Donde caen las sombras, de Valentina Pedicini

LA BESTIALIDAD HUMANA.

Desde tiempos inmemoriales, el fascismo ha querido erradicar a las razas y etnias diferentes, consideradas por ellos como inútiles, seres viles y tarados mentales que eran necesarios exterminar de la faz de la tierra con el fin de zanjar su extirpe y borrarlos del mapa. A lo largo de la humanidad muchos han sido los casos conocidos y los que quedan por conocer, como en el caso que practicó el gobierno suizo durante más de medio siglo, en el periodo comprendido entre los años 20 hasta los años 70, cuando lanzó una operación secreta llamada “Children of the Road”, que consistía en eliminar a los Jenisch (un grupo sedentario que se instaló en varios países de la Europa central que provenían de clases pobres y marginadas) centrándose en sus vástagos, entre 700 y 2000 niños fueron separados de sus padres y llevados a la fueza a centros de reeducación e incluso cambiándoles la identidad y ser donados a familias de la burguesía (mismo método practicado por la dictadura franquista y tantos regímenes fascistas). Métodos clandestinos que servían para depurarlos, vejarlos con experimentos de toda índole como sumergirlos en agua helada, electroshocks, humillarlos y torturarlos, llegando a la esterilización.

La directora italiana Valentina Pedicini (Brindisi, 1978) después de foguearse en el campo documental, debuta en la ficción con una película dedicada a Mariella Mehr (escritora Jenisch que sufrió los malos tratos de este tipo de instituciones estatales)  abordando de frente y sin recovecos, los traumas del alma de un par de niños que sufrieron los males de aquel programa inhumano y terrorífico, centrándose en la figura de Anna, convertida en enfermera de un geriátrico y su fiel asistente Hans, un ser discapacitado intelectual debido a las secuelas de los experimentos. Los dos trabajan en el mismo centro que 14 años atrás albergaba el siniestro orfanato para los niños Jenisch. La digamos armonía de la cotidianidad del centro se ve alterada con la llegada de Gertrud, la doctora y jefa responsable del orfanato. La realizadora italiana plantea una película que navega por varios territorios, por un lado, tenemos esa mirada documental para mostrar la realidad del geriátrico, con sus horarios, normas y rutinas establecidas entre Anna y los internos, conociendo una muestra de alguno de los problemas que padecen.

Por otro lado, la película está contada a través de dos tiempos, el pasado, donde asistiremos a continuos flashbacks, en el que Anna, Hans y Franziska (la mejor amiga de Anna) con unos 10 años de edad, reciben las continuas humillaciones y torturas por parte de Gertrud y su equipo, y el tiempo actual, en el que Anna tiene que vivir con sus fantasmas, en el que sufre sus traumas en silencio, convirtiéndola en una mujer rota interiormente, recta y seria en sus formas, y sobre todo, de existencia frustrada y sexualmente reprimida, que utiliza a Hans como amante y compañía de sus males, y la relación con Gertrud, que las dos mujeres rememorarán aquellos años de mal recuerdo. Ahora, las tornas han cambiado, Anna se ha convertido en una mujer que quiere información, y frente a ella, tiene a la mujer represora (como ocurría en La muerte y la doncella, que escenificaba el encuentro de la torturada con su torturador años después) a la mujer que la ha convertido así, una mujer fría, vacía y llena de terribles recuerdos.

Pedicini ha construido una película de denuncia, sin caer en sentimentalismos ni heroísmos, sino profundizando en el terrorismo de estado de forma inteligente y audaz, destapando un caso olvidado que necesita ser recordado y contado. El relato crea una narración sobria y contenida, todo se resuelve de forma pausada y siniestra, cada movimiento y paso nos lleva a recordar, a ver el mal una vez y otra, como si fuese una película de terror, pero muy alejada de los cánones convencionales del género, en que el drama se mueve entre las sombras (como hace referencia el título) y esos siniestros recuerdos que atormentan al personaje de Anna y toda su existencia, como esa ánima que la sigue sin descanso, torturándola sin cesar, como aprisionada en una cárcel de recuerdos. La película se mueve dentro de una forma austera y sencilla, unos encuadres que juegan magníficamente con el espacio y el movimiento de los personajes, que parecen avanzar un paso y atrasar dos más, como si no pudiesen abandonar ese limbo de dolor y recuerdos que los mantienen inmóviles y desesperanzados.

La magnífica interpretación de Federica Rosellini que da vida a Anna, en que la película descansa casi en su primer plano y sus movimientos robotizados y deshumanizados, ayuda a crear esa atmósfera opresiva y cerrada, casi toda la película se desarrolla en las cuatro paredes del centro, apenas alguna secuencia en el exterior, todo se ve y se intuye desde dentro, como si de una cárcel se tratara, bien acompañada por la veterana Elena Cotta que interpreta a la malvada Gertrud, en un malévolo juego de espejos donde la anciana sufrirá los mismos tormentos que hizo sufrir a los niños, y finalmente, Josafat Vagni dando vida a Hans, un tipo inocente e infantil, fiel siervo de Anna, que lo convierte casi en un ser indefenso que la ayuda en todo lo que se le mande, como cavar en el jardín para encontrar restos de un pasado infame y terrorífico que sufrieron cientos de niños. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Petra, de Jaime Rosales

LOS LÍMITES QUE NOS IMPONEMOS.

En el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970) no han nada producto al azar, todo forma parte de una estructura dramática medida y construida para cada película, consiguiendo de esta manera una película diferente cada vez, pero con rasgos definibles y conocidos que vendrían a conformar una mirada contemporánea y profunda sobre la condición humana en procesos dramáticos donde la violencia se convierte en un eje transformador de las existencias de los personajes en cuestión. En su debut, Las horas del día (2003) indagaba en la personalidad de un hombre común de una gran ciudad que asesinaba de forma fría y salvaje, en una mise en scène que aprovechaba el espacio de manera perturbadora, en que alargaba el tempo cinematográfico consiguiendo aterrorizar aún más si cabe al espectador. En su siguiente película, La soledad (2007) construía un juego visual en el que dividía la pantalla en dos, al que llamó Polivisión, en el que volvía a jugar con el espacio y los movimientos de sus personajes, para hablarnos del destino de dos mujeres en una ciudad cualquiera que deben lidiar con un hecho trágico. En Tiro en la cabeza (2008) nos introducía en la piel de unos terroristas de ETA y uno de sus asesinatos, pero vistos desde la distancia con teleobjetivos y prescindiendo del diálogo. Sueño y silencio (2012) en la que se centraba en una familia en el Delta del Ebro que sufrían un accidente que trastocaría toda su vida, supone un paréntesis en su filmografía, una película que devendría en el fin de un recorrido como cineasta, donde su comunión con el público estaba rota y Rosales tuvo que redefinirse como autor y emprender una búsqueda interior. De todo ese proceso nacería dos años después Hermosa juventud, en el que es una reinvención de su estilo, en el que la naturalidad presente se convierte n el centro de la trama, con intérpretes debutantes y equipo joven para hablarnos de las penurias económicas de una pareja que tiene que hacer porno amateur para ganarse la vida.

En Petra, sexto título de su carrera, Rosales parece haberse reencontrando consigo mismo como cineasta, construyendo un relato aristotélico en el que ha ido mucho más allá, empezando por la construcción del guión, en el que ha contado con la veteranía de Michel Gaztambide (habitual del cine de Urbizu) y la juventud de Clara Roquet (coguionista de 10.000 km e incipiente directora de estupendos cortometrajes) una mezcla interesante que ha generado un relato dividido en capítulos desordenados en el tiempo que empiezan con un Dónde conoceremos o sabremos…, como hacía Cervantes en su inmortal El Quijote…, en una trama instalada en la familia, con el pasado y la mentira como ejes centrales, un retrato naturalista, inquietante y fascinante que nos lleva a una trama repleta de mentiras, espacios ocultos y perversos, en que el tiempo hacía delante o hacía atrás consigue sumergirnos en una trama inacabable, llena de falsedades, (des) encuentros entre sus personajes y un relato que se clava en nuestro interior vapuleándonos de manera eficiente y brutal. Porque Rosales nos cuenta historias interesantes, aunque su imprenta autoral podríamos encontrarla en el Cómo lo cuenta, y aquí, consigue esa mezcla estupenda en que nos interesa tanto el qué como el cómo, abriéndonos múltiples puntos de vista en nuestra manera de mirar la película, y recolocando mentalmente las piezas desordenados del guión.

Otro de los elementos de la película que más llaman la atención son sus espacios y su manera de filmarlos, con esos planos secuencia y panorámicas donde no siempre lo que está sucediendo es lo mostrado, sino que Rosales juega con el espacio convirtiéndolo en una herramienta narrativa de gran calado, en la que no sólo nos muestra a sus personajes y sus reacciones, sino el espacio en que los enmarca, que suele decirnos muchas más cosas de las que a simple vista nos muestra, con el acompañamiento musical que incide en todo lo que se muestra o no, y esos espejos que reflejan los estados anímicos de unos personajes entrecruzados en un ambiente perverso de amos y criados. La elección de la película analógica de 35 mm y su cinematógrafo Hélène Louvert (habitual del cine de Marc Recha, y también, de la reciente Lázaro feliz, de Alice Rohrwacher, filmada en 16 mm) pintan la película aprovechando la luz natural y la singularidad de sus espacios rurales, en los que la piedra y la madera están presentes en ellos, una luz fría y natural que contrastan con la oscuridad de las relaciones que allí se cuecen, y también, con esos espacios sombríos de la ciudad. Rosales es un estudioso del espacio y su forma de filmarlos, en el que prevalece la precisión y austeridad, nada que distraiga a los espectadores, construyendo narrativas de extraordinaria limpieza visual,  que constantemente interpelan al espectador en el que todo el interior de los personajes y la soledad que transmiten, acaba teniendo su materialización tanto en el espacio como en la luz que lo baña.

El cineasta barcelonés nos introduce en su película con la Petra de su título, que será ella, desde su mirada, que nos muestra la atmósfera y los personajes que la habitan, Petra es una joven pintora que llega a vivir una residencia con Jaume, un artista mayor consagrado (una llegada que recuerda a la entrada en el piso de la protagonista de La soledad). En esa casa ampurdanesa conocerá a Marisa, la madura esposa de Jaume, y Lucas, el hijo de ambos que también es un artista. En la casa, trabajan Juanjo, el guarda y Teresa, su mujer, y Pau, el hijo de ambos, que tendrán su importancia en los hechos que allí sucederán. Petra ha llegado con la excusa de pintar, pero sobre todo, conocer a Jaume y confesarle que cree que es su padre, entre medias, se tejerán una serie de relaciones difíciles y complejas entre los personajes, en el que Jaume actúa como un maléfico despiadado en el que desprecia a todos y cada uno de los que le rodean, convirtiéndose en una especie de ogro moderno en que su posición y poder lo llevan a aprovecharse de todos. Para más desazón, la violencia emocional y física, harán acto de presencia en la trama, como es habitual en el cine de Rosales, en el que veremos las diferentes reacciones hostiles de los personajes y sus posteriores acciones.

Unos personajes interpretados por un grupo de intérpretes concisos y sobrios, que sienten y mienten más que hablan, donde las miradas y sus gestos lo son todo, encabezados por una magnífica Bárbara Lennie haciendo de Petra, bien acompañada por la sobriedad de Alex Brendemühl (que ya fue el asesino abyecto de Las horas del día) Marisa Paredes como la madre que con sólo una mirada nos introduce en esa relación perversa que mantiene con Jaume, que da vida Joan Botey, debutante reclutado durante el proceso de búsqueda de localizaciones, que hace de ese artista malvado y perverso, capaz de todo, en un estudio interesante sobre el arte y los monstruos que crea, y unos actores de reparto sublimes como Oriol Pla, ese hijo que nunca tuvo Jaume, en un personaje sociable que aguarda su momento, Carme Pla en un breve pero brutal caracterización de esa mujer condenada a la perversidad de Jaume, Petra Martínez (que estaba en La soledad) como la madre de Lennie, con su secreto bien guardado, y por último, Chema del Barco como el guarda callado y ejemplar que advierte a Petra del carácter de Jaume.

El cineasta catalán comparte cuestiones formales y argumentales con el universo de  Almodóvar en su faceta más negra y laberínticos pasados familiares, cercanos al folletín, pero tratados de forma y fondo antagónicos a ese género popular, con una mirada sobria y alejada de sentimentalismos, con la serenidad del cineasta interesado en las relaciones humanas y la tragedia que a veces esconden,  pero filmados de manera diferente, y con un humor tratado de maneras distintas, con el aroma de la violencia rural al estilo de Furtivos, de Borau o Pascual Duarte, tanto la novela de Cela como la película de Ricardo Franco, con rasgos del cine de Haneke o Von Trier, en esos personajes malvados y abyectos, en que la violencia forma parte de su realidad más cotidiana e inmediata, la sobriedad de clásicos como Ozu o Bresson, que ya conocíamos en otras películas de Rosales, en un relato oscuro y terrorífico en el que nos habla de identidades, de búsquedas, de familia, y mentiras, en el que todos y cada uno de los personajes, se mueve siguiendo en ocasiones sus más bajos instintos, luchando encarnizadamente con sus emociones y sus conflictos internos, en una trama perversa y maléfica, que nos inquietará y agradará por partes iguales, y no nos dejará en absoluto indiferentes.

Como nuestros padres, de Laís Bodanzky

REENCONTRÁNDOSE A SI MISMA.

En un momento de la película, Rosa, la protagonista, le confiesa a un amigo, que es padre de un compañero de su hijo en el colegio, que toda esa fuerza y decisión que parece tener es pura apariencia, que en el fondo es una mujer débil, insatisfecha, llena de miedo e inseguridades. Quizás esta confesión podría tratarse de algo puntual, de alguien que no ha alcanzado esas metas soñadas cuando de joven imaginaba una vida muy diferente a la que tiene ahora, aunque la película no se queda en una mera anécdota de una mujer que vive en Brasil, sino que retrata algo que sucede muy a menudo en mujeres de países desarrollados de unos cuarenta años, las cuales se han casado, han tenido hijos, y además, trabajan en empleos que no resultan de su agrado, porque por el camino se quedó aquel trabajo creativo que tanto les llenaba  ahora tienen aparcado o casi enterrado. Rosa además de trabajar diseñando baños, se hace cargo de su casa, sus dos hijas preadolescentes, ya que su querido esposo pasaba largas ausencias salvando la selva amazónica.

Y con esa situación emocional que vive Rosa, o podríamos decir, a la que Rosa se ha acostumbrado, aunque sea mera fachada, le va a venir algo que la desestabilizará del todo, porque en una comida familiar, la madre le confesará que es hija de una aventura, que su verdadero padre es un alto comisionado del gobierno. A partir de ese instante, la vida de Rosa empezará a sufrir cambios, su vida aparentemente feliz ira transmutando hacia otra, una vida diferente, más liberadora, más sociable, y sobre todo, dejándose llevar, metiéndose en la piel de Nora, la heroína de Ibsen, aquella mujer que dio un golpe en la mesa y abandonó la prisión de la Casa de muñecas, para empezar de nuevo, para abrirse al mundo y buscarse a sí misma. Rosa obligará a su marido a asumir responsabilidades, se lanzará a la aventura de conocer a su verdadero padre, y sobre todo, se sentirá fuertemente atraída por ese padre que se encuentra en el colegio, en el supermercado y demás.

El cuarto trabajo de Laís Bodanzky (Sao Paulo, Brasil, 1969) vuelve a contar con el guionista Luíz Bolognesi, como sus anteriores trabajos, más cercanos a la denuncia social. Ahora, retrata a Rosa, una mujer de unos cuarenta años, que arranca una aventura para encontrarse a sí misma, descubriendo facetas olvidadas de su ser, recuperando esa pasión por la dramaturgia y teniendo bien claro que la vida que lleva no puede continuar así, porque de esa manera, Rosa, se asfixia, se ahoga, y se muere. La película se ve bien, ahonda en temas actuales que afectan considerablemente a muchas mujeres que conviven con esa doble identidad de madre y esposa, y que acaban confundiéndolas y rompiéndose por dentro por querer abarcarlo todo, y además haciéndolo de manera perfecta, sin ningún temor, inseguridad y demás. Bodanzky tiene en María Ribeiro la figura esencial para retratar a esta mujer de ahora, las que nos cruzamos cada día en nuestra cotidianidad, llevándola por distintos estados emocionales, y sobre todo, mirándola al rostro de manera sencilla y de frente, extrayendo sus cualidades que son muchas, pero también, sus debilidades, que también las hay, describiéndolas de manera humanista, y moviéndolas dentro de ese laberinto físico y emocional que, en ocasiones, sienten miedo, otras se pierden, y se acaban encontrando, aunque les cuesta la vida, y en muchas otras, se detienen, se paran en seco, cansadas de ser ellas mismas, o ser aquello que se espera de ellas, dejándose llevar para llegar a ese espacio donde nadie las ve, donde se sienten como verdaderamente son, olvidándose de esa posición social de madre y esposa trabajadora que es un ejemplo para todos.

Quizás la película abre algunos frentes que no casan con el conjunto de la trama o se pierde en su estructura, pero la gran labor del elenco de la película ayuda a conseguir esas situaciones cotidianas de manera eficiente y emocionante, abriendo debates para reflexionar sobre el funcionamiento de nuestras vidas, su naturaleza y la incapacidad que tenemos para afrontar nuestros verdaderos problemas, siendo sinceros con nosotros mismos, y con los demás, porque la actitud de Nora de dar ese golpe a la mesa y salir de ese espacio de confort y enfrentarse a los avatares de la vida, no sea en absoluto sencilla, y sea una experiencia cargada de dolor, pero, hay momentos en tu vida que haces lo que nadie espera de ti, o acabaras lamentándote de vivir una vida ejemplarmente social aceptada, pero llena de vacío y tristeza.

 

El ataúd de cristal, de Haritz Zubillaga

NUNCA TE VOY A MENTIR.

Amanda es una actriz treintañera considerada en la profesión. Esta noche, es su gran noche. La industria la homenajea. Pero, la noche empieza a torcerse. Primero, su novio le llama excusándose que no podrá asistir debido a un contratiempo en el viaje de vuelta. Aunque, lo peor está por llegar. La limusina que la recoge no es una limusina cualquiera, en el interior del vehículo le esperan fantasmas del pasado que vienen a rendirle cuentas y para nada de forma amistosa, sino todo lo contrario, en una espiral profunda y terrorífica donde sus peores pesadillas se harán realidad. El director Haritz Zubillaga (Bilbao, 1977) firma su primer largo, después de una exitosa carrera en el cortometraje, donde su trabajo titulado Las horas muertas (2007) entre muchos otros, siempre dentro del género de terror, se alzó con numerosos premios internacionales, una pieza de terror sobre unos incautos, su caravana y un francotirador. Zubillaga vuelve a un único espacio, el interior de la limusina (como ocurría en Cosmopolis, de Cronenberg) pero el director bilbaíno adopta la cobertura de thriller terrorífico, en el que ese espacio de interior se convertirá en el lugar de la película, donde Amanda tendrá que someterse a las exigencias sexuales y macabras de una voz distorsionada que la vigila.

A medida que avanza el metraje, descubriremos quién anda detrás de esa voz y el vínculo terrorífico que tiene con Amanda. Zubillaga echa mano de todos los clichés habidos y por haber del género, pero sin sobarlos ni rendirles pleitesía, su película los recoge y los transforma dentro de su dispositivo de ese espacio en el que aparentemente le rodea el éxito y la sofisticación, aunque Amanda y su pesadilla, lo acabaran convirtiendo en todo lo contrario, en un espacio de horror y de supervivencia. Se agradece también la duración de la película, unos 77 minutos, que nos recuerda a aquellos ejercicios de suspense nacidos en la RKO y Universal que rondaban la hora y algo de metraje. El cineasta bilbaíno saca partido a su reducido espacio con la aparición de nuevos objetos y situaciones que provocan tensiones, lesiones y demás problemas para la integridad de Amanda, retorciendo aún más si cabe la trama, en la que nos enfrentamos a nuestro pasado, a aquellos pecados olvidados o que quisiéramos olvidar, y a esas personas que de un modo u otro, formaron parte de nuestro pasado y nuestro destino, aunque nosotros no le dimos importancia.

Un thriller tenebroso y con un extraordinario juegos de luces, a través de las miserias del cine, del lado oscuro, en una sociedad competitiva y deshumnizada, que nos interpela sobre las consecuencias de nuestros actos y hacía donde estos nos pueden llevar, y sobre todo, un relato donde nos enfrentamos a nosotros mismos, al reflejo deformado y oscuro de nuestra alma (como ocurría en la novela de El retratro de Dorian Grey, de Oscar Wilde) en un juego macabro entre nosotros y aquello que nos culpabiliza, en un poderoso y asfixiante ejercicio del más puro terror, en el que la joven desdichada, que pronto la conoceremos realmente, se ve envuelta en una pesadilla horrible en la que parecía que iba a ser su gran noche. Una película que bebe y con acierto de muchas ramas del terror, desde el más clásico, donde nos van descubriendo el artefacto de la pesadilla hasta el “Giallo italiano”, donde hermosas mujeres se ven traumatizadas por dementes incontrolados, con esa voz terrorífica que nos devuelve a aquella de Hall 9000, la inteligencia artificial que dominaba a los hombres, que escuchábamos en 2001: Una odisea en el espacio, o más reciente la voz de Moon, que atormentaba y confundía al astronauta solitario que deseaba volver a su casa.

El grandísimo trabajo de la actriz Paola Bontempi (vista en breves papeles en numerosas series televisivas) que interpreta a la protagonista absoluta de la función, dando vida a Amanda, en el que destaca ese rostro desencajado y furioso, y su cuerpo magullado y herido, en una composición difícil y compleja de la que sale muy airosa de esta gran oportunidad, revelándose como una actriz de garra y fuerza, primero metiéndose en la piel de una actriz elegante y presuntuosa, para terminar como una superviviente nata en la que deberá mantenerse firme y también, porque no decirlo, enfrentarda a sus males, porque el pasado ha decidido tocar a su puerta y nos e va a ir así como así. Zubillaga ha construido una película con hechuras y valiente, de una tensión in crescendo, donde la pesadilla de horror se va sumergiendo en una terrible jungla de horror sin fin, sacando un partido extraordinario al reducido espacio, y a su único personaje, que sufre la violencia de ese engendro que si bien parece mecánico, pronto descubrirá su verdadero rostro, y será entonces cuando nuestras pesadillas más profundas emergerán a la superficie más cotidiana.

La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar

EL ABISMO DEL PASADO.

“Me veo en ella”

Dos imágenes separadas en el tiempo, dos imágenes por las que han pasado casi cuatro décadas, estructuran y encierran el cuarto largo de Ramón Salazar (Málaga, 1973). En una de ellas, observamos una niña de 8 años, mirando a través de la ventana en una tarde de domingo, esperando que vuelva su madre. En la siguiente, 35 años después, vemos a la madre, de espaldas, sumergida hasta la cabeza, en un lago en mitad de un bosque. Dos instantáneas que separan, se mezclan y condensan una relación compleja que se rompió hace 35 años. Aunque, el pasado, caprichoso y juicioso, volverá con una extraña petición, un encargo que devolverá al futuro a aquel tiempo que parecía lejano, de lado, cómo se quisiera borrar, como si jamás hubiera existido. Salazar compone un brillante y oscuro drama íntimo, donde encierra en las paredes de un bosque fronterizo, en el que convoca al pasado, encarnado en Chiara, aquella niña que miraba por la ventana, y el presente, que da vida Anabel, aquella madre que no volvió y abandonó a su hija.

El tiempo las vuelve a juntar, un tiempo indefinido, un tiempo sin tiempo, un tiempo de miradas y gestos, donde las palabras ya no tienen sentido, o quizás, es muy difícil saber qué decir, como explicarse, porque ya no hay tiempo para eso, sino para compartir diez días con aquella hija que dejó, y en un sitio alejado de todos y todo, donde apenas hay cobertura, un lugar de paz, sosiego y calma, porque las tormentas emocionales que surgirán invadirán esa atmósfera rural, ese ambiente casi sin tiempo, sin nadie, un espacio para ellas solas, todo aquel que no han vivido en tantos años de desesperación. Salazar ha compuesto en la película un viaje a las emociones desde un prisma diferente a sus anteriores trabajos, películas que se movían en tramas corales, donde una serie de personajes se entrecruzaban en ambientes urbanos, donde las emociones surgían para atraparlos, en el que exploraba aspectos como la soledad, la identidad y la infelicidad en los tiempo actuales, en el que sus personajes imaginaban y se transportaban en sueños a lugares diferentes y más amables, en los que realmente eran ellos mismos y los miedos e inseguridades desaparecían.

En La enfermedad del domingo, el universo onírico deja espacio a la cruda realidad, a solamente dos almas en tránsito, dos personajes, madre e hija, que tienen mucho que decirse, aunque les falten tanto las palabras, pero encontrarán la forma de hablarse sin palabras, comunicarse y acercarse, encontrarse en mitad de esa casa en mitad de ese bosque, de ese lugar sin tiempo, a través de sus miradas, sus emociones, porque no resulta fácil condensar en diez jornadas 35 años, un tiempo de abandono, un tiempo de carencia emocional, un tiempo que fue otro tiempo, un tiempo en el que sus vidas no compartían, no estaban, no eran, la madre, alejada y con espacio para olvidar, y la hija, reconstruyéndose a sí misma, creciendo sin esa figura maternal que ya no estaba, recomponiéndose y extrañándose de una vida rota, una vida incompleta, como cuando alguien arranca a una persona de una foto que ya no quiere ver y sentir.

Anabel y Chiara, las inmensas Susi Sánchez (que vuelve a trabajar con Salazar) y Bárbara Lennie, en dos apabullantes y magníficos trabajos convertidas en dos almas perdidas y desamparadas en ese bosque crepuscular, donde una, la madre, ha perdido su ambiente sofisticado y elegante que da el dinero, para despojarse y desnudarse frente a su hija, su pasado, su abandono y sobre todo, a la mujer que fue, a ella misma, y la hija, que vuelve, que desea compartir con su madre, porque ya no sabe quién es, ni ella misma sabe en quien se ha convertido. Dos mujeres que nos recuerdan a aquellas Charlotte y Eva, también madre e hija en Sonata de otoño, y en su difícil y áspera relación, o a Becky del Páramo y Rebeca, también madre e hija en Tacones Lejanos, y su terrible relación de amor y odio. (Des) Encuentros y sus conflictos en los que tanto Bergman como Almodóvar analizaban desde la fragilidad de las emociones, y la distancia que a veces se construye con los más cercanos.

El cineasta malagueño construye un poema sensible casi sin palabras, a través de una sofisticada y elegante mise-en-scène, donde brilla con fuerza la maravillosa y sombría fotografía de Ricardo de Gracia (que ya estuvo en 20000 noches en ninguna parte, la anterior película de Salazar) o el inmenso trabajo de arte de Sylvia Steinbrecht, en el que los objetos y el atrezo rememoran ese pasado oculto que el personaje de Anabel había intentado olvidar sin conseguirlo, y el exquisito montaje de Teresa Font (la editora de Vicente Aranda) dando ese tiempo para que los (des) encuentros entre madre e hija se saboreen y se retroalimenten, creando ese universo sin tiempo y sin lugar, un espacio indefinido y casi onírico, pero con su cruda realidad, en el que cohabitan madre e hija, donde el abandono y la maternidad aflorarán y se discutirá a través de las emociones complejas y diferentes de ellas dos. Salazar ha construido un cautivador, tenso y áspero poema visual y emocional, donde una madre y una hija se reencuentran, vuelven a aquel pasado que ninguna ha podido olvidar, ese tiempo que se cruza frente a ellas, frente a su pasado oscuro, a aquel instante perdido en la lejanía de domingo por la tarde, cuando una niña miraba por la ventana esperando a una madre que nunca volvió (o cómo decía Umbral: nunca un niño envejece tanto como en un tarde de domingo) deberán enfrentarse aunque no lo deseen, aunque no tengan fuerzas y no les salgan las palabras, deberán mirarse la una a la otra y (re) encontrarse, mirarse detenidamente, y quizás, abrazarse, porque tal vez el tiempo que las ha vuelto a unir ya no es el mismo, ha cambiado, es diferente, es otro.

Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

Lejos del mar, de Imanol Uribe

cartel definitivo lejos del marLAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

El cineasta Imanol Uribe (1950, El Salvador) con una interesante trayectoria en la que ha abordado la política a través de obras de gran dureza con ambientes de género negro, arrancó en 1979 con el documental El proceso de Burgos, en el que recogía mediante testimonios y entrevistas de encarcelados y encausados del consejo de guerra a integrantes de ETA por el asesinato de un comisario franquista, dos años más tarde realiza La fuga de Segovia, en la que filmaba a modo de ficción la fuga de un grupo de etarras de la cárcel, y en 1983, presenta La muerte de Mikel, en la que volvía al conflicto vasco bajo la vida de un farmacéutico abertzale que, huía de un matrimonio vacío en brazos de un travesti del que se enamora. El tema vasco volverá a su filmografía en 1994, con Días contados, adaptando libremente una novela de Juan Madrid, su película de mayor éxito de crítica y público, que se alzó con un puñado de Goyas, en la que se detenía en un etarra que se enamora de una prostituta mientras prepara un atentado.

Lejos del Mar

Uribe retoma un viejo proyecto La casa del padre, una historia sobre la reconciliación de víctimas y verdugos, que pretendía rodar después del éxito de Días contados, aunque las circunstancias sociales y artísticas impidieron la realización de la película. Ahora, en un guión firmado con el director Daniel Cebrián (autor de Cascabel y Segundo asalto) por fin ha podido filmar aquella historia, un relato que nos habla sobre un enfrentamiento, sobre dos personas torturadas que han visto truncadas sus vidas por algo que sucedió en el pasado, cuando Santi, miembro de ETA asesinó a un militar en presencia de su hija de 8 años. Santi ha cumplido 22 años de prisión por este delito, y después de salir de la cárcel, viaja hasta Almería para visitar a un antiguo compañero de prisión. Allí, por casualidad se encuentra a Marina, la hija del militar que asesinó. El realizador, vasco de adopción, es un todoterreno, un cineasta de obras contundentes y poderosas que no deja indiferente, en las que sumerge al espectador en historias crudas y al límite, en las que el viaje sólo es de ida, en el que sus personajes se mueven en ambientes tanto físicos como emocionales de alto riesgo, en la que destaca una sublime ambientación, una luz poderosa (obra de Berridi o Aguirresarobe) y unos personajes de fuerte complejidad que batallan contra sus dudas y miedos.

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Uribe enfrenta a dos almas en pena, dos criaturas rotas, heridas y que aunque lo intentan mucho, no han logrado olvidar, porque realmente hay cosas difíciles de olvidar, quizás la única manera sea plantarles cara y dialogar con aquello que duele, que mata y no deja vivir. Una historia bien filmada, que saca provecho de la luz inmensa y libre del Cabo de Gata (mismo escenario donde rodó Bwana en 1996 que le valió la Concha de Oro en San Sebastián), con ese viento que se mete dentro, un lugar de vacaciones, de turismo, que aquí cambia su tono, convirtiéndose en un escenario imposible, en algo parecido a una isla donde han ido a morir dos náufragos que quieren huir de todos, pero sobre todo, de sí mismos. El veterano cineasta filma de manera seca y áspera su relato, marcado por la sobriedad de unos personajes que miran más que hablan, que desean cerrar sus heridas, pero no saben cómo hacerlo y por dónde empezar. La película, tanto en su argumento como en su sequedad, recuerda a La segunda vez, del italiano Mimmo Calopresti, protagonizada por el cineasta Nanni Moretti, en la que planteaba un relato en el que también enfrentaba a dos víctimas del terrorismo, por un lado, el hombre que escapó de la muerte, y la asesina que no consiguió su objetivo. Dos obras que nos hablan de la reconciliación, de curar las heridas, también de venganza, y la manera de como gestionar los miedos y el dolor emocionales para continuar viviendo a pesar de todo lo ocurrido.

083_Elena Anaya©alex gray photography- suroeste films jpeg (alta)

Uribe filma de forma contundente y precisa, no hay música incidental, tampoco adornos melodramáticos, ni nada que se le parezca, el relato se llena de matices y detalles, contado de manera suave, sin prisas, construido de manera seca y áspera, las imágenes transmiten el dolor y el vacío que sienten los personajes, interpretada por Eduard Fernández y Elena Anaya, una pareja magnífica de actores que dan vida a unos personajes necesitados de cariño y diálogo, dotándolos de humanidad y dignidad, estupendamente bien secundados por el resto del elenco, que como es habitual en el cine de Uribe, crean sus interpretaciones a partir de unos leves gestos o miradas, como el caso de José Luis García Pérez, el marido enfadado, Ignacio Mateos, el amigo moribundo, o Susi Sánchez, la madre de Marina, que a partir de ahora forman parte de ese nutrido grupo de actores de reparto que han dejado huella en el cine de Uribe, como la Elvira Mínguez, Candela Peña o Peón Nieto en Días contados o Gurruchaga en El rey pasmado, por citar algunos. Uribe ha realizado una película valiente y necesaria, poniendo el dedo en la llaga, dando un punto de vista serio y lleno de energía en un conflicto que desgraciadamente sucede y sucederá, en ese encuentro entre víctimas del terrorismo, los unos, porque guiados por una causa en la que creían cometieron las mayores barbaridades, y los otros, porque fueron testigos directos e indirectos de todos los actos que sucedieron.