Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmsvertigo”>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Mireia Noguera

Entrevista a Mireia Noguera, directora de “Nunca te dejé sola”. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019, en el domicilio de la productora Jana LLopart en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Noguera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a la productora Jana Llopart, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Ghostland, de Pascal Laugier

HORROR EN LA CASA DE MUÑECAS.

Erase una vez una madre Coleen que junto a sus dos hijas adolescentes, Beth, introvertida e incipiente escritora de terror amante de la literatura de Lovecraft, y Vera, extrovertida y enganchada a las nuevas tecnologías. Las tres llegan a un pequeño pueblo donde les espera una nueva vida en la vieja granja de una tía lejana que coleccionaba muñecas de aspecto diabólico. La primera noche se ven asaltadas por dos psicópatas que las someten a una espiral de horror y violencia. La premisa inicial de Ghostland no parece nada del otro jueves, siendo casi un calco de tantas películas donde inocentes jóvenes son asaltadas por asesinos despiadados. Pascal Laugier, auténtico especialista en el género con títulos tan recordados como El internado (2004) o Matyrs (2008) ambas rodadas en su Francia natal antes de su salto a EE.UU. con El hombre de las sombras (2012), va algo más allá en su propuesta, porque sin pretender originalidad en un género muy machacado, si que abre nuevas ventanas para reformular este tipo de historias. Los relatos de Laugier tienen mucho que ver con los espacios cerrados o alejados del mundanal ruido, sitios oscuros, siniestros y llenos de maledicencia, donde jovencitas se ven inmersas en universos terroríficos en los que deberán sobrevivir cueste lo que cueste.

El director francés nos sitúa en un cuento de nuestro tiempo, donde lo novedoso de la propuesta será el juego con el subjetivismo del personaje principal de Beth, esa niña inquieta y observadora que sueña con escribir historias de terror, introduciéndonos en varias formas de ver y sentir la historia, llevándonos por este laberinto narrativo en el que lo real y lo onírico se dan la mano sin conocer a ciencia cierta en que universo nos encontramos. Laugier nos lelva por dos caminos, cuando Beth es adolescente y sufren el terrible ataque y luego, 16 años después, cuando Beth, convertido en exitosa escritora de novelas de terror, vuelve a su casa, donde su madre sobrevive atendiendo a Vera, la hermana pequeña que vive perturbada y anclada en aquella noche fatídica.

Cinco personajes en el interior de una casa que cruje por todos los lados, que desprende un olor entre rancio y a ambientador añejo, con una decoración de poco gusto, envejecida y carcomida, y llena de muñecas de todos los materiales posibles, abundando las de porcelana y las de aspectos siniestros y diabólicos, muñecas que parecen cobrar vida o simplemente creemos que cobran vida. Quizás para muchos espectadores el juego narrativo que propone la película les resulte ya muy visto, pero Laugier no pretende levantar de la butaca, sino todo lo contrario, cogiendo vías y propuestas ya trilladas para abrir un resquicio de luz, en este caso de oscuridad, para mantener al espectador sometido y anclado a su butaca, inquieto y revolcado entre tanta maldad, siendo testigos del horror más puro encarnado en esos dos tipejos que se enfundan en un ogro, una mala bestia enorme con una fuerza descomunal y feísimo, una especie de jorobado de Notre Dame de la maldad, a su lado, una bruja travestida que se dedica a jugar con muñecas humanas, disfrazando a las dos hermanas y convirtiéndolas en dos marionetas a la merced de ese ogro asesino.

Laugier pone sobre la mesa el secuestro, los abusos pedófilos, la depresión, la locura, los traumas psicológicos difíciles de resolver, o el pasado horrible del que tanto cuesta escapar, y todo contado entre una realidad espeluznante, esa de casos de asesinato y violaciones que podemos escuchar diariamente en los informativos mezclada con ese cuento macabro y espeluznante que traspasa lo grotesco y lo horrible, entre la realidad y el sueño, entre lo que vemos o lo que imaginamos, entre lo que está pasando y lo que nos gustaría que hubiera pasado, entre presente y pasado, con ese aroma de los buenos títulos de terror puro como La noche de los muertos vivientes,  La matanza de Texas, Viernes 13 o Posesión infernal, entre muchos otros, con el impecable reparto de la función, tanto en su adolescencia como la etapa adulta, que saben componer unos personajes reales y muy cercanos, naturales, dentro de esa casa convertida en el infierno donde ninguna muñeca está a salvo, sea real o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cuatro manos, de Oliver Kienle

MI HERMANA Y YO.

En Hermanas (1973) una cult movie de Brian de Palma, asistíamos a la enfermiza relación de dos hermanas que siamesas de nacimiento eran separadas y se convertían en el yin en el yang. Una, era dulce y amable, mientras la otra, era cruel y asesina. Algo parecido les ocurre a Sophie y Jessica, dos hermanas que presencian el asesinato de sus padres cuando son niñas, y veinte años después, con la excarcelación de la pareja implicada, vuelven los fantasmas y mientras Sophie, olvida el macabro suceso centrándose en su carrera como pianista y en el amor. Jessica, en cambio, opta por el camino contrario, vengándose de los asesinos y una vida oscura y muy violenta. El director Oliver Kienle ( Dettelbach, Alemania, 1982) que debutó en el 2010 con Bis aufs Blut – Brüder auf Bewährung, un thriller angustiante donde retrataba la sordidez de un joven ex convicto en el brutal mundo de las drogas, con la serie Bad Banks, del que firma como creador, realizada inmediatamente después de Cuatro manos, se introducía en el cruel mundo de las finanzas.

En Cuatro manos vuelve a adentrarse en el thriller psicológico para contarnos un relato entre lo lucido y lo enfermizo, entre dos formas de gestionar lo emocional, a través de dos hermanas, dos caras completamente diferentes, dos caminos que luchan entre sí para calmar tantos conflictos y miedos internos. Kienle opta por un atmósfera inquietante y muy sombría, donde la cinematografía de Yoshi Heimmath, ayuda a conseguirla con múltiples detalles, tanto de la luz que entra en esa casa como en el exterior, con esa casa en medio de dos mundos, el de la zona residencial y el complejo industrial dividido por ese río de aspecto amenazante, y esos espacios que describen con naturalidad y detalle los dos mundos antagónicos por los que se mueven las dos hermanas. Como la precisa y envolvente música de Heiko Maile, elemento crucial en películas de este tipo, donde van sumergiéndonos en la psique de cada uno de los personajes, en esta batalla entre el olvido y la sangre que mantienen las dos mentes de las hermanas, en continua lucha y poseídas por un conflicto eterno.

Para enmarañar aún más si cabe la madeja argumental, el relato introduce un tercer elemento en discordia, el del doctor con el que Sophie sale, que se convertirá en el testimonio ideal que asiste a esa dualidad simbiótica que sufren las dos hermanas, en las que a veces, no sabrá a qué atenerse con tantas idas y venidas emocionales entre las hermanas. Uno de los aciertos de la película es su honestidad y libertad a la hora de enfrentarse a un relato de tales características, porque aunque en ciertos momentos la historia nos suena, la película huye de los tópicos del género y consigue con pocos elementos y personajes adentrarnos en esa espiral salvaje y malévola que enfrentan a las hermanas, y lo hace desde la sencillez y la pulcritud tanto a nivel formal como argumental, con esos planos cercanos, inquietantes y enfermizos que nos provocan esa tensión constante y esa idea de violencia a punto de estallar, donde el relato no para en ningún instante, llevándonos por continuos contrastes, entre las salas de música o los momentos románticos, con otros más oscuros como las zonas industriales abandonadas, los locales nocturnos llenos de sombras y gente de mal vivir, o zonas aisladas donde se ocultan esos espectros que tanto rondan a una de las hermanas.

Kienle construye un relato psicológico que nada tiene que envidiar a las cult movie del género más recordadas, como por ejemplo Inseparables, de Cronenberg, por citar una de las más redondas e inquietantes,  creando esa atmósfera inteligente y llena de aristas, donde nada es lo que parece, en la que tensa las emociones de los espectadores conduciéndolos por un laberinto infinito y psicológico de difícil resolución, con un estupendo y brillante trío protagonista fundamental en este tipo de películas, encabezados por Frida-Lovisa Hamman como Sophie, la dulce y sensible hermana pequeña que quiere ir hacia adelante e intenta construirse su vida a través del arte y el amor. A su lado, Friederike Becht da vida a Jessica, esa alma negra y hundida que fue testigo del macabro asesinato de sus padres y su vida se ha convertido en una huida hacia el abismo constante en el que busca venganza sea como sea, una vida oscura y violenta que no cesará hasta que consiga su cruel objetivo, y finalmente, Christopher Letkowski que interpreta al doctor, que dará luz y convertirá la vida de Sophie en algo amable y sensible, dando un resquicio de luz ante tanta oscuridad, y se verá envuelto en la batalla sin cuartel que mantienen las dos hermanas para detener tanta maldad y tantos fantasmas del pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ceniza es el blanco más puro, de Jia Zhang-ke

VOLVER A LAS TRES GARGANTAS.

“El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón”.

Marcel Proust

El cineasta Jia Zhang-Ke (Fenyang, provincia de Shanxi, China, 1970) lleva desde finales de los 90, más concretamente, desde 1997 cuando debutó en el largometraje con Xiao Wu, el relato de un ratero de poca monta enamorado de una prostituta y envuelto en una maraña de soledad y ostracismo social, viendo el final de su juventud en mitad de los profundos cambios que se producían en el país chino. La primera piedra de su cine marcará considerablemente los elementos enraizados en su universo: el final de la juventud, que conlleva la pérdida de la inocencia y asumir la etapa adulta. El amor, como motor vital para sus personajes, amores casi siempre rotos, frustrados, envueltos en el aroma de la tragedia, separados y reencontrados, amores de verdad, de los que uno siente pocas veces en la vida. El paso del tiempo, como vehículo para no solo envejecer a los personajes y sus recuerdos amontonados, sino también, como retratista y observador crítico e absorbente de los cambios tan profundos producidos en China tanto a nivel económico, social y cultural, con un nuevo mundo, moderno, blanco y vacío, que se impone a ese otro mundo más tradicional y popular, borrando los espacios y minando los recuerdos de sus individuos. Tres vertebras argumentales que sazonan irremediablemente un cine que captura el tiempo en su mínima expresión y cómo afecta a sus personajes, personas que se mueven constantemente por un país en continua transformación, en que el paisaje queda almacenado en la memoria desdibujada, como si el país tuviera prisa para dejar lo que fue para no saber lo que será.

Zhang-Ke se ha convertido en uno de los cineastas chinos más importantes de los últimos tiempos, un poeta y cronista del tiempo y la transformación de su país, una mirada crítica y obsesiva que nos invita a viajar a las entrañas más ocultas de China. Para centrarnos en La ceniza es el blanco más puro nos tenemos que remontar y detener en dos de sus títulos filmados a principios del  nuevo siglo, en las que encontramos similitudes o reflejos, en Placeres desconocidos (2002) nos situaba en una zona minera del norte donde Qiao, una joven enamorada del gánster local soñaba con salir del lugar y conocer mundo, mientras su mejor amigo bebía en secreto los vientos por ella. Y Naturaleza muerta, estrenada cuatro años más tarde, nos envolvía en la mirada de un joven que volvía buscando a un antiguo amor a su pueblo natal,  ahora enterrado por la construcción de “Las tres gargantas”, una mastodóntica presa que sumergía a varios pueblos y sus habitantes eran trasladados a otros lugares.

La película de Zhang-Ke estructurada a través de tres episodios, como ocurría en su anterior película, Más allá de las montañas. En el primero, como ocurría en Placeres desconocidos, nos lleva a Shanxi, una zona rural minera del norte, fría y solitaria, en el año 2001 donde Qiao mantiene una relación con Bin, jefe de una banda local de gánsteres (los llamados “Jianghu”). Todo terminará para ellos de forma brusca y trágica, cuando en una reyerta Qiao es detenida y condenada. En el segundo episodio, Qiao sale de la cárcel cinco años después, y viajamos con ella hasta el suroeste del país, a bordo del río Yangtsé, en la zona de las Tres Gargantas, el mismo espacio de Naturaleza muerta, en que la protagonista viste las mismas ropas y lleva el mismo peinado. Qiao busca a Bin entre ese mundo de muelles, barcos de pasajeros, de trasiego brutal y bullicio eterno. Cuando lo localiza se van a una habitación, en el que el cineasta chico hace alarde de otro de sus elementos característicos, la mise en scène, donde apabulla con sus leves y precios movimientos de cámara y su talento para desdibujar los colores y crear una atmósfera cambiante y cargante que define con sutileza todo el amor y desamor que bulle entre los amantes reencontrados, en una secuencia que recuerda al universo de Antonioni, no obstante, el cine de Zhang-Ke tiene mucho de reflejo en el maestro italiano.

En el último segmento de la película, nos encontramos en la actualidad y viajamos con Bin, que postergado en una silla de ruedas visita a Qiao en una vuelta a los orígenes porque volvemos a encontrarnos en Shanxi, pero completamente transformado por las innumerables construcciones que lo han cambiado por completo, como esa estación híper modernizada en el que se reencuentran los dos amantes y que lo único reconocible son sus emociones o las huellas de éstas. La forma también tiene su importancia en el cine de Zhang-Ke, con el grandísimo trabajo del cinematógrafo Eric Gautier, que trabaja con el realizador por primera vez (colaborador de Asayas, Costa-Gavras, Resnais, Carax, entre otros) porque en esta película combina formatos de filmación diferentes, desde el vídeo doméstico de las primeras imágenes combinado con un sistema de video que logra llevarnos a las texturas e imágenes de aquel momento del 2001. Luego, en las Tres Gargantas opta por el 35mm, en el que nos transporta en un halo de tiempo y misterio donde no solo mira a su cine doce años después, sino que envuelve a Qiao en esa atmósfera de nostalgia, desamor y espectral. Y por último, para filmar la actualidad, opta por un sistema de video de alta definición que casa de manera subyugante con ese paisaje futurista y vacío que muestra la película, enfrentado al local que regenta Qiao que parece instalado en el pasado, como si los personajes quisieran volver a lo que eran, a lo que sintieron, a lo que perdieron.

Zhao Tao, actriz fetiche y musa del director, protagonista de casi todas sus películas, vuelve a brillar enfundándose en una mujer de armas tomar, una mujer enamorada capaz de cualquier cosa por su amor, en una mujer de idas y venidas, de un fantasma que vaga pro esos paisajes ajenos y desconocidos para ella, en un intento vano de capturar ese espacio reconocible que lelva consigo ese amor que, muy a su pesar, sigue bullendo incandescente, como una llama que se resiste a apagarse a pesar de los embates vitales y circunstanciales. A su lado, Liao Fan, que debuta con el director, en un tipo que fue alguien y el tiempo le ha devuelto a una realidad desconocida para él, que ama a Qiao y se resiste a ese amor a pesar de lo sucedido, aunque niegue lo contrario. Zhang-Ke nos envuelve en una historia de amor trágica, de dos seres enamorados a pesar del tiempo, del país cambiante, a pesar de sus buenos recuerdos, a pesar del espacio que los separa, a pesar de ellos y sus deseos e ilusiones, a pesar de todo lo que soñaron, porque quizás lo único que no puede cambiar es el amor, aquello que sentimos por el otro, quizás lo único que tiene sentido en esta vida que llevamos cada día con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Escapada, de Sarah Hirtt

LA UTOPÍA (IM) POSIBLE.

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.

La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.

Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.

La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur,  como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.

Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Donde caen las sombras, de Valentina Pedicini

LA BESTIALIDAD HUMANA.

Desde tiempos inmemoriales, el fascismo ha querido erradicar a las razas y etnias diferentes, consideradas por ellos como inútiles, seres viles y tarados mentales que eran necesarios exterminar de la faz de la tierra con el fin de zanjar su extirpe y borrarlos del mapa. A lo largo de la humanidad muchos han sido los casos conocidos y los que quedan por conocer, como en el caso que practicó el gobierno suizo durante más de medio siglo, en el periodo comprendido entre los años 20 hasta los años 70, cuando lanzó una operación secreta llamada “Children of the Road”, que consistía en eliminar a los Jenisch (un grupo sedentario que se instaló en varios países de la Europa central que provenían de clases pobres y marginadas) centrándose en sus vástagos, entre 700 y 2000 niños fueron separados de sus padres y llevados a la fueza a centros de reeducación e incluso cambiándoles la identidad y ser donados a familias de la burguesía (mismo método practicado por la dictadura franquista y tantos regímenes fascistas). Métodos clandestinos que servían para depurarlos, vejarlos con experimentos de toda índole como sumergirlos en agua helada, electroshocks, humillarlos y torturarlos, llegando a la esterilización.

La directora italiana Valentina Pedicini (Brindisi, 1978) después de foguearse en el campo documental, debuta en la ficción con una película dedicada a Mariella Mehr (escritora Jenisch que sufrió los malos tratos de este tipo de instituciones estatales)  abordando de frente y sin recovecos, los traumas del alma de un par de niños que sufrieron los males de aquel programa inhumano y terrorífico, centrándose en la figura de Anna, convertida en enfermera de un geriátrico y su fiel asistente Hans, un ser discapacitado intelectual debido a las secuelas de los experimentos. Los dos trabajan en el mismo centro que 14 años atrás albergaba el siniestro orfanato para los niños Jenisch. La digamos armonía de la cotidianidad del centro se ve alterada con la llegada de Gertrud, la doctora y jefa responsable del orfanato. La realizadora italiana plantea una película que navega por varios territorios, por un lado, tenemos esa mirada documental para mostrar la realidad del geriátrico, con sus horarios, normas y rutinas establecidas entre Anna y los internos, conociendo una muestra de alguno de los problemas que padecen.

Por otro lado, la película está contada a través de dos tiempos, el pasado, donde asistiremos a continuos flashbacks, en el que Anna, Hans y Franziska (la mejor amiga de Anna) con unos 10 años de edad, reciben las continuas humillaciones y torturas por parte de Gertrud y su equipo, y el tiempo actual, en el que Anna tiene que vivir con sus fantasmas, en el que sufre sus traumas en silencio, convirtiéndola en una mujer rota interiormente, recta y seria en sus formas, y sobre todo, de existencia frustrada y sexualmente reprimida, que utiliza a Hans como amante y compañía de sus males, y la relación con Gertrud, que las dos mujeres rememorarán aquellos años de mal recuerdo. Ahora, las tornas han cambiado, Anna se ha convertido en una mujer que quiere información, y frente a ella, tiene a la mujer represora (como ocurría en La muerte y la doncella, que escenificaba el encuentro de la torturada con su torturador años después) a la mujer que la ha convertido así, una mujer fría, vacía y llena de terribles recuerdos.

Pedicini ha construido una película de denuncia, sin caer en sentimentalismos ni heroísmos, sino profundizando en el terrorismo de estado de forma inteligente y audaz, destapando un caso olvidado que necesita ser recordado y contado. El relato crea una narración sobria y contenida, todo se resuelve de forma pausada y siniestra, cada movimiento y paso nos lleva a recordar, a ver el mal una vez y otra, como si fuese una película de terror, pero muy alejada de los cánones convencionales del género, en que el drama se mueve entre las sombras (como hace referencia el título) y esos siniestros recuerdos que atormentan al personaje de Anna y toda su existencia, como esa ánima que la sigue sin descanso, torturándola sin cesar, como aprisionada en una cárcel de recuerdos. La película se mueve dentro de una forma austera y sencilla, unos encuadres que juegan magníficamente con el espacio y el movimiento de los personajes, que parecen avanzar un paso y atrasar dos más, como si no pudiesen abandonar ese limbo de dolor y recuerdos que los mantienen inmóviles y desesperanzados.

La magnífica interpretación de Federica Rosellini que da vida a Anna, en que la película descansa casi en su primer plano y sus movimientos robotizados y deshumanizados, ayuda a crear esa atmósfera opresiva y cerrada, casi toda la película se desarrolla en las cuatro paredes del centro, apenas alguna secuencia en el exterior, todo se ve y se intuye desde dentro, como si de una cárcel se tratara, bien acompañada por la veterana Elena Cotta que interpreta a la malvada Gertrud, en un malévolo juego de espejos donde la anciana sufrirá los mismos tormentos que hizo sufrir a los niños, y finalmente, Josafat Vagni dando vida a Hans, un tipo inocente e infantil, fiel siervo de Anna, que lo convierte casi en un ser indefenso que la ayuda en todo lo que se le mande, como cavar en el jardín para encontrar restos de un pasado infame y terrorífico que sufrieron cientos de niños. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA