La luz, de Fernando Franco

YO CONFIESO.  

“No confieses tu pecado al que no tiene conciencia del pecado”

Ramón Llull

En El club (2015), de Pablo Larraín, una película que se centra en los abusos a menores dentro de la iglesia, desde la mirada del abusador, en el que cuatro sacerdotes eran recluidos en una casa por sus oscuros pasados y obligados a hacer penitencia para hacer examen de conciencia por sus hechos. Como si fuese un cuento de terror, la aparente reclusión se ve alterada por la llegada de un quinto sacerdote que destapa la caja de los truenos y les obligará a enfrentarse a su pasado. La quinta película como director del magnífico montador Fernando Franco (Sevilla, 1976), también se construye a través del abusador, el de Manuel, un cura de un pequeño pueblo del norte muy querido por su comunidad que, después de solicitar su salida de la iglesia, salen a la luz unos años donde abusó de tres niños. Al igual que sucede en El club, el cineasta sevillano plantea una película a partir del rostro y la mirada del cura que, atrapado en su siniestro pasado, decide confesar sus pecados y desafiar a la institución que lo protege. 

Las historias de Franco se desarrollan en pocos espacios, pocos personajes, entornos cerrados y fríos, y un dilema que atrapa y cuestiona la vida y las actitudes de sus individuos. Todo enmarcado en planos y encuadres cerrados, donde el rostro y la mirada se anteponen, en una especie de diario continuo y revelador en el que los acontecimientos van deformando los aspectos humanos de los diferentes personajes implicados en la trama. Son dramas duros, sin concesiones y muy incómodos que hablan de temas muy fuertes como los problemas mentales, la muerte, la discapacidad, los accidentes y los abusos. Elementos tratados en un marco de thriller psicológico, en impecables y sensibles cuentos de terror donde se impone un ritmo pausado, nada artificioso, y mucho menos los típicos giros argumentales tramposos, aquí no hay nada de eso, sino contexto y tratamiento como los films de Hitchcock y Melville, donde el personaje lo es todo, y las circunstancias un provocador y generador de situaciones que los sitúan al bordo de sus propios abismos y creencias, como le sucede al protagonista de La luz, título muy adecuado para el particular vía crucis por el que transita un sacerdote que al contar lo suyo se enfrenta al poder eclesiástico.

Como sucede en las anteriores películas, el marco y el tono de la historia está sumamente cuidado como evidencia la excelente cinematografía de un grande como Santiago Racaj, en una película con muchas caras, porque se desarrolla con el cielo plomizo típico del norte y esa luz, nunca cegadora, del sur, por el viaje emocional y físico que realiza el mencionado cura. La precisa y envolvente música de Maite Arroitajauregui, en la cuarta película con el director después de Morir (2017), La consagración de la primavera (2022), y Subsuelo (2025), que consigue cimentar ese universo íntimo y secreto por el que se mueve el protagonista, en una primera mitad donde todo parece obedecer a un orden cotidiano sin sobresaltos, y en una segunda parte, en que todo se entorna oscuro y emerge la pelea a modo de combate de boxeo entre el curo confesor y la iglesia que se mantiene en su lado más conciliador, y a la vez, acusador con el susodicho y silenciador con los otros casos. El montaje corre a cargo de Miguel Doblado, con medio centenar de trabajos,  que ha editado las cuatro películas de Franco menos La herida (2013), en un ejercicio difícil pero lleno de matices y oscuridades, siguiendo incansablemente el rostro de un protagonista, acusado por todos y vilipendiado por el resto, en su afán de contar su verdad que es la de muchos casos en las pausadas pero tensas dos horas de metraje. 

En las películas hechas hasta la fecha de Fernando Franco, sus intérpretes siempre están muy bien. Recordada es la composición de Marián Álvarez en la citada La herida, la de Andrés Gertrudix en Morir, así como las de Valèria Sorolla y Telmo Irureta en La consagración de la primavera. La interpretación de Alberto San Juan como Manuel es absolutamente una delicia, llena de miradas desencajadas, gestos torpes y actitudes de puro terror. Uno de los grandes de nuestra cinematografía que puede pasar del maître minucioso Genaro Palazón de la fantástica La cena, a un sacerdote abusador que no se esconde y alza la voz contra sus pecados y los del resto. Le acompañan una retahíla de excelentes cómicos, como se decía antes, encabezados por Pedro Casablanc, Miguel Rellán, Ramón Barea, Luis Calleja, y Maria Galiana como su madre. La luz es una película que nos juzga como sociedad, la de estamentos como la jefatura eclesiástica, tan importante como oculta y cerrada, porque la valentía de Manuel choca frontalmente con una institución que sigue mirando para otro lado y según le conviene, hace y deshace por el bien de Dios, la fe y cómo no, sus propios intereses económicos, sociales y políticos. Como reza el dicho: “Con la iglesia hemos topado”, que se le va hacer, y así nos va. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una película de miedo, de Sergio Oksman

UN PADRE, UN HIJO Y UN HOTEL ABANDONADO. 

“Nuestros secretos familiares son como fantasmas que nos persiguen, siempre presentes aunque intentemos ignorarlos”. 

Anónimo 

El cineasta Sergio Oksman (Sâo Paulo, Brasil, 1970) ha construido un universo de documentales que, en una primera etapa, su mirada iba dirigida al otro, ahí están: A esteticista (2005), Goodbye America (2007), Notes on the Other (2009), y A Story for the Moldins (2012). Películas sobre vidas ajenas, basadas en el archivo y la reflexión de lo que fueron y lo que han dejado. Con O Futebol (2015), película realizada en su ciudad natal, donde después de 20 años, el propio director vuelve a reencontrarse con su padre Simâo, en una cinta que fusiona con habilidad lo real con lo ficticio, y con el Mundial de Fútbol del 2014 celebrado en Brasil como telón de fondo. Una sentido, profundo y sensible retrato sobre las difíciles y oscuras relaciones paternofiliales cimentada desde la observación, la honestidad y sin caer en estridencias y artificios, sino en una mirada auténtica sobre lo que somos y cómo nos relacionamos y todo lo que construimos o no entre padres e hijos.

En Una película de miedo, que podría verse como el contraplano de O Futebol, ya que aquí Sergio pasa de hijo a padre de Nuno de 12 años, con el que viaja a Lisboa, a Portugal, a pasar unos días de vacaciones en un hotel abandonado y vacío que, tiempo atrás fue el no va más donde se realizaban grandes fiestas y esconde algunos secretos, sobre todo, en la habitación 103. Con la excusa de experimentar in situ los espacios y las atmósferas de las películas de terror que tanto le encantan al joven Nuno, el padre-director Oksman nos envuelve en una mirada observadora y alejada de la postal y lo superficial sumergiéndonos en un tiempo no tiempo, transitando por los espacios oscuros de la ciudad como el viaducto desde el cual asesinaba a mediados del XIX el famoso Diogo Alves, recorriendo los mismos lugares, por esos túneles infinitos y demás, así como las películas mudas del famoso serial killer. El hotel, con su carga histórica y criminal, ya que se cometió un crimen sin resolver que sumió a su dueño en una profunda oscuridad. Recorremos las habitaciones y demás estancias descubriendo, aburridos y agitados, y las conversaciones y juegos entre padre e hijo en unos ambientes relajados y de tensión mientras se conocen y reconocen en una especie de juego para saber más del otro. 

La música de Amy Fajardo, de la que conocemos sus trabajos para los cortometrajes como Sexo a los 70 y Claudia, y el documental Ramón y Cajal: dibujos en la retina, entre otros, ayuda a crear esos ambientes entre lo cotidiano, lo misterioso y lo desconocido. La cinematografía la firman la pareja Francisco Marise y Jorge Rojas, que ya coincidieron en el documental Mitología del barrio, tiene sus momentos donde se capta lo real y doméstico, con otras donde los ambientes propios de terror, con sus clichés y demás, en los que la película utiliza para configurar el género manido para introducir su realidad familiar, la de antes, la de ahora y la de todos los secretos dichos u ocultos que siguen ahí, como esperando su momento. El magnífico trabajo de montaje firmado por la grande Ana Pfaff, Moncho Fernández y el propio director, con sus 72 minutos breves e interesantes de metraje, en el que el ritmo pausado nos va encerrando en las cuatro paredes del hotel y por ende, en los secretos familiares. El estupendo trabajo de sonido que firman el dúo compuesto por Irene Arboleda junto a un nombre muy reconocido en la cinematografía portuguesa como Nuno Carvalho, con más de 85 títulos al lado de Joâo Pedro Rodrigues, Teresa Villaverde, Paulo Rocha y Pedro Costa, entre otros. 

A Sergio y su inquieto hijo Nuno les acompañan Daniel Blaufuks, interpretando a un inquietante y cercano guarda que explica sus cosas y las otras, las que no se ven del esplendor de antaño del hotel, Ana Moreira interpreta a una empleada de la Cinemateca Portuguesa, una actriz fetiche de Teresa Villaverde, que vimos en Tabú, de Miguel Gomes, y en películas de Eugène Green, y la breve presencia del actor y cineasta Manuel Mozos, toda una institución que ha trabajado con los grandes de la cinematografía lusa. La experiencia de ver Una película de miedo es un viaje a Lisboa, con su parte criminal, y un hotel que podría ser el de El resplandor, donde podrían aparecer fantasmas, espectros que todos arrastramos en nuestras familias que nos observan, que nos siguen y sobre todo, nos condicionan, aunque también forman parte de nosotros, de todo lo que heredamos de nuestros antepasados, de sus oscuridades, sus miedos y demás aspectos que nos condicionan en nuestro presente, y si, todos tenemos una habitación que seguramente no será la 103, tendrá otro número, pero seguramente ahí yacen fantasmas que se levantan y están a nuestro lado, aunque no los veamos, pero sabemos de seguro que están presentes, en ocasiones, demasiado presentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Llorens

Entrevista a Miguel Llorens, codirector junto a Cristina Fernández Pintado de la película «Cowgirl», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 19 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Llorens, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Así llegó la noche, de Ángel Santos Touza

LAS ISLAS DEL PAISAJE. 

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”. 

José Saramago 

El universo cinematográfico de Ángel Santos Touza (Pontevedra, 1976), se mueve por los no lugares. Paisajes olvidados que en un pasado fueron algo. Espacios sin vida que, en su día, significaron alguna cosa que, ahora en el presente, adquieren un nuevo significado, una nueva identidad, muy diferente. Rastros de una memoria que el tiempo y el olvido ha devorado lentamente. Sucedía en su segundo largometraje Las altas presiones (2014), y en Alicia fai cousas (2023), y en su último trabajo Así llegó la noche, que ya tuvo un precedente en el cortometraje Así vendrá la noche (2021), breve síntesis del reencuentro de los dos amantes. La película relata una historia de aislamiento querido, el de un escultor que trabaja en la península de O grove, al noroeste de Galicia. Lleva una vida en silencio, muy tranquila, en un almacén aislado donde trabaja en una exposición, mientras pasea por los lugares que un día fueron y ya no son. Vestigios de una época que la erosión y la desmemoria han abandonado. 

A partir de un guion coescrito por Pablo García Canga y el propio director, la trama se divide en dos partes. En la primera, seguimos a Pablo, en su trabajo y su existencia frugal, en un estado pausado, en una especie de limbo sin principio ni final. Apenas conocemos su pasado, y nada de su futuro, sólo su presente continuo, sin variaciones, en un estado de soledad, reflexión y vacío. En la segunda mitad, aparece el personaje de Andrea, antigua amante de Pablo. La colaboración de García Canga y Santos Touza ya dejó grandes impresiones en Las tierras del cielo (2023), en la que la palabra se imponía en una historia sobre cinco personajes. Aquí podríamos decir que el silencio y la palabra se adueña del relato en sus dos partes diferenciadas, en una historia que habla de los lugares cuando dejan de ser lo que fueron, de la búsqueda de la identidad, de donde quedaron tanta promesa y sueño, de lo que somos y lo que nos gustaría ser y sobre todo, de la materia anímica de nuestras existencias, nuestros objetivos y lo que arrastramos del pasado y lo que nos deparará ese no futuro que proyectamos. Es una historia de fantasmas, de sombras, de luces a lo lejos, de recogimiento, de pensamientos profundos, de mezcla de géneros, donde predomina el western y el noir, pero no el que está regido por un rompecabezas, aquí el misterio es continuo y proviene del alma. 

La cinematografía de Iván Castiñeiras, del que conocemos sus trabajos para Diana Toucedo y Sergi Cameron, que ya estuvo en el mencionado Así vendrá la noche, es muy asiática, donde tanto el día como la noche buscan la vacuidad de los lugares, como si fueran de otro tiempo, como ese bar de carretera, o ese no lugar como un camping sin campistas, o un almacén que ahora sirve para muchas cosas pero no para lo que fue concebido. Las pocas y alejadas luces, como esos destellos que provocan las motos en continuo movimiento, que choca con la quietud de la vida de Pablo, y esa historia que, aparentemente, no sucede nada, pero que está sucediendo un universo. La música que firma Alba Fernández, que ha destacado en sus composiciones para series como Hierro, Auga Seca, y Rapa, entre otra, que sólo escuchamos como apertura y cierre, adquiere un significado profundo en todo lo que se cuenta y en los silencios que deja para acercarse a todo lo que dicen y callan los personajes. El magnífico trabajo de montaje de Marcos Florez, que firmó el de la citada Alicia fai cousas, amén de haber trabajado con Miñarro, Apellaniz, y las recientes películas La marsellesa de los borrachos y San Simón, construye un relato potente, sin aristas, que nos sujeta desde el primer instante, buceando entre las grietas del alma, entre los entresueños de un territorio y una forma de habitarlo, en sus conseguidos 122 minutos de metraje. 

Un trío protagonista de altura, que acoge a unos personajes aislados, con muchos secretos, que hablan poco y piensan mucho, que se mueven de aquí para allá, casi como sonámbulos. Tenemos a Denis Gómez, que hemos visto en muchas series ambientadas en Galicia como Vivir sin permiso, Néboa, Rapa y Clanes, hace de Pablo, ese vaquero y aventurero cansado, reflexivo, silencioso, un tipo que no está muy lejos del que hacía Delon en Le samurai, de Melville. Andrea es Violeta Gil, que ya nos encandiló en la citada Las tierras del cielo, una mujer que llega para hablar con su amigo Pablo, quizás huyendo de algún lugar o simplemente, de sí misma que, deambula por el lugar, sin rumbo, sin saber porqué, intentando reconocerse. Y para cerrar este trío inolvidable nos encontramos con el gran Miquel Insúa, fallecido el año pasado, un actor con más de 35 títulos al lado de Juan Pinzás, Carlos Vermut y Julián Génisson, y la más reciente Rondallas, haciendo de uno de esos pistoleros marcados por la vida muy del estilo de Peckinpah, y con sus agudas reflexiones sobre la existencia y la condición humana siendo un vigilante de camping en invierno cuando está vacío. 

Si deciden ver una película como Así llegó la noche se encontrarán con una propuesta que les obliga a parar, a detenerse a mirar el paisaje, con su viento, sus sonidos y sus accidentes, tanto de día como de noche, adentrarse en un espacio alejado de todos y todo, y sobre todo, a mirarse hacia adentro, a dejar de preocuparse por estar ocupado, en constante movimiento, a desaparecer y a aparecer como ustedes sientan, porque la película propone en silencio y soledad, a descansar, a tener tiempo para caminar, para observar y dejarse llevar por la naturaleza y la quietud del entorno. La sensibilidad y profundidad de un cineasta como Ángel Santos Touza queda reflejada en una película muy revolucionaria en estos tiempos de consumismo exacerbado e hiperconectividad que nos está aislando muchísimos y estamos cada vez menos vivos y más muertos. La película es muy radical en ese sentido y se erige como respuesta a tanta estupidez y ocupación hiperbólica, y nos devuelve a ese cine de mirar, de sentir y de explorar, sin prisas y capturando cada mirada, detalle y gesto de unos personajes que están tan cerca de nosotros que podríamos ser uno de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Valor sentimental, de Joachim Trier

UNA HIJA, UN PADRE Y UNA CASA. 

“Las heridas que no se ven son las más profundas”. 

William Shakespeare

Las primeras películas de Joachim Trier (Copenhague, Dinamarca, 1974), se centraban en la desesperación y soledad en los años de juventud. Los protagonistas de Reprise (2006), Oslo, 31 de agosto (2011), y Thelma (2017), encontraban en las contradicciones y las adicciones una forma de huir de todos y sobre todo, de sí mismos. En La peor persona del mundo (2021), conocíamos a Julie, una joven perdida y llena de energía e intensidad que no sabía encontrar su camino. Con El amor es más fuerte que las bombas (2015), se adentraba en las relaciones familiares y cómo la ausencia de la madre torpedea la fragilidad de la convivencia. Todos dramas alejados de la complacencia, y centrados en esos días cotidianos, que son la mayoría, en los que se desatan tormentas internas que lo dinamitan todo. Un cine que mira desde la quietud y la paciencia para encontrar esos pliegues emocionales que nos suceden a todos. Bucear en los claroscuros que están esperando a ser invocados o lo que es lo mismo, esas emociones que nos producen miedo y no queremos que salgan y nos dominen. 

En Valor sentimental (en el original, “Affeksjonverdi”), se vuelve a meter de lleno en la familia, bajo el prisma y la mirada de Nora, una de las hijas de un matrimonio mal avenido en el interior de una casa que no sólo escenifica el dolor que allí predominaba, sino que se convierte en una losa de la que los implicados quieren deshacerse y olvidar. El dolor de Nora, después de la muerte de la madre, estalla cuando aparece Gustav, el padre, al que guarda un rencor ilimitado, ya que su ausencia devino un terror enorme. A partir de un guion del fiel cómplice del director, el cineasta y noruego Eskil Vogt que, aparte de haber coescrito las seis películas de Trier, tiene una interesante filmografía que componen títulos como Blind y The innocents. La cosa va que, después de ese inesperado reencuentro, el padre, director de cine le ofrece el papel protagonista a su hija Nora, actriz, de la que, presumiblemente, será su retirada. La joven lo rechaza y abre la caja de Pandora de las heridas nunca explicadas, de ese dolor que parecía olvidado y de tantas cosas de un pasado que creía muerto y enterrado. Su oficio ayuda a paliar ese reencuentro que tanta mierda ha dejado en ella, y la estimable ayuda de su hermana Agnes, que trabajó de actriz para su padre cuando era niña, y tiene otro recuerdo de aquellos oscuros en la casa.

El equipo técnico de la película vuelve a brillar con ese estilo desnudo y minimalista, donde prima lo cotidiano y lo más sencillo, para que las actuaciones en sus aspectos psicológicos sean el centro de todo. La cinematografía de Kasper Tuxen, que ha trabajado con el gran cineasta Gus Van Sant, y estuvo en la citada La peor persona del mundo, construye una imagen que prima la cercanía y la intimidad traspasante del cine de Trier, en el que todo se torna de una forma orgánica que se puede tocar en todo su esplendor. Con una luz cálida en su superficie y oscura en su interior que ayuda a profundizar en las tensiones emocionales de los personajes. La música de Hania Rani, que ha trabajado en la cinematografía polaca junto a nombres tan importantes como Malgorzata Szumowska y Piotr Domalewski, entre otros, imprime unas composiciones que consiguen respetar y sumergirnos en las relaciones familiares dejando el espacio pertinente para que los espectadores podamos reflexionar en todo lo que vemos. El magnífico montaje de Olivier Bugge Coutté, en las seis películas del director danés, amén del cine documental del gran director sueco Fredrik Gertten, conduce admirablemente una trama nada fácil, con sus 135 minutos de metraje, en el que cada encuentro está sazonado de grandes quiebras, rupturas y reproches. 

La parte artística de la película, una parte esencial en el cine de Trier, brilla con gran fuerza y poder, porque tenemos a una Renate Reinsve, que repite con el director después de su enorme Julie, aquí con un personaje en las antípodas, porque su Nora se lo come todo y vive abocada a su trabajo como terapia para tener tranquilos a sus demonios. La actriz noruega no sólo mira con paz y serena, sino que ejerce una gran presencia en todo lo que toca, y su forma tan íntima de manejarse con los brillantes diálogos. Si nos deslumbró siendo La peor persona del mundo, con su Nora nos muestra toda la carne en el asador de lo que callamos, de lo que nos duele y del pasado tan oscuro y demoledor. Le acompañan un inconmensurable Stellan Saksgärd que, después de años en el cine hollywoodense, vuelve casi tres décadas después a un personaje como el Jan de Rompiendo las olas (1996), de Lars Von Trier, ahora convertido en un padre ausente, reconocido como director de cine pero odiado por sus hijas, sobre todo, por Nora. Igna Ibsdotter Lilleaas es la otra hermana, que es el reverso de Nora, más reconciliada con el pasado y las heridas. La estadounidense y magnífica intérprete Elle Fanning hace de una actriz muy popular que conoce a Gustav y protagonizará su película, y mantendrá una relación muy cercana con el director sacando demasiadas cosas ocultas. Finalmente, Anders Danielsen Lie, otro cómplice del director, anda por ahí revelándose como una presencia poderosa. 

Si el espectador más exigente y escéptico todavía albergaba a algún tipo de duda en relación al cine de Joachim Trier, estoy seguro que con Valor sentimental se le han disipado cualquier duda, porque la película es excelente, tanto en su contenido como en su forma, donde el dolor, el pasado y la tristeza se cuentan sin amarillismos, y si con una contundencia donde brillan la transparencia y todo aquello que se calla para paliar el dolor. Esta película está en deuda con los grandes del drama íntimo y familiar como Casa de muñecas, de Ibsen, Imitación a la vida, de Sirk y Sonata de otoño, de Bergman, donde las relaciones hacia adentro y todo lo que nos bulle en el interior, y los conflictos paternofiliales están contados con serenidad, creando esos instantes donde los diferentes reencuentros definen las relaciones oscuras y nada sencillas. La importancia de los espacios elegidos para mostrar la historia resultan de una genialidad absoluta, con esa casa como testigo de todo, del pasado y del presente, de cualquier tiempo donde los personajes se sienten como encarcelados, con unas ansias atroces de escapar, o mejor dicho, de escapar de ellos mismos, y reconciliarse con los demás, si se da y sobre todo, con ellos, mirándose a un espejo y conocer ese reflejo y que duela menos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fèlix Colomer

Entrevista a Fèlix Colomer, director de la película «El negre té nom», en el Parc de Catalunya en Sabadell, el domingo 22 de junio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fèlix Colomer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Morales

Entrevista a Iván Morales, director de la película «Esmorza amb mi», en la Biblioteca de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona, el lunes 2 de junio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Morales, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Last Showgirl, de Gia Coppola

LA ESTRELLA APAGADA. 

“La vida es mucho más pequeña que los sueños”. 

Rosa Montero 

Han transcurrido 30 años desde Showgirls, de Paul Herhoven, en la que conocíamos a una joven Nomi Malone, interpretada por Elizabeth Berkley, que llegaba a Las Vegas con la intención de convertirse en una star como bailarina en uno de los casinos más importantes de la ciudad. En su experiencia encontrará más sombras que luces. En The Last Showgirl, de Gia Coppola (Los Ángeles, Estados Unidos, 1987) conocemos a Shelly Gardner, una cincuentona que bien podría ser el futuro de la citada joven Malone. Los años de esplendor y de las chicas favoritas de la ciudad han pasado a mejor vida, y el espectáculo, en horas bajas, anuncia que en unas pocas semanas cerrará sus puertas para convertirse en otro show muy diferente. No es una película nostálgica ni nada que se le parezca, porque el pasado es un recuerdo muy borroso, como algo de un tiempo que, a día de hoy, parece que nunca existió, o los pocos que quedan de aquella época, ya son demasiado mayores y apenas recuerdan algo, y los que sí, añoran más la juventud que fue y ya no es. 

El tercer largometraje de Gia, nieta del gran Francis Ford Coppola, después de Palo alto (2013) y Popular (2020), deja los conflictos de la juventud que poblaban sus dos primeras películas, para introducir un elemento diferente como el de una bailarina stripper que pasa de los cincuenta. A partir de un guion de Kate Gersten, que la conocemos por sus series Mozart in th Jungle, The Good Place y Up Here, entre otras en el que una mujer debe dejar una vida dedicada al mundo del espectáculo y reiniciarse en otra vida, en otra ocupación, además, de retornar a la relación con una hija que, debido a su empleo nocturno, tuvo que dar a otra familia. Muchas batallas son las que enfrenta Shelly Gardner, la más veterana del lugar, al igual que su inseparable amiga de miles de batallas como Annette, que ahora reparte sus encantos de camarera en un casino de juego. Las dos más que contarse batallitas, ahogan sus penas, pequeñas alegrías y algunas tristezas bebiendo, queriéndose y sobre todo, acompañándose que, en sus circunstancias, ya es mucho. Son dos vaqueros que tanto le gusta retratar al bueno de Peckinpah, barridos por los tiempos, o simplemente, que no se han podido adaptar a unos cambios y una modernidad que va demasiado deprisa, tan veloz que arrasa a aquellos que pertenecen a otro mundo, a otros mundos. 

La cinematografía que firma Autumn Durald Arkapaw, que empezó con el cortometraje Casino Moon (2012), de Gia Coppola, y ha seguido trabajando con ella en sus tres largos, hace un trabajo excepcional al que le ayuda el 35mm que da ese aspecto que consigue sumergirnos en una ciudad vacía, desierta y abandonada, donde las risas, la luz y el color se han trasladado a otras zonas, y los interiores, donde vemos cada detalle, cada matiz y cada arruga, sin caer nunca en la condescendencia ni en el efectismo, sino en contar una verdad, desde lo natural y la transparencia. La música de Richard Wyatt, del que hemos visto Barbie (2023), de Greta Gerwig, aporta una melodía que se adapta a la despedida y el reset que debe de hacer la protagonista, y todo de manera abrupta, sin tiempo ni concesiones. El gran trabajo de montaje firmado por la pareja Blair McClendon, que es el editor de Charlotte Wells, la directora de la magnética Aftersun (2022), y Cam McLaughlin, que ha trabajado con Lone Scherfig, Guillermo del Toro y el citado Coppola, construyen una película de 84 minutos de metraje, en el que todo se cuenta a partir de una sencillez en todos los sentidos, siguiendo la pericia de la protagonista que, no se deja llevar por la desesperación y empieza a levantarse con fuerza. 

Un reparto brillante en el que destaca la poderosa e íntima interpretación de Pamela Anderson, en su mejor papel hasta la fecha, en una gran recuperación como los vividos por Pam Grier en Jackie Brown (1997), de Tarantino, o el más reciente de Demi Moore en La substancia, en una película con la guarda algunas coincidencias. Anderson con sus 57 tacos, sale maquillada y al natural, luciendo arrugas y mucha naturalidad, muy alejada de aquel sex-symbol explotado hasta la saciedad a partir de su presencia en la serie noventera Baywatch. En un camino donde realidad y ficción se cruzan en que la maquinaria de Hollywood explota los cuerpos normativos donde la sexualidad está en venta, como sucede en la película de Gia Coppola. Le acompañan una soberbia Jamie Lee Curtis que hace de Annette, una mujer que se ríe de sí misma y de una ciudad convertida en una caricatura y puro esperpento. Dave Bautista es el encargado del show que desaparece, muy alejado de sus películas palomiteras y haciendo un personaje de carne y huesos. Y luego, actrices jóvenes como Kerman Shipka y Brenda Song, la antítesis de la Anderson, Billie Lourd como la hija reaparecida, y la breve pero interesante presencia del siempre peculiar Jason Schwartzman. 

Muchos espectadores pueden comentar que The Last Showgirl tiene caminos ya recorridos, sí, pero eso no debería suponer ningún agravio hacía la película, sino al contrario, podemos acercarnos a ella sin prejuicios ni convencionalismos que la hagan desmerecer antes de ser vista. Vayan sin ataduras ni ideas preconcebidas, porque la película que protagoniza una espectacular Pamela Anderson que, a pesar de todas las hostias, ha sabido reconducir su carrera y apostar por un cine tranquilo, independiente, y sobre todo, un cine que habla de la verdad de la condición humana, de todas las estrellas fugaces y apagadas que hay entre nosotros, de las que se quedan después que se van todos, las que siguen confiando en su talento, las que se esfuerzan cada día para seguir soñando, aunque todo y todos le digan lo contrario o peor, lo equivocada que está. Gia Coppola ha hecho un retrato de tantos fantasmas y espectros que siguen deambulando por los espacios ya vacíos y sucios de las grandes ciudades, anteriormente escaparates donde todo estaba en venta: los cuerpos de las mujeres y su sexualización, y ahora, lo que queda de todo eso, quizás es la mirada de verdad de alguien como Shelly Gardner, sin maquillaje, sin brillantes, sin plumas, sin focos, con sólo un rostro reflejado en un espejo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Oriol Pla

Entrevista a Oriol Pla, actor de la película «Esmorza amb mi», de Iván Morales, en la Biblioteca de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona, el lunes 2 de junio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oriol Pla, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA