Entrevista a Alberto Gracia

Entrevista a Alberto Gracia, director de la película “La estrella errante, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Gracia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Ramón Lluis Bande

Entrevista a Ramón Lluis Bande, director de la película “Cantares de una revolución”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el miércoles 1 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Carlos Losilla, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

entrevista

Blaze, de Ethan Hawke

ESA BALADA TRISTE Y SOLITARIA.

“Blaze era un artista americano antes de que existiera el género”.

Thom Jurek (Músico-escritor)

La película arranca al atardecer en el porche de una pequeña cabaña en algún lugar de Texas, a pocos metros, en la carretera, los automóviles pasan continuando su dirección. Nos encontramos con Blaze Foley, un músico country algo borracho, mientras toca su guitarra va canturreando alguna de sus canciones, a su lado, algunos amigos ríen y le siguen en los coros. La noche va cayendo, las canciones continúan, como en un duerme vela, las risas van aumentando, es una reunión entre colegas, sentados en un porche, alejados del mundanal ruido, sintiendo que la vida va y viene y todo parece continuar igual. De Ethan Hawke (Austin, Texas, EE.UU., 1970) conocíamos de sobra su faceta como actor, con sus grandes interpretaciones en El club de los poetas muertos,  Gattaca, Training Day o sus películas con Richard Linklater. Desde el 2001 viene realizando trabajos como director en títulos como Chelsea Walls, The Hottest State (2006) el documental Seymour: An Introduction (2014) cine intimista, próximo y desnudo, cine sobre artistas outsiders, fuera del neón y el oropel, gentes sencillas con pasiones arrebatadoras y llenas de fe, artistas que buscan y rebuscan para alcanzar su cima.

Ahora, el cineasta texano nos envuelve en la vida de Blaze Foley (Malvern, Arkansas, 1949-Travis Heights, Austin, 1989) un músico estadounidense country, uno de esos artistas solitarios y tristes, que componen canciones y cantan a la vida, a la desesperación, al amor, a lo imposible, y a la desazón de la existencia entre sus innumerables rostros y texturas, alguien que camina a paso lento (ya que de niño la polio lo dejó así) por carreteras secundarias, que toca medio borracho en bares vacíos o locales apartados en que ni cristo le hace caso, seres anónimos, individuos que sin quererlo ni pretenderlo, dejarán un legado inmenso como fue en el caso de Blaze, con su movimiento musical country, el “Texas Outlaw Music”, que inspiró a músicos de la talla de Merle Haggard y Willie Nelson, entre otros. Aunque, Hawke nos hace un biopic al uso, ni mucho menos, Hawke se va a los márgenes, donde parece sentirse en su salsa, y filma la existencia anodina, vital y tranquila de Blaze, y lo hace basándose en el libro de Sybil Rosen, “Living in the Woods in a Tree: Remembering Blaze Foley”, compañera de Blaze, y coautora del guión junto a Hawke, construyen una película estructurada en tres tiempos, el mencionado en el inicio, donde Blaze con sus canciones y sus amigos vivirá su última noche con vida, después de su desgraciada última actuación en el “The Outhouse”, en Austin.

Luego, en el segundo tiempo, viviremos y sentiremos su love story junto a Sybil en una cabaña en mitad del bosque, entre canciones, amor y sexo, y el posterior viaje a Austin y aún más el de Chicago, donde las cosas en la pareja ya no eran tan idílicas ni cálidas. Y finalmente, un último tiempo, años después, cuando Townes Van Zandt y Zee, sus dos más allegados amigos le cuentan a un periodista radiofónico la vida y milagros de Blaze. Hawke va de un tiempo a otro de forma aleatoria y desestructurada, componiendo un retrato íntimo y profundo sobre un músico outsider, un “fuera de la ley” en toda regla, un tipo sencillo, que a veces bebía demasiado, o en ocasiones no trataba demasiado bien a su mujer y sus colegas, y en otras, parecía querer autodestruirse, no avanzar y estancarse en sus canciones y en su existencia amarga, pero, eso sí, en otros instantes, era un ser encantador, alguien especial, un tipo como pocos y alguien capaz de componer la mejor de las canciones, con sinceridad y verdad.

El cineasta estadounidense recorre un periodo de unos quince años en la vida de Blaze, desde el año 1974 hasta su muerte en 1989, capturando con detenimiento y reposo todos esos momentos en su vida, esas noches que nunca se acababan, esos temas tristes y sinceros que rompían el alma de quién los escuchaba, esas caminatas sin fin donde no había un puto dólar, o tantos locales donde el público lo ignoraba y acaba tirado a patadas, o su momento de gloria con esos tres magnates que lo quieren lanzar como una star del country (interpretados por Linklater, Sam Rockwell y Steve Zahn) aunque las cosas no suceden como se esperan, quizás nunca suceden como las esperas, simplemente suceden y poco o nada tienen que ver con lo planeado. Un reparto ajustado y lleno de almas encabezado por el músico y actor Benjamin Dickey que da vida a Blaze, bien acompañado por Ali Shawkat como Sybil, la musa, el amor y la luz del músico, el músico Charlie Sexton como Townes Van Zandt, Josh Hamilton como Zee, Kris Kristofferson, actor y leyenda de la música country haciendo un corto papel como padre de Blaze, y finlamente, el propio Hawke un papelito en la sombra.

Hawke mira a esos cineastas alejados de lo convencional que filmaban a tipos rotos, quebrados, sin aliento y tremendamente cansados como Fuller, Ray, Cassavetes o Altman, o esos músicos desconocidos con guitarra en mano y caminando llenos de polvo tocando en tugurios de mala muerte como en El aventurero de medianoche, de Eastwood, Tender Mercies, de Beresford o Inside Llewyn Davis, de los Coen, retratos demoledores sobre artistas solitarios, incomprendidos y románticos, que no encajan de ninguna de las maneras en un mundo demasiado sórdido, superficial y mercantilizado, una especie de extraterrestres en su propio entorno y existencia, seres que caminan y caminan hasta caer rendidos sin fuerzas, como aquel cowboy anónimo que cantaba Johnny Cash, y sobre todo, por todos aquellos que soñaron una vida diferente a través de sus canciones y se sintieron demasiado solos y apartados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Leto, de Kirill Serebrennikov

ROCK’N’ROLL TOVARISHCH.

Suena el tema “(You’re A) Scum” tocado por los Zoopark, cantado por su líder, el carismático Mike Naumenko. Estamos en el “Rock Club”, en la ciudad de Leningrado, en la URSS, a principios de los 80. La sala está abarrotada, el público se agita pero sin moverse de su asiento. Los controladores del gobierno están muy atentos a cualquier acto de rebeldía y agitación descontrolada. Asistimos a una actuación de una de las bandas de rock underground más exitosas. El público vibra y disfruta del espectáculo. Entre los asistentes, vemos a Viktor Tsoï, que ha empezado a tocar con sus colegas y desea conocer a Mike y aprender de él. Luego, pasaremos a un día de playa, entre alcohol, risas y amigos, en que escucharemos el tema “Leto” (Verano) que da título a la película. Donde, por fin, Viktor conocerá a su ídolo y empezará a escribirse la historia del rock soviético. El cineasta Kirill Serebrennikov (Rostov del Don, Unión Soviética, 1969) ha despuntado en prestigiosos festivales internacionales con películas en las que aborda temáticas políticas, religiosas y sociales actuales de Rusia, como la infidelidad conyugal que destapa un oscuro drama de obsesiones, emociones y pensamientos ocultos en la extraordinario Betrayal (2012) o el despertar ultrareligioso radical de un estudiante ruso en El estudiante (2016).

Ahora, en su nuevo trabajo echa la vista atrás y nos sitúa en los convulsos años de la URSS, antes de la “Perestroika” de Gorvachov, que reformará la economía del país hasta su disolución en el año 1991. El cineasta ruso nos habla de aquellos jóvenes que cambiaron su triste y oscura realidad política y social a través del rock y componiendo canciones que remitían a la música rock-punk que entonces comenzaba a despuntar en occidente. El prodigioso blanco y negro, que enmarca ese gris oscuro y sin color que era aquel inmenso país, con algunos interludios en color que escenifican falsas películas caseras, y las sorprendentes y divertidas animaciones que interactúan con los personajes y las situaciones cuando tocan las canciones. Serebrennikov basa su película en las memorias de Natalia Naumenko, la mujer de Mike que explica aquellos de efervescencia rockera, centrándose en varios elementos como la creación musical, las difíciles relaciones con los funcionarios soviéticos, y sobre todo, en el amor y la amistad entre Mike, su mujer Natalia, y Viktor, líder de la carismática banda de rock “Kino”.

Escuchamos temas de las dos bandas soviéticas, los “Zoopark” y los citados “Kino”, que se mezclan con temas de T-Rex, Blondie o David Bowie, y estupendas versiones como el “Psycho Killer”, de los Talking Heads, el “Passenger”, de Iggy Pop o el “Perfect Day”, de Lou Reed, entre otras, una gran selección musical producida por German Osipov y Roma Zver, que interpreta a Mike, y además, de tocar los temas de “Zoopark”, es el líder de la banda de rock “Zveri (The Beasts)”. La película se acoge al ritmo de las canciones y la vida agitada de los personajes, en el que cualquier momento es genial para ponerse a cantar, a reír y a beber, a vivir una vida a pesar de donde viven, a pesar de la falta de oportunidades reales, a pesar de ese entorno oscuro, gris y siniestro por el que se mueven. El director ruso no ha construido un biopic al uso, nada más lejos de la realidad, sino que se ha centrado en ese trío sentimental, con sus virtudes y defectos, en esa relación entre el músico consagrado y el que acaba de llegar, entre el cruce y las relaciones, no siempre cómodas y agradables,  entre ellos, entre aquello que sienten por la vida, el amor, Natalia, y la música rock. Entre las formas que tienen de verlo, contando todo aquello que los une y los separa.

La película reconstruye momentos e instantes que vivieron los citados músicos, aunque en esencial, el trabajo de Serebrennikov acoge y hace suya aquella atmósfera viva, joven y enérgica que tienen estos jóvenes rebeldes, contestatarios e insumisos que encontraron en la música rock una manera de protestar, de vivir, de sentir, y sobre todo, de ser ellos mismos, en tiempos en que había que ser uno más, siguiendo las órdenes del estado y sentir orgullo del país en el que vivías. Los 126 minutos del metraje pasan volando, llevándonos de un lugar a otro, desde los conciertos en el “Rock Club”, las interminables fiestas en casas de unos y otros, los momentos místicos y poéticos, en que la película se envuelve en sí misma y nos explica más allá de lo que aparente vemos de estos músicos y su entorno, aquello que ocultan, sus deseos, ilusiones y pensamientos, aquellos otros donde el relato asume su rol de referencias en que los propios actores o figuración interpreta versiones de los temas citados, creando esa idea de magia en que la realidad se convierte en otro mundo, un universo real donde todos los sueños son posibles, y la vida no resulta tan opresiva, donde el director logra mezclar con sabiduría realidad y sueño, explicando los sentimientos internos de cada uno de los personajes, como ese narrador omnipresente, al modo de las obras de Shakespeare, que nos va guiando y explicando todo aquello que las canciones no muestran o que a nosotros se nos escapa.

Y por último, la extraordinaria mezcla de aventura personal y cotidiana de los músicos de rock con el contexto histórico, dos elementos que se fusionan de forma natural y precisa, explicándonos de manera sencilla y honesta tanto uno como otro, sin caer en la condescendencia o el sentimentalismo más superficial, donde sobresale con acierto y grandes dosis de emoción la historia de amor intensa y brutal que cuenta la película, desde ese amor puro y brutal a la música rock, a ese otro amor, más irracional y animal, que sienten los personajes, el amor conyugal de Mike y Natalia, o el otro, más emocional que manifiestan Natalia y Viktor. Amor, rock y amistad son los elementos que transitan por esta historia que nos lleva a otros tiempos que algunos les resultarán lejanos, aunque a otros, no tanto, porque las estructuras de los gobiernos se basan en la alineación, el conformismo y la obediencia, y todo eso es de lo que habla Serebrennikov, con detalle, pasión y amor, y sobre todo, larga vida al rock and roll. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Namrud, de Fernando Romero Forsthuber

LA CANCIÓN PROTESTA.

“Huele algo, no es un buen olor. /Huele como a gato muerto. /Lo he buscado, pero no he podido encontrarlo. /No puedo vivir con este olor. /Tienen un plan para mí que tengo que descifrar. Antes de que caven un hoyo y  me tiren dentro”.

Jowan Fafadi es un músico palestino-israelí que tiene como nombre artístico Namrud, término  que  hace  alusión  al  personaje  bíblico  que  construyó  la  Torre  de Babel  donde,  según  el  Génesis,  convivía  en  paz  toda  la  humanidad  antes  de  esparcirse  por  el  mundo cuando  aparecieron  los  idiomas  y  las  etnias. Namrud es un artista que hace música protesta junto a su banda “Fish Samak”, letras de crítica social que aluden directamente a la ocupación y el hostigamiento del gobierno israelí contra el pueblo palestino. Una música que le ha llevado a estar varias veces arrestado y juzgado, pero Namrud  no se amínala y sigue en sus trece, hablando de política y de todo aquello que le sacude de su alrededor con el fin de hacer una tierra mejor para él y los suyos, cantando a sus ancestros, las contradicciones y el no futuro que se respira en la zona, que desde 1948, cuando se declaró el estado de Israel,  y posteriormente en 1967, vive una situación de ocupación por parte del Estado de Israel en su afán de expulsar a todos aquellos diferentes de raza o religión.

La película de Fernando Romero Forsthuber (Sevilla, 1983) que ha crecido en Viena y se ha formado como cineasta en Austria, se estructura en forma de diario íntimo y cotidiano del músico al que seguimos incansablemente en su vida diaria, junto a su hijo adolescente Don. La cámara de Romero no juzga lo que ve, solo filma esa proximidad desde todos los ángulos posibles, sin entrar en ningún momento en el modus viviendi, tanto artístico como personal del músico, si hay respeto y admiración hacia alguien que utiliza la música como protesta y crítica contra el sistema establecido, como vía de comunicación política y social para acceder al pensamiento de la población, para arma de conciencia en una sociedad demasiado acostumbrada al conflicto y la confrontación, unas gentes que viven azotadas diariamente por el invasor israelí, y también, a todos aquellos que aplauden y apoyan esa política de aplastamiento y desaparición contra el pueblo palestino.

Quizás la frase que mejor define el espíritu de este músico underground, y muy famoso en las redes sociales, de actitud rebelde, libre e incomprendido sea la que escuchamos en un momento en la película: “Cuando la mentira es mainstream, la verdad resulta provocativa”. Jowan Safadi, alias Namrud, es un hombre-músico que vive y respira en una tierra ocupada, que años atrás, muchos más, quizás demasiado, vivió otra realidad, como se cuenta en boca de algún familiar mayor del músico, una tierra llena de sangre y muchas heridas, cercada incomprensiblemente, como demuestra el arranque de la película cuando Namrud señala, en los lugares fronterizos, las divisiones creadas y la importancia de nacer en un lado u otro, una circunstancia que modifica toda la existencia de alguien. Safadi habla en sus canciones de cualquier tema político, desde una situación e libertad y generosidad hacia aquellos que sufren o aquellos que no tienen voz, explica realidades cercanas como las políticas sangrientas y fascistas del gobierno israelí, los árabes que fueron entonces y ahora se sienten israelíes y claman a favor de las expulsiones, dispara sin piedad a todos aquellos que defienden las fronteras, divisiones y demás hostilidades de la zona, y a los que olvidaron para sentirse más israelíes y otros que se defienden de los suyos para sentirse más cercanos a los israelíes, actitudes falsas, hipócritas y viles, explicando un pasado que nunca existió y ayudando al invasor.

Safadi tiene que lidiar con un hijo rebelde y vago, un chaval que le ayuda con sus canciones, a escucharlas y opinar sobre ellas, que lo admira, pero también, quiere vivir su propia vida a pesar de su corta edad, con su boxeo y su carácter, además de todo eso, el músico hace música, toca en conciertos, ve a su familia y amigos, rueda videoclips, asiste a manifestaciones de protesta y se implica en su sociedad a todos los niveles, moviéndose bajo unos ideales en los que cree, sentimientos humanistas, un músico que cree en lo que hace y piensa en la música como herramienta necesaria y fundamental para derribar fronteras, tender puentes, aniquilar nacionalidades y construir verdades acercando a los seres humanos, a unos y otros, mirándolos en su interior, sintiéndose cercano a todos ellos, y creyendo que la música puede ser un vehículo admirable y brutal para acabar con tantas diferencias estúpidas y falsas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ballad from Tibet, de Zhang Wei

DERRIBANDO BARRERAS.

El sistema en su afán de categorizar y etiquetar a todos impone una sociedad clasista, injusta y llena de diferencias y obstáculos, a los que las personas más vulnerables, ya sea en el aspecto económico, social, cultural, físico o emocional son las que padecen esa sociedad de primeros y terceros mundos, una sociedad que se rige por la superficialidad, la insolidaridad y atenta contra todo aquello que etiqueta de diferente, extraño o enfermo. Cuatro niños son los protagonistas de esta historia, cuatro niños diferentes al resto, empezando por Thumpten, que ve de manera disfuncional por uno de sus ojos, con el otro no ve nada, sus tres amigos completamente ciegos son Droma, una adolescente guapísima que se niega a ser tejedora y una más en su casa, y persigue su sueño de cantar a pesar de las imposiciones familiares, también está Sonam, un masajista bien valorado pero ama tocar su instrumento ancestral y cantar como sus antepasados, y finalmente, Kalsang, el más pequeño de la terna, que sueña con tocar su flauta artesanal. Los cuatro viven en las montañas del Tibet, y los cuatro sueñan con ir al programa “Deseo cantar”, de la televisión de Shenzhen, que da una oportunidad a todos aquellos que sueñan con cantar, aunque del Tibet a Shenzhen hay una distancia enorme, pero los cuatro amigos, ocultándoselo a todos, incluso su profesor, deciden lanzarse a la aventura y viajar hasta Zhenzhen e ir a cumplir su sueño, a pesar que no será una tarea ni mucho menos fácil.

El director Zhan Wei (Hunan, China, 1965) ha construido una filmografía en la que mira hacia las clases más marginales de su país, sumergiéndose en sus vidas más cotidianas y en los problemas que los acechan, visibilizando sus reivindicaciones y denunciando sus condiciones desfavorables de vida. En su quinto trabajo mira hacia los niños invidentes, basándose en un caso real cuando un grupo de niños ciegos cantaron en el “China’s Got Talent”, cosechando un gran éxito. Wei nos sumerge en una película humanista y sincera, en un relato honesto sin estridencias argumentales ni nada por el estilo, huyendo del sentimentalismo y la compasión, experimentando con el viaje de estos chavales enfrentándose a los múltiples obstáculos que se encontrarán en su particular odisea, en el que cada barrera de la naturaleza se convierte en un reto para ellos, y para la relación que se torna difícil, entendiendo que se necesitan unos a otros si quieren arribar a buen puerto con su dificultosa empresa.

Wei nos habla de solidaridad, fraternidad, amor y libertad, de valores que parece que muchos han olvidado o los entienden a su manera, que resulta muy alejada de la realidad social que muchos viven en su cotidianidad. La narración tiene ritmo y pausa, tiene ese aroma de road movie, del camino como descubrimiento, crecimiento y reto personal, en el que nos encontraremos personajes solidarios y profundos, donde también habrá sus diferencias y formas de ver el problema de los niños. La sinceridad y autenticidad que emana la interpretación de los cuatro adolescentes invidentes consigue sumergirnos con naturalidad e intimidad en su odisea, mostrándonos sus miedos e ilusiones, en todo aquello que los hace ser como son, en el que los cuatro amigos seguirán firmes en su idea, caminando sin detenerse, y encontrándose a unos y otros que les ayudarán como un pastor que los alimenta y los guía, o la flota de moteros que los transporta un rato o el joven productor de televisión que se solidariza con su causa, llevándolos al programa y enfrentándose a su jefa para ayudarles, y sin olvidarnos de su profesor que también va en su búsqueda.

La película rinde tributo a lo diferente, a los que viven de forma alejada al resto, a mirar de frente la adversidad, la enfermedad y las herramientas que manejan los ciegos para tener una vida plena y dichosa como cualquier ser humano, venciendo sus barreras personales y sociales, quizás estas últimas son las más terribles, ya que los confinan a una vida solitaria y vacía, muy alejada de sus sueños, de sus formas de ser y su manera de entender su discapacidad y saber que solo ellos tendrán que vencer a unos y otros para así ser quiénes sueñan con ser. La película se ve bien, con buen ritmo y personajes atrayentes y sutiles como los niños, acompañando los majestuosos paisajes del Tibet, y confrontando la realidad rural con la urbana, y sobre todo, la necesidad de confiar unos de otros, alejándose de todo aquello que nos diferencia, y siendo capaces de disfrutar de la vida y reírse de ella sin tener que compadecerse de uno mismo. Una película bella y honesta, profunda e íntima, que nos habla de valores que tristemente han sido relegados a otros, a aquellos invisibles por tener una discapacidad, esta película nos habla de ellos, de sus ilusiones, sus sueños y todo aquello que bulle en el interior de cualquier adolescente que sueña con cantar y expresar todo su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paloma Zapata

Entrevista a Paloma Zapata, directora de la película “Peret, yo soy la rumba”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paloma Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.