banda sonora para muchos, tanto propios y extraños. La directora Paloma Zapata (Murcia, 1979) después de Casamance: La banda sonora de un viaje (2016) un viaje por la música africana a través de Senegal, vuelve al género musical haciendo un recorrido por la vida del artista gitano Peret, desde los corrales de Mataró donde el artista nació en los albores de la Guerra Civil, pasando por la famosa calle de la Acera en el barrio del Raval de Barcelona, cuna de los gitanos, hasta recorrer medio mundo con sus rumbas, pasando por películas, éxitos y otros sinsabores que la vida le tenía guardados. Conoceremos a Pedro Pubill Calaf, al Peret más íntimo, más desconocido, más familiar y más sencillo, cuando era un niño que se ganaba la vida engañando en los mercadillos, o aquel que enamoraba a putas y chicas de Barcelona, o aquel otro que se ganaba unos duros divirtiendo a turistas alemanes en Lloret, o el que empezaba a asombrar a propios y extraños con su ritmo diferente y muy divertido. Del niño con penurias al artista consagrado, al desconocido, mitad gitano mitad payo, sus raíces, los suyos y otros que lo conocieron, lo trataron y lo amaron.

La directora murciana, afincada en Barcelona, mezcla varios tiempos y miradas para contarnos la vida de Peret. Desde el presente, a través de su familia, su mujer, sus hijos y sus nietas, en que nos hablan de la terrible vacío dejado por el músico, lo que se le añora y recuerda, hablándonos entre susurros de su intimidad, de aquel artista sin focos, sin luces, solo con los suyos en el ámbito doméstico, del hombre que había detrás o delante, del padre, del esposo, del patriarca que escuchaba, que hablaba con serenidad y el que ayuda a todos. También, desde el pasado, con imágenes de archivo donde vemos al Peret de niño, con sus primeras motocicletas, su caída que le arrastró una dolencia de por vida, sus primeras actuaciones cuando era uno más, sus grandes éxitos, su carisma como músico, como cantante, como virtuoso de la guitarra, que la utilizaba a modo de percusión, y sus letras que nos hablaban de alegría, tristeza, de amor, de los sinsabores de la vida. Canciones sentidas y propias que dibujaban un sentir muy íntimo de la vida, de aquellos duros años del franquismo y los otros, menos duros y más placenteros, donde la familia guardaba una parte de su gran corazón.

También, escucharemos a los músicos de su entorno, a aquellos que todavía quedan como el percusionista Petitet o la bailaora La Chana y otros músicos, arreglistas, productores, representantes que acompañaron a Peret en su periplo artístico, y por último, veremos unas ficciones que recorren algunos asuntos de la vida y milagros de Peret, filmados en un excelente blanco y negro y narrados por Andreu Buenafuente, al que se le asemeja la voz con el artista. Y claro, no podía faltar la banda sonora de la película, donde escucharemos las canciones más famosas de Peret y algunas de su primera etapa menos populares. La estructura de la película va hacia delante y hacia atrás, de un lado para otro, sin detenerse, con un ritmo acorde con las canciones rumberas de Peret, sin descanso, recorriendo su vida y todos aquellos que lo rodearon, o el momento cuando a principios de los ochenta, el artista decidió dejar su carrera musical exitosa y abrazar la fe de Dios haciendo pastor de una iglesia evangélica. Labor que se alargó hasta la década de los noventa en que el músico volvió a los ruedos musicales y volvió a su éxito, después vinieron los últimos éxitos, los homenajes, el reconocimiento de los más jóvenes y recién llegados, y finalmente, su enfermedad, su despedida y fallecimiento.

Zapata nos lleva en volandas de un espacio a otro y de un tiempo a otro, en sus 90 minutos frenéticos, donde hay tiempo para todo, para cantar, tocar la guitarra, palmear el ritmo, disfrutar de la vida y del éxito, pero también, hay tiempo para estar con los tuyos, para mirar atrás, para acordarse de aquellos que ya no están, o para recogerte en tu interior y ver el camino recorrido y todo lo hecho hasta ahora, sin rencores ni tristezas, sino viendo todo lo vivido y dejado, todos aquellos que conocisteis y todos aquellos que te auparon. La película tiene ese aroma de reivindicación, de devolver a una figura la importante de su tiempo y su legado a los nuevos tiempos, mismo proyecto que hicieron con la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015) de Joan Capdevila y David Casademunt, que rescataba del olvido al famoso grupo rumbero de Barcelona, o las recientes La Chana (2016) de Lucija Stojevic y Petitet (2018) de Carles Bosch, éstas dos últimas, junto a Peret, yo soy la rumba, podrían ser una especie de trilogía sobre figuras de la música gitana que revolucionaron la escena musical a través de lo más profundo del alma. Una película biográfica de uno de los artistas más grandes de la música gitana o rumbera, alguien que nunca abandonó sus raíces, a pesar de todo lo que le vino encima, que recoge lo mejor y lo peor de una época oscura, en la que quizás cantar y bailar era el mejor refugio para olvidar las tristezas de una realidad demasiado negra y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Myriam Mézières

Entrevista a la actriz Myriam Mézières, con motivo de la publicación de su libro “El sol tiene una cita con la luna”, en su domicilio en Barcelona, el jueves 20 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Myriam Mézières, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pilar Caballero y Joan Marcet de la Editorial Chapiteau 2.3, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El amor y la muerte, de Arantxa Aguirre

GRANADOS Y SU TIEMPO.

“¿Qué es lo que ha interpretado usted, don Enrique? No podría explicarlo…: ese jardín, esas flores, su aroma, el perfume de los naranjos, la paz de los jazmines, el cielo de tonalidades rojizas, el momento… ¡Eso toco!”

Un mar en calma con su sonido apacible y emocionante nos recibe en los primeros minutos del arranque de la película, un mar parecido nos despedirá, un mar que engulló una fatídica tarde de un 24 de marzo de 1916 al pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916). El nuevo trabajo de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) vuelve a tener la música como su motor principal, centrándose en la figura de uno de los compositores más importantes de la historia de la música, siguiendo cronológicamente su vida desde su nacimiento en Lleida hasta aquel trágico día en el Canal de la Mancha. El universo de Aguirre tiene mucho que ver con la música y la danza, como dejaba patente en su anterior trabajo Dancing Beethoven (2016) en el que planteaba una película que recogía los ensayos de la Compañía Maurice Béjart (que ya había retratado en El esfuerzo y el ánimo) con la novena sinfonía de Beethoven, así como las relaciones personales y humanas de sus componentes.

Ahora, y recogiendo el testigo que supuso el trabajo de Una Rosa para Soler (2009) donde recuperaban la biografía y el legado de un músico clérigo del siglo XVIII, y con la compañía nuevamente de la pianista Rosa Torres-Pardo (en labores de producción y pianista) nos invitan a un viaje a aquel siglo XIX para seguir las andanzas y desventuras de Enrique Granados, de sus años mozos pasando penurias económicas que lo llevaron a tocar en un café, o aquel viaje a París de veinteañero que le hizo conocer la bohemia, su amor con Amparo y sus seis hijos, o esos tiempos en Madrid de desconsuelo y tristeza, o la vuelta a Barcelona y los años de prestigio después de “Las Goyescas” (1911) y el viaje a Nueva York y estrenar en el Metropolitan y conseguir un gran éxito, amén de sus amistades fieles y entregadas con Albéniz, Falla, Casals, Apel.les Mestres, con el que trabajó en diversas operetas, y su profesor Felip Pedrell, y sus años de reconocimiento y la apertura de su Academia musical.

Toda su vida y los hechos más significativos son narrados con especial sensibilidad y delicadeza por Aguirre, haciendo un magnífico trabajo de archivo en el que nos muestran fotografías, y nos van leyendo las cartas y textos en voz de intérpretes como Jordi Mollà que ofrece la voz a Granados, o Emma Suárez que hace lo propio con Amparo, la mujer del compositor, o las pinturas de Goya, Rusiñol, Casas, Fortuny o Monet, entre otros, junto a las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, con animación, del mar o el humo, y los sonidos ambientales, para contrarrestar la falta de imágenes que se conservan del músico, en el que escucharemos constantemente su música, sus delicadas y absorbentes composiciones como las “Danzas españolas” o los valses, o las citadas “Goyescas”, interpretadas por la pianista Rosa Torres-Pardo en solitario, o con un quinteto, o con el cantaor Árcangel, y otros pianistas con el acompañamiento de la cantaora Rocío Márquez, o el arte de Juan Manuel Cañizares en la guitarra, , incluso veremos el ballet de Maurice Béjart a ritmo de la “Danza oriental”, o la bailaora Patricia Guerrero al compás de la “Danza de los ojos verdes”, y muchos más, que interpretarán el maravilloso legado musical de Granados, devolviéndolo a la vida a través de su arte, de sus composiciones y su existencia.

Aguirre ha creado una pieza de cámara maravillosa, una fantasía romántica, contribuyendo a ese aire poético y trágico que tuvo la vida, la música y la muerte de Granados, en un trabajo primoroso de una cineasta que crea magia y fantasía con lo cotidiano y cercano, envolviéndonos en esa proximidad hacia el músico, penetrando en su vida, y sobre todo, en su alma, en aquello más profundo y oscuro de su condición humana, narrándonos con suma delicadeza todas las alegrías y tristezas que conmovieron al músico, sus penurias, frustraciones, decepciones o su amor Amparo y sus hijos, todas las huellas alejadas y próximas que siguen latiendo del músico, construyendo una figura brillante pero humana, con sus reflexiones y dudas, sus abatimientos y risas, con sus miedos y tristezas, y narrando con maestría aquel tiempo modernista de finales del XIX y los nuevos tiempos que parecían venir con el nuevo siglo XX, que truncó estrepitosamente la 1ª Guerra Mundial, y fatalmente, se llevó la vida de uno de los grandes compositores de la historia, porque aquellos miedos que explicaba en vida acerca de los viajes pro mar, acabaron siendo ciertos, ya que fue el mar el que finalmente se llevó a él y su querida esposa, ese mar que le tenía preparado ese trágico final. Aunque, como cuenta la película, a modo de cuento, su legado continúa muy vigente en nuestro tiempo, un tiempo que para Granados y su música, siempre seguirá latiendo y muy vivo.